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Antón Castro

RETRATO DE EDUARDO SALAVERA

RETRATO DE EDUARDO SALAVERA

RETRATO DE EDUARDO SALAVERA

 

[Más de 300 personajes recordaron, en la sala Luzán, Al pintor del color, de la luz, del paisaje y del Ebro]

 

Antón CASTRO

1. Eduardo Salavera (Zaragoza, 1944-2016) fue un pintor rodeado de amigos. Y el cuaderno ‘Homenaje a Eduardo Salavera’, de entrada, es un retrato de grupo con un artista que ha dejado huella. A todos nos mejoró la vida con su siembra de afecto, ingenio, compromiso, libertad y talento.

2. Fue un pintor pintor que disfrutó del oficio y de la resolución constante de problemas estéticos. Fue un artesano de la mancha, de la pincelada, del sueño y del esfuerzo por encontrar un espacio propio esencialmente humano, habitado por el sentimiento, la belleza y la hondura.

3. Fue un creador luminoso y apacible que encontraba sus paraísos en el estudio a cualquier hora.

4. Fue un pintor de la luz, del paisaje, del Ebro y sus mejanas y sus florestas, del mar y del Mediterráneo. Fue, a su delicada manera, un pintor de agua.

5. Fue un pintor que se afirmaba en la historia de la pintura, que vivía en la emoción permanente, en la lentitud. Meditaba, aprendía y se reconocía en los demás. Dialogó con sus antepasados y con sus contemporáneos con una sonrisa en los labios. No hablaba mal ni de su sombra.

6. Fue un pintor del color, de la sorpresa, del fuego, de la tierra sedimentada. Aragón en todas las estrellas: Aragón lanzado como un cohete hacia el mundo. Lo universal es lo local sin paredes, como dijo Miguel Torga. Y así, desde su calle, sus rincones, sus bares, se empieza a pertenecer a la tierra entera. Así lo hacía Eduardo, con infinita suavidad.

7. Fue un pintor que entendía que el arte es un acto de transformación  íntima y colectiva. Y puede ser un ejercicio de puro deleite y un torbellino de transgresión.

8. Fue un pintor de Zaragoza, la ciudad que sentía suya, que recorría a cada instante y en la que se reconocía clásico y moderno. Zaragoza era su lugar, su puerto de paz, su faro necesario, el remanso de las invenciones y la hospitalidad, y una ventana inmensa abierta a todos los horizontes. La ciudad de sus ciudades.

9. Fue un pintor honesto, humilde, dispuesto a admirar antes que a denostar. Para él cada cuadro era un combate, una tentativa y una prueba decisiva. La claridad empezaba por el estado lúcido de su corazón y de ahí le pasaba a las sienes y a los dedos.

10. Fue un artista de la acuarela. Alguien que sabía mirar con el vértigo de quien abraza con los ojos la naturaleza y sus conciertos. Atrapaba al vuelo la sabiduría y el orden.

11. Fue un pintor que, en vísperas de su adiós inesperado, cumplió un sueño: expuso en la Lonja. Lo hizo con absoluta plenitud y la llenó de música. A veces, aun ahora suena el jazz de sus lienzos. O los pájaros que huyen de la enramada en forma de melancolía.

12. Eduardo está aquí, en el libro. Está en nuestra memoria. Con sus múltiples detalles: refinamiento, ironía, intención, conciencia y sensibilidad.  Está en la poesía visible e invisible de su pintura, que es, como él deseaba, un espacio imaginario y mítico, el territorio Salavera, el país de la generosidad y de la ternura estremecida.

13. Eduardo Salavera habitaba la inspiración incesante de una pasión serena que fluía en el silencio como un río. El Ebro, el Huerva, el Gállego, los ríos de su vida y de la nuestra. Los ríos de la materia viva de la creación.

14. Eduardo Salavera fue un gran conversador, un enciclopedista del capazo a la intemperie, y nos dejó recados y mensajes por todas las esquinas y en las alas del cierzo.

15. Descansa, vuela. Rebélate a tu modo. Sé libre. Agigántate en la noche de los tiempos. Pinta, Eduardo, pinta los secretos de la eternidad. Seguiremos muy atentos.

 

*Este texto fue leído en el homenaje, en la Cai Luzán, a Eduardo Salavera. Y se publicó en 'Heraldo' el pasado viernes. Es para Nieves, esposa de Eduardo, sus hijos Daniel y Francisco, y para sus amigos.

**Autorretrato de Eduardo Salavera.

 

 

CICLO DE 'ENCUENTROS EN EL MUSEO'

CICLO DE 'ENCUENTROS EN EL MUSEO'

El Museo de Ciencias Naturales estrena una nueva actividad de divulgación que se celebrará el último miércoles de cada mes en el Paraninfo

El escritor zaragozano Eduardo Viñuales inaugura “Encuentros en el Museo” el próximo 29 de Marzo con una charla sobre cómo ser naturalista en Aragón

La sesión, con entrada libre, tendrá lugar a las 19h en la sala Joaquín Costa

(Zaragoza, viernes, 24 de marzo de 2017).  El Museo de Ciencias Naturales y el Vicerrectorado de Cultura y Proyección Social de la Universidad de Zaragoza estrenan el próximo 29 de Marzo una nueva actividad de divulgación “Encuentros en el Museo”, que se va a desarrollar en el Paraninfo universitario.
 
El escritor Eduardo Viñuales inaugurará este ciclo con la charla “La suerte de ser naturalista en Aragón”, que se celebrará en la sala Joaquín Costa a partir de las 19 horas con entrada libre. Se trata de un ciclo de divulgación abierto a todos los públicos que pretende acercar las Ciencias Naturales a todos los interesados, independientemente de sus conocimientos y su edad. En los próximos meses se podrá disfrutar de charlas con temas tan variados como las abejas, la extinción de los dinosaurios o la problemática de los incendios forestales.
 
“Para esta primera charla se ha elegido a un gran conocedor de la naturaleza aragonesa como es Eduardo Viñuales. A través de sus magníficas fotos nos mostrará el mundo que puede ver cualquier persona cuando pasea por nuestra tierra, simplemente bajándose del coche y paseándose por sus montañas y ríos. Disfrutaremos con el viaje que nos va a plantear en su charla y de paso aprenderemos un poco”, destaca José Ignacio Canudo, paleontólogo y director del Museo de Ciencias Naturales de la Universidad de Zaragoza.
 
