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Antón Castro

SONETOS DE LUIS ANTONIO PUENTE

SONETOS DE LUIS ANTONIO PUENTE

La entrada anterior de ‘Enroque frontal’ de Luis Antonio Puente quedó más editada. Este sistema de blogia no me permite ni eliminar ni hacer correcciones. Tomo otros poemas, que tienen mucho de juego y de ejercicio de estilo de un escritor irónico y apasionado, y los cuelgo aquí, de nuevo, por cortesía de Octavio Gómez Milián, Comuniter y el autor. Mil disculpas. la foto es de Rossina Bossio.

 

 

REIVINDICACIONES

 

Atribuciones a las damiselas

conjugadoras de la voz pasiva.

Batalla a la escalada radiactiva

e inventario final de las secuelas.

 

Rehabilitación de las abuelas

-expertas en ternura y Receptiva.

Una administración más compasiva

y solidaridad con las escuelas.

 

Tiza indeleble contra habladurías.

Revisión objetiva de refranes.

Ondas hertzianas libres de autovías.

 

La mar salada, preñada de fletanes.

Desgravación fiscal en librerías.

Y, para los kurdos, los kurdistanes.

 

 

MOMENTO CUMBRE

 

Una palmera en los Campos del Puerto,

cierta tarde agosteña de sudores,

sugería, frente a los veladores,

 la esperanza de vida en el desierto.

 

Rememoré otros aires y otro huerto

en medio de Castilla y sus rigores

y a un ciprés solitario, ayuno en flores,

aislado en metafórico concierto.

 

Rebusqué en la memoria los estilos

del buen Gerardo y afilé la mente.

Mas no hubo inspiración que compitiera

 

con aquel sueño celestial de Silos

y una arruga nueva adornó mi frente.

Queda la intención, Dios, por si valiera.

 

PERMANENCIA

 

Arquitectura románico-lombarda

aglutinada en intersticios ciegos,

carente de blasones palaciegos,

erigida en ángel de la guarda.

 

Autoafirmada en estructura parda

cual disciplina de sus monjes legos

y flexibilizada por mil fuegos,

la empatía sincrónica resguarda.

 

La moldura ajedrezada del ábside

esgrime una textura intemporal

resuelta en pervivencia de pirámide.

 

Enajenada en firme gallardía

reivindica, insolente y ancestral,

la obligatoriedad de la Utopía.

 

POPULUS BOLEANA

 

Valeroso adalid de ingravidades

que renuncias a quietudes malsanas

en haz y envés de luces verdicanas,

vencedor de horizontalidades.

 

Grafológicamente en dos verdades

enhebrado: raíces espartanas

entibando ansiedades cartujanas

en mera negación de veleidades.

 

Que no te escalde el ferragosto fiero

ni petrifique la cellisca helada

como a tu antepasado aquél del Duero.

 

Alumbra, como faro en trasnochada,

el vector vacilante de mi quilla

contra el embate de la marejada.

 

 

DOS POEMAS DE LUIS A. PUENTE

DOS POEMAS DE LUIS A. PUENTE

                                         FIN DE ADOLESCENCIA

 

                                          A la carga, dolor a la deriva,

                                          atacas mis neuronas desatadas

                                          entre angustias al alza entreveradas

                                          con rabia conjugada en voz activa.

 

                                          Edad hermética, siempre selectiva,

                                          negadora de magos y de hadas,

                                          proclive al resplandor de las espadas

                                          en clave de estrategia introspectiva.

 

                                          En la voz se afirma el que ahora ves:

                                          aquél anterior al abismo, el puro;

                                          el escenario vacío después.

 

                                          Yo mismo contemplo caído el muro

                                          (red y tiempo cuanto se hizo través)

                                          y cómo de sombra reunida duro.

Cuartetos: Roma, abril de 1977. LAP

Tercetos: Zaragoza, marzo de 1997. Manuel Asín Sánchez          

 

 

 

                                         TIEMPO DE NORIA

 

Romanesco, románico, romano:

Hablo de estilo y amores personales,

de querencia y estética cabales

que me incordian y tiran de la mano.

 

Entre la claridad del Laterano,

fantasmas redivivos de vestales

y serenos claustros basilicales,

la cuesta de mi vida se hizo llano.

 

Que, aunque el Tíber discurra sin euforia

y mi emoción se encienda sólo en ascua,

albergo cierta luz de palmatoria.

