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Antón Castro

UMA THURMAN Y LOS CUENTOS DE HADAS

UMA THURMAN Y LOS CUENTOS DE HADAS

Se cumplen 20 años del rodaje de “Las aventuras del barón de Münchaussen” en Belchite. Siempre recordaré que entonces trabajaba en El día y que aquella información la cubrió Ana Rioja, y la recordaré especialmente por las impresionantes fotos que hizo Daniel Pérez: eran espectaculares, en un vibrante blanco y negro. Una vez le pedí fotos de aquellas al fotógrafo, pero no las encontraba: me dijo que se habían quedado en los archivos del periódico y que se las habían comido los ratones. No estoy seguro si captó entonces a Uma Thurman, la joven actriz que en una noche de frío había ido con Félix Zapatero a comprarse unas botas de cuero español. Hace algún tiempo, compré el DVD de la película, que acaba de ser reeditado de nuevo con más extras.

 

Hace unos días, en El Semanal, en una entrevista de Will Lawrence, Uma Thurman, hija de la modelo Nena von Schalebrügge (enamorada de Timothy Leary) y de Robert Thurman (profesor en Columbia, experto en budismo y cultura oriental), declaraba su pasión por los cuentos de hadas, uno de mis géneros predilectos.

 

“Yo creo que todos estamos buscando nuestro particular cuento de hadas. Yo, desde luego, creo que en los cuentos de hadas. Una persona cuya opinión respeto mucho me dijo una vez que soy una romántica incurable. Siempre me había tenido por una persona más bien cínica, pues tengo un humor muy mordaz, pero ella me definió como el extremo opuesto de una cínica. Lo cierto es que nunca me he sentido tan feliz en la vida. Yo diría que vale la pena empeñarse en hacer realidad nuestro propio cuento de hadas. Hay que ser realistas y asumir lo irreales que todos somos en realidad”.

 

En aquella película, también participó la actriz fetiche de Isabel  Coixet y también realizadora Sarah Polley.

Recupero una entrada anterior sobre la experiencia de Sarah Polley en España, que se publicó en El País.

 

[A los ocho años, Polley interpretaba a la golfilla Sally Salten ‘Las aventuras del barón de Münchaussen’, de Terry Gilliam, en la que también hacían un pequeño papel Robin Williams y Uma Thurman. Para ella fue una experiencia traumática: días de 18 horas en un plató de España y viajes al hospital por hipotermia y un latido irregular del corazón causado por una explosión que tuvo lugar muy cerca de ella.


“'El barón de Münchaussen’, explica, hizo que me decidiera definitivamente en lo que se refiere a no querer estar jamás en grandes producciones y a centrarme en las películas independientes. Tengo verdadero pánico a volver a estar en un entorno inseguro otra vez”. ]

 

 

 

 

SÁNCHEZ VIDAL Y EL INGENIERO DE LOS INCAS

SÁNCHEZ VIDAL Y EL INGENIERO DE LOS INCAS

Agustín Sánchez Vidal es un trabajador incansable. Editó la narrativa de Joaquín Costa, a Miguel Hernández, tradujo a Simon & Garfunkel y a Los Beatles, estudió del derecho y del revés a todos los cineastas aragoneses(Borau, Florián Rey, Luis Buñuel, Segundo de Chomón, los Jimeno…), se convirtió en uno de los grandes especialistas del universo de Luis Buñuel y de la creación infinita de Salvador Dalí. Con el paso del tiempo, se ha transformado en un prodigioso intérprete de imágenes, y en su extensa bibliografía de más de medio centenar de libros hay títulos inolvidables como “Sol y sombra”, donde igual glosa a Alejandro Finisterre, el poeta y editor que inventó el futbolín, que a Darwin o los mares del sur de Stevenson. Tuvo la paciencia de documentar y analizar la cartelera de los cines en Zaragoza en dos volúmenes imprescindibles, “El siglo de la luz”. Es difícil hallar en Aragón a alguien que haya trabajado así y con tanto talento. Y no contento con los medios audiovisuales, ha dado el paso a la narrativa: durante casi una década armó, desarmó y volvió a tejer las dos historias de “La llave maestra” (2005), sobre las lenguas de Babel, los códigos genéticos y la huella de los judíos de Toledo. Ahora, en otro salto al vacío, se ha trasladado a la España y al Perú de los siglos XVI y XVIII con “Nudo de sangre” (Espasa. Premio Primavera), una novela llena de libros, de aventuras de capa y espada, de mar, de espionaje y de misterio, de amores imposibles y de otras historias entretejidas con sensibilidad, erudición y pasión por el arte de narrar. Sánchez Vidal nos acerca al mito del tesoro de los Incas, y quien debe encontrarlo –empujado por otros, empujado por la propia historia de su familia y sus antepasados, empujado por la princesa inca Umina- es un ingeniero que trabaja en Torrero en el Canal Imperial de Aragón: Sebastián de Fonseca.

