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Antón Castro

EDUARDO DE LA CRUZ Y AMALIA SESMA: UN DIÁLOGO SOBRE ORDESA

EDUARDO DE LA CRUZ Y AMALIA SESMA: UN DIÁLOGO SOBRE ORDESA

[Eduardo de la Cruz y Amalia Sesma acaban de terminar un documental sobre el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido. Han contado con la colaboración de Aragón Televisión, que ha restaurado en colaboración con Filmoteca Nacional, una película de Antonio de Padua Tramullas. Es el segundo documental que hacen juntos; antes rodaron otro sobre el pintor José Beulas. Y Eduardo de la Cruz, en solitario, es autor de películas sobre Sobrepuerto, los pioneros del vuelo en Huesca, el río Ara, ’La lluvia amarilla’ y Ricardo Compairé’]

 

¿Por qué un documental sobre Ordesa?

Eduardo: En diciembre del año 1916, se firma en España la Ley de Parques Nacionales, apenas tres artículos, pilar fundamental para la posterior creación de los Parques Nacionales de la montaña de Covadonga, entre Asturias y León, y el del Valle de Ordesa o del río Ara, en Aragón. Decía De la Cuadra Salcedo, que Ordesa es el paisaje más bello del territorio español...muchos pensamos así.

Amalia: Pero se ha tratado de dar una visión diferente. Documentales de Ordesa los hay, algunos de gran presupuesto, nosotros hemos buscado la visión del fotógrafo, del ilustrador, más que la del geógrafo.

-Qué significó que se convirtiese en Parque Nacional? ¿Quién vino, qué anecdotario os apetecería rescatar?

Eduardo: Lo más importante es que, esa declaración ha permitido conservar y proteger esos paisajes hasta nuestros días, y en el futuro, para disfrute de las generaciones que nos sucederán. Tras 2 días de viaje, la comitiva que subió desde Madrid a la inauguración, recordando que se declara en el 1918 y se inaugura en agosto del 1920, recoge a Pedro Pidal, que se encontraba pasando unos días en el Monasterio de Piedra, a quién acompaña Eduardo Hernández Pacheco, autor del mapa geológico de España, distintas autoridades del gobierno aragonés y una representación de los reporteros gráficos de la época, sin olvidar a Ricardo del Arco, cronista de Huesca y autor de las fotografías de aquella inauguración. Por aquel entonces, la carretera terminaba en Broto... llegaron al atardecer y unos decidieron continuar hasta Torla, por el viejo camino de herradura, a caballo, ya de noche y con unas caballerías traídas de fuera, para los "señoritos" y que no conocían aquellos caminos...

Amalia: Hoy en día, que sea Parque Nacional, Patrimonio de la Humanidad, significa su protección frente a especuladores y personas que no entienden la necesidad de preservar espacios como este. Deberíamos aprender de nuestros vecinos del norte. El Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido es una mínima parte de todo el Pirineo, deberíamos considerarlo no sólo uno de los mayores tesoros del territorio oscense, sino de toda Europa.

-Para un cineasta, así de entrada, ¿qué tiene de especial este lugar, qué os dA, qué os ha dado?

Eduardo: La espectacularidad de su entorno, desde el mundo glaciar del Monte Perdido, pasando por sus formaciones geológicas, sus valles, sus cascadas, sus bosques... Como escribió Briet "a cada paso volvíamos la vista atrás, siempre atraen los primeros amores". Victor Hugo lo describía así "Gigantes pétreos surgidos del mar, se asoman al vacío asombrados ante este espectáculo, creado por la naturaleza durante millones de años...bosques tan viejos como el mundo"

Amalia: Entre semana y en invierno, paz. El reencuentro con mi interior, con la ausencia de cualquier problema que pueda alterar la emoción de poder disfrutar de un lugar mágico.

-¿Se puede hablar de matices diferentes en las estaciones? Es una invitación a hablar de la belleza…

Eduardo: Muchos poetas, naturalistas, fotógrafos, pintores y escritores... se han sentido atraídos desde hace siglos por estos escenarios, está claro que algo tiene... es la esencia de la belleza, es como si las propias fuerzas de la naturaleza se hubieran aliado para construir esta obra maestra.

Amalia: Cada día tiene una paleta de colores diferente, cada minuto es distinto al anterior. Sólo tienes que pasear por las páginas de Ordesa de la red y ver la cantidad de imágenes, bellísimas, que hay. El propio Beulas, al contarle que estábamos grabando en el Parque, sacó fuerzas de su interior para exclamar “¡¡Ordesa es mío!!”, recordando el tiempo en que disfruto allí, pintando.

-¿Que importancia tienen la vida, la fauna, la flora?

Eduardo: Es la conjunción de todas esas variables lo que ha creado este singular paisaje, nos fijamos en lo inmediato, sus paredes, sus cascadas, sus bosques de hayas y abetos, pero Ordesa es, entre otras muchas cosas, la recreación del mundo glaciar, el mundo kárstico, el mundo subterráneo labrado por el agua...

Amalia: Bueno, cuando llegamos al parque, siempre miramos hacia arriba por su magnificencia y olvidamos que nuestros pies se posan sobre un microcosmos que también posee la misma belleza y le otorga carácter Ver el rocío sobre las hojas de las hayas en una fría mañana de invierno, no tiene precio.

-Vayamos con la documentación: cómo ha sido, dónde habéis buscado y qué aspectos inéditos habéis encontrado?

Eduardo: Tras más de dos años de trabajo, hemos buceado entre muchos archivos, tanto fotográficos como documentales, muchos de ellos de la vertiente francesa, dónde se conserva la mayoría de la documentación que existe sobre el Pirineo. Ya que Ordesa es muy popular, hemos intentado ofrecer imágenes y documentos poco o nada conocidos, desde la creación histórica del P.N, hasta documentación de sus primeros estudiosos, aquellos padres del pirineísmo. 

Amalia: Son bastantes las personas que están recopilando información sobre el Pirineo, en general, y el Parque, en particular. Desgraciadamente, en este país, no damos la importancia que merecen los archivos documentales, y menos los gráficos, que tanta información contienen sobre nuestra propia historia (tenemos otras prioridades). Sin embargo, nuestros vecinos del otro lado de los Pirineos han sabido preservar esa riqueza patrimonial, por lo que disponen de testimonio gráfico de su historia, y la nuestra, en museos como el de Lourdes. Bien lo saben Ramón Lasaosa o Jorge Mayoral, de la Fundación de Benasque, que han querido compartir con todos nosotros parte del fruto de su trabajo de investigación y documentación adquirida al otro lado de la frontera.

- Creo que habéis recuperado una película o imágenes concretas. ¿Cuáles y cómo son?

Amalia: Buceando por la red en busca de documentación, llegamos hasta el registro de una grabación de Tramullas en la base de datos de la Filmoteca de Madrid, datada en los años 20 del siglo pasado.

Eduardo : Tras conocer la existencia de la película filmada por Antonio de Padua Tramullas en el Valle de Ordesa entre los años 1912-1929, tras llegar a un acuerdo entre Aragón TV y la Filmoteca Española, se ha restaurado para mostrarla en este documental. Las imágenes que contiene, nos muestran las casas de Oliván y Berges acogiendo a los turistas de la época, sus ropas..., como si fueran a colonizar África..., los guías de antaño y las caballerías utilizadas para ese fin... La prensa de aquellos años, citaba a los turistas cómo intrépidos viajeros que se adentraban en un mundo casi desconocido.  

-¿Quiénes son los testimonios y qué aportan?

Eduardo : Nuestro guía y maestro ha sido el geógrafo Eduardo Martínez de Pisón, que nos va explicando la formación de ese escenario. Alberto Martínez Embid, escritor y experto pirineista. Eduardo Viñuales, que nos habla del paisaje humanizado. El histórico guía alpino francés, Patrice de Bellefon, que nos viene a recordar que, aunque en los libros no conste así, a la hora de conquistar cimas para la posteridad y por delante de la aristocracia, léase Ramond de Carbonnières, andaba algún pastor aragonés. Y el trabajo de campo de los fotógrafos que más han trajinado por esos caminos, Javier Ara, Fernando Biarge, Javier Romeo Francés... 

Amalia: Además de haber tenido la suerte de contar con sus imágenes y las de Raúl  Tomás Granizo,  Guillermo Acín, Carlos Cotelo,… ¡espero no dejarme a nadie! Son el mejor testimonio de lo que es el Parque en cualquiera de sus rincones, en cualquier hora del día o época del año. Sus imágenes lo describen sin necesidad de palabras.