Eduardo Viñuales es escritor naturalista de Zaragoza es un “todo terreno” lleva casi 30 años demostrando en sus reportajes periodísticos una exposición de gran rigor en la información especializada, haciéndolo casi siempre sin necesidad de utilizar términos científicas que no puedan ser comprendidos claramente por los lectores, el público en general. Además, sus libros y artículos sobre conservación de la biodiversidad, espacios naturales, rutas naturalistas, historia de la Tierra, etnobotánica, fauna y fauna, desarrollo sostenible y un largo etcétera medioambiental, casi siempre van acompañados de excelentes fotografías e imágenes propias que Eduardo ha obtenido pacientemente en el campo, en el monte, y que dejan constancia de que los temas abordados han sido trabajados in situ, con mucha observación, pacie! ncia, dedicación y buen hacer. 
 
Es muy destacable su compromiso incansable en amplios temas de la conservación y la divulgación científica del medio natural, pero muy notablemente en temas referidos a la biodiversidad y la pérdida de especies animales y vegetales que conviven con nosotros, como pueden el quebrantahuesos, el oso pardo, invertebrados o plantas en peligro de extinción, etc.
*Nota de prensa de la Universidad de Zaragoza. La foto: Eduardo Viñuales. 

PACO CAMARASA Y SUS AUTORES

PACO CAMARASA Y SUS AUTORES

"LA NOVELA NEGRA ES UNA ATMÓSFERA"
-Un diálogo con Paco Camarasa-.
Paco Camarasa recibe en su librería Negra y Criminal, en la calle La Sal de la Barceloneta, que tiene algo de laboratorio del alquimista o de santuario de lecturas. La cerró en 2015 y ahora, con pocas luces y muchas sombras, este laberinto de silencio sigue teniendo sabor, olor, magia oscura y algunas presencias inquietantes. Los libros siguen ahí, en las repisas, y los carteles, las cartas, las fotos, las dedicatorias, los recortes de prensa: todos esos recuerdos que hicieron de este espacio un lugar de encuentro y también la semilla de anécdotas y personajes y escritores que han dado lugar al libro ‘Sangre en los estantes’ (Destino, 2016. 453 páginas).
Por allí también anda Montse Clavé, su compañera desde hace años, su cómplice, la otra lectora de Negra y Criminal. Avanzada la conversación, dirá Paco: «Un librero es un lector y es un prescriptor y aprende de todo: de los libros y los autores, de las reseñas y de las entrevistas, de su propia curiosidad y de sus clientes, que siempre enseñan. Debe estar alerta. Nosotros hemos sido dos lectores, Montse y yo. Ella es muy inteligente -señala-. Por lo regular, a cada autor le he abierto una carpeta y ahí he ido guardando todo lo que caía en mis manos sobre él. Esos materiales, sumados a mis recuerdos, a su paso por aquí y a tantos años de lecturas, esas notas me han permitido organizar el libro».
De Dupin y Holmes a Carvalho
Casi para empezar, Paco, seriamente enfermo, da una pequeña primicia: el escritor irlandés, John Connolly, residente en Estados Unidos, será el gran invitado de Aragón Negro en enero. «¿Qué es la novela negra? Hay que distinguir el concepto y la etiqueta. Novela negra es aquella que, como decía G. K. Chesterton, contiene delitos o asesinatos de distintas formas, pero bajo la etiqueta caben muchas cosas. Piense en Agatha Christie: hace en realidad novela de misterio, novela enigma, en la que en muchas ocasiones hay crímenes».
En su viaje por el alfabeto de la infamia, de la A a la Z, que es ‘Sangre en los estantes’, Paco Camarasa habla de muchos autores. Diferentes, brillantes, certeros, entretenidos, perturbadores, con visión crítica y social. «El inventor de la novela policial es Edgar Allan Poe cuando publica, en 1841, tres cuentos: ‘La carta robada’, ‘Los crímenes de la calle Morgue’ y ‘El misterio de Marie Rogêt’. Él, sin saberlo apenas, crea el primer detective, Auguste Dupin, e incorpora un término clave: la palabra deducir. A Dupin, más que el culpable en sí, le interesa explicar el proceso, cómo fueron las cosas, cómo se cometió el delito».
Para Camarasa , poco después, aparecía el maestro de la lógica y la deducción: Sherlock Holmes, una creación de Arthur Conan Doyle. «Es mucho más que un detective infalible. Es un gran personaje de la literatura, a la altura de Hamlet o don Quijote, querido y reconocido en todas partes. Se convirtió en un icono, incluso con algunos equívocos. Él nunca dijo: “Elemental, querido Wat-son”, que tan famoso se ha hecho. Lo hizo un actor norteamericano que encarnó al personaje».
Paco Camarasa confiesa que la novela negra le interesa desde finales de los años 60, cuando estudiaba en la universidad de Valencia. Entonces el género carecía de prestigio, era puro divertimento y «estaba mal visto. Pero cuando cayó en nuestras manos ‘Cosecha roja’ de Dashiel Hammett, que era la novela de la corrupción de toda una ciudad, nos impresionó. Al menos a mí. Aquella novela contenía una crítica de la realidad, había algo más que crímenes, y esa era una vertiente que siempre me ha interesado de la novela negra. La denuncia social, el compromiso, la mirada hacia los de abajo, la revelación de la sordidez».
Poco a poco vendrían otros autores: Raymond Chandler, Jim Thompson, James M. Cain, Chester Himes... En España ya andaba por ahí aquel Plinio de Francisco García Pavón. «Algo que salía en TVE no podía ser bueno, pensaba, ja, ja. Y, además, nosotros sabíamos cómo era la policía del franquismo: represora, dura, sin contemplaciones. Eran los tiempos de ‘El caso’. ¿Cómo iba a ser detective alguien así? Con el paso del tiempo reconocí el mérito de García Pavón, su condición de pionero y su encanto, la personalidad de su policía municipal de Tomelloso, aunque para mí sus novelas se inscriben en el género del costumbrismo», matiza.
Paco Camarasa dio un nuevo paso: descubrió la fascinación salvaje del mal de Patricia Highsmith y le impresionó una novela como ‘Extraños en un tren’, que le sigue interesando y es motivo para realizar seminarios y viajes con sus alumnos. De repente, cita a la escritora Vera Caspary, famosa por su novela ‘Laura’, que ha publicado Alianza, el libro que inspiró la famosa película de Otto Preminger con Gene Tierney. «Ella es víctima de lo que yo llamo las ‘novelas caníbales’: un solo título ha eclipsado la calidad de las restantes, alrededor de una docena». En los 70 empezó a leer a Manuel Vázquez Montalbán: «Me gustaban mucho sus artículos de la revista ‘Triunfo’ para la sección ‘Crónica sentimental de España’, donde habla de coplas, de cultura popular. Y en 1977 publicó ‘La soledad del mánager’, con Pepe Carvalho. Nos conocimos poco después, me pidió que le presentase uno de sus libros y fuimos muy amigos». Quizá su debilidad, entre los españoles, sea Francisco González Ledesma.
Autores que vienen y van
Paco Camarasa trabajó dos décadas en el mundo del libro, sobre todo en la distribución. Y en 2002, con un amplio bagaje a sus espaldas, abrió con Montse Clavé la librería Negra y Criminal, que ha sido una casa de citas literarias, un punto de lectura, un escaparate y un espacio donde siempre pasaban cosas: algunos escritores se enamoraron allí (Cristina Fallarás y Raúl Argemí, «aunque luego se les rompiese el amor»; Ernesto Mallo y Cristina Manresa; bromea Camarasa : ¿quién visitó su librería con una mujer, Benjamin Black o John Banville, sería su esposa o su amante?), otros le transmitieron su afición por el jazz (Michael Connelly, que le envió un disco de Theolonius Monk), otros le deslumbraron como Donna Leon, con su humor y su pasión por la ópera; el irascible James Ellroy estuvo amable.
Y todos, más de un centenar de escritores, van y vienen con sus detectives, entre asesinatos y crímenes, por las páginas de ‘Sangre en los estantes’. «La novela negra es entretenida, tiene calidad literaria, explica el mundo que vivimos, sus paradojas y su violencia; y sobre todo, es una atmósfera. Para entender el nuevo Estados Unidos de Trump hay que leer a Dennis Lehane, Richard Price y Georges Pelecanos».
Montse se levanta con suavidad. Paco tiene que medicarse. En la calle abro el libro que me ha dedicado, y leo: «‘Sangre en los estantes’ también es tuyo, Montse». Y ahora ya del mundo. 

