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Antón Castro

DE 'LEER' DE ANDRÉ KERTÉSZ

Errata Naturae y Periférica publica el libro 'Leer' del fotógrafo húngaro André Kertész, un libro que apareció por vez primera en 1971 y que recoge las fotos, con la lectura de fondo, que realizó en diversos lugares del mundo entre 1915 y 1970. El libro lleva un prólogo de Alberto Manguel, director de la Biblioteca de Buenos Aires, y es un paseo por las distintas y azarosas formas de la lectura, ese modo de viajar hacia dentro y hacia afuera, como embrujados por las letras de un papel. La lectura es una sublime y cotidiana forma de atención, de curiosidad y de extravío. El libro, de formato medio, es una pequeña joya: da gusto volver a él una y otra vez. 

 

 

 

1. http://static2.blastingnews.com/media/photogallery/2016/12/5/290x290/b_290x290/publica-en-espana-la-coleccion-de-andre-kertesz-leer_1023513.jpg

2. http://img01.quesabesde.com/media/img/noti/0013/kertesz_leer_18.jpg

3. http://img01.quesabesde.com/media/img/noti/0013/kertesz_leer_16.jpg

4. http://img01.quesabesde.com/media/img/noti/0013/kertesz_leer_11.jpg

5. http://img01.quesabesde.com/media/img/noti/0013/kertesz_leer_17.jpg

APÈ: PREVENCIÓN DE TRASTORNOS

APÈ: PREVENCIÓN DE TRASTORNOS

[Nota de Jaime García Machín]

Presentación de la fundación APE para la Prevención de los trastornos de la conducta alimentaria. Y en su primer día el anuncio del acuerdo para la eliminación de las webs que fomentan consecuencias como la anorexia o la bulimia.
Un gran número de Zaragozanos
han puesto su nombre en la bola navideña en este árbol de esperanza y entre ellos, regalando un ratico de su tiempo y su imagen, parte de lo mejor de la cultura, el deporte y el audiovisual, como Antón Castro, Miguel Mena, Juan Bolea,Jesús Nadador, Pablo Ferrer,Jaime Fontán, Raquel Anadón Alquézar, Luis Alegre, Luisa Gavasa, María José Moreno, Luis Rabanaque, Ana Sanagustín, Pablo Lagartos, Fran Fraguas, Alfonso Palomares, Jorge Asín, Marisol Aznar, Raquel Carriedo, Ignacio Estaregui, Gloria Sendino, Reynaldo Benito, Jacobo Atienza,Vicky Calavia,Javier Loriente, Enrique Bunbury ..... Y los que también han querido estar desde la distancia, Paula Ortiz,Carmen Paris, Jorge Usón, Laura Gómez-Lacueva y Teresa Azcona
Ahí es nada !!!! Y por supuesto mi mujer, Ana Pilar Gonzalez.

Prevención y educación para evitar tener que curar.

https://www.facebook.com/jaime.garciamachin/posts/1296473803761336?notif_t=like_tagged&notif_id=1482353742982551

 

LAS VÍCTIMAS RECUPERAN EL ALMA

LAS VÍCTIMAS RECUPERAN EL ALMA

[Texto de Víctor M. Juan Borroy, escritor y pedagogo, que leyó el pasado martes en la presentación del libro, en dos volúmenes, ’Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesdca 1936-1945)’, el trabajo de casi toda una vida donde las víctimas "han recuperado el alma".]

 

 

Un monumento a las víctimas

 

Víctor Juan

 

Víctor Pardo y Raúl Mateo (2016),

Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca 1936-1945).

 

 

Todos somos conscientes de que hoy, aquí y ahora, estamos viviendo un momento histórico. Gracias a Raúl Mateo Otal y a Víctor Pardo Lancina estamos participando en este salón de actos de la Diputación Provincial de Huesca de un momento que siempre será recordado. Vamos a poner palabras donde durante décadas solo ha habido silencio y olvido. Vamos a transitar por caminos desconocidos, intuidos por muchos de nosotros, y ahora perfectamente delimitados por Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca, 1936-1945), una precisa cartografía del horror y de la memoria, de la miseria del ser humano y también de la dignidad que de vez en cuando nos caracteriza.

Raúl y Víctor son sobradamente conocidos en la ciudad, pero voy a permitirme decir dos cosas de ellos. Víctor y Raúl son dos ángeles buenos que velan en la ciudad por la conciencia de todos. No les guían más intereses que la verdad y la justicia. Y eso, en los tiempos que corren, ya es revolucionario. Estos proyectos en los que con frecuencia se embarcan les hacen perder dinero, invertir en quimeras el tiempo que les roban a sus familias, a sus amigos y a sus aficiones. Incluso es posible que estos trabajos les hagan ganar enemigos. Ellos saben –como escribía Ramón Acín- que quizá alguna puerta se les cerrará o que alguien les negará el saludo. Pero su compromiso está por encima de todas estas circunstancias.

Raúl y Víctor trabajan lejos de la academia y de sus servidumbres. Esto entraña ciertas dificultades, pero asegura que no tienen intereses al margen de la propia investigación, que sus trabajos no son un medio para conseguir otra cosa sino que son un fin en sí mismos.

Raúl y Víctor son ciudadanos, ciudadanos valientes. Ellos, con la colaboración de otras personas, han hecho de Huesca una ciudad más hermosa. Se hermoseó la ciudad cuando se le retiraron a Francisco Franco los honores que el ayuntamiento de Huesca le había concedido en los primeros años cincuenta. Por eso el dictador ya no es ni hijo adoptivo ni alcalde perpetuo de la ciudad. Lo de recuperar los regalos que en aquella ocasión se le hicieron (un escudo de oro y diamantes valorado en 16.500 pesetas de las de 1952 y un pergamino) ya es arena de otro costal. Víctor y Raúl trabajaron para hacer realidad en 2004 el homenaje a Ramón Acín y a Conchita Monrás o, más recientemente, el «Memorial a los fusilados en Huesca», el proyecto que recuerda en las tapias del cementerio el nombre de los 548 seres humanos que fueron asesinados. Si en cada ciudad hubiera media docena de personas como Raúl y Víctor, aunque nos conformaríamos con que hubiera tan solo una, tendríamos un país más justo y más decente.

