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Antón Castro

LUIS ALEGRE CUMPLE HOY 47 AÑOS

LUIS ALEGRE CUMPLE HOY 47 AÑOS

Cuando yo tenía 5 o 6 años y vivía en Lechago y Calamocha, para mí Zaragoza era una especie de ciudad mítica por una exclusiva razón: en Zaragoza jugaba el Real Zaragoza. En Zaragoza vivían mis héroes de entonces. Recuerdo muy bien la primera vez que viajé a Zaragoza con mis padres y hermanos. Veníamos a la Basílica del Pilar, a la boda de mi prima Maribel. Pero si a mí me hacía ilusión venir a Zaragoza era, sobre todo, porque yo creía, ingenuamente, que en cualquier momento me podía tropezar con Marcelino o con José Luis Violeta. Me pasé el día de la boda mirando de un lado a otro, por si de repente aparecía por allí uno de ellos. Pero no sólo eso no sucedió sino que, encima, el viaje me sentó fatal, me mareé en las endiabladas curvas que tenía aquella carretera y tuvimos que parar el coche varias veces para que yo vomitara.

 

Superado el chasco de la primera vez, el resto de mi relación con Zaragoza ha sido, está siendo, excelente. Y no sólo con la ciudad de Zaragoza que, es directamente, mi casa. Hay otros muchos lugares de esta provincia asociados a instantes magníficos que casi siempre tienen que ver con el cine. Entre mis 12 y mis 14 años residí con mi familia en las afueras de Fuentes de Jiloca, donde me recuerdo por sus montes escuchando en Radio Zaragoza a Paco Ortiz glosando las gestas de Arrúa, Diarte o Perico Fernández. Me recuerdo años después en Sos del Rey Católico, con Alberto Sánchez, Luis Berlanga, Alfredo Landa, José Sacristán, Fernando Baldelloú y Pascual Peiró en el rodaje de La vaquilla; me recuerdo en Fuentes de Ebro, en la Semana de cine con José Antonio Aguilar y Cristina Palacín. Y con Cuchi, Carlos Pérez Anadón, Roberto Fernández y Asunción Balaguer el día en el que María Pilar Palacín, la entonces concejala de cultura de Fuentes, decidió dedicarle una calle a su ídolo, Paco Rabal; me recuerdo en Bulbuente, con Julio Alejandro y Agustín Sánchez Vidal; me recuerdo en Monegrillo con Bigas Luna, Penélope Cruz, Javier Bardem, Jordi Mollá, Anna Galiena, Chema Mazo y Stefanía Sandrelli; me recuerdo en el Monasterio de Veruela con José Luis Cuerda, Antonio Resines y Alfredo Landa en el rodaje de La Marrana; me recuerdo con Carlos Forcadell enseñándole el pueblo viejo de Belchite a Perico Beltrán; me recuerdo en la comarca de Calatayud, con Fernando Fernán Gómez, Antonio Banderas, Ana Gracia, Alejo Lorén, Ramón Pilacés y Gabriel Latorre en el rodaje de Réquiem por un campesino español y con Terele Pávez y María José Moreno en el de El aire de un crimen; me recuerdo en Cariñena, con Julio Medem, Carmelo Gómez y Emma Suárez en el rodaje de Tierra; me recuerdo en Alfajarín, con Antonio Resines y el grupo de amigos de Ignacio Martínez de Pisón en el rodaje de su Carreteras Secundarias; me recuerdo aquí, en Zaragoza, con Miguel Ángel Lamata en el rodaje de Una de zombis y con Antonio Artero y José Antonio Labordeta y su hija Ana en el rodaje de Biografía interior; me recuerdo en Fuendetodos, con Joaquín Jimeno, Roberto Sánchez, Carlos Saura y Maribel Verdú en la casa natal de Goya; me recuerdo con Genoveva Crespo, Carmen Puyó y Lola Campos tratando de enseñarle a Jorge Perugorría el acento aragonés para que hiciera de Goya; me recuerdo con Imperio Argentina y José María Pemán y Luis María Garriga en Borja y en La Almunia de Doña Godina. En realidad en La Almunia me recuerdo con mucha gente. Aunque será difícil de olvidar aquel día en el que un chico de allí, de la Almunia, en un bar, le lanzó a Maribel Verdú uno de los piropos más divertidos que he escuchado en mi vida. Le dijo: "Hala maña, que si tú fueras mi madre, mi padre dormiría en la escalera". 

