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Antón Castro

HISTORIAS DE CINE NEGRO

HISTORIAS DE CINE NEGRO

Toni López de Alarcón es un cinéfilo empedernido que vive, sueña y respira cine. Hace unos días me mandó un correo con varias fotos de ‘Retorno al pasado’, la película de Jacques Tourneur, interpretada por Robert Mitchum, Jane Greer y Rhonda Fleming.

 

Me dice: “Bordeando el final del día es cuando tienen lugar las mejores historias, como las cine negro…”

 

MARCHAMALO Y SUS HALLAZGOS

MARCHAMALO Y SUS HALLAZGOS

Jesús Marchamalo, uno de los escritores españoles que más feliz me hacen con algunos de sus libros sobre escritores y sus juegos literarios, me manda una nota y esta foto:

“Te mando una bicicleta que, seguro, no se le habrá ocurrido a nadie. La foto está hecha este verano en Bayona, y me encantó su faro, su cestita, y la delicadez con la que estaba amarrada al buzón”.

MANUEL ARRIBAS: UN JUGUETE ESPECIAL

MANUEL ARRIBAS: UN JUGUETE ESPECIAL

Me escribe el diseñador y fotógrafo Manuel Arribas y me manda esta foto que tomó él y esta nota:

 

“He estado unos día en países en los que la bicicleta es uno de los elementos más significativos del ‘paisanaje’ y del paisaje. Tengo fotos que dan fe, quizás, cuando las ponga en orden te mande alguna. Pero fue esta, que te mando, la que más me llamó la atención. Es uno de los juguetes que hacen los niños de los países ‘del cacao’ -waka waka-. Está realizado con alambres de colores. Se encuentra en el museo del chocolate, en Colonia (Alemania). Otros tantos juguetes realizados con chapas y materiales de desecho acompañaban a este”.

DANIEL GASCÓN: 'LA SOCORRISTA'

           

 

LA SOCORRISTA

            Daniel Gascón

            La primera quincena de julio de 2004, unos meses antes de irme a trabajar a Francia como profesor de español, llevé a mi hermana pequeña a un curso de natación en la piscina de Garrapinillos, el barrio periférico en el que vivíamos. Me sentaba debajo de los pinos y leía, pero eso enseguida se interpreta como una provocación o el síntoma de una soledad desgarradora, y pronto empecé a pasar todo el tiempo que duraba la clase charlando con las socorristas. Había dos; se intercambiaban los turnos de mañana y tarde. Una era alta y desgarbada, quería aprender inglés y era aficionada a la novela histórica. A la otra, Paula, le gustaba yo. Aunque las dos eran simpáticas, me entendía mejor con la segunda: compartíamos aficiones. Era guapa –el pelo negro, los ojos verdes-, pero un poco bruta. La primera vez que habló conmigo, después de que yo me acercase al borde de la piscina para rehacerle la coleta a mi hermana, me propuso tomar un café en el merendero de la piscina (no había bar), y cuando saltó la valla me dijo: “No me mires las piernas, que hace un huevo que no me depilo”. A veces me contaba cosas, me decía que tenía familia en Francia, precisamente, y en cambio otras veces se me quedaba mirando un rato y decía: “Qué ojos tienes, no sé ni lo que te digo”.

            La verdad es que, al margen de que a mi hermana no le gustaba perderme de vista, Paula no me convencía demasiado. No teníamos casi nada de lo que hablar. Había mucha luz, nada de alcohol, todo me parecía demasiado abrupto, y supongo que ella me intimidaba un poco. Que yo le gustara era sin duda un malentendido; a partir de ahí, la realidad -las conversaciones o el sexo- solo podían ir a peor. Cualquiera que sepa un poco de historia ya sabe cómo acaban las utopías. Y también sabe que el morbo sexual es como la autoridad: lo conservas mientras no estás obligado a ejercerlo. Por otra parte, como estaba más acostumbrado a seducir que a ser seducido, tampoco sabía cómo desatascar la situación. Me había quedado sin mi estrategia principal: la súplica abyecta. Aunque quisiera liarme con Paula, ¿qué le podía decir? ¿Proponerle un polvo en los vestuarios? En fin, nunca llegamos a nada y las visitas a la piscina empezaron a producirme angustia, aunque al menos mi hermana aprendió a nadar.

