Blogia

Antón Castro

SUSAN BURNSTINE: FOTOS DE LA INQUIETUD

 

He estado un día y medio fuera de casa: en Veruela, en Beceite, en tierras del Matarraña, y en Ejulve. Al llegar me encuentro con la obra de la fotógrafa Susan Burnstine, a la que venía siguiendo desde hace algún tiempo. Me ha hecho pensar en ella el taller de Gema Noguera. Susan es una fotógrafa nacida en Chicago que reside en Los Angeles y que trabaja para distintos lugares. Ha ganado muchos premios de mérito. Practica una fotografía que está en el límite del sueño, de la duermevela o el insomnio. Es una fotografía que tiene algo de cuento de hadas, inquietante y poética a la vez, borrosa, una fotografía que parece surgir de un mundo de nieblas, de un lugar donde los seres humanos son un tanto fantasmagóricos. Sus fotos, en realidad, parecen el documento de una alucinación o de un viaje a un extraño lugar donde todo está desdibujado y resulta demasiado fugaz. Las fotos a veces parece surrealistas, a veces metafísicas...

Como detalle importante, Susan construye sus propias cámaras -de plásticos, de cartón, de paple...- y no emplea para nada el photoshop.

 

HOMENAJE A GEMA NOGUERA EN BECEITE

 

GEMA NOGUERA Y SU MUNDO, DE NUEVO, EN BECEITE

Esta tarde, a las 20 horas, en la Antigua Fábrica Noguera de Beceite, se inaugura una exposición de collages de Gema Noguera, la gran artista y animadora cultural que recuperó ese espacio y fundó un tejido de creación multidisciplinar en torno a ella en el Matarraña. Gema, con su vitalidad, con su alegría y con su voluntad artística, era uno de esos seres que se vuelven imprescindibles. Fue una intérprete de una tierra, de un sentir, un latido constante de creación y de sueño. Y nos legó, además, una obra personalísima: en la pintura, fue una maestra del rojo; en collage, confeccionó un personal álbum de secretos, de la memoria, de recuerdos familiares y de símbolos. Esta es una de las fotos más bonitas de Gema Noguera. Una foto para siempre: toda una vida en una foto.

HOY, CON CELAYA EN VERUELA

HOY, CON CELAYA EN VERUELA

 

X FESTIVAL INTERNACIONAL DE POESÍA MONCAYO

 

Monasterio de Veruela.  Museo del Vino

 

Poesía Necesaria

 

Homenaje a Gabriel Celaya en el centenario de su nacimiento

 

Actuaciones especiales:

 

MIGUEL ÁNGEL BERNA

 

RICARDITO ORTIZ & TIPICO ORIENTAL CUBANO

(Ex integrante de Vieja Trova Santiaguera)

 

 

POESÍA NECESARIA

 

 

En un mundo que cree imprescindible lo necesario y considera necesario lo superfluo, las palabras de Gabriel Celaya ondean como una bandera de paz, solidaridad y salvación: “Poesía para el pobre, poesía necesaria como el pan de cada día”. Alimentos, sí, también para el espíritu. Poesía cargada de valores para rehumanizarnos, para mejorar el mundo.

 Trinidad Ruiz-Marcellán

 MONASTERIO DE VERUELA

 

Museo del Vino

Hoy Sábado 30 de Julio

11,00 h.

 

Intervención del Presidente de la D. O. Campo de Borja, Gregorio García

Presentación de Poéticas y Poetas por Manuel Forega

Intervención de los poetas: Ángel Guinda, Antón Castro, Marifé Santiago Bolaños, Manuel Rico, Marguerite Bobey y Yoko Fukushima

 

Instalación: Yoko Fukushima (Proyecto HITO del Gobierno de Aragón)

 

Performance: Marguerite Bobey (Proyecto HITO del Gobierno de Aragón)

 

 

Sala Capitular. Claustro

18,00 h.

