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Antón Castro

EVA COSCULLUELA: UN DIÁLOGO EN EL DÍA DE LAS LIBRERÍAS

Eva Cosculluela, retratada por Vicente Almazán.

 

 

¿Qué supone asumir la presidencia de la Asociación de Librerías de Zaragoza? ¿Cómo te lo has planteado?

Asumir la presidencia supone continuar con un proyecto empezado hace tres años, cuando Paco Pons me invitó a formar parte de la junta directiva. En ese momento, la Asociación se proponía un cambio a nivel organizativo que implicaba crear áreas de trabajo y que cada miembro de la junta asumiera una, de acuerdo a su experiencia y a su capacidad. En este tiempo hemos llevado a cabo un proceso de modernización, muy importante para que la imagen de comercio tradicional que tenemos las librerías no se confunda con anticuado: estrenamos una web corporativa, impulsamos la presencia de la asociación en las redes sociales... Las librerías somos modernas y activas, y esperamos haberlo transmitido con el trabajo desarrollado. Junto con el resto de la junta, esperamos seguir trabajando en esta dirección.

¿Qué habías aprendido en esos tres años en la directiva?

Mucho. Paco Pons ha sido alguien del que he aprendido mucho, tanto en lo profesional como en lo personal. Paco ha sido un modelo de buen hacer y desde el principio supo implicarnos a todos, lo que ha sido fundamental a la hora de sacar adelante cualquier iniciativa.   

Presidenta nueva, junta directiva nueva... ¿También ideas nuevas, frescas, modernas?

Intentaremos aportar nuevas ideas para afrontar los nuevos tiempos que están resultando tan duros. Debemos asumir nuevos retos que ayuden a que las librerías tengan presencia en la sociedad, que seamos una opción prioritaria cuando la gente planifique su ocio, pero sin perder de vista el proyecto empezado por la anterior directiva. Del anterior equipo, continua también Óscar Martín (Siglo XXI). Se incorporan a la junta Juancho Pons (Librería Pons), Julia Millán (Antígona) y Hermelo Delgado (Casa del libro).

¿Qué asusta más: la responsabilidad, la crisis o el libro electrónico?

La crisis, si ninguna duda. Representar un colectivo es siempre una responsabilidad, pero no la asumo en solitario. Tengo unos compañeros de junta estupendos y tomamos las decisiones en común, estamos en contacto prácticamente a diario. En cuanto al libro electrónico, creo que los dos formatos van a convivir durante mucho tiempo. Nuestro reto será buscar la fórmula para adaptarnos a ese cambio  de la mejor manera posible.

¿Cuál es el estado de las librerías? ¿Cómo está el sector? ¿Se puede hablar de una descapitalización alarmante?

Aunque no me gusta ser alarmista, el sector está muy preocupado. El descenso en las ventas ha sido muy fuerte, de casi un 30% en los cuatro últimos años: se prevé que al terminar 2012 se habrá vendido un 10% menos que el año pasado. Pero en 2011 ya habíamos sufrido un gran bajón, igual que en 2010... Una librería no puede compensar ese descenso en las ventas reduciendo la inversión en títulos nuevos, porque para funcionar tiene que ofrecer las últimas novedades publicadas, además de un buen fondo. Y en este país se publica mucho, algunos editores están haciendo una “huída hacia adelante” publicando el doble de títulos que hace unos años. Este ritmo es imposible de seguir, las librerías no podemos seguir invirtiendo lo mismo en libros ahora que nuestra facturación se ha reducido un tercio.

¿Ha bajado su impronta cultural en los últimos tiempos o siguen siendo un refugio inequívoco de cultura?

Las librerías siempre han sido refugios de cultura  y en cada época han tenido su papel. Si los libreros no se hubieran arriesgado a traer libros prohibidos durante el franquismo y no hubieran permitido reuniones clandestinas en sus espacios, la democracia habría tardado mucho más en llegar y seríamos una sociedad peor. Ahora, afortunadamente, no es necesario sortear la censura y nuestro papel es otro, pero no por eso deja de ser importante.  Las librerías somos transmisores de cultura, acercando los libros a los lectores nos convertimos en vehículos transmisores de ideas, de conocimiento. Somos también facilitadores, favorecemos que gente con intereses comunes contacte y se creen nuevas relaciones.

¿Cuál es el nivel de calidad de las librerías de Zaragoza en el contexto nacional?

Zaragoza tiene muchas librerías y muy buenas, reconocidas a nivel nacional. Librerías como Antígona o Cálamo son referentes en toda España, y a menudo constituyen un aliciente más para viajar a Zaragoza. Cuando visitan la ciudad editores o escritores, siempre se muestran sorprendidos por la cantidad de librerías y, sobre todo, por su calidad. Eso es algo que sólo se consigue a base de años de trabajo bien hecho.

¿Cuál es la misión de un librero? ¿O cómo entiendes tú vuestro trabajo, al que has definido como un trabajo de proximidad?

Siempre se ha definido a los libreros como mediadores, pero yo veo el oficio como algo que va mucho más allá. Por supuesto somos mediadores, pero también somos activistas culturales, gestores, agitadores. Ser librero tiene un componente muy vocacional, y eso hace que transmitamos la pasión con la que vivimos esta profesión y nos involucremos en ella hasta hacerla una forma de vida.

¿Te has preguntado alguna vez por qué eres librera? Si es así, querría saber qué te respondes...

El deseo de ser librera es algo que asocio directamente con mi infancia. Una de las cosas que recuerdo con más cariño de cuando era niña es cuando mi madre me llevaba a comprar libros a la librería “Alfil”, que estaba en la calle García Sánchez, en una especie de ritual que se repetía cada sábado por la mañana. Las dos elegíamos unos cuantos libros y pasábamos el fin de semana leyendo. Ese gusto por los libros y la lectura que me transmitió mi madre hizo que siempre pensara en las librerías como un lugar donde la gente disfrutaba, y trabajar en un lugar que ofrece felicidad es un privilegio.

Hoy viernes conmemoráis el Día de las Librerías. ¿Qué se quiere celebrar, qué queréis reivindicar?

El “Día de las librerías” pretende transmitir que las librerías hacemos un trabajo importante: tenemos un profundo conocimiento de libros y autores, recomendamos  títulos en función de los deseos del cliente, hacemos visible el trabajo de creadores y participamos activamente en la vida cultural de la ciudad. Somos muchas y diversas: cada librería, con su selección de libros, está haciendo una declaración de intenciones.  Además, las librerías somos comercios de proximidad y como tales dinamizamos el tejido social de las ciudades, fomentamos la economía local, creamos empleo... Esta iniciativa, además, quiere recordar que un libro es un regalo excelente que ofrece horas de entretenimiento. Y aunque un libro se puede comprar en muchos sitios, el mejor lugar para hacerlo es, sin duda, una librería.

Los Portadores de Sueños ha cumplido ocho años. ¿Cuál es el balance? ¿Cuáles han sido esos instantes inolvidables que has ayudado a resistir y a amar más el oficio?

El balance de estos ocho años no podría ser mejor. La librería nos ha dado muchas alegrías, pero si tenemos que elegir nos quedaríamos con los buenos amigos que hemos hecho, que nos apoyan y han sido vitales en nuestra trayectoria. Recuerdo la tarde  en que Ismael Grasa trajo a la librería a Jorge Herralde llevábamos pocos meses abiertos y fue muy importante, porque Jorge escribió un artículo que nos ayudó mucho; o el día que conocimos a Ignacio Martínez de Pisón, a quien admirábamos y que se ha convertido en uno de nuestros buenos amigos; o tantas presentaciones que han terminado en cenas divertidísimas en Casa Emilio... Nos quedamos también con algunos autores a los que admiramos y que han pasado por la librería: Marcos Giralt Torrente, Jordi Puntí, Sergi Pàmies, Rosa Montero, David Trueba...  Y lo más importante: conocer a Félix Romeo y disfrutar de su amistad es algo que la librería nos ha regalado y que cambió nuestra vida.

 

¿Por qué elegisteis como nombre el poema de Gioconda Belli? ¿Qué tiene de especial ella y la composición?

Nos gustó el poema de Gioconda Belli porque habla de cómo la esperanza se impone a los más catastrofistas y cómo siempre, aun en las circunstancias más difíciles, hay alguien que consigue hacer la vida mejor creyendo en sí mismo y en lo que hace. Nos pareció que era bonito vincular una librería, el lugar que da cobijo a tantas historias y a tantas vidas diferentes, con un poema que habla de sueños y de esperanzas.

