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Antón Castro

ANTONIO PÉREZ MORTE: RETRATO

ANTONIO PÉREZ MORTE: RETRATO

EL POETA DEL AMOR Y DE TODAS LAS HORAS

 

Antonio Pérez Morte (Zuera, Zaragoza, 1960-Sabiñánigo, Huesca, 2013) publicó 'Cuerpos de luna' (1978-2008) (Celya) uno días antes de su muerte

 

Antonio Pérez Morte siempre ha estado en el camino de la creación. Desde muy joven. La palabra soñador se adapta bastante bien a su perfil: ha sido un soñador, un poeta, un palabrista y un cultivador de la amistad, de día y de noche, a golpe de carta y de teléfono primero, luego mediante el email, el blog y el facebook. Ha sido un poeta desvelado, un articulista, un melómano, un biógrafo (por aquello de la proximidad y de su fascinante personalidad, uno de sus aragoneses favoritos era Odón de Buen, fundador de la Oceanografía en España y buen memorialista y viajero), y desde bien pronto, quizá antes de la adolescencia misma (cuando tenía como maestro a Abel), sintió la llamada de la poesía.

Antonio Pérez Morte se sentía, por encima de todo, poeta. Se veía, se adivinaba poeta. Empezó a publicar pronto: ‘Arrancado del silencio’ fue su primera plaquette, a las que siguieron libros que él iba cuidando con primor: ‘Sombras incompletas’, ‘Un paso más’ o ‘Huellas’, que recogería en un único título: ‘Arrancado del silencio’ en 1982. Estos poemas fueron glosados por figuras tan distintas como Luciano Gracias, Guillermo Gúdel o Manuel Pinillos, del grupo Niké; y sus versos encontraron las voces de Luis del Olmo, Pilar Delgado o Paco Valladares. Por aquellos días, el poeta autodidacta montó una tienda muy especial de música en su localidad de Zuera, luego la amplió con juguetes y con libros, tal como han recordado sus amigos José Luis Lasala y Santiago Arranz; de algún modo, todo aquello conformaba su mundo personal, un mundo complementario a su auténtica vocación: la escritura. La poesía. En 1986, se produjo uno de esos momentos especiales en la trayectoria de Antonio Pérez Morte: Luciano Gracia y su entonces secretario y mejor amigo José Luis Melero le publicaron en la colección Poemas el libro ‘Brotes. A escasos versos de alcohol contra la tarde’, al que puso un prólogo José Antonio Labordeta, que dijo de él que poseía “una voz tenue como la soledad”, y al que José Luis Lasala, que había pertenecido al grupo ‘Azuda 40’, le hizo unos dibujos.

Aquel fue un momento de inflexión: desde entonces, Antonio Pérez Morte no interrumpiría su trabajo. Alternaría la obra de difusión, reportajes, reseñas y entrevistas con muchos autores (desde Gabriel Sopeña a Ángel Petisme o Ángel Guinda, por decir algún ejemplo) en muchos medios: ‘Andalán’, ‘El día de Aragón’, ‘El Periódico de Aragón’, HERALDO, ‘Rolde’, ‘El siete de Aragón’, ‘Turia’, ‘Qriterio Aragonés’, y tantos y tantos otros. Pérez Morte escribía en revistas de divulgación cultural, estuvo siempre comprometido con la difusión de las causas históricas de su Zuera natal, colaboraba en revistas específicas de poesía como ‘El Alambique’, publicaba poemas y no desatendía jamás su lírica. Así fueron apareciendo libros como ‘De puño y letra, 1774-1991’ (Ittakus Comunicación) y ‘Escombros’ (Origami, 2011), de los que se sentía muy orgulloso. Era el orgullo de quien se siente poeta y de quien alimenta su obra a lo largo del tiempo con la materia esencial de su propia vida.

Antonio Pérez Morte se casó con Ana Gargallo y han tenido dos hijos, Juan y Pablo, y Ana ha sido la mujer de su vida como recuerda en su último poemario, que llega con carácter póstumo, aunque es probable que él lo viese antes de su muerte tan reciente, tan inesperada, por un infarto fulminante. ‘Cuerpos de luna (canción de amor 1978-2008)’ (Celya, 2013) arranca con esta dedicatoria: “Cuerpos de Luna está dedicado a Ana, mi último y definitivo amor. A mi padre, que se fue demasiado pronto, y a mi madre, empeñada hasta la demencia en seguirle”. Antonio también se fue demasiado pronto: a los 52 años. En Sabiñánigo había encontrado un hermoso caldo de cultivo de creación, de complicidades y de tertulias con el artista Santiago Arranz y su mujer y agente Trinidad Raso; con el escritor y etnógrafo Severino Pallaruelo, la profesora Victoria Broto, el poeta Paco Grasa. La lista es mucho más extensa, aunque ese registro de afectos se ampliaba cada noche: allí, frente al ordenador, Antonio Pérez Morte contactaba con un sinfín de amigos, con escritores, con músicos, con actores, en Aragón, España y el mundo. Y así nos enterábamos de sus mitos: Ana María Drack, Julia León, María del Mar Bonet, Pablo Guerrero o Luis Eduardo Aute. José Antonio Labordeta, Ángel Petisme, Carmen París u Gabriel Sopeña, entre los nuestros. A todos les hacía llegar algunos de sus secretos, de sus pulsiones líricas e incluso el largo estado de depresión de los últimos casi dos años. Antes de fallecer, y son varios los testimonios que hemos recogido, Antonio Pérez Morte estaba radiante. Feliz. Dispuesto a dar guerra con su nuevo poemario.

‘Cuerpos de luna’ lleva un prólogo de Luis Eduardo Aute. No se conocían, pero el cantautor, poeta y dibujante dice: “Pérez Morte escribe con una muy encomiable austeridad de medios; es una escritura directa, desnuda y puntual. No se pierde en el fácil recurso de alcanzar ningún alarde de sublimación poética por lo que, a pesar de esa manifiesta, ‘involuntariedad’, la alcanza: “Vestidos de amor para su entierro, / portando mi coronas de caricias”. O bien: “Nuestro amor en la pizarra / siempre fue una ecuación de primer grado”. Dice que hay una “atmósfera de desfachatez e insolencia narrativas muy propias” de Gil de Biedma y afirma que en los poemas “no gravita el desafecto por uno mismo. Por el contrario, lo que apercibo es una irrefrenable deseo de vivir esa hermoso inocencia recuperable en la memoria... y también en la vida”. En el libro hay de todo: explosión de instantes especiales (en el campo de la afectividad de la pareja, un coito, una noche inolvidable, la apariencia de las cosas: cuándo es amor y cuando es sexo, hay numerosos y bellos despertares junto a la amada), recuerdos, memoria de tantos y tantos días, viajes, sed de belleza, constatación de la tristeza y de la melancolía, hay compromiso y rebeldía, hay soledad. Y hay, entre otros asuntos, un estupendo poema que define una época y una postura ante la vida: ‘Esta noche he vuelto a correr delante de los grises’, que se cierra así: “Esta noche, mi amor, no había dudas: / En un verso transparente, desnudo yo... y tú desnuda”. ‘Cuerpos de luna’ tiene el sabor de un testamento poético, de un autorretrato y de la crónica, casi día a día, emoción a emoción, latido a latido, de la existencia de un hombre que aspiró a encerrar todo el amor de su vida en intensos poemas.   

