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Antón Castro

FERNANDO ARAMBURU: UN CUENTO

CHAVALES CON GORRA

 

Por Fernando ARAMBURU.*

De ‘El vigilante del fiordo’ (Tusquets. Colección Andanzas)

 

La luz de la mañana entra a raudales en la habitación donde él acaba de descorrer la cortina. Inmóvil en la cama, la mujer no lo advierte porque duerme como de costumbre con antifaz. Llegaron anoche, tarde. El lugar (dieciocho mil habitantes según el prospecto que reposa sobre la mesilla) no tiene el renombre turístico de otras ciudades repartidas a lo largo del mismo litoral. Por eso lo eligieron sobre un mapa cuando tomaron la decisión de marcharse a toda prisa de Málaga.

-Josemari, si aquí no podemos escondernos -dijo la mujer cuando subían en el ascensor-, entonces ya me dirás dónde como no sea en un país extranjero.

Desde la ventana se abarca un paisaje de fachadas blancas y azoteas y antenas de televisión y alguna que otra silueta de palmera. Las casas ocultan la playa al fondo, no así una delgada franja de mar. Enfrente, al otro lado de la calle, hay un tanatorio. Se ven dos coches fúnebres aparcados junto a una hilera de adelfas.

Una hora antes ha bajado él solo a desayunar. Mientras comunicaba el número de su habitación a la chica con traje de chaqueta encargada de tomar nota de los que van llegando, ha oído voces y risas juveniles procedentes del comedor. Con mal disimulada inquietud ha dicho entonces que debía efectuar una llamada urgente y que enseguida volvería, pero no ha vuelto.

Lleva largo rato esperando que a su mujer se le pase el efecto del somnífero. En el mueble-bar había dos chocolatinas y una bolsa de almendras saladas. Eso ha desayunado, acompañándolo con unos tragos de agua mineral. El mueble-bar no refresca lo suficiente. Y luego ha bebido un botellín de coñac a pequeños sorbos, ya que no tiene hábito de tomar alcohol por las mañanas.

Vacío el botellín, ha escrito en el pequeño Moleskine que le trajo su hijo una vez de Londres: “El padre, que en paz descanse, se revolverá en la tumba si se entera de que planeo deshacerme del taller de maquinaria. Se acaba una tradición, pero yo entiendo que con sesenta y tres años aún es pronto para que me manden a criar malvas. Que también se sepa esto en caso de que esos me encuentren”.

El día que dejaron Alicante para probar fortuna en Málaga, ella sugirió la idea de establecerse durante una temporada en Londres.

-Hasta que nos olviden.

-¿Esos, olvidar? Ya lo dudo. Además, no creo que a nuestra nuera le hiciese mucha gracia cargar otra vez con nosotros.

-De carga, nada, Josemari. Ventajas económicas no les han faltado. Tampoco tenemos que meternos en su casa si con su ayuda encontramos un piso de alquiler.

-Bien. Sin embargo, vamos a mirar primero en Málaga. Es una ciudad grande. A lo mejor hay suerte.

El tanatorio linda con una plazuela cuyo suelo, desde la ventana del quinto piso, parece arenoso. En la plazuela hay un anciano de tez morena sentado en un banco. Sobre él vierte su sombra una palmera de la que cuelgan racimos de dátiles. Cerca del viejo, tres niñas de pocos años juegan a la comba. En otro banco conversan dos mujeres jóvenes, cada una con su cochecito de bebé.

Anota en el Moleskine: “Tranquilidad, por el momento”.

Minutos más tarde, la mujer se despierta. Al despojarse del antifaz, se percata de la presencia del marido junto a la ventana y le pregunta sonriente:

-¿Qué, algún chaval con gorra?

-Tiene buena pinta este sitio. Hay mucha luz. Hay mar y palmeras. Estaba pensando si abrir un hotelito de lujo como dijiste el otro día. Así andaríamos entretenidos. No más de veinte camas. Y mandar todo lo demás a la mierda. Lo podríamos poner a tu nombre por si las moscas. Y luego que lo atienda media docena de empleados, ninguno de fuera de Andalucía, y nosotros nos mantenemos un poco en la sombra, ¿eh?

La mujer se desviste antes de entrar en el cuarto de baño. Una cicatriz ocupa el lugar donde antes hubo un pecho. Lo peor del tratamiento ya pasó. El doctor Arbulu le aseguró durante la última visita que en principio, salvo que se produjera alguna improbable complicación, está curada. El marido sospecha que por el camino de la clínica debieron de echarle el ojo y luego ya fue pan comido seguirla hasta Alicante.

Sale humo blanco por la chimenea del tanatorio aunque es domingo.

Escribe: “Habrá que hacer caso a Maite. Si aquí tampoco hay suelo para echar raíces nos iremos al extranjero”.

Por la acera que bordea el tanatorio camina un chaval de rasgos gitanos, melena hasta los hombros, manos hundidas en los bolsillos del pantalón. En ningún momento vuelve la mirada hacia el hotel. Sus pasos son largos y rápidos. Buena señal. Otro tanto se puede afirmar de las botas de cuero. Hay que ser de la zona para calzarse de semejante manera. Con el calor que hace. El chaval saluda al viejo de la plazuela sin detenerse. El viejo le corresponde con una leve sacudida del bastón.

Suena el agua de la ducha y él escribe: “Al padre le dolería. Hay que aguantar, hijo. Hay que aguantar como yo aguanté durante la guerra y los años de penuria. Es lo que siempre decía. Pero los suyos fueron otros tiempos. Yo no puedo sostener la empresa a mil kilómetros de distancia. Si no estás encima te la hunden. Los camiones, bueno, esos los vendo, y si me vuelve a dar por el transporte me compro otros y reabro la empresa en Sevilla. Con nombre nuevo, faltaría más. Pues igual es por el padre que aún no me he largado al extranjero. Que se sepa”.

