Blogia

Antón Castro

DIÁLOGOS: STEVE GIBSON

DIÁLOGOS: STEVE GIBSON

 

“Creo volúmenes y ritmos

 hasta que la figura exhibe

 su condición humana”

 

“El viaje es un refugio,

una adicción y una

huida de mí mismo”

 

“Me gusta fijarme

en la gente tan distinta

de las Delicias”

 

Steve Gibson nació en 1964, en Liverpool, cuando Los Beatles empezaban a estremecer el mundo con sus baladas y con su rebeldía. Tras la Segunda Guerra Mundial, el muelle había perdido protagonismo. Aquel ámbito “mayoritariamente laborista, de astilleros y estibadores, vivía una gran crisis con conflictos constantes y ruidosos”. Y entonces aparecieron aquellos melenudos y contestatarios que fijaron el foco de nuevo en Liverpool. Steve Gibson, que acaba de enseñarnos el taller que comparte con el pintor Jesús Fraile, dice: “Los Beatles encarnan el espíritu de Liverpool. Su éxito también fue un grito de rebeldía. Mi padre era policía, ‘bobby’, y estudió con Paul McCartney. Era un hombre conservador y decía que Paul era un tonto: no entendía ni sus pelos largos ni su forma de ser. No valoró en ningún instante su talento musical. Mi padre era un hombre esencialmente serio que me llevó muchas veces al campo del Everton, mi equipo. Vi, siendo niño, a aquel trío inolvidable formado por Alan Ball, Harvey y Howard Kendall, que luego fue entrenador y logró varios títulos. En la escuela, tenía por compañera sobrina del primer batería de Los Beatles, Pete Best, Viva, y contaba sin darle mayor importancia que el grupo ensayaba en el sótano de su casa”.

¿Ha heredado de su madre, entonces, la vocación artística?

Mi madre trabajó primero en una fábrica y luego se convirtió en profesora de hostelería. Era una mujer sensible. Mis padres se casaron jóvenes y se separaron cuando yo tenía diez años. Yo tenía una hermana; mi madre se casó con otro hombre que tenía dos hijas, y aún tuvieron otras dos hijas más. Al final, yo era el único chico en medio de cinco hermanas.

¿Cómo descubrió a Los Beatles?

Con ‘El Submarino amarillo’, que tenía algo de canción infantil. Ese fue el momento en que me di cuenta de que existían, y luego también me impactó una canción de George Harrison: ‘My sweet Lord’. Yo ya pintaba desde los seis años.

¿Desde tan joven?

Sí. Recuerdo que una vez hice un pavo real, que había visto con auténtico deslumbramiento, y lo enmarcaron en el colegio. Los profesores decían que era bueno. En aquellos días pasaba mucho tiempo con mis abuelos maternos, y recorría los descampados con mi abuelo…

¿Le marcó de una manera especial?

Creo que sí. Mi abuelo era un tipo especial, muy aventurero. Había nacido en 1904, se alistó en el ejército y se marchó de soldado a China para defender las colonias iglesias. Había tenido una infancia de novela de Dickens: procedía de una familia humilde y católica, con muchos hijos que ni podían llevar zapatos. En el fondo me contagiaba la idea de la aventura y del viaje, que serían muy importantes en mi vida. En realidad, siempre he querido marcharme de Liverpool.

¿Por qué?

No lo he sabido nunca, pero siempre he querido viajar, conocer mundo. A los 18 años, me matriculé en la Universidad de Liverpool en Bellas Artes. Y luego, tras presentar un portafolio muy completo, con pintura, escultura, serigrafía, cerámica, ilustración y diseño gráfico, me admitieron en la Universidad de Brighton, donde opté por la especialidad de Diseño Gráfico. Entonces era un oficio muy artesanal en el que te manchabas las manos. Ingresar allí era difícil, muy difícil, y además tuve la suerte, dado que los ingresos de mis padres eran bajos, de recibir la máxima beca del estado.

¿Cuándo vendió su primera obra?

Antes. Con 19 años, hacia 1983. Al terminar el primer curso, hicimos una exposición colectiva y se expuso en el complejo Caverns Walks, que se alza sobre la sala. Hice tres dibujos: unas letras, con papel de aluminio, con el que ya había trabajado de adolescente para juegos míos, y dos acuarelas de una puerta con mucha textura. Una la compró el arquitecto que había hecho el edificio y otra uno de sus ayudantes.

Sigamos: concluyó su carrera y empezó a trabajar…

Sí, como free lance. Vieron lo que hacía y me fichó una empresa. Hacía libros, portadas, revistas, de todo. Y así sobreviví un año y medio. Me sentía un trabajador, un obrero, quería trabajar y me movía en el arte comercial. No me planteaba ser artista. De golpe me cansé y, como un insensato, me fui a Australia.

¿Por qué como un insensato?

No sé. Me hubiera gustado viajar más antes de haber entrado en la Universidad. Por entonces se estableció un convenio entre Australia e Inglaterra por el que jóvenes de menos de 26 años podían estar un año completo en Australia. Y allá me fui con 300 libras en el bolsillo. Hice de todo: lavar coches y camiones, trabajar de camarero, etc. Puse en práctica algo que había dominado muy bien en Brighton: hacer dibujos sobre el pavimento directamente. Empecé a pintar en la pizarra en la que se anunciaban los menús los restaurantes. Pinté sobre pizarra a Harrison Ford vestido de Indiana Jones y al lado el menú o el anuncio de la cerveza Matilda Bay, y cuando lo vieron gustó mucho y me contrataron en restaurantes para campañas de publicidad. Hacía dos pizarras del tamaño de media puerta al día y ganaba unos 200 dólares al día, que entonces no estaba mal.

