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Antón Castro

PACO RUBIO: TRES POEMAS

Paco Rubio es taxista y poeta. Hace algún tiempo publicó un poemario. Ahora ha terminado otro que aparecerá hacia septiembre u octubre en La Fragua del Trovador. Paco, muy gentilmente, me envía tres poemas.

Si pierdo esta pasión que casi vence,

si refuerzo de plomo y de ceguera 

las bridas y el bocado que la aguantan,  

acaso vuelque en mí aquel conjuro

de calendarios sin hojas, ni fechas;

sin cuartos en la luna, ni estaciones...

 

Si no me entrego ya a esta tormenta

y escondido de mí, tras los cristales,

sigo calentando mis frías manos

con la  tibia ceniza que desprende

el roce gris del tiempo que se arrastra...

 

Si no me queda ya ni un solo impulso,

ni un gramo de torpeza ante el vacío,

ni un roce de temor en la memoria,

ni un temblor por un pulso desbocado,

ni una duda al mirarme en el espejo...

 

Si no enfrento de cara los rabiones

sin la asepsia del plástico en mis venas

ni una alarma de miedo en la mirada;

qué derroche de tiempo tan inútil

el que un día lejano de titanes

invertí en soñar para esta bala 

un trazo luminoso hasta mis sienes.

 

 

MIEDO A MI MEMORIA... DE TI

 

Si me dejara ir, de nuevo, hasta tus brazos

descarnados;

si mi débil memoria, rienda que aún sujeta

mi deseo,

recordara los pulsos de tu vientre rotundo

e incendiario;

si pensara un instante que mi nombre navega

por tu voz;

si dejara manar un suspiro de gota

de tu frente,

sería en ella náufrago, zatara a la deriva

sin remedio;

voluta gris de humo, capricho de tus labios

enfermantes.

 

Si soñara de pronto, gabriélico en mi espalda

entumecida,

un nuevo escalofrío alado de tu lengua

de Caronte;

si a mi olfato volviera, tal vez para quedarse,

ese aroma,

volcánica humedad, reguero de mi boca

desnutrida;

si un leve parpadeo de mis ojos consiente

de ceguera

la vuelta de tu pelo hasta la amnesia fútil

de mis manos...

 

Si admitiera que miento al pronunciar solemne:

“No me importas”,

quebrado de un relámpago el puntal que sujeta

mi camino,

caería de bruces, postrado en mi mentira

por vivirte,

y, acaso sin querer, me olvide la decencia

de olvidarte

para morir de nuevo en ese infierno tuyo

 

... tan celeste.

 

 

SERVICIO DE TAXI

                                             (A César López, poeta colombiano en clandestinidad)

 

Zaragoza. Las dos de la mañana.

Sobre el papel, las dos de la mañana

es una buena hora para lo subrepticio.

 

La noche no demanda los papeles

que la tarde desluce en Medellín.

 

A las dos de un invierno de rocío,

César me oculta sueños en su sueño

hundido en un asiento de mi taxi.

 

César tiene la piel curtida por el mangle,

algún verso que aguarda en los birlíes

y los ojos repletos de jet lag.

 

A las dos de la mañana

acechan, bien despiertos, colmillos “solidarios”,

vampiros disfrazados con pose de gourmet

adictos al sabor de arepa y sangre.

 

A las dos de la mañana

la mirada de César tan solo quiere ver,

en los cruces de Fleta, Colombia y Palacé;

Plazuela Nutibara en Paraíso,

puentes de Guayaquil cruzando el Ebro,

el parque de Berrío en el de Oriente,

un clúster en dos naves industriales,

y en todas las robinias, selvas de Catatumbo.

 

A veces, César, abre ojos de leoncillo

en el espacio lábil del espejo.

 

Por allí merodea un silencio de pumas,

sueña el cóndor con vuelos de un delfín rosado

y Omaira sobrevive al Nevado del Ruiz.

 

Las dos y cuarto. Fin del recorrido.

 

César, sobre el papel, nunca subió a mi taxi,

ni su piel se empapó de olor muerto de mar,

ni un empresario ruin  dentelleó en su cuello,

ni se mordió la lengua ante un cobarde abuso.

 

Mañana, a las dos de la mañana,

César tal vez me cuente su clandestino ayer

o sus sueños durmientes de Mutis y de Castro...

