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Antón Castro

VALENTÍN, EL JOVEN FILÓSOFO

VALENTÍN, EL JOVEN FILÓSOFO

Uno de los compañeros que más admiraba yo en la Universidad, especialmente en el último curso, fue un estudiante de BUP, Valentín Escudero, vasco, sensible, con alma de filósofo. Nunca he vuelto a saber de él, pero a menudo me acuerdo de su lucidez, de su melancolía, de su energía y de su liderazgo. Creamos un pequeño grupo de amigos e íbamos a dar clases a Visantoña y a Filgueira, donde el cura nos dejó una casa. Entre otros amigos, andaban por allí Pepe García Fariña, Anxo Penabad, Antonio Roca (ahora un gran artista conceptual con parada y fonda en Italia: trabaja mucho en distintos lugares de Europa y de cuando en cuando retorna a su Cataluña natal), Ezquerra, el ovetense Antonio Fernández Fernández…

El amigo Mateo, 'el guitarrista incansable del sur', que es una mina de recuerdos (como Guillermo López, como tantos otros de aquellos imborrables días de la Laboral; acabo de ver por ahí a Pena Ventoso, que tenía alma de narrador y de poeta), ha colgado una foto suya. Una foto de Valentín Escudero, que vivía por aquellos días una hermosa e intensa historia de amor con una compañera de Caión, que era una de las primeras mujeres modernas que yo conocí. Era muy fácil enamorarse de ella por su misterio, por su pasmosa seguridad, por su independencia. A ellos, de algún modo, les dediqué un cuento lleno de recuerdos inventados y de ficciones: ‘Dos tardes con Beatriz de Sousa’…

LA DESPEDIDA DE MIGUEL DELIBES

LA DESPEDIDA DE MIGUEL DELIBES

 

 

d e s p u é s    d e    e l    h e r e j e

 

por Miguel Delibes

 

 

Aunque viví hasta el 2000..., el escritor Miguel Delibes murió en Madrid el 21 de mayo de 1998, en la mesa de operaciones de la clínica La Luz. Esto es, los últimos años literariamente no le sirvieron de nada.

 

El balance de la intervención quirúrgica fue desfavorable. Perdí todo: perdí hematíes, memoria, dioptrías, capacidad de concentración... En el quirófano entró un hombre inteligente y salió un lerdo. Imposible volver a escribir. Lo noté enseguida. No era capaz de ordenar mi cerebro. La memoria fallaba y me faltaba capacidad para concentrarme. ¿Cómo abordar una novela y mantener vivos en mi imaginación, durante dos o tres años, personajes con su vida propia y sus propias características? ¿Cómo profundizar en las ideas exigidas por un encargo de mediana entidad? Estaba acabado. El cazador que escribe se termina al tiempo que el escritor que caza. Me faltaban facultades físicas e intelectuales. Y los que no me creyeron y vaticinaron que escribiría más novelas después de El hereje, se equivocaron de medio a medio. Terminé como siempre había imaginado: incapaz de abatir una perdiz roja ni de escribir una cuartilla con profesionalidad.

 

No me quejaba. Otros tuvieron menos tiempo. Al fin y al cabo, setenta y ocho años son bastantes para realizar una obra. Le di gracias a Dios, que me permitió terminar El hereje, y me dediqué a la vida contemplativa. Las cosas que intenté no eran serias. Con mi hijo Miguel hicimos un libro sobre el cambio climático, en el que no intervine más que para hacer preguntas propias de un ciudadano preocupado, pero no aporté una sola idea. En Muerte y resurrección de la novela di a la estampa algo que tenía hecho para dar la sensación de que trabajaba, de que aún disponía de una vida activa.

 

Los optimistas que sobreviven a un cáncer suelen decir que lo vencieron. Yo no me atrevo a tanto. Los cirujanos impidieron que el cáncer me matara, pero no pudieron evitar que me afectara gravemente. No me mató pero me inutilizó para trabajar el resto de mi vida. ¿Quién fue el vencedor?

