Blogia

Antón Castro

¡BRAVO!, DE BERNA, BERNAD Y LOS OTROS

¡Bravo!, de Berna, Bernad y los otros

 

El bailarín crea un espectáculo coral, ‘Con los grandes de la jota’, basado en la música española, que conmueve al público del Auditorio. Hoy, a las 19.00, se despide el montaje.

 

 

Berna, en una imagen de archivo, con Josué Barrés.

 

 

Miguel Ángel Berna cree en sí mismo y en sus empeños. Es un artista que se atreve, que se arriesga, que emprende continuos desafíos desde una convicción: el arte, como mejor sale, es en equipo. Y él es más que un bailarín educado en el flamenco y en la jota: es un aglutinador. Alguien que creen en los valores del espectáculo con todos los detalles: la música en directo, el canto, el baile, la coreografía, el vestuario, la iluminación. Cada uno de sus montajes, más o menos equilibrado, es una fiesta coral de entrada. Un proyecto de muchos para, como poco, la inmensa minoría. Y a veces, como sucede con ‘Con los grandes de la jota’, para todos los públicos. Miguel Ángel Berna une, mezcla, armoniza disciplinas. Pone a la gente en movimiento, se emociona con el trabajo de los demás y lo mima, y los demás lo miman a él, establecen un hilo de complicidad y de respeto, de pasión recíproca por el escenario.

‘Con los grandes de la jota’ es un paseo por muchos de los grandes momentos de la música por excelencia de Aragón. Berna, y Alberto Artigas (que es como su ‘alter ego’ musical) y Miguel Ángel Tapia (que aquí, en gran noche de entrega y oficio, toca el piano y dirige al Coro Amici Musicae con pequeños gestos de manos, de cabeza y de cejas), elaboran una función que tiene algo de compendio musical español en torno a la jota: se tocan piezas de Falla, Chapí, Albéniz, Guerrero, Bretón, Pérez Soriano o, entre otros, del propio Artigas, que ofrece toda una exhibición instrumental de laúd y bandurria. Toño Bernal alterna el contrabajo y la guitarra eléctrica con enorme solvencia, y Josué Barrés está inmenso de nuevo con la percusión: sus manos en los cajones emulan una orquesta o el sonido mismo del mar.

A esa música, con piezas específicas o situadas entre ellas para lo ocasión, le ponen voz Nacho del Río, Beatriz Bernad, dos joteros muy reconocidos aunque jóvenes, y la mezzosoprano Beatriz Gimeno, que deslumbra en tres fragmentos de ‘Gigantes y cabezudos’, especialmente en ‘Si las mujeres mandasen’. Nacho del Río y Beatriz Bernad han cantado muchas veces juntos, han grabado varios discos y se compenetran a la perfección. Del Río posee una voz honda y muy bien educada, no es un vozarrón, que logró momentos maravillosos, con ecos del Oto más melancólico, me ha parecido; Beatriz estuvo pletórica, arrolladora, con una fuerza indecible y un inventario de matices que hacen de ella la voz femenina más inspirada de la jota.

Miguel Ángel Berna, con su cuadro de bailarines, puso la danza (el arte del punta, tacón, punta y otros meneos), y el ritmo de las castañuelas. Empezó con el vértigo flamenco en la sangre e hizo una especie de homenaje a su formación, a sus raíces del sur, a su impronta islámica y jazzística. Y luego, dosificando muy bien sus apariciones, con el grupo, en pareja o en solitario, demostró qué lleva dentro, cómo siente la jota, cómo esta vibración antigua y casi enigmática le tiembla en los músculos y en la cabeza.

Baila la jota como se le antoja y acabó muy arriba, sudoroso y exultante, con los últimos acordes de ‘Gran Jota’. Si Beatriz Bernad y Nacho del Río cosecharon muchos “bravos”, él no les fue a la zaga; ni él ni su cuerpo de baile. ‘Con los grandes de la jota’ tiene otra virtud: más allá de la pureza o no de la propuesta, que tiene mucho de mestizaje y de experimentación, es la constatación de aquí se puede trabajar en equipo con el viento a favor o con el cierzo en contra. La jota, dosificada y digna, es, puede ser un espectáculo inolvidable. Berna y los suyos así lo entienden. Y el público aceptó la dádiva: les premió con más de cinco minutos de aplausos.

