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Antón Castro

MARTA FERNÁNDEZ MURO, CUENTISTA

Marta Fernández Muro es una actriz de cine, teatro y televisión sobradamente conocida. Por ejemplo, entre títulos ya más lejanos, fue la protagonista de ‘Las gallinas de Cervantes’. También es escritora: en 2009 publicó, en Huerga & Fierro, el libro ‘Niñas malas’ y ahora publica ‘Azoradas’ (Huerga & Fierro), una colección de quince relatos de viajes, de amores y desamores, de equívocos… Hablé el pasado viernes con Marta y me manda este texto del libro.

 

UN PAJARO FLOTANDO BOCA ARRIBA

 

Por Marta FERNÁNDEZ MURO

 

 

Cuando dejó la autopista, se topó con un polígono industrial.

Iba pensando: “Qué mala suerte. Un  aviso tan lejos, precisamente hoy, que mi  mujer sale de cuentas”.

Giró a la derecha. Por la segunda a la izquierda cayó en una rotonda que le volvió a sacar a la autopista. Entonces se bajó en una gasolinera para pedir ayuda. Y aprovechó para tomarse un café y hablar con su mujer. Ya eran casi las doce del mediodía.

- Supongo que llegaré a comer. Si no, ve comiendo. 

- No te preocupes de nada, cielo, los médicos siempre se equivocan.

Por fin lo encontró.

Era el último chalet de la urbanización.

El jardín estaba lleno de hojas, y, en la piscina, un pájaro atrapado en el hielo, flotaba boca arriba.

Por una ventana, vio una cocina con una mesa de mármol en el centro, y  golpeó en los cristales.

Una voz femenina le respondió:

- Haga el favor de entrar por delante.

Tardó mucho en abrirle.

La noche anterior, la mujer no se había tomado el tranquilizante y, a las tres de la madrugada, le empezó el cosquilleo de las piernas. Una inquietud que le hacía encogerlas y estirarlas sin control. Había sacado un brazo, a tientas  había encontrado el albornoz e, iluminada por la luz de la calle, fue hasta el baño, partió media pastilla y se la tragó  con el agua del lavabo.

La mitad del tranquilizante la relajó hasta las seis de la mañana en que volvió a despertarse. Esta vez  se tomó la pastilla entera.  

Así que cuando sonó el despertador, no supo por qué lo había puesto: fueron los golpes en la ventana de la cocina los que le hicieron reaccionar.

Se recogió el pelo y abrió.

- Pase, pase. ¿Ha visto ya la caldera?

Se cerraba el albornoz sobre el pecho cruzándose de brazos.

Le hizo atravesar el salón.

Según le indicaba el camino, se iba excusando.

- No mire demasiado. Tengo que ordenar todo esto.

Había dos televisiones encendidas, cada una con un programa, y la mesa del comedor y las sillas estaban abarrotadas de discos de vinilo.

- ¿Pierde agua?-, preguntó el chico.

- Qué sé yo. No entiendo nada de aparatos.

La mujer se sentó y él dejó las herramientas en el suelo.

Mientras quitaba la tapa de la caldera, la miró.

Por su cuerpo encogido, le pareció muy mayor aunque, como se había colocado de espaldas a la ventana, no le veía bien la cara.

- Qué casa tan bonita tiene usted. Lástima que la caldera sea tan vieja. Le saldría mejor comprar una nueva.

- Supongo.

A la mujer no le gustaba que le dieran consejos, pero como no quiso que el chico lo notara, se rió intentando resultar simpática.

A él, la risa le resultó muy aguda, un poco estridente.

- Voy a hacerme un té -le dijo-.¿Quiere que le ponga uno?

Pensó que sí, que le vendría bien tomar algo caliente, pero dijo:

- No se moleste.

Al mover los brazos para hervir el agua, el albornoz se le abrió y, a través del camisón, se le transparentaba el cuerpo.

Tenía los pechos muy pequeños y las caderas estrechas, casi infantiles.

En ese momento sonó el teléfono.

Era uno de esos teléfonos que él sólo había visto en las películas, colgado de la pared y rojo.

- ¿Sí?... No, no, ya estoy despierta. Me alegra, me alegra que estés bien. Frío. ¡Qué suerte! No, no, allí no pinto nada. No, de verdad, no me importa. No, no me quedaré sola. Siempre hay alguien. Sí, prometo que llamaré a alguien. Me cuido, me cuido. Cuídate tú. Sí, besos. Sí, sí, dile que también le mando un beso.

Colgó y se sentó con la taza. Después de dar unos sorbos, se justificó:

- Habrá que hacer algo para aguantar el frío, ¿no?-.Y sacó del horno una botella de whisky.

Se echó un buen chorro en el té y le ofreció:

- Si quiere acompañarme.

