UNA BICICLETA EN PARÍS
Miguel Ángel Yusta estaba en París, quizá fuera en autobús, llevaba su cámara compacta. De repente vio esta imagen y disparó. Me envía muy amablemente la foto.
Miguel Ángel Yusta estaba en París, quizá fuera en autobús, llevaba su cámara compacta. De repente vio esta imagen y disparó. Me envía muy amablemente la foto.
[Recibo esta nota de la Fundación Katia y Ramón Acín: Concha Monrás Casas, “Conchita”, fue una mujer culta, deportista, con excelentes dotes para el piano, esperantista y madre que compartía los planteamientos de su esposo Ramón Acín hasta sus últimas consecuencias. Conchita fue y es un ejemplo de mujer libre y comprometida. Todo lo anterior le costó la vida siendo fusilada el 23 de agosto de 1936, poco más de dos semanas después de que Ramón hubiera sufrido la misma suerte.
Lola Campos, periodista y escritora, le dedicó un artículo (2 de agosto de 1999) dentro de una serie sobre mujeres aragonesas publicada en Heraldo de Aragón y que fraguó en un libro (Mujeres aragonesas, Biblioteca Aragonesa de Cultura, 2001) que reúne a treinta personalidades excepcionales por muy distintos motivos. En el aniversario de la muerte de Concha Monrás, os ofrecemos este hermoso texto.]

Aragonesas en la historia
Concha Monrás Casas
Barcelona, 1898 - Huesca, 1936
El anarquismo consorte
Por Lola CAMPOS
En los primeros años del siglo XX llegaba a Huesca, procedente de Cataluña, un nuevo profesor, Joaquín Monrás Casanovas, que se establecía con su esposa, María Casas y sus tres hijos. Estaban criando a María Pilar, Conchita y Joaquín, que crecían en medio de comodidades aunque en una España inquietante.
La hija intermedia se casaría años después con Ramón Acín, un artista anarquista con el que vivió momentos apasionantes durante trece años. Ambos fueron fusilados en 1936, dejando un legado artístico importante y una leyenda que sigue en pie.
Huesca fue el principal escenario de las dichas y sinsabores de Concepción Monrás Casas, nacida en Barcelona un 8 de diciembre de 1898. Los primeros pasos de Conchita por Cataluña han sido borrados por el paso del tiempo. Queda su huella en una Huesca de apenas quince mil habitantes, conservadora y desigual, que contemplaba con respeto las evoluciones de una familia acomodada cuyas hijas estudiaban en el colegio de Santa Rosa y el hijo en el Instituto. La madre moriría pocos años después, de modo que los niños vivieron con la abuela y el padre, quien contrajo años después nuevo matrimonio.
La primera hija acabaría cursando Farmacia en Barcelona y el único hijo montó, al concluir los estudios, negocios de exportación de vinos y casó con una hermana de Ramón J. Sender. Conchita era entonces, y lo serí a después, algo diferente.

Una mujer enérgica e independiente, un espíritu libre que se adelantaba a su tiempo. Pero, al fin y al cabo, una buena hija que acabó sus estudios y sacó la carrera de piano. Si Conchita Monrás hubiera sido una mujer al uso habría matrimoniado con un hombre corriente que le reportara una vida cómoda y sin sobresaltos. Pero no era el caso.
Conchita y Ramón Acín, que trabajaba como profesor de Dibujo en las Escuelas Normales, contrajeron matrimonio el 6 de enero de 1923 en la iglesia de Santo Domingo. Dejaba él una vida de ajetreo entre Huesca y Madrid, donde había entablado relación con la intelectualidad progresista, entre quienes se encontraban García Lorca, Luis Buñuel y otros miembros de la Residencia de Estudiantes. La joven pareja se llevaba diez años de diferencia pero entre ellos había compañerismo, complicidad y un común concepto de la vida.
Habían tenido un noviazgo apasionado en el que Ramón Acín puso a prueba sus dotes de escritor, otra habilidad que le reportó tantos éxitos como problemas. Conchita era una mujer esbelta, de porte fino, una morena resultona a quien su novio, citando a Maupassant, escribió que sería esfinge de belleza, estrella del amanecer, vaso espiritual, puerta del cielo o rosa mística. Y algunas cosas más que resultarán certeras, “serás siempre el consuelo de mi aflicción y la causa de mi alegría”. Esto quedaba escrito antes de la boda ya que después vendría la vida cotidiana. Que resultó poco cotidiana.

