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Antón Castro

LA AMÉRICA DE TRUMP. POR GUILLERMO BUSUTIL

[La elección de Donald Trump meparece uno de los peores síntomas del lugar hacia donde va el mundo.  Es un personaje que representa lo peor -esencialmente no cree en los derechos humanos y lo ha vuelto a demostrar en su discurso de investidura-, pero algo tendrá para tantos estadounidenses que lo han elegido. Guillermo Busutil, en esos artículos-río, intenta aproximarse a su figura y lo vincula con el peor cine norteamericano. Me envía su artículo y lo traigo aquí. Lo que más me impresiona es cuando leo en la prensa española elogios hacia este personaje, que tendrá que cambiar mucho para ser un buen presidente. Elogios y esperanza. De entrada, el mundo desde sus últimas palabras parece un poco peor.]

Capitán América

Guillermo Busutil*  

'La Opinión de Málaga'.

Todo está en el cine. No existe amenaza o certidumbre de cualquier felicidad o apocalipsis que no tengan en la pantalla grande una producción de taquilla o una historia de autor. No hay abismo de la naturaleza humana que no posea un rostro inolvidable con el que recordar la crueldad, el miedo, la venganza, la locura o la muerte. Tampoco quedan posibilidades o consecuencias del poder político, económico, cultural, bélico o medio ambiental, sin una película cuyo título no haya acertado a ser un cristal visionario, la espesura carnal de la memoria, un contorno esquivo de la Historia o un viaje más allá de los límites intuidos. Adelantándose a su época en ocasiones, o documentando en otras, el poliédrico pretérito nos ha mostrado todo lo que somos y todo lo que podemos ser por mucho temor que tengamos a la pesadilla de imaginarlo.

El cine es el séptimo arte que no sólo sabe que la Historia es cíclica y se repite. También es la industria que nos vende los más impensables terrores y escenarios, que pueden aguardarnos al otro lado del viejo mapa de la felicidad o en el peor callejón de la realidad de atrás, cobrándonos la entrada y sin que nos demos cuenta de en qué nos están adiestrando. Ni siquiera le hace falta hacerlo con una cadencia de más de 14 imágenes por segundo, como con la leyenda del famoso experimento de James Vicary con el anuncio de Coca-Cola. Fahrenheit 451, Odisea espacial 200, La Naranja mecánica, Blade Runner, Minority Report, Gattaca, Los Juegos del hambre, Hijo de los hombres, La zona, El día después de mañana o Langosta nos han adelantado con décadas de diferencia hologramas narrativos de los tiempos que nos van llegando de soslayo, avisándonos de los modelos de sociedad en los que habrá que sobrevivir y reinventar un inestable modelo de convivencia. Incluso de fuga.

Lo de Donald Trump no iba a ser menos. Después de tener a un galán secundario y pésimo actor de Hollywood como Ronald Reagan a los Estados Unidos sólo le faltaba tener como cabeza oval a un rey del béisbol, a un descendiente de los sioux –bastante improbable porque se les reconoce menos que a los afroamericanos su identidad nacional– y a multimillonario. Trump ha sido el elegido, tenía más dinero a su favor. Y curiosamente algunas de sus facetas como su perfil de predicador que abduce el alma del profundo pueblo norteamericano, el que erige la biblia y el rifle a dos manos como raíces fundacionales de su concepto de lo patriótico, y su odio visceral hacia la inmigración y en concreto a la mexicana, podemos encontrarlas en El Duelo de Kieran Darcy-Smith. Un interesante western –el género que recoge la tragedia clásica y define más el concepto del héroe y lo fronterizo– en el que Woody Harrelson está inconmensurable en el papel de un predicador que rige un pueblo de Texas donde los habitantes siguen ensimismados sus predicciones, sus dogmas y cuyo odio a sus vecinos mexicanos e indios lo lleva a convertirlos en presas para cacerías humanas pagadas por gente de dinero.

 

No hará Trump ese tiro al plato pero veremos qué harán sus huestes policiales cuando se cierre el paso a la inmigración de la pobreza a la que no hay muro que la contenga, sin bajas de todo tipo a ambos lados. De momento su populismo a favor de los cabreados con las élites políticas de la capital y de los damnificados por la gran recesión económica ha tenido frutos y una fractura. La presidencia y un el país dividido en dos. Igual que ocurre con Gran Bretaña, con Europa y con España. El mundo fragmentado entre la clase rica y los pobres que, sin darse cuenta ni tampoco poder evitarlo, han sido divididos por los ricos en dos clases de pobres. Los que necesitan creer en senderos de gloria y en el Bienvenido Mr. Marshall de los que llegan a devolverles lo que le quitaron, y los que saben que los seguirá convirtiendo cada vez más en furtivos del bienestar y en excluidos de la sanidad como acaba de hacer Trump.

No entiendo cómo los ciudadanos continúan creyendo al lobo disfrazado de pastor. Y menos si éste se rodea de un gobierno que tiene más que ver con un consejo de accionistas de una gran multinacional -en el fondo es lo que Estados Unidos- que con un sanedrín de expertos curtidos en política. Hacia dentro poco importa su déficit en exigencias de equilibrios y justicias sociales. Las promesas son un espejismo o ¿acaso va a resultar que el gobierno Trump va a ser un gobierno de filántropos a favor del pueblo? Y hacia fuera el dinero es políglota, diplomático, agente secreto y sicario, si hace falta. Poco importa que el mundo financiero administre el poder porque el poder hoy es el mundo financiero.

Ha nacido una estrella. El nuevo Capitán América cuyo escudo protector contra el enemigo es el muro de la exclusión con el que pretende blindar la inmigración del vecino pobre, al grito de Estados Unidos para los norteamericanos. Stop a la carnicería. Sólo Trump entiende los eslóganes de Trump no se sabe acusando a quien. Tampoco sus votantes saben más allá de mascar tabaco, bailar country con cerveza las noches del sábado y formar rápido una patrulla armada hasta los dientes si le roban el banco el día de cobro, como refleja ese otro espléndido western contemporáneo que es Comancheria. Lo que importa es que la pasión del domador del demonio enardezca al pueblo y Trump imita a Burt Lancaster en feo pero con mayor convencimiento que el protagonista de El fuego y la palabra. Es difícil no acordarse de Hitler y de Jesús Gil al escucharle hablar de "madres y niños atrapados en la pobreza de nuestras ciudades, en fábricas como lápidas en el paisaje de nuestra nación€. han robado a nuestro país mucho potencial que no ha salido adelante", y contemplar el rostro emocionado de sus votantes. Muy parecido al de los campesinos y pescadores del Brexit. O al de los franceses que marcharán pronto contra la Bastilla de la République siguiendo el seno del Frente Nacional de Marina Le Pen, que veló armas de victoria ayer advirtiendo a la prensa que podría vetar a la que quisiera sin dar explicaciones. Conocemos la amenaza porque allí estaban los medios de comunicación, a calzón bajado sin rebelarse una vez más frente a la chulería antidemocrática. Nos hemos contagiado y creemos que la información a cualquier precio es nuestra patria.

