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Antón Castro

HEMINGWAY ENTRE NOSOTROS

Hemingway en Zaragoza. Archivo de Rafael Castillejo / ABC.

 

Ayer se cumplía medio de la muerte del Premio Nobel que estuvo en el frente de Belchite, de Teruel y del Ebro, y que frecuentó en la posguerra el coso de la Misericordia

 

Ernest Hemingway (Oak Park, Illinois, 1899-Ketchum, Idaho, 1962) fue un vitalista enardecido. O un hiperactivo de la escritura. Todo le apasionaba: tocar el violoncelo, practicar la caza, enseñar a boxear a sus amigos, romperse la cara a mamporros con ellos y luego ejercer de maestro de pugilismo de Ezra Pound. Le gustaba cazar en África, pescar en cualquier sitio de Estados Unidos o de Cuba, enamorarse y, muy especialmente, contemplar las corridas de toros o la gran fiesta de los sanfermines. Le apasionaban la violencia, el fulgor de la sangre y la dimensión artística y heroica de los matadores, y a ese universo le dedicó muchas páginas. Ahí están libros como ‘Fiesta’, ‘Muerte en la tarde’ o ‘Verano sangriento’, donde noveló la rivalidad entre Antonio Ordóñez y Luis Miguel Dominguín.

Fue cronista de la Primera Guerra Mundial, en la que participó como soldado y conductor de ambulancias a partir de 1917. De la I Guerra Mundial derivaría una buena parte de su leyenda: fue herido, amó a la enfermera Agnes von Kurowsky, que le salvaría la vida, y luego recorrió las universidades de su país recreando los peligros y su osadía, ayudado de una ostentosa muleta, y no solo eso: reflexionó sobre la contienda en ‘Adiós a las armas’ (1929), una de sus grandes novelas. Vivió en Valencia en los años veinte, estuvo en Madrid en multitud de ocasiones –convirtió los hoteles Florida y Suecia en su despacho, y Chicote en su restaurante predilecto-, y en la Guerra Civil española estuvo como corresponsal para el ‘Toronto Star’ y para la agencia Newspaper Alliance.

A la par que redactaba guiones para documentales, vivió momentos muy particulares. Siguió a la XV Brigada y al Batallón Lincoln, y se inspiró en su líder Robert Merriman para escribir ‘¿Por quién doblan las campanas?’ (1940), protagonizada por el idealista Robert Jordan. Estuvo en Belchite en los momentos de mayor intensidad, y poco después acudió, entre el 19 y el 23 de diciembre de 1937, a la toma de Teruel por los republicanos en medio del frío y de un gran entusiasmo. Hemingway recordó como la gente salía a la calle y le daba chorizo, jamón y pan para celebrarlo.

De ello también dejó constancia su gran amigo Robert Capa, que le retrató entonces, aunque acabarían distanciándose al parecer porque el reportero húngaro le habría captado en una actitud que consideró poco decorosa. En abril de 1938, Hemingway estuvo en el frente del Ebro y poco después se entrevistaría con Enrique Líster.

Lister y Hemingway en el frente del Ebro en 1938.

Ramón José Sender lo recuerda en sus memorias: ‘Álbum de radiografías secretas’ (existe una reedición reciente en Tropo Editores): “Yo no hice buenas migas con Hemingway tal vez porque no tomaba, como él, la literatura por el lado deportivo, ni crematístico. Pero no nos entendamos mal. El defecto suyo era inocente. Hemingway era un niño grande -muy grande en su estatura- y vivió como tal. Incluso su suicidio era o parecía ser parte de un juego de policías y ladrones”. Lo califica de “verdadero aventurero” y de “adolescente romántico”, y agrega que “como narrador consiguió Hemingway aciertos difíciles de superar”. Y desliza una observación arriesgada: “Hemingway no conoció España”, y señala que vio el país desde “el sensacionalismo truculento con solo dos dimensiones: longitud y latitud. Le faltaban las otras dos: profundidad y sentido de lo temporal, que lleva implícito el sentido de la eternidad, como la luz lleva implícita la sombra, la belleza, la fealdad, y el idilio –el amor- alguna amenaza de potencial odio”. Durante la Segunda Mundial, Hemingway contaría el desembarco de Normandía en 1944.

A pesar del triunfo de Franco, que nunca fue de su agrado, Hemingway normalizó su retorno a España, atraído por la tauromaquia, sobre todo, y por Pamplona. Separado de su tercera esposa, la reportera Martha Gelhorn (se dijo que el escritor había padecido la pelusilla de los celos profesionales), volvió a España con su cuarta mujer: Mary Welsh. Con ella la fotografiaron en el coso taurino Miguel Marín Chivite, Gerardo Sancho (sus retratos están ahora en el Archivo Municipal), o Luis Mompel, que también captó a Ava Gardner, en una de sus fotos para la historia. Hemigway le dijo a Sender que había tenido todas las mujeres que había querido, y entre ellas incluía a Marlene Dietrich y quizá a la propia Ava Gardner, con quien tuvo siempre una gran complicidad. Existe una fotografía en la que Hemingway, que solía pernoctar en el Gran Hotel, posa en Zaragoza con Joaquín Aranda y José Luis Borau, entre otros. En los últimos años de su vida, perdió la cabeza por la joven Adriana Ivanovich, a la que le dedicó otro libro: ‘Al otro lado del río y entre los árboles’ (1950), donde la transformó en Renata.

