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Antón Castro

RÚJULA: 'EL DESAFÍO DE LA REVOLUCIÓN'

RÚJULA: 'EL DESAFÍO DE LA REVOLUCIÓN'

Pedro Rújula, director de las PUZ e historiador (es autor de una monografía sobre Ramón Cabrera y del volumen 'Contrarrevolución', entre otros textos), organiza el ciclo esta próxima semana un coloquio internacional que se titula 'El desafío de la Revolución. Reaccionarios, antiliberales y contrarrevolucionarios', con la participación de importantes especialistas nacionales e internacionales sobre el tema. Las sesiones serán abiertas al público, así que todo el mundo podrá asistir a las conferencias.

Las jornadas serán el 26 y 27 y están organizadas por la Institución Fernando el Católico.

 

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ROGELIO ALLEPUZ: RANILLAS

ROGELIO ALLEPUZ: RANILLAS

Rogelio Allepuz data esta fotografía en 1982. Un documento conmovedor por muchas razones. Corrijo la ubicación: había puesto Ranillas. Quizá le hubiera entendido mal a Rogelio.
 

BRASSAI: MATISSE Y SU MODELO

BRASSAI: MATISSE Y SU MODELO

En Facebook me dejan esta nota: "Eliminamos la siguiente publicación porque no cumple las Normas comunitarias de Facebook".

 

¿Qué pensarían Matisse y Brassaï? Yo habría jurado que era una foto artística de una actividad cotidiana de un pintor.

JOAQUÍN ALCÓN, POR ROGELIO ALLEPUZ

JOAQUÍN ALCÓN, POR ROGELIO ALLEPUZ

[El año pasado, 2015, fallecía el fotógrafo Joaquín Alcón (1928-2015). Rogelio Allepuz exhibe una estupenda foto suya en 'Emociones'.]

 

Adiós al poeta visual Joaquín Alcón

 

El gran fotógrafo de la Peña Niké y de la editorial Javalambre fallecía el pasado sábado en Zaragoza

 

PIE DE FOTO. V. GONZÁLEZ / ARCHIVO ALCÓN

Joaquín Alcón en un retrato de 2005. Fue un pionero de la foto abstracta y experimental.

 

 

Antón CASTRO

Si empezásemos diciendo que «el padre de la fotografía aragonesa contemporánea ha muerto» quizá no habría exageración alguna. El pasado sábado a los 87 años fallecía Joaquín Alcón Pueyo, el artista de la editorial Javalambre de Julio Antonio Gómez (1935-1988), constructor de poemas visuales y pionero, entre nosotros, de la abstracción, de las solarizaciones y de la fragmentación. Joaquín Alcón, modesto y sigiloso, fue también el ojo de los poetas y de los pintores.

Nació en Zaragoza en 1928. Su padre, Pablo Alcón, era un gran aficionado a la fotografía y poseía estudio en casa y una espectacular cámara de fuelle de 9x12, fabricada en 1930. Tras acabar el bachillerato realizará un curso de fotografía en un laboratorio de Barcelona. En 1951 ya tomaba cuidadas fotos: realizó un espléndido reportaje del pintor Fermín Aguayo del grupo ‘Pórtico’ y, años después, otro de Hanton González, absorto, con su mostacho poblado y una jaula que era una forma simbólica de denuncia de una atmósfera irrespirable. Esa parte de su obra la estudió José María Bardavío con motivo de su antológica ‘Fotografías’ en el Palacio de Sástago en 1991.