Raúl y Víctor han trabajado en la redacción de Todos los nombres escrupulosamente, es decir, con honradez y rectitud, con exactitud y esmero. Han trabajado sin desmayo. Le han dedicado a este libro el tiempo, la ilusión y la inteligencia que un proyecto de tal envergadura les pedía. Por eso su dedicación me recuerda el espíritu con el que trabajó María Moliner en la elaboración de su Diccionario de uso del español y que ella misma resumía en la presentación de la primera edición con estas palabras:

«Por fin, he aquí una confesión: la autora siente la necesidad de declarar que ha trabajado honradamente; que, conscientemente, no ha descuidado nada; que, incluso en los detalles nimios en los cuales, sin menoscabo aparente, se podía haber cortado por lo sano, ha dedicado a resolver la dificultad que presentaban un esfuerzo y un tiempo desproporcionados con su interés, por obediencia al imperativo irresistible de la escrupulosidad; y que, en fin, esta obra, a la que, por su ambición, dadas su novedad y complejidad, le está negada como a la que más la perfección, se aproxima a ella tanto como las fuerzas de su autora lo han permitido».

Este libro no habla del pasado. Somos lo que hemos sido. El pasado no está detrás de nosotros. El pasado lo tenemos siempre ante nosotros. Somos estos nombres y la injusticia del silencio, y el dolor y ahora también somos la luz que proyecta este libro. En 1992, cincuenta y seis años después del inicio de la Guerra Civil, diecisiete años después de la muerte del general Franco, Julián Casanova coordinó al grupo de investigadores de la Universidad de Zaragoza que publicó El pasado oculto, una gran base de datos sobre los asesinados en Aragón. Tuvimos que esperar mucho tiempo para poder escribir la relación de los otros muertos, los nombres que no figuraron en monolitos o en las fachadas de las iglesias. Aún hoy es necesario escribir sus nombres y alimentar la memoria. Muy cerca de Huesca, en Lasieso, encontramos un ejemplo evidente de estos agujeros negros por los que desaparecieron los nombres y la historia de los perdedores. En el frontal de la fachada de la antigua escuela puede leerse «Escuela Nacional Mixta…» y hay un nombre borrado. Alguien picó la piedra. Afortunadamente, sabemos que falta el nombre de Ildefonso Beltrán Pueyo, el inspector de escuelas y diputado por el Frente Popular en las elecciones de febrero de 1936.

Ante el recuerdo de las víctimas, ante la constatación del horror,  es imposible no preguntarse cómo fuimos capaces de estas atrocidades, cómo la gente común pudo tolerar que se asesinara impunemente a sus vecinos, a sus compañeros de trabajo, a sus familiares y a sus amigos… Cómo pudieron seguir viviendo conociendo a los asesinos… En No se fusila en domingo, las magníficas memorias del médico Pablo Uriel en las que cuenta cómo vivió la guerra civil en Zaragoza y Belchite encontramos la respuesta. En la gente se instaló un pensamiento perverso, deshumanizador: no son como nosotros –se repetían–, son malos, merecen morir. Este pensamiento está reflejado en la actitud de una monja joven, la hermana María, dulce en el trato con los enfermos, persona a la que Pablo Uriel conocía desde antes del inicio de la guerra y a la que consideraba una mujer bondadosa.

«La hermana María entró como una tromba. Su hermoso rostro expresaba una emoción exaltada.

-¡Ay, Dios mío! Acabo de pasar por la sala de disección; por lo menos hay doscientos muertos. ¡Es horrible! Y hasta hay mujeres y niños.

Al comprobar que todos la mirábamos, asombrados y silenciosos, se ruborizó, bajó la vista y dijo unas palabras que no se me olvidarán nunca:

-¡Dios mío! ¡Cuánta gente mala hay en el mundo!» (Uriel, 2005, 208-209).

 

Víctor y Raúl humanizan en este libro a las víctimas. Sabemos que tenían madre, amigos, tenían proyectos, se enamoraban, a veces estaban tristes y se sentían solos, peleaban por sus sueños. Eran exactamente igual que nosotros. Tenían una vida exactamente igual que la nuestra, transitaban por las mismas calles por las que nosotros paseamos, las calles en las que juegan nuestros hijos, por las que caminamos con prisa cuando vamos a trabajar, las calles por las que deambulamos distraídamente mientras conversamos con nuestros amigos… Hasta que no se asume que los protagonistas de la historia son exactamente igual que nosotros, es imposible entender nada.

Todos los nombres es un libro de luz y de paz.

Este libro nos devuelve el alma de las víctimas, no en su sentido metafísico sino en su sentido etimológico. El alma es la palabra sagrada. Y no hay palabra más sagrada que el propio nombre. De ahí que el nombre sea lo primero que se le arrebata a los vencidos. En los campos de exterminio a las personas se les robaba el nombre y se les otorgaba un número. Con la pérdida del nombre se evita el recuerdo, se les priva de la memoria. Eso es lo que los vencedores pretenden: borrar a los enemigos de la historia. También a los hijos de los represaliados les robaron el nombre: Katia Titania Acín, Libertad Acracia Bosque, Libertad Claver, Germinal Ubico, Humanidad Hernández…

Margalit en su libro Ética del recuerdo inicia el capítulo titulado «Recuerda el nombre» resumiendo un pasaje de Pentecots, una obra de teatro que narra la historia de un grupo de niños que van hacinados en un tren de ganado, camino del campo de concentración. Estaban tan desesperadamente hambrientos que se comieron los cartones que llevaban atados al cuello, los cartones en los que estaba escrito su nombre. Nosotros sabemos que estos niños murieron dos veces. Murieron en las cámaras de gas, murieron de hambre, de agotamiento o a causa de los golpes recibidos. Y también murió su memoria porque nadie pudo recordar su nombre. Escribir sus nombres, todos los nombres, como han hecho Raúl y Víctor es devolver el alma a las víctimas. Por eso, Todos los nombres es un libro que nos hace mejores. Y también hace mejores incluso a quienes nos niegan el derecho a la memoria, incluso a quienes no condenan los asesinatos porque creen que estos asuntos no le interesan a nadie y que no hay que revolver en la historia.