-¿Qué personajes de su historia os han conmovido y por qué?

Eduardo: a mi personalmente me llama la atención, las andanzas del conde Henry Russell (hemos encontrado una foto de su saco de dormir, de piel de cordero, por la falta de refugios), su excentricidad. Pedro Pidal, que en palabras de Enrique, su bisnieto, “era un hombre de una locura maravillosa”. Briet que, cuando dejó de acudir a su cita religiosa durante 21 años con el Alto Aragón, siguió realizando fotografías y retratos por los pueblos cercanos a su residencia. El aristócrata francés y padre del pirineísmo, Ramond, que se refugio en los Pirineos, huyendo de la guillotina, son muchos y de mucho calado...

Amalia: Desde pequeña he visto libros de Ordesa en las estanterías de la casa de mis padres. Briet era de los habituales, pero Monsieur Russell me llegó al corazón, seguramente por ese toque de excentricidad que todos llevamos dentro y no nos atrevemos a mostrar. Fue un personaje que, aparentemente, supo disfrutar de la vida. Y Eduardo Martínez de Pisón ¿qué voy a decir de él?  Un hombre sabio que posee el don de saber transmitir tanto sus conocimientos como la pasión, la emoción que siente por este lugar.

- Otra vez habéis recurrido a Manuel Galiana… ¿Por qué lo habéis elegido de nuevo, no teméis que al final uno acabe pensando que todos los documentales son el mismo

Amalia: Mi propuesta desde el principio fue que la voz de Ordesa fuese de mujer. Y así lo proyectamos, pero no pudo ser. Galiana es un magnífico profesional. Pone auténtica pasión a la hora de ser la voz de todos y cada uno de los personajes que “ha vivido”. Personalmente,… estoy enamorada de esa voz (risas)

Eduardo: Manolo, colabora desde hace años conmigo. Para él soy como el corresponsal del Alto Aragón en Madrid y me cuesta imaginar ya, que no sea él la voz de nuestros trabajos. Intentamos que la narración fuera realizada por la actriz Julia Gutiérrez Caba, pero no fue posible. Todos los documentales que hacemos, son el mismo, una torpe declaración de amor hacia unos lugares que son parte de mi equipaje emocional...

-Me ha dado la sensación de que es una obra muy poética: en imagen, en texto. ¿Es así?

Eduardo : En este documental, no hay cifras, ni datos, ni tampoco medidas, eso lo encuentras en cualquier guía. La idea es reflejar esa Ordesa intemporal y por qué atrae y ha atraído a tantos cantores de sus valles... Unas líneas breves de la obra "Viaje a los Pirineos y los Alpes", escrita por el  poeta Victor Hugo, dicen mucho más que algunos libros de muchas páginas, descifra con palabras la magia de ese territorio... se diría el cielo pintado de nuevo... ¿alguien puede añadir algo más a esto? 

Amalia: Bueno, ya ha habido quien, sin haber visto el documental, sólo con los poco más de 3 minutos de trailer, nos ha dicho que eso no es Ordesa, que Ordesa es mucho más. Supongo que el Parque tiene tantas versiones, tantas interpretaciones como visitantes. Cada uno se lleva un recuerdo o una impresión diferente del lugar. Nuestra pretensión, no ha sido hacer un catálogo de datos o imágenes al uso, para eso hay estanterías llenas de libros. Hemos intentado reflejar las impresiones de aquellos primeros visitantes, a través de sus escritos, sus obras gráficas y la visión actual del Parque.

-¿Con qué apoyos habéis contado?

Eduardo: Realmente, a todas las puertas que hemos llamado, nos han recibido con cordialidad e interés. Hemos encontrado complicidad en el desarrollo de este audiovisual, desde Aragón TV que confió en este proyecto, pasando por instituciones y fundaciones que nos han ofrecido toda la información disponible. Nos facilitaron la grabación aérea en el interior del Parque, cosa algo compleja, pues su normativa lo prohíbe salvo causas muy determinadas. De hecho, la gestión del territorio pertenece a Huesca, pero el espacio aéreo, al Estado español, en Madrid. Tenemos que dar las gracias a tanta gente... empezando por la Guardería del P.N, es una lista muy, muy larga de personas que nos han ido guiando, prestando conocimientos, documentos, fotografías. Gracias, de nuevo, a todos ellos... En el fondo, es una muestra del interés y cariño que, a todos los niveles, despierta Ordesa.

Amalia: y los amigos. Ahí han estado, empujando a seguir adelante. Animándonos con sus ganas de verlo.

-¿Después de haber hecho varios documentales, cuál es su secreto, qué buscáis, cuál sería vuestra poética, lo que es distingue?

Eduardo: Es una labor en la que nunca se termina de aprender, es dar salida a unas inquietudes, es seguir  "escribiendo", aunque nunca publiques un libro. Es una búsqueda, sin saber muy bien qué estas buscando. Ordesa seguirá dando de que hablar, durante muchos años.

Amalia: Yo estoy todavía en el nivel principiante. Conocí a Eduardo gracias a Compairé, don Ricardo. Me enamoré de la estética del documental y, como ya te he dicho, de La Voz. Desde que comenzamos a trabajar juntos, el Señor de las nubes, como suelo llamarle, se ha convertido en un maestro, al que me permito la osadía de darle ideas diferentes a las suyas. A veces, funcionan, a veces, no. Es perfeccionista, por naturaleza, y si hay que repetir algo, se repite hasta que quede como él lo había proyectado.

-¿Vive el documental su edad de oro o es una apariencia?

Eduardo : En nuestro país, sólo ve documentales el 10% de la población, no tenemos cultura de eso. En nuestro país vecino, Francia, ese porcentaje alcanza el 50% ... Bien es verdad, que empieza a despuntar un cine documental de calidad en España, como muestra, las películas Guadalquivir o Cantábrico, del director Joaquín Gutiérrez Acha, dónde se aúnan, creatividad y presupuesto...

Amalia: Quizá esté equivocada pero, en este país, si no eres Saura...

 

*Una foto de Pineta de Eduardo Viñuales Cobos.

LA ORQUESTA RÍOS: HISTORIA

LA ORQUESTA RÍOS: HISTORIA

La Orquesta Ríos: un siglo de música

popular desde Belver de Cinca

 

Antonio Ríos Ferrer, hijo de campesinos y barbero y albañil, fundó en 1916 un grupo que abarca a cuatro generaciones

 

PIES DE FOTO. ARCHIVO FAMILIA RÍOS

1953. El quinteto Ríos Ballarín. Son: Carlos Ballarín, Luís Ríos Pirla, Antonio Ríos Ferrer (el fundador), Antonio Ríos Pirla y José Ballarín.

 

Antonio Ríos Ferrer con sus hijos y otros músicos antes de salir de gira en los años 50-60.

 

 

 

 

Antón CASTRO

La música es el arte más abstracto que produce las emociones más concretas. Está llena de historias formidables, insólitas, cotidianas, que revelan que las melodías y las canciones están en nuestra existencia y sus pequeños detalles como una banda sonora necesaria y variada. Se cumple un siglo de la Orquesta Ríos, que surgió en la primavera de 1916 en Belver de Cinca, Huesca, no se sabe si por azar o por la determinación de un joven, Antonio Ríos Ferrer (Belver, 1901), que iba para agricultor como su familia.

Un día, con ocho, nueve o diez años, oyó el violín de un ciego, y se quedó traspuesto: sintió que algo le arañaba el alma. En ese instante, le arrebató el instrumento al invidente y oyó que gritaba: “A mí, a mí. Los ladrones me roban el violín”. El niño dijo: “No, no, no se lo voy a robar. Solo quiero tocarlo”. Lo hizo, extrajo algunas notas y el ciego lo invitó a que fuese su lazarillo. A cambio, le enseñaría música, le pagaría un poco y lo llevaría de gira: estuvieron en Pamplona, y allí el joven conoció a Pablo de Sarasate, en Valls, en Barcelona, y en muchos pueblos aragoneses.