Erase una vez América ya no existe. Entrar será más indagado policialmente. Ya no les bastará con preguntar en verde si uno tiene intenciones de atentar contra el presidente o con ser apartado de la fila si suena hispano su apellido. Las fronteras se irán blindando sibilinamente cada vez más. Cuando el poder escruta tan intimidatoriamente la prensa debería mantenerle al menos la mirada. Sin embargo resulta que no. El fantasma de la tibieza lo rige todo. Nadie quiere mojarse el primero. Los debates, como en España, más valientes a toro pasado. Incluso con Trump frente al que todos parecen inclinarse a dejar qué haga con el mundo en sus manos. Algunos periodistas piensan qué el establishment frenará decisiones extremas a nivel interior pero que otra cosa es si lo conseguirán en su tensión con China, con Oriente Medio, en las medidas que empleará en su batalla contra el terrorismo islámico y en sus enigmáticas relaciones con una Rusia cuya actuación en la sombra sigue cuestionando la legalidad del triunfo electoral de Trump. Dentro tiene sublevadas a las mujeres que marcharon ayer en su contra y fuera el mundo entero preguntándose si las barras y las estrellas no terminarán convirtiéndose en cenizas y diamantes. Capitán América o Gengis Trump.

*Guillermo Busutil es escritor y periodista
www.guillermobusutil.es

 

KIRMEN URIBE: UNA ENTREVISTA

ENTREVISTA. Kirmen Uribe

El escritor vasco, nacido en Ondárroa (Vizcaya) en 1970, es Premio Nacional de Narrativa de 2009 por su novela  ‘Bilbao-New York-Bilbao’ (Elkar / Seix Barral). Ahora publica una ambiciosa novela familiar, de luchas y exilios, ‘La hora de despertarnos juntos’, que presenta hace unos días en la librería Cálamo de Zaragoza. (Aquí lo vemos en una foto con Aritz Aduriz, el goleador del Athletic de Bilbao).

-¿Quién es Antonio Gezala? ¿Cuál es su importancia en el arte vasco? 

Antonio Gezala, aunque desconocido, es para mí uno de los grandes pintores de los años 20 en el País Vasco. Es un autor que pinta escenas de ciudad, en este caso Bilbao, pinta accidentes de tranvía, cargueros descargando su carga en el puerto de Bilbao... No pinta escenas de campo costumbristas. Además, introduce el movimiento en sus cuadros. Es muy moderno, fue amigo de los Delaunay y se nota su influjo.

 

-¿Qué encontraste en ese cuadro, ‘Noche de artistas en Ibaigane’, 1927, qué tiene de particular para ti? 

Primero, el cuadro me enamoró cuando se mostró por primera vez en el Museo de Bellas Artes de Bilbao, porque representaba una escena nocturna, una fiesta de disfraces de los años 20 con un grupo de jazz al fondo... Me recordaba la atmósfera de El gran Gatsby de Fitzgerald. Y la gran sorpresa fue descubrir, años más tarde, que el que tocaba la trompeta en ese grupo de jazz era precisamente Txomin Letamendi.

 

-En realidad, según el leve prólogo o introducción, parece que todo empezó hacia el 2010 al recordar a una amiga de la familia. ¿Qué encontraste en su historia que no te había interesado antes? 

Así es, fue en un viaje que hice a la Universidad de Brown junto al escritor Iñaki Uriarte y su mujer. Me apetecía escribir una novela más extensa, más ambiciosa literariamente y que tuviese como centro la vida de una mujer y pensé en cómo mi madre me hablaba de lo que había vivido una señora del pueblo Karmele Urresti, casi un siglo de vida, con la Guerra Civil y la II Guerra Mundial como trasfondo, dos exilios, la conexión con los servicios secretos americanos... Y empecé a investigar.

 

-La presentación de los personajes te permite contar la historia de las navieras vacas: los Urresti, los de la Sota. ¿Cuál es la importancia del mar, también en un sentido simbólico, del mar para Euskadi? 

El mar para mi es fundamental. Creo que en parte soy escritor por haber nacido pegado al mar. Mi padre y mis abuelos eran marinos. El mar hace que puedas soñar con otros mundos. Cuando eres niño te regala cosas, unas veces te trae un delfín a la playa, una foca, un barco que embarranca en la playa después de una tormenta. El mar siempre te da algo diferente, algo extraordinario que te saca de la cotidianidad. Son muchos los estímulos. Y eso para la imaginación de un niño es una bomba.

 

-Hablemos de Txomin Letamendi: trompetista, elegante, más o menos reconocido, un tanto utópico y comandante del ejército republicano. ¿Qué te atrapó del personaje? 

 Me atrajo que era un artista, un bohemio que por circunstancias de la vida tiene que meterse a miliciano y luego es captado para los servicios secretos. Tuvo una vida muy novelesca aunque sufrió muchísimo y acabó en las cárceles de la dictadura, en los años más oscuros. Pero creo que ante todo era un idealista que amaba la vida. Tuvo mala suerte, fue un "perdedor", pero es que a mí me interesa mucho más contar la historia de la gente que ha sido dejada de lado, de gente olvidaba que hablar de los que les va bien en la vida.

 

-¿Cabría decir de él que fue un soñador, un resistente, un temerario o un cultivador de la utopía? 

Las cuatro cosas a la vez, por eso me gustaba como personaje. No creo en los personajes planos, lineales, me gusta hablar del ser humano en su complejidad, con sus luces y sus sombras.

 

Para mí el gran personaje del libro, el que me fascina todo el tiempo, incluso en su compleja relación con las mujeres (que se explica en una ocasión al menos), es Manu de la Sota. ¿Qué hay de ese personaje, fue así o hay un proceso de sublimación por parte del autor? 

Bueno, los familiares me dijeron que lo había puesto mejor de lo que era en realidad. De la manera en que yo lo veo es una personaje increíble, es de los que más me gusta de la novela: culto, elegante, cosmopolita... Fue una persona que creyó realmente en la democracia y la libertad y luchó por ella, fue uno de los primeros en establecer contactos con la administración Roosevelt, se presentó el día de Navidad de 1940 en la Casa Blanca con unos niños vascos que cantaron un villancico en euskera al presidente y su mujer, conoció a Hemingway, a Thomas Mann... Y luego viene la decepción porque los EEUU apoyan a Franco en los 50, se retira a su casa en Biarritz, cerca de faro, a estudiar clásicos vascos... Un personaje maravilloso.

