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Antón Castro

FRANCIS BACON, UN PERFIL

FRANCIS BACON, UN PERFIL

Francis Bacon, el hombre

a solas o la baba del caracol

 

Historia de uno de los grandes pintores del siglo XX, atormentado y figurativo, que llega en septiembre al Museo Guggenheim de Bilbao.

 

Antón CASTRO

El pintor Lucian Freud y el escritor y viajero Paul Bowles coincidían en un juicio sobre Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992): “Es la persona más sabia y salvaje que conozco”. El gran pintor, que haría el grueso de su carrera en Londres, fue casi siempre extremado y ambivalente, violento y tierno, partidario de los abismos de la noche y del sexo más turbulento y a la vez desesperadamente romántico y tierno. Admiró a Picasso por encima de todo, y fue su guía, la llama airada que marcó su vocación, a Rembrandt y a Velázquez, con quien dialogó una y otra vez: a su manera torva, sensible, estremecida de lucidez y búsqueda, hizo hasta 40 variaciones de su cuadro ‘Inocencio X’, la cifra de una obsesión capital en el arte contemporáneo. En su última visita al Museo del Prado, según contó en ‘ABC’ la periodista de arte Natividad Pulido, quiso ver especialmente dos cuadros: ‘La Venus del espejo’ del sevillano y ‘La familia de Carlos IV’ de Francisco de Goya.

Francis Bacon tuvo una niñez y una adolescencia desdichadas. Sufría asma crónica y fue maltratado por su burlón padre: entrenador de caballos de carrera y apasionado de la caza, era insensible a la enfermedad de su hijo, que, según sus biógrafos, estaba enamorado de él. Un día lo sorprendió poniéndose la ropa interior de su madre y el joven le confesó su homosexualidad. El padre lo expulsó de casa y buscó a un buen amigo suyo para que le ayudase a cambiar en un viaje por el mundo: el joven Bacon, de mirada frágil y honda, brillantísima y melancólica, lo sedujo igual que había hecho con algunos mozos de las caballerías. El viaje lo llevó a Berlín, donde vio la obra de Otto Dix y George Grosz, y luego a París, donde descubrió  a Picasso. De vuelta a Londres, decidió hacer dibujo y acuarela. En 1937 formó parte de la muestra de ‘Jóvenes Pintores Británicos’ y en 1944, tras algunos años de autodidactismo feroz y una existencia en algunos márgenes, pintó un cuadro emblemático: ‘Tríptico con tres figuras al pie de la crucifixión’, que se expondrá al año siguiente en el Museo de Nueva York en ‘Maestros de la Pintura Británica’.

Ese lienzo era una revelación: la poética del pintor atormentado y figurativo, que ha asimilado elementos del surrealismo y del expresionismo, y que propone la deformación grotesca de los rostros, la convulsión y el desgarro, y la presencia del monstruo. La suya es la pintura de la soledad existencial, del dolor físico, de la carne apaleada o desfigurada, del grito. Algunos años más tarde, cuando pocos le negaban la supremacía del arte con Lucian Freud, Margaret Thatcher dijo que pintaba “asquerosos trozos de carne”. Es una forma de ver esa acumulación de matices, próximos a la repelencia en ocasiones, que hablan del deseo, de la obsesión, del miedo, de la frustración, del vacío de existir. Pintó sus series sobre ‘Inocencio X’ de Velázquez, desde 1949, constantes retratos y autorretratos, y numerosos trípticos. Contaba que había elegido esta forma porque tenía algo de secuencia cinematográfica y el cine era una de sus aficiones. Solía inspirarse en las imágenes en movimiento del fotógrafo Edward Muybridge y en fotogramas de películas de S. M. Eisenstein y de Luis Buñuel.“Quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba”.