 

... Sus sueños sin papeles para escribir el jazz.

 

 

*Todas las fotos son de Michal Giedrojc.

ÉLODIE DURAND: LA VIDA Y EL CÓMIC

 

No se puede vivir sin memoria

 

Élodie Durand publica ‘El paréntesis’ (Sins Entido), una novela gráfica autobiográfica y conmovedora donde cuenta cómo se sobrepuso a la epilepsia, a un tumor y al olvido

 

 

El ‘oscense’ Jesús Moreno ha convertido su sello editorial Sins Entido en uno de los mejores de España en la edición de cómic o novela gráfica. Ahí publicó uno de los mejores de los últimos años, ‘Asterios Polip’ de David Mazzuccheli, y en la pasada Feria del Libro de Madrid se presentaba ‘El paréntesis’ de Élodie Durand, una obra visual que estremece desde sus primeras páginas. Formada en la Escuela Superior de Artes Decorativas de Estrasburgo, Élodie empezó a sufrir hacia los veinte años constantes mareos, ataques de ira, pérdidas de memoria. Les dice a sus padres: “Os costaba mucho explicármelo. Me hablabais de la mirada perdida, de las fuertes convulsiones, de la boca abierta”. Anota en una doble página negra, donde también puede leerse el catálogo de síntomas que padece: “No veo nada. No siento nada. No puedo oír. No hay nadie. No puedo hablar. Estoy perdida. Como una pequeña muerte”. Élodie Durand cita una frase de Buñuel, que define el espíritu de su obra: “"Nuestra memoria es nuestra coherencia, nuestra razón, nuestra acción y nuestro sentimiento. Sin ella no somos nada".

El neurólogo le confirmó que padecía epilepsia; más tarde, le dirían que tenía un tumor –en principio “no operable”: luego será intervenida en Marsella, con muchos riesgos- en el cerebro que le afectaba a la zona del lenguaje y de la memoria. En este proceso, durísimo, desarbolada por completo por su dolencia, Élodie, que en la ficción se llama Judith, asistía con extrañamiento y perplejidad a su paulatina destrucción: perdió la autonomía, no recordaba lo que acababa de hacer, se sentía incómoda con los médicos, no quería ver a nadie, y a la vez realizaba una serie de dibujos casi a vuela pluma que reflejaban su desconcierto: son dibujos goyescos y grotescos, son sombras, son monstruos, son líneas informes que van y vienen y que definen su estado. Son las imágenes que viajaban por su cabeza malherida, acaso un diálogo con sus propios fantasmas.

El libro narra, en primera persona, una demolición. Es el relato del dolor, del desconcierto: una mujer joven, de veinte años, talentosa, se queda sin recuerdos, no conoce lo que ve, ni siquiera a sus padres prácticamente. Y todo ello, esa suerte de viaje a los infiernos de la enfermedad, se cuenta de un modo directo: en primera persona, a través de lo que siente, y a través de lo que han contado sus padres, que tienen voz en la obra. Este es un libro sobre el poder de la memoria, sobre la fragilidad de la materia química con la que estamos hechos, sobre el océano infinito de misterios que es el cerebro.

Así contado puede parecer que estamos ante un cómic terrible. Casi insoportable. Nada más lejos. Estremecedor, sí, emocionante, intenso. ‘El paréntesis’ es un libro aleccionador, terapéutico, esperanzado, el testimonio de una pugna contra lo inesperado y el desamparo. Es la crónica de una esperanza y es una lección de cómo sobreponerse a la angustia. Avanzo tan solo algo más: Judith se trasladará a Belleville y se planteará cantar en un coro, bailar salsa, e incluso se preguntará si podrá tener hijos y utilizar preservativos. ‘El paréntesis’ es uno de esos libros que nos afectan a todos: en cualquier instante, sin percatarnos siquiera, nos asomamos al abismo del dolor y de la enfermedad. “Lo más duro para mí fue la dificultad de aceptar mi enfermedad y comprender que había estado enferma”, dice. Al fin y al cabo,  Recibió el Premio Revelación de Angulema 2011 y fue el Premio BD de los lectores de ‘Liberation’.

 

El paréntesis. Élodie Durand. Traducción de María Serna. Sins Entido. Madrid, 2011. 222 páginas. [Estas dos imágenes las he tomado del blog El cine de Ultramundo.]

