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Antón Castro

CRISTINA MARTÍNEZ DE VEGA HABLA DE SU ABUELO KAUTELA

CRISTINA MARTÍNEZ DE VEGA HABLA DE SU ABUELO KAUTELA

Cristina Martínez de Vega es nieta de Francisco Martínez Gascón, alias Kautela, que trabajó muchos añoso en Heraldo de Aragón. Primero como fotorreportero y luego como cónsul de noticias y asesor de la redacción. Cristina le dedicó su tesis doctoral y hace poco un libro, coescrito con Víctor Lahuerta y Álvaro Capalvo, ’Kautela. ‘Un fotógrafo en la España franquista (1928-1944)’ (IFC. Serie Negra).

 

-¿Recuerdas la primera imagen que tienes de tu abuelo? ¿Qué relación tuviste con él?

La primera exactamente no, pero lo que sí recuerdo es haber estado junto a él en la antigua redacción de Heraldo. Recuerdo ver a los trabajadores componiendo con tipos las páginas del Heraldo de entonces, con aquel formato mucho más grande de lo que es ahora. Nuestra relación no fue la típica de abuelo-nieta. No era el típico abuelo que leía cuentos.

-¿Qué se contaba en la familia de él, cuál era la leyenda o las leyendas que lo envolvían?

Se contaban muchas anécdotas, pero sobre todo se hablaba de su manera de entender la vida y de las amistades que tuvo. Mis abuelos fueron muy amigos, entre otros, de Aurora Redondo y su esposo Valeriano León, de Concha Piquer y Gitanillo de Triana o Manolete… Sin ir más lejos, Celia Gámez fue la madrina de bautismo de mi padre. Recuerdo perfectamente a Celia Gámez o a Aurora Redondo fuera de los escenarios.

-¿Cómo crees que le marcó tu abuela, qué imágenes o sensaciones tienes de ella?

Tuvieron un noviazgo largo y una boda tradicional en 1938. En estos años, las imágenes que mi abuelo realiza a mi abuela son excepcionales por ver que, efectivamente, tuvo ahí una fuente de inspiración. Son delicadas.

Eran dos personas con caracteres muy marcados y con intereses comunes: el teatro, la literatura, las artes en general, los toros… y con un don de gentes extraordinario que les hizo vivir una Zaragoza a la que pocos tenían acceso.

-¿Cuándo empezaste a interesarte por él?

Realmente cuando encontré todo el material que después se convertiría en objeto de estudio de mi tesis. Hasta entonces, sólo había sentido el interés propio de una nieta que ha tenido poca relación con su abuelo. De hecho, cuentan que mi abuelo me conoció mientras mis padres me paseaban por el Paseo Independencia con unas pocas semanas.

-Uno de los capítulos más bonitos del libro -‘Un fotógrafo en la España franquista (1928-1944)’ (IFC. Serie Negra), escrito con Víctor Lahuerta, y con la colaboración del historiador Álvaro Capalvo- son sus archivos, la maleta, los positivos y negativos. Hacen pensar en la maleta mexicana de Capa. ¿Dónde estaba todo eso?

A la muerte de mi abuela, mis dos hermanos y yo, junto con mi madre, vaciamos el piso en el que habían vivido mis abuelos y mi padre. Cuando tocó vaciar el cuarto que mi abuelo había ocupado hasta su fallecimiento es cuando encontramos todo el material en un armario empotrado. La suerte quiso que estuviera más o menos bien conservado.

-¿Por qué decidiste dedicarle tu tesis?

En un principio no pensé en tesis. En un principio pensé en cursos de doctorado de Ciencias de la Información y Biblioteconomía con la intención de encontrar la manera de ordenar ese material de forma sistematizada. Tuve la suerte de que la Doctora Carmen Agustín Lacruz me dirigiera aquellos cursos y fue ella la que vio el potencial de todo ese material. Después de años de trabajo juntas se materializó en una Tesis doctoral que defendí en marzo de 2016.

-Ya desde un punto de vista más profesional, ¿cómo lo ves tú? ¿Qué tipo de fotógrafo es para ti?

Resaltaría su visión tan cinematográfica que puede verse en algunas de sus imágenes como las de los pontoneros cruzando el Ebro por Quinto, o sus retratos a Yagüe donde el protagonista no posa sino que es captado.

-¿Qué significó para él estar en la insurrección de Jaca?

Es su primer gran hito como fotógrafo. Estas imágenes del juicio a Galán y García están firmadas por Chivite aunque las fuentes documentales y orales confirman que las realizó mi abuelo.

-¿Le perjudicó o no estar en el estudio de Marín Chivite?

Todo lo que salía del Estudio de Marín Chivite iba bajo la firma de éste, algo frecuente en todos los estudios de fotógrafos de prestigio. En ese sentido pudo ser perjudicado como el resto de sus compañeros pero por otro lado, le facilitó la entrada en la redacción del Heraldo. Al ser apresado Chivite por los republicanos, mi abuelo tuvo que asumir el papel del fotorreportero que no estaba y por eso pudo fotografiar todos los frentes.

-Estuvo en todos los lugares de la Guerra. ¿Qué vínculo tenía con Yagüe, con la Falange y con el Movimiento?

No sabría decir exactamente. Lo que parece claro es que algún vínculo tuvo cuando pudo conseguir los salvoconductos que le permitieron viajar libremente por los frentes o que el mismo Serrano Suñer firmara el que le permitía entrar con Yagüe y sus tropas en Barcelona.

-¿Qué fotos te emocionan más de él?

Quitando las del ámbito estrictamente familiar, las del juicio a Galán y García por ser el único en conseguir esas imágenes, y las de la entrada de las tropas en Barcelona.

-Impresiona la parte final: Zaragoza, los toros, Manolete…

Los retratos a Manolete y su cuadrilla creo que son realmente delicados en el tratamiento del plano.

-¿Qué le sucedió en los años 40? Le niegan el carné de prensa, está en la cárcel… ¿Cometió algún error?

Lo desconozco, en mi familia nunca se ha hablado de este tema y los que lo podrían saber ya no están.

-¿Cómo se recicló en una suerte de embajador de Heraldo?

Por ese carácter tan extrovertido del que ya le he hablado, sabía estar en todas partes y encontrar la noticia para Heraldo.

-¿Te ha sorprendido el interés que ha suscitado la publicación en Madrid y Barcelona?

Sabía que en Barcelona, este material inédito que muestra la entrada de las tropas de Yagüe iba a llamar la atención. Estoy muy agradecida a todos los medios que os habéis interesado por la publicación de este libro.

-¿Qué crees que te diría tu abuelo si viera todo lo que has hecho por él?