Presentación de Poéticas y Poemas

Poetas YIN.  Poetas aragonesas

Ana Alcaraz, Carmen Aliaga, Anais Pérez Layed, Amparo Sanz, Reyes Guillén, Clara Dávila, Lourdes Fajó, Luisa Miñana, Goya Gutiérrez, Pilar Martínez Barca, Inmaculada Marqueta y  Milagros Morales

 

Actuación de los músicos Irene GuillénJesús López

 

 Iglesia

19,00 h.

Presentación: Reyes Guillén

 

Proyección de Koldo Mitxelena

 

AGURRA (Bienvenida)

Pilar Castro Blanco

Joseba Ibarra

 

Actuación de Angi Ruiz Forés y Ana Segura

 

Actuación de MIGUEL ÁNGEL BERNA. Danza.

 

Acción poética a cargo de las/os poetas participantes en el Festival con la colaboración de Ricardo Calero

 

 

Actuación de RICARDITO ORTIZ & TIPICO ORIENTAL CUBANO

(Ex integrante de Vieja Trova Santiaguera)

 

BREL, POR LUIS GARCÍA GIL

BREL

 

Por Luis GARCÍA GIL


De las canciones que nacen de lo más profundo,               
de la doliente voz que se desata en los inviernos             
parisinos, en la neblina poderosa de los puertos.             
País del norte hacia donde vuelves la vista,                 
burgueses melancólicos, mujeres carcomidas,                   
beatas arrastrando su soledad por los templos,               
desesperados que preparan su salto al vacío,                 
infancias luminosas, nostalgias de otra edad,                 
soledades vividas, compartidas,  bombones                     
y flores, garras invisibles, espejos demoledores,             
borrachos, taciturnos,  prostitutas ajadas,                   
antiguas soledades vistiendo los ojos                         
de los amantes, besando los huecos de la sombra.             
Hijos del tedio, del miedo, apátridas sin nombre,             
que van de un sitio a otro, indefinidos y solos,             
sin Dios que los acoja, sin oraciones ni estelas,             
hijos de las tardes plomizas, de los vientos                 
que crucifican, de la maleza creciente y oscura,             
de la niñez sin rastro, de los ojos sumidos en pozos.         
Ausencias galopando, caballos de cartón                       
en caminos errados, carruseles de humo,                       
pájaros enlutados cruzando la alameda,                       
árboles deshojados y caricias muertas                         
sobre los mapas solitarios de la vida.                       
Todo lo que cabe en una canción, tres minutos                 
para descifrar el mundo, para dibujar la sorda               
travesía del hombre, el corazón que rompe,                   
la luna que baja hasta el sendero, el paisaje                 
que evoca un tiempo desmedido, el turbio                     
desaliento, la mirada del prófugo, del desertor               
que esconde su verdad en su equipaje íntimo.                 
Y el amor que cae o el amor que perdura,                     
la lluvia cayendo delicada sobre un París otoñal,             
el azote del tiempo, la vejez que aniquila,                   
el cáncer que termina deshaciendo los huesos.                 
Y esas lágrimas que dejas para Fernand o para Jojó,           
dulces amistades que se fueron antes de tiempo,               
porque todos vamos detrás de cada muerto                     
que nos llama y que nos toca,  para un día cualquiera         
ir delante, en el viaje postrero donde todo se pierde.       
Y el aeropuerto de Orly donde las despedidas                 
del amor siguen doliendo, siguen dejando esa espina           
que deja su huella profunda en las pupilas.                   
Y la Fanette imposible paseando su cuerpo                     
sobre las playas heridas, sobre las noches oscuras,           
y las calles varadas y las sombras del aire,                 
y el mar que en su retirada lleva antiguas                   
esperanzas y los labios del recuerdo                         
floreciendo sobre las aguas crepusculares del Sena.           
Y finalmente el amor que acompaña, tu hija Isabel             
que acuna en su prisa los reflejos de la tarde,               
los tiovivos que endulzan las palabras,                       
y también esa parte del porvenir que nos amenaza:             
la escarcha del otoño o el nudo de la muerte,                 
o el grito del funámbulo al que se le acabó el crédito       
y perdió su equilibrio en el último instante.                 
Las canciones que queman, que se quedan,                     
que descorren cortinas, que atraviesan senderos,             
que son como la vida, que nos atañen porque                   
su verdad es nuestra y también su mentira.                   
Y la voz que se parte y la voz que nos llena,                 
el antiguo clamor de los últimos aplausos,                   
el aliento definitivo de la última nota cayendo               
sobre la tardes resquebrajadas mientras queda                 
el eco de una Onda Martenot y un violín                       
marca el paso de las cansadas estaciones. 