 

¿Qué cinco libros recomiendan Los Portadores de Sueños para hoy?

Infantil: Arturo y Clementina / Rosa Caramelo. Adela Turín y Nella Bosnia (Kalandraka).

 

En los años 80 Esther Tusquets editaba en España, en su sello Lumen, una colección italiana llamada “A favor de las niñas”.  Estos cuentos, que trabajan la igualdad y el respeto, los reedita ahora Kalandraka y siguen siendo tan necesarios y tan actuales como entonces.

 

Aragonés: “Escritores y escrituras”, de José Luis Melero (Xordica)

José Luis Melero da voz en sus columnas semanales en Artes & Letras a los escritores raros, desconocidos y olvidados. Aquellos que no se recogen en los cánones ni se enseñan en las clases de literatura. Este libro recopila XX de estas columnas para gran disfrute del lector.

 

Autor extranjero:

‘Mr Gwyn’. Alessandro Baricco. Anagrama, 2012.

Mr Gwyn abandona su carrera de escritor de éxito sin saber porqué y para qué. Puede que una anciana con un fular impermeable tenga la respuesta. O quizás una chica elegante y gorda que le ofrece un móvil en la lavandería, o un viejo artesano que fabrica bombillas a mano…

 

Autor español:

“Ayer no más”. Andrés Trapiello. Destino, 2012.

La Guerra Civil no es una historia en blanco y negro, es una historia de color gris, con buenos, con malos, con buenos hijos de malos y malos hijos de buenos. Setenta años después de presenciar el asesinato de su padre en los primeros días de la guerra, José Pestaña tropieza en la calle con uno de sus asesinos. Sólo tiene una pregunta: ¿dónde está enterrado?

 

Libro especial:

Hierro ilustrado. José Hierro. Nórdica libros, 2012.

“Hierro ilustrado” recoge una antología de los mejores poemas de José Hierro  junto a su faceta como artista plástico. Retratos, autorretratos y paisajes en verso y en color. Una cuidada edición de Nórdica libros.

CABALLERO BONALD: PREMIO CERVANTES

 

DIÁLOGO CON JOSÉ MANUEL CABALLERO BONALD

 

[Rescate de una entrevista que le hice en el hotel Orús de Zaragoza, hace unos años,en compañía de Fernando Sanmartín. A Caballero Bonald acaban de darle el premio Cervantes.]

-Decía García Márquez que él de repente lee “La metamorfosis” de Kafka y se dice: “Si se puede escribir así, quiero ser escritor”. ¿Le sucedió algo semejante con algún libro?

-Sí, de pronto descubrí en la pequeña biblioteca familiar, en la casa de Jerez, una biografía de Espronceda de Narciso Alonso Cortés, un historiador de la literatura de Valladolid ya prácticamente olvidado. Me quedé deslumbrado por el personaje, no por la poesía. Era un hombre que había hecho de todo: murió con 34 años y había luchado en las barricadas de París, había fundado una sociedad secreta, había estado preso, exiliado por su republicanismo exacerbado, había sido diputado, guardia de corps, había trabajado en la Delegación española en La Haya, etc. Y además, por si todo esto fuera poco, se marchó con una muchacha de la que estaba enamorado desde que era una niña, Teresa Mancha, la había conocido en Lisboa, y tuvieron una hija. Y así hasta que Teresa un día se fue de su lado porque las relaciones se fueron enconando, envenenando, y un día Espronceda, que ya es el prototipo del romanticismo, paseando por la calle Santa Isabel de Madrid, se asoma a una ventana donde había un velatorio y descubrió que la muerta era su amante, y escribió su “Canto a Teresa”, que, por otra parte, es magnífico. Ahora va a aparecer en la colección Omega un libro mío sobre Espronceda.

 

 

-Y entonces este libro y este personaje fueron el detonante.

-Sí. Yo quería ser como Espronceda, pero no como el poeta, sino como el personaje. Quería imitarle, pero como era imposible emularle en tantas y tan maravillosas facetas y hazañas, lo que hice fue emularle en las dos que tenía más a mano que era escribir poesía, cosa que me ha durado hasta hoy, y llevar una vida licenciosa, que en aquellos años con la asignación semanal se limitaba a llegar algún día tarde a casa.

-Pero también quiso ser marino, ¿no?

-Antes que nada. Y esa afición procedía de mis lecturas de Emilio Salgari y Jack London. “El lobo de mar” de Jack London me dejó hechizado también. El lobo Larssen, aquel personaje magnífico. Y yo quería realmente ser un aventurero también. Y la única posibilidad que tenía a mano era hacerme marino, pero luego, como casi todos los muchachos de mi edad de la posguerra, yo enfermé del pecho, tuve que reposar y ya no estaba en condiciones  físicas de ser marino y lo cambié por Filosofía y Letras en Sevilla, que fue como equivocarme de otra manera.

 

-¿Tuvo Caballero Bonald hasta el año 62 vocación de poeta solamente?

-Sí. Fundamentalmente mis primeros pasos y mis ambiciones en el mundo de la literatura era la poesía y ser poeta. Pero cuando me fui a Colombia, empezaron a intensificarse mis recuerdos de Jerez, era la época del realismo social, y yo quise escribir una novela donde realmente se reflejara mi experiencia personal en ese mundo las viñas y las bodegas de Jerez que tenía muy cerca por razones familiares también y que era un tema que se compadecía muy bien con la intención de denuncia...

 

-Se refiere al libro “Dos días de setiembre”.

-Sí. Escribí esta novela acordándome de lo que había vivido. A partir de ahí casi todo lo que yo he hecho en literatura es porque me acordaba de lo que había vivido. Siempre he pensado que si no tuviese memoria no podría escribir.

-Hablando de recuerdos y de memoria, en el primer tomo de sus memorias había un capítulo magistral, el dedicado a los “acostados” de su familia.

-Ese fue el arranque. Yo me dije: “Voy a escribir mis memorias” porque me acordé de pronto de esos miembros de mi familia, Bonald, había tres o cuatro o cinco acostados. Pensé que era un tema literario interesante y que podía ser el arranque de unas memorias. Luego no fue el arranque, pero sí fue el motivo: el recuerdo de esos episodios familiares de los “acostados” fue el incentivo que me movió.

-¿Vivían en su casa?

-Algunos sí. Dos vivían en mi casa: mi abuelo materno y mi tía Isabel. Mi abuelo se levantaba un día a la semana, iba a llevarnos a tomar dulces a una confitería y a hacer todo lo que nos prohibía: beber en las mangas de riego, subir por un pretil peligroso. Aquella era una escapada maravillosa de los jueves que salíamos con el abuelo Rafael Bonald. Y luego estaba mi tía Isabel que estaba siempre en la cama, y además había otro tío y un primo. Menos mi primo, que también se llama Rafael Bonald; de pronto, un día los otros tres murieron en la cama.

-En cualquier caso, estos personajes por su pintoresquismo le dan una materia literaria muy sugerente.

-Insisto: la memoria es el factor desencadenante de lo que yo escribo. Luego, con las deformaciones e inventos propios de todo proceso creador, pero el punto de partida es la memoria. Y esos familiares eran un don para el escritor.

 

-La memoria estaba muy presente en “Dos días de setiembre”, que narraba un enfrentamiento entre los terratenientes y los campesinos, pero años después escribió una novela si quiere más experimental, que fue “Agata ojo de gato”, de la cual siempre dice que es su favorita.

-Sigue siéndolo. Me siento muy expresado en esa novela. Creo que hice lo que yo quería, cosa que es muy difícil en literatura acabar un texto y decir: “No lo escribiría de otra manera”. Y eso sólo me ha ocurrido con algunos poemas y con “Agata ojo de gato”. Creo que es la manifestación de un mito, el mito de la “mater terra”, de la tierra madre que castiga a todo aquel que pretende ultrajarla, y me inventé esa historia medio legendaria, pero que tiene las raíces en la realidad del Coto de Doñana.

 

-Usted creó una suerte de realismo mágico pasado por Andalucía.

-Entiendo lo que quiere decir, pero ese es un término que no me gusta mucho porque es un híbrido de Sandokán y Galicia, o de la novela picaresca y el cuento de hadas, pero en todo caso pienso que “Ágata” tiene un intento de sustituir la historia por sus presuntas equivalencias mitológicas, pero siempre manteniendo esa realidad que responde a la historia verídica del coto de Doñana. Además con ese libro me ocurrió, y eso sí que era mágico no por el método literario sino por sus consecuencias, que conocí a personajes después de haber escrito la novela que eran un reflejo fiel de los que yo me había inventado y eso es muy inquietante y muy apasionante. Conocer en la vida real a personajes de ficción, tuyos, propios, provoca entusiasmo e inquietud.

