Blogia

Antón Castro

FERNANDO SARRÍA Y LAS HORMIGAS, EN LA FNAC

FERNANDO SARRÍA Y LAS HORMIGAS, EN LA FNAC

Esa mujer dulce y apasionada de los viajes, de Irlanda y de la poesía que es Marta Navarro publica en su blog Entrenómadas una entrevista con Fernando Sarría, que presenta esta tarde en la FNAC, en la semana de Eclipsados, su primer su poemario: El error de las hormigas. Lo acompañarán el poeta y editor Nacho Escuín, el poeta y narrador Manuel Vilas y un buen puñado de amigos de bloggers, de lectores y de poetas. El libro, como pueden suponer, pulsa con especial intensidad una cuerda de sonido universal: la del amor, la del deseo, la del placer, la de la búsqueda en el otro, la del dulce abandono en el amante. En el caso de Fernando, en la amada.]

ENTREVISTA CON FERNANDO SARRÍA

Entrenómadas: ¿Cómo y cuándo empezaste a escribir poesía?
Fernando Sarría: Empecé a escribir poesía desde siempre, desde mi juventud… pero la verdad en serio lo he hecho hace tres o cuatro años.

E: El blog ha hecho que te conozca más gente. Háblanos de tu experiencia poética en la red.

FS: El blog, los blogs, es algo fundamental, es mi canal de comunicación. Mi expresión poética ha adquirido cuerpo a partir de él, de sentirme arropado y de ser constante en los post… sin ellos no habría avanzado tan rápido.


E:¿Cómo te sientes con el nacimiento de éste tu primer libro?
FS:Con el libro me parece avanzar unos pasos, nada decisivo, pero sí un pequeño regalo que deseaba.

E: “El error de las hormigas” ¿Por qué ese título ?
FS:Ufff, tiene que ver con las sensaciones, el deseo, las ganas de los amantes, el poder dar placer a tu amad@… y la frustración cuando todo está perdido.

E: ¿Cómo definirías tu poesía?

FS: Busca siempre las emociones del que lee, da, para que sea como un eco en la memoria o en la piel del lector.

E:¿Cuáles son tus referencias poéticas?

FS: La verdad es que siempre hablo de Neruda, Cernuda, Lorca, Gonzalo Rojas, García Montero, Vilas… hay muchos… pero siempre estoy leyendo poesía… nunca se agotan las ganas de encontrar algo nuevo.


E:
Hay gente que necesita rodearse de cosas concretas (paisajes, música, aromas, etc.) para escribir. ¿Cuándo y cómo escribes tú?
FS: Yo soy una máquina, un teclado de ordenador y un río de palabras… Escribo en la calle, en el trabajo, en casa, de día, de noche…, a todas horas me asaltan las imágenes, me inundan las metáforas.

E: Hace poco decía un sociólogo que cada vez se divide más el ser humano, que hay muchos yos en cada uno, claramente diferenciados. ¿Hay dos Fernandos Sarrías, el que ficha cada jornada y el que después se dedica a la creación literaria?
FS: Podría decirse que soy dos, pero no, el primero recibe información y se debe a su trabajo, a su responsabilidad, el poeta digamos que anda siempre confluyendo en los puentes con el otro.

E: Últimamente hay muchas publicaciones de libros en Aragón. ¿Qué piensas que ocurre en Aragón? ¿Nos hemos vuelto todos escritores? Una amiga mía dice que es el agua…
FS: Hay algo que se rumorea, algo que hace que las palabras consigan salir más o menos hermosas… hay varias generaciones que se miran unas a otras y se respetan… eso hace que seamos un grupo diverso pero con ideas afines… luchar por la palabra poética… Quizás sigamos los senderos de Rosendo Tello, los de Ángel Guinda y nos agrupemos con un gran poeta Manuel Vilas que todavía es mejor como persona… (ja, ja, es amigo… se nota).

Mister Sarría, yo ya he leído el libro. Te confieso que me gusta mucho. Sé que tendrás suerte, las hormigas no se han equivocado esta vez.

 

*El libro de Fernando Sarría, como toda su obra, rezuma erotismo y sensualidad. Retrato en la playa de Scarlett Johansson.