 

Y bien: cuando mi obra, dicho lo dicho, está concluida, y por tal la doy, veo con satisfacción que los prestigiosos editores de Círculo de Lectores y Ediciones Destino se ocupan ahora de recopilarla y reunirla en los siete volúmenes que van a configurar esta serie. Cada volumen, además, irá prologado por un destacado estudioso de mi obra. ¿Qué hacer si no sentirme halagado y agradecido? Si mi primera novela apareció en 1948 —hace ahora sesenta años— y la última en 1998, ha sido media centuria, la segunda del siglo XX, la que me he ocupado escribiendo y publicando libros. Y siempre con el beneplácito de mis lectores. También a ellos, y a cuantos ahora se asomen a las páginas de estas Obras completas, quiero agradecer sinceramente su benevolencia y fidelidad.

 

MAYO DE 2007                  

 

 

 

Miguel Ángel Delgado y Lola Ferreira son los responsables de prensa de Círculo de Lectores, dos estupendas personas y dos magníficos profesionales que miman los libros, los autores, a los periodistas, pertenecen a ese tipo de gente laboriosa y dulce que cuida los detalles. Esta mañana he recibido este correo suyo. Y lo cuelgo gustoso. Así, con toda la lucidez del mundo, se despedía Miguel Delibes de la literatura.

CARTA NOCTURNA DE PABLO GALLO

CARTA NOCTURNA DE PABLO GALLO

Hola, Antón

 

Me alegro de que te guste el retrato de Delibes.

Es mi pequeño homenaje a un gran escritor.

Miguel Delibes ha estado presente en mi vida desde mi más tierna infancia.

Mi madre es muy fan de sus libros, los tiene todos,

 y como mi familia proviene del norte de Burgos

y Delibes tenía una casa en esa zona, concretamente

en un pueblo llamado Sedano, pues muchas veces,

desde niño, durante el verano, al pasar por allí oía decir

"Esta es la casa de Miguel Delibes".

Y oía hablar de él y de sus libros a las gentes del lugar.

Y hay gente del pueblo de mi familia que iba a cazar con él.

Y en sus libros aparecen pueblos que conozco bien. 

Y también personajes de sus libros a los que conocí en persona.

Así que es un escritor que siento especialmente cercano.

Y como se suele decir, nos quedan sus libros, que por suerte son muchos y geniales.

 

Un abrazo. Pablo Gallo

 

*Recibo esta nota, ahora mismo, de mi admirado Pablo Gallo. Y poco antes me había mandado un dibujo. Pablo Gallo es un tipo extraordinario. No nos conocemos, pero de él solo he recibido cariño y preciosos gestos de amistad. Este es uno más.

MIGUEL DELIBES HA MUERTO

Ha muerto Miguel Delibes,

El enamorado de Castilla,

El hombre que decía que la novela se condensa en tres elementos:

Un ser humano, un paisaje y una pasión,

El maestro de periodistas,

El prosista que hallaba las palabras en el campo,

en los días de caza y paseo,

El viajero que quiso conocer los secretos del mundo,

El amigo de los perdedores, de los derrotados del poder y del destino,

El hombre grave y sigiloso que escribía

para reinventarse y reinventarnos,

El cantor de infancias, el observador, el humanista,

El sabio apacible que miraba en el fondo del corazón

Y extraía silencio, profundidad, dolor, memoria del alma.

Ha muerto Miguel Delibes, el jinete de Castilla, el cazador,

El peregrino en su patria. El sembrador de palabras.

PACO BUYO EN SUS DÍAS DE HUESCA

PACO BUYO EN SUS DÍAS DE HUESCA

Tropo Editores va a publicar próximamente un libro sobre los ‘Cien años del Huesca’.

 

Y esta mañana, mientras releía cosas de Miguel Delibes que acaba de fallecer, recibo del escritor, editor y amigo Óscar Sipán esta foto de Paco Buyo, la temporada que estuvo en el Huesca. De allí pasó al Coruña, al Mallorca, al Sevilla y finalmente recaló en el Real Madrid.

 

Jugué en infantiles una temporada con Paco Buyo, y entrené con él. En realidad, debuté en el Ural en un partido de pretemporada en aquel Ural de Quique, Buyo, Gerardo, Berto, Pintos, Pombo, Amor, Cedeira… etc. Conmigo debutó un estupendo interiores: Liñares, un jugador de Sigrás, finísimo, un auténtico artista al que yo he comparado luego con Scifo, Míchel. Un artista de la banda derecha, un interior de creación, cuando se jugaba con un 4-3-3.