'CÓMPLICES' DE PEYROTAU & SEDILES

La turbulenta belleza de Peyrotau & Sediles

 

El dúo de fotógrafos presenta una veintena de fotos de sus diez años de historia y una selección de sus vídeos en el Museo Camón Aznar en ‘Cómplices’, marcadas por la impacto visual y la ambigüedad

 

 

Peyrotau & Sediles son Aránzazu Peyrotau (Barcelona, 1975) y Antonio Sediles (Zaragoza, 1975) y trabajan en equipo, en busca de una imagen propia y de sus conceptos, desde hace una década. Desde 2000, proyecto a proyecto, siempre les ha interesado mucho la energía visual: la elaboración de una imagen poderosa y ambigua que puede ser observada desde distintos prismas. La fotografía de Peyrotau & Sediles es y no es narrativa, es clásica y moderna a la vez, es emocionante y turbadora, remite a la pintura y a la propia fotografía, y está vinculada a la exaltación de la sublime y a ciertas esferas de la marginalidad.

En un principio, podría decirse que han estado muy interesados en lo que se llamaría fotos de tribus urbanas, a la manera de Miguel Trillo, en cierto modo, como se ve en piezas como ‘Aura’ (2001) y ‘None’ (2001), que integran la exposición de fotos y de videoinstalaciones que ahora se expone en el MICAZ bajo el título de ‘Cómplices’. A esta serie, algo más evolucionada, podrían pertenecer ‘Zatu’ (2004) y ‘Frank T’ (2004), que parece dialogar en cierto modo con la obra del norteamericano Andrés Serrano.

Poco a poco, fueron evolucionando hacia una fotografía de sustrato barroco, vinculada al mundo del piercing, del rocanrol y del desnudo, de un retrato directo y a la vez complejo, como sucede con dos obras tan poderosas como ‘Anita’ (2007) y ‘Muriel’ (2007). La primera remite a un mundo de tatuajes y cadenas, y la segunda ofrece una compleja psicología, acaso una herida psicológica, de una mujer que es retratada con una serpiente. Y ahí, en ese universo de demoliciones y de sueños, parecen encontrarse con Alberto García-Alix.

En el camino de búsqueda de la depuración expresiva apostaron por la serie ‘Enmascarado’: esos rostros y máscaras de lucha libre esculpidos por la luz sobre un fondo negro. Peyrotau & Sediles fijaban el foco en la sombra de los ojos, casi ojos acuosos y alucinados, y en el brillo de las caretas: creaban una atmósfera de soledad y turbación, de concentración y vigilancia. Esos rostros plantean un interrogante para el espectador: le preguntan sobre el vacío, el combate, el arte de mirar. Más que preguntarle, le muestran el estupor de existir peligrosamente.

Ese desarrollo tenebrista, vinculado a Ribera y Caravaggio, y tal vez al fotógrafo francés Pierre Gonnord, alcanza su máxima expresividad y elocuencia visual en piezas como ‘Delatus’ (200), que tiene mucho de ‘vanitas’ barroca’, como ‘Obumbrata’, esa mujer embarazada con sombrero que muestra el perfil de su barriga, y con ‘Lux’ (2009), que quizá sea una de las imágenes más puras y sugerentes que ha realizado hasta ahora el dúo. ‘Lux’ es una obra de de aroma veneciano, casi carnavalesco, con dos fogonazos de luz en medio de la noche y del negro: los ojos azules y el óvalo de la frente y la cara. Y otra obra muy medida, casi una lección del equilibro de la fotografía en color, es ‘Kiss me… Kill me’ (2008), que subraya cualidades constantes de la producción de estos fotógrafos: la ambigüedad, el amor y la muerte, la delicadeza y la agresividad, la sugestión y la turbulencia.

Ahora, trabajan en una nueva serie temática: ‘La leyenda de Ausare’, de la que ofrecen tres piezas de sesgo minimalista que recrea una leyenda china extendida en Japón. La muestra se completa con varios videocreaciones que tienen un hilo conductor: el ojo que mira, el ojo que nos ve, el ojo que se abre casi sin parpadear y que muestra una especie de corazón delator dentro. El ojo del cíclope. Es el ojo de Luis Buñuel, el ojo que mira los rascacielos (alguna imagen hace pensar en Berenice Abbott), es el ojo que atemoriza y palidece. ‘Cómplices’ también deja flotando en el aire: ¿cómo serán las nuevas imágenes de Peyrotau y Sediles? ¿Qué caminos buscarán estos artistas, intensos, melancólicos en ocasiones, que conviven con el miedo, con la belleza, con la rabia, con el claroscuro y con los gritos del silencio?

