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Antón Castro

MAÑANA, BORRADORES

MAÑANA, BORRADORES

El grupo de rock and roll Trío de reinas, integrado por Pío Lázaro, Héctor Conget y Jorge Muela, toca mañana dos temas en Borradores. El programa recibe a la galerista Patricia Rodrigo, responsable  de la sala Antonia Puyó, y a la artista aragonesa afincada en Londres  Begoña Morea, que presenta su último trabajo: “Untitled. A place” (Sin título. Un lugar). También acude el novelista Jorge D. Casamayor, que reedita su novela “Aragonés”, un texto de ficción histórica que transcurre en el siglo XIII y XIV, en pleno esplendor de la Corona de Aragón. 

Por otra  parte, Borradores ofrece extensos reportajes sobre el pintor Virgilio Albiac, que acaba de cumplir 95 años y sigue pintando; sobre la muestra “Los orensanz de Orensanz”, que se expone en Cajalón, una retrospectiva de casi medio siglo de Ángel Orensanz, coordinada por Jesús Pedro Lorente, y sobre  “El arte gráfico de los arquitectos”, un estupendo proyecto de Elvira Adiego, con obras de Lagunas, Chueca Goitia, Cano Lasso, los Borobio o Pérez Latorre, entre otros.

Borradores también conversa con el  poeta Ángel Guinda, que acaba de publicar su poemario “Claro Interior”(Olifante); el poeta lee varios de sus poemas. Y se completa el programa con un homenaje a Fernando Fernán Gómez, el humanista integral de las artes y las letras que fallecía la pasada semana.

*Fernán Gómez en un fotograma de "La silla de Fernando", de Luis Alegre y David Trueba.

XOÁN ABELEIRA DIALOGA CON JOHN BERGER

XOÁN ABELEIRA DIALOGA CON JOHN BERGER

JOHN BERGER: “SOY UN CONTADOR DE HISTORIAS QUE RESISTE”

Xoán Abeleira
 
Son las 19:13: le soir, en Quincy, Alta Savoya; a noitiña en A Coruña. Marco el prefijo de Francia: 0033. Voy a hablar con Beverly –como ella insiste en que la llame–: la mujer de uno de los creadores más respetados del planeta. Algo que en estos tiempos en que hasta el mundo perdió el respeto por sí mismo, ya es mucho. Tal vez lo máximo a lo que uno puede aspirar. Ella es sus ojos y sus manos delante del ordenador, pues él, como Marcel, uno de los protagonistas de Pig Earth, el primer libro suyo que se traduce al gallego, siente recelo ante esas máquinas “cuya única función es acabar con nosotros”. De hecho, sigue escribiendo a mano, con pluma. Ahora está en París, donde tiene casa y va cada dos por tres, a pesar de que, como afirma su mujer, “está cansado de acudir a tantos actos, porque le quitan tiempo para escribir y, sobre todo, para vivir”. Llamo, pues, para concertar una cita. Suenan tres tonos. Alguien descuelga, pero lo que escucho no es la voz de una mujer. “Hello! It’s me! John Berger”. Todos los compañeros que han tratado con él me aseguraron que es un hombre extremadamente amable. Y sus primeras frases bastan para confirmarme que, en efecto, así es. Tras el teléfono, puedo imaginar su aspecto: una cara tan impresionante como la de Samuel Beckett. Uno de esos rostros que a uno le gustaría merecer en la vejez. “Llamaba precisamente por lo de la entrevista…” “Perfecto –me responde–; si quiere, podemos hacerla ahora mismo.” Desde luego, cuando uno tiene “a tiro” a un ser como John Berger dispuesto a que lo entrevisten, no puede ni debe dudar. “Aunque ahora no tengo manera de grabarla...” “No se preocupe –me tranquiliza–, tome notas: lo importante no es que reproduzca exactamente mis palabras sino su sentido.” Y entonces me percato de que este creador refractario acaba de darme una de las claves de su talento: ir siempre al meollo de las cosas para captar y transmitir la esencia de las cosas.

