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Antón Castro

UN DIÁLOGO CON PATRICIA ESTEBAN EN TORNO A 'FONDO DE ARMARIO'

Patricia Esteban Erlés: “La columna es un micrófono”.

 

[La escritora, autora de 'las madres negras', publica una selección de sus columnas quincenales de 'Heraldo de Aragón', de la sección 'Las naturales', que alterna con Aloma Rodríguez: 'Fondo de armario'. El libro lo ha publicado el sello Contraseña y se presentó en pasado martes en el Teatro Principal de Zaragoza.

 

-¿Qué pensaste cuando Picos Laguna te invitó a colaborar?

Me halagó mucho que quisiera contar conmigo, que hubiera pensado en mí para esa cita quincenal que es Las naturales, una columna que aparece en el periódico los domingos, un día que yo misma reservo para el café infinito y la lectura de la prensa. Me hizo mucha ilusión pensar que muchos aragoneses se encontrarían con mis textos ese domingo en que me toca publicar. Al mismo tiempo pensé en la responsabilidad que entraña opinar, mostrarte al hablar de un tema concreto. Procuro dialogar mucho conmigo misma antes de plasmar esa toma de postura por escrito, darle solvencia desde el punto de vista estético y desde luego procurando huir de obviedades si atendemos al contenido. 

 

¿Como entiendes la columna? ¿Qué exigencias, posibilidad y secretos tiene para ti?

 

La columna es un micrófono. Un espacio que suena, que graba mis pensamientos. Creo que es una suerte disponer de ese lugar, de ese foro en el que puedo ordenarme por escrito, recoger quién soy, cómo afronto la relación con el mundo que me rodea, un mundo complejo, que me fascina y me horroriza. Puedo refugiarme en mi columna y contarlo, sin la necesidad de mantener la objetividad de la noticia, manifestando mi emoción cuando hablo de un gesto noble, mi espanto ante el triunfo frecuente del mal. La columna está ahí, puedo ser yo en ella y consuela saber que en muchas ocasiones hay lectores que se ponen de tu lado, que se emocionan o indignan casi a coro contigo. 

 

 

¿Tienes una poética, una idea de la columna?

Admiro mucho a Capote, que inoculó el lenguaje literario en el periodismo y que, desgraciadamente, encontró la idea de lo que debe ser una columna antes que yo. Cito sus palabras: me gustaría que tuviera la credibilidad de los hechos, la inmediatez del cine, la hondura y libertad de la prosa, y la precisión de la poesía. Casi nada. Defiendo como él que cada autor, cada autora, es su estilo. No renuncio a él, a ese ropaje que me define cuando escribo, ni en mis cuentos, ni en la novela, ni en mis columnas. 



¿Se parece en algo a un microrrelato, del que eres una consumada maestra?

 

Para mí desde luego que sí. Concibo mis textos literarios breves y mis columnas como un desafío, como el reto que supone luchar contra el espacio que ambos pueden ocupar.  No puedo escribir un microcuento de tres páginas ni una columna que exceda los 1750 caracteres. Esa limitación tan prosaica, sin embargo, conlleva un beneficio. He aprendido a entrenarme en la búsqueda de estructuras, en el recorte de lo innecesario. Me esfuerzo por analizar los matices que debe poseer un adjetivo antes de colocarlo. Busco la eficacia lingüística y estética obsesivamente. Quiero golpear al lector y que se acaricie la mejilla dañada pensando en lo bonita que ha quedado esa herida.

Además, el concepto de tensión es fundamental en estas dos tipologías. Yo imagino cada texto como un goma negra muy  tensa, de la que alguien tira a ambos lados. Si se suelta por una de las dos partes el texto pierde interés, ritmo. Hay que lograr  que los recupere. 

 

¿La periodicidad quincenal, te da más tiempo o no para trabajarla?

A veces viene bien, otras lo que ocurre es que una noticia que te interesaba, que hubieras elegido como tema para la columna, queda ya lejos para la memoria del lector y hay otras más recientes llamando a la puerta. Procuro ceñirme a cuestiones de estricta actualidad, de ahí que en ocasiones apure hasta los últimos segundoa antes de mandarle a la sufrida Picos el texto. Cuando nada de lo que ocurre me resulta lo suficientemente interesante pienso en mí, en lo que leo, en las series que veo, en mi trabajo como profesora, en canciones o personajes que encierran un significado especial. Son mis homenajes, textos con nombre propio que disfruto mucho escribiendo.  

 

¿Cuál sería el vínculo de tus textos con la actualidad?

 

En determinados temas muy evidente. Me manifiesto sin ambages ante cuestiones como el feminismo, la defensa de los animales, apuesto  por un gobierno que defienda la educación y la sanidad pública... Suelo ceñirme a ejemplos concretos relacionados con estos  temas, nombro a sus protagonistas para que nadie los confunda con una fría cifra estadística, para que cuando se cite la violencia de género, por ejemplo, pensemos en Nagore, que era una chica joven que estaba cumpliendo su sueño de convertirse en enfermera cuando se cruzó en el camino de su agresor, un médico que ha vuelto a ejercer su profesión al salir de  la cárcel. Quiero traer de vuelta a la víctima, que pensemos en ella como en nuestra hermana, en nuestra hija, para que sea imposible reaccionar tibiamente ante la crudeza del caso. A Nagore la recuerdan los suyos como una herida abierta. El olvido no debería cerrar esa herida. 

 

 

¿Tienes columnistas mujeres de referencia?

Sí. Admiro a Leila Guerriero, a Marta Sanz, a Cristina Grande, a Irene Vallejo, entre otras. Me gusta leerlas porque son ellas en sus columnas y no se esconden ni asumen máscaras. Hablan de lo que quieren como quieren, convirtiendo sus textos en auténticos ejercicios literarios, en textos muy libres de ataduras, originales, llenos de reflexiones sobre la memoria personal. 

 

¿Cómo defines tu ‘fondo de armario’? ¿Cómo es?

 

Es un libro lleno de amor por las palabras. El lenguaje es un arma, como puede serlo la ropa. Elegimos prendas que nos protejan de la desnudez, que abriguen cuando sopla el maldito cierzo, que aligeren el bochorno del verano.  El armario nació como mueble en el que se guardaban las armas y creo que ha mantenido ese papel. Las palabras son también cálidas o refrescantes, podemos mostrarnos ante el mundo con ellas. Yo compro con frecuencia prendas de un verdeconcreto  del mismo modo que retorno a ciertos temas, los transito a menudo, bien porque me preocupan especialmente, bien porque simplemente disfruto hablando de ellos. 

 

¿En qué medida sería un autorretrato: ahí se ve tu feminismo, combativo, tu coraje, tu sentido del desafío?