-Antes de seguir adelante en este viaje por su obra, querría recordar que en esa época usted ya había estado en la cárcel, ya había frecuentado la amistad de Dionisio Ridruejo y se había manifestado antifranquista.

-Yo trabajé al lado del Partido Comunista como todos nosotros en aquel momento. No tuve carnet, pero trabajé con el PC porque era el único partido que realmente tenía presencia en la vida clandestina antifranquista. Primero me desperté a través de Dionisio Ridruejo, fue una persona a la que yo quise mucho, era un hombre limpio de corazón, con una evolución personal auténtica. Era fascinante, era seductor. A través de él, y con otros amigos como Moreno Galván, Juan Benet, Fernando Baeza, Pepín Vidal Beneyto, que luego no tuvieron ninguna relevancia política, pero para mí fue como el foco de donde arrancó mi actitud política antifranquista.

-¿Cómo resumiríamos su incorporación al grupo de los 50?

-Yo no creo en “La Generación de los 50”, pero sí en un grupo de amigos con muchas diferencias literarias evidentes. Lo que sí nos unía era muchas cosas en común: éramos noctámbulos, desobedientes, insumisos y luego la actitud antifranquista, que nos unía a todos. El grupo dentro de la generación ha tenido una importancia cada vez más notoria en la evolución de la poesía española y además creo que había algunos miembros de esa generación –como podía ser Barral o Gil de Biedma- que eran realmente unos hombres cultos, petulantes (ya sabe: la insolencia de los eruditos) y luego unos críticos de la cultura, sobre todo Gil de Biedma en su libro “Al pie de la letra”. Me parece un libro espléndido: crítica de la vida y de la cultura. Y además eran personas que hablaban tres o cuatro idiomas. Yo creo que del grupo con el que tengo más afinidades es con José Ángel Valente por el lenguaje. Como a él, nunca me ha gustado la poesía obvia, explícita, directa, la narratividad que ahora está muy en boga. Esa poesía no me interesa. Me gusta el riesgo de trabajar con el lenguaje y en eso Valente ha sido un maestro. Como lo fue también en cierto modo Barral.

-Ha dicho que su libro de poesía que más le gusta es “Laberinto de fortuna”.

-Lo dije pero creo que ella no lo diría ahora. Uno casi se queda siempre con lo último y lo último es “Diario de Argónida”. Yo soy un poeta muy discontinuo, irregular e intermitente, entre mi último y mi penúltimo libro pasaron más de diez años. No me importa. Yo pierdo la fe en la poesía con frecuencia. Y si pierdo la fe, no voy a empezar a escribirla de una forma mecánica. A mí me interesa mucho este libro, que es un homenaje a Juan de Mena, que instauró una lengua poética en medio de un castellano todavía incierto, y esta instauración  de un lenguaje yo también intento hacerlo en “Laberinto de fortuna” porque es un libro que depende del lenguaje, del léxico, y es un libro donde demuestro que la poesía también es un procedimiento. Es un hecho lingüístico. Un acto de lenguaje.

-Es curioso porque le hemos leído declaraciones en las que se revela muy crítico con eso que ha dado en llamarse “la poesía de la experiencia”.

-Odio las pláticas de familia o rencillas de poca monta entre poetas. Y a mí la poesía de la experiencia, suponiendo que eso signifique algo, si se limita a la narratividad, a la poesía obvia y explícita, no estoy de acuerdo con eso. Y que es eso de “la poesía de la diferencia”.

-También en su poesía se ha experimentado un cambio curioso: empieza siendo un poeta social, y sin dejar de ser eso, mezcla esa exuberancia, ese lenguaje barroco con un lenguaje muy cotidiano y con todo el poso de la memoria y de la cultura sin llegar a ser culturalista.

-Mis primeros libros eran una poesía psicológicamente envarada. Me despojé de esos influjos que venían de la adjetivación de Neruda y Aleixandre, Cernuda, de eso me fui liberando, y creo que mi barroquismo no consistía de ninguna manera en la acumulación de bellos términos para llenar un vacío o bien en la complicación léxica o sintáctica de una forma gratuita sino en la búsqueda de esa palabra, de ese adjetivo ineludible, insustituible para definir el pensamiento o mi propio pensamiento. Lo que yo quería contar. En este sentido sí soy barroco, pero para mí el barroco es una aproximación expresiva a la realidad.

-Yo soy muy lento. Las prisas en literatura son como la actividad de la carcoma: a mayor velocidad más pronto sobreviene el derrumbamiento. Y ahora noto que los jóvenes terminan de escribir un libro y empiezan otro corriendo, les salga bien o mal, lo que quieren es publicar mucho y con muy poco espacio entre uno y otro. Hay que tomarse un respiro.

-Publica un libro en 1981 una novela deliciosa: “Toda la noche oyeron pasar pájaros”, el título lo tomó del diario de Colón.

-Sí, de la transcripción de Bartolomé de las Casas, en la antevíspera del descubrimiento. Es un libro que me satisface: es complejo. La mecánica del libro quizá sea intrincado a veces pero cree un mundo atractivo que proviene en muchos aspectos de William Faulkner. Para mí Faulkner, el narrador norteamericano del sur, ha sido un maestro. Creo que ese libro es faulkneriano y supone un episodio destacable dentro de mi narrativa que es escasa. Por que el siguiente...

-“En la casa del padre”, Premio Internacional de novela Plaza & Janés...

-Retomo la crítica social, me gusta menos. Mientras lo escribía me estaba aburriendo y eso es gravísimo. Porque pensé que esa historia necesitaba mil páginas y que no tenía ya ganas de escribir mil páginas. Lo aligeré. No me gusta mucho.

-Lo que es impresionante es lo que cuenta en “Campo de Agramante”, quizá su mejor novela.

-Ese es divertido, creo yo. Además ahí reaparece otra vez la memoria porque la novela es la memoria de algo que me pasó a mí. Yo tuve un conato de isquemia, que es una especie de insuficiencia circulatoria cerebral, y entonces me ocurrían cosas extrañas. Se me alteró la sensibilidad: tenía confusiones entre la realidad y el sueño, recuerdos falsos, que es una cosa bastante inquietante, es como si te miras en un espejo y no te reconoces, lo que tampoco es cómodo. Y me convertí en un personaje literario y pensé que era un personaje para una novela mía. La novela de mi memoria otra vez. Todas son novelas de mi memoria. Hasta la poesía. Y en este tipo de cosas pienso que si tú escarbas en la realidad, te encuentras siempre con la fantasía. La fantasía siempre está ahí detrás con una fuerza superior a la realidad. Yo cuento en las memorias una cosas que me tiene obsesionado y va a ser el arranque de algo: hace muchos años visitando el museo de arte de Cataluña había allí un panel de Jaume Huguet, un pintor catalán del siglo XIV, y representaba a un grupo de gente que estaba oyendo a otro que leía un libro de horas en un atril. Y entre ese grupo de gente había un personaje que se parecía a mí muchísimo.Yo me di cuenta de que era mi retrato, me ampliaron el retrato y tenìa en la sien derecha una mancha, una rosácea. Es de nacimiento. También lo tenía este personaje, y nunca más volví por el museo. Me preguntaron: “¿Por qué no has vuelto?” “Porque estoy seguro que el personaje ha envejecido tanto como yo”. Creo que llegaría encontrándome con un personaje que se sigue pareciendo a mí de viejo. O algo todavía peor: que se ha mudado a otro cuadro.

-Lo que tenía ese libro de “Campo de Agramante” era la fuerza del paisaje, las marismas, la fascinación que tiene usted por Andalucía, por el color, por la luz, por la vegetación.

-Me gusta mucho describir paisajes. Trasladar el tono y el carácter del paisaje a la escritura. Eso siempre me ha preocupado, quizá también porque tengo una gran atracción por la pintura. He hecho trabajos de pintor, dibujo con frecuencia. No es que sea un pintor frustrado. Es que soy un pintor muy poco conocido.

-Por ejemplo, hay en usted algo así como la configuración de un mito de Andalucía.