*He seleccionado aquí un fragmento de su discurso de recepción de la medalla de Santa Isabel de Portugal.

 

 

 

 

CARLOS BARBÁCHANO GLOSA A DULCE MARÍA LOYNAZ

CARLOS BARBÁCHANO GLOSA A DULCE MARÍA LOYNAZ

[Carlos Barbáchano me envía este artículo sobre Dulce María Loynaz, Premio Cervantes en 1992, y su libro Últimos días de una casa. Es el artículo extenso y hondo que analiza también otro libro muy sugerente Un verano en Tenerife.]

 

Por Carlos BARBÁCHANO

 El pasado 31 de diciembre se cumplía medio siglo de la aparición en Madrid, 27 años antes que en Cuba, del poema mayor de Dulce Mª Loynaz, Últimos días de una casa. Se edita en formato de pequeño libro, con prefacio de Antonio Oliver, esposo de Carmen Conde, en la imprenta de los Hnos. Soler. Pocos días después, curiosa coincidencia, sobreviene la Revolución Cubana, que da al traste con la organización social y política  de la isla bonita, carne de dictadura a lo largo del siglo.

     La revolución que infiltra el largo poema de Dulce, medio millar de versos blancos agrupados en cortas y flexibles estrofas en un largo y emocionante monólogo donde la propia casa que acogió la juventud de la poeta nos relata sus tres últimos días de existencia, poco tiene que ver con el levantamiento popular de comienzos de 1959. Loynaz nos dramatiza líricamente la desaparición de la clase patricia cubana, simbolizada en la mansión del Vedado, y el asentamiento de la boyante burguesía  que desde inicios del XX había tomado las riendas del poder económico a través de un capitalismo salvaje que en pocas décadas acabaría con los antiguos valores.

     Los dos grandes vectores narrativos, el espacio y el tiempo, articulan el poema que se abre en medio de un inquietante e inhumano silencio, un silencio incómodo y viscoso que contrasta con el silencio humano que sentía a veces cuando se vivía en ella y sus moradores se ausentaban o el sueño reponía sus fuerzas. Ese conocido silencio provenía “de ellos”; incluso sus ausencias conllevaban regresos. La casa los notaba siempre unidos a ella “por alguna cuerda invisible, íntimamente maternal, nutricia”. Puesto que el hombre, aunque no lo sepa: “unido está a su casa poco menos/que el molusco a su concha”.

     Esta reflexión martiana encabezará otras distintas que rítmicamente engarzan las diversas partes del poema potenciando sus efectos dramáticos por medio de evocaciones del pasado. Otro silencio nos lleva a la muerte la Ana Mª, una de las niñas, muerte que anticipa la destrucción de la casa y que le impulsa a declarar con melancolía: “soy ya una casa vieja”.

     Constatación que nos conduce a la vejez y a la carencia de espacio. Los nuevos tiempos comportan un asunto tan actual como el de la especulación del suelo, lo que además supone la progresiva desaparición de los árboles, los pájaros, el sol, la presencia visible del mar… La casa se ve cercada por nuevas casas, se siente “ya su prisionera”, “extranjera en su propio reino”.

 

     “Cuando me hicieron, yo veía el mar”, nos confiesa; lo tenía cerca, “como un amigo”. Poco a poco va perdiendo su visión, deja de paladear sus hermosos crepúsculos. Y tal vez “todo: el mar, el aire, /los jardines, los pájaros,/se haya vuelto también la piedra gris,/de cemento sin nombre”.