*Autorretrato de Martín Chambi (1891-1973) en Wayna Picchu, 1943. Agustín, entre otras, se interesó mucho por este extraordinario fotógrafo de Cuzco y manejó sus fotos para documentar la acción de su estupenda novela.

 

 

UN MILAGROSO EMPATE Y A LA DESESPERADA

UN MILAGROSO EMPATE Y A LA DESESPERADA

Mi sobrino José Terol, el gran lector de periódicos, el apasionado de la televisión, acaba de cumplir 18 años. Y está espigado, sombreado el rostro de barba y plenamente feliz. Es muy bonito ver cómo su familia ha ido tejiendo en torno a él, y a sus hermanas María e Isabel (y al núcleo Terol-Gascón mismo), unos poderosos hilos de amistad. Por eso, José fue objeto de gestos de cariño, de múltiples detalles: le han hecho dos montajes fotográficos llenos de encanto y de emotividad. Uno se lo han enviado desde Murcia, su prima, y otro unos amigos, donde se reconstruye, foto a foto, emoción a emoción, su vida. Hay fotos de bebé, fotos en Ejulve, fotos de sus paseos por los Pirineos, fotos en el estadio de Montjuic, fotos en Murcia y en Francia, fotos de complicidad con su padre, a pie de las montañas o de los bosques umbríos. Uno de los vídeos está amenizado con una preciosa canción de Amaral, que es el grupo favorito de la familia.

 

Después de la comida y los postres, me fui con mi hijo Diego a ver el Real Zaragoza a un bar multicultural y políglota de la calle Agustina de Aragón, regentado por chinos. El partido tenía algo de prueba definitiva; me conmovía como Diego -que veía como su Depor del alma vencía y aseguraba su permanencia- estaba en un sinvivir, nervioso y anhelante, a la espera de un gol: el huy final de Oliveira puso a prueba su esperanza. Los que os asomáis por aquí ya sabéis que soy optimista, optimista a la desesperada: deseo con todas mis fuerzas que el Real Zaragoza no baje. Mi idea de partida es que el equipo de este año no era malo: era un equipo pensado para acariciar la UEFA, de nuevo. Pero todo empezó a torcerse demasiado pronto: con la lesión de Matuzalem ante Yayá Touré, con las desavenencias en el vestuario, con la ausencia de tensión del equipo y con una idea general de lasitud que se instaló en el bloque. Si a ello le sumamos que la suerte, tan necesaria en este deporte, no favoreció casi nunca, que la elección de entrenadores (tras la destitución de Víctor Fernández) fue bastante infausta (especialmente la de Garitano: un hombre más bien huraño al que le pudo de inmediato la responsabilidad; especialmente la de Irureta, vencido ya para este oficio), que algunos arbitrajes fueron desafortunados, y que el Real Zaragoza es una estructura aún demasiado frágil por dentro, en todas sus costuras, en todas sus líneas… El fútbol nos dice un día y otro también que para ganar ya no basta con jugar bien: hay que correr como mínimo tanto como el rival y querer ganar más que él.

Para mí, hecha la salvedad de un puesto, la ausencia de alas específicas, el equipo estaba bien armado y compensado, pero nunca ha estado trabajado, con tensión y solidaridad en las líneas, nunca ha creído en sí mismo, nunca ha tenido impulso competitivo y ha parecido vivir en la inconsciencia, en la baja forma (y autoexclusión) de muchos de sus fichajes, en una especie de esplín o de dejadez que no le permitía ver su bisoñez, su vulnerabilidad, que no le permitía ver las orejas al lobo. Ha habido errores (uno de ellos, para mí, no saber motivar a su jugador más competitivo D’Alessandro, el único que siempre quería el balón; el conflictivo, a la chita callando, a lo mejor es Aimar), pero muchos de ellos son errores ahora, hoy, porque los resultados, tan inexorables, los han transformado en errores a posteriori, con la clasificación en la mano. Con la decepción ondeando como una bandera.

