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Antón Castro

DIEGO Y 'LAS BODAS DE ISABEL'

’Los Amantes de Teruel’ de Jorge Gay.

[Anoche, en compañía de Olga Bernad, el grupo Deep in Blue y Luis Felipe Alegre (que leyó dos poemas: ‘Vida de poeta’, dedicado a Mariano Esquillor, y ‘Una casa en venta’ de ‘El paseo en bicicleta’, que vi ayer unos minutos antes de empezar la lectura) participé en una lectura de poemas en La Campana de Los Perdidos. Mi gratitud a Fernando Sarría, Miguel Ángel Yusta, Manuel Forega y José Ángel Rodicio, entre otros, y a los asistentes. Quería haber leído este texto de ‘Vivir del aire’ en homenaje a ‘Las Bodas de Isabel’, pero al final se quedó en el tintero. Ayer, Miguel Mena realizó un estupendo programa desde Teruel en ‘A vivir Aragón’. Traigo aquí el texto que pongo en boca de un imaginario Diego de Marcilla. Hoy en mi sección ‘Cuentos de domingo’ de HERALDO le dedico otro texto a Isabel de Segura, otra Isabel imaginaria. Teruel ha sido muy importante en mi vida: he vivido más de una década en tierras turolenses y tengo dos hijos nacidos en el Bajo Aragón y el Maestrazgo]

 

 

LOS AMANTES DE TERUEL / 2

 

Ni yo mismo sé si he existido alguna vez en el siglo XIII o si he sido un milagro de la literatura. En cualquier caso me gusta mi nombre, Diego de Marcilla, amplificado en la leyenda del tiempo, modelo de amante loco de amor, caballero esforzado en pos de una quimera por aquí y por allá, en batallas y tareas, a lomos del caballo. He soñado, más allá de la muerte, con Isabel de Segura: la he visto en sueños y pesadillas, la he deseado, he sentido su piel de cereza, la he percibido junto a mí transformada en piedra y olvido. Año a año, siglo tras siglo, he visto cómo nuestra aciaga historia pasaba a los libros, a las corrientes de aire, escalaba las torres mudéjares como un gran pájaro de pena. Decir Teruel era decir Isabel y Diego, decir Teruel era pensar en nuestra pasión imposible, decir Teruel era como refundar una ciudad mudéjar para el amor nuevo e inmortal. Desde hace unos años, soy una sombra feliz, un ardoroso espectro: resucito, adquiero distintas formas, asumo cuerpos ajenos y jóvenes, y avanzo por la ciudad, entre estandartes y la multitud dichosa. Al final de la algazara, cierro los ojos y noto el aliento de tantas mujeres que amo y he amado, esas mujeres que han sido y serán Isabel hasta el fin de los tiempos. Cierro los ojos y espero esa boca, ese beso definitivo que justifica cada una de mis metamorfosis.

 

De ‘Vivir del aire’ (Olifante, La Casa del Poeta, 2010).

’Los Amantes de Teruel’ de Muñoz Degrain.

POEMAS DE RAMÓN GARCÍA MATEOS

[Esta costumbre mía…] 

  

Esta costumbre mía de contemplar las cosas con las mismas palabras con que otros las miraron

me empuja inevitable a transformar mis ojos, confundidos y húmedos, en voces revividas desde un endecasílabo o en páginas de un libro           que duerme en mi regazo.

Yo miro con palabras, reconozco en sus sílabas ciudades y paisajes, descubro nuevamente lo que ya conocía:

 

 

1

 

Por Zamora y sus puentes anduve enamorado, con Blas de Otero a solas, por la puente de piedra, embebidos de noche, silenciosos los dos;

con el Duero a la espalda, su susurro de agua como un romance viejo, por callejas que guardan resonancias y ecos de traiciones ocultas, el sueño comunero de un clérigo rebelde, el agrio desengaño de las horas marchitas,

por esas calles quietas caminamos sin prisa, redoblando el instante, el sabor de un cigarro, Orio y Guetaria y ya

la galerna está lejos,

a la cita prevista, al encuentro con Claudio en un bar en penumbra, media azumbre de vino y de nuevo andariegos a la vela en Zamora:

las iglesias que encienden nuestro asombro nocturno, las plazuelas en sombra, palabras que entretejen un claro resplandor,

la llama que bendice la imagen que ahora veo, con el Duero a la espalda, otra vez deslumbrado, imagen de una imagen, esfera, espuma blanca, matriz de la ceniza, los puentes de Zamora y el don de la ebriedad.