 

FICHA:

‘Con los grandes de la jota’. Director y coreógrafo: Miguel Ángel Berna. Músicos: Alberto Artigas, Miguel Ángel Tapia, Toño Bernal y Josué Barrés. Intérpretes: Beatriz Bernad, Nacho del Río, Beatriz Gimeno. Auditorio de Zaragoza. Lleno. Hasta el domingo.

CESC GAY: LOS HOMBRES PATÉTICOS

CESC GAY: LOS HOMBRES PATÉTICOS

Acabo de ir a ver la película de Cesc Gay ‘Una pistola en cada mano’. Tenía un magnífico recuerdo, sobre todo, de ‘En la ciudad’: la he vuelto a ver dos veces en poco tiempo. Esta nueva película se le parece en algunas cosas: son historias urbanas que se unen al final, en una fiesta. Historias fragmentarias unidas por una idea, por un tema, por una preocupación y una mirada general. Una poética de conjunto. La película aborda la historia de ocho hombres, vinculados por lo regular por lazos de amistad, que se enfrentan a distintos problemas: uno sufre diversos  problemas físicos, otro se ha ido quedando por el camino en una situación próxima al desamparo; otro intenta reconstruir su matrimonio sin saber cuántas vueltas da la vida; dos, en un parque, comparten un secreto tremendo que les atañe; otro quiere seducir a una compañera de trabajo con un resultado inesperado; otros dos viven conflictos de diversa índole (de orden amoroso y sexual), pero jamás entran en ese terreno de las confidencias necesarias.

La película, trazada con pulso seguro, precisa, con un gran sentido del humor y de la ironía, presenta a una serie de hombres demasiado humanos quizá a los que les pasan cosas bastante cotidianas y a la vez jocosas y conmovedoras. El reparto es excepcional: hacía algunos años que no veía en el cine español (o que no he tenido esa sensación tan plena) un trabajo coral tan redondo, tan extraordinario. Es difícil saber quién está mejor que quién. Trabajan Leonardo Sbaraglia y Eduard Fernández, maravillosos los dos; Javier Cámara, estupendo en su papel de hombre que quiere recuperar el norte de su vida ante una espléndida Clara Segura. Luis Tosar y Ricardo Darín se encuentran en el parque, cerca del perro Ako, y bordan su trabajo. He ahí una actuación deslumbrante, llena de contención, de matices, de ironía, de humor y de paradoja. Noriega, algo afeado y deliberadamente rígido, clava su papel ante una Candela Peña que está muy bien. Y Alberto Sanjuán y Jordi Mollá están soberbios. Sus papeles tienen instantes increíbles: el diálogo y la miradas entre Sanjuán y Leonor Watling creo que están entre lo mejor de sus carreras.

‘Una pistola en cada mano’ –frase que le dice Candela Peña a su seductor más o menos burlado, Eduardo Noriega- es una película ingeniosa, muy bien escrita, intensa, vitalista, interesante, sobre un asunto ferozmente humano: qué patéticos podemos llegar a ser los hombres. Por amor. Por cobardía. Por miedo. Por pudor. Por una mujer a la que hemos perdido por nuestra mala cabeza.

MARISA MONTE: LA VOZ DE BRASIL

MARISA MONTE: LA VOZ DE BRASIL

MARISA MONTE: UNA CANTANTE BRASILEÑA DE CALENDARIO

Alguien echaba en falta, en medio del calendario brasileño de Steve McCurry dedicado a Brasil, a la gran cantante Marisa Monte, nacida en 1967. Siempre está joven y bella: a veces parece recordar a la joven Alanis Morrisette, a veces posee la fragilidad de seda de Suzanne Vega, pero siempre, siempre es Marisa Monte. La cantante de las heridas de amor. Esa brasileña que cautiva, como antes lo hicieron Gal Costa, María Creuza o Astrud Gilberto, pongamos por caso... Es una mujer que sabe mucho de declaraciones de amor, del infinito particular, del universo que tiene a su alrededor y de todo lo que un ser humano, enamorado tal vez, quiere saber. Ha colaborado con otra rara y exquisita como Laurie Anderson.