 A los 24 años se matriculó en la Escuelas de Artes y Oficios e hizo sus primeros pinitos como pintor y dibujante. Empezó a frecuentar las tertulias de la ciudad (Ambos Mundos, hasta que cerró, el Niké, el Pozal, Cafetería Fiesta...), le apasionaban el cine, el teatro y la música clásica. En 1955 se incorporó a la sala Libros de Víctor Bailo: «Permanecí hasta 1966. Don Víctor fue siempre un maestro para mí –confesaba en 2005-. Tenía contacto con la pintura que llegaba a la sala, me apasionaba la literatura, oía buena música y veía pasar por allí al historiador del arte Federico Torralba, a la pianista Pilar Bayona, al melómano y crítico musical Eduardo Fauquié, al periodista cultural Joaquín Aranda, pero también a los poetas Miguel Labordeta, a Julio Antonio Gómez, a Luciano Gracia, vinculados a la Peña Niké». Alcón fue el fotógrafo de aquella generación, pero también sacaba tiempo para involucrarse en diversas experiencias teatrales: entre 1958 y 1966, como ha documentado su biógrafo Manuel Pérez-Lizano, colaboró con Antonio Artero, Ángel Azpeitia, Alberto Castilla o Juan Antonio Hormigón, entre otros, en decoración, maquillaje y creación de máscaras.

En 1968 recibió la llamada de Yves Saint-Laurent para fotografiar, en París, la temporada completa de sus diseños. No tardaría en volcarse en una fotografía más experimental. Solía partir de una convicción: «En fotografía es imprescindible la imagen natural». Así creaba solarizaciones, simulación de gotas de lluvia, líneas, virados, multiplicación de piezas, granulados, tejidos. De 1969 a 1973, el tiempo que duró el sello Javalambre y sus distintas colecciones, desarrolló su talento y creó libros-objeto de Miguel Labordeta, el propio Gómez, Vicente Aleixandre (lo visitó en Madrid, le tomó fotos y el futuro Nobel le dijo que eran «los más bellos retratos que de mí se han hecho»), Blas de Otero, Gabriel Celaya...

Aquellos cuatro años fueron de una actividad intensa y una existencia bohemia; los artistas navegaban la noche hasta el alba. En 1971, el profesor y poeta Eugenio de Frutos definía sus obras «de exquisito gusto y dominio». Al año siguiente, en la revista ‘Índice’ también, era su propia esposa, la poeta Lola Mejías, quien afirmaba que Alcón «es el poeta sin hiel, que transforma en belleza lo que toca». En 1974 se trasladó a Benidorm (expuso entonces en la galería Indeco-Milano y le escribió el catálogo José Donoso, al que había retratado en Calaceite en 1973), y allí ha vivido durante casi 40 años de su profesión. Estuvo en Venecia, Roma, Madrid, Túnez, pero a mediados de los 70 efectuó un viaje a Marrakech con Julio Antonio Gómez y se contagió de una imaginería nueva: arabescos, trazos, ornatos. De cuando en cuando regresaba a Zaragoza a visitar a los amigos, a su hermana María José y a recordar aquellos tiempos inolvidables de la ‘Zaragoza Amarilla’.

 

LA ANÉCDOTA

El vanguardista. El fotógrafo Andrés Ferrer valora así la obra de Joaquín Alcón: «Nos presentaron en el Bonanza en el 75 o 76 -bendito Manolo- donde continuamos tomando un vino de vez en cuando. Me llamaba ‘príncipe de la fotografía’, ironía que le aceptaba con placer y quizá por mi joven vanidad. Fue digno embajador, desubicado en la provinciana Zaragoza, de Man Ray, de El Lissitzky, de los vorticistas como Alvin Langdon Coburn... Fue un vanguardista en el páramo». Y al páramo de Torrero ha venido a reposar para siempre. 

 

ROGELIO ALLEPUZ: UNA ENTREVISTA

ROGELIO ALLEPUZ: UNA ENTREVISTA

ENTREVISTA. Rogelio Allepuz. Expone en Casa de los Morlanes

 

 

 

“Con las cámaras digitales se

piensa menos la fotografía”

 

“Julio Iglesias y Antonio Gala solo se

dejaban fotografiar por su lado bueno”

 

“Cuando miramos la fotografía nos

transporta por el camino de la memoria” 

 

Rogelio Allepuz resume más de 30 años de fotografía artística y de prensa en su retrospectiva ‘Emociones’, en la Casa de los Morlanes

 