El joven matrimonio se instaló en la casa del marido, en un piso del antiguo palacete de los Ena, situado en la calle de las Cortes, subiendo a la catedral. Vivían de alquiler compartiendo vecindad con otros miembros de la familia. Fueron trece años de vida frenética, de esperanzas y riesgos. En ese mismo año nacería Katia, la primera hija de Ramón y Conchita. Dos años después vendría al mundo Sol, la segunda y última descendiente de la pareja. Formaban una familia feliz, preocupada porque el nivel del que ellos disfrutaban no alcanzara al resto de la poblacion.
En aquella casa de amplias escaleras, con suelos de ladrillo rojizo y fogones de carbón en la cocina, se respiraba anarquismo. Un espíritu de libertad que no impedía ser social con los vecinos, cordial con los adversarios, combativos con el pensamiento y firmes en la acción. Las niñas no iban a colegios de la ciudad porque tenían profesores en casa. Era una libertad vigilada, de modo que no leían un libro o no veían una película que antes no hubieran sido supervisados. Los padres odiaban la violencia y no deseaban que las niñas se recrearan en ella. Conchita jugaba con sus hijas a dibujar y leer Platero de Juan Ramón Jiménez o a recorrer el mundo con libros de viajes. Mientras les hacía sus rubias coletas investigaba sobre sus conocimientos en Geografía.
En la casa de Concha Monrás las jaulas sólo contenían pajaritas de papel. A fin de cuentas se creía en un mundo sin ataduras ni crueldades. Ramón Acín llevaba su ideario anarquista a las cosas más domésticas y su mujer, lejos de disuadirle, le acompañaba entusiasmada en esta lucha a favor de un mundo más justo. La sensatez de ella impedía que, pese a la generosidad de él con todo y con todos, la familia se quedara sin sustento. Concha vivía bien, tenía la ayuda de alguna criada pero debía poner prudencia al idealismo del marido.

Ya en la década de los años treinta el matrimonio tuvo que enfrentarse a un montón de acontecimientos en los que se vio envuelta toda la sociedad española. Concha seguía siendo el sustento de la casa, ayudaba a planificar los veraneos en el Pirineo,un año en Saqués, otro en Aínsa o el siguiente en Cataluña. Las niñas continuaban sus estudios en casa o sus juegos en el hortal próximo, donde se reunían con toda la chiquillería del barrio. Katia y Sol eran dos chicas felices, perfectamente ataviadas y su madre una mujer dispuesta a vivir con el reloj adelantado. Así se apuntaba a jugar al tenis en las improvisadas pistas del Velódromo cuando pocas mujeres se atrevían a ello. O acompañaba al marido en sus viajes a Barcelona o Madrid.
Conchita Monrás y su marido eran, por lo tanto, un matrimonio poco convencional. A Ramón le consentían en casa que prolongara sus jornadas laborales con las obligaciones políticas. Se reconocía la labor que el artista hacía con los obreros de la ciudad, a los que daba clases gratuitas de dibujo en el Círculo Oscense. Otros no entendían sus meriendas de fin de semana con los trabajadores en un intento de cambiar el mundo desde abajo. Concha no era una mujer temerosa y por lo tanto entendía que su marido escribiera artículos incendiarios en los periódicos o que fuera como delegado de la CNT a congresos y mítines. Los sueños requieren sacrificios.
La familia Acín-Monrás digería todo con naturalidad. El padre le había prometido un día a Buñuel que si le tocaba el gordo de la lotería le produciría la película Tierra sin pan. Cuando en 1931 la suerte le sonrió con un premio de buen nivel todos entendieron que Ramón cumpliera su palabra, de modo que Conchita y sus hijas también disfrutaron de los preparativos del rodaje en Madrid antes de partir a Las Hurdes, o del coche descapotable amarillo que se compró para la película.
Conchita, en este mundo en creciente agitación, era el complemento de su marido. Donde no llegaba él llegaba ella, o al revés. Por las noches, en un rito que recuerda a la perfección Katia, la única superviviente de esta especial familia, la madre interpretaba obras musicales al piano hasta que las niñas caían rendidas a los sones de Mozart o Chopin. El aire cultural que respiraba la casa iba de lo clásico a lo moderno, dando paso, por ejemplo, a la radio. Aquel aparato con lámparas refulgentes deslumbró no sólo a la familia sino al vecindario, de forma que los niños del barrio se agrupaban en las escaleras para escuchar las voces que salían de esa caja mágica. En la casa las tertulias eran algo familiar para Conchita, como lo eran las piezas antiguas que su marido llevaba para crear un Museo de Antropología y a las que ella quitaba chinches y mugre. Entre tanto cultivaba el esperanto.
