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Antón Castro

EL NOBEL AL DYLAN ELÉCTRICO

EL NOBEL AL DYLAN ELÉCTRICO

Bob Dylan, Robert Zimmerman, recibe el Premio Nobel por “haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la tradición de la gran canción americana” y provoca una ligera conmoción. Es el reconocimiento a la poesía del rock y del folk y también a un hecho al que no había prestado mucha atención el premio: el eco de las canciones y de la música. La popularidad o la fama jamás habían sido una premisa decisiva para el premio, al que también le ha gustado descubrir autores, trayectorias, y ha mantenido cierta tendencia a la sorpresa. Suele decirse que el Nobel de Literatura es uno de los secretos mejor guardados del planeta.


1. Hay que mirar el premio con sosiego. El Nobel no es la panacea de nada: ha premiado a autores mediocres y olvidados, y algunos malísimos (como José Echegaray y algunos más; entre ellos Winston Churchill, memorialista e historiador), y ha ignorado a algunos que han mejorado la literatura y son referentes universales: Tolstói, James Joyce, Marcel Proust, Paul Valéry, Virginia Woolf, Vladimir Nabokov y Jorge Luis Borges, entre otros.

2. Bob Dylan ha aparecido en varias ocasiones en las quinielas. Y en una ocasión anterior ya estuvo cerca del éxito. Ya entonces levantó alguna polvareda; Paco Umbral le dedicó un artículo más bien feroz. Y más tarde, cuando galardonaron a Wislawa Szymborska, dijo: “Y otra mujer, una polaca, gana el Premio Nobel. Solo hubiera faltado que se lo dieran a ese tal Bob Dylan”. Si observamos la casuística, el criterio y la manga ancha de otros galardones -como el Nobel de la Paz, sin ir más lejos-, tampoco es un disparate. Eso sí: abre un debate. Quizá habría que ir pensando en Leonard Cohen que ya tiene más de 80 años y ha anunciado su adiós.


3. ¿Qué se premia al distinguir a Bob Dylan? ¿Se distingue a juglar moderno, al trovador eléctrico que encandila a las masas? ¿La calidad literaria de sus letras, su impacto popular, el modo en qué  sus melodías, hechas de letra y música e interpretación, nos han acompañado y nos han cambiado la vida? ¿La rebeldía? ¿Su inclinación por la protesta? ¿Un discurso más o coherente y versátil, de picos y caídas como la corriente alterna? ¿Cierta nostalgia como ha dicho Irvine Welsh, seguidor de Dylan, aunque contrario a este galardón? Curiosamente, algunos candidatos desde hace tiempo como Joyce Carol Oates o Salman Rushdie se han manifestado muy felices.


4. ¿De qué escribe Bob Dylan? En más de medio siglo de canciones y de actuaciones, en sus numerosos discos, Dylan ha escrito de todo: de amor y desamor, de sus fracasos y sus rupturas, ha reivindicado personajes como el boxeador ’Hurricane’ Carter, ha escrito de recuerdos (esas botas de cuero español), ha escrito del viaje, ha hablado de la sociedad que cambia y de la utopía, ha escrito de la religión, de la trascendencia, de la vida cotidiana de su país. Y al leerlo a veces pensamos también en ese estilo, en esa voz que parece que muerde las sílabas y se las traga, que incurre en leves gallos (sin querer y adrede, sobre todo en los viejos tiempos). Pese a su imperfección vocal, ha llegado a la gente de todo el mundo. Posee el don de la comunicación aunque él, en escena, sea uno de los músicos más antipáticos e indiferentes con el sentir de sus admiradores. No hay más que recordarlo en Zaragoza...


5. ¿Había mejores candidatos? Philip Roth lleva unos años esperándolo y es probable que se muera sin ganarlo, y es sin duda un inmenso narrador de las paradojas del ser humano. Un animal literario de un calado más clásico e indiscutible. Y por ahí andan el poeta sirio Adonis, candidato constante, Ian McEwan, Julian Bames, Claudio Magris, Mircea Cartarescu, Adam Zagajewski, Jean Echenoz, Murakami, Antonio Lobo Antunes o la citada Joyce Carol Oates. O el español Javier Marías, situado desde hace tiempo entre los nominados. Estrictamente literarios sí, había algunos poetas mayores, pero ni siquiera el Nobel premia siempre a los mejores. Y en la creación artística este concepto –el mejor- siempre es un clavo ardiendo y un territorio de incertidumbre. O una pregunta cuya respuesta no está ni en el viento.

 

*En la foto Bob Dylan y Allen Ginsberg ante la tumba de Jack Kerouac.

