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Antón Castro

MUERE RICARDO PIGLIA

MUERE RICARDO PIGLIA

SOBRE RICARDO PIGLIA

Crónica de la entrega del Premio Formentor en 2015 a Ricardo Piglia.

Nota sobre las 'Conversas de Formentor'. La foto de Ricardo Piglia, que acaba de morir, es de Alejandra López y se publicó en la prensa argentina.

 

Participantes: Eduardo Becerra (profesor de Literatura Hispanoamericana), Jorge Herralde (editor de Anagrama), Juan Antonio Masoliver (escritor, crítico literario y traductor), Guillermo Schavelzon (agente literario) y Pola Oloixarac.

 

Había llegado la hora de Ricardo Piglia, distinguido con el Premio Formentor de las Letras 2015 por un jurado compuesto por Basilio Baltasar, Darío Villanueva, Félix de Azúa, Marta Sanz y José Ángel González Sainz. El autor de Formas breves o Los diarios de Emilio Renzi, de los que se iba a hablar, no había podido acudir: está enfermo de ELA. Eduardo Becerra dio el turno de palabra a Jorge Herralde, a quien se le escapó no se sabe si un chiste o la constatación de una fatalidad: “El hombre llegará a Marte pero los micrófonos seguirán sin funcionar”. Risas. Herralde dijo que quería narrar sus encuentros con Piglia y que iba a ofrecer algunas frases del autor, Piglia par lui meme. La historia de su relación se remonta a abril de 1993, en el bar del hotel Alvear de Buenos Aires, en la Recoleta. Hablaron largo rato y Herralde acarició una idea: publicar un libro de Piglia. Entonces, dijo, aún no sabía lo difícil que era que diese un libro por terminado; en cierto modo, pensó, Piglia también padecía el síndrome de Tito Monterroso. Y también podría haber dicho que el de Juan Rulfo. Algunos años después, en 1999, Herralde visitó la librería Central en Madrid y allí vio una edición mexicana de Pasión perpetua, “prologada por el amigo Juan Villoro. Lo empecé a leer durante el vuelo y ya no pude parar. Le escribí a su agente para ver si había algún libro disponible de tan gran autor: aunque fuera solo uno quería incorporarlo al catálogo”. Ante su sorpresa estaban todos los títulos disponibles, salvo La pasión perpetua, que había sido contratado por Lengua de Trapo. Herralde puso “el operativo Anagrama en marcha y a partir del año 2000, en que aparecieron Plata quemada y Formas breves, más tarde Prisión perpetua, cumplió su sueño. “Hemos publicado prácticamente toda su obra: cinco novelas, tres libros de cuentos, dos libros de textura ensayística, una Antología personal y ahora Los diarios de Emilio Renzi –recuerda Herralde-. Desde entonces, Piglia ha tenido una presencia constante en nuestro país donde se le consideró inmediatamente un gran escritor y se le ha ido considerando un clásico indiscutible de nuestro tiempo. Para mí, publicar a Piglia ha sido una fuente de gratificaciones personales”. Herralde contó que ha aprendido y que ha disfrutado mucho en sus charlas, debates, ruedas de prensa o presentaciones. Y aún más en sus diálogos, “regados por buenos tintos”. “El Piglia oral brilla al máximo nivel: es agudo, irónico, de vasta cultura, es nutritivo y ameno, realiza asociaciones inesperadas. Ofrece un espectáculo exaltante de pensamiento. Sus performances tienen una parte de representación y mantienen el aura de la función única”, agregó. Jorge Herralde se reveló no solo como el editor de Piglia, sino como un lector muy atento: repasa libros, desmenuza aforismos, habla de sus conexiones con Witold Gombrowicz, Borges, Macedonio Fernández y Robert Arlt, y recuerda que este, muy alto, falleció con poco más de 40 años y su cadáver, según relató el autor de Plata quemada, hubo que sacarlo por una ventana. También recordó que Piglia tenía por libros fetiches El oficio de vivir de Cesare Pavese, La peste de Albert Camus y Stendhal per lui meme de Stendhal. Dijo, a propósito de su última publicación, Los diarios de Emilio Renzi, que Piglia era un gran lector. Por eso, el propio autor decía: “Ese diario es la historia de los libros de mi vida”. Y recordó el origen de su escritura: “Si me hice escritor fue a causa de los relatos que circulaban en mi familia y su poder de atracción”, anotó Piglia.

Tras Herralde, tomó la voz el agente literario Guillermo Schavelzon. Una voz suave y precisa, tocada de melancolía, sencillez y hondura. Empezó hablando de sí mismo y de su oficio con una frase que casi sonó a Enrique Vila-Matas, galardonado en Formentor el año anterior. “Los agentes literarios parecemos gente extraña, tal vez nuestro trabajo consiste en hacer sin aparecer (…) Un buen agente literario es aquel que es capaz de absorber y amortiguar lo más álgido de la tensión entre escritor y editor que no es otra cosa que un conflicto de intereses”. Schavelzon recordó que Piglia y él se conocían desde hace cincuenta, cuando trabajaban para la editorial Jorge Alvear de Buenos Aires. “Yo tenía diecinueve años y él veinticuatro. Desde entonces siempre me beneficié de la asimetría de nuestra relación: aprendí de sus sus lecturas, de su trabajo de editor, de sus escritos y de sus ideas”. Confesó que cuando más había aprendido de él había sido en el último año y medio cuando, ya enfermo del cuerpo pero no de la mente, le había visto trabajar en los diarios con pasión renovada, que “eran el proyecto de su vida al que se quería jubilar cuando se jubilara en Princeton”. Schavelzon recordó que Piglia ha dicho: “Hay que escribir mucho y publicar poco”.