  

-Otro gran personaje –más allá de los protagonistas, claro- es Agirre, el lendakari: refinado, conciliador, perfeccionista y con un gran amor por su tierra. ¿Es como el líder de un país imposible, el hombre que lo da todo por un ideal? 

Pero el Agirre que aparece en la novela es un Agirre humano, que está aterrado porque su inglés no es bueno y se tiene que entrevistar con el rector de Columbia William Butler, un Agirre nervioso, que fuma mucho... Y también un luchador por la democracia y las libertades que nunca dejó de lado a su pueblo. Es el drama de un hombre que creyó ciegamente en los aliados pero que luego lo dejan de lado por razones de geopolítica mundial.

 

-¿Has tenido siempre claro que querías plantear el libro como una suerte de novela-reportaje, con diarios, en la que ibas a intervenir como autor a la manera de Cercas, Carrère o Coetzee, por poner algunos ejemplos? 

Sí. Me gustan mucho esos autores, también Siri Hustvedt o Laurent Binet. Creo que era necesario mantener los nombres reales en la novela, si no, no hubiera sido creíble o verosímil. Podría haber hecho ficción con la misma historia, una novela al uso, pero no hubiera sido honesto conmigo mismo. Quería que en el libro apareciera lo que vivió esta generación, la gente que luchó durante la II Guerra Mundial y el duro franquismo, que la hubo, y también los nombres de los "inquisidores", de los represores.

 

‘La hora de despertarnos juntos’ es una novela de espías, de un pugnaz y torpe espía, Txomin Letamendi. ¿Fue así el espionaje contra Franco, se corrían tantos riesgos, había también tanta ingenuidad? 

 Creo que eran los que eran y no tenían otra salida. Era luchar o conformarte con lo que había, que era la dura dictadura. Imagínate, un músico fue comandante de gudaris en la Guerra. Pero es que todos eran así... era un ejército sin ninguna formación, que en ningún caso pudo oponerse a la fuerza del ejército sublevado, con formación, con el apoyo de Alemania e Italia...  La única guerra que podían ganar era la de la opinión pública, sobre todo fuera, en Europa y EEUU, y esa sí que la ganaron, hasta que llegó la Guerra Fría y los EEUU se obsesionaron con el comunismo.

 

-¿Es una novela sobre los sueños rotos o sobre los exilios, la pérdida de la patria una y otra vez? 

Es así. Pero creo que nunca se rindieron totalmente. Me gusta la idea de Susan Sontag cuando dice que ninguna lucha por la libertad es vana, uno puede tener la sensación que no tiene nada que hacer, que no va a conseguir nada, pero esa misma lucha luego puede tener su reflejo en otros sitios del planeta o en otros tiempos... Es así como hemos avanzado en los derechos civiles, a base de batallas perdidas.

 

Tú también eres poeta. ¿Cuál es la importancia de la poesía en un texto que parece claramente épico? 

 Es un texto que tiene de todo. Tiene 178 capítulos con diferentes lenguajes, pueden ser poéticos, con un lenguaje más de crónica, otros son científicos... Hay de todo. A mi me gustan las novelas plurales, coincido con Milan Kundera cuando decía que las novelas tenían que combinar la narración con el reportaje, el pensamiento, la autobiografía y la ensoñación. Y la novela tiene estos cinco elementos.

 

Ahora que se debate tanto sobre la realidad y los usos de la ficción, ¿cuál es o debiera ser la mirada del novelista sobre la historia? 

La mirada del novelista es siempre su propia mirada, es una mirada individual que se fija sobre todo en los seres humanos más que en los grandes acontecimientos humanos. El escritor está siempre junto a la persona que sufre, y retrata siempre su complejidad. Me interesaba contar como la Historia condiciona fatalmente la vida particular de estas personas y contarla yo mismo, como individuo. En la novela yo no dirijo a mis personajes como un narrador omnisciente, es todo lo contrario, son los personajes los que me van guiando.

 

Hablar de la memoria es casi un tópico, pero quizá sea otro elemento capital. ¿Qué relación existe para ti, o cómo la desarrollas tú, entre literatura y memoria? 

 La memoria es fundamental en literatura, creo que la literatura se nutre de memoria e imaginación, y cómo el novelista va modificando aquello que recuerda para crear ficción.

-Por cierto, leí una cosa que me interesó mucho: “La literatura es lo que se lee entre líneas”. ¿Podrías aplicarlo esta novela? 

 Yo creo en un lector inteligente que va completando las novelas. En mi novela hay muchas cosas que no se cuentan pero que el lector intuye y hace su propia lectura. Además, lo que ha pasado es que mucha gente ha empezado a hablar del pasado de sus familias a raíz de la novela, hay historias increíbles en cada familia, y es bueno que se hable de ellas.

 

-Escribes en vasco y tienes un inequívoco compromiso con la lengua y con el territorio. ¿Cómo ves y cómo sientes el País Vasco, qué queda de ese espacio lleno de sombras, que aquí narras, y cómo se remonta la gran herida del terrorismo?

Primero hay que ponerse en el lugar de los que más han sufrido, las víctimas, compartir su dolor y luego tratar de comenzar un diálogo entre diferentes, basado siempre en el respeto al otro.

 

*La foto http://www.elcorreo.com/noticias/201511/04/media/cortadas/aduriz-kirmen--575x323.jpg

MAGDALENA LASALA Y LOS AMANTES DE TERUEL: MITO Y NOVELA

Magdalena Lasala (Zaragoza, 1958) fue la primera sorprendida cuando desde los Libros de la Esfera le invitaron a escribir una novela sobre Los Amantes de Teruel. “Pensaba que estaba todo dicho, pero acepté y me sumergí en un minucioso trabajo de documentación, como se ve en la bibliografía. He invertido un año. En enero empecé la redacción y entregué el libro en septiembre. He escrito una historia realista, con carne, huesos y emociones, de dos jóvenes que transgredieron las convenciones de su tiempo y que intuyeron que estaban unidos por el destino”, dice, y añade que con la presentación de ‘El beso que no te di’ el próximo 26 de enero en Teruel arrancarán los actos de conmemoración de los 800 años de la de la muerte de Isabel de Segura (1197-1217) y Diego Marcilla (1190-1217).

-Hace unos días, en la contraportada de HERALDO, Francisco López Rajadel decía que la historia de los Amantes es ficción.

-Podría ser. Para mí no es sustancial. Lo poderoso es el mito y en ese sentido Diego e Isabel existieron. En mi novela he mantenido sus nombres porque la leyenda es muy poderosa. Y lo que yo he pretendido es dar a su relato una justificación histórica, un contexto social, con todos los elementos y los personajes principales y secundarios. Teruel estaba naciendo, contaba con sus fueros, empezaba a ser un burgo y a la vez era un territorio de frontera.