Siempre he sido un gran aficionado al cine, sobre todo al cine en blanco y negro. Veía ciclos enteros de autores como Buñuel, Billy Wilder, Elia Kazan, Orson Welles, George Cukor, Alfred Hitchcock. Una de las primeras películas que vi de Buñuel fue ’Viridiana’. Me impresionó. Me empecé a dar cuenta de que el blanco y negro me gustaba mucho, que las imágenes llegaban a mí con más fuerza y me transmitían más sentimientos que el color. En las salas de cine empezó mi interés por la fotografía, por las escenas bien resueltas fotográficamente”. Así explica Rogelio Allepuz (Almohaja, Teruel, 1953) sus inicios. El fotorreportero –que se ha forjado en Spectrum, en la calle y en ‘Andalán’, ‘El día de Aragón’ y ‘El Periódico de Aragón’- exhibe una antológica de más de 30 años de trabajo, ’Emociones’, en la Casa de los Morlanes. Muchos compañeros de prensa lo consideran un auténtico maestro. El maestro.

 

-¿Qué fotos le atraían al principio?  

Sobre todo me atraían las fotos de temática social, pero siempre buscaba, de alguna manera, lo que no está tan a la luz, lo que está más escondido. Hay autores como Henri Cartier-Bresson, Diane Arbus, Robert Capa, Robert Doisneau, Richard Avedon, Walker Evans, Sebastiao Salgado, Ansel Adams o Cristina García Rodero, y por supuesto muchos más que me dejo que me han interesado, que me han ayudado mucho. Me emocionaba cuando veía su obra en los libros por su manera de mirar y ver. Mi deseo era y es sentir o intuir cuando la foto que acabo de realizar va a trasmitir algún tipo de sentimiento a las personas que la van a ver.

 

-¿Qué aprendió en Spectrum y qué le debe a Barcelona? 

-En Spectrum aprendí y descubrí en su biblioteca a diferentes autores. Me quedaba encantado viendo los libros e imaginando las situaciones por las que habrían pasado los autores para llegar a la foto final. Estuve como alumno en un curso básico y, después de regresar de un curso en Barcelona, entré como profesor un año. La verdad que siempre he sido bastante autodidacta y la técnica no me ha importado mucho. Me ha importado más transmitir, emocionar, aunque el resultado final no sea de una gran técnica. De Barcelona no tengo un gran recuerdo, estuve en el Centro de Enseñanza de la Imagen con Joan Fontcuberta. En esa época estaba como profesor, su especialidad era el fotomontaje y era un gran teórico e investigador de la imagen. Allí me di cuenta que lo que yo buscaba, y lo que más me atraía, era la foto documental, la foto social. Lo que sé de fotografía, y no es mucho, nació de mi interés personal por el cine, la fotografía, la pintura y la escultura.

 

-¿Cómo fueron sus inicios en ‘Andalán’, qué hacía, qué le pedían? 

Empecé como colaborador, llamaron a Spectrum diciendo que buscaban un fotógrafo para trabajar como reportero. Me vino muy bien porque en el fondo era lo que buscaba; así podía entrar en contacto con el tema social por medio de los reportajes. Hacía fotos de todo tipo: protestas, manifestaciones, entrevistas y también llegué hacer portadas, que sobre todo eran fotomontajes en los que trabajaba mucho.

 

-Poco antes de entrar en ‘El día de Aragón’ hizo una exposición de manos en Spectrum. ¿Cómo nació aquella muestra, qué buscaba? 

Tenía una buhardilla en la calle Predicadores. Allí monté mi primer laboratorio con una ampliadora de muelles que era un trasto, pero no había dinero para más. Yo bajaba con mi cámara, una Olimpus, y hacía fotos de todo tipo: de texturas, de maniquís que me encontraba por la calle y, sobre todo, de gente. En la zona del Mercado Central, los fines de semana había rastro y yo bajaba con toda mi ilusión hacer fotos de la gente, siempre buscando algo diferente y algunas veces encuadres imposibles. Un día, revisando los negativos, descubrí a un hombre trajeado con las manos atrás y esa foto me inspiró para realizar una serie que acabaría en una exposición. La dificultad que entrañaban estas fotos es que las hice sin que la gente se diera cuenta. Solo eran manos. La exposición se montó en la galería Spectrum, actualmente Spectrum Sotos.