EL LUNES, 'NARRADORES VISUALES'

EL LUNES, 'NARRADORES VISUALES'

LAMATA, P. GUTIÉRREZ, ASÍN & AZNAR

Y  D. GASCÓN: ‘NARRADORES AUDIOVISUALES’

En el ciclo ProyectAragón, que coordina Vicky Calavia, el próximo lunes, 10 diciembre, 19 h., se ha organizado una mesa redonda con el título ‘Narradores audiovisuales (Industria Audiovisual Siglo XXI)’. Zaragoza Activa (Azucarera). Mas de las Matas, 20 (Antigua Azucarera del Rabal)

Ponentes: Miguel Ángel Lamata (realizador y guionista para series de televisión), Pilar Gutiérrez (realizadora de cortometrajes y guionista), Marisol Aznar y Jorge Asín (actores y guionistas de Oregón TV). Presenta y modera Daniel Gascón (escritor y guionista de cine). Debate final abierto al público.

 

*En la foto de Lara Albuixech, Pilar Gutiérrez.

GUSTAFF CHOOS EN NUEVA YORK

GUSTAFF CHOOS EN NUEVA YORK

GUSTAFF CHOOS: SI TE DICEN QUE CENTRAL PARK

Anda por ahí Gustaff Choos con el ojo alerta. Un ojo que no duerme. El ojo inconformista. Le interesa todo: igual le da retratar a futbolistas, que a músicos, a mujeres bonitas con sus bolsos de diseño.  A roqueros incansables que encienden de relámpagos la noche. Ahora vive en Nueva York: pasea, camina, mira. Se entusiasma. Se vuelve insomne y un felino que caza imágenes de luz. Y he aquí uno de los milagros de su mirada: la naturaleza urbana tal como es. Gustaff Choos.

BRIAN DUFFY POR MARIMAR CABRERA

BRIAN DUFFY POR MARIMAR CABRERA

Una de las exposiciones que más me han gustado en los últimos tiempos en Zaragoza ha sido la retrospectiva de Brian Duffy en el Centro de Historias. Marimar Cabrera, periodista y colaboradora asidua en los fines de semana de Miguel Mena, en la SER, firma en la revista ‘Jot Down’ un estupendo artículo sobre el fotógrafo británico que fue un maravilloso retratista, un gran artista de la moda y la publicidad y luego, cuando dejó la fotografía, un experto en muebles. He aquí el enlace del texto de Marimar.

 http://www.jotdown.es/2012/12/el-mito-de-duffy/

VERÓN: 'LAS PUERTAS DE ROMA'

José Verón Gormaz acaba de publicar una novela sobre Marcial en Mira Editores: ’Las puertas de Roma’. Me envía dos capítulos. Me dice: "Los capítulos pares relatan la historia, y los impares son una conversación sobre el asunto en una tertulia zaragozana".

24

Al otro lado

Lo imposible ha sucedido. Domiciano ha muerto, asesinado por una conjura de personas amenazadas directamente por él. Servidores y administrativos, gentes aparentemente inofensivas, han tramado cuidadosamente el magnicidio. Los rumores cercanos a palacio cuentan los detalles, hablan de las premoniciones del césar muerto, tan aficionado a consultar a los augures e interpretar los signos y los sueños. Se dice que el autor material del magnicidio fue Estéfano, administrador de Flavia Domitila, sobrina del césar. El asesino portaba un puñal bajo las vendas de un brazo falsamente herido. Así, pudo entrar en los aposentos de Domiciano cuando éste se hallaba a punto de dormir la siesta.

Aunque los soldados fieles al emperador, debido en parte a los privilegios que disfrutaban, solicitan venganza contra los autores del crimen, el pueblo y la nobleza se sienten liberados de un tirano impío que cada día calculaba sus crueldades con mayor refinamiento e idéntica maldad.

Marcial piensa en lo ocurrido. No le extraña, pues conoce el creciente disgusto que provocaba Domiciano. Vuelve a deplorar los elogios al emperador aparecidos en el libro décimo de epigramas; deberá corregirlo urgentemente, de modo que el nuevo césar, el anciano Nerva, acepte los escritos de poeta. Marco Valerio ha retirado a tiempo la edición del onceno libro para corregir los ya escasos poemas dedicados a Domiciano, que ha sustituido por otros, compuestos precipitadamente, con referencias directas al lector y al nuevo emperador.

Sin embargo, Marcial conoce, o al menos presiente, que sus esfuerzos van a ser en vano. Nerva no aprecia demasiado la poesía, y el cercano recuerdo de las loas a Domiciano resulta imposible de borrar.