Hemingway vino a España hasta los últimos años de su vida, cuando se sentía acosado por la enfermedad y por los esbirros de Hoover. Alternaba su residencia entre Idaho y Finca Vigía, en Cuba: a veces, escribía y escribía en las paredes del baño y en rollos de papel higiénico. En 1954 le habían dado el Premio Nobel; ‘El viejo y el mar’ (1952) fue el libro determinante para obtener el galardón. Tal día como ayer, hace ahora medio siglo, decidió poner fin a su existencia con un arma de fuego. El cazador se cazaba a sí mismo, como si quisiera desmentir su mejor adagio: “Un hombre puede ser destruido, pero nunca derrotado”.

La semana que viene comienzan los sanfermines: a él se lo deben casi todo. O muchas cosas. Y la literatura a Hemingway le debe, ante todo, la evocación de sus años en París con ‘la generación perdida’ en ‘París era una fiesta’, la exaltación de la idea del escritor que contagia vitalidad y bohemia, un puñado de libros, y le debe muy especialmente algunos cuentos extraordinarios de la vida, de la guerra, del amor y de la muerte.

LARTIGUE EN LA LONJA

 

LA ALEGRÍA, LA POESÍA VITAL DE LARTIGUE EN LA LONJA

«Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro». Durante toda su vida, Jacques Henri Lartigue (1894-1986) fue fiel a esa inquietud. Desde su más tierna infancia fotografió todo aquello que le conmovía, que le hacía feliz, que le parecía bello y que le servía para luchar contra el paso del tiempo y el olvido. Reconocido hoy de forma unánime como uno de los grandes nombres de la fotografía del siglo XX, su obra constituye un documento único de una época y una forma de vivir.

Un mundo flotante. Fotografías de Jacques Henri Lartigue (1894-1986) es la primera gran exposición antológica del fotógrafo que se realiza en España. Ha estado en Madrid, en Barcelona y ahora llega a Zaragoza. Reúne alrededor de doscientas piezas procedentes de la Donation Jacques Henri Lartigue de París, entre copias modernas e instantáneas originales tomadas y reveladas por él mismo -algunas de ellas con la técnica estereoscópica-, así como cámaras y cuadernos. La muestra hace especial hincapié en los temas que resultaron una constante durante toda su carrera: la fotografía como instrumento de la memoria, una herramienta para capturar la fragilidad de la existencia y la brevedad de la felicidad. También refleja su particular visión de las mujeres y de un mundo que cambiaba velozmente. Todo ello permitirá descubrir al visitante el retrato de una época ya desaparecida a partir de las imágenes inconfundibles de Lartigue, un maestro que durante sus casi 90 años de trayectoria nunca dejó de considerarse un aficionado.


La exposición Un mundo flotante. Fotografías de Jacques Henri Lartigue (1894-1986) ha sido comisariada por Florian Rodari y Martine d'Astier de la Vigerie, directora de la Donation Jacques Henri Lartigue, con la asistencia de Maryam Ansari. La muestra podrá verse del 30 de junio al 31 de agosto de 2011 en La Lonja de Zaragoza (Plaza del Pilar, s/n). [Este texto pertenece a la promoción de prensa de la propia Caixa]

 

'SOBREVIVIR EN COMALA': UN DIÁLOGO CON ROSA PETULIA MARTÍNEZ

 

De cómo Gregorio Morel desapareció en París

 

 

[Rosa Petulia Martínez, una escritora navarra afincada en Zaragoza desde los cinco años, publica ‘Sobrevivir en Comala’ (Baile del Sol), donde rinde homenaje a Rulfo, Roberto Bolaño, Vila-Matas y Arthur Conan Doyle

 

 

¿Cómo se fue fraguando ‘Sobrevivir en Comala’ (Baile del Sol. Tenerife, 2011), cuál fue la idea de partida?

Desde que era niña me impresionó de forma muy viva una historia de mi familia de la que tengo varias versiones. Es la historia “semi-real” de mi bisabuelo que fue acusado de asesinar a un compañero suyo cuando trabajaban en una mina de Asturias. Parece ser que el asesino pudo haber sido su propio hermano aunque lo más probable es que fuera un accidente de los muchos que sucedían en las minas franquistas por falta de seguridad, y exceso de horas de trabajo. Entre los años 40 y 50 se estima que murieron más de 1500 mineros.

Esa historia también aparece en el libro en varios retrocesos al pasado.

Sí. Mi bisabuelo se volvió loco debido a que había sido siempre un escrupuloso cumplidor de la ley –humana y divina- y no pudo soportar que lo acusaran de un crimen que, realmente, él no cometió.

¿Qué ocurrió luego?

Cuando lo exculparon poco después y salió de la cárcel regresó a casa un tiempo –a una aldea cercana a Ribadavia de donde procedía- pero ya completamente extraviado. Su locura le hacía irse de un pueblo a otro y regresar cada tanto tiempo con una nueva identidad; cada año volvía a casa con una identidad diferente y así hasta que un día ya no regresó más. Luego encontraron su cuerpo y hoy sus cenizas están en el cementerio de Ribadavia que aparece también en la novela por la terrible inscripción que aparece en su puerta de entrada: “Sed justos o temblad”.

El relato en sí mismo es ya toda una novela o encarna una idea de lo literario.

Esta historia es especialmente representativa para mí de lo que es la literatura ya que es una historia que yo no he vivido, que me han contado, y de la que tengo varias versiones como si realmente fuera desde el inicio una historia de ficción. ‘Sobrevivir a Comala’ comienza precisamente con un “A mí me contaron” para dejar claro lo que es para mí la literatura: algo muy cercano a la Literatura oral, a la fuente de la Literatura.