Francis Bacon tuvo una agitada vida amorosa. Era un cazador nocturno en puertos, clubs nocturnos, un hombre que vivía peligrosamente, de exceso en exceso, embrujado por los cuerpos y por la pasión. Algunos de sus amantes fueron sus mejores modelos. Al principio, tuvo una relación extensa con Eric Hall, banquero y padre de familia, que fue su amante y mecenas durante quince años. Luego apareció Peter Lacy, piloto de vuelo. Vivieron una pasión destructora durante una década: hubo broncas, puñetazos, celos, cuadros acuchillados. Bacon le diría a su fotógrafo Michael Peppiatt: “Estar enamorado de esta forma tan extrema es como tener una enfermedad espantosa”. Lacy murió poco antes de que inaugurase en la Tate Gallery. Después vivió otra tortuosa relación con George Dyer; se pelearon, se amaron, Dyer lo denunció por consumo de estupefacientes, y finalmente, en 1971, cuando Bacon inauguraba en el Grand Palais de París, se suicidó. Bacon aún tuvo otras dos pasiones: John Edwards, su heredero, y el ingeniero español José Capelo, dedicado a las finanzas. Se conocieron en 1988 en Londres y vivieron tres intensos años con diversos viajes alrededor del mundo. Bacon murió de un ataque al corazón en Madrid, en la clínica Rúber, cuando vino a verlo. Fue su último gesto romántico. Antes le había hecho y regalado algunos cuadros. Cinco de ellos, de pequeño formato, los robaron en Madrid a febrero de 2016 y se buscan en medio mundo. Capelo no ha dicho nada. Él fue la última pasión española de un hombre que amaba a los toreros, a los boxeadores, el vino, Madrid, y la belleza caliente y luminosa de Andalucía, por donde anduvo en 1972. Dentro de poco, a partir del 30 de septiembre, su obra se instalará en el Museo Guggenheim.

 

 

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

Las vidas y los éxodos de José Ramón Arana

 

[El escritor y sindicalista fue librero ambulante en México, creó varias revistas, escribió poesía y novela, y jamás se pudo olvidar de Aragón]

 

Antón CASTRO

La vida no le dio tregua a José Ruiz Borau (Garrapinillos, 1905- Zaragoza, 1973), José Ramón Arana para la literatura, y él vivió con pasión, con peligro y audacia, a salto de mata, entre el amor, la mala conciencia y el afán de sobrevivir. Siempre sintió la huella de una doble ausencia: Aragón, la tierra, el paisaje inicial de campos, serranías, desiertos y ríos como el Ebro lodoso, y su madre Petra Borau, esposa del maestro Ventura Ruiz, que falleció de tuberculosis en 1913 cuando José tenía ocho años. Petra murió en 1956 y su hijo soñó con volver a casa para acompañarla en su último viaje: lo haría algunos años después, en 1972, enfermo ya de un tumor cerebral. Logró que sus restos pasasen al cementerio de Monegrillo y ahora comparten tumba y lápida.

José Ruiz Borau nació en la escuela de chicos de Garrapinillos, cuya biblioteca ahora lleva su nombre. Pronto empezó a trabajar de aprendiz en una imprenta, en un almacén, quiso ser maletilla, y lo era, de capea en capea, hasta que una vaca, Chorreada, le produjo una gran herida. Quizá la afición derivase de uno de los empleos de su madre: era modista y solía coser capotes. El joven, tras el desengaño y el disgusto que ocasionó en casa, se marchó a Barcelona a trabajar en una fundición, de lo que habla en profusión en su libro ‘Can Girona. El desván de los recuerdos’ (1973), que era su proyecto de memorias. Aquel fue un período interesante: frecuentó bibliotecas y ateneos, descubrió el anarquismo, se afilió a la CNT y se casó, en 1925, con Mercedes Gracia Argensó, con quien tendría cinco hijos (o quizá seis porque el primero habría muerto muy pronto): Augusto, Alberto (que es escritor y narra la historia familiar en ‘La piel de la serpiente’, 2001), Marisol, Rafael y Mercedes. Por aquellos días, tal como documentó uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro -Arana ha sido estudiado, entre otros, por José Luis Melero, Javier Quiñones, Luis Esteve, Eloy Fernández Clemente y Alejandro Díez Torre- publicó sus primeros poemas en la revista ‘Pluma aragonesa’. En 1931, la familia regresó a Zaragoza porque José consiguió un modesto empleo en el Banco Hispano Americano, y eso le condujo al sindicalismo: representó a UGT en la Federación de Banca y Bolsa y llegaría a ser uno de sus principales líderes.

La Guerra Civil le cogió en Zaragoza y decidió llevar a su familia a Monegrillo, donde no tardaría en volver y ejercería, nombrado por los anarquistas, de maestro de pueblo. Poco después se trasladó a Lérida y, en medio de tantas convulsiones, sería nombrado Consejero de Obras Públicas y luego de Hacienda del Consejo de Aragón, con sede en Caspe. Su familia intentó seguirle pero solo encontró acomodo en Mequinenza, Javier Barreiro, en la edición de sus más que interesantes ‘Poesías’ (Rolde, 2005), dice que en este cargo “proyecta la creación de un órgano regional de cajas de ahorros y ejerce una labor febril”. A finales de abril se desplazó a Rusia, viaje que dio lugar al libro ‘Apuntes de un viaje a la URSS’ (1938). Tras dejar embarazada a su esposa de la niña Mercedes, a la que no llegaría a conocer y a la que dedicaría una sincera elegía, se marchó a Bayona y finalmente al exilio. Estuvo en el campo de concentración de Gurs, que le inspiró muchos poemas. Para entonces ya había conocido a la que iba a ser su segunda compañera: la poeta María Dolores Arana, con quien se reunirá primero en Francia y luego, definitivamente, en Mèxico. A ella le debe el seudónimo que le ha dado fama: José Ramón Arana.

