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Antón Castro

RAMÓN ZARAGOZANO: POESÍA EN MOTO

RAMÓN ZARAGOZANO: POESÍA EN MOTO

[Conocí hace algo más de un par de años a Ramón Zaragozano, un hombre que recorre el mundo el moto, que tiene amores secretos (no sé si reales o soñados), que escribe poemas, que hace fotografías y que cultiva la amistad de un modo personal, con una mezcla de cariño e ironía, de desdén y ternura. Es difícil de definir el tamaño de su corazón: lleno de matices, de complicidades, de sorpresas. Esta noche me ha mandado esta foto y este poema.]

 

 

PAQUÉSCRIBIR

 

Miro mis manos

Sin que yo me entere

Como un extraño

Y no me gustan

Y no entiendo

Ni falta

Que hace

Por qué te gustan

A ti

 

Miro mi boca

Mis labios

Mientras me afeito

En 4x2 (tú lo sabes)

Y entre cuchillada y rojez

Los miro

Y no sé por qué los besas

 

Miro mi horario

Que no es mío

No tengo nada

Mío

Y de no dormir

A la noche

Hay mucho tiempo

Y no sé por qué

Haces tanta fuerza para entrar

En él

 

Miro mi paso

Mi andar

A ningun sitio

A ver

A no ver

Y no sé qué quieres ver

Conmigo

 

No sé quién eres

Ni tú sabes

Quién soy yo …

 

Pero me cuestas la vida

POEMAS DE IBN GABIROL

SOLOMON IBN GABIROL (1021-1058)

 

Versión de Rosa BURILLO

El poeta, huérfano desde muy niño, llega a Zaragoza, ciudad donde crece y desarrolla su sensibilidad artística bajo la protección de su mecenas Yekuti’el ben Isaac, visir judío del rey Mundir II, de la taifa de Zaragoza, a quién dedica sus versos laudatorios.

 

Los poemas que aquí se recogen son una muestra de su sensibilidad exquisita. Es como si el tiempo se hubiera detenido para deleitarnos con detalles del mundo natural que, cuidadosamente seleccionados, aparecen tocados de un halo de pureza poco frecuente.

 

 

UNA MANZANA PARA ISAAC

 

Toma en tu mano esta fruta delicada.

Percibe su fragancia. Olvida tus anhelos.

Por ambos lados se sonroja, como una joven

Al primer roce de mi mano en su pecho.

Es una huérfana sin padre ni hermana,

Y lejos de su hogar frondoso.

Cuando pendía del tallo, sus compañeras sentían celos,

Envidiaban su viaje y gritaron:

‘¡Saluda a tu dueño, Isaac.

Qué afortunada eres al ser besada por sus labios!’

 

 

DE LUTO POR YEKUTIEL

 

Mira el sol rojizo de la tarde

Como si se hubiera vestido de escarlata.

Despoja de color el norte y el sur,

Y reviste de púrpura el occidente.

Y la tierra la deja desnuda,

Acobardada en la sombra de la noche.

Los cielos se oscurecen, vestidos de negro,

De luto por Yekutiel.

 

 

 

ROSAS

 

Mensajero, saluda a mi hermano,

Cuyo semblante no tiene parangón en esta tierra,

Cuyas numerosas cualidades mi corazón siempre recordará,

Nunca olvidará mientras viva.

Me ha enviado una frasca llena de fragancias

(Dios colme su mano de gratos dones).

Cada una como de verde y oro

Una joven lánguida hecha a jirones,

Y de las rojas la mirada del hombre capta

Todo lo que su corazón ansía.

Comparo su cuerpo insinuado

A la tierra limitada por muros y empalizadas,

O al hijo burlón al que el padre riñe

Y retrocede acongojado su mejilla ruborosa.

Están las que el hombre ha conocido; y algunas

Todavía no conocidas completamente selladas,

Sus rostros cubiertos de finos velos de lino,

Como mujeres que se esconden de los hombres,

Y cuando sus velos descorren

Parecen al hombre iracundo y vengativo

Como si hubieran pecado contra él,

Su semblante, sin mácula, lleno de vergüenza.

Una luz ilumina su rostro como el brillo del día

Esplendor de carros fustigados todavía.

Y muestran prodigios de sabiduría y conocimiento

A todos los que las ven, sin ser realmente sabias.