     Recopilación y síntesis de lo anteriormente enunciado, estos versos nos llevan a la materia que resume la falta de ética de la nueva época: el cemento. “El mundo se nos hace de cemento (…) Y el mundo es ya pequeño, sin que nadie lo entienda”. Los hombres viven ahora como las abejas en sus pequeñas celdas (recordemos “los cubículos” de Cernuda en La gloria del poeta, “escalonados los unos sobre los otros”). En las casas nuevas, que también compara con hormigueros, no hay espacio “ni aún para morirse”. “Tampoco nadie nace en ellas”, constata. De manera que el círculo de la vida cada vez se aleja más de nuestras vidas, y una casa ya no es un hogar sino la celda de la que sin rejas somos prisioneros.

     “Esa extraña fuga de los muebles”, así se sintetiza, surrealmente, el traslado de los enseres de la casa. Esa sensación de extrañamiento le aterroriza mientras cae la noche y se asienta ese silencio angustioso que envuelve el comienzo del poema.

     Llega el segundo día. Nadie viene. Además de vieja, la casa se siente enferma y pide “que alguien venga/ a recoger los mangos que se caen”, “a cerrar la ventana del comedor”, “a ordenar, a gritar, a cualquier cosa”.

     Tras las súplicas se enhebran las primeras cuentas de un rosario de dolorosas paradojas (quien ha albergado a tanta gente es ahora un cascarón vacío, “una ropa sin cuerpo que se cae”), contrasentido que busca la complicidad del lector y su propia autoestima; pese a su decrepitud ha sido capaz de resistir humedades y ciclones, y esperanzada pide “un poco de cal y de ternura” para recomponerse, materia y espíritu que le insuflen nueva vida.

     Pero nadie vuelve. El polvo que todo lo invade es el fruto maldito de la ausencia, el síntoma del cáncer moral que arrastran los nuevos valores. A lo lejos el sonido de las campanadas que señalan las tres de la tarde, su única compañía. Era la hora feliz: la de la sesión de costura, la hora de compartir sueños y confidencias.

     A las tres se abre la puerta. Los dueños vuelven, por muy poco tiempo. Han venido a buscar algo que no encuentran.  “¿Y qué se puede hallar en una casa/ vacía sino el ansia de no serlo/ más tiempo”, se pregunta y nos pregunta. La menor de las niñas le arranca el rosal de la enredadera y el dueño, antes de irse, se detiene en el umbral para observarla lentamente, “como los hombres miran a los muertos”. Mirada que no entiende porque se siente viva, “gozosa de sentir su aliento”, y aquí se nos regala una de las metáforas más hermosas del poema: gozosa de sentir “el aprendido musgo de su mano”.

      Después de esa breve visita piensa que regresarán en diciembre, “porque la Nochebuena se pasa siempre en casa”. La casa rememora las Nochebuenas pasadas, todas alegres, excepto la del año en que murió Ana Mª y la del año pasado, una celebración marcada por la tristeza, por los presentimientos  de abandono. “Ahora la tristeza –concluye- es sólo mía (…), es la cosa más mía que he tenido”. En ese momento los recuerdos se funden con el presente pero sigue lúcida al proclamar que no es un cuento lo que relata  sino “una historia limpia”, la de “una vida honrada” que representa “un estilo que el mundo va perdiendo”; y surge la nostalgia, el dolor manriqueño por la pérdida de los valores que el mundo actual ha desestimado.

     La casa se siente “con alma”, adquirida por contigüidad, como las metonimias (“tal vez tenga ya un alma por contagio”), mas propia ya. Se pregunta entonces: “¿Cómo es posible que no sientan los hombres el alma que me han dado?” La respuesta a esta pregunta va a cerrar el poema con brutal contundencia. Pero antes, consecuentemente con la repetida técnica del contraste, se nos ofrece un nuevo remanso de paz.

 

     Un día nuevo. El tercer y último día. De madrugada se acercan hombres desconocidos. Toman el jardín, como una nube de hormigas que invade el césped. El más joven de ellos se acerca a la casa. Sus ojos son “azules e inocentes”, como los de la niña muerta. El joven está ya frente a la casa y musita entre los labios una canción mientras levanta su pica. El contraste llega al límite porque el día es radiante, esplendoroso: “La mañana es tan dulce, / el mundo es todo tan hermoso, /que quisiera decírselo a este hombre; / decirle que un minuto se volviera/ a ver lo que no ve por estarme mirando”.