Una hora después bajan a la calle. Ella usa un sujetador especial, provisto de un relleno de gomaespuma que le permite disimular la falta de un pecho. Los dos ocultan la cara tras sendas gafas de sol.

-En cuanto veamos una iglesia –dice ella- nos paramos a mirar si hay un tablón con el horario de misas.

Nada más salir a la calle, él señala con un golpe de barbilla hacia el tanatorio.

-Incineran en domingo.

-¿Y tú cómo lo sabes?

-Joé, ¿no ves el humo?

-Bueno, Josemari, cambia de tema. ¿Izquierda o derecha? ¿Para dónde tiramos?

-El mar tiene que estar por ahí.

Cruzan la calzada cogidos del brazo. Esta costumbre les viene de cuando eran novios, hace ya muchos años. Últimamente, desde la tarde en que tuvieron que abandonar la casa, ya no la practican tanto. Quizá los ha impulsado a recobrarla la necesidad de sentirse unidos en un sitio nuevo, poblado de caras desconocidas.

Maite, al principio, estaba convencida de que a su marido el miedo lo llevaba a imaginarse un fantasma en cada esquina. Iban paseando por las calles de Alicante o de Málaga, y podía suceder que él dijera de repente:

-Vuélvete con disimulo. Verás dos chavales parados junto al semáforo. ¿Los ves?

-Veo mucha gente, Josemari.

-Los de las gorras. No sé a ti, pero a mí me dan mala espina.

Maite no hacía mucho caso de los temores de su marido hasta el día aquel, en el piso alquilado, cuando sonó el teléfono a las tres y media de la madrugada y una voz confusa y medio susurrante dijo unas cosas raras sobre un perro y unos cartuchos y algo de ir a cazar. Maite había llegado en tren por la tarde a Alicante. Venía contenta por todo lo que le había dicho el doctor Arbulu, pero la debieron de seguir. ¿Quién sino alguno de ellos podía llamar a esas horas con la excusa de preguntar por un perro?

Él no abrigaba la menor duda.

-Nos han encontrado.

-Vamos, Josemari. ¿Cómo saben que vivimos aquí?

-¿Que cómo lo saben? Ni idea. Pero para mí está claro que esa manera de pronunciar las eses no es propia de alicantinos. El tío que ha llamado era de ellos. Mañana a primera hora anunciaré que no firmo el contrato. Ya se me ocurrirá alguna explicación. Nos vamos de la ciudad cuanto antes.

Atraviesan un barrio de calles estrechas, con casas bajas de paredes blancas, ventanas enrejadas y balcones adornados con geranios. Aquí y allá, corros de vecinos conversan sentados en sillas, junto a las puertas, y cuando ellos se acercan bajan la voz. También los niños interrumpen sus juegos para fijar la mirada en la extraña pareja. Josemari, al doblar una esquina, le susurra a Maite que toda esa gente de tez morena debe de tomarlos por extraterrestres. Al pasar inclinan la cabeza apocados, pues les da corte sentirse objeto de tanta curiosidad. Así y todo, algo han de hacer porque tampoco quieren levantar suspicacias. Algunas personas les responden con fórmulas de saludo a las que ellos no están acostumbrados:

-Vayan ustedes con Dios –y frases por el estilo.

Trancurrido un cuarto de hora, llegan al paseo marítimo por un callejón en cuesta donde trasciende un fuerte olor a calamares fritos. Por la ventana abierta de un piso alto sale la voz cantarina de una mujer. Hay un gato mugriento mordisqueando una cabeza de pescado sobre un alféizar.

A la vista del mar, a Josemari le toma una acometida de desánimo, como en Alicante, como en Málaga.

-No es lo mismo.

-Agua y olas, Josemari.

-El Mediterráneo, con todos mis respetos, no es lo que yo entiendo por mar. Un mar, lo que se dice un mar auténtico, es el nuestro con sus temporales y sus mareas vivas y sus acantilados. No se puede comparar.

-Y entonces esto ¿qué es?

-No sé, otra cosa. Un lago grande.

Y mientras Maite se dirige a los servicios de la cafetería en cuya terraza se han sentado a tomar el aperitivo, él escribe en el Moleskine: “Puedo acostumbrarme a todo, pero siempre echaré en falta el mar de mi tierra. El mar, el mío junto al que me crié, es fundamental en mi vida. Ahora me doy cuenta”.

Mastica otra aceituna rellena y añade: “Que conste que no tengo opiniones de pez”.

Luego se dedica a observar con detenimiento a los transeúntes que deambulan por delante de la terraza, sintiendo un pinchazo de aprensión cada vez que algún joven entra en su campo visual. Cree que en Málaga, el otro día, lo siguieron un chaval y una chavala, tocados los dos con gorras de visera. También pudo ser casualidad, ya que cuando cambió de calle y se refugió en una farmacia aquellos dos pasaron de largo como si nada. Después los siguió de lejos. Y en principio no encontró nada raro en ellos. Al día siguiente, yendo con Maite de paseo por el puerto, al darse la vuelta tras comprar el periódico en un quiosco los reconoció. O él se figura que los reconoció.

-Josemari, ¿estás seguro de que son los mismos?

-De las caras no me acuerdo exactamente, pero sí de las gorras y de que eran chico y chica como esos de ahí. A lo mejor se relevan, porque estos tipos, si algo saben hacer, aparte de joderle a uno la vida, es organizarse.

La camarera que les ha servido los aperitivos les explica ahora, con un cerrado acento andaluz, la forma más sencilla de llegar a una iglesia situada a unas cuantas calles de allí. Al enterarse del propósito de Maite, la chica tiene la amabilidad de llamar por teléfono móvil a su madre.

-No, pero si no es ninguna molestia.

Así pues, a la una se oficia una misa en la iglesia referida. Ahora son las doce y media pasadas. Maite y Josemari expresan su agradecimiento por medio de una propina generosa. Luego, cogidos nuevamente del brazo, se encaminan sin prisa hacia el lugar indicado. Por encima de una línea de azoteas avistan cinco minutos después la torre donde ya suena la campana.

