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Antón Castro

FERNANDO GIL: POEMAS DE 'ESTO QUEDA'

FERNANDO GIL: POEMAS DE 'ESTO QUEDA'

Hace algunos años, la periodista Carmina Puyod me trajo un libro de Fernando Gil Villa, un profesor de Ejea de los Caballeros que daba clases en Salamanca. Hace unas semanas, Fernando me envío un libro de relatos. Nos conocimos el pasado jueves. Fernando me traía uno de sus últimos libros: ‘Esto queda’ (Eclipsados, 2008) y me anunció que acaba de terminar una novela, ‘Diario del paraíso’, en cuya escritura había invertido más de tres años. Publicar esa novela es el gran sueño de FernandoLa foto es de Dorothea Lange.

 

Copio algunos de sus poemas, breves e intensos.

 

MENSAJE EN UNA BOTELLA

 

Detrás de todo accidente

siempre hay una caja negra.

Abridla sin miedo,

vosotros que contempláis

desde el futuro

nuestro vacío:

es el corazón del hombre,

ahora os pertenece.

 

ANSIEDAD

 

Cuántas veces te retirabas cansado

y no era nada.

Cuántas veces salías de la oscura boca de la

ansiedad

buscando el abrigo de la gente.

¿Es toda tu verdad, una rosa

convertida en alimento

para canes?

 

QUERÍAMOS SER MAYORES

 

Nuestros padres iban al campo por

una increíble suma

de dolor.

Nosotros flotamos en la nube

tensa y desierta de la

ambición.

 

EL BESO

 

En sus ojos

el mundo me besó.

aún vivo de aquel beso.

 

Cuando todo se ha hundido

quedo yo

flotando en su recuerdo.

CRISTINA GRANDE Y MANUEL VILAS, SELECCIONADOS

CRISTINA GRANDE Y MANUEL VILAS, SELECCIONADOS

Cristina Grande, con su primera novela, ‘Naturaleza infiel’, publicada por RBA, y Manuel Vilas, con su poemario ‘Calor’ (Visor. Premio de Poesía Fray Luis de León), son finalistas de los Premios de la Crítica que se falla mañana. Manolo, a la luz del éxito y los comentarios que ha tenido su libro ‘España’ (DVD), también podría figurar entre los finalistas de la modalidad de narrativa, de la que también son candidatos David Trueba (con ‘Saber perder’), Isaac Rosa o Ricardo Menéndez Salmón. Y también lo es la zaragozana Soledad Puértolas con 'Cielo nocturno' (Anagrama).

 

*Esta estupenda foto es de Lewis H. Hine y está realizada en 1913.

HOMENAJE A G. GÚDEL EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN HOY

HOMENAJE A G. GÚDEL EN LA BIBLIOTECA DE ARAGÓN HOY

Esta tarde, en la Biblioteca de Aragón, se rinde homenaje al poeta Guillermo Gúdel, en un acto promovido por grandes amigos suyos como la pintora Berta Lombán, la directora de la Biblioteca de Aragón Pilar Navarrete y los albaceas del poeta: Antonio Gracia-Diestre, Raimundo Lozano y Emilio Gastón.

 

Intervendrán en el acto el viceconsejero Juanjo Vázquez, y los profesores y estudiosos de poesía Antonio Pérez Lasheras y Túa Blesa.

 

Recitarán poemas de Guillermo Gúdel (1919-2001), tres rapsodas: Luis Trébol, Fernando Gracia y María José Moreno.

 

En el acto, se entregara a la Biblioteca de Aragón el conjunto de inéditos del poeta.  Recupero aquí un artículo que publiqué hace algún tiempo sobre él.

