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Antón Castro

PALABRAS PARA UNA FOTO

PALABRAS PARA UNA FOTO

Ha vuelto a casa por unas horas. Tiene la alegría en el cuerpo. Y la ironía, el sarcasmo, el histrionismo, y es capaz de ponerse ante el televisor y mirar todas las series con su madre. O con su padre. Siempre pensó que tenía alma de artista: ahora más que nunca. Es capaz de componer un álbum de once canciones, de escribir relatos, de disparar fotos, de comer mejillones con puro placer, y de reírse de sí misma con una dulzura desordenada mientras cae la lluvia o el campo se inunda de sol. Y además parece estar un poco loca.

 

No se llama Angelica pero también pudo llamarse así.

 

*En la foto de Eve Arnod, Angelica Huston con su padre John Huston. Me encanta esta foto.

MIGUEL ÁNGEL YUSTA: DOS POEMAS

MIGUEL ÁNGEL YUSTA: DOS POEMAS

AYER FUE SOMBRA, de Miguel Ángel Yusta

 

INTROITO

 Nací por la mañana

un domingo de marzo

de un olvidado invierno de posguerra.

Dicen que hacía sol y que mi madre

(pasados los cuarenta y quinto hijo)

lloraba y sonreía al mismo tiempo,

preocupada tal vez por mi futuro.

 

Mas, ahora, aquí estoy,

                    después de tantos años.

 

Los días de mi vida transcurrieron

testigos fieles de mis singladuras

limando el tiempo que se me otorgaba.

Hoy,

casi llegado al puerto,

libero unos poemas de mis viejas carpetas,

antes de que se pierdan para siempre

en el oscuro túnel del olvido.

Y los dedico a tantos

que en aquellos inviernos

soñaban con juguetes de hojalata.

 

 

 

GLORIA GRAHAME EN EL CINE DE MI BARRIO

 

 

Admirábamos a las mujeres hermosas, vivíamos aventuras inverosímiles


cabalgando en sueños de viejo blanco y negro en aquellas salas de cine


oscuras y malolientes, de sesión continua y acomodadores malhumorados.


Nos escapábamos de la clase de religión


y de la de formación del espíritu nacional.


Merecía la pena.


Yo abría más los ojos cuando aparecía Gloria Grahame.


Era tan misteriosa que jamás me atrajo tanto ninguna otra mujer.


Podían ser más bellas, pero no tenían el encanto de Gloria,


con sus labios pequeños y ese aire de mujer fatal.


Cuando salía, se llenada la pantalla con su boca y sus ojos


profundos y llenos de misterio.


El bocadillo de pan y mortadela quedaba abandonado sobre mis rodillas.


Se paraba el tiempo


y Gloria me llevaba al país de los sueños  posibles


e imaginaba una noche con ella sobre mis rodillas de adolescente.


Entonces se me caía el bocadillo, entero,

qué importaba comer, si Gloria Grahame estaba conmigo...

 

*El médico y poeta Miguel Ángel Yusta ganaba hace unos días el premio de Poesía de la Delegación de Gobierno con su libro ‘Ayer fue sombra’. El día de Navidad aparecen aquí dos poemas; el segundo está dedicado a Gloria Grahame, nada menos, a la que vemos aquí en un gimnasio de boxeo.

JORGE FUEMBUENA, A ARCO

JORGE FUEMBUENA, A ARCO

Jorge Fuembuena ha sido  el ganador del VI  Certamen  Nacional  Foto-Arco 2010 en la modalidad de retratos, organizado por la Feria  Internacional de Arte Contemporáneo de Madrid. [Jorge Fuembuena es zaragozano, hermano del guionista y escritor Eduardo Fuembuena, nieto del dueño del periódico vespertino ‘Aragón Expréss’, y ha ganado ya numerosos premios. Forma parte del colectivo Zphoto.]

 
 Gracias a este  premio formará parte del equipo y documentará Arco-Madrid 2010 a través de  los retratos individuales y de grupo de los galeristas, artistas, ponentes y personalidades vinculadas a la feria.

 
  En esta ocasión será Los Ángeles la ciudad invitada.

(Aquí vemos uno de sus retratos).