Josemari se queda sentado en un banco de la calle, debajo de un limonero que le sirve de sombrilla. Maite trata de persuadirlo a que la acompañe diciéndole que en el interior de la iglesia habrá aire fresco.

-Aquí te vas a achicharrar.

-Aquí estoy bien.

La misa dura cerca de tres cuartos de hora. Poco más de dos docenas de fieles se reparten por las filas de bancos. Maite ha tomado asiento en el de la última fila y de vez en cuando echa una mirada a la puerta con la esperanza de ver entrar a Josemari. El cura es un anciano de voz cascada que habla en un tono monótono y ceceante. Las malas condiciones acústicas del templo apenas permiten que se le entienda. Pero, en fin, Maite ha cumplido con el rito, que es lo que a ella le importaba.

Al salir a la calle, se lleva un susto de muerte al encontrar vacío el banco donde Josemari había prometido esperarla. Mira a una parte, mira a la otra y no ve a nadie a quien preguntar por un hombre de camisa blanca y poco pelo en la cabeza que estaba aquí sentado hace un rato. En el centro del pecho se le forma un nudo doloroso que le dificulta la respiración y le recuerda las pasadas penalidades de su enfermedad. Los fieles que han asistido a la misa se alejan en distintas direcciones. Pronto se queda la calle desierta. En esto, Maite descubre el Moleskine de Josemari tirado en el suelo. Un mal augurio la colma de angustia cuando lee lo último que su marido ha escrito: “Las mismas gorras que en Málaga”. A Maite le falta poco para ponerse a gritar. Se dirige a la puerta más cercana con el propósito de que la ayuden a llamar a la policía. Entonces ve aparecer a Josemari por una esquina de la calle. Corre hacia él y, aún alarmada, le pregunta:

-¿Se puede saber dónde te has metido?

 

[Hace poco, durante una firma de libros en la Feria del Libro de Zaragoza, conocí y coincidí con Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959), que se licenció en Filología Hispánica en la Universidad de Zaragoza. Antes habíamos hablado por teléfono y nos habíamos intercambiado algunos correos y algunas cartas. Fernando acababa de presentar su último libro: ‘El vigilante del fiordo’ (Tusquets), cuyo primer cuento es este ‘Chavales con gorra’, que me envía. Fernando es un escritor estupendo y simpático que lleva muchos años, más de 25 tal vez, viviendo y trabajando en Alemania. En 2009 abandonó sus clases para centrarse única y exclusivamente en la escritura. Las dos fotos son de Lewis Hine.]

PIRINEOS SUR EN BORRADORES: LUIS CALVO, KLEZMER, RUSSIAN RED...

ESPECIAL PIRINEOS SUR, EN BORRADORES, A LAS 0.15

 

En las fotos, Luis Calvo, Mercedes Peón y Russian Red.

 

Borradores dedica esta medianoche, a partir de las 0.15 horas, un programa especial a Pirineos Sur, que alcanza su vigésima edición y que empieza esta misma semana. Su director Luis Calvo repasa los orígenes del festival, los solistas y los grupos que han pasado por allí, y analiza los distintos temas a los que se ha dedicado la programación. En 2011, se abordan ‘las tribus ibéricas’ y por Sallent y Lanuza pasarán Rubén Blades, Calamaro, Miguel Poveda, Manuel Tejuela, Eliseo Parra, Mercedes Peón, Zenet, Russian Red, Kroke y, entre otros, Trivium Klezmer.

Será precisamente el grupo oscense de música judía quien toque en directo en el programa dos temas: ‘Varshaver’s Freilach’ y ‘Clarinetango’ de su nuevo álbum ‘Klezmorim’. Juan Luis Royo, Manuel Franco y Jorge Ramón analizan su trayectoria y las músicas que funden los viajes y las tradiciones del pueblo judío (la música sefardí y ashkenazi), con el tango, el jazz, los sonidos mediterráneos y balcánicos, y el humor.

Además en Borradores se repasa el proyecto de convertir ‘El canto a la libertad’ de José Antonio Labordeta en himno oficial de Aragón, que ha cristalizado en una propuesta parlamentaria, y en un libro colectivo de evocaciones, de arte y música. Y se recuerda, entre otras cosas, la grabación en el seno de Pirineos Sur de un álbum de homenaje al cantautor como ‘Nueva visión’. También se ofrece un reportaje con Russian Red, el grupo de Lourdes Hernández, que actuará en Pirineos Sur y que acaba de presentar en Zaragoza su segundo álbum: ‘Fuerteventura’. El programa se completará con una visita a la exposición del escultor Baltasar Lobo (1990-1993) que se exhibe en el Paraninfo. Lobo se caracteriza por las esculturas sobre la maternidad, el desnudo de mujer y el clima de sensualidad y belleza.

NOTA. El programa ‘Borradores’, que se ha redifundido los sábados a las doce de la mañana hasta hace tres semanas que pasó a las diez y media de la mañana, no se emitirá los sábados por ajustes de continuidad de la cadena. Los que lo veíais los sábados, lo mejor es que lo grabéis o que esperéis a que esté colgado en el blog de borradores.blogia.com

ESPAÑA: LA GRAN VICTORIA

DIARIO DEL MUNDIAL // Óscar Tusquets dice que “todo es comparable”. También los futbolistas de España y Holanda: por eso aquí ofrecemos un retrato minucioso de los veintidós héroes de la final.

 

 

 

Once contra once:

quiénes son

y cómo juegan

 

Casillas-Sketelenburg. Iker Casillas es, en este momento, el mejor arquero del mundo. Sus dos rivales para ese título, Buffon y Julio César, cayeron pronto. Es un portero con grandes reflejos, elástico, concentrado. Empezó un tanto flojo, pero ha ido a más. Paró un penalti decisivo y ha tenido intervenciones espléndidas. Ha recuperado su carisma. Enfrente estará Sketelenburg, que no era el titular: su torneo, pese al gol de Forlán, es solvente. Va bien por arriba y se entiende con sus defensas.

