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Antón Castro

BARBASTRO, CIUDAD DE LA POESÍA

BARBASTRO, CIUDAD DE LA POESÍA

 

[María Ángeles Naval envía esta noticia:]

 

BARBASTRO CIUDAD DE POESÍA.

Los próximos días 2, 3 y 4 de julio, miércoles, jueves y viernes de la próxima semana se reúnen en la UNED de Barbastro los poetas que enumeraré a continuación.

Esta reunión está promovida por el Excelentísimo Ayuntamiento de Barbastro que quiere hacer visible y extensiva la inversión que en los últimos años está haciendo en el fomento de la creación poética a través de la convocatoria del premio de Poesía Hermanos Argensola. 

 

 María Ángeles Naval, profesora de la Universidad de Zaragoza y directora de la revista Poesía en el Campus ha sido la responsable de organizar este encuentro en el que se impartirán conferencias, habrá mesas redondas, recitales públicos a orillas del Vero y talleres de creación poética.



POETAS INTERVINIENTES:


Luis Bagué (Poeta. Investigador Universidad de Alicante).
Francisco Díaz de Castro (Poeta, crítico de poesía de "El Cultural" y Catedrático de Literatura española. Universidad de las Baleares).

Sergio Gaspar (Poeta. Director de DVD ediciones).

Jesús Jiménez (Poeta: Premio Hermanos Argensola 2007).

Pere Rovira (Poeta: Premio de Poesía Carles Riba; Premio de novela Ciudad de Barcelona; profesor de Literatura de la Universitat de Lleida).

Lorenzo Oliván (Poeta: Premio Loewe de Poesía; Premio Generación del 27).

Manuel Vilas (Poeta: Premio de Poesía Jaime Gil de Biedma; Premio Fray Luis de León de Poesía).



Además colaboran en estos encuentros: Carmen Nueno, Pilar Claver, Luís Sánchez Facerías, María Fortuny y Pilar Sierra.

*La ilustración es de  Nat King Cole y su esposa. Una auténtica preciosidad.

VICENTE PASCUAL VISTO POR SU MÉDICO RAFAEL CID

VICENTE PASCUAL VISTO POR SU MÉDICO RAFAEL CID

 

Texto de Rafael Cid, doctor de almas y de cuerpos, para el catálogo de la exposición

No hay Vino si no hay Agua de Vicente Pascual Rodrigo en el
Centro Mariano Mesonada / Museo Orús, Utebo, 2008


[Conozco a Vicente Pascual desde hace dos años, soy su médico de cabecera. Nos hemos conocido por sus graves problemas de salud, pero aunque esto siempre late en nuestra relación, él mantiene la fuerza y el valor de hablar de muchas otras cosas. Su amistad y su confianza es la única credencial que tengo para escribir esta breve presentación de su obra pictórica.

La pintura es, probablemente, un trozo de sueño, de realidad, de pensamiento, al que ponemos un marco. Con ese marco encerramos entre cuatro esquinas un lienzo cuya expansión nos inquieta.

La obra de Vicente Pascual nos rodea, sutil, imperceptiblemente, con un aura de misterio, en su desierto particular. A veces, es un deseo de abandono, hastiados del mundo y su desbordante complejidad nos decimos: “Lo que me hace falta es un desierto”. Vicente nos rodea de desierto, de soledad, de arena, de silencio estrellado. Al principio nos extrañamos, demasiado silencioso y echamos de menos los ruidos, la verborrea, el movimiento compulsivo, sin dirección, pero poco a poco entramos en otro silencio, ese silencio absoluto en el que al fin nos podemos escuchar.

Sus cuadros son como mandalas, repetitivos, obsesivos, como un mantra que circula hasta reducirlo todo a un mínimo, que todo lo contiene, círculos, cuadrados, tierra, haikus de colores, que nos incitan a releerlos con la mirada, a escrutarlos a veces con cierta irritación, para averiguar porque son tan inquietantes e hipnóticos. Una pincelada zen circular, un gesto, el corte de una espada.

Vicente, es un samurai de las formas, su pasión, aparentemente contenida por su serenidad, le obliga a un ejercicio de voluntad, detener la ejecución del mándala so pena de agotar el cuadro, de volverlo invisible la materia no da para más.

Sus pinturas se incorporan a nuestra historia, nos van moldeando, nos volvemos más circulares, más geométricos, más terráqueos, parando ese mecanismo infernal que nos devora, que nos impide ver, que nos llena de aristas. La materia moldeando el espíritu, alquimia perfecta obrando efectos invisibles.