 

 

 

2

 

Yo vi Roma a la luz de la luna de enero, desde aquella colina, mirador

de sus ojos, contemplé mi fracaso en la ciudad que duerme bajo una cripta límpida de pórfido y engaño,

Roma, peligro impío para juglares nómadas, cristal en que espejean los últimos naufragios, el dolor de estos versos, la claridad y el cielo,

Roma con Rafael y el barrio del Trastévere, camino junto al Tíber, imposible seguir tus pasos sin esbozo, imposible aprehender el vaho de la alquitara, sólo gotas de ausencia, sólo espectros del agua,

yo vi Roma en los pies desgastados de Pedro, sin barco y sin contorno, besos como mordiscos sobre la piedra en ruinas,

Roma por el orgullo de tu cabeza cana,

Roma para mi llanto,

Roma donde dormitan saetas herrumbrosas,

Roma en un espejismo que Mestre dibujara en la tumba de Keats,

así te veo, con la luna más clara, así te nombro, Roma, donde tú no estuvieras, donde yo nunca estuve, desde su voz mis ojos contemplan tus secretos, te busco y tú no estás, te busco peregrino y en Roma no te hallas,

Roma, Roma callada, te rondan las ausencias de aquellos que te amaron,

Roma, filtro de amor y prenda de todas las mentiras,

Roma, filtro de amor y prenda de todas las promesas.

 

 

 

3

 

Fue para mí La Habana un sueño adolescente, con su nombre enhebrado a mitos y delirios que aún vagan en la noche por todos sus rincones,

un sueño era La Habana, ay, Cuba, junto al mar, el mar de la bahía rozando el malecón, palabras que acarician al aire de un requiebro,

a donde yo llegué con el gordo Lezama una dulce mañana de guayaba y abril:

azul en los balcones y allá, en la ciudad vieja, el tiempo suspendido y la Prieta Mamey por la Plaza de Armas, las sierpes gongorinas, la papaya innombrable, ancianos que conjuran la muerte con palabras, azúcar y toronjas, almizcle y ron de caña.

Fue para mí La Habana recorrer El Vedado y acercarme después a la Casa de América,

con la fiel compañía de un gato enamorado, mitad cubano y vasco y mitad catalán,

un gato por sus salas, con Marcia y con Haydée, un gato perezoso entre hermosas muchachas,

cuando todo era aurora, cuando todo era mayo, cuando todo era un beso con pintura de añil.

Habana al mediodía clavada en mi memoria, a punto del derrumbe, orgullo en la camisa guajira de un poeta que fuma adormecido de espaldas a Florida,

Habana sin remedio y el hotel Inglaterra,

un café entre las manos con Nancy Morejón en la arista de un verso,

Habana por mis venas, para el pesar morfina,

ciudad donde la piel se vuelve cataclismo,

ciudad trigueña y huérfana, los muslos de azabache ciñendo mi cintura,

ciudad para el retorno,

ciudad donde es posible morir a media luz.

 

 

 

Esta costumbre mía de contemplar las cosas con las mismas palabras con que otros las miraron,

de vivir a la sombra de música y palabras:

Buenos Aires, Cortázar y París en otoño, un palo y una soga con Vallejo en un jueves de lluvia atormentado; Federico y Granada: Guillén y Carvajal jugándose los ases del aroma; don Antonio en Segovia, Ignacio en su taller; inocente Lisboa siempre en llamas, Torga y Pessoa: un ramo de cilantro; Salamanca y Fray Luis, los años ignorados que duermen en los claustros, Aníbal Núñez que arde en su triste mortaja… por dios, cuántas palabras bogando por mis ojos, ay, ay, cuántos silencios al borde de un poema,

yo miro con palabras, reconozco en sus sílabas ciudades y paisajes, descubro nuevamente lo que siempre he soñado, lo que ya       conocía, la herencia que me arroba, mi única riqueza, palabras y palabras, jardín y soledad, iglesia sin campanas.

 (De Morfina en el corazón, 2003)

 

 

[Adivinar el tiempo ya pasado…] 

 

 

El poeta no recuerda el pasado, lo anticipa.

Y no imagina el futuro, lo recuerda.