EMILIO GAVILANES Y SUS HAIKUS

SALTA DEL AGUA UN PEZ

 

[El editor y escritor Andrés Trapiello escribe en su blog sobre Emilio Gavilanes, narrador en breve y en largo, y ahora también poeta: poeta de la concentración, de la pureza, de la intensidad, de la naturaleza y del asombro. Emilio publica en Comares su primer poemario: ‘Salta del agua un pez’.]

 

Por Andrés TRAPIELLO

 

LLEGÓ un día, como otros envíos, por correo ordinario. Como tantos, era un delgado libro de versos, un puñado de folios. Como casi siempre, de un autor desconocido. Pero desde las primeras páginas, la sorpresa dio paso a la certeza como quien abre una puerta y con la mayor naturalidad nos pide que pasemos delante. Los poemas, con esa cortesía de la brevedad que ningún poema tiene en mayor grado que los haikús, podían ser de un poeta desconocido, pero en absoluto inmaduro. Bien al contrario, estaban escritos desde la plenitud, la de su autor, y la de la poesía. Todo en el libro parecía meditado, ponderado, escogido.

Meses después, el vértigo de la vida que llevamos acaba imponiéndonos una inexplicable lentitud para las cosas que importan, casi un año después, decía, y tras una carta de respuesta, el autor de aquel libro salió de su sombra, y por una vez pasaba también él delante de sí mismo. Era un hombre serio, tímido, paciente. Lo era, si había esperado a sus cincuenta años para reunir los poemas de aquel que era su primer libro. Escuchaba con atención y sin impacientarse, hablaba sin la menor afectación y con sosiego. Sus observaciones eran siempre inteligentes, sus temores sólo el fruto de la prudencia. Imagina uno al Caballero del Verde Gabán con las trazas de este Emilio Gavilanes. Año y medio después, el libro ha visto la luz, los haikús han saltado hacia lo más alto, y los vemos en el aire unos instantes, antes de desaparecer de nuevo, libres de nuevo en lo más hondo.

 

 

La niña coja                                   En una grieta

–aún no sabe que es coja–           la uva. Pasan los coches

juega y se ríe.                                sin aplastarla.                       

 

Sobre un coche                              A un lado y otro

del parking subterráneo                 –tapia del cementerio–

dos hojas secas.                            brotan las flores.

 

Le pido a Emilio Gavilanes –que me anuncia que su libro viene en camino, en dirección a Garrapinillos- que me envíe algunos otros textos. Y él escoge estos:

 

Tarde de nieve.

Al arrancar el coche

asfalto seco.

 

Baño en el río.

Quieta, limpia está el agua.

Aquí se ahogó un niño.

 

Pica el gorrión

de la paella que alguien

ha vomitado.

 

Se seca el río.

Su fondo misterioso

son meras piedras.

 

Paró la lluvia.

Y la ropa tendida

sigue goteando.

 

*En todas las fotos aparece la modelo y fotógrafo Lee Miller.

 

MEDIO SIGLO DE COLOR CON JULIA

 

Julia Dorado: color, verdad y luz

 

El Palacio de Sástago ofrece una ‘Retrospectiva 1962-2011’ de esta artista que integró el Grupo Zaragoza con Santamaría, Vera y Sahún, entre otros, y Fuendetodos recibe la donación de más de un centenar de sus grabados.