LA ESCRITURA DE MARTINEZ DE PISÓN

LA ESCRITURA DE MARTINEZ DE PISÓN

EL NARRADOR INVISIBLE

DE LA CLASE MEDIA*

 


 

Antón CASTRO

Ignacio Martínez de Pisón (Zaragoza, 1960) dijo en una ocasión, tras ganar el Premio de las Letras Aragonesas en 2011, que escribía “desde el fondo de un rincón sombrío del corazón”. La frase en él es casi insólita: es un narrador natural, diáfano, de la estirpe de Clarín, Galdós, Pardo Bazán o su amado Pío Baroja, y huye de las frases poéticas, complejas o afectadas como de la peste. Martínez de Pisón es un tipo de afectos y de rutinas: sus grandes amigos son los de la universidad (como el bibliófilo José Luis Melero y el gongorista Antonio Pérez Lasheras, dos de sus primeros lectores, o el cinéfilo Luis Alegre) y la primera juventud, a lo que va añadiendo siempre a alguien porque es un embajador constante de la amistad, como lo era su llorado amigo Félix Romeo; es fiel a la ciudad que dejó con poco más de 20 años, Zaragoza, pero a la que siempre vuelve, a la lectura de esquelas (que suele comentar con el escritor Miguel Mena) y al Real Zaragoza, incluso ahora, en Segunda División y lejos de sus días de gloria; Ignacio Martínez de Pisón, casado con la profesora María José Belló, es yerno de Luis Belló, futbolista finísimo del club aragonés en los años 50 y entrenador del Real Zaragoza que consiguió en menos de dos meses, en 1964, la Copa de Feria y la Copa del Generalísimo.

Pisón se marchó a Barcelona a principios de los 80, donde se hizo escritor con sus hábitos insobornables: tres horas de escritura al día, la pasión por los periódicos y la lectura, las partidas de billar, un número concreto de flexiones o de minutos de ‘running’, su suave forma de fumar y las citas noctámbulas con los amigos. Eso es innegociable: en Barcelona, en Zaragoza o en Madrid, donde también tiene casa, Pisón se prepara para el sueño charlando, bebiendo, intercambiando confidencias y chistes, contando y oyendo historias, y cantando si se tercia.

Al principio, este licenciado en Filología Italiana intentó sobrevivir con traducciones del italiano de autores como Daniele del Giudice, Guido Morselli o Marco Lodolli, pero siempre tuvo claro su empeño: quería ser escritor profesional. Empezó con buen pie con dos libros que dan la medida inicial de su talento: la novela Alguien te observa en secreto (Anagrama, 1984), que tenía más de un eco de su infancia y adolescencia a la sombra de su abuelo materno, en cuyo despacho había leído la Enciclopedia Espasa y a Valle-Inclán, y una colección de cuentos: Alguien te observa en secreto (Anagrama, 1985), que reflejaba la hondura de su percepción y su dominio del género, con ecos de Chejov, Tabucchi o Natalia Ginzburg; luego, a su aprendizaje, se sumarían otros nombres: John Cheever, Tobias Wolff, Vladimir Nabokov o Richard Ford. Pisón ha publicado un total de cuatro libros de cuentos que ha refundido en una antología, un tanto excluyente por decirlo así: Aeropuerto de Funchal (Seix Barral, 2009). Ahí están los cuentos que considera valiosos de su trayectoria.

Desde esos dos libros, Pisón no ha parado: si en sus años universitarios en Zaragoza había firmado crónicas y críticas de cine y se había interesado por la guerra de África y la figura de Ramon José Sender, incitado por José-Carlos Mainer, todo ello retornará con el paso del tiempo: Pisón se convertirá en guionista para Martínez Lázaro, en Carreteras secundarias y Las trece rosas, y para Fernando Trueba, en Chico y Rita. Y en 2000 publicará la novela juvenil, Una guerra africana (SM); esta disciplina la había ensayado en El tesoro de los hermanos Bravo (Alba, 1996), relato de iniciación con ecos de La isla del tesoro y El viaje americano (SM, 1998), sobre los actores españoles en Hollywood.