 

Vuelvo y revuelvo. El año es una noria

que gira, monocorde, hacia la Pascua.

                                          Yo, a Roma, voy como se va a la Gloria.

 

El profesor y narrador Luis Antonio Puente acaba de publicar el poemario ‘Enroque frontal’ en las plaquettes Resurrección de Comuniter, que dirige el siempre activo Octavio Gómez Milián. Estos son dos de los sonetos del conjunto, que Octavio y Comuniter y el autor han tenido la gentileza de enviarme.

LA MESA DE RAMÓN ACÍN

LA MESA DE RAMÓN ACÍN

Lo he dicho muchas veces: considero que Víctor Juan Borroy es un trabajador incansable, un forjador de proyectos, un mitómano ilustrado. Siempre está pensando cosas, rescatando asuntos, generando sueños. No hay más que ver cuánto se lleva entre manos: la revista ‘Rolde’, la dirección del Museo Pedagógico de Aragón y sus publicaciones tan pensadas como incesantes, su tarea de escritor (ha terminado dos novelas, ha redactado varios relatos), sus estudios de pedagogía, su condición de padre primoroso a tiempo total. A veces pienso que Víctor M. Juan Borroy es el hombre que más se parece al Eloy Fernández Clemente de antaño: está en todas partes, está en el camino de la creación con un generoso, desbordado entusiasmo.

 

No exagero en nada. Estoy seguro. Y lo digo de alguien a quien apenas veo, con quien hablo poco (la vida nos lleva por lugares muy diferentes, y nos encontramos a veces, como esta mañana en el Auditorio para ver y oír la Banda Sinfónica del Instituto Aragonés de la Juventud, BASIAJ)  y con quien comparto muchas cosas: la curiosidad por las historias menudas, tamizadas por la emoción.

 

Ramón Acín es uno de sus dioses. Quizá el mayor de sus dioses paganos. Por ello, no es extraño que haya recibido esta carta y esta foto. Aquí queda. Víctor Juan en acción:

 

Queridos amigos,

Como sé que os hará felices, os envío las primeras fotografías de la reproducción facsímil de la mesa de dibujo de Ramón Acín que está ultimando para el Museo Pedagógico de Aragón Óscar Sánchez, el artesano de nuestros sueños imposibles.

En unas semanas la tendremos en el museo.

Óscar me escribe:

"Te envío alguna foto en la que se pueden ver los ensambles que harán de esta mesa una pieza casi indestructible. Quiero que nos sobreviva y que durante muchos años sea excusa para contar una historia de Ramón Acín".

Abrazos. Víctor M. Juan Borroy. (La foto es de Óscar Sánchez).

ESTA NOCHE, 'BORRADORES'

ESTA NOCHE, 'BORRADORES'

Actuación musical: TRÍO DE FLAUTAS Y DÚO DE SAXOS DE LA BASIAJ

Entrevistas en plató: MATEO GIOVANNI ADERI, ÁNGELA CENARRO Y FRANCISCO ORTEGA

 Reportajes: VISITA AL MUSEO PABLO GARGALLO, LAS FOTOS DE GABRIEL CUALLADÓ

 Entrevista-reportaje: CARE SANTOS Y ANTONIO LUQUE-SR. CHINARRO.

 

 

El programa ‘Borradores’, de la mano de Rafael Ordóñez, experto en la obra de Pablo Gargallo, propone una visita al museo del escultor, ampliado, renovado y mejorado. El artista aragonés (Maella, 1888-Reus, 1934) es, tras Goya, es probablemente el creador plástico aragonés más famoso en el mundo. Su museo, instalado en el palacio de los Argillo, cuenta con un nuevo gabinete de dibujo y nuevas dependencias para talleres, exposiciones y documentación.

 

Visitan el plató la historiadora Ángela Cenarro y el dramaturgo y escritor Francisco Ortega Suárez. Cenarro acaba de publicar ‘Los niños del Auxilio Social’ (Espasa), un libro sobre los ‘niños de la guerra’ o ‘los niños perdidos del franquismo’, que analiza los distintos escenarios donde residían estos ‘hijos de rojos’, que vivieron con un insoportable estigma en algunos casos hasta casi los años 70. Francisco Ortega publica ‘Miguel Garrido, ¿de qué color es el cielo de Hellín?’, un libro sobre el actor de mimo manchego que se formó en Alemania, trabajó en Sevilla y, sobre todo, en Zaragoza, en diversos montajes y en la Escuela Municipal de Teatro. Suárez recoge una vida marcada por la voluntad de perfección, el inconformismo y el drama final: Garrido, enfermo y abatido, se suicidó en 2008.

