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Antón Castro

FEDERICO CONTÍN EN CALVO I MAYAYO

FEDERICO CONTÍN EN CALVO I MAYAYO

Federico Contín inaugura mañana jueves, en la galería Calvo i Mayayo (La Cadena, 28), una nueva exposición, ‘Generation POP 2.0’, uno de esos trabajos tan personales, marcados por la audacia, el sentido del color, la experimentación y una gran imaginación.

Cuelgo aquí una de sus obras, que parecen partir de la fotografía para alcanzar un desarrollo claramente pictórico en el que domina el puntillismo y la fuerza del cromatismo.

Federico Contín es un artista apasionado e intenso: siempre trabaja, siempre busca, le da igual que sea en papel, en fotografía, en pintura o en instalaciones. Actualmente, combina su quehacer con su trabajo como reportero de Aragón Televisión.

DOS ENMIENDAS POR MARIO

DOS ENMIENDAS POR MARIO

En la revista ‘En sentido figurado’, en su web http://www.ensentidofigurado.com/ puede oírse un poema recitado por Mario Merlino que dura algo más de un minuto.

 

Corrijo dos nombres: he escrito Emilia Olivia, es Emilia Oliva, y Patricia del Puerto, es así como ella y yo nos solemos escribir, pero su nombre verdadero es, como anuncia en el post anterior Emilia, Puerto Gómez.

 

PD. Hago aquí la corrección porque el sistema, aunque mejorado, no me permite ni eliminar ni editar correcciones. La foto es de Ivan Pinkava y se titula ‘Tristan 2001’.

 

M. MERLINO EN 'EN SENTIDO FIGURADO'

M. MERLINO EN 'EN SENTIDO FIGURADO'

Recibo de Emilia Olivia, y de Patricia del Puerto (en este caso desde Cáceres), un comunicado sobre la edición especial de la revista ‘En sentido figurado’ que dedica una monografía a Mario Merlino, fallecido recientemente.

 

 

Envío el Especial dedicado al poeta, traductor, performer... Mario Merlino, recientemente fallecido.

 

http://www.ensentidofigurado.com/actual.pdf

 

Cuerpo y palabra, ese era el sueño de Mario que concebía el ser humano como literatura. En su honor, la estructura que aquí empleamos está invertida, como en su Arte Cisoria hiciera el propio Mario. La revista comienza en el capítulo trece que constituye la evocación cercana, íntima de Mario y concluye con la voz de Mario en la entrevista de Araceli Otamendi, el punto de partida de la búsqueda.  

 

Nuestro agradecimiento a todos los que hicieron posible este entretejerse de textos y recuerdos, bien por su colaboración directa, bien por su contribución a la difusión del proyecto. Cumplido el hechizo, recompuesta, fragmentada la figura, convocados los textos, hagamos el gesto ameno del bebedor de páginas, libemos.

 

Emilia Oliva / Patricia del Puerto

Editora de ESF

www.ensentidofigurado.com

*Esta foto la he tomado de internet y aparece en www.dosmanzanas.com. Las de más abajo son de Selina de Maeyer y de Richard Avedon, me refiero a las de la entrada dedicada al blog de Rubén Lagunas.

EL BLOG DE RUBÉN LAGUNAS

EL BLOG DE RUBÉN LAGUNAS

A veces uno recibe cartas tan entusiastas y cariñosas como esta, donde un lector recomienda una de sus lecturas, donde un lector de blogs insiste en la calidad de uno de ellos, en este caso en el de Rubén Lagunas. Carlos David Albendea Callejas apuesta por http://www.lateru82.blogspot.com/ Esta es la nota.

 

Querido Antón:

Tú no me conoces, solo soy uno más de tus miles de lectores, pero no he podido resistirme a escribirte para presentarte a un amigo. Se llama Rubén Lagunas, es aparejador, nació en Soria, le encanta la arquitectura tradicional, el arte y la poesía... Cada vez que leo un post en su blog me emociono, supongo que porque es mi amigo, pero me parece que es tan bonito lo que escribe, como piensa y lo que hace... Yo no tengo ningún talento para el arte, pero me emociona la belleza... Tenía que contarte que existe gente como Rubén, con su talento, sin trabajo, pero con muchas cosas que decir, aunque a veces solo nos las quiera decir a nosotros, sus amigos...