"¿Adónde vas, librito ocioso, adónde,

ornado con púrpura sidonia nada vulgar?

¿A ver, acaso, a Partenio?"

Así dicen los primeros versos, recién hechos, que anuncian un libro alejado de los palacios y cercano a los amigos y al pueblo lector. No cabe otra dedicatoria y así vuelve a insinuarlo en el segundo poema, donde grita: "¡Vivan las Saturnales!", las fiestas más apreciadas por Marcial, aunque también nombra, como por descuido, a Nerva.

Añade el poeta un epigrama en el que declara su satisfacción por la gran cantidad de lectores, al tiempo que se queja de las pocas ganancias que los versos le producen. La referencia a Nerva le ha movido a dedicarle directamente algunos poemas. ¡Hay que intentarlo! Ha compuesto una hermosa oración para el nuevo césar y una loa más acorde con la realidad que aquellas (hoy desafortunadas) dedicadas a Domiciano en los pasados libros.

Marco Valerio cree que la cautela es necesaria en los tiempos que corren. En solemne sesión, los senadores han condenado por decreto la memoria de Domiciano, con toda la hostilidad que conlleva hacia los antiguos seguidores del tirano, entre los que algunos personajes relevantes incluyen a Marcial. Sabe el poeta que debe mantener la mordacidad de los epigramas satíricos, cómo no, pero que debe añadir alguna crítica indirecta a Domiciano. Así lo hace: tras exaltar nuevamente las Saturnales, escribe un epitafio al actor Paris, el mejor de los mimos, asesinado por orden del antiguo emperador, quien pensaba que su esposa Domicia admiraba demasiado al actor y mantenía relaciones con él.

"Viajero que caminas por la vía Flaminia,

quien quiera que seas,

no pases de largo ante este noble mármol".

Empieza así el epitafio, el elogio póstumo a Paris, el actor; y esta loa funeraria contiene una crítica evidente contra el asesino.

Marco Valerio lee cuidadosamente el undécimo libro. El editor lo reclama cada día, molesto por el retraso excesivo en la publicación; ya debería estar el libro en la calle, pero el poeta no quiere cometer otro error y se aplica en la revisión de los versos. Entre bromas y exageraciones, se ríe de la finca que le regaló Lupo, aunque no puede disimular el espíritu de chanza que destilan las palabras. Y Marcial vuelve a ser el Marcial agudo y un tanto procaz en dísticos como el que dedica a "Gala y su experta lengua":

 

"Me preguntas, Gala, por qué no quiero casarme contigo:

Eres una mujer muy culta y mi picha comete barbarismos con frecuencia".

 

Y también a Lesbia, nombre legendario que oculta a una dama conocida por la sociedad romana, la pone al descubierto con un solo dístico:

"Lesbia jura que nunca se la han tirado gratis.

Es cierto: cuando quiere que se la tiren, suelen pagar."

El libro avanza, Marco Valerio añade y suprime, piensa y escribe, incluso en los momentos de descanso aprovecha las circunstancias que le rodean. Ayer, en las cercanas termas de Estéfano, contempló a un caballero, al que ha puesto el nombre imaginario de Filomuso, que miraba intensamente a los jóvenes esclavos de unos y de otros:

"Nos contemplas mientras nos bañamos, Filomuso,

y quieres saber continuamente por qué mis jóvenes esclavos están tan bien dotados

. ¿Sabes por qué?

Contestaré con claridad a tu pregunta, Filomuso:

porque les dan por el culo a los mirones."

Ya puede considerar el libro terminado, aunque decide añadir un poemita recién compuesto, hecho con ternura para una de las mujeres que más admira y respeta. Ha recibido un obsequio floral de Pola, la viuda de Lucano, y ha escrito estas palabras:

"¿Por qué me envías, Pola, coronas intactas?

Prefiero poseer rosas manoseadas por ti."

Ahora, sí; ahora ya puede Marco Valerio entregar el libro al editor. Todavía lo enseñará a los amigos, tal vez a Terencio Prisco, a Faustino, a Plinio... No cabe el error; equivocarse nuevamente podría ser fatal. Hay que vencer la indiferencia inicial del césar Nerva y de sus hombres de confianza. Hay que evitar las palabras acusadoras de los delatores. Hay que mantener el lugar con tanto esfuerzo conseguido y vivir, vivir con dignidad. Hay que cruzar al otro lado de Roma.