Hubo un silencio muy largo.

Para romperlo, preguntó:

- ¿Su marido?

Ella encendió otro cigarro y le alargó el paquete a través de la mesa.

- ¿Fuma?

Esta vez el chico aceptó.

Al acercarse a cogerlo, vio que tenía los ojos muy negros, lo blanco casi azul, y que parpadeaba después de cada frase, como si quisiese borrar lo que acababa de decir.

- Y usted ¿está casado?

- Y esperando un hijo. 

La mujer movía rítmicamente la pierna izquierda, y el único sonido que llenaba la cocina era el de la zapatilla de cuero al golpear su talón. 

Luego se levantó y le dijo:

- Hace usted muy bien-.Y volvió a reírse.

La vibración del agudo le resultó muy familiar, no como si fuese la segunda vez que lo oía. Mas bien como si le recordase a otra persona , en otro lugar.

- ¿Y usted...?

Ella le cortó.

- ¿Usted qué?

Durante un momento le miró esperando una respuesta. Pero como él no contestaba, se sentó de nuevo y se echó otro chorro de whisky.

Al chico, el destornillador se le resbaló de la mano y, antes de que le diera tiempo a cogerlo, ella se lo tendió.

Se limpió la palma en el pantalón. No quería que la mujer notase que empezaba a sudarle como cuando se ponía nervioso.

Dijo:

- Quiero acabar pronto. Mi mujer sale hoy de cuentas, aunque ella dice que no nacerá hoy. Está segura, dice. Que lo ha soñado, dice. Ya sabe como son las mujeres.

- Sólo sé como soy yo-, contestó.

Otra vez se quedaron callados.

Por la carretera pasó un coche. El chico deseó que llegase alguien, pero el coche no se paró. Se le oyó acelerar y  luego la cocina se quedó otra vez en silencio.

- Aquí en invierno debe uno estar muy aislado.

- En verano, cuando funcionaba la depuradora, venía mucha gente a vernos.

Y volvió a mover la pierna.

Hizo una pausa. Y luego preguntó:

- ¿Usted no arreglará depuradoras?

De pronto, el chico se la imaginó de joven, en bikini, agarrada a la escalerilla, con gafas de sol y un sombrero de paja.

- Lo siento. Ya he visto la piscina. Vaya lujo.

- ¿Le parece?

El teléfono sonó de nuevo.

El chico se concentró en la caldera y ella descolgó.

- ¿Sí? Ah...¿Qué quieres? No, no me molesta que me llames. ¿Rara? Será que todavía no había hablado con nadie. Sí, sí, estoy bien. Oye ¿está contigo? Delante, quiero decir delante. No, si está delante, nada. Porque no tengo ganas de que se entere de lo que digo. No, nada grave. Cosas. Bueno. No, mejor no me llames. Estoy muy bien, divinamente. Tranquila, sí, muy tranquila. Pero no me llames. Eres tú quien me pones nerviosa.

La mujer alzaba cada vez más la voz  y el chico empezó a desear que la conversación terminase.

Como si nada hubiese pasado, volvió a la mesa, encendió otro cigarrillo y dijo:

- ¿Qué? ¿Acaba usted?

- Debería.

- Lo digo por su mujer.

Al chico no le gustaba que sus clientes le metiesen prisa.

Volvió a imaginársela de joven, esta vez con minifalda.

De pronto, la mujer cerró los ojos, bajó la barbilla hasta el pecho y, de golpe, echó la cabeza hacía atrás, como si quisiera sacudirse algún pensamiento.

La cinta que le sujetaba el pelo en la nuca, se le aflojó.

Pero no volvió a atársela. Le miraba fijamente con el pelo sobre los hombros.

Luego, con los dedos abiertos, se levantó la melena. El sol rompió una nube para iluminarle  las orejas y el cuello. Tenía la piel transparente,  llena de venas rojizas.

- ¿No sabe usted quién soy?-, le preguntó de golpe.

Y como el chico no atinaba a contestar, se giró en el taburete y se puso de perfil.

- ¿Perdone?

- Sí. ¿Quién soy?-.Y le mostró el otro perfil.

El chico pensó en su mujer. En cómo le contaría lo que le estaba pasando.

- Usted no es tan joven. Debería conocerme.

La mujer insistía con la boca entreabierta, esperando una luz en sus ojos, algo.

El sol volvió a desaparecer y ella se puso de pie.

- No me extraña, así sin maquillar, no parezco yo.

El silencio de la cocina le pitaba  al chico en los oídos. Apretó con fuerza el botón del encendido, una, dos, tres veces. Y por fín, apareció la llamita.

- Ya está.

-¿Ya se acuerda? Normal que no me reconociera. Me retiré en el 92. Estaba harta de todo.