Analizó Los diarios de Emilio Renzi con serenidad y precisión. “Emilio Renzi, el nombre de su abuelo materno, ni es un alter ego ni es otro yo. Es un protagonista de la obra de Piglia, y su más importante intelocutor y un enorme conocedor del verdadero Piglia. Renzi es quien más sabe de él. Dice cosas que Piglia jamás hubiera dicho ni siquiera sabe de sí mismo. Su nombre, Emilio Renzi, es una autorreferencia, creemos leer datos autobiográficos cuando Piglia nos introduce en la ficción”. Guillermo Schavelzon es, en cierto modo, víctima de una escisión. “Me hice agente literario con Piglia: fue el primer contrato que firmé y el primer autor de la agencia. Hemos pasado muchas horas sentados en los cafés. Y ahora, a la luz de los Diarios, me vuelto a preguntar: ¿a cuál de los representaré yo?”.

Le tocó el turno a la escritora argentina Pola Oloixarach, poseída sin duda por el espíritu y la personalidad del autor de Plata quemada. Quizá por ello, en un claro juego de espejos, leyó un diario. “Devorar a Piglia, leer todo de nuevo en sus tapitas amarillas, en el sistema Piglia; tirar la llave afuera”. Pola, en clave de ficción y a través de sucesivos diálogos con amigos, profesores, críticos o lectores del escritor, o de aforismos, recorre distintos aspectos de su producción. Recuerda frases suyas: “La traducción es un campo de batalla” o “Y, bueno, la vanguardia también es un género”. Alude al peronismo, recuerda la figura de Osvaldo Lamborghini, lo compara con César Aira y escribe: “Toda su escritura está organizada como una catábasis, de la oscuridad a la luz. En sus textos se pasa de Macedonio Fernández a Bertolt Brech, y los dos iluminados por Kafka, para encontrarse con Borges”. Piglia, según Pola, “decide exhibir la literatura argentina en términos de una tradición universal”. A la hora de definir su personalidad literaria, subraya la importancia de su pensamiento: más que un contador de historias, como podría ser Aira, es un volcán de pensamiento, un volcán-pensamiento que “junta el barro más exquisito, haciendo de la lava turba y diamante”. Para él la literatura es una máquina de pensar. Pola Oloixarac afirma: “Su pasión por las ideas obliga a tener ideas propias o a pensar”. Con respecto a Los diarios de Emilio Renzi, dice: “Se entra y se sale de los Diarios como se atraviesan las paredes del sueño. La literatura tiene ese espesor de radiante de realidad en rayos”.

Juan Antonio Tono Masoliver conoció a Ricardo Piglia en Buenos Aires. Arrancó con su peculiar sentido del y humor: “Con este micrófono en la mano me siento como Elvis Presley”. Risas. Lo conoció cuando “era un fenómeno joven que había publicado Respiración artificial”. Para Tono, toda su obra “se mueve entre el ensayo, la reflexión y la ficción”. Poco a poco, sin papeles apenas, la fue caracterizando: son capitales en él las lecturas, le interesan mucho escritores heterodoxos (definió a Borges “como un escritor radical”) y se siente hondamente argentino. “Él ha sabido integran todo ese universo de nueva literatura", que integra al citado Borges, a Fogwill, a Bioy Casares, a Lambhorgini, a José Bianco, a Enrique Pezzoni, etc. Para Masoliver, Piglia tiene una vocación inmensa de escritor y de lector, “y para mí el escritor ideal es el lector ideal. Piglia realiza una escritura de mucha cultura y, sin embargo, no es un escritor culto, por decirlo así, de exhibición de cultura. Todo en él es vida”. Afirmó que hay un libro fundamental, Las formas breves, clave para su descubrimiento en España. Lo emparienta con el Dietario voluble de Enrique Vila-Matas y con El arte de la fuga de Sergio Pitol. “En su literatura se mezcla la invención, la imaginación, la historia, el pensamiento crítico y la defensa de ciertos escritores. Él defendió a Roberto Arlt como Borges defendió a Macedonio Fernández. Piglia es un hombre serio al que le interesan los personajes extravagantes, excéntricos, los personajes tocados por la locura”. Masoliver añadió otras constantes: la impureza, la historia dramática de su país, un elemento onírico y un arrebato de visionario, la presencia de la fragmentación, la destrucción de la novela convencional, la inclusión de la crítica (“puede ser crítico con otros escritores; a Cortázar lo respeta pero lo crítica”). “Los Diarios de Emilio Renzi representan la escritura total. Aquí la vida no es cronológica, no es lineal; la vida son fragmentos y a través de cada uno de ellos, Ricardo Piglia va buscando la solución final a este laberinto”. El de la existencia, el de la creación, el de la memoria.