El verano pasado estuve unos días en Berlín. Me conmovió enormemente descubrir que, en el suelo, junto a la puerta de algunas casas de la ciudad vieja –lamentablemente en demasiadas casas– hay unos adoquines dorados en los que puede leerse el nombre de las personas que fueron arrancadas de sus hogares por ser judíos, gitanos, homosexuales, comunistas... No importa la razón porque no hay razón que justifique el asesinato… Junto al nombre también puede leerse el año y el lugar de su nacimiento, el año en el que fueron deportados, el nombre del campo de exterminio en el que fueron asesinados. Estos adoquines son stolpersteine, es decir, piedras con las que se tropieza. Estos monumentos individuales son una idea del artista alemán Gunter Demnig que pensó que en vez de levantar un gran monumento en recuerdo de las víctimas del holocausto sería mejor llenar las calles de ciudades de Alemania, de Polonia, de Hungría o de España… de todas las ciudades que perdieron a algunos de sus hijos en el holocausto nazi, de pequeños monumentos, de adoquines de 10 x 10 x 10 centímetros, recubiertos en una de sus caras por una chapa de latón en la que se escribe el nombre de las víctimas. Aquí vivió... y a continuación se lee el nombre de mujeres, niños, jóvenes, ancianos, médicos, profesores, comerciantes, estudiantes, obreros… personas de toda condición. Estas piedras sobresalen unos milímetros del resto del empedrado de las aceras de manera que son piedras con las que se puede tropezar, obligando al caminante a inclinarse para descubrir el nombre de los asesinados en los campos de concentración. Las stolpersteine se fabrican artesanalmente, una a una, como la antítesis de cómo se produjeron aquellas muertes. El exterminio tuvo un carácter industrial, pero la memoria se construye artesanalmente, letra a letra, palabra tras palabra. Cada Stolperstein es un monumento en forma de adoquín. Les cuento hoy todo esto porque Todos los nombres también es un monumento a las víctimas. Cada voz, cada entrada de este diccionario, es un monumento a uno de aquellos hombres, a una de aquellas mujeres que pagaron con su vida su derecho a tener ideas. Al sostener en mis manos Todos los nombres enseguida pensé en las stolpersteine porque este también es un libro con el que tropezará nuestra conciencia. Un libro de dolor y de dignidad, de memoria y de reconocimiento. Les invito a que cuando coloquen este libro en sus bibliotecas, lo hagan de forma que el lomo de los dos volúmenes sobresalga del resto. Un centímetro, o quizá medio centímetro, será suficiente. De esta forma, cuando nos acerquemos a las estanterías de nuestra biblioteca, nuestros dedos y nuestros ojos tropezarán con Todos los nombres. Y cada vez que leamos en el lomo Todos los nombres. Víctimas y victimarios (Huesca 1936-1945) estaremos recordando y homenajeando a las víctimas que gracias a este libro han recuperado el alma.

 

Huesca, 20 de diciembre de 2016

PACO CUENCA, FOTÓGRAFO. UN DIÁLOGO

PACO CUENCA, FOTÓGRAFO. UN DIÁLOGO

San Pablo es el paraíso del fotógrafo callejero” 

 

Paco Cuenca expone una selección de las 300 fotos que ha tomado del Gancho, Ebro Viejo y el Barrio Oliver

 

Antón CASTRO / Zaragoza

La fotografía empezó a interesarme cuando comprendí que era útil para expresarme y que era un lenguaje que estaba a mi alcance. Yo creía que podría hacerlo del mismo modo que un niño cree saber que será trapecista desde la primera vez que le han llevado a circo. Mucho antes de tener mi primera cámara de fotos ya medía, encuadraba, enfocaba, retrataba, capturaba, disparaba, en definitiva, fotografiaba. No hay una fecha determinante que marque el inicio. Ha sucedido siempre”, dice Jean-François Cuenca, Paco Cuenca (Tarbes, 1961), que es empresario, cantante y compositor y, cada vez más, fotógrafo. Actualmente expone en el Colegio de Arquitectos una selección de 30 fotos de las 300 que ha hecho para documentar San Pablo, el Ebro Viejo y el Barrio Oliver, que integran tres volúmenes de Prensas Universitarias de Zaragoza: ‘Regeneración urbana’.

 

Parecía que al principio hacías fotos no sé si decir robadas o inadvertidas… ¿Es así?

No sé por qué se ha instalado el término robar para describir la fotografía que es simplemente callejera, humana. Fotos robadas son fotos presentadas como propias cuando son de otros o arrancadas de la pared de un museo. Inadvertidas es una palabra que define bien el trabajo de los que hacemos fotografía callejera. Esas fotos naturales, sin posados, son las que he hecho desde siempre. Al principio, ahora y, a la vista de que no noto signos de cansancio, son las que seguiré haciendo. No he fotografiado nunca montañas, floreso puestas de sol. Otros lo hacen muy bien y disfrutan con esos géneros. A mí solo me cautiva la gente y la calle. Me interesan las miradas, los rostros, los portes. Miro, observo, espío, y divago sobre la vida de los demás. Mi mirada es invasiva e inacabable. Soy un voyeur. Mi únicas reglas son no ir más allá de los límites de la intimidad y del buen gusto.

 

Hace retrato, reportajes, arquitecturas… ¿Dónde se siente más cómodo?

A mí me parece que cultivo un único género, fotografiar personas. Para algunos trabajos, como el de esta exposición, la única diferencia es que he ampliado el campo hasta recoger la acera, la calle, el comercio, los vehículos y los edificios circundantes, es decir, he fotografiado las personas cen relación al espacio que ocupan y usan.

 

Antes de hablar de la exposición del Colegio de Arquitectos y de los libros, cuéntenos esas experiencias que ha hecho en París, México, la India, Cuba, Portugal… ¿Qué hizo en cada ciudad o país, qué le aportaron?

Fotografiar el mundo, en mi caso, es fotografiar sus gentes. Los mercados, las plazas, las calles son mis platós. Ahí, en directo, sin ensayos ni poses, se ruedan la vida, la verdad, las emociones, las conquistas y los fracasos, las esperanzas, los miedos, los amores. Para un cazador de historias no hay coto mejor dispuesto. Al placer de viajar sumo el botín de la captura fotográfica. Viajo dos veces, veo dos veces, vivo dos veces.

 

¿Cómo ha sido el trabajo de laboratorio, la edición en ordenador?

La edición de una fotografía puede ser tan creativa y estimulante como la toma. Identificamos a muchos fotógrafos por su forma de editar. Se puede cambiar el encuadre, destacar o disimular elementos, modificar el cromatismo o corregir la luz. Una fotografía es buena o mala antes de ese proceso de pulido. Mis fotografías, también las de esta exposición, son editadas. Salvo en fotografía periodística, cada uno debe ser libre de manipular y barnizar a su antojo, como haría un pintor..

 

¿Cuándo y por qué empezó a fijarse en Zaragoza?

Si del ámbito fotográfico hablamos, solo cuando recibí el encargo de ilustrar con mis fotografías estos libros tan centrados en algunos de sus barrios. Ha sido una excusa para transitar por lugares que, sin este trabajo, quizá no hubiese visitado nunca.