         Pregunta: Antes de nada, quería darle las gracias por el dibujo que nos envió.

         Respuesta: Lo hice en la Paz, un lugar cercano a Betanzos, en los años noventa Es un homenaje a todos los emigrantes en general y a los gallegos en particular; a los hombres y mujeres que tuvieron que irse de su tierra forzados por la pobreza. Pero también a mi difunto amigo Victor Anand, que tenía una casa en Betanzos, y al que fui a ver todos los veranos durante siete años. Ahora llevo tiempo sin ir a Galicia, un lugar que amo.

         P.: Ochenta y dos años y sigue usted igual de activo.        
R.: ¡Eso dicen! Acabo de terminar mi nuevo libro: From E to X. Las cartas que una mujer –Aida– envía a su ex marido –Javier–, que está en la cárcel, acusado de terrorista.
         P.: Entrando ya en materia, sus relatos de Porca terra, ¿son tan verídicos como parecen?         (Antes de responder, Berger calla siempre, alrededor de un minuto: lo único que se escucha son sus hmmm y el ruido de sus caladas. De pronto tengo la impresión de estar ante un alquimista del Medioevo, o más bien ante un artesano remiso a revelar sus secretos.)         

R.: Verídicos no es la palabra idónea. En ellos hay también mucha ficción. Son historias que oí, desde luego, pero conformadas de una manera distinta. De una manera esencial, digamos.
         P.: Ya, mas ¿cuánto hay de ficción y cuanto de realidad en ellos?         

R.: Mire, para responder a esa pregunta debo aclarar antes la diferencia que yo veo entre un contador de historias (story teller) y un novelista al uso, digamos. La novela moderna es un género que nace como tal a finales del siglo XVIII, principios del XIX. En Inglaterra, por ejemplo, con escritores como las Brönte, Austen, etc. Pero la tradición de los contadores de historias se remonta hasta a Homero...
         P.: Incluso hasta la Prehistoria...         

R.: Probablemente. El contador de historias está ligado al origen de la Humanidad. Es un viajero, un nómada nato. Parte de su experiencia vital con los otros, con unos seres concretos, en unos lugares y unas circunstancias concretas. Digamos que es alguien que “se roza” con el mundo y luego cuenta lo que le ocurrió. Mientras que el novelista no sólo no suele hallarse en la situación que describe sino que la inventa. Crea otra realidad: su propia obra.
         P.: Lo cual no tiene nada que ver con el género autobiográfico…
         R.: No, no. Muchos novelistas son claramente autobiográficos –como Proust, a quien, por otra parte admiro desde siempre, y me influyó mucho–. Pero el contador de historias no lo es en absoluto. Él no cuenta sus propias historias sino que va por ahí con los oídos bien abiertos, escuchando y reinterpretando las historias de los demás, incluso anónimamente.
         P.: Para entendernos: Chatwin, Kerouac ¿son contadores de historias?         

R.: Por supuesto. Pero también Chéjov. Los contadores de historias salvaguardan, atesoran ciertos momentos vividos por ellos o por otros, mientras que los novelistas intentan captar, aprehender, reproducir vidas ajenas. La propia Internet es un inmenso story teller. Un agujero negro repleto de infinidad de historias.
         P.: Como siempre lo fue el campo.         

R.: Eso es. La gente de por aquí suele decir que las historias son para contarlas al anochecer, alrededor de la mesa de la cocina, con la familia, los amigos. Bien, pues eso es lo que hace un contador de historias: recogerlas y recrearlas junto al lar. Las novelas son más bien para leer en soledad.
         P.: Entonces, los personajes de Porca terra son reales.         

R.: Sí, pero no tal y como aparecen reflejados en el libro. Por ejemplo: Marcel, el protagonista de “El valor del dinero”, es un hombre al que conozco, y que aún vive. Lo que yo cuento ahí le pasó básicamente a él en la realidad. Pero él no hizo lo que hace Marcel al final. Aunque podría hacerlo. ¿Entiende?
         P.:¿Y la Cocadrille? ¿La increíble Lucie Cabrol?         