Juan Antonio Masoliver se despidió con humor: “No quiero hablar mucho más porque me canso”. Eduardo Becerra tomó el pulso: recordó que había tenido contacto el escritor en su faceta de editor de Lengua de Trapo, a través del seminario del cuento en la Universidad Autónoma de Madrid y a través de la dirección de varias tesis doctorales sobre Piglia. Elogió Los Diarios de Emilio Renzi. “El diario es como el laboratorio de la escritura. El emblema de su obra. En el diario experimenta. Es la forma narrativa que mejor difunde su poética de la ficción. Es una obra metaliteraria y autorreflexiva. Aquí están la ficción y la vida real. Y está la experiencia, y en medio hay un zona de nadie donde experimentar vidas posibles. Para Piglia vivir y contar son lo mismo”.

Eduardo Becerra, que tenía la sensación de que el tiempo le perseguía como un monstruo indomable, resumió: “Esos diarios solo se justifican en el porvenir. Si Ricardo Piglia no hubiese empezado a escribir un diario no se hubiera convertido en escritor”. Lo más fascinante es que son el origen y el punto de llegada. Agregó: “Los Diarios de Emilio Renzi son un libro lleno de análisis deslumbrantes de la teoría de la narración sin ser jamás una escritura abstracta”.

 

Cuando empezaba a caer la noche, en los jardines del hotel Formentor Barceló, Ricardo Piglia volvió a ser protagonista: en la voz de Basilio Baltasar, en la de Jorge Herralde, que leyó un precioso texto con ráfagas de humor (“estoy un poco embromado de salud, nada grave, sólo tengo algunas dificultades para movilizarme, lo cual no ha hecho más que agudizar mi tendencia a no salir de casa”) y en de su nieta Carlota, con quien Piglia ha “mantenido diálogos extraordinarios”. Carlota estuvo lacónica y dulce. Y en ella el cronista reconoció a la misteriosa nadadora que por la mañana sintió pavor del oscuro fondo del mar.

Por emoción y por la sombra del aire entre los pinos, el ambiente se fue fraguando en la noche más hermosa.

'ESTACIÓN LIBERTAD' Y LAS HERMANAS BOUZA DE RIBADAVIA

'ESTACIÓN LIBERTAD' Y LAS HERMANAS BOUZA DE RIBADAVIA

HISTORIA DE LAS HERMANAS TOUZA

 

Por Emilio RUIZ BARRACHINA

«Andaba yo en Orense hace unos años rodando un documental sobre el caso Metílico, un envenenamiento masivo que se produjo en los años sesenta, con más de cinco mil afectados, cuando, de regreso al hotel, Fernando Méndez, al paso por Ribadavia, me habló sobre las hermanas Touza y su hazaña en los años cuarenta para salvar a cientos de judíos. Fernando es periodista y había estudiado en profundidad la vida de las hermanas. Rápidamente supuse que aquella historia tenía todos los ingredientes para convertirla en una película. Le solicité más información y poco tiempo después me la proporcionó.

Realizamos un primer boceto de la historia con un reconocido guionista: Ángel Aranda. El argumento funcionaba, tenía muchas trazas de convertirse en algo grande. Después, llamé a mi buen amigo y cineasta Raúl Romera y le propuse desarrollar un guion cinematográfico para rodar la película… Con semejante historia entre las manos no deberían faltar productores interesados. Trabajamos en el guion durante varios meses y, cuando lo consideramos terminado, se lo dimos a Nicholas Aikin para su traducción al inglés, quien, en su buen hacer, también colaboró con acertadas sugerencias. Efectivamente aparecieron productores interesados y las posibilidades de rodaje se pusieron en marcha. El distribuidor consideró que al guion le sobraban algunas escenas porque la película iba a quedar muy larga para lo que actualmente se exige. Las salas de exhibición necesitan al menos cuatro pases diarios para hacer las películas rentables… Cosas de la industria.

Así que recortamos la versión original. Sin embargo, para la novela he trabajado sobre la historia completa, de manera que en estas páginas hay mayor información y contenido que en la película. También hay un ejercicio literario, como es lógico, ya que en una pantalla vemos todo y no hace falta describirlo, es una comunicación unilateral. Al igual sucede con los pensamientos de los personajes, prácticamente imposibles de transmitir si no es a través de la acción. La historia ha sido ficcionada, pues no hay datos fehacientes del día a día de las hermanas, salvo comentarios de familiares y vecinos que las recuerdan, y se han cambiado nombres para no herir susceptibilidades. En cualquier caso, una película es una película. Otra cosa distinta hubiera sido plantearse un documental, con la rigurosidad en la exposición informativa que ello requiere. Este libro es un guion novelado. La vida y la heroicidad de las hermanas Touza está reconocida por la comunidad judía, entre otras, tal como se puede ver en el apéndice del libro. Y ya son bastantes los artículos y libros escritos sobre ellas.

Mucha gente compara su historia inmediatamente con la de Oskar Schindler, conocido gracias a la película de Steven Spielberg. Incluso algún periódico gallego se refiere a las hermanas Touza como las «Schindler españolas». Podría ser. Yo creo que además en la película desempeña un papel fundamental Martín, el niño limpiabotas, con lo que habría que hacer referencia a otra cinta mítica: Cinema Paradiso. Sean cuales sean los referentes, Estación Libertad es un canto a la solidaridad y a la defensa de unos principios íntegros y cabales. Es también una propuesta para vencer el miedo con el que políticos, religiosos y financieros quieren hacernos vivir y con el cual nos quieren someter desde hace siglos, desde que existen… Son como los malos sueños de los que no podemos despertar.» 