-Ha elegido tres voces…

-Sí. La de Isabel, la de Diego y la de Elvira, que es el aya de Isabel, la criada de su madre que, poco a poco, se convierte en decisiva en la vida de la familia Segura hasta el punto de que asiste al nacimiento de la niña. Elvira, por decirlo así, es esa voz omnisciente, testigo y confidente, de cuanto ocurre.

-¿Como es la voz de Diego y cómo es él?

-A mí me gustan mucho las voces que salen de adentro. La voz de Diego es epistolar: está relacionada con las cartas que le envía a su amada desde la distancia, en esos casi cinco años en que está lejos, al servicio de Pedro II. Piense que los Marcilla habían caído en desgracia ante el rey Alfonso II y su esposa doña Sancha, y tanto Diego como su hermano mayor quieren resarcirse y aumentar su consideración social. Dicho esto, Diego es apuesto y audaz, es distinto y destaca en su entorno.

-¿Qué diría de Isabel?

-Creo que era una mujer inteligente que tenía una mirada espiritual que iba más allá de la religión. Poseía una capacidad especial de penetración que le permitía entender el momento que vivía, su situación personal. Es una mujer adelantada a su tiempo, por decirlo de algún modo. Su voz es más íntima: ella habla de sí misma, de su intimidad, de su pasión (a través de cartas que no le manda a su amado) y de su familia y de sus amigas.

-¿Cuál sería la novedad de sus enamorados, en qué son diferentes de la tradición?

-En la novela funcionan como lo que son: dos arquetipos. En el libro se habla mucho de los orígenes de la ciudad de Teruel y de su fundación, y yo vinculo a Diego y a Isabel con el mito fundacional del toro y la estrella. En cierto modo, hay una identificación del toro y de la estrella con ellos. Habló aquí de un ritual de origen cretense vinculado con el toro: un día, mientras intentaba someter al animal, el habilidoso Diego mira a través de la medialuna que hacen los cuernos con la cervizx a Isabel y se queda prendado. Lo impresionante es que todo Teruel se da cuenta de ello. Es un enamoramiento público. Y ahí empieza la historia…

-Creo que usted dice que, en realidad, se habían conocido de niños.

-Es una de mis suposiciones, sí, pero con el paso del tiempo se olvidaron. Una de mis teorías, creo que fundamentadas en la novela, es que ambos fueron gente formada, que conocían la poesía de los juglares, la lírica cortesana, los ‘Libros de Horas’ de la reina Sancha y que recibieron ambos clases de los maestros reales.

-¿Se olvidan?

-Sí. Y se reencuentran en ese ritual del toro, que tiene mucho que ver con los recortadores de ahora. Desde entonces empieza su historia de amor.

-¿Qué quiere decir?

-Que se amaron, que se citaron, que se besaron alguna vez, que disfrutaron de un momento muy especial en el jardín. He intentado que ‘El beso que no te di’ sea un libro carnal, vibrante, sin sexo, claro, una novela marcada por el ‘fatum’, por el destino. Y, en cierto modo, podría decirle que la novela es una tesis sobre el amor y los amantes.

-¿Tanto?

-Es una licencia literaria. Piense que Diego e Isabel estuvieron cinco años separados, sin posibilidad real de comunicación. Si el amor es comunicación esencialmente, ¿cómo mantuvieron firme su llama? Imaginar esa ausencia y desarrollarla ha sido toda una experiencia para mí. Este esun libro de encargo pero puedo decirle que ha sido una de las experiencias más estimulantes que he tendido en mi vida de escritora. Además, he tenido que hacer un camino inverso…

-¿Un camino inverso? ¿A qué se refiere?

-El lector ya sabe el final. Y ahí tampoco me he esforzado mucho. He aceptado lo que se supone y lo cuento con contención. En cambio, intento seducir al lector de otro modo: que cada paso que dan los personajes sea interesante, que atrape. Ahí he trabajado mucho y creo que puede haber momentos en que al lector le habría encantado modificar las historia: salvar a los amantes, alejarlos de la tragedia. Yo he seguido aquí una estructura shakesperiana: prólogo, presentación, desarrollo del conflicto, deselance y epílogo. Una novela en cinco actos. Si dices “Isabel y Diego”, también piensas en ‘Romeo y Julieta’, pero yo he tenido más en la cabeza a Hamlet. En algunos aspectos, Diego puede hacer pensar en Hamlet.

-¿Ha tenido otros libros en la cabeza?

No. Cuando escribo prosa no leo prosa, leo poesía. Y durante la redacción de la novela leí mucho la poesía de Idea Vilariño, una poesía dramática e intensa marcada por sus desencuentros con Juan Carlos Onetti, y también los ‘Sonetos’ de Shakespeare. Los Amantes de Teruel pertenecen a los primeros turolenses y ellos son el primer recuerdo que Teruel puede considerar propio.

 

*La foto la tomo de aquí: http://www.aragondigital.es/not/2013/6/5/img/img1084013s.jpg

FERNANDO FERRERÓ: UN DIÁLOGO

[Recupero esta entrevista publicada en 'Heraldo de Aragón' en 2007 con Fernando Ferreró, que cumplirá este año 90 añosa, porque Prensas Universitarias de Zaragoza, en la colección Larumbe, publica su 'Obra poética completa', con edición de Julio del Pino Perales.]

Clásicos y modernos

FERNANDO FERRERÓ

"Tengo la sensación de que a medida que envejezco la vida se hace más rica"

"En mi poesía, hay una descripción de lo que veo y de lo hay en mí. Es una poesía en drama y una escritura seca"

"Miguel Labordeta me había llevado, de niño, en su bicicleta a dar vueltas por la plaza de San Cayetano"

"Descubrí que yo tenía una vocación de enseñar literatura para los basureros, la gente llana, para el pueblo"





Fernando Ferreró (Zaragoza, 1927) es poeta, pintor y escultor. Y, acaso, uno de los hombres más misteriosos del llamado grupo Niké. Ha publicado diez poemarios y ha realizado varias exposiciones. Estos días aparece su libro "Secuencias y escenarios" (PUZ).

Sabemos muy poco de usted. Siempre ha sido como escurridizo, discreto, tímido.

Nací en Zaragoza en diciembre de 1927. Acabo de estrenar los 79 años. Mi padre, Ángel Ferreró, era de Valjunquera, pero tenía tierras en Fórnoles (Teruel). Era maestro, había estudiado Pedagogía y había asistido a cursos específicos en Madrid de Ortega y Gasset y María de Maeztu. Daba clases en el colegio Ramón y Cajal y tuvo de alumno a Manuel Alvar, del cual fui muy amigo, igual que de su hermano.

¿Julio Alvar, dibujante, antropólogo...?

