Blogia

Antón Castro

SÁNCHEZ VIDAL HABLA DE 'VIÑETAS'

SÁNCHEZ VIDAL HABLA DE 'VIÑETAS'

 

Agustín Sánchez Vidal acaba de publicar su novela más personal, 'Viñetas', en Harper Collins. En esta conversación da algunas claves sobre un libro que indaga en la familia, en el peso del pasado, en los vínculos con la tierra y en los valores del arte como el elemento de conocimiento y de transformación. La foto es de José Miguel Marco, fotógrafo de Heraldo, donde apareció una amplia selección del texto.

-¿Qué novela te habías planteado: una novela sobre la tierra, sobre la memoria o sobre la familia?

--No tenía una idea deliberada en la temática o en el tratamiento que iba a darle. Si acaso, recrear cómo era este país en el momento en que empezó a cambiar en los años 1960. Lo que más pesó es lo agotado que quedé por la documentación que me habían exigido las tres novelas anteriores. Lo que buscaba era no distraer energías en esa parte preparatoria, sino sacarlo todo o casi todo de mi memoria o de aquello que conocía

-¿O quizá sobre la presencia del arte en nuestra vida: el cómic, la fotografía y el cine? 

--Es que una historia como esta --que trata de las gentes de a pie, y de una España donde casi todo escaseaba--  había que contarla en sus propios términos, con materiales pobres. Y lo que normalmente tenías a mano eran los tebeos, la radio y el cine. Las fotografías no eran tan de diario, sólo se hacían en momentos especiales.

  

¿No puede leerse como una novela de formación: la de Miguel, sin duda, la de Toño, su hermana, la de Candela, la de otros como el Ceuta, el Carioco, el infausto Salva…?

--Aunque no me lo propuse, al final creo que ha quedado así. Casi todos esos personajes están entre la infancia y la adolescencia, que es una edad muy inestable. Y supongo que todo deriva del hecho de que la propia España se encontraba en uno de esos procesos de cambio.

  

-¿De qué imágenes o percepciones u obsesiones ha nacido este texto?

--Traté de hacer aflorar todas esas sensaciones que se te quedan grabadas cuando las tienes por primera vez, y que luego se desgastan por la costumbre. Tienen que ver con la vida en el campo, con el descubrimiento de las primeras escaramuzas de todo tipo, cómo empieza a entreverse de un modo nebuloso la amistad, el sexo, el mundo adulto…

 

-Me resulta difícil leer 'Viñetas' al margen de tu propia vida y de tu propia formación. Sé que es una pregunta absurda y tópica, pero ¿qué habría por aquí vinculado a tu propia vida, a tu biografía?

--Más que una novela autobiográfica, trata sobre todos nosotros. He recogido cosas que me han pasado o que he visto a mi alrededor, u otras que me han contado.

 

-Hablemos de los protagonistas: por lo regular, están envueltos en el misterio, en la intriga. ¿Sería la novela en el fondo un viaje hacia la luz?

--Seguramente, pero tras haber ahondado primero en lo más oscuro, todo lo que hay de opaco en la tierra, en la ciénaga de ese barrio y sus personajes.

 

Llama la atención la estructura del libro: las voces y los flash backs, ¿Qué estructura buscabas?

--Supongo que el libro terminó teniendo esa forma porque no me quedó otra. Es una estructura fragmentaria, llena de elipsis y sobreentendidos, porque trabaja en los intersticios. El lector debía sentirse obligado a implicarse para completar la historia, haciendo aflorar sus propios recuerdos. He tratado en todo momento de rehuir las identificaciones de tipo melodramático, que son casi inevitables cuando hablas de la familia. Quería un tono sobrio, seco y preciso. Pero, claro, el que lo lee tiene que tener alicientes para seguir pasando las páginas, debe sentir que aquello le concierne.

 

Una de las frases que explica los equívocos del libro podría ser: “pueblo pequeño, infierno grande”.

--Si, es un detonante que termina disparando, a su vez, otros mecanismos, como las fichas de un dominó.

 

Uno de los grandes personajes del libro es Toño. ¿Como lo definirías, qué representa? Esa pasión por el cómic, por el cine…

--Es un manitas, alguien que hereda del padre su capacidad de expresarse, más que a través de las palabras, a través de las imágenes y las cosas. Le cuesta arrancarse, pero es muy tenaz y de largo recorrido.

 

El gran personaje femenino, más que Julia o la misteriosa madre de Miguel y Toño, ¿sería Candela, esa chica explosiva que acaba regentando un prostíbulo?

--Candela quizá sea el personaje más fascinante, el más turbio e imprevisible y con mayor capacidad de hacer gravitar todo en torno suyo.

 

¿En qué medida has querido hacer arquetipos?

--En los personajes, desde luego, no. Lo que sí hay es un trasfondo ambiental que desde otra óptica podría considerarse “telúrico”. Y digo desde otra óptica porque no es la mía. Lo que yo percibo en la tierra es la riqueza inagotable de la cultura agraria, que para mí es algo muy concreto y tangible, surco a surco.

 

Me encanta ese fotógrafo don Godo. Es quizá la historia más fantástica y poética del libro…

--El personaje procede del mundo de Rafael Azcona, es hijo suyo, y por eso lleva su apellido. Está inspirado en uno real, que nunca terminaba de hacer su gran foto porque la ciudad y el paisaje no acababan de estar bien compuestos. Lo he emparejado con un barquero manco, Paco, que también era un personaje real, y en más de una ocasión Rafael Azcona y yo hablamos de lo que había en ellos de leyenda.

 

¿Por qué has dado, de manera tan decidida, un salto hacia lo contemporáneo, que estaba en una de las historias de ‘La llave maestra’?

--Es que lo que se cuenta en Viñetas sólo tenía sentido en las épocas en las que transcurre, y vistas desde la óptica actual, de ahora mismo.

 

También hay en la novela un componente telúrico, de lirismo seco. ¿Te has sentido cómodo en este nuevo registro?

--Totalmente cómodo. En otras novelas anteriores era mucho más complicado porque tenía que recrear el castellano del siglo XVI o del XVIII, mientras que aquí puedo escribir tal cual.