El ojo mortal que mira su belleza es como

El corazón del príncipe en medio de la intriga palaciega,

O como la mente del hombre aterrado por un sueño,

O los postrados que buscan levantarse de nuevo,

O el pájaro de presa atento que termina atrapado en el cepo,

O el estudiante, igualmente, del tratado Yevamot[1].

Cuando veo su majestad las reconozco,

Pero no sé describirlas o encontrar las metáforas adecuadas.

Son como los hombres cuya forma conozco bien,

Pero cuyos nombres no me han dejado huella.

El tiempo ha revestido sus cuerpos de verde y oro,

Y dibujado sus adornos de un halo vermellón,

Y una llama sale de ellas, como si

Estuvieran tejidas de púrpura y escarlata.

Luego el Tiempo desgasta su piel hasta hacerlas de papel,

Y les arrebata los huesos de la carne,

Que se yergue purificada sin mancha,

Como alma absuelta de todos sus pecados.

Las recorre una brisa especiada,

Y una nube de verano teje sus contornos.

Se sonrojan ante los ojos ávidos del hombre,

Y se solidarizan con las almas abatidas por la pena.

El espíritu del hombre disfruta su fragancia

Como la mente que descubre los misterios de la refriega.

Y también el insomne, si las pusieran junto a él,

No daría crédito a los placeres del sueño.

Ofrecidas a un muerto, se asiría a ellas,

Y con ellas en el ataúd disfrutaría después de muerto.

Si entraran en la casa de Hegai serían

Distinguidas por su belleza entre todas las jóvenes de allí.

Las cortaron de un arriate del jardín,  pero no podían venir

A pie, tan delicados son sus tallos.

Y cuando el patrón me las envió

Pensé que eran cartas reales atadas con un sello.

Cuando las cortaron y las pusieron en la frasca,

Rivalizaban unas contra las otras en el ramo,

Como si cada una de ellas estuviera celosa de las otras,

Y quisiera exponer sus quejas ante mí.

Altura de belleza y gloria, no les falta,

Perfectas como tus propios actos,

Puras, sólo como tu corazón es puro,

Y limpias de toda decepción y todo tinte,

Testifican que tu mano, elevada como las estrellas

Del cielo en lo alto, da campanadas de seguridad,

Que tu excelencia golpee a las hijas del Destino

En la mejilla, y las manche de sangre.

 

Que Dios te otorgue su generosidad

Y aumente tu coral y tu cristal.

Que destruya a tus enemigos ante ti,

Exaltando tu posición por encima de todos los otros.



[1] Se refiere al tratado que incluye preceptos como el de que el hermano del marido muerto sin descendencia, debe casarse con su viuda para así perpetuar el apellido familiar, siempre que éste haya muerto sin descendencia. Hablamos de sociedades donde hay un fuerte sentido del clan familiar.

 

*Todas las fotos de estos textos corresponden a Zhang Jingna.

TODOS LOS BESOS DEL MUNDO

[Luis Alegre era uno de los grandes amigos de Félix. Lo sentía como un hermano, como recuerda aquí. Este texto se publicaba hoy en ‘Hoy Domingo’ que coordina Picos Laguna... Luis cierra su artículo como solía cerrar sus emails Félix: "Todos los besos del mundo".]

 

 

FÉLIX ROMEO

 

Por Luis ALEGRE

 

Este artículo busca, sobre todo, a dos lectores, Carmen Pescador y Félix Romeo, los padres de Félix. El domingo pasado, cuando nos acompañábamos al lado de su hijo, nos dijimos algunas cosas. Pero no todas.

 

En el momento más insoportable de su vida lo que más les reconfortaba a Carmen y Félix era sentir el impresionante afecto que despertaba su hijo y la coincidencia abrumadora sobre su bondad. “¿A que era muy bueno Félix?” me preguntaba Carmen una y otra vez. El padre de Félix es de Lechago y tiene un huerto en Zaragoza. Encima del ataúd, había colocado dos granadas con este texto pegado: “Tu última petición. `Papá, si ya hay granadas, guárdame alguna´. Aquí las tienes hijo”.

 

Miguel Mena escribió que Félix ha sido uno de los hombres más importantes de su vida. No os podéis dar idea de la cantidad de gente que suscribimos esa frase. Félix supo vivir con cada uno de sus seres queridos su propia historia de amor. Félix no tuvo hijos pero veía en cada uno de nosotros a un hijo al que arropar, alentar, mimar. Yo no aspiro a competir con vuestro amor por Félix. Pero siempre he pensado que a un hijo se le quiere más que se le conoce. Yo conocí a un Félix y vosotros a otro. Félix era inabarcable y todos tenemos dentro a un Félix único. Estas palabras que ahora lanzo evocan al Félix que yo conocí, a mi Félix.