Sergio Ramos-Van der Wiel. Son dos jugadores semejantes. El español posee una condición física admirable y algún que otro pájaro en la cabeza. Contra Alemania se portó como un auténtico extremo, capaz de arriesgar un regate, de disparar a gol y de acompañar el juego de los medios. Van der Wiel forma con Robben una banda muy peligrosa. Será el encargado de parar a Iniesta. Guardiola le ha echado el ojo para dar descanso a Dani Alves.

Piqué-Heitinga. Son los lanzadores de sus equipos desde atrás. Piqué ha sido comparado con Beckenbauer: es rápido, ágil, seguro y saca muy bien el balón. Posee un buen desplazamiento en largo. Heitinga no tiene su nivel, pero es la referencia defensiva de Holanda. Está irreconocible, si lo comparamos con su campaña en el Atlético de Madrid: toca bien el balón y busca a Van Bommel y a Sneijder.

Puyol-Matijsen. El español es un jugador vibrante, contundente, un ejemplo de entrega y de entusiasmo. Recuerda a Paco Gallego. Es el toro del equipo, un hurón de furia. Su gol ante Alemania lo define: Puyol todo corazón. Matijsen es correcto, va bien por alto, tiene experiencia y lleva años consolidado en esa posición. No es fino con la pelota, pero tampoco comete errores. Como Puyol, es expeditivo.

Capdevila-Van Bronckhorst. Experimentados, zurdos natos, con buen disparo, dispuestos a avanzar por el carril. Capdevila es un jugador sobrio, atento, capaz de centrar bien. Gio marcó uno de los goles más hermosos del Mundial. Es el capitán apacible y conciliador que está viviendo una segunda juventud.

Busquets-De Jong. Sergio Busquets ha dado constantes lecciones de veteranía y de colocación. Es el eje defensivo de España en la media. Protege, asiste, posee un estupendo juego en corto y en largo, y ejecuta como nadie la falta táctica. De Jong es un jugador oscuro y sacrificado, limitado de talento y poderoso en el despliegue.

Xabi Alonso-Van Bommel. Son dos jugadores muy distintos. Van Bommel es una referencia permanente: protestón, duro y bregador. Tiene llegada, sobre todo de cabeza. En su paso por España no sedujo a nadie; en Holanda es el recuperador, el jugador que está en todas las grescas. Los árbitros han sido condescendientes con él. Xabi Alonso está haciendo un gran campeonato. Combina bien, trabaja sin descanso y posee un buen toque en corto y en largo, magnífico en sus cambios de juego, y un excelente disparo. Ante Alemania olisqueó el gol varias veces.

Xavi-Sneijder. Los dos mandan. Xavi es el arquitecto de España, el hombre que dicta el ritmo del partido, el artista incesante. Es preciso, elegante y tiene una visión prodigiosa. Es el mejor organizador del juego del planeta: el balón en sus pies siempre está de paseo. El mejor fútbol sale de sus botas. El menudo Sneijder está viviendo el mejor año de su vida: deslumbró en el Inter y asombra en Sudáfrica. Se siente seguro de sí mismo y de su disparo. Es un cerebro muy completo y vertical. Genera constantes ocasiones de gol. Es uno de los grandes peligros de Holanda: su jugador más en forma, el más imprevisible. Es un tigre de peligro e inteligencia.

Pedro-Robben. Robben es imprescindible, es un extremo de los de antes que juega a contrapié. Descoyunta cualquier táctica ajena y tiene mucho gol. Es un puñal de velocidad y gambeteo. Pedro es un jugador con ángel: es trabajador y descarado, posee desmarque y una picardía de barrio. Se ofrece hasta el fin del partido. Ante Alemania jugó muy bien entre líneas. Puro talento con las dos piernas. La pelota está enamorada de él.

Iniesta-Kuyt. Iniesta encarna el malabarismo puro, la inteligencia, el control de balón. Para él nada es imposible. Es nuestro futbolista del aire: el brasileño de Albacete. Kuyt no había demostrado nada, pero se aferró al puesto y ahora es el jugador necesario arriba porque regatea, apoya a sus medios y presiona constantemente a la defensa rival.

Villa-Van Persie. El delantero del Arsenal es un jugador de carácter complejo y rebelde. Sabe a lo que juega: hurga y hoza en la defensa rival, y su cambio de posición resulta desequilibrante. Es técnico y fantasista. Villa es la reencarnación de Quini, el hombre del gol. Es rápido, ambicioso, sale regateando hacia los dos lados, y posee un disparo demoledor. Además, es vivaz y atrevido. Con él en el campo, el resultado nunca es inamovible.

 

 

DIARIO DEL MUNDIAL / 24. LA VICTORIA

 

Andrés Iniesta, entre la épica y el éxtasis

ANDRÉS INIESTA, ENTRE LA ÉPICA Y EL ÉXTASIS

 

España tuvo que pelear lo indecible para superar a una Holanda bien posicionada, correosa y experta en el contragolpe

España se corona en Sudáfrica con una generación deslumbrante que ama la belleza total del mejor fútbol

 

 

Andrés Iniesta, el futbolista del aire, el elegido de los dioses del fútbol, le dio el triunfo a España. Un triunfo agónico, peleado hasta casi el final de la prórroga, una victoria por la mínima, que confirma la calidad y la ambición de una generación deslumbrante que ha llegado más lejos de lo que nadie se podía imaginar: al Olimpo del balompié, primero en Europa y ahora en todo el planeta. Esta selección será recordada por su juego exquisito, por su querencia de balón, por una triangulación precisa y por esa imaginación inagotable que distinguió a la Hungría de Puskas y Bozsik, al Brasil de Pelé, a la Holanda de Cruyff, y a la Francia de Platini y Giresse. Y será recordaba, sobre todo, porque también a la hora de la verdad tuvo sentido épico. España ganó con la grandeza antigua del fútbol.