Ante todo, Ignacio Martínez de Pisón es narrador. Novelista. Contador de historias. Suele decir que halló su voz en Carreteras secundarias (Anagrama, 1996), el libro la historia de un padre, un tanto pícaro y extraviado entre dos mujeres, y un hijo inconformista, que se enamora de una joven negra en la Base Americana de Zaragoza. La familia es el tema más constante de Pisón, la familia de clase media. Él es huérfano desde los nueve años, y la figura del padre siempre cobra una dimensión especial. Por cierto, esa tensión y ese diálogo, a menudo interrumpido, regresan ahora con su nueva novela: Derecho natural.

Otro libro capital, quizá de los más rotundos y complejos, sea su extensa novela: El tiempo de las mujeres (Anagrama, 2003), el último que publicó en un sello en el que había estado, felizmente, durante veinte años. Es una narración familiar, de nuevo, la historia de tres hermanas, muy distintas. A Pisón siempre le había interesado la historia, el proceso de investigación de sus libros. Ahí también es particularmente minucioso. Y cayó en sus manos la peripecia del traductor José Robles Pazos, traductor de John Dos Passos, trotskista y asesinado en 1937 por los esbirros de Stalin. Pisón contactó con su hija y siguió su rastro, y le salió un espectacular libro de ensayo histórico con aroma de novela: Enterrar a los muertos (Seix Barral, 2005). Marca un antes y un después en su trayectoria, y cosechó elogios y premios. Deslumbró a Mario Vargas Llosa. Desde entonces las novelas de Pisón arrancan de un proceso previo de indagación documental, literaria y oral, y eso se percibe en Dientes de leche (Seix Barral, 2008), otra historia de una estirpe vinculada a los fascistas italianos en la guerra civil española; en El día de mañana (2011), quizá su novela más ambiciosa, un friso coral de voces en torno a un delator en la Barcelona de los 60 y 70, y en La buena reputación (Seix Barral, 2014), que aborda la vida de una pareja y su descendencia, de origen judío y vinculada al Protectorado Español en Melilla. Esa novela de novelas recibió el Premio Nacional de Narrativa de 2012; quizá no sea la más redonda de Martínez de Pisón, sí la más voluminosa, pero resume a la perfección su estética: el estilo invisible, la creación de personajes, el equilibrado desarrollo de la acción, la amenidad y la atmósfera realista. Pisón suele decir que su “oficio consiste en saber captar la realidad y saber transformarla en palabras”. Esa querencia es visible también en sus brillantes artículos de opinión de La Vanguardia.

 

*Este artículo apareció en el suplemento ’Culturas’ de ’La Vanguardia’, que dirige Sergio Vila-Sanjuán el jueves 18 de marzo.

 

**La foto de Pisón es de Elena Blanco. La otra es de Heraldo.

 

DAVID LÓPEZ: UN DIÁLOGO DE TEBEOS

DAVID LÓPEZ: UN DIÁLOGO DE TEBEOS

David López (Las Palmas de Gran Canaria, 1975. Vive en Zaragoza desde hace años) aparece con su hija Marcela, de dos años y medio, y dice: “Antes trabajaba diez horas los siete días de la semana; desde que nació la niña eso ha cambiado”. Se emociona y sonríe cuando la niña reconoce las letras, la m, la p, la r, cuando dice alguna palabra en italiano (David acaba de volver de Milán), o entona alguna canción. De fondo, en las paredes de El Armadillo Ilustrado, cuelgan sus ilustraciones de su nuevo proyecto: ‘Black Hand. Iron Head’, del que es autor del guión, del dibujo y del coloreado, en dos tintas.

-¿Por qué se ha dedicado a esto?

-Todos cuando somos críos dibujamos. A medida que nos vamos haciendo mayores, algunos lo dejan. Y yo nunca lo dejé… Tuve la suerte de que allá por 1991 o 1992 conocí a la gente de Estudio Camaleón -Samuel Aznar, Manuel Estradera, Isidro Ferrer, Luis Royo…- y vi que uno se podía dedicar a dibujar, que ese era un trabajo. Y la verdad es que con 14 años saber que quieres ser dibujante y que puedes serlo dibujante es una ventaja. Pasé la adolescencia bastante tranquilo.

-¿Cómo fue su evolución?

-Iba a Camaleón a mirar. Ellos hacían diseño gráfico, ilustración, y ahí estaba Luis Royo con sus mujeres espectaculares, sus guerreras, sus episodios fantásticos, y a la mejor mi vocación viene de ahí. Vista con perspectiva mi evolución fue muy rápida. Empecé a hacer ilustración tipo Luis Royo, muy elaborada, perfeccionista, llena detalles, fantástica, pero vi que eran muchas horas con el mismo trabajo y que la obra se me moría.

-¿Se le moría?

-Sí. Me aburría antes de haber terminado. Son procesos muy laboriosos. Y a partir de ahí empecé a modular mi estilo, más bien sueltecito, de prueba y error. Mi familia se mudó a Dueñas (Palencia), y un poco con el aislamientos del pueblo dibujé mucho. Hice más fancines de fotocopias, que titulé ‘Espiral’, y las mandé a las editoriales. Serían la serie con la que debutaría…

-¿En el sello La Cúpula?

-Empecé ‘Espiral’ en 1996 y el primer cómic impreso apareció ahí en 1998, que es mi debut profesional.

-¿Cómo se pasó a los superhéroes?

-Me he formado con ellos. Y luego he jugado mucho a rol con los amigos y en los manuales te hacen mucho hincapié en que es un juego narrativo. Ahí estaban las bases de lo que es la narrativa en sí. Narradores somos los escritores, los fotógrafos, los dibujantes, los ilustradores, los cineastas. Y yo cuento historias con imágenes y palabras.

-Hay un momento en que dio el salto a Estados Unidos… ¿Cómo fue?

-Mi primer trabajo fue en el 2000. Me pagaron por un proyecto, titulado ‘Niki y June’, que no llegó a publicarse. Gracias a un agente que empezaba me contrataron para hacer una historia de dos amigas que compartían piso en Nueva York, que se parecía mucho a mi historia de ‘Espiral’: dos amigas que compartían piso en Barcelona… Como ya había trabajado todo fue más fácil. Me han seguido contratando hasta ahora… Ahora, con ‘Black Hand’ han cambiado las cosas. Hasta ahora había sido un salvaje. La primera vez que he empezado a ver cómo se escribe un guion ha sido ahora. ¡Qué manera de sudar sangre, qué duro es! Es un ejercicio constante de humildad.