 

LA HISTORIA DE YORGOS SANMARTÍN, HOY EN CÁLAMO

LA HISTORIA DE YORGOS SANMARTÍN, HOY EN CÁLAMO

 

[Esta tarde, a las 20.15, en la librería Cálamo, se presenta uno de los libros más conmovedores y poéticos de los últimos tiempos entre nosotros: Heridas causadas por tres rinocerontes (Xordica) de Fernando Sanmartín, que estará acompañado por Paco Goyanes y por Mariano Berges, que hará de presentador exhaustivo de este libro que “puede leerse como el dietario de unos meses donde la desesperación se adueñó de la vida del autor; o como un libro de viajes en el que Fernando Sanmartín nos narra su travesía más triste; o como un cuento en el que un niño de cuatro años se pierde en un bosque y, tras enfrentarse a demasiados peligros, logra salir indemne. (…) En Heridas causadas por tres rinocerontes hay rabia –mucha rabia-, angustia, desolación, incertidumbre, pero también ternura, alegría, compasión y esperanza”.

Mientras Yorgos reposaba en la habitación de un hospital, escribí esta historia en dos partes. Jorge Sanmartín, Yorgos, que tiene un caballo secreto como puede rastrear el lector del blog, es un gran aficionado a las sirenas. Sé que Fernando le leyó el texto durante la enfermedad. Este texto ha sido ilustrado bellamente por Alberto Aragón en un cuidadoso álbum que busca editor.]

JORGE Y LAS SIRENAS

Jorge tiene seis años y siente un gran amor por las sirenas. Le gusta verlas sentadas sobre una roca, pintadas en las primeras páginas de los libros que le dedican a su padre o a él mismo. Les pone nombres: Margarita, Leonor, Mar y Mar, Luna, Floralba, Josefina, Mamá. A veces tiene la sensación de que se le agotan los nombres. Juega con ellas, como juega con la bicicleta o los soldados. Pregunta a su padre: “De dónde han salido las sirenas”. “¿Cantan tan bien como se dice?”. “¿Cuándo podré oír su voz?”. “¿Es cierto que sólo se alimentan de almejas y de algas?”. Siempre le pide que le cuente historias de sirenas.

Jorge las mira. Pasa las páginas de los libros, les inventa nuevas historias y quiere saber si el sol es siempre de fuego y si hay gaviotas o peces en las olas del mar de sirenas. Jorge, sin saberlo, es un poeta de seis años.

Una noche, lo despertó un ruido. Abrió los ojos y allí las vio, al pie de su cama, con la mirada encendida y las escamas brillantes, como si fueran de plata azul. Luego se durmió con otra pregunta en los labios: “¿Cuándo dormirán las sirenas?”.

Por la mañana, cuando su padre acudió a despertarlo para ir al colegio, el niño le dijo: “Han venido a mi cuarto y me han cantado. No fue un sueño”. Su padre, Fernando, le respondió: “No lo fue, Jorge. Una se ha quedado: ahí está, chapoteando en la bañera”. Aquel hecho conmovió a las gentes de su barrio y luego a las de la gran ciudad, cuando lo leyeron en la prensa.

Desde que salió su increíble historia en los periódicos, a Jorge le ocurren cosas extraordinarias. Recibe marionetas, lápices de colores, libros dedicados con sirenas y postales. Hace poco recibió, desde Alaska, una foto de 17 pingüinos y una sirena de piedra. Algunos amigos acuden a su casa casi a diario. Aunque nunca ha sorprendido ninguna conversación sospechosa entre los recién llegados y sus padres, Mar y Fernando, él sabe que los amigos de sus padres y los padres de sus amigos van a ver su sirena.

Cuando llevan unos minutos en su casa, jugando con él o hablando con su padre de libros, de la colección de sirenas que pintó Nacho, el profesor de dibujo, y de bicicletas de carreras, preguntan, como si no lo supieran: “¿Dónde está el baño?”. “Ahí, a la izquierda, en la tercera puerta”. Entran y ven su sirena. A Jorge no le importa. La conoce muy bien: es una presencia cotidiana, un animal de la familia, como el hámster de ojos rojos, el jilguero Lorenzo o la tortuga Dora.

Cuando los amigos vuelven del baño, como si quisieran disimular su asombro, les dice: “Sé que por las noches canta a los pies de mi cama mientras duermo. Tarde o temprano acabaré por oírla”.