 

¿Qué le interesa de Zaragoza, qué le busca?

Las ciudades, todas, no solo esta, son un lugar que compartimos, organizado para facilitar la convivencia, compartir y tener acceso, con la economía de medios que brinda la cercanía, a la vivienda, al trabajo, a la administración, a la educación, a la salud, a la cultura y al ocio. Es mi definición simplista de la ciudad perfecta y es lo que me gustaría para el lugar en el que vivo. Los muchos desajustes, las imperfecciones y las desigualdades de las que sufre cualquier aglomeración son el objeto del estudio, las reflexiones y las propuestas técnicas de estos libros, aplicados a barrios concretos.

 

¿Cómo es Zaragoza?

Para explicar a un forastero como yo la otra Zaragoza, lejos de monumentos, palacios y catedrales, José Antonio Labordeta me sugirió que me fijara en la disparatada calle Terminillo, del barrio de Las Delicias. Es inevitable que valoremos la ciudad por su aspecto monumental, por las grandes avenidas y los anchos parques clorofilados. En los últimos decenios, Zaragoza ha rescatado la belleza, tan necesaria, puesto en valor el legado histórico y cultural y ha mejorado, calle a calle, por mucho que quede por hacer, la calidad de vida de sus habitantes.

 

¿Qué tiene el barrio de San Pablo, qué le ha sorprendido?

San Pablo es el paraíso del fotógrafo callejero. El bullicio constante, el colorido de las construcciones y de la vida, la convivencia multicultural, la fusión de tradición y modernidad, el impulso por promover nuevas actividades con nuevos moradores, son características que lo convierten en fotografiable. Yo viví en los límites del barrio cuando el barrio vivía al límite. Las rehabilitaciones, las nuevas edificaciones, espacios como la Plaza de las Armas lo han rescatado y revitalizado. Ha pasado de ser casi intransitable a accesible. Las propuestas arquitectónicas y urbanísticas recogidas en el primer libro de esta serie profundizan en esa dirección.

 

¿Ebro Viejo?

Fotografiar a los vecinos transitando por este conjunto de edificios que envejece mal ha sido más difícil. Apenas queda un quiosco de prensa y chucherías, las tiendas de comestibles han cerrado, cuesta comprar el pan, las persianas de los locales están cerradas desde hace tiempo. Pocos niños, poca alegría, poca vida. Creo que esta atmósfera se refleja en las fotografías. Este barrio necesita aire fresco, análisis y propuestas imaginativas, técnicas y realizables como las que se proponen en el segundo libro.

 

¿Y el Barrio Oliver?

Fue el primer lugar en el que viví cuando llegué a España. Aunque las mejorías son notables en el equipamiento, las zonas verdes, el anillo verde y el soterramiento de la vía del tren que cruzaba el barrio como una profunda llaga, las carencias siguen siendo evidentes. Los problemas palpables de convivencia, las zonas suburbiales o la desaparición del comercio, son desafíos que el tercer libro analiza y para los que propone soluciones técnicas. Las características urbanísticas y humanas del barrio Oliver son también una invitación constante para un cazador de imágenes.

 

¿Qué exigencias ha tenido para la publicación y cómo las ha solventado?

 La responsabilidad que exige estar a la altura del contenido de los libros me ha obligado a levantar la vista y el ángulo de disparo. Aquí no basta con el individuo. Son relevantes los edificios, las zonas verdes, los espacios comunes, la parada del autobús, los centros escolares o de salud. No se trata de libros de divulgación, sino estudios profundos y razonados que desembocan en propuestas técnicas, aportaciones profesionales al debate de la mejora del espacio de la convivencia. Con gran generosidad, se me ha dejado completa libertad para trabajar. No se me ha exigido nada salvo que convirtiera en fotografías mi mirada. Así todo es muy fácil.

 

¿Qué significa verse ya en tres libros?

Debo este placer y este honor al encargo de la Escuela de Ingeniería y Arquitectura de la Universidad de Zaragoza y, en particular, a su Catedrático Javier Monclús. Fotografiar es una necesidad, un modo de ver y de sentir. Que esa emoción creativa se convierta en algo útil en forma de libros es una gran satisfacción. Para el lector y los autores estas fotografías son un simple accesorio que ilustra. Así tiene que ser. Para mí, son una alegría. Al fin y al cabo, los libros permanecen.

 

Cantante, empresario, compositor, algunas cosas más… ¿Cómo sueña su futuro como fotógrafo?

Quiero seguir cantando y grabando discos, claro. Para la fotografía, sigo adelante con mi proyecto de acompañar con un texto tres mil fotografías de personas de todo el mundo para las que invento nombres e historias. Con tantas fotos, tantos personajes fabulados y tantos textos algo haremos. Veremos.

 

*Autorretrato de paco Cuenca. 

UNA CITA CON LECTORES EN UTEBO

http://arablogs.catedu.es/blog.php?id_blog=1194&id_articulo=191475

Hoy, a las 15.00, después de entrevistar a Antonio Muñoz Molina, tengo una cita en el Colegio Parque Europa de Utebo..

 

Foto sacada de la web

“El musgo del bosque” es uno de los últimos libros de Antón Castro, parece que el escritor hubiera intuido la temática de nuestra Biblioteca para este curso “Leemos en verde. Latimos en verde” al elegir su título. Antón Castro tenía que venir al colegio “Parque Europa” de Utebo, un ilustre de la cultura aragonesa que vive en el vecino Garrapinillos, no podía faltar a nuestro “Leer Juntos”. El verde ha sido la excusa para que nos visite el próximo martes 13 de diciembre. No sólo nos viene al pelo el título de su libro poético “El musgo del bosque” sino seguramente gran parte de su bibliografía. Antón Castro es un hombre pegado a sus paisajes y paisanajes de infancia, su Galicia rural, y de juventud, ese Teruel profundo de los diferentes destinos profesionales de su compañera de vida; paisajes y paisanajes verdes y grises, presentes o inspiradores en muchos de sus libros.

 

Durante este mes hemos leído algunos de sus libros, seguramente una pequeña parte: “El dibujante de relatos”, “El fin de los dinosaurios”, “El musgo del bosque”, “El niño, el viento y el miedo”, “Paseo en bicicleta”, “Golpes de mar”, “Jorge y las sirenas”, “La leyenda de la ciudad sumergida”, “Los pasajeros del estío”, “Los seres imposibles”, “Retratos imaginarios”, “Vivir del aire”... Hemos descubierto un autor prolífico para todo tipo de público de todos o casi todos los géneros literarios (poesía, ensayo, novela, relato...). Como todo buen escritor que se precie, ha sido y es un lector empedernido desde su niñez. Su recorrido en el mundo de la letra escrita, tanto en el campo literario como periodístico, ha sido de formación autodidacta, impulsado por un deseo de superación permanente, hasta convertirlo en un erudito sobre muchos temas.