 

Cuando a la vida le da por comportarse como un monstruo salvaje, cuando se le va la mano de esta forma, nos cuesta Dios y ayuda mantenerle el respeto. Pero Félix amaba la vida de una manera inolvidable. Y detestaba la tristeza. La noche del domingo unos 30 amigos de Félix nos reunimos en Casa Hermógenes para tratar desesperadamente de espantar la tristeza. Nos empeñamos en reconstruir nuestra relación con él y en recrear algunos momentos delirantes.

 

Félix entró en mi vida al tiempo que lo hacía en El Ángel Azul, el café al que una bendita noche me llevó José Luis Melero. Fue en las Navidades del 85. Félix tenía 17 años y una estupenda pinta de poeta maldito. Félix nunca pasaba inadvertido. Vicente Martínez Tejero lo había descubierto para nosotros. Una mañana dio una charla literaria en barrio de las Fuentes y reparó enseguida en aquel rubio adolescente que hacía preguntas y observaciones alucinantes. Vicente barruntó que a sus amigos de la tertulia de El Ángel Azul les iba a gustar ese chico. No se equivocó.

 

Una de las primeras cosas que Félix me dijo fue que su padre y su tío Marcelo eran de Lechago, mi pueblo. Años más tarde, cuando arreciaban las amenazas de que un pantano inundara Lechago, Félix improvisó una de esas ideas que solo se le ocurrían a él: crear la “Biblioteca sumergida de Lechago”, formada por los libros que arrojáramos al pantano. Si un día Lechago tiene algo parecido a una biblioteca sería muy bonito que llevara su nombre.

 

La primera vez que estuve en su casa de Las Fuentes era domingo. Félix me invitó a comer con vosotros. Me hizo gracia, aunque no me sorprendió, la ingente cantidad de libros que había por todo el piso. El otro día tú, papá de Félix, me contaste aquel día que llamó a la puerta una vendedora de libros. Le invitaste a entrar para que viera el aspecto del pasillo y de las habitaciones. Entonces, la chica, estupefacta, se sentó y te dijo: “¿Me puede dar un vaso de agua?”. También me recordaste la pregunta que le hiciste a Félix cuando fuiste a verle a su piso de Madrid y comprobaste cómo los libros y cedés inundaban todos los lugares: “¿Pero tú dónde duermes hijo mío?”.

 

Félix era acomplejante. Calculo que leía, escribía y pensaba siete veces más rápido que yo. Y no soy idiota del todo. A Félix le encantaba estirar el tiempo y las madrugadas. Nunca veía el momento de despedirse. A menudo me faltaba fuelle para seguirle el ritmo. A Félix le cundía tanto la vida que esos 43 años que tenía es una cifra muy engañosa, un espejismo.

 

Muchas tardes de domingo de los 80 Félix se las pasaba tumbado en el sofá de mi casa. Mis padres y mis hermanos sentían que Félix era de la familia. Mi padre Alberto decía “qué espabilao es Félix”. Nos poníamos la radio para escuchar cómo iba el Zaragoza o veíamos películas. Una de esas tardes de domingo nos dedicamos a leernos el uno al otro trozos de “El Gran Gastby”, tal vez porque ese fin de semana el Zaragoza había jugado en sábado.

 

Un día fui con Miguel Mena a buscar a Félix a su casa de Las Fuentes para llevarlo a la cárcel de Torrero, donde cumplió condena por insumisión, qué absurdo me parece ahora todo. Félix nos había ordenado que de ninguna manera fuera nadie a la puerta de la cárcel pero, cuando llegamos, allí estaba Emilio Lacambra para darle un abrazo. Le regalé un pequeño transistor, para que pudiera escuchar los partidos del Zaragoza.

 

Félix se mosqueaba conmigo por tontadas muy concretas. Por ejemplo, no llevaba nada bien que no le llamara cuando con Ignacio Martínez de Pisón, Ismael Grasa, Antón Castro, Mariano Gistaín, Cuchi, Plácido Díez, Pepe Melero, sus hijos y mis sobrinos íbamos a jugar al balón. “¡¡¡Pero por qué nadie me ha avisado¡¡¡¡”, gritaba. Félix tenía detalles de cariño que te dejaban seco. Su frase favorita, cuando me dedicaba un libro o cuando se despedía en una carta, era: “Todos los besos del mundo”.