Y volvió a soltar esa risa aguda, que subió en picos hasta el techo.

Al chico dos sensaciones se le cruzaron en la cabeza. Iban tan juntas que tuvo que rastrearlas detenidamente para poder separarlas: el contacto del culo de su chica contra los muslos, y por encima de su coronilla, la cantante de los Wonderland, recibiendo los aplausos, al final del concierto.

-¿No me diga que es usted...?

El recuerdo se le había perfilado: fue en el concierto donde conoció a la chica con la que ahora iba a tener un hijo. Una noche de agosto.

- Claro, claro que me acuerdo. Viéndola cantar me enamoré de la que es mi mujer. Usted era increíble, claro que me acuerdo, llevaba un  vestido de plata y diamantes en el pelo...

El chico estaba lanzado. Se acercó hasta ella con el aviso de avería en la mano.

- Si es tan amable de firmarme un autógrafo. Para ella, ya le he dicho que hoy sale de cuentas ¿no?

La mujer se había detenido en la puerta. Empezó a parpadear, y se recogía

el pelo muy deprisa, a golpes.

- Perdone, pero ya no firmo autógrafos.

El sonido de su voz había bajado varios tonos. Ahora tenía la boca apretada y, de nuevo, le pareció muy vieja.

Después de un silencio, añadió:

- Si no le importa...-.Y oyó sus zapatillas arrastrándose por el parquet y después un portazo.

El chico se quedó solo recogiendo las herramientas. Cruzó de nuevo el salón y, a punto de irse, se giró para llamarla:

- Perdone ya me voy. ¿Me abona usted la cuenta o ...?

Esperó unos segundos, le pareció oírla otra vez discutiendo por teléfono,  y salió.

Había empezado a nevar.

En la piscina, el pájaro seguía flotando boca arriba.

 

* Arriba, Marta Fernández Muro. Y las otras dos fotos son de Constantine Gedal, pintor, dibujante y fotógrafo.

 

LA 'BOTÁNICA' DE JOSÉ A. CONDE

José Antonio Conde acaba de publicar un nuevo poemario: ‘Botánica del sueño’, en el sello Libros del Innombrable, que dirige Raúl Herrero. Consta de 74 páginas. Así define la el prologuista Francisco Álvarez Delgado este volumen: “Botánica, pero botánica del sueño. Botánica es la ciencia que trata de los vegetales, en este caso medio centenar. Dice el poeta en la nota final que muchos de sus textos han surgido de la observación y el estudio realizado en El Jardín Botánico Atlántico de la ciudad de Gijón. ¿Y el sueño? El sueño, lo soñado, no podría reducirse a una cifra tan exigua. El poeta en su deambular por los senderos de ese jardín se reencontró con lo que llevaba soñando toda su existencia; en suma, dialéctica de la realidad de las sombras perceptibles por los cinco sentidos corporales y la realidad Real y, por lo tanto, poética, de lo soñado”. José Antonio y Raúl me envían una selección de poemas en prosa.

 Abrojos / Tribulus terrestris

 

 

Una limosna para la cruz de malta, para un templo de arena que dispone la muerte del caucho. Ella guarda en la capilla el esfuerzo fluvial, la revuelta del cálculo y una súplica en el riñón.

Revienta sus ojivas en el cuerpo, desea el charco, la glorieta del tuétano hasta inundar la hebilla.

 

Cada sacudida es una epifanía, un vaciado de minerales en el morcal.

 

 

Aciano / C. Cyanus

 

 

Protegido tan solo por el sauce, caída tras caída, bajo el placer no hay sustento y el pene sin sortija no es rentable. Después del ruido, ella reclama un acuerdo, una espina con cenefas que sirva en la penuria, que tenga holgura en el redondeo. La servidumbre rastrea, se hincha de apellidos; la enagua está servida.

En la oscuridad del topo, dolor en las coronarias, bisutería senil y mucha ficción.

 

Contra las oftalmías, la flor del aciano entre dos vendas.

 

 

Altea / Hibiscus syriacus

 

 

Del bronce al púrpura, de la turba al muro de invitados para que el orgullo sea doble. Presume de fibra, de seda corporal y parece tímida en el recodo. Pero a media luz caen sus pertenencias, todo rastro de pamelas, entonces desvía su género a las barcazas, a la misma somnolencia del abismo.

Allí, abandonada en la espuma, aún recuerda el otoño, ese peinado de nubes que se detuvo en el labio buscando todos sus aromas.

La belleza es perpendicular a la deriva.

 

 

Alstroemeria / Alstroemeria aurantiaca

 

 Bajo el cielo se obstina el guerrero en la humillación y el rito. Una mano para el canje, la otra para el adiós. Entonces, el buen augurio resiste media luna, pero su brillo es temporal.