La militancia anarcosindicalista de Ramón Acín marcó, lógicamente, la rutina de la familia, sometida a tantos vaivenes como la vida política española. Cuando el artista daba con sus huesos en la cárcel a causa de algún artículo periodístico o reunión prohibida, Conchita procuraba que todo siguiera igual a la espera de su regreso.
Concha sufría por los avatares políticos del marido pero disfrutaba de estar casada con un buen escritor, con un magnífico ilustrador y con un escultor en auge. Sus exposiciones fuera de Huesca y su actividad social alimentaban esa satisfacción nunca completa ya que el futuro se adivinaba incierto. Así pudieron comprobarlo todos en 1930, el día que Fermín Galán, gran amigo de la familia, fracasó en su sublevación junto a García Hernández. Nadie se equivocó al temer entonces lo peor.
Ramón tuvo que huir hacia Francia dejando aquí a su familia. Y Conchita se quedó en Huesca esperando acontecimientos, procurando que las niñas no se angustiaran.
Muchas tardes cogía a una hija de cada mano y marchaba a las Mártires a poner flores sobre la tierra donde Galán había sido fusilado. Era su último tributo a este amigo, nada afortunado en amores, que envidiaba a su marido por tener una compañera como ella.
La llegada de la II República supuso otro inmenso alivio para Concha e hijas que a punto estuvieron de marchar a vivir a París, donde Ramón compartía vivencias con lo más granado del exilio español. Fue incluso uno de los momentos más gratificantes para todos. El mismo 14 de abril ella y las niñas tuvieron que salir al balcón de casa a saludar a los manifestantes que se arremolinaban en la calle gritando a favor del marido y padre ausente antes de tomar la Alcaldía. Ramón Acín era entonces un héroe. Al día siguiente Concha, Katia y Sol se reencontraron con él en la plaza mayor de Ayerbe, donde fue recibido por una multitud enfervorizada.
Los años siguientes no fueron cómodos para nadie y menos para Conchita y los suyos. Ramón viajó continuamente a Madrid, unas veces solo y otras acompañado por la familia, hospedándose siempre en el hotel Dardé. Las represiones del Gobierno republicano alcanzaron al esposo de Conchita, que de nuevo tuvo que disimular ante las hijas por las ausencias del padre. Ramón Acín entraba y salía de la cárcel, agitaba a las masas en el Olimpia, escribía artículos defendiendo un mundo más limpio y sin violencia y trabajaba en su taller.
Aquel verano de 1936 Conchita y familia permanecían en la casa de Huesca. El día 17 de julio a Ramón un conocido le dijo que algo raro se estaba preparando. En su casa nadie se alarmó lo suficiente pero tomaron precauciones, no salían y vigilaban los movimientos de los falangistas oscenses, que se habían presentado en varias ocasiones a buscarlo. El día 6 de agosto, a las cinco de la tarde, un grupo de ellos volvió a la casa con intenciones más ejecutivas. A sus once años de edad algo intuyó Sol, que los vio llegar desde una ventana. Y algo más profundo sintió Concha cuando empezó a ser presionada por los fascistas, que la golpearon hasta obligar a su marido a abandonar el escondite.
El matrimonio fue llevado a la cárcel. Por la noche Ramón sería fusilado en las tapias del cementerio, siendo una de las ciento treinta personas que cayeron ese día. Conchita estuvo presa hasta el día 23 de agosto, en una celda sin luz y sin colchón, acusada de haber insultado a la autoridad. Ese día fueron fusiladas ciento treinta y ocho personas, entre ellas la esposa de Ramón Acín y madre de Katia y Sol. Dejó un recado a una compañera de cárcel: Dales besos a mis hijas, si es que llegas a salir.

Muchos años después este encargo pudo ser transmitido a las hijas de Conchita, que tras aquella tragedia fueron obligadas a llamarse Ana María y María Sol. Pero ellas siempre han sido Katia y Sol y siempre han guardado la memoria fresca del ideario paterno y los restos con los que se encontraron tras el saqueo oficial. Un mural dedicado a Galán y García Hernández fue arrojado al Isuela y buena parte de las antigüedades coleccionadas por Ramón Acín y conservadas por Concha Monrás fueron robadas por los falangistas. La casa fue desmantelada y las niñas pasaron a vivir con unos tíos, junto a unas primas.