 

A Félix le volvían loco muchas cosas. Una de ellas era descubrirte escritores. Uno de los últimos escritores sobre los que, ya hace unos años, me llamó la atención fue Sergio del Molino. Me acuerdo de Sergio porque era su compañero de página en este suplemento y, también, porque Sergio comparte con vosotros el endiablado dolor de haber perdido un hijo.

 

Reír también le volvía loco. Tenía una carcajada imbatible. Sus risas en el salón Labordeta de Casa Emilio es uno de los grandes sonidos de nuestra vida. Un día, hacia 1990, Félix entró a trabajar en la Gran Enciclopedia de España que dirigía José Ramón Marcuello. Pero cuando se sentó, la silla cedió y Félix acabó en el suelo. Se fue y no volvió más. Félix se deshuevaba cuando recordaba aquel episodio.

 

Félix era un volcán. Magnético, poderoso, impactante. Uno de esos tipos que hacía que se giraran todas las miradas. Ha sido muy emocionante recibir estos días decenas de llamadas y mensajes de amigos míos que lo conocieron y que, aunque solo lo vieran un par de veces, se habían quedado con él. Tal vez os guste saber que personas a las que podéis reconocer como Maribel Verdú, Antonio Resines, Ana Belén, Eduardo Noriega, Ana Álvarez, María Barranco, Gustavo Salmerón, Juan Cruz, Luis Merlo, César Láinez, Javier Gurruchaga, Víctor Muñoz, Julio Llamazares, Leonor Watling, Irene Visedo, Mara Torres, Gracia Querejeta, Montserrat Domínguez, Concha García Campoy, Carlos Marañón, Petón, Tina Sáinz, Carlos Boyero, Luisa Gavasa, Santiago Segura o Pep Guardiola, entre otros muchos, han sentido el impulso de darme un poco de calor. Y no he nombrado a sus grandes amigos. Más bien a gente impactada. María Dolores Pradera me dejó un mensaje estremecedor en el que, con la voz quebrada, lamentaba que se nos hubiera ido alguien tan bueno.

 

Claro que Félix era bueno y claro que le queríamos con locura. ¿Cómo no querer a alguien que no solo deseaba nuestra felicidad sino que hacía todo lo posible para provocarla? Siempre voy a celebrar mi suerte de haberlo disfrutado tanto. Al comenzar este texto pensaba contarles muchas cosas de Félix. Pero ahora me doy cuenta de que no me ha cabido casi nada. Sí va a caber algo: Félix os veneraba. Lo sabéis muy bien pero me apetece deciros que nosotros también lo sabemos. Contad con mi cariño y mi gratitud eternos por querer tan bien a vuestro hijo. Para vosotros, para Pedro y Ana, para vuestros nietos y para Lina, todos los besos del mundo.

 *Esta foto es de Ouka Leele y apareció en 'La revista del Mundo' y luego en el volumen 'La doble mirada' (Espasa Calpe, 1996).

 

 

SAN MATEO, 1-GARRAPINILLOS, 3

SAN MATEO, 1-GARRAPINILLOS, 3

Como decía aquel Vujadin Boskov ya inolvidable “fútbol es fútbol”. Claro que sí. Pero a veces en un partido se amontonan pequeños detalles, recuerdos, gestos. El Garrapinillos jugaba en San Mateo: allí, el año pasado, cuando nos jugábamos el descenso, contamos con un espectador de excepción: Félix Romeo. Ganamos 2-3 con mucho esfuerzo, y al terminar nos fuimos a la casa que compartía con Lina Vila, donde completamos una tarde muy bonita. Para mí el de hoy era un partido muy especial: íbamos bien, queríamos recordar a nuestro amigo (a la vez jugaba el Real Zaragoza, que acabaría venciendo por 2-0), y le recordamos antes del partido: leíamos fragmentos de su prólogo de ‘Cuentos a patadas’ y también leímos un texto de Víctor Juan Borroy sobre ‘El gol de Nayim’.