 

Ante el Getafe, el Real Zaragoza pudo haber perdido con total claridad y arañó un empate. Antes de jugar, se antojaba insuficiente; tras el lance, tiene algo de pequeño milagro de domingo, de ráfaga levísima de esperanza. La imagen fue algo más consistente que la semana pasada ante el Betis, pero tampoco hay motivo para tirar cohetes. El equipo no tiró a gol, fabricó un par de ocasiones (o en realidad, más bien solo una que malbarató Milito tras un perfecto servicio de Zapater), y anduvo más renqueante que otra cosa: llegando tarde, sin dominio, con demasiadas ausencias, la más peligrosa, desde luego, la de Diegol Milito. Manolo Villanova desplazó a Sergio Fernández a la izquierda, su peor lado (ya se había probado con Víctor Fernández que debía jugar en el otro sitio, pero cada maestrillo tiene su librillo y su terquedad), aún así hizo lo que pudo. El árbitro sancionó una falta inexistente que debía suponer su expulsión, pero ahí reinó la justicia poética y el extraño arbitrio del colegiado, un profesional que es realmente penoso y que estuvo penosamente asistido: Sergio no había ni tocado a su rival, me parece que era Rubén de la Red. El árbitro expulsó con extremado rigor a Matuzalem, que parecía un redentor y, pese a sus detalles y a su visión del juego, no lo será. Al menos el próximo sábado.

 

El Real Zaragoza se libró de la derrota. Y acaso del desastre. Si hubiese perdido, que habría sido lógico a la luz del juego, le habría sido muy difícil remontar, pero ahora sigue dependiendo de sí mismo: todo pasa por empezar ganando el próximo domingo (aunque no esté Matuzalem, que es mucho más peligroso a partir de la línea de tres cuartos, cuando busca el último pase o el centelleo de su disparo) al Huelva. Ese será el preámbulo decisivo de una gran final de seis tramos. Si se pierde o empata, el Real Zaragoza sí habrá sentenciado casi su sino más adverso, el infierno tan temido. Hay que ganar el sábado y seguir batiéndose a la desesperada: con rasmia, con dolor, con ambición, con lucidez, con sentido de la dignidad, con fervor y respeto por el club y por lo que representa. Este equipo no puede caer en el pozo, de nuevo, apenas un lustro después con estos jugadores, con sus responsables (¿desde cuándo no hay en el Real Zaragoza un presidente tan capacitado y tan forofo como Eduardo Bandrés?), con el sueño unánime de una inmensa porción de aragoneses en el año de la Expo y en el año del 75 aniversario.

 

Tendremos otra semana de intranquilidad y de pesadilla. Pero aún nos quedan varias más. El Real Zaragoza se librará del descenso posiblemente en el último partido. Así que cuidemos el corazón…

*La foto, tomada de la web www.zaragocistas.com, es de Matuzalem, al cual el equipo necesita mucho más: vibrante, versátil, ofreciéndose y sin temor al disparo desde lejos.

JUAN LUIS SALDAÑA: PADRE, PRESENTADOR Y POETA

JUAN LUIS SALDAÑA: PADRE, PRESENTADOR Y POETA

También a ti 

 

 

Idiota supremo.

Cuarentón. No tienes respuestas

para la gran pregunta.

No buscas siquiera.

Idiota superlativo.

Te afanas en el barro.

También a ti

     vendrán de noche

                            a buscarte.

 

Juan Luis Saldaña, periodista y presentador de La General, el proyecto televisivo de Antonio Rey, narrador y músico de Nubosidad Variable, me envía este poema. Apasionado del fútbol y cómplice de Christian Peribáñez, a quien conocen como “el Giacometti del periodismo aragonés” (es el responsable de las páginas de televisión en Heraldo), Juan Luis acaba de ser padre. Cuelgo aquí esta pieza, tras la desolación del empate del Real Zaragoza, que, dicho sea de paso, fue un mal menor. La foto es del escritor John Fante, el maestro de Bukowski, el creador de Bandini, un tipo extraordinario.