RUBÉN LORENZO: CONCIERTO Y ENTREVISTA

RUBÉN LORENZO: CONCIERTO Y ENTREVISTA

 

[El próximo martes, día 3, a las 20.00 en el Auditorio de Zaragoza, el magnífico pianista Rubén Lorenzo ofrecerá un concierto dentro de la conmemoración del primer centenario de la Sociedad Filarmónica de Zaragoza. Rubén interpretará Cuatro baladas de Chopin, Tres sonetos del Petrarca y la Rapsodia española de Franz Liszt. Rubén Lorenzo es profesor de piano en el Conservatorio Profesional de Música de Zaragoza, y es fundador y presidente de la Asociación Aragonesa de Intérpretes de Música. Ha grabado, entre otros álbumes, Sonatas para violín y piano de Mendelssohn, Goyescas de Enrique Granados y Sonatas de violín y piano de Beethoven]

ENTREVISTA RUBÉN LORENZO

-Cumples 25 años como pianista profesional. Qué reflexiones, qué recuerdos se te agolpan al mirar hacia atrás.

Me viene a la mente muchas cosas, pero quizás la sensación que más me viene a la cabeza sea el calor y la generosidad del público en mis recitales, el sentir que están contigo a las duras y a las maduras. Es reconfortante y estimulante ver que el público ha apreciado el trabajo que supone preparar un recital.

Tengo en mi mente horas y horas estudiando programas muy complejos en una desesperación casi infinita, y que luego he visto recompensada.

-Si tuvieras que buscar una sensación, una palabra, una idea que definiese este cuarto de siglo, cuál sería, cuáles serían.

Imagen, imagen y más imagen. En todos los ámbitos, y haciendo un símil con el arte, creo que vivimos una época de exaltación de la forma y hay una dejación de las ideas; la forma de hoy en día es la imagen. Esto es valido en el ambiente musical también. Tampoco esto tiene porque ser totalmente negativo, pero tengo el convencimiento de que lo que hace evolucionar el mundo son unas pocas personas que no se ven, precisamente.

-Recuerdas como fue el concierto que consideras el primero, el que supone el punto de arranque. Háblanos de sensaciones, de la atmósfera, del público, de la sala, de tu estado de ánimo.

Mi primer concierto fue en el club Calibo, que actualmente ya no existe. Anteriormente yo ya había actuado en audiciones y conciertos de alumnos en el Conservatorio, pero este concierto era un reto para mí porque suponía presentarse al público fuera de ese ámbito precisamente.

Recuerdo en el programa obras de Chopin, Mendelssohn, Liszt , Stravinsky y Beethoven. Pero lo que más grabado se me ha quedado en la mente, es el ambiente cálido y acogedor que allí había. Tenían un piano Steinway pequeño pero estupendo y con un sonido muy hermoso. Lógicamente, yo me sentía muy acongojado, pero por otro lado muy arropado por todas las personas que allí acudieron. La crítica de la prensa fue estupenda. Recuerdo este concierto con mucho cariño.

-¿Eras consciente de la responsabilidad, te decías íntimamente ‘quiero ser intérprete’?

No. A esa edad no eres consciente de que va toda esta historia y lo que se te viene encima. Respecto a lo de que quería ser intérprete, ya era consciente desde años atrás, en la infancia.

-Viajemos en el tiempo. ¿Cómo empezaste a vivir la música, cuándo te diste cuenta de que había algo especial en ella? -¿En qué momento te inclinaste hacia el piano’¿Recuerdas por qué?

Mi padre estudiaba piano, allá por los años 60, con Trinidad Castillo, discípula de Ángeles Sirvent Estudió varios años, pero no llegó ha realizar la carrera de piano. En cualquier caso, él me sentó al piano, después de intentarlo previamente con mis cinco hermanos mayores. Mi hermana pequeña también estudió unos años conmigo.

Pero lo que yo si recuerdo que más me inclinara hacia el piano, es que mi padre escuchaba mucha música y especialmente de piano. Con los años me he dado cuenta que esto ha sido lo decisivo en mi vocación.

-Inicias los estudios en el Conservatorio. Por entonces, andaba por allí Pilar Bayona. ¿Llegaste a verla, hablaste con ella, asistías a alguno de sus conciertos?

Yo realicé los estudios de grado profesional en el Conservatorio con Julieta Bel. Por entonces Pilar Bayona daba los cursos de virtuosismo. Desgraciadamente falleció cuando yo estaba en el último curso de grado profesional y no pude recibir clases de ella. Tengo una foto que aparece ella en alguna mis actuaciones del Conservatorio.

Nada más fallecer Pilar Bayona, marché a estudiar a Madrid con Pedro espinosa. Es a partir de esta época y al ganar la I Beca Pilar Bayona en el 1984, cuando mantuve una estrecha relación con su hermana Carmen Bayona y también con su sobrino Antonio. Durante muchos años, fui a estudiar a su casa en su piano y Carmen me dejo mucho repertorio de su hermana, difícil de encontrar y que he tocado en conciertos varias veces. Recuerdo también durante esa época mantuve mucha relación con el crítico de este periódico Eduardo Fauquié, muy vinculado a Pilar y que poseía una discoteca impresionante. Eduardo Fauquié me apoyó muchísimo en mis inicios como concertista.