 

 

Julia Dorado siempre fue una pintora entre hombres. Una pintora entre pintores: Ricardo Santamaría, Daniel Sahún y Juan José Vera, que formaban el núcleo del Grupo Zaragoza que asumía la estética del Grupo Pórtico. Los tres vieron una exposición suya y rápidamente la localizaron y la reclamaron. Era distinta a otras mujeres fundamentales del arte aragonés como María Pilar Burges, Maite Ubide o Pilar Moré, por citar algunas. Julia Dorado, nacida en Zaragoza en 1941, ingresó a los catorce años en la Escuela de Artes y a los veinte se marchó a Barcelona. En 1961 contactó con aquellos artistas abstractos, que mezclaban el informalismo y el tenebrismo en su obra y que se declaraban progresistas, insurgentes, investigadores de la luz y de la sombra. El Grupo Zaragoza nace propiamente en 1963 y se clausuró tres años después: en aquel tiempo, Julia Dorado era un torbellino, una joven pizpireta, atenta a todo, entusiasta, con el cerebro lleno de ideas, de intensidad, de vocación por el óleo, el dibujo y el grabado.

El Palacio de Sástago rinde homenaje a Julia Dorado con una ‘Retrospectiva 1962-2011’ que recoge medio siglo de su quehacer; esta muestra, que es un arsenal de atmósferas y cromatismo, de vivacidad y pasión, se completa con una muestra de grabados que se expone en Fuendetodos. Desde sus inicios, Julia Dorado fue quemando etapas, recorriendo caminos y forjando su propia trayectoria: en un principio, desde la abundancia de tinieblas, de negros y de ocres, se situó en el informalismo que nacía del desgarro de la posguerra, de la comezón de angustia, del llanto.

En algún momento Julia Dorado ha aludido a que su pintura fue un grito: el grito que vio Goya entre los huéspedes de su propia cabeza en ‘las pinturas negras’, el grito de Munch, que se asoma con incredulidad a la exuberancia de la naturaleza, el grito de los expresionistas o del joven Bacon. Después, ya en los 70, Julia creó sus curiosos pasillos: que tienen algo de pasillos fantasmas o de pasillos imaginarios. Se ven, se presienten, hay una puerta que se abre hacia ellos, pero luego hay que avanzar a tientas.

En esta evolución, tras estas formas, casi siempre geométricas y figurativas, Julia Dorado abraza una nueva línea: se acerca a los artistas del ‘soporte-superficie’, a los cuadros casi monocromos, o muy matizados de color y desmayo, que presentan parentescos con la obra de Mark Rothko y José Luis Lasala, entre nosotros. Cuadros de dimensión lírica, de pintura trabajada y envolvente, cuadros que tienen algo de paisaje del alma, de naturalezas anímicas. O acaso de pintura terapéutica. Como sucede en un lienzo como ‘El peligroso hechizo del paisaje’, cuyo título es casi una definición del arte de la artista zaragozana. Otra pieza poderosa que encarna estos hallazgos sería ‘La sombra flotante de Ofelia’. O ‘Húmedos senderos, perdidos bosques’. Ya en 1978, Julia Dorado decía: “Pintar es, como hablar o jugar, una manera de vivir y, a la vez, de explicarnos la vida”. La pintura de la artista explica su biografía y su compromiso con el mundo que le ha tocado vivir.

Julia Dorado, antes de instalarse definitivamente en Bruselas junto a Pablo Trullén, el compañero de su vida, estuvo en Italia, en distintos lugares de Europa, en Estados Unidos, aunque de algún modo siempre ha estado en su Zaragoza, ciudad a la que le rinde un espléndido homenaje en ‘Zaragoza, 1954’. Ha realizado siempre un pintura personal, de intensas emociones, vivaz, de inclinación al lirismo y de escasa anécdota. En los últimos años se acerca a una obra que sin dejar de ser abstracta se desliza hacia la figuración, hacia el cuadro-retablo, hacia el cuadro-viñeta, como puede verse en la espectacular sala de arcos. Se trata de una pintura de color, de manchas, de estructuras, de claridades, pintura de esencia, el pálpito estremecido de una verdad honda, propia, ya sin clamor, aunque de vez en cuando manifiesta su rebeldía, como se ve en ‘Guerra no, gracias’, una obra de sus tonos más claros o ahuesados realizada en Bruselas en 2000.