Hicieron pequeñas giras, y al final el joven volvió a casa, a pesar de que el ciego, a través de algunos amigos, había conseguido una matrícula gratuita para el Conservatorio del Liceo. Debía echar una mano con las cosas de la vida, y se enteró de que en Ontiñena de Cinca vivía el violinista José Guioni Lebetti, ‘El italiano’, que tenía una orquestina propia: Los Italianos. En 1916, cuando creyó que el muchacho ya sabía lo suficiente, les dijo a sus músicos y discípulos que estaba cansado y que era el momento del adiós, y que dejaba su grupo a cargo de Antonio Ríos Ferrer. Poco después, a sugerencia del propio Guioni Lebetti –que es un personaje de ‘Crónicas del alba’ de Ramón José Sender-, la banda pasó a llamarse Orquesta Ríos. Antonio no podía vivir solo de la música, trabajaba en la construcción y también de barbero, que fue su empleo más estable. Barbero y practicante, oficio que también heredaría su hijo Luis.

Antonio Ríos Ferrer había estudiado poco, pero su vocación y sus ganas de saber eran infinitas. Escribió canciones, enseñó a tocar varios instrumentos y siempre fue un hombre curioso, con ganas de aprender, sin complejos, que animaba los bailes, las fiestas o incluso las proyecciones de cine mudo. Una bisnieta suya ha hecho una película de fin de curso (https://drive.google.com/file/d/0B07_IDlqcqKAcUROckpfc3RIS00/view?ts=5692d583) y recuerda que cada vez que había un cambio de rollo decía: “Ahora pasamos por un túnel”, y poco después: “Ya hemos salido del túnel”.

De su matrimonio con María Pirla Cascarosa, nacieron sus tres hijos: Antonio (Belver de Cinca, 1923), que será un maestro de la trompeta, Luis (Belver, 1925), un virtuoso del saxo, y María Luisa (1935), que aún vive, era una buena intérprete de saxofón y colaboró con las distintas formaciones en varias ocasiones.

La Orquesta Ríos fue cambiando de nombres, cada vez que se sumaba alguien a este empeño familiar: Dakota-Ríos, Ríos-Ballarín, Tony Ryvers, Ríos Sinnos (nomenclatura que nació de una errata de imprenta)… La trayectoria de Antonio Ríos Pirla es muy interesante: tocó en distintos grupos y frecuentó mucho Zaragoza: en Las Palmeras, en el Café Alaska (donde llegaba a realizar hasta cinco sesiones al día con su trompeta), en El Coto, en el Iris, e incluso, con su hermano Luis, trabajó dos años en el Kansas Circus; ellos abrían y cerraban las funciones y cobraban 70 pesetas al día (medio euro). También compuso canciones y en 1951 se fecha una de ellas, creada en los campos de Pinseque.

Luis tardó luego algo más en incorporarse de pleno a la Orquesta Ríos. Era barbero, colaboró con músicos de Zaidín en la orquesta Hilton y asumió labores de representación de artistas en Huesca. Antonio Ríos Pilar tiene dos hijos que siguen la tradición, Antonio (batería) y Miguel Ángel Ríos Palacios (guitarra), y Luis Ríos Pirla es el padre de José Luis Ríos Gabás, pianista y profesor, quien explica: “Mi abuelo solo tenía formación primaria. Escribió varias canciones. Los nietos continuamos la tradición musical, con o sin formación reglada: yo doy clases en Lleida en una Escuela de Música que es también Conservatorio, L’intèrpret, y toco en la Big Band de Lleida. Mi primo Antonio forma parte de la River side Band, que viene a ser una actualización puntual de la Orquesta Ríos, hecha con mis sobrinos y amigos, algunos procedentes de formaciones emparentadas con el maestro Guioni, que tiene una estatua en Sariñena, y da clases en la recién creada Escuela de Música de Belver de Cinca”.

Hace algunas semanas en esa localidad se celebró por todo lo alto, se le ha dedicado una plaza y una muestra, el centenario de esta orquesta, cuyo promotor Antonio Ríos Ferrer admiraba las formaciones de Xavir Cugat, Pérez Prado o Glenn Miller. Los Ríos, a su modo y sin descanso, contagiaron y contagian ritmo y pasión por la alegría y la felicidad.

 

EL ZARAGOZA VENCE AL FINAL

EL ZARAGOZA VENCE AL FINAL

CRÓNICAS / 1. Zaragoza-Huesca, 1-0. minuto 88. Casado.

 

El Real Zaragoza y la Sociedad Deportiva Huesca coinciden desde hace algún tiempo en Segunda División. Es un nuevo duelo: intenso, cada vez más impredecible, de estilos casi antagónicos. Y hoy, en la capital del Ebro, han vuelto a verse las caras. Anquela sigue al frente del Huesca, con Juanjo Camacho de capitán. Y Luis Milla es el nuevo míster del Real Zaragoza. Los blanquillos, además, han recuperado a Alberto Zapater, capitán, y Cani.

El partido se ha jugado bajo un calor casi infernal. No había más que ver, a los pocos minutos, que los futbolistas ya estaban empapados. El Huesca, ordenado y muy bien situado línea por línea, empezó mejor. Dominaba el balón, lo poseía más tiempo y tenía un plan. Los primeros quince minutos, tras el tanteo inicial, fueron suyos. Parecía que se jugaba en El Alcoraz. El Zaragoza se estancaba demasiado atrás y el balón se le escurría de las botas a los escasos segundos. Poco a poco, merced al trabajo de recuperación de Zapater, que se fue estirando y abandonó la sobreprotección de sus centrales, y a la inspiración de Lanzarote, el choque se volvía un poco más zaragocista y empezaron a forjarse varias situaciones de gol. Sergio Herrera estaba a un gran nivel: ha sido clave, en situaciones específicas, a un disparo de Xumetra y a las jugadas de Lanzarote, muy entonado.

Con todo, el Zaragoza era un bloque errático, sin muchas ideas, muy metido entre los suyos, prudente. Justo de determinación. Cani hacía poco y solo de vez en cuando administraba ese brillo distinguido con que adorna un partido; arriba Ángel peleaba y buscaba su instante. No llegaba pero sí se produjo una situación controvertida: Bambock, a quien le había sacado una primera tarjeta rigurosa, fue expulsado. Y todo daba a indicar que los blanquillos iban a llevarse el partido con claridad en la segunda mitad.

El Real Zaragoza desarrollaba un juego un tanto decepcionante. Sin ingenio, con escasos recursos y sin demasiado brío. Le faltaban un poco de aceleración, ritmo, fluidez en la circulación y manufactura sutil en la elaboración. Milla, que miraba al rival con mucho respeto, hizo algunos relevos: el de Muñoz por Xumetra, Fran entraba por Isaac, que buscaba la línea de fondo. Ni así. No había vértigo ni auténtica ambición, y el Huesca remató al larguero y se estiraba con Samu Saiz o Urko Vega o Aguilera. Los oscenses hacían a la perfección su trabajo: contenían atrás, estrangulaban el juego de creación; seguía en el campo sin demasiado brillo Erik Moran -¿no tiene el Real Zaragoza un jugador más incisivo y vertical cuando se juega en casa contra diez contrarios?- y sucedían pocas, muy pocas cosas. Hasta que un fallo de Nagore fue la ayuda inesperada de Milla y sus chicos. Marcó Casado, en el minuto 88. Y Anquela se quedó con un palmo de narices. Toda su estrategia, se desplomó en una segunda jugada infausta. El ángel de la suerte estaba del lado de Luis Milla.

El Zaragoza ganó más milagrosamente que nada. Y el Huesca sigue abonado a su mala suerte: le pasó el año pasado, le pasó hace unos días ante el Nástic y le ha pasado en este partido, donde había trabajado por el empate. Eso sí, victorias como éstas son decisivas para subir y también para pensar: Milla debe ser un hombre cauteloso que sabe que esto va para largo, para muy largo, y que no se sube a la cumbre tras el tercer partido. Por el momento, el Real Zaragoza comparte el liderato, con siete puntos, con el Levante y el Valladolid.

 

*En la foto de Toni Galán para Heraldo, Cani y Camacho.