Lo es, sin duda, pero no es un selfie complaciente, no es la foto en la que me obligo a sonreír para la posteridad. Hay fondos, paisajes contra los que no me sale mostrar alegría. No quiero autorretratarme impasible mientras hablo de mujeres asesinadas por sus parejas, silenciadas por la Historia. No me apetece fingir que todo va bien cuando en nuestro país sigue ahorcándose a los galgos de un árbol cuando termina la temporada de caza como si fuera un gesto rutinario, inocuo, que nos habla de una maldad enquistada, de una violencia admitida. No quiero que mi autorretrato se quede al margen de ese mundo que hacemos detestable tan a menudo. En esas fotos que son mis columnas no escondo las emociones que siento al hablar de la injusticia, de la crueldad, de la indiferencia, que es una forma secreta de sadismo. 

 

¿Eres más rebelde en las columnas que en los libros?

No lo creo. Debo ir más al grano, limitar el alcance metafórico que en textos más largos sí me permito sin trabas. Soy rebelde porque creo que debemos aceptar el mal como componente básico del ser humano, ese lado oscuro está, claro que sí, pero debe combatirse denunciándolo, atajándolo, reduciéndolo a su mínima expresión. Si admitimos que se materialice y extienda su poder, si no se actúa de forma personal y social contra él, estaremos perdidos. 

Y también estás tú, claro: la novelista, cuentista y lectora, la apasionada del cine. ¿De qué modo dirías tú?

Todo lo que soy aparece en las columnas porque el arte me ha enseñado que la belleza está en el mundo y disfrutarle  es una buena razón para seguir viva. La literatura y el cine, también la fotografía, aparecen en muchos de mis textos como sustancia vital. No son aficiones: son argumentos irrefutables. Mientras un párrafo de una novela se quede con nosotros, mientras la escena de una película nos cuente quiénes somos, mientras necesitemos escuchar una canción para sentirnos a salvo, habrá esperanza. 

 

-¿Qué cosas especiales te han pasado con tus columnas, te escriben mucho, te aplauden, se quejan?

Muchas agradables. Personas que no conozco me saludan en una tienda, me dicen que hace años que me siguen. Compañeros docentes han convertido mis textos en objeto de comentario de temas candentes en sus aulas.  Una anciana dama me dijo el otro día, al final de una presentación, que aplaude a veces y se ríe mucho con mis ocurrencias, que soy muy tremenda. 

 

¿Cuál es tu columna favorita o tus favoritas?

 

Me gusta mucho la que dediqué a Marilyn Monroe, una breve semblanza biográfica donde intenté contar la ternura que siempre me ha producido una mujer tan despampanante y frágil como ella, la protagonista de una novela muy triste, en realidad. 

 

 

DOBLE EXPOSICIÓN DE DIEGO IBARRA

 

“Considero que las fronteras entre arte y fotoperiodismo son muy difusas”, dice Diego Ibarra, fotorreportero y artista zaragozano que presenta dos exposiciones bien distintas en estos momentos: ‘Alive and Well’ en la galería Rafaella de Chirico, en Italia, y Iron Kids: militarización de la educación en Ucrania”, en la Bienal de Córdoba.

Explica que ‘Alice and Well’ es una canción de la banda de punk rock, Rise Against, de Chicago, que le acompaña desde hace años. “Me evoca muchos recuerdos, carreteras, buenos amigos, errores, aprendizaje, actitud y rasmia. Me recuerda lo que fui, soy y debo hacer para poder ser. Nosotros somos los que hacemos nuestro camino. Raffaela, la galerista italiana, quería titular la expo con una canción”, revela.

Para definir su oficio, Diego Ibarra acuerda a una frase que ha interiorizado el fotógrafo y teórico Joan Fontcuberta: Imago ergo sum. “Soy un pintor de luz durante y después de la violencia: busco que mis imágenes vayan más allá del dolor y se transformen en un realismo mágico que cuente el mundo contemporáneo, que sean álbumes de sombras y sueños contra el espanto”. Piensa que la fotografía debe ser como una íntima y personal ventana que muestra la crudeza del mundo y que ayude a fomentar la curiosidad y el pensamiento crítico. Y hay que hacerlo sin narcisismo, “defendiendo el papel de mensajeros sangrantes. La fotografía para mí es aire, motor, utopía, cambio, don y maldición…”
En Italia, donde permanecerá hasta el 27 de abril, ha abrazado una fotografía distinta a la habitual: “Sí. Podría definirla como la de la poesía y la textura, la piel y su reflejo, el color, la sombra y la luz que baña y da forma a la materia para crear preguntas y mostrar realidades”.

‘Iron Kids’ se presenta hasta el 19 de mayo en la Bienal de Córdoba y está comisariada por Pilar Irala, fotógrafa y profesora y coordinadora del Archivo Jalón Ángel. Ahí se exhiben fotos sobre la guerra, la injusticia social y la infancia interrumpida por la violencia. “Hay máscaras antigás, trincheras, granadas, repetición de himnos patrióticos y rifles de madera. Cientos de niños se adiestran en disciplinas militares, patriotismo, valores nacionalistas y prácticas de tiro”. Son imágenes del conflicto armado en Ucrania entre las fuerzas de Kiev y los separatistas de Donbass, apoyados por Rusia. El enfrentamiento ha entrado en su quinto año.

Explica Diego Ibarra: “La guerra se anquilosa. La necesidad de reforzar la creencia y la fe ciega a la patria se inyecta en las venas de las nuevas generaciones, desde muy pequeños. El tiempo para jugar ha terminado. El adoctrinamiento está secuestrando una infancia marcada por una guerra muy real. Mientras esto sucede, Europa no parece ver estas tinieblas”.
Todas las fotografías están tomadas en 2018 en Ucrania, en la República Popular de Donbass. ‘Iron Kids’ es la continuación de su proyecto fotográfico ‘Hijacked Education’ (‘Educación secuestrada’), que se inició en el año 2010 en Paquistán y que muestra las consecuencias de la violencia ejercida sobre la educación en zonas de conflicto.
“La guerra no termina con el sonido final de una bala, un casquillo vacío en el suelo, una bandera que se alza. El iceberg de la batalla retumba y se extiende desdibujando el horizonte. Las heridas abiertas de la guerra escriben con sangre el futuro de millones de niños. La violencia se filtra en los países limítrofes que absorben caóticamente una generación destinada a crecer en el exilio y sin posibilidades de formación, de educación y, por tanto, sin un futuro de progreso”, dice el fotógrafo, y recuerda que los países que forman parte de este trabajo, y que ya han sido fotografiados, son: Pakistán, Siria, Irak, Líbano, Colombia, Ucrania, Afganistán y Nigeria.