     En este último verso Dulce sintetiza con precisión una de las características más significativas de la vida moderna: el mirar sin ver, comparable al oír sin escuchar. Ya no hay tiempo, tampoco, para ni siquiera mirar. “No mira nada, blande el hierro…/ ¡Ay los ojos!...” El primer golpe, certero, es en los ojos, justo en lo último que fija la casa su atención: en los ojos azules del joven. Tamaño golpe le lleva a perder la consciencia, a no saber si sueña o está despierta. Se siente “del otro lado de la pesadilla”, “despegada de sí misma”.

     Pero las sensaciones son reales, lacerantes, y, como las tres heridas hernandianas, tres contundentes imágenes nos transmiten su patente dolor: “¿Qué buitres picotean mi cabeza?/ ¿De qué fiera el colmillo que me clavan?/ ¿Qué pez luna se hunde en mi costado?”

     Tres poderosas imágenes que preceden al inmisericorde despertar:

                “¡Ahora es que trago la verdad de golpe!”

     Y viene ya la última, la más terrible de las paradojas, fundamentada en una admirable enumeración: son los hombres los que destruyen, los hombres de “quienes fui madre/ sin ley de sangre, esposa sin hartura/ de carne, hermana sin hermanos, / hija sin rebeldía”. A pesar de tener “mejor arcilla que la mía”, sentencia, su codicia “pudo más que su voluntad de retenerme” y fue vendida: “porque llegué a valer tanto en sus cuentas, / que no valía nada en su ternura…”

     Estamos ante la palabra clave: “ternura” (“me recompongo”, nos recordaba, “con un poco de cal y de ternura”).

               “Y si no valgo en ella, nada valgo…/ Y es hora de morir”.

 

      Así se cierra el poema mayor de la Loynaz, quien recibió el Premio Cervantes en 1992 y vino  a recogerlo personalmente a España, su patria adjunta, cumplidos los 90 años. Aquí se publicaría la mayor parte de su producción lírica y narrativa. Medio siglo se cumplió también el pasado año de su libro de prosa favorito, Un verano en Tenerife, recientemente reeditado, preciosa evocación de la isla canaria, patria chica de su segundo y definitivo esposo, el periodista Pablo Álvarez de Cañas, que promovió en los años 50 la mayor parte de las ediciones españolas de una escritora bastante reacia a publicar. Ojalá que este aniversario contribuya a reeditar en nuestro país Últimos días de una casa, uno de los textos capitales de la poesía hispanoamericana del siglo XX.

*Dulce María Loynaz en Camagüey, en el centro de la foto, con dos amigas.

GINÉS LÓPEZ GÓMEZ: UN POEMA PARA EL DOMINGO

GINÉS LÓPEZ GÓMEZ: UN POEMA PARA EL DOMINGO

Dime

Dime donde has llegado

y te diré de qué huías.

Dime a qué tablas te acercaste a morir

y te diré quién te hirió de muerte,

dime que espalda recuerdas desdibujarse

y te diré que mano se cerró mientras caías.

Dime si en las líneas de un paso de cebra

ves un puente o una cárcel,

si en medio de la noche el miedo

o una tregua,

si en una bala ves un animal herido,

o en un vaso de agua

brotes verdes,

o el hielo de próximos inviernos.

Dime donde guardas tinta negra

y te diré qué montañas mueve

sobre fondos blancos;

dime lo que no viste pero dejó quemadura,

y ya todo será buscar un orden

nuevo a tus mismas palabras,

y sabrás donde te espera el Sur,

y el mar del que naciste.

 

[Ginés López Gómez me envía una hermosa carta y algunos poemas, y una sugerente alusión a la nieve y a este blog. Así de entrada, tengo que salir, cuelgo estos versos suyos. La foto es de Nathalie Portman.]