 

Además, ‘Borradores’ ofrece la exposición de Gabriel Cualladó en la capilla de San Martín, de la Aljafería. Son retratos de los 60 y 70, directos, llenos de candor y de expresividad, de un artista que sabía mirar y atrapar el secreto de las almas.

Por otra parte, se ofrece una entrevista con Care Santos, con motivo de su libro de relatos ‘Los que rugen’ (Páginas de Espuma), una colección de cuentos centrados en dos tipos de fantasmas: los literarios, los que proceden de la cultura; y los personajes, los que nacen de la pesadilla, de la intimidad, de la sombra, de la obsesión. Y Antonio Luque, Sr. Chinarro, habla de su doble condición de escritor y músico. Acaba de publicar ‘Socorrismo (Alpha Decay), y aborda sus temas, el surrealismo cotidiano y su necesidad de contar historias.

 

La actuación musical corre a cargo de un trío de flautas y un dúo de saxofones, jóvenes músicos de la Banda Sinfónica del Instituto Aragonés de la Juventud, cuyo director Matteo Giovanni Aderi explica los proyectos y la línea de trabajo del grupo, formado por músicos comprendidos entre los 18 y 26 años. (Esta foto es de Bruce Davidson).

 

AVANCE DE 'TIEMPO DESTRUIDO', DE VÍCTOR PARDO LANCINA

AVANCE DE 'TIEMPO DESTRUIDO', DE VÍCTOR PARDO LANCINA

UN FRAGMENTO DE ‘TIEMPO DESTRUIDO’

DE VÍCTOR PARDO LANCINA

 

Por Víctor PARDO LANCINA

Pasaban algunos minutos de las doce de la noche cuando Manuel Vicente, de uniforme, entró en el café, donde, a pesar de que la puerta y las ventanas permanecían abiertas, el humo era todavía denso y el ambiente estaba cargado. La verbena, en la primera planta, había concluido y los parroquianos se iban retirando, puesto que la amanecida estaba próxima y los trabajos del campo, el ordeño de las vacas y la tiranía del horario marcado por el sol no perdonaban. En la primera mesa, en la entrada del local, a la derecha, charlando animadamente se encontraban el secretario del ayuntamiento, José Senz Buil, y Ezequiel Gazo. Sobre la raída madera, varias tazas con restos de café enmarcaban una botella de coñac recién empezada, y las copas, próximas a las manos, daban cuenta de una velada placentera que se podía prolongar un buen rato. Hacía calor y el cabo, instintivamente, se llevó la mano al duro cuello de la camisa y la desabotonó con cierta fatiga. Senz lo invitó a sentarse y él aceptó saludando con una especie de mueca de agradecimiento.

Encarnación Garanto, solícita, acudió al punto con un café humeante y una copa de grueso cristal que dejó sobre la mesa mientras sonreía con agrado al guardia, habitual del establecimiento. Las miradas de complicidad se cruzaron en ese momento, ya que Encarnación, joven viuda de 31 años, era una mujer resuelta, de buen carácter y muy atractiva. José Senz pidió una jarra de agua, quizá para hacer volver a la mujer hasta la mesa y verla nuevamente de cerca. Gazo sonrió y miró al cabo al tiempo que con un leve gesto subrayaba la picardía del secretario… «Es guapa Encarnación», dijo el médico. Pero el ruido apagó el murmullo de asentimiento con que respondió un punto circunspecto Manuel Vicente.

Hablaron sin prisas de muchas cosas y cada poco la charla se interrumpía para despedir o tener unas palabras con los que abandonaban el local y que indefectiblemente pasaban junto a esta tertulia de hombres principales próxima a la puerta. Hablaron del largo día de feria, del buen tiempo que disfrutaban, de los inescrutables negocios de los tratantes o de cómo animaba el pueblo la presencia de forasteros. El guardia lamentó que llegaran algunos gitanos a embarullar a los incautos vendiendo animales de dudosa calidad. Vicente no era muy amigo de los gitanos, y ellos, que lo conocían, procuraban evitarlo. Por el contrario, a Gazo los gitanos le parecían gente divertida y despreocupada. «Además —dijo mirando al guardia—, no hacen daño a nadie».