EL ROBO. CUENTO FRANCÉS (RESCATE)

EL ROBO. CUENTO FRANCÉS (RESCATE)

Paco Gascón, el hijo de Leoncio e Isabel, es ingeniero y vive en Francia. En Grenoble, en un paisaje idílico de prados y bosques, ante un montaña coronada de nieves desde diciembre. Comparte su vida con France, políglota, y con sus dos hijos: Elsa y Tristán. Por ahora no tienen perros ni gatos. Es un fanático lector de ‘El País’, y cuando va a Burdeos, a Marsella, a Niza, a Toulouse o a cualquier ciudad de Italia siempre compra ese diario y busca afanosamente una noticia sobre Aragón o sobre la Zaragoza cargada de futuro que triunfó en París. Hace una década, con el gol del siglo de Nayim, o en el último diciembre cuando conquistó la Exposición Internacional de 2008. Admira al arquitecto e ingeniero Santiago Calatrava, y está pendiente de la última película española o de los novelistas, desde Javier Cercas a Enrique Vila-Matas, desde Javier Tomeo a Ignacio Martínez de Pisón. Hace unos días iba a marcharse de vacaciones a Grecia, pero cambió en el último instante: decidió venir a su ciudad, Zaragoza, donde vive su padre, el ex carbonero y contador de fábulas Leoncio, e Isabel, su afanosa madre de cuento bíblico. Cuando había llegado y había tomado posesión de un nuevo barrio, de otros vecinos y de los olores de la calle Agustina de Aragón, lo llamaron por teléfono. En su casa de Grenoble habían entrado los ladrones y le habían llevado el ordenador, la máquina de fotos, ese tesoro irremplazable que había ido acumulando a lo largo de sus viajes y sus expediciones a la nieve, y muchas más cosas. Se quedó de piedra. La noche anterior a la partida, que hubo de retrasar un día, ya creyó oír fantasmas al acecho, pasos en el jardín, intrusos invisibles. Pese a todo, ha decidido quedarse con los suyos en San Jorge y se han encomendado a los milagros del caballero de Aragón. El lunes será otro día. Su hijo Tristán, que desea ser granjero o jinete, le preguntó: “¿Sabes si han robado mis caballos?”.

 

*He encontrado este texto de abril de 2005. Y me ha resultado muy emotivo. Lo vuelvo a poner aquí. Ahora Paco y su familia viven en una urbanización en Toulouse. Y Tristán ya no aspira a ser un caballero de la corte del rey Arturo: le obsesionan los marcianos y las naves espaciales. El texto tiene para mí un aroma de relato de Navidad. Paco y los suyos volverán a Zaragoza el próximo fin de año.

*Fotografía de Nan Goldin. Modelo desnuda a caballo.

NUEVA GUÍA DE LECTURA

NUEVA GUÍA DE LECTURA

Regalar libros en Navidad ayudará a fomentar la lectura entre los jóvenes, de ahí la publicación de una nueva guía de lectura que acaba de dar a conocer el Departamento de Educación, Cultura y Deporte, elaborada por las bibliotecarias de los institutos Andalán, Miguel Catalán, Medina Albaida, Elaios y José Manuel Blecua, que conforman un Seminario de bibliotecas adscrito al CPR Juan de Lanuza.

 

En ella aparecen hasta treinta recomendaciones de lectura para estos días de vacaciones. La mayoría de las sugerencias giran en torno a temas medioambientales y protección de la naturaleza dado que 2010 ha sido propuesto como Año de la Biodiversidad con una selección de libros sobre esta temática. Entre los títulos recomendados destaca El último Leopardode Lauren ST. John, Biodiversidad de Lluis Cardona, Mi primera guía de cambio climático de José Luis Gallego o Ayudo a mi planeta: para proteger la naturaleza y salvar los animalesde Teresa Llobet y Cristins Rodríguez.

 

Además hay otras selecciones como libros dirigidos a jóvenes lectores con títulos como El llanto de las palomas de Carlos Puerto o Nieve en primavera. Crecer en la China de Mao de Moying Ll. Y otras publicaciones dirigidas a lectores experimentados con libros como Tres vidas de Santos de Eduardo Mendoza o Hipatia de Celia Martínez Maza. [Una escritora aragonesa como Magdalena Lasala publicó en 2009 un libro sobre Hipatia de Alejandría: Conspiración Piscis, en el sello Styria.]