Vestidas de luto riguroso, incluidas las enaguas, a las hijas de Conchita el destino les obligó a pasar de una familia de izquierdas a una familia de derechas, les hizo ir a colegios e incorporarse a una sociedad diferente a la soñada. Del blanco al negro. Pero apoyadas por sus familiares salieron adelante. Conservaron buena parte de la obra artística del padre y algunos recuerdos de la madre. Eso sí, mantuvieron el espíritu de sus progenitores, el sentimiento de ser diferentes, y subsistieron con ese fondo de tristeza que invade a cuantos les ha sido pisoteada la vida. Katia, la hija superviviente de Conchita, lo recuerda todavía hoy en voz baja, esperando que un día la obra de su padre tenga un cobijo digno. Sería el final feliz a una historia desgraciada.
*Todas las fotos pertenecen al archivo de la Fundación Ramón y Katia Acín.
El escritor argentino Rodolfo Fogwill falleció hoy en Buenos Aires a los 69 años, informó la prensa local.
Fogwill se encontraba ingresado en un hospital "por un problema pulmonar provocado por su afición al cigarrillo", informó en su versión digital el periódico Perfil, de Buenos Aires, del que el escritor era columnista.
Entre sus obras, que fueron publicadas fuera de Argentina en Latinoamérica, España y los Estados Unidos, se destacaron las novelas "Los Pichiciegos", "Urbana", "La experiencia sensible" y "Runa".
Rodolfo Fogwill, autor también de la "Muchacha punk", escribió además poemas, cuentos, crónicas y ensayos sobre comunicación, literatura y política.
En su última columna en Perfil, publicada el pasado día 13, prometía "chismes e infidencias" del mundillo editorial que finalmente se llevó a la tumba.
"Falleció un escritor de los que escasean, alguien que sabía disfrutar del placer estético y que ponía a la belleza y a la perfección estilística por sobre todas las cosas, incluidos los compromisos políticos, los códigos de convivencia y la buena educación. A partir de hoy todo va a ser mucho, pero mucho más aburrido", dijo el escritor y periodista Guillermo Piro, también columnista de Perfil.
Fogwill era padre de Andy, reconocido director publicitario, y de la actriz Vera Fogwill.
*Esta es una nota de la agencia Efe. Había leído varias libros de un personalísimo e iconoclasta Fogwill. Conocí a Guillermo Piro cuando estuve en Buenos Aires: él me presentó y tuvimos un pequeño diálogo sobre la literatura del mar.
Hace un par de días, Heraldo de Aragón publicaba un amplio reportaje sobre la muerte del jotero Mariano Arregui. El corpus central del artículo, muy emotivo, lo firmaba Ana Usieto, coordinadora de ‘Muévete’, el suplemento de ocio y tendencias que sale los viernes. Había una copla de Miguel Ángel Yusta y un texto, valorativo y erudito, de la persona que probablemente más sepa de jota en Aragón: José Luis Melero Rivas. Pepe está de vacaciones en Salou con su familia, mañana parte hacia Francia para ver el país y la tumba de Antonio Machado en Collioure y la de Paul Valery en Sete. Antes me ha mandado el texto. Aquí está.

En la muerte de Mariano Arregui
Por José Luis MELERO RIVAS
Hoy los millares de aragoneses de toda condición que amamos la jota nos sentimos más solos y desvalidos. Ha muerto el gran Mariano Arregui Canela, el cantador de Ricla, el hombre que entregó lo mejor de su vida para preservar, difundir y enaltecer la jota aragonesa. Fue Mariano Arregui uno de los más extraordinarios cantadores y artistas que eligieron la jota como modo y vehículo para expresarse. No podía ser de otra manera en quien sentía a Aragón tan adentro.
Arregui fue cinco veces Premio Extraordinario del Certamen Oficial de Jota. Sólo él, Vicente Olivares y Nacho del Río han logrado ganar en cinco ocasiones el más prestigioso Certamen de Jota del mundo, el campeonato del mundo de jota aragonesa. Formó con ellos, en estos últimos cuarenta años, el gran triunvirato de generales que ha comandado el canto de la jota. Con José Oto fallecido, con Jesús Gracia, el inolvidable maestro de los tres, retirado de los concursos, y con un José Iranzo que apenas se saltaba su costumbre de no acudir al Teatro Principal en octubre para luchar por ese Premio Extraordinario, Mariano Arregui decidió tomar el testigo de todos ellos y los aficionados comprendimos en seguida que él iba a ser el más grande durante años, el hombre que se echara al hombro el sagrado legado de la jota y mantuviera vivas, vibrantes y relucientes las viejas tonadas que cantaron nuestros abuelos, los estilos tradicionales que inmortalizaron Miguel Asso, Juanito Pardo o Cecilio Navarro.