EL LIENZO DEL PRÍNCIPE DE VIANA

LETRAS ESTIVALES*

 

Un cuadro magistral que se llevó El Prado

 

‘El príncipe don Carlos de Viana’, el gran retrato de Moreno Carbonero, estuvo en el Museo de Zaragoza desde 1919 hasta 1992

 

PIE DE FOTO. MUSEO DEL PRADO

‘El príncipe don Carlos de Viana’ (1881) de José Moreno Carbonero, uno de los cuadros de pintura histórica española del siglo XIX

 

Antón CASTRO

“La pintura se me manifestó, hace ahora 35 años, en el Museo Provincial de Zaragoza a través del cuadro ‘El príncipe don Carlos de Viana’, pintado por José Moreno Carbonero. Recuerdo la vivísima impresión que me causaba el modo en que está pintado el polvo de los libros y la estantería del fondo. Iba a menudo a verlo. Me gustaba mucho”, escribe el pintor Pepe Cerdá. El también artista y escritor Eduardo Laborda acudía a visitar a menudo aquel cuadro insólito, de un único personaje, con el perro a sus pies y la biblioteca detrás, porque le encantaba aquella obra academicista y magistral, del solitario resignado y melancólico. “En los años 70, hasta su transformación, el Museo de Bellas Artes de Zaragoza era de los mejores de España. Y su colección de pintura del siglo XIX era extraordinaria. Ese lienzo estaba en la primera planta y era toda una lección pintura, de técnica y de emoción. José Moreno Carbonero lo había pintado con 21 años. Impresionante”, dice.

‘El príncipe don Carlos de Viana’ es un óleo de 1881, realizado en Roma, donde el pintor malagueño estaba pensionado, de 3.10 metros de largo por 2.10 de ancho. Lo adquirió el Museo del Prado ese mismo por 5.000 pesetas (30 euros) porque recibió la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1919 se cedió en depósito al Museo de Zaragoza, que lo registró en varios de sus catálogos desde 1933 y lo exhibió hasta los años 70, instante en que fue retirado a los almacenes cuando se hizo la remodelación para instalar los fondos de arqueología. En 1992, cuando José Luis Díez organizó una gran exposición sobre ‘La Pintura del siglo XIX en España’ en el Museo de Arte Moderno, fue reclamado y ya no volvió a Zaragoza, algo que también ocurrió con otra obra fantástica aún de mayores proporciones: ‘Últimos momentos del rey don Jaime I el conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo don de Pedro’ (1881) de Ignacio de Pinazo.

Ahora ‘El príncipe don Carlos de Viana’ está expuesto en las espectaculares salas del Museo del Prado dedicadas al siglo XIX, muy cerca de ‘Doña Juana la Loca’ (1877) de Francisco Pradilla y de ‘Los amantes de Teruel’ (1884) de Muñoz Degrain. Es un cuadro que impresiona, distinto a todos: la anécdota narrativa se ciñe a un único personaje, inscrito en una decoración infrecuente, casi mística o metafísica. Don Carlos fue uno de los personajes más infaustos e historiados por la literatura y la pintura: inspiró a Zorrilla en ‘La lealtad de una mujer y aventuras de una noche’ (1840) y a Gertrudis Gómez de Avellaneda su drama ‘El Príncipe de Viana’ (1844), pero también a artistas como Emilio Sala, Vicente Poveda, Julio Cebrián y Mezquita y Ramón Tusquets, entre otros.

Era el primogénito de Juan II de Aragón y de Blanca de Navarra, a la que también pintó José Moreno Carbonero (Málaga, 1860-Madrid, 1942), y era por tanto el legítimo heredero de ambos tronos. Juan II se casó en segundas nupcias con Juana Enríquez, madre de quien sería Fernando el Católico. Comenzaron las intrigas, de tal modo que Carlos cayó en desgracia y el rey hizo una maniobra extraña, sobre todo ante la popularidad y el cariño que suscitaba en Cataluña: encerró a su propio hijo y lo desposeyó de sus honores. El joven intentó recuperar sus derechos, pero le fue imposible y entonces se vio abocado casi a una existencia de fugitivo, centrado en el retiro, en la soledad y en la reflexión. Se marchó a Francia, fue amigo y confidente de Ausías March, que solía leerle sus poemas o trovas, y finalmente halló refugio en Nápoles, al amparo de su tío Alfonso V. Decidió recluirse en un monasterio próximo a Mesina, donde lo imaginó Moreno Carbonero. Se casó a los 18 años, guerreó, intrigó, conoció la prisión; pero aparece siempre envuelto en la fatalidad.

Algunos historiadores y críticos de arte han escrito que el joven artista “pintó la biblioteca de un alquimista, no la de un príncipe”, según recogió ‘La Época’. El propio José Luis Díez matizaba: “Así, tanto libros y mobiliario como la propia figura del noble están concebidos con el mismo sentido general de decrepitud que indica su destino sombrío, subrayado además por la austeridad cromática de la composición, tan solo rota por la riqueza del terciopelo encarnado del almohadón”. El cuadro destaca por su dibujo impecable y por la calidad de su pintura, por la riqueza de detalles, que acentúan el desaliño y el olvido, por la exactitud del sitial gótico y por esa atmósfera de desamparo absoluto. Había sido abandonado por casi todos, salvo por su perro.

Su destino fue aciago y enmarañado. Regresó a Barcelona en loor de multitud, pero las adversidades y conjuras siempre se multiplicaban a su alrededor. Murió en 1461, a los 40  años, en el Palacio Real de de Barcelona; quizá fuese envenenado. En cualquier caso, el retrato de Moreno Carbonero luce espléndido en el Museo del Prado y verlo allí, y pensar que estuvo en Zaragoza durante más de 70 años, produce una melancolía pareja a la que siente ese personaje flaco, de mediana estatura, que halló consuelo en la meditación, en la lectura y la escritura, y que parece el perfecto Segismundo de ‘La vida es sueño’ de Calderón de la Barca.

 

*Tomo de aquí la foto: https://content3.cdnprado.net/imagenes/Documentos/imgsem/08/0803/0803bb04-cec0-4544-9890-94c329fef4af/5e098b8d-cd87-46f3-af32-f3939be66ecb_832.jpg

JORGE SANZ BARAJAS HABLA DE 'CAPITAL DEL DESIERTO'

CAOUTAK DEK D

El escritor y profesor Jorge Sanz Barajas (Zaragoza, 1967) acaba de publicar su segunda novela: 'Capital del desierto', que transcurre en la Guerra y en la posguerra, en concreto en 1958 cuando en Zaragoza se rueda 'Salomón y la reina de Saba'. Una parte de esta entrevista publicaba ayer en Heraldo de Aragón.

-¿Qué tipo de novela has querido hacer: un relato de la Guerra Civil o de la posguerra, un friso social, la construcción paulatina de la imposible normalidad en la posguerra?

Capital del desierto” es un relato que trata de contar cosas pequeñas en apariencia, a gente que no figura en los libros de historia, en esos años en que la posguerra debería haber terminado ya. Pero lo importante en la narración es hacer que las cosas pequeñas parezcan grandes. Esta gente descubre que sigue viviendo igual o peor que en 1936, que les han engañado y que quienes han ganado la guerra son los grandes terratenientes de siempre, las grandes familias que han gobernado esta ciudad desde la Restauración. Por azar, la vida de esta gente pequeña se cruza con la de la gente importante, y a veces saltan chispas… Hay un puñado de personajes que están mucho más cerca de lo que imaginan, pero no lo descubren hasta que no salen del cascarón en que el Régimen los quiere mantener. No sabría decirte a qué género puede adscribirse, pero seguro que no es otra novela más de la guerra civil o de la posguerra. Hay en ella un cierto análisis de cómo se diseña Zaragoza y cómo vivió ese momento un barrio como el del Las Fuentes. Ficción, sí, pero quizá no tanto.

-¿En qué medida te ha obsesionado o interesado a ti la Guerra Civil?

Siempre me ha interesado. Trabajé durante años la literatura del primer tercio de siglo y me interesé por la estimativa de quienes escribieron a uno y otro lado del frente. Hay heridas sin sanar y me preocupa que haya políticos que insistan en que hay que olvidar: como si no hubiera sucedido nada. Recordar y reconocer es una etapa esencial para la reconciliación. Nuestros mayores problemas presentes (corrupción, política de vivienda, modelo de crecimiento, crisis del modelo político, del sistema educativo y cultural) provienen de una gestión arcaica y feudal tolerada durante cuarenta años y consentida en parte durante la transición. Para salir de este atolladero, hay que conocer qué pasó y quién hizo qué… Y todavía no lo sabemos, mientras Alemania conoce al detalle todo lo que sucedió y ha rasgado todos los veos que había que rasgar. El precio que tuvimos que pagar por la libertad fue el silencio. Esta novela es un intento humilde de dar voz a esa gente que tuvo que callarse.

 -¿Por qué has distribuido la novela en tres tiempos distintos: la Guerra, la posguerra y 1958? ¿Querías hilvanar un continuum?

