Blogia

Antón Castro

STANLEY KUBRICK, FOTÓGRAFO

STANLEY KUBRICK, FOTÓGRAFO

AUTORRETRATO, CON ARTISTA DE CABARÉ, DEL JOVEN STANLEY KUBRICK

Antes de ser el gran cineasta que fue, Stanley Kubrick se ganó la vida como fotógrafo. Era excelente. Su caso es parecido, en cierta forma, al de Carlos Saura. Hace algunos años Akal publicó casi su obra fotográfica completa. Ese libro-catálogo me lo regaló Jorge Gay. Fue un regalo maravilloso, sin duda. Hoy, dando vueltas, encuentro esta foto suya, este autorretrato con bailarina o artista de cabaré.

NICANOR PARRA: ÁNGEL Y BESTIA

Retrato de un antipoeta indomable y vitalista que acaba de ganar el Premio Cervantes con 97 años

 

 

Los Parra son especiales en Chile y en Latinoamérica: desde Nicanor Parra a su hermana Violeta, suicida por amor hacia alguien obscenamente joven, desde Ángel e Isabel Parra a Colombina Parra, la hija del hombre de estatura mediana y estatura mediana, casi aindiados, mapuches, que recibía ayer el Premio Cervantes, galardón que ya poseían otros dos chilenos: Jorge Edwards, que frecuentó mucho en Calaceite a su paisano José Donoso, y Gonzalo Rojas, distinción que se suma a otros dos galardones universales: Gabriela Mistral fue Nobel en 1945 y Neruda, el poeta oceánico del amor y del lenguaje, que lo fue en 1971. En este río arterial de nombres de la poesía, de la cultura y de la canción chilenas (tampoco debemos olvidar a Vicente Huidobro, el poeta creacionista que está en el epicentro de las invenciones de Parra y que fue, con Juan Larrea y Gerardo Diego, un alquimista de las vanguardias. Como Nicanor Parra, Huidobro era un escritor a contrapelo, distinto, un inventor de imágenes felices, de sueños, de delirios de la palabra.

La energía del universo Parra también caracteriza a Nicanor Parra. Su padre era maestro de escuela y músico, y su madre, modista, era una de esas mujeres maternales capaces de eternizar la tarde con canciones y coplas. El joven Nicanor se inclinaría por las Matemáticas y la Física, pero también por la lírica: bebió de la tradición popular, de los romanceros y de la facilidad de Lorca, y su primer libro era un ejercicio deslumbrante y acaso ingenuo de estrofas y rimas en asonante a la manera lorquiana, y a ello volvería en ‘La cueca larga’ (1958). Más tarde, abrazaría otros credos: el canto de Walt Whitman, la ironía de Luciano, la perplejidad y el absurdo de Kafka, la huella indígena con el cóndor, el poncho y sus magias cotidianas. Y un día, tras haber estado en universidades de Estados Unidos e Inglaterra, el científico dio una vuelta de tuerca a la lírica de su país con ‘Poemas y antipoemas’ (1954), un libro germinal, distinto, desmitificador, de poesía redactada con palabras de la calle, con ironía y cinismo, con un humor que empezaba en uno y un prosaísmo controlado.

En cierto modo, Nicanor Parra buscaba el otro lado de la montaña del canto coral de Pablo Neruda: huía de la grandilocuencia y de la brillantez de las metáforas para hablar de las cosas menudas, del destino del hombre, del tiempo y de la ciencia, de la pasión casi primitiva o salvaje por las cholas, por esas mujeres desnudas que eran para él el primer volcán del mundo, el río imparable de la luz y de la belleza. La mujer y su desnudo han sido la llamada inmediata al numen para el poeta. Escribió en ‘La montaña rusa’, un poema de ‘Versos de salón’: “Durante medio siglo la poesía fue / El paraíso del tonto solemne. // Hasta que vine yo // y me instalé con mi montaña rusa. // Suban, si les parece. / Claro que yo no respondo / Si bajan echando sangre por boca y narices”. Casi un manifiesto de la antipoesía de alguien que ha traducido ‘Rey Lear’ y ‘Hamlet’ de Shakespeare.

Desde entonces, Nicanor Parra, esa voz a la contra, fue ganando adeptos. Y fue ganando adeptos su simpatía inmediata. Y su enigma. Se multiplicó su leyenda de conquistador y de hombre de grandes y violentos amores. En Chile era el amigo y el antagonista de Neruda. Bien mirado, no son tan distintos, sobre todo si pensamos en el Neruda cotidiano de las odas. Incluso tenían ambos casa en la Isla Negra. Pero Parra estaba al margen de todos los partidos: podía ser anarquista y socialista en un mismo día; podía ser clásico y moderno y transgresor en la misma tarde; taoísta y ecologista; se reinventaba a sí mismo anticipando su fin, redactando su autorretrato, o desmadejando su inventiva en chistes, artefactos (breves poemas que funcionan como epigramas y que luego también serán creaciones de poesía visual), nuevos versos, historias telúricas o tratados de buen humor a prueba de hecatombes.

También ha hecho poesía visual, instalaciones, objetos literarios, y ha apoyado con una huelga de hambre a los mapuches. Otros libros capitales de Nicanor Parra son ‘Obra gruesa’ (1969), ‘Artefactos’ (1972), ‘Chistes para desorientar a la po(lic)esía’ (1983) y ‘Hojas de parra’ (1985). El Premio Cervantes de 2011, de 97 años, se ha retratado así para la inmortalidad en su ‘Epitafio’: “Ni muy listo ni tonto de remate. /Fui lo que fui: una mezcla / De vinagre y aceite de comer / ¡Un embutido de ángel y bestia!”. [Ahora, Galaxia Gutenberg / Círculo de Lectores publican dos tomos de su poesía, con una nota portical de Harold Bloom, entre otros.]

GARRAPINILLOS, 1- MOVERA, 1

GARRAPINILLOS, 1- MOVERA, 1

Era un partido entre amigos y a la vez era un partido a cara de perro. El Movera fue de líder durante algunas semanas en Primera Regional y parecía uno de los gallitos de la categoría: cuatro ex jugadores del Garrapinillos juegan ahí, los hermanos Ángel y José Cambra, Fernando Larrosa, que parece vivir una segunda juventud, y Roberto, un medio centro fino, de toque, con buena dirección, pero también contundente, veterano y peleón. No se amilana y si hay que hacer una falta táctica, o algo más, ahí está. El Garrapinillos había empatado con diez en un campo difícil como el de Huracán, y esperaba este partido: era uno de los dos aplazados que podía modificar nuestra ventaja en la clasificación.

Ha sido un día especial: un día de luz primaveral. El campo estaba muy bien. Y en el partido pronto se vio que iba a estar reñido. Ellos, a pesar de sus dos buenos medios centros, juegan a la inglesa, sin apenas transiciones. Pronto firmaron una excelente jugada al contragolpe, que no halló rematador. Poco a poco, el Garrapinillos fue tomándole el pulso al partido y empezó a penetrar por las bandas, sobre todo por el costado izquierdo. Tras una jugada por la izquierda, el árbitro pitó una falta a nuestro favor, Jorge Rodríguez la sacó muy rápido y Óscar aprovechó para marcar de cabeza. Los rojillos siguieron atacando, pero la primera parte terminó así. 1-0. Y mucha intensidad, nervio, tensión de área a área; el Garrapinillos intentaba contener a José Cambra, su jugador más peligroso, que igualaría en la segunda parte tras una espléndida jugada por la izquierda que culminó con un centro muy preciso.

