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Antón Castro

JACQUES LEONARD Y LOS GITANOS

'Mitad payo, mitad gitano'. Jesús Ulled. Un libro de Destino

 




La historia novelada de Jacques Leonard,

    
el fotógrafo que amó a los gitanos






[Dossier de Destino, del equipo de Alba Fité]
Por una serie de circunstancias fortuitas, Jesús Ulled conoció a Santi Leonard, hijo de nuestro personaje, que le hizo llegar un manuscrito que había dejado su padre. Estas pocas páginas autobiográficas tan fascinantes han sido el germen de esta novela, la novela de una vida.  

«Jacques Leonard fue uno de esos seres cuya vida es una aventura permanente, pero que pasan por nuestro lado sin manifestárnoslo. Otros, con menos bagaje vital, aparecen como personajes de leyenda, aventureros admirados, objeto de libros y reportajes. Jacques pertenece a la raza de los que se limitan a vivir por el placer de hacerlo.»  

Jacques Leonard (París, 1909-L´Escala, 1995), hijo de la burguesía parisina, se inició en el mundo del cine, viajó por todo el mundo y se codeó con la intelectualidad del momento en España, en la década de los años treinta. En la posguerra, se trasladó a Barcelona, donde trabajó como fotógrafo freelance para, por ejemplo, La Vanguardia, y se enamoró locamente de una gitana, Rosario Amaya, con la que se casó tras un noviazgo asistido en Los Caracoles de la calle Escudellers. Vivió durante muchos años en las barracas de  Montjuïc, bajo el nombre de el Payo Chac o El Loco, desde donde realizó extensos, históricos y maravillosos reportajes fotográficos de la vida gitana.  

 

Nota de autor



«Este libro es fruto de la casualidad y de la curiosidad.  Por una serie de circunstancias  fortuitas, conocí a Santi Leonard, hijo de nuestro personaje, que me hizo llegar un manuscrito que había dejado su padre, para averiguar si había manera de publicarlo. El texto era, en realidad, un encendido alegato a favor de los gitanos en general y de los gitanos españoles en particular,  y Leonard había hecho preceder a lo que llamaríamos el “corpus” de su trabajo, de unas pocas páginas en las que, de manera sucinta, explicaba su vida y, en definitiva, los caminos que le habían llevado, por vericuetos que no desvelaré aquí, a sentir la necesidad de volcar sobre el papel su reivindicación de la raza gitana. Reivindicación que, por cierto, también materializó magistralmente a través del objetivo de su cámara fotográfica. Estas pocas páginas autobiográficas eran tan fascinantes, que la curiosidad me llevó a querer investigar para ampliarlas.    

Santi dio con una serie de notas mecanografiadas  que parecían ser apuntes biográficos de su padre. Eran apuntes anárquicos, repetitivos y sobre todo carentes  de referencias temporales claras.  Pero confirmaban la fascinación que me había producido el primer resumen de la vida de Jacques. Y lo que iba a ser la traducción de un libro sobre los gitanos, se convirtió en el relato de una vida singular Jacques Leonard fue uno de esos seres cuya vida es una aventura permanente, pero que pasan por nuestro lado sin manifestárnoslo. Otros, con menos bagaje vital, aparecen como personajes de leyenda, aventureros admirados, objeto de libros y reportajes. Jacques pertenece a la raza de los que se limitan a vivir por el placer de hacerlo. No necesitan proyectar sus experiencias al exterior, ni aferrarse a ellas. Abren y cierran capítulos sin nostalgia por lo que dejan atrás ni preocupación por lo que enfrentan.  De no ser por el empeño de sus hijos, que nos ha permitido recuperar un fotógrafo magistral y un ser humano excepcional, hoy Jacques Leonard, el fotógrafo que amó a los gitanos, no existiría para nosotros.»  

La obra  


Aventurero, chalán, escenógrafo, fotógrafo, cineasta, escritor, artesano y amante del pueblo gitano, Jacques Leonard se enamoró de Barcelona y allí se instaló. Su biógrafo Jesús Ulled, de la mano de su familia, rememora a este gran fotógrafo francés que retrató a los gitanos por todo el mundo.

Un hombre que nació en el seno de una atípica y acomodada familia parisina, creció envuelto en el temor de la Gran Guerra, se educó entre caballos y criadores gitanos y se convirtió en un hombre viajando por Europa, ya fuera tras su primer amor o tras una empresa económica. De París a Madrid, y de ahí a Australia: cine, teatro... Leonard vivió la explosión de las Artes en la convulsa Europa bélica para terminar con su gran pasión, la fotografía, y regresando a sus orígenes, a la vida gitana.    

El Chac, como le llamaba su segunda mujer y su gran amor, Rosario Amaya, se convirtió en los ojos de la Barcelona calé, en la voz artística de la pasión y el espíritu del pueblo gitano y en el símbolo de una sociedad cambiante, que hizo frente a una revolución: ¿Había llegado el momento de abandonar los poblados y asimilarse con el resto de ciudadanos?

 Jesús Ulled novela en estas páginas una vida de película de un testigo de la historia del siglo XX.