LA NOVELA

'Estación Libertad', del escritor y cineasta Emilio Ruiz Barrachina (Madrid, 1963), cuenta una de esas historias tan fascinantes y conmovedoras que solo puede provenir de la realidad: la aventura de tres hermanas gallegas que regentaban la humilde cantina de la estación de Ribadavia, en Orense, en los años cuarenta. Tres mujeres valientes que burlaron a las autoridades franquistas y a los agentes de la Gestapo para salvar la vida de cientos de refugiados que, gracias a ellas, lograron cruzar la frontera entre España y Portugal y partir rumbo a la libertad.

Título: 'Estación Libertad' (Tres hermanas en Galicia ayudaron a escapar a miles de perseguidos por la Gestapo) de Emilio Ruiz Barrachina. 211 páginas.

 

«Esta historia, basada en hechos reales, representa un homenaje a tres mujeres, las hermanas Touza, quienes con su sacrificio hicieron posible que cientos de judíos salvasen su vida durante la Segunda Guerra Mundial, huyendo desde la estación de ferrocarril de Ribadavia (Orense, España) a América y África, a través de Portugal. Su implicación en la causa no fue política, ni ideológica, ni tan siquiera económica. Solo las movía el más noble instinto del ser humano: la solidaridad, el arma más poderosa que alguien puede utilizar ante la barbarie.

Se cumplen ahora setenta años del final de la guerra más cruenta de la historia de la humanidad. Una fecha que vale la pena recordar para que nunca olvidemos, pero sobre todo para que aprendamos que las bombas nada arreglan, si acaso, sirven para hacer aflorar sentimientos como los que este libro describe, donde no hay sitio para el rencor ni los lamentos, solo bondad extrema, aquella que únicamente los grandes corazones son capaces de albergar. Si por un momento viajásemos en el tiempo y nos sentáramos en el andén de la estación de Ribadavia un día cualquiera de invierno a principios de los años cuarenta del siglo pasado, veríamos apearse a algunos viajeros con el rostro cruzado por el sufrimiento, desorientados, sucios y atemorizados como solo se puede estar cuando la muerte es tu compañera de viaje.

Mujeres, hombres y niños que llegan con ansia de libertad para sacudirse el veneno del fanatismo y que encuentran a tres hermanas que, además de rosquillas y un reconfortante caldo caliente, les ofrecen la oportunidad de salvar su vida. ¿Y qué consiguieron a cambio las hermanas Touza? Sin pretenderlo lograron que hoy, siete décadas después de aquella hazaña salvadora, los descendientes de todos aquellos a los que ellas les regalaron la vida mantengan su recuerdo como ejemplo sublime de la solidaridad del ser humano. Metámonos de lleno en este relato que, a buen seguro, removerá conciencias y generará reflexiones y debates. Todos y cada uno de los seres anónimos que, como víctimas, han protagonizado los tristes acontecimientos de la Segunda Guerra Mundial merecen que así sea. Los otros, aquellos que han pasado a la historia por sus uniformes, condecoraciones y devastadoras acciones, sea cual sea el lugar en el que estuviesen, no merecen ni una sola línea, entre otras cosas porque este libro habla de amor, un sentimiento que no cabe ni en el cañón de un fusil ni en los bolsillos de muchos trajes militares que durante aquel dramático episodio bélico borraron la sonrisa a los niños y el porvenir a sus mayores. Bienvenidos al territorio de la solidaridad.»

Fernando Méndez

 

«Era una lluviosa mañana de finales de octubre cuando conocí a Emilio Ruiz Barrachina. Yo era un guionista y director novel que, con su primera película bajo el brazo, se había plantado en la capital con más hormigas en el estómago que pájaros en la cabeza y con un sueño que cumplir: hacer cine. Crucé media España para estar aquella mañana en Madrid. Emilio quería conocer el proyecto cinematográfico en el que estaba embarcado y me citó en una oficina de una céntrica calle madrileña. Fue así como aquella mañana, nuestras vidas, alejadas personal y geográficamente, se cruzaron y dio comienzo una relación personal y profesional que perdura hoy día y que me ha llevado a descubrir no solo la obra cinematográfica, periodística y literaria de Emilio, sino a la persona que hay detrás de todo ese universo creativo. Y es que, si algo define su pluridisciplinar creación, es que está impregnada de un genio y estilo únicos. Inteligente, mordaz, reflexivo, culto, gran conversador y con una amplia y dilatada experiencia vital y profesional que lo ha llevado por medio mundo…

Así es el hombre detrás de la obra. Emilio ha logrado crear un microcosmos donde historia, ficción, magia, realidad, poesía y pasión forman un imaginario tan personal como singular. Raúl Romera

 