Vicente Pascual es un samurai en la vida, en su actitud ante la pintura, ante su enfermedad. Nos enseña a todos la sencillez, la humildad, pero no esa humildad falsa precursora de la vanidad, sino la humildad del que se borra, del que a veces se aparta para no interferir, sabiendo de la divinidad mágica de los momentos.

Yo tengo la teoría, indemostrable por otra parte, de que la vida de una persona se puede resumir en unas pocas frases. La vida de todos nosotros se resume en la imagen de alguien que levanta un castillo de naipes sabiendo que todo el cuidado del mundo no va a impedir que se caiga antes o después. Vicente va sin miedo, con cuidado pero con pasión, con medida pero siempre excesivo, nunca ha dejado de poner cartas y nunca ha dejado de reírse.
Un samurai con sentido del humor. Como él dice en uno de sus poemas:

Y que sólo es nítido el reflejo en el agua serena y la ternura de sus ojos

Gracias Vicente, por tu valor y por tu risa.

 

Rafael Cid, primavera de 2008]

*Esta foto de Vicente Pascual y de Ángel Guinda, en la Biblioteca de Aragón, pertenece a José Antonio Melendo.

HISTORIAS DE AMOR TURBIO DE JULIO JOSÉ ORDOVÁS

HISTORIAS DE AMOR TURBIO DE JULIO JOSÉ ORDOVÁS

 

Julio José Ordovás, como uno de sus personajes, siente debilidad por mirar desde la ventana, mientras llueve, cae la nieve o golpea el cierzo, por leer y por escribir. Es, aunque detesta el fútbol, un cazagoles de palabras, de emociones, de instantes. “Nomeolvides” es un proyecto muy distinto a los que había firmado hasta ahora –el diario “Días sin día”, el volumen de viajes “Frente al cierzo”, la colección de artículos “Papel usado”-: es un libro de retratos y miniaturas de mujer porque estos relatos breves, estos poemas en prosa y estos daguerrotipos, que de todo hay aquí, tienen por protagonistas a mujeres, a muchas mujeres que son escritoras, lectoras convulsas, peregrinas del silencio, de la soledad y de la insatisfacción. A una de ellas, se dice, “Le pesa, demasiado, el corazón”. Otra, como Iris, “oye cantar las alondras, aquellas alondras de la canción de su madre”. Todas son un poco la misma mujer desubicada y soñadora: las gemelas, Miren Coro, “Diana, la sombra de una flor enferma”, “Raquel camina sola y borracha y llorando”. Hasta esa “Nomeolvides” que cierra el libro, y le da título, de la que se dice: “Su voz es la voz del viento que barre, espera y desordena todos los tequieros”. Este libro un tanto desgarrado, con ecos de Baudelaire, es un ejercicio de contención, un mosaico de atmósferas, un laberinto de pesadillas. Julio José Ordovás habla del barrio y sus tabernas, de los áticos y de los fantasmas, y rinde homenajes a un puñado de mitos literarios: Isak Dinesen y su amor Denys Finch-Hatton; Cortázar, Boris Vian y el jazz; aquellos años de leyenda en Tánger o “La odisea”. “Nomeolvides” tiene algo de ejercicio de estilo, de prueba sentimental de autor y de declaración de amor hacia un puñado de criaturas reales o imaginarias que andan por ahí, sin rumbo, con algo de muñecas rotas y desesperadas.

Nomeolvides. Julio José Ordovás. Prensas Universitarias de Zaragoza (PUZ): colección “La gruta de las palabras”. Zaragoza, 2008, 48 páginas. La foto es de Amy Arbus, magnífica fotógrafa e hija de Diane Arbus.

JAVIER CARNICER: UN POEMA DE AMOR

JAVIER CARNICER: UN POEMA DE AMOR

 

Javier Carnicer (Huesca, 1956), licenciado en Filosofía por la Universidad de Barcelona, es un meticuloso y lento poeta. Casi un poeta secreto. Vive desde hace más de 30 años en Barcelona: escribe mucho, lee más, recuerda a sus amigos de Huesca, compone canciones, impulsa grupos de música, pero lo hace sin ostentación, con entusiasmo y sigilo, con esa testarudez invisible de algunos aragoneses. En los años 80 publicó La sombra del obituario vista por su huésped. Y ahora publica Estuche de lijas / Capsa d’escats (Universitat Autónoma de Barcelona, Servei de Publicacions, 2008; 125 páginas), con su original el castellano y una versión al catalán de Paco Cantero y Eduard Sanahuja. El asunto central del libro es “el horror íntimo de vivir”, la pasión de existir en un mundo de paradojas y saltos al vacío, donde el amor y la palabra son refugios, islas, casi una forma abrumadora de salvación y de esperanza, dos faros que alumbran la tiniebla en la que a menudo se extravía el poeta, el hombre, el amigo. (La foto es de Cate Blanchett.)