Como para Juan Rulfo, que realiza una gran elaboración del lenguaje literario a partir del lenguaje oral

Creo que para Rulfo, el gran homenajeado en la novela desde el título, la literatura es también eso, algo sencillo, que nace en las aldeas, en los rumores nocturnos de las gentes humildes, en sus historias que les hacen inmortales aún en su anonimia. Desde mi punto de vista la experiencia del escritor debe ser un viaje en busca a su propia Comala, ese lugar no habitado por seres reales sino por rumores, ecos, risas, experiencias vividas que conforman el imaginario del escritor. Una vez encontrado ese lugar hay que aprender que ya no se puede escapar de ahí y por eso la novela habla de Sobrevivir a Comala porque una vez en Comala –en la Comala particular de cada escritor: aquí París- el problema es que, como ocurre en la novela Pedro Páramo, una vez allí, pasamos a ser fantasmas como aquellos que pueblan nuestro mundo de ficción que es lo que hace decir a Juan Preciado, protagonista de Pedro Páramo “Vine a Comala porque me dijeron…”

Su novela habla de una desaparición: la del poeta Gregorio Morel, que escribe una novela secreta: ‘Sobrevivir a Comala’.

El escritor siempre está expuesto al riesgo de desaparecer completamente en su afán por ser un verdadero escritor. Decía Maurice Blanchot que uno puede escribir sin preguntarse por qué escribe o qué es ser escritor pero que si se quiere llegar hasta el final en la experiencia literaria hay que hacerse esta pregunta. ‘Sobrevivir a Comala’ es mi respuesta a esta pregunta. Surge por lo tanto como experiencia, como reflexión y como obra unida a la reflexión sobre la literatura.

 

¿Cómo le ha marcado Maurice Blanchot? También es un escritor muy literario. Pienso en 'Thomas el Oscuro'.

La novela surgió a partir de mi propia búsqueda literaria acentuada en los últimos años por la elaboración de mi tesis doctoral que analizaba el difícil y oscuro pensamiento de Maurice Blanchot. Una de las cosas que aprendí de esta larga aventura con el teórico literario y pensador francés es que hay otra forma de racionalidad que la cartesiana, lo que Blanchot expresa con su famoso “Pienso, luego no existo” que aparece precisamente en la novela ‘Thomas el Oscuro’. Por eso a Blanchot, y eso es lo que más me ha enseñado, le interesan los personajes marginados y marginales, malditos si se quiere y, en cualquier caso, obligados por la Ley a guardar silencio o a desaparecer: Sade, Hölderlin, Kafka, Artaud, Lowry La Ley puede ser la propia razón, como en el caso de Hölderlin o de Artaud; puede ser el alcohol o las drogas como en los casos respectivamente de Lowry o de Michaux; puede ser la ley de la comunidad ético-política como en el caso de Sade pero, en cualquier caso, el escritor siempre está fuera de la Ley y la experiencia del escritor se convierte así en una experiencia-límite, que es una experiencia de esas de las que a veces uno no puede regresar para contarla…

 

3. Me ha llamado la atención el estilo: literario, referencial, a veces barroco... ¿Cómo lo define usted? 

 Es literario y, sí, a veces quizás peco de exceso de referencias literarias pero es que la novela, al ser en cierto modo un homenaje a la Literatura, me llevó a ello. En el fondo de todo lo que escribo está la poesía. Creo que la poesía es la brizna inicial que hace arder una historia, su enigma, su sentido oculto y creo que ella está muy presente en mi estilo. 

 

El libro tiene muchas reflexiones sobre el arte de escribir, la obsesión de la escritura, la suplantación de personalidad, el plagio.

En esta novela aparecen, de hecho, mis dos obsesiones: la escritura y la locura. También está el tema del doble, del desdoblamiento de personalidad. A mí me fascina el William Wilson del relato homónimo de Poe.

Los personajes parecen desdoblarse entre: los jóvenes escritores Roberto Marcos y Xavier Reixach que rastrean al desaparecido Gregorio Morel…

Sin adelantar nada de la trama final de la novela, algo de eso ocurre en un momento dado con el personaje de Roberto Marcos, en principio un personaje secundario, pero que se irá desvelando como la clave de toda la narración. Por último, el tema del plagio hace referencia también a una idea muy postmoderna: la de que ya no hay un escritor sino que la escritura es un texto anónimo y comunitario de manera que los nuevos escritores se limitan o bien a anotar o a escribir en forma de Palimpsesto lo ya escrito o a plagiar directamente lo que han escrito otros.

Bueno, eso pudo ocurrir en la realidad, y lo cuenta en la novela, con Arthur Conan Doyle y Fletcher…

Se trata de una hipótesis de algunos biógrafos según la cual El Perro de Baskerville fue creación de un amigo de Conan Doyle: Bretram Fletcher. Para que no se descubriera el plagio la leyenda dice que Conan Doyle envenenó a su amigo con láudano y, jugando un poco más con la idea de la suplantación de la personalidad de su amigo, poco después se casaría con su mujer. Esta historia la contará Roberto Marcos a Xavier Reixach, que investiga con él la desaparición de Gregorio Morel, como una pista que debería conducirle a descifrar la verdad oculta tras dicha desaparición.

 

Sobrevivir en Comala. Rosa Petulia Martínez. Baile del Sol: Serie Negra. Tenerife, 2011. 208 páginas.]