[Malversación de una cita de Carlos Fuentes]

 

 

Adivinar el tiempo ya pasado,

vislumbrar en palabras los recuerdos

como augurio del tiempo que vendrá.

Alba y premonición es la memoria.

 

El porvenir se extiende igual que un manto

bordado con agujas en pretérito.

Tejedor del futuro es el poema

remembrando palabras olvidadas.

 

Escribo con las voces de los muertos

y el eco de los años que he vivido.

Sobresalto y oráculo que dicta

 

esta crónica amarga del mañana.

Presiento lo que fui. Será ayer siempre.

De mi muerte aún tengo yo el recuerdo.

 

 

(De Como otros tienen una patria, 2007)

 

IV

El olor a jazmines de tu cuerpo,

cuando desnuda el alba los balcones

y la luz que amanece un nuevo día

aligera el rumor del desconsuelo,

acaricia la voz de la memoria

con el fuego sin fin de nuestros besos.

Y se inunda la luz de tu fragancia

y respiro tu olor, respiro y siento

el calor de tu cuerpo en mi costado:

de jazmín el aroma

en un ramo de mayo.

El olor a jazmín de madrugada,

tras la noche sellada por los besos,

se hace halo de amor entre mis manos

que transpira la esencia del deseo.

Se hace halo de amor, silencio y calma

—la pasión reverdece en el recuerdo—

y se expande de pronto al infinito,

a cielo y mar, a piedra y viento,

y es ya el olor de Dios,

presagio del misterio.

 

*Las fotos son de Laure Albin-Guillot. Nació en París en 1879 y falleció en 1962. Trabajó en moda y en desnudo femenino con una estética pictorialista. Uno de sus retratos más famosos fue el de Paul Valéry, realizado en 1940.

* El poeta, profesor (es uno de los grandes expertos en José Agustín Goytisolo) y rapsoda Ramón García Mateos, un salmantino afincado en Tarragona, publica una antología de su obra: ’Rumor de agua redonda’ (1998-2010) en la Diputación de Salamanca. Ramón y yo nos conocimos en Cuba en 1997 y realizamos una gira por Cienfuegos, Cumanayagua y La Habana, organizada por El Silbo Vulnerado. Fue un viaje inolvidable para mí. Gentilmente, me envía tres poemas de su nuevo libro.

Paul Valery, 1940.

 

 

 

A LAS DOCE, BORRADORES EMITE EL MONOGRÁFICO DEDICADO A MIGUEL HERNÁNDEZ

 

Hoy sábado, a las doce de la mañana, se redifunde el programa Borradores de Aragón Televisión del monográfico dedicado a la vida y obra de Miguel Hernández (1910-1942) con motivo de su reciente centenario y de la exposición ‘Hijo de la luz y de la sombra. Imágenes para un poeta’ que se exhibe en el Paraninfo de la Universidad de Zaragoza. Intervienen por este orden: Luis Felipe Alegre y Carmen Orte, que cantan ‘Andaluces de Jaéns’ y luego ‘Sepultura de la imaginación’ para cerrar el programa; se ofrece un reportaje sobre la exposición del Paraninfo, explicada por Ana Marquesán, Arantza Pérez de Mezquía y Paco Simón, diseñadores y coordinadores del proyecto, y luego ya se emite la extensa entrevista con Joan Manuel Serrat, de unos 19 minutos, donde habla de todo: del poeta, de sus canciones, del disco, de los poemas visuales. Agustín Sánchez Vidal analiza la muestra, su relación con el cine y las claves de la obra de Miguel Hernández, y finalmente José Luis García Sánchez explica las claves de los 20 poemas visuales de cineastas como Isabel Coixet, Pedro Olea, Gutiérrez Aragón, Pere Portabella, Agustín Sánchez Vidal (vemos un largo fragmento de su clip ‘Las abarcas desiertas’, David Trueba, Jaime Chávarri… Si el pasado martes no pudisteis ver el programa, os lo recomiendo: hay muchas imágenes, cariño, poesía, canciones…

 

*Miguel Hernández y Josefina en la huerta; Joan Manuel presentando el disco 'Hijo de la luz y de la sombra' y Josefina, en uno de sus mejores retratos.