Instantes  de una vida  


Los orígenes  

«La vida del pequeño Leonard empezaba además en un marco envidiable, en plena campiña, en la finca que su padre poseía en las afueras de Maisons-Laffitte, una población de l'Île de France, que formaba, junto con Enghien y Chambéry, lo que podríamos llamar el «cinturón ecuestre de París.»  

«Emilienne Tabary y Julien Leonard formaban una pareja que escapaba claramente a los esquemas de la época.»  


«Ella, que a los dieciocho años ya era jefa de taller en una empresa de confección, había conseguido crear un negocio propio sin más ayuda que su determinación y su buen ojo para la moda y para detectar y satisfacer los deseos de una clientela pequeñoburguesa. Él, tan sólo un año mayor, era un experto conocedor del mundo de los caballos, entrenador, criador y tratante.»  

Un niño interno y la Gran Guerra de fondo

«Situado en Batignolles, cerca de la casa del boulevard Paraire, acogía niños de entre cinco y diez años, hijos de familias acomodadas, y una institución venerable creada por la señorita Hatmer, una anciana áspera que padecía agorafobia y circulaba por los pasillos del colegio arrimada a las paredes, provocando el regocijo disimulado de los alumnos. Ella misma había escrito los libros de texto de los que bebía un plantel de profesoras secas y estiradas, cortadas todas por el mismo patrón, que se limitaban a leerlos sin aportar de su propia cosecha ni comentarios ni opiniones. La única excepción era la profesora de inglés, una joven rubia y amable que se esforzaba en introducir los rudimentos de la lengua en las cabezas de sus no siempre bien dispuestos alumnos. Para Jacques, sus clases eran uno de los pocos momentos gratos de una jornada en la que hasta las horas de recreo estaban teñidas de tristeza.»  

Una fotografía que cambiaría su vida  

«Aquella fotografía de tonos amarillentos marca-ría para siempre la vida de Jacques Leonard. Acababa de descubrir que en sus orígenes se mezclaban dos razas distintas y, aunque entonces no fuese consciente de ello, su vida habría de debatirse desde entonces entre las dos, con sentimientos a veces encontrados. Pero en aquel instante le tenía perplejo la imagen de su padre ataviado de aquella forma pintoresca, con ropa de vivos colores, seguramente no demasiado limpia, como era corriente entre los gitanos. Le resultaba imposible relacionarlo con el gentleman cuidadoso con su indumentaria hasta la exageración que sabía moverse con la misma naturalidad en las tabernas que flanqueaban los mercados de ganado que en los restaurantes más lujosos de París.»  

Los Pacorros, otra familia

«La relación de los Pacorros con Julien Leonard era excelente. Él los trataba como si fueran de la familia y ellos correspondían otorgándole una confianza ciega. El caso de Jacques era diferente: era un «media pata», es decir, mitad payo y mitad gitano, y ellos se sintieron obligados a introducirle en algunas de sus costumbres, como si quisieran acentuar en él la parte gitana de su ser, hacerlo más suyo librándole, si ello fuera posible, de su naturaleza paya. Con ellos aprendió, por ejemplo, a practicar la pesca de la trucha según la más pura tradición gitana.»  

«La implicación de Jacques en la finca era cada vez mayor, como mayores eran las responsabilidades que su padre le confería, lo cual tenía sus ventajas, porque durante sus ausencias, cada vez más frecuentes, el muchacho disfrutaba de la libertad de mover-se a su antojo por la región, explorando nuevos caminos más allá del aburrido trayecto entre la escuela de Pau y la propiedad familiar, y sobre todo de hacerlo a las riendas de uno de los carruajes o montan-do alguno de los potros. Su preferido, y como no podía ser menos también el de su padre, era Adonis, un trotón anglo-normando, una raza quizás más rústica y de doma complicada pero de excelentes prestaciones.»  

«La vida de Jacques estuvo marcada desde su infancia por dos mundos determinantes, que absorbieron sus intereses y sus energías en diversas etapas. Por una parte, los caballos y todo lo que con ellos se relacionaba, desde su respeto por el saber y las enseñanzas de su padre hasta su amor por la naturaleza y por los espacios abiertos. Por otra, el universo gitano, que durante muchos años ejerció en él una influencia ambigua, entre la atracción y el rechazo. El cruce casual entre estos dos mundos llevó al joven Jacques al encuentro de la que sería su primera experiencia entre sexual y sentimental.»  

Encarna, la primera pasión  

«Comprendió que aquel encuentro que otros podrían considerar fugaz e intrascendente le había dejado una impronta muy profunda que, en su ingenuidad juvenil, decidió que sería indeleble. Necesitaba a Encarna de una forma angustiosa, con la perentoriedad que sólo exigen los primeros amores. Necesitaba volver a verla para confirmar que ella compartía su exaltación. Y la única manera de conseguirlo era ir tras la caravana de los Pacorros, donde quiera que se dirigiese.»  

Y su segunda pasión... ¡El cine!  

«Casi sin proponérselo, se encontró admitido como «chico para todo» en el rodaje de El país de los vascos, el primer documental sonoro que se rodaba en Francia.»  

