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Antón Castro

PILAR TORREBLANCA EN EL AUDITORIO

PILAR TORREBLANCA EN EL AUDITORIO

La soprano zaragozana Pilar Torreblanca vuelve al escenario de la sala Mozart del Auditorio para interpretar un concierto con la Orquesta Sinfónica de la Radio Nacional de Ucrania y los Niños Cantores de Kiev, bajo la dirección de Vladimir Sheiko.

Tras el grave atropello que sufrió la cantante el pasado mes de octubre, a consecuencia del cual ha tenido diversas fracturas vertebrales y costales; gracias a los avances de la ortopedia, no ha querido perderse esta cita con el público zaragozano.

Pilar Torreblanca  es una de las grandes intérpretes del bel canto en Aragón, junto a Elvira de Hidalgo, su maestra Pilarín Andrés y Pilar Lorengar.

Realizó su debut operístico de la mano del gran divo del siglo XX Giuseppe Di Stéfano, maestro de Pilar, junto con Alfredo Kraus y Renata Scotto.

Ha interpretado el rol protagonista de grandes óperas del repertorio “Bel cantista”, Norma de Bellini, D. Giovanni o Bodas de Fígaro de Mozart, Alceste de Glück, Ana Bolena o Lucrezia Borgia de Donizetti, Semirámide o la Donna del Lago de Rossini,… entre otras.

Ha recorrido España y numerosos países (Francia, Italia, Inglaterra, Alemania, Rusia, Bielorusia, Ucrania, República Checa, Finlandia, Noruega, EE.UU., Argentina, Chile, Sudáfrica,…) en sus actuaciones; tanto operísticas, con recitales o conciertos con repertorio de oratorio.

En la actualidad comparte sus actuaciones con su labor docente. Imparte clases de técnica vocal e interpretación y realiza cursos y Master Class de “Gestión del pensamiento Emocional para cantantes líricos” en diversas Universidades y Cursos de Interpretación.

En el presente año, Pilar conmemora su 25º Aniversario como cantante, con una serie de conciertos que la van a llevar por toda la geografía española e Iberoamérica.

La cita es hoy domingo, a las 11,30 horas, en la sala Mozart del Auditorio de Zaragoza.

 

*Esta nota está remitida por Encarna Pelegrín de Allegro Comunicación. La foto corresponde a Michelle Magdalena.

LLANTO Y RECUERDO DE MANOLO BENITO

LLANTO Y RECUERDO DE MANOLO BENITO

ÁLBUM DE ADIOSES PARA MANUEL BENITO

 

El mundo de la cultura aragonesa llora al etnólogo y escritor oscense Manuel Benito

 

El etnólogo y escritor oscense Manuel Benito Moliner falleció ayer en Huesca a los 51 años de edad a consecuencia de una enfermedad. La cultura aragonesa pierde a uno de sus grandes intelectuales, que además cultivó y destacó en muchas otras facetas creativas como la de periodista y guionista de cine. Hoy se celebrará un acto civil de despedida en el Tanatorio "Hermanos Santander" (Polígono de la Magantina, Huesca), a las 15,30 horas.

 

Manuel Benito Moliner nació en Huesca el 30 de abril de 1958. Estaba casado y tenía dos hijos. Se licenció en Medicina y Cirugía y también cursó la carrera de Lengua y Cultura Española.

En el libro "Los cien oscenses del siglo XX", Jesús Inglada indicaba que Manuel Benito donde más cómodo se sentía era en su faceta de etnólogo. "Huyendo de los excesos de los corsés intelectuales -sean estructuralistas o funcionalistas- y de las modas imperantes, ha realizado una inmensa tarea", indicaba.

Manuel Benito fue socio fundador y expresidente del Instituto Aragonés de Antropología, y consejero del Instituto de Estudios Altoaragoneses. Asimismo, fue miembro organizador y subdirector del Certamen de Cine y Vídeo de las Comunidades Autónomas y trabajó con Eugenio Monesma como guionista y ayudante de realización. La fotografía era otra de sus grandes pasiones; expuso algunas colecciones y disponía de más de diez mil diapositivas de temática aragonesa.