 

*Este texto apareció ayer en la página ocho del suplemento ‘Artes & Letras’ de heraldo con una ilustración de Santiago Arranz.

CRISTÓBAL TORAL: AMPLIO DIÁLOGO

CRISTÓBAL TORAL: AMPLIO DIÁLOGO

ENTREVISTA. CRISTÓBAL TORAL

 

“Soy un artista, figurativo y moderno, de mi tiempo”

 

 

Antón CASTRO

Cristóbal Toral (Torre-Alhaquime, Cádiz, 1940) es un gran trabajador. Un artista y un artesano del taller. Disfruta, investiga, y siempre está ahí, con el pincel en las manos, volcado con su obra. Es un pintor que destila el color y la memoria en el lienzo en una reinvención de la realidad. Ha encontrado un objeto que le funciona como una metáfora o un asidero: la maleta. Es como sus personajes solitarios, que esperan con más tristeza que otra cosa, el gran protagonista de sus lienzos: esos cuadros trabajados en la luz, en la atmósfera, en los detalles, en una idea de ilusión, y que quieren ser fieles a un doble principio: las leyes eternas de la pintura y el afán de pintar el tiempo en que se vive. En esta exposición, que tiene algo de antológica, recoge piezas de casi medio siglo de su carrera: desde 1975 hasta hace unos días, cuando terminó un impresionante díptico a la acuarela: una parte en color, y la otra en blanco y negro. Aquí hay lienzos, acuarelas y dibujos, y están todas sus series y muchos de sus cuadros fundamentales como ‘El tren’, ‘El paquete’, ‘El espejo’, ‘Mirando una fotografía’, ‘La llegada’ o, entre otros muchos, una pieza impresionante que acaba de culminar: ‘La colección moderna del archiduque. D’après de David Teniers’, que es un homenaje o una confrontación brillantísima con el famoso ‘El archiduque Leopoldo Guillermo en su galería de pinturas en Bruselas’ de David Teniers’: uno de esos cuadros que marcarán un instante de plenitud y de máxima inspiración, como lo ha marcado ‘La gran avenida’, ‘El desayuno’ o ‘Habitación del hotel de Saint Paul’. Se trata de un cuadro que no se ha visto nunca y en el que Cristóbal Toral ha dado lo mejor de sí mismo como pintor, como estudioso del arte y como un creador que se sabe a caballo de dos mundos: el débito con sus antepasados y la palpitante actualidad. El tiempo en que vivimos.

Empecemos este diálogo de forma poco original. ¿A qué se debe esa obsesión por las maletas?

Está muy vinculada a mi propia biografía. A mi entorno, a mi formación. Se tienen que dar algunas circunstancias especiales y en mi caso se dan. Piense que yo nací en el campo, en un pueblo de Cádiz, Torre-Alhaquime, que luego me trasladé a Antequera y que de ahí me fui a Sevilla a estudiar Bellas Artes, que me parecía muy lejana. Y luego, a mitad de carrera, me trasladé a Madrid. Se produjo una salida de viaje, que llevaba acarreado el equipaje, la maleta, la idea del tránsito... A la vez, en España existía la figura del emigrante. De ahí, de entrada, deriva mi obsesión por la maleta. En la Bienal de Sao Paulo de 1975 ya llevaba un cuadro muy importante en mi trayectoria: ‘El emigrante muerto’, dramático. Aludía a una época en la que yo había visto y había vivido toda la emigración que se producía hacia Alemania. 

¿Cómo se convirtió en el tema central de su pintura?

De manera natural. Todo eso, apoyado en una filosofía más sedimentada y profunda, me lleva a percatarme de que la maleta es un símbolo del tránsito, del viaje, de lo que es la vida. Siempre digo que nacemos en un punto y morimos en otro, completamente distinto, tras acumular vivencias. Se produce una trayectoria que se recorre con el símbolo de la maleta. En medio quedan muchos puntos, itinerarios, desplazamientos, trayectos, sueños. Y ahí aparece de nuevo la maleta, como una motivación, una metáfora, como una alegoría. Como un elemento enigmático que contiene una historia no escrita.

Y de la maleta pasa a las habitaciones de hotel.

Al hotel, a las habitaciones de hotel, a esos interiores donde nos refugiamos en los viajes. El hotel es otro espacio de tránsito: te instalas, estás una noche y haces vida en él, aunque sea una vida breve. Y en el hotel hay personajes que están de paso, historias secretas, amoríos. ¡Quién sabe! También aparecen las sábanas, los interiores, que contienen muchos fragmentos de nuestra existencia. Aparece el desnudo: esas criaturas en soledad, casi perplejas, que se desnudan, que están casi siempre solas. La soledad es otra fijación, otra obsesión.

Curiosamente, se da una paradoja en su obra. Casi siempre aparece un personaje solo y son muchas o varias las maletas, lo cual da una idea de la multitud, de las multitudes y de la ausencia.

La aglomeración de maletas representa multitudes sin que haya aglomeración de personajes. Es interesante. Las maletas indican multitud: cada maleta pertenece a una persona. O han podido pertenecer a varias. En mi obra sí hay un personaje solo: es la mujer, en algún cuadro hay dos, con algunas salvedades claro, como ‘La gran avenida’, que hay una multitud de seres: es la crónica inacabada de una masacre. Es un cuadro inacabado que quizá no termine nunca y que es mi homenaje a la guerra de Yugoslavia.

Desde un punto de vista formal, estético, ¿qué le sugieren, que le ofrecen las maletas, por qué le gusta tanto?

Porque son de una gran belleza plástica. Hay maletas de cuero, de cartón, de tela; unas más cuadradas, otras alargadas, otras más redondeadas, con su etiqueta. No sabemos a quiénes ha pertenecido. La maleta tiene una historia secreta: qué ha llevado dentro, dónde ha estado, quién la ha usado, en qué trenes o autobuses o aviones ha viajado... Tiene una novela oculta. En la finca que tengo en Toledo hay tres naves enormes llenas de maletas. A veces me pregunto: “¿a quién ha pertenecido todo esto?”. No sé ninguna historia de la maleta. Los amigos, como ya conocen mi debilidad, me las dan y me dicen: “Esta perteneció a mi abuelo, a mi tío, a mi padre... Píntala bien”. Todas tienen una historia, pero plásticamente son de una belleza extraordinaria. Unas son marrones, otras grises, incluso yo mismo las pinto de colores para que tengan un color más puro. Insisto: las maletas poseen una gran plasticidad y ese es un concepto que se está perdiendo en el arte contemporáneo. Mis memorias se titulan: ‘La vida en una maleta’.