EL AUTOR

Emilio Ruiz Barrachina (1963) es escritor y director de cine. Ha publicado las novelas Calamarí, A la sombra de los sueños, adaptada al cine, El arco de la luna, ganadora del X Premio Internacional de Novela Luis Berenguer, No te olvides de matarme, de la que en 2005 se estrenó la adaptación teatral, y La venta del Paraíso, cuya adaptación al cine ganó en 2013 el New York City International Film Festival; los ensayos Brujos, reyes e inquisidores, Tinta y piedra. Calaceite, el pueblo donde convivieron los autores del Boom y Le ordeno a usted que me quiera; y los poemarios Arroyo, que en 2007 ganó el III Premio Internacional de poesía Rubén Darío y La huella eterna, que ganó el Premio Internacional Sial-Pigmalión en 2014. Ha dirigido documentales para cine y televisión como Luz, espacio y creación, Tinta y piedra, Niñas soldado, Desminadoras en Sudán, Emigrantes, Lorca. El mar deja de moverse, sobre la muerte del poeta Federico García Lorca, que ha obtenido numerosos galardones internacionales, Orson Welles y Goya y La España de la copla. En 2010 dirigió el polémico largometraje El discípulo, que también se convirtió en novela. En 2011 rodó la película musical Morente, finalista de los Premios Goya. En 2015 dirigió El violín de piedra, sobre la despoblación rural. En 2016 rodó Yerma, adaptación modernizada de la obra de Federico García Lorca y primera parte de la trilogía que va a dedicarle al poeta granadino.

 

*Este es el dossier de La Esfera de los Libros.

 

GERHARD RIEBICKE: TRES FOTOS

 

Algunas fotos del cuerpo atlético de Gerhard Riebicke (1878-1957)

1. https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/564x/6c/37/30/6c373077a2b4ac417ab8d9086993c05a.jpg

2.https://s-media-cache-ak0.pinimg.com/originals/9f/11/3d/9f113d1a27c0db7041aa20287b1b7ea2.jpg

3.https://frieze.com/sites/default/files/Editorial/Articles/4_riebicke_5maenner_CMYK.jpg

HASIER LARRETXEA: DOS POEMAS

HASIER LARRETXEA: DOS POEMAS

No tengo el gusto  de conocer al poeta Hasier Larretxea, que estuvo hace poco en el ciclo ‘Los jueves, poesía’, invitado por David Mayor y Sebas Puente en Las Armas. Sin embargo, hace poco conocí a su editora Elizabeth de Stendhal Books en Barcelona y me ha hecho llegar su poemario ‘De un nuevo paisaje’. Una cuidada y elegante edición para un poemario intenso, muy trabajado, lleno de sensaciones, de plasticidad y de imaginación metafórica. Copio aquí algunos poemas (“Escribir, / la única manera de atravesar el valle/ sin pisarlo”)

 

ESCRIBIR

es el paisaje desde donde contemplar.

 

El mirador

desde donde ver

a través de la niebla,

a través de los límites del horizonte,

sorteando y volando sobre ermitas, pastos y portillos.

 

Escribir la visión

en lo alto del monte,

el sendero, el helecho recién pisado,

la bellota que lanzamos hasta el riachuelo.

 

Escribir es insuflar (el viento del norte),

acunarlo al sonido del cencerro

y a las gotas de lluvia que se ahogan

en el charco del prado,

el movimiento del tractor

y la soledad del perro.

 

Escribir,

la única manera de atravesar el valle

sin pisarlo.

 

*****

[A Cristina Iglesias]

 

LA LUZ es el techo de hierro

que amordaza el paisaje.

 

Agujeros que emanan brillo

en la apertura del hormigón.

 

Fisura que equilibra su sombra en el horizonte

de ecos con significados cristalinos.

 

El recuerdo de las ausencias

y su distancia de cedros.

 

Vidas que penden de las sombras

que se alejan de la invocación de camposanto.

 

La inmortalidad de las ramas que saben

trepar al cielo y su laberinto

de pasos sobre lo eterno.

 

No es el paisaje lo que reluce.

Es la proyección de su sombra.

 

-De ‘De un nuevo paisaje’. Hasier Larretxea. Prólogo de Chus Pato. StendhalBooks. Barcelona, 2016. 148 páginas.

 

*La foto es de Elliott Erwitt y está tomada en Dublín en 1962.

 

MONTSE CAPEL: CINCO FOTOS

Cinco fotos de una fotógrafa muy personal, imaginativa y arriesgada, que se atreve con la sensualidad, la puesta en escena y la introspección: Montse Capel.

Dice en su página web http://montsecapel.com/soy-moon/:
"Nacida en Figueres, la ciudad del surrealismo, se declara una enamorada del arte, encuentra la inspiración en su día a día y nunca sale de casa sin pintarse los labios. A los 16 años, se compró su primera cámara réflex, gracias a un verano poniendo helados,desde entonces nunca ha dejado de lado la pasión por fotografiar lo que le place.Se dispone delante de su objetivo y lo deleita sin más, sus imágenes han ido evolucionando al mismo tiempo que años se han ido sumando a su cuerpo… 

Le gusta captar la naturalidad de lo imperfecto, mostrar lo que muchos esconden, le gusta utilizar la ironía, y trasladar su sensualidad a la fotografía".

 

 

 Tomo las fotos de Montse Capel (Moon) de aquí:

1. http://montsecapel.com/wp-content/uploads/2015/10/22.jpg

2. http://www.bolit.cat/img/projects/604/moon.jpg

3. http://www.magazout.net/images/2015/mynameismoon/montse_capel_4.jpg

4. http://foto321.com/blog/wp-content/uploads/2016/07/La-escalera-foto321-584x389.jpg

5. https://redaccion.lamula.pe/media/uploads/068789c6-8a19-424c-ac9a-924edee8abe8.jpg

IRIS LÁZARO CLAUSURA SU EXPOSICIÓN EN LA LONJA

ENTREVISTA. Iris Lázaro. Pintora

 

“Los cuadros tienen vida

propia y dialogan contigo”

 

La pintora Iris Lázaro expone en la Lonja 40 años de trabajo: ‘Retrospectiva, 1977-2016’. Realismo y magia, paisaje y elegía. La exposición se clausura mañana día 31 de diciembre de 2016.