 

MIGUEL MENA, POR ROSA MONTERO

 

Rosa Montero publica hoy este artículo sobre uno de los libros más singulares y emocionantes de las letras españolas en mucho tiempo: ‘Piedad’ de Miguel Mena, editado por Xordica y ya en su cuarta edición. Copio aquí el texto.

 

 

DE ENTRE LOS VIVOS

 

Por Rosa MONTERO. Babelia, El País. Sábado dos de julio de 2011.

 

Miguel Mena es autor de un libro de anotaciones raro, auténtico y conmovedor, en el que convierte el sufrimiento en piedad, rotunda, hermosa y antigua palabra

 

Ese niño mudo, distinto y siempre sonriente alumbra por entero el libro de Mena

Es un trabajo muy íntimo y muy libre sobre la desazón y la incongruencia de la vida

 

Este es un libro que habla de la vida. De una vida pespunteada por la muerte, como es toda vida consciente de sí misma. En realidad el texto es un leve puñado de anotaciones... Un librito de memorias, por así decirlo. O de estampas pegadas a la cotidianidad del autor y a sus reflexiones. Miguel Mena, escritor y locutor de una emisora de radio en Zaragoza, tiene un hijo con síndrome de Angelman. Lo cuenta de manera oblicua en esta obra. El síndrome de Angelman, lo he tenido que buscar en Internet para enterarme, es una enfermedad neurogenética rara y grave. Las personas que lo sufren padecen retraso, dificultades motrices, no llegan a aprender a hablar y, según dice la Wikipedia, "muestran un estado aparente de permanente alegría, con risas y sonrisas en todo momento, siendo fácilmente excitables". Es el síndrome de los ángeles. La beatitud. Pero qué duro. Ese niño mudo, distinto y siempre sonriente alumbra por entero el libro de Mena. Y no es que el autor hable gran cosa de su hijo; pero, de alguna manera, uno sabe que Piedad, que así se llama el volumen, ha nacido justamente de esa herida. De la necesidad esencial de hacer algo con el dolor, para que el dolor no te destruya. Miguel Mena ha escogido lo único que yo creo que uno puede hacer con el sufrimiento, y es convertirlo en empatía, en compasión, en entendimiento del dolor de los demás. En piedad, como titula él con rotunda, hermosa, antigua palabra.

Este libro de desnuda sencillez es como un cuaderno de notas, un trabajo muy íntimo y muy libre sobre la desazón y la incongruencia de la vida. No hay desgarro, no hay adjetivación melodramática, no hay patetismo. Es una aproximación estoica y fría y, sin embargo, a veces te abrasa. Y lo digo literalmente: tras leer alguna de las breves entradas (de apenas media página o una hoja) te quedas sobrecogida y sin aliento, como si te hubieran dado un puñetazo en el plexo solar. Déjame que copie una; se titula 'Silencios' y dice así: "El niño sin voz tiene tendencia al saludo. Cuando paseas con él y se cruza con alguien, a menudo extiende su brazo hacia el desconocido y emite un ligero gemido: aaaaaaaaaaa... Esto es todo lo que puede decir. Las respuestas son muy variadas, desde quien le habla y tiene hacia él un gesto cariñoso o compasivo hasta quien lo ignora deliberadamente y hace como que no lo ve. Nunca te acostumbras a esa indiferencia forzada y un día estallas. El niño sin voz ha saludado a un chico sentado en un portal, un adolescente que mira sin decir nada. El niño sin voz insiste y el chaval, nada de nada. Te duele. Te irrita. Te cansa. Te vuelves y le recriminas su silencio, le reprochas su indiferencia, descargas sobre él la rabia acumulada por todos los que durante años han ignorado al niño sin voz. Y el adolescente, con cara de estupor y haciendo un grandísimo esfuerzo, saca de lo más profundo de su garganta un sonido casi ininteligible y a duras penas dice: Sssssoy sssssordo".

Las notas o microcuentos reales no tienen relación cronológica ni temática, más allá de esa manera de mirar el mundo desde la fisura de una pena ya asumida. Y entre los fragmentos de texto hay fotos, instantáneas en blanco y negro realizadas también por el autor y que son otra manera de contar lo mismo. Lugares, rincones, detalles que resultan especialmente elocuentes o conmovedores. Un gato encima de una pintada. Una bicicleta cubierta de nieve. La placa de una calle. Todo en Piedad es minimalista, solitario, deshabitado. Es el retrato de un mundo de alguna manera devastado, pero narrado no en el momento de la tragedia, sino mucho después de haber hecho explosión la bomba de neutrones. De alguna forma, también es una celebración de que la vida siga pese a todo, incluso así de incomprensible, de aterida y de rota. Otra entrada: se titula 'Planes': "A veces me cruzo con la familia que quisimos ser. No una en concreto. Ya sabes: esa idea dispersa que teníamos. Un número aproximado. Un estilo. Un aspecto. Una forma de ser y de comportarse. A veces me cruzo con el futuro que imaginamos y todavía siento un pellizco de felicidad al recordar aquellos días de risas y planes". Y una más, titulada 'José Edmundo Casañ': "El comando lleva semanas preparando una acción. Un día tras otro, suben y bajan por la autovía de Pamplona a San Sebastián, de San Sebastián a Pamplona. No es fácil llevar una vida normal y en los ratos libres ser un activista. Con la vieja carretera no habría sido posible coordinarse tan bien, moverse tan rápido. Mientras acelera entre montañas, el jefe del comando intenta hacer memoria. Se pregunta: '¿Cómo se llamaba aquel técnico que matamos en Valencia para que no construyera esta autovía?".