Si la producción bibliográfica de Antón Castro nos abruma, que decir de la periodística. Desde 2001 es responsable del suplemento cultural “Artes y Letras” del Heraldo de Aragón, considerado como uno de los mejores de España. Su actividad divulgativa diaria en las redes sociales es frenética, mostrando todo evento cultural que llega a su conocimiento. También desde su blog, creado en el 2004, escribe sobre todo tipo de temas culturales, siempre interesantes (pintura, cine, fotografía, música, literatura…), desde adentro, cuidando la precisión de las palabras y el buen gusto en la redacción, y por supuesto con un profundo respeto y cariño a las personas mentadas, siempre desde una gran generosidad.

En 2013, el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte le concedió el Premio Nacional de Periodismo Cultural, en reconocimiento a su labor periodística –información, opinión,  divulgación- en pro de la cultura en todos los medios de comunicación, especialmente en el diario Heraldo de Aragón y en el programa televisivo Borradores, de Aragón Televisión, contribuyendo con ello al enriquecimiento del patrimonio cultural de España. Más que merecido premio que reconoce sus desvelos por la cultura, considerada por él y por muchos de nosotros como “un instrumento fundamental para vivir".

Si la producción escrita de Antón Castro rezuma "perfección, belleza e intento de seducción"oírlo en una presentación literaria o en una conferencia, es una experiencia encandiladora. Debió de heredar el arte de los transmisores orales de su tierra, cultivándolo en esta nuestra, seca y dura; la cadencia de su lengua materna mece nuestros oídos acostumbrados a la ruda musicalidad del acento aragonés ¡Interesante combinación, sin duda!  Le escucharemos muy pronto, el martes 13 de diciembre de 15 a 16,30 en la Biblioteca del Colegio “Parque Europa” de Utebo.

 

PEDRO GARCÍA CUETO: ADIÓS AL POETA ADOLFO CUETO

 

EN HOMENAJE A ADOLFO CUETO

 

 

LUZ QUE SE EXTINGUIÓ COMO UNA LLAMA

 

 

PEDRO GARCÍA CUETO* Escritor, profesor y crítico literario.

   Parece difícil escribir cuando está caliente su mirada, sus ojos atónitos ante el desconcierto del  mundo, parece complejo expresar el dolor si es tan hondo y oscuro, como un túnel donde tropezamos a ciegas, ebrios de vida pero, sin quererlo, asustados, temerosos, recordando a Darío, ante “la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos”.

    Adolfo Cueto, de origen asturiano, pero nacido en Madrid, vino al mundo un 31 de enero de 1969, comenzó a escribir pronto y en Diario Mundo (2000) recopiló medio centenar de poemas galardonados en distintos premios.

   Fue Premio Emilio Alarcos entre otros, Cueto logró en Dragados y construcciones hacer del poema un sedimento, una semilla donde se cultiva el opio de la vida, esa sed incesante del decir que lleva el poeta, pleno de angustias y soledades, que, a duras penas, entrevé lo luminoso del día, como el sol que filtra las vidrieras de nuestro pensamiento.

    Cueto fue un hombre de sonrisa franca, de pensamiento sobrio, de gran calado existencial. Juntos, como dos náufragos, hablamos del apellido coincidente, él proveniente de Asturias, yo, quizá de un antepasado norteño que no adivino a reconocer. Juntos leímos un día de lluvia en el mes de Junio del 2015, en plena Feria del Libro, en una carpa donde oíamos el estruendo de las gotas, como si llorara el cielo, poemas de Aleixandre y Jorge Guillén, junto a amigos tan queridos como Fernando Delgado o Javier Lostalé. Cueto era preciso como un pensamiento, decía el verso con el eco de los que ya han perdido la niñez y enfrentan la vida adulta como una estoica aventura hacia ninguna parte, pero latía vida, entusiasmo, sin dejar el rigor que siempre le caracterizaba.

   Parece que le escucho, mientras las gotas de lluvia acariciaban la lona de aquella carpa, mientras Lostalé cerraba los ojos, como acostumbra, para que las palabras fueran más hondas, para que el lenguaje poético de los grandes del 27 llegase como un viento fuerte que empuja y acaricia a la vez a sus espectadores, había en Cueto una ternura de niño mayor, que ya sabe que el tiempo lo destroza todo.

   Me gustaría recordarlo en dos poemas, pertenecientes a Palabras subterráneas, porque las palabras de Adolfo lo eran, penetraban más allá del eco, envolviendo su dicción en una fuga del mundo, se hacían armonía, cuando él las conjugaba con su voz grave, de hombre que buscaba la niñez en cada paso.

    En el poema “Huérfanos a medianoche”, dice:

“Juguetes rotos por / la resaca de la vida, colillas / azotadas, por el viento / cuando la soledad se apodera del mundo y un dolor / en mí-más grande, madre / que mis días- sobre un /tráfico mudo”

   En el poema vemos al hombre solo, que lleva la “resaca violenta de la vida”, también al hombre que fuma para vencer al dolor, haciendo volutas de humo, como pensamientos heridos por la vida: “colillas / azotadas por el viento”, vive en el poeta la infancia, el deseo de invocar a la madre, siendo ya huérfano, abandonado a la vida, despegado para siempre de la felicidad de la niñez.

   Cueto sabe que toda vida es ruptura, quiebra, cesura, que tras la niñez se abre un camino insondable, donde lo hosco y lo violento lo asolan todo.

   El ruido, ese “tráfico mudo”, porque el exterior no es nada, desprendido de la niñez, hombre en su guarida, protegido por los versos del mundo.

   El poeta busca a la madre, hambriento de besos en un mundo desolador: “dejando esa fractura del adiós / en que te busco”.

    Esa “fractura del adiós” es el despojamiento de la niñez, el ser huérfano para siempre, porque es un hombre que ya no tiene padres, son solo querencias del ayer, cuando realmente vivió la vida, hay un eco de César Simón, del hombre ensimismado que el poeta valenciano nos dejó en “Extravío”, pero también del Brines de “Las brasas”, ese hombre que se ve a sí mismo viejo, hecho ya ceniza cuando fue luz. Vive también ese mundo de Javier Lostalé, ese resplandor del beso, cuando hay un hueco entre dos seres, los que se aman y se pierden en la hondura de la noche.