 

Cómplices. Peyrotau & Sediles. Museo Ibercaja Camón Aznar. MICAZ. Hasta el 31 de agosto.

ADELINO LYON DE CASTRO Y SU MUNDO

Adelino Lyon de Castro nació en Lisboa en 1910 y falleció en 1953, a los 43 años. Fue una figura importante en la cultura portuguesa; fundó, con su hermano Francisco, las Publicaciones Europa-América. Tras finalizar la Segunda Guerra Mundial se volcó con la fotografía, dentro de una estética claramente humanista, que retomaba el neorrealismo y la preocupación por los marginados y la justicia social. Hace poco fue objeto de una gran exposición en Lisboa, centrada en sus últimos ocho años de vida. Ha dejado un legado de más de 3.500 fotos.

UN POEMA PARA CRISTINA GIL IMAZ

UN POEMA PARA CRISTINA GIL IMAZ

[La artista digital, pintora y grabadora y poeta Pilar Catalán Lázaro me envía este poema sobre Cristina Gil Imaz (Tudela, 1957-Zaragoza, 2011) con la siguiente nota: “He pasado  las últimas horas con mi amiga y compañera de actividades artísticas Cristina Gil Imaz y desde el afecto he escrito este poema. Deseo que pueda llegar a los que la querían y admiraban…"]

 

 

A MI AMIGA CRISTINA GIL IMAZ

 

Por Pilar CATALÁN LÁZARO

 

Amazona  de  vientos,  huracanes  bordados.

Guerrera  que  llegaste  en  buques  de  los  cielos

Cascada  de  unicornios,  libertades que faltan

 Dos  lunas  que  sangraban  en  terciopelos  negros.

Escuché  sus  palabras   pronunciadas  al  alba

Respeté  su  corona  tallada  de  tormentos

Su  cuerpo  con   aromas  de  frutos  limoneros

Saciaron  las  penumbras  de  huecos  en  silencio.

Los  arcos  se  hermanaron  para  iniciar  el  viaje

Curtida  su  piel  suave  traspasaron  el  tiempo

Y  en  las  diagonales  de  senderos  activos

Encontraron  patrones  y  saltaron  el  miedo

Los  caballos  salvajes  le prestaron  aliento

Las hierbas  más  pequeñas  le  sirvieron  de  lecho

Y la concupiscencia  de las cigüeñas blancas

Sirvieron  de  vestido  a la dama   de  invierno.

 

*Es una obra de Cristina Gil Imaz, que pertenecía a su serie de 'Ciudades imaginarias'. Cuelgo aquí el artículo que le dediqué el domingo a modo de complemento por si a alguien quisiera conocer más cosas de Cristina.

Adiós, Cristina, adiós

 

[Artista e historiadora del arte, era la directora del Museo Pablo Gargallo y alternaba su pasión por el grabado con la escultura, el interiorismo y el diseño de joyas]

 

Cristina Gil Imaz (Tudela, 1957-Zaragoza, 2011) estaba muy unida a Pablo Gargallo y a su museo, del que era directora desde hacía más de veinte años: tenía la sensación de que era un gran creador y un artista intemporal, clásico y moderno a la vez, que transmitía serenidad y que acariciaba con sus esculturas. En el palacio de los Argillo se sentía muy a gusto: disfrutaba, soñaba y trabajaba con una indecible sensación de felicidad. Pablo Gargallo era uno de sus amores y un estímulo constante.

Cristina Gil Imaz siempre fue una mujer sincera, directa, nada preocupada por lo “políticamente correcto” y, en apariencia al menos, segura de sí misma y de sus creaciones. Decía: “Desde muy joven he tenido habilidad en las manos. El grabado es un trabajo eminentemente manual, de barnices, de línea, de tintas”. Además, sentía una gran curiosidad por los artistas y su universo de creación.  Estudió Filosofía y Letras y poco a poco se inclinó hacia otras disciplinas como el diseño industrial y gráfico, el interiorismo, el escaparatismo y la construcción. Uno de sus últimos proyectos, en esta dirección, fue la coordinación del libro colectivo ‘Casas’.