-Por cierto, cuando te inclinaste hacia el piano, ¿ya conocías la gran tradición pianística de Zaragoza con Galve, Del Pueyo y Pilar Bayona?

Si, por supuesto. De joven yo creo que asistía a todos los conciertos que había en la ciudad. Recuerdo especialmente las Jornadas Culturales del Ayuntamiento donde actuaban con un par de conciertos cada uno de ellos. Eran unos conciertos entrañables.

-¿Qué tiene el piano, cómo lo defines tú?

El piano es uno de los instrumentos más completos que existen, por ello ha tenido la evolución tan extraordinaria que ha tenido. Ningún instrumento tiene la variedad y calidad de repertorio del piano como solista. Los demás instrumentos participan más en la música de cámara u orquestal, y es en este ámbito donde los respectivos compositores han demostrado su genialidad. Esta completitud del piano quedó demostrada en el siglo XIX, cuando, al no existir la grabación sonora, fue el instrumento de difusión de la música clásica.

Sigamos: hablemos de la formación. ¿Cómo se aprende el piano, qué se precisa?

Yo diría más bien como se aprende música. El piano es un medio para hacer música y la música es un lenguaje. Por lo tanto, hay que empezar a aprender de la misma manera como se aprende un lenguaje: empezando a escuchar mucha música, de todo tipo. Esto es lo más importante. Es el mismo proceso que cuando se aprende a hablar y a escribir: un bebé primero escucha. También es importante, que la música que escuchen sea de buenos intérpretes, que no todos los que nos dicen las discográficas lo son. Si escuchan a buenos intérpretes el discurso musical se entiende, entonces esto se asimila claramente. A partir de aquí, y en contra de lo que se piensa, no creo que se precisen unas cualidades muy especiales; cualquier persona puede tocar muy bien el piano, siempre que el profesor conozca los mecanismos técnicos de cómo hacerlo. Otra cosa es hacer una obra de arte, y en la interpretación también hay mucha creación.

Ya muy joven fuiste e estudiar a Londres. ¿Como fue? ¿Cómo fueron tus maestros? Pienso en Nariné Haroutinian. Qué significó para ti aquella estancia, cómo se vivía la música en Inglaterra, cómo vive un pianista español en Londres

A la vez que la Beca Pilar Bayona, el Ministerio de Asuntos Exteriores me había concedido una beca para estudiar en la Academia Chopin de Varsovia. Por entonces Polonia era un país plenamente comunista y no sé si por la imagen de frialdad que tenia o por mi recomendación para estudiar con Louis Kentner, cuñado del violinista Yehudi Menuhin, decidí estudiar en Londres. Fui uno de sus últimos alumnos antes de fallecer. Con Kentner trabajé obras como la Fantasía Bética de Falla, quien me dijo haber sido el primero en tocársela a Falla nada más componerla; me cambió algunas notas equivocadas que hay en la edición, según las indicaciones del propio Falla. Trabajé también con Haroutinian, hija del famoso compositor armenio, y que venia del Conservatorio Tchaikoswky de Moscú. Tenía muy mal genio en las clases, y a veces resultaban torturosas, pero me enseño muchos aspectos del colorido y sonoridad del piano.

Si uno analiza tu trayectoria, comprueba que has hecho muchos cursos: has estudiado a Mendehlsson, a Beethoven, a Liszt, a Granados, y a muchos los has grabado. ¿Como se arma un repertorio? ¿En qué tipo de literatura de piano te sientes más cómodo?

Un repertorio se monta por un afán de curiosidad, con voluntad y ganas de trabajar, y también con un poco de valor. No me encuentro más cómodo con un repertorio que con otro. Depende de las épocas y de tu evolución personal. Yo he cambiado de manera de tocar en mi carrera como tres o cuatro veces (prácticamente con cada profesor). Al final tienes que encontrar una manera de tocar que sea personal, y que no sea una consecuencia de la técnica, sino de una actitud estética. Por ello en unas épocas me he encontrado más cómodo con unos autores y en otras con otros. Respecto a la literatura de música española y también la contemporánea añado además: hay un deber moral del intérprete de dar a conocer la música de hoy y de su entorno.

Una crítica elogiaba tu seguridad, concentración, espontaneidad y espíritu musical. ¿Serían esos tus rasgos?