 

Nunca se dice donde sucede la historia... Parece deliberado y citas Zaragoza... ¿Debe pensar que sucede cerca de Zaragoza, que has pensado en un pueblo de Logroño tal vez?

--Es deliberado. Puede deducirse que la parte que transcurre en el pueblo está cerca de la frontera con Portugal y tiene que ver con Salamanca. La del barrio y la ciudad está situada a orillas del Ebro y he tenido presentes lugares de mi infancia y adolescencia en Logroño. Pero podría ser cualquier otro lugar.

 

¿Cómo va tu libro sobre Orson Welles en España?

--Es una novela y ya está acabada la primera versión. En el fondo habla de lo mismo que Viñetas, del cambio de todo un país que es el nuestro, pero desde un punto de vista totalmente diferente.

 

*Agustín Sánchez Vidal acaba de publicar su novela más personal, 'Viñetas', en Harper Collins.

JONÁS TRUEBA Y 'LA RECONQUISTA'

JONÁS TRUEBA Y 'LA RECONQUISTA'

Jonás Trueba es un cineasta muy personal. Trabaja con un gran sentido de la libertad y del riesgo. Realiza un cine muy poético e inteligente, lleno de claves y símbolos, centrado esencialmente en el amor y sus vaivenes: sus instantes, gestos, detalles, latidos, cambios de ánimo, ese itinerario caprichoso de las emociones y de los recuerdos.  Acaba de estrenarse ‘La reconquista’, su cuarta película, que consta de dos historias: el reencuentro de una pareja, quince años después, y una vuelta atrás, cuando eran adolescentes, y se hicieron novios. El nexo de unión es el paso del tiempo, una carta (un asunto que aparece una y otra vez en las películas de Jonás) y es, también, el deseo de recomponer el pasado, de revivirlo y de hallar en él claves de la vida de hoy, secretos del corazón, mapas de futuro.

-1. Jonás, como recordaba Carlos Reviriego en el semanal ‘Ahora’, adora los espacios, las atmósferas, el poder de la calle. Trabaja como pocos la arquitectura. Sus personajes hablan en cualquier sitio: hablan o ríen o gesticulan nerviosamente –como si las palabras no alcanzasen a decir lo que dicen los ojos, el deseo, la alegría, el escalofrío de volver a ver a quien quizá no hayas olvidado jamás… Es importante ver cómo maneja los edificios, el trazado de un jardín, una calle empinada, cómo trabaja con la cámara y la puesta en escena esos matices.

-2. Jonás dirige a los actores de una manera personalísima. Itsaso Arana y Francesco Carril empiezan a hablar en un restaurante chino y la cámara ofrece uno de esos planos cortos llenos de fuerza, de levísimos detalles, de abrupta dulzura, de desconcierto. La cámara se detiene más en quien escucha que en quien habla y tarda tres o cuatro minutos en ofrecer un plano general. Los actores viven una aventura extraña y mágica que empieza en los ojos, en la textura de la piel, en la claridad que se vierte sobre el rostro, en los murmullos o en la dificultad de decir.

-3. A Jonás le interesan mucho las librerías de viejo, las estanterías, las sorpresas, los poetas y los poemas… Hay a veces una mirada teatral, casi discursiva, llena de precisión y embeleso. Si los autores pueden ser auténticos, o aspiran a la verdad, el realizador lo tiene claro: sus actores brillan en la imperfección, en la incertidumbre, en esa sensación lograda de parecer que no saben qué pasa, qué les ocurre, qué ansían, en una cierta imposibilidad de decir cómo es el temblor que siente en el estómago.

-4. Se vio en ‘Los exiliados románticos’ o incluso en ‘Todas las canciones hablan de mí’, la música es más que un motivo esencial. Puede ser el subrayado, la plantilla de trabajo, la cartografía. Puede ser el ámbito esencial: la partitura del guión no escrito. Y aquí, si antes lo fue Miren Iza en la cinta anterior, lo es Rafael Berrio: personaje y cantante y actor, padre de esa joven Manuela, que regresa de Buenos Aires y que es como una cazadora solitaria: cada noche busca un amante. O eso dice. Jonás graba un miniconcierto con naturalidad y con esa seguridad que muestra en cuanto hace. Trabaja a favor de sus ideas no siguiendo la pauta establecida. Jonás Trueba se arriesga. Y prefiere, antes que el humor, que existe, el juego de espejos, el abismo de la identidad, un aroma gozoso de sensualidad y de lirismo y de magia cotidiana, la exploración de una pasión que descansa en la palabra, en la cabeza, más que en el cuerpo. Rafael Berrio está a la altura con su percepción del simulacro (al que alude en su canción) o del trampantojo.

-5. El baile. Jonás tiene vocación de felicidad, le gusta el ritmo, se inclina por el aparente desconcierto o el azar, y graba un baile espléndido, que levanta la película.

-6. La segunda historia es un viaje hacia atrás, desde la emoción recuperada. Y la historia es bellísima de nuevo. Tiene otro candor, la revelación del primer amor, la suavidad irreductible de que dos sean uno, ajenos al mundo, y de que vivan un lapso excepcional, de trabajada sutileza y de un erotismo gozoso, apenas entrevisto, resuelto con un beso largo. ¿Qué pasa cuando besamos, apasionadamente, con esa entrega, con ese torbellino de incitaciones, imágenes y preguntas que bailan en nuestra cabeza?

-7. Jonás Trueba hace un cine atemporal y de ahora mismo, lleno de poesía, de audacia, de emociones, sin enfatizar el drama. Un cine de belleza. No es un cine para todos los públicos, pero tampoco es un cine que excluya a nadie. Es cine: eterno, delicado, lleno de extravíos y de humanidad. Todos somos –o podemos ser o hemos sido o seremos- alguno de sus personajes. El amor nos envuelve todo el tiempo, nos envuelve y nos arrebata, y a la vez sigue siendo el enigma más estimulante y necesario para seguir viviendo. Y para seguir viendo películas.