ADRIÁN SERNA: LANCE CON UN JUGADOR DEL SALVADOR

ADRIÁN SERNA: LANCE CON UN JUGADOR DEL SALVADOR

Adrián Serna no ha hecho el mejor partido de la campaña, pero rindió bien. Pugnó por su banda; especialmente en la segunda parte estuvo inspirado. La buena noticia para nosotros es que intenta serenarse, acoplarse al equipo y que se siente importante. Así lo vio, durante la primera parte, el fotógrafo José Antonio Melendo. Adrián Serna penetró por la banda izquierda, aunque de vez en cuando permuta su posición por Jorge. Le cuesta aguantar 60 minutos, y de eso también se resiente el Garrapinillos.

EL GARRAPINILLO PERDIÓ CON EL SALVADOR: 1-3

EL GARRAPINILLO PERDIÓ CON EL SALVADOR: 1-3

El Garrapinillos juvenil ha perdido hoy, tras acumular ocho victorias consecutivas (y una más, en el amistoso ante el Montecarlo de Carlos Arnal), ante el Salvador B. Se jugó en su amplio campo, de césped artificial, y el equipo local venció por 3-1, tras remontar el gol de Jorge Rodríguez, que remató una espléndida jugada de su hermano Diego. Dos fallos defensivos y un penalti, que pareció innecesario, fueron el premio acaso excesivo para el conjunto jesuita.

 

El partido tuvo cuatro fases: la primera parte del primer tiempo, el Salvador fue superior: dominó el centro del campo, jugó un fútbol aseado y con buenas transiciones, aunque no generó demasiado peligro. A partir del minuto 30, el Garrapinillos recuperó el pulso, llegó arriba con nitidez y Pirri malogró un gol cantado. En la segunda parte, hasta el minuto 20 o 25, Garrapinillos se adueñó del partido: generó el gol, generó varias jugadas de mérito, Diego volvió a hacer una impresionante jugada, dejó atrás a todos y en el duelo contra el portero, ganó éste: rechazó y abortó una espléndida jugada e impidió el 0-2. Poco más tarde, Pirri lanzó al larguero y marró, y Jorge realizó un desborde por la izquierda que mereció ser gol: el pase hacia Pirri se paseó a puerta vacía y acabó cerca del poste y fuera.

 

De golpe, un poco más allá del ecuador de la segunda mitad, se produjo la reacción del Salvador: se aliaron su buen juego y dos despistes defensivos del Garrapinillos, para ponerse por delante; más tarde, una falta de entendimiento entre Alfredo y Miguel Ángel Gayoso derivó en un penalti, que el delantero del Salvador lanzó con maestría.

 

No hubo mucho más. El Salvador tomó el pulso al choque, provocó más ocasiones, y el Garrapinillos dependía básicamente de las jugadas de Diego, de algún que otro avance de Jorge y de Pirri, que no tuvo ayer su mejor día.

 

El Garrapinillos jugó a ráfagas, con intensidad y desvalimineto, pero pecó de falta de efectividad en los momentos determinantes y adoleció de condición física. Esta semana no se entrenó y eso, al final, se pagó caro. El resultado pudo haber sido otro perfectamente, pero tampoco hay que restar mérito alguno al triunfo del Salvador. Estuvieron mucho mejor en el arreón final. El Garrapinillos formó así: Gayoso; Alex Velilla, Alfredo, Marcos, Aitor; Diego, Mario Calvera; Miguel, Jorge, Adrián Serna; y Pirri. Entraron en la segunda parte Jaime, Alex Navarro y Juan.

 

José Antonio Melendo acudió a hacernos fotos con su nueva cámara. Y entre los espectadores estaba el gran Jorge Melero, que bajó un instante a saludar. Poco después, un gol de Braulio (otra vez) le daría la victoria al Real Zaragoza y el liderato de la Segunda División.

*El gran José Antonio Melendo apareció por el campo con su cámara nueva, que adquirió en La Casa del Fotógrafo de Jacinto, padre de nuestro delantero Juan (de lo que me he enterado hoy), y captó así el momento en que Jorge marcaba nuestro único tanto.