Francamente, no lo sé pero quiero creer que le alegraría que su única nieta mostrara interés en su obra.

-¿Por qué crees que fue conocido por Kautela?

Alfonso Zapater, amigo íntimo de mi abuelo y periodista de Heraldo, lo describió como nadie en una página que le dedicó el día posterior a su muerte, en febrero de 1983. “Lo importante en este mundo es andar con cautela”. Mi abuelo, además, personalizó la palabra y fue Kautela, con K.

-¿Qué es lo más bonito que te ha pasado con este proyecto?

Por un lado, descubrir las series de negativos de la Guerra Civil que me han llevado a seguir los pasos de mi abuelo durante el conflicto. Por otro lado, haber podido trabajar mi tesis bajo la dirección de Carmen Agustín Lacruz. Han sido muchas las horas que ambas hemos compartido en este proyecto.

JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'

JAVIER PLAZA EXPLICA SU NOVELA 'CANCIÓN DE OTOÑO'

 

Javier Plaza (Pamplona, 1974) habla de su segunda novela, ’Canción de otoño’, que transcurre en los Pirineos y en Zaragoza en el siglo XIX.
Habías publicado una novela anterior. ‘La urraca en la nieve’, muy distinta: era una novela de París, del arte… ¿Qué te llevó allí?
Fue mi pasión por el Impresionismo y el hecho de que coincidieran, en las calles del París de la Belle Époque, maestros de la talla de Monet, Manet, Renoir o Cezanne Creo que tal acumulación de genios es un momento único en la historia del arte, aunque en su época, salvo excepciones, eran tenidos por artistas de segunda o tercera fila. Para mí aquel momento tenía un gran valor literario

-Ahora das un salto bien distinto. Te trasladas a las guerras napoleónicas… ¿Por qué?
La época la elegí porque quería escribir una novela de valles y pueblos del Pirineo llenos de vida, de niños jugando en las calles y de hombres y mujeres en las casas, en los campos y en los caminos.
Partiendo de eso escogí los años de la Guerra de la Independencia porque me permitía enlazar la novela con los Sitios de Zaragoza, con las partidas que guerreaban por el alto Aragón y, en el caso concreto del valle de Vió, con el privilegio que tenían los mozos del valle, durante la guerra, de poder volver a sus pueblos durante el verano, con el fin de defender los boquetes de Góriz, es decir, los pasos a Francia desde aquel lugar.

-Aunque la novela también transcurre en Zaragoza, lo esencial es el Pirineo: Fanlo, Burgasé, Aínsa… ¿Por qué los Pirineos?
Bueno, desde que comencé a recorrer el Pirineo, siendo niño, me ha cautivado el paisaje, y también sus gentes y su historia. Disfruto recorriendo sus valles y pueblos y montañas, y también conociendo los vestigios de quienes lo poblaron, o visitaron, antes que nosotros: los dólmenes, como el de Aguas Tuertas o el de Tella, el arte románico que recorre todo el Pirineo, con edificios de espectacular belleza como San Pedro de Larrede o Santa María de Iguacel, el Monasterio de San Juan de la Peña, que es un lugar único. También me encanta recorrer los pueblos deshabitados, algunos de visita obligada, como Otal o Escartín, y conocer los oficios tradicionales, especialmente los navateros y los pastores, con la trashumancia. Para mí escribir esta novela era devolver al Pirineo un poco de lo mucho que me ha dado.

-¿Cuál fue la importancia de la guerrillas ante los invasores franceses?
Creo que es un tema bastante desconocido, pero las partidas sometían a un hostigamiento continuo y efectivo a las tropas ocupantes, aportaron mucho. Estaban bien organizadas, dentro de sus posibilidades, y contaban con el conocimiento del terreno y en general, con el apoyo de la población. En las ciudades los franceses mantuvieron el control durante años, pero en los caminos sus columnas eran atacadas continuamente, causándoles grandes pérdidas. Algunas partidas incluso cruzaron los Pirineos y atacaron pueblos del sur de Francia. Goya nos dejó un precioso testimonio del nivel de organización al que llegaron las guerrillas, con sus dos tablas sobre la fabricación de pólvora y balas en la Sierra de Tardienta. En ellas refleja los trabajos de la partida del zapatero José Mallén. Para escribir sobre las partidas me ha resultado imprescindible el libro “Guerrilleros y patriotas” de Ramón Guirao.

-¿Has querido hacer una novela de paisajes o de guerra? Dices en un determinado momento: “La guerra no acaba nunca”.
Para mí es una novela de paisajes, pero para Rosa no. Ella ha regresado a su pueblo desde Zaragoza, donde lo ha perdido todo, y en Fanlo se encuentra con la misma guerra. Conforme avanza el tiempo la guerra se va terminando, y eso le ayuda a lograr algo de paz interior.

-Es, en el fondo, una novela de mujeres y una novela del dolor y la pérdida… El relato de dos hermanas…
Sí, es el retrato del reencuentro de Rosa con la vida, con la casa, con sus raíces, incluso con sentimientos que no esperaba que volvieran a germinar en su interior, y en ese proceso tiene especial importancia el esfuerzo y los cuidados de su hermana Inés.

¿Cómo rehace su vida Rosa, la protagonista?
Su regreso al pueblo es casi obligado y al principio no encuentra allí ninguna motivación. Ella dice que solo le quedan los recuerdos, que hacia adelante no hay nada. Inés es quien tira de ella tratando de reincorporarle a la vida y a la casa. Poco a poco, Rosa se va reencontrando con gente que la conocía y la quería, aunque ella apenas los recuerda. Por otro lado ella es la heredera, y su familia es una de las familias principales del valle, así que comienza a sentir de nuevo las obligaciones que le inculcó su padre, siente que debe ponerse al frente de la casa, y tratar de gobernarla con mano firme.

¿Has querido reflexionar sobre la importancia de los Sitios en la historia de Aragón, y sobre todo en la vida cotidiana de las gentes?
Realmente cualquier análisis sobre las consecuencias de aquel conflicto es demasiado complejo para mis conocimientos, aunque resulta evidente que durante la guerra se produjeron grandes avances sociales, manifestados en las Cortes de Cádiz, y que el final de la misma trajo de regreso a un rey lamentable que anuló todo lo que se había hecho y, mientras pudo, llevó a cabo un gobierno absolutista. Pero yo tan solo he tratado de reflejar la dureza de la vida cotidiana en el interior de la Zaragoza sitiada. Si se habla de la situación general del país, o incluso de la marcha de la Guerra, es tan solo en lo que pueda importar a Rosa.