-Sí. Eso es deliberado. He intentado crear como los grandes novelistas con su lugar nativo esa imagen de una presunta mitología andaluza haciendo hincapié en aspectos de la tradición, de la superstición, de las culturas residuales que todavía permanecen, ciertas zonas rurales de Andalucía. Eso me preocupa. He querido reconstruir o inventarme una mitología andaluza. Además no salgo yo de esa zona... ¿Por qué no salgo de esa zona geográfica? Porque es el lugar del mundo que conozco mejor pero sobre todo porque fue ahí donde verifiqué mis primeras tentativas de intervenir en la realidad y donde, sobre todo, descubrí el mundo. El lugar donde se descubre el mundo ya es para siempre el compendio simbólico del mundo. El mundo, como se ha dicho tantas veces, está en el lugar donde vives, ahí está todo.

-Entonces, debemos deducir que usted se siente afín a autores como Miguel Torga, García Márquez, Juan Carlos Onetti, Faulkner...

-Esas son personas a las que leo con mucho gusto y han sido maestros míos. Como Onetti, como Juan Rulfo, con el que estuve en varias ocasiones. Una vez le preguntaron si tenía algún trabajo entre manos, y él decía que no tenía tiempo, que estaba dedicado a la antropología cultural y que salía por los paisajes del país a realizar trabajos de campo. Y que no tenía tiempo de inventarse historias literarias. También solía decir que se había muerto su tío Macario, el vendedor de ataúdes, y que era él quien le daba las historias. “Desde su muerte, me he quedado en blanco”, dijo.

-¿Cuál ha sido el escritor que más le ha impresionado?

-Personalmente yo creo que Pablo Neruda. No tampoco. García Márquez, lo conocí cuando no era famoso en Colombia. No lo sé. Mantuve correspondencia con Cernuda, ocho cartas, vinculadas algunas de ellas a cuando yo trabajaba de subdirector de “Papeles de Son Armadáns”. Como personas no podría decir, no puedo hablar de escritores que me hayan dejado una impresión memorable, su obra sí.

-¿Su escritor preferido?

-Son muchos. Cervantes es un personaje que me fascina, las zonas nebulosas de su vida. Escribí un libro que se llama “Sevilla en tiempos de Cervantes”, seguí el rastro por Sevilla: aquella vida oscura de jugador, los líos familiares, la hermana de Cervantes era puta y él, según dicen, maricón, pues bendito sea Dios si escribió el Quijote.

-Le he leído lo siguiente: “Me puedo volver loco con la búsqueda de la palabra exacta”

-Sí. No sé si dije eso. En cualquier caso, corregiría la frase y diría: puedo perder la salud buscando un adjetivo. Y eso me pasa sobre todo con la poesía. Yo la poesía la hago de memoria, mientras paseo, en los momentos incluso más inoportunos, y voy elaborando el poema, si no es largo. Lo hago con la memoria, y entonces la búsqueda de ese adjetivo que yo considero que ya no se puede sustituir por ningún otro, eso me puede enloquecer, me puede quitar el sueño. Cuando me acuesto y empiezo a pensar en esa palabra... Supongo que esto para muchos escritores les parecerá una exageración y una estupidez porque hoy nadie piensa mucho en las palabras, si no que piensa en las historias. Hay escritores muy famosos ahora; leí el otro día a un escritor muy famoso que decía: “La preocupación por el lenguaje es una excusa de los que no tienen nada que contar”.

-Lo diría Arturo Pérez-Reverte, casi seguro.

-Pues sí. Y decía una cosa mucho más insultante: “Me importa una mierda el lenguaje. Eso lo dicen los que no saben qué contar o no tienen historias”.

-Acaba de hablar de la pérdida de salud. Usted ha dicho que la inspiración no existe, que es tener buena salud.

-Sí. Tener buena salud y el estado de ánimo propicio, eso es lo que es la inspiración o el estímulo previo para poder escribir sin aburrirte. Para un es escritor es muy importante no aburrirse. Cuando te aburres tienes que dejarlo. Sé que no me va a salir bien, que me va a salir una cosa artificial. Sólo escribo cuando me siento exaltado, y releo lo que estoy escribiendo.

-¿La Academia? Le han hecho varios feos.

-Una vez me retiré yo. Iba a competir con Antonio Muñoz Molina, que es amigo al que aprecio y admiro su obra, no quería competir con él. Y las otras dos veces son de esas cosas que pasan. Es un episodio superado que no volverá a repetirse porque ya he tenido alguna insinuación para que me vuelva a presentar con todas las seguridades previas que se puedan tener. He soslayado la invitación para siempre. No quiero saber nada de ese asunto. Lo único que saqué claro de aquel episodio es que un académico hizo propaganda en contra y dijo que yo era un “rojo y libertino”. Y entonces le contesté: “Hombre, lo que me desagradaría de verdad es haber dejado de serlo”.

-¿Tiene usted constancia de que fue una gran maniobra de Cela?

-Sí, claro, pero ahí hubo dos o tres que hicieron una campaña en contra. La Academia es una recompensa social y en ningún caso una meta literaria. La recompensa social no me la han dado, muchas gracias, ya me voy y no quiero saber nada de eso.

-A mí me llama la atención tanto como el poder de Cela, la falta de personalidad de los académicos en general.

-No salí por un voto. Lo más curioso es que Cela había publicado poco antes en “ABC” un artículo que se titulaba: “Umbral, Bonald, Arrabal”, y se preguntaba por qué no estábamos en la Academia y quería defenderlo a toda costa. Y que era una injusticia. Y que teníamos que estar allí ya. Luego ocurrió lo que ocurrió: ¡qué rara es la gente! Hay como una doblez en las cosas de la vida cotidiana que me dejan un poco sorprendido porque yo procuro ser consecuente con mis ideas y con lo que yo pienso. Y ser por una parte crítico, con mis amigos, en una crítica generalmente irónica, para limar asperezas, pero por otra parte soy fiel. Creo que soy fiel. En mis memorias hay mucha crítica de gente que he conocido.

-Ese elogio a la cultura del placer, del vino, del fumar, de alcohol. ¿Por qué le ha gustado tanto eso?

-He sido muy hedonista. Pienso que esos placeres que te alegran la vida, que te hacen muy soportable las desdichas y atropellos de la historia contemporánea, yo soy un bebedor, me gusta beber, pero también por razones de desobediencia, de irritar a los bienpensantes. Y en ese sentido he buscado placeres de éstos, pequeños placeres, que te puede ofrecer la vida cotidiana, enfrentado a un mundo hostil, a un mundo en guerra, en manos de un ignorante como el señor Bush, peligroso ignorante, fanático del eje del mal. Todo eso me produce escalofrío y procuro, aparte de tomar partido, contrarrestar los malos efectos de todo eso con los buenos efectos del hedonismo.

-¿Debemos deducir que también escribe contra las ofensas de la vida?

-Sí. Eso lo copié de Cesare Pavese. La literatura es una forma de defensa contra las ofensas de la vida. Eso lo he tenido muy presente. Mis poemas siempre tienen algo de última voluntad. Yo me defiendo de algo con lo que estoy en desacuerdo. Alguna vez dije que yo escribo en legítima defensa.

-¿Se siente un radical?

-Sí, me considero un radical. Ahora que acabo de hacer un libro de Espronceda y el romanticismo, me gusta lo que tenía de insumisión, de rebelión contra una sociedad retrógada, inmovilizada por el influjo de la tradición, del neoclasicismo en el caso de Espronceda. Oponerte a eso de una forma furiosa a veces. Eso me gusta a hacerlo.

 

EL ASUNTO CELA Y CHARO CONDE.

Podría haber sido navegante o capitán de barco. Tiene ese porte elegante y breve de un caballero del sur transido de nobleza y de nostalgia, aunque de inmediato se percibe su gallardía, su amor por la vida y el placer. Se sabe que va y viene de los viñedos a las marismas, del caballo en la serranía o al mar melodioso del sur, y en los miradores de la noche, recortado por la luna de los maletillas, podría ser el aparecido de un largo viaje: el señor que vuelve. Tiene una existencia tan bonita que ha escrito dos tomos de memorias: “Tiempo de guerras perdidas” y “La costumbre de vivir”, que también podría haberse titulado “La costumbre de escribir” o “El oficio de conversar”. Le oímos con entusiasmo, con devoción.

-Me incomoda bastante hablar de mi propia obra. Además un escritor sabe muy poco de su propia obra. Y puede aproximarse a lo que intentó hacer pero no al hecho literario consumado. Y a veces me produce cierta sensación de impudicia.

-Me ha sorprendido en tus memorias el tratamiento del famoso tema de Charo Conde.