 

-‘La reconquista’ de Jonás Trueba, que se presentó en el Festival de Cine de San Sebastián, se proyecta en muchos cines de España y en la sala 11 de Aragonia. El autor participa el miércoles en ‘La buena estrella’, el ciclo que coordina Luis Alegre en la Universidad de Zaragoza.

*en la foto, Aura Garrido, que interviene en la primera historia.

PILAR LORENGAR: VIDA, OBRA Y LEYENDA EN EL PABLO SERRANO

PILAR LORENGAR: VIDA, OBRA Y LEYENDA EN EL PABLO SERRANO

Ayer se inauguraba la exposición ‘Pilar Lorengar. Una aragonesa en Berlín’, en el espacio 0 del Instituto Aragonés de Arte y Cultura Contemporáneos (IAACC) Pablo Serrano, una de esas muestras que nos recuerdan que sabíamos menos de los pensábamos de esta gran soprano, que habíamos visto pocas cosas de ellas, que tenía un mundo fascinante, que había posado para Nicolás Müller, Gyenes, y tantos y tantos otros, y que fue muy reconocida en el Madrid de los 50, antes de empezar su exitosa carrera en Berlín y alrededor del mundo. La muestra está organizada por el Gobierno de Aragón y la Asociación de Amigos de la Ópera ‘Miguel Fleta’.

Sergio Castillo y Alejandro Martínez han montado una estupenda, y nada fácil, casi abrumadora en ocasiones, exposición temática: un ejercicio de justicia poética, una reivindicación y un redescubrimiento de una voz, de una personalidad, de una trayectoria. Lorenza Pilar García Seta (Zaragoza, 1928-Berlín, 1996), que en su día fue Loren Garcy y niña de ‘Ondas infantiles’, estudió en Madrid, se enamoró de un militar de aviación que le costeó sus estudios, vivió un tiempo con el director de cine Antonio Román, fue actriz en dos películas, cantó zarzuela bajo la dirección de Ataúlfo Argenta –de quien se enamoró, según cuentan Castillo y Martínez- y poco a poco, desde Berlín, desde Nueva York, a lo largo y ancho del mundo, realizó una carrera que le permitió ser una especialista en Mozart, pero también cantar ‘La Traviata’ de Verdi o ‘Madame Butterfly’ de Puccini, entre otras muchas óperas.

En la muestra hay diez puntos de audición, un mosaico con sus discos, fotos, programas de mano, carteles de sus películas, cartas (suyas y dirigidas a ellas, por ejemplo una del pianista Miguel Zanetti), objetos personales (broche de perlas, collares, joyeros), elementos de sus constantes vínculos con Zaragoza –sus medallas, diplomas, algunos trajes…- y se proyectan dos secuencias de fotos: una de su vida y otra de sus actuaciones, con más de 40 piezas cada una. Hay muchísimo que ver, que oír, que sentir. Es una exposición temática, detallista, íntima: por ejemplo, en los 50, se le ve con Stravinsky y con Ataúlfo Argenta en Madrid. O, entre 1955 y 1958, fue objeto de un meticuloso reportaje de Juan Gyenes.

La muestra también rinde homenaje a sus actuaciones en Zaragoza –en el Teatro Principal, en el Seminario de San Carlos, en el Pilar, en un acto íntimo, donde cantó el ‘Ave María’ de Gounod, a modo de despedida- y a la lírica en Aragón. En contra de lo que podría parecer, hubo mucha ópera en Zaragoza y los comisarios Sergio Castillo y Alejandro Martínez lo prueban con prolija documentación. Además, como importante novedad, han escrito la primera biografía de la cantante, que ha publicado Prensas Universitarias de Zaragoza.

 

ANA ALCOLEA HABLA DE SU NUEVO LIBRO: 'EL SECRETO DEL ESPEJO'

ANA ALCOLEA HABLA DE SU NUEVO LIBRO: 'EL SECRETO DEL ESPEJO'

Han pasado ya algunos meses del Premio Cervantes Chico. ¿Cómo lo ha asimilado?

Es un premio importante. Honorífico. Me ha hecho mucha ilusión: he vivido 16 años en Alcalá de Henares, y allí nació Miguel de Cervantes. En la nómina de galardonados hay muchos amigos: Fernando Lalana, César Mallorquí, Concha López Nárvaez. O Montserrat del Amo, que me dio muchos consejos cuando yo empezaba. Y hay otro detalle simpático: una de mis peluqueras de Alcalá, Ramoni, me dijo que yo sería escritora y que tenía que dedicarme a eso cuando le pasé una cosa que había escrito de un viaje a Noruega.

¿Qué le debe a Cervantes?

Se lo debo todo. En mi obra siempre hay homenajes a él y a su forma de entender la literatura como un juego de espejos.

¿Qué persigue como escritora?

Soy una escritora intuitiva. No planifico, no hago estructura o esquema, improviso. Empiezo y sigo. Mi trabajo nace de la emoción y del deseo de contar una historia. Y me van pasando cosas que intento solucionar y de las que sé poco. Por ejemplo, en mi nueva novela aparece una esfinge original en la bota de un abuelo muerto. En mis novelas busco y me encuentro con sorpresas: la novela es como la vida, nunca sabes lo que te puede pasar.

¿Qué mensaje general quiere transmitir?

Mi estado de ánimo contamina mi novela. Todo está conectado, el presente con el pasado, y el pasado con el futuro. A mí me apasionan los objetos: su historia en el tiempo, quién los tocó, quién se emocionó ante ellos, a quién pertenecía.

¿Qué ha aprendido de los lectores jóvenes?

Que no son unos imbéciles como a veces los consideran algunas editoriales. Yo no me planteo nada especial: cuento. Escribo lo que quiero y lo que siento. Sin otras fórmulas. Cuido el lenguaje, que sea rico pero asequilble, y la estructura. Si escribes con emoción, eso se transmite al lector. Es posible que él sienta y se emocione por lo mismo. Ni soy de cálculos: no me saldrían. El adolescente busca y encuentra.

 ¿Qué tiene de especial para usted la adolescencia? Es el terreno en el que se mueven la mayoría de sus criaturas.