“Vivir de la fotografía cada día es más difícil. Las tarifas cada vez son más precarias. Los equipos más costosos. Cada vez hay menos ‘feedback’ con los editores, más intrusismo, menos respeto, menos valoración y eso desgasta en todos los niveles”, señala. Vive muy lejos de casa, publica en periódicos de medio mundo y el porvenir es tan incierto y doloroso como el presente. “Llevo más de una década en esto. Sigo mirando hacia delante. No me arrepiento. Es duro pero seguimos en el camino, cayendo, aprendiendo y viviendo. Millones de personas no pueden elegir qué hacer con sus vidas. Imago ergo sum”, concluye el fotógrafo aragonés.

MARIANO GISTAÍN: PURO TALENTO

MARIANO GISTAÍN: PURO TALENTO

Mariano Gistaín publica su novela más ambiciosa y la presenta mañana 29 de marzo en Huesca, en el Palacio de Villahermosa de Ibercaja

Retrato de un visionario con avatar

 

[Se busca persona feliz que quiera morir. Mariano Gistaín. .Limbo Errante. Zaragoza, 2019. 255 páginas.]

Mariano Gistaín (Barbastro, 1958) ha vuelto a la ficción en solitario, a su modo, con un personaje errático, desdibujado por la nada, de 44 años y orillado por el amor y el sexo, que decide casi por accidente, o seducido por la publicidad, someterse a la criogénesis, algo que no es una invención.

Mariano Gistaín, que siempre va por delante y tiene la facultad de anticipar el futuro tecnológico, y quizá empresarial (sería el mejor asesor en materia de nuevas tecnologías y periodismo, pero nadie lo ha puesto a pensar en libertad porque es demasiado independiente), constató ya en 2016 que ese sector dedicado a la congelación de cuerpos era un sector emergente e incluso, y no es ciencia ficción o surrealismo, contaban con una web con diferentes ofertas.

El experimento al que se somete el personaje innominado del libro –acuciado por las urgencias o escalofríos de su «yo digital»– le va a llevando hacia diversas mujeres y pruebas. Él no solo es un solitario, sino también alguien atraído por asuntos muy frecuentes en la Zaragoza en que vive: «Inteligencia artificial, drones, impresión 3D, coches eléctricos, hidrógeno, física cuántica, huertos ecológicos verticales, empatía, lanzaderas para emprendedores, consejos y mentorizaciones, energías limpias, aceleradoras de ‘startups’, inversores…». Este es su mundo.

Su curiosidad es mayor que su escepticismo y subraya: «He acabado por creer todos esos preceptos que forman el espíritu –o la materia– de mi tiempo». Su curiosidad también es superior a su escepticismo: «Confieso que las decisiones, en un 99% de los casos, las toma la vida por mí: el Banco Mundial, la empresa, la familia, la tradición, la moda, la publicidad, Hacienda, el navegador del móvil…»

A este sujeto lo citan en un lugar de la calle Bolonia, el Contenedor Creativo, que está dividido en varios contenedores de barco, donde en teoría le harían la criogenización. Así arranca la novela, y podría decirse que el método o la estrategia es genuinamente «made in Gistaín», pero a partir de ahí empieza una suerte de travesía, aventuras y quizá de zozobras, de este ser que va conociendo muchos cosas: la humillación, la esperanza, el desconcierto, la persecución de Hacienda y el amor. La novela mezcla esos diálogos delirantes, hilvanados con constantes hallazgos y juegos de palabras, con una ternura, sentimental, salvaje y secreta.

El personaje descubre que la empresa, que no tardará en contar con socios mexicanos, ha estado haciendo pruebas con gatitos o con un grupo de pobrones. El protagonista se enfrentará a un sinfín de incidencias. Las mujeres serán quienes le llevarán de prueba en prueba: primero Irene, luego Rossi, más tarde Claudia, o Linda, y Edita, y en las fases de la criopreservación, el primer paso para hacia la inmortalización, la novela se empieza a llenar de tramas y subtramas que avanzan como la sinapsis de Cajal. Aquí todo mancha: hasta la soledad del pensamiento. Aparece una secta de escritores negros y un cuento más o menos enigmático de apenas tres folios que perturba las conciencias y los destinos, y el autor crea una especie de laberinto policiaco y científico donde es tan importante un detective que se llama Luciano Gracia, con un hombre vinculado con la base aérea norteamericana, Santos Palacián, como los cuentos de Jorge Luis Borges o ‘El largo adiós’ de Raymond Chandler.

Identidad y frío

Mariano Gistaín mezcla muchos registros. Uno de sus temas es, siempre, la identidad. Se plantea la dimensión metafísica y existencialista del sujeto, y reflexiona sobre ello una y otra vez, casi a la manera de Javier Tomeo: con un desvío hacia el absurdo y la anticipación. Es un escritor visionario, realista y fantástico. El protagonista es un sujeto a la deriva, a merced de los otros y de esos avatares interiores que lo convierten en una piltrafa (o ya lo era), magullado en un universo ‘matrix’. Es también un libro de afectos, de paisajes, de humor e ingenio permanentes, y un relato de la vanguardia tecnológica, de los avances científicos, y un prodigio de talento y plasticidad.

Mariano Gistaín y sus editores acuñan un término feliz: «Cibercostumbrismo». El estilo mezcla brillantez, erotismo, ironía y lirismo, y deslumbra por su arsenal de recursos y de talento. Nadie escribe en España como Mariano Gistaín. Lean: «Paseamos con Irene. Nos acariciamos despacio, casi sin pulso, como si fuéramos de cristal. Nos vamos excitando lentamente mientras baja el sol por las colinas del fondo y reverbera en los depósitos cromados de las granjas de cerdos que ocupan todos los horizontes. El olor a purines se clava en el cerebro. Te acostumbras y al final ni lo notas, dice Irene, pasando a la fase B, que todavía es preliminar, pero avanzada. Un tractor enorme curva la tarde».

Antón Castro

 

*Este texto aparecía hoy en ’Artes & Letras’ de HERALDO.

CHESÚS BERNAL: RETRATO DE UN HUMANISTA

Chesús, el intelectual, el filólogo, el escritor

 

 

El político escribió del occitano, de Braulio Foz y Buñuel, hizo enrevistas y firmó un ‘Dicconario aragonés’

 

Chesús Bernal (1960-2019) pertenecía no solo a la Chunta, fue una de sus figuras más emblemáticas, pura pasión y resplandor, sino que también fue un activo constante del Rolde de Estudios Aragoneses y del Consello d’a Fabla Aragonesa. Muchos de sus amigos coinciden en su condición de intelectual: poseía una sólida formación que le llevaba hacia la literatura española y francesa, hacia el aragonés y la literatura aragonesa. Era amigo de muchos escritores de antaño y de hogaño, y a lo largo del tiempo mostró su interes por Joaquín Costa y Braulio Foz. Ya en Rolde, en 1981, publicó el artículo ‘La vida de Pedro Saputo’, y al año siguiente aparecía ‘El araragonés residual de Valtorres’, la localdad de la comarca de Calatayud donde había nacido. O más tarde, aludía a la normalización gráfica del occitano.