Piedad es un libro muy raro. Sorprende por lo auténtico, por su radical ausencia de adorno, por esa clara voluntad de desprendimiento de las pompas del mundo. Es una obra monacal, austera y contenida que sin embargo conmueve hasta la médula, aunque el autor sólo se permita caer de manera abierta en la emoción en un par de ocasiones. Como en ésta: "El niño sin voz es tan rotundo en sus afectos que a veces tengo que recordarle que soy su padre, que para darme un beso no hace falta que me pase toda la lengua por la cara. Mi ternerico". Es un volumen modesto que seguramente no aspira a cambiar la historia de la literatura y que, dado que no tiene mucho texto, podría leerse de un tirón en un par de horas, porque, además, resulta muy ameno. Pero lo cierto es que te tomas tu tiempo en acabar la obra, y masticas las palabras, y las tragas lentamente, igual que tragas con tiento un jarabe medicinal de sabor denso y chocante. Ese jarabe que te va a curar, que es exactamente lo que hace este libro.

Piedad. Miguel Mena. Xórdica Editorial. Zaragoza, 2008. 182 páginas, 15,95 euros. [Estos días se acaba de publicar la cuarta edición de este libro, que tiene muchos admiradores: Óscar López, David Trueba o Javier Cercas entre ellos.]

FÉLIX TEIRA CUBEL: UN DIÁLOGO

FÉLIX TEIRA CUBEL: UN DIÁLOGO

“EL AMOR QUE NO SE CUIDA ACABA

POR VOLVERSE MUY FRÁGIL”

 

¿Cuál es el punto de partida de ’laciega.com’ (Funambulista)?

Yo percibía un malestar difuso, incluso antes de la crisis. Cuando los ideales se desmoronan viene el «sálvese quien pueda», cada uno busca solucionar individualmente sus problemas. Los personajes reflejan esta situación de desorientación colectiva.


Parece tener un parentesco con ’Sueños de borrachos’ (Poliedro, 2005), su libro anterior...

Sí, tiene razón. Es un cuento desgajado de ’Sueños de borrachos’ que creció por su cuenta. Metiéndome en la piel de los personajes (escribir conlleva desdoblarte en otro), llegó un momento en que tomaron vida propia y así se fraguó la novela.


¿Qué ocurrió en esa pareja con niña a la que todo parecía irle bien?

Antes de la crisis, una joven burguesa occidental, bellísima y con estudios, tenía múltiples expectativas, el mundo a sus pies. ¿Cómo asumir la frustración, la privación del consumo, el desengaño sentimental?


¿En qué medida nos condicionan el azar y los malentendidos?

Ah, el póquer de la vida es impredecible. ¿Quién está a salvo de aceptar una propuesta de dinero fácil, un amor intempestivo o de traicionar secretamente sus creencias? Me interesa que el lector se plantee estos interrogantes.


La novela tiene un aroma apocalíptico y los personajes son un poco avasalladores e inhumanos.

No, no era mi intención. Pretendía que fueran profundamente humanos y por tanto normales, gente corriente. Los humanos somos un barro de diversas arcillas, con nuestra ’cara B’, a veces miserable y mezquina, y nuestra ’cara A’, generosa y altruista.


El ingeniero Ismael se queda en paro y siempre está fuera de casa. Ni se queda con la niña. ¿Qué clase de paro es el suyo?

Como dice Mariano, el psicólogo clínico de la novela, Ismael pertenece a los P. A., proletarios ascendentes, individuos que provienen de abajo, ambiciosos, que creen que si no consiguen dinero siempre serán unos parias. Ismael realiza cursos, aprovecha el paro para especializarse con la finalidad de ascender y medrar. Y su mujer, Marga, la protagonista, no quiere darse cuenta del torbellino en que se ha metido, el fular con que se tapa los ojos es una manera de no ver. Gana mucho dinero que usa para contentar a los suyos y expiar su culpa. En el fondo, se engaña a sí misma pensando que lo que está oculto no existe.


Hablemos de Chon: la amiga de Marga, el contrapunto, esa mujer un punto exuberante que siempre está en el mercado.

El dolor íntimo de Chon, pese a su aparente frivolidad y a todos sus amantes, es no haber encontrado ese hombre «inteligentemente tierno» con el que soñaba en su diario de adolescente.

¿Tenemos dificultad para cerrar bien nuestro pasado? Le sucede a casi todos los personajes.

¿Quién no reescribiría un pasaje de su biografía? Nuestra personalidad es memoria acumulada, y el pasado de alguna manera nos da sentido. Un personaje afirma: «Somos memoria, y cuando la rata del Alzheimer nos roe el pendrive dejamos de ser». Pero la vida no es el borrador de una novela que se puede retocar y retocar impunemente.


¿Cuál es el peligro: internet, el sexo inmediato, nuestra prisa?

Internet tiene tal fuerza que condiciona las relaciones sociales, y es un hecho que la palabra «sexo» es la más buscada. La red favorece el encuentro fugaz, banal, a veces oculto, y sin compromiso. Una pradera primaveral de satisfacciones inmediatas en la época de las prisas; otra cosa es el amor, un árbol de crecimiento lento. El amor que no se cuida a diario acaba por volverse muy frágil. Aquí pasa.


¿Cuál es la historia real que más le ha impresionado en su investigación del sexo por internet?

El caso de Marga, aunque parezca ilógico, no es inverosímil: una mujer que se presta a tener sexo en Internet durante unos meses y después lo deja. Si nadie la descubre todo seguirá igual.