La verdad es que no lo sé. Es cierto que esto me lo han dicho muchas veces. Personalmente siento que la concentración se impone por el acto mismo del concierto; la espontaneidad es una consecuencia de la seguridad; la seguridad y el espíritu musical son consecuencia de un trabajo intelectual en tu estudio, que no tanto de inspiración como se dice. La intuición musical, o inspiración, es la consecuencia de un trabajo intelectual profundo; al final lo decisivo será la actitud del pianista en el momento del concierto.

¿Cómo definirías tu interpretación, qué buscas exactamente, consideras que ya todo está dicho en una partitura, cuál es la aportación tuya como intérprete?

Nunca esta todo dicho. Una partitura son unas manchas en un papel de las intenciones de un señor. Para que exista música las obras necesitan ser interpretadas y escuchadas. Por tanto, Hay que considerar al intérprete como creador, puesto que las versiones de un artista u otro de una composición concreta, no tienen nada que ver. Si hubiera una única opción de tocar las obras de música, con la tecnología de hoy en día no necesitaríamos intérpretes. Esto precisamente es lo singular, y lo grandioso de la música, y además una de las razones por las que no creo rígidamente en que existan los estilos musicales. Mozart tocado por Rubinstein, suena a Rubinstein, cualquier melómano puede apreciar esto.

Llevo varios años estudiando grabaciones de muchas interpretaciones de “grandes” maestros” con tecnologías muy sofisticadas y con grupos de profesores del conservatorio y he observado que muchas de esas grandes interpretaciones no son tan “grandes”. Se puede afirmar que en la interpretación que hay una forma más clara, el oyente la aprecia más. Mi aportación va en esta dirección, busco en la interpretación una organización, una forma para expresar ideas claras.

¿Tienes pianistas favoritos, gente a la que sigas: Horowitz, Richter, Pollini, Arrau, Rubinstein, Volodos, Pogorelich, alguno de los nuestros, Salazar? Si te ocurriese algo de eso, me encantaría que nos explicases por qué, qué hallas...

Hace años tenia más predilecciones por unos que por otros. Ahora aprecio más cualidades determinadas de cada uno y en interpretaciones concretas. No creo que exista un pianista que en todo momento sea genial, sino en una obra o un recital en concreto; eso si que lo hemos podido escuchar, en contadísimas ocasiones.

Como he comentado al principio, desde mi punto de vista vivimos una época de formas y esto es aplicable al mundo cultural. Por ello prefiero el pianismo de hace 50 años, lo que se ha llamado “la edad de oro del piano”.

De estos pianistas que me comentas, Horowitz y Richter me parecen de los pianistas más completos que han existido. Rubinstein es el ejemplo de espontaneidad y naturalidad de cómo tocar el piano; Volodos es un gran virtuoso, pero solo domina la forma pequeña, no la grande; Pogerelich es un auténtico intérprete pero demasiado experimentador, etc.

¿Cómo te gustaría que fuesen los 25 años siguientes?

Con paz. Me gustaría que la gente se apreciara más los unos a los otros. Tampoco estaría de menos que la sociedad avanzara un poquito más tranquila.

EL CRÍTICO Y CANNES, por DANIEL GASCÓN

EL CRÍTICO Y CANNES, por DANIEL GASCÓN

Creo que Carlos Boyero ha escrito las crónicas del Festival de Cannes en El País. Es el crítico de cine estrella del diario. He seguido sus artículos con atención. Entre otras cosas porque me recuerdan a esos emails colectivos que mandan los amigos cuando se van de viaje a Estados Unidos y te cuentan que se compraron un peine en una gasolinera. Y porque pienso en la gente que va reclutada forzosamente a una guerra lejana y horrible, y escribe cartas a sus padres, que se preocupan por si el niño duerme bien, pero a los que les trae sin cuidado de qué va la contienda:

“También me han alojado este año en un hotel lujoso y con pedigrí, cuya salida está poblada a todas horas por inasequibles filas de mirones esperando con ansia la entrada de famosos y de estrellas, sensación que puede llegar a efectos orgásmicos en este paciente público si sus ídolos les saludan y les firman un autógrafo. Y uno se siente como el patito feo cada vez que hace su aparición por aquí, al constatar la desilusión de esa gente al comprobar que yo no soy una personalidad conocida, que sólo es uno que siempre pasa por ahí.”