Es una época de crisis, entre la infancia y la juventud, pero no es un tema en sí mismo. Yo no hablo de la crisis: hablo de gente que hace cosas, que vive aventuras, que investiga, que se enamora, en una época de su vida en la que esté un momento especial, convulso, lleno de contradicciones que es la adolescencia.

Empezó con una historia familiar, convulsa… como 'El medallón perdido'.

Ese libro fue decisivo por muchas razones. Es un libro que nace del dolor, de la tragedia: un primo mío, al que yo adoraba, murió en un accidente de avión en Gabón. Aprendí que incluso en los momentos más dramáticos se puede hallar belleza, algo en lo que sigo creyendo.

 'El secreto del espejo' (Anaya), su nueva novela, insiste en mezclar dos historias diferentes: la de una joven que huye de los druidas y llega a Cesar Augusta y la de una pareja joven, que de hoy, que se busca a sí misma y halla un espejo…

Acabo de entrar aquí al Museo de Zaragoza, donde sucede el libro, y me gusta mucho. Aquí sucede una parte de la historia contemporánea, veo los mosaicos y pienso que en otro tiempo alguien estuvo ante él; a lo largo del tiempo lo ha venido a ver mucha gente. Y con la otra historia, la de la joven Yilda, que ha vivido con los druidas, podríamos decir que es una reescritura de 'Blancanieves'. Hay una película que me impactó mucho: 'La mujer del teniente francés'. Padezco fascinación por los objetos, los seres y los lugares. Mis libros son un viaje en el tiempo y son un ejercicio de conocimiento interior. En realidad, yo soy una aventurera: vivo la misma expedición que mis lectores.

¿Cuál cree que es el secreto del éxito? ¿Qué hay que hacer para ser escritora?

La palabra éxito es excesiva; no es mi caso. Me he tomado, sí, una excedencia en la enseñanza. Trabajo muchas horas, doy muchas charlas, he llegado a dar hasta siete al día. Me apasiona mi oficio. La clave de todo es creer ciegamente en lo que haces y hacerlo lo mejor posible, con entusiasmo y con ganas.

Una de sus obsesiones es la II Guerra Mundial. ¿Por qué?

Me inquieta que uno de los pueblos más refinados del mundo cometiese aquella barbaridad: la maldad más absoluta. Volvemos a movernos en un peligroso muy peligroso que, en algunas cosas, se parece mucho al convulso periodo de entreguerras. No quiero ser pesimista, pero la actual situación debería movernos a reflexionar.

 

*La foto es de Oliver Duch, de Heraldo.

 

MIQUI OTERO HABLA DE 'RAYOS'

MIQUI OTERO HABLA DE 'RAYOS'

 [Miqui Otero (Barcelona, 1980) presenta esta tarde, a las 20 horas, su nueva novela ’Rayos’ (Blackie Books), una historia de formación, de dos pasiones, de identidad, de búsqueda y de estilos y lenguajes muy elaborados y meditados. Lo presentará el escritor Sergio del Molino. Hoy sale una entrevista en las páginas de Cultura. Aquí está el texto más amplio.]

-Cuando escribes de los padres, ¿de qué quieres escribir: de la nostalgia, de la morriña, de la saudade o de todo a la vez? 

 Describo un pasado muy fotogénico y hasta tragicómicamente épico, para intentar entender un presente que, en el inicio de la novela, no lo es. Nadie escribe para otros, del mismo modo que no se regala algo a otra persona: lo que escribes y lo que regalas, en realidad, es para ti. En este caso, para Fidel Centella. Él quiere entender el porqué de sus hipocondrías y zozobras y acomoda una explicación en la educación de un colegio católico o en unos padres casi canonizables (como todo, mirados por él con los filtros necesarios para lograr ese efecto) que paraliza un poco sus impulsos (en el último tramo hay una cita de Venciste, Rosemary, de George Orwell, que lo explica bien). La de sus padres es la generación que luchó contra sus limitaciones y, sin aspavientos, las superó. La suya es la que a lo sumo lidia con sus deseos y los ve frustrados. Las cosas se entienden también por contraste: para explicar que el Cantábrico es un mar frío, se puede describir un baño en el Mediterráneo. Eso es lo que hace Fidel.

Bien, eso y la necesidad de documentar algunos flashes de la juventud de una generación que, en principio, poco tiene que ver con la suya. Entre un escritor barcelonés y una mujer, la madre, cuyo primer trabajo fue en una aldea de Ponferrada sin luz eléctrica, hay un salto sideral. Intentar narrar esa elipsis, que a mí se me antoja tan gigante como la de 2.001 Odisea en el espacio, era una de las intenciones. La nostalgia me interesa precisamente por lo que tiene de reaccionaria y tóxica. El nostálgico es como el turista o el pijo: por muy turista o muy pijo que seas, jamás reconocerás serlo y siempre apuntarás a alguien que lo es más. Así que: no me interesa la nostalgia, en realidad, sino qué nos lleva a ser nostálgicos. La morriña por un territorio al menos es más solventable (regresando al lugar) que la nostalgia (al menos hasta que no se democraticen los viajes en el tiempo). Si algo odio es la nostalgia babosa y sin objeto alguno, pero sí entiendo la magia de los objetos como tiempo concentrado, como el manual de lectura que el padre de Fidel le regaló de niño y con el que aprendió a leer, a su vez regalado por un maestro republicano que lo redactó en una cárcel de Burgos... Y así hacia atrás. Si eso es nostalgia, me interesa.

 

El viaje al pasado no como excursión de nostalgia babosa, sino para recoger las pistas con las que entender el presente y roturar el futuro. Y, por qué no, como meollo de miga cómica: Fidel dice que la nostalgia es como ponerte camisetas que te gustaban mucho y que ya no te caben (ese gesto aún más patético que tierno o cómico).

-¿Qué significa el desarraigo de la familia pero también el del protagonista?