R.: Existió, pero ya había muerto cuando nosotros llegamos aquí. Todo el mundo tenía algo que contar sobre ella. A mí el personaje me fascinaba, así que hablé con unos y con otros y cribé todas las historias que corrían sobre ella en esas tres vidas. O, mejor dicho, en dos, porque la tercera es pura ficción. De hecho, el narrador de ese relato –el hombre que emigra a Argentina, el hombre con el que ella quiere casarse– soy yo. El contador de historias.
         P.: Antes citó a Proust y a Chéjov, dos autores muy distintos. Ya sé que esta pregunta fastidia mucho a los escritores, pero ¿cuáles fueron sus referentes literarios cuando empezó a escribir? Lo digo por ahondar en el tema.          (Otro minuto de silencio. Otras caladas.)         

R.: Chéjov sin duda. Chéjov siempre. Él fue y sigue siendo un gran maestro para mí.
         P.: Como para Carver...         

R.: Sí, que es de mi misma generación, como usted sabe. También siento una enorme admiración por él. Como narrador y como poeta. Y por Dickens, Gorki, Joyce...
         P.: Lo de Joyce siempre me extrañó, la verdad.         

R.: Ya, porque en mi obra no se aprecia demasiado su influencia, y menos aún en Porca terra. Pero Joyce –a pesar de no ser un contador de historias– me marcó profundamente en mis inicios, sobre todo porque expandió el horizonte de la literatura. Igual que Hemingway –que sí lo era–. O Borges –que no–.
         P.: Y en la actualidad, ¿quién le interesa?        

 R.: ¡Tanta gente! Entre los latinoamericanos, Galeano, por ejemplo. Y, entre los gallegos que conozco, Rivas, a quien considero sinceramente un magnífico escritor, dotado, además, con un gran sentido de la Historia… ¡y un gran olfato para las historias!
         P.: ¿Alguna mujer?         
         R.: Claro. Hay una escritora turca a la que admiro mucho. Se llama Latife Tekin. Otra story teller, influida, en su caso, por el folclore y la tradición de Anatolia.
         P.: Uno de sus rasgos más característicos es que usted, en sus libros, suele casar, relacionándolos, varios géneros, varias artes. Pero ¿hubo alguna razón especial para ir intercalando poemas entre las historias de Porca terra?          (El silencio, junto con las caladas, se prolonga.)         

 R.: Son dos cosas distintas y para dos momentos distintos. Cuando cuentas una historia, le estás hablando a un lector que está sentado frente a ti en la noche, como le dije antes. En cambio, un poema es un grito lanzado al cielo.
         P.: Y los cielos son, para usted, “una ventana al universo y, a la vez, un espejo de los acontecimientos terrestres”.        

R.: Exacto. En Porca terra, cada género tiene una función distinta y nace de una experiencia distinta. Por ejemplo: “La muerte de La Nan M.” expresa mi dolor y mi respeto ante la muerte de una amiga. Un relato es un llamado a la Historia, digamos. Un poema, un llamado al cielo.
         P.: Uno de mis poemas favoritos es “Escalera”.         