En realidad intenta ser una novela a escala humana. Como nuestro mayor poder es la imaginación, que suele llevarnos al futuro o al pasado aunque no queramos, eso le pasa a la narración: empieza en los últimos momentos de Primitivo y se va desplegando desde su memoria convulsa, desde los recuerdos de alguien que no quiere que se le escape nada de lo vivido. El continuum existe porque el narrador está convencido de que la posguerra no acaba en 1958 sino que se convierte en otra cosa: lo dice el ministro Arrese: “ya no seremos proletarios, seremos propietarios”. Pensaron que dar una casa acababa con la conciencia de trabajador, pero en realidad lo que estaban haciendo era un gigantesco pelotazo urbanístico a base de recalificaciones cuya magnitud desconocemos aún, pero da el pistoletazo de salida al modelo económico español de fin de siglo (y de la actualidad). Estoy convencido de que aún seguimos ahí en cierto modo. Lo pagamos todos, y lo seguimos pagando.

-¿Qué significó el año 1958 en la ciudad?

 1958 fue un soplo de aire fresco: la llegada de Gina Lollobrigida, Tyrone Power, George Sanders o King Vidor a Valdespartera, una fosa común con más de mil fusilados que se convertía por obra y gracia del séptimo arte en un escenario de cine. Luego vendría la primera ofrenda de flores. La gente empezaba a conocer el movimiento surrealista en torno al Niké, a Miguel Labordeta, a Manuel Pinillos, a Santiago Lagunas, Cirlot había hecho la mili aquí y había dejado impronta, había un puñado de excelentes pintores… Zaragoza era un pequeño oasis en medio del desierto, una ciudad emergente en medio de un país que aún se frotaba los ojos tratando de entender lo que había sucedido. Siempre hemos tenido un punto “perro” en esta tierra, y no siempre lo hemos sabido apreciar. Tampoco desde fueera lo han sabido entender, ciegos de tanto mirar al este y al oeste.

¿Qué trajo de sueño, de despertar, el rodaje de 'Salomón y la reina de Saba o fue una construcción posterior, de carácter casi legendario?

He hablado con mucha gente que conoció ese episodio de cerca: la llegada de los actores al Gran Hotel, el morbo de la presencia de la Lollobrigida, la posibilidad de hacer de extra… Si hoy pidiéramos a todos aquellos que tienen una flecha de goma de aquel rodaje, llenaríamos un almacén. La gente acudía en masa paseando con los niños para ver el rodaje. Todo eso se desvaneció con el tiempo, como si no hubiera tenido importancia. En esta tierra tenemos una cierta tendencia a dejarle hacer al viento, a la resignación y a un encabronamiento tardano. Pero para mí, lo esencial de ese episodio es que quienes recordaban haber enterrado allí tantos cuerpos, callaron por miedo o por desidia. Nadie parecía recordar que ese escenario era una fosa común: eso es abrir la puerta a que se convierta en una autopista o unas ferias.

-Parece una novela coral, aunque hay un personaje más importante como Primitivo, que ha estado en la División Azul… ¿Cómo te has planteado la relación y la psicología de los personajes?

La casa donde sucede la historia es mi casa, uno de esos viejos bloques de sindicatos a la entrada de Compromiso de Caspe. Conviví con decenas de personas que bajaban la persiana, que chistaban cuando alguien levantaba la voz, que se estiraba la falda al sentarse, que miraban con miedo, de reojo. Había muchas historias en ellos y ellas. No he pretendido contarlas todas, obviamente, pero era gente que merecía y esperaba algo más. Y nunca lo tuvieron. Muchos murieron antes de tiempo. Hay muchas voces porque los sentimientos que se despliegan son comunes a muchos hombres y mujeres, no son propios ni propiedad de nadie. La humillación, la vergüenza, la alegría, la esperanza no se consumen cuando se conviven: se multiplican. Todos los personajes tienen algún vínculo que les une a algún otro. Y todos tienen algún atisbo de profundidad. Como decía Dickens, estamos mucho más cerca unos de otros de lo que nos imaginamos. Nos creemos ese cuento del individualismo mientras estamos dándonos codazos en el autobús. El individualismo está pensado para que no seamos conscientes de que somos multitud, somos más. Cada propietario es uno y único, pero cada proletario es todos los proletarios y uno mismo. Primitivo ha vivido desde su vida pequeña todo el siglo, como muchos otros: la pérdida, el desconsuelo, la guerra, la esperanza, la venganza, la libertad… Va creciendo en la novela conforme va viviendo. Es un personaje que fermenta. En la novela, algunos crecen y otros no, pero los que no lo hacen es porque han elegido quedarse como están: les va mejor… Primitivo, en cambio, ha estado en la División Azul por obligación: es un superviviente de esta y muchas otras cosas. Como otros muchos, siente que les invitaron a ir a esa guerra para poder medrar entretanto en la ciudad mientras ellos caían en Rusia: no estaban muy equivocados.

-Zaragoza sería algo más que un escenario… ¿Es también un personaje?

Tienes razón: Zaragoza es una mujer que va recibiendo hijos a oleadas, los va criando, los va empujando al combate, los entierra con más o menos poma, los esconde… Veo la ciudad, salvando la distancia, como la veía Víctor Mira en aquellos poemas de Madre Zaragoza. Es la ciudad más viva y activa que conozco, la que más vibra, la que más alto grita, la que más odia y la que odia con más amargura. En cierto modo, seguro que le duele tener tanto hijo mal enterrado y está necesitando un aquelarre..

-¿Qué supuso el crecimiento de la ciudad? ¿Qué contradicciones levantó, cómo fue?

Zaragoza se estudia en geografía urbana como un modelo de crecimiento caótico. No conozco tan a fondo el tema como para hablar de él, pero parece claro que creció en función de intereses urbanísticos de grandes familias, que ha sido terreno abonado para la especulación y que ese clasismo ridículo que determinaba el barrio en el que habías crecido, sigue existiendo hoy en día. Un dato concreto: hay unos mapas interesantísimos en la red acerca del nivel de estudios y el barrio de procedencia en esta ciudad. Lo explican todo mejor que yo. Esa es la herencia que nos dejó este modelo de desarrollismo tramposo. Es curioso que en el Barrio de Las Fuentes, al estallar la guerra, apenas había media docena de afiliados a Falange, el porcentaje más bajo de toda la ciudad; al repoblarlo con casas de sindicatos, llegan muchos viejos falangistas que ya están desencantados con Franco, añoran la revolución pendiente se consideran mal pagados por la guerra. Pero es gente pragmática y se calla. Casi toda, porque algunos empiezan a agitarse, a encontrar lazos comunes con otra iglesia, con movimientos de izquierda, con gente inquieta, y es el fermento del asociacionismo de barrio que ha sido tan importante para entender esta ciudad.

-Hay un momento en que un personaje se pone a soñar, mira el futuro y ve una ciudad de millón de habitantes. ¿Cuánto tardaremos en llegar a esa cifra y qué piensas que podría pasar entonces?

Ese sueño es una pompa de jabón. Para el desarrollismo, el número “millón” era mágico en muchos sentidos, no todos honorables. Dudo que algún día alcancemos esa cifra. En todo caso, no creo que cambiáramos mucho. Me dijeron hace poco que seguimos teniendo un 60% de ADN ibérico pese a todas las culturas que nos han atravesado. Esa tendencia sigue marcándonos: por desgracia, muchos de los chavales de mi colegio han estado en Paris, Londres o Roma pero jamás han pisado el Barrio Oliver, Las Fuentes o Montemolín; serían incapaces de ubicarlos en un mapa de Zaragoza. Eso sería una ciudad de un millón de habitantes, por desgracia: un archipiélago con una isla central descconectada de sus partes.

-Se ve que ha habido un proceso minucioso de documentación. ¿Cómo ha sido, qué buscabas, qué te ha interesado especialmente?

El trabajo de documentación ha sido minucioso y artesanal. He pasado cuatro años hurgando y leyendo, mirando mapas, consultando planos, leyendo periódicos, memorias...  Me ha costado algún disgusto en casa porque me embebía en exceso. Cuando veo que algunos escritores tienen equipos de documentación que les dan el trabajo masticado, me parece un gravísimo error: conforme buscas un camino, encuentras otros tres más ricos que el primero, pero eso solo lo huele el que busca con toda la artillería narrativa en la cabeza. Me ha interesado especialmente los planos de las casas, los callejeros, la ubicación de los comercios, la vida cotidiana, los problemas sindicales y laborales, las condiciones económicas… Desde ahí podía fermentar cada conflicto. Y luego me interesaba mucho lo que se iba despertando en mi memoria de mis vecinos, de las historias que contaban mis amigos de infancia, las de sus padres. Me interesaba más lo que se callaba que lo que se contaba.