 

Guillermo Gúdel (Coscojuela de Fantova, Huesca, 1919-Zaragoza, 2001) nunca hizo correr ríos de tinta. La suya fue una existencia silenciosa, de alguien que va y viene, que atraviesa la vida, cargado de versos y de espanto, como de puntillas: ha sufrido tanto que no quiere despertar a las sombras. Ahora acaba de aparecer el libro “Guillermo Gúdel. Biografía de un poeta esencial” (DPZ: Colección Benjamín Jarnés) de Antonio Gracia-Diestre. Nació en la Casa Aguilar de la población oscense, pero pronto despertó al estupor del mundo: su padre, que había sido un aventurero en Barcelona y ahora estaba cargado de hijos, falleció demasiado pronto y su madre, María Pilar Martí, cogió a algunos de sus hijos, los llevó a la estación de Barbastro y los abandonó. Pronto se descubrió que estaba desequilibrada y que bebía en exceso.
Los niños partieron a la Residencia Provincial de Huérfanos de Huesca. Allí pasó varios años Guillermo Gúdel, con su bata de dril, con Joaquín el ciego, con José el cura, con Bombita, que amaneció muerto una mañana, o con el regente e instructor Perfecto Pérez. En nueve años sólo recibió dos visitas de sus familiares. Cuando llegó la Guerra Civil, vio sobrevolar los aviones, percibió la agitación y el desorden, y un día “un bombardeo se coló por el tragaluz y descuartizó a seis niñas”. Siempre que podía, Guillermo Gúdel y sus amigos iban a bañarse al río Flumen. Jamás pudo olvidar el día que había visto el río Cinca: “Me pareció un descubrimiento tremendo”, le confesó a su biógrafo.


De Huesca, donde había frecuentado la Imprenta Aguarón, se trasladó a Zaragoza, al Hogar Pignatelli. Había algo que no se podía quitar de la cabeza: la ejecución de su amigo Blas Montull, que era un modesto pintor de brocha gorda. A orillas del Ebro, ya de inmediato fue llamado a ejército e ingresó en, 1938, en el Batallón de Cazadores de Montaña Tarifa Número 9, con el cual estuvo en Teruel, Albarracín y La Puebla de Valverde. Entre unas cosas y otras, abandonó el traje caqui en 1944. Trabajó en la imprenta de Teodoro Berdejo Casañal, luego ganó la plaza de corrector de la Imprenta Provincial y también se empleó los domingos en la misma tarea en “Hoja del Lunes”, semanario en el cual publicará bastantes de los 250 artículos que ha catalogado Gracia-Diestre. Por entonces conoce al poeta e impresor Luciano Gracia, con quien fundará la revista “Poemas”, e irá frecuentando a los poetas, narradores, cinéfilos, profesores (como José Manuel Blecua, nada menos) y artistas que se congregaban en torno al café Espumosos y luego en el Niké, como Miguel Labordeta, Manuel Pinillos y Julio Antonio Gómez.
Guillermo Gúdel, sin prisa, casado ya con Mercedes Rodríguez, irá desplegando una vena poética intensa y humanista, transida de melancolía y de dolor, de filosofía y de aspiración a la belleza. Publicaba sus libros en octavo como un miniaturista; de entre los suyos prefería “Policromía goyesca” y “Asiduo ofrecimiento hasta el olvido”. Visitó a Vicente Aleixandre (ya en 1956, el Nobel elogió su obra), participó en tertulias literarias y fue gentil, bondadoso y solidario con los jóvenes poetas en las páginas de “Hoja del Lunes”. La vida no le dio demasiadas alegrías, y eso se ve de nuevo en el libro de Antonio Gracia-Diestre. Al visitar en sus últimos años Casa Aguilar de Coscojuela de Fantova repasó de golpe, a la velocidad de la luz, su atribulada vida, el arrebato de los versos. Y creyó que regresaba a un edén imposible, al lugar de donde no habría querido partir jamás.

*En la foto, Howard Hawks y Angie Dickinson.

 

UNA FOTO DE BALLET: VERÓNICA CANTOS Y PACO MORA

UNA FOTO DE BALLET: VERÓNICA CANTOS Y PACO MORA

Hace unas semanas, en vísperas de la Expo colgué en mi blog esta foto de Sara Lezana, en la ópera Carmen, que corresponde al Ballet Flamenco de Madrid, tomada en una de las múltiples representaciones que el Ballet ha hecho fuera de España. Su director Luciano Ruiz me escribe y me dice que fue tomada, probablemente, en la Ópera de El Cairo en Egipto.