¿Qué tipo de realismo es el suyo?

Yo busco un realismo que trascienda la realidad. El arte es interpretación. Interpretación. Interpretación. Interpretación. Eso es lo que he escrito obsesivamente en un apunte a la acuarela: “El arte es interpretación”. No es la realidad: es otra cosa. Ya lo decía René Magritte, que estuvo muy iluminado cuando tituló su cuadro ‘Esto no es una pipa’. Claro que no era una pipa. Y esa interpretación se hace más sólida, más rica en matices y más expresiva cuando, sin ningún tapujo ni complejo, parte de la realidad. A la par pienso que en la realidad está lo más expresivo, lo más extraño, lo más poético y lo más extraordinario. Partir de la realidad es la mejor forma de enriquecer la interpretación. La realidad enriquece la interpretación del artista. Es una invitación a conquistar la belleza, una puerta de acceso.

¿Se siente entonces cómodo en la definición de pintor realista?

Yo me siento un artista figurativo más que un artista realista. Me siento más cómodo en ese término, que ofrece una visión más amplia, más libre para poder manipular la realidad. Mi obra siempre ha tenido una doble dirección: dialoga al 50 % con el arte clásico, con los antepasados, con la gran pintura del pasado, y con el arte contemporáneo, con las vanguardias, con la gran pintura que se hizo en el siglo XX y que se está haciendo en el siglo XXI. En una palabra, siempre he mirado hacia la modernidad. Soy, y siempre he querido serlo, un pintor figurativo moderno, de nuestro tiempo, soy tan vanguardista como el que más informalista o expresionista que haya en el panorama artístico. Me interesa la modernidad. Mi obra tiene ese acento y esa inquietud de nuestro tiempo.

¿Y el espacio, qué lugar ocupa en su poética?

El espacio libera a la pintura de la composición tradicional. Siempre he querido poner las cosas como ingrávidas, en una composición muy libre. Colocar manzanas que flotan en el espacio es lo más natural. Y no pasa nada. En el mundo todo flota, incluso nuestro planeta Tierra, que es inmenso y pesa mucho más que una manzana. En el espacio estamos flotando todos. Por lo tanto si pinto una manzana o un sillón o una maleta en el espacio es de lo más real. Ese descubrimiento de que todo flota en el espacio es muy importante para mí.

Ese descubrimiento, por decirlo así, es ya lejano en el tiempo. Usted fue el “pintor cósmico”, el “pintor astronauta”, ¿no?

He pasado por muchas etapas. Terminé la carrera de Bellas Artes en 1964 y saqué el número uno en mi promoción en toda España. Entonces me dieron el premio nacional de fin de carrera, me quedé de profesor auxiliar durante tres años, tuve becas del Ministerio de Educación y Ciencia, recibí dos veces becas de la Fundación March, pero no vendía ni un cuadro... Nada. Era una situación económica preocupante. Me dije: “Hay que hacer algo”. Me vestí de astronauta y paseaba por Madrid con él, y hablaba con los periodistas, embutido en el traje. Eso fue acojonante porque los periodistas empezaron a hablar del “pintor cósmico”... Como a mí el espacio siempre me ha atraído mucho, les decía: “no, no, señores, esto no es una extravagancia, es una coherencia. La ciencia y el arte van cogidos de la mano, y si los astronautas han subido a la luna yo tengo que hacer una pintura espacial, cósmica, ingrávida. Si yo me visto de astronauta es porque estoy haciendo un homenaje a los astronautas que han ido a la luna”. Aquello me dio una base para hacerme conocer, para que la gente hablara y la prensa también, y me fue bien. Me hice muy popular, me reclamaba la televisión. Recuerdo que Jesús Hermida me llamó en una ocasión para un programa y ahí tuve que romper un cuadro que era de la serie de ‘Los rotos’, de la que irán dos cuadros a la muestra; ese período duró tres o cuatro años. Esa fue la historia. La vida de un pintor siempre está llena de anécdotas.

Hablemos de sus maestros del ayer. Por ejemplo: Velázquez.

Es uno de los pintores más modernos que existen. En algunos retratos suyos te das cuenta de cómo abocetaba las manos de sus personajes, qué pinceladas tan intensas y sueltas a la vez. A veces analizas sus obras, ves cómo está tirada la pintura, y piensas que anticipa a Jackson Pollock. Es algo increíble. Qué valentía tuvo: enseñó al mundo el culo de una señora. Eso era inconcebible en esa época. Se adelantó a su época con un atrevimiento extraordinario, y sin ningún aspaviento. Y tenía, además, una capacidad casi inefable de concebir una atmósfera. Pienso en ‘Las meninas’: ¡Qué maravilla! Les he hecho mi particular homenaje en ‘D’aprés de Las meninas’, como hice con Goya en ‘D’apres de La familia de Carlos IV’.

¿Quiénes son sus otros maestros clásicos?

Velázquez, por supuesto, insisto, es muy importante para mí. Manet lo calificó como “el pintor de los pintores”. Es una referencia para cualquier pintor sensible; fue una referencia para Francis Bacon, por ejemplo. Y Rembrandt es otro de los monstruos, de los grandes. Tenía un talento especial para crear ambientes, grandes laberintos de sombra. Y luego Leonardo da Vinci, que para mí es el pintor y el ser más misterioso que existe. Es un pintor trascendental. Va más allá de lo humano. Posee misterio y profundidad. Llena la obra de contenido y de mensaje. Es para mí un pintor que no se acaba nunca.

También le he oído hablar muy bien de Van Gogh...

Es el pintor que más me ha impresionado. La primera vez que vi sus cuadros, en París, se me saltaron las lágrimas. Es un pintor realmente profundo, que remueve el universo, un pintor lleno de significación. Pone el alma en cuanto pinta. Y, de los posteriores, creo que Picasso, tan creativo, tan expresivo, es el ejemplo de la modernidad. Un pintor que inventa siempre, que se renueva, que tiene un estilo en cualquiera de sus épocas. Es alguien que busca. Y me interesa mucho Matisse. Y Martk Rothko, un maestro de la abstracción y del color, que posee un sentido poético, que pinta con mucha fuerza, con determinación. Ahí sí que hay un pintor, mucho más que en Jackson Pollock, que a mí me parece que está algo sobrevalorado, o en Jeff Koons, por ejemplo.

¿Qué pintores figurativos le interesan?