De entrada, el Garrapinillos formó con: Luis; Mateo, Jorge Beltrán, Javi Lacabe, Pequerul; Alberto Luna, Kike Alcubierre, Diego; Jorge Rodríguez, Pirri y Eloy. En el banco esperaban Óscar, Jorge Blasco, Néstor, Alberto Rubio y Jesús Ángel. De entrada, el Garrapinillos se hizo dueño del choque: mandó, generó ocasiones, lanzó varios córners, provocó dos jugadas que bien podrían haber acabado en penalti (en una de ellas, las más clara, el árbitro le sacó tarjeta a Jorge Rodríguez, tras un derribo que pareció bastante claro. El menudo exterior volvió a desbordar, a triangular y a lanzar muy buenos saques de esquinas), y acabamos la primera parte sin goles. El San Mateo, un equipo joven, peleón y honesto, apenas había generado otro peligro que lanzamientos largos, pero no había trenzado jugada alguna. En la primera parte, construyeron una muralla y se defendieron con nobleza bajo la dirección de su capitán, el número diez que acudió a socorrer a los defensas y jugó durante muchos minutos como un defensa escoba, más que como medio centro que parecía su demarcación.

En la segunda parte, el Garrapinillos pareció tomar el mando en los cinco primeros minutos, aunque pronto estiró sus líneas el equipo blanquiazul, logró más profundidad y atacó con vehemencia e intención al contragolpe. En una de esas jugadas infaustas, Luis, nuestro arquero, recogió el balón, y se le escapó. Gol: el mundo se venía abajo en una inesperada tarde de sol y dudas. El San Mateo se colocaba por delante, y parecía más entero. Más seguro de sus fuerzas. Contaba con el respaldo de su público. Y generó algunas ocasiones nuevas. Incluso reclamó un penalti: uno de esos contactos donde el delantero sale a trompicones. El Garrapinillos, con Jorge Blasco en el campo y lanzado al ataque con su considerable envergadura, empató. También entrado Óscar, que sigue pugnando por recomponer su tobillo. San Mateo seguía trabajando y marrando algunas oportunidades clarísimas; al menos dos. Y en ésas estaba el partido, vibrante, de área a área, tenso e intenso, cuando a la salida de una falta, acosó Eloy y un defensa local metió el balón en propia meta. Y cuando avanzaba inexorablemente el tiempo, Diego Rodríguez realizó una de sus jugadas habituales, desbordó a varios contrarios y cedió a Alberto Rubio, que firmó un espléndido gol. Era el 1-3. Cuando mejor había jugado el Garrapinillos no marcó, fue eficaz luego, cuando se habían torcido las cosas.

La respuesta del equipo fue correcta. Más eficaz que bella. Fuimos de más a menos y, con el marcador en contra, fuimos capaces de remontar. Hubo algunos fogonazos de suerte: el San Mateo tuvo dos goles clarísimos con el uno a cero, uno de los nuestros sacó el balón de la línea. No hay nada que reprochar a nadie: el rendimiento ha sido sólido por parte de todos. No hemos jugado con brillantez en la segunda, con las transiciones que ensayamos en los entrenamientos, con el juego fluido que buscamos, pero hemos tenido constancia, sentido de la oportunidad, fortuna, ambición, voluntad de triunfo. Me hacía mucha ilusión vencer. Era una forma de recordar al amigo que siempre, anduviera por donde anduviera, me escribía: “¿Cómo han quedado los críos?”, decía Félix. Cuando se daba cuenta de que ya no eran tan críos, rectificaba: “Amiguito, que no nos has contado cómo ha quedado el Garrapinillos...” Hoy, con Félix como talismán de nuevo, el Garrapinillos ha ganado su quinto partido consecutivo. Él pensaba que el fútbol de los domingos trabajaba por la felicidad. Y hoy su Real Zaragoza también ganó con goles del portugués Helder Postiga.

Son los pequeños detalles que, a menudo, se ocultan en la maraña de emociones invisibles de un partido de fútbol. Como quería Félix, alguno quiso ser Nino Arrúa y Carlos Diarte. O aquel Nayim, ‘el elegido’, que batió a Seaman una noche de París de la que todos, todos, tenemos el recuerdo.

 

*En la foto de Aloma Rodríguez, vemos a Eloy Mateo a punto de batir al arquero de San Juan de Mozarrifar con la derecha.

PACO LAFARGA EN EL TORREÓN FORTEA

PACO LAFARGA EN EL TORREÓN FORTEA

PACO LAFARGA, LA PINTURA EN ESTADO PURO

 

El pintor zaragozano presenta una ambiciosa y deslumbrante exposición, de piscinas, retratos, interiores y desnudos, en el Torreón Fortea: ‘Instante-alambre’.