 

Cuando apareció en estas páginas, no aparecieron créditos de la foto. Aquí está la nota que debía llevar y mi agradecimiento al Ballet Flamenco de Madrid. Una de las normas que intento observar siempre es decir de quién son las imágenes que aparecen en ese laberinto visual infinito que es internet. (Este añadido es de 23.10.2008)

 

El pasado martes, 14 de abril de 2009, recibí esta amable nota de Paco Mora. Estimado “Antón tengo que corregirte en toda la información que aquí tienes. Esa foto no corresponde a Sara Lezana sino a Verónica Cantos, ten en cuenta que Sara Lezana tiene ya sesenta y largos años. No fue hecha en El Cairo sino en el patio del Conde Duque de Madrid. Todo esto te lo digo porque esa obra es mía, la coreografié yo y la imagen es mía. Te mando un saludo y espero que te beneficies de la verdad. Paco Mora”.

 

Aquí está de nuevo la foto, la rectificación y mi gratitud más sincera a Paco Mora. En la foto, Verónica Cantos.

DURAS. BESOS Y CHISTES MALOS. Por MARCHAMALO

DURAS. BESOS Y CHISTES MALOS. Por MARCHAMALO

Jesús Marchamalo incorpora pequeños detalles a su página web estupenda: www.jesusmarchamalo.es. Hace unos días me invitaba a ver su sección de Dedicatorias, y en ella descubrí este texto. Marguerite Duras también me conmovió de una manera especial, sobre todo con un libro turbador y extraño que se titula ‘El arrebato de Lol V. Stein’, quizá sea mi libro preferido de ella. A veces, cuando me dirijo hacia el Canal Imperial, entre maizales, higueras y el camino de las canteras, lo saco de la mochila, la edición de Tusquets, y leo algún fragmento.

 

Por mi admiración hacia Duras y hacia Marchamalo, que se alimenta de literatura y que alienta palabras como pájaros, traigo aquí ese texto. Jesús me dice: “He leído que, en la escuela, un compañero se enamoró de ella perdidamente. Como no le hacía ni caso, le pedía que le prestara el anillo. Durás se lo quitaba con desgana, se lo daba y él lo apretaba en su mano. Y así, a través del anillo, sentía su calor”.

 

DURAS. BESOS Y CHISTES MALOS

 

Por Jesús MARCHAMALO

Su infancia estuvo  marcada por la humedad. La lluvia, los arrozales, el monzón, la jungla impenetrable y tenebrosa a la que, de niña, miraba con recelo, el mismo con que se mira un pozo. Aquella sombra oscura, opaca y tentadora de un lugar casi imaginado, una puerta secreta por la que a veces escapaba un tigre –todo fauces y garras-, una serpiente o algo más peligroso.  

Criada entre palabras de sonidos exóticos –Conchinchina, elefante, sari-, a la sombra de la vida colonial, un poco de opereta, de estuco y falso techo, creció casi olvidada, escapada de una madre, pobre, viuda, maestra, que hablaba con su marido muerto cada noche, quien desde el más allá les transmitía un tranquilizador mensaje de esperanza.

Hubo algo de aquel país del agua que siempre fue con ella. La exuberancia, el jugo de las frutas, así que cuando la obligaban a comer las manzanas que llegaban de la metrópoli, su tacto algodonoso y seco, áspero en la garganta, como una venda, le provocaba arcadas.

Tenía en contra, sí, que era bajita y flaca. Trenzas, pecas, zapatos desgastados, y una expresión adusta, taciturna, rastro de una miseria bíblica y perdurable. Y a favor, una belleza exótica, oriental, de porcelana china, unos labios cereza –siempre rojos de rouge-, y un brillo seductor que la hacía, en aquel paraíso del barro, deseable.

Recordó toda su vida la húmeda repulsión del primer beso que le dio, por sorpresa, un amante, y que fue como un pez que tocara sus labios, una babosa, una culebra muerta. Fue besarla y empezar a escupir sobre el pañuelo, como si la saliva fuera venenosa.  

Así, casi escupiendo, llegó al París de antes de la guerra con su sensualidad arrebatada, casi perniciosa, que fue dejando a su paso un ejército inconsolable de amantes abandonados. 