Julia Dorado jamás ha perdido ni su candor ni su picardía ni esa mirada que lanza al mundo con perplejidad, con embrujo y con curiosidad. No es necesario recorrer la obra de un tirón: puede y debe hacerse, pero también puede entrarse y ver una sala, dos, tres, y regresar otro día. Es una pintura en soledad que busca contemplación, silencio y compañía. Julia Dorado es una pintora apasionada por la literatura, por el teatro, por los mitos, por el cómic, por las arte gráficas, por el viaje, por el torbellino incesante de la creación. Por la dimensión onírica del mundo. Como se percibe en otro lienzo muy trabajado: ‘El Dorado’, que contiene fuego y alucinación, poesía y atmósfera.

 

Julia Dorado. Retrospectiva (1962-2011). Palacio de Sástago. Hasta el 18 de septiembre. [Se ha editado un completo catálogo con estudios y textos de Jaime Ángel Canellas, Juan José Vera Ayuso, Manuel García Guatas, Juan Domíngez Lasierra y el coleccionista M &IR.]

ÓSCAR SIPÁN DEBUTA EN LA NOVELA

ÓSCAR SIPÁN DEBUTA EN LA NOVELA

[El sello Nalvay, instalado hace muy poco en Almudévar, tiene importantes novedades para septiembre: Rafael Salillas, Ignacio Escuín Borao, que debutará en la narrativa infantil y juvenil, y Óscar Sipán. El escritor y editor de Tropo es un reconocido cuentista y un experimentado y talentoso autor de microcuentos, elogiados por especialistas del género como Gemma Pellicer o Fernando Valls, entre otros. Ahora, publica su primera novela: ‘Concesiones al demonio’, de la que Óscar ofrece aquí un pequeño avance.] 

 

 

CONCESIONES AL DEMONIO

Por Óscar SIPÁN. Nalvay, 2011. Avance editorial

 

“He dicho que te daré a la salida, le grito al mendigo que me tiende una mano y me señala con la otra un cartel hecho por ordenador con letra Britannic Bold. La iglesia huele a incienso y lejía. Flotan en el aire partículas de polvo viajero. Me santiguo con el agua tibia y bendita. Desde niña, me confieso una vez a la semana. Leandro me provoca y se burla diciendo que el arrepentimiento cristiano es como la borrachera de Martini: dulce en la madrugada, desoladora al amanecer. Pero la verdad es que me gusta estar casada con un ateo varonil y desnortado. Una anciana reza con tanta intensidad que podría introducirse en la cabeza de Dios. La cortina del confesionario está echada, así que me siento en un banco próximo y me recreo con el efecto extraño de las vidrieras de colores sobre el hombre crucificado. Aplasto un mosquito en mi cuello, sangre de mi sangre. Fuera se desata la primera tormenta del verano y un rayo me sobrecoge y me traslada a otra tormenta, a una cama de hospital, dos años atrás. Acaban de darle la extremaunción y mamá agoniza. Miro su rostro hemofílico y doliente y le doy la mano mientras cruza al otro lado. Le besamos con dulzura, en la frente, la morfina, la muerte y yo. Su corazón deja de latir y se queda fría. El viento y el agua golpean el cristal con furia y yo me siento tan sola, tan perdida, que busco un milagro o el consuelo del sacerdote; pero éste sólo me ofrece un puñado de palabras desgastadas y nada más.