Sí, recuerdo que con él y con José Luis Pomarón nos íbamos de tabernas de cuando en cuando. Nos poníamos a dibujar, luego dábamos los dibujos al dueño y él no nos cobraba la merienda. Mi madre, Paulina Gloria Tolosa, era maestra en el Buen Pastor. Vivíamos en la plaza de San Cayetano.

¿Cómo fue su infancia?

Estuvo marcada por la Guerra Civil, por una accidentada preguerra y por mi carácter. Piense usted que estábamos cerca del Mercado Central, que era zona problemática, una zona de frontera. Hacia un sitio estaba la revolución; hacia el otro, la vida burguesa y apacible. Siempre había escaramuzas, manifestaciones, huelgas. En la puerta de mi casa, hubo un piquete de soldados con ametralladora. Mis padres vivían en el colegio del Buen Pastor. Más tarde, nos trasladamos a la calle Ramón y Cajal, donde están ahora los bomberos.

Señala, también, que de su carácter derivó su desdicha. ¿Qué quiere decir?

Yo era un niño inclinado hacia la melancolía. Distingo entre temperamento y carácter. El primero nace contigo, forma parte de ti, y el carácter lo vas moldeando tú. Creo que logré cierta superación de la melancolía, y esa superación también se percibe en mi poesía. Yo me siento optimista, alegre, vital en muchos momentos, aunque siempre sea de una manera sesgada.

¿Sesgada?

Soy un hombre que no me comprometo nunca demasiado. Pero también pienso que la poesía puede acabar en sí misma, que no es imprescindible que tenga una proyección social.

¿Por qué nunca se compromete?

El gato escaldado del agua fría huye. Pues yo, igual. He tenido algunas experiencias amargas. Quizá Pío Baroja tenga una parte de culpa: he sido un gran lector suyo y me contagió su desconfianza. Parecía estar escarmentado del mundo, con desagrado, como si estuviera mal hecho.

¿Halló remedio a la melancolía?

Sí, creo que sí. Con el tiempo, con un poco de sentido común y con algunos libros. Primero descubrí, con diez años, "Platero y yo" de Juan Ramón Jiménez y me conmovió. Yo estudié en Corazonistas y un año en el colegio de Santo Tomás. Allí, descubrí un poema de Bécquer que me trastornó: "Cuando ves en el azul horizonte...". Tenía trece años. Empecé a escribir poemas. En la Guerra recibí clases en mi casa.

¿Cómo le fue en el colegio de Santo Tomás?

Muy bien. Allí, coincidí con Miguel Labordeta y con Ildefonso-Manuel Gil, que me abrieron los caminos de la literatura. A Miguel ya lo conocía del barrio. Nos habíamos criado juntos casi, puerta con puerta. Él era seis años mayor que yo. Y más de una vez me había llevado en el sillín o en el asiento trasero de su bicicleta a dar vueltas por la plaza de San Cayetano.

¿Y luego?

Hice Letras aquí, con profesores como Francisco Ynduráin y Eugenio Frutos. A la vez, colaboraba en revistas y escribía algunos poemas. Teníamos una tertulia en el café Levante, organizada por el periódico "Domingo". Estábamos el crítico de cine Manuel Rotellar, el poeta y anticuario Fermín Otín, etc. De Zaragoza marché a Salamanca, donde permanecí tres años. Y allí me empapé de la poesía del 27, de la de la generación de los años 40... En uno de los cursos estuve pensionado, en el verano, en Perugia, Italia. Y descubrí al gran poeta Eugenio Montale, en quien sigo hallando una afinidad y una sintonía con mi poesía.

¿Tuvo un significado especial la estancia en Salamanca?

Significó un encuentro más profesional con la poesía y la literatura. Los compañeros casi todos eran chicas, así que fui un estudiante perpetuamente enamorado. Me identifiqué con Castilla por amor a la Generación del 98. Hice el doctorado, pero no llegué a realizar la tesis. Fui auxiliar de Gustavo Bueno y de Fernando Lázaro Carreter, que siempre me trataba de usted, a pesar de que ambos éramos de Zaragoza y de una edad parecida.

He leído que dio clases en el colegio de Santo Tomás de los Labordeta.

Di clases de filosofía un curso. Dos horas a la semana. Miguel tenía un trato de favor hacia mí. Recuerdo que me regaló su primer poemario: "Sumido 25". Luego trabajé como ayudante de Eugenio Frutos, pero descubrí que yo tenía una vocación de enseñar literatura para basureros, para la gente llana, para el pueblo. No era un especialista y veía que la enseñanza literaria estaba demasiado sujeta a la investigación y a la erudición.

Y consiguió una plaza de profesor de Literatura en Benicarló.

Sí. Permanecí seis cursos. Entre 1955 y 1960. Aquello supuso el descubrimiento del Mediterráneo, otro tipo de vida, una nueva sensualidad, otra luz. Colaboraba en algunas revistas como "Orejudín" y "El molino de papel". Un día, José Antonio Labordeta, de quien era muy amigo, me pidió un libro para su editorial, y le di "Acerca de lo oscuro" (1959). Y al año siguiente, me llamó Joaquín Mateo Blanco y me pidió otro para Coso Aragonés del Ingenio, y le entregué "Hacia tu llanto ahogado" (1960).

¿Cómo era esa poesía?

Acusaba la falta de formación. Yo no tenía una visión clara de la lírica. Se veía el influjo de Juan Ramón Jiménez, Rainer Maria Rilke y Pedro Salinas. Creo que eran libros un poco ininteligibles.

Ya frecuentaba el café Niké, ¿no?

Sí, sí, claro. Venía los fines de semana y me integraba. En vacaciones, casi todos los días. Nos instalábamos al fondo, y hablábamos de todo menos de poesía. Había jóvenes poetas que sólo acudían el sábado y el domingo, y para ellos era muy importante. A veces, se leían poemas, pocas veces, y se oía una voz al fondo que decía: "¡Vaya mierda!". Miguel Labordeta venía los sábados por la noche: hablábamos, reíamos y salíamos a pasear por la ciudad a las tres de la mañana. Era una vida alegre.

He oído decir que durante el noviazgo de José Antonio Labordeta y el de Juana Grandes usted hacía casi de carabina.

Éramos grandes amigos, sí. A la madre de José Antonio le gastaron la broma de decir que para la luna de miel ya habíamos sacado los billetes para los tres. Los acompañaba a la playa en Tarragona, también venía Miguel. Era una relación entrañable.

En "Poetas aragoneses del grupo del Niké", Lorenzo de Blancas lo elogia y alude a su boda y a "la curación de todos sus psicológicos males". ¿A qué se refiere?

Siempre pensaba que me pasaba algo malo. Un día pensé que tenía leucemia. Tenías las manos amarillas y me asusté. Era porque me había puesto unos guantes amarillos, ja, ja, ja. Para entonces, ya vivía en Alfaro. Obtuve allí una plaza de profesor y permanecí hasta 1975.