Gracias por escucharme, gracias por escribir, gracias por enseñarnos...

Un abrazo

Carlos David Albendea

 

PD. Casi se me olvida www.lateru82.blogspot.com

LIBROS Y SUEÑOS ILUSTRADOS

LIBROS Y SUEÑOS ILUSTRADOS

Libros infantiles y juveniles para todos: Balance y sugerencias de títulos, narradores e ilustradores aragoneses de un gran año en variedad, cantidad y calidad

 

El año de 2009 ha sido pródigo en libros infantiles y juveniles en las letras aragonesas. A los clásicos Isidro Ferrer, Cano, Elisa Arguilé, Antonio Santos (ha publicado en Longman-Pearson cuatro tomitos sobre los colores), Javier Sáez Castán, Tássies o Jesús Cisneros, por citar algunos ilustradores ya consagrados, se les han sumado Blanca BK, Juan Bauty, Le Corbeau, Alberto Aragón (que ha ilustrado ‘Jorge y las sirenas’ y ‘Las Grutas de Cristal / Puente de la Fonseca’), David Laguens, Lina Vila o Eva Armisén, entre otros. Entre los escritores, ha vuelto a ser el año de Fernando Lalana y José María Almárcegui, de Daniel Nesquens -que continúa con su serie ‘Marcos Mostaza’ y ha publicado la tercera y cuarta entregas con las ilustraciones de Claudia Ranucci-, y ha irrumpido con mucha fuerza Sandra Andrés Belenguer con ‘El violín negro’ (Laberinto), una novela que transcurre en torno a 1907 y un siglo después, y desarrolla una intriga en torno a ‘El fantasma de la ópera’. David Lozano se ha situado en la cima nacional de la literatura fantástica y de terror, y ha cerrado la trilogía ‘La Puerta Oscura’ (SM) con ‘Réquiem’. Se han estrenado, entre otros, Pepe Serrano con ‘Máziel Spück y el misterio del cuadro’ (Nalvay. Ilustraciones de Juan Baunty), Ruth Vilar en ‘Don Queharé’ (laGalera; ilustrado por Arnal Ballester), Carlos Álvarez de Eulate con ‘¡No quiero que me quiten la escayola!’ (Mira. Dibujos de David Guirao) y José Antonio Ávila con ‘El príncipe del mar’, donde el escritor e ilustrador colaboró con Ibone Elorriaga.

 

PARA LOS MÁS PEQUEÑOS

Aquí destaca ‘¡Socorro! ¡Éste no soy yo!’ (APILA) del debutante Jesús Aznar y de la ilustradora Blanca BK, el relato de un animal que se ha convertido en niño. Blanca BK también ha ilustrado los textos de Katja Clever, en inglés y castellano, de ‘Manuela va al colegio’, ‘Manuela en el museo’ y ‘Manuela va al supermercado’. Los tres tomos incluyen un CD. Blanca BK firmó, con José Luis Corral, ‘Los tres amigos’ (Aladrada).

‘La ciudad de Mau’ (La Calle Indiscreta. DGA / ONCE) es una historia de Isabel Soria, ilustrada por Saúl M. Irigaray, que habla de una ciudad brutalmente contaminada; incorpora el lenguaje braille y está lleno de sorpresas y de colorido. ‘¿Qué me está pasando?’ (Lumen) de Marc Parrot, ilustrado por la zaragozana Eva Armisén, es un viaje al territorio de los sentimientos: la vergüenza, el miedo, el egoísmo, el amor, la rabia y la nostalgia.