(De Las puertas de Roma. Crónicas de Marco Valerio Marcial)

 

26

El único camino

 

Como esperaba Marcial, el libro undécimo no ha logrado vencer las murallas imperiales. Nerva guardó silencio y nada quiso saber del poeta. Los nuevos asesores del emperador también se afanaron en cerrar las puertas a los nuevos epigramas. El futuro se presenta nebuloso.

Marcial ha decidido intentarlo nuevamente, buscar la aceptación del futuro césar. Nerva ha muerto. En consecuencia, Trajano vuelve a Roma después de su campaña en Germania. La noticia del fallecimiento de Nerva la ha recibido en Renania y el viaje de retorno hasta la capital del Imperio es largo. Cuando la entrada triunfal del nuevo césar se produzca, el otro libro de Marcial ya circulará por las calles romanas en busca de lectores y, ante todo, del favor imperial. Realmente, el poemario en el que el poeta trabaja noche y día es la nueva edición del décimo libro de epigramas, renovado en parte, con poemas dedicados a Trajano y sin ninguna referencia, ni directa ni indirecta, al malvado Domiciano.

El poeta mira y remira, vuelve a comprobar las supresiones, los poemas más intensos y los epigramas más mordaces. No puede escapar ningún detalle. Ha añadido algunos dísticos para justificar la nueva edición, entre ellos algunos poemas de añoranza de Hispania, en los que anuncia un posible regreso. Trajano es hispano y, si las discretas loas que le dedica no causan la impresión deseada, tal vez el origen común, la patria verdadera de ambos, ablande el corazón del nuevo emperador. Varios poetas jóvenes, Sexto y Emilio entre ellos, han escuchado los poemas en el Pórtico. Opinan que la segunda edición del libro décimo es mejor que la primera. Dos de ellos, los citados por su nombre, ríen a carcajadas cuando oyen el epigrama dedicado a la puta Filis. ¿Por qué esas risas estruendosas? La explicación provoca el alborozo: ¡fueron ellos los protagonistas del epigrama! Vuelven a leerlo en voz alta:

 

"A casa de Filis fueron dos hombres para follar,

y como uno y otro querían en primer lugar tomarla desnuda,

Filis les prometió que se entregaría a la vez a uno y otro,

y así lo hizo: uno le levantó la pierna y el otro la túnica".

 

La lectura y la conversación deriva en comentarios sobre la situación de incertidumbre que se vive en Roma, sobre la inminente llegada de Trajano y sobre el inquietante ascenso de Calinio, el nuevo delator, que ya ocupa un puesto destacado. Marcial publicó algunos escritos contra él, lo que supone un obstáculo difícil de salvar.

De forma súbita, Marco Valerio se despide y se dirige hacia la mansión de Plinio el Joven con el fin de pedirle consejo. Camina apresurado, impaciente por conocer la opinión del amigo y del personaje socialmente destacado, conocedor del poder y de sus laberintos.

Cuando llega a la mansión, mientras espera que los sirvientes lo atiendan, Marcial siente un repentino temor a las consecuencias de esta visita. Sabe que Plinio va a decirle la verdad y que ésta puede ser dolorosa. Pronto, en menos tiempo que el habitual para esta clase de visitas, los dos amigos están frente a frente, sentados ante una mesa de maderas nobles, con una jarra de vino másico y sendas copas como cálido complemento a la conversación. Marcial ha entregado a Plinio el nuevo texto corregido y ampliado del décimo libro de epigramas. Le señala las correcciones y los poemas nuevos. Plinio el Joven reflexiona y, por fin, expresa su opinión:

- Marco, ni estos nuevos dísticos, ni los poemas que dedicas al emperador podrán cambiar las cosas. Tu libro décimo fue muy popular y, además, llegó hasta las cocinas de palacio. Tus elogios a Domiciano, quizá excesivos aunque comprensibles, movieron la furia y la indignación de algunos personajes que ahora ostentan cargos importantes. Calinio, por ejemplo, el infame trepador, hoy es un consejero de Trajano. El propio césar, a punto de llegar a Roma, no aceptará tus poemas aunque le dediques algunos versos muy hermosos.

- Ya sé que Trajano es poco sensible al arte.