 

-¿En qué disciplina se ha sentido más cómodo? ¿En el retrato o en el reportaje?

En las dos disciplinas me he sentido cómodo y en los daos puedes encontrar dificultades tanto físicas como sicológicas. La clave está en intentar crear una atmósfera de confianza a tu alrededor; en el caso del reportaje, no crear desconfianza en lo que vas a fotografiar. Y en el retrato, que al personaje nada más verte le transmitas confianza y seguridad, si no creo que se produce una especie de rechazo psicológico que en el resultado final de la imagen se nota.

 

-¿Cuál es para la usted la clave de una foto, qué matices quiere que tenga?

Además de una buena composición y un buen encuadre, que transmita y emocione, bien por el contenido, la luz, por lo que sea. Que cuando la mires, te llegue, te emocione de alguna manera. No sirve de nada tener una buenísima cámara, una gran técnica, si el resultado final te deja frío y no te dice nada. Por eso, con la ayuda de Plácido Díez, he titulado esta antológica ‘Emociones’.

 

¿Qué le atrapa de un rostro?

Me pueden atrapar muchas cosas. Lo primero que note que hay empatía, química, que sea expresivo. Hay rostros que quieren a la cámara y esos con poco dan buen resultado, pero también es trabajo del fotógrafo saber captar al personaje en su actitud más cómoda y natural e intentar robar un poco de su intimidad bien guardada. Como anécdota, Julio Iglesias y Antonio Gala solo se dejaban fotografiar por su lado bueno.

 

-¿Cómo se vive la foto desde un periódico, cómo la ha vivido usted?

He trabajado alrededor de 30 años en prensa. La fotografía en un periódico es todo rapidez, inmediatez, sucede algo y tienes que estar en cuestión de minutos, el llegar media hora tarde a un suceso supone no captar la imagen que reflejaría lo sucedido, aunque eso ahora ha cambiado y cualquiera te hace una foto con el móvil, y ya no se valora si la foto es de calidad o no, sino el hecho de que haya imagen de lo sucedido en el momento. Antes de la telefonía móvil con cámara, si no estaba el fotógrafo de un determinado medio de comunicación no había foto. Yo viví dos épocas…

 

¿Cuáles?

La que se fotografiaba con cámaras de carrete y la época de cámaras digitales. Son procesos muy distintos: el del negativo era como más lento, ya que tenía que pasar por el proceso de revelado químico y el posterior copiado de las fotos en papel era un proceso con más magia. Con las cámaras digitales el proceso es más cómodo sobre todo para el trabajo periodístico, ya que permite llegar a la imagen buscada más rápidamente, aunque también pienso que con las cámaras actuales y con las prestaciones que tienen el hecho de que una cámara profesional digital te pueda disparar del orden de diez imágenes por segundo, o más, el fotógrafo piensa menos la imagen porque confía que en esos disparos alguna imagen será la buena. Sobre todo en los primeros años en los periódicos, viví mi profesión con pasión.

 

-¿De qué foto conserva un recuerdo especial, inolvidable, por peligro, por sorpresa, por inverosímil?

-Guardo un recuerdo especial, por su crudeza, de las fotos que tuve que hacer, y que me impresionaron mucho, de las de los dos atentados aquí en Zaragoza: el de San Juan de los Panetes y el de la casa cuartel de la Avenida de Cataluña. También me impresionó la tragedia del camping de Biescas: son imágenes que se te quedan grabadas en la retina.

-¿En qué medida la foto es un documento contra la muerte y el olvido? Lo digo porque hay fotos que ya nunca podrán repetirse…

-Creo que la fotografía como documento histórico, al margen del soporte que se emplee, es de suma importancia. Cuando la miramos nos transporta por el camino de la memoria, que a veces es frágil, y nos gusta mirar y recordar cosas que sucedieron, y cosas y sitios que ya no están pero que existieron.