Mariano Arregui fue un cantador valiente como pocos, de esos que arriesgan la vida en el escenario. Siempre se atrevió con los estilos más bravíos, con los más comprometidos, con esos que pueden dejarte en evidencia si no los cantas con la pasión y el arrojo que se ponen en las cosas de verdad importantes. Cantó como sólo pueden hacerlo unos pocos elegidos las femateras, los estilos de la fiera y de la fiera antigua, el “de la del albañil” o el Baldomero, y fue un rondador excepcional.
En 1974 José Iranzo, “El Pastor de Andorra”, acudió a competir al Premio Extraordinario del Certamen Oficial de Jota. De no ocurrir una desgracia, todos sabíamos que un mito viviente de la jota como él iba a ganar el concurso. Así fue, en efecto, e Iranzo logró con todo merecimiento su único Premio Extraordinario. Aquel día de fiestas del Pilar su rival directo fue Mariano Arregui, que de no tener en frente a una figura estratosférica como la de Iranzo hubiera ganado otro Extraordinario más. Cuando le tocó rondar, Arregui sacó pecho, introdujo sus pulgares en la faja, miró al público desafiante y comenzó a entonar “En la burra mando yo”, una de las cantas que más le gustaban. Pocas veces se habrá oído en el Principal una rondadera con tanta emoción. Era mi primer Certamen. Nunca lo he olvidado. Iranzo y Arregui me ganaron para la jota y siempre estaré en deuda con ellos. Ahora Mariano nos ha dejado, pero todos debemos comprometernos a no olvidar que gracias a hombres como él Aragón sigue siendo un territorio vivo, que cuida de su folclore y sus tradiciones y que quiere legar a sus hijos más jóvenes la herencia que recibió de sus mayores. Y la jota es una parte sustancial de ese legado.
POEMA DE AMOR, MAR Y BICICLETAS

Por Miguel Ángel YUSTA
Escuché el mar y, en la noche serena,
me decía tu nombre con la espuma
de las olas calmadas.
Miré luego las playas en el amanecer
y en cada caminante creí ver tu silueta.
Todas las frases hablaban de ti.
La sonrisa de un niño
recordaba los tiempos de la luz
-inolvidables días luminosos
de los juegos y risas infantiles-.
Cada hora vivía en tus suspiros
y el mundo sonreía...
Fue tan sencillo amarte
como difícil que me amaras tú.
Por ello, sin remedio, en un día cualquiera,
se consumió en silencios la mañana
y se cortó la tarde
en la hora final del laberinto.
Ahora que por fin
sé de verdad quién eres
me paseo de nuevo apacible por la orilla,
deshaciendo las horas
sin temor a morir en ese mar.






Una foto de Stephan Vanfleteren. Un sueño de amor. El embrujo del mar, y un gran fotógrafo, sin duda.
LA BICICLETA DE LOS RECUERDOS
Por Jan PUERTA
Un día de estos os presentaré al simpático propietario de esta bicicleta. Pero hoy me vais a permitir que vagabundee un poco entre recuerdos que me dominan, tal vez llenados de la mano de la nostalgia.
El personaje en cuestión se dedica a vender leche de vaca recién ordeñada. Evidentemente la pongo en un cazo y la dejo hervir. Después, al primer sorbo los ojos se me cierran transportándome a una infancia casi de pueblo donde los sabores suplían con creces cualquier manjar deseado. La comisura de mis labios siempre delataba lo que había bebido.
Ese sorbo actual, me llena de añoranza sobre una etapa que ya no regresara. Incluso los propios recuerdos a veces se vuelven difusos y la memoria me juega malas pasadas.
Cuando me cruce por primera vez con la bicicleta, su propietario estaba atendiendo a una señora. La bicicleta permanecía sola en la calle. Momento que aproveché para hacerle esta fotografía. Una caja de plástico, de esas donde los agricultores ponen sus verduras o frutas almacenaba cuatro botellas llenas de leche. Primero pensé que era de alguien que simplemente las había comprado. Lo esperé para preguntarle donde la había conseguido y me dijo que el mismo la vendía. A partir de aquí, se inicio una agradable conversación que publicare cualquier día de estos.
Mientras tanto, bebo un sorbo de leche, aun caliente después de haberla hervido. Se me cierran los ojos. Lo malo, es que después de tenerlos cerrados durante unos eternos segundos, me gustaría que no se abriesen y quedarme anclado en esa infancia que tanto recuerdo.
La última vez que bebí leche recién ordeñada fue en Gósol. Un pequeño e idílico pueblecito que despierta cada día bajo la cara menos fotogénica del impresionante Pedraforca. En el parque nacional del Cadí Moixero.
*La foto es de Jan Puerta, y el texto también. Lo he tomado de su blog.