Excluida de la tierra y de la honra, lo más valioso fallece lejos del guano, de la bruma encanecida de los Andes.

 

No despertéis el pánico en los criollos.

 

La sombra del lirio tiene un final inesperado.

 

 

Áster / Asteraceae

 

 

Tendida de amarillos a ras del firmamento, se endurecen tus botones. Invertido el equipaje, no acepto la noche para crecer como la inmensa mayoría de equívocos. Que nada importa en la suma, lo sé, que una palabra tuya es rapto de luz y llovizna sin florecer, también lo sé.

En cada caricia, el exceso es mucho, después la órbita germina en círculos para durar sobre el ramo.

 

Es costumbre colocar sus espigas entre los versos de Safo para conservar el deseo.

 

 

Balsamina / Salvia verbenaca

 

 

Basta con abrir y cerrar el latido para salvar el roce, el rumbo de otros cuerpos donde nadie puso las manos. La asfixia en el ámbar más limpio, la abundancia de perros en la morada de la salvia, hace sombra en el ramaje indeciso del pubis.

 

Próxima a la caída, al fracaso de los ineptos, es hora de ungir con mucílago la irritación de los célibes.

Quitando la piel de sus hojas, puede ponerse sobre el pecho de las niñas para calmar el ardor.

 

Bardana / Arctium lappa

 

Si no llega la luz,

el instinto alcanza.

Fernando Burbano

 

A su alcance la cabezuela, el triunfo del brillo en el subsuelo que decide como humillar al padre sin cerrar la mano. Sobrevive al invierno, a la suspensión de luz que todo lo anega.

Después, el aire justifica cualquier roce y el mamífero es alcanzado por el velcro, por el aliento vegetal para ser aforismo en el polen.

 

Lo natural en la caricia es el léxico de la simiente.

 

Begonia de la desdicha

 

 

Aumenta su tonalidad con el roce, ha perdido la decencia y saborea el murmullo de antiguos crecimientos. Repleta de huéspedes, a veces llega a ser hermosa. Pide la ascensión, la sutileza de la mano en la gravedad, cuando el abrazo no ofrece la menor resistencia. Esta planta es una especie de la familia de las begoniáceas, se reproduce por acodo, se alimenta del vuelo corto de la mariquita y de la abstinencia de las viudas. Muy apreciada por su abundante floración, conviene protegerla contra el oidio, un hongo que puede provocar la deformación y caída de sus hojas.

De manera preventiva, aplicar en toda la planta levadura femenina y azúcar disuelto en rocío.

 

Podemos encontrar algunos ejemplares de esta flor deambulando por las alcobas. 

 

Budleia

 

La corte del emperador Kangxi desoye el mármol de los estanques, no asume la débil fuga de los espejos y la potestad de la budleia inclina su labio en el estío. Todo un desvelo va creciendo y a la sombra de esta planta la esposa del emperador dibuja en sus manos el exceso de sus lilas, la gloria de sus celos, pero no advierte la naturaleza de los ciclos y así en el otoño, fatigada de hojas, se desprenden sus flores, se marchitan sus manos y vencido el grito, vuelan los ocelos.

Hoy en día, nunca faltan mariposas en su tumba.

 

Buglosa / Anchusa azurea

 

 

Cualquier erial coincide con el hambre, con la dureza del cubilar en la noche y justo donde la esquila no acepta alianzas, fuimos vendidos a la broza, al oprobio de la madrastra. Sin alcanzar la cuchara, sin la nevada en los calderos, fuimos en mitad del extravío, un temblor de gluten, un dolor reseco. Al abrigo del fauno, nadie cubre el sustento, no hay papada en el sur.

 

Replegar la luna, con media hogaza de tubérculos y un palmo de buglosa.  

 

Cambronera / Lycium europeaum

 

 

Una gran maraña en la orilla del aliento muestra el tributo recién curvado, la amplitud del ramoneo en el polvo y el sollozo de una madre desfallecida. En este centro de sangre, en este misterio inevitable, la advertencia para los fariseos que atraviesan el domingo con el murmullo vacío de plumas.

 

¿Quién tiene el honor de romper la metáfora en las sienes?

¿Quién puede mirar tanto sufrimiento?

 

 

Botánica del sueño. José Antonio Conde. Libros del innombrable. Colección Golpe de Dados. Zaragoza, 2011. 74 páginas. [Las fotos son del maestro Ansel Adams]

NUEVO LIBRO DE MARCHAMALO

NUEVO LIBRO DE MARCHAMALO

Jesús Marchamalo, como su nombre indica, siempre está en el camino. Con libros, con proyectos, con gestos de cariño hacia sus amigos. Es el escritor que no cesa. Ahora publica ‘Viaje a Vasconcelos’, en edición limitada para amigos que acaba de editar en Pamplona Germán Úcar y nos dedica a Elías Moro Cuéllar, el madrileño con parada y fondo, y juego de la taba, en Mérida y a mí. Dos fumadores de distinta manera: Elías, con cierta abundancia, y yo más bien fumador social. Y todos los días, en casa, fumador pasivo.