Con María Dolores vivirá hasta 1959. Casi una década antes había conocido a la profesora de música y republicana Elvira Godás, con la que se casaría en 1960. La primera cita, el día de Reyes de 1950, la contó así Javier Quiñones para ‘Artes & Letras’ de HERALDO: “Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana”. En México, Arana fue librero ambulante que cargaba sus volúmenes e iba de lugar en lugar, de café en café, y a veces de pueblito en pueblito. Fueron años de estrecheces; con María Dolores tuvo dos hijos más: Juan Ramón y Federico. Simón Otaola abordó la ingente labor cultural del zaragozano en un libro muy recomendable, que recuperó para Ediciones el Imán su primo José Luis Borau: ‘La librería de Arana’. Allí puede leerse este retrato: “[José Ramón Arana] es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.” Vivía por España, ebrio de melancolía, y se acordaba una y otra vez de Aragón. Alentó tres revistas literarias: ‘Aragón’, que realizó cinco entregas, entre 1943 y 1945; ‘Ruedo Ibérico’, con un único número en 1944, y ‘Las Españas’, 25 números a lo largo de ocho años, entre 1946 y 1953.

En 1950 publicó la que muchos consideran su obra maestra: ‘El cura de Almuniaced’, que narra la historia de un sacerdote, hondamente humanista, que se enfrenta al poder, a la tiranía fascista y al descontrol de los milicianos en el contexto de la Guerra Civil. Publicó otros textos, tuvo un hijo con Elvira Godás, Veturián, título también de su única obra teatral. En 1968 se le descubrió un tumor cerebral y empezó a barajar el regreso a España, algo que hizo en 1972. Se afincó en Casteldefells y murió en la clínica Quirón, donde se sometió a un famoso tratamiento del doctor Blanco Cordero, que no tuvo éxito. Su hijo Alberto lo vio poco antes del adiós, en el lecho, y entrevió la humedad de unas lágrimas en su último rostro.  

 

*La Ilustración es de José Luis Cano para el libro 'Zaragoza' de Media Vaca.

BROTO EN MONTEVIDEO

BROTO EN MONTEVIDEO

BROTO: MUNDOS

El  artista plástico zaragozano inaugura muestra individual a Montevideo. La exposición se presenta en el Centro Cultural de España en Montevideo, dirigido por el oscense Ricardo Ramón Jarne. 

 

Uno de los más prestigiosos pintores mundiales, el zaragozano José Manuel Broto expone simultáneamente en el Centro Cultural de España en Montevideo y la Galería Xippas. MUNDOS está compuesta por obras creadas en la residencia del artista en Montevideo durante marzo y abril de 2016 especialmente para estas exposiciones. 

 

Premio Nacional en España en 1995, ha expuesto en los Museos y Fundaciones más importantes, como el Reina Sofía de Madrid, ha sido artista de míticas galerías como Maeght en París, Soledad Lorenzo en Madrid, Carles Tache en Barcelona y Xippas en Atenas, París, Montevideo. Su obra está presente en las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo, desde el MOMA y el MET de Nueva York, The Dove collection en Zurich, The Kampo Colletion en Tokio o La Colección Preussag de Hanover.

 

La exposición BROTO: MUNDOS, está integrada por una selección de pinturas que se presentan en la galería Xippas de Montevideo y una serie de 17 dibujos en gran formato, realizados especialmente para el espacio del Centro Cultural. Durante su residencia en el Centro Cultural de España, a principios de este año, Broto dictó un taller cuyo resultado presentamos en el espacio HUB_ Broto: Abstracción colectiva. Una obra que realizaron conjuntamente quienes fueron seleccionados para disfrutar del taller:  Marcelo Martiarena, Verónica Sosa, Viviana Guiridi, Linda Krudo, Luis Peña, Carlos Malvar y Bernardo Thompson. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. 

 

Una apuesta de la Agencia Española de la Cooperación Española por la promoción de la cultura en el exterior. 


Recorrido Broto  

A comienzos de los años setenta, Broto fue protagonista en la fundación del grupo Trama en Barcelona, colectivo de artistas que reivindica el arte abstracto. El grupo centra sus experiencias en problemas estrictamente formales, sobre todo en la relación entre el soporte sobre el que se desarrolla la obra y su superficie, basándose en los presupuestos del movimiento Supportsurface.