-Había hecho guiones hasta el 2007 y había estado diez años sin hacerlos. ¿Por qué?.

-He trabajado para Marvel (Spiderman, La Patrulla X, Los Invasores ) y luego pasé a DC (Siupermán y Batman), Me di cuenta de que al haber trabajado con tantos guionistas talentosos, no había nada mío. Sentí como un vacío. Y he querido hacer cosas. Este es un cómic digital que subiré a la re d a finales de marzo. Ahora yo quiero contar mis historias y quiero serlo todo: guionista, dibujante, dar color.

-Uno puede vivir de este trabajo.

-Otros no lo sé, pero yo sí, tengo la suerte de que trabajo con los mejores pagadores de cómic del mundo.

-¿Por qué, qué les da?

-Es una serie de factores. Creo que entiendo cómo funciona la narrativa de superhéroes, específica, llevo años demostrando que soy una persona de confianza, que cumplo los plazos en fecha y forma, que entiendo la industria, y hay una serie de relaciones de confianza que ya están ahí… Y digo yo que algo de talento habrá…

-¿Está de moda el tebeo?

-Se le vuelve a dar voz. Se están haciendo cosas que solo se pueden hacer en cómic y los hábitos de lectura de la gente son más compatibles con el cómic.

-¿Está pasando algo especial en Aragón?

-No sé si hay una generación, pero hay buena salud en cuanto a autores y editoriales. Aparte, en Zaragoza el apoyo institucional está siendo clave. El Salón del cómic de Zaragoza es de los más demandados por autores, los autores y las editoriales quieren venir aquí y esto es por que los libreros se están moviendo. Hay un clima especial de apoyo al cómic.

-¿Tres cómics que le hayan impresionado?

- ‘Murderabilia’ de Álvaro Ortiz, que me tiene fascinado, es el equivalente de Paul Auster en la literatura; ‘Los surcos del azar’ de Paco Roca y ‘El almanaque de mi padre’ de Jiro Taniguchi. No he llorado más con una obra de ficción nunca. 

EL VIAJERO PEPO PAZ HABLA DE SORIA Y DE LOS CIELOS DE ESPAÑA

EL VIAJERO PEPO PAZ HABLA DE SORIA Y DE LOS CIELOS DE ESPAÑA

[Pepo Paz es editor de Bartleby y cronista de viajes y fotógrafo. La pasada semana, en Zaragoza, en Cálamo y en el Centro Soriano, presentó dos de sus últimos libros: una ’Guía de Soria’ y un libro sobre ’Los mejores destinos para observar cielos en España’, ambos publicados por Anaya.]

 

-¿Qué hace un editor de poesía metido a viajero y cronista de viajes?

En realidad son dos actividades que se iniciaron y crecieron a la vez desde el verano de 1998: en julio de aquel año fundamos la editorial y fue también durante aquel verano cuando realicé mi primer viaje y colaboración para el desaparecido suplemento Motor & Viajes (que publicaba cada sábado el diario El Mundo). Ellos estaban sacando un coleccionable con rutas por España y recuerdo que me pidieron una escapada por la Sierra de Alcaraz, en Albacete, un destino que yo había visitado tres o cuatro años atrás para hacer una entrevista a una mujer guatemalteca afincada en Letur para mi primer libro Transeúntes (de América Latina). En cierta forma aquel primer viaje estaba señalando el camino que he seguido como viajero durante todos estos años.

-Una persona con esta trayectoria, el editor de Bartleby, ¿tiene una mirada especial sobre lo que ve? ¿Qué buscas en tus viajes, qué te preocupa, qué quieres captar?

Supongo que, en cierta manera, todo está interrelacionado. Sobre todo en aquellos primeros tiempos de colaboraciones en El Mundo, etapa que duró unos 4 años, en la que pude desarrollar mi trabajo de una manera menos condicionada por encargos específicos. Ahí estaban los temas que más me interesaban y, también, empecé a completar el puzle de un gran juego: el que me ha llevado a casi todos los rincones de la geografía española para contar y fotografiar lo que veía; en suma, para incitar al lector al viaje. Pero el viajero no sólo escribe: también fotografía. Quizás ahí es donde más se fundan mis propias obsesiones con las del editor. Una fotografía es siempre una instantánea de un tiempo pasado. En ese sentido me ha preocupado mucho la destrucción del paisaje y de la identidad de las ciudades y pueblos de España: la euforia constructora ha laminado lo que éramos hasta hace muy poco tiempo. Da grima volver a las carreteras y encontrar las afueras de muchas localidades tomadas por el afán especulador y transformadas en colmenas de adosados.

-Has hecho una guía de Soria, capital de la poesía. ¿Muy propio, no? ¿Qué te atrajo de Soria, qué tienen de especial la ciudad y la provincia?

Bueno, esa fue otra de las casualidades que tiene la vida. Personalmente, y mucho antes de dedicarme a la edición o al fotoperiodismo de viajes, ya tenía una vinculación con el territorio soriano que comenzó a los 18 años mientras fregaba platos como recluta en un cuartel del Ejército del Aire. Allí trabé amistad con un compañero cuya familia era originaria de un pueblo de la Ribera del Duero soriana: Langa. Y por allí empecé a viajar y a desenredar la madeja de mi fascinación por esa provincia. Luego, años después, solía escaparme con mi padre a conducir por sus comarcales a modo de desestresante de la vida laboral en una metrópoli como Madrid. Y así fui amando sus colores, sus cielos y sus pueblos. Durante diez años consecutivos acudí a la ceremonia del Paso del Fuego en San Pedro Manrique, volé en globo y encaré el difícil carácter de los viejos castellanos. Así que cuando el editor de guías nacionales de Anaya Touring me preguntó si me gustaría escribir la nueva guía de Soria de la colección Guiarama, no lo dudé. Si iba a escribir una guía… ¿qué mejor destino que el soriano? Además Soria es un destino diverso, con muchas novedades, que había que recontar. A mí me parece que es una provincia que encarna ese modo slow y sostenible hacia el que camina el turista de nuestro siglo. La ciudad es un compendio de vida sosegada, románico y poesía donde las iniciativas culturales del ayuntamiento están dando un auge distinto, como la única feria de poesía del país: Expoesía. Soria, plató cinematográfico, destino micológico y de observadores de aves y estrellas…

-¿Qué tipo de guía has querido hacer? ¿En tiempo de internet aún interesan las guías?