Copio aquí uno de sus poemas: “Carmen”. Yo vivo desde hace casi treinta años con una mujer que se llama Carmen.

CARMEN

El amor, tu amor: esa pipa cargada de paz

Que enciendo con tus ojos y fumo de tus labios.

Ese antídoto sagrado

Contra todos mis posibles suicidios.

Esa locura en la sangre

Que todo lo cura.

Esa dulce transfusión, corazón a corazón.

Y ojalá me dolieran los ojos

De tanto mirarte.

Y ojalá me dolieran los labios

De tanto besarte.

Acabar conmigo, comenzar contigo.

"SUAVE", UN CUENTO DE JORGE GONZALVO

"SUAVE", UN CUENTO DE JORGE GONZALVO

 

 [Jorge Gonzalvo es escritor, editor del proyecto Laberinto de las Artes, aprendiz de un sinfín de cosas. El próximo año Lóguez va a publicar uno de sus libros; acaba de terminar dos volúmenes de cuentos: largos, medios, microcuentos. Entro en su página, http://www.puzzle.es, y tomo prestado esta pequeña pieza, ilustrada aquí por Mónica Calvo. Jorge emplea esta ilustración para otro texto, pero a mí me ha gustado mucho para aquí.]

 

Ella solía decir: qué manos más suaves tienes, ¿Cuál es el secreto para que sean tan delicadas? Mencionaba ese detalle cada vez que él la acariciaba. Tenían la costumbre de tocarse todo el tiempo, entonces ella temblaba y su espalda se deshacía tras el paso de sus dedos de taxidermista. El chico suave aseguraba que sus manos siempre fueron así, que nunca necesitaron de cuidado alguno, lo cual era cierto, hasta el día que las cosas cambiaron y ella se marchó para siempre, sin dar tiempo a más, de puntillas, acariciando el interruptor y cerrando la puerta como en un suspiro. Entonces él comenzó a untarse los brazos de tristeza y ahora, ahora resulta que sus manos son extrañamente más suaves. Mucho más suaves.

ESPAÑA A LA FINAL CON UN DILUVIO DE FÚTBOL

ESPAÑA A LA FINAL CON UN DILUVIO DE FÚTBOL

 

España, por fin, enamoró. Esta vez, en el quinto partido, sí logró hacer un excelente fútbol, de control y triangulación, y desembarazarse del pánico inicial, o cuando menos recelo, que provocaba la nueva Rusia. El partido empezó bajo un amago de diluvio universal y pronto adquirió algunos tintes inquietantes: España jugaba un poco al desgaire, hilvanaba alguna que otra jugada, pero no dominaba con contundencia, y arriba Villa y Torres, sobre todo éste, recibían balones que no definían con nitidez. Por otra parte, Pavlyuchenko se erigía como el jugador más peligroso sobre el césped: lo mismo remedaba a Ibrahimovic que a Marco Van Basten, era el mejor de los rusos. Contra pronóstico, Arshavin no tocó ni un balón ni se le vio un gesto del gran jugador de los dos últimos partidos. Villa golpeó mal una falta, y hubo de retirarse. Y lo que son las cosas: en ese relevo, que traía un nuevo orden, iba a gestarse la gran noche de España. Entró Cesc Fábregas, buscó acomodo en esa línea de manufactura exquisita con Xavi, Iniesta, Senna y Silva, y se ubicó en el lugar del mediapunta que mira hacia arriba, que busca el disparo y la asistencia última. El primer tiempo resultó vibrante, jugado casi de poder a poder. Si uno es generoso cabría decir que Rusia ganó a los puntos, aunque no se le vio una pegada preocupante. Marcó pero no hizo sangre. Sus estrellas andaban desorientadas, especialmente Zyrianov y Arshavin.

En el vestuario, con la pizarra en la mano y la estrategia en la cabeza, Luis Aragonés debió de ordenar el equipo. Debió recordar que los actores conocían de sobra la partitura y la trama: con los mismos prácticamente se había llegado a la Eurocopa. Se trataba de arrebatar el balón, de dominar y de trazar una bella geometría de pases: pases al hueco, pases al pie, pases en profundidad, pases precisos, pases letales, rápidos, hermosamente dibujados, pases con filigrana, sin perder nunca la conciencia del objetivo último: el marco rival, el gol. Y el gol llegó en una jugada de Iniesta y un remate de Xavi. El gol reapareció tras un servicio de Cesc a Dani Güiza. El gol besó el fondo de la red rusa tras un contragolpe de Cesc, de nuevo, y un fulgurante remate de Silva. A lo largo de media hora, con un rival demediado que no se reconocía a sí mismo, que no podía asumir la ausencia incomprensible de Arshavin, España realizó el mejor juego del torneo: un fútbol refinado y veloz de dominio y de toque, un fútbol de caricias que se elabora con expresividad, alegría, pasión y una apetencia de felicidad.