Su carácter inquieto aún le llevó a explorar otros caminos y fue miembro organizador de la Muestra de Artesanía de las Comunidades Autónomas y de la Fundación Beulas pro Museo Aragonés de Arte Contemporáneo.

Buena parte de sus trabajos etnológicos giraron en torno a los despoblados de las comarcas de Sobrarbe y Ribagorza, y realizó una gran labor en la recogida de objetos para futuros museos y en la confección de un anteproyecto para un centro de antropología cultural de Aragón. De todas sus investigaciones y estudios dio buena cuenta en DIARIO DEL ALTOARAGÓN, del que fue colaborador durante toda la andadura del periódico y donde deja un recuerdo imborrable colmado de afecto. Su labor divulgativa también le puso en contacto con otros medios de comunicación, donde conectó muy bien con el público gracias a su elocuencia.

Su buen hacer le supusieron algunos galardones como el Premio de Investigación Etnográfica Santa Cecilia (1991). "Su ingenio, su sensibilidad, su carácter libre e independiente -ajeno a toda capillita, academia o pesebre oficial- lo convierten en alimento espiritual para todo aquel que huye de los transitados caminos de lo políticamente correcto", señalaba Jesús Inglada. Entre las publicaciones que escribió figura el "Cuestionario básico para investigación etnográfica en Aragón" (IEA), "Azara" (IEA), "Album de adioses" (Sariñena Editorial) y su obra más reciente, "Orwell en las tierras de Aragón" (Sariñena Editorial), uno de los libros de autor aragonés más vendidos en Huesca las pasadas Navidades.

Manuel Benito, nunca te olvidaremos.

Diario del AltoAragón

 

Huesca pierde a Manuel Benito

Manuel Benito Moliner, de 51 años, fallecía ayer viernes en Huesca, tras una larga enfermedad. Médico, filólogo, auxiliar de enfermería, lingüista, etnólogo, historiador, fotógrafo, Benito era, como un hombre del Renacimiento, un compendio de sabiduría y bonhomía. Humilde, sencillo y austero, altruista, irónico y socarrón, atesoraba un enorme conocimiento sobre cuestiones relacionadas con la historia y las costumbres y tradiciones del Alto Aragón.

Manuel Benito era padre de dos hijos. Será incinerado este sábado a las 5 de la tarde en Monzón. La capilla ardiente está ubicada en el Tanatorio de la Funeraria Hermanos Santander.

Nacido en la calle San Lorenzo de Huesca, en una familia de agricultores y arrieros, siempre fue buen estudiante. Estudió la carrera de Medicina y ejerció unos pocos años, hasta que decidió dejar el ejercicio. Trabajó posteriormente, durante muchos años, como auxiliar sanitario en el Hospital Psiquiátrico, mientras se dedicada a sus aficiones, que es lo que realmente le gustaba y le dio renombre.

A la vista de que, tras haber estudiado una carrera de ciencias, necesitaba más formación y base cultural para dedicarse al mundo de la historia, se matriculó en Humanidades, carrera que compaginó con su trabajo.

Manuel Benito se dedicó durante un breve periodo de tiempo a la política. Fue concejal en el ayuntamiento de Huesca, por el PSOE, unos meses, en la legislatura 1991-1995. Posteriormente, se dio de baja en el Partido Socialista y se afilió a IU, partido en el que tampoco militaba ya.

Republicano convencido, Benito pertenecía al Círculo Republicano Manolín Abad. Buen conversador, y dotado de un gran sentido común, participó durante mucho tiempo en tertulias literarias.