ÁLBUMES Y AVENTURAS

Para los lectores algo más avanzados serían ‘Meli, la abeja del Matarraña’ (Ayto. de Valderrobres), un cuento de Pilar Hernandis y de Luis J. Loras, que propone una aventura sobre la familia viajera de las abejas; ‘Dora soñadora’ (Marboré) de Chema Lera, que narra los problemas de la joven Dora con su gata Fada, que incluso se asoma a la luna; y ‘El Pequeño Rey General de Infantería’ (Ekaré) de Javier Sáez Castán, una alegoría pacifista con el humor habitual del autor oscense. No  podemos olvidarnos de ‘Ramón’ (Libros del Zorro Rojo. Premio Lazarillo, 2007), con textos e ilustraciones de Jesús Cisneros, la peripecia de un soñador estilizado como un personaje de Bustear Keaton que sale de paseo. Cisneros rindió un especial homenaje a la estación de Utrillas en ‘La cigüeña’ (DGA), con una atmósfera orientalista y evocadora. Y con texto de Xavier Queipo, editó ‘La isla de los cangrejos violinistas’ (OQO), que reúne al joven Moi, las enseñanzas de los ancianos y una isla misteriosa.

En esta línea de álbumes de aventuras resaltamos ‘Tanga y gran el leopardo’ (Comanegra), un cuento de Roberto Malo y Francisco J. Mateos, dibujado con un deslumbrante estilo por David Laguens; ‘El león Kandinga’ (Kalandraka) de Boniface Ofogo, que ha perfeccionado por aquí y por allá este cuento africano; en la parte gráfica, Elisa Arguilé se reinventa como ilustradora con el uso primitivo del rojo, el amarillo y de varios tonos oscuros. De aventuras y viajes alrededor del mundo y de sus mares es ‘El tiburón dragón o la verdadera historia de la navegación’ (APILA) de Julio Tejel, con ilustraciones del madrileño Alejandro de Marcos. Y también lo es un álbum como ‘Papa tatuado’ (A Buen Paso), un brillante relato de Daniel Nesquens, con un exquisito trabajo gráfico de Sergio Mora. Es un libro sobre el circo, los viajes, la selva, la relación entre padres e hijos, amasado con fantasía e ingenio. Otra aventura, en este caso en Botswana, es el cómic sobre Ciclocirco ‘Diamantes en la arena’ (Saure), con texto de Joseba Gómez y viñetas luminosas del zaragozano Josema Carrasco. ‘Julia y la voz de la ballena’ (De Ponent) es una sugerente novela gráfica de Álvaro Ortiz. ‘Te regalo un cuento’ (Lóguez) de Jorge Gonzalvo, ilustrado por Cecilia Varela, es un bello ejercicio de metaficción. José Orna y Rosa Blanca Miguel son los autores de ‘Me gustan los abrazos’ (Latas de cartón), que ha conectado muy bien con los lectores.

 

PROPUESTAS JUVENILES

En la colección Larumbe chicos han aparecido ‘Cuentos de la Disciplina clericalis’, con adaptación de Magdalena Lasala y estampas de David Guirao; ‘Dovina dovinalla. Adivinanzas populares en aragonés’ de Chusé Raúl Usón y Lina Vila, y ‘Poemas. Selección de los hermanos Argensola’, preparada por Ángeles Errazu, con dibujos de Le Corbeau (David Adiego). Ana Alcolea ha publicado ‘El vuelo de las luciérnagas’ (San Pablo; ilustraciones de Juan  Bauty), una narración de misterio y horror en una casona, y la novela pirenaica ‘Cuentos de la abuela Amelia’ (Edelvives; ilustraciones de Violeta Lópiz).

Grassa Toro y José Luis Cano firmaron ‘Este cuerpo es humano. Anatomía escrita y dibujada’ (Thule), un volumen que remeda el espíritu de la enciclopedia con mucha ironía y humor. Fernando Lalana y José María Almárcegui publicaron ‘El círculo hermético’, un nuevo caso del inspector Germán Bareta que debe investigar un crimen en el seno del Círculo Cima de amantes de la Historia. Y en ‘Industrias Gon’ (MacMillan) cuentan la historia de Nico, que se incorpora en una empresa de artículos de broma y cuenta con la complicidad de un fantasma.