 

-Ahora está trabajando mucho el paisaje. ¿Qué le da? Parece un fotógrafo espiritual, zen…

-Estoy trabajando el paisaje, pero me siguen gustando la foto documental y el retrato. El paisaje me ha gustado de siempre, sobre todo caminar y disfrutar de sus olores a tomillo y romero que son los olores que recuerdo de pequeño en mi pueblo Almohaja (Teruel). El estar en silencio contigo mismo y disfrutar de todo lo bueno que te ofrece la naturaleza es como una sesión de meditación pero andando. Siempre me ha interesado el budismo, la filosofía zen. Intento que mis fotos de paisaje, con pocos elementos, puedan trasmitir serenidad y quietud.

 

 

 

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

SOLEDAD PUÉRTOLAS: UN DIÁLOGO

Soledad Puértolas: “La tarea del escritor

es explorar la complejidad y contar la vida”

 

“A través del mar respiramos

los personajes, la trama y yo"

 

  

“La vida es mi tema, es lo que hay.

¿O es que hay algo más?”

 

 

La escritora y académica zaragozana publica el volumen de once relatos ‘Chicos y chicas’ (Anagrama), que salió a la venta en toda España el pasado día 10 y que presentó en Barcelona 

 

 

¿Cómo surgió ‘Chicos y chicas’?  

De manera muy natural. Tras terminar la novela ‘El fin’, se me impuso un libro de cuentos. Elegí la tercera persona, esa voz omnisciente, no exactamente como las de antaño sino algo más moderna, y los cuentos iban saliendo, con fluidez. Uno me llevaba a otro. Escribía sobre la perplejidad, la búsqueda, como si quisiera ampliar el campo de posibilidades de la ficción. He disfrutado mucho.  

Hay cuentos que son como una novela completa, con largas elipsis de años…  

Es cierto. Eso es nuevo en mí. Tampoco quería ir más allá de lo que exige un cuento. He escrito cuentos con la perspectiva general de la novela, pasan muchas cosas, hay saltos en el tiempo, pero todo se acomoda a la sensación y a la atmósfera de un relato breve. 

¿Hubo una idea de partida, sabía qué buscaba? Parece que hay un poso de melancolía, una visión de la pérdida y los amores que se esfuman…

Quizá escriba de las imágenes o de las impresiones de lo que no hemos vivido. Yo niego la melancolía en mi obra. Me parece insana, no nos ayuda a nada y no siento melancolía por nada. Soy del presente, tengo muy mala memoria, vivo sin ancla, y en el fondo el pasado me resulta un poco borroso y desdibujado. Me interesa lo que queda en el presente y los hilos que va derramando por aquí y por allá. Los once cuentos son el resultado de eso: el presente es mucho más rico de lo que parece a simple vista.

Vuelve a aparecer la familia…

Sí claro. Hablo del núcleo de la relación de la familia y los extranjeros, por decirlo así, los que llegan de fuera, los que se incorporan de golpe. En el fondo, es como la curiosidad del niño ante lo que viene de lejos. A veces te fascina, a veces te produce envidia su mundo, a veces se observa con un poco de distancia e incluso te incomoda. Y todo ello anda por aquí. La familia siempre es un territorio lleno de secretos.

¿Y el mar, tan presente, qué significa para usted?

Me gusta mucho, cada vez más. Paso muchas horas ante él o cerca. Y, sí, está muy presente en el libro. El mar un símbolo de la vida y de la naturaleza. Me reconforta, me estimula. A través de él respiramos los personajes, yo y la trama. El paisaje es clave en este libro. Te da muchas cosas. Es fundamental en la atmósfera y en el desarrollo de acciones.

Hablemos de algunas relatos como ‘Tarot’, la historia de Luz y de Félix Unceta, donde parece que se impone una idea de fatalidad.

Existe. Este es un cuento, tremendo, sobre la relación de madres e hijas. Me sorprende que haya gente tan obstinada que parece estar llamando por la fatalidad. La madre comete un grave error y eso le lleva a situación de desconcierto y perplejidad y a la ruptura con su hija. Yo creo que en la vida hay que dejar que fluyan las cosas, confiar en el otro y no empecinarse en estropearlo. No es necesario abrir todas las puertas ni atosigar. ‘Chicos y chicas’ habla de traiciones y lealtades, de lo inesperado, del dolor, generados a menudo por los más cercanos.