El amor siempre es un estímulo en las novelas. También aquí. ¿Qué dimensión le has querido dar?
En esta novela el amor es un elemento más significativo que en la anterior. Es una novela de amor, de mi amor al Pirineo, del amor de Rosa a su esposo y su hijo, y del amor que siente de nuevo a su tierra sus raíces y su familia. No estoy seguro de que yo quisiera darle esa dimensión cuando comencé a escribir, no esperaba de mi ese punto romántico, pero ese es el resultado.

¿Qué te dice el Pirineo para ti, cómo lo ves?
Para mí es un lugar de contemplación, una fuente de conocimiento y, en ocasiones, el mejor retiro para meditar, para pasar un tiempo conmigo mismo.

Creo que ha sido muy importante la documentación. ¿Qué buscabas, es el Pirineo un buen escenario novelesco?
El Pirineo es un buen escenario porque su belleza te sirve de fondo, es un marco incomparable para decorar cualquier historia. Y el documentarme para “Canción de otoño” ha sido un auténtico placer: he visitado en numerosas ocasiones el valle de Vió y sus alrededores, y he leído cuanto he podido sobre el Pirineo y su pasado, como digo, un placer. Ha habido algunos libros me han aportado mucho, especialmente “Navateros” de Severino Pallaruelo y “La Solana” de Carlos Baselga.

-¿Por qué escribes novelas? ¿Qué te permiten hacer o imaginar?
Escribir es mi expresión artística, y es un esfuerzo intenso que me hace sentir satisfecho, es un reto mental. En esta novela he tratado de cuidar hasta el más mínimo detalle, desde el texto hasta el color de las páginas o la calidad de las tapas. Soy muy perfeccionista, pero cuando consigo terminar una novela la leo y a mi me gusta.

-Estamos en verano. ¿Podrías recomendarnos tres o cuatro libros que te hayan conmovido y hacernos una ruta por los Pirineos?
Como novelas que haya leído últimamente recomendaría “Ordesa” de Manuel Vilas, una excelente novela, intimista, de prosa precisa y preciosa y también “El Gran Dragón Negro”, de Clara Fuertes, sobre los niños que vivieron en el campo de concentración de Terezín. Y, por hacer una recomendación pirenaica, sin duda “La lluvia amarilla” de Julio Llamazares, que es una obra maestra y con la que es imposible no emocionarse. Dos ejemplos de rutas de gran belleza en la zona del Pirineo en la que transcurre “Canción de otoño” serían, por un lado, el recorrido de los Miradores de Ordesa, que parte de Nerín o Torla, y, por otro, un paseo por Plana Canal y las Sestrales, por encima del Cañón de Añisclo. Son dos excursiones maravillosas, no muy frecuentadas y que están al alcance de todo el mundo, se pueden realizar en familia.
*La fotografía es de José Miguel Marco, jefe de fotografía de 'Heraldo', donde se publicó una selección de esta entrevista...


 

LA GRAN NOCHE DEL FOLK ARAGONÉS EN PIRINEOS SUR

El folk aragonés revalida en Pirineos Sur su vigencia, 40 años después de Chicotén

 

 

·     Colectivo Chicotén presentó su disco "Ver para creer", un recorrido sonoro por las 33 comarcas aragonesas en homenaje a Chicotén, en el 40 aniversario de su lanzamiento

 

·     El final de la actuación en el Anfiteatro de Lanuza con el “Canto a la libertad” de José Antonio Labordeta fue uno de los momentos más emotivos del festival

 

·     Carmen París, La Ronda de Boltaña y músicos de Ixo Rai! o Hato de Foces se unieron en un concierto cargado de emoción para hacer un repaso a los grandes éxitos de la música folk aragonesa

 

·     El contrapunto más vanguardista lo puso la banda Maut, que volvieron a demostrar su pericia para mezclar electrónica y tradición

 

Sallent de Gállego. 28 de julio de 2018.  Pirineos Sur es el festival de música de raíz por excelencia en España y tras haber realizado un recorrido sonoro y rítmico por casi los cinco continentes, finalizar con una noche dedicada al folk aragonés, en casa, servía el broche perfecto. El apoteósico “Canto a la libertad” de Labordeta interpretado por el Colectivo Chicotén y buena parte de las figuras más importantes del género solo fue la guinda de una noche en la que se reivindicó la relevancia del patrimonio cultural de Aragón. Su pasado, presente y futuro.

 

La música folk aragonesa es rica, variada y está muy viva. Una inquieta y valiente escena musical la lleva manteniendo vigente con el paso de los años. Pero si existe un año cero en el género, es la publicación del primer disco de Chicotén en el 77. Su legado fue tan importante que ahora el Colectivo Chicotén le ha rendido homenaje con un disco, “Ver para creer” (a su vez, con título homenaje a Hato de Foces), que vinieron a presentar con sus mejores galas a Pirineos Sur.

 

El Colectico Chicotén ya puede presumir de un imponente plantel de músicos (Joaquín Pardinilla y Ernesto Cossio, a la guitarra, Alberto Artigas al laúd, Fletes a la batería, Toto Sobieski al bajo, Juan Luis Royo al clarinete, Miguel Ángel Fraile con las gaitas y flautas y Carmen París a las voces), pero es que al escenario  flotante se subieron unos invitados de lujo, en una de esas estampas que son difíciles repetir.

 

"Pasapeanas” y “Albada de Beceite”sirvieron casi como una dulce introducción. Sin grandes aspavientos, la banda encabezada por Pardinilla desplegó su buen hacer y su gran conocimiento de la música tradicional. Con "Santa Agueda”hizo acto de presencia la siempre querida Carmen París y dejó su inconfundible sello jotero y potentes cuerdas vocales en“Fandango de mora” y “Venimos de las olivas. Fue en este momento cuando también aparecieron Olga Orús y Salvador Cored para revivir por un momento a la importante banda oscense de  folk de los 80- Hato de Foces-, con“Villancico y aguilando.

 

Una vez finalizaron la presentación de "Ver para creer”encararon una segunda parte en la que resonaron algunos de los éxitos del folk aragonés más importantes de los últimos 30 años. Si existe una formación que ha triunfado en cada plaza de pueblo y ha sonado en todas las fiestas patronales es Ixo Rai!. Por supuesto, la banda de Zaragoza regaló a un ansioso público las infalibles“Carta de amor”y "15 de agosto", con algunos de sus miembros originales (Jota Lanuza, Alfonso Urbén y Flip).

 

Se le sumó a la fiesta otro de las formaciones imprescindibles: La Ronda de Boltaña. La banda, formada en los 90, lleva recorriendo toda la geografía aragonesa y española portando con orgullo la tradición del cancionero popular y son todo un referente institucional. Con ellos llegaron dos preciosos momentos no exentos de cierta épica“O viento rondador”y“Maziello".