LUIS ANTONIO PUENTE: UN SONETO A LUGO Y ÁLVARO CUNQUEIRO

Luis Antonio Puente, profesor y escritor, versificador y poeta, amante del lenguaje y de las bellas palabras con sentido, me envió hace algunas semanas este soneto dedicado a Lugo, con eco claro de Álvaro Cunqueiro, de quien se cumple este año el primer siglo de su nacimiento. Luis Antonio acaba de publicar ‘Desterrado de Cierzo’ (Mira editores).

 

 

 

 

LUGO POR DENTRO

 

Inscrita entre eucaliptus y penedo.

Aunque de espaldas a la mar salada,

marinera. Que flota en marejada

de nubarada celta en cielo acedo.

 

Zafarrancho ancestral-soturno y quedo-

a base de saudade y campanada

de sede episcopal. Más la "Alborada

gallega" de morriñas: Mondoñedo...

 

Como Gerardo a Silos, llegué a ti.

Y me senté junto a Álvaro Cunqueiro, 

que lo tuve, y aún tengo, por rabí.

 

Compartiendo albariños y ribeiro,

juro que creo cierto lo que vi:

al Gran Hermano, muerto, en el cruceiro. 

 

                               Luis Antonio Puente 

 

POEMA PARA JUAN CARLOS MESTRE

SÍGUEME

A Juan Carlos Mestre 

Hay hombres que huyen de la tierra y vuelven a ella

como si estuvieran condenados al eterno retorno.

Llevan en su memoria y en su piel el rastro de la nieve,

la voz de los antepasados, el lamento de los bosques,

el aullido de los lobos, el paso decisivo del vendaval.

Llevan en la sangre un rumor antiguo de lluvia,

el temblor de los vientos y el vuelo de todos los pájaros

que nunca quisieron estar cautivos en el horizonte.

Hay hombres que se empapan de música, que tienen

en la mano el código de las estaciones, la ebriedad

de las miradas de las madres de luto en el campo.

Hay hombres que crecen y nunca dejan de ser niños,

hay niños que nunca dejan de ser ancianos o crisálidas

de un sueño de cristales, de musgos y de escarchas.

Hoy me he encontrado con uno de ellos: es un poeta,

un viajero, el peregrino que entretiene la tarde

con su acordeón, el contrabandista de delirios que lleva

en su cartera de cuero el estrépito de la utopía

y la colección de estilográficas de Rafael Pérez Estrada.

El rapsoda de sí mismo y de todos los espectros.

El brujo de una tribu imprecisa de labradores,

de buhoneros, de comerciantes y de huidos.

Hablo de un alquimista de vocablos, de un pintor

de curvas y colores que adormecen el fuego.

Cuando estás ante él, cuando lo escuchas presientes

que ya no eres dueño de tu vida ni de tus pasos.

Abre la boca y parece decirte: “Sígueme.

Crucemos el territorio milagroso de la poesía”.

 

 

*Estuve ayer, merced a la cordialidad de Ignacio Escuín y Almudena Vidorreta, con Antonio Méndez Rubio y con Juan Carlos Mestre, a quien admiro mucho desde hace años. Por la noche, me senté al ordenador y me salió este poema de homenaje al poeta leonés que acaba de estar casi un mes en la UCI tras un infarto. Juan Carlos y yo no nos habíamos visto nunca, pero teníamos muchos amigos comunes y algunas afinidades: Gamoneda, Francisco Pino, Xoán Abeleira, Rafael Pérez Estrada, Alexandra Domínguez, Antonio Pereira, etc. Este es un pequeño poema basado en alguien que podría parecerse a él.

PATRICIA RODRIGO: ENTREVISTA A LA DIRECTORA DE LA GALERÍA ANTONIA PUYÓ

“Me gustan los artistas

que explican

nuestro tiempo”

 

La directora de la galería Antonia Puyó, mejor espacio expositivo de 2010 para la crítica especializada, explica el estado del arte en Zaragoza y Aragón, las aventuras que emprende a diario y su voluntad de apostar por los nuevos creadores

 

 

Patricia Rodrigo Puyó (Zaragoza, 1980) ha vivido cerca del arte desde muy niña. Iba con sus padres, José y Antonia, a ver exposiciones en España y en el extranjero de arte contemporáneo. Tenía aguante, curiosidad y “no solía quejarme”. Su recorrido fue el inverso al del espectador corriente: habituada a las tendencias modernas y a los artistas que exponían en la galería de sus padres, el arte clásico era como una revelación, un deslumbramiento y una asignatura pendiente. En el fondo sería la sensación de que no conocía en profundidad la historia del arte lo que decidió su destino: abandonó el sueño de convertirse en arquitecta, como su tío Antonio, para estudiar Historia del Arte. Desde 2005, con apenas 25 años, es la directora de la galería Antonia Puyó (Madre Sacramento 31), que acaba de recibir de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte el premio a la mejor sala de exposiciones de 2010 “por su
acrisolada trayectoria como galería de arte contemporáneo pero especialmente por la renovación generacional en su gestión y por su fuerte apuesta en favor de artistas jóvenes y de nuevos medios”.