- No es así; al menos, no es así exactamente. Tu fama de poeta le importa poco a quien ha pasado los últimos años combatiendo con los bárbaros. Tus loas, todavía menos. Sólo recordará que fuiste un destacado cantor de Domiciano.

- Sólo he pretendido vivir. ¡Sobrevivir!

- Cierto, pero no cambia nada.

Marcial toma el original en las manos y lee un poema dedicado a Manio, su paisano, con alusiones al "celtíbero Jalón", el río de su infancia:

"Si sientes igual que yo, si me aprecias como yo a ti, en cualquier sitio tendremos ambos una Roma". Se dirige así a su amigo de la niñez, a quien le anuncia el posible retorno a Bílbilis del poeta. Plinio el Joven escucha y asiente:

- Muy bien, Marco; estos recuerdos de Hispania le gustarán a Trajano, pero te repito que no conseguirán ablandar su corazón, endurecido por las batallas y por el acoso incesante de Domiciano. La poesía no existe para él.

- ¿Y si decido volver a Bílbilis? Allí podré vivir cómodamente y en paz. Me sobran recursos económicos para ello.

- Si decides volver, conseguiré que te paguen el dinero retenido por tu cargo de tribuno militar. Será una cantidad importante.

- ¿Harás eso por mí?

- Tienes derecho a ese dinero; es tuyo, aunque ahora esté en el tesoro público. Así es el fisco.

- Tengo que pensarlo. La idea de volver a Bílbilis me agrada, pero me crea muchas dudas. ¿Qué haré allí sin los pórticos y sin el anfiteatro Flavio, sin los amigos y las amigas de Roma?

- Descansar y vivir– concluyó Plinio.

- Además de descansar, necesito la vida de Roma, la actividad literaria, las cenas...

- Te acostumbrarás. Piénsalo.

- Lo pensaré. A pesar de todo, la nueva edición del libro décimo seguirá adelante.

- El libro es excelente. Su edición es acertada, aunque te repito que nada vas a conseguir. Trajano se acuerda de la coraza de Domiciano y él se pondrá una mucho más fuerte contra tus elogios.

- Temía tus consejos y, más aún, que me mostraras claramente la realidad.

- Antes de despedirnos, Marco, brindemos por nuestra amistad y por la poesía.

- Brindemos.

Los dos amigos apuran las copas de excelente másico y permanecen callados durante unos instantes, como si desearan sentir y recordar los matices del vino. Súbitamente, Plinio rompe el silencio:

- No lo olvides; si decides volver a Bílbilis, avísame inmediatamente para solicitar el dinero que te corresponde como tribuno militar. Será una buena ayuda para los gastos del viaje.

- Lo haré. Mi decisión será temprana. Seguramente, antes de entregar el libro al editor sabré qué camino tomar.

- Adiós, Marco. Que la suerte te acompañe.

- Adiós, Plinio. Pronto volveremos a vernos.

Marcial abandona la mansión con mil ideas confusas rondándole y pugnando por imponerse. Siente una extraña opresión en el pecho que le anuncia la importancia vital de las futuras decisiones.

Llega al Quirinal, tras caminar deprisa y pensativo, y ordena a la criada que no le sirvan la cena. Pide, en su lugar, una jarra de vino y una copa. Revisa el libro décimo, piensa, escribe... A media noche, todavía en plena actividad, Marco Valerio toma una decisión. Si las circunstancias no cambian, debe regresar a Bílbilis.

Pasan los minutos y su decisión es cada vez más firme. Salvo que ocurra un milagro (un milagro en el corazón de Trajano), Marcial volverá a su patria, junto al río Jalón, cerca de los árboles frutales y los sauces blancos de Boterdo, bajo el fortín de los buitres, donde los días son más plácidos y las noches más largas. Y tan convencido está de su retorno, que desea reflejarlo en el libro. Toma los instrumentos de escritura y comienza a escribir:

Paisanos míos, a los que ha engendrado Bílbilis Augusta,

en el alto monte que baña el Jalón con sus aguas veloces,

¿no os causa alegría la gloria luminosa de vuestro poeta?

 

Continúa componiendo verso tras verso con emoción creciente, aunque al final vuelve la duda y así lo expresa:

 

Si al que regresa lo acogéis con buena voluntad, iré;

pero, si vuestro corazón es duro, me puedo volver.