 

El objetivo de esta guía es fomentar la lectura en periodos vacacionales, por eso esta publicación se dirige a los cerca de 50.000 estudiantes de Enseñanza Secundaria de todo Aragón. Incluye entre sus recomendaciones libros de autores aragoneses como Ana Alcolea, David Lozano y Manuel Vilas. [En 2009, Ana Alcolea publicó tres libros: Bajo el león de San Marcos, en Algaida, es uno de ellos; David Lozano cerró su trilogía de La Puerta Oscura con Requiem, y Vilas ha alcanzado un importante éxito con Aire Nuestro, que ha supuesto su pase a Alfaguara.]

 

El Departamento de Educación, en su apuesta por fomentar la lectura entre los estudiantes, publica periódicamente, en su portal, listados con los libros más relevantes, publicaciones que se pueden consultar en la web www.educaragon.org, en su apartado de Bibliotecas Escolares de Aragón.

*Esta información, salvo los corchetes, pertenece al gabinete de comunicación del Gobierno de Educación. La foto es de Fulvio Roiter y está tomada en 1978.

ESTAMPA VENECIANA DE INVIERNO

ESTAMPA VENECIANA DE INVIERNO

Guillermo Fatás, como si adivinara que una de mis ciudades preferidas es Venecia, casi tanto como Lisboa y Praga, casi tanto como París y Buenos Aires, me envía esta estampa invernal de la ciudad donde se refugió Ezra Pound, la ciudad cuyas piedras cantó y describió John Ruskin, la ciudad donde amó con desafuero Giacomo Casanova, la ciudad donde se ha refugiado Donna Leon con su comisario Brunetti.

 

Estuve hace algunos años. Y me perdí bajo un tremendo aguacero en un bosque en dirección a Maestre. Acabé en una taberna que me pareció la taberna de la bruja o del gigante; me quedé allí un instante y creí que hasta las botellas me miraban mal… Como en un cuento de Borges, de repente un paisano esgrimió una navaja y miró en derredor en busca de quién le había tirado unas migajas de pan a la cabeza…

'EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS': AVANCE

'EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS': AVANCE

* Hace algunos años, el escritor Miguel Ángel Muñoz, autor de ‘El síndrome Chejov’, título de uno de los mejores blogs de la red, viajó a Benasque, Huesca, para recibir un premio literario de relato. De aquella visita nació esta novela, ‘El corazón de los caballos’, que acaba de aparecer  en el sello Alcalá. Este es el primer capítulo de la novela.

 

 

 

 

 

 EL CORAZÓN DE LOS CABALLOS

                                  

     

  MIGUEL ÁNGEL MUÑOZ

 

 

 

ASIE

                                              

16  y 17 de Diciembre de 1.995

 

 

La rabia o la mezquindad no agregan nada

al teorema de Pitágoras.

                                    Ernesto Sábato

 

 

 

PEAJE

 

Al ver la cabeza de Eva, bien cortada, sobre la reluciente bandeja de plata, sentí por primera vez deseos de besarla. Despegar sus párpados y asomarme dentro, esperando encontrar, otra vez, su mirada de niña bruja. Comprobar que seguía esperando el comienzo de la lección, que aún no había llegado el verano, que no temíamos a nada. El camarero que la había subido hasta la habitación para dejarla en la mesita, a la derecha de la cama desde donde yo la miraba, me hacía una reverencia y se retiraba. Cerraba los ojos, para comprobar hasta qué punto era cierto que la cabeza de Eva, la rubia Eva a la que todos deseaban, estaba ante mí, esperando el tacto de mis dedos. Contaría hasta cinco y abriría los ojos, para descubrir hasta qué punto aquello había ocurrido realmente.

Y cinco. Abro los ojos y veo la casa de dos plantas en el antiguo barrio. Mis padres la han vendido para regresar a la ciudad que abandonaron cuando jóvenes. Entonces recuerdo que tengo que llamar a mi madre. Recorro España sin que ella lo sepa, y si ocurriera una desgracia, si yo muriera o matara a alguien, ella lo descubriría casualmente, a través de un programa de televisión, o gracias a un chisme contado en el barrio, de tienda en tienda.