Y después, escribió, todo el tiempo, incansable.

Hubo un momento en que su casa se llenaba de existencialistas, comunistas mundanos, escritores de culto, cineastas, amigos… Más tarde fue el alcohol, o al tiempo. Una caja diaria de vino de Burdeos. Hasta que veía bichos en la cama. Vacas en la despensa de la casa. Y una muchacha que cargaba libros a su espalda. Visiones que cuando consiguió curarse empezó a echar en falta.

Le encantaban los chistes. Ése del caballo que sale a la calle y se encuentra con una cebra a la que dice, ¿a estas horas todavía con pijama?

Cuando publicó El amante toda Francia se rindió a sus pies. La Duras, le decían. Fue a la tele, le dieron premios, fiestas, agasajos, la recibió el Presidente de la República… Aquel beso de pez la hizo millonaria. ¿Cuánto? Nunca lo supo exactamente. A última hora se hizo un poco de lío con los francos. Los antiguos y los nuevos.

*No es Marguerite Duras, pero sí es una bella foto de Tatjana Antonjuk.

 

CARLOS CASTÁN: AVANCE DE 'PAPELES DISPERSOS'

CARLOS CASTÁN: AVANCE DE 'PAPELES DISPERSOS'

 

Ese editor insomne, ese cuentista de narraciones fantásticas que es Óscar Sipán me envía el anuncio del nuevo libro de Carlos Castán, ‘Papeles disperos’, que aparecerá en su sello Tropo, que dirige con el también narrador Mario de los Santos. El email de Sipán contiene este fragmento del libro que tiene algo de aviso para navegantes.

 

 

PAPELES DISPERSOS

Carlos Castán

Tropo Editores

 

 Últimamente, quizá porque la gente me las plantea, me he visto obligado a hacerme una serie de preguntas que, hasta la fecha, creo que sabiamente, había venido pasando por alto. Preguntas como "por qué escribo" o "por qué escribo lo que escribo" o "por qué escribo lo que escribo como lo escribo".

Y más que respuestas, lo que me viene a la mente (en el caso, por ejemplo, de "por qué escribo"...) es una serie de imágenes que creo que de alguna manera tienen que ver con eso, aunque quizá no. Y me viene a la cabeza un Machado para siempre sin Leonor, con los zapatos rotos y llevando casi a cuestas a una anciana agonizante que es su madre, cruzando la frontera por los Pirineos sólo para morir juntos pocos días después bajo un sol de la infancia, y veo a mi madre leyéndonos historias de los mares del Sur, por la noche, fragmentos de libros que durante el día escondía, nunca he sabido dónde, no fuéramos a hacer trampa y leer el final, y también me vienen a la memoria los cementerios de París y los últimos minutos de la vida de Pessoa pidiendo papel y lápiz a una enfermera para escribir "yo no sé lo que pasará mañana". Y un paquete de Gauloises sin filtro en una mesa de mármol del madrileño café de Lyon y una lluvia sin consuelo vista a través de un cristal en el que se reflejan a su vez montones de libros desordenados.

Y veo también a una chica del instituto que se llamaba Yolanda García Bravo, la cual apenas conseguí que me mirara porque siempre, displicentemente, leía un libro que tenía entre las manos y recuerdo haber pensado "algún día yo seré ese libro y no querrás mirar al universo porque estarás conmigo".

 

Y escribo por todo eso. Y porque no encontré mejor manera de conocerme que alejarme de mí, inventar historias. En aquella época se estilaba bastante lo de llevar un diario en el que se supone que había que ir anotando las pequeñas tristes cosas que a uno le iban sucediendo, que en aquellos años solían ser invariablemente granos, chicas que miran hacia otro lado, torpes deseos y ridículos fracasos. Yo pensé que, puestos a escribir una vida, nada impedía que esa vida no fuera exactamente la mía, podía caer tranquilamente en la vieja tentación de ser otro porque, al fin y al cabo, lo importante de las cosas es cómo se cuentan de la misma manera que una vida contada es siempre infinitamente superior a una vida vivida: más hermosa y, sobre todo, más llevadera. Así podría tener otros problemas con otras mujeres, distinto miedo a monstruos diferentes (Quizá sea éste el motivo de que en el libro abunde la primera persona y los escritos con forma de diario o correspondencia).