 

Llegó el momento de los bises. Nadie se quiso perder esa foto: todos los músicos que habían intervenido en esta noche irrepetible se unieron para cantar “Ver para creer” y “El canto a la libertad”, ese himno que nos dejó para la posteridad José Antonio Labordeta y que las cerca de mil personas que se acercaron a Lanuza abrazaron y cantaron con todo su alma.

 

Maut, el folk electrónico aragonés para arrancar la noche

Pero la noche comenzó por el final, por el futuro del folk aragonés, el que no tiene inconvenientes en mezclarse con la electrónica más vanguardista. Maut es el máximo referente en este género y volvió a subirse al escenario flotante de Lanuza por segunda vez (lo hicieron ya en 2013). Aunque la electrónica y las bases programadas marcaron los ritmos, no faltaron ni los instrumentos tradicionales (el chicotén y el acordeón) ni las guitarras y bajos para otorgar matices y riqueza sonora.

 

Comenzaron con ritmos más calmados, cercanos al house, casi lounge, para ir calentando el anfiteatro (“Degallau”, “Jer jes”, “Leciñena”). Fueron subiendo las revoluciones, pero sin prisa, dejando respirar las composiciones, cada una reivindicando pueblos y estilos musicales de Aragón. Las enigmáticas imágenes que acompañaron su  actuación resultaron un contrapunto perfecto para ese viaje sonoro aragonés.

 

Pisaron el acelerador y subieron volumen para dejar constancia de su fuerza escénica (“Muxonet”, “El grito”) y no perdieron la oportunidad de versionar brevemente a sus queridos Asian Dub Foundation (a quienes telonearon en las últimas fiestas del Pilar y que parten de premisas muy similares). Y en una noche tan especial, de mucha hermandad, no quisieron despedirse del público de Pirineos Sur sin acordarse de todos los miembros que han pasado por su formación.

 

 

PREVIA DE HOY, DOMINGO 29 DE JULIO

 

El festival llegará mañana a su fin y lo hará precisamente con el espectáculo de uno de los Premios Pirineos Sur de este año: Josan Rodríguez, en la categoría de Integración por “su valentía y superación”, según explicó Miguel Gracia, presidente de la Diputación Provincia de Huesca el día de la entrega del reconocimiento. Mañana a las 20 horas en el Patio de las Escuelas se podrá disfrutar de su proyecto de danza integrada Canela Fina y también de la actuación de Chocolat Circo Music. Ambas propuestas tienen en común que se expresan a través de la música, la danza y las artes circenses y buscan nuevas formas de expresión.

 

Además, Josan Rodríguez- que sufrió un accidente que le provocó graves secuelas- es uno de los grandes seguidores de Pirineos Sur, asiduo años tras año, y es todo un ejemplo del carácter diverso e integrador del festival oscense. El presidente de la DPH también quiso dedicar el premio “para ese público entregado, ese que ha crecido con nosotros”.

 

Josan Rodríguez, que se mostró muy emocionado en la entrega del Premio, lo compartió con “toda la gente que me acompaña cada día para que tenga ganas de levantarme al día siguiente”. Reconoció que “como en Pirineos Sur, ha habido días de sol, días de lluvia y hasta de granizo” pero invitó “a gozar hasta el final del Festival”, que en esta ocasión, llegará de su mano.

 

Josan Rodríguez ha publicado recientemente su libro “El equilibrista. Otra forma de caminar”, en el que narra su historia personal de superación desde un punto de vista diferente.  El autor pretende que sirva de ayuda a otros y que a la vez acerque la realidad de la diversidad funcional a la sociedad.

 

Tras una larga hospitalización, rehabilitación y aprendizaje, Josan es un apasionado de la vida, los viajes, la música y la cultura. También colabora con un programa de radio, ha publicado varios relatos, participa en tareas de voluntariado e imparte charlas motivacionales en centro educativos.

 

Música para sanar

 

Después de 16 días intensos, llenos de emociones, ¿qué mejor para relajarse que un concierto para sanar la mente? Carlos Barona ofrecerá una sesión con cuencos tibetanos y de cuarzo, tambores, cajas de armónicos, campanas, flautas nativas y cantos guturales para llevar la mente de los asistentes a una desconexión total.

 

Será entonces cuando se conectarán los sonidos de las plantas. Gracias al sistema Music of the Plants se captan los biorritmos de las plantas traducidos en una gama de sonidos naturales que varían con cada espécimen e interactúan con el entorno. 
 
“Yo con mi música lo que logro es la desconexión y es entonces cuando sale la sanación”, explica el propio Carlos Barona, que es el segundo año que imparte talleres y realiza conciertos en Pirineos Sur. “Estoy muy contento con la respuesta, en total habrán más pasado unas 60 personas y todas han finalizado sabiendo realizar cantos armónicos”. La cita será a las 17 horas en el Polideportivo de Sallent, con entrada libre hasta agotar aforo.

 

 

Casi 200 personas pasarán por los talleres de Vuelta con el cuaderno

 

Hace casi diez años nació “De vuelta con el cuaderno” y desde hace tres no es raro encontrarse en las primeras filas de los conciertos de Pirineos Sur a muchas personas con unas extrañas luces en la cabeza y dibujando. Ahora, forman parte del festival y este año ya se han celebrado tres talleres y mañana será el último, impartido por Sara Lugo y Julio Casado. En total, se estima que habrán pasado por sus clases casi 200 personas.

 
“No es nada fácil hacer este tipo de dibujos porque la gracia está en captarlo en el momento, hacerlos rápido. Normalmente, los colores y los detalles los finalizamos al día siguiente”, explica Sara Lugo. “Normalmente espero un rato para fijarme en los gestos y movimientos de los artistas y cuando los tengo, los intento plasmar. Luego hay elementos, como los instrumentos, que ya los conoces y sabes dibujarlos de otras ocasiones”. El que quiera aprender más sobre este divertido arte, puede acudir al taller que se celebrará a las 18 horas en los Mercados del Mundo. “La música me hace dibujar mejor”, concluye Lugo.

 

 

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ANDREA PITZER: 'UNA LARGA NOCHE'. LOS CAMPOS DE CONCENTRACIÓN

UNA LARGA NOCHE Historia global de los campos de concentración ANDREA PITZER. La Esfera de los libros.