JOAQUÍN MURILLO: HA MUERTO EL GRAN GOLEADOR

JOAQUÍN MURILLO: HA MUERTO EL GRAN GOLEADOR

[Esta mañana, a las seis, en el hospital Royo Villanova, ha fallecido el ex futbolista Joaquín Murillo (Barcelona, 1932-Zaragoza, 2009), uno de los grandes goleadores del Real Zaragoza de todos los tiempos: marcó 113 tantos en 174 partidos. Murillo será incinerado mañana a las dos, en la capilla uno de Torrero, aunque no habrá velatorio hoy. Su deseo, así se lo había anunciado muchas veces a su hijo Joaquín Murillo, actor y músico, es que parte de sus cenizas se arrojen al estadio de La Romareda. Llegó al Real Zaragoza en 1957, procedente del Valladolid, y permaneció aquí hasta 1964, aunque su último partido lo jugó en noviembre de 1963. De ahí, antes de su retirada, partió al Lérida. Finalmente, regresó a Zaragoza y regentó durante años el bar La Espiga. Recibió varios homenajes del club y de la Asociación de Peñas del Real Zaragoza, el último en 2007, coincidiendo con los 75 años del Real Zaragoza. Recato aquí este texto que le dediqué hace algún tiempo.]

 

MURILLO: EL ARIETE QUE LO REMATABA TODO

 

Los cronistas de la historia del Real Zaragoza quizá no hayan sido justos del todo con el gran cañonero del club: Joaquín Murillo, barcelonés formado en el Europa, autor de 113 goles en 176 encuentros y máximo goleador en Primera División. Nada más y nada menos que 90 aciertos en 146 choques. Ahí supera a Pichi Alonso, Pardeza, Saturnino Arrúa, Eleuterio Santos, Paquete Higuera, Raúl Amarilla y Poyet. Y a Marcelino Martínez Cao, quien ostenta un total de 116 (otros hablan de 122) tantos en 331 encuentros, aunque sólo 73 han sido obtenidos en la máxima categoría, a los que deben sumársele los goles en las competiciones europeas y copa del Generalísimo. La pugna con un más que emergente Marcelino, en 1964, condujo a Murillo a la despedida por la puerta falsa del club en febrero de ese año: un sector de los aficionados le pidió con pancartas que se quedase, que continuase marcando goles desde los ángulos más diversos y en las posiciones más acrobáticas.



Pero El Pulpo --que se las había tenido con el entrenador Antonio Ramallets: taciturno y rígido, le expulsó de un entrenamiento-- partió al Lérida y poco después se retiró para siempre.        

Las excelentes monografías del club reproducen algunas fotos suyas, incluso le recuerdan como fugaz capitán antes de que Yarza se convirtiese no sólo en el portero asombro de España sino en el abanderado de Los Magníficos, pero pocos se detienen a narrar sus goles, su entrega, su increíble carisma que comenzaba con su larga estampa rubia, su flamante bigote, sus brazos desnudos, está remangado en casi todas las instantáneas. No son demasiados los que parecen considerarle un auténtico ídolo ni reparan en su indiscutida titularidad: Mundo, Rosendo Hernández, César, etc., para todos el equipo fue un poco Murillo y diez más. Murillo, durante los siete años que estuvo en Zaragoza, fue un clásico del club: encarnó la entrega honesta, la terca convicción en el arte de golear, la brega constante aliada con la calidad.         

Su eficacia no admite parangón, salvo la rutilante campaña de 1961--1962 en que el peruano Seminario obtuvo el único Pichichi absoluto en la historia de los blanquillos. Pese a ello, Murillo materializó 18 dianas, y en un par de encuentros, contra Osasuna y Betis, repitió el codiciado hat trick. Algo que también había logrado la temporada anterior, famosa porque el Zaragoza quedó tercero en la Liga y adquirió al versátil Negro Benítez, que se moriría en un estadio tras la ingestión de una lata de mejillones en mal estado: Murillo fusiló tres veces al Elche y al Valladolid, su club de procedencia en 1957, cuando fue adquirido por el Zaragoza.