En realidad, estaba haciendo mano de pintor…

Sí, pero aquello se acabó. Se cumplió el año y me pasé a Indonesia. Y allí entrando y saliendo viví seis meses. Me veía a mí mismo como si fuera Hemingway o un genio así, que hacía lo que le daba la gana, pintaba, ilustraba, viajaba, vivía sin rumbo y sin pretensiones de nada. Más tarde, regresé a Liverpool e hice unos cursos de profesor de inglés para extranjeros. Viví un tiempo en Granada y realicé un viaje de nueve meses por distintos países de América: desde Nueva York a México, Honduras, Guatemala, Colombia y Argentina.

¿Cómo vino a parar a Zaragoza?

Fue en 1997 y alguien me dijo que en el colegio Juan de Lanuza buscaban un profesor nativo. Yo había hecho varios posgrados de enseñanza de inglés. De Zaragoza solo sabía que era la ciudad del equipo que venció al Arsenal en la Recopa de París de 1995. Di clases dos años largos, contratado, y a la vez hacía diseño gráfico para mí, trampantojos. La enseñanza no me llenaba lo suficiente y me habría marchado…

¿Por qué no lo hizo?

Por varias razones. He pensado mucho en el viaje, en mi condición de viajero. Para mí el viaje es una adicción y un refugio y una forma de huir de mí mismo. Y tenía la sensación de que había llegado, de nuevo, el momento de escapar otra vez. Pero conocí aquí a una mujer y tuvimos dos hijos mellizos, Máximo y Roberto. Pasé algunos años malos, con la sensación de que ahora no podía huir: di clases de inglés, pinté casas, y en el verano de 2003 me ofrecieron un trabajo en un centro de acogida de menores de 18 años. Para preparar las clases empecé a preparar unas figuras en volumen en cartón.

Y hasta ahora, ¿no?

Eso fue el principio. Hice un vídeo con cuatro o cinco figuras; presenté una a un concurso de la Fundación Pedro Ferrándiz y me dieron un segundo premio de 6.000 euros. Ese material lo vio un día el galerista Fernando Latorre, por sugerencia de un amigo, vino al taller de inmediato y ahí empezó mi carrera.

¿Por qué se inclinó por la escultura si apenas había aparecido en su vida?

Es arte, invención, trabajo, y todo eso estaba dentro de mí. Claro que conozco la escultura: a Henry Moore, a Giacometti, al que rendía homenaje de niño sin yo saber que existía, Hans Arp y David Donatello, cuya ‘María Magdalena’ me sigue impresionando. Ese hallazgo azaroso, la figura de cartón en escultura con el armazón interior de metal, me cambió la vida: me cambió la mentalidad y me ha permitido -primero con Fernando Latorre, tan decisivo en mi carrera, y ahora con Galería Mito (Joaquín Tugas y Alfredo Manelli)- evolucionar. Y sentirme más seguro.

Díganos cómo trabaja.

Mi obra, mis esculturas empiezan por los pies: se alzan, crecen, se conforman como hace un pintor con sus pinceladas y así, poco a poco, voy construyendo esa figura en el aire. Borro y quito con el cutter, estoy como repintando, por eso siempre digo que mis artistas favoritos son pintores: Lucian Freud, John Sargent, Sorolla y Velázquez. Creo volúmenes y creo ritmos hasta que la figura exhibe su condición humana, los detalles de su anatomía, su piel y su fuerza. Me gusta fijarme en la gente: vivo en las Delicias y soy un observador de tanta gente distinta en formas de vida, estéticas y religiones. Me inspira.

 

DESPIECE

 

Las vísceras de la ciudad, un barrio sin amenazas

 

Steve Gibson realiza una obra muy personal sobre cartón. Trabaja en las Delicias en un bajo donde tiene su taller y el suyo el pintor Jesús Fraile, y hay un estudio para impartir clases de pintura y dibujo. En su pequeño rincón, marcado por los espejos y los apuntes a lápiz y a tinta pegados por las paredes, domina una especie de globo realizado con extremidades y cuerpos humanos. Cuerpos que poseen una energía especial, tensión de músculos, textura casi pictórica y basta en la piel, en los pliegues, que el artista ha pintado. Su web es espectacular: www.stevegibson.eu.

Hasta 2008, Gibson colaboró con Fernando Latorre; y luego trabajó, y trabaja en exclusiva con la galería Mito. “Así he logrado exponer en Milán y en diversos sitios, y preparo una gran muestra para este año en Barcelona, en 2010. Durante dos años, Mito me ha pagado un sueldo, pero trabajar a sueldo es un arma de doble filo: por un lado tienes estabilidad, sí, pero por otro te relajas, es como si rebajas tu exigencia inconscientemente y pierdes algo de chispa. Yo empecé en esto porque estaba desesperado, y ahora quiero seguir: lo que más feliz me hace es venir todos los días al taller, a las siete de la mañana. Regreso por la tarde, hacia las siete o las ocho, y construyo mi obra, mis desnudos, mis retratos: ahora tengo la sensación de que me sale algo interior que tenía callado o dormido. Yo no estoy obsesionado por estar en el Reina Sofía o por vender como un loco, lo que me hace feliz es esta energía, este entusiasmo por crear, las ideas que pueda desarrollar, la búsqueda de un camino personal y las horas en soledad del estudio”. Cuenta que le ha pasado algo muy bonito: trabaja con cartones, siempre, y cada cierto tiempo va a buscarlos a Dapsa donde uno de los responsables, don Severino, le carga la furgoneta y le regala dos palés llenos.

En su última exposición en el Torreón Fortea retrató, con gran impacto visual, a dos amigos: el pintor Paco García Barcos y el historiador del arte Manuel Pérez-Lizano, entre otros. A propósito de Zaragoza señala: “De Zaragoza me gustan sus vísceras, es una ciudad muy real, sin pose, no es artificial. Soy observador, y me gustan las Delicias, que es un barrio de clase trabajadora y a la vez un territorio mestizo de razas diferentes. Un lugar donde no te sientes amenazado”.