 

Una historia original, apasionante y profundamente conmovedora sobre una de las grandes tragedias contemporáneas: los campos de concentración Durante más de un siglo, en todo momento, ha habido al menos un campo de concentración en funcionamiento en algún lugar del mundo. Al principio, los campos se utilizaron como parte de la estrategia militar, pero con el paso de los años fueron evolucionando en la dimensión de sus consecuencias y en el salvajismo con que los gobiernos los utilizaron. Ya bien entrado el siglo xxi, mientras seguimos calculando la magnitud y el horror del Holocausto, la Historia nos recuerda que hemos roto la promesa del «nunca más». Con este estremecedor trabajo, basado en documentos, registros, archivos y entrevistas realizadas por todo el mundo, Andrea Pitzer pone de manifiesto por primera vez la historia cronológica y geopolítica de los campos de concentración. Partiendo de la última década del siglo XIX, la autora documenta este tipo de centros en todo el mundo y a lo largo de más de cien años. Desde Filipinas y Sudáfrica, en las primeras décadas del XX, al gulag soviético y los campos de detención en China y Corea del Norte durante la Guerra Fría, los sistemas de campos de concentración se han utilizado como herramientas para la «relocalización» civil y, sobre todo, para la represión política.

A menudo se  han justificado como una medida para proteger a una nación, e incluso para salvaguardar la integridad de los internos, pero en realidad siempre han sido emplazamientos brutales e inhumanos que han acabado con la vida de millones de personas. A partir de testimonios de primera mano, con una investigación meticulosa y haciendo gala de una gran erudición histórica, Andrea Pitzer saca a la luz los orígenes de este espantoso fenómeno, escudriñando y revelando finalmente la terrible herencia de los campos: atrocidades impensables, la fortaleza de los supervivientes e incluso los momentos íntimos y privados que también fueron parte de la vida en los campos de concentración durante el siglo pasado.

EL LIBRO

La primera investigación de Pitzer comenzó en la primavera de 2008. Entre 2011 y 2016, la autora visitó diversos archivos y lugares de detención, en funcionamiento o ya cerrados: Tule Lake, en California; Oświęcim y Varsovia, en Polonia; Dachau, Hamburgo y Berlín, en Alemania; San Petersburgo, en Rusia; Praga y Šumperk en la República Checa; Gurs y París en Francia; Ginebra en Suiza; Tallín y Klooga, en Estonia; Santiago, en Chile; Buenos Aires, en Argentina; Yangon y Sittwe, en Birmania; y la base naval de Estados Unidos en la Bahía de Guantánamo. También habló con historiadores, activistas, soldados y abogados, así como con vigilantes en activo y antiguos, y con supervivientes de los campos de detención. Aunque los testimonios de los entrevistados pueden tener errores, también los tienen los registros oficiales. Pero unos y otros son útiles. Y allí donde las presiones políticas han impedido el testimonio de los detenidos, he procurado eliminar las distorsiones o los pasajes que se veían afectados en este sentido. La crítica más detallada de los campos de concentración procede a veces de las naciones enemigas; en estos casos, lo que se dice en ocasiones es cierto, pero no siempre en su totalidad. Algunas fuentes son solo propaganda o informes para legitimar determinados actos.

TEMAS DEL LIBRO

1. Nacido entre generales 2. Muerte y genocidio en Sudáfrica 3. La Primera Guerra Mundial y la guerra contra los civiles 4. El nacimiento del gulag 5. La arquitectura de Auschwitz 6. El mal sin límites 7. Hijastros del gulag 8. Ecos del imperio 9. Hijos bastardos de los campos de concentración 10. Guantánamo y el mundo 

 

HAN DICHO DEL LIBRO… «Una larga noche es un relato riguroso y objetivo de la historia de los campos de concentración, una narración valiente y sólida sobre la crueldad, pero también sobre el valor humano. Y está contada con una inquebrantable claridad ética tan firme que esta historia servirá para recordarnos que nunca es tarde para defender lo que es justo. Deborah Blum, novelista (The Poisoner’s Handbook), periodista y Premio Pulitzer

«Andrea Pitzer tiene la elegancia de un poeta y el rigor de una periodista curtida en su oficio. En esta obra también demuestra su increíble habilidad para traducir un siglo de espantosos sufrimientos en un innovador relato que resulta fluido, lúcido y comprensivo con el dolor humano. Conseguirá que el lector vea el pasado —y el presente— con otros ojos». Beth Macy, periodista y escritora, autora de Truevine y Factory Man

«Un relato poderoso y agudo sobre los horrores de los campos de concentración, y no solo de los que conocemos, sino también de aquellos que pasamos por alto o preferimos ignorar. Los esfuerzos de Andrea Pitzer en su investigación y en su composición sin duda han dado resultados muy reveladores». Annie Jacobsen, periodista autora de Phenomena y finalista del Pulitzer con The Pentagon’s Brain

«Una larga noche, el perspicaz trabajo de Andrea Pitzer, funciona realmente como un poema épico aderezado con el horror de los campos de concentración que ha habido a lo largo de la historia en todo el mundo. Es un relato lleno de profundidad y violencia, que por desgracia resulta muy reveladoro y significativo. “Los viejos campos vuelven a abrirse, otros nuevos se crean”: Pitzer nos cuenta con una prosa limpia y clara una historia objetiva, apasionante, intensa y profundamente perturbadora». Peter Davis, ganador de un Oscar por Hearts and Minds y autor de la novela Girl of My Dreams