-Yo tenía que contarlo, aunque no quería de ninguna manera entrar en ese asunto porque es muy peliagudo y por mi parte puedo pecar de impúdico o de desvergonzado o de irreflexivo, pero tenía que contarlo porque eso se sabía. No podía soslayarlo. Pero por otra parte yo sólo quería apuntar veladamente lo que había ocurrido y eso es lo que intenté hacer incluso usando una retórica bastante nebulosa porque lo hice adrede, pero sin necesidad de eludirlo también...

-No sé si usted ha llegado a leer el libro de Umbral sobre Cela.

-He leído comentarios.

-Umbral alude en varias ocasiones al engaño, a la infidelidad de que fue objeto por parte de su mujer...

-La infidelidad de su mujer tampoco es verdad. Fue conmigo y punto. Porque parece que Umbral hablaba de que Charo como una mujer descocada, de que más o menos tenía aventuras consecutivas, y eso no es cierto. Yo no he leído el libro. Y siento una gran extrañeza ante un texto como ese que me han dicho que es injurioso contra Cela y eso me sorprende porque yo creía que Umbral, aparte de amigo, era un discípulo, aventajado, de Cela y que Umbral siempre había defendido a quien le dio el premio Cervantes, el Premio Príncipe de Asturias.

-A lo mejor arriesgo un juicio injusto, pero a mí me parece que Umbral es un hombre sin amigos y es muy calculador.

-Hace columnas magníficas, aunque luego las novelas son otra cosa. Algunos son columnas ejemplares.

-Quizá se haya planteado: si yo hago un libro de elogios, no tiene ningún interés, ni se habla de él ni se vende.

-Ese cálculo es muy posible que lo haya hecho Umbral, que es persona ambiciosa y necesitada de que su nombre esté en la cumbre de la fama y de los dimes y diretes literarios. Antes de publicar el libro, antes de morir Cela, hizo una columna muy elogiosa en torno a Marina Castaño y aquí la pone a parir.

 

ALEJANDRO MONGE, PRIMERA INDIVIDUAL, EN GIL DE LA PARRA

ALEJANDRO MONGE, PRIMERA INDIVIDUAL, EN GIL DE LA PARRA

[Esta tarde, en la sala de Carlos Gil de la Parra, en el Paseo de la Constitución, el pintor y escultor Alejandro Monge presenta su primera muestra individual: retratos, paisajes, alguna escultura, dibujos. Obra en gran formato, donde manda el claroscuro, de pequeño y de medio; a veces pasa de ese hiperrealismo tan trabajado al óleo a un estampa romántica. La inauguración será entre las 19.30 y las 20.00.]

 

ALEJANDRO MONGE O LA OBSESIÓN DEL CONTRASTE

 

Alejandro Monge lleva a una carrera fulgurante: ha logrado, en muy poco tiempo, crear un puñado de imágenes que lo definen: rostros poderosos, turbadores, inscritos sobre un fondo negro. El conjunto, de entrada, hace pensar en el barroco y se aproxima a un hiperrealismo que no excluye lo sombrío: a veces sus cuadros, resueltos en óleo sobre lienzo, hacen pensar en la fotografía de Pierre Gonnord, por citar un icono que muchos empezamos a reconocer, aunque sus fuentes hay que buscarlas en la pintura, en Zurbarán, por ejemplo, en Francisco Pradilla e incluso en maestros más contemporáneos como Antonio López.

A veces, la obra de Alejandro Monge tiene algo de trampantojo: aparenta ser una fotografía, trabajada hasta sus últimas consecuencias en la textura y en el contraste (dice Alejandro: “uno de mis vicios es el contraste. Me gusta mucho, lo busco, me define”), pero en realidad es una pieza al óleo, meditada, de ejecución parsimoniosa que puede prolongarse hasta los dos meses. Es una pintura con tiempo que aspira a la perfección, a crear una nueva imagen de la realidad, y que pretende crear un auténtico ‘artefacto’ pictórico, con las cualidades de la pintura.

Alejandro Monge lleva en el arte poco más de tres años. Un día le dijeron –quizá fuera su propio padre, Jesús Monge, decorador y aficionado en otros tiempos a los tonos obsesivos del negro- que debería abrazar los pinceles: darse una oportunidad. Medirse consigo mismo. Desplegar los talentos naturales. “Déjalo todo y ponte a pintar”, le dijo. Y lo ha hecho: ha asistido a clases de dibujo con Mariángeles Cañada durante seis meses y luego ha trabajado en su estudio. En este tiempo ha hecho muchas cosas: un autorretrato paterno, una serie de fumadores o de volutas de humo que avanzan y se enredan y se expanden en el aire, y ha hecho algunos experimentos con la escultura. En todo este tiempo, su obra no ha pasado inadvertida: ha sido valorada, seleccionada y expuesta, y ha llamado la atención por su personalidad. Por sus investigación, por su  búsqueda. Y por el torrente del negro, que es cuna, refugio y laboratorio de formas. Alejandro dice que es su color favorito: durante algún tiempo vivió en habitaciones pintadas de negro, a pesar de que no le atrae lo siniestro ni pertenece a ningún grupo gótico.

Un retrato siempre es un ejercicio complejo: trascender un rostro y transformarlo en materia artística, sujeta al modelo y a la vez independiente de él, no es nada fácil. Alejandro lo logra. Y he aquí la prueba: cuida los detalles, los gestos, los rasgos, cualquier matiz: desde una ceja que se enarca bruscamente hasta el intenso carmín de unos labios, desde la fuerza de unos ojos a la caída, hilo a hilo de oro, del cabello. Sus rostros tienen belleza y energía, pero también pueden ser desdeñosos, desafiantes; pueden expresar estupor, desgarro o pérdida. En su obra no hay nada complaciente: por ejemplo, la pureza y el candor de una niña pugnan con el instinto de los doberman, tan amenazantes, sobre una atmósfera oscura, que resalta los ojos de los protagonistas; las miradas parecen de acero o de hielo, hay como una contracción, una perplejidad, ira contenida. O puede haber también, cuando el rostro parece algo más ensimismado, un rasgo místico con la concentración y el tránsito inefable de un monje. La luz moldea el rostro en el centro del cuadro, lo moldea y lo ciñe, resalta su personalidad y su energía, que parece indómita. Ni en sus retratos de mujeres asistimos a un manifiesto de suavidad. Quizá haya una mayor contención de la inquietud, pero siempre hay algo desapacible. Que hiere, que inquiere o que duele.

Además de esos retratos, expresivos y turbadores, Alejandro Monge ha hecho otras series: paisajes. Paisajes de cielos, más bien tenebrosos o crepusculares, como de un romanticismo tan misterioso como sombrío, y paisajes de bosques tras la nieve. Paisajes de nieve pintada. Los primeros, casi en formato panorámico, aluden a la pintura del siglo XIX, a Caspar David Fiedrich, quizá, a esos mundos de tinieblas donde todo es posible: el miedo, el sueño, la fantasmagoría, la irrupción de criaturas de pesadilla, el pausado movimiento de la luna entre dramáticas nubes. Y también evocan algo que Alejandro desarrolla con más énfasis en la escultura: la fragilidad, la fugacidad, la penumbra. La estación otoñal y anímica de la incertidumbre. En los segundos paisajes, que parecen realizados como a carboncillo, el pintor busca la depuración formal: elabora lo máximo con lo mínimo. Sugiere. Y abre la puerta hacia el más allá, hacia un mundo desconocido, que acaba de ser visitado por el temporal o por la nieve. Y luego, tras las inclemencias, recupera la serenidad. En ese territorio tan literario, casi de cuento de hadas, Alejandro se mueve a su antojo. Parece preguntarse: ¿qué habrá allá, en el interior, después del claro del bosque? ¿Cómo sonarán las pisadas del paseante sobre la alfombra de hojas y matojos? Casi da la sensación de que invita a entrar con el lobo, con las inconcretas alimañas, con la melodía del silencio sibilante. A Alejandro Monge le encanta contraponer la oscuridad con el fulgor de la nieve sobre los pinos. E incluso le encanta sugerir otra idea: el bosque, varado tras el temporal, está muerto. Inmóvil. Inerte. Encadenado a la región del sortilegio.

He aquí un artista con un gran porvenir. El retrato es más exigente y demanda un ejercicio plástico de abstracción y de matices expresivos; el propio artista señala que el retrato coarta, despierta una tensión especial que va más allá de la dificultad. En el paisaje el pintor parece reposar. Experimenta, juega, evoluciona casi sin percatarse. Se divierte. Y eso también se ve en sus desnudos de mujer, que abren otra veta de inspiración y de búsqueda.