ALBERT CAMUS

ALBERT CAMUS

Albert Camus (Mondovi, Argelia, 1912- Le Petit Villeblevin, Francia, 1960) era hijo de un operario en una finca de viñedos que perdió la vida en 1914 durante la Primera Guerra Mundial y de una argelina, analfabeta y sorda, de origen menorquín. De joven fue portero de fútbol y siempre tuvo una gran vocación por aprender. Fue un escritor precoz. En 1940, cuando la vida se le había puesto difícil en su país, se trasladó a París, y allí trabajó en ‘Paris-Soir’, fue lector para Gallimard y, en tiempos de guerra, dirigió ‘Combat’. Se alejó del comunismo y se acercó al anarquismo, aunque más que un ideólogo al uso fue un ciudadano ético que intentó entenderse a sí mismo y a los demás. Inscrito en la corriente del existencialismo, sobre todo tras la publicación de ‘El extranjero’ (1942), un libro sobre el extrañamiento de la vida y la indiferencia ante las pasiones humanas y las propias desgracias, y ‘La peste’ (1947), Camus nunca se sintió cómodo bajo ninguna etiqueta. Se enemistó con su amigo de antaño Jean Paul Sarte, éste le reprochó que la suya era una rebeldía estética, una pose, e intentó mitigar las diferencias entre Argelia y Francia. El gran amor de su vida fue la coruñesa María Casares; curiosamente, Camus fue autor de varias piezas teatrales, entre ellas la exasperada ‘Calígula’ o ‘El malentendido’, y de joven había dirigido una compañía. Recibió el Premio Nobel en 1957 a los 44 años.  Tres años después, desoyó su propia intuición de viajar siempre en tren y se subió a un Facel Véga Coupé que conducía Michel Gallimard, el sobrino de su editor. Se estrellaron el 4 de enero de 1960, hace ahora medio siglo, y el escritor llevaba en su reducido equipaje el billete de tren de ese día y el manuscrito de ‘El primer hombre’. Desde entonces la figura y el magisterio de Albert Camus no han dejado de crecer.

*Retrato de Loomis Dean.

EL MAESTRO, LEGRÁ Y EL BUEN CELERINO

EL MAESTRO, LEGRÁ Y EL BUEN CELERINO

EL MAESTRO, LEGRÁ Y EL BUEN CELERINO

 

Hace muchos años, allá en Arteixo (A Coruña), entre el bosque y el río Bolaños, cené una noche con mis padres en casa de Celerino, que se dedica a mil menesteres, entre ellos el campo, la agricultura y el transporte con una pequeña camioneta. Recuerdo que peleaba José Legra, ‘el puma de Baracoa’. Se comía lechón o lechazo y muchas patatas fritas con pimientos morrones. Y ensalada con cebolla, que era mi debilidad: lechuga fresca, rica en agua, mezclada con aceite y vinagre oscuro de vino. Entonces yo ya no comía carne, pero aquellas patatas me supieron a gloria: Legrá ganó el título y se coronaba campeón del mundo. O revalidaba el de Europa. Ahora no lo recuerdo con exactitud. En aquellos días, el boxeo era un vínculo secreto con mi padre, Benito. Por las noches, mientras llovía sobre el mundo y se mecían los abedules de la calzada y del paseo hacia el balneario, él y yo veíamos combates de madrugada, casi a oscuras en el salón, y nos hacíamos más amigos. Nunca he hablado tanto con mi padre como durante las peleas: de estrategia, de los calzones, del miedo, del golpe por sorpresa que nace desde el fondo de un odio antiguo. A veces, si se distraía un poco, incluso me contaba alguna historia de su vida, y en ese instante inefable lo percibía como un padre, como un amigo y como un instructor.