El partido fue tosco y trabado. España empezó muy bien: generó ocasiones de inmediato y dio la impresión inicial de que este era su partido. Iba a apabullar. Los holandeses, que buscaban la recompensa a tantos años del buen fútbol que trasvasaron al Milan o al Barcelona, y acaso a la propia España, estaban un tanto perplejos. Como desubicados. Como si la salida del rival y su abanico de pases en cortos, hilvanados con una regla de sastre, les metiera el miedo en el cuerpo. Era el momento de enmarañar el partido, y empezaron a hacerlo, especialmente con  ese peón táctico, incansable y duro, que es Van Bommel. Así, a trompicones, con faltas y un juego sucio tan eficaz como taimado, Holanda paró a España e incluso obtuvo una pequeña conquista: una tarjeta a Carles Puyol. España pasó de dominadora absoluta a dominada, o cuando menos perdió la inspiración, se encontró ahíta, falta de ritmo, proclive además al encontronazo. Holanda salía al contragolpe y en el centro del campo proponía un entramado de marrullerías y de marcajes pegajosos. Lo mejor fue el descanso. España se desorientó en los minutos finales de la primera parte: quedó huérfana de brújula y de plan de ataque.

En la segunda parte, el partido siguió la misma lección. España se buscaba a sí misma, buscaba el control del balón, el arrebato de fantasía, y se encontraba con una Holanda bien situada y cada vez más segura. Arriba, Robben abría huecos y practicaba su regate favorito y esa carrera de amagos que se remansaba al borde del área, cerca de la media luna. Desde ahí engatillaba, pero Iker estaba concentrado. Sabía que el título empezaba en él: las lágrimas finales serían la prueba. España siguió a la suya: buscaba la luz y encontraba la oscuridad. El choque era tempestuoso, con desconcertantes alternativas. El gol podía caer de cualquier lado. De repente, Del Bosque hizo dos cambios: uno, quizá sorprendente, Jesús Navas por Pedro (el canario se extravió desde el principio y nunca volvió al camino) y otro más sensato: Cesc por Xabi Alonso, que había buscado el gol desde lejos, como lo buscó Xavi a través de varias faltas o en saques de córner. En una ocasión, Sergio Ramos falló la ocasión más clara: le pareció excesivo copiar el testarazo de Puyol ante Alemania.

La prórroga adquirió los tintes dramáticos de un resultado incierto. El respeto al rival y el miedo a perder se adueñó de los dos equipos. España sería superior en la prórroga: Xavi volvía a mandar, Iniesta se estiraba por todos los sitios con esa clase admirable que sólo él posee. Se convirtió en la pesadilla de los ‘tulipanes’ y en el foco del público. El espectáculo dentro del espectáculo de la final era él. Y en esas discurría el partido, con un pie ya en los penaltis, cuando recibió un pase de Cesc. Un pase inteligente. Ese balón que enciende el volcán de la emoción y del éxtasis. E Iniesta no falló: selló el triunfo de un bloque, de una apuesta, de unos maravillosos años con un gol antológico e inolvidable. El gol del título. El gol del título más grande. El gol inefable del mago, del virtuoso dulce.

 *Estos dos artículos aparecieron en Heraldo de Aragón el once y el doce de julio de 2010. El día del choque y el días después de la victoria.

MARCHAMALO: BICIS EN PARÍS

MARCHAMALO: BICIS EN PARÍS

Hace unos días, Jesús Marchamalo –os recomiendo ‘Cortázar y los libros’ (Fórcola)- estuvo en París, vio un par de fotos de bicicletas y me las mandó. He aquí una de ellas. Marchamalo lo hace todo: escribe con un gran sentido del humor, coloca adverbios, trabaja para el Cervantes, redacta textos fantásticos sobre pintura, retrata personajes, se preocupa de sus hijos, los mima y los lleva de paseo, y toma fotos. Y, además, es uno de los autores favoritos de Ofelia Grande, de Siruela.

Leo en su blog 'El don de la impaciencia' esta feliz noticia:

"Hoy me han mandado las pruebas de Donde se guardan los libros, el libro que publicará Siruela en octubre, dedicado a las bibliotecas de una veintena de escritores. Por primera vez, un libro mío llevará fotos que también he hecho yo. Son detalles de las baldas y estanterías, y retratos de los protagonistas.
Me ha gustado fotografiar escritores". [En la foto de Jesús Marchamalo, vemos a Enrique Vila-Matas, uno de los escritores que sigo desde hace más de veinte años.]

DIÁLOGO CON JUAN VILLORO

El escritor mexicano Juan Villoro, nieto de zaragozano y descendiente de turolenses de La Portellada, publica '8.8: el miedo en el espejo. Una crónica del terremoto en Chile' (Candaya), donde construye un libro de numerosas voces e historias sobre el miedo, la muerte o el azar

EL AUTOR QUE SOBREVIVIÓ AL PÁNICO

Juan Villoro (México D. F. 1956) ha heredado el espíritu viajero de sus antepasados: reside en la ciudad donde nació, en Barcelona o en Princeton, donde va a sustituir a Mario Vargas Llosa en sus clases. Y también ha vivido en Berlín. Escribe de fútbol en libros como 'Dios es redondo', novelas (ha sido Premio Herralde de novela con 'El Testigo'), cuentos e incluso piezas teatrales. Y no solo eso: es capaz de firmar un libro tan curioso como '8.8: el miedo en el espejo. Una crónica del terremoto en Chile' (Candaya), que presentaba el pasado jueves en Cálamo, en compañía de Manuel Vilas.