¿Por qué quería ser arquitecta?

Porque me gustaba mucho el mundo de mi tío. Siempre rodeado de planos y dibujos y de fotos de edificios. Colaboró un tiempo con el arquitecto José Manuel Pérez Latorre. Y por otra parte estaba mi padre, que era interiorista y decorador, y se quedó Moldurarte; acabaría convirtiéndose en galerista con mi madre en 1990. Y claro, a partir de entonces fue entrándome el gusanillo.

¿No todo en su vida sería arte contemporáneo?

En absoluto. He pasado veranos inolvidables en Ansó, donde disfrutaba del río y de las montañas, allí conocí a mis mejores amigos. Lo más fascinante puede ser una niñez de pueblo y yo la tuve. Ansó está muy vinculado al traje regional y nosotros tenemos una antepasada, Pascuala Mendiara, que fue modelo de los pintores Sorolla y de Zuloaga, y de fotógrafos como Ortiz Echagüe o Ricardo Compairé. Además, jugué mucho al baloncesto: tanto en Zaragoza, especialmente en el Casablanca, como en Segovia. Estuve un mes en Estados Unidos, tenía 17 años, me vieron jugar y me ofrecieron pagarme los estudios, pero al final me dio miedo.

En esos primeros años de la galería, ¿tuvo usted relación con los artistas?

Especialmente con Andrés Nagel, que exponía mucho con mi madre y con Maike Azurmendi, que coordinaba la galería. Hice un trabajo de fin de carrera sobre él: era el diálogo de una estudiante con un artista empeñada en desmontar lugares comunes. Nagel decía que siempre que leía las críticas que le hacían tenía la sensación de que hablaban de otro. Y ahí borrábamos su imagen de ‘artista maldito’. También conocí al escultor Miquel Navarro: estuve en su estudio de Mistela y compartimos muchas noches cuando yo era adolescente. Y a muchos otros, en Arco, que siempre ha sido muy importante para mí.

¿Por qué?

Me gustaba mucho. Iba siempre. Era como mi período especial de prácticas artísticas. Siempre me reservaba esos días. Estaba en la galería, como ayudante y como observadora, y veía lo que ocurría. Antonia Puyó acudió a Arco durante diez años. Arco era y es un escaparate: tenías la oportunidad de ver en unos pocos días el arte de todo el mundo. Con todas estas incitaciones, era lógico que estudiase Historia del Arte. Lo decidí el último año de instituto, en 1997. Cuando se lo dije a mis padres, me dijeron: “Pero, ¿qué carrera es esa? Eso ya lo tienes en casa. Elige otra cosa”. Entendí que me faltaba base, información, que había un vacío importante, y me fui a estudiar a la carrera a Segovia. Recuerdo que había cuatro modalidades: Restauración, Conservación, Investigación y Difusión. Yo me incliné por esta, que comprendía Museología, Crítica de Arte y Nuevos soportes.

¿Qué significó Segovia en su vida?

Significó la libertad, jugué al baloncesto con el Caja Segovia en Primera y en Primera B. Tenía un museo estupendo, el de Esteban Vicente, donde podía ver muy buenas exposiciones, y estaba muy cerca de Madrid. Al menos una vez al mes me iba al Reina Sofía y a distintas galerías de arte contemporáneo y emergente. Al acabar realicé un máster de la Complutense, de museografía y diseño de exposiciones, entre otras cosas porque soñaba con trabajar algún día en el Museo Reina Sofía. Lo hice gracias al máster durante seis meses.

No está mal. La cosa prometía.

Me lo pasé muy bien. Aprendí muchísimo. Y colaboré muy en una exposición del centenario de Cervantes: ‘Las tres dimensiones del Quijote’. Operaba en tareas de organización y coordinación, en la recepción de obras, en las relaciones con museos y galerías, en la preparación de seguros. Allí me enteré de que muchos museos que dejaban sus obras las envían tuteladas por un restaurador o conservador. Me lo tomé con tanto cariño que una de mis jefas me dijo: “¡No quiero pensar cómo lo harás el día que trabajes de verdad!”.