Alejandro Monge intenta ser un artista libre. Abierto al propio ritmo de pintura. Lento y seguro. Busca la contundencia y la belleza. No pretende ser amable. Y no pone títulos a los cuadros porque no quiere que el espectador se sienta condicionado. Al contrario: el cuadro se completa en el corazón y en los ojos del espectador a través de la ciencia de la observación y de la libertad del pensamiento.

 

 

 

EL CLARO DEL BOSQUE

El pintor llegó a las seis. O a las seis y media. El otoño acababa de llegar y lo hacía a su modo con un viento impregnado de música. O de silbos. El pintor plantó su caballete en la entrada del bosque. En un cruce de caminos: hacia allá estaba el mar y su furioso oleaje, y hacia aquí la umbría. La última luz se colaba entre los pinos y alumbraba un claro. El pintor empezó a pintar; hubo un momento en que se concentró solo en un pino. Y cuando la oscuridad pugnaba con la claridad taciturna, vio o creyó ver una mirada: el brillo azul de unos ojos. Y oyó una voz que dijo: “Sígueme ahí dentro, en la espesura. Aquí nunca es de noche: toda la luz llega del cielo”. El pintor cogió sus bártulos y avanzó hasta que dejó de ver nada. Una mano se alzó para derribarle...

 

EVA ARMISÉN, HOY, EN A DEL ARTE

[Esta tarde, a las 20.00 horas, en la galería A del Arte, se inaugura la exposición ’Un día especial’ de Eva Armisén. Le he escrito este texto para la web de la galería.]

UNA INVITACIÓN A LA FELICIDAD

 

Antón CASTRO

 

Eva Armisén (Zaragoza, 1969) defiende la alegría. Como el poeta Mario Benedetti está empeñada en “defender la alegría como un destino / defenderla del fuego y de los bomberos / de los suicidas y los homicidas / de las vacaciones y del agobio”, y hace de su pintura un laboratorio permanente de emociones que derivan de las cosas sencillas, de las pequeños gestos que nos pautan las horas. Su pintura es esencialmente narrativa, una pintura con historia y con personajes, matizados con una palabra o un mensaje: andando, leyendo, ideas, enamorada; a veces va un poco más allá y pone ‘para ti’. O ‘un día especial’. Es así como se titula esta muestra: ‘Un día especial’. A menudo, en sus mensajes arroja una confidencia, una poética o un aforismo autobiográfico: “seré más mala que el lobo feroz”, “cada día un poco de magia”.

Eva Armisén tiene la facultad de convertir, a través del arte, cada día en una jornada particular: le concede gracia, encanto, desinhibición, candor; le otorga algo casi indefinible: afirmación de la vida contra cualquier forma de agresividad. Como Luis Buñuel debe pensar que un día sin risa es un día perdido, y llena sus cuadros de sonrisas: el espectador se acerca a uno de sus cuadros y lo primero que le asoma al rostro es una sonrisa. La sonrisa es una forma de empatía. Un estado perfecto de comunicación. La de Eva Armisén es una pintura con sonrisa. Los que sonríen ven el mundo de otro modo: menos ceremonioso, más antojadizo, con la frescura del aire, incontenible en su libertad. Cotidiano y fluido en su expansión. Y ella, que es moderna y que posee un desparpajo radical, se inclina casi siempre hacia esos estados de ánimo que tienden a la felicidad.

Eva Armisén juega con muchos elementos. Desde el punto de vista iconográfico parece buscar en su interior la niña perdida. La niña soñadora que resumía el mundo mediante trazos sencillos, la niña que carecía de límites, la niña-mujer que se atrevía a lanzarse por los aires, con su vestido de lunares o un paraguas contra la tempestad. Esa niña-mujer ha sido afianzándose y creciendo en contención y en firmeza. Sabe lo que quiere. Sabe dialogar con los objetos y su representación más simplificada. Eva conoce las claves de su oficio: una curva hacia arriba o hacia abajo lo dice todo. Habla de la exultación o revela el drama. Los ojillos chisporrotean con una mancha sabiamente administrada.

En su obra son muy importantes la atmósfera, el contexto y el color. La atmósfera, cabría decir, abraza la ingenuidad: no hay estridencias, ni dolor, propone con sencillez un universo que tiene algo de aleteante y de artesanal. Un mundo liviano y muy femenino: la pintora suele decir que su obra “es una declaración de amor permanente” y que las mujeres poseen una certidumbre, una disposición y un instinto que les lleva a cambiar el mundo a cualquier hora. La vida llega como un pájaro o una nube y nos envuelve. El amor vuela con su corazón desarbolado y nos inunda. Eva Armisén huye de cualquier forma del desgarro. El dolor existe, anda por ahí, nos estremece a todos, pero Eva busca otros estados ánimos y otra forma de contagio: realiza una pintura optimista. Una pintura de luz entusiasta. Contra la noche y sus cuchillos de tiniebla, el fulgor.

En esta exposición, Eva Armisén, que también es una potente ilustradora, combina el dibujo y la pintura. Uno de sus dibujos se titula ‘Amor’: representa a un hombre con los ojos cerrados, los ojos de alguien que sueña e interioriza la energía de su pasión, al que le sale el corazón por la boca. Así de elemental y directa puede llegar a ser la artista. Todo está resuelto con un esquematismo próximo al primer trazo infantil: ella sabe que una buena parte del arte contemporáneo ha pugnado por recuperar la fuerza primitiva de la niñez, aquella espontaneidad indomable, y eso lo hicieron Miró, Picasso, Antonio Fernández Molina, el García Lorca dibujante, y muchos artistas surrealistas.

Eva desnuda al máximo su trazo y logra lo que quería: una emoción inmediata, un impacto que alegra, un temblor sin afectación. A menudo el contexto es más complejo y sitúa a sus personajes en su habitación, al aire libre, en la cocina o en el baño, en un circo o en el salón de casa, donde una mujer lee a la luz de una lámpara. El contexto también tiene mucho que ver con la actitud de sus criaturas: parecen poseídas por el goce, por la inocencia, por sensaciones inefables; a veces parecen vivir en un trance ligero, nada místico, como si la vida fuera un cuento de hadas. Y la pintura un puro sortilegio o la varita de un mago.

El arte de Eva Armisén está repleto de detalles. De sutileza. Las mujeres del cuadro pueden llevar bata de cola, moño o cabellos al viento, en controlado desorden, pueden llevar vestidos floreados o con lunares. Las mujeres del cuadro exhiben una rosa o un clavel en el pelo, pasean por la calle con un ramo entre las manos y poseen una determinación especial. Hay algo en sus rostros, apenas bosquejados, que vence la frontalidad y el hieratismo. Hay algo que les confiere embeleso, simpatía, ternura. El color no es estridente: está ahí, muy elaborado, dialoga en cada elemento y se reparte con ritmo y equilibrio, y con un punto de humor. El humor es importante en la obra de Eva Armisén: fíjense en los gestos, en los zapatos, en la tensión entre las flores y la ropa, en el tratamiento de los fondos, en ocasiones, como si fueran papeles pintados.

No vamos a descubrir aquí la trayectoria de Eva Armisén. Su capacidad para investigar, para asumir retos (pintar tazas, abanicos, diseñar portadas de discos o ilustrar libros de su compañero Marc Parrot...), sus viajes alrededor del mundo con sus lienzos y dibujos, la creación de esa familia tan particular que son los Armisén, con sus animales y todo. Ella lo dijo alguna vez: tiene la cabeza llena de pájaros. Y eso le permite desplegar su combate incesante contra las sombras y nos que enseña que la vida, tan vulnerable y tan pendiente de un hilo, puede ser bella, amorosa y alegre. Si nos afanamos en ello, todos podemos tener en cualquier instante un día especial.

 

ILDEFONSO-M. GIL: CITA EN LA IFC

ILDEFONSO-M. GIL: CITA EN LA IFC

 

SOBRE UNA GENERACIÓN DE ESCRITORES (1939-1960)

EN EL CENTENARIO DE ILDEFONSO-MANUEL GIL

Coordinación de Manuel Hernández.