Allí, descubrió el amor definitivo.

Llevaba una vida somática, placentera, de campo. Jugaba mucho al dominó, iba al café, paseaba, disfrutaba de buenas merendolas. De nada me arrepiento. Además, pintaba, algo que he hecho toda la vida. Y empecé a hacer escultura. He pasado por distintas fases: el expresionismo, el cubismo abstracto, el arte naïf, el arte bruto.

Hablemos de amor.

Conocí allí a una joven profesora de Zaragoza, Pilar Nogales, 20 años más joven que yo, y me enamoré. Fue un noviazgo largo e intermitente, que me llevó a cometer algunas locuras. Me casé con 50 años. He conducido literalmente de pie para no dormirme, cantaba, berreaba, abría las ventanas. No creo que me lleven a la cárcel por esto: una noche volvía a Alfaro y me pasé en la autopista, un kilómetro exactamente. Eran las tres de la mañana, y regresé a la salida marcha atrás. Hice un kilómetro completo. No venía nadie, eso sí.

Regresó a Zaragoza, trabajó de profesor de Lengua y Literatura en un instituto y recuperó su carrera poética.

Estuve más de 20 años sin publicar nada. En 1982, recogí y rescribí mis dos primeros libros, con nuevos poemas, en "De la cuestión y el gesto" (1982). Pero mi carrera literaria empezó de verdad en "La densidad implícita" (1988), que se completó con "El texto mínimo y Perfiles" (1988) y "El paisaje continuo" (1989). Ya conocía bien a los expresionistas alemanes como Paul Celan. Vaciaba lo que estaba dentro de mí.

¿Para quién ha escrito?

No he hecho una poesía asequible, es verdad. En mi poesía, hay una descripción de lo que veo en el exterior y de lo que hay en mí. La mía es una poesía en drama y una escritura seca: siempre hay una lucha con el ámbito, con una serie de elementos que dialogan entre sí, que tienen sus sentimientos, sus opiniones y sus esperanzas.

Su obra plástica es muy diferente a su obra poética. ¿Por qué?

Soy un hombre escindido. Pero he visto que no hay tanta diferencia. Mis libros se van organizando mediante fragmentos con un sentido claro en la estructura. Y en la obra plástica me ocurre algo semejante: encuentro cosas, utilizo fragmentos acabados e independientes y los voy uniendo en un todo. Mis objetos son construcciones, como mis poemas.

Camina hacia los 80 años. ¿Que desea?

Vivir más. Estoy satisfecho de la vida. Soy moderadamente feliz y Zaragoza me encanta, incluso creo que ha mejorado el clima. No tengo resentimiento hacia nada ni hacia nadie. La música clásica me llena, paseo con mis amigos, escribo. Soy completamente anárquico. ¿Una retrospectiva de mi obra artística? Ni lo pienso. Soy demasiado perezoso, salvo que me lo dieran todo hecho... Tampoco soy tan vanidoso. Tengo la sensación de que a medida que envejezco la vida se hace mucho más rica.

 

 

TRES POEMAS DE JAVIER RAMÓN JARNE

TRES POEMAS DE JAVIER RAMÓN JARNE

 

Francisco Javier Ramón Jarne publica en Olifante 'La lentitud del frío'. Al libro pertenecen estos tres poemas.

 

 

 

Una vez tuve sueños

 

Me he desperdigado por los cuarteles de invierno

con mi gemelo inverso en la consagración del bosque

olvidado, como viento adolescente cuajado de polen

sanguíneo, dándome, como pasto a feroces arpías,

como señuelo a  clérigos acostados en cal viva

al otro lado de las puertas dolientes, a la intemperie

de dios.

 

Me he derramado como vino sobre losas sabatinas,

irremediable, alcanzándome en la huida, he volcado los cántaros

que el amor había puesto en las estancias donde

me cobijaba la noche.

 

He roto el sello que el secreto de unos labios azules

había puesto en el hipocampo a los abandonados huesos.

Para que naufragasen los pensamientos asesinos,

extendí las brújulas en los horarios de los trenes,

y puse veletas entre sabanas hasta desbocarme

con palabras que me esperaban

rebotando en el vacío.

 

Nada he logrado y mi memoria se pudre en un camino de silencio,

como los sueños de juventud.

 

 

Bulimia

 

Sé que eres adicta al vómito

por tus brillantes lágrimas sobre la piel blanca,

porque lloras con todo tu cuerpo  como las serpientes,

desde la humedad de la noche inmóvil

hasta la  abrasadora luz  que hierve en los delirios,

eres un avefría llena de soledad.

Huyes de los espejos porque en ellos se refleja la carne mórbida,

la exuberancia de las viejas concubinas,

la grasa flotando en los estanques amarillos de la pereza.

 

Te acuchillas con palabras oxidadas en la infancia,

concupiscencia,  molicie, ociosidad,  inflaman el vientre.

Tu nombre aparece en el libro de las violaciones,

pero en tu piel no florece la sífilis.

Me conmueven las heridas abandonadas

en la  luz.

 

Viajas hasta el fondo de cántaros llenos de angustia.

Tus caballos sin freno y el sexo aspirando el mar.

Buscas la culpa en  lavabos anónimos,

devoras la sustancia del hastío.

 

 

Me conmueven tus vómitos

porque flotan  en  la oscuridad  como peces muertos,

alargan el viaje en el insondable invierno,

hacen más deseable la fruta de tu boca,

de tu herida.

 

Tus vómitos son el llanto que corta como un cuchillo.

 

 

Reptiles

Como la iguana en la roca, el viejo inclinado

sobre el cuerpo blanco huye del frio,

también de la sequedad,

por eso busca el agua de su boca y de su lengua,

el olvido en el vientre deshabitado de la mujer autómata.

Piensa, ella es un animal que me ha visto desnudo,

y siente asco de sí mismo.

Ella piensa, este cuerpo en su decrepitud

está desnudo junto a mi desnudez, y siente asco de él.

Pero tras las máscaras el rito se consuma en los desagües,

sobre desesperadas sábanas sin memoria,

y en los mostradores venéreos,

el sello de las transacciones deja  una huella amarilla

sobre la piel elefantiásica.

 

¡Ah, soledad de los viejos, amorosa lujuria

en el invierno!

 

 

*En la foto, Silvana Mangano en 'Arroz amargo' de Giuseppe de Sanctis.