  En el poema “Marina habla con los árboles”, la protagonista habla con los árboles, ya que la Naturaleza es eterna y nos reconcilian con el mundo, con el niño que fuimos, sabe Cueto que hay una niñez añorada y dice:

“Marina habla con los árboles, entiende / su alta edad, su estremecimiento / del verano en sus hojas. Por su espina dorsal / como a esa rama tierna, recién / brotada, asciende / este coro danzante, sonajero del viento / que le canta al oído”.

   Dice el poeta que el viento lleva un sonido, como aquellos pastores que cantaban a la amada en los antiguos poemas pastoriles, también recorre el físico del árbol, eterno, frente al ser humano, siempre complejo por su mortalidad. El árbol habla, musita, es “coro danzante”, porque se cimbrea en su esplendor de hojas que lo hacen “sonajero del viento”.

   Sin duda, Cueto hace un guiño a la niñez, ese sonajero que acuna al niño pequeño, hay, sin duda, un lenguaje en el árbol, porque para el poeta todo es lenguaje, todo es eco de una voz niña, la de la Naturaleza en su esplendor.

   Dice el poeta: “Pecho alado y en paz, / criatura tan adentro / como un cielo de agosto / hacia arriba, en lo alto, / donde canta la vida, donde la vida es / bella aún”.

   Esplende el mundo y el poeta nos invita a sentir el canto de las cosas, todavía hay eco del verano, la infancia perdida aún late en esa estación de sortilegios.

    Valga este homenaje a Adolfo Cueto, quizá ahora encuentre al niño que fue, lejos del dolor adulto, quizá vuelva su tono grave a la Naturaleza, se haga espacio en ese mundo que amó, el de las flores, los árboles, las montañas de esa Asturias añorada, viva en su interior, como un desterrado en un Madrid de coches y de sombras.

   Parece que lo veo aquel día, recitando, mientras  el día iba dejando su torrente de agua, en aquellas lágrimas del cielo que se hacían armonía con los poemas de Aleixandre y Guillén, había un presagio, el del tiempo que cumple su condena, hoy más triste rindo este homenaje a un gran poeta y, mejor aún, un buen amigo.

 

Tomo lala foto de Adolfo Cueto de aquí:

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JUAN JOSÉ BECERRA: UN DIÁLOGO

 

En ‘El espectáculo del tiempo’ creo que lo que quise hacer es reflexionar narrativamente sobre el tiempo. En todos los niveles, el tiempo interviene sobre las personas. En el nivel biográfico, por supuesto, que es como el nivel más bajo, pero también en el nivel más alto que sería el nivel de físico o astronómico”, dice Juan José Becerra (Junín, Argentina, 1965), que presentaba el pasado lunes en Cálamo un libro que ha sido calificado como “una obra maestra” o “la novela total”, editado por Candaya, y que él reconoce que “es exigente y cómo todo libro voluminoso siembra la inquietud”

-¿Sería la memoria o el recuerdo lo que se impone como elemento fundamental?

-Nunca he sido un fetichista de la memoria. La memoria es una máquina que falla constantemente, la memoria es lo que viene a editar la cosa deshilachada del recuerdo. Y al mismo tiempo uno recuerda por estructuras de ficción. Y el recuerdo, como es imagen más lenguaje, tiene sus formas. Mi idea era relacionarme con esas formas del recuerdo a través de lo que podríamos llamar el episodio, que no termina de ser un relato, que es algo que anda por ahí, que puede ser incompleto, que se agota en el curso de su presencia.

¿Entonces, cómo evoluciona su novela?

En ese sistema, de muchas ramificaciones y de entradas y salidas, uno empieza como a enloquecer y termina sin saber quién. Y eso le sucede a mi narrador…

-El narrador es un señor que se llama Juan Guerra, que tiene una sala de cines, que es de Junín como usted, que tiene su edad. ¿En qué medida podría ser Juan José Becerra?

-En realidad escribí el libro muy confiado de que tuviese la ilusión de que estaba hablando de mí porque me parece que solo hay que tener confianza en lo inexistente y lo ilusorio, y eso es la autobiografía. Cuando uno quiere contar su vida, lo que ocurre es que va a terminar desplazándose hacia la ficción. Con esa tranquilidad me lancé a contar con profundidad cuestiones personales. El resultado es la composición, no la extracción de la verdad personal.

-En ese sentido ‘El espectáculo del tiempo’ es un elogio de la fragmentariedad, juega usted con los números, con la cronología y la falsea…

-Yo creo que la vida no tiene continuidad, las cosas no duran en la experiencia material de la vida pero tampoco duran en la imaginación. La ruptura me parece que es la clave sintáctica de la biografía de cualquier persona. Cosas que empiezan y no se terminan, cosas que uno está no viviendo y parece que no las estuviese viviendo.

-En libro hay muchas cosas: cartas, informes, cuentos, mucho cine, las salas Lumière... ¿Cuál es la importancia del cine en la novela?

-De joven fui cinéfilo pero ahora ya no voy al cine. El cine tal como lo conocíamos hace 20 o 30 años ya no existe. El cine, en sentido artístico, desapareció y lo matan las películas. Me parece también que la literatura tiende a desaparecer o a replegarse y es víctima de los libros. La producción industrial de cultura hace que el índice de arte, que nunca fue muy elevado en cualquier disciplina, esté en este momento a su mínimo nivel. Quise hacer eso: un homenaje al cine y ha escenas terminales: cines que empiezan a no tener espectadores, la voluntad del director de cine de cambiar su deseo de formar sentimentalmente a los espectadores en su ciudad por el de cobrar el seguro por incendios.

-Cuando hablamos de algunos referente suyos parece que están detrás Macedonio Fernández, un poco Proust, Juan José Saer, el ‘2666’ de Bolaño.

-Sí, sí, sí. Ojala fuese así porque cuando te dicen que hay varios escritores dando vueltas por él es como una fiesta de cumpleaños a la cual uno invitó a grandes personajes… Obviamente es un libro proustiano pero de Proust me hace desconfiar un narrador que no sufre ninguna modificación sentimental, mental o ideológica a lo largo de 3500 páginas. Mi narrador no siempre es el mismo.

¿Qué importancia le da en el libro al sexo?

El sexo es como el núcleo que sostiene la cultura de los personajes. La escena más importante de sexo que tiene el libro es la concepción. De ahí a pensar que es la que sostiene la familia apenas hay un trecho. Y yo creo que ese es un principio ideológico del libro. El sexo no es un deporte es una necesidad familiar. Lo digo en la tierra de Luis Buñuel, Aragón, Zaragoza, nada menos.