 

 En la novela hay un par o tres de mitos fundacionales. De imágenes que me empujan a escribirla. Una de ellas es mi padre en un bar pakistaní, señalando al camarero cuando éste tiraba la caña de barril, y diciéndome: "En realidad nosotros no éramos tan distintos de ellos; lo que pasa es que no se nos notaba hasta que abríamos la boca". Evidentemente, sí eran muy distintos, pero ese detalle me servía para establecer determinados paralelismos. Por cierto, otra es unos carteles que aparecieron en el Raval donde se leía: "Esto es un barrio, no un escenario". La familia de Fidel Centella ha viajado por todo el mundo, de La Habana a Ellis Island. Todos sus antepasados tienen algo en común: se fueron con lo puesto y volvieron mintiendo, entre otras cosas, sobre lo que habían logrado. Eso es lo que me interesa: en el desplazamiento crece la necesidad de fabular, de mentir, de inventarse una vida que justifique el esfuerzo. Ya sea ese reloj de oro del tío-abuelo que fue taxista en La Habana de las orquestas como esa tía que alquilaba un Mercedes para llegar al pueblo diciendo que era suya.

Del mismo modo, y lo intento en Rayos, que me interesan los personajes fuera de lugar, toda la tradición de personajes arribistas, en la clase social, también me interesa el desplazamiento meramente geográfico (porque comporta otros). 

En cuanto a Fidel, es demasiado gallego para ser catalán y demasiado catalán para ser gallego. Esto es lo que dijo un dj muy famoso cuando salió Elvis: demasiado blanco para los negros y demasiado negro para los blancos. En fin, que es perfecto que se sienta un híbrido porque de ahí surgen las historias. 

-¿Se puede estar tan desorientado con 24 años? ¿Tiene Centella mucho que contar o no tiene nada que decir? 

Toda la novela intenta explicar todo lo que pasaba cuando pensábamos que no pasaba nada. Es decir, antes de la crisis, cuando veíamos síntomas pero seguíamos bailando hasta que, pum, nos dimos con los dedos en la jamba de una puerta.

 Pero, en el caso de Fidel, va de alguien que quiere que le pasen cosas, pero que aprende pronto que es cuando te suceden verdaderamente cosas cuando empiezas a saber decir: "No pasa nada". 

La novela arranca en ese punto, con un personaje que es casi como un receptáculo pasivo, como una bola de pinball sin carácter y por tanto sin destino. Pero Rayos, o eso intenté, va mutando hacia otro tipo de novela cuando verdaderamente empieza a enfrentarse a conflictos reales. Ese revelado paulatino está en la vocación de la novela. De lo estático a la acción. 

Empieza en lo íntimo pero luego se convierte en una especie de sátira en clave con determinados personajes de la ciudad, y del país, como motores de la acción. Fidel trabaja como becario en el periódico ‘La Verdad’. El nombre de la cabecera, claro, tiene intención. Mientras intenta escribir el relato oficial en este diario de su ciudad, descubre toda una serie de historietas o leyendas clandestinas tanto en su barrio como en las zonas altas. Ahí empiezan sus dudas y ahí se expone a su cobardía. 

-¿Qué clase de novela te habías planteado: la del éxodo, la del desubicado, la de la identidad, la de la confusión permanente? 

Supongo que quería escribir una novela de formación tramposa. Una novela de formación donde pareciera que más que formación hay deformación. Una novela de deformación. Pero luego quería huir de relatar solo el cambio a la edad adulta de un personaje solo atendiendo a sus relaciones personales o incluso laborales (la novela de formación burguesa). Así que de repente me vi intentando expicar cómo Fidel, que va de noble o eso dice, ve cómo él, su familia, sus amigos, su piso ruinoso, su barrio, su ciudad, su país (párame, podría seguir) se va corrompiendo un poco. Sí, suena megalómano: fue ahí cuando, como Julio César, empecé a hablar de mí mismo en tercera persona (es broma). Pero en reliadad, como todo, suena pomposo o pretencioso, pero no lo es según cómo lo expliques.

 

-¿Son Galicia y Barcelona, dos personajes más, dos personajes-escenarios a los que se mira sin contemplaciones? 

Eso han dicho los lectores... Galicia para mí (y creo que tú eres gallego) es el territorio mítico idealizado. No es una descripción de Galicia, sino de la Galicia tal y como la vive un niño de Barcelona que viaja a ese lugar donde se va en burro y se apañan berberechos. Ni siquiera eso: es la Galicia que explica ese niño cuando, pasados treinta años, quiere escribir. En Barcelona me gusta detectar esas aventis o leyendas urbanas. En Galicia, también. Como cuando un antepasado trajo una radio de Alemania. Cuando llegó avisó a toda la aldea, ya arremolinada alrededor del aparato: "Este cacharro habla raro, pero yo os lo puedo traducir". Claro, cuando la encendió, la radio hablaba en un perfecto castellano franqista y no en el alemán que imaginaba el emigrante que la había traído.

 Bueno, pues yo pienso que las novelas son como las radios: se fabrican en un lugar y en un tiempo, pero si saben hablar el idioma del lugar de destino y sintonizar con su tiempo. 

En cuanto a Barcelona, sí, es un retrato de la Barcelona posolímpica. O lo intenta. La ciudad se emborrachó en las Olimpiadas y luego llegó la resaca amnésica. Yo pensaba: vaya birria de Barcelona me ha tocado comparándola con la de Marsé o Casavella. Pero solo hay que esperar un tiempo.

 

 

-Llama la atención el estilo: trufado de voces, mezcla el pasado y el presente, parece atropellarse de citas y referencias deliberadamente o parece que has querido desatar el flujo de la conciencia, la palabra torrencial. ¿Hablamos y vivimos en una especie de pastiche? 

 

Creo que la novela es un macrogénero híbrido que devora Y regurgita todo lo que se proponga para captar la calidad de la experiencia. La novela es como un amor adolescente (una primera chica, una primera novela favorita, un primer disco que te habla a ti y solo a ti): es lo que quieras que sea.

 Yo creo que las novelas, como las vidas que merecen ese nombre, se deben armar con materiales nobles y de derribo. Ese bochinche me interesa, esa cacofonía. Pero sí es cierto que la novela, como te comentaba antes, arranca más en ese tono embarullado para ir definiéndose con el paso de las páginas.

 

¿Qué le debe un libro como el tuyo a las series, al mestizaje cultural? 