 

ADIÓS A MANOLITA CHEN

ADIÓS A MANOLITA CHEN

Ha muerto la vedette Manolita Chen

 

La cantante y bailarina Manuela Fernández Pérez se hizo famosa en el Teatro Chino

Murió, a los 89 años y en la residencia sevillana donde vivía, Manolita Chen, la gran vedette del Teatro Chino del empresario oriental Chen Tse-Ping, conocido castizamente como Chepín, que era todo un personaje y que se había hecho famoso como lanzador de cuchillos. Manolista Chen fue el seudónimo de una joven madrileña, Manuela Fernández Pérez, nacida en abril de 1927 (cumpliría, por tanto, en la primavera 90 años), que hija de un conquense que trabajaba en las gaseosas La Revoltosa y una gallega que se empleó de criada en Madrid.

Empezó a cantar y bailar muy pronto. Debutó hacia 1947 en el Teatro-Circo Price. Allí trabajaba Chen Pse-Ping y su misteriosa personalidad estaba envuelta en una leyenda, desmentida luego en varias ocasiones: se decía que, accidentalmente, había matado a su primera esposa con un cuchillo. Él había actuado en Francia y Alemania, pertenecía a una tradición de magos, funambulistas y acróbatas, los Chekiang, y tenía un hermano que hacía un número muy curioso: se colgaba del pelo en cualquier sitio, en el circo o en grandes edificios.

Aunque se llevaban más de veinte años de diferencia (él tenía 41 años y ella 17), Chen Pse-Ping y Manuela se enamoraron de inmediato. Años después, la vedette reconoció a su biógrafo Juan José Montijano que «cuando yo vi a ese hombre con ese cuerpo bailando los doce platillos y haciendo juegos orientales, me volví loca. Me encantaba cómo me besaba». Se casaron en 1944. También le confesó al gran experto en revista española que le daba miedo el lanzamiento de cuchillos y dejó de ser la colaboradora de su marido. Se convirtió en Manolita Chen y en 1950 abrieron su propio teatro, el Teatro Chino, donde ella se convirtió en vedette. Una vedette atrevida, de cierto descaro sexual que hacía especiales y voluptuosas sus interpretaciones de chotis y pasodobles. Le decía a Montijano: «Yo salía muy guapa y tenía un buen cuerpo. Fui una de las primeras vedettes que se operaron el pecho». El éxito de los años 60 y 70 fue absoluto. Chepín y el Teatro Chino, con ella de auténtica figura, fue el pionero del destape. En uno de los libros de Montijano,el zaragozano Fernando Esteso decía:«Manolita Chen era la locura».

El zaragozano Rafael Castillejo, experto en variedades y cultura popular, explica:«El Teatro Chino de Manolita Chen (así se llamaba al final) fue uno de aquellos teatros ambulantes de variedades que gozaron de gran popularidad durante finales de la década de los 50, toda la de los 60 y hasta mediados de los 70.  Más o menos, su época dorada es la misma que la de los circos».

Y añade: «Se instalaban en los recintos feriales.  En Zaragoza estaba esto supeditado a los solares que estaban pendientes de construirse edificios de viviendas sobre ellos.  En mi caso, como nací en el 52, las primeras instalaciones las recuerdo en los terrenos alrededor de la Romareda, después por la Hípica, en los 70 en Tenor Fleta-Miraflores, etc. Algunas veces, si la capacidad de los solares no era suficiente para albergar atracciones, circos y teatros ambulantes, alguno de estos últimos se instalaba donde se podía.  Tengo, por ejemplo, un cartel del Circo Atlas, donde indica que está instalado en el Paseo de Teruel.  O una foto del Circo Continental instalado en lo que hoy es la Plaza del Carmen”. La presencia del Teatro Chino en Zaragoza era todo un acontecimiento: «Algunas vedettes que trabajaron en el Teatro Chino me cuentan que hicieron hasta seis funciones en días clave de las grandes fiestas locales». Montijano habla de hasta de ocho al día.

El Teatro Chino cerró en 1986. Su lema había sido: «Piernas, mujeres y cómicos para todos ustedes, simpático público». Chepín falleció en 1997, pero ya desde mediados los años 60 le nació un suplantador. Una triste historia que se cuenta en monografías y en la prensa. Castillejo la resume así: «El empresario Encinas montó un teatro que se anunciaba como Teatro Chino, pero, a continuación, fijaba carteles que decían: “Con la actuación de Manolita Cheng”.  Ésta era un transformista gaditano, de nombre Manuel Saborido, que salía vestido igual que la auténtica. Por lo que fuese, Chen Tse-Ping, nunca pudo hacer que ‘la otra’ desapareciera del mapa y todavía sigue creando confusión la historia». Saborido había trabajado en Barcelona con el nombre de La Bella Elena y ha sembrado equívocos sobre la biografía de la mujer que acaba de fallecer. Saborido no tiene nada que ver, claro está, con Manuela Fernández Pérez, Manolita Chen, madrileña, con nacionalidad china y española, que cantaba y bailaba con electricidad corporal.

 

*La segundo foto la tomo de aquí: http://3.bp.blogspot.com/-MiQa_TpbLUg/Twa0-DfKVTI/AAAAAAAACfQ/gA75ydJXu0M/s1600/manolita%2Bchen.jpg

LOS DIARIOS DE VALENTÍN CARDERERA

LOS DIARIOS DE VALENTÍN CARDERERA

Publican los ‘Diarios de viaje por Europa’ del

erudito y artista oscense Valentín Carderera 

 

Entre 1841 y 1861 viajó seis veces a París, Londres, Bélgica y Alemania con el deseo de publicar las láminas de su ‘Iconografía española’

 

FEDERICO DE MADRAZO / F. ALVIRA

Este retrato de Federico de Madrazo, buen amigo del aragonés, es el motivo de portada de la edición de Valentín Carderera.

 

 

Es casi un lugar común afirmar que Aragón posee más ilustres e ilustrados por kilómetro cuadrado que casi ninguna otra región. Si Irlanda es el país de los escritores, Aragón es el territorio de personajes insólitos y tenaces que cultivan la utopía. Ahí están, entre otros, Martín Cortés, Miguel Servet, Pedro Porter y Casanate, Félix de Azara, Goya, Cajal, Pilar Bayona, Buñuel o María Moliner. Y entre ellos figura un oscense  como Valentín Carderera (Huesca, 1797-Madrid, 1880) que poseía una “personalidad multifacética” y destacó, según lo define el profesor José María Lanzarote Guiral, como “artista, erudito, académico, coleccionista de arte y bibliófilo, facetas entre las que queremos resaltar aquí la de viajero”.