Se doctoró con un trabajo sobre el occitano. José Domingo Dueñas recuerda que alguna vez “Chesús decía que le estaba costando hacer la tesis, pero al final la leyó. Siempre le atrajo Francia. No llegó a publicar un libro de la tesis al completo, pero sí publicó varios artículos sueltos”. En ‘Rolde’, en los primeros ños 80, redactó un artículo sobre la normalización gráfica del occitano, tal como recuerda Carlos Serrano, secretario y coordinador de la revista. Antes de que la política le devorase, y el sueño de ocupar espacio en las Cortes de Aragón, donde ofreció siempre lecciones de dialéctica, de preparación política y de pasión por los otros, “con más vehemencia que radicalidad”, hizo diversas colaboraciones en torno a la literatura, la filosofía y la lengua. Con José Luis Melero firmó entrevista José Antonio Labordeta, José Bada o el grupo de pop Alta Sociedad, en el que participaba entonces el escritor Javier Sebastián. En los años 80 escribió sobre el Estatuto de Autonomía y la situacion histórica y contemporánea de Aragón, y firmó algunas introducciones o presentaciones de artículos de Agustín Sánchez Vidal sobre Luis Buñuel.

Carlos Serrano en el número 15 de ‘Rolde’, en el que publica un poema en aragonés, ‘Cutiana ibernada’, con poemas de Ignacio Martínez de Pisón y de José Ignacio de Diego. Chesús decía que se poema estaba trducico del libro desconocido ‘Tiempo de anaya’.

A finales de los años 90, un soplo de Cruz Barrio, la bibliotecaria del Centro Aragonés de Barcelona, le hizo saber, a él y a Francho Nagore Laín, de la existencia de un diccionario apócrifo de voces aragoneses. Lograron adquirirlo, intentaron serguir la pista de su recopilaldor anónimo; hallaron una palabra, ‘Petarruego’ (que quiere decir ‘explosión roja’ y que alude a una estrella de la constelación de Orión’, que daría nombre a una colección de Rolde donde se publicará el ‘Diccionario aragonés’, en 1999, con introducción y notas. Carlos Serrano, coordinador de ‘Rolde’, dice: “Veinte años después, hace muy pocos días, en el Paraninfo se presentó en ‘Diccionario de voces aragoneses’ de Josefa Massanés Masnou y se recordó aquel trabajo de Chesús y Francho. En este momento, los dos estaban trabajando en la edición de ‘Razón feita d’amor’ y Chesús estaba muy ilusionado en ese nuevo proyecto”.

Razón feita d’amor’, o ‘Razón de amor’, es uno de los poemás más antiguos de lírica de la Península, hecha la salvedad de las jarchas y las cantigas galaico-portuguesas de amigo, de amor y de escarnio y maldecir. El texto, que se conserva en un códice de la Biblioteca Nacional de París, posee numerosas pala bras aragoneses. Lo firma el aragonés Lope de Moros, Moros es una localidad próxima a Valtorres, y si no se sabe con certeza si el creador o un mero copista. Este poema juglaresco tiene 264 versos.

Chesús Bernal ha sido siempre un gran lector. “Siempre me ha gustado leer mucho, rápido y variado. Me encanta leer cuatro o cinco libros a la vez. Ahora, con tanta trabajo, me es más difícil gozar con la lectura”. Pisón, Miguel Mena, Cristina Grande, Ismael Grasa, Julio Llamazares, su amigo del alma José Luis Melero, Javier Tomeo, José Antonio y Miguel Labordeta y Emilio Gastón, entre otros, fueron algunas de sus debilidades. Mimaba su biblioteca y se sentía muy orgulloso de ella. En otra dirección, otra de sus pasiones era el arte aragonés. Le encantaba mostrar los papeles, los óleos, los grabados que había ido atesorando a lo largo de los años: era una forma de sumarse al cab allo de la historia, de la memoria viva y la sensibilidad creadora de Aragón.

 

HOMENAJE A ANTONIO ARTERO EN MADRID. (UN DIÁLOGO CON EL CINEASTA)

[Desde mañana, 13 y miércoles, y hasta el 21, en la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid se le rinde homenaje al cineasta aragonés Antonio Artero Coduras, el autor de 'Monegros', 'Trágala perro' o 'Cartas desde Huesca'.]

 

Antonio Artero fue de niño el hijo de la repartidora del pan. Su padre murió un poco antes de su nacimiento y él nunca conoció los secretos de una familia convencional. Ni siquiera estaba bautizado, lo que lo llevó a vivir con cierto disimulo. “Ella era republicana y muy antifranquista, claro”. De ahí brota su primer recuerdo: cuando tenía tres o cuatro años iba –con una familia de verduleros que lo había recogido- a visitar a su madre que estuvo presa durante seis meses en la cárcel de mujeres de la calle Manifestación y siempre le llevaban naranjas. El verdadero tesoro de su niñez, además del libro Corazón de Edmundo de Amicis que le regaló una profesora a los siete u ocho años, era aquel cine que Artero hacía con sus amigos en casa o en la calle, con tiras de los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín o El guerrero del antifaz.
-Cogíamos un tebeo, lo recortábamos y lo íbamos pegando en tiras, a veces incluso por atrás. Y luego lo enrollábamos en dos palos de polo de helado. Y a la caja le hacíamos un rectángulo, a modo de pantalla. Metíamos los palos por el interior de la caja y los íbamos haciendo rodar. Así le podíamos dar continuidad a la aventura. Al final, mi madre viendo mi gran afición, con diez u once años me compró un cine Nic con proyector y un buen puñado de películas más bien absurdas.
La vocación cinéfila de Antonio Artero había nacido en las tardes del Iris o del Monumental, en aquellas sesiones infantiles de cine del oeste.
-Vinieron unos amigos republicanos de mi madre de Barcelona, que habían sido represaliados y desterrados en Zaragoza, y el día de Navidad nos llevaron a mí y a mis amigos al elegante El Dorado a ver la primera película de Walt Disney, Blancanieves y los siete enanitos, a mediados de los años 40. Aquella cinta me golpeó mucho: era una película de terror absoluto que me provocó pesadillas. Por su color, por aquella madrastra tan mala. Pero en realidad, yo llegué al cine más bien por los tebeos porque el cine estaba muy lejano, luego aquel lío de las toleradas y no toleradas, y sobre todo por el juego de la caja de zapatos.
Una vez acabado el bachillerato, trabajó de botones en una oficina, luego en laboratorios Ártica de papillas y finalmente en el Banco de Bilbao. Sus inquietudes artísticas iban en aumento, de tal forma que frecuentaba una tertulia en el café Baviera con otros amigos como Ángel Azpeitia.