Desarrolló trabajos monográficos sobre pueblos deshabitados altoaragoneses, leyendas, monasterios rupestres, ciclos festivos, tradiciones, lugares perdidos u olvidados de Huesca. Publicó en 2008 el libro "Huesca. Álbum de adioses" y, hace tan sólo unos meses "Orwell en las tierras de Aragón". Además de ello, son numerosísimos sus artículos en prensa y sus colaboraciones en cualquier medio de comunicación siempre que se le requiriera para hablar de los asuntos en los que era un auténtico experto. Contaba también con un importantísimo archivo fotográfico de la provincia de Huesca y de hechos históricos acaecidos en ella.

Enamorado de su ciudad y, a pesar de ello, muy crítico con su inmovilismo, Manuel Benito aseguraba que profesaba un amor no correspondido a Huesca, una ciudad que se le había mostrado, decía, esquiva y altanera.

Radio Huesca

 

*La revista Cazarabet de Mas de las Matas, dirigida por el infatigable Javier Díaz, envía este compendio de notas. En la foto del Diario de Altoaragón, Manuel Benito con su libro 'Huesca. álbum de adioses'.  

HA FALLECIDO MANUEL BENITO

HA FALLECIDO MANUEL BENITO

*Recibo esta nota de Eugenio Monesma donde nos comunica la fatal noticia de la muerte de Manuel Benito. Lo entrevisté hace pocos días con motivo de su libro sobre 'Orwell y Aragón' y le presenté su 'Álbum de adioses' en la Biblioteca de Aragón. Hablábamos a menudo por teléfono y nos escribíamos por email. Un gran abrazo para su familia y sus amigos.

Queridos amigos:

 

         Siento tener que daros la mala noticia. Ha llegado el momento en que nuestro compañero y amigo Manolo Benito ha escrito el último capítulo del “Album de adioses” de su vida. Nos ha dejado hace un momento, a las cuatro de la tarde. Luchador hasta el final como lo ha demostrado a lo largo de su enfermedad. Honrado en sus convicciones ideológicas durante toda su vida. Generoso con todos aquellos que le han pedido cualquier colaboración o dato que le hacía falta. Ha salido de este mundo, pero permanecerá en la memoria de todos los que hemos compartido con él buena parte de nuestra vida. Esta tarde lo van a llevar al Tanatorio de los Hermanos Santander en La Magantina.

 

         Salud. Eugenio Monesma.

ADIÓS Y RECUENTO: MANUEL FALCES

ADIÓS Y RECUENTO: MANUEL FALCES

Acaba de morir el fotógrafo, estudioso de la fotografía y crítico durante años de ‘El País’ Manuel Falces. A los 57 años de edad. Dirigió el Centro Andaluz de la Fotografía, que tenía una sede provisional en Almería (estuve allí el día que fui a entrevistar a José Ángel Valente para ABC Cultural), trabajó en la colección Alcobendas y fue un importante teórico. Hace algunos años expuso en la Casa de los Morlanes, estuve con él un rato largo a solas, hablamos de muchas cosas, y esta fue la crónica que redacté de aquel encuentro. Hoy me he escrito Andrés Ferrer para que diga algo de él, de Falces: le interesaba una fotografía poética, en la línea de Robert Frank, turbadora, no necesariamente impecable en el sentido más técnico. Falces amaba las imágenes y su capacidad de turbación, las formas esquinadas del fantasma o de la pesadilla. Fue, ante todo, un divulgador de la fotografía: en sus críticas, en sus estudios, en sus catálogos, en su defensa de un sinfín de profesionales, en su propia obra, nada desdeñable, al menos en un sentido conceptual.

 