 

Marco Valerio Marcial, poeta de Roma, bilbilitano, celtíbero, siente que el corazón se aprieta contra sí mismo. Los ojos se le humedecen con lágrimas furtivas. Vuelve a tomar los instrumentos de escritura y se dispone a componer el último poema para el libro.

ISIDRO FERRER EN LA ALJAFERÍA

ISIDRO FERRER EN LA ALJAFERÍA

[Isidro Ferrer es un artista en estado de gracia. Artista, diseñador, ilustrador, agitador de conciencia, un poeta de la imagen y un amanuense de diversas suertes. Ahora expone en el Palacio de la Aljafería (qué lástima que hayan prescindido de la capilla de San Martín: era un lugar maravilloso y acogedor) la muestra ‘Plantar cara’, una selección de sus carteles: carteles que parecen vivos y que han sido realizados en forma de rostro. Uno de mis escritores más queridos, y más invisibles también, Adolfo Ayuso, le ha escrito este texto. Fernando Sanmartín, responsable y animador del proyecto, me ha mandado el material.]

 

 

Foto de Vicente Almazán.

 

 

PLANTAR CARA

 

 

Por Adolfo AYUSO ROYO

 

Desde que conocí su obra, Isidro Ferrer (Madrid, 1963) me ha parecido un escultor de humo. Esta curiosa especie la conocí en los años que yo aprendía a leer en casa de mis abuelos a través del escritor más feo y católico del mundo, el italiano Giovanni Papini. El arte volátil produ­ce perturbación. También perturbó a Gog, aquel hombre rico y desalmado, protagonista y título de aquella novela, cuando visita a Matiegka, un artista imposible cuya obra solo dura lo que el humo tarda en dispersarse: “¡Mire! ¡Deprisa! ¡Im­prima la forma en su memoria! ¡Dentro de pocos segundos la estatua se desvanecerá como una melodía que acaba!”. En la larga polémica que tras la revolución soviética mantuvieron los teó­ricos del arte sobre la creación, la propiedad de lo creado y el comercio que se creó, el triunfo moral lo consiguieron los cartelistas, pero para mí, lo más excelso serían ya por siempre los es­cultores de humo.  

Tiene también Isidro un componente de artista de varietés. Varía de ilustrar en potentes editoriales a editoriales menores, a veces mi­núsculas, como la valenciana Mediavaca. Dise­ña para grandes marcas de coches o para las portadas de revistas ínfimas como Attonitus o La Expedición. Le gusta disfrazarse y lo hace tras enormes embudos o sonrientes cajas de cartón. Tiene mucho pelo en los brazos, por eso lo descubro cuando se fotografía enmascarado. Quizá aprendió a transformarse en la Escuela Municipal de Teatro de Zaragoza (1982-1985), donde dio rienda suelta a la puesta en escena de sí mismo. Estudió mimo y pantomima en la Es­cuela Lecoq de París. Tras girar con varias com­pañías, su camino se centrará en la ilustración y el diseño. Aprendió los rudimentos de la diagra­mación y la tipografía en los talleres de Heraldo de Aragón (1988) y luego aprendió todo lo demás en el estudio barcelonés de su maestro y amigo Peret (1989).  

Si en algo coinciden los analistas de la obra de Ferrer es que posee cierto carácter má­gico que trasciende y pervierte la aparente in­genuidad. Los objetos, las líneas y la tipografía se cruzan en el aire como si fueran trapecistas. Mundos de magia y circo que también subyuga­ron al poeta catalán Joan Brossa que, si pudiera escapar del sagrado panteón donde lo han ente­rrado, acudiría a uno de los muchos cursos que Isidro Ferrer imparte por todo el mundo para dis­frutar como el niño sabio y alborotador que fue.