-Éramos víctimas de las ironías de Miguel Labordeta, que nos llamaba La Deposición. Nosotros surgimos por oposición al café Niké, del que decíamos que lo formaba un grupo de dinosaurios. Fundamos un teatro de cámara, el Cigarral. A Niké lo considerábamos lo establecido, el orden. En esa época estrené mi primer corto, La Herradura, sobre la Base Aérea Americana y lo presentó con valentía Guillermo Fatás Ojuel en el Cineclub de Zaragoza.

Artero acabaría pasándose a la tertulia DEL Niké, pero por aquellos días, en que ya se empezaba a pedir en la taberna la botella de vino con cacahuetes, veía a José Luis Borau que hacía peña vespertina en Casa Félix con José Pérez Gállego y Eduardo Fauquié, o iniciaba su amistad con José Luis Pomarón.
-Pomarón fue esencial para mí. De él aprendí técnica, aprendí a manipular una cámara. Era un técnico estupendo y un gran artesano. Yo creo que es el Hombre del cine en Zaragoza y apostó muy fuerte con Moncayo Films. ¿Víctor Monreal? Creo que son incomparables. Era un buen fotógrafo, un excelente profesional, pero no tenía el talento creador de Pomarón. Yo trabajé con éste como actor en El deseo de cristal. Algo más tarde, gané el premio de guiones Club Cinemundo. Te daban un dinero con el que podías hacer tu primera película, que fue Lunes, donde abordaba un timo de pisos que había vivido muy de cerca en la Zaragoza de los 50. En esa época ya me había pasado a Niké.

-Agregue su particular visión a la leyenda del café.
-Niké era un lugar de encuentro sin declaración alguna, sin programa. Los que andábamos por allí teníamos el estigma del marginado. Éramos sospechosos: sospechosos políticos, sospechosos poéticos, sospechosos sexuales, sospechosos pictóricos. Todos estábamos bajo sospecha. Y no es que el Niké fuera unitario, salvo en lo que concernía al rechazo al régimen. ¿Cuál fue la suerte del Niké? Pues que hasta el actual Rey, que también era un sospechoso iba allí casi todas las tardes a tomarse su té con pastas. Iba y se sentaba en la misma silla en que lo hacía Julio Antonio Gómez. Siempre nos lo contaba el camarero Ernesto, que era muy entrañable y muy alcahuete, “ha estado esta tarde con su hermana la ciega”, nos decía.

-Ha hablado de Julio Antonio Gómez...
-Sí. Qué puedo decirle. Murió de amor. Era la inmensidad, un hombre muy inefable. Todos conocemos su vida exterior; su vida íntima era infinita, era como una zambullida en el abismo.

-¿Qué relación mantuvo con Miguel Labordeta?
-Miguel Labordeta era cualquier cosa menos el poeta provinciano que algunos creen. Él nos traía esos poetas desconocidos y despreciados como Vladimir Maiakovski o César Vallejo. Sabía antes que nadie lo que estaba pasando en Europa o en el mundo en la poesía. Fue un magisterio continuo para mí, como lo fueron Manuel Rotellar, el citado Pomarón o Eduardo Faquié. Le dediqué a finales de los 80 una Biografía interior en TVE en la que intervenían su hermano José Antonio Labordeta, su hija y sobrina de Miguel Ana.

Artero ya estaba inmerso en la vorágine de la curiosidad, de las artes y del compromiso. Y eso le llevaba a frecuentar París siempre que podía. Visitaba a los exilados o la Cinemateca.
-Yo quería cambiar el mundo. Son esas cosas absurdas y maravillosas de los 18 años, aunque sigo pensando lo mismo. Empecé escribiendo una obra de teatro que envié al premio Lope de Vega, pero pensé que el cine podía llegar a más gente y ser más eficaz. Mi madre solía decirme: “Hijo mío, juegas contra los americanos y no tienes nada que hacer. Vas a perder”. Pero el cine me apasionaba cada vez más y me había propuesto estar en el mundo a través del cine.
El paso siguiente, en los primeros 60, fue dejar el Banco y trasladarse a Madrid, a la Escuela Oficial de Cine. Allí coincidió con Berlanga, Saura, Borau, Claudio Guerín, Pilar Miró. Volvió a dar muestras de su inconformismo, de su heterodoxia pertinaz.
-Realicé, entre otros trabajos, el corto Doña Rosita la soltera, que me cortó Fraga. Yo quise meter unas cuñas que situasen aquel drama, una crítica de la educación sentimental condicionada por la I Guerra Mundial, las famosas huelgas, la Semana Trágica de Barcelona. La obra es muy necrofílica. Pues bien, quise meterle unos apuntes del No-Do y de un documental de Fernández Cuesta, Vivir en Madrid, realizado por oposición al de Fredéric Rossif Morir en Madrid, pero Fraga cercenó esas cuñas.

-Borau tuvo un detalle muy hermoso con usted...
-Tengo una muy buena relación con él. Él mandaba una crítica para la última página del Heraldo de Aragón y a veces me encargaba a mí que la hiciese yo y firmaba Interino. Pero no sólo eso: cuando iba a pagar mi matrícula en la Escuela, siempre me decían: “Su matrícula ya la ha pagado el Señor Borau”. Él sabía de mis apuros económicos. Borau es una persona muy delicada y exquisita, de una bondad indescriptible. Siempre he sentido agradecimiento. Ni siquiera tienes que humillarte ni él deja que te humilles. Hay una cosa curiosa: Borau y yo fuimos los únicos que terminamos la carrera en tres años en la Escuela, que por otra parte era como una especie de espejo deformado del Niké, otro lugar de encuentro de marginados y sospechosos que solían cometer barbaridades. Y terminé la carrera porque necesitaba méritos para empezar a trabajar y ganar algún dinero. Estaba acuciado por el hambre, esa es la verdad.