Juan Villoro visitó el Teatro Principal con absoluta fascinación. «Soy descendiente de turolenses de La Portellada, en Teruel, muy cerca de La Fresneda. Allí más del 60% de la población se apellida Villoro y son familiares míos. Pero, además, es que mi abuelo paterno era zaragozano: nació aquí, era médico, y se trasladó por distintas razones a México. Acabó dejando su profesión y se dedicó a los negocios familiares. Se casó con mi abuela y de esa relación nació mi padre, que tiene ahora ochenta y nueve años, y sigue siendo un modelo para mí. Un modelo de vitalidad, de energía y de compromiso. Es un experto en Derecho, le interesa mucho la política y la ética, y en los últimos tiempos se ha aproximado al subcomandante Marcos».

Este periplo, que le apetecía contar -«aquí tengo amigos muy entrañables, zaragozanos, como Ignacio Martínez de Pisón o Félix Romeo»-, le lleva de alguna manera a uno de los viajes que más le han marcado en los últimos tiempos: su estancia en Chile en febrero de 2010.

«Había sido invitado, en mi condición de escritor de literatura infantil y juvenil [es autor de títulos como 'El libro salvaje' y 'El profesor Ziper y la guitarra eléctrica'], a un congreso donde se iba a hablar del miedo. Ese miedo que es una especulación infantil y que está en casi todos los cuentos de hadas». Y en ese debate estaban los participantes -«el miedo es lógico, es una pesadilla y un presencia en ese tipo de literatura», recuerda Villoro-, cuando irrumpió ese miedo que nunca quieren sentir los adultos: «Se palpó el sabor de la muerte» en un terremoto que duró siete minutos la madrugada del 27 de febrero del 2010.

Cuenta Villoro que él se encontraba en una habitación de hotel, que se cayó de la cama y que lo primero que hizo fue intentar socorrer a su hija de once años. «En ese clima de extrañamiento, me di cuenta de que en realidad estaba en Chile y no en México». Dice Villoro que fue una experiencia increíble donde se percibe el sabor de la muerte y donde uno se percata de inmediato del apego a la vida. «Y luego, tras el vértigo, uno acaba preguntándose cómo y por qué ha sobrevivido. Cómo se sobrevive a una catástrofe, a un cataclismo así. Además, el aeropuerto estaba cerrado. Al menos para nosotros. Así como hubo países como Colombia, Brasil o España que mandaron aviones para sacar de allí a sus ciudadanos, a nosotros México nos dejó en el desamparo. Y eso nos llevó a vivir una experiencia que parecía de 'El ángel exterminador', de Luis Buñuel: no podíamos salir de allí, de un hotel de Santiago. Estábamos como cautivos».

Juan Villoro, que posee una memoria asombrosa, conoció a muchas personas que le contaron sus historias, sus vidas, incluso le hablaron de una mujer que estaba en coma, a la que le dedica un texto tan conmovedor como 'Ella duerme', y realizó un auténtico viaje a un universo de terror, de sorpresa, de contradicciones, de monólogos.

Ya de regreso en México, y en muy pocos días, «redacté el libro. Un libro que, en cierto modo, fue un diálogo con el gran terremoto que nosotros padecimos en 1985 y que dejó miles de muertos en el país. Felizmente, en Chile no había pasado eso, pero el hecho me puso en confrontación con la historia, con la memoria. El índice del 8.8, por otra parte, es uno de los cinco más altos de la historia, y el hecho de que sean esas dos cifras, literariamente, también tenía algo de juego de espejos», dice el escritor que ya hace algunos años había escrito: «Desconfío de los que en momentos de peligro tienen más opiniones que miedo».

Villoro reflexiona sobre las consecuencias de sobrevivir a la tragedia y sobre los sentimientos cuando se siente la muerte tan próxima, y habla también sobre el azar. «De repente, me encontré con un cuento de Heinrich von Kleist, el escritor alemán de quien admiraba 'El cántaro roto' o sus textos sobre marionetas, que se titulaba 'El terremoto de Chile'. Me impresionó y me pareció simbólico o premonitorio: es un cuento largo de unas veinte páginas de un hombre que siempre había meditado sobre la muerte y que incluso la había buscado. Sobrevive a la catástrofe y agradece a Dios la vida y a la vez le pregunta por qué se ha salvado». Curiosamente, cuando redactó ese texto, Von Kleist tenía unos 30 años, aún no tenía del todo claro si iba a ser escritor o no, «y jamás, jamás había estado en Chile», explica Juan Villoro, y recuerda que el escritor acabaría suicidándose a los 34 años. «Este libro ha sido para mí una catarsis, un acto de desintoxicación de quien ha vivido la proximidad de la muerte. Las réplicas más fuertes de un seísmo son psicológicas».

 

8.8: el miedo en el espejo. 'Una crónica del terremoto en Chile'. Juan Villoro. Candaya: Colección Abierta. Barcelona, 2011. 110 páginas.

CRISTINA GIL IMAZ: PASIÓN POR LA VIDA Y POR EL ARTE

[Recibo esta misma mañana este texto de Alejandro Salvador Zazurca, novelista, técnico cultural y compañero de Cristina Gil Imaz (Tudela, 1957-Zaragoza, 2011). Lo cuelgo aquí: se trata de un texto emocionante y poético de alguien que conocía muy bien a la escultora, grabadora, diseñadora y gran lectora de poesía.]

 

 

MARIA CRISTINA GIL IMAZ:

PASIÓN POR LA VIDA Y POR EL ARTE

 

Por Alejandro SALVADOR ZAZURCA

De la calle de la Princesa a un paraíso de ciudades imaginarias y de tronos. Nos entregas tu arte sin reflexionar, a borbotones, porque para ti la espontaneidad es una gran fuente de inspiración. Nos brindas tu obra, tus hojas, tus flores, tus plantas, aguafuertes y aguatintas... puro temblor colmado de color, lirismo y amor. Nos regalas tu mirada profunda y sincera, retazos de vida entusiasmada, pasión de ser artista, creadora de sueños. Como el viento, a veces huracanado; otras, suave céfiro sosegado. Porque piensas que la vida o es una aventura atrevida, o no es nada. Porque quieres vivir intensamente y sacarle todo el jugo a la vida. Porque admites que seguimos teniendo incertidumbre, que no nos conformamos con doctrinas ni recetas manidas y anhelamos fluir con el tiempo, redescubrir lugares y sensaciones nuevas, rescatar la mirada limpia de nuestro niño íntimo que se maravilla y asombra ante lo desconocido y dejarnos seducir por el encanto de lo inesperado.