La anterior guía fue obra de un erudito soriano, otro viajero amante de su tierra y de la Vieja Castilla, Avelino Hernández. Escribir una guía de Soria después de la de Avelino, que había fallecido en 2003 víctima de un cáncer, para mí era un reto. Un reto ambicioso: había que darle una cierta vuelta de tuerca sin olvidar que se trata de una guía sujeta a unos criterios establecidos por una colección que tiene una larga trayectoria editorial. Sobre todo he tratado de hacer una guía actual, con una mirada muy del siglo XXI, en la que los propios sorianos se sintieran identificados. Algunos lectores me han  dicho que no se lee como una mera guía repleta de información práctica y es así, se trata, sobre todo, de un libro de viajes donde yo he querido volcar mis experiencias sorianas de los últimos 25 años. En cuanto a la segunda pregunta, bueno, yo creo que Internet nos ha cambiado la vida, la manera de viajar, etc, pero sigue habiendo viajeros que van con una guía de papel en la mano cuando se acercan a sus destinos. En la medida de que los contenidos de las guías sean de calidad, siempre habrá lectores que nos prefieran. En general, yo desconfío mucho de los contenidos de la red, en especial, de los que se suben a través de las RRSS. Sigo creyendo en la capacidad de prescripción de los profesionales.

-¿Cómo te ocurrió el libro ‘Los mejores destinos para observar cielos en España’?

Este libro es una réplica de la guía soriana. En ella ya estaban los cielos estrellados y las rutas de observación de aves. Fue en una reunión con la directora de la editorial (Mercedes de Castro) cuando ella comentó que qué me parecía la posibilidad de escribir un libro dedicado al astroturismo. La idea original fue esa y, en las semanas posteriores, fuimos dando forma al tema de los cielos como propuesta turística. Con esa base, y teniendo en cuenta que el observatorio de Borobia (en la Raya entre Aragón y Castilla) fue el primero de España en funcionar dedicado a la divulgación astronómica, empecé a confeccionar el índice del libro. Y, luego, a escribirlo.

-¿Cuáles son los mejores lugares para ver el cielo? ¿Qué has encontrado en el Observatorio de Javalambre? Parece un territorio de ciencia ficción…

Yo siempre he defendido que el escritor no puede ser neutral. Y en este libro, un libro de viajes, menos aún. A medida que fui avanzando en la primera parte del volumen, la dedicada al astroturismo, me iba dando cuenta de que en realidad estaba hablando de la España deshabitada. Los mejores lugares para observar los cielos peninsulares son, por regla general, aquellos destinos a los que el desarrollo del país ha condenado al abandono. Territorios con una densidad de población en torno a los 3 hab/km2 o incluso menor. Son esos territorios donde la contaminación lumínica es escasa y donde, por ello, las noches estrelladas la contemplación de la bóveda celeste convierte a la Tierra, a ojos del viajero, en esa nave espacial que viaja alrededor del Sol a una velocidad de 30 km por segundo. Uno se siente diminuto contemplando a simple vista la inmensidad del universo. A esos lugares con poca contaminación lumínica hay que sumarle otros parámetros más ponderables científicamente como la visibilidad astronómica  (en términos seeing) y de fondo de cielo y extinción (es decir, en términos de absorción y dispersión de la radiación electromagnética). Esos parámetros convirtieron al turolense pico del Buitre (en el municipio de Arcos de las Salinas) en el lugar ideal para la construcción del Observatorio Astronómico de Javalambre (OAJ). Luego le siguieron una serie de iniciativas para promocionar la comarca de Gúdar-Javalambre como destino astroviajero y conseguir la Certificación como Reserva Starlight y, cuando escribí el libro hace unos meses estábamos a la espera de la inauguración de Galáctica, un magnífico Centro para la Difusión y la Práctica de la Astronomía. Teruel es, por sus características geográficas, demográficas y patrimoniales un gran destino turístico. Y sus cielos estrellados son los últimos en sumarse a esa excelsa oferta. A Teruel hay que ir y regresar una y otra vez, sin duda.

-¿Qué tiene de peculiar para ti el cielo de Gallocanta? -¿Y Monte perdido y Ordesa? ¿Qué te conmovió especialmente?

Gallocanta es la bella desolación del invierno, la fiesta de las grullas. Aquí se sintetiza el enorme papel que juega la Península Ibérica como lugar de paso en las migraciones de las aves. Y Ordesa es un santuario para los amantes de la naturaleza, el destino que conjuga abismo y montaña. Ordesa es el fulgor de las estaciones y, por supuesto, el gran refugio de unos de los grandes de nuestros cielos, el quebrantahuesos. Regresar al Sobrarbe es como volver a casa. Un horizonte de leyenda.

Explícanos, descríbenos algunos cielos que te hayan parecido espectaculares, íntimos o casi sobrenaturales.

Lo genuino de los cielos es que, en función de las condiciones meteorológicas y de las estaciones, todo cambia. Cuando no estoy de viaje suelo acudir cada mañana a fotografiar el amanecer en el embalse de Santillana, en Madrid, que es donde vivo. Y siempre es diferente. Creo que la calificación de cada experiencia tiene que ver mucho con lo personal: a mí me encanta sentir el paso de esas estaciones, percibir cómo varían los colores entre unas y otras, cómo va llegando o yéndose el invierno, la algarabía de las aves acuáticas y cómo, de repente, en el momento en que el sol asoma por el horizonte, todo parece quedarse detenido por un instante. Los cielos de Canarias son los que mejores condiciones nos ofrecen para la observación nocturna pero Doñana, Cabo de Gata, el Delta del Ebro, Fisterra o el Urdaibai, por poner algunos ejemplos, me fascinan igualmente y por cosas distintas.

Pensando en Machado… ¿El que está cerca del cielo, está más cerca de Dios o de la poesía?

Yo creo que tocar el cielo con las manos es un estado de ánimo. Los cielos de “Campos de Castilla” son, por lo general, sombríos, como mucha de esa Castilla soriana que poetizó Machado y que en buena medida también bebió del malestar general y el tópico de los escritores del 98 hacia la meseta. Hoy el cielo está más cerca de la exploración y el avance tecnológico. Pero siempre hay hueco para la poesía: el otro día compartí entrevista en RNE con un geoastrónomo que se encarga de parte del entrenamiento de los astronautas y nos planteó una pregunta no exenta de ella… ¿por qué los amaneceres en la Tierra son rojos y en Marte azules?