¿Y el estilo?

Yo hace muchos años que escribo. Pasé por muchas etapas. Ahora pienso que hay que cuidar el aspecto artístico pero con la voluntad de que sea legible.

Escribe artículos deportivos en ‘Olé’...

He aquí nuestro drama: hoy se puede decir que Argentina es un país que no quiere a Messi. Con eso está dicho todo. ¿Qué se puede esperar?

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JUAN EDUARDO ZÚÑÌGA: UN DIÁLOGO

[Juan Eduardo Zúñiga (Madrid, 1992) recibía la pasada semana el Premio de las Letras Españolas. Estuve con él, en su casa, hace algunos años. Recupero aquí esta entrevista que se publicó en 'Abc Cultural'.]

Está referenciada en su biografía en Wikipedia:

 https://es.wikipedia.org/wiki/Juan_Eduardo_Z%C3%BA%C3%B1iga

CITA CON JUAN EDUARDO ZÚÑIGA EN SU CASA

Juan Eduardo Zúñiga escribe sin prisa con los ojos puestos en el Parque del Retiro. De ahí su breve obra, en la que predomina el cuento. Como si fuese Chejov o Turgueniev, sus maestros, mira las cosas, surge la primera idea, la envuelve en sutileza, en dolor y psicología, y brotan las páginas: piezas breves, estilizadas, con temblor interior. Una anécdota que ahora se torna asombrosa marcó su vocación: cuando era niño y vivía en un chalet de las afueras de Madrid, alguien arrojó por la verja del jardín un folleto que anunciaba una nueva colección editorial y que contenía la novela completa de Ivan Turgueniev, Nido de nobles, que le produjo una honda emoción a pesar de contar "una relación entre hombre y mujer, de fracaso vital, de presentimiento de ruina". Si a eso le sumamos que en su cuarto tenía dos estampas rusas --representaban un episodio de la lucha de los zares contra los cosacos y la discusión entre Pedro I el Grande y su hijo Alejo-- es fácil de comprender su pasión por la literatura rusa, a la que le ha dedicado dos libros, Los imposibles afectos de Ivan Turgueniev (1977) y El anillo de Pushkin (1989). Aprendió el idioma en una gramática para franceses que encontró en la Biblioteca Nacional; luego también tradujo a narradores y poetas búlgaros y la prosa del portugués Antero de Quental. El otro detonante que le hizo escritor fue la Guerra Civil. En medio de aquel horrible acontecimiento de desconcierto y dolor, comenzó a redactar sus primeros cuentos con vocación de estilo, con el afán de culminar algo bellamente escrito. Si hubiese hurgado más en los secretos de su familia habría descubierto que en la farmacia de su padre trabajó un joven mancebo de botica llamado Ramón José Sender.

         --Usted empezó su carrera como novelista con El coral y las aguas (1962), que transcurría en la Grecia clásica pero que abordaba asuntos actuales.

         --Lo que hacía yo eran esas trasposiciones a ese mundo tan lejano como el mundo griego, y aprovechaba para contar circunstancias personales de los vencidos y de los vencedores. Creo que había en ella una gran riqueza de experiencia de la actualidad. Utilicé un sistema de símbolos y no fue percibida en su totalidad la carga de crónica social que había. La novela pasó sin pena ni gloria.

         --Su siguiente libro de ficción tardó en llegar fue Largo noviembre de Madrid (1980): cuentos sobre la Guerra Civil que se alejaban de la narración de trinchera al uso.

         --Yo me encontré con un pequeño tesoro de recuerdos de aquella época, pero a mí lo que me interesaba era la reacción a la lucha en la psicología de la población civil, o de la gente sin voz, en una ciudad sitiada, amenazada por el bombardeo, la falta de alimentos y todas las incomodidades de la vida cotidiana. Y comprobar qué perduraba del ser humano y de las pasiones eternas en unas circunstancias tan adversas.

         -La tierra será un paraíso (1989) se centraba en la lucha clandestina de posguerra y tenía algo de texto complementario. ¿La concibió así?

         --Creo que sí, era la continuidad histórica de los vencidos. La dolorida peripecia de los que no se resignaron a quedar vencidos. Ellos ponían en práctica un tipo de lucha y de oposición a lo que les rodeaba y yo quise recogerlo en los distintos cuentos. Recogí, por decirlo así, el pensamiento clandestino, la conciencia clandestina de oposición política, generalizada, al margen de cualquier partido.

         --Madrid seguía siendo su territorio de ficción. ¿Le ha interesado especialmente la imagen literaria de la capital, igual que ha ocurrido con autores como Mesonero, Pío Baroja, Ramón Gómez de la Serna?

         --Claro que sí, me siento muy unido y muy identificado con estos  cronistas que ha tenido Madrid. No obstante, echo a faltar el cantor de Madrid como lo ha habido en otras capitales, porque aquí lo que ha habido son cronistas, una escuela de madrileñistas, que son más bien más bien casi casi costumbristas. A Madrid le ha faltado un exaltado amoroso que la cante.

         --El grueso de su producción es el cuento, el relato, la narración breve. ¿A qué se debe?

         --Para mí el cuento está relacionado con algo de la fisiología, lo mismo que se decía de Proust acerca que su obra está relacionada con el asma que sufría, yo tengo así como una curva de creación, y hago cuentos que no pasan de equis número de folios de una manera automática. No es que me lo proponga, es que cuando termino el cuento aquello está en diez folios o menos. Probablemente mis neuronas no dan para más. Me veo encantado por esa brevedad como si estuviese esclavizado por la sensación de emotividad con que está cargada la poesía. No sé si tengo una inclinación lírica de poeta frustrado.

         --Esa concentración poética es más que evidente en Misterio de los días y las noches, y le emparenta claramente con Turgueniev y Chejov. ¿No sé si está de acuerdo?

         --Turgueniev es el gran conocedor del alma humana y de esos matices finísimos de los sentimientos, de la psicología y de la unidad del hombre con el paisaje. Eso es lo que más me ha atraído de él. Chejov posee una gran sensibilidad para la percepción del sufrimiento humano, que yo también he sentido. Es lógico que me sienta muy próximo a ambos. Con ese libro me propuse hacer como un experimento porque yo me había considerado siempre como un documentalista de la realidad y ahí asumí el reto de la fantasía, de lo imposible, de lo irreal. Y también quise tender hacia el poema en prosa. 