-¿Es tu visión de la política del momento como un pico de chiste, inconsistente, casi frívola, dentro de un clima de desconfianza general y represión?

Creo que tenemos una predisposición al chiste en medio de la represión: cuanto más nos aprietan, más risa nos entra. El ejemplo es esa escena real en la que el ministro Arias Salgado defiende la censura, Eduardo Haro Tecglen le pregunta qué tiene de beneficiosa, Arias le contesta que ha disminuido la masturbación en España… Y cuando Haro, con morbosa curiosidad le pregunta cómo se sabe ese dato, el ministro le espeta: “Pues hombre, por las estadísticas de los confesionarios”. Esa anécdota es cierta: está en las memorias de Haro y yo se la he oído contar de su boca. No es que lo provoquemos, es que el chiste está escondido en los pliegues de la represión, solo hay que darle algo de aire. La política del momento daba para mucho: advenedizos, golfos, crápulas, teóricos de pacotilla, trileros disfrazados de empresario, políticos analfabetos, viejos militares sedientos de otra guerra, como un cuadro de Georg Grosz, esa era la corte del Faraón que pinta Berlanga en La escopeta nacional. Nadie dibujó mejor que Azcona ese tiempo.

-¿Qué hay de esa afirmación de “Zaragoza está llena de furcias”?

Era un dicho de la época: “Zaragoza, la ciudad de las tres pés: Pilar, palomas y putas”. Se trata de una exageración, pero es que al lado de mi casa estaba el Club La Asturiana, y siempre que pasaba de día estaba cerrado con una gruesa reja pero al atardecer entraban tipos que miraban a un lado y a otro antes de pasar adentro, un local con luces rojas y una densa humareda que se adivinaba desde fuera. Las mujeres del barrio convivían con esta realidad desde sus silencios. Una ciudad con tantos militares, con tanta feria agrícola, con tanto terrateniente de paso, era terreno abonado para la prostitución; pero la expresión “furcia” tiene el tono despectivo del varón cliente. En aquellos años de la posguerra, muchas mujeres no tenían otra alternativa que la prostitución y todas tenían una inmensa necesidad de dignidad. En El Coso, todo el mundo sabía de pisos de mantenidas, de queridas, etc. Pero no creo que en esto fuéramos una excepción.

-Aparece el Real Zaragoza pero un poco como un cameo desde el presente. ¿Por qué?

Soy socio y sufridor. La Romareda se estrena en la Liga 57-58. Tener un estadio nuevo y grande significaba tener un equipo con potencial. Pero es verdad, sí, es en cierto modo un conjuro para ver si volvemos a primera de una puñetera vez. Y hay algo de nostalgia: un día, Pepe Melero nos presentó a mi hijo Juan y a mí a José Luis Violeta; le había contado a Juan que mi padre, su abuelo, adoraba a Violeta. El azar quiso que acompañáramos un rato a José Luis por Gran Vía y Juan no entendía cómo la gente no le reconocía y le paraba por la calle. Lo decía con cierto desconsuelo. A mí me parece espléndido tenerlos en la mente: esos viejos jugadores son nuestra memoria y nuestra genética.

-Hablemos de los personajes femeninos...Mercedes, Felisa, Nena Guillén…

Son lo más poderoso de la novela: fueron educadas para ser alguien, se tuvieron que conformar con ser invisibles y cada una tiene su historia y sus sueños. Mercedes es estraperlista todavía, Consuelo vive entristecida con un marido amargado y sediento de venganza, Carmen sueña con ser actriz aunque sabe que nunca podrá serlo, y Felisa es quizá el personaje más elaborado: enviudó demasiado pronto, nunca mira a los ojos pero lo sabe todo de la gente desde su vida gris. Cada día rellena una botellita con agua de la fuente de la Samaritana y riega la acacia de la calle Rusiñol donde se le declaró su novio. Esa acacia existe y tiene una oquedad en su base donde Felisa escondió la medallita que le regaló Baltasar. Es una romántica que espera la mano de nieve y observa a sus vecinas con una extraña mezcla de envidia y nostalgia. He conocido a mujeres como ella, enlutadas y fuertes como el acero, pero discretas y silenciosas, celosas de la virtud y listas como el hambre.

-Entre los personajes pintorescos, aparece José María Zaldívar, 'El vigía de la Torre Nueva'. Explícanos ese personaje

Está quizá demasiado caricaturizado, y fue más importante de lo que pudiera pensar quien lea la novela y o indague más sobre él. Lo uso en un par de momentos y es cierto lo que cuento: gana unos juegos florales con unos versos no demasiado afortunados si los comparamos con lo que estaban escribiendo los poetas del Niké, pero los gustos del régimen eran así. El segundo momento también es histórico: le expulsan del rodaje de Salomón y la reina de Saba porque intentó colarse en el camerino de la Lollobrigida para entrevistarla. Podría haber cambiado su nombre pero me pareció poco honesto hacerlo porque las cosas sucedieron así. En otros personajes sí he alterado su nombre por diversas razones, aunque muchos son fácilmente reconocibles para quien conozca la Zaragoza de aquellos años. Repito que Zaldívar me parece una persona muy interesante, de vasta cultura y grandes conocimientos, y es cierto que la narración tiende a caricaturizarle, pero las novelas no están para hacer justicia y salen como salen.

-Ultimo asunto: ¿fue la posguerra como una letanía ininterrumpida?

Sí. Fue mucho más larga de lo que podamos imaginar. De hecho, estoy convencido de que el plan Arrese fue un intento fallido por darle carpetazo. Nos sacó de ella un poco de aire fresco como las películas de Fellini o el rodaje de Salomón y la Reina de Saba. Creo sinceramente que este rodaje, la ofrenda de flores y unos cuantos eventos más invitaron a mirar hacia delante con una mirada más limpia. El surrealismo maño acabó por revolverlo todo. En cierto modo, estos años fueron un punto de inflexión. Entre 1957 y 1961, Zaragoza dejó atrás muchas cosas y empezó a ventilarse un tanto. Los barrios que se gestaron con estas casas de sindicatos, lejos de ser corrales de ovejas sumisas, empezaron a ser semillero de libertad.

-¿Qué autores te han acompañado durante la redacción del libro?

Muchísimos. Mentiría si dijera que no leo mientras escribo para no contaminar mi estilo. La voz narrativa en una novela se va cuajando a base de lecturas. Por sus páginas quisiera haber atrapado huellas de los diálogos de Max Aub, las voces de Rafael Azcona, la capacidad para convertir lo sencillo en profundo que tiene Martínez de Pisón, el estilo seco de Cheever, la prosa paciente de Berta Vias Mahou, la mirada de García Pavón, la lentitud de García Badell, la chispa verbal de Jordi Soler, muchas viejas historias que cuenta Pepe Melero en sus columnas, las memorias de Luis Horno, de La Cadiera… Miro los archivos de notas que guardo en mis cuadernos y en el ordenador y te podría anotar cientos de autores. A muchos los leo con suma atención, de otros tomo prestado un par de apuntes, a otros los envidio de manera insana. Ha pasado mucha gente por esta historia. Pero la voz ha estado sometida a una depuración exhaustiva. Una vez terminé el primer borrador, lo dejé dormir durante seis meses hasta poder leerlo como si no fuera mío. Luego lo he revisado otras tres veces a partir de consejos de amigos que tuvieron acceso al manuscrito. Los autores están ahí presentes, pero su voz se detuvo hace un año largo para dejar hacer a la del narrador.