Y tres. Despierto del todo. Andrés sigue conduciendo a mi lado y me señala los enormes paneles azules de la autopista. Estamos a un kilómetro del área de descanso. Necesitamos parar, tomar algo, interrumpir un viaje que cumple diez horas continuadas. El coche tiene gasolina suficiente para llegar a su destino: Asie, en el Pirineo de Huesca, cerca de la frontera con Francia.

—Será mejor que comamos —dice.

—¿Por qué he venido contigo, por qué no me has convencido para que siguiera camino de Gerona?

—Es tarde, Víctor, será mejor no pensar demasiado en ello.

Andrés se había ofrecido a dejarme en Tarragona. Él continuaría solo hasta Asie. Al fin caminos separados, ¿ese era el final preparado de su historia? Le había hecho creer que seguiría su consejo de visitar a mi abuelo, la única persona de mi familia que podía proporcionarme dinero para contratar un buen abogado que me defendiera en el juicio. Si seguía negándome a recibir una ayuda clara, si persistía en el camino de inmolación que había elegido, cuando llegara el momento de enfrentarme a la ley estaría solo. Se avecinaban días sombríos, sin Andrés a mi lado, y con mis padres desconociendo todo lo que me había pasado unos meses antes: aquel final violento, a consecuencia del cual había sido expulsado de la facultad de Matemáticas, lo que me impediría trabajar, ahora o en el futuro, en ninguno de sus departamentos.

Cuando parábamos en los peajes de la autopista volvía la cara hacia la derecha para que el cajero no pudiera apreciar mis ojos hinchados y el rictus amargado. Sin dinero, sin trabajo y también sin él. Me sentía como un personaje de los que Andrés creaba para sus historias, que hubiera sido apartado de repente a un margen oscuro de la trama principal. Había insistido en acompañarle durante el viaje, con la excusa de la bifurcación a la altura de Tarragona, alentado por la esperanza improbable de conseguir, antes de llegar allí, una prórroga, una nueva oportunidad para demostrarle que podría superar mi depresión y que no supondría un obstáculo a su flamante carrera como escritor. Me dejó hablar, simuló escucharme con atención mientras conducía. Repasé, punto por punto, todo lo ocurrido entre nosotros en los últimos dos años. Intenté hacerle comprender cómo habíamos llegado hasta allí, hasta ese coche en el que dialogábamos a la manera de dos amantes civilizados que reflexionan con candidez y respeto sobre las razones de su fracaso. Andrés, sin embargo, me repetía una y otra vez que habíamos agotado todas las oportunidades, y aunque siempre podría considerarlo mi amigo en caso de necesidad, como me repetía teatralmente, seguía preocupado, más que nada, por las consecuencias que podrían derivarse del juicio. «Tienes que conseguir al menos que, si te cae algo por la agresión, sea lo menos posible, y te permita volver cuanto antes a la universidad», y me regocijaba aparentando ante él un siniestro desinterés hacia todo lo que me había ocurrido: la amputación brusca de lo que siempre había luchado por construir con el nombre de futuro, el porvenir del que mi padre hablaba con obsesión, y que yo me había acostumbrado a desear como lógico premio a mi talento.

Andrés se comportaba con frialdad. Molesto por la petición que le había hecho de que me dejara asistir con él a la entrega de premios, los dos días gloriosos que le aguardaban, como una concesión final a todo lo que nos había unido, antes de desaparecer para siempre de su vida, sólo la contemplación piadosa de mi deshecho estado de ánimo le había convencido de que tal vez era mejor no dejarme sin más en una estación de cercanías para que me subiera en el tren a Gerona, a expensas de un derrumbe definitivo. Le prometí que desde Asie tomaría un autobús hacia la casa de mi abuelo, una vez se celebrara la entrega de su premio literario, el «Villa de Asie», que Andrés había obtenido con «Cuerpos ajenos, lugares secretos», el libro de relatos en el que había estado trabajando durante el último año y medio. «Ven conmigo si quieres, no me importa, pero pienso que es un error», concedió al final.

 

 

 

En realidad, todo había sido un gigantesco error que me había llevado a confiar equivocadamente en mis posibilidades de forjar una buena carrera en el campo de la investigación matemática. Superé la carrera con brillantez. Hasta que acabé la licenciatura, mi abuelo me había ayudado con una pequeña asignación mensual, completando lo que me mandaban mis padres. Ese dinero me evitó tener que buscar algún trabajo a tiempo parcial que me habría distraído de mi tarea principal: acaba los estudios con las mejores notas posibles.