Regreso a la cena con Celerino: de repente, no sé a santo de qué, preguntó que si tuviéramos que quedarnos en el pueblo solo con una persona de conocimiento, instruida, ¿quién sería la más importante? Él apostó por el médico; asentí en un principio, pero luego pensé un poco más y dije: “El maestro. Él sabe de todo: de medicina, del cuerpo humano, de historia, de geografía, de cuentas y, además, es como un filósofo: te enseña a comportarte. Te enseña a vivir”. Celerino me miró y pareció rectificar en voz alta: “Pues a lo mejor tiene razón el chaval. El maestro serviría para todo, hasta para los primeros auxilios por lo menos”. Mi padre dijo, a media voz, más pendiente de los golpes y la esgrima de Legrá: “Tendrá razón, tendrá. ¿Quién lo iba a decir? El maestro. ¡Y yo que solo fui seis semanas a la escuela!”

 

No tengo un buen recuerdo de mis años de estudiante en Lañas (A Coruña). El maestro, don Antonio, nos rompía todos los días un palo (o cada dos días, y era excepcional que le durase tanto) de cañaveral en la espalda. En la de mi hermano Luis, que era su víctima más propicia, pero también en la de cualquier otro: le daba lo mismo que tuviera trece años como mi hermano o cinco como yo. No distinguía la fragilidad. El día que vi a su hija Rosarito, la criatura más bella que había visto nunca, no entendí cómo un hombre como aquel había tenido tanta suerte con su hermosa mujer, la profesora de chicas que coleccionaba poemarios diminutos que leía en el jardín, y con aquel ángel que a todos nos enamoraba, que todos queríamos ver a cualquier hora y en cualquier lugar (en la tienda, en la misa, en la verbena, en el columpio del atardecer) aunque no supiésemos que ese anhelo era la primera forma, purísima, del deseo.

Cuando llegué a Arteixo tuve otro profesor violento e irascible, pero probablemente mejor: nos enseñaba geografía a través de los campos de fútbol, nos hablaba de los ríos y nos contaba cuentos con ellos. Era capaz de vincular los problemas de álgebra con las casas que construían nuestros padres, con las vallas del estadio local y las dimensiones del río. Y además nos leía, o nos hacía leer, historias de príncipes y criados, cuentos de la historia de España, fragmentos de Bécquer y de Rosalía y de Espronceda. Y nos dictaba versos para perfeccionar nuestra caligrafía a velocidad media. Quería lograr que escribiésemos bien, con pulcritud y elegancia, en el menor tiempo posible.

Entonces los maestros parecían dioses. Para lo peor (sus grandes palizas, su ira de los sábados al comprobar el cochambroso estado de nuestras uñas, el desdén con que te trataban si no ibas a la pasantía pagada de cinco a seis, la influencia incuestionable que ejercían sobre nuestros padres y sobre nosotros mismos) y para lo mejor. Y lo mejor era que estaban provistos de una autoridad como espiritual, casi chamánica, y que sabían de casi todo: conocían el mundo, habían viajado, habían leído mucho, tenían un apetito totalizador de sabiduría y podían corregir de inmediato a un viajante de libros que nos presentaba una enciclopedia: “Se dice barroco, no bárroco”.

Más adelante, gracias a los profesores Mario Clavell y Xosé Toba Quintáns, empecé a amar la literatura. El primero, un tanto afectado y dulcemente histriónico, leía cartas de amor y los versos del ‘Poema de Mío Cid’, que a mí me parecían música de las esferas, poesía en estado gaseoso y líquido, épica de la voz y de la lengua estremecida. No lo sé bien. Y Toba, el joven de Muxía que acababa de licenciarse en Santiago y decía que Rosalía había escrito en su localidad su novela ‘La hija del mar’, nos introdujo en el ‘boom’ latinoamericano: nos explicó como nadie a Julio Cortázar y nos enseñó a escribir cuentos. Y no solo eso: aplaudió uno de un chico de Huesca, juraría que era de Huesca y que se llamaba Rafael Oliva Ballarín, que redactó una pieza donde contaba un accidente de automóvil que se producía en el momento mismo en que por la radio anunciaban que Perico Fernández acababa de perder el título ante Sansak Muangsurin. El árbol inesperado y “la puta calor”.