De este fragmento me interesan la gramática (“público”, “les saludan”, “les firman”; “uno”, “yo”, “uno”), y la humildad (¿de quién es la desilusión?, “uno que siempre pasa por ahí”). El público ansioso, paciente y desgraciadamente ignorante no lo aprecia porque no lo conoce. Y puede que les pase lo mismo a los lectores que quieran saber algo más de las películas. Pero yo me preocupo por lo que le espera al cronista:

“Entre las 23 películas que compiten en la trascendente sección oficial, el cine francés se ha reservado la comprensible tajada del león. Y están los inevitables chinos, aunque afortunadamente esta vez no han abusado en número”.

Y me preocupo todavía más. En el festival de cine más famoso del mundo esperan que los críticos vean películas:

“A diferencia de los programadores con aficiones sádicas que nos machacan en otros festivales con sus horarios imposibles, Cannes mantiene como algo inviolable el ritual de que la primera película de la jornada en la Sección Oficial se proyecte a las legañosas y temibles ocho y media de la mañana y la última a las ya relajantes siete de la tarde. Gracias a lo segundo, en el higiénico convencimiento de que no sólo de cine deben de vivir los críticos, excepto los que tienen una obsesión patológica por tragárselo todo, sino que también hay que permitirles algo tan humano, necesario y lúdico como ir a cenar, hacer risas, hablar de lo divino y de lo humano, saborear mínimamente el ambiente nocturno de Cannes, ofrecerle un festín a la mirada con la abusiva concentración de gente guapa.

Preocupantemente, esos horarios parecen estar cambiando. El domingo no hubo proyección de tarde y el lunes la retrasaron a las diez de la noche, algo que te descoloca mentalmente, contra lo que se rebela tu estómago, que te hace maldecir a los que te dejan sin cenar, sin ese momento mágico que alivia de la paliza mental que supone ver más de 40 películas en 11 días”.

Es absurdo ver tantas películas cuando ya sabes lo que piensas de antemano. Pero a veces merece la pena el esfuerzo y el crítico llega a una síntesis de altura: “Desplechin hace unas cosas muy raras con su cámara para filmar este reencuentro familiar a lo largo de dos horas y media”. En otras ocasiones no. En esos casos lo que se echa de menos es que el periódico no traiga fotografías del crítico viendo la película, o información sobre su tensión arterial y sus pulsaciones. Los textos superan lo que dice Ricardo Piglia –que afirma que la crítica es la forma moderna de autobiografía- y toman cierto aire de informe médico, a veces con aspecto de diagnóstico: “Sin embargo, soy inmune e incluso alérgico a la presumible fascinación que desprenden las películas de la directora argentina Lucrecia Martel”. Y a veces con forma de síntoma: “Por lo demás, no encuentro nada que se pueda narrar. ¿El desarreglo mental de la protagonista será debido a la menopausia?”.

Pero pese a deslices como éste, el crítico tiene un fraseo característico y entrañable (“Se llama Charlie Kaufman”, “un joven director alemán llamado Wim Wenders”, “Se llama Mike Tyson”, “por ese actor que ya está más allá del bien y del mal llamado Sean Connery”, “ese actor intenso y magnético llamado Sean Penn”), y siempre incluye fragmentos de indudable valor informativo. Sobre Che, escribe:

“En su estreno comercial serán dos partes que no se presentarán a la vez, pero como aquí todo se hace a lo bestia y se supone que lo que más amamos los presentes es pasarnos infinitas horas en la butaca y en medio de la oscuridad, la proyectan de un tirón, eso sí, con un agradecible intermedio en el que al igual que en el colegio o cuando nos llevaban los papás a los añorados programas dobles, nos obsequian con una bolsa con el anagrama de Che que contiene un bocadillo, una chocolatina y una botella de agua”.

Aunque este fragmento epifánico es mejor todavía:

“Pero lo más grandioso que me ha ocurrido en la jornada de ayer es tener cenando en la mesa de al lado a un individuo con la cara tatuada, mirada que parece haberse puesto de acuerdo con la vida o al menos resignado, tratando con amorosa delicadeza a una mujer muy joven, negra y preciosa. Su proteica personalidad, su legendaria carrera y su tortuosa vida es una estremecedora película sobre el esplendor y el fracaso, sobre la redención y el derrumbe, la destrucción y la autodestrucción. Se llama Mike Tyson. (…) Yo veo esas manos legendarias, la electricidad que se puede crear en ese cerebro y en esa anatomía y me echo a temblar de que alguien intente abusar de su paciencia. No ocurre nada. No salimos en la crónica de sucesos. Creo no ser mitómano pero tener al lado durante un par de horas a una leyenda de semejante calibre me provoca cierto hormigueo".