«Estaba decidido a persistir en aquella vocación por el cine que cada día cobraba más fuerza. [...] Sin embargo, la etapa cinematográfica de Jacques no fue precisamente un camino de rosas; trabajaba como el que más, pero no percibía ni un sou por ello, lo que consolidaba su penuria económica. Pese a ello, se resistía heroicamente a acudir al nido materno.»  

France, el primer matrimonio, y su llegada a España  

«La vida de Jacques Leonard estuvo siempre íntima-mente ligada al cine. De hecho, sus andanzas por este mundo fascinante merecen capítulo aparte, pero al hablar de su primer matrimonio es imposible hacerlo sin hablar de cine, porque el cine fue como el guión, el hilo conductor de una historia con visos de melodrama. Como primer dato diremos que la que sería su mujer de manera un tanto inesperada era la única hija de Jean Choux, el hombre que, con su confianza, le había abierto las puertas de la profesión y le enseñó gran parte de lo que sabía.»  

«La vida de Jacques en Madrid seguía su propio ritmo, al margen de actividades más o menos clandestinas. Profesionalmente se había labrado en poco tiempo una cierta reputación y se sucedían los con-tratos y, con ellos, la relación con los actores y directores más populares del momento, lo que también le daba acceso a los diversos ambientes de la capital, algunos de los cuales se superponían entre sí. Toreros que alternaban con políticos, flamencas cortejadas por intelectuales o avispados empresarios afectos al nuevo orden que agasajaban a todos ellos. Gracias a estos contactos tuvo la fortuna de ser admitido en una de las tertulias más prestigiosas de la capital y conocer y tratar a personajes que hoy forman parte de la historia cultural de España.»  

Hay vida más allá del cine  

«El fin de su matrimonio supuso pues para Jacques la ruptura consciente y deliberada con el cine y con todo lo bueno que esta profesión le había proporcionado. Para él significó un sacrificio en todos los sentidos. Y el económico no era el menos importante. Tenía que seguir ganándose la vida y no deseaba hacerlo en Madrid porque intuía que le esperaban tiempos difíciles y no quería exhibir sus dificultades ante las personas con las que allí se había relacionado. Por otra parte, ni siquiera contaba con su piso en la ciudad: los muebles e incluso sus  papeles habían desaparecido de la mano de France, que de este modo quiso dejarle otro recuerdo desagradable.»  


Barcelona, fin de trayecto  

«Desde que llegó a Barcelona por primera vez, para el rodaje de María de la O, la ciudad y sus gentes se habían hecho un hueco en su corazón. Quizás había influido en ello aquella poderosa «gitanidad» que se extendía como una red invisible. La había descubierto entonces a través de Carmen Amaya y su numerosísima parentela, pero ahora sentía la necesidad de penetrar más en ella. Lo cierto es que, gracias al cine y a sus años como restaurador de muebles junto a Lottier, contaba con una nómina de amigos y conocidos integrada por personajes de lo más variopinto, intelectuales, pintores, periodistas, gentes del espectáculo, profesionales de prestigio y algún que otro empresario más o menos deseoso de alternar en ambientes distintos del suyo. En suma, que confiaba en que, de una u otra forma, podría abrirse camino trabajando como fotógrafo. Decidió que lo que hasta entonces había sido una afición tendría que ser su modo de vida a partir de aquel instante. La gran ventaja de este trabajo era que le permitiría organizar su tiempo y su propia vida con total libertad. Estaba firmemente decidido a mantenerse como freelance, escogiendo sus temas y tratándolos a su manera, sin imposiciones ni cortapisas.»  

«Sus primeros reportajes aparecieron en Revista, una publicación mensual auspiciada por Alberto Puig Palau, un rico industrial barcelonés al que había conocido en ocasión de sus primeros viajes a Barcelona, precisamente a causa de sus comunes relaciones con las gentes de la raza calé.»  

«Jacques se convirtió en colaborador habitual de Gaceta Ilustrada, que así se llamó la nueva publicación, pronto la de mayor circulación de España. Aparte del reconocimiento profesional, esta colaboración le abrió las puertas del periódico, de modo que empezó a publicar de manera regular sus fotos en las páginas en color que cada domingo incluía La Vanguardia.»  



La pasión de Rosario y Jacques  

«Rosario era una modelo muy cotizada, una de las mejores de Barcelona, que había posado para los pintores más destacados del momento, desde Pichot hasta Santa Susana, pasando por Sainz de la Maza y Molina. Incluso el eminente escultor Clará había realizado un busto delicioso cuando ella no era más que una niña de nueve o diez años.»  

«A medida que sabía más de Rosario, mayor era el interés de Jacques por conocerla y tratarla, deseoso de aclararse a sí mismo los sentimientos que despertaba en él aquella mujer. Era consciente de que le impresionaba su belleza, pero al mismo tiempo había en Rosario algo que la hacía distinta de todas las mujeres que había conocido, y de que la atracción que sentía por ella iba más allá de lo puramente físico. Se indignaba consigo mismo cada vez que la veía pasar sin atreverse a abordarla, así que un mediodía se armó de valor y se acercó a saludarla. —Hola, Rosario, ¿te acuerdas de mí? —Claro que me acuerdo. Eres el payo de Montjuïc que quería conocerme y luego se quedó «pasmao».»  