¿Por qué hay tan poco humor?

Al menos hay ironía, creo. Mariano se burla de sí mismo y de sus actos vistos a través de su prisma de psicólogo. El nudo de la novela excluye el humor; en esas circunstancias sería cinismo.

¿Había querido hacer siempre una novela tan dialogada?

Sí. Los diálogos están trabajados como si fuera un guión cinematográfico. Los diálogos sirven para definir al personaje, pero también son una manera de aligerar la lectura, un cóctel de verano que espero que ayude al lector.


¿Cuál es lugar de Zaragoza y su microcosmos literario en el libro?

Zaragoza ocupa un lugar central en toda mi obra. Yo creo que las recreaciones literarias o cinematográficas contribuyen a crear el imaginario colectivo de una ciudad. Espero que el lector aprecie la carga emocional que encierra cada lugar: disfruto describiendo la torre de la Magdalena, recién iluminada, cuando sale a hacer la noche cargada de azulejos, el Ebro que discurre por los tajamares del puente de Piedra, la niebla fría que ahoga la plaza de Salamero, Las Fuentes, el Actur?


¿En qué ha cambiado Félix Teira?

No sé, es difícil verte a ti mismo. Creo que las canas y el colesterol son buenos compañeros de viaje para un novelista. Pienso que soy más escéptico y, quizá por ello, más equilibrado.

 

Laciega.com. Félix Teira Cúbel. Funambulista. Madrid, 2011. 420 páginas. Este texto aparecía el pasado miércoles en ’Heraldo de Aragón’

CARLOS LOBO DIARTE: OTRO ADIÓS

CARLOS LOBO DIARTE: OTRO ADIÓS

DIARTE, UN ÁGUILA Y UN CICLÓN EN EL ÁREA

 

 

El Real Zaragoza había tenido grandes arietes: Seminario, Murillo y Marcelino, que llegaron a jugar juntos en alguna ocasión. Y Miguel Ángel Bustillo. Pero en enero de 1974 llegó un joven espigado, de larga melena más bien lacia, que pronto iba a deslumbrar: Carlos ‘Lobo’ Diarte; procedía del Olimpia de Paraguay y tenía 19 años. Decían que venía a reemplazar a otro gladiador del área: Felipe Ocampos, el ariete-armario, correoso, capaz de desplegar los codos, y una contundencia propia de los que se fajan en el área y sobreviven hasta la sangre, la rabia y los insultos.

Diarte demostraría de inmediato que practicaba otro juego: era fogoso, cabeceador, remataba con las dos piernas, poseía un regate mucho más que correcto, con salida hacia la derecha y la izquierda, y era constante, bregador cuando se terciaba, se levantaba por los aires como un águila, se lanzaba en plancha como un perfecto nadador. En Zaragoza encontró un equipo a su medida: un conjunto de colegas, como Arrúa, que era su media naranja perfecta (se olisqueaban, se intuían, se hablaban en guaraní, murmuraban en la lengua inefable del fútbol), y Soto, el citado Ocampos, el uruguayo ‘Cacho’ Blanco o el argentino Santos Ovejero. Con ellos, y con futbolistas admirables como Manolo González, Planas, Violeta y García Castany, por citar cuatro figuras, nacieron los ‘zaraguayos’, un equipo para la leyenda, capaz de golear al Real Madrid el 30 de abril de 1975 o de vencer al Barcelona para obtener el subcampeonato de Liga, capaz también de jugar una final de Copa del Generalísimo ante el Atlético de Madrid (un cabezazo de Gárate les apeó del título).

Aquel Zaragoza, que dirigía el paternal Carriega, tuvo dos buenas temporadas: la inolvidable de 1974-75, y la siguiente, en la que Carlos Diarte marcó 16 tantos en la Liga y demostró que era un delantero centro audaz, moderno, que llegaba desde atrás, rápido, con clase y sentido del sacrificio, con visión y sentido de la sorpresa. Se escabullía y avanzaba como un huracán. Él y Arrúa, arropados por la clase y el toque de tiralíneas de García Castany, hicieron de La Romareda un lugar inexpugnable, un estadio de fútbol vibrante, rápido, lleno de imaginación e intensidad. Ellos y un buen bloque, claro: el fútbol es esencialmente un deporte colectivo donde todos importan mucho. A veces, más que indio, Carlos Diarte parecía un holandés volador. ‘Los zaraguayos’, de tránsito demasiado fugaz, asimilaron bien la tradición de ‘Los magníficos’.

El juego y algunos goles deslumbrantes de Diarte reclamaron la atención del Real Madrid, que era uno de sus sueños, y del Valencia, donde recaló por 60 millones de pesetas de entonces, unos 400.000 euros de hoy. Allí coincidió con Bonhoff, con Rep y con Kempes, con Valdez (que rivalizaba en la selección con Chechu Rojo) y tuvo una primera temporada estupenda. Luego consiguió en 1979 la Copa del Rey que se le había escapado aquí; más tarde sería descartado por Pasieguito y recalaría en el Salamanca y finalmente en el Betis, donde volvió a brillar, cerca de la bota de seda de Cardeñosa y de la fuerza indesmayable de Gordillo, que era, como Diarte, un ciclón. Otro ciclón.