Su obra también se puede leer en muchos libros. Y digo leer, y no solo ver, porque el traba­jo visual de Isidro Ferrer siempre posee una o varias lecturas. Trasciende la estética pura a la que muchos grafistas actuales nos tienen acos­tumbrados. Se puede leer, se puede interpretar e incluso representar. Muchos de esos libros han contado con la rebeldía literaria y vital de su amigo Carlos Grasa. Desde aquella primera obra para títeres de Yo me lo guiso, yo me lo como (Za­ragoza,1995), dedicada al titiritero argentino Ja­vier Villafañe (Premio Laus de Ilustración), hasta Una casa para el abuelo (París, 2001), donde se tocaba en una publicación infantil el tema de la muerte, lo que ocasionó una larga resistencia de las editoriales españolas a su publicación. Pese a todo recibió el Premio Nacional de Ilustración Infantil y Juvenil en 2006. Y muchos más, como Exilios (París, 1999) o Vladimir & Estragón (Za­ragoza, 2010). También son notables los libros publicados con extractos de sus cuadernos de viaje, diarios visuales que reflejan su particular visión del mundo y laberinto inspirador de algu­nos de sus diseños más relevantes. Destacamos entre ellos la Galería Legítima (Xordica, 2005), epilogado por Félix Romeo, vislumbrando un interesante viaje por los diarios de escritores, y Open every day (Estudio Versus, 2009), un íntimo y sensacional recorrido por Nueva York.

Isidro Ferrer planta cara a muchas cosas. Cuando recibió el Premio Nacional de Diseño 2002 recitó ante el Rey un poema antibelicista de Gloria Fuertes. Y el Rey aplaudió. Aunque ni aquellos aplausos ni aquel poema pudieran evi­tar la guerra de Irak, que comenzó solo unos días después.

En esta exposición planta cara a la pro­gramación del Centro Dramático Nacional para la temporada 2011-2012, la última y quizá la más brillante del período bajo la dirección de Gerardo Vera, la persona que desde la temporada 2006-2007 confía a Isidro Ferrer la imagen y el carte­lismo del CDN.

Muchos años antes ya había diseñado Isidro carteles para eventos teatrales más mo­destos, como las Muestras de Teatro Universi­tario o los Festivales Internacionales de Títeres y Marionetas de Zaragoza. El encargo del CDN llena de gozo al diseñador, que buceará en cada espectáculo propuesto, buscando también para cada temporada una línea de esencia y continui­dad. Con la colaboración de Nicolás Sánchez y Sean Mackaoui, afronta cinco temporadas, en­cargándose su amigo Peret de la de 2010-2011.

En las anteriores, Isidro cultiva sobre todo las transformaciones, algunas de las cuales se ex­pusieron bajo el título No es esto en el Monas­terio Nuevo de San Juan de la Peña (2008): sie­rras que se convierten en escaleras de peldaños amenazadores (Sí, pero no lo soy, de Alfredo Sanzol), muletas que son un kalashnikov (Ante la jubilación, de mi admirado Thomas Bernhard) o fonendoscopios cuya membrana se transmuta en mantis (Idaho y Utah, de Albert Espinosa). Un cartel que reza y pica.

En la que se expone en La Aljafería, Isidro Ferrer pone cara a cada una de las obras que se van a representar. Caras palestinas, calavéricas, cunícolas o que lloran tiras de periódico con las peores noticias del mundo. Primero materializa y luego desmaterializa. Junta briznas, clavos, huesos, cortezas, clips, telas, tipos de imprenta, huecos de yeso, saetas de reloj, hojas de fres­no. Manufactura en su mesa de trabajo. Recorta, pega, clava. Materializa un rostro. Luego lo fo­tografía. Lo desmaterializa. Lo convierte en im­palpable, en magma de bits. Retoca estructuras virtuales que acabarán viviendo en la web del Centro Dramático Nacional, en un programa de papel que manosea el espectador de Luces de bohemia o en un cartel que la humedad y el vien­to acabarán despegando del mobiliario urbano. Estructuras todas muy frágiles, casi de humo.

Con humo ha levantado Isidro Ferrer una obra muy sólida, que sugiere, inspira y que hasta es copiada con descaro o ingenuidad. “Pobres de los diseñadores que solo aprenden de los di­señadores”, dijo Felipe Hernández Cava −histo­rietista que fundó el grupo El Cubri en 1970−, en el catálogo que describía una importante expo­sición de su obra más temprana (Huesca, 1999: La Voz Ajena). La obra de Isidro Ferrer es tan peculiar porque es una persona que se interesa por todo. Por la anatomía, por la atmósfera, por la cerveza, por la política, por la sonrisa, por el póquer del tiempo y por la aventura intelectual.

El teatro pone su cara delante del espec­tador. Levanten la cara del telón. Y busquen lo que hay detrás. Siempre es lo más interesante.