HISTORIA DE MARGARET WATKINS

HISTORIA DE MARGARET WATKINS

Margaret Watkins tuvo una vida de novela. Nació en 1884 en Ontario y murió en Escocia en 1969, adonde había ido a visitar a sus tías desde Estados Unidos, en concreto desde Nueva York, donde se había instalado a los 30 años.

Trabajó la fotografía publicitaria, participó del pictorialismo, estudió en las escuelas de fotografía de Clarence White, del que se dijo que había estado muy enamorada (tras su muerte le rindió homenaje con una exposición que incomodó a su viuda), coincidió con algunos de los grandes como Alfred Stieglitz y Paul Strand. Abrió un estudio de fotografía en Boston en 1913; más tarde lo hizo en Nueva York, donde se dedicó a la publicidad y a la edición artística en Pictorial Photography in America. En 1928 se fue a Escocia y ya no regresó a Estados Unidos: hizo reportajes en Rusia, en Alemania y en Francia. Y regresó a Escocia.

Hacia el final de su vida le confió sus archivos a un periodista con la condición de que los mostrase solo después de muerta. Hizo de todo: reportaje, desnudo, fotos de niños, retratos, paisajes… siempre con esa estética que pasa del pictorialismo a lo que se denominó modernismo. Ha sido objeto de numerosas exposiciones en los últimos años.

 

IRIS LÁZARO: UNA ENTREVISTA

IRIS LÁZARO: UNA ENTREVISTA

 

Ayer en heraldo.es publicaba esta entrevista con la pintora Iris Lázaro, "maestra de la pintura figurativa española", tal como se le definió en la inauguración de su ’Retrospectiva 1977-2016’ en la Lonja de Zaragoza. La foto es de José Miguel Marco, que suele decir que "Iris Lázaro pinta el realismo de los sueños".

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/10/15/los-cuadros-tienen-vida-propia-dialogan-contigo-1113330-1361024.html

 

LA ENTREVISTA. Iris Lázaro. Pintora

 

“Los cuadros tienen vida

propia y dialogan contigo”

 

La pintora Iris Lázaro expone en la Lonja 40 años de trabajo: ‘Retrospectiva, 1977-2016’. Realismo y magia, paisaje y elegía 

 

Antón CASTRO

La exposición ’Retrospectiva 1977-2016’ de Iris Lázaro se inauguró el jueves 6 de octubre en la Lonja. Un montón de cartas que le dirigen sus admiradores ya se amontonan sobre la mesa; en una de ellas, manuscrita sobre un folio, se lee: “Su pintura es belleza en estado puro”. Si hay algo que a Iris no le gusta nada es teorizar sobre su pintura. Explicarse. Es una artista intuitiva que no ha hecho planes, que no se planteado retos, que se ha dejado ir a golpe de obsesiones y de tempestades íntimas. Llevaba tres lustros sin exponer en Zaragoza: lo había hecho a finales de los 90 en Cajalón con éxito y en 2001 en el Banco Zaragoza. Luego, entre 2006 y 2007 presentó una ambiciosa exposición en Soria, patrocinada por Caja Duero, que se trasladó por diversas ciudades: Valladolid, Salamanca... “Quería que vieran mi obra mis paisanos”, dice. 

Todo empieza en Trébago, en Soria, donde nació en 1952. Tenía una pasión natural por el dibujo, por los trazos, por el clima más o menos mágico o especial de su universo familiar: su padre era campesino, curioso, tenía ganas de aprender, redactó un diario apasionante y le enseñaba los secretos de la naturaleza, los ribazos, las arboledas, restos arqueológicos, le contaba cuentos y le cantaba. A ella y a su hermana Berta, “que eligió la física y la química, pero también es traductora. Le apasionan las Humanidades”. Iris mira ahora, imaginariamente, hacia su madre: era modista, elaboraba sus propios patrones; y con otra tía, cosían y trabajaban para fuera, pero además hacían la ropa de casa. Quizá de verla, aquí y allá, con la tiza, las tijeras, los patrones, con el bordador, derive la pasión por los vestidos que mostrará la artista durante unos años. “Mis padres eran suaves, cariñosos, sociables, muy comunicativos. A veces me pregunto, ¿de dónde habré salido yo?”, dice desde esa mezcla de timidez y silencio que la caracteriza. Miramos, en el catálogo, el cuadro que les hizo en 1995. “Era un cuadro para ellos, para la casa familiar. Y allí estuvo, mientras vivieron, y ahí sigue. Ahora que no están me doy cuenta de que es un cuadro para mí”. Quizá sea la obra que más admiración esté despertando en la Lonja, y ya es decir. 