DE LA INTRODUCCIÓN…

Un ferry de dos pisos transporta a los visitantes hasta la parte de barlovento de la Base Naval de la Bahía de Guantánamo y los deja a los pies de una colina, a escasa distancia del llamado Camp Justice. Hay unas cuantas instalaciones destinadas a albergar detenidos; son actuales y antiguas, con nombres como Camp Echo o Camp Delta, y se agrupan cerca del extremo suroriental de la base, resguardadas tras unas verjas de tela metálica coronadas con rizos de alambre de espino. Esas instalaciones aún están operativas, y acogen a un pequeño número de detenidos que esperan la resolución de sus casos, aparte de otros que jamás verán evaluados sus casos en Camp Justice. El ferry atraca junto a un pequeño aparcamiento en Fisherman’s Point, pero el pavimento puro y duro del lugar no refleja su azarosa historia: en 1898, los soldados de Estados Unidos desembarcaron en este mismo lugar durante la guerra hispano-americana; pusieron pie a tierra en la mañana del 10 de junio, abriendo fuego contra una población costera y apoderándose antes del mediodía de la guarnición que la custodiaba. La colina se convirtió en un campamento militar, luego en una base permanente y las fuerzas estadounidenses ya nunca lo abandonaron. Una placa de bronce encastrada en un hito de piedras blancas junto a la orilla conmemora una invasión bastante anterior. Durante el segundo viaje de Cristóbal Colón a las Indias, en 1494, el almirante visitó Fisherman’s Point también, después de reclamar la isla de Cuba para el Reino de España. La placa dice que Colón y sus hombres llegaron allí buscando oro, pero «no encontrando lo que pretendían, se fueron al día siguiente». Durante más de cuatrocientos años tras la expedición de Colón, Cuba siguió siendo colonia española. Pero en la última década del siglo XIX, España creó los primeros campos de concentración del mundo en esa isla. Semejante decisión desató masacres sin cuento que, al final, acabaron con la pérdida de la colonia y con los soldados americanos desembarcando en el mismo punto en el que Colón había estado buscando oro siglos atrás. Hasta hace solo unos años, jamás se me había pasado por la imaginación viajar a Guantánamo. Mi interés se reducía a escribir una historia de los campos de concentración. El campo de detención de Guantánamo, típico del siglo XXI, podría resultar perturbador, pero no se me había ocurrido pensar en esas instalaciones como en un campo de concentración. Sin embargo, cuanto más tiempo pasaba investigando las detenciones masivas y los arrestos indiscriminados a lo largo de la historia, más se revelaba la espantosa identidad y realidad de Guantánamo. No se me pasó por la cabeza pensar que pudiera escribir sobre ese lugar sin haber estado allí. Y por eso, en 2015 hice dos visitas a Guantánamo. La primera me proporcionó la posibilidad de asistir a vistas preliminares contra cinco  acusados por los acontecimientos del 11 de septiembre.

Dado que yo no tenía la obligación de entregar mi trabajo en una fecha concreta, como otros periodistas que viajaban conmigo, opté por ocupar el lugar del artista invisible que dibuja bocetos del juicio y absorber —tanto como me fuera posible— lo que ocurría en aquella especie de tribunal que iba a los casos de los prisioneros en la «guerra contra el terror». Había llegado a aquel lugar quince años después de los atentados del 11-S, y tenía que ponerme al día. Mi segundo viaje me permitió acceder a los campos de detención, o, al menos, a las instalaciones que me dejaron ver. En ambos casos, poner el pie en Guantánamo era como entrar en otro mundo. Resultaba abrumador comprobar que había miles de personas empleadas y decenas de edificios destinados a mantener en marcha la maquinaria de la detención: en aquel momento, el centro ya solo albergaba a un pequeño grupo de prisioneros, poco más de un centenar. Lo que más me perturbaba a mí —la legitimidad o no de mantener a sospechosos sin juicio durante más de una década— no era en absoluto ninguna preocupación acuciante para los soldados y marinos que estaban allí, ocupados, haciendo su trabajo. Las grandes cuestiones se habían decidido ya en otra parte. Los detenidos estaban allí y allí se quedarían hasta nueva orden.

Después de los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, la decisión estadounidense de utilizar Guantánamo como un emplazamiento perfecto para las detenciones extrajudiciales se había saludado en los círculos internacionales con la misma consternación que suscitó el proceso español de «reconcentración» (detención masiva de civiles) en 1896. En términos generales, los campos de detención americanos del siglo XXI en Guantánamo son hijos de los campos españoles del siglo XIX. Pero han transcurrido muchas décadas entre unos y otros, y cada nueva instalación de barracones y celdas de castigo arrastra elementos clásicos de los viejos campos al tiempo que evoluciona con características nuevas. La historia de los campos de concentración parte de Cuba, se disemina como ondas concéntricas por el mundo y regresa luego a la isla: sus ecos alcanzan a los seis continentes y casi a todos los países del mundo. Los campos de concentración han estado presentes continuamente en uno u otro lugar del globo durante más de un siglo. Los barracones y el alambre de espino siguen siendo sus símbolos más conocidos, pero un campo de concentración se define más ajustadamente por sus detenidos que por cualquier otra característica física. Un campo de concentración existe allí donde un gobierno quiere mantener a ciertos grupos de civiles fuera de los procesos legales normalizados, a veces para segregar a personas que se consideran extranjeras o marginales y en otras ocasiones para castigarlos. Si las prisiones están concebidas para albergar a sospechosos acusados de crímenes tras un juicio, un campo de concentración alberga a aquellos que, en la mayoría de los caso, no se han sometido a un juicio justo en absoluto.

La palabra «detenido» es el término más específico que se puede aplicar a la persona retenida de este modo, pero para lo que nos interesa en este libro, también pueden ser considerados prisioneros, presos o cautivos. A veces, como ocurre en Guantánamo, la definición de las categorías de los detenidos se vincula a determinadas consideraciones legales. Llamarlos «prisioneros» podría implicar la necesidad de garantizarles los derechos obligados a los prisioneros de guerra según la Convención de Ginebra, así que los mandos del campo suelen llamarlos simplemente «detenidos». Los campos de concentración albergan a civiles más que a combatientes, aunque en bastantes casos, desde la Primera Guerra Mundial a Guantánamo, los administradores de los campos no siempre han hecho el esfuerzo de distinguir entre unos y otros. Los detenidos se han visto en esos lugares esencialmente por razones raciales, culturales, religiosas o políticas, y no tanto por delitos tradicionalmente perseguidos por la ley, aunque algunos estados han remediado este defecto legislando de tal manera que la mera existencia de la disidencia fuera prácticamente imposible. Esto no significa que todos los detenidos sean inocentes de acciones criminales contra un gobierno en un sistema dado; más bien, significa que tanto los inocentes como los culpables son encerrados sin ninguna distinción ni consideración. Los campos de concentración se instauran por decisiones políticas estatales, o menos frecuentemente, los organizan gobiernos provisionales durante un conflicto o guerra civil. Representan el ejercicio del poder estatal contra los ciudadanos, individuos particulares u otros sobre los cuales el gobierno tiene algún grado de responsabilidad. Al contrario que en las prisiones, los campos de concentración a menudo albergan a prisioneros sin una fecha de liberación prevista. Y cuando se ofrece esa fecha, se ha decidido arbitrariamente y se puede modificar sin previo aviso. En algunos —pocos— sistemas de campos, la detención se ha establecido como una medida protectora, supuestamente para proteger a un grupo de la ira popular, y en alguna ocasión realmente han sido lugares en los que los detenidos han estado protegidos. Pero lo más habitual es que la detención se considere como una medida preventiva, para mantener a un grupo sospechoso a buen recaudo con el fin de evitar que cometa posibles «crímenes.» Muy rara vez los gobiernos han admitido públicamente que han utilizado los campos de concentración como castigo; sobre todo, los han presentado como parte de una misión civilizadora para mejorar el nivel de ideologías, culturas y razas supuestamente inferiores.