Me gustan, claro, Lucian Freud, es un gran pintor realista, hiriente, con un sentido metafísico brutal; Francis Bacon, que es todo un personaje descarnado, con contenido, con fuerza, me interesa mucho, o Edward Hopper, que sabe retratar como nadie la soledad y las pequeñas cosas de la vida. Conozco muy bien toda su obra. El pintor debe tener garra, fuerza, misterio, esa quimera interior y espiritual para conseguir algo, un sentido poético evidente y un diálogo intenso y constante con la materia. El auténtico pintor busca la perfección y la intensidad con desesperación, con afán de belleza, con espíritu de trascendencia. Y tanto Bacon como Hopper son pintores con desesperación; Hopper, por cierto, tiene mucho contenido surrealista. Vuelvo un instante a Mark Rothko, que encarna al pintor que acaba suicidándose por su conflicto interno. Crear no es fácil: a menudo al crear también acabas dejándote el alma destrozada. A mí un cuadro abstracto, si es bueno, me conmueve. Veo de inmediato que allí hay un pintor. Más allá del mensaje, de la filosofía, hay algo fundamental...

¿La luz, la atmósfera, la invisibilidad del aire, tal vez?

Yo hago una luz creada. Entre la montaña que yo estoy viendo y el ojo se produce ahí un objeto que es la atmósfera, que es el aire. Eso lo vio Leonardo y Velázquez lo plasmó en ‘Las meninas’ perfectamente. Crea ese ambiente y la transparencia del aire. Y esa atmósfera y ese ambiente de los interiores son decisivos: permiten crear un misterio, una poesía, esa metafísica, la realidad está envuelta en una atmósfera especial de magia. En Hopper esa atmósfera está marcada por la fatalidad, por la soledad. Hubo un momento en que yo, que no lo conocía, vi su obra y me dije: “Anda, si me parezco a Hopper”. La soledad, la espera, los interiores: a ambos nos interesan de modo semejante. Me pareció una coincidencia muy curiosa.

Hablemos del color: contenido y expansivo a la vez, poderoso, melancólico...

Se ha producido una evolución en mi obra. Al principio había colores más oscuros, más dramáticos, más antiguos, en relación a la sobriedad de la pintura española. He ido evolucionando hacia el blanco y hacia el negro. Y en los últimos años he incorporado más color. Ahora me interesa mucho la pureza del color: los azules, los rojos, hay más viveza en el cromatismo. Picasso decía que empiezas pintando como un clásico y acabas pintando como un niño. Y ese proceso parece muy natural. Poco a poco, por decirlo así y con algo de humor, podríamos decir que me estoy modernizando cada vez más, eso sí, desde la contención. A veces, en la modernidad, el panorama es preocupante: se considera arte cualquier ocurrencia. Se banalizan las cosas a pasos agigantados.

¿Qué debe tener un cuadro para usted?

Como pintor me interesa mucho cómo está resuelto desde el punto de vista pictórico. O cómo está visto.  Un cuadro debe decir algo, atraer, emocionar, conmover, en primer lugar, por sus características pictóricas. Porque está bien pintado, porque está bien compuesto, porque tiene un color subyugante o atractivo, porque posee los valores clásicos, eternos, de la pintura. Antes que nada, para mí, es la pintura. Veo un cuadro abstracto de Rothko y sí me conmueve. Veo que ahí sí hay un pintor. Por encima de todo hay que hacer un cuadro con todas las cualidades de la pintura. De la Pintura, con mayúsculas. Y esas cualidades son distintas a las de la poesía, la arquitectura o la música. ¿Qué es lo que busco yo con cada cuadro? Hacerlo mejor que el anterior. Superarme. Que no se parezca a otro. Nunca he creído que consiga lo que quería conseguir. Me planteo resolver una dificultad que me impongo a través de la pintura. Intento que el espectador observe uno de mis cuadros y conecte con mi mundo y con el momento actual.

¿Cuál es la importancia del mensaje? ¿Qué quiere decir un artista como usted?

El pintor es un testigo de su tiempo. Es un notario de su época. Es un cronista de lo que sucede a su alrededor. No está en una torre de marfil ni es alguien que solo mira al pasado. Yo soy un artista de mi tiempo que atiende a los movimientos y a las inquietudes actuales, y eso para mí es fundamental.

En cierto modo ha invocado, sin decirlo, a Goya.

Francisco de Goya es otro monstruo, otro mito. Otra referencia. Un ejemplo. Por eso yo le decía que partir de la realidad es la mina más fructífera que existe, porque la realidad es lo más variado, lo más poético, lo más bello, lo más cruel, lo más tierno. En la realidad está todo, y Goya supo verlo. Fue un hombre sensible a su época y a todo lo que existía: podía captar la dulzura más exquisita y la crueldad más horrible. Tenía una formidable sensibilidad para las mujeres y los niños, y fue un descomunal pintor de la violencia, de la masacre, como se ve en los ‘Desastres de la guerra’.

Goya atrapó muy bien el binomio de arte y vida, ¿no le parece?

Goya es uno de los pintores que mejor supo captar toda la gama tremenda de la realidad. Y a Picasso le sucedía igual: ahí están el ‘Guernica’, ‘Los fusilamientos de Corea’, sus propios ‘Desastres de la guerra’ y muchas otras piezas. Recuerdo que de joven, recién llegado a Madrid, di una conferencia sobre él: fue un atrevimiento; hablé también de Goya. Ya entonces pensaba cosas parecidas: veía la vida como un ejemplo infinito de la variedad de las cosas. Picasso marcó una época y es un ejemplo por su capacidad para no esclavizarse de nada y para renovarse en cada serie. Siempre está renovando su propia fórmula. La realidad es mi mayor fuente de inspiración por su variedad infinita, por el contraste: contiene la ternura, la dulzura, la crueldad más absoluta, y no hay más que ver las fotos que nos mandan de los crímenes de Siria y de otros lugares del mundo. El hombre puede ser la mayor bestia para el hombre y a la vez la criatura más amorosa y refinada. Hay mucha gente generosa que se sacrifica por salvar a otros.

De sus contemporáneos, ¿se siente próximo o afín con alguien?

La verdad es que no me siento afín a nadie. Me despegué del realismo fotográfico, y tampoco he tenido relación con ese realismo académico tan español. He buscado mi sitio en un realismo interpretativo, en una figuración más etérea y poética que posee una atmósfera especial, con esa visión del espacio. Ha sido un realismo muy distinto del que se hacía en España y también en Estados Unidos. He ido un poco a mi aire, como un pájaro libre. He sido una persona muy aislada, muy centrada en mi mundo, trabajando en el estudio. Ahora tengo la sensación de que me va a faltar tiempo. Estoy ahora aprendiendo aún y me quedan muchas cosas por hacer...

Por cierto en esta exposición también incluye acuarela.