Los amarillos atacaron en pelotazos largos, intentaron desbordar por el centro con algún peligro, pero no inquietaron a Luis. El Garrapinillos siguió atacando y generando ocasiones: internada de Óscar, trallazo de Eloy, remate en la boca de gol de Pirri de cabeza, posibilidad de remate de Romero... El empate nos supo a poco, pero ha sido ante un buen rival. Nos reafirma en lo alto de la clasificación con tres puntos sobre el segundo, El Salvador, con quien nos enfrentamos este jueves a las once y media. Será, sin duda, un partido difícil. Muy difícil. El Garrapinillos había ganado ocho partidos consecutivos y ha empatado los dos últimos. Esta va a ser una liga muy dura. Todos los rivales son fuertes, y eso se ha visto hoy.

Hemos formado así: Luis; Mateo, Lacabe, Beltrán, Pirri; Diego, Alberto Luna, Fran; Óscar, Eloy y Jorge Rodríguez. También jugaron Enrique Romero, Kike Alcubierre, Alberto Rubio, Jaime y Pitu, que volvía tras su lesión de varios meses. Curiosamente, antes del choque hoy recordamos al Milan de Arrigo Sacchi, de finales de los 80 y principios de los 90 como emblema y símbolo de la idea de equipo y del fútbol total. Nos ha faltado brillantez, sobre todo en la segunda mitad, pero con todo el equipo ha trabajado mucho; muchísimo. Y se hizo acreedor a la victoria. Quizá esta vez el entrenador no estuviera afortunado del todo con los cambios, pero una norma no escrita es que en el Garrapinillos intentamos que jueguen todos. Recibimos cuatro tarjetas amarillas: Alberto Luna, Javier Lacabe, Jorge Rodríguez y Eloy Mateo.

 

*En la foto de Aloma, Óscar Cambra, de espaldas, y Diego Rodríguez.

LOS ESCRITORES Y SUS ANIMALES

LOS ESCRITORES Y SUS ANIMALES

 

[Esta mañana, a partir de las once, en ‘A vivir de que son dos días’, en la sección ‘Club de Lectura’, Montserrat Domínguez hablará del libro ‘Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’ (Errata Naturae, 2011) con tres de los autores que participan en este volumen colectivo: Andrés Trapiello, Marta Sanz y yo, Antón Castro. Montserrat cuenta con la colaboración de Óscar López y Manu Berástegui, lectores, periodistas y apasionados como ella del mundo de los libros. Este artículo apareció en ‘Heraldo de Aragón’]

 

FÉLIX ROMEO VIAJA AL ZOO DE LOS BOWLES

 

Errata Naturae publica el libro colectivo ’Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’, donde aparece un texto póstumo del escritor y crítico literario recién fallecido, y textos de diez escritores de varias generaciones.

 

 

"Sabemos que a Félix Romeo no le gustaban los animales de compañía, pero su texto es fantástico y decidimos dedicarle el libro porque tanto a Rubén Hernández como a mí nos apetecía mucho y porque era una manera de acercarnos un poquito a él y compensar, si es que se puede decir así, el hecho terrible de que no llegara a verlo impreso. ’Perros, gatos y lémures. Los escritores y sus animales’ es un libro especial para nosotros, muy personal", dice Irene Antón, una de las responsables de Errata Naturae, que edita este libro que rinde homenaje, en su pórtico, al escritor, crítico y columnista de HERALDO Félix Romeo Pescador, fallecido el pasado 7 de octubre.

El cuento de una extraña fauna

Participan once escritores: Andrés Trapiello, José Carlos Llop, Andrés Ibáñez, Marta Sanz, Berta Marsé, Pilar Adón, Carlos Pardo, y cuatro aragoneses: Soledad Puértolas, Ignacio Martínez de Pisón, Antón Castro y el citado Félix Romeo, que habla de los animales de compañía de William S. Burroghs y de Jane y Paul Bowles, que tuvieron un auténtico zoo de ratas, loros, gatos, patos, armadillos y coatíes.

 

El cuento de Félix Romeo, ’El hombre invisible y el zoo de los Bowles’, ofrece casi un retrato de grupo y de época en Tánger. Además de los Bowles y de su amigo Burroughs, aparecen Truman Capote, Mohamed Chukri, Jean Genet, Mohammed Mrabet y Gertrude Stein, o el artista Francis Bacon. Y bien podría haber aparecido el zaragozano Julio Antonio Gómez que también anduvo por allí. El relato está lleno de hallazgos que parecen inverosímiles.
 

Escribe Félix Romeo: "Paul Bowles compró en México un ocelote, que allí llamaban tigrillo. Un equipo de televisión fue a grabar un programa con Paul Bowles y Jane Bowles y entre los planos de recurso el equipo decidió fingir la caza de una paloma por el ocelote. El ocelote no falló y se comió de un bocado la paloma. Los huesos de la paloma le atravesaron el estómago y el ocelote murió". He ahí el humor negro de la vida.
 

Irene Antón y Rubén Hernández dicen que se han fijado en autores de "distintas generaciones con proyectos literarios muy diversos", que aceptaron de inmediato. Algunos han escrito sobre sus propios animales, como Andrés Trapiello en ’De la muerte de Mora’, una espeluznante y emocionante crónica de la muerte de su mascota; Soledad Puértolas, que recuerda al buen Moss ("que una mañana de invierno terminó sus días en mis brazos mientras un rayo de sol caía sobre su cabeza") a la par que evoca la pasión por los canes de J. R. Ackerley, en especial por la perra Tulip, y Thomas Mann. Soledad Puértolas anota: "Muchas veces me he preguntado, observando a mis perros, si es verdad que no piensan. Desde luego, es sabido que sueñan. Dormidos, aúllan, agitan el rabo, se estremecen. Tienen sueños, eso es evidente". Marta Sanz recrea el universo, el misterio y la rebeldía de sus propios gatos. Los restantes autores se centran en las mascotas de
autores famosos.

 

La sombra del autor

"Este es un libro sobre los animales y la literatura, los animales y la escritura. Sobre el animal como sombra del escritor, como amigo, como único depositario de unos sentimientos, incluso de unas ideas que el autor no compartiría con nadie", afirman los editores.
 

En el libro, Andrés Ibáñez habla de Julio Cortázar y su gato Teodoro Adorno, con el que mantiene una relación de afectos más o menos intermitentes. Berta Marsé se aproxima a Truman Capote y su perro Charlie, al que trajo a Palamós; cuando estaban lejos le escribía cartas: "Querido Charlie: aquí todos los perros tienen miedo y pulgas, no te gustarían nada. Te echo de menos. ¿Quién te quiere? T (quién si no)". José Carlos Llop aborda en ’Nocturno malgache’ la convivencia de Cyril Connolly con sus lémures y con hurones a los que ponía nombre español como Paco o Chica, a la par que repasa o relee su dietario ’La tumba sin sosiego’.

 

Canto a la fidelidad

Pilar Adón se zambulle en la atracción de Virginia Woolf por un mono minúsculo del Amazonas y por distintos perros: Grizzle, Shag, Tinker o Flush, que en realidad era el perro de la poeta Elizabeth Barret y que le inspiraría la novela ’Flush’.