¿Cuánto tiempo te ha costado este libro, cuántos viajes, cuántos kilómetros has recorrido?

 Este libro me ha llevado más de 20 años de trabajo. En realidad, cuando viajaba con mi padre por las comarcales sorianas ya estaba escribiendo mis notas para un libro que ni siquiera sabía que un día iba a escribir. En estas páginas están muchas de las líneas que he escrito en mis 18 años de fotoperiodista y también están los amaneceres y atardeceres que nunca he descrito. Están, por supuesto, las reivindicaciones ecologistas de colectivos vecinales y ecologistas que nos han permitido conservar entornos naturales que el afán de ministros y especuladores nos hubieran hurtado. El gran reto que tenemos es transmitir a las generaciones futuras un mundo habitable. Un reto cada vez más lejos de nuestras manos.

¿Para quién es un libro como éste?

Los mejores destinos para observar los cielos en España es un libro pensado para inspirar el viaje. Es un libro de gran formato, con un importante despliegue fotográfico, ideado para aquellos a quienes les gusta planificar sus escapadas. Y, también, para aquellos viajeros a los que les interesan las efemérides astronómicas, geográficas y naturales. Un libro para casi todos, vamos.

POEMAS PARA EL DÍA DEL PADRE

POEMAS PARA EL DÍA DEL PADRE

[Mañana es el Día del Padre. Mi padre, Benito do Touciñeiro, 1925-2007, ha aparecido en varios de mis libros o de mis textos. Estos son algunos poemas que han aparecido en ‘Vivir del aire’, ‘El paseo en bicicleta’ y ‘Seducción’. ‘Monólogo del emigrante’ es una licencia literaria, que quizá no se desajuste en exceso de lo que me contaba mi padre en mi niñez y adolescencia, y lo escribí para el proyecto sobre la emigración, ‘Sueños en el mar’, de Ricardo Calero, a quien va dedicado. La foto es de mis padres. Carmen Castro Barreiro y Benito Rodríguez Ferro.]

 

 

LAS CARTAS DE MI PADRE

Hubo un tiempo de luna llena junto al mar.
Había delfines que se acercaban a la orilla,
justo cuando acariciaba las cartas de mi padre
desde Berna o Basilea o Zurich: todas me parecían
ciudades inventadas con jardín y una autopista.
Las llevaba en mi bolsillo como un tesoro:
qué bonitas, qué íntimas, con la letra de aquel analfabeto
que me llamaba, en la última línea, el rey de la casa.
El rey de su casa, el niño que lo reemplazaba
en el corazón y junto al fuego, al lado de mi madre.
Me acuerdo de mi padre y no lo llamo: está casi sordo
y hablar por teléfono le pone nervioso. Parece que siempre
tenga prisa o que haya dejado un surco abierto en el campo
y parece que se le escapase la luz del día entre las sílabas.
La noche de hoy, con luna llena entre los árboles,
me lleva en volandas a Galicia, junto al niño que espera a su padre,
junto al niño que fui, presa del pánico, que miraba los barcos.
Hay una brisa deliciosa de alta noche. Y hay luna llena.
Y hay un cielo perfecto navegado de estrellas.
Pienso en mi padre y en aquellas madrugadas en la playa
cuando me bañaba entre las olas y esperaba su vuelta.
Me he vuelto mayor de golpe. Y me he vuelto
niño errante y solo que quiso ser un día escritor
y viajero y explorador o púgil fugaz como él. Y ahora está aquí,
tan lejos, pensando en su padre y en el agua.
Y en las cartas de amor que mi madre me leía.
Hubo un tiempo de luna llena, junto al mar, que no se olvida.

 

-De ‘Vivir del aire’. Olifante. 2010.

 

 

MI PADRE, EL VIAJE Y EL MIEDO

 

Mi primer recuerdo:

Voy con mi padre en su bicicleta.

Es una tarde apacible y sin llovizna.

go el rumoroso cantar de los bosques

y noto la agitación de su corazón.

Tengo miedo en las curvas y en los baches

a caerme en la cuneta. Y a la vez  estoy

feliz: agárrate fuerte, agárrate a mí,

agárrate bien que llegamos pronto,

dice mi padre. A lo lejos se ve el mar.

El viento peina las retamas y tumba

la maleza con la fuerza de un oleaje.

 

Luego todo es confuso. Y doloroso.

La casa de mi abuelo me pareció

gigantesca, un caserón con huerto,

 jardín, dos establos y un hórreo.

De golpe, oigo voces, discusiones,

percibo una furia inaudita. Rabia.                           

Aquel hombre no puede ser mi abuelo.

Me echo a llorar. Me abrazo a mi padre.

Nadie me consuela. Y los gritos se elevan

por los aires, más allá de la chimenea,

con el estruendo de un vendaval.

 

No tardamos en irnos. Yo aún no sabía

qué era el pánico: aquella noche pensé

que mi abuelo quería matar a mi padre,     

que mi padre quería matar a mi abuelo.

Me abracé a él con un temblor animal.

Todo era oscuridad: el débil faro

alumbraba el final de la pesadilla.

Volvíamos a casa. Jamás podría olvidar

mi primer viaje. Aquel día borroso

en que mi padre me llevó en bicicleta.

Aquella noche en que noté cómo

le temblaban la piel y la sangre.

Mi primer recuerdo.

 

-De ‘El paseo en bicicleta’. Olifante, 2011.

 

 

MONÓLOGO DEL EMIGRANTE

 

A Ricardo Calero

No quise ser nunca un desterrado. Ni un exiliado en tierra extraña. Para no sentirme extranjero en Suiza recorrí casi todas sus ciudades: Berna, Lausanne, Vevey, Ginebra, Zúrich. En todas encontré acomodo y una rara complicidad. Aprendí lo justo de francés, y menos, bastante menos de italiano y alemán. Amé a algunas mujeres, o soñé que ellas me amaban a mí, que me ofrecían un trozo del jardín donde yo trabajaba; las miraba casi a hurtadillas en su mejor perfil. Hice cuanto pude: me empleé en vialidad y aguas, corté el pelo, hice recados a pie y en bicicleta, levanté fachadas y podé los árboles frutales. No solo eso: a un cerezo lo llamé Jesús y a una acacia, Emilia, como mis padres. Cuando habían pasado cinco años, puse fin a tantos y tantos días lejos de casa. Lejos de mis playas, de mis montañas, de los míos. Lejos de la lluvia que enciende mis bosques de misterio y de música. Antes de irme, con mi letra desgarbada, mandé una carta a cada una de las familias que me habían acogido. Pensaba especialmente en las señoras: Catherine, Marie, Marguerite, Fiorella..., aunque uno de los maridos, Jacques Vivre, me hizo sentir en casa y uno de los suyos. Escribí: «Merci». Solo eso. La auténtica gratitud se concentra y se resume en las palabras justas. Gracias.