Todo un piropo. ¿Qué ocurrió luego?

De repente, recibí una llamada de Antonia Puyó, mi madre. Me dijo que se estaba planteando cerrar la galería y que necesitaba mi ayuda para devolver todas las piezas. A la vez, había salido una posibilidad de quedarme en el Reina Sofía. Cuando vine aquí, mi madre me propuso que llevase yo la galería. Me quería pasar el testigo; de lo contrario cerraba. Yo era algo que contemplaba, claro, pero a largo plazo: tenía que aprender, vivir, viajar. Cuando regresé a Madrid se lo comenté a mis compañeros del Reina Sofía.

¿Qué le dijeron?

Que no podía renunciar. Que ese era el sueño de alguien que ame el arte: elegir a los artistas y difundir su obra, preparar las exposiciones, programar, tener una galería propia. Me decía que era la oportunidad de mi vida.

¿Cómo llegó a Zaragoza?

Fue en 2005 y vine muy ilusionada. Teníamos la Exposición Internacional en puertas y eso también abría perspectivas nuevas. Recuerdo que por entonces también se abrieron nuevas galerías.

¿Se confirmaron las expectativas en 2008?

El arte en la Expo-2008 fue lo peor. O de lo peor. Todo fue de poco nivel, incluso las piezas de la ribera, sean o no de artistas importantes, son interesantes, pero de nivel medio. La política de exposiciones en el recinto dejó mucho que desear, no hubo una auténtica apuesta por el arte contemporáneo, salvo excepciones, pocas. No hubo un proyecto artístico. O si lo hubo, se desinfló pronto y ese evento tan importante no nos permitió colocarnos en ningún sitio. Sin embargo, la Expo fue muy importante: cambiaron las riberas del Ebro y a mí me encantó redescubrir un río que siempre me ha encantado, que siento muy mío y muy nuestro. Me gusta mucho Zaragoza.

¿Y ahora, cómo le va? ¿Se puede vivir solo del arte?

Es muy complicado vivir solo de las ventas. Es casi imposible, al menos para nosotros. La galería Antonia Puyó, que hace unas seis exposiciones al año, tiene una tienda de enmarcación, redacta informes museográficos, realiza estands y vitrinas de feria o de exposición, realiza montajes, hacemos diseños museográficos. Aragón está lleno de museos y de centros  de interpretación. Y además hacemos muchas exposiciones, casi todas de La Caixa.

Por ejemplo, ¿cuántos visitantes suelen acudir a su galería? ¿Cuántos cuadros se pueden vender al año?

Descontado el día de la inauguración, nosotros recibimos alrededor de 200 personas por exposición. En algunas hay más visitantes, sobre todo si es aragonés o un consagrado. Y luego hemos notado mucho que coincidieron cerrados, durante un tiempo, el Paraninfo y el Museo Pablo Serrano, digamos que nosotros formamos parte de ese circuito. Si las cosas van bien, podríamos decir que vendemos unos treinta cuadros al año, con precios que pueden oscilar entre desde los 100 o 200 hasta los 6.000.

Todo el mundo dice que es un mal momento para las galerías.

Lo es. Para las galerías, para el arte contemporáneo y para muchas cosas. Pero yo sigo confiando en Zaragoza. Va todo más despacio con la crisis, la ciudad no acaba de dar ese cambio que necesita en materia de artes plásticas. Quizá los galeristas tengamos fama de ser un poco distantes, pero también ha llegado la hora de que la gente deje de tenerle miedo a una galería. En Zaragoza nos falta sensibilidad para el arte contemporáneo, siguen interesando mucho el paisaje y el costumbrismo, y bastante menos la abstracción. Zaragoza es una ciudad mermada por su política cultural, y espero que el Museo Pablo Serrano sea el estímulo que todos esperamos.

¿Le gusta el edificio?

Me encanta, sí. Me gusta la parte exterior, con ese color verde Insalud. Me gusta mucho que se hayan ampliado las salas de exposiciones temporales. Creo que va a costar ponerlo en marcha y me parece que tendrá que apostar por exposiciones de calidad que se mantengan un poco más de lo habitual.