Su fundamentación teórica se nutría del Marxismo-leninismo, el pensamiento psicoanalítico, la doctrina de Mao Zedong y otras influencias provenientes de la revista francesa de teoría y crítica literaria Tel Quel, en la que escribían pensadores como Jacques Derrida, Michel Foucault, Julia Kristeva, Roland Barthes, Umberto Eco, Georges Bataille.

 

El grupo edita la revista Trama presentada por Antoni Tàpies en 1976, artista que inspira y abre el camino para la siguiente generación de pintura. En esta época, Broto se presenta como un pintor informalista basado en estructuras geométricas elementales, utilizando colores neutros y descartando el uso de sombras. Desarrolla una abstracción con una intensa carga de lirismo que combina las formas abstractas con objetos geométricos o signos tomados de otros lenguajes (matemáticas, música, escritura). Sus composiciones exhiben un lenguaje abstracto que trasciende lo gestual. Desde esta época, las grandes manchas de color tienen un lugar central en sus composiciones.

En 1985 se traslada a París donde coincide con otros artistas españoles como José María Sicilia, Miquel Barceló o Miguel Ángel Campano. El resultado de este cambio geográfico se ve reflejado en su obra que deviene más abstracta. Broto abandona por completo la figuración y los rígidos parámetros constructivos para investigar el expresionismo abstracto y dedicarse de lleno a la pintura gestual.

Con el paso del tiempo, el artista incorpora nuevos elementos a su trabajo tales como transparencias, formas atmosféricas y figuras espaciales. Su obra se vuelca cada vez más hacia una abstracción de fuerte contenido cromático. Surge del contraste, mezclando el rigor y la libertad, la transparencia del gesto manual y la opacidad de una impresión digital. El artista trabaja las contradicciones de la materia, el color y la forma con el fin de unirlos a la posibilidad de nuevas dimensiones. Las formas geométricas del fondo se ven desafiadas por la organicidad de las siluetas, mientras que la mezcla de colores, en su estado más crudo, cobra vida sobre un plano preestablecido. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. En su obra, la contradicción se transforma en armonía.

 

BARBASTRO: 'DE GUTENBERG A TWITTER'

[La exposición 'De Gutenberg a Twitter', que concibió y coordina Rafael Bardají llega a la UNED de Barbastro. Coloco aquí un fragmento del texto y dejo el link del catálogo en pdf. Muy interesante.]

 

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Para quienes se han hecho mayores en este siglo es imposible concebir un mundo sin ordenadores, tablets o móviles conectados a Internet. Para quienes venimos de 1960, nos resulta difícil prescindir de muchas de las ventajas que proporciona, pero tenemos alguna idea de lo que supone vivir en un mundo desconectado en el que la vida y milagros de cada uno de nosotros no esté casi permanentemente expuesta. Disponemos de más información de la que nunca podremos asimilar, pero, también, somos víctimas de la desinformación. Somos la enésima generación de la letra impresa, de las bibliotecas creadas y alimentadas con mimo a lo largo de siglos. La letra impresa tuvo un antes. La inmensa mayoría de la gente no podía contar más que con la transmisión oral para completar la imagen de su mundo sin horizontes. Hombres extraordinarios inventaron la imprenta. El poder tuvo que competir con materiales impresos que se difundían rápidamente y que discutían, matizaban y atacaban el orden establecido. La censura, la quema de libros y de sus autores fueron barreras impuestas por el poder a la difusión libre de las ideas. Gracias a los materiales recogidos por Rafael Bardají y Joaquín Sebastián, a la Diputación de Huesca y al Ayuntamiento de Zaragoza que han producido la muestra, tenemos ocasión de contemplar en la UNED de Barbastro, algunas de las viejas máquinas que hicieron posible la difusión del saber y el conocimiento y la evolución del periodismo desde Gutenberg hasta hoy. Que la disfruten (la exposición) Fundación Ramón J. Sender UNED Barbastro

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

Víctor Mora, aventura, intriga

medieval y héroes positivos

 

El guionista, traductor y novelista creó grandes personajes como el Capitán Trueno, el Jabato, el sheriff King o el corsario de hierro

 