El autor  


Jesús Ulled nació en 1937, en Río de Janeiro. En 1959 se licenció en Derecho por la Universidad de Barcelona, obteniendo el Premio Duran y Bas de Licenciatura que concedía el Colegio de Abogados de Catalunya. Ese mismo año obtuvo el título de periodista por la Escuela oficial de Periodismo de Barcelona. Tras ejercer brevemente la carrera de abogado entró a trabajar en Danis, una de las agencias  de publicidad más reputadas por aquellos años. Más tarde se hizo cargo de la delegación en Barcelona de SP, la primera revista política española, precursora de Cambio 16, trabajo que alternó con otras actividades en el incipiente mundo de las Relaciones Públicas, creando Ulled Asociados, una compañía con sede en Barcelona, Madrid, Lisboa y Beijing, de la que en la actualidad es presidente. A mediados de los ochenta colaboró con su esposa, Elisenda Nadal, en el relanzamiento de Fotogramas,  llevando a la revista a superar con creces los cien mil ejemplares y, en algún momento, el millón de lectores.  Desde su cargo de consejero delegado de la editorial, Jesús Ulled alumbró el nacimiento de dos revistas de concepto innovador: Qué Leer y Clío.    

En 2012, Ulled colaboró en el documental El payo Chac, de Yago Leonard, que contó con 6 candidaturas a los premios Goya.  

 


Aquí podéis ver el tráiler:

http://jacquesleonard.wordpress.com/el-documental/

ILDEFONSO MANUEL GIL: AMISTADES. 4

ILDEFONSO MANUEL GIL: AMISTADES. 4

[José Luis Melero fue uno de los grandes amigos de Ildefonso-Manuel Gil. Le contó muchos secretos, le habló de sus libros, de sus amigos, de sus años en el exilio. Pepe le dedica este libro en ‘Escritores y escrituras’ (Xordica), que se publicó en ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. En una foto de ferias, Jarnés, Ricardo Gullón e Ildefonso-Manuel Gil]

 

ILDEFONSO Y JARNÉS: DE ‘ESCRITORES Y ESCRITURAS’

 

Por José Luis MELERO

El poeta Ildefonso Manuel Gil fue un día a visitar a Benjamín Jarnés con una carta de presentación de Ángel Mingote, que había sido compañero suyo en el seminario. Desde entonces fueron inseparables y, a pesar de ser veintitrés años mayor, Jarnés no sólo fue un maestro para Ildefonso sino que se convirtió en su confidente y en uno de sus grandes amigos. Gil le correspondería sobradamente, pues fue siempre un gran defensor de sus libros y durante sus años de director en Zaragoza de la Institución Fernando el Católico se convirtió en su mejor editor y propagandista. Estos días he repasado las notas que tomé de algunas de mis conversaciones con Ildefonso sobre Jarnés. Me contó muchas cosas y algunas muy jugosas. Jarnés, que era muy mujeriego, tuvo una amante, Germaine, “una francesa putarrona abundosa en carnes”, decía Ildefonso, que, según le confesaba el de Codo, era “un torbellino en la cama”. Se hospedaba ésta en una pensión de la Gran Vía madrileña en la que también residían compañeros de Ricardo Gullón, el gran amigo de Ildefonso, que estaban preparando oposiciones. Germaine no cerraba la puerta de su habitación y los opositores se le colaban una noche sí y otra también. Para poder mantener a Germaine, Jarnés escribió con seudónimo novelas pornográficas, que le pagaban a 20 duros y que le colocaba en las colecciones especializadas el escritor Julio Angulo. También anduvo Jarnés enamorado de la escritora Rosa Arciniega y, después de que Ildefonso le diera lecciones de baile, se la llevaba a bailar al Palace. En 1934 Benjamín Jarnés vivía en el Paseo de Santa Engracia. Había en su casa dos cuartos de baño y uno de ellos lo tenía lleno libros que iba vendiendo a un librero de la Cuesta Moyano. Jarnés le decía a Gil que se llevara los que quisiera. Un día mi amigo se llevó ‘Las nacionalidades’ de Francisco Pí y Margall, la primera edición de 1877. “Desde entonces soy republicano federal”, me confesó Ildefonso.

14-IV-2011

Dos fotos de Rosa Arciniega.

MEMORIA DE FERNANDO CASTRO

MEMORIA DE FERNANDO CASTRO

[Recibo esta carta de Pepe Giral: Querido Antón: Después de tanto tiempo sin contactar contigo, me animo al fin. Sólo era para comunicarte que mañana lunes 26 de noviembre se cumple el primer año del fallecimiento de nuestro querido Fernando Castro Cardús.]