R.: Pues mire: si después de hacerme esta entrevista aún le queda alguna duda respecto a ella o respecto a mí, le aconsejo que lo vuelva a leer. Sobre todo la última estrofa. ¡Tal vez encuentre ahí todas las respuestas a sus preguntas!          P.: Algunos críticos se empeñan en definirlo como un “humanista marxista”. ¿Está de acuerdo con esa definición? Y, si lo está, ¿cree que el marxismo sigue siendo una alternativa a este capitalismo desatado que padecemos?         (El silencio deviene, si cabe, mucho más hondo.)
         R.: Hay diversas maneras de responder a su pregunta... Pero no, no puedo estar de acuerdo con esa definición, porque “humanismo” es un concepto muy manoseado, incluso desacreditado. Y “marxismo” no digamos: ¡un ideal traicionado en tantas ocasiones! Ahora mismo vengo de ver una obra en París sobre el Gulag, y en ella había personajes muy semejantes a los campesinos que conozco y de los que hablo en Porca terra. Pero eso no implica que el marxismo esté superado. Al contrario: creo que, en efecto, aún puede aportar muchas y muy buenas soluciones a los problemas actuales. Y, desde luego, sigo teniendo a Karl Marx por uno de los grandes pensadores de la Historia.
         P.: Pasados ya treinta años desde que apareció este primer volumen de su trilogía, ¿cómo ve usted ahora la situación del campesinado? ¿Cree que las predicciones que hizo en el “Epílogo histórico” se cumplieron?          R.: Voy a responderle con un ejemplo muy sintomático. En esta zona rural en la que vivimos, los campesinos, al llegar la primavera, llevaban sus caballos a la Iglesia para que el cura los bendijese. Cuando llegamos aquí, en los años sesenta, ese día solía haber unos treinta caballos. Bien, pues, ahora, esa fiesta tradicional desapareció. Muchas de las personas que conocíamos se marcharon o murieron. Y lo cierto es que la comarca está cada vez más vacía.
         P.: Lo mismo ocurre en Galicia. Hasta ahora, nadie hizo nada por mejorar la vida de los labradores: ni la derecha ni la izquierda. Más bien se empeñaron en acabar con el tipo de sociedad rural que existía en nuestro país, porque lo veían como una plaga. El “maldito” minifundismo, ya sabe. Y ahora, cuando por fin parece que se empiezan a tomar algunas medidas, resulta que la mitad de las aldeas están casi muertas. Y con ellas, nuestra historia, nuestra cultura, nuestra lengua, corriendo el riesgo de desaparecer...
         R.: Entiendo. Pues sería una tremenda pérdida para todos, ya que las culturas campesinas, en su conjunto, conforman una de las mayores riquezas de la Humanidad. Un corpus extraordinario de conocimiento que fue germinando a lo largo de los siglos, y que no podemos rechazar así como así. El capital financiero que nos maneja está imponiendo un orden económico cada vez más inhumano. Todo lo referente al pasado se ve como un supuesto lastre que hay que dejar atrás en nombre de un supuesto futuro lleno de promesas. Pero ningún futuro verdadero puede crearse despreciando las enseñanzas que nos legó el pasado. Lo cual no tiene nada que ver con el “conservadurismo”. Y, en ese sentido, estoy completamente de acuerdo con Pasolini, para quien “la Revolución es la guardiana del pasado”.


         P.: Ya sé que es usted reacio a proponer la solución a este problema tan dramático, pero ¿alguna tiene que haber, no?         

 R.: ¡Muchas, espero! Cada país, cada pueblo, cada sociedad campesina ha de encontrar la suya, porque, a pesar de las semejanzas esenciales, existen diferencias entre unas y otras –como entre el minifundismo y el latifundismo–. Ya empiezan a verse algunos signos esperanzadores, como en Latinoamérica, donde las poblaciones indígenas o los movimientos como el zapatista no sólo luchan por sus tierras y por sus derechos, sino que intentan dar una respuesta a este capitalismo brutal que nos absorbe. Hay mucha gente trabajando por el cambio, dando ejemplo con sus propias vidas. Ya dije en alguna ocasión que, cuando miro al cielo, ese cielo al que los poetas lanzan sus gritos, veo algo semejante a un movimiento alternativo al poder actual. Un espacio que entraña en sí a todas esas personas que luchan y trabajan por dar sentido a su existencia. En ellas, pienso, reside la esperanza.
         P.: Entonces, ¿“resistir lo es todo”, como aseveró Rilke?         

R.: Resistir y despertar. Nuestra conciencia y la de los demás. Tal vez el arte, la cultura, no puedan transformar directamente la sociedad, pero sí a las personas que la conforman. Y, en ese sentido, los creadores, tenemos una enorme responsabilidad: resistir frente a esta suerte de uniformidad mental que nos están imponiendo, transformarnos nosotros al tiempo que transformamos el mundo. Por eso, si tuviera que definirme, diría simplemente que soy un resistente más. Un contador de historias que resiste.  