*Como digo, esta foto pertenece al libro que prepara Tropo sobre los 'Cien años de fútbol en Huesca'.

GRAÑENA & ARAGÓN / 2

GRAÑENA & ARAGÓN / 2

Una ilustración de Luis Grañena para ‘El sueño de los héroes’ de Bioy Casares.

MIGUEL DELIBES SE APAGA

La vida de Miguel Delibes se agota. El gran escritor del paisaje y del paisanaje de Castilla está gravemente enfermo. Los médicos han anunciado que le quedan pocos días de vida a este humanista integral que es uno de los grandes narradores españoles de la posguerrra. Ha escrito novela, relato, diarios y libros de viajes (a Estados Unidos, Sudamérica o Praga, entre otros lugares), volúmenes de artículos, libros misceláneos y novelas tan valiosas como ‘El camino’, uno de los títulos suyos que siempre me han conmovido de manera especial, ‘Los santos inocentes’ y ‘El hereje’.

Cuando publicó ‘Señora de rojo sobre fondo gris’, le mandé una amplia reseña. Delibes, con su letra menuda, me contestó muy cariñosamente y me dijo que Zaragoza le recordaba, entre otras cosas, a un gran portero de su juventud: Andrés Lerín, del que habló en varios de sus artículos.

María Pilar Celma, zaragozana, es la directora de la cátedra ‘Miguel Delibes’.

UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

UN POEMA DE XOÁN ABELEIRA

BIBLIOTECA NACIONAL

 

Coma min, os que veñen aquí

Fano fuxindo dos seus demos

 

(E digo demos porque son tales

As formas que rebentan e supuran

En quen por fastío, desconcerto

Ou covardía adoece de si mesmo).

 

A aurora tan temida novamente

Os aboca a esa luz estrepitosa

Que sarxa de súpeto as persianas

Seladas con esmero pola noite.

 

Despois se erguen, se visten e se alfeinan

Con idéntico desleixo e sen razón,

Presas dise obsesivo malestar

Cuxas causas non desexan coñecer.

 

A maioría cruzaría xaora

O abismo cada día máis extenso

Que separa a parcela onde son

Ise algo ignorado polo mundo

Disoutro territorio inexplicable

Onde, a por de cofárense cos outros,

Se desgastan, se alteran e se perden.

 

Os máis afortunados, coma min,

Confórtanse, se cadra, por un intre,

Coa fresca, polícroma quietude

Que respiran á altura dun parque,

Pouco antes de volvérense esluír

Na opaca resaca das calellas.

 

Pero uns e mailos outros apresúranse

A agocharse niste omphalos

Cordial baixo o que reina

Unha penumbra mansa, quimérica, uterina,

Coa esperanza de acharen un saber

Que lles axude a desmentiren

Os seus pesadelos.

 

(Versión en castelán)

Como yo, los que vienen aquí
Lo hacen huyendo de sus demonios
 
(Y digo demonios porque son tales
Las formas que revientan y supuran
En quien por pereza, desconcierto
O cobardía adolece de sí mismo).
 
La aurora, tan temida, los aboca
De nuevo a esa luz estrepitosa
Que saja de improviso las persianas
Cuidadosamente selladas por la noche.
 
Después se alzan, se asean y se visten
Con idéntica desgana y sinrazón,
Presas de ese obsesivo malestar
Cuyas causas no desean conocer.
 
La mayoría habrá tenido que cruzar
El abismo, cada día más extenso,
Que separa la parcela donde son
Ese algo ignorado por el mundo
De ese otro territorio inexplicable
Donde, a fuerza de codearse con los otros,
Se desgastan, se alteran y se pierden.
 
Los más afortunados, como yo,
Se confortan, quizá, por un momento,
Con la fresca, polícroma quietud
Que respiran a la altura de un parque,
Poco antes de volver a diluirse
En la opaca resaca de las calles.
 
Pero unos y otros se apresuran
A ocultarse en este omphalos
Cordial bajo el que reina
Una penumbra mansa, quimérica, uterina,
Con la esperanza de encontrar algún saber
Que les ayude a desmentir sus pesadillas.

 

(Do libro inédito Pan de Ánimas)