El dinero se había convertido en el único vínculo con mi abuelo. A veces le escribía, aunque nunca le di demasiados datos de mi vida universitaria. Él entendía que el motivo de aquellas cartas era la petición de más cantidad de dinero, y no tardó en contestarlas con creciente frialdad. Al cabo de tres años desapareció incluso ese vínculo epistolar. Había comenzado a darme dinero al poco de visitarle por última vez en la Costa Brava, el verano en que viví en su casa y preparé la selectividad. Fue entonces cuando me prometió que nunca me faltaría dinero para acabar los estudios.

«Velaré porque tengas siempre libros que leer, restaurantes a los que invitar a tus amiguitas -¡supongo que ya habrás hecho algunas amistades!-, buenos filetes que comprar. Piensa que esa ciudad se convertirá durante cinco años en tu nueva patria, lejos de tus padres. No seas avaro. Cuéntame cosas tuyas, háblame de lo que te ocurra y se te ocurra. Te guardaré el secreto. Ya sabes que tú padre y yo no nos llevamos bien», decía en una de sus primeras cartas, reclamando una confianza a la que  nunca correspondí.

 En realidad, mi padre me había prevenido contra él. Nunca me confió el motivo de su distanciamiento, aunque siendo niño me concedió el deseo de que fuéramos a visitarle durante el verano. Vivía en una magnífica casa junto a la playa, en la Costa Brava. Había hecho mucho dinero como constructor de urbanizaciones con piscina y pistas de tenis. Se alegró de que le visitáramos y durante los días en que estuvimos allí extendió sobre nosotros un manto seductor que procuraba la rendición sentimental de mi padre. Que hiciera las paces con él. El viaje acabó resultando un desastre. Aunque mi padre acudió con la mejor voluntad, descubrir que mi abuelo vivía con Sonia, una atractiva mujer de menos de cuarenta años, más joven que mi madre, con un pelo moreno que le alcanzaba la cintura y unos bikinis que se le clavaban en las ingles, le ofendió profundamente. Mi abuelo apenas había soportado tres años de viudez, «un luto excesivo», según mi abuelo, y «un acto imperdonable», en opinión de mi padre, que nunca esperó encontrar a una mujer en aquella casa, ocupando el lugar que correspondía a su madre, o al menos a su memoria. 

Aquella fue la culminación de sus problemas y el comienzo de un definitivo silencio entre ambos. Seguramente, apenas un símbolo de una pelea familiar incubada a lo largo del tiempo, y que para mí es parte de un secreto, algo que sólo puedo imaginar, y de lo que no necesitaba, a estas alturas, explicaciones. Andrés me recomendó que tomara aquel viaje para reencontrarme con él como un modo de descubrir la naturaleza de aquellos problemas familiares y, tal vez, empezar de nuevo.

Nunca indagué en sus asuntos porque me parecía el modo más lógico de que no se entrometieran en mi nueva vida. Ni mis padres, que me daban los ánimos para estudiar, ni mi abuelo, que me proporcionaba el dinero necesario para no pasar apuros.

Tampoco protesté cuando, apenas acabé el último curso de carrera, después de un último año en que la cantidad había ido mermando, su dinero terminó por desaparecer. Andrés confiaba en que si ahora yo le hablaba de mi situación judicial, mi abuelo se ofrecería sin dudarlo a ayudarme. Fingí que me había convencido, aunque en realidad dudaba incluso de encontrarle en su casa a mi llegada, junto a la sensual Sonia, que diez años después sería ya una mujer madura. Tal vez el tiempo pasado hubiese dulcificado la gran diferencia de edad entre mi abuelo y ella.

Pero nunca pretendí que ese viaje hacia la Costa Brava tuviese fin. Era una treta desesperada para prolongar un poco más el diálogo con Andrés, nuestra conversación sentimental, que yo no era capaz de terminar. Él, por su parte, buscaba ponerme en unas manos familiares que pudiesen salvarme de un desánimo irreversible. Cierto sentimiento de culpabilidad le hacía temer a Andrés el momento en que me abandonara sin más para continuar su camino, diáfano una vez yo desapareciera de su lado.