 

La cortina se abre y de ella sale, con el avance de un cortacésped, una anciana de piel cérea y labios de carmín. Parece aliviada, como si hubiese arrojado una pesada carga al fondo de un pozo, y me sonríe con ingeniería angelical. Entro en el confesionario y me arrodillo. A través de la rejilla veo una sotana cuarteada y una mano venosa y regordeta con un anillo de oro. Utilizamos las fórmulas de cortesía. El cura respira como un perro trufero. Como no tengo pecados destacables, los invento. Confieso que he robado dinero de la caja registradora en dos ocasiones. Confieso que, en un ataque de celos, decidí seguir a mi marido por la calle. Confieso que llevo años posponiendo viajes y disculpas. Confieso que he dejado de visitar la tumba de mi madre. Mis mentiras parecen deslumbrarle. Indignado, con esa superioridad de los escogidos por Dios, escanciando el bien y el mal, me castiga con tres padrenuestros. Cumplo la penitencia en una capilla y salgo a la realidad apretando una moneda que no regalaré”.

 

 

  

EL AUTOR

Oscar Sipán (Huesca, 1974). Galardonado en numerosos certámenes literarios y autor de los libros Rompiendo corazones con los dientes (Premio de Narrativa Odaluna 1998, Edisena), Pólvora Mojada (XVII Premio de Narrativa Santa Isabel de Aragón, Reina de Portugal 2003, Diputación de Zaragoza), Leyendario. Monstruos de agua (2004, March Editor), Escupir sobre París (2005, March Editor), Tornaviajes (Premio Búho 2006, Tropo Editores), Guía de hoteles inventados (IX Premio de Libro Ilustrado 2007, Diputación de Badajoz), Leyendario. Criaturas de agua (Premio al libro mejor editado en Aragón 2007, Tropo Editores), Avisos de derrota (2008, Onagro Ediciones) y Almanaque de los días felices (2009, Instituto de Estudios Altoaragoneses).  Concesiones al demonio es su primera novela. La foto de Óscar es de Vicente Lachén. Y las otras dos son de Ed Ross, un abogado que se ha pasado a una fotografía que tiene el aspecto de ser un tanto vintage. El mundo femenino, entre desafiante y oscuro y a veces lánguido, es el tema central de su trabajo.

'ÓXIDO' DE LARA LÓPEZ: FRAGMENTOS

Una de las reediciones recientes de Xordica ha sido ‘Óxido’ de Lara López. Esa mujer de las mil músicas. Es un libro muy especial: un libro de cápsulas de casi todo –amor, recuerdos, deseos, aforismos, sueños, objetos, lo inefable, lo que no se acierta a decir-, un libro crónica, un libro diario, una novela corta, hecha de suspiros; uno de esos libros en los que entras y sales con idéntica porción de desazón y fascinación: con una herida luminosa. A petición mía, Lara López me envía algunos fragmentos de este ‘Óxido’: óxido de la vida, de la convivencia, óxido de la memoria, óxido contra el óxido. Óxido para que las relaciones humanas no se oxiden nunca.

 

ÓXIDO

 

Por Lara LÓPEZ. Xordica, 2011.

 

 

Abro y cierro las tijeras, muy deprisa, como si estuviera a punto de tomar una decisión. Estoy muy cansada.  Tengo las tijeras en la mano y oigo subir gritando a los niños de los vecinos. Limpio con una esquina de mi camiseta las tijeras oxidadas. Es como si dijeran mi nombre al abrirlas y cerrarlas. Los vecinos tienen dos niños. Antes eran tres, según me han contado. Me fijo en que se han secado los brotes de los rosales. Ha sido un mal año. Oxidado, supongo.

 

 

Las fotografías se amontonan sobre la mesa. En una sale el guía de Mopti. Es cojo. Eso en la foto no se ve. Me contaba que su sueño era llegar a conocer los países cuyas lenguas hablaba. España, Inglaterra, Francia. Cuando él pronuncia España, Inglaterra y Francia, yo pienso en los países que nombra. Y le digo que tenga paciencia, aunque pienso, como él, que nunca se cumplirá su sueño. 

 

 

Cierro el balcón. La casa se ha quedado helada. Lo malo, supongo, es que muchas veces me he pillado llorando. 