(Esta entrevista apareció, abreviada, en la edición gallega de El País, del 16/11/2007)

 

PACO CANDEL, POR PEDRO PEINADO DE LA GAVILLA

PACO CANDEL, POR PEDRO PEINADO DE LA GAVILLA

La Gavilla de Candel 

Desde mi infancia, tengo presente el nombre de Paco Candel. No en vano, todos los que emigraron a la Barcelona de los 50 y 60, tenemos mucho que agradecerle. Su libro Els Altres catalans cerró el paso al charneguismo militante y a la xenofobia. Considero que personas como él y las organizaciones sociales y de  izquierdas, fueron los verdaderos artífices de la integración de los emigrantes o por lo menos de crear un discurso al que pudieron acogerse todos.  

El peligro real era que se crearan dos espacios culturales distintos en Catalunya, estos existen, pero no debían estar enfrentados. En nuestros días, ya hablamos de multiculturalidad, pero, en el reciente pasado, nuestras fronteras eran casi estancas a los procesos migratorios que otros estaban viviendo. Eran los nuestros los que dejaban el hogar para luchar contra la miseria.

En personas como Candel, se funda la integración de la emigración procedente de todos los lugares de España que acudieron a la llamada de la industrialización y a la lucha por la mejora de sus condiciones sociales. Se empezó a despoblar el mundo rural y se cambió el arado y los rebaños por los tornos y los telares. Nacieron en los alrededores de Barcelona el fenómeno del barraquismo y la falta de servicios para toda aquella masa que luchaba por su futuro.
 

La familia Candel es de Casas Altas, en el Rincón de Ademuz, Valencia. Emigró a Barcelona en los años veinte. Vivió en las Casas Baratas y a través de sus libros podemos conocer cómo se produjo el cambio demográfico de Catalunya, cómo vivían los emigrantes y como afectaban los cambios a su nueva vida y a la sociedad catalana.  

Podemos leer en la web de su Fundación el siguiente texto: "Vaig néixer pobre, he estat sempre pobre, continuaré essent pobre i pobre moriré. A aquestes hores, no espero que canviï la meva sort. Diguem que la corba o la sinuositat de la meva pobresa m'ha fet conèixer, d'alguna manera, totes les oscil·lacions d'un estat de vida comú a una gran majoria de gent. De mancar absolutament de tot, he passat a ser propietari d'un pis i titular d'una llibreta en una Caixa d'Estalvis; en sortir de la misèria del ubdesenvolupament no he estat capaç més que d'aconseguir la misèria de l'electrodomèstic". (Nací pobre, siempre he sido pobre, continuaré siendo pobre y pobre moriré. A estas horas, no espero que cambie  mi suerte. Digamos que la curva o sinuosidad de mi pobreza me ha hecho conocer, de alguna manera, todas las oscilaciones de un estado de vida en común a una gran mayoría de gente. De faltar absolutamente de todo, he pasado a ser propietario de un piso, titular de una libreta de la Caja de ahorros; y al salir de la miseria del subdesarrollo no he sido capaz más que de conseguir la miseria del electrodoméstico)  

Con este escrito queríamos dejar constancia de su vida entregada y explicar nuestra fugaz e intensa relación con Paco Candel. Decía, al inicio del texto, que desde mi infancia recordaba a Candel. Muchos años más tarde, pasando el agosto en Santa Cruz de Moya, llegó a mis manos el libro de la fiestas de Casas Altas, ahí fue donde supe que Candel había nacido en Casas Altas, a pocos kilómetros de donde había nacido mi padre. También de Casas Altas es el reconocido pintor Genovés. Comentando esta incidencia con Adolfo Pastor, me comentó que tenía un libro llamado Viaje a Ademuz, que me dejó y por un tiempo ha permanecido en casa. Es un libro de viajes que narra la marcha a pie que realizan desde Teruel a Ademuz Candel con dos amigos en la década de los 60. Quise devolver el libro a su dueño y lo certifiqué en una oficina de correos. Adolfo lo recibió en su casa el mismo día que sabíamos que Candel había muerto.   