LLOP Y LAS 'VIDAS CONTADAS' DE MASSOT

LLOP Y LAS 'VIDAS CONTADAS' DE MASSOT

En varios lugares he confesado mi pasión por las ‘Vidas contadas’ de Josep Massot. Solía publicarlas los lunes en ‘La Vanguardia’; alguna vez, excepcionalmente, los martes. Esa serie ya se ha terminado y espero que Pepe Massot, con quien me reencontré el viernes en Zaragoza, las publique pronto. Julio José Ordovás me manda este artículo donde José Carlos Llop, buen novelista, buen poeta, buen dietarista y un tipo estupendo (lo conocí hace poco en Dublín: me pareció entrañable y sabio), le pedía lo mismo a Massot. Que publique esos retratos en libro.

                                                        

VIDA CONTADAS

 

JOSÉ CARLOS LLOP

No es mala escuela la del retratismo español. De Velázquez a Goya o el aburguesado Madrazo, hay una línea que acaba en Saura -que es nuestro Bacon particular. Paralelo a esa escuela española está el retratismo literario de los contemporáneos, que viene a ser el equivalente burgués o socializado de la tradición aristocrática del retratismo pictórico. Quizá no podamos hablar de Velázquez o de Goya -no vivimos ese tiempo-, pero ambos -aire, delicadeza y sarcasmo- están detrás de la escritura de los mejores retratistas de nuestra literatura. Pienso ahora en el Baroja de sus Memorias, en el Gómez de la Serna de Retratos contemporáneos, en el Pla de los Homenots, en el Juan Ramón de Españoles de Tres Mundos. Ya en nuestra época hemos tenido la suerte de contar con el gran retratista literario que ha sido Juan Marsé con sus Señoras y Señores, sección que se publicaba en la revista Por favor de mi juventud universitaria. Marsé ha sido el retratista de cámara y hablo aquí de cámara en un sentido puramente musical. Otros han preferido a Umbral -que ha sido un buen retratista de los personajes y personajillos de la sociedad madrileña- y yo, además de por Marsé, guardo un afecto particular por los retratos cosmopolitas de José Luis de Vilallonga, que ya son irrepetibles.


Pero la tradición continúa porque nada se acaba nunca del todo y en estos años hemos leido en los periódicos las semblanzas históricas de Rosa Montero, los perfiles de David Torres -reunidos recientemente en el sello mallorquín, La noche polar- o los retratos hablados de Matías Vallés en la contra de los sábados, aquí en DM. Y en estos últimos años también y también en un periódico -el barcelonés La Vanguardia- hemos podido leer una estupenda sección de retratos periodísticos. Me refiero a Vidas Contadas, del mallorquín afincado en Barcelona, Josep Massot -Pepe Massot, para sus amigos-. Hace algunas semanas leímos su inexplicable despedida -era una de las mejores secciones de La Vanguardia y vestía el lunes de manera impecable- y desde entonces seguimos en pleno síndrome de abstinencia. Todo acaba, desde luego, en esta vida, pero nunca lo hace la gente a retratar en un periódico. Massot, casi invisible, dejaba que el retratado se retratara solo mientras él llevaba sutilmente el timón. La marca de la casa se notaba en ese aire y delicadeza que son rasgo velazqueño y nunca en sarcasmo que sería recurso goyesco, ni en megalomanía de autor, cosa tan vulgar como extendida. Josep Massot respetaba el trabajo de sus retratados, que era el motivo por el que los sacaba en su sección: él sólo tejía una idea. De Tàpies a Gimferrer, de Wagensberg a Max, o de Vila-Matas a Leonor Watling, en Vidas Contadas se ha tejido, lunes a lunes, un tapiz jamesiano -no cito a James por azar ni capricho- de la riqueza artística, literaria, filosófica o científica de nuestra sociedad, sea cuál sea esa riqueza: es la que hay. Y sospecho que quien quiera consultar un mapa de los tres o cuatro últimos años tendrá que consultar sin duda la galería de retratos de Josep Massot.


La verdad es que Pepe y yo nunca hemos hablado de trabajo, supongo que porque cuando la amistad procede de un tiempo donde el trabajo no existía, éste sigue sin existir a lo largo de toda la vida. O sea que puedo decir por escrito lo que no he dicho por hablado. Ahora que Vidas Contadas ha dejado de existir quizá convendría reunir la sección -o una antología de la misma- en libro. Lo mismo que hicieron sus precedentes y por eso hemos podido leerlos -y aprender de ellos- los que hemos venido después. Si algo no falta en Massot es literatura. Recuerdo muy bien los poemas que escribía en su primera juventud, tanto en castellano como en catalán -y esos poemas estaban muy bien-. Recuerdo las tardes que pasamos traduciendo el Hugh Selwyn Mauberley de Ezra Pound -con el inglés que habíamos aprendido tanto de Alberto Saoner y como de la música rock- en la residencia barcelonesa donde vivimos a los 18 años. Recuerdo su pionera y formidable selección y edición del Diario de Jules Renard, hecha a cuatro manos con el escritor Ignacio Vidal-Folch y publicada por Mondadori. Recuerdo, en fin, la primera vez que aparecimos, Pepe y yo, en un periódico: él tenía 17 años, yo 16, y fuimos a ver a Gafim para escuchar sus recuerdos sobre Rosselló-Pòrcel, que era un poeta que entonces nos fascinaba y del que apenas nada se encontraba por ahí. A los pocos días, Gafim nos sacó elogiosamente en su sección Plaza Mayor, del diario Baleares. No sé qué diría, de vivir ahora, de las expectativas que vislumbró en uno ú otro. Pero sí sé que de haber leído Vidas Contadas, sentiría el orgullo del periodista que no se equivoca en sus apreciaciones a largo plazo y las publica para que el tiempo dicte luego su sentencia. Pues eso.