 

Y no sé, supongo que en algún momento elegí convertirme en un ser seriamente enfermo que, bajo el lema "siempre en precario" miraría vivir, rebuscaría bajo la superficie de las cosas, otros planos, otras dimensiones, algo más que la nada bajo el doblez: ir poco a poco descubriendo una historia que dormía desde antiguo enredada en su maraña. Y comencé a escribir una monumental y genial novela de novelas que bajo el título de "De lenguajes y destinos" recogería en su globalidad la vida, el sentido de la historia, cada pliegue de la condición humana. El problema es que siempre escribía la página de en medio, es decir, faltaban 300 folios por delante y otros 300 por detrás. Escribiendo esa página central de la voluminosa obra me sentía libre. No tenía que perder tiempo en la presentación de personajes o la justificación de situaciones (que se supone habrían quedado perfectamente explicados en las páginas precedentes) ni preocuparme por la resolución coherente de lo que narraba (cosa que se iría aclarando a lo largo de las 300 páginas restantes que, por supuesto, nunca completé). Así iba anotando mis cosas, mis obsesiones más cotidianas y las de las decenas de personas que podría haber sido de no haber sido yo. Mis carpetas estaban llenas de hojas así, totalmente inconexas, en cuya cabecera había escrito notas como 113- H / Legajo VI para darme importancia si alguien en casa o en clase las descubría, aunque en realidad esos tristes folios estaban más solos que yo mismo.

 

Y empecé a escribir sobre eso, sobre la soledad radical desde la que nos enfrentamos a los demás y al mundo y a nosotros mismos, y de la imposibilidad de satisfacer nuestros deseos, Apolo y Luis Cernuda, los sueños convertidos en polvorientas hojas de laurel.

 

Frente al academicismo de los estudios de Filosofía, los relatos eran un claro espacio de libertad, dolor de línea clara, en contraposición a lo que se me proponía. Y preferí "Las manos sucias" a "El ser y la nada", "La caída" a los "Carnets" y "La prosa del mundo" a la "Fenomenología de la percepción". Como Tete Montoliu, que amaba a Mozart pero no quiso enterrarse vivo bajo la losa de sus partituras.

 

Y escribir se convertía en un refugio donde -a cambio de parte de mi tiempo y de mi sangre- podía, por un lado, dar al miedo, a la angustia y al desconsuelo la dimensión trivial de la ficción y, por otro, obtenía licencia para mentir o para llegar a la verdad a través de mil sucias mentiras: mentir y ser valiente, mentir y la vida ser menos escasa, mentir y rebelarse contra el sinfín de humillaciones, Machado enfermo cruzando la frontera, orines sobre la tumba de Baudelaire, Yolanda G. Bravo sin levantar sus dulces ojos del libro, la policía en los pasillos de la facultad, o M. Duras bebiendo a manos llenas un gran vaso de leche.

 

Y continúo escribiendo porque hay historias que quiero leer y no encuentro por la sencilla razón de que nadie las ha escrito todavía, y porque la sensación es como encontrar el libro que mi madre escondía durante el día y transformar                     -como un poderoso Dios- a mi conveniencia los finales de esas historias que entonces me hacían sufrir, e inventar lenguajes y destinos y revolver las entrañas de algún desconocido que me lee al tiempo que lucha contra su insomnio en mitad de una noche distinta de la mía, que de esta manera se convierte en mi noche, la noche de mi soledad y mis palabras.

 

Quizá, si me leéis, estáis sufriendo con sangrante injusticia el castigo que, en realidad, yo reservaba sólo para Yolanda García Bravo.  

*Esta foto es Tatjana Antonjuk.