Carlos Diarte siempre fue un jugador especial. Incontenible. Simpático. Cercano. Vitalista. Un ídolo que rivalizaba con Arrúa y con Perico Fernández. Le gustaban un poco la juerga y la noche, la música (cantó en televisión ‘Tú volverás’, llegó a grabar un disco y arañaba la guitarra) y escribió poesía: leía a los poetas del 27, leía a Neruda, a Ángel González, y poseía facilidad y gracia para redactar poemas. Aseguran que contagiaba alegría en el vestuario. Entrenó a varios equipos y a la selección de Guinea Ecuatorial; supo madurar con sensatez y amor a la vida, a sus cuatro hijos y a sus amigos, aunque el cáncer decidió ponerle la zancadilla más insalvable y cruel. Siempre lo recordaremos por su fútbol, por su despliegue, por su carisma: era uno de esos jugadores que fijaban nuestra atención de inmediato. En 1980 un portero de la que había sido su residencia en la calle Ávila, me dijo en el bar del bingo Napolitano: “Esta casa no es cualquier cosa. Aquí vivió Carlos Diarte. ¡No se puede imaginar cuántos autógrafos tenía que firmar! Los zagales lo querían con locura”.

 

*Este artículo apareció en la edición digital de Heraldo de Aragón: heraldo.es. Anoche me contaba el escritor Rodolfo Notivol que había sido uno de los héroes de su adolescencia; su primera mujer era zaragozana y amiga de su familia.

OTRA OPINIÓN SOBRE EL TEMA BELLOCH

[El fotógrafo Alberto Rodrigálvarez intentó hacer un comentario a las opiniones de Emilio Casanova en mi blog, pero no le dejó el sistema. A mí tampoco me deja. Y traigo aquí el texto. Alberto me decía lo siguiente: “No conozco de nada a Emilio, ni a Belloch, ni pertenezco a ningún partido políticio, ni soy ningún representante de la cultura, pero como veo que firma como un ciudadano, a mí también me gustaría escribir como otro ciudadano…”]

 

LA CAPITALIDAD CULTURAL, DONOSTIA Y EL ALCALDE BELLOCH

Por Alberto Rodrigálvarez

Creo que Belloch erró en las formas pero técnicamente tiene razón.  Cuando se es ’jurado’ no sólo hay que ser objetivo, sino además aparentarlo. Salir ante la opinión pública y hacer comentarios fuera de lo que sería estrictamente ’objetivo’ es una barbaridad. Emocionalmente uno puede pensar lo que quiera, pero su ’deber’ como jurado es ser estrictamente objetivo y no dejarte llevar emocionalmente y mucho menos en público. No he oído todos los comentarios pero estoy totalmente de acuerdo cuando Belloch dijo que en condiciones normales al ganar San Sebastián sólo habría habido un problema político, pero con las declaraciones que ha hecho como jurado ahora existe un problema jurídico.

El hecho de que me pueda parecer a mí por ejemplo sacar un video con unos niños de diferentes etnias con la palabra ’paz’ y que el jurado diga que está ’emocionado’  y se convierta ahora en el ’salvador divino’ que ayuda en el camino a la paz no sólo está totalmente trasnochado sino que además conduce a pensar que tiene un total desconocimiento de la realidad. El nacionalismo es un ’sentimiento’, pero no es ’cultura’. La cultura está más allá del nacionalismo y cuando éste la emplea, es sólo en su beneficio. Al margen de esto y lo que más imprudente me ha parecido a pesar de los errores que ha cometido Belloch, es el hecho de que Emilio aluda a la condición de Ministro que tuvo Belloch. Por eso mismo, puedo entender que una persona que si no me equivoco estuvo muchos años de ’juez’ en el País Vasco y ha asumido los ministerios de Interior y Justicia(combatiendo el terrorismo)  ahora al presentar un proyecto ’cultural’ se encuentre que el jurado hable de otras cosas que no son las estrictamente técnicas y encima sepa que al frente del proyecto, el  que es el encargado de desarrollarlo haya gente que más que representar la capitalidad europea de una ciudad de España, lo haga en beneficio propio, ya que en realidad ellos creen en su autodeterminación y en la consideración de un estado propio.

No digo que este resultado no sirva para construir, ni que un proyecto sea mejor ni peor,  lo que digo es que la ’motivación’ empleada en el discurso del jurado es un insulto y una falta de respeto  para la gente que trabajan en los proyectos porque deja de lado lo ’importante’. Creo que obligatoriamente debería haber una rectificación por parte del jurado, ya que si no demuestra su influenciabilidad por otros factores que no deben afectar a  su decisión. Puestos a hacer memoria también podríamos recordar palabras como las de Arzalluz en su día: ’Para nosotros las bombas y para los españoles la cultura’, en relación a la petición que hacían del cuadro del Guernica. Creo que las palabras fueron similares a estas.... Ni siquiera se respeta el hecho de que creo recordar que el deseo  de Picasso hubiese sido que el cuadro estuviese en El Prado. Otra manipulación más de la cultura por parte nacionalista.

Otro asunto que comenta Emilio es el relacionado con la democracia y lo demócrata que dice que es él y lo poco que deben ser otros.... Pero bueno, vamos a ver, en España debido al sistema que existe se prima la territorialidad, eso significa que a día de hoy muchos partidos nacionalistas y otros minoritarios tienen la posibilidad de estar en el parlamento. De otro modo habría sólo bipartidismo como en otros paises. Por ello, debido a este sistema hay partidos que tienen llaves de gobernabilidad y hacer valer sus opiniones cuando los partidos mayoritarios no obtienen mayoría absoluta. Esto es la democracia, hay gente que estará o no de acuerdo y que dirá se debería cambiar el sistema. Todo esto puede debatirse e incluso cambiarse, pero no se puede utilizar como piedra arrojadiza para decir que por ejemplo Belloch no sea alcalde. La soledad de Eloy ha quedado patente al no poder conseguir un sólo apoyo. La gente ha votado así. Probablemente tiene razón por haber sido la fuerza más votada, pero la realidad es que con el actual sistema democrático su situación en soledad sería de ingobernabilidad. 