            Yo nunca iba a la piscina solo, y dejé de ver a Paula cuando mi hermana terminó el curso de natación. Pero a finales de julio me la encontré cerca de la estación de tren. Yo volvía de Madrid, donde acababa de romper con mi novia, e iba a coger el autobús para ir a Garrapinillos. Paula esperaba el autobús para volver a casa. Nos tomamos una caña; me dijo que había estudiado Atención Sociosanitaria y me habló de sus aficiones. Le pregunté qué deportes le gustaban y respondió: “Correr, nadar, follar”. No dijo la última palabra en voz alta, únicamente movió los labios, porque estábamos solos en el bar, y yo me sentí algo incómodo. Pero me sentí directamente imbécil cuando respondí: “Sí, a mí también me gusta ir a correr, me relaja”. Supongo que estaba afectado y la chica con la que acaba de romper también era socorrista y me parecían demasiadas coincidencias. Además, ya había salido con tres socorristas y una subcampeona de España de natación, y pensé que era algo excesivo, teniendo en cuenta que ni siquiera me gustan las piscinas y que nunca fui fan de Los vigilantes de la playa.

            A finales de agosto, salí con algunos ex compañeros de la universidad. Cenamos en una casa y luego fuimos a tomar unas copas. Imaginaba que las cosas transcurrirían por los cauces habituales, y que volvería a casa de mis padres en el primer autobús de la mañana, lamentando haber gastado tiempo, salud y dinero. Pero cuando llegamos al primer bar, prácticamente sobrios, se me acercó una chica guapísima que me resultaba vagamente familiar. Me pidió fuego. Me reproché no ser fumador. Le dije que no tenía mechero, pero que podía conseguirlo: era un tipo capaz de solucionar problemas. Iba a preguntar a mis amigos, pero la chica me dijo: “No, si solo te lo he dicho para hablar contigo. Ya le pediré fuego a algún gilipollas”. Unos dos minutos y medio después, tras algunas palabras de cortesía, nos estábamos enrollando. Se llamaba Vanessa y sus amigas estaban en el otro extremo del bar. Vi que mis amigos se marchaban, uno de ellos me hizo señas. Vanessa y yo pedimos otra cerveza y nos seguimos besando. Todo iba perfectamente hasta que ella metió la mano en el bolsillo trasero de su pantalón, se separó un poco y me dijo: “Oye, tío, ¿me has robado la cartera?”. No la entendí y pedí que me repitiera la pregunta. “Que si me has robado la cartera, cabrón”, gritó, justo cuando acababa la canción, y la gente que estaba cerca se nos quedó mirando. Le dije que no, claro, y ella fue a buscar a sus amigas. Me rodearon y me miraron sospechosamente, y me di cuenta de por qué me sonaba Vanessa: era la hermana gemela de Paula, que formaba parte del grupo. Se parecían mucho, aunque Vanessa era algo más alta y delgada, y llevaba un corte de pelo más estiloso. Paula rompió la hostilidad y me saludó con dos besos. “Nada, cariño, que mi hermana ha perdido la cartera”, me dijo. Explicó que no llevaba mucho dinero ni tarjetas de crédito, pero sí una foto de sus abuelos, que tenía “valor sentimental”. Decidieron recorrer los bares en los que habían estado. Yo dudé un momento, pero me pareció que no tenía sentido acompañarlas. Paula me dio un pico al despedirse. Vanessa no se despidió. Pensé que Paula tenía que haberme visto con su hermana, y todo me pareció muy raro. Incluso me sentí un poco infiel. ¿Cómo me había enrollado con Vanessa si Paula no me gustaba y eran casi iguales? Luego me pregunté si a las gemelas las atraían los mismos chicos, si era un duelo entre hermanas o si todo era una coincidencia y me estaba volviendo loco. Acabé mi cerveza, llamé a mis amigos y volví a casa seis horas después, lamentándome por la pérdida de tiempo, salud, dinero y amor.