Andrea Pitzer

 

*Dossier del libro. Remite Mercedes Pacheco.

ELENA MARTÍNEZ CANTA A ÁNCHEL CONTE

ELENA MARTÍNEZ CANTA A ÁNCHEL CONTE

Elena Martínez pone música y voz

al intimismo lírico de Ánchel Conte

 

 

‘Zarré os uellos’, íntegramente en aragonés’, abraza la música popular, la canción de autor y el pop

 

Elena Martínez vive en Calamocha, donde trabaja de panadera, y en verano lo hace en Luco de Jiloca. Es cantante y guitarrista, y ha pertenecido a grupos de folk como La Birolla, Loba Parda o Venambre, y también fue cantante de Mallacan; en alguno de ellos llegó a ejercer de percusionista con panderos, panderetas y pitos, y también tocó la zanfona. Ahora publica una edición de 500 ejemplares de su primer álbum: ‘Zarré os uellos’ (‘Cerré los ojos’).

“El aragonés pertenece a nuestro patrimonio cultural. No tiene colores ni banderas, y cada vez se habla menos. En Calamocha y Luco no está vivo como lengua, aunque se dicen muchas palabras aragonesas. Tengo amigos del Sobrarbe y de Zaragoza que hablan en esta lengua y me pareció oportuno rendirle un homenaje en mi primer disco en solitario”.
Si durante años, Elena Martínez pensó en centrarse en varios poetas en aragonés, con el paso del tiempo decidió elegir solo a Ánchel Conte. “Su poesía me resulta conmovedora. Me llega muy adentro. Cogí todos sus libros, desde 1972 hasta los últimos. Los leía e iba seleccionando textos. Hace dos años hice la selección definitiva e incorporé ‘Mai’, que había adaptado Gabriel Sopeña”.

Dice la cantante que eligió poemas de una emoción especial, que pudieran ser cantados y que pudieran tener un estribillo. “Con ‘Mai’, son doce canciones. Me he dejado ir libremente, buscando sentimientos, belleza, atmósferas. No tenía una idea de entrada, pero al final creo que queda un disco unitario donde hay de todo”. Quiere decir que hay amor y desamor, erotismo y sensualidad, paisaje, sentimientos, miradas al pasado, denuncia y afición a las palabras.

“La poesía de Ánchel Conte es de un gran intimismo. Es de esas líricas que conmueven y que llegan al corazón. Decidí abordarla con libertad, poco a poco. Yo creo que hay tres polos claros de inspiración y de trabajo en ‘Zarré os uellos’: el influjo de la música popular aragonesa, pienso en Biella Nuey, en La Orquestina del Fabirol o en O’Carolan, entre otros grupos, pero también me interesan muchos folclores como el vasco; me marcó Oskorri, por ejemplo. Me interesa mucho esa orientación y está en el disco. Y está la canción de autor, pienso en Silvio Rodríguez, en Labordeta, en Mísia, la cantante de fados, en Tracy Chapman, y también en la cantante húngara Márta Sebestyén”. Subraya que también hay otra orientación, vinculada al pop.

Elena Martínez dice que el álbum, que se fue haciendo poco a poco, con intuiciones y ráfagas de inspiración, en ratos perdidos, ha contado con la colaboración de Roberto Montañés, “que tiene estudio en Luco de Jiloca, y lo grabamos allí”. Roberto Montañés es uno de los integrantes del dúo Los Gandules. “Roberto ha sido clave. Sobre todo en los arreglos y en el acompañamiento musical. Cogíamos un tema, le llevaba la línea melódica a la guitarra y de repente me decía que le metiésemos un violín, o cosas así. Es un hombre con talento y muy generoso. Yo había pensado usar solo guitarra o acordeón, y él ha sido decisivo para que tenga otra sonoridad”.

Elena Martínez no quiere teorizar sobre nada, ni sobre política ni sobre la lengua. “El aragonés está condenado a desaparecer. Es una lengua llena de musicalidad. Mucha gente me pregunta por qué canto en aragonés. También es un homenaje a Aragón y a su riqueza”, señala, y confiesa que habló mucho con el poeta Ánchel Conte por teléfono y por ‘mail’. “Con todo, aún no nos conocemos”, revela.

Ánchel Conte, consultado por HERALDO, confiesa: “El disco de Elena me ha gustado porque creo que la música se ajusta perfectamente al poema, sin estridencias. Es como un recitado en el que música y poesía se complementan. Hay momentos en que al oír la canción me viene a la memoria el momento exacto en que escribí el poema, el estado de ánimo en que nacieron los versos. Raramente releo mis poemas; sin embargo sé que el disco lo voy a oír con frecuencia. Es curioso cómo la música ayuda a resucitar el pasado”, dice, y reflexiona sobre el actual momento del aragonés: “En este momento tiene un apoyo institucional y eso ha ayudado mucho a que se reactive: escuelas, editoriales, discos... Ver el sello del Gobierno de Aragón en el disco es estimulante”.

JEAN DIEUZAIDE: DESNUDO

JEAN DIEUZAIDE: DESNUDO

Estoy trabajando sobre la obra de uno de mis fotógrafos preferidos, Jean Dieuzaide (1921-2003). Y me encuentro con este precioso desnudo que no había visto nunca.

CUENTOS DE VERANO: 'PRIMOS SEGUNDOS'

CUENTOS DE VERANO: 'PRIMOS SEGUNDOS'

CUENTOS DE VERANO’: PRIMOS SEGUNDOS

Isabel no sabía de dónde le venía aquella seguridad. Su hermana Paca –que podía ser campesina, panadera, modistilla o administrativa de las Hermandades del Campo, todo a la vez– la protegía con sutileza y evitaba que la mandasen a guardar a la serranía y al monte. Quizá a ella le contase su primer secreto: en las sesiones de teatro, le había tocado en suerte compartir protagonismo con Leoncio. Era lo que más hubiera deseado. Hacían de novios, o de jóvenes que despertaban al amor con las palabras justas, el silencio tímido y la mirada limpia. Él procedía de una masada y era habilidoso, inventor y quizá un soñador. Hacía carbón vegetal con su hermano Vidal, injertos en los cerezos y los ciruelos, trazaba canales de riego, ordenaba las listas de la mina y era ágil con las cuentas. Más que rápido, vertiginoso.

Era un contador de historias. Un romancero. Tenía una facilidad innata para encerrar a los vecinos de un barrio en un poema. Si le hubieran pedido que, en una de esas noches de verano a la fresca, recitase sus versos, lo habría hecho. Los sabía de memoria, pero también llevaba un cuaderno con los poemas, redactado con una letra bonita. Era el más avanzado en caligrafía de Ejulve.