“No sé si en Trébago empezó todo. Era mi pueblo. Mi mundo. Ni mejor ni peor que otros. Teníamos un río, el Manzano, que nacía allí, y también había un río de lavar: en aquellas piedras de losa, cuando no había nadie, cogía piedrecillas negras, azules, tizas o areniscas del fondo y pintaba en aquellas rocas donde luego lavaban las mujeres. Imagino que lo haría cuando no había lavanderas -dice-. También recuerdo algo que decían mis padres. Si querían que yo estuviese quieta, que me olvidase de dar guerra, solo tenían que darme un montón de periódicos y un lápiz con mina por las dos caras. Era mi divertimento favorito. No me enteraba del paso del tiempo”, dice. 

-¿Y luego, qué paso luego? 

-En 1972 vine a estudiar a la Escuela de Bellas Artes de Zaragoza. Quería hacer una carrera rápida y elegí decoración. Allí entré en contacto con Eduardo Laborda, que ya era pintor, y me interesó la pintura. No tardamos en salir y luego nos casarnos. Creo que fue durante la Semana Santa de 1972 cuando llevé un lienzo a casa e hice un bodegón. Un bodegón clásico: con botella de cristal, con candelabro, imagino que con telas. Espero que se haya perdido para siempre. Me gustó hacerlo. 

-¿Nacía ahí la pintora?

-Probablemente. Se fueron encadenando los cuadros. Hice más y me presenté a varios premios: gané algunos, me seleccionaban para exponer, hacía individuales, me daban un poco de dinero y, poco a poco, sin un plan trazado iba creciendo. Los premios te daban confianza. Te abrían ventanas. Entonces me interesaba todo: ya hacía una pintura realista, gente que se asomaba en los escaparates, gente en los pasos de cebra, hacía paisajes de Trébago también, pero era una pintura más suelta, más expresionista en cierto modo. Y de ahí fui pasando a los vestidos: pintaba maniquíes, telas, anoraks; pintaba a las personas huecas, invisibles, si puede decirse así, con algún rasgo surrealista. Me gustaba aquel misterio. En el fondo, ni el misterio ni la inquietud me han abandonado jamás. Solía partir de fotografías y luego también de las telas, que yo tenía en casa. Y también salí a pintar del natural.

-Y de ahí pasó a los bancos y sus inscripciones.

-Fue un tema que llegó un poco por azar. Un día vi un banco de cerámica en el Canal, cerca del Cabezo Buenavista, y me interesó. Con aquellas letras rotas, interrumpidas, que producían incluso confusión en su significado, con letras que se desmandaban para aquí y para allá, quebradas, y que a veces estaban ocultas por la naturaleza. Esos bancos y esas letras de publicidad también remiten a un mundo en extinción. Supongo que debo aceptar que hago una pintura elegíaca, de la pérdida, de un mundo que desaparece.

-¿Es usted melancólica?

-Creo que no. No sé muy bien lo que es la melancolía. La pintura es lo que más me gusta en el mundo. Me hace feliz, me siento en plenitud ante el lienzo, pero también tengo que pelear duramente con él. Lucho a brazo partido. La pintura es mi pasión, es mi refugio, y es el escenario de una pugna, pero aún así la prefiero a cualquier otra cosa.

-¿La naturaleza se le fue imponiendo?

-Sin duda. De ahí, con el transcurso del tiempo, pasé a los huertos, a las flores, al universo de mi infancia en Trébago, a los días de nieve. A ese mundo fronterizo. Tampoco me lo planteé de modo consciente. Vino a mí. A veces no sabes bien si las cosas te vienen, sin son obsesiones, o se te imponen.

-Los paisajes de Soria son fríos, ásperos, nebulosos y también desolados. Y usted usa colores fríos. ¿Debemos pensar que hace una pintura fría…?

-Creo que no. Creo que soy una mujer y una pintora apasionada que utiliza colores fríos, pero con muchas gamas. En mis cuadros blancos, de nieves, hay muchos colores, variados, distintos. En mi obra hay muchos matices. Intento dominar la técnica para olvidarme de ella, pero no para hacer la pintura de un niño, como suelen decir algunos artistas contemporáneos. Yo no soy ese tipo de artista. Me interesa el color y lo trabajo. Le doy tiempo a mi obra en el lienzo.

-Más que trabajarlo, parece destilarlo, parece volverse onírico e inaprensible. ¿Manda siempre el artista en el cuadro?

-No. En absoluto. A veces el cuadro manda sobre el pintor desde el principio. Se vuelve indómito: dice cosas, te lleva por donde quiere, es exigente. Y veces te ordena más hacia el final. Sé que esto parece extraño, pero es así. Los cuadros tienen vida propia y dialogan contigo.

-¿Existen esos árboles descarnados que pinta, ese ámbito de desamparo?