En el año 2001, con motivo de las II Jornadas El maquis en Santa Cruz de Moya, supimos que se hospedaba en el mismo hotel donde iban a pasar la noche alguno de nuestros participantes. Coincidían aquellos días, los actos de Santa Cruz de Moya, con unas jornadas que un grupo cultural de Ademuz había organizado y en el que participaba Paco Candel. Le dejamos una nota para invitarle a las jornadas y al homenaje al guerrillero que cada primer domingo de octubre se celebra en nuestro pueblo. Apareció el domingo en compañía de su hija y pasamos buena parte del tiempo juntos hasta después de la comida. El preguntaba sobre los motivos de todo aquello y fruto de este viaje y de su corta estancia en Santa Cruz de Moya escribió tres artículos en el diario AVUI de Barcelona, donde dejó constancia de sus impresiones.  Deseo, de todo corazón, que su memoria, su humanismo y su alianza con las causas justas, puedan reproducirse en cada uno de los actos que organiza La Gavilla Verde. 

Pedro Peinado Gil  
Presidente de La Gavilla Verde
www.lagavillaverde.org

*Francisco Candel. La foto es de Consuelo Bautista.

DE VUELTA AL MAR, EN LA CASA DEL PADRE

DE VUELTA AL MAR, EN LA CASA DEL PADRE

[Meses atrás había empezado una tentativa de novela sobre la figura del padre. Vuelvo a Galicia por unos días para ver a mi padre, que acaba de ser operado en el hospital Juan Canalejo. Algunos de mis libros favoritos abordan esta relación: padre e hijo. Quizá algún día tenga coraje y fuerza para continuar este fragmento...]  

Mi padre marchó a servir a los ocho años. No fue demasiado lejos: de la aldea de Vilarnovo, en Santa Mariña de Lañas, a Pastoriza, apenas alejados por diez kilómetros. Pero en 1933, cuando los coches se contaban con los dedos de una mano, aquella distancia tenía algo de destierro o de forzoso exilio del seno materno. Mi padre era hijo de agricultores y ganaderos. Jesús, su progenitor, apodado por herencia casi remota “O Touciñeiro”, era tratante de ganado, albéitar y labrador en campos que obedecían por el nombre de “O Limpeiro” o “Barbacán”. Campos con regatos y juncos; campos idóneos para la patata, el maizal y la cebolla; campos donde los pájaros traían un alba de luz entre sus trinos y con ella un ejército de hombres y mujeres que dominaban el ajetreo de la huerta o de la siega. Mi abuelo tenía vacas, gallinas, pobreza en abundancia y muchos hijos: llegaron a sobrevivir seis de ocho.

Mi padre era el segundo, un par de años más joven que la primogénita Emilia, que se llamaba como su madre, campesina esbelta y ligeramente encorvada siempre, cerrada en negro perpetuo. Quizá hubiese algo en ella de heroína romántica cuyo luto rivalizaba con el esplendor de una naturaleza exuberante, tejida con todos los colores de la tierra. Cuando se dieron cuenta, Jesús y Emilia, de que la miseria azuzaba, buscaron un lugar al sol para su primer varón y lo enviaron a una casa ajena con hacienda y animales que engrandecía a diario un matrimonio sin hijos. O quizá con un hijo impedido. Podría decirse que fue el primer fantasma real que vio mi padre. Un niño prematuramente envejecido se enfrentó de súbito al joven extraño, que berreaba como un energúmeno cuando empezaba a caer la noche o cuando tenía hambre. Yacía como un animal tranquilo y fatigado sobre paja más que sobre cosco, sobre secos matorrales más que sobre espuma o alfalfa. Quizá fue lo primero que le advirtieron al recién llegado: “Él está ahí como si estuviese muerto para ti. No sabe hablar, sólo grita”. Si mi padre conociese ya entonces la palabra monstruo, quizá sólo conocía una similar pero algo más etérea, como “fantasma”, hubiese preguntado: “¿Es como el monstruo de mis pesadillas nocturnas?”.