CINE Y LITERATURA EN GUAYENTE

IV PEQUEÑA MUESTRA DE CINE INVISIBLE

 

Del amor y otros desastres

22, 23 y 24 de julio de 2011

Hotel Aneto

Benasque

 

Programación

 

Viernes, 22

 

18:00 h

Mesa redonda Un amor de cine

Modera: Vicky Calavia

Intervienen: Marisa Juan Germán, Eduardo Fuembuena, Mónica Ibáñez.

 

19:00 h

Proyección Me suma, me resta, de Marisa Juan Germán. España, 2010. 20’

Proyección Voces de Eduardo Fuembuena. 16’

Coloquio con los directores

 

21:30 h.

Cena en el Restaurante Sotobosque del H. Aneto.

Menú cinematográfico (Reserva previa: 974 55 10 61)

 

Sábado, 23

 

16:30 h. Presentación del libro, La vida cotidiana, de Daniel Gascón

Librería El Estudiet de Benasque

 

18:00 h

Proyección: Todas las canciones hablan de mí, de Jonás Trueba. Nominada a los Goya 2010. 107’

Coloquio con el director y el coguionista, Daniel Gascón

 

21:30 h.

Cena en el Restaurante Sotobosque.

Menú cinematográfico (Reserva previa: 974 55 10 61)

 

24:00 h.

Música en directo: Mike & Mona (soul, boleros, música brasileña…)

Terraza del Hotel Aneto

Servicio de bar

 

Domingo, 24

 

18:00 h

Proyección:

“Cosetas d’adentro”. Película rodada en la Ribagorza. Lola Gracia

Coloquio con la directora

 

Entrada libre a todos los actos

Más información www.guayente.info y Facebook

 

*Las fotos son de Vincent Peters.

POEMAS DE JOSÉ MARÍA CUMBREÑO

José María Cumbreño es poeta y narrador, y cacereño nacido en 1972. Ha publicado diversos poemarios, libros de relatos, mantiene un activo y estupendo blog centrado en sus inquietudes, en su creación y en un amplio mundo de creadores: liliputcontrablefescu.blogspot.com. Hace poco publicaba con Javier Sánchez Menéndez una amplia antología de su obra en Isla de Siltolá, y poco después, Luces de Gálibo, de Girona, le publicaba ‘Genealogías’, donde hay de todo: poemas hondos, intensos, aforismos, creación de lenguaje, mucha ironía y una vocación incuestionable. Con toda cordialidad, José María Cumbreño, que es un activo divulgador de la lírica y de la literatura en general, me envía un puñado de poemas. Aquí están en una tarde ventosa de domingo.

 

 

El peso del aire

 

Esta mañana, en el parque, Irene me ha pedido que le compre un globo.

Un lazo alrededor de su muñeca evitaba que Bob Esponja saliese volando.

Ato el nudo con una fuerza contradictoria: suficiente como para que no se deshaga, pero no tanta como para que le duela.

Después abro mucho los ojos.

El frío. Su abrigo nuevo. Las botas con los pantalones de pana por dentro.

No se me puede olvidar esta forma de sonreírme.

Un nudo que no se deshaga.

Porque el aire pesa más que algunos gases.

Y la vida, menos que los recuerdos.

 

Identidad

 

 

                    Durante años, la ropa que me he puesto la he heredado de mi hermano mayor.

                    Mi nombre me lo pusieron por mi abuelo.

                    El primer coche que conduje era de segunda mano.

                    La primera mujer que me besó ya había besado a otros.

                    La casa en la que vivo es de alquiler.

                    Todo lo que escriba ya lo habrá escrito alguien mucho antes y mucho mejor.

                    El hermano de mi hija no es hijo mío.

                    Su padre hace como si no lo fuera y quien no es su padre se esfuerza por aprender a serlo.

                

Pensión compensatoria

 

        Mi padre y mi madre se separaron unos años antes que yo.

       Mi madre se quedó con la casa  y los  garajes.

       Mi padre debe pasarle todos los meses a mi madre una pensión compensatoria.

       Mi madre se sacó el carnet de conducir.

        Mi madre se compró un coche nuevo.

       En la puerta del frigorífico de mi madre hay un montón de imanes que se ha traído como recuerdo de sus viajes.

       Mi madre tiene el salón lleno de portarretratos con fotos suyas: en Atenas, en San Petersburgo, en Malta, en Varsovia …

        Mi madre ha estado en sitios cuyos nombres ni recuerda.

        La especialidad de mi madre son los cruceros por el Mediterráneo.