¿Cuáles son las líneas maestras de Antonia Puyó?

Nos interesa mucho el arte que se hace ahora, el arte actual y emergente, nos interesa mostrar lo que está pasando en el mundo con distintos artistas, estéticas y soportes. Me gustan los artistas que explican nuestro tiempo. Querríamos exponer obras que fueran iconos o reflejo de esta época de miseria, de prejuicios, de tensiones, de contradicciones, de lo rápido que va todo. Todas estas cosas las cuentan los artistas: unos narran o abordan la dureza con un envoltorio amable y otros son duros y cuentan cosas duras. Mi sueño sería poder vivir de la galería y que me acompañen los artistas por los que hemos apostado y por los que apostaré. Mi sueño sería que madurásemos juntos. 

 

*No he podido encontrar una foto más nítida de Patricia Rodrigo Puyó. Esta pertenece al archivo, en internet, de 'El periódico de Aragón'.

 

EL SÁBADO, EN LA CAMPANA: RECITAL CON J. BERGES, O. BERNAD Y YO

Invitado por Fernando Sarría, este sábado, a las 22 horas, participaré en un recital poético en La Campana de los Perdidos con la poeta y narradora Olga Bernad, que acaba de publicar su segundo poemario, ‘Nostalgia armada’ (Vela de Gavia. La isla de Siltolá, Sevilla, 2011), y por el guitarrista Jorge Berges. Yo leeré algunos poemas de ‘Vivir del aire’ (Olifante, 2010) y de mi nuevo libro, que sale estos días: ‘El paseo del ciclista’ (Olifante, 2011), un volumen en verso y prosa, de 26 poemas, que lleva prólogo de Miguel Mena y solapa de Manuel Pereira.

El acto se desarrollará en dos partes. Cada poeta lee durante quince minutos, toca Jorge Berges, vuelven a leer los poetas por el mismo espacio de tiempo, y concluye la noche el intérprete flamenco. Estáis todos invitados.

 

 

Uno de mis poemas favoritos del libro es este dedicado a la cantante, actriz y modelo Nico.

Lo cuelgo aquí con algunas fotos de ella.

 

VIDA, MÚSICA Y MUERTE DE NICO

 

 A Juanjo Blasco Panamá

Todo en ti, hermosa Christa, fue un constante enigma,

un subterfugio del dolor, de la luz y de la sombra.

Casi nadie sabe con certeza dónde naciste.

¿Fue en Colonia o en Budapest? ¿Fue en 1938 o en 1943?

Qué importa. La vida pronto te mostró sus escalofríos:

tu padre, el hombre que te contaba historias del tren

que cruzaba el bosque rumoroso de los cuentos de hadas,

falleció en un campo de exterminio. Ya vivías en Berlín.

En un viaje a Ibiza, años después, uno de tus amantes

decidió cambiarte el nombre: para él, y para todos,

serías siempre Nico. Nico, en homenaje a un fotógrafo:

el apasionado amor que tu amante había perdido.

Ya serías para siempre la bella Nico. La maldita.

La moderna que hacía pensar en Twiggy, en Jane Birkin

o incluso en Marianne Faithfull, mujeres de ardor

y arrojo que desordenan la furia del deseo.

Pronto te convertiste en una musa, como Edie Sedgwick.

Cantabas con una fría y metálica voz, acaso andrógina,

desfilabas como nadie con una elegancia antigua,

paseabas con misterio y asombro en La Dolce Vita

de Federico Fellini. En tu derredor se multiplicaban

las leyendas: le habías arrebatado el marido a Anouk Aimée,

habías vuelto loco a John Cale, a Gainsbourgh y a Andy Warhol,

y tu corazón se inflamaba de todas las drogas de la tierra.

A solas, cuando te abrazabas a tu querido armónium,

leías a Hölderlin, a Baudelaire, a Blake y a Coleridge:

tu música era como un canto medieval sacrílego

y tu alma se vaciaba en soledad y desamparo a cada hora

con aquellos versos tan tristes como tus venas.

Vivías en el arte, en la música, en el teatro, en la pasión.

En Nueva York tomaste clases con Lee Strasberg

y hechizaste a Bob Dylan, a Lou Reed y a tantos otros

 que escribieron para ti, como los chicos de la Velvet.

Cada uno de tus discos era más inquietante y sombrío:

te empeñabas en seguir todos los caminos de la derrota.