En otro cuento, ‘Incendios’, protagonizado por las gemelas Paz y Mar, se impone un gran personaje: Joaquín, el contador de historias, ese extraño que se vuelve decisivo.

Me gusta ese personaje. Es el que entretiene a todos con su capacidad para contar historias, el fabulador, el amigo que está un poco al margen y que de repente, no sé sabe muy bien por qué, es capital: es el que los alivia un poco a todos. La palabra es una forma de consuelo.

Del consuelo a Consuelo. El cuento que da título al conjunto está protagonizado por Consuelo Quintana, que trabaja en una tesis doctoral. ¿No sería un poco la quintaesencia de sus criaturas, extraviados y a la deriva?

‘Chicos y chicas’ es un cuento complicado. Es el relato de una mujer que está suelta, que anda errática sin saber muy bien qué busca ni qué espera de la vida. Alguien que va y viene con sus sueños en un cuento lleno de circularidad, técnica recurrente en el volumen. Emprende un viaje, vuelve sola a casa, parece colgada del abismo. No sabe muy bien hacia dónde va.

¿No encarnaría ella encarna una idea del fracaso, tan recurrente en el libro?

Se alude a ello, sí, en varias ocasiones, pero para mí el fracaso no existe. Es una categoría que no contemplo. ¿Qué quiere decir fracasar? ¿En qué, con respecto a qué…? Los demás pueden pensar que uno ha fracasado, pero ¿quién les da derecho a juzgarnos? Prefiero verla como una mujer errante e indecisa que busca su sitio en el mundo.

“No tengo un solo punto de apoyo”, dice uno de los personajes. ¿Sucede a menudo eso, que nos sentimos irremediablemente desamparados?

Consuelo podría ser una mujer desamparada. Solitaria. Es una idea bonita esa del punto de apoyo, de la palanca de Arquímedes, que era un auténtico genio, por eso y por su principio tan conocido. Es algo simbólico. Nos pasamos la vida buscando un punto de apoyo que moviese el mundo y nos sujetase, que nos diese equilibrio. Es bonito pensarlo, es consolador.

En el último cuento, ‘Arkímedes’, esa palanca podría ser el perro…

Es mi cuento preferido. Habría querido titular el libro ‘Arkímedes’. Uno elige su compañía, su punto de apoyo, y ¿por qué no podría serlo un perro?

Otro asunto clave parece el azar. ¿Qué le sugiere, cómo interviene en sus ficciones?

El azar está en todas partes. Es lo que te mantiene alerta, lo que te lleva a pensar que la vida siempre da sorpresas y que la vida misma podrá desaparecer algún día, también, por azar.

En qué momento literario se encuentra? ¿Segura, relajada?

Relajada, es posible. Segura, no. Lo que me define, en realidad, es la inseguridad, que siempre es preferible a tener confianza y es el mejor agente para explorar la complejidad y contar la vida, que es la tarea del escritor. La vida es mi tema. Es lo que hay. ¿O es que hay algo más?

 

*Soledad en una foto de Heraldo.

ANDRÉ DE DIENES: ANITA Y MARILYN

André de Dienes fue un fotógrafo húngaro que hizo fotos a una jovencísima Marilyn Monroe, a la que volvió a retratar años después. Es un maestro del desnudo, en cierto modo anticipa aspectos de Helmut Newton y continúa con el trabajo de Edward Weston. No conocía algunos de sus retratos más arriesgados, como este de la actriz sueca Anita Ekberg, famosa por ’La Dolce Vita’ de Federico Fellini. Abajo una serie de contactos de Marilyn.

EL NOBEL AL DYLAN ELÉCTRICO

EL NOBEL AL DYLAN ELÉCTRICO

Bob Dylan, Robert Zimmerman, recibe el Premio Nobel por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la tradición de la gran canción americana” y provoca una ligera conmoción. Es el reconocimiento a la poesía del rock y del folk y también a un hecho al que no había prestado mucha atención el premio: el eco de las canciones y de la música. La popularidad o la fama jamás habían sido una premisa decisiva para el premio, al que también le ha gustado descubrir autores, trayectorias, y ha mantenido cierta tendencia a la sorpresa. Suele decirse que el Nobel de Literatura es uno de los secretos mejor guardados del planeta.