 

PASIÓN DE MAJNUN Y LAILÂ. POR VICENTE PASCUAL

PASIÓN DE MAJNUN Y LAILÂ. POR VICENTE PASCUAL

[Voy a cerrar la espita de este blog por hoy, pero quisiera hacerlo con un texto que me ha conmovido, casi tanto como los poemas: este cuento, esta parábola, esta bella historia de amor que es el prólogo que Vicente Pascual Rodrigo le ha puesto a su espléndido libro: a la Vida, a la Muerte y a mi Bienamada (Olifante, Papeles de Trasmoz), que se presenta en breve con la presencia del poeta y pintor y de Ángel Guinda.]

 

Prólogo por Vicente Pascual Rodrigo



Hay dos episodios de una leyenda que han venido una y otra vez a mi espíritu durante el tiempo en el que he concebido estas cancionejas. La leyenda proviene de la antigua Arabia: Laylâ y Majnun, una bellísima historia de amor, aunque dicen que fueron los poetas persas quienes con más fama la cantaron, y que es la narración de Nizâmi la mejor conocida. Creo que estos episodios dicen más que lo que yo podría decir sobre lo que aquí imito.


* * *


Para mejor entender el sentido de la leyenda hay que advertir que Majnun –cuyo nombre podríamos traducir como "loco"– concibió desde su infancia un amor desmesurado por Laylâ –cuyo nombre podríamos traducir como "noche"– un amor tan desmedido que su cordura se derritió en Amor.
  Pasó el tiempo, y pese a que el senti-miento de Majnun era correspondido, la familia de la bella Laylâ no aceptó la petición que el padre del enamorado hizo de la ma-no de su hija. Consideraba que la evidente locura del joven había destruido la reputación de su bienamada, ya que pregonaba sin descanso, aquí y allí, su amor por ella. Buscando la salud de su hijo, la familia de nuestro loco viajó con él a Meca, para pedir en tan santo lugar que retornara el sano juicio a tan lastimosa criatura. Allí Majnun se aferró al paño que cubre la Caaba y, suplicando, algo así dijo: No permitas Señor que me abandone locura, no permitas qué retorne a eso que llaman cordura.


  De regreso en su dulce patria Majnun abandonó todo, penetró en los más inhóspitos y oscuros bosques, y los animales salvajes se esforzaron en darle consuelo, en su mansedumbre.


* * *


Pero lo que, ahora, más me interesa compartir con el paciente lector, es lo que sigue: El tiempo pasó y Laylâ se consumía en el recuerdo de su amado. Tanto así fue, que su familia acordó con la de Majnun suscitar un encuentro entre ellos, los amantes.


  Sucedió en un claro del bosque, cuando la noche había dejado de serlo y el día aún no era. Avecinaron a Laylâ hacia aquel triste loco, tan amado. Se vieron, se reconocieron y corrieron ansiosos, el uno a los brazos del otro. Pero sólo unos pasos antes del encuentro, sólo unos pasos, ambos se detuvieron y, poco a poco, distanciaron sus cuerpos. ¿Cómo aquel loco iba a extasiarse recordando la profundidad de la Noche intangible, teniendo cerca tan hermoso reflejo? ¿Cómo Laylâ iba a recordar con pureza el modelo de su amado, teniendo consigo un modelado tan perfecto. Y es que ya sabían que la luz no deja ver la oscuridad misteriosa de la noche.


* * *


Pero menos mal, ya no hay duda que allí arriba se encuentran y se aman, en una muy pobre cabaña, embriagados, en el aroma de lo eterno.


 
Vicente Pascual, finales de 2007

*La foto es de Roger George Clark.

 

EL MAESTRO Y EL CATALEJO / NATALIE DYBISZ.2

EL MAESTRO Y EL CATALEJO / NATALIE DYBISZ.2

Del libro Aprendiendo a vivir (Siruela, 2007. Traducción de Elena Losada) de Clarice Lispector (1920-1977), además del párrafo citado ayer, querría rescatar otros dos que me han gustado mucho: uno sobre Joao Guimaraes Rosa, el gran novelista brasileño, y otro sobre el misterioso hombre del catalejo.

 

Escribe Clarice.

 

-Entonces Guimaraes Rosa me dijo una cosa que nunca olvidaré, de tan feliz como me sentí en ese momento: dijo que me leía, “no para la literatura, sino para la vida”. Citó de memoria frases y frases mías y yo no reconocí ninguna.