-Sí, claro que sí. Creo que empezaron a interesarme de una manera muy particular a raíz de una colección de grabados que hice con dibujos a carbón. Creo que dejo testimonio de un mundo que desaparece: esos árboles que muestran sus raíces al sol, esos bosques de árboles que parecen cadáveres deshuesados existen, esas raíces están ahí. Forman parte de mi memoria. De lo que llevo muchos años viendo. Son gigantes. Ante ellos me siento diminuta. Todo ese paisaje está ah e intento darle forma. Son cuerpos misteriosos, deteriorados, decrépitos, que acusan el paso del tiempo.

-Su exposición en la Lonja se cierra con el mar. ¿Por qué?

-Porque me fascina desde siempre. He hecho como media docena de piezas. Son cuadros sin horizonte, parece que te piden que los mires de frente, como si no tuvieras escapatoria. Del mar me gustado todo: el oleaje, la música, la espuma, ese movimiento incesante, el horizonte, los cielos.

 

-Bueno, en realidad se cierra con el retrato de sus padres, fechado en 1995.

-Son ellos, claro. Les tomé fotos y posaron para mí. Vuelve a ser el mundo de Trébago, con las paredes de piedra, con las neblinas, cerca de nuestra casa. He pintado pocos retratos. Y también siento, como algunos visitantes, que es una obra especial dentro de la exposición y para mí.

-Usted hace una defensa de la pintura clásica.

-¿Por qué lo dice? Trabajo al óleo, sobre tela de grano fino, me gustan mucho las calidades, el detalle, los matices, la sutileza. Uso una pintura un poco diluida y quiero crear una atmósfera. Y me siento realista. No hiperrealista.

-Más más bien sería una realista del sueño, podría decirse. ¿A qué pintores admira?

-A muchos. Entre los clásicos a Rembrandt y Velázquez. Me encanta como pintor José Hernández, lo admiro mucho. Recuerdo su exposición de los años 80 en la Lonja: era extraordinaria. Me emocionó. Y Antonio López. ¿Mujeres? Isabel Quintanilla, especialmente. Ya le digo, muchos.

-¿Qué significa Zaragoza para usted?

-Soy de Trébago y de Zaragoza. Zaragoza es la ciudad que me acogió, que me abrió sus puertas y que me ha permitido realizarme. Es mi ciudad. Y estoy muy contenta, como lo estoy con esta muestra. No tengo expectativas ni estoy sobrecogida. No me planteo esas cosas. Disfruto. Y estoy feliz, agradecida y orgullosa de estar en la Lonja. Sin más.

MÓNICA OJEDA, UN DIÁLOGO

MÓNICA OJEDA, UN DIÁLOGO

 

[La escritora Mónica Ojeda presenta su novela ’Nefando’ (publicada por Candaya) en la librería Antígona, en esos sábados de cultura, amistad, tertulia y gastronomía de diversos continentes. Ejerce de presentadora la poeta y narradora Luisa Miñana.]
Puede leerse esta entrevista en Heraldo.es

http://www.heraldo.es/noticias/ocio-cultura/2016/10/14/literatura-cigarrillo-que-quema-mano-1112740-1361024.html


 

ENTREVISTA CON MÓNICA OJEDA. Escritora



La literatura es un cigarrillo

que quema la mano”



La literatura es un arte que nos obliga a abrir los ojos”



La escritora ecuatoriana Mónica Ojeda, nacida en Guayaquil en 1988, presenta hoy en Antígona su novela ’Nefando’, inspirada en un videojuego y en los foros de ’deep web’



Antón CASTRO / Zaragoza

-Empecemos por la palabra ‘Nefando’ (Candaya). Estaba asociado a aquello del ’vicio nefando’… ¿Cómo se le ocurrió la palabra y la novela?

Nefando es una palabra que designa aquello que es tan abominable, tan repulsivo, que nos deja sin palabras para describirlo. Es decir, que nos deja en silencio. Me pareció que era la palabra apropiada para esta novela, pues ’Nefando’ trata de las experiencias abyectas del cuerpo, experiencias conflictivas en torno a la sexualidad como un espacio no sólo de placer, sino de violencia. Se me ocurrió usar esa palabra para el título mientras leía una nota sobre una exposición pornoerótica. La nota recogía que una persona calificó lo que allí se mostraba como "nefando". Me hizo gracia y supe que así se tenía que llamar lo que estaba escribiendo.


-¿Qué ideas, qué imágenes se le pasaron por la cabeza?

Cuando escribí ’Nefando’ sabía que me interesaba explorar los límites del lenguaje frente a determinadas experiencias de dolor y de placer. Las experiencias extremas del cuerpo, que son materiales, a veces resultan obscenas para nosotros. No es verdad que ya no nos escandalizamos con nada: todavía hablar de la sexualidad de los niños es un tabú, por ejemplo, o de la pornografía infantil, o del incesto. Hay deseos secretos y actos del cuerpo que nos repugnan, pero que son parte de lo que somos. Por eso ’Nefando’ no habla de monstruos, sino de humanidad descarnada.