De la calle de la Princesa al balneario de Panticosa donde coreas con las sirenas del hontanar: "Más allá de la vida, cruzando el umbral de la muerte, te amaré eternamente en las profundidades del manantial de la Fuente de la Belleza”. Allí pintas jazmines aromáticos y en el fragor de las cascadas y arroyos nos descubres que, más que bella, eres hermosa, María Cristina, como las ondinas de la fuente. Bella de día, incendiada por la luz del sol; hermosa de noche, irradiada por el resplandor de la luna. Bella como el regazo de una madre, hermosa como la noche de luna plateada donde corren los ríos hacia la muerte. Bella como el canto de las sirenas, hermosa como su silencio.

Ahora tu sigilo es de estrella, tan lejano y sencillo, distante y penetrante como si estuvieras dormida... Pero una palabra, una sonrisa a la gente que amas y que te ama, bastan para sentirnos reconfortados. Y, junto al hontanar, nos dices que nada existe en el universo más sublime que el canto de una sirena. Y gritas con furia que queda prohibido llorar sin aprender, levantarte un día sin saber qué hacer, tener miedo a tus recuerdos… Y el viento te susurra al oído poemas escritos en las paredes de las fuentes: "Tuya es la caricia que separa a Dios de la soledad” (Ángel Gracia). "Muere lentamente quien evita una pasión y sus ramilletes de emociones, aquellas que rescatan el brillo de los ojos y los corazones decaídos” (Neruda).

Por eso aprieto mis labios con fuerza: para que no se escape tu nombre. Por eso cierro los ojos: para que esta noche no huya y no despierten mis sueños. Que el silencio envuelva este momento y no ahogue el amor en penumbras y falsas promesas. Déjame con tu mirada y tus grabados, zozobrando por senderos de recuerdos donde viajan mis sueños guiados por un canto de sirena que brota de la fuente de la Belleza, más allá de la vida, montaña adentro, allá donde las nubes tocan el mar. Y tu canto nunca se apagará.

HERBERT LIST: DOS BICICLETAS

HERBERT LIST: DOS BICICLETAS

Julio José Ordovás, a quien me encontré el otro día en la presentación de Juan Villoro, me acaba de mandar la fotografía de unas bicicletas de Herbert List, uno de los grandes fotógrafos del desnudo. Sigo a lomos de la bicicleta (tras la aparición del poemario ‘El paseo en bicicleta’, Olifante, del que firmaré ejemplares en la Feria del Libro de Jaca el doce de agosto), ahora en un proyecto más narrativo. O novelesco. Los fotógrafos van a ocupar un espacio muy importante.

HA MUERTO CRISTINA GIL IMAZ

HA MUERTO CRISTINA GIL IMAZ

[Esta madrugada fallecía Cristina Gil Imaz, artista, diseñadora gráfica y de joyas, grabadora y estudiosa del grabado y directora del Museo Pablo Gargallo desde hace más de veinte años. Recupero aquí una entrevista que le hice en 2003.]

-“El Museo Pablo Gargallo es el mejor de Aragón. Se hizo con mucho criterio y fue un gran acierto”

-“Las obras del escultor despiertan sensaciones a flor de piel; no hieren, acarician y transmiten paz y serenidad”

-“Me fascina el grabado porque requiere esfuerzo, concentración. A mí me compensa”

-“El artista tradicional está a punto de desaparecer”

Arte Cristina Gil Imaz (Tudela, Navarra, 1957) es la directora del Museo Pablo Gargallo desde hace catorce años, pero además es una de las grandes investigadores del grabado, la disciplina de sus creaciones artísticas. Aquí hace un repaso de su obra y de algunos proyectos museísticos

 

Lleva catorce años en la dirección del Museo Pablo Gargallo. ¿Cuál es el balance que hace de todo este tiempo?

El Museo es una maravilla y ser su directora me hace muy feliz. No se pueden imaginar los zaragozanos los piropos que reciben por ese espacio. Nos visitan alrededor de 40.000 personas al año y lo más importante de él son las obras del escultor: contiene la mayor colección de piezas de Gargallo reunida en un único espacio en el mundo.

Mucha gente dice que es el mejor museo de Aragón...

Yo creo que es el mejor. Se hizo con mucho criterio. Quien vio que había que hacer un Museo Pablo Gargallo tuvo un gran acierto. Y aquí hay que elogiar a Ramón Sáinz de Varanda y agradecérselo, a él y a Pierrette Gargallo, claro. Contamos con 150 obras originales, entre máscaras, dibujos, cartones y esculturas, que son copias, algo habitual en la escultura. Piezas únicas tenemos más de un centenar. Ya sabe que en 2003 incrementamos el legado, gracias a la donación de 26 piezas de Pierrette y Samca.

Explíquenos cómo ve usted la trayectoria de Pablo Gargallo (Maella, 1888-Reus, 1934).

Aparte de su valor indiscutible como gran creador, creo que Pablo Gargallo transmite serenidad. Su obra me sugiere paz, sosiego, serenidad, y creo que eso es lo que percibe la gente. Es una producción sin sobresaltos, que no sorprende por la agresividad. Ahora estamos en esa época en que las cosas destacan por lo grotesco, y Gargallo es todo lo contrario. No está al límite: sus obras despiertan sensaciones a flor de piel, son piezas que no hieren: acarician. Gargallo está al límite, sí, en lo creativo, en ese diálogo de lo vacío y lo lleno, que para mí no es lo más importante, sino esa serenidad que emana.

Usted parece una directora sigilosa, oculta, casi inadvertida. ¿A qué se debe eso?