 

-Otra persona que me llamaba de madrugada me explicó que pasaba por mi calle, veía la luz encendida y entonces me llamaba. A la tercera o cuarta llamada me dijo que yo no merecía mentiras: en realidad la parte trasera de su casa daba a la mía y me veía todas las noches. Como se trataba de un oficial de marina le pregunté si tenía un catalejo. Se quedó en silencio. Después me confesó que me miraba por el catalejo. No me gustó. Ni él se sintió bien por haber dicho la verdad, tanto que me avisó que “ya no tenía gracia” y que no me llamaría más. Lo acepté.

 

*La foto es de Miss Aniela o Natalie Dybisz, que dice lo siguiente: “Me enfada que todavía no se asuma que la imagen una mujer desnuda no significa sexo, no tiene connotaciones negativas ni por qué formar parte de las fantasías masculinas. Con mis fotos intento expresar mi sexualidad, pero no la presencia de un espectador sino representándome como una entidad de deseo activa, con mis derechos. Lo que soy”.

UN POEMA DE AMOR / NATALIE DYBISZ. 1

UN POEMA DE AMOR / NATALIE DYBISZ. 1

POEMA EGIPCIO

(Siglo XVIII a.C.

 

Hermano mío, es agradable ir a la playa

para bañarme en tu presencia,

para que veas mi belleza,

en mi túnica de tela real finísima,

cuando está mojada…

Penetro contigo en el agua,

y salgo a la superficie hacia ti,

con un pececillo rojo,

que hermoso se está en mi mano.

Ven y mírame.

 

Incluido en el precioso libro Breve tratado de la pasión. Selección de textos y prólogo a cargo de Alberto Manuel, que acaba de publicar Lumen.

[La fotografía es de la joven Natalie Dybisz, poco más de veinte años y una osadía que rivaliza con su don poético y con la búsqueda de su identidad. En vez de redactar un diario con palabras, decidió hacer un diario visual, un autorretrato gráfico permanente y convertirse en motivo de sus fotos, como Claude Cahun o Cindy Sherman, por poner un ejemplo, y luego las colgó en la red. Suele firmar así o como Miss Aniela, a veces hay que buscarla por Natalie Aniela Dybisz. De origen polaco y residente en Leeds, quiere representarse como una mujer “soltera e independiente, joven y femenina”. La revista Yo dona le concede hoy una página: expondrá en Madrid, en la galería Cámara-Oscura, desde el 17 de abril al 31 de mayo.]

MEMORIA DE MANUEL MARÍN SANCHO

MEMORIA DE MANUEL MARÍN SANCHO

La historia de Iñigo Manuel Marín Sancho (1899-1936) resulta conmovedora. Su primogénita María Luisa, nacida en 1927, dice: “Su muerte fue una canallada. Sigo queriendo a mi padre con locura. Nos llevaba a todas partes: al boxeo al Monumental, al teatro, yo conocí muy bien el mundo de las tablas entre bastidores. A veces nos contaba cuentos, y nos traía juguetes, incluso pupitres plegables”. Su hijo Basilio, que conserva muchos de los cuadros y esculturas que le regalaron los más importantes artistas aragoneses de la preguerra a su progenitor, revela: “Yo tengo recuerdos más bien difusos. En 1933, nos trasladamos a Barcelona porque mi padre empezó a dar clases en el Instituto Salmerón. Recuerdo que era un apasionado de la música clásica: tocaba la viola y solíamos ir con mi madre a los conciertos que daba con la orquesta sinfónica. Vivimos allí hasta 1936, en que fue fusilado. Nosotros, mi madre, mi tía Vicenta, mis hermanas María Luisa y Teresa y yo regresamos a Zaragoza a principios de julio, y mi padre lo hizo en vísperas de la Guerra Civil”. Tras el estallido de la contienda, Manuel Marín Sancho, que pertenecía a la logia Constancia 16, no tardó en ser detenido. Lo soltaron a los pocos días, aunque debía pasar prácticamente a diario “por las dos checas que había en el Coso, una era de requetés y otra de la Falange. A finales de septiembre, lo encerraron en Torrero y finalmente, la noche del uno de diciembre fue fusilado por su condición de masón. Mi padre era republicano, creía que la forma ideal de gobierno era la República, pero tampoco era un hombre que se hubiera significado de manera radical”. José Antonio Ferrer Benimelli en su libro “La masonería en Aragón” narra la detención y la ejecución de Manuel Marín Sancho, que era periodista, dramaturgo, crítico de arte y de literatura, archivero, paleógrafo. Las razones de la muerte eran tan precisas como falsas: “Fractura de cráneo y hemorragia interna”. Con él, en aquellos meses, fueron abatidos, entre otros muchos, los médicos Moisés y José Miguel Alcrudo, Andrés Cobo San Emeterio, el arquitecto Francisco Albiñana. 
 