-¿Quiso escribir la historia de una novela o de un juego?

-’Nefando’ se articula alrededor de un videojuego online que ha sido creado por algunos personajes de la novela y subido a la deep web. Este videojuego nos pone delante un planteamiento ético sobre su contenido, que es terrible, real y doloroso. De hecho, en la trama ha sido eliminado ya de la red por la policía. Sin embargo, es una novela sobre las huellas de las primeras veces que supimos que éramos frágiles y mortales. Esas primeras veces ocurren en la infancia: por eso los personajes retornan a su niñez de una u otra forma para recordar aquello que los marcó y poder intentar enfrentarlo lo mejor posible.

-¿Q
uiso hacer una novela coral bastante demoledora?

-La forma coral de la novela me ayudó a formar un mosaico. Varias escenas intensas de distintos personajes que, cuando se unen, forman un todo: una imagen potente sobre el lenguaje y el horror.

-¿Qué sucede en esos foros de internet de videojuegos, de friqis, de deep web
?

-La ’deep web’ es un espacio virtual en donde proliferan todo tipo de expresiones, pero lo que me interesaba era cómo es también un agujero negro en donde el daño que se le hace a algunas personas se extiende. Allí hay hackers, foros de pedófilos en donde circula pornografía infantil, torturas a animales, venta de armas y de droga... hasta se puede contratar a sicarios. Es un lugar en donde algunas personas se esconden y, a la vez, se desnudan ante otros. 

-¿Cuáles serían los temas de la nov
ela, qué le preocupaba: el amor, el sexo, la muerte, la soledad?

-Todo. El cuerpo y lo que queremos narrar de él está atravesado por todas esos temas que mencionas. Aunque pienso que ’Nefando’ se enfoca más en una lucha de unos personajes por encontrar un lenguaje que les permita compartir lo que cargan en su espalda. Y eso que cargan es la huella de una violencia: a veces perpetrada a través del sexo, a veces a través de la familia como concepto o, a veces, a través de nosotros mismos.


-Háblenos de los personajes: gentes de distintos países, un tanto extremadas y frágiles, en Barcelona.

-Sí, son seis personajes en sus veintitantos: tres hermanos ecuatorianos, dos mexicanos y un español. Comparten piso en Barcelona y cada uno se ellos tiene intereses muy particulares: una escribe una novela pornoerótica, otro es un hacker, otro desea mutilarse y, por ello, se lastima físicamente, etc. Sin embargo, todos tienen en común el haber sido marcados profundamente por sucesos que les ocurrieron cuando eran niños.


-¿En qué medida la novela es un ejercicio de estilo, de sublenguajes, de voces incomodadas?

-Era necesario trabajar con distintas voces y con un estilo que respondiera a las necesidades de cada apartado de la novela. Por ejemplo, los mexicanos tenían que hablar como mexicanos, el español como español y los ecuatorianos como ecuatorianos. Hay capítulos en formato de entrevista en los que el lenguaje es más coloquial, pero también hay capítulos en primera, segunda y tercera persona que juegan con un tono más poético, o más ágil, o irónico. ’Nefando’, además, contiene una ’nouvelle’ que uno de los personajes escribe, por lo tanto esa parte requería de otro estilo y tono. Trabajar con el lenguaje según las necesidades del texto me parece fundamental.


-¿Cómo entiende usted la literatura: como una exploración verbal, como un arte de la complejidad?

-Hay un documental de Harun Farocki en el que, para hablar de las quemaduras del napalm (y con ello del horror de la guerra), él se apaga un cigarrillo en la mano. Asegura que eso es lo más cerca que estaremos jamás de conocer en dolor de una persona que haya sobrevivido a una quemadura con napalm. Esto nos recuerda lo lejos que estamos de las experiencias de los otros y, por lo tanto, de lo reducida que es nuestra capacidad de empatía. Pues bien: para mí, la literatura es ese cigarrillo quemando la mano de Farocki. Es un intento de imaginar lo que hay más allá de nuestro reducido campo de experiencias. No es sólo una exploración verbal, aunque la palabra sea el instrumento y, a veces, el tema. Es un arte que nos obliga a abrir los ojos y a pensar fuera de nosotros para, así, encontrarnos con la humanidad. Pero esto no es privativo de la literatura: todo arte hace eso de una u otra manera.



-¿Qué autores le interesan o le han marcado de algún modo?

-Me interesan y me han marcado muchos autores. Los que ahora se me vienen a la mente son Raúl Zurita, Enrique Verástegui, Juarroz, Jabès, David Foster Wallace, J. M. Coetzee, Roberto Bolaño, Marosa di Giorgio, Borges, Pizarnik... y podría seguir hasta el infinito. Todas las buenas lecturas que he hecho me han marcado hondo de alguna manera.