La acuarela es muy difícil. Los pintores coinciden en eso. Hace poco Antonio López me decía: “A mí la acuarela me horroriza”. Y hablamos de un pintor de un dominio técnico extraordinario que hace magníficas acuarelas. Casi todos los pintores le tenemos miedo a la acuarela. Van Gogh decía que la acuarela era algo endiablado. La acuarela te mantiene en tensión durante todo el proceso de ejecución, porque en cualquier momento se puede estropear la obra y no se puede rectificar. Se te descontrola la aguada o la mancha y luego no lo puedes borrar del papel. Ahora estoy haciendo maletas. Me interesa mucho introducir el blanco y negro. Presento dos obras de cuatro sillones que vuelan, y uno de ellos está pintado en blanco y negro. Y algo parecido hago con un nuevo díptico de gran formato a la acuarela: media parte está a color y la otra en blanco y negro.

La pieza es minuciosa, detallista, pero no deja ser sorprendente. Es casi un ejemplo de su nueva orientación: mezclar el color y el blanco y negro.

Me ha emocionado recientemente, ahora que he estado en Nueva York, una exposición que tienen en el Guggenheim de Picasso –que  daba para todo- que se titula: ‘Picasso en blanco y negro’. Hay una selección de obras que el artista solo pintó en blanco y negro. Es extraordinaria. Exquisita. Una de las más bonitas y más conseguidas que he visto nunca en el Guggenheim. Coincidir con grandes pintores siempre es una satisfacción. El blanco y negro es muy bello. A partir de ahora voy a hacer más cosas. Es como con las películas en blanco y negro: tienen algo especial que no tienen las de color.

 

*Una amplia selección de la entrevista apareció en Heraldo de Aragón. La foto principal es de José Miguel Marco; la segunda de 'El País'.

FERNANDO SARRÍA: UN DIÁLOGO

“‘El buril y la piedra’ es un libro de crisis”

 

Fernando Sarría publica su octavo poemario, que refleja el desencanto interior frente a la sociedad convulsa

  

Hoy es el Día Mundial de la Poesía. Fernando Sarría (Ejea de los Caballeros, 1957) se anticipó a la celebración. El miércoles de la semana pasada presentaba su octavo poemario, ‘El buril y la piedra’  (La fragua del trovador, 2013) en El Albergue de la calle Predicadores. Dice: “Un buril rasga mi corazón. / Soy una piedra”.

 

¿Cómo está organizado el libro?

-‘El buril y la piedra’ es un poemario que no tiene una organización interna predeterminada, un hilo conductor lineal. Es más, quizá se le pudiera achacar que adolece de eso,  ya que curiosamente es más bien una amalgama de poemas que se unen por sedimentación, por eso algunos temas vuelven a aparecer al cabo de varias páginas, entremezclándose unos con otros.

 

¿Cabría hablar de un mensaje específico?

-En conjunto es posiblemente un libro de crisis. Contra la crisis colectiva que desde hace tiempo empapa la sociedad creo que hay varias maneras de plantarse: unas buscan ser voz de las personas que salen a la calle, se manifiestan en foros, con pancartas, con pintadas en las paredes o cualquier otra manera de darse a entender contra las injusticias, todas muy loables por cierto y donde la palabra del poeta puede tener acogida...Yo, sin saber por qué, me he volcado en la introversión, en mirarme para dentro, plasmar preguntas que en realidad no son ajenas a nadie y que tienen que ver con las personas y la palabra como medio de comunicación de lo que nos pasa.

 

 

¿Ha querido componer un poemario sobre la soledad, la oscuridad, la contemplación?

-Hay mucha soledad en cada uno de nosotros. Quizás todo el poemario está hablando de ese yo que nos pregunta muchas cosas, cuando con serenidad nos abstraemos del resto de cosas exteriores, en un intento de contemplar en silencio,  percibiendo todo lo posible. Por ejemplo, cómo se suceden los acontecimientos atmosféricos y estacionales a lo largo del tiempo y como eso incide en mí.

 

 

Parece su libro más intimista. ¿Lo es?

-Pasa a ser el libro más intimista escrito por mí, es un hecho, porque creo que en este poemario sobre todo hablo para adentro en casi todos los poemas. Yo soy fundamentalmente el lector y el que habla: “Descanso y callo. / Cierro los ojos, apenas perceptible y mansa / cae la lluvia, deja heridas y lumbre en mi corazón”. Aunque es verdad que muchas personas que lo han leído se ponen en uno de los lados.  Así, es posible un diálogo más intenso entre el que escribe y el que lee.

 

¿Cómo está escrito en cuanto a lenguaje ‘El buril y la piedra’? ¿Cuál es su relación con el lector?

El lenguaje, en cuanto a vocabulario y estructura,  es sencillo, y quizás sea la búsqueda de  imágenes lo que más puede impactar en el lector que coja el libro y llegue a mis poemas por primera vez, y en ellas, en las imágenes, puede residir la única dificultad; pero aún así, el que tenga costumbre de leerme en las redes sociales estará familiarizado con ellas suficientemente.

 

Este es su octavo libro. ¿Cómo cree que ha madurado?

Decir si hay una maduración poética o no es complicado; pero sí es evidente un cambio en cuanto a lo que he buscado (o simplemente he encontrado), también en mi posición ante determinadas cosas. Lo cual quizás implique que estoy cambiando en mis posiciones poéticas o en mi manera de escribir. Sencillamente voy escribiendo sobre lo que en cada momento necesito y cómo lo necesito: “Escribo en el agua un nombre borroso / y me inundo de todos los recuerdos / en el breve instante en que vuelvo a ser arena”.

JULIO ESPINOSA: UN DIÁLOGO

“La poesía es una forma de estar en el mundo”

 

Julio Espinosa Guerra, poeta chileno afincado en Zaragoza, presentaba hace unos días su nuevo poemario: ‘La casa amarilla’ (Pre-Textos), dedicado a la memoria de su padre

Julio Espinosa Guerra (Santiago de Chile, 1974) inaugura mañana en Puerta Cinegia la nueva sede de la Escuela de Escritores de Zaragoza. Allí se presentará su poemario ‘La casa amarilla’, que publica Pre-Textos. Arranca así: “Recolecto los frutos de la memoria bajo el manto de la nieve”.

 

¿Cómo nace ‘La casa amarilla’, cómo está conformado este poemario que recibió el premio ‘Villa de Cox’ en Alicante?

-El libro está escrito en versículo/prosa poética. Son trece poemas largos que conforman un todo. ‘La casa amarilla’ era la casa de mi infancia, en una zona semirural, en la pre-cordillera de Los Andes. El libro/poema está dedicado a mi padre, que murió en febrero de 2011. Lo concluí en febrero de 2012.

 

 

¿Cuáles son sus temas?