 

Antón CASTRO

La exposición 'Retrospectiva 1977-2016' de Iris Lázaro se inauguró el jueves 6 de octubre en la Lonja. Un montón de cartas que le dirigen sus admiradores ya se amontonan sobre la mesa; en una de ellas, manuscrita sobre un folio, se lee: “Su pintura es belleza en estado puro”. Si hay algo que a Iris no le gusta nada es teorizar sobre su pintura. Explicarse. Es una artista intuitiva que no ha hecho planes, que no se planteado retos, que se ha dejado ir a golpe de obsesiones y de tempestades íntimas. Llevaba tres lustros sin exponer en Zaragoza: lo había hecho a finales de los 90 en Cajalón con éxito y en 2001 en el Banco Zaragoza. Luego, entre 2006 y 2007 presentó una ambiciosa exposición en Soria, patrocinada por Caja Duero, que se trasladó por diversas ciudades: Valladolid, Salamanca... “Quería que vieran mi obra mis paisanos”, dice.

Todo empieza en Trébago, en Soria, donde nació en 1952. Tenía una pasión natural por el dibujo, por los trazos, por el clima más o menos mágico o especial de su universo familiar: su padre era campesino, curioso, tenía ganas de aprender, redactó un diario apasionante y le enseñaba los secretos de la naturaleza, los ribazos, las arboledas, restos arqueológicos, le contaba cuentos y le cantaba. A ella y a su hermana Berta, “que eligió la física y la química, pero también es traductora. Le apasionan las Humanidades”. Iris mira ahora, imaginariamente, hacia su madre: era modista, elaboraba sus propios patrones; y con otra tía, cosían y trabajaban para fuera, pero además hacían la ropa de casa. Quizá de verla, aquí y allá, con la tiza, las tijeras, los patrones, con el bordador, derive la pasión por los vestidos que mostrará la artista durante unos años. “Mis padres eran suaves, cariñosos, sociables, muy comunicativos. A veces me pregunto, ¿de dónde habré salido yo?”, dice desde esa mezcla de timidez y silencio que la caracteriza. Miramos, en el catálogo, el cuadro que les hizo en 1995. “Era un cuadro para ellos, para la casa familiar. Y allí estuvo, mientras vivieron, y ahí sigue. Ahora que no están me doy cuenta de que es un cuadro para mí”. Quizá sea la obra que más admiración esté despertando en la Lonja, y ya es decir.

“No sé si en Trébago empezó todo. Era mi pueblo. Mi mundo. Ni mejor ni peor que otros. Teníamos un río, el Manzano, que nacía allí, y también había un río de lavar: en aquellas piedras de losa, cuando no había nadie, cogía piedrecillas negras, azules, tizas o areniscas del fondo y pintaba en aquellas rocas donde luego lavaban las mujeres. Imagino que lo haría cuando no había lavanderas -dice-. También recuerdo algo que decían mis padres. Si querían que yo estuviese quieta, que me olvidase de dar guerra, solo tenían que darme un montón de periódicos y un lápiz con mina por las dos caras. Era mi divertimento favorito. No me enteraba del paso del tiempo”, dice.

-¿Y luego, qué paso luego? 

-En 1972 vine a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza. Quería hacer una carrera rápida y elegí decoración. Allí entré en contacto con Eduardo Laborda, que ya era pintor, y me interesó la pintura. No tardamos en salir y luego nos casarnos. Creo que fue durante la Semana Santa de 1972 cuando llevé un lienzo a casa e hice un bodegón. Un bodegón clásico: con botella de cristal, con candelabro, imagino que con telas. Espero que se haya perdido para siempre. Me gustó hacerlo.

-¿Nacía ahí la pintora? 

-Probablemente. Se fueron encadenando los cuadros. Hice más y me presenté a varios premios: gané algunos, me seleccionaban para exponer, hacía individuales, me daban un poco de dinero y, poco a poco, sin un plan trazado iba creciendo. Los premios te daban confianza. Te abrían ventanas. Entonces me interesaba todo: ya hacía una pintura realista, gente que se asomaba en los escaparates, gente en los pasos de cebra, hacía paisajes de Trébago también, pero era una pintura más suelta, más expresionista en cierto modo. Y de ahí fui pasando a los vestidos: pintaba maniquíes, telas, anoraks; pintaba a las personas huecas, invisibles, si puede decirse así, con algún rasgo surrealista. Me gustaba aquel misterio. En el fondo, ni el misterio ni la inquietud me han abandonado jamás. Solía partir de fotografías y luego también de las telas, que yo tenía en casa. Y también salí a pintar del natural.

-Y de ahí pasó a los bancos y sus inscripciones.

-Fue un tema que llegó un poco por azar. Un día vi un banco de cerámica en el Canal, cerca del Cabezo Buenavista, y me interesó. Con aquellas letras rotas, interrumpidas, que producían incluso confusión en su significado, con letras que se desmandaban para aquí y para allá, quebradas, y que a veces estaban ocultas por la naturaleza. Esos bancos y esas letras de publicidad también remiten a un mundo en extinción. Supongo que debo aceptar que hago una pintura elegíaca, de la pérdida, de un mundo que desaparece.