        Mi madre presume de todas las amigas que se ha echado.

        Mi madre ha conocido a un señor viudo que la trata como a una reina (dicho por ella).

        Mi madre ve a sus nietos una vez cada dos meses.

        Más o menos lo mismo que a mí.

        Mi madre escucha por las noches música clásica.

        Deutsche Grammophon.

        En la colección de discos de vinilo que hizo mi padre.

                       

 

El significado de las palabras

 

                  Una misma palabra puede significar una cosa y la contraria.

                  Igual que un mismo color unas veces representa la pureza y otras, la muerte.

                  De hecho, las palabras pueden significar cualquier cosa.

                  Cualquier cosa.

                  Excepto la verdad.

 

 

*Todas las fotos son de Brigitte Carnochan. Una fotógrafa alemana instalada en Estados Unidos. Combina el retrato, el desnudo y la atmósfera de interior con la presencia de las flores.

IRENE VALLEJO EN LA GUERRA CIVIL

IRENE VALLEJO EN LA GUERRA CIVIL

 

Zaragoza: aquel verano de 1936

 

Irene Vallejo Moreu publica su primera novela: ‘La luz sepultada’ (Paréntesis), la historia de los Valbuena y la joven Valentina, cuya adolescencia se ve asaltada bruscamente por el odio de la Guerra Civil

 

Irene Vallejo Moreu (Zaragoza, 1979) es asidua en estas páginas por sus artículos sobre los clásicos griegos y latinos, artículos que recogió en el volumen ‘El pasado que te espera’ (Anorak, 2010. Prólogo de Julio José Ordovás). Es experta en la obra de Marcial, a quien ha dedicado un extenso estudio, y parecía que donde se sentía cómoda era hablando de Ovidio, de Julio César, de Virgilio o de Cicerón. Sin embargo, hace algún tiempo emprendió la redacción de una novela sobre el verano del 36 en Zaragoza; el libro acaba de aparecer en Sevilla, en el sello Paréntesis, bajo el título de ‘La luz sepultada’.

La novela empieza en 1936 en una época de incertidumbre. En el ambiente se olisquea la catástrofe. En las familias se habla de la tensión, de la crispación reinante, de la España fracturada, de las ideologías enfrentadas, del fracaso de la II República. Más que convecinos y hermanos, los españoles parecen enemigos signados por un odio atroz. Todo el mundo parece tener cuentas que resolver con alguien. Y así descubrimos a los Valbuena, compuestos por el padre, Eduardo, un apacible funcionario de correos adscrito a la izquierda, la madre Aurora, que parece en otro mundo o inmersa en sus propios pensamientos, más abstraída, y Valentina, que tiene alrededor de dieciséis años y que intenta conocerse mejor a sí misma y el entorno que la rodea.

Valentina es una muchacha activa e inquieta, cómplice de su padre, buena lectora, que toca el piano sin demasiado afán. Sabemos que hace un par de años le mandó una postal a Manuel Azaña.  Poco a poco, día tras día, el país empieza a precipitarse hacia el abismo: las amenazas llegan de todas partes. De los militares, de África, de sectores de la sociedad civil, de los que han perdido las elecciones, de las medias verdades, de la desconfianza hacia la II República. Estalla el 18 de julio de 1936, y Zaragoza queda bajo el influjo de los insurgentes o de los nacionales. Ese mismo día, Valentina y su mejor amiga, Emilia, han ido a ver al cine: ‘Historia de dos ciudades’; cuando salen, como si salieran al país del odio y del desconcierto, la atmósfera será de pesadilla.

Y de eso habla esta novela: de la nueva atmósfera, del miedo, sobre todo del miedo, del futuro incierto. Empiezan las delaciones, las persecuciones, las detenciones y las ejecuciones, sin apenas procesos. La familia Valbuena, a pesar de los esfuerzos del abuelo y de los contactos que tienen con los golpistas, serán también víctimas de la nueva situación. En ese instante, la tragedia es unánime. El libro de Irene Vallejo, además de hablar del horror (también glosa el bombardeo sobre el Pilar, la aparición de nuevos periódicos y el nuevo estado de cosas), también habla de una joven que crece demasiado deprisa en medio del espanto. Su adolescencia ha sido asaltada bruscamente. Y esos cuatro o cinco meses le van a marcar su existencia.

Irene Vallejo sostiene que este mundo que narra, con un estilo poético casi siempre, tiene mucho que ver con el mundo de los clásicos latinos y griegos. El análisis del pasado es un buen pretexto para entender el presente y una lección para el futuro, y si queremos saber lo que somos y quienes somos hay que mirar atrás: hacia nuestros antepasados inmediatos.