Antón CASTRO

Víctor Mora (Barcelona, 1931-2016) parecía un señor lacónico, de respuestas breves y secas, sin paja, pero la verdad es que era todo lo contrario: se daba la importancia justa y manejaba un manantial inagotable de anécdotas que contaba con mucha gracia. Fu un luchador que creyó en un puñado de ideales: la libertad, la República, la aventura, la imaginación mezclada con fantasía, el sueño de los héroes, casi siempre con compañía, y también los derechos de autor del guionista. Los tebeos marcaron su vida, casi tanto como su condición de exiliado de España a los cinco años debido a la militancia de su padre. Fue generoso con los otros, admiró a los grandes –Milton Caniff, Harold Foster, Alex Raymond, Frank Robbins, Freixas, Jesús Blanco o Paco Roca; se sabía un personaje de ‘El invierno del dibujante’- y trabajó a gusto con muchos dibujantes (y no solo Ambrós o Ángel Pardo, ilustradores de ‘El Capitán Trueno’). Su poética, o su modo de estar en el mundo y en la creación, podría resumirse así, tal como dijo en un chat: “Trabajar, trabajar y trabajar y, sobre todo, leer muchos libros de todo tipo y no solo de cómic. Ser muy curioso y fijarse y aprender de lo que también hacen los demás”.

Nació en Barcelona, donde vivió hasta los cinco años. Luego su familia se instaló en Francia y él creció rodeado de cómics. Le atrajeron de inmediato los héroes americanos y cuando regresó a Barcelona, tras la muerte de su padre en Limoges, a los once años, estaba envenenado de tebeos, de trazos, de personajes, de tintas. Tuvo que ayudar a su madre y realizó diversas faenas, pero la vocación era más grande y debutó, casi de puntillas, en 1948, a los 17 años cuando empezó a colaborar en ‘Doctor Niebla’, que dibujaba Francisco Hidalgo, e incluso hizo sus pinitos como ilustrador de ‘Capitán Kerr’ para la revista ‘Historieta’, pero la experiencia no le satisfizo. En cambio, se sintió más cómo con un nuevo proyecto con Hidalgo, ‘Al Dany’ (1953) en un tiempo en que el cómic suponía una vía de escape y a una adicción constante. Por aquellos años, Iranzo triunfaba en Bruguera con ‘El Cachorro’ y en la editorial le buscaron un contrapunto y un acompañamiento. Apasionado de la aventura, del universo medieval y del ciclo artúrico en particular –el Rey Arturo, Ginebra, Merlín y sus caballeros: Lanzarote del Lago, Galván, Tristán de Leonís, etc.-, el joven Víctor Mora concibió ‘El Capitán Trueno’, al que llevó a las Cruzadas, lo situó cerca de Ricardo Corazón de León, y le inventó tres compañeros: el joven Crispín, el gigante Goliath y la bella y escurridiza Sidgrid, aquella enamorada rubia y carnal que esperaba regresar su reino algún día. Víctor Mora firmó sus guiones, de partida, con el seudónimo de Víctor Alcázar y contó con un colaborador de lujo: Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambrós, que hacía unos dibujos muy eficaces. Ambos cuidaban la planificación, los detalles, la puesta en escena, y eran partidarios de la aventura por la aventura. Dentro de un tono ligero de comedia, había suspense, viaje, peripecias, fantasía. De aquellos cuadernos apaisados semanales se llegaron a vender más de 300.000. ‘El Capitán Trueno’ alimentaba de fábulas y de sueños las infancias y adolescencias españolas. Aquel héroe encarnaba un ideal de justicia. era el bueno por excelencia y siempre estaba dispuesto a reparar males y fechorías y a escarmentar a los villanos.

Para Víctor Mora, pese al éxito, no todo eran días de vino y rosas. Cercano al PSUC, en proceso de reorganización en la clandestinidad, colaboraba con el partido. Lo detuvieron con su compañera Armonía Rodríguez por comunista y masón y los mandaron un tiempo a la cárcel Modelo de Barcelona. Al salir, decidieron exiliarse un tiempo en Francia, hacia 1963. Víctor Mora no había parado de trabajar y de imaginar argumentos: ‘El Capitán Trueno’ duraría entre 1956 y 1968. En el país vecino siguió creando historias y colaboró en diversas publicaciones como ‘Pif’, ‘Vaillant’ y ‘Pilote’. Más tarde extendería sus tentáculos hacia Bélgica y, ante todo, fortaleció su condición de escritor en catalán con novelas como ‘El plátens de París’ y ‘El café del homs tristos’, ambas de 1966. Volvió a España y no paró de crear personajes y de colaborar en diversos frentes: en la traducción, en los artículos de prensa, en la ficción narrativa y en los guiones de historieta. Ahí están personajes suyos como ‘El cosaco verde’, ‘El corsario de hierro’, ‘El sheriff King’ o ‘Las crónicas del Sin Nombre’, que ilustró Luis García. Al especialista Ramón Pérez Rodríguez le dijo: “Todo relato de aventuras contiene acción, suspense, intriga y humor”. Y le contó que la censura era incorregible: a sus héroes medievales les quitaron las armas y los dejaron con el puño en alto. Paradojas del sistema. En 2006 presentó ‘El gran libro del Capitán Trueno’ en su 50 aniversario, escrito en colaboración con su compañera Armonía Rodríguez. Y dijo a modo de resumen definitivo: “La calidad no envejece y el Capitan Trueno tampoco”. Fallecía en Barcelona el pasado miércoles: antes de partir, enfermo de cáncer, seguro que se encomendó a su héroe más romántico y positivo.