Ese ‘aquí’ alude a la edición de los ‘Diarios de viaje de Valentín Carderera y Solano por Europa (1841-1861). París, Londres. Bélgica y Alemania’ (Institución Fernando el Católico, 2016), que ha preparado el doctor oscense en Historia del Arte, responsable también de la lujosa edición del ‘Viaje artístico por Aragón de Valentín Carderera (IFC, 2013). Se trata de un volumen de 600 páginas, con otro centenar de introducción y bibliografía, que constituyen un testimonio de época, una cita con los grandes impresores, intelectuales y artistas de su tiempo y, también, “las vivencias de un artista” pugnaz que perseguía un sueño: editar los dibujos y las notas de las vistas de monumentos españoles; al fin, tras mucho batallar en negociaciones y búsquedas de apoyos (entre ellos los de la reina María Cristina), las publicó en París en 1861.  “Si por algo se caracterizan los diarios de Carderera (…) es por la voluntad recopilar información, por encima de la evocación literaria o la reflexión erudita. Sus páginas son ante todo un apoyo a la memoria”, señala el editor. Y algo más adelante, redondea las intenciones del erudito: “Carderera dibuja con la pluma el panorama de una época y da así la réplica a célebres viajeros extranjeros por España, como Prosper Mérimée o Richard Ford, a quienes tuvo la ocasión de tratar con cercanía en sus propios países”.

De hecho, Mérimée, al que conoció en 1840, fue capital en su biografía: lo ayudó constantemente en sus visitas a museos y en sus citas con profesionales de la edición en Francia, en un tiempo que se califica como “la edad de oro de las artes gráficas”. José María Lanzarote se apoya en otras voces para retratar la rica personalidad de Carderera. Su amigo Vicente Poleró dijo: “No había biblioteca que dejase de visitar, ni documento importante que no leyese y anotase, lo que permitió reunir una importantísima y numerosa colección de apuntes, hoy de suma importancia”.

José María Lanzarote ha dejado fuera del libro la primera estancia del aragonés, de 1822 a 1831, en Italia, sobre todo en Roma y Nápoles, becado por el duque de Villahermosa. Allí realizó vistas, o ‘vedutes’, a la acuarela. A su regreso a España, fue acogido en el palacio de su mecenas, ingresó como académico de mérito en la Real Academia de San Fernando y recibió, casi de inmediato, encargos de la nobleza y de la Casa Real. Sería a partir de 1835, “con las leyes desamortizadoras”, en pleno período crítico para el legado arquitectónico y artístico español, cuando Carderera emprendería una de sus grandes aventuras estéticas y de conocimiento: la reproducción de obras de arte y monumentos, ese material que constituirá luego el proyecto ‘Iconografía española’, que se define como una “colección de retratos, estatuas, mausoleos y demás monumentos inéditos de reyes, reinas, grandes capitanes, escritores, etc., desde el siglo XI hasta el XVII”.

Como la España pintoresca y romántica de Carmen y los bandoleros estaba de moda en Europa, Valentín Carderera consideró que en París o Londres podría vender su proyecto, aunque había otras razones para su salida al extranjero, entre ellas “un exilio forzado por la situación política y económica de España”. El primer viaje lo llevó a París (y luego, por espacio de dos meses, a Londres y durante algunos días a Bruselas), allí frecuentó al barón Isidore Taylor -al que le intentó vender dos cuadros del Divino Morales, exhibido hace pocos meses en el Museo del Prado-, al citado Mérimée y a la reina madre María Cristina de Borbón (viuda de Fernando VII y casada en secreto con Fernando Muñoz, guardia de corps) y a exiliados españoles que esperaban allí “tiempos bonancibles”. Estuvo muy cerca de la soberana, que le encargó y le pagó varios retratos. El lunes 17 de julio de 1843 anotó: “Pinté en el retrato de la reina, boceto”. En el libro se incluye un buen retrato clásico de la soberana de 1842. Carderera volvió a España tras la caída de Espartero.

En 1845, y durante ocho meses, regresó a París, Londres y a Bruselas. Tampoco hubo suerte. Siempre se quedaba a medio camino pero aprovechaba el tiempo: iba al Museo del Louvre o al de Cluny, al Museo Británico o la National Gallery, a galerías privadas, asistía a subastas, visitaba la Biblioteca Nacional e iba dejando minucioso registro de sus pasos.

En 1855, atraído por la Exposición Universal de París y por su viejo afán, retornó a la capital del Sena. Volvería en 1859 y en 1861, época que logró culminar la edición de su ‘Iconografía española’ en francés y español. En una ocasión hubo que repetir la tirada por completo. En todo este tiempo, la vida de Valentín Carderera fue un torbellino de empeños, compras, libros, proyectos y amigos, entre ellos artistas aragoneses como Ponciano Ponzano y Juan García Martínez, y fue un gran promotor de la obra gráfica de Francisco de Goya. “En 1855 Carderera llevó a París un lote de dibujos del genio de Fuendetodos, que enseñó a sus amigos y colegas. Además, regaló algunas estampas de Goya a sus colaboradores y a aquellas personas que le ayudaron en su proyecto editorial”. Ricardo Centallas editó sus ‘Estudios sobre Goya’ (IFC, 1996).

A la vez este curioso de casi todo fue forjando una gran colección de arte, que adquirió sobre todo en París. En 1867 vendió parte de sus posesiones al Estado. Dice José María Lanzarote: “Se adquirieron 45.761 obras, que corresponden a 1.805 dibujos. 8.130 grabados dentro de libros y 35.826 grabados sueltos”, colección que fue a parar a la Biblioteca Nacional.

 

DOS POEMAS DE ANTONIO CABRERA

DOS POEMAS DE ANTONIO CABRERA

[Un gran escritor, el poeta Antonio Cabrera, un gaditano de Medina Sidonia afincado en Valencia, publica ‘El desapercibido’ en Pepitas de calabaza. Un buen amigo me regaló este volumen delicado, intenso y hermoso, un libro sobre el acto de pensar y sentir, un libro en prosa donde se atrapa la vida en una de sus formas más perfectas: la palabra. Copio aquí dos textos.]

 

MÁS QUE BIEN

Propuse a mis alumnos un comentario sobre esta sentencia de Santayana: “Los filósofos contemplan estrellas que se desplazan lentamente”. Uno de ellos entendió más que bien: “La filosofía –contestó- es una actividad inocente que busca explicarse las cosas con calma”. Una ‘actividad inocente’. Qué fina o casual inteligencia.

NOS SALVAMOS

La vida interior es abstrusa, un embrollo de ideas en inminencia, en uso o en descomposición. La vida interior puede ser asfixiante. Menos mal que algo venido de fuera, una percepción, alguna cosa vista, puede aliviarla momentáneamente, puede permitirle respirar hondo. La vida interior –el pensamiento a solas- abandonada a su puro bullir nos sofocaría. Para que no quedemos cegados por nuestra mente es necesario mirar. Gracias a las ventanas no odiamos nuestra casa. Gracias al mundo nos salvamos.

 

-De ‘El desapercibido’ de Antonio Cabrera. Pepitas de Calabaza. Libro galardonado con el premio Café Bretón.

 

*La foto es de Juan Manuel Castro Prieto y pertenece a su proyecto 'Cespedosa'.