 

 

Entre las fotos también está Hashi. Tenía once años cuando se fue a estudiar a Cuba. Me ofrece un té y se queda un buen rato en silencio, mientras me lo bebo despacio. Estoy a punto de morir asfixiada dentro de la jaima, pero afuera es peor. Dice que es la primera vez que viene en todo este tiempo. Siete años. Dice que su familia le ha encontrado muy distinto. Mayor.

 

 

Releo el e mail que C. me mandó hace unos días. Creo que se siente responsable de lo que no hago. Me dice: si tú no lo haces, no podré seguir ayudándote. Lo dice en inglés: I can´t go on having an eye on you. 

 

 

    La foto de L. es la que más llama la atención. Una sonrisa grande en una cara pequeña. Una de esas sonrisas que enganchan. Después de su sonrisa, vienen sus ojos. Unos ojos que parecen reírse de la cara pequeña y de la boca grande. Unos ojos desafiantes y listos que en los peores momentos, también saben mirar. L. tiene una sonrisa grande en la que pasan cosas. 

 

 

 

C. está metido en tu cama. Cuando se quitó los calzoncillos viste que eran de marca. No paraba de sonreír como si estuviera de fiesta. Restregaste tus mejillas contra su barba. Se ha metido en tu cama como si fuera suya. No sabes si eso te gusta. 

 

 

            Leo el periódico de hace tres días. Me aprendo de memoria el titular de la página trece. El de arriba, a la izquierda. Y voy al espejo del baño para saber qué mirada tienen las mujeres que luchan en su propio infierno. Al mirarme, recuerdo a la niña rubia que hablaba con su madre, en la cocina de aquel restaurante tranquilo en Daimuz. Pienso en que debería inventarme un sitio al que pertenecer y en que Daimuz siempre me supo a vino con burbujas. Me sigo mirando en el espejo del baño. Pienso que Daimuz me supo a auténtico verano. 

 

 

Leo Manual de cicatrización de heridas crónicas. Es un proyecto académico. Le han dado un premio.

 

 

Me cuenta R. que si naces en Israel tienes que formar parte de su ejército. Y una vez que has formado parte de su ejército, aunque ya no vivas en Israel, tienes que volver allí, a su ejército, un mes de tu vida, cada año, hasta que cumples cincuenta. Un mes al año, cada año. Hasta que cumples cincuenta. 

 

 

Miro la hora en el reloj de la cocina, colgado en la pared de enfrente. Un buen reloj dijo el de la tienda, entre golpe y golpe, subido a la encimera amarilla. Ahora está un poco abollado. También dijo que era suizo. Fue de lo primero que compré para la casa nueva. 

 

 

L. me dijo que le gustaría escribir una historia de amor. El olor de sus cigarrillos quemados se mezclaba con el perfume de su pelo. Sonaba algo brasileño. Alguien se rió diciendo que las historias de amor no se contaban. Y yo estuve de acuerdo. 

 

 

Asegurarse el futuro. Me ha parecido leer la misma frase en dos anuncios distintos. Repaso con cuidado las hojas, una a una, al revés. Asegurarse el futuro. Me cuesta pensar que he debido imaginarlo. 

 

 

 

Soñé que los dientes se me llenaban de pelos que no podía escupir. Luego volví a dormirme. D. me habla de las islas de coral que hay en Egipto. Y luego me pregunta si me voy a quedar todo el día en el agua. Me gusta verle.  Hace mucho que no le veo. Miro mis manos y están arrugadas. Cuando voy a contestarle, me despierto.

 

 

    Hay una foto de mi padre con el suyo. Si miro sus manos no las veo negras. Mi padre siempre tenía las manos negras. Las uñas y la cara cubiertas de una mezcla de sudor y grasa y la ropa eternamente salpicada por las quemaduras que se hacía al soldar. Cuando alguien está soldando no se debe mirar al centro, porque hace daño a los ojos. Lo dice ocultando su cara negra detrás de una enorme careta. Con una mano sujeta la enorme careta y con la otra acerca el fuego a la silla que está soldando.

 

*Todas las fotos son de Loomis Dean.