José Ángel Valente (Orense, 1929-Ginebra, 2000) amaba la fotografía. Le encantaba no sólo ponerle textos a las fotos de otros en su estudio, sino acompañar al artista: ver con su propia mirada lo que el objetivo y el ojo del artista captaban. Así nacieron sus dos primeras colaboraciones con Manuel Falces –director del Centro Andaluz de Fotografía, fotógrafo y crítico de fotografía de “El país”-: “La memoria y la luz”, un viaje a los espacios mágicos y místicos del Cabo de Gata y Níjar, y “Las ínsulas extrañas”, el recorrido por los paisajes andaluces de San Juan de la Cruz. No pudo hacer lo mismo con un nuevo proyecto: “José Ángel Valente. Para siempre. La sombra”. El autor de “No amanece el cantor”, herido de muerte ya, escribió casi un testamento poético para unas instantáneas en las cuales es el protagonista: él, sus viajes, su universo de creación. Ayer se inauguró en la Casa de las Morlanes esa muestra patrocinada por la Fundación Telefónica. La concejala Verónica Lope dijo que la exposición congrega “la poesía de las palabras del fallecido Valente y la poesía de las imágenes de Manuel Falces. La conjunción de estas dos poesías es la gran exposición que podrán ver los zaragozanos”.

         Manuel Falces se mostró, de entrada, “francamente impactado” por el espacio y subrayó que “la fotografía es el medio más democrático del siglo pasado y de éste. Lo que está bien, bien acaba. La fotografía acaba de despegar con gran fuerza”. De inmediato se centró en “las imágenes entrañables e impactantes, que poseen una carga muy emotiva para mí”. Recordó las pasadas colaboraciones entre Valente y él, y perfiló al poeta, en medio de la naturaleza, poseído por un misticismo esencial, reflexionando en la tarde o enseñándole a ver detalles inadvertidos o parajes especiales con “su gran sabiduría”. En “Para siempre. La sombra” cada autor trabajó por su cuenta: Falces recogió sus materiales y Valente les puso su lírica depurada. “Los textos fueron los últimos que escribió. El discurso poético es paralelo al de su libro póstumo ‘Fragmentos de un libro futuro’. Sus versos son como e-mails del alma y aquí se refleja su intuición hecha carne, verbo, religión, dogma: todo un universo particular”.

Dos fotos presidían el acto: Valente, próximo al último adiós, está en un hospital de Almería, y escribió en una instantánea: “Aún no. Alguien le ha llamado”, tan impresionante como otra que dice: “Borrarse, ser sólo huella”. Un verso que es un testamento: puede borrarse el cuerpo, abandonar Almería y sus mercados donde compraba queso fresco de Burgo, desaparecer para siempre de Almería o de Berlín, pero siempre quedará una huella indeleble: la palabra exacta y su melodía, estas imágenes para siempre.

 

CALVOMOÑACOS DEL MAR

CALVOMOÑACOS DEL MAR

Manuel Martín Mormeneo huyó de la orilla del mar hacia tierra adentro. A él le gusta decir que fue por amor o porque quería dejar de escuchar el bramido de las corrientes abiertas, el estrépito incesante de las mareas y de los oleajes. Pero, en realidad, no le fue fácil olvidar el mar: cuando llegó a Zaragoza, a la calle Casta Álvarez, se encontró con un local que tenía un nombre inolvidable: ‘La taberna del mar’. Si uno se dejaba caer por allí, y él lo hizo en sus primeros años para aliviarse de las incómodas nostalgias, siempre había un camarero que hablaba de libros marinos, de historias de navegantes y de mujeres que cortaban la respiración con sus muslos de lumbre y su voz aguardentosa mientras fumaban en un rincón.

Por eso, esta mañana cuando recibió una carta de Alberto Calvo desde Zarautz se quedó pensativo. Y quizá herido en algún orificio de la memoria y de la añoranza. Recordó de golpe toda su infancia, sus días en la playa, sus sueños de adolescente que estuvo a punto de embarcar hacia el Gran Sol y Terranova. Miró con detenimiento la foto: ¿qué hacía su amigo el pintor, tan diminuto, casi invisible, en la ribera y tan lejos de casa? No le fue difícil imaginarlo.

Al principio, pensó que haría círculos concéntricos o espirales, pero luego se fijó mejor y no le quedó duda alguna: Calvo, en la playa de Zarautz, casi a solas en medio de la inmensidad de la arena, a este lado de la espuma y bajo el cielo terso y sin gaviotas, se puso a dibujar un nuevo rostro. Arañó el arenal con la furia de la galerna hasta abocetar una cara tumultuosa de mujer, rota en sus pómulos, bañada por la claridad del océano. Manuel Martín Mormeneo se dijo: “Qué derroche de colores, qué sinvivir el arabesco de los trazos. Cuando caiga la noche es posible que se levante del suelo y se eche a andar”.