La obra salió muy bien. A los dos se les veía muy felices, aunque ella era pudorosa y no quiso presumir del éxito. Eran tiempos difíciles, por otra parte. Los maquis andaban por los montes y a veces, desesperados por las soledades y el hambre, se convertían en salteadores de caminos. Algún vecino quiso aprovecharse de la situación, y le mandó varios anónimos amenazantes a su padre. Ella y su hermana Paca podrían pasarlo muy mal, en las eras, en la fuente o en el planico de la iglesia, si no atendía a razones. En su casa, se guardó silencio. El drama y la dicha iban de la mano, como una corriente subterránea de sensaciones contradictorias.

Una vecina se prendó de su novio y le dijo: «Está por mí». Meses más tarde, ante la suave indiferencia de Isabel, añadió que era un picaflor, que se entendía en la umbría del cementerio o en los Santanales con Aurorita, Leonor y Josefa, la hija de los cabreros. Isabel no se inmutaba, y al final, sin perder su media sonrisa, exhibió sus certezas: «No pierdas el tiempo, ni hagas mala sangre. Es para mí». Hacía más de una semana que habían pedido dispensa papal a Roma para casarse porque eran primos segundos.

 

 

*Ayer, domingo 8 de julio de 2018, mi suegra Isabel Brumós Andrés cumplía 88 años. Le dediqué esta ‘Cuento de verano’, donde se narra una pequeña parte de su historia de amor con Leoncio Gascón Pascual, fallecido hace algunos años. Hace unos días, moría su hermana Paca, citada en el texto. En la foto de hace un año, con José Antonio e Isa, que también celebraban su aniversario de boda.

 

RETRATO DE PATRICIA ESTEBAN ERLES

RETRATO DE PATRICIA ESTEBAN ERLES

Retrato de Patricia Esteban con sus miedos *   

   

 

“Los cuentos que escribo nacen de miedos, que me asaltan indiscriminadamente, esté dormida o despierta”, me dijo Patricia Esteban Erlés, tras publicar los microcuentos de Azul ruso (Páginas de Espuma, 2010). En esa infancia que era más larga que la vida, tal como escribió Ana María Matute, Patricia percibió de mil formas el impacto de las sombras, los claroscuros donde se agazapa el pánico. Podía irrumpir en las películas de Narciso Ibáñez Serrador o en las de Alfred Hitchcock, a quien le rindió homenaje en Manderley en venta (suele decir que una de sus películas favoritas es Rebeca), en los tebeos de terror de sus hermanos, en las criaturas perturbadoras como Frankestein o Drácula, pero también a las que poblaban las películas inquietantes que tanto le atraían. 

Tampoco fue ajena a esos libros, de aventuras y géneros híbridos, que andaban por casa y que abrían una puerta al más allá, a las zonas oscuras de la mente y del sueño. Leyó mucho y, poco a poco, abrazó un deseo: convertirse en escritora. Poseía un don. Esta mujer habituada a las tinieblas y a lo indecible tenía una gran facilidad para crear imágenes turbulentas, personajes desapacibles, auténticas y angustiosas pesadillas. En todos sus libros las hay, y en abundancia: los citados Manderley en venta (Tropo, 2008), que alude a esos textos sobre casas entre románticas y góticas pobladas de secretos, en los cuentos de Azul ruso (donde había homenajes a Julio Cortázar y a Silvina Campo, a la que define como “una maestra en el arte de relatar el secreto”) y en Casa de muñecas (Páginas de Espuma, 2010), ilustrado por Sara Morante, donde demostraba el absoluto dominio del microcuento y su admiración por Juan José Arreola y por esta obra maestra suya de lo breve: “La mujer que amé se ha convertido en un fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones”; en ese libro desplegaba toda su imaginación y la presencia de la crueldad, el horror y la maldad con una paleta muy variada de registros. Patricia Esteban Erlés pertenece a ese grupo de virtuosos del género breve: José María Merino, Andrés Neuman, Fernando Iwasaki, Juan Jacinto Muñoz Rengel, Francisco Ferrer Uriz y Ángel Olgoso, entre otros.

Patricia Esteban Erlés ganaba a finales de 2017 el premio de novela Dos Passos con su primera narración larga: Las madres negras (Galaxia Gutenberg, 2018), una de esas novelas de género, el terror y el misterio, de atmósfera gótica y ámbito cerrado, más o menos siniestro, uno de esos espacios donde habitan las sombras. Narra la vida en el convento de Santa Vela de un grupo de huérfanas, educadas por monjas, algunas tan indescriptibles, o terribles directamente, como Priscia, que se siente una mensajera de Dios en la tierra. Se lo toma tan a pecho que va más allá de la encomienda para convertirse en una criatura fanática que parece desdoblarse, en una vuelta de tuerca que trabaja muy bien Patricia Esteban, en el mismo demonio.

La novela es una exploración del dolor de crecer, del desamparo, del extrañamiento y de esa lucidez intuitiva, que desarma, de las niñas, capaces de cuestionar los dogmas, las leyes y la autoridad. Ha dicho Patricia Esteban que esta novela, ceñida y bellamente escrita (la autora, con sentido del juego, dice que disfruta del ‘palabreo’), nació del recuerdo de una visita al convento del Carmen, tan cerca del centro de su Zaragoza natal y tan alejado con sus rituales y sus hábitos. “Pensé en escribir una historia que me devorase como autora, que me atrajera cada día y me obligara a sumergirme en ella. Me ha encantado y me ha horrorizado vivir en Santa Vela. Me asusta la maldad que se complace en sí misma, que se retroalimenta y nunca tiene bastante”.

Además de ese universo, en el que ni respirar resulta fácil, Patricia Esteban Erlés se interna por otros territorios: los de la poesía y la fantasía. En Las madres negras hay espacio para el sueño, para las obsesiones y para lo maravilloso, como sucede con una criatura tan presente como Larah Corven, a la que le regalan un caballo y se queda viuda demasiado pronto. Explica Patricia Esteban: “Larah Corven es un trasunto de Sarah Winchester, víctima de una maldición que me chifla. Todos los indios muertos por culpa del rifle que patentó su esposo persiguieron a su familia y a ella misma, que intentó refugiarse en una mansión que iba ampliando con más y más habitaciones para esconderse de aquellos espectros malhumorados. Estuvo huyendo de puertas para adentro cuarenta años. Lo suyo fue una reforma infernal”.

Esta frase es una poética, una confesión y una de las regiones mentales donde brotan sus historias.

 

*Este texto se publicó en la revista ’Librújula’, que dirige Toni Iturbe. La foto es de Asís G. Ayerbe.