Los dos hermanos aseguran que se “enteraron de todo”. María Luisa recuerda que le escribían y le mandaban dibujos de casitas a la cárcel, “algunas eran copiadas. El dibujo se me daba muy bien”. La familia entonces no tenía casa propia; vivía en un gran caserón de la plaza de Sas que era de la tía María, hermana del periodista, y del tío Gregorio, un agricultor con muchas tierras. “Ambos fueron nuestros padrinos. Mi madre se quedó con una exigua pensión por la condición d e mi padre de archivero del Ayuntamiento de Zaragoza, donde trabajó con Manuel Abizanda Broto. Y nada fue fácil. La casa tenía más de veinte habitaciones. Salimos adelante gracias a mis padrinos”.

         Basilio inicia un auténtico viaje en el tiempo. Su padre nació en Zaragoza en 1899, en el seno de una familia de clase media que se dedicaba a la construcción de instrumentos musicales: guitarras, laúdes, bandurrias; el artesano le regaló una guitarra a Alfonso XIII, que lo recibió en palacio, y además presentó magníficas piezas en uno de los pabellones de la Exposición Hispano-Francesa. Manuel Marín Sancho era el menor de cinco hermanos. Siempre sintió inquietudes intelectuales y con el paso de los años, tras licenciarse en Filosofía y Letras y haber estado episódicamente en la guerra de África, “mi padre veía fatal, y en cuanto se dieron cuenta lo devolvieron a España”, entró a trabajar en “El Noticiero”, que dirigía José María Sánchez Ventura, se vincularía con el Centro Naturista Helios, llegó a ser su segundo presidente, y desplegó una actividad increíble: fue director de revistas como “Aragón” del SIPA, en 1929 coordinó un número donde publicó a los más importantes artistas plásticos, todos los números de “Amanecer” y varios de “Relieves”, e incluso llegó a fundar el efímero diario “Independencia”.

         Uno de sus amigos de entonces era el periodista y escritor Andrés Ruiz Castillo, que lo definió como “una auténtica revolución que llegó a fundar Prensa Ebro, una agencia de publicidad”. “Mi padre poseía un gran sentido del humor, siempre sonreía. Era alegre y confiado”. Redactó algunas piezas teatrales, entre ellas “El tapiz” (1928), basado en las pinturas de Goya, y sobre todo escribió el libreto de la ópera “Igual que hermanicos. Estampas aragonesas. Zarzuela en tres actos”, que se estrenó el cuatro de enero de 1934 en el Teatro Principal con música de Luis Aula, que también dirigió la Orquesta Sinfónica de Zaragoza. El crítico Pablo Cistué de Castro dijo que “Manuel Sancho Marín ha hecho un libro de zarzuela tan documentado y de tal honradez que se aleja del tipo a que la generalidad de los libretistas nos han acostumbrado”. Decía que la obra aborda “los amores de dos mozos a una misma moza”, y elogiaba al tenor Faustino Arregui, a la actriz y cantante Sélica Pérez Carpio y al “formidable actor cómico” Eduardo Marcén.  

         En casa de Basilio Marín Ferrer hay obras de Honorio García Condoy, de Ansuátegui, de Bayo Marín, grandes amigos del periodista y escritor fusilado. Hace poco, el profesor madrileño Francisco Galera le mandó el expediente de su padre, y en medio había una copia que ha activado la memoria y el dolor: el Jefe Superior de Policía de Zaragoza mandó una carta a la cárcel de Torrero para que soltasen al meteorólogo Odón San Emeterio y a Manuel Marín Sancho. La carta estaba firmada el 30 de noviembre, pero no llegó a su destino. Esa misma noche ambos, con otros muchos, fueron ejecutados.

*Preparo una amplia selección de mis trabajos a lo largo de 20 años sobre personajes zaragozanos o vinculados con Zaragoza. Uno de los que figurará en ese cuaderno en marcha será Manuel Marín Sancho, texto que recupero ahora. La foto corresponde al Coso, a la altura del Teatro Principal.