Lo escribí jugando con el recuerdo y la ficción, intentando sacar de las palabras esas sensaciones, esos aprendizajes de mi niñez, todo lo que me dio mi padre. Construyo una casa amarilla que no es la original, pero que la rememora. El objetivo es que el lector entre en ella y descubra su propia casa. Así, es un homenaje a mi padre y a la niñez, pero también a los padres y las niñeces de todos.

 

 

¿Cómo está escrito desde la atmósfera, el uso del lenguaje y el poso filosófico que hay en él?

-La poesía es una forma de estar en el mundo, de instalarse en él. Te hace mirar de otra forma las cosas, de leerlas sin el peso de la palabra cerrada como un candado. La poesía abre la perspectiva y permite volver a sentir las cosas: de pronto el mundo aparece frente a los ojos y ya no es más el lugar común del uso constante de las mismas palabras. La poesía, de este modo, refresca el lenguaje y nos permite acercarnos a experiencias y situaciones olvidadas, nos regala el estremecimiento de la primera vez.

 

¿Qué lugar ocupa la poesía en su vida y en su trayectoria? 

-Y sí, escribo mucho, pero menos de lo que me gustaría. Al final uno escribe porque quiere mostrar algo a los demás, algo que uno “ha leído” del mundo, ha bebido y piensa que quizá los otros no. Es una propuesta estética y también ética. Novela y poesía, así, van de la mano. Dos senderos que se bifurcan para volverse a unir y, luego, volver a bifurcarse, que se potencian mutuamente, se enriquecen, y nos permiten presentir más y mejor todo lo que ocurre a nuestro alrededor.

 

 

ÁNGEL GUINDA, SOBRE 'RIGOR VITAE'

Ángel Guinda es uno de los grandes poetas españoles. A menudo demasiado inadvertido. Acaba de publicar ’Rigor vitae’ (Crueldad de la vida) en Olifante. Uno de esos poemarios que contienen un descenso al infierno de la vida y de la imaginación. He aquí un diálogo sobre el libro.

Ángel Guinda: "Escribo para no morir"

 

- Ángel, Premio de las Letras Aragonesas, Premio Imán por su creación literaria, felizmente jubilado, parecía que debías estar muy feliz. Eras querido, elogiado reconocido…Y sin embargo…

Estoy feliz conmigo mismo y soy feliz en mi vida privada. Pero me torturo al empatizar con los afectados por una situación de desgracia individual  injusta, alarmante e impuesta por un sistema bestialmente egoísta, descerebrado e inculto que pretende hacerse fuerte esclavizando a los frágiles; sabiendo –por enseñanza de Nietzsche- que los fuertes son los deleznables y los frágiles son los fuertes.

 

- ¿Qué pasó por tu cabeza y por tu pluma en los diez meses de Rigor vitae?

En primer lugar esta pregunta incriminadora de Jean Baudrillard: “¿Qué hace usted con la realidad de la miseria, del sufrimiento y de la muerte?” En segundo lugar la confianza en la capacidad del lenguaje poético para subvertir el desorden actual de las cosas, creer en la fuerza metafórica para reinterpretar el mundo. Gritar que la verdad aún no es mentira, demostrar que la mentira nunca será verdad. Y llevar a la práctica este lema que se me apareció: “Goya pintó los desastres de la guerra, yo cantaré los horrores de la paz”; porque estamos viviendo una globalizada y silenciosa manifestación  permanente de paz violenta que nos inyecta sobredosis de resignación estéril.

 

- ¿Cambió tu percepción de la poesía o de la vida en este tiempo?

Por supuesto. Cuando la realidad es tan brutal, inútil o aniquiladora de  inteligencia, sensibilidad, dignidad, memoria y conciencia; cuando el Poder –paradójicamente tan débil, interesado e ineficiente- se ha apropiado cínicamente del valor de expresión y comunicación de la palabra, el escritor debe poner su imaginación al servicio de los demás para rehabilitar el lenguaje, para renombrar las cosas hacia una nueva y mejor realidad moral que resuelva el conflicto de destrucciones entre la realidad evidente y la realidad virtual.

 

- ¿Cuáles son las claves de este libro, por qué hay tanta tiniebla, tanta sombra? Parece el libro de un viaje al infierno del que se regresa seriamente tocado, gravemente enfermo…

El poeta se identifica con el sufrimiento, con la caducidad de todo: “el mal de las flores, que es su marchitar”. Hay palabras que se repiten a modo de claves: luto, humo, fronteras, clavos, tornillos, mazo, sombras, hienas, tenias o solitarias, serpientes, cuervos, búhos, lechuzas, leonas, búfalos, guepardos…Hay una visita dantesca al Purgatorio en la Tierra (“donde tantos sufren y otros miran sufrir”), en una atmósfera de “Rigor vitae” o “crueldad de la vida” para los vivos resistentes, aquellos para quienes la vida es un secuestro y nunca han visto al Secuestrador (¿Dios, la fatalidad de haber nacido?

 

- ¿Querías describir lo terrible, el terror de estar vivo?

Durante los últimos años vivo y escribo con una sensación de abismamiento interior con respecto al vacío exterior. En ese abismamiento coinciden el dolor personal de ese unamuniano sentimiento trágico de la vida y el dolor cívico por el prójimo que resiste pacíficamente el acoso violento de un presente oscuro y al más incierto y negro futuro sin perspectivas, sobre todo para jóvenes y ancianos. ¿No es esto aterrador?

 

- Perdona la frivolidad: ¿qué le debe este libro a la crisis? Hay ecos claros en varios poemas: “Los inmigrantes”, “Entre quitamiedos…” o “Concatenaciones”.

La primera sección del libro (“Cantos del luto”) es una reacción de vitalismo hostil contra la crisis económica, de valores, de conocimiento e identidad del ser humano desamparado, ahogándose en medio tanta suciedad social, política, económica, religiosa, institucional.

 

 

 

- Dices: “Uno pasa la vida persiguiendo sombras”. ¿Eres un perseguidor de sombras?

En una civilización decadente, en un mundo y un tiempo inseguros, la paz, la felicidad, el amor, la cultura, se convierten en sombras de sueños inalcanzables. Debemos perseguirlas y aniquilarlas para volver a instalarnos en la energía de la voluntad, del esfuerzo, de la quimera y de la utopía.

 

- También te retratas, o al protagonista de tus poemas, como un hombre de humo. ¿Por qué?

El protagonista de los poemas es el poeta mismo. El humo aparece como símbolo de la fragilidad, de la evanescencia, de lo efímero, de la caducidad de todo frente a la nada. Durante toda mi vida he fumado y fumo demasiado, vivo en una nube de humo: aquí está el referente real.

 

- ¿Es este tu libro más existencialista y desgarrador, tienes la sensación de que nunca habías descendido hasta un pozo tan profundo de desesperación?