Allí creció, se hizo adolescente, se supo querido como el hijo imposible que sus amos no habían tenido; allí comió por vez primera pan en abundancia, acarreó agua, patatas, volteó el arado, hasta el punto de que sin proponérselo se volvió casi un forzudo que desafiaba a los mulos, a los bueyes o a un puñado de hombres. Se hizo invencible en el tiro de soga en las fiestas de verano. Sintió la justa añoranza de sus padres y de sus hermanos, y absorbió las calamidades de la guerra y los muertos de las cunetas, aquellos difuntos terriblemente familiares, con resignación y fastidio, con el estupor de quien percibe el horror pero no entiende por qué se produce ni a quién le afecta exactamente. Hacia 1945 fue llamado a filas, y el día que supo que lo enviaban a Melilla para tres años, la señora, esa segunda madre que le había otorgado el destino, le dijo: “Ahora sí que empezamos a perderte para siempre”. Frase que modificó con sutileza tras recibir la primera carta de mi padre, con una foto vestido ya de militar, desde las islas Chafarinas: “Pareces un señorito del cine. Ahora sí que no tenemos nada que hacer”.

El primer recuerdo que tengo de mi padre es una visita a esa casa en Pastoriza, lugar de “A Maceira”. El manzano. Me veo llegando en su bicicleta, atado a él un cordel y abrazándolo yo como si fuese lo último que iba a hacer en el mundo. Mi padre hablaba lo justo, y además hay muchas veces en que un hijo no necesita explicaciones de su padre: sigue ciegamente, con emoción y embeleso, sus pasos y se sabe seguro. Protegido contra la tormenta. Recuerdo vagamente lo que vi: la casa, mucho más grande que la nuestra de Vilarnovo (y al decir nuestra, quiero decir la que mis padres habían alquilado enfrente a la de sus padres, diminuta, y con un pequeño establo incorporado), el pajar, el patín del hórreo, el jardín, en el que yo sabía que mi padre había trabajado, y un cobertizo abierto pero con tejado, en cuyo interior no tardé en descubrir a aquel muchacho que se había vuelto hombre que parecía alimaña o monstruo, o un inventario de pequeñas deformidades que suscitaba, sobre todo, pena. Más pena que espanto.


Lo vi entre las sombras, enredado en los haces, reptando hacia los barrotes de su cubil que era, en realidad, una jaula gigante. Se le encendieron los ojos al ver a mi padre, deduje que sabía decir su nombre, “Benito, Benito, Benito…”, y que lo decía de manera entrecortada, e hizo eso que se decía entonces que hacían las personas o los perros alegres: le hizo una auténtica fiesta de gestos, de gemidos, de miradas. La señora me regaló manzanas, un pastel de membrillo y una frase que guardo: “Eres igual que tu padre”. Cuando nos fuimos, de nuevo en la bicicleta y yo atado con más fuerza porque había que subir algunas cuestas, habría querido que mi padre me contase el secreto de aquella relación, el secreto de aquella alegría que se había convertido, en el instante de la despedida, en un arrebato incontenible de melancolía y llanto. Años después, mi padre aplacó mi curiosidad a su manera: “Nos hicimos amigos. Nos hicimos hermanos. ¿Cómo se cuenta eso?”, dijo.

 

*La foto es de Jean Dieuzaide, y está tomada en Portugal.  
[La dejo aquí puesta varios días: es mi carta,mi postal de cariño, a los amigos que de vez en cuando se asoman por aquí.]

MAYAYO, EL EBRO Y LAS MUJERES*

MAYAYO, EL EBRO Y LAS MUJERES*

Ignacio Mayayo es el pintor contemporáneo que más veces ha pintado el Ebro. Mayayo es a la pintura lo que Marcuello es a la divulgación y la historia, lo que Jesús Moncada es a la literatura. Son tres de los grandes enamorados del río. Ignacio Mayayo es un artista dotado de una mano inmejorable para el dibujo. Se ha convertido en el pintor del río, en su centinela, en su acompañante, y el Ebro es algo más que un tema: es una obsesión estética emparentada con la vida íntima del hombre y del creador. Jamás se cansa. Ha captado los puentes, viejos y nuevos, las puestas de sol, las líneas del horizonte, las márgenes, el temblor de la arboleda, el tránsito huidizo de las piraguas en el atardecer, las luces. Ha realizado mil y un bocetos y dibujos a lápiz. Podría haber escrito un dietario abrumador e ilustrado de su relación con el Ebro.  