 

*La foto de Víctor Mora se publicó en varios periódicos y es de Efe. El artículo apareció en la sección LETRAS ESTIVALES de Heraldo.

UN SIGLO DE GREGORY PECK

UN SIGLO DE GREGORY PECK

Gregory Peck, casi perfecto

en la vida y en el cine

 

Se cumple un siglo del nacimiento del hombre que encarnó a Atticus Finch, al capitán Ahab o al malvado Joseph Mengele

 

Antón CASTRO

El cine está lleno de maravillosas historias delante y detrás de la pantalla. Mary Badham, la niña Scout de ‘Matar a un ruiseñor’ (1962) de Robert Mulligan, jamás pudo desembarazarse de su personaje y mucho menos de la figura de Gregory Peck (La Jolla, California, 1916-Los Angeles, California, 2003), que encarnaba al abogado Atticus Finch. Ella ha recordado “el amor, la calidez y la comprensión, y la sonrisa profunda y maravillosa del actor” que dio vida al protagonista  de Harper Lee. Quizá sea el mejor padre de la historia del cine y uno de los más positivos y comprometidos: leía a sus hijos y se tomaba tiempo para escucharlos. Peck era “accesible y natural” tanto en el set como en los descansos: los chicos lo sentían casi como un padre de verdad y se sentaban con él en su regazo, le pedían historias o bromas mientras se balanceaba en su hamaca.

Harper Lee, que jamás había estado en un rodaje, se quedó fascinada cuando lo vio actuar; unas lágrimas de emoción le abrillantaron la mejilla. Luego le dijo al actor: “Me ha recordado la barriguita de mi padre”. Peck, con su habitual sentido del humor, le respondió: “Ese es un recurso de actor”. El intérprete de La Jolla era tan profesional y metódico que ensayaba en secreto algunas de las escenas y quizá fue el primero en saber que aquella iba a ser una película para siempre, que se rodó como en un estado de gracia. Lee tuvo un detalle maravilloso: le regaló el reloj de bolsillo de su padre y Peck acudió con él a recibir el Oscar al  mejor actor de manos de Sofía Loren en 1963.

Quizá sea una manera blanda de empezar un texto sobre Gregory Peck, de cuyo nacimiento se cumple un siglo, pero este actor no solo es uno de los más grandes y de “los más apuestos”, según muchas actrices, de Hollywood, sino un ser humano entrañable, comprometido con la libertad, con los derechos humanos y escasamente frívolo en un universo de frivolidades. Quiso ser bastantes cosas, militar, médico, y fue algún tiempo camionero, pero en cuanto decidió ser actor, se aplicó a ello con determinación. Estudió el método de Constantin Stanislavski, se matriculó en Literatura y Lengua en Berkeley y estudió de lleno arte dramático. Y decidió jugárselo todo a una carta: con 130 dólares en el bolsillo se marchó a Nueva York. Allí empezaría todo, incluido el amor: en 1942 vio a la maquilladora y diseñadora Greta Konen Rice, se enamoraron, se casaron y vivieron juntos hasta 1954; tuvieron tres hijos. Al año siguiente, se prendó de la periodista francesa Veronique Passini, tras una entrevista. Peck llamó a su diario para volver a verla y ahí empezó una relación que se prolongó hasta la muerte del actor.

Tras diversos escarceos, puede decirse que la carrera cinematográfica de Gregory Peck –hijo de padres separados, se crió con una abuela loca por el cine- empezó con dos películas como ‘Días de gloria’ de Jacques Tourneur, el director de ‘Retorno al pasado’, y ‘Las llaves del reino’, de John Stahl, ambas de 1944. A partir de ahí se convirtió en una presencia constante, en un galán de 1.90, en un rostro versátil en muchas películas importantes: ‘Recuerda’ (1945) y ‘El proceso Paradine’ (1947), ambas de Alfred Hitchcock, donde da la medida de su complejidad, encanto y fotogenia, al lado de dos grandes y bellas actrices como Ingrid Bergman y Alida Valli.