FERNANDO CASTRO CARDÚS:

CONTADOR IRREPETIBLE DE HISTORIAS

Por Pepe GILAR

¿Cómo explicarme Madrid, sin los ojos de Fernando? Tenía la retina empapada de una ciudad ya desaparecida a golpe de piqueta. No en vano, pasó buena parte de su infancia y juventud en Génova número diez, esquina a Campoamor. Por eso, cuando caminábamos por esta vía, él la sentía como una herida abierta y me hablaba de la inexistente Casa Palacio de los Señores de Parrent y Cía; del Palacio de Medinacelli y de muchos otros palacetes que han sido remplazados por rascacielos o edificios de hormigón.  Fernando conocía mi interés por aquel pasado perdido, motivo que le incentivaba a seguir explicándome inagotables historias de tantos y tantos rincones de la capital. Era asombrosa su capacidad para retener tal cantidad de sucesos, vividos en primera persona. Y enormemente enriquecedor el valor de su testimonio, tratándose de alguien  que superó los 91 años y con la cabeza intacta.  El hecho de ser de carácter extrovertido y con un espíritu siempre abierto a la curiosidad, le mantenía en un deseo perenne por aprender. Y junto a esta pasión sin límites, tenía también una generosidad inconfundible, que le predisponía a regalarte todos esos conocimientos. Por eso, no tiene nada de extraño que se hiciese voluntario, ya cumplidos los 77, para actuar como guía en el Teatro Real de Madrid.

En mi tarea de ordenar documentos, me di de bruces con algunos papeles dispersos, que al parecer eran nuevas obras de teatro. Le pregunté a Fernando y me respondió que debían corresponder a Julio. Cuando le dije que la caligrafía no era la de su hermano, sino la de él, se encogió de hombros y cambió la conversación (él, que tan feliz era hablándote de los logros de otros, prefería silenciar los propios).

Fernando había sido Secretario de la Cámara de Comercio de Avilés, además de la Junta de Obras del Puerto, entre los años 1948 y 1984, desde cuyo puesto, fue testigo de primerísima línea de los cambios y progresos que transformaron Avilés y su comarca. Me consta, además, que fue una especie de agitador cultural. Por ejemplo, y gracias a su esfuerzo y entusiasmo, la Cabalgata de Reyes llegó a ser una realidad. Además, consiguió llevar al Teatro Palacio Valdés una serie de espectáculos, como comedias o compañías líricas, bajo su propia dirección artística. Por otra parte, y debido a su gran afición por el ballet, mantuvo una estrecha colaboración con Roberto Ximénez y Manolo Vargas (bailarines que habían pertenecido a la Compañía de Pilar López). Incluso llegó a viajar con ellos por Europa, escribiendo argumentos para algunas de sus obras como el “Ballet en dos cuadros” o “Apuntes para la Petenera (ballet flamenco en dos partes sobre temas populares)”.

Fernando era el menor de los cinco varones que tuvo la familia Castro. Santiago, el primero de ellos “era el mejor de todos nosotros con diferencia”, según palabras de Fernando; el segundo, Julio Alejandro, 14 años mayor que él, pero que encontró en Fernando un gran colchón, a su regreso de México; poco que decir del tercero, José, un niño que falleció a la edad de cuatro años; el cuarto era Enrique, Capitán de Infantería muerto en Rusia por acción de guerra en  1943, y que fue inhumado en Podolowo. Los admiraba a todos ellos. En cuanto a la colección artística de su hermano mayor, luchó aunque sin éxito hasta el final, por la creación de una Fundación que llevara el nombre de Santiago. Respecto a Julio, tras más de treinta años de ausencia, volvió a encontrarse con el hermano pequeño, que le acogió sin reservas y que se convertiría en su mejor valedor, así como el mayor entusiasta de toda su obra. Por último, y referente a Enrique, tuve la oportunidad de acompañar a Fernando, en un viaje a Rusia, hasta el cementerio donde se encuentra el cuerpo de su hermano. Pocas veces vi llorar a Fernando como en aquella ocasión.

¿Pudo influir el hecho de ser el menor, para que le costase hacer valer sus propias ideas? La verdad es que no le gustaba hablar de sí mismo. Yo pude escuchar en numerosas ocasiones como se le pedía que plasmase todo ese enorme caudal de experiencias personales en un libro. A lo que Fernando respondía: “Lo que interesa no se puede contar, y lo que se puede contar no interesa”. Como era de prever, el libro nunca vio la luz y ahora ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, existe algún testimonio vivo suyo, como es el caso de la entrevista que le hizo Javier Espada en Zaragoza; o el documental “Un mar de letras” de Emilio Casanova; o lo que le grabó Feliciano Llanas, durante una comida con Asunción Balaguer, y que debe andar circulando por internet. Tal vez por ser demasiado exigente consigo mismo, o bien porque lo de permanecer en la memoria le daba exactamente igual, lo cierto es que Fernando, con una formación exquisita (me atrevería a decir de educación renacentista), eligió otro camino. Él fue un extraordinario relaciones públicas y un contador irrepetible de historias. Los que tuvimos la suerte de conocerle no olvidaremos fácilmente verlo sacar de su cuenco rebosante, aquellas vivencias que, como cerezas, se le enredarían traviesamente unas con otras. Anécdotas y más anécdotas para quien quisiera escuchar, extraídas de un cuenco que, ¡oh milagro!, continuaba deliciosamente lleno, sin punto y final. ¡El cuenco de nunca acabar!: su verdadera herencia, su mejor recuerdo.