   
Desde su llegada, los números cantan. Fue el goleador del club año tras año. He aquí sus cifras: en la temporada 57/58, logró 15 goles; en la siguiente sintonizó a las mil maravillas con Mauro y Wilson y marcó doce. En el curso 59/60 repitió la docena e inició esa virtud particular de la triple diana: curiosamente acertó en tres ocasiones contra el Granada y el Las Palmas, en sendos choques que terminaron 6-2 a favor del Zaragoza, presidido por Faustino Ferrer. Una curiosidad casi increíble: Murillo marcó tres goles en la Copa de Ferias en octubre de 1962 frente al Glentoran y el resultado final fue 6-2. En la gran temporada 60/61 formó con un Miguel rejuvenecido (venía del Atlético de Madrid y los aficionados, ante su velocidad y su regate, pedían a gritos que fuese convocado para la selección), Marcelino, Duca y Lapetra, una de las delanteras más consistentes de la Liga; Murillo, bien como ariete, como interior o como falso mediapunta, marcó nada menos que veinte goles y rivalizó con jugadores a los que admiraba como Di Stefano o Puskas. Al año siguiente, el año triunfal de Seminario, cuyo fichaje fue un serial con el Barcelona y el Sporting de Lisboa, El Pulpo rubio añotó 18 tantos: igual marcaba con el pie, de remate seco, de jugada o por veloz desbordamiento, que con la cabeza, arriba, a media altura y en plancha. Era el perfecto depredador del área que, en cuanto el rival le concedía metros o un espacio mínimo en el que remecerse, hacía diabluras letales. El Barcelona le tenía un gran respeto y César confiaba en su carisma y en su determinación, hasta el punto de que lo hizo jugar contra el equipo azulgrana con fiebre. El estilete enjuto y flexible como mimbre cumplió con su gol habitual.        

Aquel Zaragoza que acariciaba las mieles del éxito contaba con jugadores formidables como Severino Reija, Marcelino, Gonzalo Sigi, conocido por La octava maravilla del mundo, etc. En la temporada 1962--1963 llegaron Santos, Santamaría y Villa, entre otros, y el conjunto alcanzó la final de la Copa del Rey, que perdió en el Nou Camp ante el Barcelona por 3--1. La delantera integrada por Marcelino, Villa, Murillo, Sigi y Lapetra poco pudo hacer ante Pesudo. Comenzada la Liga, se fue Seminario a Italia y dejó créditos entusiastas: jugó ocho domingos y marcó otros tantos goles. Para entonces ya se sabía que César iba a ser el nuevo entrenador culé y que el ex arquero Antonio Ramallets le reemplazaría en la Romareda. Con su incorporación, Joaquín Murillo, iniciaría el éxodo definitivo de los estadios y montaría sucesivos negocios de hostelería.         

Ningún aficionado de veras habrá olvidado su fina complexión, su testa elevada y su feroz determinación. A su manera, sin llamar en exceso la atención, sin suscitar titulares épicos y sin haber generado una literatura que merecía, halló su paraíso ideal en el área y frente al cancerbero. Ahí era una auténtica figura.

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE, CONDENADO POR PLAGIO

ALFREDO BRYCE ECHENIQUE, CONDENADO POR PLAGIO

[El diario El País, en su sección de cultura, publica la noticia de la condena de Bryce Echenique por plagio. Creo que éste es uno de los casos más extraños de la historia de la literatura. Bryce es un autor talentoso, responsable de un libro excepcional como Un mundo para Julius y de otros estupendos libros, sobrado de asuntos, de ideas y de magnífica prosa. Seguramente, aquí habría una inverosímil novela sobre la creación…]

EL PAÍS

  El autor de Un mundo para Julius, el peruano Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939), plagió un total de 16 artículos de 15 autores distintos, según ha resuelto el Instituto Nacional de Defensa de la Competencia y de la Protección de la Propiedad Intelectual de Perú (INDECOPI), quien ha sancionado al literato y ha difundido la noticia a través de un comunicado. Los artículos se publicaron en diversos medios de comunicación peruanos y españoles. El escritor ha sido sancionado con una multa de unos 40.000 euros.