Las notas se encadenaban con un sarpullido de oscuridad.

Jugabas a ser una diosa imposible, una sacerdotisa lejana,

y a la vez, junto a Philippe Garrel, una poseída: dicen

que tomabais imágenes desde la cubierta de la Ópera Garnier.

Decían que capturabais los lamentos de la luna sobre París.

Luego, te marchaste a Ibiza, con tu hijo y casi en secreto.

Dijiste que Christian Aaron era hijo de Alain Delon

y de un pasado amor que dejó cicatrices en la sangre.

Tu último disco, ‘Camera Obscura’, tenía algo de responso

y de canto mortuorio de quien se despide del mundo.

¿Habías querido anticipar tu epitafio de exiliada en la tierra?

Y a la vez, con su perfecta tristeza, era una obra maestra.

Un día, mientras paseabas por la ciudad en bicicleta,

ocurrió aquello: se te paró el corazón y te desplomaste.

Tu cabeza se golpeó terriblemente contra el suelo.

Alguien te llevó al hospital: no acertaron con el diagnóstico,

ni era insolación ni el rescoldo de una noche de excesos.

Y al día siguiente fallecías de un derrame cerebral,

tú, Christa Päffgen, inolvidable Nico que jamás

quisiste renunciar a las sucesivas formas del luto.

 

Recuerdo cuando llegó la noticia a mi periódico,

El día de Aragón. Fue hacia las seis de la tarde.

El redactor musical dijo: “Nico, el animal más bello de la música,

el ángel terrible, la mujer fatal y provocadora, ha cantado

su última melodía”. Cogió el retrato tuyo que mandó

la agencia y lo rompió en dos mitades. Así saliste:

con el rostro y los ojos partidos, y el cabello muy rubio.

“Una caída de bicicleta pone fin al enigma de Nico”,

decía el titular. En letras más pequeñas se añadía:

“La cantante, modelo y actriz alemana murió en Ibiza

donde se había recluido con sus fantasmas”.

 

De ’El paseo en bicicleta’. Poemario de Antón Castro. Febrero de 2011. Olifante.

 

ADIÓS A LA ESCRITORA LUISA GÓMEZ

ADIÓS A LA ESCRITORA LUISA GÓMEZ

Ayer recibí esta carta de la editora Trinidad Ruiz-Marcellán.

Nuestra LUISA GÓMEZ, Poeta Yin*, (narradora y novelista)  fallecía ayer por la tarde -víspera del nacimiento de Bécquer, hace 175 años-

Siguiendo sus pasos, vino a vivir al Moncayo hace más de una década.

Ha vivido y ha muerto con toda la pasión, hasta el imposible. Hasta el límite. Hasta traspasar el todo hacia la nada.

RETRATO

(Tomado de la página de Olifante)

Entre mar y tierra, Luisa Gómez Gascón (Zaragoza, 1961), comenzó a escribir historias desde muy niña. Hija de ferroviario, vivió su infancia y su adolescencia recorriendo la geografía peninsular, entre Zaragoza, Madrid y Almería. Más tarde, regresó a su añorado Aragón natal para buscar esas raíces perdidas entre sus gentes, sus pueblos y sus montañas. Actualmente, reside en un pequeño pueblo de las faldas del Moncayo donde trabaja como educadora ambiental. Ávida lectora de cuentos y poemas, buscadora incansable de paisajes y quimeras, viajera solitaria, que escucha de labios de pastores, campesinos, vagabundos y ancianos vivencias detenidas en el tiempo, Luisa escribe como si derramase historias de vidas reales sobre mundos ficticios, como un torrente de palabras cristalinas que recorren las montañas interiores del lector y, sin remedio, acaban habitándole.

Ha colaborado en diferentes diarios y revistas. Al pie del moncayo. Cuentos y leyendas es su primera obra publicada. Otras obras en espera de publicación son Cuentos tristes de los bajos fondos y el poemario Mandala de amor.

Esta estupenda foto de Veruela y el Moncayo es de Columna Villarroya.

 

(DE LO QUE AMÉ Y SE FUE) 

De lo que amé y se fue,

de lo que no ha de volver,

mana el dolor que me atenaza. 

Lo más difícil de soportar

no es la realidad sino la ausencia.

 Llevas el ruido del mar enredado entre tu pelo.

LUISA GÓMEZ (1961-2011)