 

Algunos anunciaron ya hace tiempo, e insisten en ello, la muerte de la pintura. La pintura sucumbía a un nuevo arte mestizo, hecho de muchas cosas: de fotografía, de collage, de infografía, de arte digital, de instalaciones. Sin embargo, la pintura posee una cualidad muy especial, un bruñido, una textura, un aroma casi inefable e intemporal. Es una disciplina eterna que pelea con la materia y con la lentitud y con la capacidad de transformar la luz en una imagen indeleble. Querer ser pintor es una actitud, una vocación, un empeño, una búsqueda. Paco Lafarga (Zaragoza, 1977) quiere ser pintor por encima de todo, y eso se percibe en la muestra ‘Instante-alambre’ que exhibe en el Torreón Fortea.

Se afana, indaga, persigue sombras, trabaja sin descanso, busca la hondonada y la hondura de un rostro, uno de esos rostros que reflejan tantas y tantas cosas. Vean ‘Mujeres en el estudio’ (2009), un retrato de dos hermanas, Sheila y Ana Pilar Herrero: cuánto dicen esas caras, qué decepción, que impresión de derrota o desengaño la actitud de Sheila, que introspección onírica la de Ana Pilar, qué intimidad desgajada y cortante. Son como dos bailarinas un tanto abatidas en el centro de un glaciar.

Paco Lafarga pinta lo que ve y lo que adivina. Pintar es adivinar. Pintar es salir a cazar emociones, estados de ánimo, la piel al desnudo. Y eso se percibe en ‘Hueco-drama’, el desnudo de una mujer madura que ha perdido un pecho: conmueve ese rostro sereno, de una asombrosa dignidad, el pálpito dulce de esos ojos. En cierto modo, una actitud pareja de tensa serenidad la hallamos en ‘P’: esa mujer desnuda, entrada en años, que lleva una media puesta y la otra no, que sobresale de un fondo lila, un tanto despintado. Y conmueve en la muestra la libertad del pintor: mezcla el óleo con el carbón y el lápiz, mezcla estilos diversos dentro de una poética general, mezcla planos medios o largos con primeros planos y, sobre todo, compone muy bien. En Paco Lafarga se percibe la huella de Lucian Freud, de Antonio López (en algunos paisajes y en la perfección del dibujo. Confiesa: “Su pintura me emociona. Me estremece”), esa desolación de los estancias de Hopper, como sucede en ‘Interior’, y también la intensidad cromática de David Hockney en una serie espléndida que ha agrupado en una única sala: la de las ‘Piscinas’; son cuadros de formato medio en los que pinta a su mujer y a su hijo, sobre todo. En ese apartado, se percibe el talento y la seguridad del pintor: sus cualidades como dibujante, el modo de diluir el color en forma de arañazos, la estructura misma de los lienzos. Reparen en ‘Escena’ (2011) y en ‘Piscina’ (2010).

Quizá la exposición no sea redonda del todo: el propio artista lo señala. La unidad más precisa está en la serie de piscinas. En las restantes dos salas, ha colgado obras diversas de gran impacto visual como ‘Tatas’, la serie de las mujeres en el paisaje y ‘Mundos paralelos’, donde logra un raro equilibrio entre la figura y los fondos, o el retrato ‘La giganta’, una mujer sobre fondo oscuro vestida con el traje de baturra. Paco Lafarga es exigente consigo mismo, es parsimonioso, y se atreve a despintar. Sabe extraerle las heridas a un cuadro, a una escena, a los seres humanos.

Esta exposición, aunque parezca modesta, es un auténtico acontecimiento artístico en una Zaragoza en fiestas. He aquí algo más que un pintor: alguien que ha tomado el camino para ser un gran pintor. Osado y penetrante, Lafarga se atreve a mirar y a hurgar hasta que descubre la soledad, el dolor y una belleza nada complaciente.

 

Paco Lafarga. ‘Instante-alambre’. Catálogo: Pepe Cerdá y José Luis Ara. Torreón Fortea. Hasta el 27 de noviembre.

LOS ROSTROS DE FÉLIX ROMEO

Con Soledad Puértolas recibiendo el Premio Ondas.

En la cárcel de Torrero, retratado por Cristina Grande,
su compañera durante 16 años.