Mi poesía siempre ha sido existencialista, y ahora todavía más. En momentos de insultante superficialidad, de caída del ser humano en la banalidad anuladora (ya lo percibió Heidegger), hay que profundizar en el pensamiento, en los sentimientos, en las emociones con afán regenerador, rehumanizante, por más que pensar cueste lo impensable, por más que tanto profundizar nos hunda.

 

- ¿Cómo dirías que es aquí tu forma de rebeldía, de protesta?

Una insurrección del lenguaje, dar a la palabra poética el mayor protagonismo posible: hacer de ella una religión, una política, un exilio, un destino, una pasión por la que permanecer vivos, un escudo, una estrategia guerrillera de autodefensa y agresión a cuanto nos agrede.

 

- ¿Has dejado de creer en la política y en la Historia?

Me he anarquizado más. Pero como demócrata inocente necesito seguir creyendo en la política como medio de defensa de los derechos de las personas, como instrumento para mejorar las condiciones de vida de los ciudadanos. Y necesito creer en la Historia como espejo en el que el individuo y los pueblos reconozcan sus orígenes, su pasado, y así comprendan el presente en el que se encuentran y el futuro al que se proyectan. Otra cosa es que me sienta invadido por un desengaño que invita a desertar de la política y de la Historia por culpa de políticos corruptos e historiadores parciales: hacia unos y otros mi condena total.

 

A veces he tenido la sensación de que eres un romántico sombrío, un expresionista desolado, un hermano de leche de desgarraduras de Cioran y de Víctor Mira…

Milito en el romanticismo como revolución aún no agotada, y también en cierto expresionismo torturado que exagera y distorsiona los hechos para conseguir el máximo impacto emocional. Las vidas y obras de Cioran y de Mira forman parte de mi imaginario cultural.

 

¿Cómo se puede sostener durante tanto tiempo la intensidad poética, la búsqueda de lenguaje, la conciencia del arte en esta vecindad de la muerte?

Aceptando el destino poético por el que uno se siente requerido y la creación de lenguaje como venganza contra la desaparición que nos impone la muerte. Acaso escribo para no morir, aunque me deje la vida en lo que escribo.

 

¿Sería, no, la muerte el tema de este libro?

El tema principal. La agonía o lucha del superviviente ante la decidida y perenne acechanza de la muerte. Todos convivimos con la muerte.

 

 

 

 

¿Has querido hacer una elegía a ti mismo o conjurar la tentación del suicidio?

El libro contiene una elegía al mundo en esta época opaca y una elegía a mi propio mundo personal en los inicios de una salud precaria, degradación y acabamiento. Respecto al tema del suicidio (presente en mi poesía desde sus comienzos) mi instinto de conservación, pese a la tendencia autodestructiva, me recuerda estas palabras de Cioran: “Quien no ha pensado nunca en matarse se decidirá a ello mucho antes que quien no deja de pensar en ello”.

 

Dices que eres un desertor de este mundo. ¿Qué salvarías, existe algún mensaje de esperanza en este libro?

- El triunfo del lenguaje y de la Naturaleza. El mensaje esperanzador que incita a huir de toda negatividad: “¡Escapar! Siempre hacia lo irreal, siempre hacia lo imposible. ¡Y escapar después de la escapada!”

 

 

ÁNGEL GUINDA: VIDA Y CRUELDAD

[Ángel Guinda publica un nuevo poemario en Olifante, ‘Rigor vitae’. Esta es la sinopsis de un nuevo y ambicioso proyecto de alguien que vive la poesía con una intensidad muy especial. Vida y poesía, belleza y dolor fundidas. El libro se el próximo mes de abril, a las 19.30, en el Palacio de Sástago.

Dice la sinopsis:

 

[Olifante Ediciones de Poesía inicia la Segunda Época de su primera colección con el libro (‘Rigor vitae’), de Ángel Guinda, que el autor traduce como (‘Crueldad de la vida’). Soliloquio en tres secciones: “Cantos del luto”, “Las islas siempre esperan” y “El mal de las flores”, respectivamente centradas en la vida severa –particularmente de la actual época opaca-, la perenne caducidad del amor y la inminencia de la muerte. En un reto de convertir la forma en fondo, la estructura de los textos experimenta con la respiración del mensaje mediante el silencio del interlineado, la sustitución de palabras por símbolos o la convivencia de géneros poético, narrativo y dramático.]

He aquí dos poemas, por cortesía del amigo y gran poeta.

 

YO NO PUEDO ESCRIBIR en el aire.

 

(Intuición es una ventana con los cristales limpios.)

 

Yo no puedo escribir en el crepúsculo.

 

(Iluminación es la ventana sin cristales.)

 

Yo no puedo escribir en el fuego, en el vapor, en la espora.

 

(Visión es aparición ojos adentro.)

 

Ni creo que el vuelo del tordo sea un papel de calco.

 

(Goya pintó los desastres de la guerra. Yo cantaré los horrores de la paz.)

 

¡Cantaré! Con los seis ojos de los abulones, con las castañuelas de los rastrojos en llamas, con los cencerros del ciclón. Espoleado por el caos.

 

¡Entonaré el duelo de esta época opaca por la brutalidad, las retinas desprendidas del hostigamiento y el aspa tartamuda de la aflicción!

 

(Tengo miedo cuando abro los ojos.)

 

 

 

 

ARDER

 

 

No arde el papel en lo que escribo,

arde lo que me escribe como una delación.

 

¿Arde el silencio que me llama?

 

Arde la señal de la cruz.

 

Escalera de agua a las estrellas,

arde el desasosiego en las pirámides de mis pómulos.

 

Arden las palabras que rebotan dentro del poema

como una sordera de pintura rupestre.

 

Arde la catástrofe en el bosque del papel.

 

Arden los océanos como un disparate.

 

“Arde el incendio del sol.”

 

Juana de Arco, Servet, Giordano Bruno siguen ardiendo.

 

¡Arder, arder!

 

(Ser humo contra el viento.)