En 1978 vine a Zaragoza y me hice amigo de un profesor de latín: José Antonio Enríquez, moreno y seductor, pícaro, charlatán y empedernido jugador de bingo. A él le pasé un libro de poemas en gallego, el primero que escribía, y me dijo que era lo más grande que se había escrito en esa lengua después de Rosalía de Castro. Ese libro nunca se publicó, claro, ni siquiera sé que ha sido de él. Eso sí, espoleado por su juicio -aunque ya me di cuenta de inmediato de que era muy, muy exagerado, como ha probado el tiempo-, se me ocurrió llevárselo en Vigo a un hombre al que yo consideraba un maestro: Xesús Alonso Montero, editor de Akal. Con amabilidad, el autor de ‘Informe –dramático- sobre la lengua gallega’, me dijo una frase amable: “Yo no te lo puedo publicar, pero aquí hay poeta. De la estirpe de Amado Carballo, de Lorca y de Augusto Casas. Aquí hay poeta, meu homiño, te lo puedo asegurar”.

Yo siempre he tenido un afecto reverencial a los maestros. Mostrar, seducir y transmitir son de las experiencias más hermosas que existen: es como el loco empeño de enseñar a ver, a mirar, a tocar y a oler con los ojos de la inteligencia y del corazón. Es como la generosa utopía de enseñar a soñar. Eso sí, es indispensable que el alumno se desembarace de prejuicios y se entregue: solo así, a cuerpo descubierto y sin temor al desnudo, la enseñanza es más eficaz y, probablemente, como la alegría, para toda la vida.

 

*Le he mandado a Víctor Juan este texto para su nuevo blog ‘Más de cien razones’. Él lo ha publicado en dos tandas en la sección de comentarios.

 

EL ABEDUL (REEDICIÓN)

EL ABEDUL (REEDICIÓN)

Roberto Abizanda y su equipo han intentado mejorar la edición de blogia. Gracias. Ahora mi página va un poco más rápida, pero sigue sin permitir correcciones y no mantiene el cuerpo de letra; ayer, al colocar el texto de Eduardo Viñuales, ha salido así, descuajeringado, por eso lo vuelvo a colocar para que se pueda leer con algo más de coherencia. La nueva foto también es de Eduardo Viñuales.

 

En los altos valles del Pirineo Centro-Oriental crece un árbol inconfundible por su blanquísima, brillante y lisa corteza, ramillas pardo-rojizas y hojas deltoides, puntiagudas y con borde aserrado. Nos referimos al abedul, también conocido en el Alto Aragón por el nombre de “bedull” “barracera” “albarén” o “albá”. No supera los 10 ó 15 metros de altura, posee flores masculinas y femeninas, y cuenta con diminutos frutos en forma de lenteja y dos alas membranosas. Perteneciente a la familia de las Betuláceas –junto a los alisos y al avellano- forma parte destacada de nuestros bosques atlánticos. Su presencia en el solar ibérico se remonta a hace 2 millones de años, momento en el que el
enfriamiento del clima anunciaba la llegada de los fríos periodos glaciares del Cuaternario.