*En la foto, Leonor Watling, que también protagonizó una 'Vida contada' de Pepe Massot.

 

 


 

 

MAUTHAUSEN Y ANDRÉS PÉREZ

MAUTHAUSEN Y ANDRÉS PÉREZ

El pasado jueves conocí al escritor sevillano Andrés Pérez Domínguez. Nos hemos carteado un par de veces, tenemos varios amigos comunes. Cuelgo aquí este reportaje que publicó la revista ‘Leer’ de Francisco Luis del Pino sobre su novela ‘El violinista de Mauthausen’, de la que hablará próximamente en ‘Borradores’.

 

[Escribe Andrés Pérez Domínguez en su blog http://www.laseparata.blogspot.com/: Este es el reportaje que salió en el número de diciembre de la revista Qué Leer sobre El violinista de Mauthausen. Lo firma el gran Paco Luis del Pino, con quien tan buenos ratos compartí en aquel viaje a Austria en noviembre pasado.]

MÚSICA EN LA NIEBLA

Con Pérez Domínguez en Mauthausen

Texto y fotos: Francisco LUIS DEL PINO

Hemos viajado con Andrés Pérez Domínguez, autor de “El violinista de Mauthausen” (Algaida), Premio de Novela Ateneo de Sevilla 2009, hasta el más siniestro campo de concentración nazi en Austria. Los tres escenarios de la novela, el París ocupado, el campo de Mauthausen y el Berlín del final de la segunda guerra mundial, enmarcan una historia de amor con el espionaje como espina dorsal.



La espesa niebla que casi oculta el campo de concentración de Mauthausen y la fría temperatura de la mañana parecen una reproducción por encargo de un día cualquiera en el siniestro y monumental lugar a principio de los años 1940. En cualquier momento, uno espera ver aparecer en la Appellplatz (el lugar donde formaban los prisioneros, situada entre los barracones) a famélicos seres embutidos en uniformes grises con rayas azules, como espectros custodios de este enorme almacén de dolor y muerte.

La calle pavimentada por la que andamos entre barracones –uno de cuales, explica el autor, era un burdel para uso y disfrute de los kapos– fue de tierra, y las duchas donde vertían el gas ciclón-b o los dos hornos crematorios que se conservan parecen haber retenido, en su cuidado deterioro, todo el espanto de aquel horror. Pero es, sin embargo, la terrible escalera por las que los deportados ascendían cargados con enormes piedras a la espalda, sujetas en una mochila de madera, desnutridos y vacilantes, la imagen más terrible que se le aparece a cada visitante.


Escalera al infierno

En la cantera de Winergraben, inmediata al campo central de Mauthausen, trabajará Rubén, el protagonista español de El violinista de Mauthausen. Allí sufrirá el tormento del esfuerzo y agotamiento en la criminal escalera, de la que se dice que costó un muerto por cada una de sus losas… y tiene 186 peldaños. Rubén Castro es un exiliado español que abandonó su patria en plena guerra civil (1937) y se fue a París, donde vivía con su prometida, Anna Cavour. Durante la ocupación alemana de Francia, una noche la Gestapo lo detiene y trunca una existencia feliz. Empieza entonces su marcha hacia la tragedia junto a muchos otros condenados, con la muerte acechando a cada kilómetro que el pestilente vagón ferroviario recorre; primero el campo de Sandbostel; después, Mauthausen.

La primera expedición española, compuesta por 392 hombres, partió del Stalag XIII (Moosburg, cerca de Múnich) y llegó el 6 de agosto de 1940 a Mauthausen.Y el 24 del mismo mes le tocó el turno al convoy conocido como Angulema, que dejó allí a 430 españoles, incluidos mutilados y niños de trece años. De aquellos 430 españoles murieron 357 en Mauthausen, un 87 por ciento. Rubén podría haber llegado en cualquiera de los convoys cuyo destino fue la pequeña estación de ferrocarril del pueblo, a pocos kilómetros de un campo central que con los años adquirió el aspecto de una fortaleza medieval. Los españoles, a los que se distinguía por su uniforme con una S enmarcada en un triángulo, contaban entre sus filas con muchos especialistas en diferentes trabajos de construcción y los ocuparon por ese motivo en levantar muros, en la pavimentación y en la cantera.

Los deportados esclavizados en la cantera que ya no podían aguantar más se arrojaban al vacío desde unos setenta metros, con la piedra en la mochila como lastre, para asegurarse una muerte instantánea. Rubén, que lleva tres años encerrado, está a punto de sucumbir. Su mejor amigo en el campo ha sido abatido de un disparo y sus fuerzas flaquean, pero un vals tocado por un violín le salva y decide continuar vivo todo lo que pueda. El recuerdo de su prometida lo martiriza; lo que no sabe Rubén es que ella lleva intentando salvarlo desde su detención. Anna Cavour ha sido captada por un agente estadounidense, Robert Bishop, para que trabaje para la causa aliada. Un individuo que la forzará a unas relaciones con un enemigo, el ingeniero y violinista alemán Franz Müller, que complicarán sus sentimientos y jugarán un papel decisivo en la trama de la novela.