Se incorporó a la conversación Ambrosio Miranda, propietario del local que Encarnación regentaba en arriendo. La mujer, en aquel momento, aguantaba al fondo de la barra la pastosa conversación de dos vecinos algo más que achispados, aunque comedidos ante la presencia de la severa autoridad. Las copas se llenaban y se vaciaban con prontitud. El café, sobre la una de la madrugada, estaba casi vacío.

José Naval, noctámbulo sin prisas, despidió a un compadre con el que había pegado la hebra tras la verbena y se incorporó a la concurrida reunión que presidía una botella ya a punto de acabarse. Ezequiel Gazo, en ese momento, sin atenerse a ninguna prevención y ajeno al veneno de sus pensamientos, quiso hablar del curso de la guerra mundial, y lo hizo con parsimonia, como si hubiera ensayado la puesta en escena de su discurso con gestos suaves y un tono de voz apasionado pero sereno. Dijo que las cosas iban bien y que Túnez, al parecer, había sido liberado, que la marcha de los acontecimientos decantaba el final a favor de los aliados, que de eso no había duda y que era lo mejor que le podía pasar a España… Se hizo un silencio pesado, un silencio árido que nadie deseaba y en el que por ello parecieron resonar muy lejos los ecos de todas las conversaciones que habían rebotado en las paredes del Café del Centro a lo largo del día. El calor, los efectos del coñac, el cansancio del final de la jornada, la tensión sorda que comenzaba a golpear en las sienes, el miedo a escuchar aquello que estaba prohibido componían un decorado trágico que la mortecina luz resaltaba en las sombras de las caras.

Pero Ezequiel continuó desgranando sus impresiones sobre la gran guerra, las poderosas razones que asistían a los aliados frente a las potencias del Eje, la necesidad de acabar con el nazismo y la posibilidad de que finalmente ingleses, franceses y americanos ayudaran a la República y se reinstaurara la legalidad, de que los presos pudieran abandonar las cárceles y se acabara el terror, los fusilamientos…

«¿Qué es esto…?», acertó a señalar el guardia, sin poder evitar un temblor de ira en sus labios. Pero Ezequiel, ausente, proseguía con su monólogo, «… y con el triunfo de los aliados también en España, podrán regresar los exiliados, mis antiguos compañeros con los que viví momentos tan difíciles…».

Manuel Vicente, congestionado, con los ojos desorbitados, fuera de sí, golpeó con furia la mesa haciendo saltar tazas y copas, que a punto estuvieron de derramar la menguada cantidad de coñac que acunaban en el fondo. ¿Cómo es posible?, debía de preguntarse el guardia, incrédulo a pesar de todo. ¿Cómo era posible que alguien se atreviera a hablar así, y en su presencia? Había que cortar con aquello de inmediato. «Usted, Gazo, no está en sus cabales» dijo iracundo, desafiante.

Manuel Vicente sudaba a pesar de tener la guerrera abierta y la camisa medio desabotonada. «Tendrá que responder por lo que está diciendo», dijo señalándole con el dedo, marcando un compás amenazante que infundía algo más que respeto. «Ustedes no deben tener cuidado —prosiguió Gazo con un aplomo inaudito en medio de la situación que se estaba desarrollando, como si no hubiera escuchado al colérico guardia civil—, ustedes son mis amigos y no tienen nada que temer. Cuando retorne el Gobierno legítimo yo responderé por todos».

El secretario municipal, Ambrosio Miranda, José Naval, los escasos rezagados que apuraban la última copa en el Café del Centro, todos contenían la respiración sin mover un músculo, como electrizados. Encarnación, que conocía el temperamento del guardia y la insolencia agresiva con que se había empleado en resolver en otros momentos algún conato de gresca en el bar, prefirió mantenerse al margen y dejar que los hombres arreglaran sus asuntos. Pero nadie se atrevía a decir una sola palabra.

Finalmente, Vicente sentenció: «Se lo advierto, Gazo, por mucho que usted sea el médico yo no tengo ningún inconveniente en llevarlo detenido al cuartel». «No hay motivo alguno para detenerme —soltó al fin el médico como volviendo a la realidad, en un tono que no ocultaba determinación y sonaba a desafío—, pero si lo quiere hacer, aquí estoy, no voy a escapar. Además, no tengo ningún miedo; bastante tengo ya vivido con ustedes…». La tensión se hacía insoportable.