1. Tomo la foto del libro de aquí: 

http://static.plenummedia.com/40793/images/20160725181100-9788494398858-web.jpg?dh=NDcweDQ1MA%3D%3D&m=resize

2. http://antoncastro.blogia.com/upload/20140218015205-jorge-sanz-de6aea90.jpg

1916-1956: JUAN RAMÓN Y ZENOBIA

1916-1956: JUAN RAMÓN Y ZENOBIA

El amor inagotable de Zenobia

y el poeta Juan Ramón Jiménez

 

‘Diario de un poeta recién pasado’ cumple un siglo y a la vez hace 60 años que el escritor recibió el Nobel, tres días antes de la muerte de su esposa

 

Antón Castro

Juan Ramón Jiménez (Moguer, 1881-Puerto Rico, 1958) fue un poeta depresivo y neurasténico con una inmensa capacidad de trabajo. Aquel “muchacho despatriado”, como lo llamó Ignacio Prat, tenía la cabeza en las nubes y en las más hermosas regiones de la poesía, pero los pies y el cuerpo en el suelo. Fue enamoradizo y vivió grandes historias de amor, algunas tan literarias como la de Georgina Hübner, la mujer inventada por unos poetas peruanos, o de sexo sencillamente como se ve en su poemario ‘Libro de amor’: no tenía reparos en seducir a monjas (algunas aragonesas: Pilar Ruberte, de Zaragoza; Amalia Murillo, de Sariñena, y la madre superiora, Susana López, de Mallén) o la esposa del director del hospital. Luego en la soledad de su estancia les dedicada hermosos poemas de trasfondo erótico. En 1913, casi por casualidad, conoció a Zenobia Camprubí Aymar (1887-1956) y decidió que iba a ser la mujer de su vida. Ella era todo un carácter: había vivido en Mallorca, Barcelona y Estados Unidos, hablaba inglés, era traductora y escritora y se manejaba en diversos negocios, sobre todo de artesanía popular y de inmobiliaria. Era una mujer moderna e independiente, que escribía cuentos, poemas y diarios en inglés y castellano, y que había tenido algunos novios. Uno de ellos, norteamericano, aún andaba por ahí al acecho; deseaba casarse con ella. Exhalaba vitalidad y energía. Ya de joven había escrito: “Estoy tan encantada y tan entusiasmada con todo, que no creo que haya ni una persona que disfrute de la vida más que yo”,

Al principio a Zenobia el poeta Juan Ramón Jiménez no le hacía mucha gracia. Tenía fama de raro, pero él se armó de paciencia y de poesía, y logró sus sueños: seducirla y convencerla para que se casasen, pese a la oposición materna. Ella lo llevó en secreto, consultó con algunas amigas y con su hermano, siempre cauteloso, pero al final accedió y fijaron la fecha de la boca el 3 de marzo en Nueva York. A la madre de Zenobia le costó aceptar la noticia: a ella el novio le gustaba nada.

En febrero de 1916, hace ahora un siglo, Juan Ramón Jiménez decidió viajar a Estados Unidos y empezó un libro: ‘Diario de un poeta recién casado’, que se inicia con su salida de Madrid hacia Cádiz, continúa con el viaje en barco, sigue en Nueva York, contempla una nueva travesía, ahora en el buque Montevideo, el retorno a Madrid y el recuerdo de muchos instantes. Ese libro se publicó a principios de 1917, pero la primera edición de Calleja lleva en portada la fecha de 1916. Es uno de los grandes textos de Juan Ramón, de gran unidad: un libro de viaje, un volumen de confesiones y emociones, la crónica de una luna miel donde se explora una nueva poesía, más desnuda, con ecos simbolistas en ocasiones, que se alza sobre tres elementos: el amor, el cielo y el mar.

La Universidad de Huelva publicó un precioso estuche de ‘Diario de dos recién casados’, donde la editora Emilia Cortés Ibáñez recoge el texto de Juan Ramón y las distintas notas del diario de Zenobia. Por ejemplo, escribe: “Juan Ramón y yo tenemos un gran disgusto y luego mayor comprensión y mucho más cariño verdadero”. Y un domingo anota: “Voy a misa, luego me encuentro mal y me meto en la cama. Por la tarde mamá viene a hacerme compañía y me lee cuentos”. Zenobia y Juan Ramón colaboraron en varias traducciones: la más famosa fue la de Rabindranath Tagore. Juan Ramón, perfeccionista hasta la exasperación, fue nombrado director de publicaciones de la Residencia de Estudiantes.

En 1936 se fueron de España. Juan Ramón firmó un documento de adhesión a la II República. Al poeta le concedieron un puesto de agregado cultural en la Embajada de España en Estados Unidos. Vivieron allí, luego en Cuba, más tarde en Marylanda y en Nueva York, de nuevo, y en 1951 llegaron a San Juan de Puerto Rico. Ambos daban clases y el poeta afinaba sus grandes libros: ‘Romance de Coral Gables’, ‘Animal de fondo’, ‘Dios deseante y deseado’ o el famoso poema en prosa ‘Espacio’. Zenobia no le dejaba ni un instante: a su modo, con ese código secreto que tienen todas las parejas, se amaron con locura. A Zenobia se le descubre un cáncer. Y un 25 de octubre de 1956 le dan la gran noticia de su vida: la concesión del Premio Nobel de Literatura por “por su poesía lírica, que constituye un ejemplo de elevado espíritu y pureza artística en lengua española”. Como su esposa está muy enferma, JRJ se plantea no decírselo. Al final se lo dijeron y quizá fue el mejor regalo en el momento del adiós. Ella había escrito: “A Juan Ramón no se le puede dejar solo en absoluto. Él es queridísimo aunque me vuelva loca”. Apenas dos años después falleció el poeta. No se acostumbraba a estar sin su amor, su mujer, su cómplice, su enfermera. Al fin y al cabo aquella mujer le impulsó a escribir: “Yo solo vivo dentro / de la primavera”.

 

RENÉE PERLE: LA MUSA DE LARTIGUE

RENÉE PERLE: LA MUSA DE LARTIGUE

Renée Perle, la musa moderna de Lartigue

 

Historia de un misteriosa, elegante y fotogénica mujer a la que Lartigue le hizo 340 fotos

 

Antón CASTRO

Jacques-Henri Lartigue (1894-1986) fue fotógrafo, pintor, cineasta y escritor. Solía escribir muchas notas en sus 130 álbumes de imágenes y firmó unas memorias: ‘Instantes de mi vida’. Fue un hombre de frases sencillas y a la vez hondas: “La vida es algo maravilloso que baila, salta, vuela, ríe y pasa”. He aquí una perfecta síntesis de su universo. Fue el fotógrafo del mar, del vuelo, del movimiento, de la moda, de los deportes, del paseo, de la belleza femenina y de esos instantes que se vuelven inolvidables al ser fijados por su cámara. En 2011 llegó a la Lonja su exposición ‘Un mundo flotante’, más de 200 fotos de un archivo impresionante, al margen de modas y escuelas, compuesto por más de 100.000 instantáneas. El título aludía a algunas de sus características: la levedad, la ausencia de conflicto, la exaltación de la alegría y del placer. Allí se veía muy claro que Lartigue, de suaves maneras, un rostro angelical y mirada de pícaro, era el fotógrafo de la felicidad. En uno de sus álbumes escribió otro autorretrato: “Ser fotógrafo es atrapar el propio asombro”.

Lartigue se casó tres veces: en los años 20 con Bibi Messager, con la que vivió hasta 1929; con Mancella Paolucci, ‘Coco’, en 1932, convivieron durante casi una década, y con Florette Ormesa, se conocieron en 1942 y se casaron en 1945. Las tres aparecen continuamente en sus fotos. Quizá sea Florette, de una belleza delicada, quien le inspirase algunos de sus mejores retratos, mientras Bibi le sugirió algunas tomas más orientales.

Jacques-Henri Lartigue fue un enamorado del amor y de las mujeres. Tiene algo de criatura de François Truffaut. En marzo de 1930, tras la ruptura con Bibi, se cruzó con Renée Perle (1904-1977), modelo de la casa Doeuillet. La vio en la calle de la Pompe, con otra amiga, y ya no le pudo quitar el ojo de encima. Llevaba guantes. Escribió en sus notas: “Me gustaría ver sus manos. ¡Son tan importantes las manos!”. Concertaron una cita para el día siguiente a las cinco. El fotógrafo, de unos 35 años, espera impaciente: “Cinco treinta y cinco. ¡Ahí está ella! ¿Puede ser realmente ella? Deslumbrante, alta, delgada, de boca pequeña, labios gruesos y ojos oscuros, de porcelana. Deja a un lado su abrigo de pieles en una ráfaga de perfume cálido. Vamos a bailar. ¿Mexicano? ¿Cubano?”. Lartigue observa como su pequeña cabeza se alza sobre un cuello muy largo. Anota: “Cuando bailamos mi boca no está lejos de su boca. Su cabello roza  mi boca. “Soy rumana. Mi nombre es Renée Perle. He sido modelo de Doeuillet”, dice. Delicioso. Se quita los guantes. Manos largas, de niña. Algo en mi mente empieza a bailar ante la idea de que un día tal vez ella quiera que yo le pinte las uñas de esas manos...” Vivieron su amor, con sus vaivenes, sus viajes y sus lujos, durante casi dos años. Gozaron a sus anchas, de lugar en lugar: Cannes, San Juan-les-Pins, Antibes, Biarritz, Annecy, Villerville, etc. Eran una pareja ociosa, un tanto teatral en ocasiones, que parecían disfrutar de la belleza, de los paisajes y del erotismo. Y de la atracción recíproca. Lartigue no dejó de hacerle fotos todo el tiempo que vivieron juntos, hasta 1932.