De la mano de Maite Ubide llegó al grabado, que fue toda una revelación para ella: lo aprendió, lo ejecutó y analizó el mundo de los grabadores en libros como ‘El grabado zaragozano actual’ (IFC), que era un resumen de su tesis doctoral, o ‘El mundo escénico de Natalio Bayo’ (Oroel), al que se sumaron otros trabajos sobre su admirado Manuel Lahoz, a quien consideró el mejor grabador aragonés después de Francisco de Goya, sobre Antonio Fernández Molina, Mariano Rubio, Alejandro Cañada o la citada Maite Ubide, “que ha sido mi maestra y la mujer que también me enseñó a aprender sola”. Le gustaba definirse, en este contexto, como “una apasionada del grabado –decía-. A mí me fascina el grabado porque requiere esfuerzo, concentración, y todo lo que significa esfuerzo conduce a un resultado meditado y, por lo regular, muy positivo. Me compensa”.

Crisitna Gil Imaz siempre estaba en el camino. Era hiperactiva y a la vez le gustaba la soledad del estudio, necesitaba hallar un refugio, un cuarto propio. Coordinó exposiciones, lideró proyectos colectivos y realizó numerosas muestras de grabado y pintura, de joyas, de escultura. Entre sus series figurativas y abstractas, de diferentes técnicas, figuran ‘Las ciudades imaginarias’, ‘El Apocalipsis’’, ‘El cantar de los cantares’, ‘Gargantúa y Pantagruel’ o ‘Naturalmente’. En los últimos tiempos había presentado sus diseños de joyas, en oro y plata. Hace algo más de un año se le descubrió un cáncer: lo sobrellevó, hasta ayer, con entereza y elegancia sin perder la atracción por la vida y por el arte.   

AVA GARDNER EN 'LA VENTANA'

ELIO  BERHANYER Y AVA GARDNER EN ‘LA VENTANA’

Se me había caducado el carné de conducir y he ido a Tráfico. Estuve con Fernando Salvador: tomamos café, conversamos, paseamos por el parque. Después de probar mi escasa habilidad, y de verificar que veo mal del ojo izquierdo, fui a comer al restaurante Germán con José María Gómez, Cuchi, y con Alfredo Castellón, que me recordó que había escrito el guión de ‘Una historia de amor’ de Jorge Grau, con Simón Andreu, Serena Vergano y Teresa Gimpera en quince días. También estuvimos en Los Portadores: allí compré una pequeña monografía de María Moliner. De vuelta a casa, mientras el viento azotaba el vendaval, combinaba a Janis Joplin con ‘La Ventana’ con Marta González Novo, que lo hace muy bien. Oí una entrevista con Elio Berhanyer, el modisto cordobés nacido en 1929 y gran amigo de Antonio Gala (“lo definió como su mejor amigo”): Elio contó sus amistad con Ava Gardner, cuando ella vivía en el Ritz, iban todas las noches a escuchar flamenco al Zambra; luego ella se trasladó al ático del Hilton y lo recibía por la mañana en su casa a las seis, cuando rodaba ’55 días en Pekín’ de Nicholas Ray, con Charlton Heston: dijo Elio que Ava se levantaba completamente desnuda, con una resaca importante que intenta curar o aliviar con una copa de ginebra. Hacían las pruebas de vestuario y se marchaba al set, “siempre llegaba tarde, claro”. Elio dijo que era la mujer más bella que había visto nunca, que siempre se levantaba con una belleza radiante. También dijo que dos de las mujeres más elegantes que había vestido jamás habían sido la reina Sofía y la condesa de Romanones, y que el cuerpo más hermoso que ha tenido entre sus manos y sus telas ha sido el de Cyd Charisse, la bailarina y actriz de las piernas interminables. Marta González Novo, acompañada de Pedro Mansilla, le agradeció las historias y la porción de glamur que había traído a ‘La Ventana’.

 

*En las fotos, portada de 'Una historia de amor', Serena Vergano y Paco Rabal, Teresa gimpera, y varias instantáneas de Ava Gardner.

 

PARA JOSÉ-CARLOS MAINER...