Respecto al virus que dice que inocula, el peor es el de la ignorancia. Creo que en el fondo Belloch, al margen de la decepción personal y profesional que haya podido acarrear esta decisión, lo que pide es Justicia y creo que en eso todos los partidos deberían estar de acuerdo. El virus que se ha inoculado es en realidad la de la ’ANESTESIA LOCAL’ en la que estamos sumidos para no poder ver que no es de recibo la argumentación del jurado. Repito, lo que se pone en cuestión viene como consecuencia de los errores cometidos por el jurado al emitir el fallo, no la democracia, ni otras cosas. Lo que se pone en cuestión no es si ahora parecemos malos perdedores o si no somos representados por este alcalde, etc. El debate no es de tozudez, es de justicia. El otro día en la radio se volvió a hablar en alusión a un titular de un periódico de la Corona Catalana. Se excusó a un medio porque se había limitado a transcribir lo que el articulista de prensa había escrito y que no se podía echar más leña al fuego sobre el tema. NO es echar leña al fuego, es JUSTICIA. NO se trata de cuestiones a debatir sino de ser fieles a la realidad.

En fin, esto podría ser mucho más largo, pero creo que el debate real a pesar del error de comunicación que tuvo Belloch no debe trasladarse a otras cosas y debemos ver que la realidad del asunto es consecuencia de unas declaraciones muy desafortunadas de un jurado que ha cometido un grave error SEGURO ’EN LA FORMA’  , en el ’FONDO’ sería una cuestión ya de tipo político.

Un abrazo. Alberto Rodrigálvarez. Fotógrafo. [Tomo aquí dos fotos de Alberto: una de Elia Lozano y otra de la compañía La Mov en el montaje ’El trovador’]

 

EL CINEASTA EMILIO CASANOVA LE ESCRIBE AL ALCALDE BELLOCH

[El cineasta Emilio Casanova, un buen amigo desde hace muchos años, me envía esta nota como a otros muchos amigos. Creo que es un punto de vista bastante sensato. Zaragoza ganó una Expo Internacional, había ganado una exposición de naturaleza. Juan Alberto Belloch no ha estado demasiado acertado. Esta foto de Emilio es de Vicente Almazán.]

 

Estimados amigos

Os envío esta nota

Un saludo a todos

 

 

Señor Alcalde de Zaragoza:

Soy vecino de su ciudad, y me alegra todo lo que tenga que ver con el avance de la misma.

Me alegré de la Exposición del 2008. Y aprecio la evolución que en muchos aspectos de esta ciudad produjo tal evento. Sin duda por el trabajo realizado por nuestros administradores. No me refiero a los fastos, necesarios, sino a lo que todo ello dejó: el cuerpo de nuestra ciudad... y sin duda por la solidaridad mostrada por muchísimos de nuestros vecinos.

Ayer fue elegida San Sebastián –Donosti para muchos, la mayoría de sus vecinos- como capital europea para 2016. No lo fueron varias otras capitales españolas, entre otras Zaragoza. Lo siento porque, repito, soy de aquí y supongo que la capitalidad hubiese aportado energías y otras cosas a todos.

Aquí se queda el asunto. Usted no. Acaba de hacer unas declaraciones que, a mi juicio, son inexcusables. Usted, demócrata, pretende invalidar un proceso contra una decisión decidida por un organismo que es quien valora.

Lo mismo pasó en las elecciones municipales pasadas anteriormente. Nos gusten o no.

Yo, señor alcalde, soy demócrata, o lo intento ser porque, como lavarse los dientes, requiere un esfuerzo diario. Y me puede o no gustar que un partido acceda a determinados poderes. No soy nacionalista, ni vasco, ni andaluz ni aragonés siquiera. Creo en las ideas y en las personas. Y creo en el progreso y en la solidaridad entre las gentes, y en la buena vecindad frente a guerras fratricidas. Kosovo está tan lejos como tan cerca.

Señor alcalde. Sus declaraciones me producen vergüenza. No son propias de alguien que fue ministro por partida doble: de Justicia y de Interior.

Sus palabras –espero que una ducha fría le reconforte- son yesca, de ésa que enarbolan los nacionalistas, vascos serpiente o españolistas de bandera preconstitucional.

No siga por ese camino. Creo que no es el del partido al que pertenece, o por el que le votan, y menos el de un demócrata. Sí parecen las de quien no sabe perder. Que, para mí, hoy, es lo más importante y mide la altura moral de las personas. Recuerde en 1993 el papelón de don Javier Arenas y don Alberto Ruiz Gallardón, del Partido Popular, cuando perdieron unas elecciones generales que las creían ganadas: Hablaron de pucherazo. ¿A que lo recuerda?

Si no sabe ser elegante, o demócrata –quién sabe-, al menos cállese y no produzca un virus que los vecinos de Zaragoza, y la gran mayoría de los de San Sebastián, ni tienen ni desean.

Le queda un ratico para sacar la pata que ha metido. Y no es pequeña, es más grande de lo que supone.

Atentamente ciudadano de esta ciudad

Emilio Casanova

DNI 17852666C