Explica el autor que la música, o más aún, la crueldad mezclada con la música y el violín como instrumento más representativo de esa época, es lo que le hizo incorporarlo a la ficción como sujeto más que como objeto: “¿Te acuerdas? Aquel violinista solitario de los jardines de Luxemburgo?”, dirá hacia el final uno de los protagonistas. Y es que, cuenta el autor en este paraje siniestramente apacible, mientras la niebla nos envuelve: “Una vez, en una estación de metro, vi a una pareja muy joven bailando un vals en el andén, sin música, ajenos a todo, como si nadie los estuviese mirando. La imagen era tan poderosa que no dejó de perseguirme hasta que escribí esta novela”. Las pequeñas orquestas que acompañaban a los condenados en los campos de exterminio, y que en Mauthausen también existieron, son algo que el autor conoce bien. Como sabe qué destino sufrieron la mayoría de los deportados, entre los que se encuentran los más de 7.000 españoles republicanos asesinados de una manera u otra en Mauthausen. Y también en Gusen, el campo anexo, situado a cinco kilómetros del anterior, donde, a pesar de ser construido más tarde, fueron alojados muchos más prisioneros. Y todo eso a la vista de los habitantes de la zona, que difícilmente pueden alegar ignorancia ante lo acontecido. Aunque sucedía lo habitual en todos los campos de exterminio, Mauthausen tenía una peculiaridad: un espacio dedicado a las duchas carecía de paredes y allí es donde muchos prisioneros sufrían el suplicio de recibir chorros de agua fría a bajas temperaturas y ser golpeados hasta la muerte. La piel se torna de carne de gallina al pasar revista a cualquiera de las torturas que padecieron los deportados. “He querido rendir un homenaje a todos los españoles, sin politizarlo”, matiza Andrés Pérez Domínguez mientras su mirada parece perderse en la lejanía, como intentando vislumbrar entre jirones de niebla a aquellos compatriotas muertos hace más de sesenta años. Sabe el autor que, al atreverse a tratar un tema tan dramático en clave de ficción, corre un riesgo notable. Por eso los personajes de su novela están cuidados y muy trabajados psicológicamente. “Cuanto más ricos son los personajes, mejor. Creo que el lector se da cuenta de ello por el tipo de lenguaje que emplean”. El autor ha construido una novela, a su juicio, con “un mensaje de esperanza”, donde “cada lector puede encontrar algo que le interese. Puede ser la historia de amor, la de espionaje o la de la segunda guerra mundial”.

El violinista de Mauthausen tiene sus guiños y una cierta dosis de ironía que también hay que saber descubrir. Buen cinéfilo, Andrés Pérez Domínguez ha bautizado a un sargento norteamericano que aparece en el Berlín ocupado por las cuatro potencias con el apellido del gran actor Ernest Borgnine, que encarnó el papel del malvado sargento de la Policía Militar en De aquí a la eternidad. Y al violinista Franz Müller lo ha apellidado igual que el jefe de la Gestapo y con el mismo nombre que Franz Ziereis, el criminal comandante de Mauthasen.

 

De París a Berlín

París es la primera ciudad que aparece en la novela, un París ocupado por las tropas nazis después de que la Wehrmacht haya vencido a las fuerzas anglofrancesas obligándolas a reembarcarse en Dunkerque. De allí, Anna Cavour, la prometida de Rubén Castro, viajará a Londres para entrenarse como agente; después irá a Madrid, Sevilla y San Sebastián. Pero será en el Berlín vencido y casi destruido donde el acto final cobrará vida. Un marco en el que la guerra ha dejado profunda e inapelable huella, pero entre sus cascotes todavía alienta el fanatismo nazi y los “lobos” acechan cualquier intentona de pactar con los aliados. Científicos degollados y una búsqueda intensa tras un individuo que los servicios secretos norteamericanos ambicionan se pase a sus filas intensifican los últimos peldaños de esta escalera de pérdidas y reencuentros, cuyo dramatismo medido por la sensatez y agilidad de una buena pluma hace de El violinista de Mauthausen una notable historia narrada con pulso veterano.

Al dejar atrás el campo de concentración y de exterminio de Mauthausen, cuando la niebla casi se ha desvanecido por completo, el autor vuelve la mirada hacia lo que fue la entrada como esperando encontrar, todavía, la gran pancarta colgada del portal por los españoles republicanos saludando a las tropas norteamericanas que liberaron el campo el cinco de mayo de 1945. Seguramente, Andrés Pérez Domínguez, ve en su imaginación a Rubén Castro entre ellos, al lado de Francisco Boix, el fotógrafo de Mauthausen que capitaneó la red secreta que robó miles de fotografías a los nazis, y que con su Leika retrató las escenas más impactantes que se conocen de cualquier campo. Un violín debió sonar entonces, mucho más libre y alegre en Mauthausen.

 

*Este texto de Francisco Luis del Pino apareció en la revista ‘Qué leer’. No he podido coger sus fotos, no me ha dejado el sistema, y tomo esta de internet, en concreto creo que de 'El Público'.

CALANDA: FOTOS DE BUÑUEL PADRE

CALANDA: FOTOS DE BUÑUEL PADRE

Fotografías estereoscópicas de Leonardo Buñuel.
Colección de fotografías realizadas en

Calanda, Zaragoza y Barcelona hacia 1900

 

y se podrá visitar hasta el próximo 25 de abril.

 

 

 

 


Por Javier ESPADA. Director del Centro Buñuel de Calanda. CBC

 

Un total de 43 fotografías de 40 x 40 cm, obtenidas a partir de placas de cristal estereoscópicas de 6 x 13 cm, pertenecientes a Leonardo Buñuel, y que se pueden ver gracias a la colaboración de Juan Luis Buñuel.

 

La muestra se complementa con antiguas cámaras estereoscópicas, así como varios visores y diferentes tipos de vistas, procedentes de las colecciones particulares de Francisco Boisset - Stella Ibáñez, Javier Espada y Benito Josa.

 

La antigua calesa de la familia Buñuel, recientemente restaurada, también se ha incorporado a la exposición.