«Mire, Gazo, arreglemos esto, porque aquí no hay ingleses, ni americanos, aquí solo hay España y vamos a terminar brindando por España». El guardia, que elevaba enfático el tono de voz a medida que sus sentimientos desatados venían a subrayar las palabras, poniéndose en pie cogió la copa con un gesto rápido que provocó que parte del líquido se desparramara por la mano manchando la bocamanga y el raído puño de la camisa. Dio un paso atrás para hacer partícipes de la irrenunciable invitación al brindis a los atónitos espectadores de la discusión. «¿Aún quiere usted brindar más por España? ¿No ha brindado ya bastante?…». El médico no se arredraba, a pesar del feo cariz que añadía a la situación su actitud nada contemporizadora. «Usted brindará por España, y quiero oírle decir ¡Viva España! —gritó el guardia, desaforado—, tiene que brindar por España o le juro que le pego un tiro». Manuel Vicente escenificó la amenaza sin vacilar, echando mano a la pistola.

Ezequiel Gazo se puso en pie mirando a los ojos al decidido agente de la autoridad, se llevó las manos al pecho, agarró las solapas de su americana y, mostrando el blanco inmaculado de su camisa, apremió con gesto grave, altivo: «¡Aquí me tiene! ¡Tire!».

En una milésima de segundo, en medio de una agitación trágica, se sustanció el crimen intuido. El secretario, José Senz, quiso intervenir para evitar lo que ya no podía pararse, al igual que Ambrosio Miranda, quien al ponerse en pie hizo que la silla cayera al suelo con estrépito. Gazo volvía a sentarse cuando el guardia, al otro lado de la mesa, desenfundó su pistola y disparó un solo tiro.

Ezequiel quedó sentado, los brazos yertos colgando a ambos lados de la silla, la cabeza ladeada sobre el pecho, hacia el lado derecho. Una mancha de sangre teñía progresivamente la camisa que había ofrecido al guardia como blanco. La bala había entrado por la cara, a la altura del pómulo derecho. Sus ojos permanecían definitivamente cerrados.

Todos habían salido despavoridos del café. Manuel Vicente Vicente estaba solo frente a su víctima, el médico Ezequiel Gazo Borruel, de 42 años. Tomó conciencia inmediata de la situación, guardó la pistola —una Star de 9 milímetros— en la cartuchera y se abrochó la camisa y la guerrera para después calarse el tricornio y salir a la calle, donde una suave brisa le hizo saber cómo el sudor empapaba su cuerpo. Dos perros famélicos acudieron al olor de la sangre y lamían con fruición el suelo del Café del Centro. Gazo ya era solo un problema administrativo, quizá de justicia militar, aunque ganaran los aliados la maldita guerra europea.

 

 

 

 

NOTA DEL EDITOR

*Tiempo destruido, de Víctor Pardo Lancina, recrea siete historias reales ocurridas entre julio de 1936 y el mes de marzo de 1958. Historias trágicas en las que la Guerra Civil y sus consecuencias impregnan la vida y la muerte de sus protagonistas, dejando además una huella indeleble en la memoria colectiva de los lugares donde se desarrollan los distintos dramas.

El golpe de Estado del 18 de julio y el terror desatado en la ciudad de Huesca en las primeras semanas de la contienda por los militares sublevados constituye el argumento de «Huesca, verano de 1936», relato que abre el libro. Los fusilamientos de republicanos en Santa Eulalia de Gállego —o Santolaria, como también se conoce este lugar de la Galliguera— o la muerte alevosa del cura de Loscorrales son reconstruidos con precisión por el autor, que no ahorra detalles de las biografías de los más caracterizados ejecutores al servicio del nuevo régimen. El linchamiento en Abiego de un ex preso anarquista o las circunstancias que rodearon en 1943 la muerte del médico Ezequiel Gazo a manos del jefe de puesto de la Guardia Civil de La Puebla de Roda abundan en el interés de la crónica negra recogida en las páginas de Tiempo destruido. Cierran el volumen dos sucesos ocurridos en Tardienta: el asesinato múltiple consumado por el aparejador José Espada Royo y la misteriosa muerte en el cuartel de la Guardia Civil de un minero asturiano que interrumpió su viaje a Barcelona en la estación de esta localidad.