En la cárcel de Torrero, durante el rodaje de la película
de Fernando Trueba. Foto de Julio Foster.

Como director de 'La Mandrágora'.

En la presentación de 'Cuentos a patadas' con
Antón  Castro y Eduardo Bandrés. En 2007.

Con su admirado Mario Vargas Llosa en Segovia:
lo sorprende con un regalo inesperado.

Félix con su característica chupa de cuero.

Con la siempre hermosa Emma Suárez.

Con Javier Tomeo en el Círculo de Bellas Artes: fue su amigo, su lector, su divulgador y algo así como un hijo-padre de Tomeo.

Félix opta por las camisas. Foto de Aloma Rodríguez.

Félix o la fábrica de ideas.

Felix con Lina, en el verano de 2009. Cerca de la piscina, observados
por la luna y muy cerca de los olivos.

 

[Este jueves, en el suplemento ‘Artes & Letras’ de ‘Heraldo de Aragón’, donde Félix Romeo colaboró en su segunda época desde el primer día, y llevamos 351 números, el escritor y periodista Julio José Ordovás publicaba este artículo sobre el autor de ‘Dibujos animados’ o ‘Amarillo’. Los rostros de arriba explican o sugieren algunas de las notas del texto.]

 

 

EL HOMBRE DE NEGRO

 

Por Julio José ORDOVÁS

 

   En la cubierta de “Héroes” Ray Loriga no parecía un escritor, o mejor dicho, parecía cualquier cosa menos un escritor español. Félix Romeo, que también publicó “Dibujos animados” en Plaza y Janés, después de agotar la edición de Mira, tampoco parecía entonces, a sus veintipocos años, un escritor español. Los dos tenían pose y actitud de rockeros, y tatuajes y chicas rubias, y en sus novelas la electricidad callejera del rock fluía de manera natural.

   Ray Loriga y Félix Romeo fueron los primeros escritores españoles en vestir, en actuar y quizá también en escribir como rockeros. Eran chicos de barrio que se habían criado en los salones recreativos y que escogieron la literatura como segunda opción, después de fracasar en los locales de ensayo.

   El pelo largo, la barba rala y pajiza, la boina que ocultaba la calva prematura… Félix iba de negro porque el negro adelgaza y porque el uniforme del rock no tiene otro color. De la parcela de la calle Rusiñol a la calle Borrell de Barcelona, y de allí a la Colina de los Chopos. Es un buen salto. De los solares del barrio de Las Fuentes, sembrados de jeringuillas y navajas, a la confitería arquitectónica del barrio de Salamanca, pasando por la Barcelona que aguardaba con la boca abierta la llegada de la llama olímpica, con parada y fonda en la cárcel de Torrero. Comparar las entrevistas de “A Fondo” con las entrevistas de “La Mandrágora”,  y el cuello duro de las camisas de Joaquín Soler Serrano con la chupa de cuero de Félix, es una buena manera de visualizar la zancada de gigante que había dado España hacia el futuro, hacia Europa, hacia la normalización democrática. Y ese paso lo encarnaba, en la televisión de todos, un joven insolentemente joven, provocadoramente sabio, rabiosamente libre. Un ogro bueno con sonrisa de niño malo que mezclaba en su mochila las primeras ediciones de las novelas de Sender con las canciones de “Los Planetas” y con las viñetas de “El Víbora”.

   Como si hubiera querido acabar de golpe con el aura de poeta maldito y ese aire existencialista que, inevitablemente, le daban el pelo largo y la boina, Félix se rapó la cabeza y se dejó crecer una barba herrumbrosa, feroz. En la foto que Cristina Grande le hizo para la solapa de “Discothèque”, Félix ya no parecía un cantante de rock. Parecía otra cosa, peor todavía: un convicto o un exconvicto o un ángel del infierno o un matón del Este o un traficante de armas o un cazador de ballenas o un pirata resacoso. Jugaba a los disfraces y se había disfrazado de todo eso y también de camionero con ganas de matar a cualquiera después de haber perdido las llaves de su camión en una partida de póker. Un disfraz muy apropiado para el autor de esa novela salvajemente paródica y pornográficamente aragonesa (solo a él se le podía ocurrir la idea de crear un personaje que llevara a la pantalla una adaptación sexual de “El comulgatorio” de Baltasar Gracián).