El abedul que encontramos por la provincia de Huesca en realidad pertenece a dos especies distintas de difícil separación y, por tanto, sólo reconocibles gracias a pequeños detalles poco visibles como la pubescencia de los brotes o ramillas más jóvenes durante primavera. Una de ellas es la conocida con el nombre científico Betula pendula –antes
Betula verrucosa-, con distribución eurosiberiana, siendo de las dos especies la más frecuente en valles altopirenaicos como los de Benasque, Bielsa o Tena, y cada vez más rara hacia el oeste, apareciendo incluso en áreas prepirenaicas como Guara, Santo Domingo, Peña Montañesa-Cotiella o Turbón-Sierra de Sis. Y, por otra parte, la segunda especie es Betula alba –antes llamada Betula pubescens o B. celtiberica-, que según el botánico José Antonio Sesé es de requerimientos más borealpinos, estando a diferencia de la anterior muy localizada en algunos puntos del Alto Pirineo como Ordesa-Bujaruelo, Benasque-Cerler, Sahún o Castanesa… presente así mismo en la Sierra del Moncayo. Ambas dos muestran preferencia por los sustratos silíceos que los calizos, es decir, suelos con mayor acidez. Para complicar la situación, en ocasiones Betula pendula y Betula alba se hibridan.



Por norma general el abedul es un árbol distribuido por la zona norte de Europa y Asia. Soporta bien el frío invernal, es poco exigente en nutrientes y, eso sí, requiere de parajes luminosos con cierta humedad en el suelo. Cuenta con pequeñas poblaciones emplazadas en Sierra Nevada, el Atlas Marroquí y el volcán Etna (Sicilia), y que son las más meridionales. En España se reparte prácticamente por toda la mitad septentrional -desde Galicia al extremo oriental de los Pirineos gerundenses-, debilitándose su existencia hacia el sur, con rodales relícticos en los ambientes microclimáticos de algunas montañas del centro peninsular como Gredos, Guadarrama, los Montes de Toledo, las Serranías de Cuenca y Albarracín, o el ya citado Moncayo.


Por lo general este árbol habita dentro de Aragón en zonas de montaña con cierta humedad edáfica -riberas de ríos, arroyos y barrancos de montaña, orillas de lagunas o entornos de turberas-, además de canales de aludes y caídas de piedra, o suelos móviles. En nuestra comunidad suele repartirse por terrenos de montaña comprendidos entre los 900 y los 2.000 metros de altitud. En muchas ocasiones se le considera un árbol pionero, pues aprovecha y coloniza por sucesión espacios huecos, dejados vacíos por otros bosques desaparecidos a causa de avalanchas, incendios o talas… Y si en el norte de Europa el abedul se asocia con píceas y serbales de cazadores, o en las montañas cantábricas lo hace con robledales, fresnedas y hayedos, en el Pirineo oscense el abedul se entremezcla con abetos, pinos negros –en el piso forestal superior- y diversas frondosas como el haya, bien formando masas mixtas o bien salpicando a estas formaciones arbóreas dominantes. Existen algunas excepciones a esta norma como la que podemos hallar en el bosque casi puro de abedules que hay en la cara este de la Sierra de Chía, en la Ribagorza, sólo comparable a los notables abedulares de los valles pirenaicos vecinos de Luchon y de Arán.

Popularmente el abedul ha sido utilizado para la obtención de su savia antes de que broten las hojas, siendo muy apreciada como excelente remedio contra inflamaciones renales, para quitar pecas o poner tersa la piel. Con ella también se elabora en el norte de Europa una bebida alcohólica a modo de cerveza o vino de sabor agradable. La madera del abedul es clara, blanda, de grano fino, con poco dibujo y muy ligera, recibiendo variadas utilidades a la hora de elaborar cubas, cazuelas, platos, muebles… e incluso cestos y canastos con las ramas.

Su corteza fina y casi transparente fue útil como pergamino y recibió antiguamente el nombre de “librum”, del que deriva hoy el nombre más moderno y castellanizado de “libro”. El abedul, en Rusia y en Finlandia, es un árbol inspirador de poetas, de leyendas y de cuentos… a caballo entre lo sagrado y lo melancólico.

 

*Eduardo Viñuales es un estupendo amigo y un naturalista y fotógrafo incansable. Hace unos días se presentaba, con el editor Modesto Pascau y el consejero Alfredo Boné, el último libro que ha coordinado: ‘Los bosques de Aragón’ (Prames), en el que colaboran muchos autores y más de una treintena de fotógrafos. Eduardo me envía un texto sobre el abedul y una de sus luminosas fotos.