Entrevistas, diarios personales, correspondencia, documentos guardados en archivos públicos o privados, prensa y una ingente bibliografía, así como obras inéditas, conforman el soporte documental de este enorme trabajo de investigación que participa tanto del género periodístico del reportaje como del ensayo histórico y la narración literaria. Esta foto está tomada en Fraga por Robert Capa.

 

 

ELÍAS MORO, EL VIERNES, EN ANTÍGONA

ELÍAS MORO, EL VIERNES, EN ANTÍGONA

   Me acuerdo de mi madre cantando aquellas coplas que aprendió de pequeña, cuando la guerra.

 

 

   Me acuerdo de Lali, una tarde ventosa de febrero, erguida como una diosa, como un mascarón de proa, frente al mar de Portugal.

 

 

   Me acuerdo de Lee Remick diciéndole a Jack Lemmon en Days of wine and roses: “Un día soñé que me mataron. Fue allí, junto al embarcadero. Mi padre vino a recoger mi cuerpo en su vieja furgoneta de reparto”.

 

 

   Me acuerdo de cuando era monaguillo porque después del oficio nos premiaban con pan y chocolate.

 

 

   Me acuerdo de un setter irlandés que respondía por Stalin: el terror de los gatos del barrio. Tenía una estampa magnífica con su pelo largo y marrón flameando bajo el viento. Murió atropellado por el motocarro del hielo una tarde de verano.

   Le hicimos un entierro digno de un rey junto a las vías.

 

 

Me acuerdo de que el Capitán Cook, aquel osado marino, avanzadilla del Imperio Británico en los mares del Sur, fue descuartizado por los caníbales.

 

 

   Me acuerdo de una frase terrible, remachada como un clavo en la memoria colectiva de este país: “Pasa más hambre que un maestro de escuela”. Y de cómo esa hermosa palabra ha perdido, en estos tiempos pragmáticos y ociosos, casi todo su significado.

 

 

   Me acuerdo del juego de la rana; había que tener mucho tino para acertar con los discos de plomo en la boca del batracio.   

Una ronda de chatos de vino era el pago del perdedor.

 

 

   Me acuerdo de que en la pandilla, “ser chivato” era lo más bajo que se podía caer; el desprecio de los demás se convertía, para siempre, en tu más constante compañía.

 

 

   Me acuerdo del baile de la Yenka y de su simplón estribillo: “Izquierda, izquierda, derecha, derecha, delante, detrás, un, dos, tres”. Me torcí el tobillo una vez intentando los pasos.

 

 

   Me acuerdo del que vivía en la alcantarilla, frente a la portería, en las viñetas de 13 rue del Percebe.

 

 

  Me acuerdo de los que, próxima la Navidad, vendían los pavos por la calle: los arreaban con un palo, como si se tratase de un dócil rebaño de ovejas. Y de que nunca pudimos comprar ninguno.

 

 

   Me acuerdo de la elegancia de los icebergs.

 

 

   Me acuerdo de un poema de Tonino Guerra donde habla de la amargura de los bueyes ante la aparición de los tractores en las labores del campo.

 

 

   Me acuerdo de la expresión que utiliza un amigo mío cuando le preguntan cómo está: “Aquí, tirando de la pelleja”.

 

 

   Me acuerdo de cuando me enteré de que el guano es mierda de pájaros marinos, un abono cojonudo.

 

 

   Me acuerdo del hermoso nombre de algunas calles en los pueblos y ciudades de España: Costanilla de los Desamparados, Calle del Aire, Paseo de los Tristes, Calle Manos Albas…

 

 

   Me acuerdo del listado de objetos y profesiones (garlopa, hocino, lezna, cortafrío, agricultor, albañil, ebanista, zapatero…) que había que relacionar correctamente si querías aprobar el examen.

En cuanto fallaras alguno, suspenso al canto.

 

 

   Me acuerdo de cuando íbamos a La Cerámica para robar ladrillos por el gusto de romperlos después; el vigilante, que nos tenía fichados, nos disparaba con cartuchos de sal. Tenía puntería el tío; una vez me acertó en salva sea la parte durante la retirada. Estuve una semana sentándome en un flotador.