 

*La foto de Ángel Guinda es de Lara Albuixech. Se puede ver aquí:

https://antoncastro.blogia.com/upload/externo-d5139609c6a307820b2e5f678837cdf4.jpg

BEBO VALDÉS... Y ZARAGOZA TEMBLÓ

 

El Auditorio de Zaragoza cumplirá veinte años en 2014. Es, tal vez, el mejor equipamiento cultural del siglo XX en Aragón. En 2008, en uno de sus camerinos, aparecieron Bebo y Chucho Valdés. Iban a ser objeto de una entrevista. Habían estado ensayando para un concierto de jazz y de música latina. En la estancia había un piano: lo vieron, se sentaron y empezaron a tocar. Improvisaron: desde ‘Lágrimas negras’ a ‘De dónde son los cantantes’. No decían ni una palabra: sonreían. Padre e hijo se miraban de vez en cuando, Bebo con su eterna sonrisa de azúcar y de bondad, Chucho, con su gorra blanca y su aire de grandullón displicente. Tocaron como si nada más de quince minutos. El operador de cámara de ‘Borradores’ lo recogió todo: el sonido, el movimiento de aquellos veinte dedos que concentraban la melodía esencial del mundo, las sonrisas, el movimiento de los hombros y las cabezas; el operador, tan asombrado como la cámara, captó incluso la perplejidad de los espectadores: una realizadora, dos periodistas, las gentes del Auditorio. Aquello se había convertido en un festín de sonidos. Dos hombres, padre e hijo, juntos y sentados al piano. Recuperaban sensaciones de antaño, los días perdidos, mitigaban incluso sus diferencias políticas: Bebo se había ido de Cuba porque se había negado a delatar a un compañero y había hecho su carrera alrededor del mundo, con base y amor en Suecia; Chucho era uno de los embajadores más célebres de Fidel. Entonces nadie pensaba en eso. Era tal la comunión, era tan inefable la emoción, que todos estábamos transidos. Dijo Bebo, que acaba de morir: “¿Es que nadie nos va a preguntar?”. Esa noche, con dos pianos, provocaron otro milagro de Candeal: Zaragoza tembló.

 

HOMENAJE A MARIANO CARIÑENA

HOMENAJE A MARIANO CARIÑENA

[La noche del sábado al domingo fallecí en Zaragoza Mariano Cariñena Castell. Hoy, miércoles 27, recibe un homenaje en el Teatro Principal de Zaragoza: el hall pasará a llevar su nombre. Cuelgo aquí uno de los artículos que le dediqué el lunes.]

 

 

Mariano Cariñena:

adiós al creador total del teatro de Aragón

 

Muere a los 80 años el fundador del Teatro de Cámara y del Teatro Estable, un humanista integral que fue actor, director, escenógrafo y pintor

 

 

 “Le dio un ataque por la mañana, lo ingresamos con toda rapidez y falleció al anochecer. No se enteró de nada”. Así explicaba Marisol Albiac, esposa, compañera constante y diseñadora de vestuario del Teatro Estable, el adiós de Mariano Cariñena (Zaragoza, 1932-2013), uno de los personajes claves del teatro aragonés del último medio siglo. Era un humanista integral: se educó en el Colegio Alemán, luego en Jesuitas; realizó estudios de Arquitectura y de Pintura en Barcelona durante tres años, llegó a exponer en la sala Libros de Víctor Bailo, y estuvo un curso completo en París, en la Escuela de Beaux Arts, un período que aprovechó para descubrir al poeta Paul Verlaine, al novelista Roger Martin Du Gard y al cantante Georges Brassens, aunque el músico de su vida era Paul Hindemith.

Hijo de médico y militar y de una mujer refinada que tocaba el piano, que tuvieron seis hijos, solía decir que se había aprendido el ‘Claro de luna’ de Beethoven como quien aprende un poema. Fue un niño y adolescente de calle, en los alrededores de la plaza de Los Sitios y del río Huerva, y pronto se convirtió en un espléndido deportista: él y su amigo Jaíto ganaron varios campeonatos de natación de Aragón. Más tarde jugaría al tenis y recordaría algunos choques con el catedrático Francisco Ynduráin, en pelota a mano. A principios de los años 60 se asentaría definitivamente en la ciudad y se vincularía al mundo del TEU de Juan Antonio Hormigón, a David Giménez, a Federico Torralba y a Ángel Anadón.

En 1961 creó los decorados de ‘El embrujado’ de Valle-Inclán. Allí descubriría algo que le interesó mucho: el espacio escénico, la carpintería teatral, la elaboración de escenografías. En 1963 fundaría el Teatro de Cámara, que será muy determinante en su carrera. Realizará montajes de Azorín, de Oswaldo Dragún, de Max Frisch, de George Bernard Shaw o el ‘Retablo de la lujuria, la avaricia y la muerte’ de Valle-Inclán, pero también adaptará piezas de Ionesco o de Fernando Arrabal, que será uno de sus autores de cabecera, sobre todo de su nueva compañía, el Teatro Estable, que fundó en 1971, y que contará con actores tan importantes como Eduardo González, María José Moreno, Luisa Gavasa, Balbino Lacosta... Mariano Cariñena, como lo serían Pilar Delgado, Pilar Laveaga, Mariano Anós o Paco Ortega, ha sido un maestro de actores: son muchos los que descubrieron la complejidad de las tablas a su lado.

 Cariñena concurrió con su formación, en 1966 y 1967, a los Festivales de Teatro Nuevo de Valladolid. Allí estrenaron una pieza que siempre ha sido una debilidad para Cariñena, “tal vez la primera pieza de teatro moderno”: ‘Woyzeck’ de Georg Büchner. El teatro ha sido una forma de interpretación de la realidad para Cariñena. Y una forma constante de crítica, de intervención social y de posicionamiento marxista. Solía decir que él se había hecho seguidor de Marx a través del teatro. Gracias a sus estudios en el Colegio Alemán y a las clases que le dio el profesor de filosofía Benno Hübner aprendió alemán, y tradujo a Bertolt Brecht y a su discípulo Peter Hacks.

La lista de montajes es enorme: ‘Los mercenarios’ de Torres Naharro en 1972; ‘Oficina de horizonte’ de Miguel Labordeta en 1977; la ‘Comedia tesorina’ de Jaime de Huete en 1979; ‘A puerta cerrada’ de Sartre en 1986 o, entre otras, ‘Enrique IV’ de Luigi Pirandello en 1990.  También llevó varias obras suyas a la escena como ‘Fábula de la fuente y la raposa’, ‘El cuento al revés’ ‘De brujas, moras y diablos’. Montó espectáculos con la Escuela de Teatro, a la que dirigió durante casi veinte años, hasta su jubilación en 2002, y con Pingaliraina. Lo hizo casi todo: fue autor, actor, traductor, adaptador, cartelista, escenógrafo y director. Y era un estudioso y un investigador del contexto de cada pieza: solía decir que cada obra nacía de un trabajo que tenía algo de tesis doctoral, y de citas con historiadores universitarios y profesores como los citados Ynduráin y Hübner, Juan José Carreras o José-Carlos Mainer.

Mariano publicó varios de sus textos en el sello Arbolé, participó como actor en ‘Johannes’, un corto de carácter místico y poético de Graciela de Torres, y recibió diversos homenajes. En 2004, el Centro Dramático de Aragón publicó el libro ‘Conversaciones con Mariano Cariñena’. Allí este hombre total de teatro, zaragocista hasta la médula, que será enterrado en la intimidad, decía: “El teatro ha sido mi vida y en cada nuevo montaje he intentado ir algo más lejos. Aprender, mejorar, arriesgar y emocionar”. La creación ha sido su mejor estímulo.

 

*Las fotos de Mariano Cariñena las tomó José Miguel Marco.