Esos álbumes son realmente excepcionales. Renée Perle encarna a la mujer moderna, atractiva y segura. Usa pamela o sombrero, vestido largo o corto, de corte o de esport, con joyas o sin joyas. Da igual que lleve pantalones amplios o ajustados, posa en cualquier sitio como si fuera una actriz excepcional. Soporta todos los planos, y conserva siempre ese espíritu independiente y misterioso. Parece la musa y la modelo de los mil rostros, y es también la amante, la compañera, la rebelde, esa criatura que le exige al fotógrafo atención una y otra vez y lo mejor de sí mismo, lo mejor de su arte. Como mínimo, Lartigue elaboró una impresionante colección de 340 fotos, que fueron las que años después exhibió la familia y probablemente subastó en los años 2000 y 2001. En esos lotes también iban algunos retratos al óleo que le hizo el artista.

La fascinación de Lartigue fue absoluta. Sus fotos tienen algo de tratado de seducción y quizá de idolatría, al nivel de las Harry Callahan a su esposa Eleanor, las de Alfred Stieglitz a Georgia O’Keefe o las de Edward Weston a Tina Modotti. Algunos años después, su tercera esposa, Florette, dijo que esas fotos tenían elegancia, fotogenia y sofisticación. Han sido varios los diseñadores y fotógrafos que han dicho: “El estilo de Renée Perle es la perfección”. Ella hacía escenas teatrales encaminadas a provocar celos en el fotógrafo porque las reconciliaciones eran otro ritual. Lartigue escribió: “Renée quiere jugar conmigo”. Y tras el adiós, se preguntó: “¿Con quién podré hablar de amor después de que Renée se haya ido?”.

De Renée Perle, judía, apenas se supo nada más. Al parecer tuvo un hijastro, se dedicó a la pintura y se centró sobre todo en el autorretrato. Cayó en el olvido, hasta que Jacques-Henri Lartigue fue recuperado en 1963 en el MOMA de Nueva York y luego en toda Europa. Y entonces, en su mundo flotante y amoroso, se descubrió su fulgor, su hermosura y su modernidad. 

 

MILES DAVIS: REBELDÍA DE JAZZ

MILES DAVIS: REBELDÍA DE JAZZ

Miles Davis, la revolución del jazz

Don Cheadle le dedica una película al trompetista que experimentó nuevos registros sonoros en bebop, cool, jazzrock y fusión

 

Antón CASTRO

"Sólo soy un trompetista. Sólo sé hacer una cosa: tocar mi instrumento y esa es la base de toda la confusión. No soy un hombre de espectáculo y no quiero serlo. Soy un músico", dijo Miles Davis en 1963, cuando ya era uno de los más grandes del jazz. Algunos lo han considerado el Picasso o el Stravinski de la disciplina, y quizá no sea exagerado. Fue un hombre complicado, posiblemente bipolar, hiperactivo y prolífico, y a la vez estaba lleno de demonios. Tenía en su interior, en parejos porcentajes, la semilla de la autodestrucción y la del talento. Fue un renovador absoluto, alguien a quien le gustaba experimentar, buscar nuevos sonidos, emocionarse. Aunque podía ser irascible, para muchos fue el trompetista del silencio, el jazzmen de las suavidades, de la pausa, de esos sonidos casi inefables –líricos, melancólicos, poseídos por la ambivalencia del drama y la serenidad- que marcaron una época. O  varias épocas. Porque si hay una cosa muy clara con Miles Davis –recuperado ahora por Don Cheadle en ‘Miles Ahead’, a los 25 años de su muerte- es que en él hay muchas tentativas, una personalidad torrencial que persiguió una y otra vez, en las grabaciones y en directo, apresar “el espíritu de la música”.

Miles Davis es un tipo muy contemporáneo. Insatisfecho, radical y cambiante. Enamoradizo e hipercrítico. Nació en 1926, tuvo una vida más o menos fácil en su infancia,  era hijo de un odóntologo y de una profesora de música. Aprendió a tocar desde muy joven, quizá desde los nueve años gracias a Elmood Buchanan. Aunque fue un hombre enrabietado con casi todo, escéptico ante el mundo (sí creyó en Desmond Tutu y en Mandela, a quienes les dedicó su disco ‘Tutu’), vivió plácidamente, sin estrecheces ni grandes amarguras.

No tardaría en hacer sus primeros pinitos y tocar en clubs locales de St. Louis. Cuando dejó atrás de la adolescencia, convenció a su padre para que lo matriculase en Juilliard School of Nueva York. Tenía una obsesión: quería conocer a su admirado Charlie Parker, ‘Bird’, e invirtió casi un mes en dar con él; hasta que lo hizo se bañó en la música y la fantasía de los clubs de jazz, vio tocar a muchos de los grandes y aprendió por observación e inquietud de saber. En esos días, y más tarde, se haría asiduo de las bibliotecas: estudió a Stravinsky y a Rachamninoff, a quienes les destinaría palabras de cariño, o Alban Berg. Parker le dio la oportunidad en su grupo, aunque tenía a otro músico increíble: Dizzy Gillespie. Y allí, a su arrimo, en aquel clima posbélico, Miles Davis asimilaría el sonido de los maestros y un estilo que más adelante trabajaría: el bebop, al que sucedería el cool…

Algún tiempo después, con grupo propio ya, grabó uno de sus primeros grandes discos: ‘Birth of the cool’, la primera obra maestra de Miles Davis, que nació de su colaboración con uno de los grandes arreglistas de jazz: Gil Evans. Será su apoyo permanente, un cómplice, alguien que asimila su deseo de experimentar y de arriesgarse; ayudó a Miles a crear algo que anhelaba: que “el sonido flotase como una nube”.

En 1949, Miles David vino con su banda a Europa. Y se desplazó a París, donde viviría una de los mejores momentos de su vida: su historia de amor con la mujer de negro, la musa del surrealismo, Juliette Grèco. En su ‘Autobiografía’ de 1989, Davis lo explicó así: "La música era toda mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco. Me enseñó lo que significaba querer algo distinto a la música. Probablemente, Juliette fue la primera mujer a la que amé como un ser humano, en un pie de igualdad. Era hermosa. Teníamos que comunicarnos mediante expresiones, con el lenguaje corporal. Ella no hablaba inglés y yo no hablaba francés. Nos hablábamos con los ojos, los dedos. Con este tipo de comunicación, uno sabe que el otro no le cuenta mentiras. Tienes que moverte por los sentimientos. Era abril en París. Sí, y estaba enamorado." La cita es larga, pero es oportuna, porque ninguno de los dos perdieron oportunidad de recordar aquel amor que se volvió imposible. Fue Sartre quien le preguntó a Davis por qué no se casaba con ella. Su respuesta fue: “La amo demasiado para hacerla infeliz”.

La carrera de Miles Davis fue formidable, sin duda. Grabó discos excepcionales y fue decisivo para abrirle ventanas al jazz y mezclarlo con otros sones. Él, que odiaba a Los Beatles y a Elvis Presley, descubrió a Jimi Hendrix y eso le ayudó a crear un estilo de jazz rock y también se acercó a la fusión. Fue un inconformista: tocó con todos (Herbie Hancock, John Coltrane, Bill Evans…), aprendió, buscó nuevos sonidos, y no dejaron a aparecer grandes álbumes: ‘Bitches Brew’, ‘Miles in Antibes’, ‘Kind of blue’, anterior a su gran crisis.

En 1975, con 50 años, después de haberse convertido en un mito, atravesó una gran crisis: estuvo seriamente enfermo, aumentó su dependencia de las droga, no hallaba su camino. Fue un lustro de rabia, desesperación y silencio, en el que se ha centrado Don Cheadle. Volvería más tarde con ‘We Want Miles’ y ‘You’re under arrest’, donde colaboró con algunos roqueros. Poco antes de morir cumplió un sueño: grabó algunos temas de Prince. Murió demasiado joven. Con 65 años.

 

*Fotografía de Michel Comte.