Yo creo que el verdadero valor está en saber administrar esos bienes, ese edificio, el centro de documentación, las personas, el eco de la obra. No se trata de hacer ruido. Esta ha sido la etapa de la consolidación del museo. No tengo que ser protagonista de nada, y a mí me parece que la obra está en muy buenas condiciones. La importancia de Gargallo crece día a día: el próximo mes de febrero se inaugurará en el IVAM una muestra del artista, para la cual hemos cedido una veintena de obras, y estamos a punto de publicar la tercera edición, corregida y aumentada, del catálogo del Museo Pablo Gargallo, del cual es autor Rafael Ordóñez Fernández.

Por cierto, ¿no le parece que se debería recuperar el premio de escultura Pablo Gargallo?

Desde luego. Es lo primero que propongo año tras año desde que se eliminó. Estoy convencida de que, antes o después, se recuperará. Este año parece que en efecto no hay presupuesto.

¿Resulta incómodo eso de compaginar la dirección de un museo con la faceta de artista y a la vez de investigadora de arte?

En absoluto. Me enriquece muchísimo en varias direcciones. Gracias a Pablo Gargallo he conocido a muchísima gente interesante, José Luis Aranguren, por poner un ejemplo, me dejó una huella importante. En el Museo no es la directora quien programa las exposiciones temporales y eso a veces limita la comunicación del Museo con los artistas, y la comunicación es imprescindible en el mundo del arte, pero aquí me siento muy feliz y con mucha proyección, ya le digo. Y si además se programa bien... Ser directora no me crea ningún inconveniente; al contrario, me permite conocer a muchos artistas y sus obras.

En su faceta de investigadora y de artista, usted ha apostado por el grabado. ¿Por qué?

He realizado más de 300 piezas, distribuidas en numerosas series. Soy licenciada en Letras, y a la vez me he especializado en Diseño Industrial, decoración y construcción. Desde muy joven, lo digo sin presunción, he tenido habilidad en las manos y el grabado es un trabajo eminentemente manual, de barnices, de línea, de tintas. Y por otra parte, está mi curiosidad por la gente, por el mundo del artista. Siento una enorme atracción por el creador que está detrás de la obra. Y eso me ha llevado a estudiar a Maite Ubide...

Y a Manuel Lahoz, Mariano Rubio, Borja de Pedro, Natalio Bayo, Cañada, Fernández Molina...

Estudiando a los demás, aprendes mucho. Y no sólo de técnicas. A Maite Ubide la aprecio muchísimo porque es mi maestra y la mujer que también me enseñó a aprender sola. Manuel Lahoz es nuestro mejor grabador después de Goya. Es muy aragonés: llevaba la tierra en el fondo del alma. Fue un bohemio total que realizó primorosamente muchos asuntos de carácter específicamente aragonés con maestría y grabó los “Sueños” de Quevedo. Mariano Rubio representa la obra siempre renovada, siempre está buscando. Natalio Bayo como grabador es tan bueno como dibujante.

¿Y Fernández Molina, que acaba de publicar sus memorias?

Me encanta su obra gráfica. En sus grabados veo su persona y me gusta, es de lo más nuevo, de lo más joven, de lo más audaz. Me gustaría estudiar la obra gráfica de Broto, de Barceló o de Anselm Kiefer. En grabado es muy importante desarrollar la creatividad y, sobre todo, resulta básico pensar los proyectos antes de su ejecución y “pensar” en grabado.

¿Y usted? Hablemos de Cristina Gil Imaz artista...

En grabado los temas no son lo más importante. Lo importante es la técnica. Por ejemplo, yo suelo emplear el aguafuerte y el aguatinta para la figuración o abstracciones muy poéticas; el linóleo y el linograbado me permiten expresar mi mundo más personal, mi privacidad. Mi pasión por las casas, el mundo interior de las casas, o proyectos como “Las ciudades imaginarias”. Pero también uso técnicas aditivas, el azúcar (que es una técnica de tinta china y azúcar), la manera negra, que te permite sacar la luz. A mí me fascina el grabado porque requiere esfuerzo, concentración, y todo lo que significa esfuerzo conduce a un resultado meditado y, por lo regular, al menos a mí, muy positivo. Me compensa.

Además de la serie “Las ciudades imaginarias”, ha hecho “El Apocalipsis”, “El cantar de los cantares”...

“El Apocalipsis” es una colección de unas 30 piezas: 20 con técnicas aditivas, y diez con aguafuerte y aguatinta sobre animales híbridos o fantásticos. En “Astros” hice una serie de abstracciones en la que buscaba ritmos muy diferentes, a partir del círculo como elemento unitario. También homenajeé a Rabelais en las obras de “Gargantúa y Pantagruel”. En “Naturalmente” realicé vegetaciones, ramas y hojas mediante superposición de técnicas y planchas. Y en Zeus hace apenas un mes presenté una obra muy libre, casi como cuadernos de bocetos para posteriores grabados, inspirados en “El cantar de los cantares”. No sé cuales son mis constantes o mis mensajes: cada día supone el reto de hacer una nueva obra y superarte.

También hace diseño gráfico...

Sí: decoración interior de casas, escaparatismo, diseño de folletos. El diseño industrial atraviesa un gran momento en Aragón.

¿Y qué ocurre con el arte?

Atraviesa un momento de gran confusión. El arte tradicional -la pintura, la foto o el grabado- parece que va a desaparecer; no lo harán sus obras que pasan a formar parte de nuestro patrimonio.

Ha dicho que parece que van a desaparecer. ¿No lo tiene claro?

El artista tradicional va a desaparecer, está a punto de hacerlo, ante el empuje de las nuevas técnicas que permiten obtener imágenes más rápidas, ante el arte digital. La crisis que vivimos obedece a que estamos en ese momento en que intentamos amoldarnos a la nueva imagen y se produce un vacío. Intento espabilarme, ya trabajo con el ordenador.