En 1946 había intervenido en otra película fantástica, un western distinto, ‘Duelo al sol’, de King Vidor, donde era al hermano malo de Joseph Cotten; rivalizaba por la belleza morena y pasional de Jennifer Jones, con quien vive una escena de desgarrada sensualidad. En 1953 participó en ‘Vacaciones en Roma’ de William Wyler, una exaltación del viaje y del verano, de las vacaciones, de los amores improvisados, que puso de moda la Vespa. Audrey Hepburn se enamoró locamente de él, pero Peck no aceptó. En cambio, establecieron un pacto de cariño y amistad para siempre. La carrera de Peck contempla otros títulos espléndidos, más de 50: ‘Moby Dick’ (1956) de John Huston, donde encarnó al torturado, obsesivo y rencoroso capitán Ahab, la película se rodó en parte en Canarias… Otros títulos suyos fueron ‘Mi desconfiada esposa’ (1957) de Vincent Minnelli, ‘El cabo del terror’ (1962) de Lee J. Thompson, ‘Los niños del Brasil’(1978) de Franklin Schaffner o ‘Gringo viejo’ (1989) de Luis Puenzo. Y, por supuesto, ese oasis de talento y compromiso, ya glosado, que fue ‘Matar a un ruiseñor’.

Peck declaró ante Joseph McCarthy, se manifestó contra la guerra del Vietnam, promovió y apoyó centros para actores, produjo películas antibélicas y puso voz a los derechos de un colectivo de homosexuales. La periodista Pauline Kael lo definió como “un actor competente pero siempre un poco aburrido”. Nadie es perfecto, ni falta que hace. Tras recibir la novela ‘Matar a un ruiseñor’ le dijo a Robert Mulligan y a su productor: “Si me queréis, soy vuestro”. Quizá sea su mejor epitafio. 

 

 

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

La mujer que amaba a los artistas

 

Historia de una galerista que se casó con Max Ernst, descubrió a Jackson Pollock y construyó su santuario del arte en Venecia: Peggy Guggenheim (1898-1979)

 

Antón CASTRO

“Sentí que toda la luz de mi vida se apagaba”, dijo Margueritte Guggenheim (Nueva York, 1898 –Padua, Italia, 1979) en un momento en que se le encadenaban  varias circunstancias adversas en el seno de su familia de locos y extraños, como dice Francine Prose en su libro: ‘Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad’ (Turner. Traducción de Julio Fajardo): su padre, Benjamin, hombre de negocios, murió en el Titanic, su madre estaba un tanto trastornada y repetía hasta tres veces cada frase, su hermana murió en el parto y tenía un tío excéntrico que mascaba hielo y carbón y acabaría suicidándose. Se probó en la consulta de un dentista y también en una librería de vanguardia. Aprovechó para formarse, para interesarse por algunos aspectos del arte y la cultura; al fin y al cabo era sobrina de Solomon R. Guggenheim. Hacia 1920 recibió una herencia de 2.5 millones de dólares y pensó que era el momento de emprender su primera aventura. Era una mujer más resultona que bella y un tanto acomplejada por dos razones: la nariz ganchuda de su familia y su procedencia judía. Tenía una personalidad ambivalente: era tímida y descarada, rebelde y caprichosa. No tardaría en descubrir otra facultad o impulso: la voracidad amorosa. Peggy Guggenheim –ella misma lo reveló en sus ‘Confesiones de una adicta al arte’- tuvo alrededor de 400 amantes, y la mayoría fueron artistas.

París era una fiesta, sin duda, de creación, de bohemia, de sueños y de alcohol. Ahí empezó a fraguar su leyenda: se instaló en la ciudad, se divertía, acudía a algunos estudios y a la par viajaba y frecuentaba a jóvenes artistas y creadores: Tristan Tzara y los dadaístas, Man Ray y James Joyce, a los que visitó en Normandía, Ezra Pound, con quien estuvo en Rapallo, o la mismísima Isadora Duncan, que albergó el sueño de que le financiase algunos espectáculos; no lo hizo pero le presentó a mucha gente famosa. No podemos dejar al margen a quien fue quizá su mejor consejero y tal vez amante, Marcel Duchamp; la educó, le dio consejos, fue el responsable de “mi incursión en el mundo del arte moderno”.