-¿Es usted melancólica?

-Creo que no. No sé muy bien lo que es la melancolía. La pintura es lo que más me gusta en el mundo. Me hace feliz, me siento en plenitud ante el lienzo, pero también tengo que pelear duramente con él. Lucho a brazo partido. La pintura es mi pasión, es mi refugio, y es el escenario de una pugna, pero aún así la prefiero a cualquier otra cosa.

-¿La naturaleza se le fue imponiendo?

-Sin duda. De ahí, con el transcurso del tiempo, pasé a los huertos, a las flores, al universo de mi infancia en Trébago, a los días de nieve. A ese mundo fronterizo. Tampoco me lo planteé de modo consciente. Vino a mí. A veces no sabes bien si las cosas te vienen, sin son obsesiones, o se te imponen.

-Los paisajes de Soria son fríos, ásperos, nebulosos y también desolados. Y usted usa colores fríos. ¿Debemos pensar que hace una pintura fría…?

-Creo que no. Creo que soy una mujer y una pintora apasionada que utiliza colores fríos, pero con muchas gamas. En mis cuadros blancos, de nieves, hay muchos colores, variados, distintos. En mi obra hay muchos matices. Intento dominar la técnica para olvidarme de ella, pero no para hacer la pintura de un niño, como suelen decir algunos artistas contemporáneos. Yo no soy ese tipo de artista. Me interesa el color y lo trabajo. Le doy tiempo a mi obra en el lienzo.

-Más que trabajarlo, parece destilarlo, parece volverse onírico e inaprensible. ¿Manda siempre el artista en el cuadro?

-No. En absoluto. A veces el cuadro manda sobre el pintor desde el principio. Se vuelve indómito: dice cosas, te lleva por donde quiere, es exigente. Y veces te ordena más hacia el final. Sé que esto parece extraño, pero es así. Los cuadros tienen vida propia y dialogan contigo.

-¿Existen esos árboles descarnados que pinta, ese ámbito de desamparo?

-Sí, claro que sí. Creo que empezaron a interesarme de una manera muy particular a raíz de una colección de grabados que hice con dibujos a carbón. Creo que dejo testimonio de un mundo que desaparece: esos árboles que muestran sus raíces al sol, esos bosques de árboles que parecen cadáveres deshuesados existen, esas raíces están ahí. Forman parte de mi memoria. De lo que llevo muchos años viendo. Son gigantes. Ante ellos me siento diminuta. Todo ese paisaje está ah e intento darle forma. Son cuerpos misteriosos, deteriorados, decrépitos, que acusan el paso del tiempo.

-Su exposición en la Lonja se cierra con el mar. ¿Por qué?

-Porque me fascina desde siempre. He hecho como media docena de piezas. Son cuadros sin horizonte, parece que te piden que los mires de frente, como si no tuvieras escapatoria. Del mar me gustado todo: el oleaje, la música, la espuma, ese movimiento incesante, el horizonte, los cielos.

 

-Bueno, en realidad se cierra con el retrato de sus padres, fechado en 1995.

-Son ellos, claro. Les tomé fotos y posaron para mí. Vuelve a ser el mundo de Trébago, con las paredes de piedra, con las neblinas, cerca de nuestra casa. He pintado pocos retratos. Y también siento, como algunos visitantes, que es una obra especial dentro de la exposición y para mí.

-Usted hace una defensa de la pintura clásica.

-¿Por qué lo dice? Trabajo al óleo, sobre tela de grano fino, me gustan mucho las calidades, el detalle, los matices, la sutileza. Uso una pintura un poco diluida y quiero crear una atmósfera. Y me siento realista. No hiperrealista.

-Más más bien sería una realista del sueño, podría decirse. ¿A qué pintores admira?

-A muchos. Entre los clásicos a Rembrandt y Velázquez. Me encanta como pintor José Hernández, lo admiro mucho. Recuerdo su exposición de los años 80 en la Lonja: era extraordinaria. Me emocionó. Y Antonio López. ¿Mujeres? Isabel Quintanilla, especialmente. Ya le digo, muchos.

-¿Qué significa Zaragoza para usted?

-Soy de Trébago y de Zaragoza. Zaragoza es la ciudad que me acogió, que me abrió sus puertas y que me ha permitido realizarme. Es mi ciudad. Y estoy muy contenta, como lo estoy con esta muestra. No tengo expectativas ni estoy sobrecogida. No me planteo esas cosas. Disfruto. Y estoy feliz, agradecida y orgullosa de estar en la Lonja. Sin más.

 

*La foto de la pintora es de José Miguel Marco, de Heraldo.

 

 

92 AÑOS DEL SALÓN FOTOGRÁFICO

92 AÑOS DEL SALÓN FOTOGRÁFICO

[Recibo esta nota y la foto de Rafael Ordóñez, historiador del arte y responsable de la política de exposiciones del Ayuntamiento de Zaragoza, que se jubilará el próximo mes de febrero.]
Teresa Grasa Jordán y Carlos Barboza Vargas



92 SALÓN INTERNACIONAL DE OTOÑO

EN ZARAGOZA 2016, RSFZ

 

El 16 de diciembre se inauguró el 92 Salón Internacional de Fotografía en la Casa de Los Morlanes de Zaragoza. Esta muestra está patrocinada por la FIAP (Fédération Internationale del´Art Photographique)  y la CEF ( Confederación Española de Fotografía)  y organizada por la RSFZ, Real Sociedad Fotográfica de Zaragoza. El Ayuntamiento de esta ciudad sufraga la edición del catálogo y el espacio expositivo. Se presentaron a este concurso fotográfico 190 autores de 39 países, enviando un conjunto d​e ​2​.190 fotos y se seleccionaron para esta exposición 100 fotografías. 