Carlos Pardo desmenuza, a la luz de su correspondencia, la obsesión del poeta Jules Laforgue por el perro Ariel; dice que es el mejor nombre que puede tener el animal. Ignacio Martínez de Pisón narra los secretos de un can muy particular: Mateo, que posee la facultad del canto. Lord Byron dedicó un inolvidable epitafio a su amado perro Boatswain, donde decía: "Aquí reposan / los restos de una criatura / que fue bella sin vanidad".
 

El resultado es un libro entrañable de "relatos íntimos y sobrecogedores, pero también de cuentos hilarantes", tal como lo definen sus editores, un libro que es un canto a los animales, a su fidelidad y, cómo no, a su enigma.

PEPE MELERO: PRÓLOGO A 'MERCADO CENTRAL' DE JOSÉ A. LABORDETA

PEPE MELERO: PRÓLOGO A 'MERCADO CENTRAL' DE JOSÉ A. LABORDETA

PRÓLOGO A ‘MERCADO CENTRAL’

 

Por José Luis MELERO RIVAS*

 

 

Mercado Central es el único libro completo y preparado

para la imprenta que permanecía inédito de José

Antonio Labordeta, ya que de la novela que había comenzado

en los últimos meses, basada en un crimen

que se cometió en su juventud en la zaragozana calle de

Boggiero, en el corazón del barrio de San Pablo, apenas

llegó a escribir un puñado de folios. Este Mercado Central

lo dejó cerrado y terminado un par de años antes

de morir, pero la edición de sus dos últimos libros de

memorias (Memorias de un beduino en el Congreso de

los Diputados en febrero de 2009, y Regular, gracias a

Dios en mayo de 2010) fue demorando su salida y retrasó

hasta hoy su publicación.

El libro contiene un conjunto de semblanzas, humorísticas

a veces, distorsionadas muchas veces y caricaturizadas

siempre, de algunos de sus mejores amigos. Las

escribió muy rápidamente, quizá en dos o tres meses, y,

con excepción de unas pocas que me entregó en papel

dentro de un estuche o carpeta, con el título definitivo

ya puesto, me las fue enviando a casa, por correo

electrónico, una por una, conforme las iba redactando.

Temía que pudiera exagerar demasiado algunos de los

rasgos de sus amigos, que alguno de estos pudiera molestarse,

y quería que las fuera leyendo para tener la

certeza de que aquellos daguerrotipos divertidos, surrealistas

y disparatados, pero siempre cálidos y amables,

podían acabar convirtiéndose en un libro que bien

podría completar aquel otro de Los amigos contados

que publicara en 1994 en edición no venal preparada

por Félix Romeo y auspiciada por la zaragozana Librería

General, y que sería reeditado por Xordica en

2002. Incluso contempló en alguna ocasión, para reforzar

ese hilo de continuidad entre ambos libros, la

posibilidad de titular este último Los amigos descontados,

que llevaría como subtítulo Por descontado, amigos.

Así consta también en alguno de los originales que

conservo. Pero en esa carpeta de la que antes hablaba,

en la que me entregó las primeras de estas semblanzas,

está escrito de su puño y letra el título que se ha

utilizado para esta edición y que fue siempre su preferido:

Mercado Central, en homenaje al gran mercado

modernista que proyectara el arquitecto turiasonense

Félix Navarro, muy próximo al callejón del Buen Pastor

donde transcurrieron los primeros años de la vida

de José Antonio Labordeta, y en el que sus diferentes

puestos –coloristas y variopintos– vendrían a ser como

sus amigos retratados en el libro: todos próximos, todos

diferentes, todos queridos y necesarios.

Si en Los amigos contados Labordeta hablaba de algunos

de sus más viejos amigos (Pío Fernández Cueto,

Manuel Pinillos, Luis García Abrines, Manolo Rotellar,

Luciano Gracia, Pablo Serrano, Santiago Lagunas,

Emilio Lalinde, Julio Antonio Gómez…) y utilizaba

un tono teñido de melancolía y nostalgia, muy propio

del Labordeta de los años setenta y ochenta cuando

aquellos retratos se publicaron en la revista Andalán,

en Mercado Central casi la mitad de las semblanzas corresponden

a sus amigos más jóvenes y el tono elegíaco

ha dado paso definitivamente al Labordeta más jovial,

vitalista y divertido, al Labordeta somarda, cachondo

y socarrón que tanto nos hizo reír en paseos, tertulias y

cenas interminables.

Así pues el humor, ese humor marca de la casa, tan

delirante en ocasiones y tan buñueliano, tan aragonés

en definitiva, está presente en casi cada una de las semblanzas

del libro: recordemos a su hermano Miguel llegando

siempre tarde al fútbol (pero no un poco tarde,

sino medio partido tarde, pues salía de casa en dirección

al campo cuando terminaba la primera parte); a Luis

García Abrines –el único con Julio Antonio Gómez

que ya aparecía en Los amigos contados y el único de

aquella serie que aún permanece felizmente entre nosotros–

repartiendo bendiciones en París disfrazado de

obispo; a Fernando Ferreró perdiendo deshilachado en

el mar aquel bañador que se compró en los inolvidables

«Saldos Arias» y pidiéndoles a Juana de Grandes

y a José Antonio Labordeta, que estaban con él en la

playa, algo con lo que cubrirse y poder salir del agua;

a Javier Tomeo siendo recibido en Quicena con banda

de música, gritándole «¡Amadoooo!» al Monstruo y

abrazándose luego con él; a Emilio Gastón quemando

involuntariamente las bragas de sus vecinas, o a Luis

Alegre besándose con Penélope Cruz en la plaza de

Malasaña mientras una muchedumbre entona la «Bien

pagá». A su editor Chusé Raúl Usón lo presenta como

perteneciente a la especie pirenaica de los «Usones»,

caracterizada por gruñir cuando hablan y por aparearse

delicadamente una sola vez; a Félix Romeo lo representa

como un tifón, huracán o tsunami que se lleva

por delante todos los malos libros, y de Ismael Grasa, a

quien apoda jocosamente la «Gran Esfinge» de Blecua

–el pueblo oscense del que procede su familia–, desvela

Labordeta que «como todo bien nacido en este territorio

es socio, barato, del Real Zaragoza», lo que no sé si

provocará el abucheo generalizado de los antizaragocistas

más intransigentes de su Huesca natal. Solo evita la

parodia y mantiene aquel antiguo registro conmovedor

y dolorido cuando recuerda al «gordo» Julio Antonio

Gómez («se fue junto a sus gorilas a rebuscar entre ellos

la memoria de Luciano Gracia o los sueños de Gúdel o

de Salas que, seguro, andan por las orillas del lago Kivú

a la espera del día inexistente de la gran resurrección

de los poetas verdaderos», escribe con emoción de su

amigo), cuya muerte tanto dolor causó entre sus viejos

colegas zaragozanos de versos y parrandas. Ni siquiera

en los casos de Miguel Labordeta y Antonio Artero,

los otros dos protagonistas del libro que desgraciadamente

ya no podrán leerlo, consigue José Antonio Labordeta

 ponerse serio y dejar a un lado zumbas, chanzas

y cuchufletas.