 Bueno, las relaciones entre disciplinas y géneros se han vuelto muy promiscuas, ¿verdad? Yo puedo decir que el comportamiento estereotipado de los compañeros de piso en las primeras páginas (luego cambia) tiene que ver con las comedias de situación televisivas. O que se me ocurren algunos tratamientos gracias a ‘La ciudad desnuda’, de Jules Dassin, pero es que no sé si se me corre por esta película o por ‘The Wire’ o por John Dos Passos. No se puede escribir una novela enmarcable más o menos en el realismo sin tomar voces y estrategias narrativas de otros lenguajes.

 

Hay también una especie de estilo sincopado, basado en repeticiones y énfasis, muy meditado, con enumeraciones, con juegos de palabras. ¿A qué obedece? ¿Has querido que toda la novela fuese como un aparente ejercicio de estilo? 

Con el ejercicio de estilo me sucede como con el ejercicio, a secas. En teoría es bueno para el vigor y la salud de quien lo hace, pero me cansa rápido. Ese ejercicio (correr, por ejemplo) y ese ejercicio de estilo no lo entiendo mucho si no sirve para llegar a algún sitio.

Creo que el estilo es una forma absoluta de ver el mundo (bueno, en realidad esto lo dijo Flaubert, lo admito) y me preocupa y me concierne y me dejo la camiseta en cada cadencia y en la elección de cada adjetivo. Hay escritores sobrios que me gustan mucho, pero por lo general intento huir de la escritura IKEA, muy limpia y de líneas rectas, que no comete errores porque no arriesga.

La repetición y el estilo sincopado están ahí. Quizás tienen que ver con la música pop, que sabe decir cosas complicadas en frases simples y luego las repite trotonas. Preguntado sobre por qué grababa mil capas de guitarras y violines en sus canciones, el productor Phil Spector contestó: "Nunca has sido adolescente? No es así cómo sentías las cosas?". 

¿Es ’Rayos’ una historia de amor desconcertante, o quizá dos? 

O más, según quien la lea. A una ciudad. A un residuo del antiguo barrio: el afilador Tinet, tan a punto de extinguirse como su oficio. A Bárbara, la chica que roba y silba y que representa su memoria, su pasado, de donde viene. A Diana, la chica pija de familia corrupta que representa la promesa de todas las vidas posibles en el momento en qué puedes decidir en qué tipo de persona te vas a convertir. Nada me emociona más que algunos lectores que se alinean con una o con otra y me preguntan que dónde anda ahora Bárbara, por ejemplo.

 

¿En qué medida, incluso en la pasión, no es Fidel Centella un embaucador que se compadece a sí mismo o que forma parte de una representación? 

 

Bárbara, que lo conoce mejor que yo y que es la que le regalaba novelas cuando eran adolescentes, intenta definirlo echando mano de un arquetipo de la literatura rusa. Le dice que es un "mediocre brillante". En otras traducciones: "el hombre superfluo". Mucha palabrería y, en el momento de actuar, humo. No sé si Bárbara tiene razón, la verdad, pero Centella (insisto, especialmente al principio) es un tipo increíblemente autoconsciente y de una vanidad pasivoagresiva. Como dices, casi está declamando delante de un auditorio. ¿Es un arribista que va de vulnerable sensible o es un tío noble un poco acobardado? Bueno, pues ahí está el asunto.

 

¿Cuál es la importancia de la amistad en la novela y en la vida? 

 Uy, no sé, es importante, ¿verdad? Supongo que al principio lo que te gusta y odias de tus amigos es lo que te gusta y odias de ti. La amistad a la edad de Fidel es como una especie de familia de adopción, en la que tú eliges a tus hermanos. Esos amigos del colegio son como las pastas de un surtido de Reglero o de Cuétara: están hechos de la misma pasta, pero con acabados y sabores diferentes. La amistad es, también, un campo de pruebas en el que ensayas un poco la vida antes de vivir los problemas y triunfos con desconocidos. En esa época, y sobre todo en la infancia, se viven decepciones o miedos como quien pasa gripes: para inmunizarse poco y para crecer. 

¿Qué libros has tenido en la cabeza? 

Muchos, claro... Y algunos están de un modo u otro. Fidel piensa citando algunas frases de Las ilusiones perdidas, imagínate, pobre infeliz. O cuando se pone estupendo y dice "nunca pero que nunca nunca" está citando el Rey Lear (creo que él no lo ha leído, quizás se lo chivó Bárbara). Una escena como la del Observatori Fabra, cuando descubre todo el lío de la familia de Diana, está inspiradísima en la narrativa inglesa cómica y muy especialmente en Kingsley Amis. Las citas que encabezan los capítulos (Dickens, Fante, Orwell) dan pistas... Nuevos autores como Junot Díaz me parecen alucinantes y sabrosos. Pero al final, se dice sobre todo que ‘Rayos’ es una novela en la tradición de la novela de Barcelona. Y ahí, claro, solo puedo decir que leer ‘Últimas tardes con Teresa’ comprada a los 15 en el mercadillo de Sant Antoni, me voló la cabeza; que tardé algo más en disfrutar ‘Vida Privada’ pero ya ves cómo lo hice; que Francisco Casavella es tan importante para mí que solo lo cuento cuando voy borracho o me piden un prólogo, y muchos más. No nos gusta que nos digan que nos parecemos a otros, menos cuando ese otro nos gusta demasiado como para negarlo.

 

*La foto es de Elena Blanco Benito.

CARBONELL UNE A GARDEL Y A LORCA

CARBONELL UNE A GARDEL Y A LORCA

UN TANGO PARA FEDERICO

Joaquín Carbonell (Voces del Mercado)

[Joaquín Carbonell, tras rendir homenaje a Luis Buñuel en su anterior novela, 'El artista', mezcla ahora a Gardel y a Lorca, en Buenos Aires, en 1933. He aqueí una autoentrevista que explica las claves del libro.]

 

 

P.- ¿Cómo nació Un tango para Federico?

R.- El día en que escuché en la radio la noticia de que Federico García Lorca y Carlos Gardel se habían encontrado casualmente en una calle de Buenos Aires. No se agregó nada más. Me pareció muy curioso. Estuve un tiempo dando vueltas a esta anécdota hasta que decidí emprender la escritura de un texto para un documental. Esto sería sobre 2009.