La calidad técnica de estos fotógrafos internacionales es de un gran dominio ya que logran que la cámara se ajuste a sus pretensiones estéticas logrando que la temática, en  blanco y negro o color,  nos impacte visualmente. Este año el Jurado se ha decantado por la fotografia clásica; en algunos casos hay nostalgia del pictorialismode finales del siglo XIX y principios del XX. Se le ha dado una importancia al tema paisajístico que es eterno y cada uno hace su interpretación, sensibilizándose con la niebla, la luz solar, el atardecer  y los elementos que se encuentran en él, como aves, perros,  edificios, rocas, montañas,… El retrato también es protagonista de una buena parte de lo expuesto, destacando las fotos de estudio profesional o los personajes que se dejan fotografiar como modelos en las calles de las ciudades, creando una galería de rostros de todas las razas del planeta. 

Edgar Degas, uno de los iconos de la fotografía, hacía uso de ella y la utilizaba como libro de apuntes que luego incluía lo fotografiado en sus pinturas, pasteles u obra gráfica, transformando esta primera imagen captada por su cámara. Con Picasso y el collage, la fotografía sirvió para transformar su realidad en otra realidad, la del artista. Los fotógrafos también hacían fotomontajes solarizaciones, como Man Ray.  Con las actuales fotos digitales y el ordenador, se puede transformar la realidad en otra realidad, y en esta exposición sólo se encuentra una foto con remembranzas surrealistas del artista del Reino Unido, Paul Statter,  al que le otorgaron la Medalla de Oro de la RSFZ.

En la inauguración de la Exposición se entregaron algunos premios al estar presentes los autores, como Sergio González Sierra, español, al que el Jurado consideró en una nueva sección del concurso como El mejor autor del Salón.  Le entregaron dos medallas más y  dos diplomas.  También estaban presentes los  socios de la RSFZ,  Santiago Chóliz, quien recibió un diploma Chairman, y Carlos Briz.

En el acto se otorgó una Medalla al historiador Rafael Ordóñez Fernández,  por su dedicación y colaboración con la RSFZ y en la organización de estos Salones de Fotografía, desde su puesto en el Ayuntamiento de Zaragoza.  Rafael es Socio de Honor de la RSFZ desde 2003 y se le entregó dicha condecoración durante la Cena de Hermandad el 28 de febrero de 2004, junto con el entonces Vicepresidente de la Fotográfica, nuestro recordado Alberto Sánchez Millán.  En la revista de la Sociedad Nº 110,  en la página 14, Teresa Grasa describe el acto de la siguiente forma:

… En primer lugar, nominamos a los Socios de Honor. Esta distinción ha recaído este año en dos personas  específicamente vinculadas a la RSFZ, nuestro Vicepresidente y socio, Alberto Sánchez Millán y Rafael Ordoñez, Jefe de Cultura de Ayuntamiento de Zaragoza. Alberto es un espléndido fotógrafo de larga trayectoria en los diversos campos de la imagen, desde el cine a la fotografía y los reportajes. Es un compañero infatigable y siempre dispuesto a colaborar en todo lo que se le pida, tanto críticas de acontecimientos fotográficos como entrevistas personales realizando todo ello con gran conocimiento técnico, unido a una refinada ironía, que hace que sus artículos tengan numerosos lectores. Rafael, desde su puesto de responsabilidad en el Ayuntamiento de Zaragoza, también nos ayudó todo lo que puede en la difusión de nuestras exposiciones mensuales, y en la preparación del Salón Internacional que todos los años se celebra en las salas del Palacio de Los Morlanes. Tras la lectura de sus extensas biografías, se les hizo entrega de la insignia.

 Estaba de Presidente el fotógrafo Carmelo Tartón Vinuesa, gran impulsador del Salón Internacional. En la misma revista,  se publica en la página 9,  una extensa entrevista realizada por Albert Sánchez Millán a Rafael Ordoñez Fernández, en la que habla de sus gustos y la evolución de la fotografía en el arte.   La exposición actual continúa durante el   mes de enero de 2017, no se la pierdan…

Carlos Barboza Vargas

Socio de Honor de al RSFZ

 

Ver enlaces:

 

http://barbozagrasa.blogspot.com.es/2016/08/el-ojo-fotografico-de-edgar-degas-en-el.html

 

http://barbozagrasa.blogspot.com.es/2016/01/91-salon-internacional-de-fotografia-en.html

ENCUENTRO DE ASOCIACIONES DE ESCRITORES: MEDIDAS

ENCUENTRO DE ASOCIACIONES DE ESCRITORES: MEDIDAS

Aquí pueden verse la síntesis de los debates y 30 demandas del sector.

http://acescritores.com/primer-encuentro-estatal-asociaciones-escritores-se-aprueba-una-declaracion-treinta-demandas-del-sector/

 

*En la foto, Juan Ramón con Jorge Guillén y Pedro Salinas.