Los textos plagiados, o copiados ilegalmente (según INDECOPI), son los siguientes: Potencias sin poder, de Oswaldo de Rivero (publicado en Quehacer, Perú, mayo 2005), Uso social del tabaco, de Eulalia Solé (La Vanguardia, España, julio de 2005), La leyenda de John Lennon genera cerca de 19 millones de euros al año, de Nacho Para (Periódico de Extremadura, España, diciembre de 2005), Londres busca detectives, de Carlos Sentís (La Vanguardia, España, julio de 2005), La estupidez perjudica seriamente la salud, de Jordi Cebrià Andreu y Víctor Cabrè Segarra (Revista Jano España, octubre de 2005).

En la revista Jano también fueron publicados, Estrellas médicas, de Sergi Pámies; La angustia de Kafka y John Steinbeck, un novelista de los oprimidos, ambos de Juan Carlos Ponce; John Ford, la épica del Western, de Blas Gil Extremera; El psicoanálisis de Woody Allen, de Benjamín Herreros; Cultura y civilizaciones, de Cristóbal Pera y La enfermedad de la nostalgia, de Luis M. Iruela. La nueva amenaza nuclear, de Oswaldo de Rivero, fue publicado en 2005 en la web www.contexto.org. Ségolène, de corazón, de Francesc-Marc Álvaro, apareció en La Vanguardia en 2006; también Cómo combatir el terrorismo, de Joseph María Puigjaner fue publicado un año antes en ese diario catalán. Además, el texto William Blake y los proverbios del infierno, de Jorge de la Paz, apareció en la revista ANUIES, de México, en julio de 1986, asegura INDECOPI.

"Durante la investigación Bryce Echenique, a través de su abogado, argumentó en su defensa que los artículos no habían sido publicados en el Perú y por ello no se podía pretender protección por las normas nacionales. Por otro lado, señaló que habían sido publicados sin su autorización, por lo que negó ser el autor de las mismas", señala el organismo peruano.

Sin embargo, INDECOPI desestimó su posición, al tener en cuenta que varios de los textos del denunciado fueron reproducidos en medios nacionales, por lo que las infracciones se cometieron en territorio peruano. Además, se consideró que los textos plagiados tuvieron amplia difusión al ser publicados en medios de comunicación de gran tiraje y estuvieron a disposición del público en distintas páginas Web

En su resolución, la institución determinó que Bryce Echenique "infringió el derecho moral de paternidad en la modalidad de plagio y el derecho moral de integridad. El derecho moral de paternidad es la facultad que tiene un escritor a ser reconocido como autor de una obra, es decir, que se debe publicar su nombre o seudónimo en caso su obra sea citada por un tercero. En tanto, el derecho moral de integridad está referido a que el autor puede oponerse a cualquier modificación o mutilación de su obra", indica INDECOPI.

Cabe apelación

Finalmente, la decisión fue sancionar al escritor con una multa de 50 Unidades Impositivas Tributarias, equivalentes a 177.000 nuevos soles (41.000 euros). Por su parte, el escritor Bryce Echenique, puede presentar apelación ante el Tribunal del INDECOPI, segunda y última instancia administrativa de la institución. Alfredo Bryce Echenique fue denunciado anteriormente ante el INDECOPI por presunto plagio en agravio del escritor Herbert Morote Rebolledo. Sin embargo, en dicho caso, Bryce no fue sancionado al no contarse con pruebas suficientes que corroboren la supuesta infracción.

*La foto corresponde a los fondos de la agencia EFE.

 

 

EL NUEVO JUGUETE DE CANON DE J. A. MELENDO

EL NUEVO JUGUETE DE CANON DE J. A. MELENDO

José Antonio Melendo es un fotógrafo que siempre busca los mejores modelos. Acaba de ponerme una pequeña nota y me dice que se ha comprado este juguete de Canon.