El libro está lleno, además, de buena literatura, de esa

buena literatura que surge a borbotones entre la prosa a

veces descuidada y sin terminar de pulir tan propia de

Labordeta, pero que sin embargo es capaz de alumbrar

las imágenes más bellas y de transmitir emoción y sentimiento

como solo pueden hacerlo los libros en verdad

importantes. Algunas de esas imágenes del libro son extraordinarias,

como aquella, inolvidable, en que la nieve

del invierno cubre las esculturas de Emilio Gastón, depositadas

en el patio de la ferrería de Echo, de manera

que semejan «soldados napoleónicos» derrotados por

la Rusia de los zares y consolados por algunos buenos

chesos que deciden adornar esos «cadáveres exquisitos»

llevándoles coronas de laurel.

Labordeta escribió estos retratos de sus amigos con

enorme cariño y admiración hacia ellos, porque él quería

y admiraba sin reservas a sus muchos amigos (su

viuda Juana de Grandes se ha cansado de repetir estos

días que José Antonio era «muy amigo de sus amigos»).

Y los escribió como un puro divertimento, exagerando

los rasgos de casi todos ellos y distorsionándolos hasta

el extremo. No le importaba pues tanto el retrato como

crear una imagen lúdica, entrañable y sugerente del retratado.

Todos ellos están también llenos de ternura,

de esa ternura labordetiana que en ocasiones hay que

saberla buscar bajo la hojarasca de lo esperpéntico y lo

grotesco que caracteriza a muchas de estas semblanzas,

de esa ternura que tantas veces José Antonio, como les

sucede a no pocos de los habitantes de estos parajes, escondía

voluntariamente bajo una falsa apariencia de rudeza

para no mostrar demasiado los sentimientos, para

no parecer sensible, delicado ni complaciente. Ya escribió

él en una de sus canciones más famosas, «Somos»,

que, al igual que nuestra tierra, éramos «suaves como

la arcilla», pero «duros del roquedal». Y los fue escribiendo,

como comprenderán todos lo que conocieron

bien a Labordeta, sin ningún orden preconcebido, tal

y como se iba acordando de sus amigos. Yo sí conozco

naturalmente el orden en que los redactó, pues José Antonio

los iba numerando conforme me los pasaba, pero

no pienso desvelarlo, no vaya a ser que alguno, equivocada

y torticeramente, trate de organizar un ránking de

amistades. De ahí que se presenten cronológicamente,

del más mayor al más joven.

Había otros muchos retratos que tenía previstos y

que nunca llegó a terminar, pues el cáncer se lo llevó

todo por delante: los de los escritores Ignacio Martínez

de Pisón, Eva Puyó y Daniel Gascón, los de la librera

Eva Cosculluela, la poeta Marta Navarro, la pintora

Mary Burges… De todos ellos y de algunos otros me

habló muchas veces. Y de varios sé que escribió algún

borrador, aunque el resultado final no debió de gustarle

demasiado pues nunca llegó a entregármelos ni pude

leerlos.

En esta colección de semblanzas está el mejor Labordeta,

el Labordeta divertido, inteligente y cariñoso, el

Labordeta apasionado por la literatura, el que escribió

con pasión prácticamente hasta el final de sus días. Ese

Labordeta que nos enseñó a disfrutar de la vida y de la

amistad como solo los grandes hombres son capaces de

hacerlo y que permanecerá siempre vivo en los corazones

de todos cuantos lo quisimos.

 

 

*José Luis Melero. Escritor y bibliófilo, y uno de los grandes amigos de un hombre que tenía muchos, como se ve en ‘Mercado Central’: José Antonio Labordeta Subías (1935-2010). En la foto, una caricatura de Luis Grañena de Fernando Ferreró. El libro se presenta esta tarde, a las 20 horas, en Los Portadores de Sueños.

'MERCADO CENTRAL', HOY: LABORDETA RETRATA A FÉLIX ROMEO

Esta tarde, a las 20 horas, en la librería Los Portadores de Sueños, el poeta y editor Fernando Sanmartín presentará el libro póstumo de José Antonio Labordeta ‘Mercado Central’, publicado por Xordica e ilustrado por Luis Grañena. En el acto, podrán verse las caricaturas y estarán muchos de los retratados por Labordeta: Miguel Mena, Luis Alegre, Cristina Grande, Javier Gómez de Pablos, Fernando Ferreró, Eloy Fernández Clemente, el editor Chusé Raúl Usón, Emilio Gastón, José Luis Cano, Mariano Gistaín, etc. Se trata de un libro de retratos, de recuerdos y, muy especialmente, de pequeñas ficciones en torno a los personajes. Para mí uno de los valores del libro es Labordeta como creador de ficciones, de relatos, de historias entre surrealistas, delirantes, afectuosas e impregnadas de somardería. Luis Alegre es el gran cómplice de Penélope y el hombre que besa con mejor sentido musical; Miguel Mena encarna la poesía, el sol y las estaciones del Moncayo; Pepe Melero es bibliófilo y devorador de libros y Félix Romeo es, sencillamente (además del hijo varón que le nació de la historia de amor de Félix y Carmen), un auténtico tsunami. He aquí el texto de José Antonio Labordeta sobre Félix Romeo Pescador (1968-2011).

FÉLIX ROMEO PESCADOR

 

Por José Antonio LABORDETA. De 'Mercado Central' / Xordica

 

El cielo luminoso de la ciudad se cubría, poco a poco,

de nubes rasgadas, sangrientas, amenazantes y, al mismo

tiempo, esperanzadoras y jolgoriosas. Eran el anuncio

de algo que en meteorología no habían encontrado la

razón:

–Es un tifón –comentó sudoroso el Delegado del

Gobierno, actual virrey democrático, pero virrey al fin.

–Es un huracán de nivel dos –aseguró el consejero

de Medio Ambiente.

–De nivel cuatro –murmuró realmente asustado el

jefe del Servicio Nacional de Meteorología que no tenía

ni idea de por dónde podían venir los tiros, y los troyanos.

Porque algo de La Ilíada se percibía en el lejano y

quejumbroso sonido de las páginas eternas suscribiendo

sus pasajes de forma estentórea.

–En ese caso sería más bien un huracán –comentó el

joven licenciado en artes gráficas.

El Capitán General, que siempre llegaba tarde, anunció,

tras el toque de «generala» por sus cornetas de número

«que ya las fuerzas de tierra, mar y aire estaban

dispuestas para enfrentarse a esta especie de arrebol

subcutáneo que empezaba a recorrer a todos los habitantes

de la gloriosa Salduba –detalle de cultura histórico-

estratégica– y que en cualquier momento podía

detener la luz tambaleante de un sol un tanto frígido y

escondido».

Durante un buen rato, y mientras esperaban al señor

arzobispo para atacar con fruición el chocolate con

picatostes que las encargadas del refrigerio habían preparado

en el Ayuntamiento, siguieron las divagaciones

cada vez más certeras y puntualizadoras viendo cómo

la luz se refrigeraba en su propia lejanía y los versos de

El alcalde de Zalamea se caían a chorros por la vertiente

penúltima del Ebro, río padre y madre del envite.

–Este escándalo astral –denunciaba el señor arzobispo

revestido de las mejores pompas judeo-cristianas–

es cosa de algún cultureta que anda intentando

revertir en desorden lo que es el orden natural –dijo su

eminencia mientras machacaba con su dentadura postiza

los picatostes del chocolate espeso.