Su tarea es ingente y apasionante: pintor del natural si le place, más de huellas mágicas que de estilo naturalista, pintor de emociones y de instantes únicos, ha encontrado en el río la melodía del silencio, la floresta encendida, la suavidad galopante del agua, la fiereza de las crecidas y el bálsamo para el amor, la tertulia o el sosiego.        

Ignacio Mayayo es, en algún sentido, un pintor hiperrealista con un toque Hopper y a la vez pop: ha pintado con un lápiz veraz y milimétrico varias panorámicas de Zaragoza. Y ha hecho lo propio, en tonos suaves, con el curso del río. Su apuesta es la de la exactitud poética. Capta el ambiente, lo que ve, lo que adivina, pero en su mirada siempre hay  un rasgo de genio, el fervor de quien se enfrenta a sí mismo y a su ciudad, y se afirma en ella; siempre está presente la capacidad de trascender un paisaje cotidiano, hacer abstracción de él y eternizarlo en el lienzo o en un puñado de trazos de carboncillo. 

Ahora, Ignacio Mayayo –la criatura de ficción que tango engrandece al Pepe Cerdá narrador, qué sería de la leyenda Cerdá sin un personaje soñado como Mayayo- ha pintado chicas, mujeres que ve, mujeres que sueña, mujeres que ama, mujeres que aman sus amigos y que él desnuda con mirada de artista. Dentro de unos días, en Binéfar, expondrá una selección de sus obras.

 

*Ésta es una acuarela de Mayayo, dedicada a Trasmoz.  

RETRATO DE DORIS LESSING

RETRATO DE DORIS LESSING

BORRADORES, UNA HORA MÁS TARDE

BORRADORES, UNA HORA MÁS TARDE

En las parrillas, Borradores estaba anunciado a las 23.30 pero se retrasa al menos una hora. Ayer desapareció de la programación Generación XXI, que dirige Manuel Campo  Vidal, y la han recuperado hoy. Asisten al programa, entre el público, la concejala Lola Campos (de Farasdués, como una de las concursantes) y esa mujer incansable de protocolos y gestiones mil que es Chon Durán.

 

Mientras llega el programa, os pongo aquí una preciosa foto en color de Rita Hayworth, un auténtico mito erótico de los 40 y 50, al que le dedican mucha atención los encantadores muchachos de Lo que yo te diga, en El cine contado con sencillez (Maeva), que va por la sexta edición.

REBELIÓN DE LA TERNURA. POEMA DE PILAR PERIS

REBELIÓN DE LA TERNURA. POEMA DE PILAR PERIS

REBELIÓN DE LA TERNURA

Hay noches que se alzan procelosas lacerando el día.
Hay archipiélagos furtivos tras cada lágrima.
Infinitas trayectorias líquidas germinando en el musgo de los libros.  

Fuera del asedio del reloj y los mapas
hay bosques lejanos como planetas habitando el corazón,
y claros ocultos en cada pupila.  

Cuando brillan los siete brazos de mi candelabro vacío,
y adivino su destello en el cristal donde se posan las polillas,
el torno de mi duelo gira y muta.  

Me refracto en versos impelidos al silencio por el estupor y la culpa.
Versos de escarcha y acebo lloran su necesidad y
Balancean palabras sin columpio ni caballito de madera.  

Porque duele cada verso derretido en los ojos.
Cada palabra obturada y confinada al silencio por saturación de vocablos.
El aliento estéril del pájaro cantor sin vuelo ni reclamo.
La esclusa hundida en el erial de sueños insípidos.
El balanceo sin columpio ni caballito de madera.
El páramo repleto de cáscaras.
La lija.
Mirarte tan sólo
tras una turbia cortina de palabras.

*La foto es de Belkina.