 (Pepe Gilar, en Madrid 13/04/2012)

 

GUILLERMO BUSUTIL: LIBRERÍAS & CIA

GUILLERMO BUSUTIL: LIBRERÍAS & CIA

El escritor y periodista cultural Guillermo Busutil publica hoy, en La Opinión de Málaga, un precioso artículo sobre las librerías, que celebran su día el próximo día 30. Copio aquí el texto y el enlace. En la foto Guillermo Busutil, retratado por su fotógrafa favorita: Pepa Babot.

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2012/11/25/librerias--cia/550731.html

 

 

LIBRERÍAS & CÍA

GUILLERMO BUSUTIL 

Confieso: soy adicto a las librerías. No puedo evitar entrar en ellas, recorrer pasillos y estanterías, escuchar el susurro de las sirenas encuadernadas y recomponer mi tiempo interior con las promesas de la lectura. Hace años me enamoré de la Livraria Lello & Irmao de Oporto nada más subir por la serpiente roja de su escalera imposible, bajo la vidriera exlibris Decus in labora, «Adórnate trabajando», entre una luz irisada y la huella de los raíles por los que circulaba en el pasado un vagón repleto de libros. Y cada vez que me invade la angustia pienso en la Selexyz Dominacanen de Maastricht, donde el silencio gótico y su arquitectura me recuerdan el recogimiento casi sacro de la lectura. En estos lugares, casi mágicos, entendí porque Mallarmé dijo que el mundo existe para llegar a un libro. Mi adicción me lleva igualmente a recaer, cada vez que regreso a París, en la abarrotada y desvencijada Shakespeare & Company, igual que me empuja a entrar en la lisboeta Bertrand y en otras muchas librerías de diferentes ciudades. Grandes, pequeñas, cálidas todas, de nombres sugerentes como marca: Metáfora, Luces, Sintagma, Rayuela, Teorema, Babel, Paradiso, Cervantes, Antonio Machado, Rafael Alberti, Proteo, Gaia, Literanta, Portadores de Sueños, Tres rosas amarillas, L´Odisea, El árbol de las palabras. De cada una conozco su historia, su atmósfera y su especialidad. Algunas de ellas fueron la escenografía perfecta para la seducción y en otras conseguí olvidar un desamor. En todas he sido débil y he comprado novelas, cuentos y poemas de mis autores preferidos, historias de autores emergentes o desconocidos y deliciosas lecturas gremiales como 84 Charing Cross Road de Helene Hanff, La librera de Penélope Fitzgerald o La librería ambulante de Christopher Morley. Una adicción gratificante y enriquecedora que muy pronto me hizo ser consciente de que nunca querría curarme y de que las librerías son una biblioteca en permanente metamorfosis.

Su larga historia está vinculada, desde la aparición de la ciudad moderna, al asentamiento de las universidades, a la creación de círculos culturales y al fomento de la lectura. La mayoría están regidas por excelentes profesionales que llevan años valorando, filtrando y orientado lecturas a sus clientes. Incluso siendo el origen de ese boca a boca que convierte un título en éxito de ventas. Hombres y mujeres que en otros tiempos, tan oscuros como los actuales, fueron los cómplices que nos permitieron acceder a imprescindibles lectura clandestinas y que en la última década no han dejado de pelear por mantener a flote sus negocios, con actividades que van desde las presentaciones de libros y las tardes de cuenta cuentos a los pequeños clubes de lectura y la creación de rincones en los que leer junto a un vino o una taza de café. Tengo viejos amigos de charla e intercambio de afectos literarios entre estas personas vocacionales que resisten con firmeza frente a la urgencia de los beneficios inmediatos, el continuo acoso del delirante mercado del libro que impone novedades cada semana y les impide tener libros de fondo; frente a la competencia de las grandes superficies y el incipiente auge de la venta por internet y de las editoriales digitales, sin olvidar que en España existe un 41% de individuos que nunca lee ni las dentelladas de la omnívora e iletrada economía que anda desarmándonos el pensamiento crítico, la imaginación y la vida. Demasiadas batallas que están borrando del mapa la importancia de estos comercios de cercanía en el mantenimiento del tejido económico, social y cultural. El próximo día 30 el gremio celebrará una jornada nacional que aglutinará a escritores y lectores para reivindicar la tradición y la supervivencia de este sector que tiene una gran parte de sus 4.500 establecimientos afectados por la crisis. CEGAL promoverá mesas redondas, firmas de autores, un descuento del 5% y pedirán un Pacto Nacional por el Libro, al que se ha sumado la Asociación Colegial de Escritores en el objetivo común de defender estas trincheras frente a la incultura. Estaría bien que muchos de estos establecimientos imitasen a la librería madrileña Tipos infames, en la que una vez a la semana un escritor ejerce de librero. Una iniciativa que ya ha contado con autores como Marta Sanz, Marcos Giralt Torrente, Edmundo Paz Soldán o Jesús Marchamalo, y que podría extenderse a los clientes habituales.