            A mediados de septiembre, cogí el autobús de Garrapinillos a las once de la mañana. Paula estaba sentada en la penúltima fila, me invitó a sentarme a su lado. La temporada de la piscina estaba a punto de terminar y ella no sabía qué hacer. Estaba pensando en irse a Alemania. También me habló de su hermana, que estudiaba en la Escuela de Teatro. “Mi padre dice: a Vanessa la quieren de novia, a ti para chingar”. Le dije que era un comentario encantador de su padre y ella rió. Luego dijo: “De todas formas, es verdad”. Me besó a la altura del desvío del club de tenis. “Para, cariño, que me estoy poniendo cachonda”, me dijo, cuando pasamos ante las primeras urbanizaciones, donde algunos viejos se bajaban para trabajar en sus huertos. Pero seguimos besándonos hasta llegar a la parada que hay en el centro del barrio. Allí nos despedimos con un pico, y luego ella se fue hacia la piscina y yo me marché, un poco perplejo, hacia mi casa y empecé a preparar la maleta. Al final de esa semana me fui a Francia. No he vuelto a la piscina, ni tampoco a ver a Paula.

 

*Ayer en el suplemento de verano, Daniel Gascón publicaba este cuento ‘La socorrista’, inspirado en buena parte en Garrapinillos, el lugar adonde nos trasladamos en 2001. Daniel publicará dentro de un par de meses o así su tercer libro de relatos, ‘La vida cotidiana’, en el sello Alfabia de Barcelona. Las dos fotos son de Jacques Henri Lartigue.

JOSÉ VERÓN Y LA POESÍA

JOSÉ VERÓN Y LA POESÍA

'EL VIENTO Y LA PALABRA' DE JOSÉ VERÓN GORMAZ

 

El viernes, 3 de septiembre, viernes, en el Centro de Estudios Bilbilitanos, en el salón de actos de la UNED, José Verón Gormaz presentará su nuevo libro: ‘El viento y la palabra’, su último poemario. Tendrá por padrinos al poeta y profesor Alfredo Saldaña, y al escritor e historiador de la literatura Javier Barreiro, que es el autor del prólogo y un auténtico especialista en la obra literaria de José, al que ya ha dedicado otros estudios y prólogos. El acto contará, además, con la presencia de Raúl W. Fernández Moros y de María Aurora Lassa Gil. Presento aquí cuatro poemas del libro. La primera foto es de José Verón; las siguientes son de Robert Doisneau, Eugene W. Smith, de la película de Blake Edwards, de Mario Testino y Ansel Easton Adams.

 

 

Voces bajo la lluvia

 

Por las calles mojadas el camino se pierde.

Oigo un rumor lejano de voces que regresan

en el lento caer de la incesante lluvia,

y no encuentro en el aire ni gestos ni palabras,

sólo el eco vacío de mis pasos cansados

que buscan en la tarde humedecida                                       

las primeras nostalgias del otoño.

Nada, sino el pasado, va quedando detrás.

Delante de la bruma,

                            frente a húmedos destinos,

vuelvo a pensar los versos que iluminan

la oscura soledad de la memoria. 

 

La tarde sobre el valle

A Constantino Cavafis  y Juan Ramón Jiménez                                                                                                                                                                                                                                                                                           Que permanezca así.

Que esta luz recobrada sea eterna,

que este momento nunca se despierte:                                                        

en el abismo ciego de las horas,

ser un átomo humilde

de paz iluminada por la tarde,

partícula viviente cargada de esperanza,

instante eterno mío,                                                                            

aquí y ahora y siempre cuanto he sido.

 

Desayuno en Tiffany’s

 

Asoma el alba en el cristal dormido

con aliento de fríos resplandores.

Dentro de la mansión iluminada,

el  despertar se viste de preguntas,

de dudas inconcretas, de inquietudes…

No hay un punto de fuga en lontananza

ni un centro exacto que disponga

                                    el antes y el después.

Las palabras se esconden

en una taza de café sin rumbo.

                  

                      De vino y soledad

 

                        Tardío y sin memoria,

 

                        camino entre las viñas del otoño.

 

                        Cepas atormentadas ocultan un clamor,

 

                        el espanto que acecha, casi humano,

 

                        entre el cielo infinito y la tierra quemada.

 

                        Al sur de las raíces invisibles

 

                        hay otro mundo de oscuridad y limo,

 

                        de miedo y de tristezas compartidas.

 

Primavera en Trasmoz

 

Serpea el agua clara en la ladera.

 

La cima, que fue blanca, es pura luz.