Elogio de la sabiduría y del magisterio

de Mainer, un historiador de la cultura

 

-‘Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje’ (La Veleta) es un homenaje al ensayista, editor y Catedrático de Literatura Española

 

-Autores como Caballero Bonald, Francisco Ayala, Javier Cercas, Borau o Martínez de Pisón, entre otros, ensalzan la trayectoria de este “racionalista ilustrado”

 

José Carlos Mainer Baqué (Zaragoza, 1944), ensayista, Premio de las Letras Aragonesas 2002 y Catedrático de Literatura Española en la Universidad de Zaragoza, protagoniza ‘Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje’ (La Veleta. Granada, 2011), un volumen de cuarenta y nueve autores que nace de “una idea de Andrés Trapiello a la que se sumó Jordi Gracia y de la que yo no quise saber nada de la gestación y desarrollo”.

José-Carlos Mainer, que se confiesa muy pudoroso y reconoce que su tendencia natural “es el racionalismo ilustrado”, es el destinatario de numerosos elogios: el poeta Luis García Montero lo define como “un bien público, un patrimonio social, en el panorama de la cultura española contemporánea” y le agradece que haya tenido “los ojos abiertos a la poesía”; el historiador Santos Juliá lo compara con George Steiner y dice que “siempre se disfruta cuando uno se trae entre manos algún trabajo suyo, en el que nada sobra, en el que nada falta”.

Guillermo Fatás, uno de sus mejores amigos y ex director de HERALDO, lo define como “un exportador de Hispanismo”; el narrador, crítico y ex editor José María Guelbenzu lo califica como un sociólogo con gusto literario y un moralista; y el experto en cine Román Gubern, algo mayor que Mainer, se confiesa discípulo suyo “a la hora de exponer el imaginario literario español”.

Los méritos abundan en esta colección de trabajos que ahondan en la riqueza de matices de un ensayista complejo que ha escrito más de una veintena de libros. Javier Cercas se declara “mainerista” y lo retrata así: “Además de un historiador literario –su vocación o su disciplina más evidente-, Mainer es un historiador de la cultura. Y un crítico literario de verdad, no un reseñista”; Cercas añade otro matiz, en el que coinciden otros: “Como un auténtico escritor, Mainer se pelea por la palabra justa e indaga en el giro inesperado y revelador, el matiz que entrega un significado nuevo, como si supiera que en literatura –y la crítica literaria es una forma de literatura- la verdad es únicamente una cuestión de estilo”.

Elogios al margen, el volumen repasa las distintas etapas del autor, desde sus años en Zaragoza, glosados por Jordi Amat, que alude a “las destartaladas aulas de (…) los Escolapios…”, y Alberto Blecua, que lo evoca en las inmediaciones de la plaza de Salamero. Otros  recuerdan sus años en Barcelona, como su profesor Martín de Riquer –“era por aquel entonces un joven más bien delgado y la tez bastante blanca. Era listo y de los que no dudaban de intervenir en clase. Tenía un tono de voz grave y un verbo reposado y ajustado”, dice-, como Fernando Valls, que efectúa todo un paseo por los libros y los autores y la sensibilidad que les animaba en los años 70 y 80, o como Arcadi Espada, etc. Se incluyen auténticos relatos como el viaje en tren que narra el propio Trapiello, hablando de poesía, textos sobre la amistad y la complicidad, como el que Francisco Ayala escribió por boca y pluma de su mujer Carolyn Richmond, y por haber hasta hay peticiones explícitas como la de Elías Díaz, en un texto que él mismo define como provocador y polemista, que propone a la Real Academia Española que reciba en su seno a José-Carlos Mainer, “el sabio catedrático, magnífico docente, escritor y riguroso investigador”.

Hay notable presencia aragonesa: además de Blecua y Fatás, figuran José Luis Borau, deslumbrado por la erudición de su paisano una noche en la Residencia de Estudiantes; José Luis Melero, que lamenta que “prácticamente ninguno de los escritores zaragozanos en torno a los cincuenta años (….) o los un poco más jóvenes (…) han gozado del privilegio que para todos hubiera significado el trato habitual y permanente con Mainer” y a la vez le confiesa su admiración; Martínez de Pisón, que dice que “lo suyo era auténtica generosidad intelectual, la generosidad de un hombre sabio que quiere hacer más sabios a los demás”; Juan Marqués, que reconoce su magisterio y firma, con Julio José Ordovás, una entrevista totalizadora. Y el poeta Rosendo Tello le dedica su poema ‘Serena plenitud’, un texto que se suma a otras poesías de Eloy Sánchez Rosillo, Caballero Bonald, Jon Juaristi, Luis Muñoz y Francisco Rico.