Y para que no faltase la polémica que siempre acompañó su trayectoria, Artero era vigilado de cerca por el coronel Fernández Posada, del Servicio de Investigación Militar, quien descubrió que al joven cineasta le habían falsificado (y regalado) en Zaragoza el certificado de Reválida. Le hicieron un juicio en Zaragoza y fue expulsado, aunque cuando se hizo efectiva la sentencia ya había terminado los tres años de estudios en la Escuela, con espléndido aprovechamiento. Paradojas de la vida: su buen rendimiento académico le hizo acreedor de una beca para ir al festival de Cannes. Serrano de Osma, que era el decano, lo llamó al despacho y le dijo: “Con mucho dolor de corazón, no nos queda más remedio que darle la beca a usted, Artero. Pero no diga usted nada, que lo conocemos”. Y él, dulce e iconoclasta, lo decía todo.
-¿Cómo iban a amordazarme? Me preguntaban en Cannes cómo estaba el cine en España. “¿Cómo va a estar?”, les contestaba. “Está fatal, terrible. ¿Qué puede dar el franquismo en cine o en nada? La gente está luchando contra eso. Y lo que hay es el producto de la lucha a muerte contra el franquismo”. Claro, ya la había armado. Pero había muchos compañeros que me apoyaban. En la Escuela iba haciendo cosas: Trabajos de adolescente con una referencia explícita al fusilamiento de Grimau, que fue por entonces, Viaje de bodas, basado en un texto de Cesare Pavese. Yo creo que era un terrorista conceptual y sigo siéndolo todavía. Y empezaron a llamarme los productores y así pude hacer mi primera película, El tesoro del capitán Tornado, que me estropeó la censura. Era un filme infantil de gánsters y piratas. Ya no existe porque el Ministerio, con un aragonés al frente, Pascual Cebollada, lo destrozó. Cebollada ejercía el terrorismo de estado, era el censor máximo sobre todo del cine infantil. Ordenó un remontaje y yo saqué mi firma del filme. Al final hubo una pequeña traición de otro aragonés, Raúl Artigot, y él asumió la cinta como suya. Hizo mal en colocar su firma y no decirme nada, pero eso ya pasó hace años y no tiene importancia.
Unos meses más tarde, en la reunión de los Clubs de Cine que se celebró en Sitges, Artero insistió en su apuesta por un cine más radical –de allí saldría una especie de manifiesto “por un cine más independiente, al margen de las estructuras sindicales, estatales e incluso industriales, y por la absoluta libertad en la expresión cinematográfica”- que iba a cristalizar en Blanco sobre blanco (una proyección sin película en una pantalla completamente blanca) y en Del tres al once, un cortometraje hecho con las guías de proyección de dos rollos que le había regalado Pablo del Amo.
-El primero era una reflexión del cine, qué son las sombras chinescas y también sobre la destrucción del discurso representativo del cine. El segundo era una meditación sobre lo que no se ve, lo que se escamotea al espectador. Yo recuerdo que en el viejo Iris daba saltos de alegría cuando veía aquellos inicios de la película con colas, con números, con rayas. Decía: ¡Qué bonito! Esa experiencia cristalizó en el documental Monegros, cuando se decía aquello de “Atención, atención”.

-Monegros fue muy elogiado. ¿Qué pretendió hacer?
-El documental no es un documento. Siempre hay una mediación, que es la cámara. Yo cogí una realidad arquetipada y, a diferencia de lo que hizo Buñuel en Las Hurdes, quise ofrecer una negación de la realidad. Yo creo que al cineasta le es imposible dar la realidad. Con Monegros quise negar la existencia del documental.
Pero desde entonces, Artero ha seguido trabajando con pausas, con problemas de producción y con la misma osadía. Ahí están Trágala perro (1981) con Amparo Muñoz, un filme acerca de la apariencia y la superchería a través de la figura de Sor Sulpicio, y su última cinta, Cartas desde Huesca, con Fernando Fernán Gómez y Myriam Mezieres.
-Es una película que partió de Los papeles de Aspern de Henry James, en el que quise expresar el rechazo a la cultura como mercancía. El viejo anarquista se suicida antes de entregar los poemas póstumos al editor y después de haberlos quemado. Fue un homenaje a los viejos anarquistas y quise ofrecer una visión anarquista de la cultura, de la que me siento muy cerca. Odio la cultura como escaparate.

-Lo habíamos detectado. ¿Qué le queda por hacer?
-Mi gran sueño es el ‘Pedro Saputo’ de Foz, del que ya hice un fragmento en fabla en Pleito a lo sol. Es un libro que me emociona y que me descubrió Rafael Gastón, el padre de Emilio, el abogado, político y ex Justicia de Aragón. Y compañero de las noches del Niké.

--Celebramos un siglo de cine. ¿Cuál es el balance de un heterodoxo?
-Yo creo que hace cien años que se murió el cine. Cuando nació el cine hubo dos fenómenos: los Lumière, que eran el documento, la realidad. Y Méliès, que era la magia, el discurso destructivo. Ya ve quién ha ganado: los Lumière.

--¿Por qué es Aragón tierra de cineastas?
-Yo creo que Aragón es más rabelesiana que cervantina, más de imágenes que conceptual.¿Quiere decir eso que el aragonés tenga un ojo especial? Hombre, sería un ojo muy terrible.

-Sin embargo, usted parece que ha rodado poco y que se ajusta al cliché de vanguardista y maldito.
-No creo que haya rodado poco. Estoy contento en la medida de lo posible con lo que he hecho. Ahora bien, en los últimos años ha surgido la figura del director-productor, y yo intento aprovechar las pocas rendijas que me deja el sistema. No me queda más remedio que aceptar esos epítetos, muy a mi pesar. Pero yo no sé porque el cine ha tenido que desarrollar el discurso de la novela del siglo XIX: chico encuentra chica, chico pasa dificultades, chico se enamora de la chica. ¿Es que todo tiene que ser asó? El cine es específicamente un cine más temporal que narrativo. Y yo cuanto más narrativo veo el discurso, menos cine encuentro en la película.

--¿Cuál es su camino o su sueño de cine?
He tenido mis dudas acerca del cine que quiero realizar. A mí me encantaría que el cine fuese como el big bang: todo es según el lugar que ocupa el observador en el espacio y en el tiempo. Me encantaría hacer una película que fuese al revés, que empezase en la tumba y que terminase en el vientre de la madre del protagonista.

PASIONES PRIVADAS
--Háblenos de sus pasiones privadas: de películas y directores.
-Carl T. Dreyer, Tarkovski. Arthur Ripstein, de los de ahora; Bresson, Godard, que me ha enseñado mucho cine, Sträub, y Rosellini, por supuesto. ¿Mis películas? Francesco, juglar de Dios de Rosellini, La Gertrud de Dreyer, Crónica de Ana Magdalena Bach de Staüb o La zona de Tarkovski.

-¿Actores?
No he pensado nunca en ello. Quizá, por mitología, me quedaría con Michel Simon de El Atalante de Jean Vigo, el joven Marlon Brando y Louise Brooks.

--¿Cuál es su película ideal?
-La película que me hubiera gustado hacer es Crónica de Ana Magdalena Bach, de Staüb, porque es de lo más cinematográfico. Son las fugas de Bach contadas por su hija. No hay estructura narrativa, tiene una estructura temporal más cercana a la música que a la literatura.

POEMAS DE RADA PANCHOVSKA

POEMAS DE RADA PANCHOVSKA

RADA PANCHOVSKA

[Búlgara, nacida el 16 de agosto de 1949, es poeta, editora y traductora de poetas aragoneses, españoles y latinoamericanos. Ha estado muy vinculada a la Casa del Traductor de Tarazona, al que suele venir una o dos veces cada años. Por cortesía suya, ofrezco aquí una selección de sus poemas, traducidos al castellano por ella.]