-Da la impresión de que se ha formado en talleres de escritura. ¿Se puede aprender a escribir?

Uno no puede aprender a hacer literatura. Eso no se puede enseñar. Lo que sí se puede hacer es crear espacios en donde personas que están buscando escribir literatura compartan sus experiencias, pero escribir es un camino personal e intransferible. Y no hay fórmulas. Cada escritor debe hallar su propio lenguaje y construir sus propias preguntas. Sólo así podemos hacer verdadera literatura.

-¿Qué relación tiene con la literatura española?

La literatura española tiene una tradición brutal que admiro y que sigo descubriendo. Antonio Gamoneda y Loepoldo María Panero, por ejemplo, son dos poetas que me estremecen. Javier Cercas me parece un autor al que le gusta hacerse preguntas incómodas y por eso lo leo, porque es valiente al respecto. Sobre Vila-Matas hice mi tesina de grado, así que es un autor al que sigo. Otras poetas que me interesan son Elena Medel y Chantal Maillard. Me encanta, también, Rafael Sánchez Ferlosio y los ensayos de Rafael Argullol; ’Librerías’ de Jorge Carrión es un ensayo literario imperdible. Y me faltan muchos autores actuales por descubrir. Me llevo a Ecuador, por ejemplo, libros de Miguel Ángel Hernández, Leonardo Cano, Marta Sanz, Luci Romero, Rubén Martín Giráldez, publicado por el sello zaragozanoJekyll & Jill, Elvira Navarro o el zaragozano Miguel Serrano Larraz, entre otros.



LA FICHA

’Nefando’. Mónica Ojeda. Candaya. Barcelona. 2016. Presentación, sábado 15 de octubre, a las 13.00, en la librería Antígona. Con Luisa Miñana y Julia Millán.

PETER BASCH: ARTE DEL DESNUDO

PETER BASCH:  ARTE DEL DESNUDO

http://peterbasch.tumblr.com/

 

Peter Basch fue un especialista en retratos y desnudos. En esta link puede verse una pequeña selección de esta última disciplina.

ANDRÉ DE DIENES: DESNUDO DE 1950

ANDRÉ DE DIENES: DESNUDO DE 1950

André de Dienes es uno de los maestros clásicos del desnudo de los años 50 y 60, sobre todo. Retrató a Marilyn Monroe, por poner un ejemplo, y esos archivos han dado lugar a un estupendo libro. Me encuentro con muchas fotos suyas, contrastatadas, intensas, con un cielo barrido de nubes, y desnudos muy poderosos, carnales, exuberantes y de una honda plasticidad. Este es uno de los últimos que he encontrado. En las páginas de Hoodoo.

EL MARRAKECH DE WIESENTHAL

EL MARRAKECH DE WIESENTHAL

Ayer me llegó un libro bonito y sugerente de un escritor tan personal e inclasificable como Mauricio Wiesenthal (Barcelona, 1943): ‘Marrakech. Fantasía en el palmeral’, que apareció antes, integrado en el relato, en ‘El esnobismo de las golondrinas’ (Edhasa, 2007). Es un libro de viajes que contiene muchos elementos autobiográficos y oníricos, y se mueve entre la fascinación, el conocimiento, el intento de explicar la belleza. Y el deseo. El joven que viaja y cuenta está hechizado por la hermosa Zohra. Y le dedica fragmentos como este:

 

ZOHRA

Zohra adoraba también el baño y los maquillajes. Sabía que me gustaba espiarla entre las celosías cuando, después del baño caliente, se acariciaba el cuerpo con una especie de arcilla que allí llaman ‘algasul’ y que dejaba su piel satinada y limpia. Luego se lavaba sus cabellos, siempre suaves y brillantes, gracias a unas misteriosas hierbas. Y, al final, se sentaba en un taburete, cruzaba las piernas y, sosteniendo con una mano el espejo, se maquillaba con albayalde blanco y ‘dakkar’: polvos de colorete que se vendían en unos papeles pintados de rojo. Ella los iba disolviendo con un poco de agua, antes de aplicárselos a la cara.

[…]

Le sentaba sentir que la miraba cuando estaba delante de su espejo y, a veces –fingiendo un descuido-, descubría bajo el albornoz los botones de sus pechos, porque yo le había dicho que estaba celoso de dos esclavos negros que había visto esconderse en el jardín de mis azucenas.

Salía cada tarde del baño convertida en una princesa y sus labios –enrojecidos por la pintura de corteza de nogal- olían a bosque y a hojas de otoño, como un embriagante coñac.

 

-De ‘Marrakech. Fantasía en el Palmeral’. Mauricio Wiesenthal. Páginas 52 y 53. Ilustraciones de Ánxela Pérez Meilán. Editorial Trifolium. Litterae. 74 páginas.