A mí, sinceramente, también.

*La actriz italiana Asia Argento.

TRES ESCULTURAS DE SANTIAGO ARRANZ EN EL WTCZ

TRES ESCULTURAS DE SANTIAGO ARRANZ EN EL WTCZ

Hoy dia 28 de marzo de 2008, se han instalado 3 esculturas del artista aragonés Santiago Arranz en el edificio Torre del Agua que construye la empresa EBROSA en el Actur entre las calles Gómez de Avellaneda y Rosalia de Castro, junto al WTCZ.

DOS POEMAS DE ALFREDO SALDAÑA

DOS POEMAS DE ALFREDO SALDAÑA

¿Qué pone

en juego

la pregunta

que no sea

la indecibilidad

errática

de una respuesta

imposible

de pronunciar,

 

el riesgo

de suplantar

el silencio anterior

al interrogante

con el rostro

sin sentido

del vacío

saturado

de vacío?


Y reconocer después, a punto ya de atravesar el umbral

que da paso al tiempo de las pérdidas y las reconciliaciones,

que a todo límite corresponde un punto de luz, el inicio

de un nuevo camino, una palabra envenenada por el buen sentido,

una estrella que guíe por los desiertos del frío

los pasos sin destino de todos nuestros muertos,

 

y ello para aceptar que el saber consiste antes que nada

en soltar lastre, para aprender por fin que el infinito es blanco

y mudo como el vacío y que la sombra y el desconcierto

delimitan con sus nombres las márgenes del camino,

la extensión de este desierto y la mirada que lo atraviesa,

la memoria irredimible de todos los vencidos.

 

*Del poemario Humus de Alfredo Saldaña, que acaba de publicar Eclipsados, y que se presenta este viernes en la FNAC. Foto: Sara Bernhardt, retratada por Félix Nadar.

CENTELLES SE EXPONDRÁ EN EL MUSEO DE TERUEL

CENTELLES SE EXPONDRÁ EN EL MUSEO DE TERUEL

Imagen de un combatiente en el Frente de Aragón.

ALGUNAS FOTOS DE FAMILIA

ALGUNAS FOTOS DE FAMILIA

 

[Hay varios fotógrafos que entran y salen de mis libros: Patricio Julve es el principal. Reaparecerá en mi próximo libro, igual que Manuel Martín Mormeneo, o Manuel Seara de Castro, a quien creo haber conocido en Armentón. Y también anda por ahí el diezmado Antonio “el Chepa”, un anarquista milmañas de La Iglesuela del Cid. Me encuentro con una historia de Seara de Casto y la cuelgo aquí: habla de los retratos de familia, del álbum familiar, habla de Patricio Julve, cómo no, y es un fragmento que anticipa el relato “Una lección de fotografía” de Golpes de mar (Destino, 2006). Una obra que ha crecido y que se ha expandido a lo largo de un cuarto de siglo. También siento una debilidad especial por El testamento de amor de Patricio Julve, que tuvo dos ediciones en 1995, otra en 2000, en Destino, y que está completamente agotado. Es el libro, en clave de ficción narrativa a lo largo de 28 cuentos (algunos brevísimos), de una aventura maravillosa de mis cinco primeros años en el Maestrazgo.

Este fragmento de texto corresponde al libro El álbum del solitario (Destino, 1999)]

EL ÁLBUM DE FAMILIA

Manuel Seara de Castro nunca se propuso ser retratista. Estaba destinado al campo como su padre y sus antepasados; poseía praderas, huertas y tierra en abundancia para el cultivo en Campolongo. Un día pasó por Rorís, entre Menlle y Armentón, un fotógrafo ambulante que cojeaba levemente con cámara de placas y mula. Venía a tomar unas panorámicas del valle y del pazo de Anzobre con sus matacanes, la vieja imprenta, los cuidados jardines y las imponentes vistas hacia el mar, atraído por un mito local: entre Anzobre y Armentón existió en el pasado una ciudad ahora sumergida llamada Ornia. El joven Manuel fue su azaroso colaborador: le mostraba caminos y atajos, le señaló oteros y patios, le transportaba los trípodes y cuidaba de la acémila, y le presentó a personajes a los que deseaba inscribir en aquel paisaje. Labradores y ganadores, herradores, peones, carpinteros y rentistas. Y se sintió tan fascinado por aquel universo de estampas, tránsitos y líquidos que apestan --"dicen que lo que le gustaba más era cuando el fotógrafo, un tal Julve, encendía fuego y se ayudaba del resplandor para tomar fotos de la gente al anochecer", refería mi madre--, que le dijo si podía aprender el oficio con él.