El propio, autor de ‘La Edad de Plata’ o ‘La escritura desatada’, se autorretrata para HERALDO: “Soy un historiador de la literatura que ha trabajado bastante y se lo ha pasado bien haciéndolo, que jamás ha escrito un artículo o un libro del que no haya tenido la íntima convicción de su necesidad, que he procurado manufacturar esos trabajos con cierto decoro estilístico y que como docente puedo ser pedante y exigente (además de ‘distante’) pero nunca campanudo ni demagogo”.

 

 

EL ECO DE ‘LA EDAD DE PLATA’

 

Una de las anécdotas más graciosas del libro ‘Para Mainer…’ la narra Juan José Millás. Le pidió al ensayista y a la modelo y actriz Martina Klein que presentasen su novela ‘Laura y Julio’. Recuerda Millás que el acto fue u éxito, pero “Mainer no habló bien de mi novela ni tampoco mal. Esa noche, en la cama, recordando sus palabras, tuve una intuición de lo que era la verdadera inteligencia, el talento auténtico, la sinceridad perspicaz, y me dormí pensando que lo admiraba, o sea, que me parecía un maestro en el sentido antiguo y más noble del término”. El libro más citado de José-Carlos  Mainer -editor de Gómez de la Serna o de Pío Baroja (de quien ultima una biografía), entre otros- es ‘La Edad de Plata’, considerado un clásico por Juan Manuel Bonet, y “el relato más coherente, incitador y perspicaz de la cultura española anterior a la guerra”, según Javier Cercas.

 

LA FICHA

Para Mainer de sus amigos y compañeros de viaje. Idea y Coordinación: Andrés Trapiello y Jordi Gracia. Varios Autores, 49: Francisco Ayala y Carolyn Richmond, Martín de Riquer, Emilio Lledó, José Luis Borau, Martínez Sarrión, Rosendo Tello, Francisco Rico, Santos Juliá, Manuel Gutiérrez Aragón, Guillermo Fatás, I. Martínez de Pisón, José Luis Melero, Andrés Trapiello, Arcadi Espada, Javier Cercas, Guillermo Carnero... Granada, 2011. 288 páginas.

 

 

MIROSLAV TICHÝ EN VALLADOLID

 

 

Mañana jueves día 14 de julio se inaugura en la Sala Municipal de Exposiciones San Benito de Valladolid de Valladolid la exposición “MIROSLAV TICHÝ. Retrospectiva”, formada por más de un centenar de obras este gran creador fallecido en el pasado mes de abril. Las exposiciones de Miroslav Tichý han llegado a centros prestigiosos como el Georges Pompidou de París, el Museo de Arte Moderno de Frankfurt, International Center of Photography de Nueva York,  o el Kunsthaus de Zurich. La exposición se presenta con la colaboración de la fundación Tichý Ocean, cuyo presidente Roman Buxbaum, asistirá a la presentación

Tichý es un fotógrafo que ha permanecido toda su vida en el más absoluto anonimato, y no por ignorancia del mundo hacia su obra, sino porque él mismo ha ignorado al mundo. Tichý es una leyenda de otro tiempo, un hombre que ha renunciado a cualquier aspecto consumista del arte e incluso al consumismo en general. Este afán por mantenerse al margen ha llevado al artista a fabricar él mismo su material fotográfico a base de objetos reciclados de la calle y la basura. Estas cámaras – que también podrán verse en la exposición- realizadas con botellas, cajas de cartón, latas y otras piezas similares, captan imágenes imprecisas, sobreexpuestas o con falta de exposición. Un detalle definitivo que forma parte de su obra y del que podemos ver muestras en la exposición.