JOSÉ LUIS MELERO Y ZARAGOZA

JOSÉ LUIS MELERO Y ZARAGOZA

 

[En Heraldo.es, hoy Día del Pilar, publico esta entrevista con José Luis Melero Rivas (Zaragoza,1956), escritor y bibliófilo, autor de sus memorias, ’Leer para contarlo’ y de varios libros de artículos sobre sus grandes pasiones: Aragón y Zaragoza, la cultura, los escritores olvidados, las historias menudas de la literatura, los diarios, la Guerra Civil, la jota.]

Se puede leer aquí

http://www.heraldo.es/noticias/suplementos/fiestas-del-pilar/2016/10/12/nunca-marchado-zaragoza-durante-las-fiestas-1107697-1711024.html

 

José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956) cumplirá 60 años en diciembre. A modo de cumpleaños anticipado, ha recibido una distinción que le ha conmovido como se vio el sábado en el salón de plenos del Ayuntamiento de Zaragoza. Fue nombrado Hijo Predilecto de su ciudad: la capital del cierzo, la novia del viento. La ciudad que siempre lleva consigo en esa maleta real e ilusoria, llena de libros, de emociones, de curiosidad, de música y de sentido de la amistad.

 


¿Qué significa ser Hijo Predilecto de la ciudad que uno ama tanto?
Es lo más. Ya lo dije en el Ayuntamiento el día de la entrega de las distinciones. Mejor que si me tocaran la Bonoloto y la Primitiva juntas; mejor que si Elle MacPherson, Naomi Watts o Gisele Bundchen me confirmaran, como todo hacía suponer, que yo era el hombre de sus vidas; mejor que si encontrara por cuatro gordas en el Rastro una primera edición del Quijote; mejor que si el Zaragoza ganara la Champions; mejor -y discúlpeseme la herejía- que el gol de Nayim. Ser hijo predilecto de Zaragoza es lo más.

Dicho eso y así, ¿qué es Zaragoza para usted? ¿Qué le da, qué le ha dado?


Zaragoza es la ciudad de mi vida, el escenario de mis sueños, la ciudad que me lo ha dado todo y en la que me reconozco en cada esquina.


¿Qué es lo que le gusta de ella? ¿Si tuviera que explicarla, cómo la definiría?
A mí las ciudades me gustan por razón de la gente que vive en ellas. Si vives en Nueva York y estás solo, sin familia y sin amigos, Nueva York te parecerá un sepulcro. A mí me gusta Zaragoza porque aquí vive la gente que quiero, porque aquí están mis padres, mis hijos, mis amigos, porque aquí nunca me he sentido solo.

 



Es también un erudito de Zaragoza. ¿Quién la ha cantado mejor, quién la ha glosado de un modo que le conmueve?
Muchos grandes escritores y pintores. Ramón J. Sender, Benjamín Jarnés, Ignacio Martínez de Pisón, Francisco Marín Bagüés, Pepe Cerdá, Ignacio Mayayo… tantos y tantos que sería imposible hacer un listado. Y en los últimos años Zaragoza es ya el escenario de muchos de los libros más importantes de los más destacados escritores aragoneses.

De las historias zaragozanas, y hay cientos, ¿cuáles le seducen más?
A mí me gustan las historias menudas y me interesa poco la épica. Si tengo que elegir una historia me quedo con la de los zaragozanos anónimos que trabajan día a día por hacer esta ciudad mejor.

¿Qué nombres se la evocan especialmente?
Yo siempre quiero unir Zaragoza a la excelencia. Goya y Buñuel deberían ser siempre un símbolo de Zaragoza. Y mi amigo José Antonio Labordeta.

¿Tiene un libro zaragozano preferido, una película sobre Zaragoza, un disco, un cuadro?
Las memorias de José María Castro y Calvo, ‘Mi gente y mi tiempo’, y la vista de Zaragoza de Juan Bautista Martínez del Mazo de 1647. Discos muchos: los de Labordeta, los de Amaral, los de Bunbury, los de María José Hernández, los de la Ronda de Boltaña…

Hablemos de la jota. No solo la canta, sino que la vive de manera especial y la glosa, la divulga y es un hombre fuerte, con criterio, en los concursos como jurado. ¿Qué tiene la jota, qué le gusta de ella?
La jota es una de las señas de identidad más importantes de Aragón. A mí me ha gustado siempre mucho la cultura popular y creo que he sabido hacerla compatible con la alta cultura. Quiero decir que me puede gustar igual escuchar a José Oto o a Cecilio Navarro que leer a Thomas Mann o a Cirlot. Esto no es muy frecuente y normalmente los intelectuales se han preocupado poco de la cultura popular, poco de lo que le interesa al pueblo. Es un error. La jota sigue siendo muy popular, es una manifestación cultural cuatro veces centenaria y si se mantiene viva por algo será. Y se mantiene viva y pujante porque muchos aragoneses de toda condición la llevan muy dentro de sus corazones. Ignorar esto es darle la espalda a la realidad.