Durante un buen rato, y por el espesor del chocolate

a la española, las autoridades se quedaron amodorradas

hasta que el pueblo, entre jubiloso, temeroso y escrupuloso,

empezó a reclamar «¡manos a la obraaa!» de una

vez por todas. Y los jefes convocaron –que es lo que se

hace siempre– una rueda de prensa en la sala de ídem

del Servicio Español de Meteorología. Y allí se fueron

todos y entre isobaras, bajas presiones y altas, barómetros

desencajados y encajados, se prepararon para dar

la rueda de prensa. Pero pasó casi una hora y ningún

medio de comunicación, local, provincial o regional,

acudió y el nerviosismo comenzó a saturar los bajos de

la sotana del señor arzobispo, envejeció a los cornetas

y el Gobernador Civil, ahora Delegado del Gobierno,

pero en realidad Virrey, reclamó su caballo blanco e intentó

salir a la calle.

Un vocerío sin sentido lo detuvo: «¡Es el huracán!

¡Se ha llevado todas las enciclopedias Espasa que todavía

perviven en las estanterías de las viejas librerías! ¡Ha

roto las obras de Pemán! ¡Y los Larousses completos!

¡Y una enciclopedia de Planeta! ¡Y a los últimos premios

de ídem! ¡Ha desangrado a los poetas bicéfalos!

¡Ha dejado desabastecidos los textos de Marx, de Lenin

y de otros vaticinadores de futuro como San Pablo y las

cartas a los creyentes!».

El aire furo convertía a los incrédulos en crédulos, a

los indiscretos en discretos, a los imbéciles en béciles y

a los agoreros en goreros solo.

La tensión entre las autoridades iba en aumento: para

pacificarse abrieron unas botellas de cava y un aire frígido

se las llevó por los cielos. Solo champán, dijo una

voz perdida entre los cirros, los cúmulos limbos y la

tormenta granítica que anunciaban se iba a tumbar sobre

la vieja ciudad destornillada.

Atraviesan el aire, de modo radical, libros de poetas

artificiales y artificiosos, se golpean contra las paredes

todos los libros de eso que dicen es literatura histórica

y sus hojas, al desparramase por el suelo, derrochan un

nefasto mal olor que hacen que nuestro señor arzobispo

pierda el anillo episcopal y la mula blanca se desencaje

entre saturadas muchedumbres agolpadas a la verja del

santuario de los viejos feligreses.

Todo el cielo es un cúmulo de hojas de periódicos,

de saturadas revistas de relatos nefastos y de libros de

cocina harapienta. Alguien comenta: «Este aire está

limpiando el bodrio de los libros que nunca deberían

leerse, de los periódicos representativos del harapiento

mundo de la falsedad y de revistas apocalípticas que se

saturan de noticias falsas para conseguir que el último

hijo de Adán se vista con la moda francesa».

–¡Es un tifón! –grita desesperado el Delegado.

–Es un huracán –asegura el de la Meteorología.

–Es un acto castrense para limpiar de bodrios todas

las bibliotecas atosigadas.

–Es como un acto celeste de pureza aunque veo que

todos los ejemplares que vuelan por el aire son de nuestros

autores favoritos –se queja su eminencia.

–Fíjese: por ahí va Camino y todas sus ediciones.

–Y de tantos y tantos que no nos da tiempo a aseverar

qué es lo que está pasando.

–Creo –dice al final un sargento de la Guardia Civil–

que esto es un tsunami y que tiene nombre y dos

apellidos.

Gesto de asombro por parte de toda la fauna.

–Se llama Félix Romeo Pescador.

–¡Él! –exclama el Delegado, y perplejo devuelve el

anillo episcopal al obispo–, esto es castigo de Dios, por

leer lo que leemos.

La figura de Félix, remarcada al fondo del horizonte

del poniente zaragozano, contra la mole del Moncayo,

gritó hasta descerrajar los cielos quejumbrosos: ¡Leer a

Cervantes, rediós, y desfondaros por los últimos verdaderos

valores que son los que os voy a señalar!

Y al igual que en Babilonia, en la última cena del rey

Baltasar, en las paredes férreas del campo de fútbol de

La Romareda fueron apareciendo los nombres de los

autores señalados, mientras la voz poderosa de Romeo

Pescador anatematizaba a todo el bodrerío suculento.

Las aguas del Mediterráneo se llenaron de páginas

y páginas inútiles empujadas por el cierzo mientras alguien

recitaba aquel verso de Luciano Gracia que decía:

«ciudad mía, ciudad del viento». El ideario de los poetas

trashumantes se había hecho realidad gracias al gesto

airado de ese muchachón desempolvado y un tantico

agreste y socarrón.

 

LOS 'ARTICUENTOS' DE MILLÁS: LECTURA COLECTIVA HOY EN LA FNAC

LOS 'ARTICUENTOS' DE MILLÁS: LECTURA COLECTIVA HOY EN LA FNAC

LECTURA COLECTIVA DE LOS ‘ARTICUENTOS’

DE MILLÁS EN LA FNAC

Escritores aragoneses y personalidades de la cultura aragonesa participarán en una lectura pública de ‘Articuentos’ de Juan José Millás hoy jueves 1 de diciembre, a partir de las 19:30 h., en el Fórum de Fnac Plaza España.

La convocatoria está abierta al público en general; también leerán empleados de la FNAC y lectores que se sumen al acto. Han confirmado su presencia, entre otros: Javier Fernández (Delegado del Gobierno en Aragón), Antón Castro, Cristina Grande, Juan Bolea, Amadeo Cobas, Magdalena Lasala, Manuel Vilas, Joaquín Carbonell, Julio Cristellys, Plácido Díez, José Luis Corral, Eva Hinojosa, Margarita Barbáchano, Sergio del Molino, María Frisa, Ignacio Escuín...

 

JOSÉ LUIS SAMPEDRO: UN DICCIONARIO

JOSÉ LUIS SAMPEDRO: UN DICCIONARIO

[El pasado martes, José Luis Sampedro (Barcelona, 1917) recibía el premio Nacional de las Letras. Hace un par de años, en el verano de 2009, Paco Martín Martín, especialista en la obra de José Luis Sampedro, me invitó a participar en un curso de la Universidad de Verano de Jaca dedicado al autor de ‘La vieja sirena’. Leí todos sus libros, recordé nuestros encuentros y nuestra correspondencia (me escribió mucho a Urrea de Gaén y a La Iglesuela del Cid en los años 90), y confeccioné este diccionario, en el que recuerdo a un amigo inolvidable: Francisco Gonzalo Gómez, que murió de infarto demasiado joven, demasiado, y que era un enamorado absoluto del mundo y de la sensibilidad, del compromiso y de la lucidez de José Luis Sampedro, que vivió en Zaragoza y se casó, en segundas nupcias con Olga Lucas, en Alhama de Aragón. Esta maravillosa foto es de Jordi Socías, uno de esos fotógrafos extraordinarios al que he seguido con admiración y cariño a través de ’El Europeo’ y de ’El País’. Hace unos días, con Jonás Trueba y Daniel Gascón por mensajeros, me envió desde Washington un libro dedicado. He aquí un maravilloso retrato Jordi Socías-José Luis Sampedro.]