 

Aunque estas fotografías se muestran por primera vez todas reunidas, se sabía de su existencia pues Luis Buñuel las recuerda al escribir su libro de memorias:

 

Conservo una veintena de fotografías hechas en 1904 y 1905 por un amigo de la familia. Merced a un aparato de la época, se ven en relieve. Mi padre, fornido, con un gran bigote blanco y, casi siempre, con sombrero cubano (salvo una en la que está con canotier). Mi madre, a los 24 años, morena, sonriendo a la salida de misa, saludada por todos los notables del pueblo. Mis padres posando con sombrilla y mi madre en burro (esta foto se llamaba "la huida a Egipto"). Yo a los seis años en un campo de maíz con otros niños. Lavanderas, campesinos esquilando ovejas, mi hermana Conchita, muy pequeña, entre las rodillas de su padre que charla con don Macario, mi abuelo dando de comer a su perro, un pájaro muy hermoso en su nido.

 

Estas fotografías han permanecido en el ámbito familiar hasta su exhibición, por primera vez, en el CBC, tras ser restauradas y ampliadas por Línea Diseño y Abaco Digital. Fotografías que  aportan  un interesante conocimiento sobre el imaginario de la infancia de  Luis Buñuel, de esa parte fundamental, como todos sabemos, en la formación de la personalidad de los adultos.

 

  

Gracias a las informaciones aportadas por Francisco Boisset, Juan Luis Buñuel, Ian Gibson, José Hostaled, Stella Ibáñez, Benito Josa, Alfonso De Lucas Buñuel, Francisco Navarro, Antonio Royo Albesa y a los hermanos Sauras Herrera, he podido localizar lugares y personajes retratados en esta sorprendente colección de fotografías.

 

*Esta foto de los fondos de Leonardo Buñuel es de un palacete de Barcelona.

 

GARRAPINILLOS: DOMINGO DE FÚTBOL

GARRAPINILLOS: DOMINGO DE FÚTBOL

GARRPAINILLOS 2 (Alex Navarro y Jorge) -EL GANCHO 1

Por la mañana, con una excelente y neblinosa mañana, jugaba el Garrapinillos contra el Gancho de juveniles. El equipo rojillo formó con Rodrigo; Santiago, Diego Arturo, Javier, Andrés; Alex Navarro, Jaime, Darío; Jorge, Óscar y Adrián. De entrada, parecía que El Gancho iba a ser superior: parecían jugadores más curtidos y de mayor empaque físico. Dio la sensación de que apretaban más al principio y de que estaban mejor ordenados. Fue una sensación fugaz: pronto marcó Alex Navarro, que remató una jugada de ataque, y poco después, algo antes de concluir la primera parte, Jorge marcó su segundo gol.

El Garrapinillos jugaba con seriedad y orden, e hilvanaba buenas jugadas de ataques por ambas bandas. Óscar, que se vaciaría a lo largo del partido, mientras tuvo resistencia, disparaba; Jorge servía balones envenenados al área. En la segunda parte, tomó el mando de nuevo el Garrapinillos, y los titulares del campo de San Lorenzo, muy castigado este fin de semana, dominaban con autoridad: Jorge estuvo en un tris de marcar en dos ocasiones. El Gancho también creó sus ocasiones, especialmente por alto y en balones cruzados al área. En uno de sus ataques recortó distancias, de penalti, y el choque se convirtió en un auténtico toma y daca. Los rojillos creaban mucho peligro al contragolpe, conducido por Jorge y Óscar, pero sin demasiado acierto. La delantera falló algunas jugadas con nítida ventaja. Mientras, los verdes del Gancho atacaban, con más entusiasmo que orden, y ponían en peligro a los atacantes.

El arquero Rodrigo iba a erigirse con espléndidas paradas en el gran salvador de un resultado que -pese al achuchón final, más que meritorio, del adversario- debió ser algo más amplio para los nuestros. Al final, el Garrapinillos logró su segunda victoria y se mostró sólido. De nuevo, Diego Arturo realizó un estupendo partido atrás: jugó con valentía, por arriba y por abajo, y demostró de nuevo cuánto ha crecido en el eje de la zaga, donde volvió a estar muy bien acompañado por Javier, y por los laterales, Santiago aguantó bien a su par y Andrés incluso se permitió lanzarse al ataque. Jorge Rodríguez, el capitán, volvió a realizar un estupendo partido, aunque perdió el ataque de sus botas. El Garrapinillos estrenaba su casillero de victorias el pasado sábado ante el Fleta y hoy venció de nuevo con trabajo y entusiasmo. Uno de los espectadores que sigue al equipo desde el principio decía: “¡Cuánto ha crecido este equipo, cuánto ha mejorado! Da gusto verlo jugar ahora”. Rodrigo se portó como un auténtico jabato.

 

REGIONAL PREFERENTE

GARRAPINILLOS 1 (Óscar) - LA ALMUNIA 1

Por la tarde, el Garrapinillos de Regional Preferente recibía también en San Lorenzo al La Almunia de Doña Godina. Diego volvió a jugar de titular y se mantuvo en el campo durante todo el choque. Le asignaron el carril del diez, y en la primera parte, corrió mucho por su banda, muchos metros, pero además se prodigó en ataque sin demasiada suerte. Óscar adelantó a los locales. En la segunda parte, jugó algo más retrasado, estaba más pendiente de la llegado del siete y se retrasó al puesto de lateral izquierdo.  El Garrapinillos intenta amarrar atrás con cinco y seis defensas. Llegó el empate en un gol invisible, de esos que no se sabe con certeza si atraviesan la línea. El árbitro no vio el gol y se fió de la opinión del linier: así, en un barullo, empataba La Almunia, que generaba peligro en los saques de falta y en balones a la olla. Ahí los defensas y especialmente Sergio estuvieron inmensos. En varias jugadas al contraataque, el Garrapinillos pudo desequilibrar la balanza, pero no estuvo fino en la culminación.