La segunda parte, probablemente, fue lo mejor que hemos visto en la Eurocopa. Nadie había jugado así. Quizá habría que pensar en el Barcelona que venció en la Liga y en la Champions en 2006. El conjunto de Luis deslumbró, sedujo a los espectadores, dejó boquiabiertos a los rivales, a sus rivales en el campo, y a sus rivales fuera: el estupefacto Beckenbauer, el adversario eterno Platini.

         El nivel de todos los futbolistas fue magnífico. Senna, Silva y Cesc estuvieron maravillosos; el primero con su pertinaz y sabia oscuridad de gladiador; el segundo es el jugador que siempre tiene fuelle, inspiración, recursos y sed de triunfo, y Cesc jugó el mejor partido con la selección probablemente. Ayer ganó el trabajo de un bloque, ganó una idea, un principio estético que se sustenta en el desarrollo colectivo en todas las líneas y, curiosamente, en el orden, en el esfuerzo y en un inmenso derroche físico.

*Este artículo aparece hoy en Heraldo de Aragón en la página dos. Silva celebra su gol.

 

LA DAMA DEL LAGO (ILUSTRACIÓN: CHEMA LERA)

LA DAMA DEL LAGO (ILUSTRACIÓN: CHEMA LERA)

 

[Chema lera, ilustrador, escritor y guionista de Aragón Legendario, me ha enviado una de sus ilustraciones de una mora-fantasma. La ilustración sería la ideal para el texto anterior, pero también podría serlo para esta “La dama del lago”, que aparecía en uno de mis libros: Los seres imposibles (Destino, 1998).]

 

LA DAMA DEL LAGO

 

Adelina salía siempre a pasear por la montaña; corría por los senderos, escalaba los montes de retama, divisaba la huella de los sarrios en los picos nevados. Pero un día, en una alberca que había formado la lluvia sobre el cuenco de un peñasco, descubrió una extraña figura de mujer. No extraña o informe, sino de una belleza incomparable, semidesnuda, con una larga melena de oro. Inicialmente sintió miedo, estupor --¿qué haría allí, a solas, vuelta hacia el sol, aquella dama?--, pero cuando la otra le agitó la mano, y le dijo, ven, que no te haré daño, Adelina se aproximó y no acertó a decirle nada. La miró con curiosidad, como se mira a un juguete o al primer novio. Le gustó su túnica, la piel clara, la carne trémula y ofrecida, el óvalo perfecto de su rostro, aquellos ojos grandes, de yegua o pantera al acecho, brunos como la noche. Insistió la criatura: toma mi pelo, extiéndelo sobre esa rocha y péinamelo con este peine de oro. Adelina, sin temor, inició su tarea. Comprobó que la cabellera era de finísimas hebras doradas, y que olía a manzana, frambuesa y romero, a temporal de nieve y a bosque de sabinas.

         Empezaba a caer la noche. Adelina dijo que tenía que irse, porque de lo contrario vendrían a buscarla. No era la primera vez que se perdía, refirió, una vez se quedó dormida en la majada y salieron todos los hombres del pueblo con teas encendidas y una jauría furiosa, que la despertó con sus pavorosos ladridos. La dama se levantó y se acuclilló sobre una piedra lisa. Mira si quieres, agregó, y Adelina la vio orinar, oyó el sonido del chorro, observó cómo se elevaba el humo del líquido entre las crestas como si fuese la chimenea de un caserón o un vaho de nieblas. Al instante, aquel charco se transformó en minúsculas guijas, en flores todas de oro.

         --Tómalas y vuelve mañana. A nadie debes decirle lo que has visto.