Institución Fernando el Católico, Plaza de España, 2. Jueves y viernes, 29 y 30

 

EL centenario del escritor Ildefonso Ma­nuel Gil (Paniza, 1912-Zaragoza, 2003) concierne de modo muy particular a la Institución «Fernando el Católico». Estuvo presen­te en sus inicios, cuando buscaba con muchas difi­cultades espacios donde escribir y trabajar, y volvió a hacerlo –entonces a título de director– cuando a comienzos de los ochenta era urgente la refunda­ción de la Institución, empeño que resolvió con tanta autoridad moral como tacto cordial.

A su fallecimiento, las cátedras filológicas dedi­caron a su memoria un curso que repasó lo sustan­cial de su legado literario. Ahora ha parecido opor­tuno centrarse en el momento de su vida y la de su país que determinaron el sentido de su ejecutoria: los años que van de 1936 a 1960. Como todos los marbetes generacionales, el de «generación de 1936» evoca un clima, más que una nómina cerra­da, y plasma un vago deseo de sus eventuales miembros, mucho más que un programa literario. Por eso, las intervenciones previstas en este curso revisarán la significativa gestación de ese rótulo y las coincidencias personales y temáticas que lo fra­guaron, con el fondo de una España convaleciente –y en estado de excepción– que tardó tanto en aceptar las evidencias del pasado que formarían parte de su futuro

José-Carlos Mainer

 

Director de la Cátedra «Benjamín Jarnés»

 

 

P R O G R A M A

JUEVES, 29 DE NOVIEMBRE

18:30 h.

INAUGURACIÓN

Con las intervenciones de Carlos Forcadell Ál­varez, director de la Institución «Fernando el Católico», y Manuel Hernández Martínez, coordinador del ciclo.

CONFERENCIAS

José-Carlos Mainer: «La herida de la guerra civil en las primeras poéticas de postguerra».

Jordi Amat: «Un relato colectivo para una recon­ciliación intelectual: la generación de 1936».

 

VIERNES, 30 DE NOVIEMBRE

18:00 h.

CONFERENCIAS

Santos Sanz Villanueva: «Narrativa de los venci­dos (a propósito de La moneda en el suelo)».

Domingo Ródenas de Moya: «Perdurar en la derrota: los escritores republicanos hacia 1950».

MESA REDONDA

Con las intervenciones de Manuel Hernández Martínez (moderador); María Antonia Martín Zorraquino (I. M. Gil en la vida universitaria española y americana); Guillermo Fatás (I. M. Gil y la Institución «Fernando el Católico»); y, María-Dolores Albiac Blanco (I. M. Gil y los estudios sobre Mor de Fuentes y Jarnés).

 

*Tres fotos de Ildefonso: una con Pilar Carasol, tan bella, su esposa; un retrato de Antonio Mingote de 1942 y otro de José Luis Cano, Cano.

DEBATE CULTURAL EN EL PRINCIPAL

DEBATE CULTURAL EN EL PRINCIPAL

 

"La cultura no está en la cesta de la compra

 

pero sí en la cesta de los valores cívicos"

 

La Fundación María Domínguez analiza "industria cultural y empleo"

 

con Gaizka Urresti, Antonio Pérez Lasheras y José Luis Melendo

 

 

Por Merecedes VENTURA

Analizar el sector cultural desde el punto de vista de su industria, como actividad económica, cómo aportación al PIB, ese ha sido el objetivo del debate propiciado por la Fundación María Domínguez hoy, sobre "industria cultura y empleo", contando con las aportaciones del cineasta Gaizka Urresti, el profesor Antonio Pérez Lasheras y el gestor cultural José Luis Melendo. Como moderador y portavoz de la Fundación, el profesor Alberto Sabio ha puesto sobre la mesa la necesidad de hacer una defensa de la sensibilidad hacia la cultura, y especialmente desde las políticas públicast, "porque aunque la cultura no está en la cesta d ela compra básica, si es un sector importantísimo que no debe faltar en la cesta de los valores cívicos".

 

Del sector audiovisual ha hablado gaizka Urresti, planteando que pese a estar en un momento de "tormenta perfecta", "con un momento de falta de adaptación a las nuevas tecnologías y a la necesidad de un nuevo modelo que no hemos sabido encontrar todavía, a nuestro favor está que el consumo es mayor que nunca, es decir, no hacemos algo que no interese al público, sino que cada vez interesa más, el problema es cómo convencer al consumidor para que pague por los contenidos". De hecho, destca que la facturación del sector (8.000 millones en 2011) representa un 1% dle PIB y genera unos 100.000 empleos. Si bien la monopolio de los grandes servidores de internet puede empeorar la precariedad de los empleos, en el otro lado de la balanza, el cine español cuenta con muy buenos datos por su venta en el extranjero, donde está muy valorado, es decir es "una marca España, muy a tener en cuenta y que desde luego, merece más promoción".

 

Por su parte, Antonio Pérez Lasheras ha hablado del sector editorial, donde ha llamado la atención sobre que ahora se está dando "una bipolarización entre Madrid y Barcelona, que antes no existía" y también se está hablando de un aumento de los ISBN "que no es real, porque se están duplicando con el libro electróncio" También ha puesto sobre la mesa las dificultades del mundo editorial "porque el retorno de la inversión es muy lento, y está en torno a unos cuatro años". Pese a todo, se trata de un sector de peso con 111.000 títulos editados (datos de 2011, y teniendo en cuenta la incorporación del libro electrónico), frente a las cifras tradicionles en torno a 76.000 títulos/año.

 

Para José Luis Melendo, como gestor cultural, la realidad en Aragón presenta un negro panorama "porque Aragón ha perdido mucho más empleo en el sector cultural que en el resto de Espña, y es una de las comunidades en las que menos se está invirtiendo". Para melendo, la situación es urgente "porque estamos como hace década y media, y en Aragón se está perdiendo el tren de la Cultura".

 

 

SUSANA VACAS EXPONE EN LA USJ

SUSANA VACAS EXPONE EN LA USJ

SUSANA VACAS

EXPONE EN LA UNIVERSIDAD DE SAN JORGE

 

Creadora visual e historiadora de las artes. Amante de lo mínimo y de los altos vuelos.

Su obra parte de lo objetual y juega con lo invisible. Sus propuestas son unas veces mínimas  de tamaño y otras son de proporciones magnificadas. Pero ambas entran en un juego por  llegar a nuestro corazón.

Granitos de arena, pequeños pasos cotidianos y constantes...

 

Susana Vacas. Foto de Vicente Almazán.

 

RACHEL CUSK Mucha suerte

El blanco hacía que te sintieras pequeño y alejado de los límites de las cosas.

 

 

SUSANA VACAS

Bosque blanco, blanco cristal

 

Universidad de San Jorge

Zaragoza 2012-2013

 

 

 

La historia de las siluetas de Susana comienza en 2002. Estas intervenciones han venido formando parte durante toda esta década de diferentes edificios y espacios públicos repartidos por toda la ciudad de Zaragoza. Nacen durante el II Festival de Arte Contemporáneo Artic en las ventanas patio del Paranin­fo de la Universidad de Zaragoza. Al año siguiente otras once siluetas llamadas Vivos aparecen en uno de los pasillos de la antigua EUITIZ, hoy EINA, Escuela de Ingeniería y Arquitectura, formando parte de La sombra del sol, la luz de la luna de Dies Irae. Las intervenciones continúan en 2005 en Paseos por el Arte en el sector de Los Sitios, en la bocatería Entalto, en la presentación de su libro Cuadro Natural en la librería Los portadores de sueños. Después lo harán en el escaparate de la tienda Esenzia y en la peluquería de caballeros Domingo. Acabarán el año 2009 en la cafetería Babel y empezarán 2010 en el restaurante El festín de Babel. Para el Teatro de la Estación, dentro del Festival Contemporánea de Artes Escénicas, para La Prendería y de nuevo en la librería Los portadores de sueños para enlazar con el estudio de diseño Versus. Ya en 2011 y ante la llamada de varios estudiantes, la artista decide retomar su trabajo en la universidad.

 

 

Susana Vacas entra a formar parte y potencia a su vez un proyecto de innovación docente en la EINA, en el que estudiantes de ingeniería de diversas especialidades realizan proyectos cooperativos con otras disciplinas como parte de su formación. En este caso surge la nueva acción de la colaboración entre la artista y varios estudiantes sobre las siluetas que durante nueve años habían convivido con miles de estudiantes y cientos de profesores, siendo testigos de nuevos proyectos, de nuevas ideas, de nuevas técnicas y es ahora cuando se mezclan con todo lo que conviven para aportar una visión nueva de ellas, una evolución hacia el arte electrónico con el uso de la tecnología: “Aparecen las siluetas y se iluminan los contornos”.