¿Sería el canto de Aragón como se dice, o esa apreciación es un lugar común y perezoso?
Bueno, eso es un tópico. La jota es un canto muy importante en Aragón y el verdaderamente autóctono. Pero no se puede decir que sea “el canto de Aragón”, como si no pudiera haber otro. La cultura -tanto la popular como la más académica- tiene afortunadamente muchas vertientes, muchas singularidades y muchas ganas de mezclarse con otras culturas y de enriquecerse. Así que lo deseable es que en Aragón, sin olvidar nunca nuestras culturas, estemos siempre abiertos a todas las culturas del mundo, vengan de donde vengan. O sea: la jota sí, pero las demás músicas también.

Zaragoza también es un escenario de tópicos: que si es una ciudad hostil con los suyos, que si es saturnal o cainita, que si es tan dura como su cierzo. ¿Tiene defectos que se puedan corregir o no?
Zaragoza no es nada especial ni distinta a otras ciudades por sí misma. Es lo que es por razón de la gente que vive en ella. Y aquí vive, como en todas partes, gente de todo ¿O es que aquí somos genéticamente peores tipos que en otros sitios? Zaragoza tiene los mismos defectos y las mismas virtudes que el resto de ciudades del mundo. La soberbia o la envidia, la bondad o la generosidad no son patrimonio de ninguna ciudad. Están repartidas por igual en todas partes. A mí en Zaragoza lo que me gusta es relacionarme con los buenos, que son millares y millares. Con los que no son cainitas, con los que no son hostiles con los suyos, con los que no son duros como su cierzo. Y le aseguro que aquí hay muchos de esos, yo diría que una gran mayoría.

¿Cuáles son sus rincones favoritos?
A mí me gustan los bares de mi ciudad. Yo soy mucho de bares, cafés y restaurantes. Han formado parte de mi educación sentimental. Casa Paricio, el Levante, el Circo, el Nevada, el Universal, Casa Emilio… Y las librerías. Me gustan mucho las librerías. Ir a las librerías es también uno de mis quehaceres favoritos.

Practica el ’carpe diem’ a diario, bien se ve. ¿Es Zaragoza una ciudad de diversión, de buena gastronomía, una ciudad luminosa, un escenario de tertulias?
Claro, lo sabe todo el mundo. Zaragoza es una ciudad maravillosa e integradora en la que nadie se siente forastero. A mí me gusta mucho que Zaragoza acoja tan bien a todos los que vienen de fuera. Es muy enriquecedor para todos.

¿Por qué considera Aragón, y Zaragoza, tan poco a sus artistas, a sus creadores, a sus actores? ¿O por qué se dice eso?
Eso es otro tópico. Yo no creo que Zaragoza considere poco o maltrate a Martínez de Pisón, ni a Antón Castro, ni a Sergio del Molino, ni a Miguel Mena, ni a Agustín Sánchez Vidal, ni a Jorge Gay, ni a Pepe Cerdá, ni a Luisa Gavasa, ni a Paula Ortiz, ni a Miguel Ángel Lamata, ni a tantos otros. Es mentira. Pero Zaragoza, claro, no tiene desgraciadamente, porque somos pocos y no somos ricos, las posibilidades de otras grandes ciudades. Y hay que buscar fuera muchas veces lo que Zaragoza no puede darte. Pero eso no quiere decir que no valoremos a nuestros creadores. La gente con la que yo me relaciono, desde luego, los quiere, los respeta y los valora.

¿Y el Pilar y sus fiestas, tienen un significado especial para usted? ¿Cómo los ha vivido a lo largo del tiempo?
Yo siempre he vivido las fiestas con ilusión. Como fuera de casa no se está en ninguna parte, así que yo me he lanzado siempre a la calle a divertirme. Me gustan las fiestas, me gusta vivir, reírme y estar con los amigos. Nunca me he marchado de Zaragoza durante las fiestas. Mi madre se llama Pilar y aquí celebramos siempre mucho esa festividad.

Cuando le anunciaron la distinción, sinceramente, ¿en qué pensó, de quién o quiénes se acordó?
Pensé: ya tengo un hueco pequeñito en la historia de mi ciudad. Y me hizo mucha ilusión. Y quise celebrarlo con todos mis amigos, así que nos reunimos en una cena multitudinaria en Casa Emilio. La felicidad, estas pequeñas cosas. 

 

*La foto es de Oliver Duch, de Heraldo de Aragón.