 

 

 

 

DESDE EL BALCÓN

 

                Cuando se nubla la vista

                todo se ve definitivamente claro.

                                               Ángel Guinda

 

En la tienda china de una pequeña

ciudad, abrigada en las faldas pirenaicas,

una mujer árabe velada hasta los talones,

compró para sí misma un teléfono móvil,

con una alegría no disimulada escuchó hasta el fin

las instrucciones de la vendedora

en el idioma extranjero común para ambas,

y lo sujetó bajo el velo/la almalafa al lado de su oreja.

 

Una estudiante ha sido arrastrada en la Tele

lejos de las urnas de un voto no reconocido,

una mujer de edad gritaba en arrebato/abnegación

en medio de la avenida apoderada de trance.

La vecina de enfrente, su cabeza cubierta de un pañuelo,

con dos niñas, todo el tiempo/siempre lava, tiende la ropa,

parece que es feliz a su manera,

no protesta y saluda sonrientemente/alegremente.

 

Una chica y un chico llegaron en taxi

a la estación de autobuses. Mientras pagaba

la chica, el chico encendía un cigarrillo

y después ella corrió para los billetes.

Así es, cada cosa con su tiempo,

los tiempos también cambian.

¡Y en medianoche pasó bajo el balcón

un joven, llevando bajo el brazo un libro!

 

SOLO

 

                Bien lo sé, es mi destino: urdir fantasmas,

                temblorosos perfiles, formas huecas,

                curiosos arabescos que aquí dejo

                sorprendidos, clavados en la hoja.

                Y también estar solo. Estar muy solo.

                                                               Víctor Botas

 

No toda la sinceridad es justa.

Sin un poquitín de mofa se vive difícilmente.

El poeta a menudo se burla del destino

y la soledad se vuelve un iceberg de sueños.

 

Ser solo se sobreentiende por principio.

Solo con todos, simplemente superpoblado.

No sólo le son cercanos, sino son una parte de él.

porque él es el/un ciudadano de toda la tierra.

 

No le es apretada la soledad, le es a medida.

Esclavo de la hoja, él salva del olvido

lo dejado por atrás y lo venidero, pequeño y grande.

Y paga sin cicatear con la vida suya.

 

 

 

RADA PANCHOVSKA - poemas del libro Elegías cósmicas (2018)

 

 

 

 

TODAVÍA

 

Los problemas planetarios están a punto de reemplazar los sociales.

La humanidad se esquiva avergonzadamente de su pasado,

la Tierra madrecita se convierte en una madrastra.

El campo de tiro cósmico que habitamos en el cosmos

impasible, resquebraja la cascara de la civilización,

la cuenta atrás ha empezado. Para un despegue o para un acabamiento,

dime tú, todavía depende todo de cada uno.

 

 

 

 

SOBREVIVENCIA

 

Mientras las capas de hielo del planeta se desploman,

los desiertos avanzan, las fábricas vomitan un humo

del que el aire se asfixia,

 

mientras de los bosques han quedado unos paisajes,

los bienes naturales se hunden más abajo,

las plantas y los animales pierden posibilidades,

 

mientras el harto no cree al hambriento / en tiempos de higos no hay amigos,

los ricos desprecian los pobres o viceversa,

mientras unos pocos lo apilan todo, miles de millones amontonan hijos,

 

el planeta está en sus postrimerías.

 

Estalla en volcanes dormitados,

dibuja flores glaciales sobre los cristales,

 

¿será que ha llegado el tiempo de volvernos a las cavernas

o como los vagamundos cósmicos

fijarnos la mirada en el confín celeste?

 

 

 

 

EL LLAMAMIENTO

 

 

 

¡Oigan!, los políticos,

¡no me toquen el clima!

Es vuestro asunto con su país

que vais a hacer,

pero mientras estáis en este planeta,

habrá que tenérselo en cuenta.

 

Es que La Tierra no es ni nuestra madre, ni madrastra,

y no somos nosotros su preocupación, sino ella a nosotros.

 

Diremos simplemente que ella es un hogar

acogedor por ahora, para todos.

Y nosotros somos unos inquilinos ilimitados

por herencia.

 

Puesto que no habrá quien nos pida cuentas a nosotros,

es preciso firmar un contrato

con nosotros mismos, para seguir viviendo aquí.

Ya que allí de dónde sea que hemos venido,

no podremos volver

algún día.

 

 

 

 

'EL SUEÑO DE LA RAZÓN' DE BERNA GONZÁLEZ HARBOUR

Las ‘Pinturas Negras’ de Goya son el mejor infierno para activar una mente criminal”



Berna Gonzáles Harbour publica ‘El sueño de la razón’ (Destino), una novela negra sobre el pintor aragonés





Berna González Harbour (Santander, 1965) es una de las damas del crimen en España. Alterna el periodismo en prensa, radio y televisión con la novela negra. Hoy presenta en el Museo del Prado ‘El sueño de la razón’, una novela inquietante de varios delitos que siguen un ritual vinculado a los dibujos y pintura de Francisco de Goya. Uno de los primeros crímenes es el de unos pavos; otro el de un perro semihundido, y otro, el que activa la imaginación de la comisaria María Ruiz -que acaba de volver de Soria, donde ha estado castigada-, es la muerte de un joven: una becaria, Sara Muñoz, Saramú, nacida en Zaragoza y obsesionada con la obra de Goya, tanto que lleva escritos sus lemas o textos en su piel: ‘Volaverunt’, ‘El sueño de la razón produce monstruos’... “’El sueño de la razón’ es una novela dedicada a Goya y recorrida por montones de detalles, algunos más visibles y otros menos, conectados con Goya. Que la becaria sea zaragozana es uno. Goya vino a Madrid y arrancó con pasión y dificultad, como ella”, explica Berna González Harbour.

La novela, en el fondo, es como un laberinto. O una sucesión de laberintos: los personajes recorren casas de okupas como La Dragona, pero también los subterráneos y las alcantarillas de Madrid, y a la vez hay un rastro, nada inocente, de la obra de Goya, desde los cuadros de ‘La pradera de San Isidro’ (1788) y ‘La romería de San Isidro’ (1820-1823) hasta el dibujo ‘¿Por liberal?’ (1810-1881). “Goya para mí es España, el genio que mejor representa lo que podemos ser o frustrar, lo que podemos brillar o ennegrecer, amar u odiar, manchar o admirar. En su obra y en su vida están todas las contradicciones que hoy también han aflorado y estallado en nuestro país”.