Vaya si lo aprendió: en Zaragoza, en pueblos aragoneses, deambulando de aquí para allá, especialmente en Cantavieja, donde Julve, Patricio Julve, abrió un cuarto provisional cuando le pidieron que retratase al pueblo completo con sus gentes y sus monumentos. Cuatro o cinco años después, volvió a Rorís y se convirtió en el profesional más apreciado de la comarca. Fundó una especie de estudio en la que había sido Barbería Barbacán y llenó el cobertizo de atrás de telas, maderas y banquetas, y colgó un ostentoso cartel con letras azules: Seara de Castro. Retratista. El hombre en sus paisajes. Iba a todas las fiestas y bailes, acompañado de Marica Doce, su mujer, que lo mismo daba las fichas a los clientes que iban a ser retratados, que anotaba la fechas de las entregas, que portaba el flash o peinaba a los niños para que saliesen mejor. "Nos dimos verdaderamente cuenta de lo que teníamos cuando empezamos a ver sus fotos en O ideal galego: la ballena que embarrancó en Barrañán, la grúa que inauguró Franco en Caión y los incendios de A Choca y Santa Leocadia. Todas las fotos que tenéis tu hermano y tú son suyas", me contaba mi madre.

Es cierto. Tengo ahora en mis manos las cuatro fotos que me hizo. Me miro en ellas. Son como el álbum del solitario, un álbum íntimo y reducido en el que casi no me reconozco. En la primera estoy en la romería de los Remedios en Anzobre con mi madre, guapísima y joven, con sus zapatos con un poco de tacón y una blusa blanca de lunares negros. Tendría cinco o seis años, eran los tiempos en que iba a la Escuela de Matilde y alguien me había enseñado ya que si tiraba la goma al suelo y me arrodillaba a recogerla podría ver las piernas de aquella mujer que también vendía manzanas al atardecer a quienes no teníamos árboles frutales en casa. La segunda es en los jardines del Balneario, a la sombra de un abeto: mi madre me había comprado unas sandalias blancas que llevaba con calcetines del mismo color, jersey de pico con corbata y pantalón corto. Sinceramente, no recuerdo nada de aquella instantánea. Tengo la sensación de que ese chiquillo es otro, de que no soy yo, aunque existe una prueba definitiva que no da lugar a equívocos: la huella de una pedrada que me dio mi primo segundo Atanís cuando los dos nos peleábamos por el amor de una niña de Candame, Beatriz de Sousa.

En la tercera estoy, durante mi primera comunión, en el año 1968, en la iglesia de Baladouro. Voy vestido de marinero, y me acompañan mi padre y mi hermano Hilario. Marita aún no había nacido y mi madre se retiró del altar porque estaba en los últimos meses de embarazo. Es curioso, a mi madre no le gustaban demasiado las fotos, siempre salía como con miedo o con afectación, apretando los labios. Seara de Castro, que la conocía muy bien desde joven, le insistió para que se dejase hacer unas placas de primer plano. "Así, con ese embarazo de mujer que ya no es niña, estás mucho más guapa. Sonríe, Sara". Lo recuerdo muy bien. Le dijo exactamente eso.

La última foto de Seara de Castro es un retrato de grupo captado el último domingo de mayo el día de la Primera Comunión de mi hermana en 1976. Coincidió con la fiesta de las Flores y con el primer baile de la temporada. Es por la tarde. El fotógrafo había traído sus aviones de madera y sus barcas, que Marica Doce había repintado. El viento y una luz intensa nos afea a todos, salvo a mi padre y a mi hermano: mi primo Antonio tiene patillas de bandolero, mi madre contrae los labios y mi hermana Marita, más que una niña hermosa y pizpireta, parece una vejeruca vestida de blanco. ¿Y yo? Soy el adolescente mofletudo y rubio, verdaderamente horrible, a quien tapa su abuela Pilar y el vuelo de su pañoleta de flores oscuras. Al fondo, se ve a don Santos comiéndose un helado. Si no supiese que era indiferente a la escena --mi padre resumía su actitud con esta frase: "Ese é o seu ser"--, diría que se está burlando de todos nosotros. Igual que Manuel Seara de Castro, que nos desnudó sin compasión alguna tal como éramos.

 

+Me ha encantado esta foto de familia de San Vicente de Villamezán. La he tomado de la página http://www.arija.org/es.