1. Hay que mirar el premio con sosiego. El Nobel no es la panacea de nada: ha premiado a autores mediocres y olvidados, y algunos malísimos (como José Echegaray y algunos más; entre ellos Winston Churchill, memorialista e historiador), y ha ignorado a algunos que han mejorado la literatura y son referentes universales: Tolstói, James Joyce, Marcel Proust, Paul Valéry, Virginia Woolf, Vladimir Nabokov y Jorge Luis Borges, entre otros.

2. Bob Dylan ha aparecido en varias ocasiones en las quinielas. Y en una ocasión anterior ya estuvo cerca del éxito. Ya entonces levantó alguna polvareda; Paco Umbral le dedicó un artículo más bien feroz. Y más tarde, cuando galardonaron a Wislawa Szymborska, dijo: “Y otra mujer, una polaca, gana el Premio Nobel. Solo hubiera faltado que se lo dieran a ese tal Bob Dylan”. Si observamos la casuística, el criterio y la manga ancha de otros galardones -como el Nobel de la Paz, sin ir más lejos-, tampoco es un disparate. Eso sí: abre un debate. Quizá habría que ir pensando en Leonard Cohen que ya tiene más de 80 años y ha anunciado su adiós.


3. ¿Qué se premia al distinguir a Bob Dylan? ¿Se distingue a juglar moderno, al trovador eléctrico que encandila a las masas? ¿La calidad literaria de sus letras, su impacto popular, el modo en qué  sus melodías, hechas de letra y música e interpretación, nos han acompañado y nos han cambiado la vida? ¿La rebeldía? ¿Su inclinación por la protesta? ¿Un discurso más o coherente y versátil, de picos y caídas como la corriente alterna? ¿Cierta nostalgia como ha dicho Irvine Welsh, seguidor de Dylan, aunque contrario a este galardón? Curiosamente, algunos candidatos desde hace tiempo como Joyce Carol Oates o Salman Rushdie se han manifestado muy felices.


4. ¿De qué escribe Bob Dylan? En más de medio siglo de canciones y de actuaciones, en sus numerosos discos, Dylan ha escrito de todo: de amor y desamor, de sus fracasos y sus rupturas, ha reivindicado personajes como el boxeador ’Hurricane’ Carter, ha escrito de recuerdos (esas botas de cuero español), ha escrito del viaje, ha hablado de la sociedad que cambia y de la utopía, ha escrito de la religión, de la trascendencia, de la vida cotidiana de su país. Y al leerlo a veces pensamos también en ese estilo, en esa voz que parece que muerde las sílabas y se las traga, que incurre en leves gallos (sin querer y adrede, sobre todo en los viejos tiempos). Pese a su imperfección vocal, ha llegado a la gente de todo el mundo. Posee el don de la comunicación aunque él, en escena, sea uno de los músicos más antipáticos e indiferentes con el sentir de sus admiradores. No hay más que recordarlo en Zaragoza...


5. ¿Había mejores candidatos? Philip Roth lleva unos años esperándolo y es probable que se muera sin ganarlo, y es sin duda un inmenso narrador de las paradojas del ser humano. Un animal literario de un calado más clásico e indiscutible. Y por ahí andan el poeta sirio Adonis, candidato constante, Ian McEwan, Julian Bames, Claudio Magris, Mircea Cartarescu, Adam Zagajewski, Jean Echenoz, Murakami, Antonio Lobo Antunes o la citada Joyce Carol Oates. O el español Javier Marías, situado desde hace tiempo entre los nominados. Estrictamente literarios sí, había algunos poetas mayores, pero ni siquiera el Nobel premia siempre a los mejores. Y en la creación artística este concepto –el mejor- siempre es un clavo ardiendo y un territorio de incertidumbre. O una pregunta cuya respuesta no está ni en el viento.

 

*En la foto Bob Dylan y Allen Ginsberg ante la tumba de Jack Kerouac.