Cada revolución, cada discurso político, cada religión y hasta la forma de hacer el amor han tenido un libro como protagonista. Y también un librero inteligente y erudito que contribuyó a divulgar las enseñanzas de sus argumentos. Su figura, en esta época dominada por la frialdad de las nuevas tecnologías, continúa siendo una valiosa intersección humana entre el escritor y la lectura. Lo mismo que las librerías son la espina dorsal de la difusión de la literatura, como dijo alguna vez Muñoz Molina. Es importante que reivindiquemos la necesidad de la lectura en este tiempo de miedos y derrotas; que seamos conscientes de que las librerías son una parte esencial del corazón de las ciudades. Haciendo hincapié a diario en estos argumentos y buscando nuevas fórmulas, podemos afrontar mejor el duro invierno en el que se ha convertido la realidad y conseguir disipar el incierto futuro del gremio. De paso, yo podré seguir con una adicción que me procura amigos, felicidad, salud mental, conocimientos y la posibilidad de encontrar una isla del tesoro en cada ciudad.

 

ROGELIO ALLEPUZ A CIELO ABIERTO

ROGELIO ALLEPUZ A CIELO ABIERTO

 

ROGELIO ALLEPUZ: EL ENAMORADO DE LOS PAISAJES

Uno de los fotógrafos de mi vida es Rogelio Allepuz. Lo conocí, primero, a raíz de una exposición de manos que hizo en Spectrum y como profesor. Luego nos encontramos en ‘El día de Aragón’, de 1987 a 1990, e hicimos muchos reportajes y entrevistas juntos. Y durante una década, entre 1990 y 2000, compartimos numerosas aventuras y secciones específicas que yo tenía en el ‘El Periódico de Aragón’: ‘Memorias de Otoño’, ‘Los raros’, ‘Sangre fresca’, ‘En Primer plano’: casi siempre era él el retratista. Poseía intuición, rapidez, hondura, naturalidad. Veía a la gente de inmediato. En nuestros viajes siempre hablaba de la naturaleza, de los países, de la comunión con el paisaje. Había, hay, en él una inclinación a los campos abiertos, a los horizontes, a los celajes, a la caligrafía majestuosa del tiempo sobre las rocas o las nubes. Me decía que en sus salidas al monte no llevaba cámaras. Ahora, en su activo facebook, Rogelio Allepuz ofrece todos los días espectaculares paisajes: abiertos, interminables, llenos de luz, paisajes de ensueño, llenos de detalles. Son las fotos de un enamorado de las cosas del campo. Son las fotos de las que tantas veces me/nos hablaba, quizá antes de haberlas hecho. Rogelio Allepuz es un maestro de la luz, un tipo excelente, un fotógrafo necesario. Su archivo, su sensibilidad, su capacidad de trabajo aún esperan la gran exposición que se merece.

Aquí están los Ibones de Arriel.

ILDEFONSO-MANUEL GIL: ‘A PILAR’ / 3

ILDEFONSO-MANUEL GIL: ‘A PILAR’ / 3

 

 

[Nuevo poema de Ildefonso-Manuel Gil. Un soneto de amor a su compañera, musa y esposa Pilar Carasol, madre de sus cinco hijos.]

 

A PILAR

 

Cada día mi amor ha ido creciendo

enriquecido en tanta confianza;

si clausuró su cuenta la esperanza,

más de lo prometido va cumpliendo.

 

La juventud se fue desvaneciendo

y no el amor que día a día avanza

hacia más perfección y más alcanza

cuando el corazón va atardeciendo.

 

Hay un triste placer, una hermosura

que sosiega el vivir y lo engrandece

viendo el tiempo en el rostro de la amada,

 

cada arruga tornándola más pura,

más bella en la medida que envejece,

más amorosamente codiciada.

(“A Pilar”, De persona a persona, 1971)

TONY LEBLANC LLEGÓ A CASI TODO

TONY LEBLANC LLEGÓ A CASI TODO

Tony Leblanc ha sido uno de los grandes humoristas de la España de los 50, 60 y 70. Un personaje casi con leyenda. Nació en 1922 en la sala de tapices de Goya del Museo del Prado, (su padre era guardia o conserje de puerta), hizo teatro antes casi de saber leer y luego participaría en muchas cosas: por ejemplo, de niño fue correo en bicicleta para algunas misiones de guerra que nunca le revelaron y sería campeón de España de claqué. Vivió una historia de amor con Nati Mistral, se acercó al mundo de Manolo Caracol y de Pastora Imperio, fue ‘boy’ de baile de Celia Gámez, y además fue más cosas, a veces es difícil saber el orden: fue boxeador amateur y dicen que logró el campeonato de Castilla en categoría welter, fue portero de Primera Regional y una temporada en Tercera División.

Trabajó de ascensorista y de botones en El Prado y fue, también, joyero y representante de anís. Y a partir de los años 40 daría el salto al teatro, luego al cine, donde encarnaría un mosaico de personajes –el inteligente, el pícaro, el tahúr, el galán, el bobo bueno, el timador, el enamorado constante de Concha Velasco, incluso el candidado a suicida-. Hizo muchas, muchas películas: ‘Los tramposos’, ‘El hombre que se quiso matar’ (siempre decía que quizá esta obra de Rafael Gil fuera su mejor película), ‘Las chicas de la Cruz Roja’, ‘Historias de la televisión’ oEl tigre de Chamberí’, sobre el mundo del boxeo, aunque él no era el púgil sino el preparador.