Hay novelas de trasfondo goyesco e incluso biografías novelas de la vida del pintor de Fuendetodos, pero nunca se había visto tan claro que su producción pudiese albergar un código secreto para los malvados o los asesinos en serie. Añade la escritora cántabra y subdirectora del diario ‘El País’: “Escribir es crear a partir de la realidad, a partir de deformar los contrastes. Y mi estado de ánimo, el estado de ánimo de mi novela, de mi comisaria María Ruiz y de este país creo que sufre precisamente la distancia entre esos contrastes que Goya nos enseñó. Goya es el mejor telón de fondo posible para una novela negra, la mejor inspiración. Goya es España hoy, no sé cómo no había ocurrido antes. Y las ‘Pinturas Negras’, el mejor infierno para desarrollar o activar una mente criminal”.

Al fin y al cabo, a Goya también le inspiraron el mal y los malvados. Así lo explica la autora: “Son el mal y los malvados de ese tiempo los que precisamente le inspiraron a él a viajar desde las bellas pinturas que hizo para los tapices en sus primeros tiempos hasta las ‘Pinturas Negras’. A lo largo de ese tiempo, cada vez más, fue reflejando los ‘Desastres’, el canibalismo, la muerte, el abuso, el desprecio, la ignorancia”. La novela no es ajena a los ecos de la Inquisición “porque él mismo la sufrió por su ‘Maja desnuda’, porque fue víctima de lo que él y otros de su época intentaban evitar, el oscurantismo, el absolutismo de nuevo”.

En la novela hay muchas más cosas: una fauna de desclasados que la crisis ha descocolado, entre ellos Eloy, que parece un ángel adolescente y enigmático en medio de la inmundicia, y Yago, “un hombre que se obsesiona con el arte hasta el punto de que quiere participar de él a través de la destrucción y no de la creación”. También se habla del impacto de las nuevas tecnologías y del ambiente universitario: “Me interesa el ambiente cainita que se respira a veces en la universidad, la endogamia, la falta de meritocracia. El profesor Salas, experto en Goya, nace de ahí, de intentar plasmar la arbitrariedad en la contratación de una becaria de la que se ha enamorado”.



 

ENTREVISTA CON RAY LORIGA

Ray Loriga (Madrid, 1967) tiene vínculos casi secretos con Aragón. Revela, por ejemplo, que su abuela Concepción Echevarría era de Jaca y que se exilió en Venezuela. En ese país, tan convulso ahora, vivió también su madre, entre los 10 y los 23 años. Como nada es inocente, esos detalles familiares van y vienen en su novela ‘Sábado, domingo’ (Alfaguara), que presentó ayer en Cálamo.

¿Qué recuerdos tiene de su abuela?

Muchos. Pasábamos algunos veranos en Jaca, en casa de algunos familiares. Íbamos al huerto a coger cebolletas y otras hortalizas. Nuestra abuela nos llevaba a mis hermanos y a mí a comprar pasteles típicos de allí. Era una merienda deliciosa. También cosas de sus años en Venezuela.

Que aparece y reaparece en su novela.

Bueno. Hay cosas que están basadas en mi vida y en relatos de mi familia. Muchas cosas que son inventadas: un narrador no puede dejar huérfanos a los personajes y les inventa vidas, hechos, memoria.

Fernanda, una de las mujeres del libro, capital en un miserio del pasado, nació en Venezuela. ¿Hay algún Federico, nombre del protagonista, en su existencia?

No, no. Soy muy amigo de las tres hijas de Francisco García Lorca, Laura, Gloria e Isabel, y he querido hacerle un guiño y recordar a un poeta que siempre me ha emocionado. Por cierto, Federico, cuando era niño, me sonaba como un diminutivo. Lo que sí existió fue una prima que se llamaba Virginia.

-¿Se enamoraba usted de sus primas, como le sucede al protagonista?

-No, no. Estaba muy cómodo con ella, me gustaba su mundo, sus cosas, su sofisticación y su misterio. Más allá de que yo sea un heterosexual más o menos perfecto, me gustaban mucho las amigas de mis primas, su conversación y también sus tebeos. Las chicas leían ‘Judit’, llenas de amor y alegría, y nosotros leíamos a ‘Marvel’, relatos de héroes, peleas y aventuras, pero con poco amor.

-El Chino, el amigo de Federico, tiene algo de héroe turbio.

-Pertenece a ese grupo de gente que hacen las cosas y no piden permiso. Arrambla con todo, parece seguro de sí mismo y de su destino. Lo daba todo por hecho.

Me ha hecho pensar en usted en sus inicios: parco, no sé si desafiante, se ponía el mundo por montera.

Imagino que habla usted de los días de ‘Lo peor de todo’. Era una timidez enfermidad más que un exceso de seguridad o un pecado de arrogancia.

-Chino le llama ‘tontita’ a su amigo Federico...

-Sí. A mí eso casi me resulta encantador, un acto un poco inquietante de sofisticación y a la vez un juego entre los dos amigos. El libro también se plantea cómo a veces los débiles se protegen deliberadamente detrás de los fuertes.

-Sin embargo, aquí cuenta una historia de amor en dos tiempos. Hace 25 años y ahora.

Es cierto. Creo que esta, más que una historia de la culpa, es una historia de la duda, y aquí he buscado una voz natural, la del joven que yo era hace 27 años, para mirar al pasado. Esa voz no he tenido que forzarla: solo la he tenido que recordar. He mirado atrás sin ira. Me gusta decir una frase de Fred Astaire: está escrita como los bailarines que van a bailar como si no hubieran ensayado.

Regrese: Federico es candoroso y se enamora de su prima…

Sí. Y ella se le burla un poco. Antes, cuando pensaba que ella era la mujer de su vida, y ahora. Lo sigue toreando. Él la sublima y ella le advierte, se burla, le dice que no es necesario.

¿Es necesario la sublimación en el amor?

Claro. Si no hay algo de sublimación el amor no es divertido, no tendría el impulso que tiene, esos vaivenes tan gozosos, que animan tantas conversacionwes, esa especie de juego de ping-pong que es la pasión y la seducción. Amar también consiste en entretenerse mucho.

¿Tuvo algún libro en la cabeza?

No. pero sí el mundo de J. D. Salinger, todos sus libros, no solo ‘El guardián entre el centeno’, y los cuentos de John Cheever. Aquí también hay un clima de inquietud.

-Usted es guionista de cine, trabajó con Carlos Saura.

-Fue una experiencia maravillosa. Un productor me encargó el guión de ‘El séptimo día’, sobre los crímenes de Puerto Hurraco. Me pidió que pensáramos en un director y yo elegí a Carlos Saura. Soy seguidor suyo, de veras. Le mandé el texto y quedamos en el café Gijón. Me hacía mucha ilusión colaborar con él. Nos sentamos y me dijo: “¿Te importaría que cambie una secuencia de orden?”. Esa fue nuestra colaboración casi. Durante la presentación de la película fue cariñoso y amable. Ahora acabo de escribir un guión sobre el rey Faysal, joven, para Agusti Villaronga. ‘Born king’ (‘Nacido rey’).