 

*Del libro ‘Me acuerdo’, editado por Calambur, de Elías Moro Cuéllar, “una colección de textos sobre la memoria en la órbita de los de Brainard y Perec”, según su autor, que ha tenido la gentileza de enviarme estos fragmentos. El libro se presentará este viernes día 20 en la librería Antígona (Calle Pedro Cerbuna), a las 20.30 horas.

 

**Elías Moro (Madrid, 1959), reside en Mérida desde 1982. Es autor de los libros de poemas ‘Contrabando’ (Col. La Centena, nº 89, ERE, 1987), ‘Casi Humanos (bestiario)’ (Germanía, 2001), ‘Palos de ciego’ (Col. El Pájaro Solitario, 2002), ‘La tabla del 3’ (de la luna libros, 2004), ‘En piel y huesos (Antología)’, (ERE,2009). También publicó los cuentos de ‘Óbitos súbitos’. Un anticipo, si puede decirse así, del proyecto ‘Me acuerdo’ lo avanzó en 1999, en el sello De la luna libros, en colaboración con Daniel Casado. La foto es de Alexander Bergstrom.

ADIÓS A PIEDAD ISLA, FOTÓGRAFA

ADIÓS A PIEDAD ISLA, FOTÓGRAFA

JOSÉ MARÍA PÉREZ PERIDIS / ESTEBAN SAINZ VIDAL / ‘El País?

Un buen día, a mediados del siglo pasado, Piedad Isla, de profesión fotógrafa, compró una Vespa, se enfundó unos pantalones y con base en Cervera de Pisuerga (Palencia) se puso a recorrer, por caminos carreteros, los pueblos de la montaña palentina. Aunque pionera de la fotografía social en el medio rural, no fue una espectadora extraña, sino que se zambulló en el alma del pueblo desde la pertenencia, en una total identidad entre el yo del fotógrafo y el territorio en el que habitaba. Así, los documentos gráficos de Piedad (6 de septiembre de 1926-6 de noviembre de 2009) tienen el valor de la autenticidad, de la frescura, son fragmentos de vivencias, fijadas en la nostalgia del blanco y negro, pausas momentáneas de la existencia, instantes únicos de la vida rural en estado puro, salvados del anonimato definitivo gracias a la cámara de Piedad Isla. Su auténtica inspiración fue la condición humana, el culto a los ancianos, la adoración por los niños, y el respeto a la tierra.

Su permanente curiosidad provocó que nada de la vida de los pueblos le pasara desapercibido: tiendas, fiestas, mesones, grupos de amigos, pastores, procesiones, carreteros, bodas, ancianas de negro, niños, mendigos, carteros, perros, funerales, más niños, curas con sotana y albarcas, cantamisas, guardias civiles, partidas de mus, costureras, retratos con sábanas de fondo, gatos, juegos de bolos, mercados, corridas de toros, niños... siempre niños.

La fotografía se convirtió en el medio ideal de su estrategia vital, asimiló y transformó los materiales de la vida a su alrededor, de su realidad, para exponerlos fielmente y además convertirlos en sustancia básica, en sensibilidad poética.

Como testigo excepcional de la despoblación y con ella de la desaparición de una cultura y una forma de vida secular, no se conformó con almacenar documentos gráficos imperecederos, de retazos de vida y de costumbres, sino que se afanó en la búsqueda de los objetos materiales de la cultura material y con ellos creó en Cervera de Pisuerga un Museo Etnográfico que es un espacio de exquisita sensibilidad.

Desplegó una actividad inusitada como dinamizadora social. Fue concejal, promotora de la declaración de Cervera como conjunto histórico-artístico, defensora de la naturaleza, conferenciante, directora de cursos, fundadora de asociaciones, organizadora de exposiciones, filántropa solidaria...

Piedad Isla ha sido el espejo de la memoria de un mundo rural ya desaparecido. La gozosa consecuencia es su obra, un trayecto casi místico, que hunde sus raíces en una tierra de la que muchos han partido en realidad, pero en la que todos han quedado en verdad en 165.000 negativos que retratan la epopeya humana en los dulces y agrestes valles de la montaña palentina.

Piedad Isla buscó en su obra, antes que el arte, la vida y allí, encontró la verdad y la belleza.

José María Pérez, Peridis, es arquitecto y humorista. Esteban Sainz Vidal es arqueólogo.