Fue un personaje decisivo en televisión: locutor y showman, además de sus personajes habituales, Kid Tarao, Carrasclás u otros, dejó un gesto para la historia: apareció con gesto grave, una manzana, la peló con cuchillo, se la comió y se marchó. Eso fue todo. Y fue tanto. El humor absurdo e inesperado. Hacia 1983, cuando había empezado a apagarse algo su figura, sufrió un terrible accidente de coche. Y pudo volver para recoger un Goya de honor, con mucho humor. Luego Santiago Segura lo rescató para el cine, con ‘Torrente’, y recibiría otro Goya. En los últimos tiempos aparecía en ‘Cuéntame’. Dirigió películas, hizo la música, escribió guiones; casi habría que preguntarse qué no hizo en realidad. Tras la ruptura con Nati Mistral, conoció a Isabel Páez, la mujer de su vida y la madre de sus ocho hijos.

Con la muerte Tony Leblanc, que era muy simpático y arrollador, con un talento especial para el humor y la cercanía, gracioso, se va un personaje especial, que nos dejó grandes momentos... [Foto de Jaime Villanueva]

 

*He tomado esta foto de la web de la Cadena Ser.

'BORDE', SEGÚN PÉREZ LASHERAS

'BORDE', SEGÚN PÉREZ LASHERAS

[Antonio Pérez Lasheras es filólogo y tiene muchos campos de acción. Es experto y biógrafo de José Antonio Labordeta, ha estudiado a lo largo y a lo ancho la poesía aragonesa contemporánea, conoce muy bien la literatura española del siglo de Oro y es un experto absoluto en Luis de Góngora. En su facebook, desde hace muchos días, da ejemplo de su amor al lenguaje y de su conocimiento de las palabras. Por ejemplo, en su última entrega, habla de la palabra BORDE.]

 

LA PALABRA ‘BORDE’

 

Por Antonio PÉREZ LASHERAS

 

[Entrega, 183.º ]Me pide mi buen amigo José Luis Melero —amigo de tantos años que casi triplican los que teníamos cuando nos conocimos— que haga una perla con la palabra borde, que era el insulto clásico que se escuchaba en La Romareda dedicado a los jugadores del equipo contrario e, incluso, al árbitro. Lo cierto es que hace unos años se trataba de una expresión exclusiva del campo del Real Zaragoza, pero hoy puede escucharse en cualquier evento deportivo en la Península Ibérica (porque también se dice en portugués).
En mi infancia y adolescencia en Jaca borde era el mayor de los insultos que podíamos llegar a oír y a pronunciar, y no lo oía fuera de mi tierra, donde se escuchaban otras voces como hijo de puta o hijoputa que me resultaban malsonantes. Había, incluso, quien era capaz de aguzar el ingenio: «Tú te callas, que no has llevado corbata más que en la boda de tu padre», le espetó un amigo de cuadrilla a otro, que pareció no entender. Ante la risa

 generalizada, gritó histérico: «Borda lo será tu madre». Ya tenemos una diferencia: borde / borda. El uso estaba tan enraizado en la lengua que había desarrollado su propio femenino.
Lo cierto es que, consultando el DRAE lo encontramos ya su primera edición (el ya tantas veces mencionado Diccionario de Autoridades, 1726), y se mantiene en el resto de las ediciones posteriores. La palabra se define como «El hijo nacido fuera de legítimo matrimonio», definición que se conserva hasta hoy (aunque abandonando la cuestionable legitimidad). Pero la misma primera edición del diccionario comenta: «Es poco usado». La autoridad con la que se respada es nada menos que fray Luis de León, en La perfecta casada: «Por manera que echando bien la cuenta, el ama es la madre, y la que le parió es peor que madrastra, pues enajena de sí a su hijo, y hace borde lo que había nacido legítimo» [regularizo la ortografía de acuerdo a las normas actuales].
Sobre el origen de la palabra, ya Autoridades comenta que Covarrubias (1611) «quiere que venga del francés bordeau, pero es más creíble que se haya tomado de nuestro adjetivo burdo, u del nombre burdel». Pero es que burdus, en latín tardío, significa 'bastardo', por lo que todas estas palabras están relacionadas.
El caso es que, en Aragón la palabra subsiste por influjo de aragonés, y ha conservado muchos más matices que en castellano, lengua en la que, ya a principios del siglo XVIII, era un arcaísmo. Por lo tanto, la voz ha seguido viva gracias al uso que se hacía de ella en Aragón, donde ha desarrollado muchos derivados: borde, bordé, bordegacho, bordegot, bordería ('hospicio', pero también, vulgarmente, 'putada'), bordet... Incluso, no descarto pensar que ciertos apellidos típicos de Aragón, del tipo Borderas, Labordeta, procedan de este étimo.

 

*La foto es de Stix.