Con Calvo todo es posible.

VICENTE ALMAZÁN: FOTOS EN COLOR

VICENTE ALMAZÁN: FOTOS EN COLOR

Vicente Almazán publica, desde algunos días, también un blog de fotos en color. Así lo anuncia en su blog de instantáneas en blanco y negro:

 

El camino de Mis adarmes está sembrado de hojas escarchadas; piedras coloridas, doloridas, fragmentadas y luces mínimas que son máximas para las cosas pequeñas que me importan. He preparado un Álbum con fotografías en color que con el título "Escarchadas" se puede ver en Mis cromos:


http://my.opera.com/Miscromos/blog/

LA RUTA DE JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

LA RUTA DE JOSÉ ÁNGEL BARRUECO

José Ángel  Barrueco (Zamora, 1972). Escritor. Columnista diario de La Opinión de Zamora desde enero de 2001 hasta septiembre de 2009. Ha publicado novelas, cuentos, poemas y microrrelatos. Su obra aparece en diversas antologías. Vive en Madrid. Posee un estupendo blog de literatura y de cine, sobre todo, Escrito en el viento, que he visitado y visito con frecuencia (http://thekankel.blogspot.com/). En él encuentro este texto acerca de su última publicación y del modo de lograrla.

 

 

 

PARA ESAS NOCHES DE INSOMNIO

 

Por José Ángel BARRUECO

Este es el tercer libro (en solitario) que publico este año. Es el cuarto, si contamos la antología de canallas. Creo que aquí se cierra una etapa: una etapa con tres libros en los que hablo mucho de la memoria y de la familia, del pasado en general. A partir de ahora trataré de escoger otros rumbos, al menos durante un tiempo: de hecho ya lo estoy haciendo.

Comprobaréis que, en todos estos libros (No hay camino al paraíso, Recuerdos de un cine de barrio, Un nudo en la garganta. Quince cuentos canallas y Para esas noches de insomnio), aparece siempre el nombre de mi brother David González. No es para menos. Es la persona que más ha hecho por mí en la literatura y una de las que más ha hecho por mí en la amistad. En el primer caso, nos escribió el prólogo a Javier Das y a mí, y siempre nos brindó sus consejos y su apoyo; en el segundo caso, gracias a él, con el tiempo, conocí a Vicente Muñoz Álvarez, gracias a quien conocí a Miguel Ángel Martín, autor de la ilustración de portada; en el tercer caso, porque Marcelo Luján nos reclutó para su lista de canallas, junto a otro viejo colega, Carlos Salem; en el cuarto caso, porque este nuevo libro existe sólo gracias a D.G., y es lo que quiero explicar en el siguiente párrafo.


Para su proyecto literario de la Colección Zigurat del Ateneo Obrero de Gijón, David me pidió una selección de textos. Su idea era mezclar muchos artículos, unos pocos cuentos y algún poema. Quería que en la mayoría se reflejara la experiencia, lo cual, por ejemplo, descartaba de golpe los artículos en los que me he limitado a analizar una novela o una película o a opinar de política. No fue fácil escarbar en mis archivos. Finalmente, encontré ciertos hilos conductores. Muchos de esos artículos pertenecen a mis primeros tiempos en el periódico, por lo que ni siquiera están recogidos en la red: ni en este blog ni en la hemeroteca digital. Estas columnas escogidas son, para mí, muy personales, sobre temas que no he olvidado. De los tres cuentos que elegí, sólo uno de ellos se había publicado antes: en un par de revistas; creo que lo leyeron uno o dos amigos. Esos relatos mantienen conexiones con otros tantos artículos. Un ejemplo: en una columna sobre el Día de la Madre hablé de la muerte de mi abuela, hecho que también aparece recogido en uno de esos cuentos, pero esta vez convertido en ficción (aunque casi todo lo que narro en ese texto ocurrió de verdad). De manera que puede comprobarse el doble tratamiento que le doy a ciertos temas.