         --Con Flores de plomo persiste en el cuento. O en esa técnica de la fragmentación: la del cuento o secuencia que, por acumulación, acaba formando un conjunto unitario. ¿Cómo definiría este libro: una gavilla de cuentos o una novela coral en torno al suicidio de Larra?

         --Tanto Larra como el suicidio casi son dos elementos secundarios, en realidad lo que motiva el libro y lo orienta es una meditación acerca de la repercusión que tiene nuestro comportamiento en el alma ajena, en la sensibilidad que nos rodea. Estamos responsabilizados de nuestros actos no sólo con nuestra propia vida sino también con la de aquellos que conviven con nosotros o que, más o menos, nos contemplan. Y tomé esa figura pública que tuvo una importancia muy grande en el Madrid del siglo XIX porque vi que era máxima su responsabilidad. Al matarse era como si no fuera consciente que desencadenaba un dolor o cualquier reacción plenamente emotiva en las personas de su entorno. Es cierto que no son cuentos aislados, porque hay como una trama con un personaje fundamental que es un suicida, cuya sombra se percibe siempre.

         --En los años 50, ya publicó una selección de Artículos sociales de de Larra. ¿Por qué le atrae tanto su figura?

         --El libro apareció en los años 50 o 60 cuando no era muy conveniente recordar lo que Larra decía sobre la policía o la justicia social. No es que me atrajese el suicidio, no, lo que me atraía era su capacidad asombrosa de escribir sobre temas interesantes, apasionantes, humanos, con una gran belleza porque el estilo de Larra es de unas proporciones espléndidas.

         --En Flores de plomo Larra sólo aparece en el tercer cuento, en esa tarde con aguanieve de lunes de carnaval, cuando Dolores Armijo, acompañada de su amiga María Manuela, le va a pedir sus cartas de amor.

         --Ahí hay una clara referencia a la vida de la mujer en aquella época y esa travesía es como el calvario que ellas van a sufrir para ir a recoger las cartas de Dolores Armijo, que son el determinante del suicidio. A la vez expreso la idea que yo tengo de Dolores Armijo: era una muchacha de su época en el sentido de que no tenían preparación, puramente pasional, se quedó huérfana muy pronto, se casó muy joven con el hijo del Cambronero, el famoso abogado, y debía de ser un poco frívola, ligera, acaso no dramatizaba la relación con Larra como él exigiría.

         --La narración sucede prácticamente en un único día de aguanieve. ¿Y por qué ha incluido a Felipe Trigo en el capítulo final, no teme que ese relato extemporáneo rompa la estructura del volumen?

         --Quizá, pero era una forma de sugerir que unas circunstancias análogas podían motivar reacciones parecidas en dos momentos históricos diferentes. Había razones sentimentales equiparables. Trigo es el posible equivalente de un Larra actual, con algunas diferencias. Ambos fracasaron en política, y en su vida amorosa. Y en cierto modo en su propia obra: uno no pudo solucionar los problemas de España, a pesar de ser el periodista mejor pagado y más prestigioso, y otro nunca logró auténtica consideración literaria.

         --El libro también tiene una lectura política, casi contemporánea. Un personaje de clase baja dice que a Larra lo han matado los fanatismos de España.

         --Es un testigo y a la vez un conjurado de clase baja, frente a tantos personajes de clases acomodadas. Este es un hombre del pueblo, y su reacción inmediata es desconfiar y pensar que esta muerte puede ser puramente política. La historia está dada como trasfondo. Hago referencias a hechos históricos del momento como la muerte del general Quesada, el ahorcamiento de Riego, el fusilamiento de Torrijos.

         --Y también hay personajes reales como Zorrilla y Roca Togores, marcados por la muerte de Larra.

         --Zorrilla comenzó a hacerse famoso en el funeral de Larra con un poema que no pudo acabar de leer y sí lo hizo Roca Togores, diplomático,  autor efímero en nuestra literatura, que estaba disgustado por el éxito de Larra. Cuando sabe que ha muerto, se da cuenta de que el espectador de su triunfo ha desaparecido, por tanto es como si quedara inutilizada su posible victoria literaria al no tener este odiado rival. He querido poner estas figuras para sugerir el acompañamiento que realmente tuvo Larra en su época, aunque he tenido que contener la erudición.

         --¿No ha querido también meditar explicítamente sobre el poder de la literatura?

         --La importancia de la literatura me preocupa a mí como a todos los escritores: hasta qué punto lo que se hace es válido, es permanente y puede aportar algo al lector: conocimiento, placer, satisfacción de aventura puramente o bien alguna educación íntima. Eso lo que me propongo con cada uno de los libros. No me atrevo a decir que la literatura puede ser educadora, pero sí es como un amigo íntimo que nos puede servir para momentos de confidencia y de apoyo moral. Trato de escribir con el rigor que exige la literatura, que es un producto de nuestra propia conciencia.

         --Usted se ha definido como una persona más bien solitaria, ajena a capillas. Por su condición de testigo imparcial, ¿ha reflexionado sobre el actual momento de la narrativa española?

         --Estoy convencido de que ahora España tiene un movimiento literario portentoso, yo lo comparo con lo que era la literatura que se hacía aquí en los 40, 50 y 60, y es que no tiene punto de comparación. Me siento muy contento de ser contemporáneo de escritores como Antonio Muñoz Molina, Javier Marías o Belén Gopegui, que ha escrito tres novelas que indican una personalidad de escritor. El otro día pensaba yo en Juan Marsé, que es un hombre discreto, que está metido en un barrio barcelonés, que se ha salvado de cierta decadencia que había en su torno. Yo estoy contento de que Marsé haya hecho su obra con esa seriedad y esa dignidad. Vuelvo la vista atrás y pienso en Delibes, al que también admiro. Sin embargo aún no ha surgido la obra grande y genial que caracterice nuestra época. Estoy convencido de que tiene que surgir de estos talentos jóvenes.

         --Siempre había pensado que con quien más se identificaba era con Baroja...

         --Es para mí el gran escritor del siglo XX español: fue un hombre sedentario, inmóvil en su ciudad, pero con una gran fantasía y una gran capacidad de introspección y cultura. Ha dejado una obra espléndida sin necesidad de haber llevado una vida de aventurero ni de grandes peripecias como se ha alegado que es fundamental para el escritor. Es el antagonista de Blasco Ibáñez o Hemingway. Y ahí están proyectos como Memorias de un hombre de acción, sus Trilogías. Para mí es una figura excelsa, siento un gran respeto por él y creo que su estilo es irrepetible. Trabajaba mucho más de lo que aparenta. 

*La foto la tomo de aquí: 

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