Con todo, en un partido vibrante, de intercambio físico, jugado de poder a poder, pudo haber ganado. El empate quizá no sea injusto con nadie. Diego trabajó bien en su nueva posición, salió de zona siempre que pudo y no notó que tenía que jugar a contrapié. Además del gran arquero, Sergio, hay que destacar el brío del conjunto: la seguridad de Lacabe, los arreones de Óscar y de Adrián Pérez en la segunda parte, la veteranía de José y el desgaste constante de Teté y de Jorge Blasco. De haber vencido, el Garrapinillos habría escapado del cuarto puesto por la cola que le sitúa aún en zona de descenso. Mario Martín jugó pocos minutos, y ya es lástima porque es un estupendo jugador, con clase, buen toque de balón y un repertorio futbolístico un poco diferente al de muchos de sus compañeros.

*Esta es una foto de archivo de un partido del año pasado. Diego intenta penetrar entre dos contrarios. La foto es de José Antonio Melendo.

'LO MEJOR DE ZARAGOZA' DE GISTAÍN & CLAU

'LO MEJOR DE ZARAGOZA' DE GISTAÍN & CLAU

"Zaragoza es la ciudad perfecta para vivir una eterna luna de miel"

 

 

Mariano Gistaín y María Pilar Clau publican 'Lo mejor de Zaragoza' (Zaragoza Global), un volumen que propone una topografía sentimental e incluye cien visiones sobre la ciudad.

¿Cómo se les ocurrió escribir 'Lo mejor de Zaragoza'?

Zaragoza es para nosotros mucho más que un escenario en el que se desenvuelven nuestras vidas. Es una ciudad donde la humanidad prevalece sobre la arquitectura, por eso es una ciudad de oportunidades. Zaragoza es una mujer sensible que se entristece cuando te vas y se las ingenia para que vuelvas ofreciéndote algo mejor. A pesar de la proximidad de nuestros lugares de origen -Barbastro (Mariano) y Laluenga (María Pilar)-, fue en Zaragoza donde nos conocimos y donde nos enamoramos. 'Lo mejor de Zaragoza' es un libro de agradecimiento a la ciudad que nos unió.

 El libro adopta, claro está, un enfoque optimista.

Como dijo Luis Alegre en la presentación del libro, es revolucionario buscar lo mejor en un momento en que lo único que vende es lo negativo. Lamentablemente así es. Y es una pena, porque lo que damos lo recibimos de vuelta, creamos nuestra realidad. Los pensamientos, las palabras contribuyen a crear el mundo y Zaragoza y su gente merecen este canto de amor y de alegría.

 ¿No es muy atrevido decir que 'Zaragoza es la capital del amor'?

'Lo mejor de Zaragoza' es una declaración de amor a la ciudad y es el libro de unos recién casados que, al regresar de su viaje de novios en París, se dan cuenta de que Zaragoza es el lugar perfecto para vivir una eterna luna de miel. Es la auténtica capital del amor.

 ¿Qué ocurrió en París?

París es fascinante. Sin embargo, una cosa nos sorprendió: desde que éramos novios, nos besamos cada vez que vemos a una pareja besarse en la calle, y nos dimos cuenta enseguida de que allí la gente no se besa tanto como aquí, ni se ven tantas parejas de la mano o abrazadas. En Zaragoza el amor se expresa más y mejor que en París. Es una ciudad idónea para los enamorados.

 Por cierto, también relacionan esta capacidad de amar con el derecho aragonés?

La nobleza es una de las virtudes por la que se elogia universalmente a los aragoneses, y esta es consecuencia de que Zaragoza es la capital del amor. Nobleza, en Aragón, es el respeto a la palabra dada. El derecho aragonés se basa en la expresión 'Standum est chartae', estar a lo pactado. Este aspecto esencial de la identidad aragonesa se deriva del triunfo del amor y es, a su vez, parte esencial del mismo. La confianza es la base del amor. 'Estar a lo pactado' significa 'no te voy a engañar'.

 ¿Y el gol de Nayim, qué pinta aquí con ese epígrafe tan especial?

París quedó deslumbrado por aquel gol imposible. En ese instante de esplendor, París vio retratada a Zaragoza -su intrepidez, su generosidad, su alegría, su excelencia?-, se enamoró de ella y le regaló el título de capital del amor. Fue un regalo íntimo y secreto; tanto, que al mundo -embelesado con la hazaña del futbolista- le pasó inadvertido. El gol de Nayim, con el que el Real Zaragoza ganó la Recopa de Europa, es un instante muy breve en el tiempo que quedó grabado para siempre en la historia de la ciudad. Pura magia; un milagro.

 ¿Qué les ha supuesto la escritura y la vivencia de este libro? Parece escrito desde la felicidad?

Para cada uno de nosotros, escribir es nuestro propósito en la vida; la expresión de nosotros mismos, de nuestra esencia. Cuando escribimos, perdemos la noción del tiempo. Al conocernos descubrimos que en nuestras vidas, además de esa gran pasión por escribir, hay coincidencias verdaderamente asombrosas: acontecimientos, frases, palabras escritas a un tiempo cuando ninguno de los dos sabía de la existencia del otro. Esas sincronías y ese propósito común unido a la necesidad y al profundo deseo de estar juntos nos llevó a escribir a cuatro manos: primero, una novela y luego, 'Lo mejor de Zaragoza'. Este libro es escritura y, sobre todo, es vivencia. Fue un disfrute inmenso.