En este libro cohabitan ciudades, paisajes, personas y animales que me son muy queridos y, aunque parezca una mera recopilación de textos, lo cierto es que hay un sentido, que el libro traza una ruta: El Marqués, mi perro Trinitario, la berrea en Sanabria, las escaramuzas de Lavapiés, las navidades zamoranas, las estaciones de servicio de la carretera, el funeral de mi abuela, mi rutina en los años previos a marcharme a Madrid, los hoteles, el silencio a la orilla del Lago, Las Llamas y el Rabiche, Arenas de San Pedro, mis noches de insomnio…

Quien quiera hacerse con un ejemplar, que me lo pida por e-mail (thekankel@hotmail.com) y ya acordaremos si lo gestiono por correo contra reembolso o se lo paso en persona. Su precio, según dicen en el Ateneo, es de 8 euros. A eso le sumaremos los gastos de envío. No será fácil encontrarlo en las librerías. Espero que os guste o, cuando menos, os transmita ciertas sensaciones. Aprovecho para desearos un año favorable.

UN CUENTO DE PEDRO BOSQUED, PIERO

UN CUENTO DE PEDRO BOSQUED, PIERO

EL SILENCIO DE LA SONRISA

 

 

Por Pedro Bosqued. PIERO

Nunca había visto que me mirasen de esa manera. En la foto, Roberto, mi amigo invisible, no era un fantasma. Su sonrisa confirmaba su acierto en el regalo escogido. Habían pasado un par de años, pero podría repetirse su expresión ahora mismo, en este mismo salón, con nosotros más entrados en... ¿la era digital? Al volver a mirarla, mi cara de asombro no había caducado. Seguían mis ojos buscando una explicación a mi sorpresa. Como supo lo que quería nunca logré adivinarlo. Él sí que tenía la habilidad de reconocer en una cafetería a qué camarero se le caería la taza, qué compañero se mofaría de la metedura de pata y lo más difícil, quién de los reunidos en una mesa alargada que ocupa una docena de personas, se escaquearía de pagar. Las artes adivinatorias de Roberto se nutrían de todas los detalles en los que no reparábamos en días de rebajas. Lo importante era el precio; para él, de dónde venía el retal. Y apostillaba con soltura: “si sabes quién te regaló la prenda, sabrás cuantas veces te la vas a poner”.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, las sonrisas de Roberto se cotizan al alza en mi maltrecha columna. Mi pilar cruje con más facilidad, las prendas de abrigo ya no las valoro por su corte, ni por su colorido. Lo que más agradezco es que me aíslen de la humedad, como la que entregan sigilosos los arroyuelos. Que a mi quinta y sexta lumbar, maldita pareja de baile con la que tengo que lidiar, no les falte calor extra. Como la sonrisa de Roberto. Apareció hará cosa de diez años. Iba a sentarme en mi butaca del teatro y ante mis narices se sentó un manojo de lana enclenque con piernas patizambas y hombros descarriados. No me lo comí de milagro, pero cuando lo iba a interpelar se cruzó la mirada de Roberto. Su mueca me invitaba a reírme de la situación y me puse a comentarla con la nueva sonrisa. Empezamos a enhebrar supuestos desenlaces y acabé sentado junto a él. Y así hasta hoy, el día en que la foto vuelve a mis manos.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido no hay nada que me impida rebuscar en los cajones, recordar lo que me han dejado tantas fotos previsibles y una que no lo es. La de Roberto con su sonrisa de haber acertado con su regalo. Pero ese era el primer foco en la foto, en el que todos caerían de un primer vistazo. Lo que seguía atrayendo a una mirada aguda, como la de Roberto haría, era mi rostro esa tarde. Había conseguido no ver ni un anuncio de juguetes, ni una rutinaria canción de navidad, ni a una pestilente colonia impregnar las telas rojas que quieren ser alfombras a costa de ser pisoteadas en horario comercial y que en realidad son vituperadas después del cierre por quien se ha encargado de ponerlas. Mi rostro esa tarde se había desubicado, no atendía a lo que ocurría con precaución, se dejaba de intenciones secundarias ni de pretensiones claras. No reconocería jamás a mi rostro esa tarde, de forma que cuando lo vi en la foto supe que esa era la única forma de verle. Que a tu rostro se le pierde la pista cuando las cosas que no se van a olvidar llegan a tu vida. Desligar a tu rostro de ti es un ejercicio extraño, como un guante que se metiera en la bañera de tu casa contigo. Algo que no se llega a comprender, que no tiene sentido pero de lo que no se puede tampoco conseguir una explicación. Y sin una explicación concreta tu rostro es el de cualquiera que vieras, hasta el tuyo, pero no podrías pensar que lo es porque ya no responde a ti, si no a las leyes de lo imprevisible. Como aquella tarde, momento atemporal en el que la foto que tenía entre manos era la única prueba de que aquel rostro era el mío.