 

 

Ante resultados tan satisfactorios, Susana Vacas no cesa en su empeño de continuar con la interacción entre creadores y estudiantes, brindando su trabajo a cualquier colaboración que enriquezca nuestras mentes y nuestra imaginación, apostando por la belleza de todas las miradas.

 Este curso 2012-2013 en la Universidad de San Jorge Susana propone jugar con su ocupación del Espacio en Blanco para seguir interviniendo en los distintos edificios durante el curso escolar. En este tiempo los estudiantes y sus profesores idearán nuevas formas de interactuación, siempre interdisciplinares, muchas de las cuales podrían incluso llegar a formar parte de manera continuada del propio espacio de la USJ.

  

Los amplios cristales del Espacio en Blanco son ocupados por grupos de figuras, relajadas, posando o en la más íntima de las cotidianidades, interactuando entre sí o aisladas es sus mismidades... Junto a ellas, surge el bosque, un bosque también de figuras, también de tamaño real, ahora colgadas del techo, hasta el suelo, para que nos las encontremos, para que las atravesemos: unas impresiones en rollo continuo en tinta oscura sobre blanco papel... ausencia de color, simplemente el juego de la luz y el contraluz, los contrastes... La gama completa, el arco iris soñado nos lo aportará el reflejo de nuestro público al pasar, la luz solar que atraviese, las sombras arrojadas... la vida diaria y la convivencia con esta intervención- instalación a partir del mismo día de su inauguración. Crucemos el umbral. Soñemos entre todos. [Nota elaborada para la muestra.]

 

 

MELERO: EL FOROFO DE LA VIDA

 

EL ESCRITOR Y BIBLIÓFILO JOSÉ LUIS MELERO SIMBOLIZA LO MEJOR DEL CARÁCTER ARAGONÉS. ES UN TIPO CULTO Y CABAL QUE SOLO PIERDE LOS PAPELES POR SU REAL ZARAGOZA.

 

EL FOROFO DE LA VIDA

 

Por Luis ALEGRE. [Este texto aparecía el domingo en Heraldo de Aragón]

 

En 1982 pasé muchas noches en el cine Arlequín. La Filmoteca de Zaragoza celebraba allí sus sesiones y, con Manolo Rotellar, vi decenas de esas películas que no se olvidan. Un día, entre el público, descubrí a mi profesora Yolanda Polo con un chico rubio y con gafas. Esa es la primera imagen que conservo de José Luis Melero: un cinéfilo rubio y gafotas que parecía ser el novio de mi profesora. Hace ahora 30 años. Nos volvimos a ver en el Arlequín pero no nos llegamos a saludar. Un tiempo después, en el otoño de 1985, Yolanda y yo éramos compañeros en la Universidad. Mi amiga me contó que su ya marido había estudiado Derecho y Filosofía y Letras y trabajaba en el Registro de la Propiedad. Y que le encantaban los libros. Una tarde Yolanda me dio un recado de Pepe: su amigo Ignacio Martínez de Pisón necesitaba una foto de la película “El increíble hombre menguante” para un relato que iba a escribir y pensaba que tal vez yo la tendría. “Si la tienes, puedes ir hoy al café Ángel Azul. Allí se reúnen todas las noches”. En ese momento no podía yo barruntar el mundo que se abría para mí gracias a esa sugerencia de Yolanda. Fui al Ángel Azul con la foto y, desde esa noche, Pepe Melero y Pisón forman parte de lo mejor de mi vida.

 

A Melero Yolanda le llamaba Pepe y Pisón le llamaba José Luis. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Es curioso lo que recuerdas a veces de las cosas y de la gente. En un momento dado Pepe dejó caer que era vecino de escalera de José Luis Violeta, uno de los ídolos de mi niñez. Muchos años más tarde Pepe me invitaría a merendar con Violeta. Él sabía muy bien cómo iba a disfrutar yo esa merienda.

 

Uno de los temas estrella de mi amistad con Pepe siempre ha sido el Real Zaragoza. Ambos heredamos esa adicción de los padres, que nos colocaron al Zaragoza en un lugar muy visible de nuestro paisaje sentimental. A ninguno se nos ha pasado por la cabeza ser de otro equipo, del mismo modo que no se nos ha ocurrido cambiar de madre. Sin embargo, yo, al lado de Pepe, parezco un zaragocista muy sospechoso: simpatizo abiertamente con otros equipos y soy capaz de aplaudir a un jugador rival. Pepe no se permite esas debilidades. Si alguno de sus hijos, Iguacel y Jorge, le llega a salir del Madrid o del Barça lo hubiera vivido como una pesadilla. Pero a Pepe no le gusta el fútbol. A él lo que le vuelve loco, casi en sentido literal, es el Zaragoza. Es el forofo más forofo que yo he conocido de cerca. Pepe es un tipo muy sereno y cabal pero el Zaragoza explota su lado más friki y excéntrico. Cuando, en la presidencia de Eduardo Bandrés, Pepe fue consejero del Real Zaragoza, era un espectáculo verle perder los papeles en la Romareda, en el Palco lleno de corbatas, delante de la mirada atónita de los directivos del otro equipo. Y la cosa va a peor: antes, durante los partidos cruciales del Zaragoza, Pepe se metía en el cine para no sufrir; ahora evita hasta los partidos de liga en los que, como el otro día ante el Barça, él intuye que no hay nada que rascar. Por fortuna, el 10 de mayo de 1995 Pepe aún era capaz de seguir las finales del Zaragoza. Ese día vino a mi casa de Conde Aranda, a ver la final de la Recopa con Félix Romeo y José Luis Acín. Cuando Nayim hizo aquello, Pepe y mi padre Alberto se pusieron a saltar y a abrazarse como no he visto abrazarse a nadie más. Pero Pepe no solo es forofo del Zaragoza. Esa relación forofa la mantiene con todas sus drogas: su familia, sus libros, su jota, su Aragón, sus amigos. Si por él fuera, se pondría detrás de Jorge Gay, Mari Burgues o Pepe Cerdá cuando sus admirados pintores se sentaran delante del lienzo y les jalearía como lo hace con los futbolistas de su equipo.

 

Para Pepe el Real Zaragoza es el símbolo más llamativo de su desatado amor por Aragón y, especialmente, por la ciudad de Zaragoza. En cierto modo, Pepe es una antología de los clichés que se asocian a la versión más luminosa del carácter zaragozano –simpático, cariñoso, cálido, tolerante, abierto, hospitalario- y, al mismo tiempo, es el reverso de esa leyenda negra que insiste en que el aragonés resulta demasiado displicente con sus mejores cosas y personas.

 

Uno de sus mayores placeres, como el de cualquiera, es dar alegrías a los amigos. Pero lo de Pepe es muy singular: él se propone de forma concienzuda brindar esas alegrías y, encima, lo consigue. No es tan fácil dar una alegría. Cuando suena mi móvil y veo su nombre en la pantalla ya sé que no me va a endilgar un marrón. Pepe también es el reverso de los que solo llaman para pedir algo o de los que utilizan a la gente como trampolín. Las ambiciones de Pepe se detienen en el puro disfrute de la amistad. La amistad es su religión. Uno de sus peores ratos lo pasó cuando, por una bobada, se enfadó con uno de sus mejores amigos. Al día siguiente, le envió un ramo de flores. Sé que cuando lea esta comparación va a sufrir un pinchazo en el estómago pero ver enfadado a Pepe es tan raro como que el Zaragoza gane un partido de liga en el Nou Camp: sucede una vez cada 50 años. Como es natural, Pepe jamás ha perdido a un amigo.

 

Hace un par de semanas, en el Teatro Principal, Pepe Melero presentó “Escritores y escrituras” el segundo de los libros que reúne sus artículos en el Artes y Letras de HERALDO que dirige Antón Castro, en los que se suele ocupar de esos escritores e historias a los que nadie hace caso. Presenté el libro con Chusé Raúl Usón, el editor de Xordica, y con otro escritor encandilado con los secundarios de la vida, Ignacio Martínez de Pisón, la primera gran alegría que Pepe me dio. En el teatro había más de 300 personas, una cifra insólita que retrata su carisma. Más de 300 amigos que nunca perderá y que nos sabemos muy privilegiados de sentir el calor de nuestro forofo Pepe Melero.

 

*Pepe Melero en un retrato de Luis Grañena. Aparece en el libro 'Mercado Central' de Xordica.