 

P.- ¿Se realizó ese documental?
R.- No. Llegó a interesar a una productora y a un realizador, pero la caída en la crisis económica enfrió el proyecto. En mi cabeza seguía bullendo el asunto, sin encontrar  una forma de  desenlace. Un día pensé que aquello podía ser una novela. Escribí un amplio esbozo, pero se cruzó por medio el proyecto de El Artista y lo abandoné para editar esa nueva obra. Ahora ya le toca.

 

P.- ¿Qué le atrajo de esa anécdota?
R.- Que participaran dos de los más destacados creadores latinos, las dos mayores personalidades de la época, y que no hubiera trascendido nada. No hay un artículo amplio, unas declaraciones de algunos de sus testigos. Y lo más asombroso: ni Lorca ni Gardel contaron nunca que se habían conocido. Y eso es lo extraño, porque compartieron toda una velada en casa de Carlos Gardel.

 

P.- ¿Qué tiene de ensayo la novela?

R.- Es una novela, eso tiene que quedar claro. Un artefacto ideado para mentir, para evocar falsas realidades. Pero dadas las circunstancias del relato, la historia novelada se nutre de muchos datos ciertos. He trabajado mucho en la investigación, en el conocimiento de los protagonistas que intervinieron en esa fiesta que organizó Gardel en su casa. He indagado minuciosamente los pasos que dieron Gardel y Lorca los días previos a encontrarse. Y he tenido que documentarme sobre ese Buenos Aires de 1933 que conoció Lorca.

 

P.- ¿Qué hacía en Buenos Aires García Lorca?

R.- Había acudido invitado por una asociación cultural para dar unas conferencias;  y de paso coincidía con la representación 100 de sus Bodas de sangre, en el teatro Avenida. Era un viaje muy atractivo, muy apetitoso para Federico, que le encantaba conocer nuevas gentes y ciudades. Llegó a Buenos Aires el 13 de octubre de 1933 con el propósito de regresar a España en Navidad. Pero obtuvo tanta repercusión su presencia que retrasó su regreso hasta marzo. En Buenos Aires se codeó con lo más selecto de la intelectualidad argentina y latina. Intimó con Pablo Neruda, que estaba allí como embajador cultural chileno. Se hizo muy amigo del periodista Pablo Suero, todo un personaje, un tipo descomunal. Conoció y trató a Borges, con el que no congenió en absoluto. Se codeó con otros protagonistas como Norah Lange, Victoria Ocampo o César Tiempo. Pero el verdadero acontecimiento estelar fue su encuentro con Carlos Gardel, que organizó una parranda en su casa con varios invitados, y donde se cantaron tangos y coplas.

 

P.- ¿Un tango para Federico supone, entonces, una novela que trata de descubrir unos hechos históricos?

R.- Es eso, sin duda. Y en la novela se da respuesta a una pregunta que nunca obtuvo contestación: ¿Qué sucedió esa noche en casa de Gardel, que nadie quiso comentar? Pero el verdadero propósito de Un tango para Federico no es desvelar ese enigma. La intriga forma el cascarón del libro, la envoltura y la excusa. La novela me sirve para trazar el retrato y la evolución de su protagonista, Pedro Sariñena, que acude en 1983 a investigar esos sucesos de cara a un documental.

 

P.- ¿En qué sentido?

R.- En el sentido de asistir a la evolución y madurez de este personaje. Pedro Sariñena es un periodista de Jaca (Huesca), que trabaja en El Periódico de Cataluña y que forma parte de esa cadena de montaje informativo que son los medios de comunicación. Un redactor de la Sección de Cultura, pero que apenas siente curiosidad por ese ámbito. Es un mero currante.  Este viaje a Buenos Aires le sirve para descubrir una ciudad fascinante y un tiempo histórico –1933—donde las gentes del arte, la poesía, la música, el cine, eran auténticas estrellas de su tiempo. La contemplación de todo eso le conmueve, le cambia la vida y sus prioridades. Crece y madura. Y constata que Lorca y Gardel, desde la lejanía, han ayudado a transformar su personalidad, a convertirle en un ser humano mucho más sensible. Si a ello le añadimos que Pedro encuentra una joven inquietante y muy atractiva, casi está redondeado el proceso. Sin embargo aún le queda un viaje a su infancia; turbulento, insólito, completamente asombroso para el lector. Con esos mimbres se ha confeccionado una cesta muy compleja y rica que yo la titulo Un tango para Federico.

 

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

La mujer que amaba a los artistas

 

Historia de una galerista que se casó con Max Ernst, descubrió a Jackson Pollock y construyó su santuario del arte en Venecia: Peggy Guggenheim (1898-1979)

 

Antón CASTRO

“Sentí que toda la luz de mi vida se apagaba”, dijo Margueritte Guggenheim (Nueva York, 1898 –Padua, Italia, 1979) en un momento en que se le encadenaban  varias circunstancias adversas en el seno de su familia de locos y extraños, como dice Francine Prose en su libro: ‘Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad’ (Turner. Traducción de Julio Fajardo): su padre, Benjamin, hombre de negocios, murió en el Titanic, su madre estaba un tanto trastornada y repetía hasta tres veces cada frase, su hermana murió en el parto y tenía un tío excéntrico que mascaba hielo y carbón y acabaría suicidándose. Se probó en la consulta de un dentista y también en una librería de vanguardia. Aprovechó para formarse, para interesarse por algunos aspectos del arte y la cultura; al fin y al cabo era sobrina de Solomon R. Guggenheim. Hacia 1920 recibió una herencia de 2.5 millones de dólares y pensó que era el momento de emprender su primera aventura. Era una mujer más resultona que bella y un tanto acomplejada por dos razones: la nariz ganchuda de su familia y su procedencia judía. Tenía una personalidad ambivalente: era tímida y descarada, rebelde y caprichosa. No tardaría en descubrir otra facultad o impulso: la voracidad amorosa. Peggy Guggenheim –ella misma lo reveló en sus ‘Confesiones de una adicta al arte’- tuvo alrededor de 400 amantes, y la mayoría fueron artistas.