En ‘La luz sepultada’ se cruzan varias historias familiares, cosas que ha leído, cosas que le han contado y una documentación bien manejada en una narración medida que explora la sinrazón, el pánico y la perplejidad. ¿Quién vendrá, por qué y por dónde? ¿Por qué detienen a su padre? ¿Por qué salen a la calle los perros negros del rencor? ¿Por qué golpean arbitrariamente a la puerta de su casa los hombres oscuros? La luz ha sido enterrada: la luz del conocimiento, la alegría de crecer, el territorio de la libertad que se construía, día a día con contradicciones y con las certezas de la democracia.

 

La luz sepultada. Irene Vallejo. Paréntesis. Alcalá de Guadaira, Sevilla, 2011. 264 páginas.

EUGENIA RICO SEGÚN AMELIA CASTILLA

EUGENIA RICO SEGÚN AMELIA CASTILLA

EUGENIA RICO

[Conozco a Eugenia Rico desde hace algunos años. Acababa de publicar una novela conmovedora: ‘La muerte blanca’ (Planeta), donde contaba la muerte de su hermano. Por entonces, vivía una historia de amor con un apuesto italiano. Eugenia, que es dulce y amorosa, siempre ha sido una mujer de grandes y apasionadas historias de amor. De ella siempre me conmueve su pasión por la literatura, su vocación, sus ganas de escribir historias intensas y de crear buenos personajes. Hasta hace algunos meses, tras la conmoción de su éxito alemán, vivía en Venecia. Hoy, esa estupenda periodista que es Amelia Castilla, que ha hecho de todo en ‘El País’ (desde reportajes inolvidables a muchas páginas de cultura) le traza este retrato. Lo traigo aquí por cariño hacia ella, por cariño hacia las dos, y porque hoy Eugenia Rico estaba un poco melancólica. En ‘Babelia’ de hoy había muchas cosas bonitas para mí, y una de ellas, especialmente bonita, era la calificación de Vicente Molina Foix como una traducción brillante de Daniel Gascón la del libro de relatos de Collier que ha publicado el sello Contraseña. Daniel traduce ahora un epistolario de más de quinientas páginas de Saul Bellow que saldrá en Alfabia. ]

 

EL SUEÑO ALEMÁN

Por Amelia CASTILLA. Babelia

 

¿Un rincón donde poder escribir medianamente fresco, en un ático durante el caluroso mes de julio en Madrid? Eugenia Rico (Oviedo, 1972) cambia de espacio varias veces a lo largo del día, huyendo del sol que cae a plomo sobre el barrio de Malasaña. Refugiada en un cuarto piso sin ascensor y con vistas al Pentagrama, el bar popularizado por Antonio Vega en su ya clásica canción La chica de ayer, la escritora dedica al menos seis horas diarias a la trama de su nueva novela. Su superstición le impide aventurar muchas ideas sobre el proyecto en el que trabaja. Confía en ponerle el punto final al manuscrito en unos meses y que el texto llegue a la imprenta antes de concluir este año. La acción transcurre en Venecia, en el curso de una cena con un personaje histórico fallecido. Será una mezcla de pasado y presente, como su anterior trabajo. "Venecia está fuera del mundo, escribir sobre ella es como opinar sobre el amor", dice la escritora, sentada en una chaise longue, bajo un cuadro, formado por un puzle construido con un lenguaje de signos inventado en el que se lee: "En el principio fue la palabra".

La autora de Aunque seamos malditas (Suma de Letras) presume de vivir de la literatura. Todavía no se ha repuesto del susto de su extraordinaria aventura alemana que le ha reportado unas ventas "de más de cien mil copias" en ese país y un conocimiento de los lectores del que antes carecía. "Un buen día recibí un correo electrónico del escritor y crítico Daniel Kehlmann que, fascinado con esta novela, la recomendó a una editorial alemana", cuenta. "A partir de ahí todo ha sido como un sueño; primero el paso por la Feria de Fráncfort, un evento profesional, pero quizás el más importante del panorama literario, y después la participación en otros festivales europeos donde he contactado con escritores de toda Europa". A la vuelta del verano, preparará las maletas para viajar a Estados Unidos, becada por una universidad norteamericana para trabajar durante tres meses.

No le asustan ni los nuevos formatos del libro ni las descargas en la Red. Su idea es que "la verdadera literatura seguirá llegando a los lectores". Si mira hacia atrás sonríe al recordar las cartas de rechazo de algunos editores, un auténtico género literario, en su opinión: "La historia de la literatura está hecha de grandes errores, espero que este sea uno de ellos", le contestó uno de ellos.

*La foto es de Álvaro García.