 

   Ahora que Lucrecia se ha ido, la foto es la fuente de calor más próximo que tengo, un rescoldo de las brasas que fui. Una ventana entornada, pero por la que todavía se cuela la luz. Gracias a la sonrisa de Roberto, gracias a lo que sostenía mi mano derecha. Con los dedos extendidos en posición palmar, como quien va a coger una bandeja y realizar las funciones de camarero, mi mano en sintonía con mi rostro feliz de la foto, sostiene una carátula. Una negra y previsible carátula de la que se logra adivinar el título. “El silencio antes de Bach”. La película que el día en que Roberto y yo nos conocimos en el teatro me comentó, la que me dijo que no podría olvidar después de verla, que hiciera el esfuerzo de ir al cine, aunque mi ánimo no me lo aconsejara. Un salto temporal a tres épocas, un guiño a la creación musical como eje de la recuperación del valor de la educación artística. O una forma clara y dulce de la concisión en el valor supremo del talento inconsciente de Bach.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, cualquier día es festivo si vamos Roberto y yo a comer sesos. Ese almuerzo de delicias de infancia que siempre nos lleva a la película. La recordamos e imaginamos que estamos en miércoles. Siempre es miércoles cuando comemos sesos Roberto y yo. Miércoles de sesos, miércoles de Mendelssohn, miércoles de sesos recién comprados en el mercado de Leipzig. Sesos envueltos en el puesto del carnicero con papel escrito, con papel sin importancia para casi todos los rostros. Papel claro para miradas como las de Mendelssohn, que comprara todos los días al carnicero de Leipzig para conseguir llevarse a casa aquel papel. El papel en el que permanecieron las composiciones de Bach. Cincuenta años después, el silencio de Bach se rompía. Un carnicero despistado se cruza en el camino de Mendelssohn para recuperar las partituras, para que el silencio antes de Bach calle.

 

  Ahora que Lucrecia se ha ido, mi rostro en la foto cree en la casualidad del silencio como causalidad del regocijo. Y el silencio es el compañero que no se queja, que no interrumpe, es el poso que permanece. Como el silencio de Bach, como el silencio de mi rostro, como el silencio de la foto de mi rostro. Mi silencio me pide calma, me pide que eche a andar aunque mis lumbares teman a la humedad. Mi silencio me pide que cruce también el arroyuelo. Cuando lo he conseguido, recuerdo como se decía arroyuelo en alemán. En silencio, vuelve la palabra. Bach.

 

*Hace un año, Pedro Bosqued, Piero, farmacéutico y escritor, iniciaba su blog: http://piero.blogia.com. Y ahora me manda este texto, este cuento de amor y de ausencias. Es casi un regalo de Reyes. Me ha parecido que esta foto, que no sé a quién pertenece, podría sentarle muy bien.