 

SAMPEDRO: ACASO UN DICCIONARIO

 

Antón CASTRO

 

ADOLFO ESPEJO. Empezamos con este muchacho, airado contra sí mismo, que tenía tantas ganas de saber y de disfrutar el mundo, tanta ansiedad, que parecía disolverse en hastío, en incertidumbre. Tenía sed de vida y de amor: era víctima de la soledad y parecía buscarla, era víctima de los despertares de su propio cuerpo y parecía sentirse un extranjero dentro de él. En el fondo, este es el primer héroe o antihéroe de José Luis Sampedro, un alter ego que asomaba a su novela ‘La estatua de Adolfo Espejo’, que concluyó hacia 1939 y apareció en 1994. Adolfo concentra muchos de los momentos decisivos de Sampedro: sus años de nomadismo, su estancia en Zaragoza, en los jesuitas, sus viajes a Melilla donde, tal como le sucedió a José Luis con Ahisa, conoció el vendaval del amor, el estrépito del deseo. De algún modo, ese personaje reaparece en una novela delirante, en una crónica de costumbres y de desmesuras: ‘El caballo desnudo’ (1971). Es Adolfito quien denuncia la visión en paños menores del équido, y ocurre lo que ocurre. El mundo, fanático y angosto, se desordena de manera terrible con esa moralidad de pandereta. Quizá ‘El caballo desnudo’ sea el libro más desternillante del autor, el más satírico.

 

 

José Luis Sampedro y Olga Lucas, en una foto de 'El País'.

 

ALHAMA DE ARAGÓN. Es un paraíso con agua y selva en la tierra. José Luis Sampedro, escritor, pensador y economista, se refugia allí desde hace medio siglo. Suele decir que es para relajarse, para combatir el estrés, para reencontrarse con la naturaleza. Han sido muchos los autores que han hablado de su sentido de la descripción y de su mirada frente al paisaje. Allí quiso celebrar una ceremonia inolvidable: en medio de las neblinas y los vahos que emergen de los lagos, se unió a Olga Lucas. En el fondo, Alhama tiene algo de persistencia de lugares muy queridos por el narrador: el mar, el río Tajo de los gancheros y los recuerdos, los humedales y los jardines de Aranjuez. En la dedicatoria de ‘La vieja sirena’, el escritor agradece “Finalmente, a mi circunstancia: cinco ambientes con A que se hicieron refugio. Alhama de Aragón, Alicante, Aranjuez, Aravaca y la principesca hospitalidad de Andorra”.

 

AMOR. Sampedro escribió, en ‘Octubre, Octubre’, citando a Rumí: “Bajo la visible evolución de las formas es la fuerza del amor lo que impulsa todo progreso”. “De no ser por el amor, ¿cómo hubiese llegado a existir nada?’. Y también proclama con el clásico: ‘Ama y haz lo que quieras’. El amor con todos sus complejos apéndices o derivados es el personaje más importante de todas sus novelas. El amor es la creación total que ansía página a página, personaje a personaje. Leemos en ‘Octubre Octubre’: “Al hacer el amor éramos todavía más libres, no sé cómo explicarte, más inocentes. Diría que más puros, pero la palabra ‘pureza’ está manchada por los curas. De verdad, sentirse pura antes de amar es muy fácil, pero falso. La pureza sólo llega a ser auténtica haciendo el amor”. Recojo en ‘La vieja sirena’: “El Amor siempre es verdad”.

 

ARANJUEZ. Ese lugar cantado por los poetas, por los músicos, y pintado por el pincel matizado de Santiago Rusiñol, entre otros, es un espacio fundamental. Es el jardín de la memoria, el edén exuberante de verdura, de belleza, de misterios,  pero también es el hechizado solar donde Sampedro se reencontró consigo mismo y, muy especialmente, con su padre, aquel médico militar que era capaz de tocar instrumentos de púa, dibujar mapas y planos, realizar fotografías y hablarle, así, como habla el viento y como quien no quiere la cosa, del conocimiento. Ha dicho José Luis que allí disfrutó de su padre como nunca. Él fue la figura tutelar, el amigo soñado, la puerta a la sabiduría y a un sinfín de emociones, y además estaba en un real sitio con solera, con nobleza. Aranjuez reaparece en muchos libros, como un pespunte, como una sugerencia, como un instante de plenitud, y aparece sobre todo, con su hermosa complejidad, en la novela ‘Real Sitio’ (1993), que narra dos historias distintas y complementarias, una en 1807-1808 y otra en 1930-1931, y que ensaya, de nuevo, un modelo de novela histórica muy personal. Ahí estaban muy claros algunos temas decisivos de Sampedro: el tiempo y sus laberintos, los ecos de la II República, la dignidad de los amores tardíos, la idea de segunda oportunidad mientras haya aliento y una piel que sentir al lado, un cuerpo, unos luminosos ojos henchidos de edad. Aranjuez es el escenario de ‘Real Sitio’, un libro cuya prosa refinada y elegante se corresponde con su ámbito y con su leyenda de majestuosidad, de aroma, de intimidad y de amotinamientos. Es un “paisaje definitivo del alma” y es, a la vez, ese lugar que le permite decir al autor: “Mi paraíso terrenal está situado en esas riberas del Tajo”. Anoto aquí una hermosa reflexión de Yvan Lissorgues: “Real Sitio es la plena recuperación, con la palabra, del tiempo pasado que nunca se da como tiempo perdido”. Como si apostillase, ha escrito Sampedro: “El Real Sitio fue decisivo para orientar mi vida y por eso ha permanecido siempre en mi corazón”.

 

BRUNO. La novela donde se produjo esa alquimia perfecta de identificación entre el escritor y el lector fue ‘La sonrisa etrusca’ (1985), el relato del anciano Salvadore que se ha quedado viudo y visita a su hija, que tiene un niño, Bruno. La novela, así de entrada, era como un grito de soledad del narrador. La historia nació en Estrasburgo, en la casa de su hija, “donde me había nacido un nietecito”, y el novelista tenía en la cabeza a Goethe y su primer amor, Federica Brion, porque veía los parajes donde el joven escritor alemán había recibido sus primeras lecciones de amor. Ha escrito Sampedro: “Una noche algo como un gemido me despertó y me hizo acudir a la alcobita del niño. La nevada caída durante el día reflejaba el resplandor lunar y el de las farolas callejeras derramando por el ventanal una líquida claridad mágica. Todo era silencio; ¿habría yo soñado aquel gemido? Me acerqué a la cuna y contemplé la lunita del rostro. Iba a retirarme cuando el niño me retuvo abriendo los ojos, redondos y misteriosos como pozos oscuros. Antes de sollozar le cogí en brazos y envolví nuestros cuerpos en una manta, acunándole mansamente. Pero tardó en dormirse y, al paso de los minutos, iba el niño pesando en mis brazos, entrándose en ellos y haciéndome suyo al hacerse mío… Eso fue todo: evadirme con él del reloj y de los mapas, contemplar su carita aún no surcada por los afanes y los días, respirar su olor lácteo y frutal, acoger la elástica firmeza del cuerpecito, flotar juntos en la noche transfigurada. Eso fue todo”. Ese niño acabaría siendo Bruno, Brunettino, el nieto de Salvatore, y se llamaba Bruno como se llamó él cuando era partisano y combatía con los nazis. El nombre era un juego del azar y un homenaje de su familia. Sampedro redactó una novela emocionante durante muchas noches, en la hora ideal de la madrugada, y trasladó la acción a Calabria. Le añadió algo que le obsesiona desde hace mucho tiempo: la idea de una última pasión que alumbra el túnel de la despedida y lo llena de dignidad, de hermosura, de grandeza inadvertida, de sigilosa plenitud. Eso sí, redactó aquella novela humilde y artesana, ‘La sonrisa etrusca’, con el estilo más difícil, “el más sencillo”, y con ternura, con emoción, con profundidad y con el intento de entender la vida. José Luis Sampedro, que es un vitalista más que un optimista, se ha pasado la mayor parte de sus días de escritor intentando comprender los pliegues del existir.