 

ADIÓS A BALTASAR LOBO EN EL PARANINFO

La mujer: materia, madre, cuerpo del deseo

 

[El Paraninfo acoge, hasta mañana domingo, una muestra de esculturas y dibujos de Baltasar Lobo (Zamora, 1910-París, 1993), un artista del exilio y la vanguardia que reivindica la maternidad y la belleza femenina]

 

Hay exposiciones que hay que verlas varias veces. Y una de ellas es la de Baltasar Lobo (Cerecinos de Campo, Zamora, 1910-París, 1993), que puede contemplarse en las dos salas de arriba del Paraninfo. Hay que volver a enfrentarse a sus temas, a sus texturas, al predominio de la curva, a esas formas que buscan la figuración absoluta sin renunciar a la abstracción, a esos cuerpos femeninos, antiguos, clásicos y modernos, que parecen dialogar con los de Pablo Gargallo, con las mujeres primitivas del arte ibérico o románico, y con aquella contundencia de la obra de Constantin Brancusi, el artista rumano que procedía del campo y que parecía un ciclón en su taller, un ciclón de talento y expresividad que acababa haciendo piezas de una estilización asombrosa.

Baltasar Lobo tiene mucho que ver con Brancusi: proceden del núcleo rural y ambos se sienten fascinados por París. Baltasar Lobo llegó a orillas del Sena un poco a la fuerza y un poco porque siempre había soñado con la capital del arte y la bohemia. Hijo de un carretero o transportista, que moriría en un bombardeo en la Guerra Civil, pronto se reveló como una criatura sensible que se formó en Valladolid y en Madrid, y que hubo de emprender el éxodo tras la derrota de la II República: lo hizo con su compañera Mercedes Guillén, periodista muy interesada por el feminismo y el anarquismo.

Lobo podría haberse ido a México, pero optó por Francia, por la Francia ocupada por los nazis, y finalmente se inclinó por París. Allí, contarían con grandes amigos y, en cierto modo, con protectores: uno de ellos, muy constante, fue Pablo Picasso, a quien le mostró sus dibujos. Y otro, fundamental, fue Henri Laurens, de quien fue ayudante y con quien perfeccionó su técnica. En la muestra del Paraninfo se perciben detalles incuestionables: Lobo era un maestro de la escultura, de los matices, del vigor expresivo, de la sensualidad, y parecía sentirse cómo por igual en el mármol y en el bronce. Lobo era un excelente dibujante: tenía esa mano precisa con el lápiz que poseen los buenos escultores. Lobo era un enamorado de la mujer: como madre que establece un hilo de complicidad y cariño y protección con sus hijos, como mujer que ansía la libertad, la expansión y la alegría, como cuerpo bello y armonioso que danza en el viento, como materia esencial que invita al amor, al sueño, que enciende el deseo y acaso una melancolía indefinible y está ligada íntimamente a la tierra y sus limos.

Tras tantas peripecias y ese círculo de amistades, Baltasar Lobo ya estaba listo para crecer. Era un republicano que había perdido el país. Era un republicano que había perdido a su padre, que le introdujo en el camino del arte y le invitaba a leer a Calderón, a Zorrilla y a los clásicos rusos. Era un republicano que se sentía incomodado con el franquismo y que no quería volver a España. Y era, ante todo, un artista con sus porfías y sus imágenes: a muchas de las mujeres que esculpió las había visto en la arena de las playas en el exilio jugando con sus hijos (hay varias piezas de niños) mientras el mundo esclarecía su destino, son madres que conocen el dolor del destierro, el sufrimiento y la muerte, son mujeres heridas, son mujeres que sueñan, mujeres-sueño. A muchas las había adivinado en las playas, con su redondo desnudo, o en la orilla se los ríos de su infancia y adolescencia, cuando empezó a soñar. De ahí la importancia de las maternidades, de las mujeres que se vencen en el puro ensimismamiento, de las mujeres que parecen salir del baño entre el oleaje bravío o que se exhiben al sol con esa carnalidad apacible, voluptuosa, sugerente.

Todo eso está en la muestra del Paraninfo. Y están los influjos que Baltasar Lobo asume: el arte ibérico y románico, el descubrimiento de las vanguardias y el especialmente el cubismo, la tentativa de realizar una obra abstracta, cuajada de movimiento y de gracia, y la figuración permanente, que le aproxima en muchas ocasiones, además de los autores ya citados, a Henry Moore. Hay un detalle capital: en esta exaltación de la belleza femenina, de la arista, de la curva, de la sensualidad, del arquetipo y de un erotismo, más contemplativo que excitante, casi místico, hay una permanente aspiración a la huida, al vuelo. Baltasar Lobo lo dijo así: “Siempre he soñado con una escultura de mármol que sea como un vuelo que se eleve desde el suelo para brillar en medio de la luz y nos haga olvidar la pesadez y la penalidad de la tierra”.

 

Baltasar Lobo. Esculturas y dibujos. Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Hasta el 17 de julio de 2011.