 

 

 

MANUEL FOREGA: DE 'NO HAY BESOS COMO TUS LABIOS'

MANUEL FOREGA: DE 'NO HAY BESOS COMO TUS LABIOS'

El pasado martes, Manuel Forega presentó un curioso proyecto de amor y poesía: ‘No hay labios como tus besos’. Invitó a un puñado de mujeres a que le diesen un beso y él, a cambio, además de devolverles su beso, les escribía un poema. Aquí está una selección de un conjunto que rebasa la treintena de piezas. Manuel Forega celebra en 2009 los veinte años de Lola editorial, y esta tarde mismo, con David Giménez, Manuel Baile y el poeta Gómez Milián, que hará de presentador y coordinador del encuentro, hablará de su oficio de editor en la FNAC. Esta foto de besos es de Henri Cartier-Bresson.

 

 

2. Briseis Luxor

 

Como el vuelo del ibis sobre la tumba

donde yace el enigma,

un soplo tibio de tu boca

despertó al príncipe.

 

No te vayas; deja que mis párpados

aún abatidos por la muerte

se fecunden de luz y nieguen

la sombra donde yago

 

3. Esponja

 

La dúctil urgencia de la esponja

ha vertido de su perfume

un ápice licuado.

Y he conocido en el instante

los labios del mar.

 

6. pájaro

 

Un canto, un aroma,

un pájaro de madrugada

en la rama de olíbano

yace crucificado.

 

7. En la piedra

 

Así como la piedra guarda el tiempo,

así como le es dado en cada esquirla

donar el agua que atesora,

así, del mismo modo,

me ha besado la piedra,

con su misma forma,

idénticamente líquida.

 

12. La ternura

 

Como la hostia en el paladar del niño,

así permanece todavía

aquel beso de un cuerpo ausente

en mi cuerpo; adherido

a la piel translúcida,

disolviéndose poco a poco,

aún, ahí, de mi mejilla

en la ultradermis.

 

 

S/N. Tempus fugit

 

La mirada parpadeante

que admira por un instante

la belleza;

el primer llanto del neonato

escandalizado de súbito por el mundo;

la fuga del preso irredento;

el coma que precede a la muerte;

tu beso como el imago de la falena.

Todo en tus labios

se lo ha llevado el tiempo.

 

 

20. Epístola

 

Un ave, que es palabra,

se ha posado en el papiro antiguo.

Un trazo, que es un beso,

ha escrito que la edad,

esa única columna

que te sostiene, vuela,

como el verbo,

como lo ya dictado.

 

21. Sombra

 

Con la fecundidad del sol,

con la tibia ductilidad

del músculo,

en mi piel has impreso

la sombra

que me precede.

 

24. Casi

 

Dejan los casi

la luz de la duda:

casi me caigo,

casi me da...

Hay tantos casi

que casi me besas.

Y en esa sospechada llama

que, de la timidez,

fulge en el pedernal,

he adivinado el fuego,

la lumbre que guardas

para otros labios.

MANUEL RIVAS: POEMAS DE 'A DESAPARICIÓN DA NEVE'

MANUEL RIVAS: POEMAS DE 'A DESAPARICIÓN DA NEVE'

Hai uns días, chegábame, o novo libro de Manuel Rivas  –protagonista de uno de mis cuentos más queridos de ‘Golpes de mar’ (Destino, 2006): ‘El hermano que le inventé a mi hermano’-: ‘A desaparición da neve’, traducida a tres lenguas del Estado español, castellano (traduce el propio Rivas), catalán (Biel Mesquida) y euskera (Jon Kortazar). Copio aquí tres poemas curtos; hai outro que me gustou moito ‘O monte do faro’, dedicado a súa irmá María Rivas Barros. É moi longo e non me da tempo de copialo aquí agora. Poño aquí esta fermosa foto de Marilyn de 'Río sen retorno'.

 

A MEIGA NA ESQUINA DA BARRA

 

Amei naquela ollada

o que había de sospeita.

E o medo das cousas

tiña naquel espello a ilusión

de disentir do futuro.

 

ENTERRO CAMPESIÑO

 

Só soaban as chocas

cunha alegría animal

pendurada das nubes,

abrindo ocos na herba,

no silencio abismal,

inhumano,

que ceibou a campá.

 

METAMORFOSE

 

Por moito que esculques,

é a terra quen ve.

Pecha os ollos. Escoita, Samsa.

Vai cara á primavera, ao violín,

ao incesto.