 

CASTILLO, ANTONIO. Es el protagonista de ‘La sombra de los días’, una novela concluida en1945 y publicada en 1994. Podríamos decir de manera simple que es la visión de la Guerra Civil de Sampedro. Se trata de una ficción redactada en cuatro partes, en cuatro voces y un prólogo. Es un ensayo sobre el punto de vista, un libro puzle, una narración impresionista donde las voces hablan, recuerdan y completan el carácter del desaparecido. Es una novela de formación y está centrada en un personaje de ficción que encarna al inolvidable Germán Sanginés, aquel amigo de Sampedro, con el que coincidió en Santander en vísperas de la contienda civil y que fallecería demasiado pronto en combate. A él, entre otras muchas cosas, le debe Sampedro recuerdos imborrables vinculados al mar, a la poesía, a algunos poetas y a algunos libros como la Antología poética de Gerardo Diego o a la Segunda antolojía poética de Juan Ramón Jiménez. Cuando José Luis dirigía la revista ‘UNO’, Germán le exigía calma, conciencia, rigor, y logró algo inesperado: el poeta Sampedro está encriptado en las ficciones de Sampedro. Gregorio Salvador descubrió este fragmento poético y otros en ‘Octubre octubre’:

No tengo miedo. Sé que tú no ignoras

que nunca te perdí en mis confusiones.

Que, si seguí adelante,

fue buscando tu faro allá en lo oscuro,

llevado de deseos de tu cuerpo,

de la sed de morir sobre tu pecho

derramando en tu sexo mis entrañas.

Porque mi vida pasa y me destroza

la espera de morir para encontrarte.

 

DIGNIDAD. Es un vocablo clave: para Sampedro es un fin y un territorio. Todas sus criaturas intentan otorgarle sentido a cuanto les sobreviene o les ocurre.

 

ESCRITURA. “El escritor es un voyeur, confesémoslo de una vez, y lo digo en francés para que no parezca indecente. El escritor lo ve todo, lo oye, lo huele todo –no digo que lo toca porque eso ya sería pasarme-, pero el escritor, verdaderamente, es un cotilla (…)”. De ahí que a sus lecciones sobre su vida y su escritura los hubiera titulado ‘Escribir es vivir’. La escritura de José Luis Sampedro se nutre de su propia existencia, de sus recuerdos, de los personajes que conoció, de un sinfín de incidencias que le marcaron la vida, su prosa es como un laberinto de la memoria, el depósito y las huellas del pretérito transformados en arte de la experiencia. La escritura de Sampedro nace de su curiosidad por el mundo que le ha tocado vivir: el convulso siglo XX, desde la dictadura de Primo de Rivera y el crack de 1929 hasta la proclamación de la II República, la Guerra Civil, la Segunda Guerra Mundial, la Guerra Fría, la Transición; la escritura de José Luis Sampedro también tiene su origen en los sueños, en los mitos, en la historia, en la vasta cultural que nos conforma, y en eso estado fronterizo de la realidad y la ficción que algunos críticos le han dado en llamar ensoñación. La escritura de Sampedro se amasa con muchos materiales: con investigación, con lenguaje, con almas a la deriva y generalmente dotadas de buenos sentimientos, y se amasa con una impronta poética, con humor y con un especial sentido del ritmo. El libro poético por excelencia de Sampedro es ‘La vieja sirena’, al menos en un sentido conceptual y en su sentido estilístico. Está redactado con un  vocabulario extenso, frugal, casi de lujo.

 

HISTORIA. La novela histórica, más bien rutinaria y un tanto previsible, se ha puesto de moda. Parece vivir su edad de oro y a la vez su ocaso: el exceso, la superficialidad y la frivolidad están a punto de condenarla por agotamiento. José Luis Sampedro es un escritor de su tiempo, un narrador de los círculos y las espirales del tiempo, un ciudadano comprometido desde cada una de sus ficciones, pero también podríamos calificarlo como un novelista histórico de la mejor estirpe: un novelista fiel a sus orígenes y a su estilo. ‘La vieja sirena’ es, ante todo, un tratado de la imaginación, un libro totalizador de los mitos con parada y fonda en Alejandría, una novela de personajes y de sueños de intención alegórica y simbólica. Es, en cierto modo, la novela de la luz, de la sensualidad arrebatada, del viaje y de la mutación permanente. La protagonista se mueve entre dos amores: Ahram el Navegante, y el filósofo Krito, filósofo que posee la virtud de la palabra y la facultad de ser hombre y mujer a un tiempo, como Orlando, como ‘El hombre lesbiano’. ‘Real Sitio’ es una novela del siglo XIX y del siglo XX. El tapiz histórico late como una alfombra de la memoria en los libros de Sampedro. Incluso cuando se trata de épocas más cercanas: la aventura de los gancheros, la historia de Shannon y Paula, en ‘El río que nos lleva’; los ecos de aquel Tánger multirracial y multicultural de la infancia; la misma Villabruna de ‘El caballo desnudo’…

 

HUMANISMO. Hace algunos años, pero especialmente en los últimos tiempos, he descubierto a grandes fotógrafos franceses: Willy Ronis, Robert Doisneau, Emmanuel Sougez, Gerald Bloncourt o Jean Dieuzaide. Para definirlos, por lo regular, se utiliza el calificativo humanista e incluso se habla de una corriente estética, nítida, que es la fotografía humanista. Ellos, además de dominar la magia de la luz, la fuerza del contraste, los secretos de un rostro, son capaces de crear una corriente de afecto, de lucidez, de comprensión general del mundo. Saben que todo es importante, que cualquier gesto, cualquier ser humano, cualquier peripecia son dignas de atención. Así, con esa actitud, con esa infinita y dulce curiosidad hacia todo lo humano, han creado una poética, un modo de estar en el mundo. Son cronistas de lo esencial, son espectadores del azar, registran los sentimientos, las emociones, la felicidad y el dolor. Una auténtica vida en llamas. En España también tenemos fotógrafos humanistas, de esa línea: piensen en Gabriel Cualladó, en Virxilio Vieitez, Eugenio Forcano, Joan Colom, Alfonso o Marín, por ejemplo. José Luis Sampedro es de esta estirpe: es un fotógrafo humanista con la palabra hecha imagen, exaltación y dibujo del tiempo. Abraza a los seres y los integra en sus ficciones con pasmosa complicidad.

 

LIBROS. Suele decir que “la literatura es el camino de la vida”. En ese tramo siempre hay compañeros de viaje que son como los fantasmas familiares: ‘El principito’, los poemas de Juan Ramón Jiménez y los Kavafis, Rilke y Fernando Pessoa. Entre los novelistas, hay muchos (no hay más que asomarse a ‘Octubre octubre’ para verlo y leerlo), desde Pío Baroja a Leon Tolstoi. Una de sus novelas predilectas, a la que vuelve una y otra vez, es ‘Guerra y paz’. Regreso un instante a Pío Baroja: Sampedro se siente con él y como él “un hombre humilde y errante”.

 

MAR. En su discurso de ingreso en la Real Academia de la Lengua, Sempedro, autor de una colección de cuentos de tema marino, ‘Mar al fondo’, escribió: “El mar es como la dulce llama de la chimenea: nos lleva a un más allá, nos sorbe la imaginación, se disfraza de figuras y sugerencias (…) El mar no era confín ni barrera sino la más ancha de las aperturas a la libertad”.