   En 2004, Félix se fue a pasar una temporada a Aberdeen, donde disfrutó de una beca, y de allí volvió sin rastro de barba y con unas rubicundas patillas de hacha. Para pasar por escocés no necesitaba una falda de cuadros. Al quitarse la barba descubrió sus cicatrices y así, mostrando las señales que le había dejado en la cara y en el corazón uno de los golpes más terribles que le había dado la vida, fue como escribió “Amarillo”, que es una variación trágica de la historia de Los Tres Mosqueteros.

   Lina Vila desenlutó la imagen de Félix, iluminó su rostro, dulcificó sus gestos. No lo domó, porque era indomable. Félix, que adoptaba a menudo un talante paternal, actuaba sin embargo como un niño, incapaz de contener sus emociones y por supuesto de callar sus opiniones, y Lina, sin ejercer de madre, sabía calmarlo.

   Los ojos de Félix jamás se estaban quietos, podía estar mirando mil cosas a la vez, no había un detalle en el que no reparara, nada que no le produjera asombro. La ironía brillaba continuamente en ellos, pero estaban limpios de malicia. Su mirada era como un taladro y no se desprendía de ti hasta que obtenía una respuesta.

   Tampoco sus manos se estaban quietas. Necesitaban tocarlo todo, acariciarlo todo, rasgarlo todo. En la manera con la que daba y apretaba la mano al saludar, demostraba que seguía siendo un chaval de Las Fuentes, que no había olvidado las consignas de la calle, donde los apretones de manos equivalen a pactos de sangre, y te transmitía la seguridad de que podías confiar en él.

   Félix llevaba libros hasta en los bolsillos del pantalón. Cuando salía de Antígona, siempre con dos bolsas cargadas, sonreía como si hubiera desvalijado un banco y a la vuelta de la esquina le esperara un coche con el motor el marcha y un billete de avión con destino a una ciudad en la que siempre fuera verano y los museos, los cines, las librerías, los bares y los restaurantes nunca cerraran sus puertas. Así quiero recordarlo, como un papanoel sin gorro, sin barba y vestido de negro, con millones de libros y de sonrisas para todo el mundo.

  

PACO RALLO ABRE UN BLOG

PACO RALLO ABRE UN BLOG

El pintor y diseñador gráfico Paco Rallo ha creado un blog, que se centra en el mundo de la creación artística y en su propia actividad. Rallo, un clásico joven (nació en 1955 y es hijo del escultor Francisco Rallo) de las artes plásticas en Aragón, ha colaborado con muchos diseñadores y fotógrafos, especialmente con Antonio Ceruelo, con quien hizo este cartel: ‘El sol sale para todos’, de 2009. Actualmente expone en Remolinos, en los proyectos y espacios que dirige David Jiménez, y a él le corresponde el nuevo nombre del Centro de Historias. Su blog es: http://pacorallo.blogspot.com/

EL AMOR DE JESSICA Y PACO GRANDE

EL AMOR DE JESSICA Y PACO GRANDE

JESSICA LANGE Y PACO GRANDE: HISTORIA DE AMOR Y FOTOGRAFÍA

He aquí una preciosa foto de amor. Son Jessica Lange y Paco Grande, fotógrafo y aficionado al flamenco, hijo de Francisco Grande Covián. Se conocieron en Minnesota, donde se trasladó Grande Covián con su familia, en 1968: Paco Grande era profesor y al parecer tutor de la joven Jessica, nacida en 1949. De inmediato, se trasladaron a España: estuvieron en Asturias, en Barcelona, donde vivieron un tiempo, y sobre todo en el mayo de 1968 en París en compañía de los fotógrafos Robert Frank y Danny Lyon, entre otros. Paco Grande y Jessica se casaron en 1970, se separaron en 1975, formalmente lo harían en 1981, y al año siguiente Jessica conocería a Sam Shepard. Este le regaló al poco tiempo una Leica, y la actriz de ‘King Kong’, de ‘Tootsie’ o de ‘Frances’ empezó a hacer fotos, que en realidad era la profesión de Paco Grande, y sus fotos sobre México la han traído de nuevo a Asturias, al Centro Niemeyer de Avilés. Paco Grande también fue operador de cámara y actualmente vive en Cuzco, donde ha realizado muchos retratos. Lo más curioso es que, en realidad, Paco Grande (nacido en Colunga en 1943) es prácticamente ciego e integra la selecta nómina de fotógrafos ciegos. Esta foto y esta historia me la ha inspirado / recordado Vicente Almazán...