 Un total de 50 mujeres y 50 hombres cuentan lo que más les gusta de Zaragoza. ¿Cómo perciben ellos la ciudad?

Es una de las partes más importantes del libro, porque ha supuesto un gran esfuerzo para nosotros el conseguir algunas opiniones que considerábamos imprescindibles, porque también hay mucho trabajo de calle, y, sobre todo, porque todas las respuestas son magníficas: algunas están llenas de entusiasmo, otras son muy reflexivas y denotan un extenso conocimiento de la ciudad, de su historia; otras muestran preferencias insólitas; otras son una joya literaria en sí mismas? y todas son absolutamente entrañables. Son para nosotros cien regalos. Cien regalos que hemos recibido, y cien regalos que entregamos a la ciudad y, en particular, a cada uno de los lectores del libro.

*La foto es de Oliver Duch, fotógrafo de Heraldo de Aragón.

HA MUERTO JEAN SIMMONS

HA MUERTO JEAN SIMMONS

La actriz británica Jean Simmons, candidata dos veces a los premios Oscar por sus papeles en Hamlet (1948) y Con los ojos cerrados (1969), ha muerto hoy a los 80 años en su hogar de Santa Mónica (California), según informa el diario Los Angeles Times. La protagonista de títulos como Ellos y ellas (1955), El fuego y la palabra (1960) y Espartaco (1960) sufría cáncer de pulmón, según ha explicado la agente de la intérprete, Judy Page.

La última aparición en el cine de Simmons, ganadora de dos Globos de Oro y un premio Emmy por su actuación en la miniserie de la década de 1980 El pájaro espino, fue el año pasado en el filme Shadows in the Sun, de David Rocksavage.

Simmons, según detalla el rotativo, llamó la atención de un cazatalentos en una clase de baile con tan sólo 14 años y filmó siete películas antes de captar la atención de la industria gracias a su papel en Cadenas rotas, la adaptación de la novela de Charles Dickens que dirigió David Lean en 1946.

En Hamlet compartió protagonismo con Lawrence Olivier y el filme le deparó su primera candidatura al Oscar, en la categoría de mejor actriz de reparto. Su segunda candidatura llegó más de 20 años después, por su papel de esposa alcohólica en Con los ojos cerrados, esta vez como actriz principal.

Extensa filmografía

Simmons nació en Londres el 31 de enero de 1929. Tras iniciarse la Segunda Guerra Mundial se trasladó a la ciudad de Somerset y, a su vuelta, en 1941, ingresó en la escuela de danza de Aida Foster. Obtuvo el título de danza en 1945 y recibió clases de arte dramático de Sir Laurence Olivier, obteniendo su primer papel en el filme Give us the moon, de 1944, película para la que fue elegida entre 200 candidatas.

Su primer trabajo interpretativo como protagonista fue en la obra de teatro Uncle Silas, de 1946, y seis años después fue contratada por Hollywood En ese tiempo tuvo gran éxito en 1949 con el film Ofelia, interpretación por la que fue premiada en el Festival de Venecia de ese año. No obstante, las dos primeras películas por las que dio el salto a la popularidad fueron La laguna azul y Cadenas rotas.

Los años 50 le aportaron sus mayores éxitos, de los que destacaron los conseguidos con los filmes La túnica sagrada, de 1953, Sinuhé el egipcio y Desirée, aunque más tarde también destacó en El fuego y la palabra. La superproducción de Stanley Kubrick Espartaco la consagró definitivamente a la fama.

Destacan igualmente sus interpretaciones en películas como Adán y ella, de 1949, Extraño suceso, de 1950, o Cara de ángel, de 1953. Este último año fue especialmente prolífico para la actriz, pues rodó también La reina virgen junto al actor Stewart Granger, con el que se había casado tres años antes, y La actriz.

En Pasos en la niebla demostró una vez más su versatilidad al desempeñar el rol de mala de la película, filme al que siguen otros de gran éxito como Horizontes de grandeza, dirigida por William Wyler en 1958, o Esta tierra es mía, interpretada junto a Rock Hudson en 1959, pasando por la comedia Ellos y ellas, de 1955. a culminación de su carrera dramática se produjo con su interpretación en El fuego y la palabra, de 1959. Con su trabajo en Espartaco confirmó su presencia entre las grandes estrellas de Hollywood. Al año siguiente cambió los excesos dramáticos para respirar los de la deliciosa comedia Página en blanco, que rodó junto a Cary Grant.

Poco más cabe destacar de la década de los sesenta, en cuyos principios obtuvo su divorcio y contrajo nuevas nupcias con el director Richard Brooks, si no es mencionar uno de sus mejores trabajos en Vivir en la cumbre, de 1965, además de su intervención en Con los ojos cerrados,de 1969, que le supuso la candidatura al Oscar.

 

*He tomado esta necrológica de internet: es la de la agencia EFE que se halla en muchos periódicos. Siempre me ha gustado mucho Jean Simmons, sobre todo donde mejor la vi fue en ‘Ellos y ellas’ con Marlon Brando. Y en ‘Espartaco’, claro.

FERNANDO AÍNSA: CASA EN OLIETE

FERNANDO AÍNSA: CASA EN OLIETE

 

El narrador, ensayista y editor Fernando Aínsa tiene una casa en Oliete, que es su refugio, su paraíso turolense. Dentro de unos días vendrá de invitado a ‘Borradores’ para hablar de sus últimos libros. Me envía una instantánea de la casa con nieve, y esta nota sobre ella:

“Casa recuperada, reconstruida y ampliada poco a poco, a lo largo de 35 años, sobre una pequeña masía en las afueras de Oliete de mi bisabuelo paterno (Juan Domingo Royo) a mi regreso de Uruguay (poco antes del golpe de 1973), abandonada cuando mi padre se fue a América y falleció mi abuela”.