Nunca antes como en el  caso de Miroslav Tichy había sido tan difícil definir al hombre y al artista. Un personaje complejo, sobre todo inaccesible, que refleja en su poética la complejidad de su ser. Tichy irrumpe en los altares de la historia de la fotografía recientemente; antes había sido sólo una simple atracción local en el pequeño pueblo de Kyjov (Moravia), su pueblo natal, hasta que, en 2004, el eminente comisario Harald Szeemann decidiera exponer una selección de sus fotografías en el contexto de la Bienal de Sevilla. La recuperación de gran parte de su archivo personal se debe a Roman Buxbaum, nieto de sus vecinos de casa y amigos, que se refugió en Suiza durante el periodo de las purgas soviéticas, después de la Primavera de Praga.

El trabajo de Tichy es fruto de un ritual obsesivo y mecánico que, en los años en los que escoge la fotografía como su medio de expresión privilegiado - entre los años ‘60 y ‘80-, se repetía diariamente: el artista recorría las calles Kyjov por el mismo periodo de tiempo, disparando siempre tres rollos cada día realizando un total de 108 imágenes. Tichy no tenía un itinerario preciso: vagaba por la ciudad y sus encuentros eran totalmente imprevistos y casuales.

Mirando sus fotos se tiene la impresión de asistir a la proyección de una película muda de principios del siglo pasado. Las escenas están siempre tomadas en las calles de Kyjov e indagan en algunos espacios en particular –la piscina municipal, el parque público, las tiendas del centro– y las protagonistas indiscutidas son las mujeres, retratadas durante el desarrollo de sus tareas cotidianas o en momentos de diversión. El director es Tichy que, con sus cámaras construidas con materiales de reciclaje (cajas de zapatos, latas, elásticos de vestidos, rollos de papel higiénico y paquetes de cigarrillos), imprime sobre película momentos de cotidianidad.

Tichy fotografiaba sus sujetos sin que se dieran cuenta, disparando a la altura de la cintura, sin mirar nunca por el visor y evitando el contacto visual directo con las mujeres a las que retrataba; además a menudo aparecen en sus fotografías elementos que señalan la distancia entre el observador y el sujeto retratado (una malla de hierro, las ramas de un árbol), y por último sucedía que quien se daba cuenta que estaba realizando fotografías, le dejaba hacer porqué nunca podía imaginar que una cámara de aquel tipo pudiese funcionar de verdad!

Tichý busca la belleza más cercana mediante un cierto erotismo casi inocente y una óptica erosionada que le ofrecen sus cámaras elaboradas con desperdicios. La técnica de Tichý no es la de un retratista al uso. Sus imágenes están formadas por figuras borrosas que en ocasiones parecen salir de los delirios de un sueño, más cercanas a una pintura -su verdadera vocación que no pudo ejercer con libertad- que a la fotografía.

 

MIROSLAV TICHÝ

 

Miroslav Tichy nació en 1926 en un pequeño pueblo de Moravia (República Checa), región en la que ha vivido la mayor parte de su vida. Demostrando ya desde niño un interés por las artes y un talento visual especial, era natural que en 1945 se inscribiera en la Academia de Bellas artes de Praga. Después de que el Partido Comunista de Checoslovaquia llegara al poder, en la Academia tuvieron lugar cambios dramáticos; Tichy abandonó los estudios y realizó el servicio militar obligatorio hasta 1950. Parece que fue en este momento que comenzó a tener problemas con las autoridades debido a su carácter rebelde y desafiante.

A finales de los años 50 abandonó la pintura y desde finales de los ‘60 comenzó a realizar fotografías principalmente a mujeres locales, algunas realizadas con cámaras hechas a mano. En estos mismos años, debido a su estilo de vida, su pelo largo y su abrigo, fue acusado de ser un disidente político y se convirtió en un objetivo prioritario de la policía: fue arrestado en 1966 y después fue trasladado a una clínica.

La primera exposición de Tichy tuvo lugar en 1956 en el hospital Kyjov, pero el paso desde el espacio de su estudio semi-privado a un espacio de exhibición pública fue traumático para él. Por tanto, Tichy decidió que no quería tener nada más que ver con las exposiciones (la siguiente tuvo lugar en 2006) y que habría vivido y trabajado sólo para sí mismo. Cesó de viajar y empezó a ir a todas partes a pie; gran parte de su enorme obra fue creada a poca distancia de su casa. Tichy murió el 12 de abril de 2011 en Kyjov.

La exposición permanecerá abierta hasta el 28 de agosto. [Este texto de la promoción de prensa de la propia muestra.]