*Uno de mis pintores favoritos es Theodor Gericault. Este es uno de sus mejores cuadros; curiosamente el autor de 'La balsa de la Medusa', obra maravillosa que vi en el Louvre, falleció a consecuencia de una caída de un caballo.

MARK KOZEKEK EN UN NUEVO SELLO

MARK KOZEKEK EN UN NUEVO SELLO

El pasado martes se presentaba en La lata de bombillas de Zaragoza el libro de Mark Kozelek, Noches de tránsito, primera entrega del sello editorial de nueva creación Los libros del Señor James.

 

Una edición que incluye el Cd Find Me, Ruben Olivares, grabado durante su última gira española, entre otros locales de concierto, en la zaragozana Lata de bombillas.

 

Mark Kozelek, cantante y músico norteamericano, fundador de uno de los grupos míticos de los años noventa, Red House Painters, y, en la actualidad, del proyecto Sun Kil Moon, es autor de una sólida colección de canciones de acusada impronta literaria. Noches de tránsito reúne la totalidad de estas canciones en edición bilingüe inglés-español. El escritor y traductor Ezequiel Martínez Llorente, quien el año pasado tradujo las memorias de Woody Guthrie y recientemente ha publicado Unos calcetines blancos con Eclipsados, ha sido el encargado de la traducción.  (Ezequiel Martínez Llorente hablará próximamente de este proyecto en el programa ‘Borradores’ de Aragón Televisión).

 

 

 

¿Qué son Los Libros del Señor James?

Nacen Los Libros del Señor James con la intención de ser una colección de libros con personalidad múltiple, una biblioteca miscelánea donde quepan distintas procedencias, géneros y estilos. Sea la traducción de canciones en inglés, como las Noches en tránsito del norteamericano Mark Kozelek con quien se inaugura el sello; sean aforismos eufóricos, narrativa esquinada del siglo XX, ensayos para subrayar o autores pertenecientes a la antigüedad clásica, que son los asuntos que guardan turno de salida en la cartera del Señor James.
Los Libros del Señor James intentan abrirse a itinerarios transversales que comuniquen diferentes ámbitos de la cultura y el conocimiento, la canción y la filosofía, la novela corta y la poesía, el aforismo y el ensayo, la palabra en inglés o en francés o en griego o en alemán y la palabra en castellano, la escritura y la lectura. Poco le importa al Señor James que sus libros formen parte del pop, de la tradición moderna o la filosofía clásica, los atiende a todos por igual, los mezcla en los anaqueles de su imaginaria biblioteca como si se tratara de capítulos de una misma historia.

 
El Señor James es un personaje de ficción. Y, como todos los de su especie, tiene sus manías, sus obsesiones, sus peculiaridades. Como el Werther que imaginase Goethe, o como el Capitan Achab que persiguiese a la ballena blanca, como tantos otros, fantásticos o estrambóticos, el Señor James escribe su propia aventura. Es cierto que no va en busca de un tesoro lleno de doblones de oro, que su objetivo es otro: construir una biblioteca, su biblioteca, y compartirla. Pues su pasión son los libros hermosos, grandes y pequeños, de todas las épocas y géneros, de donde vengan, en cualquiera de las mil lenguas. Su único criterio es la belleza.

Los Libros del Señor James acaso vivan en los márgenes pero no son marginales; están hechos desde la independencia, ajenos a las dominantes de la industria, pero se vinculan estrechamente a la pasión de aquellos lectores que, atentos, como el Señor James, gustan tanto de la sorpresa como de la sabiduría.


Los libros del Señor James es un proyecto dirigido por Ignacio Escuín, Pablo Lópiz, David Mayor y León Vela. Emprenden su ruta acompañado por la Editorial Eclipsados y el taller de diseño Vaca Resing, sin cuyo talento, apoyo y soporte estructural no hubiera sido posible botar este proyecto. 


Dicen que uno escribe de la misma manera que vive. El Señor James está convencido de que los libros se editan como se vive. Su biblioteca también es una biografía.

 

http://loslibrosdelsr-james.blogspot.com/

http://www.nochesdetransito.blogspot.com/

 

*Esta nota me la remitió hace unos días el poeta David Mayor Orgillés.