París era una fiesta, sin duda, de creación, de bohemia, de sueños y de alcohol. Ahí empezó a fraguar su leyenda: se instaló en la ciudad, se divertía, acudía a algunos estudios y a la par viajaba y frecuentaba a jóvenes artistas y creadores: Tristan Tzara y los dadaístas, Man Ray y James Joyce, a los que visitó en Normandía, Ezra Pound, con quien estuvo en Rapallo, o la mismísima Isadora Duncan, que albergó el sueño de que le financiase algunos espectáculos; no lo hizo pero le presentó a mucha gente famosa. No podemos dejar al margen a quien fue quizá su mejor consejero y tal vez amante, Marcel Duchamp; la educó, le dio consejos, fue el responsable de “mi incursión en el mundo del arte moderno”.

Casi antes de descubrir que el arte iba a ser su mejor plataforma entró en contacto con Laurence Vial, con quien se casó y con quien tuvo dos hijos: Sindbad y Pegeen; perturbada y alcohólica moriría joven. La vida con Vial no fue fácil: la maltrató a menudo, le pegaba y la empujaba por la calle. En 1929, tras seis años de convivencia tormentosa, se separaron. Entró en su vida el escritor inglés John Holms, que también tenía sus rarezas y sus arrebatos de cólera, pero cumplió el papel de amante, de amigo y de preceptor. Francine Prose dice: “Soportaba el daño físico y psicológico, humillando a los hombres, controlándolos con su dependencia económica”. Holms murió joven de un infarto. Sucesivamente ocuparon su corazón el escritor Samuel Beckett, con quien vivió 13 meses con una pasión esencialmente sexual y etílica, o los pintores Yves Tanguy y Max Ernst, que le despertó la locura del deseo y los celos, porque el atractivo Ernst, de ojos azules, estaba con ella por dinero y había perdido la cabeza por la pintora y escritora Leonora Carrington.

En esta incesante peripecia de arte, alcohol y amor, Peggy creó la Guggenheim Jeune en Londres en 1938, y duró algo más de un año. Aprovechó para presentar a los británicos el arte moderno y, sobre todo el surrealismo: Brancusi, Arp, Léger, Man Ray, Braque, Matisse, Picasso, Tanguy; más tarde, se trasladó a París y allí desarrolló su idea genial. Tras el estallido de la II Guerra Mundial adquirió, a bajos precios, cuadros a los artistas en sus talleres, como si cultivase el lema: “Un cuadro cada día”. Cuando se aproximaban los nazis a París, por sugerencia del pintor Fernande Léger, ofreció su espléndida colección para que se la guardasen en el Louvre; no aceptaron y ocultó los cuadros en un granero en Vichy. Fue entonces, en 1940, cuando conoció a Max Ernst, su segundo esposo. Al final, los embarcó en dirección a Estados Unidos y sería allí donde crearía la galería The Art of This Century, cuyo gran descubrimiento fue Jackson Pollock. Al principio no lo interesó su pintura caótica ni confiaba en él, aunque quizá le hiciese sospechar que un artista tan distinto como Piet Mondrian, de rigurosa geometría, dijese que le resultaba emocionante. Se convirtió en toda una figura, en su amante y le encargó el mural de su casa de Manhattan.

En 1947 decidió trasladarse a Venecia y en 1951 abrió a la gente el Palazzo Venier dei Leoni, que era su santuario, su galería viva y casi un centro de peregrinación. Confesó que cuando la dejó el sexo –aún tuvo otro romance con el joven poeta ‘beat’ Gregory Corso- lo que más emoción le producía era deslizarse en góndola por la laguna. Bueno, eso, y acaso repetir una y otra vez su frase más célebre: “Yo no soy una coleccionista de arte, soy un museo”.

CONGRESO DE ARTE, CIUDAD Y CRÍTICA ARTÍSTICA, EN ETOPIA

CONGRESO DE ARTE, CIUDAD Y CRÍTICA ARTÍSTICA, EN ETOPIA

 

24 Y 25 DE SEPTIEMBRE: CONGRESO DE ARTE EN ETOPIA
Este fin de semana, el sábado y el domingo, en Etopia, se celebra el Congreso "En los márgenes de la ciudad, del arte y de la crítica’. Aqií se puede ver el programa.

www.aecaspain.es/index.php/icrongreso-2/436-congreso-internacional-arte-urbano-y-audiovisual

OBJETIVOS Y BLOQUES TEMÁTICOS
El objetivo principal que se persigue con este evento es refl exionar en torno a las manifestaciones artísticas que podemos considerar en los márgenes, entendiendo como tales aquellas menos convencionales y canónicas, en particular, todas aquellas que pueden englobarse bajo el paraguas del arte urbano y las manifestaciones audiovisuales.
El congreso se dividirá en tres grandes bloques temáticos:
• Un primer bloque en el que podrá contemplarse la diversidad de umbrales urbanos, atendiendo al papel de las manifestaciones artísticas generadas (espacialmente hablando) en las periferias de las ciudades, fuera de los centros y cascos históricos o en lugares a los que habitualmente la crítica más convencional no ha prestado su atención.
• En segundo lugar se prestará atención a las propias manifestaciones artísticas en los márgenes del canon dominante, teniendo en cuenta algunas técnicas y prácticas no convencionales como el street art, la performance, el videoarte, el videojuego, el cómic, el cartel, la publicidad, etc.
• Un tercer bloque dedicado al estudio del papel, trascendencia y repercusión de la crítica del arte en los márgenes, reflexión en torno a la figura del crítico de arte, fenómenos como influencia de la crítica del arte en la promoción de la innovación artística, así como la visión por parte de la crítica de los artistas “en los márgenes”, discusiones críticas en los medios, la trascendencia de la crítica en la generación de la opinión pública siempre en el campo del arte urbano y el audiovisual.
*Inauguran el congreso Jesús Pedro Lorente y Desirée Orús.A las nueve de la mañana Lo clausuro yo el domingo, hacia la una, con una ponencia sobre la divulgación y la crítica de arte en las redes sociales.
**La ilustración es una foto muy sugerente de Antonio Campo.