 

-De ‘Seducción’ (Olifante, 2014). Segunda edición o reimpresión, marzo de 2017.

 

 

 

 

ELOY TIZÓN: UNA ENTREVISTA

Eloy Tizón “En mis cuentos hay un

fondo de llanto que se escucha a lo lejos”

  

“A veces al escribir

entramos en el verdadero mundo”

  

“Escribir es recobrar una

lucidez que no siempre tenemos”

  

[El escritor madrileño presentó en Zaragoza la reedición ampliada, un cuarto de siglo después, de ‘Velocidad de los jardines’ en Páginas de Espuma]

  

 

‘Velocidad de los jardines’ cumple 25 años. Se escribió en parte en Zaragoza, donde el autor, Eloy Tizón (Madrid, 1964), hacía el servicio militar. Se ha convertido en un mito del relato en castellano.

-En el texto portical ‘Zoótropo’, donde recuerda la historia de ‘Velocidad de los jardines’, dice: “Escribir es como salir de un coma profundo”

-Es una frase que entenderán los escritores. Porque muchas veces tenemos la sensación de que al escribir entramos en el verdadero mundo o que el mundo cobra un relieve que antes no tenía. Es decir, el mundo de las obligaciones cotidianas es un mundo un poco anestesiante y la escritura es salir de ese coma. Recobrar una lucidez que no siempre tenemos.

-El proceso de redacción del libro le cambió por completo, ¿no?

-Bueno, por completo es una palabra muy fuerte. Pero sí, claro, es mi primer libro y es donde tengo conciencia de que puedo ser escritor. Durante los primeros años uno lo que emprende son, sobre todo, tentativas. Yo era consciente de que eran cuentos digamos peculiares, muy literarios, que tal vez tuviera dificultades para publicarlos o que no se publicarían nunca.

-¿Lo dice porque eran cuentos poéticos’

- Sí, son cuentos líricos. Es una apuesta por la narrativa lírica, además en un momento en el que yo creo que la literatura en general no iba por ahí. Los años 90 eran la época del realismo carveriano (de Raymond Carver), el realismo sucio está en pleno apogeo. Y entonces yo salgo con una especie de artefacto lírico que se aparta de eso, que no sé bien como va a ser tomado y que ni siquiera sé si voy a encontrar una editorial.

-La encontró y en Anagrama, nada menos. ¿Recuerda el primer cuento?

- ‘ Los viajes de Natalia’ fue el primero, aunque el primero que aparece en el libro sea ‘La carta a Nabokov’. Pero digamos que ese cuento fue el que me convenció de que yo podía dar el paso de la poesía a la narrativa. Yo hasta ese momento había escrito poesía y ese es el primer cuento en que empiezo a manejarme con personajes, con situaciones donde introduzco cierto movimiento narrativo. Empecé a creerme que yo podría escribir narrativa.…

¿Encontró  eso que se denomina una voz?

-Yo creo que hay una prueba, en diferentes registros, para buscar cuál era mi voz. Y para encontrar la música del libro. Creo que es un libro que se va haciendo un poco en términos musicales. Motivos que desaparecen, que reaparecen, ciertos estribillos, me parece que tiene una estructura que es, en cierto modo, más musical que narrativa. De hecho, cuando apareció se le reprochó (aunque en general fue bien acogido), que era poco narrativo. Uso ambientes que todos reconocemos, pero mirados a través de un filtro fotográfico que los vuelve un poco extraños, y ese es un filtro poético para mí.

-Otra frase: “La imagen como la última de las historias posibles”.

- Es del escritor cubano José Lezama Lima. Trabajaba en un tipo de relato que no es un relato de argumento, no depende de los giros imprevistos, no se trata de descubrir el culpable del asesinato, sino que trabaja más bien con texturas emocionales. Y ahí fue un gran apoyo encontrar esa frase de Lezama que ponía el peso en lo visual. Muchas veces lo que la imagen nos puede transmitir es suficiente.

-Alude a la paciencia, como algo necesario, y dice: “Un cuento se escribe con un poco de música y un poco de sangre”. Y aún ajusta más: “Cuento igual a rigor técnico más compasión”.

-Soy una persona muy paciente, creo. Y ante la literatura me tomo mucho tiempo, me gusta escuchar lo que tengan que decir esas voces, doy tiempo para que los personajes se vayan expresando, hablen, muestren lo que tienen dentro. En la literatura que yo admiro hay música, pero también ese punto de herida. Por eso digo lo de la música y la sangre. Creo que en los cuentos hay un fondo de llanto que se escucha a lo lejos.

- ¿Qué le debe a Nabokov o cómo le ha marcado?

- Nabokov es un escritor de una brillantez casi inigualable. El manejo que tiene de la imagen, pero no solo de eso, la reflexión que hay sobre el tiempo, sobre la identidad… Nabokov muchas veces es conocido por ‘Lolita’, por el morbo y el escándalo, pero es muchísimo más: es un tipo profundo, con muchas capas y creo que para cualquier aprendiz de narrador es un autor que hay que leer.

-El libro se publicó en el 92, han pasado 25 años, ¿cómo le ha marcado? Siguen diciendo que es su mejor libro.

- Ha sido, en ese sentido, un libro un poco vampiro. ’Velocidad de los jardines’ es el libro más recordado, en el que más se insiste. Y muchos lectores es lo único que han leído y luego ya no han leído nada más de lo que he escrito. Cosa que me parece un poco injusta para mis otros libros; creo que ‘Técnicas de iluminación’, publicado también en Páginas de Espuma, es mejor. Pese a todo, le tengo mucha gratitud porque ha sido un proceso muy gradual de reconocimiento, como una larga llovizna a lo largo de muchas décadas, basado en el boca a oreja. Ha sido un discurrir muy natural y gracias a eso yo no he sentido presión a la hora de escribir otros libros.  

 

*La foto es de la agencia Efe.