 

                                  Inmóvil bajo el monte,

 

sediento y deslumbrado,

 

en mi nostalgia hay cierta certidumbre

 

de haber sido olvidado por esta primavera.

ELÍAS MORO: BICIS Y AFILADORES

Elías Moro, el administrador y creador constante del blog ‘El juego de la taba’, me ha escrito esta mañana y me envía dos fotos: una de Graciela Iturbide y otra de Lewis H. Hine, que es una de las más bellas fotos de ciclismo o vinculadas a la bicicleta. Los cuelgo aquí con sumo placer con sus comentarios:

Dice Elías Moro: “De esta foto de Graciela Iturbide me gusta mucho la sobriedad de la composición casi simétrica, el juego de sombra y claridad, el anacronismo de las gallinas colgando cabeza abajo”.

Foto de Lewis H. Hine. Dice Elías Moro Cuéllar: “me gusta el gesto chulesco, entre fanfarrón y canalla, del que se supone fuera el propietario, aunque vista la pose del chulillo cabría sospechar algún pequeño hurto de por medio”.

 

Curiosamente, en su blog, Elías cuelga un espléndido cuento vinculado con mi niñez en Galicia y también con mi vida en Urrea de Gaén, Teruel. Allí recibíamos a menudo a un afilador gallego al que le tomé fotos y le dediqué un reportaje en el periódico. La historia de Elías se titula así: ’El afilador’. Y es un microcuento de esos que tanto le gustan a él, a Antonio Serrano Cueto, a Fernando Valls y Gemma Pellicer, entre otros. Aquí está con la foto que él ha colocado en su blog. A mí me decían que todos los afiladores eran de Ourense y hablaban un lenguaje propio, el ’barallete’: lo hablaban los afiladores y los paragüeros de Ourense.

 

Por Elías MORO CUÉLLAR

Tengo un recuerdo muy preciso de la infancia: es una tarde de verano y, después de la escaramuza de la siesta -mi madre batallando para que la durmiera, yo intentando no claudicar-, estoy sentado en el umbral de la puerta comiendo pipas de melón saladas, llevo un pantalón corto de color gris, zapatillas de lona azul, el torso desnudo. Serán las cinco o cinco y media, y el calor se pega a los colores de las casas haciéndoles palidecer. En ese momento, mientras espero a mis amigos de entonces -Tasio, Manolo, Anacleto…-, pasa un afilador (una vez me dijeron que casi todos los afiladores eran gallegos) arrastrando su bicicleta y silbando una melodía, voceando su oficio; él me mira con sus ojos oscuros y yo, con un gesto, le ofrezco el cucurucho de las pipas. Pasa sin detenerse, ignorándome, y aquella música me parece entonces la más triste del mundo. Mi madre me pregunta qué me pasa cuando entro en casa llorando y yo no sé qué contestar.

Al rato vinieron mis amigos a buscarme, pero ya no quise salir esa tarde.


Ahora adoro la siesta, aunque a veces, durante la misma, sueño lo que cuento en esta página y despierto con los ojos turbios.

MIGUEL MENA: LA BICI Y LA NEVADA

MIGUEL MENA: LA BICI Y LA NEVADA

Miguel Mena, escritor y periodista, es un gran aficionado al ciclismo. Como Miguel Delibes y Javier García Sánchez, entre otros. También es fotógrafo. Hace años publicó un libro espléndido: la crónica de un viaje por Aragón con el título ‘El paisaje del ciclista’ (Mira, 1993). Recuerdo que en aquella época vivíamos en Cantavieja y Miguel nos visitó en la casa de alquiler que teníamos en la villa ‘bienamada de Cabrera’. En otro de sus libros, ‘Piedad’ (Xordica, 2008) incluyó esta estupenda foto de una foto en medio de la nevada. Amablemente me la manda mientras finaliza sus vacaciones y empieza a preparar su regreso al programa radiofónico ‘A vivir Aragón’, el sábado y el domingo en la Cadena Ser-Radio Zaragoza.

Miguel Mena dice: “La hice frente a la radio en la gran nevada de febrero de 2005”.

ANA BANDE E AS SALINAS DE AVEIRO

ANA BANDE E AS SALINAS DE AVEIRO

Unha foto que me envía Ana Bande, bibliotecaria en Vigo, desde as salinas de Aveiro. Ela está de costas.

 

Unha man amable tiroulle a foto.