          Volvió diariamente durante años, y parece un milagro que fuese capaz de ocultar tamaño secreto: engañaba a los buhoneros, que se extraviaban por los caminos, arrastrados por la codicia; rechazó al hijo del rabadán, que la reclamó en amores, y era atractivo como un ángel; hizo creer a su madre que aquel oro brotaba de una mina secreta, a la cual no se podía acceder porque estaba llena de sierpes y sólo ella podía apaciguarlas. Sin embargo, poco a poco, se notaba vieja, ajada y voluminosa; mientras las piernas se le hinchaban de varices y le anunciaban que muy pronto no podría subir a las cumbres, la dama estaba cada día más bella. Había adelgazado y despedía una fragancia más fresca y excitante, un olor denso a resina y quizá a hombre. Adelina no podía recordar cuándo había perdido su túnica, las sortijas, las sandalias, cuándo la recibió completamente desnuda por primera vez. Un atardecer, tal como frecuentaba, la dama se acuclilló, orinó y dejó un sedimento de pedruscos, de flores y de figuras de oro sobre el suelo. Adelina se atrevió a rogarle:

         --Soy rica desde hace años, no necesito nada, salvo la juventud, la hermosura perdida. ¿Podrías restituírmela?

         --Podría devolvértela, claro. Pero el sacrificio será grande. Muy grande.

         --¿Cuál?

         --Tendrás que quedarte aquí, como yo, hasta que alguien suba a la montaña a peinar tus cabellos. Ese día empezarás a ser inmortal.

         La vieja se tendió sobre los peñascos y cerró los ojos. Un momento después los abrió y se percibió distinta, henchida, como si fuese otra persona. Repasó la piel tersa, sus músculos graníticos, los senos duros y redondos, el pelo de oro. Miró a su alrededor y comprendió que la dama se había ido.

         Se acostumbró a su nueva vida. Cuando caía la noche moraba en una gruta y al albor se bañaba en las balsas, vigilaba a los pastores o, cuando pasaba un buhonero por una vereda de la montaña, derramaba una pepita de oro a su paso. Lo hacía como quien comete una travesura o ejerce un acto de caridad sin que el favorecido se percate. A las pocas semanas, subió Berbegal, la niña de la posada. La dama quiso satisfacer su curiosidad y preguntó por una mujer que se llamaba Adelina, costurera para más señas, que vivía soltera y sola con tres gallinas y un perro de aguas en la última casa del pueblo.

         --¿No lo sabe, señora? --contestó Berbegal, mientras le acicalaba los cabellos--. Murió, la encontraron en el solanar de su casa, pero qué espanto, qué asco. Debajo de su cama y en los cajones de las alacenas no había más que montones de basura y piedras negras, cenizas, boñigas, animales sin vida. Adelina vivió como una miserable, pero nadie había sospechado jamás que fuese una bruja.

 

LA TORRE, DOÑA BLANCA Y UN FANTASMA DE PLENILUNIO

LA TORRE, DOÑA BLANCA Y UN FANTASMA DE PLENILUNIO

 

 

Durante años, en Albarracín se hablaba más que de la Torre de doña Blanca del fantasma de doña Blanca. Se decía –en los corros nocturnos de la plaza o ante el mirador de la catedral— que si se estaba alerta en las noches de luna, podría verse allá al fondo, en un vado del río Guadalaviar, resbalando en la corriente o estorbando el decir de amor de los amantes noctámbulos. Esa fábula se ajustaba perfectamente a la atmósfera de la ciudad: una villa así, tan costeruda, tan delineada por murallas y promontorios, precisaba de su leyenda de aparecidos en verano. Y todos se prestaron a darle vida, a entreverla en el cauce, a soñarla, a rescatar una conseja de origen medieval. Nadie, en ese momento de febril imaginar, reparaba en la soledad de la torre de rezagado románico, en su desolación, en su aspecto de caserón que ingresaba directamente en la podredumbre y en el olvido.


En ella, en sus sótanos si los hubo o en su interior tenebroso, debió consumirse una especie de princesa aragonesa que iba camino del destierro y se detuvo en la villa. Allí se enamoró locamente de un noble o de un príncipe; éste la amaba con fervor (algún escritor le ha puesto nombre incluso: Razin), pero su padre no aceptaba a la muchacha, hasta tal punto que la confinó en el edificio, y allí se desesperó, enfermó y murió. Convertida en espectro o en poética sombra blanca, podía huir por un vano y alcanzar la amena ribera del río en el plenilunio de agosto. Allí, si se está atento y se cree en el más allá, es posible presentirla, quizá verla. Ahora, con la Torre de doña Blanca rehabilitada, que se alza como una sombra sobre el cementerio, sólo hay que encaramarse en los miradores y observar. Lo esencial es invisible a los ojos. 

*Estos días,  Isidro Ferrer y Carlos Grassa Toro dirigen en Albarracín unas exitosas jornadas de diseño e ilustración.  Esta espléndida foto es de Luis Antonio Gil Pellin.