 

MUJER. De ‘La sonrisa etrusca’: “¿Qué poder tiene la carne de mujer? Redonda y blanca como la luna, que dicen que levanta el mar”.

 

NOVELA. “Con palabras se construyen las fronteras en el mundo de la literatura, donde se desenvuelve la novela, alzada sobre el filo mismo de la realidad y la ficción porque participa de ambas. Oponer lo novelesco a lo real solo alcanza a ser una interpretación, pues la novela  despliega la inapelable verdad de su autor, que la ha vivido al crearla, para que se haga también en los lectores. Por eso los grandes personajes de ficción resultan más reales e influyen más en nosotros que muchos seres de carne y hueso”.

 

SEXO. El sexo ocupa una porción importantísima en la obra de Sampedro. En algunos libros, en particular: en ‘La vieja sirena’, quizá el libro más erótico, donde hay un permanente ejercicio de lenguaje, que se funde con la sexualidad y la sensualidad. En ‘El amante lesbiano’, que habla de los deseos ocultos, de los espacios desconocidos, de los sueños inconfesados, de la metamorfosis.  Ya en ‘La vieja sirena’ podía leerse: “…hay mucho sexo en el cerebro. ¿Qué está haciendo? ¿Qué más da? ¿No es su oscuro deseo, muy hondo, ser amante lesbiano? ¿Es todo esto una promesa del destino”. ‘El amante lesbiano’ tenía mucho que ver con la literatura galante francesa e inglesa. El sexo es determinante en ‘Octubre octubre’, otra novela que transcurre entre los años 60 y el inicio de la Transición, donde el autor ha tejido una compleja red de relaciones, de sentimientos y de exaltación del cuerpo en el que pretende dar salida a un amor imposible. El sexo un camino de conocimiento, en un umbral de sabiduría. Sampedro defiende el placer y sus líquidos, defiende la piel y su textura, defiende el coito, defiende la fantasía, el ritual del encuentro. La pasión, que es una palabra que debiera tener entrada propia, está hermosa descrita y sentida en muchas de sus ficciones. Sampedro es un novelista apasionado, vigoroso, sensual, con todos los sentidos despiertos. Es un libertario de los sentimientos. El único límite lo ponen los amantes. En varias ocasiones, ha escrito: “La cama es el mejor sitio para estar juntos un hombre y una mujer”. Quizá tras la redacción de ‘El amante lesbiano’, la frase ya no sea tan exacta. Oigan como se define el personaje de este libro que ha ensanchado la literatura de Sampedro hacia la androginia, el fetichismo, la homosexualidad y la vida privada y recóndita de las criaturas. Dice Mario: “Mi sexo es masculino, pero mi género es femenino, atraído hacia la mujer y, para concluir, sumiso. Así es que resulto lesbiano”.

 

VIAJES. Muchos de los libros de Sampedro son viajes, expediciones al pasado, aventuras con intensa acción, exploración de territorios junto al río, a los jardines, indagación a mar abierto. Pensemos en ‘La senda del drago’, que tiene algo de odisea de Martín Vega hacia el océano deteriorado y quien sabe si degenerado de la cultura occidental. Pensemos, claro, en ‘El río que nos lleva’, que narra un hecho real: la última maderada, a finales de los 40, desde Peralejos de las Truchas hasta Aranjuez. Sampedro, como hace siempre, trasciende la anécdota y engarza con la novela objetiva española del momento y con la idea del reportaje.

 

VIEJOS AMANTES. José Luis Sampedro, encarna, creo que en la vida y en la ficción, al amante eterno. Al tema de la dignidad de los viejos amantes, de la nobleza de la carne antigua, le ha dedicado muchas páginas. Anota: “Palabras y silencios en la penumbra primaveral de la alcoba, cernida por las cretonas estampadas. Tendidos uno junto a otro bajo la sábana y la colcha, desvestidos a medias, las palabras son estrellas en el crepúsculo de cada día, rojas brasas en un fuego tranquilo, misterios compartidos. Y los silencios lo cantan todo, son la vida entera de cada uno resucitando, reconstruyéndose y requiriendo a la otra para completarse; son las existencias de ambos abrazándose en un trenzado de anhelos y esperanzas”.

En la escena final de ‘La sonrisa etrusca’, Salvatore y Hortensia se encuentran en un momento de intimidad. Él percibe que “el magnífico animal” ya no es el de antaño, que se ha quedado dormido, y dice:

-¿No te da pena tener en tu cama sólo una carne ya muerta?

-¿Muerta? –protesta esa ternura absoluta-. ¡Vive! ¿Es que esa carne no está sintiendo mi caricia? … ¡Qué vello el de tu pecho, qué rizos ásperos, cómo se enredan y se demoran mis dedos! Y bajo tu corazón, tu corazón que habla, que me grita, ¡Estoy vivo!”

 

ZARAGOZA. Nos quedan muchas cosas en el tintero de José Luis Sampedro. Muchísimas. Es un gran creador de criaturas, es un pensador, defiende la alegría, la tolerancia y la felicidad. Y las posibilidades de la ciencia como fuerza motriz para transformar el mundo. Otra palabra que le retrata es autenticidad: la vida y la obra de Sampedro son una continua aspiración a la Autenticidad. Vivió unos meses de niño en Zaragoza y estudió en el mismo colegio de Luis Buñuel, y conoció de primera mano la inhumana represión sexual que se pregonaba. Vivió en la calle Pilar, Méndez Núñez y Don Jaime. En Zaragoza conocí a un joven escritor: Francisco Gonzalo Gómez, hijo de gallega y enamorado absoluto de los libros de Sampedro. Decía que los dos, a su modo, su madre y José Luis, eran brujos. Hablaba de los libros de Sampedro como quien hablaba de un conjuro, de un sortilegio, de un baúl particular que contiene lo necesario para andar por el planeta, para amar, para sentirse más vivo cada día: aquí están los recetarios de amor, los buenos consejos; allí están los sentimientos, las lágrimas, la emoción, el temblor de un paisaje barrido por el cierzo, la picardía; dentro están la luz, la hermosura, el ideal de la modernidad, la exuberancia de las mujeres, que todo lo pueden, la melodía exacta del castellano, las píldoras de la imaginación, los frascos de la cultura y de la sabiduría. Francisco Gonzalo murió de un infarto al corazón cuando más feliz era: se le juntaban los días con las noches, escribía en esa madrugada ideal en que llega la inspiración y los personajes también se desvelan en el cerebro del escritor. En su esquela en el periódico se recordaba su condición de lector de Sampedro y alguien redactó una brillante frase que agrupaba casi todos los títulos del escritor, que eran el mejor pasaporte hacia el más allá. Jamás había visto nada igual. He buscado la necrológica, la guardaba en el espléndido libro de conversaciones de Gloria Palacios con Sampedro, y no he podido encontrar ese volumen de Siruela, uno de mis libros favoritos de entrevistas con un escritor.

Aquel joven escritor me había dicho una vez, tras reseñar los cuentos de ‘Mientras la tierra gira’: “¿Sabes por qué me gusta Sampedro? Ama al hombre y se ahogaría de amor en los ojos de una mujer bonita. Es un narrador apasionado”.

 

*Las fotos son de Terra, de ADN y de Heraldo de Aragón.