 

*Hace unos días fallecía la gran fotógrafa Piedad Isla, cuyas fotos he traído aquí en alguna ocasión. Me habló de ella Publio López Mondéjar alguna vez. Hoy, José María Pérez y Esteban Sainz le dedican este emocionado artículo en ‘El País’. Una mujer como ella te hace pensar en personajes del calado de Virxilio Vieitez, por poner un ejemplo. Y también hace pensar en otra mujer fascinante: Ruth Matilde Anderson, aquella viajera por España. Esta foto de Piedad Isla (1926-2009) pertenece a los archivos de la agencia EFE y fue tomada, el pasado agosto, en Cervera de Pisuerga.

IGNACIO ESCUÍN: CINCO POEMAS

IGNACIO ESCUÍN: CINCO POEMAS

Lisboa

 

 

Si esto fuera Lisboa yo podría hacerte creer en algún café que soy heredero de Pessoa, o rodeados por las luces amarte y decirte que un collar de uvas blancas nos abraza. Adoro las luces de Lisboa, redondas y descomunales, sueño con ellas tantas noches que al despertar creo estar allí en ocasiones. Pero no, mire donde mire no encuentro Lisboa, y quizá tampoco encuentro lugares más cercanos y conocidos. Busca Lisboa en tu corazón y llena tus manos de su primavera, aquí y en mi pecho hace frío.


Lo bueno y lo malo de los viernes por la tarde es, quizá,

la sensación de haberse merecido el descanso, de haber alcanzado la meta semanal y al mismo tiempo ver cómo tantas cosas quedan en el tintero. Lo bueno y lo malo. Lo recto y lo incorrecto. Cuando el sol se va ya y presagia el primero de tantos viernes oscuros porque has llevado a tu vida a un túnel sin salida, te has convertido sin darte cuenta o sin querer hacerlo en uno de esos que salen a comprar con el coche para cargar lo suficiente para todo el fin de semana y que mira a las dependientas de las tiendas con deseo, como si en ellas estuviera la respuesta, la solución a un viernes que se anochece y presagia un sábado más de radio, café y libros. La esperanza reside en los ojos de quienes nos atienden. No, no quiero un kilo de patatas, te quiero a ti.

 


 

 

 

No conozco ya nada de lo que me rodea, he dejado de ser propietario de aquello que está cerca de mis manos y quizá nunca vuelvan a ser míos los objetos que yo compré y al cerrar los ojos se olvidaron. Todo lo que hemos hecho mal debe estar registrado en alguna parte, seguro que existe una señal que nos indica el punto en el que las cosas pueden ser corregidas, pero no creo que pueda verlo ya. Extraño entre mis propias cosas, ausente de la vida en la que he vivido, partidario de la vida libre y muy débil, mucho, tanto que si alguien me pregunta quizá al contestar desaparezca. Ni la verdad ni yo existimos, al menos hemos dejado huella, todo el mundo habla de nosotros.


I

 

Lupita se muere. Su corazón sufrió un infarto masivo hace exactamente dos días. Cuarenta

y ocho horas que caminan tan lentas

que no sabemos si se trata de un sueño.

 

Pero no lo es, y Lupita se muere lentamente

y requiebra a la muerte desafiante, pero sabe que la va atrapar, que llegado el momento tendrá que entregarse a ella.

 

Con los pulmones encharcados, edema

de pulmón lo denominan, y una cardiopatía

de la que ahora no recuerdo el apellido, así aguarda en la unidad de cuidados intensivos, en la sala polivalente, que se apague el dolor que le oprime el pecho, la sed que no puede apaciguar y el fin de la vida.

 

Lupita se muere y es imparable, y lo único

que hoy soy capaz de hacer es escribir

sobre ella.


II

 

Una mínima esperanza. De repente surge

la posibilidad de que salga del trance.

 

No va a poder moverse después, apenas respirar y quizá no llegue al final

del invierno... pero va a salir de ésta.

 

El médico se debate entre el milagro

y una enorme satisfacción por el deber cumplido, y sonriente señala un dígito

que según me cuenta representa el número

de respiraciones por minuto.

 

Ya casi no hay líquido en los pulmones

y podrá prácticamente respirar

con normalidad, lo malo es que va a tener

que aprender a vivir sin corazón.


Habrá una vez un hombre libre. Ignacio Escuín Borao. Huacanamo. Barcelona, 2009 76 páginas. La foto es de Gjon Mili.