Casi antes de descubrir que el arte iba a ser su mejor plataforma entró en contacto con Laurence Vial, con quien se casó y con quien tuvo dos hijos: Sindbad y Pegeen; perturbada y alcohólica moriría joven. La vida con Vial no fue fácil: la maltrató a menudo, le pegaba y la empujaba por la calle. En 1929, tras seis años de convivencia tormentosa, se separaron. Entró en su vida el escritor inglés John Holms, que también tenía sus rarezas y sus arrebatos de cólera, pero cumplió el papel de amante, de amigo y de preceptor. Francine Prose dice: “Soportaba el daño físico y psicológico, humillando a los hombres, controlándolos con su dependencia económica”. Holms murió joven de un infarto. Sucesivamente ocuparon su corazón el escritor Samuel Beckett, con quien vivió 13 meses con una pasión esencialmente sexual y etílica, o los pintores Yves Tanguy y Max Ernst, que le despertó la locura del deseo y los celos, porque el atractivo Ernst, de ojos azules, estaba con ella por dinero y había perdido la cabeza por la pintora y escritora Leonora Carrington.

 

En esta incesante peripecia de arte, alcohol y amor, Peggy creó la Guggenheim Jeune en Londres en 1938, y duró algo más de un año. Aprovechó para presentar a los británicos el arte moderno y, sobre todo el surrealismo: Brancusi, Arp, Léger, Man Ray, Braque, Matisse, Picasso, Tanguy; más tarde, se trasladó a París y allí desarrolló su idea genial. Tras el estallido de la II Guerra Mundial adquirió, a bajos precios, cuadros a los artistas en sus talleres, como si cultivase el lema: “Un cuadro cada día”. Cuando se aproximaban los nazis a París, por sugerencia del pintor Fernande Léger, ofreció su espléndida colección para que se la guardasen en el Louvre; no aceptaron y ocultó los cuadros en un granero en Vichy. Fue entonces, en 1940, cuando conoció a Max Ernst, su segundo esposo. Al final, los embarcó en dirección a Estados Unidos y sería allí donde crearía la galería The Art of This Century, cuyo gran descubrimiento fue Jackson Pollock. Al principio no lo interesó su pintura caótica ni confiaba en él, aunque quizá le hiciese sospechar que un artista tan distinto como Piet Mondrian, de rigurosa geometría, dijese que le resultaba emocionante. Se convirtió en toda una figura, en su amante y le encargó el mural de su casa de Manhattan. En 1947 decidió trasladarse a Venecia y en 1951 abrió a la gente el Palazzo Vernier dei Leoni, que era su santuario, su galería viva y casi un centro de peregrinación. Confesó que cuando la dejó el sexo –aún tuvo otro romance con el joven poeta ‘beat’ Gregory Corso- lo que más emoción le producía era deslizarse en góndola por la laguna. Bueno, eso, y acaso repetir una y otra vez su frase más célebre: “Yo no soy una coleccionista de arte, soy un museo”.

*Peggy Guggenheim, retratada por Man Ray en 1930.

Este texto ha aparecido en Heraldo, en la sección LETRAS ESTIVALES.

50 AÑOS DE FIESTA DE LA VENDIMIA DEL CAMPO DE CARIÑENA

LA D.O.P. CARIÑENA CELEBRARÁ SU 50ª FIESTA DE LA VENDIMIA CON ELVIRA LINDO DE INVITADA DE HONOR

[Nota de prensa de la DOP Cariñena]- La 50ª edición de la Fiesta de la Vendimia de la Denominación de Origen Protegida Cariñena, que tendrá lugar los días 24 y 25 del próximo mes de septiembre,  contará con la escritora y periodista Elvira Lindo como invitada de honor. En esta edición especial se amplía la celebración a todo el fin de semana, con numerosas actividades dirigidas a todo tipo de público. En la Plaza del Vino, centro neurálgico de la fiesta, y en el Museo del Vino habrá actuaciones musicales de grupos aragoneses como la Big Band de Muel, Bufacalibos de Biella Nuei, el grupo de jotas “Carallana”, el cantautor Celino Gracia o Los Tres Norteamericanos. Además, se recupera la tradición del Tren del Vino desde Zaragoza a Cariñena y se continúa otra de más reciente creación, la del Paseo de las Estrellas de Cariñena. Varios programas de radio de ámbito regional y nacional emitirán en directo desde el Museo. La Denominación ha creado una imagen especial para conmemorar el medio centenar de ediciones de la Fiesta.  

 

Los actos se concentrarán en la jornada del domingo 25, pero comenzarán ya el viernes 23 con el programa de Radio Marca "Intermedio", de 16 a 19 horas, que se emitirá desde Cariñena para toda España. El sábado por la mañana (de 12 a 14 h) será el turno del programa dirigido por Miguel Mena "A vivir Aragón", de la Cadena SER. La fiesta tendrá a las 19,00 horas del sábado otro momento destacado con la apertura de la Plaza del Vino -donde se pueden degustar los Vinos de las Piedras y tapas y raciones- y la actuación del cantante Toño Julve y su grupo “Emociones a la Carta”, además del espectáculo de animación infantil a cargo de la compañía “La Percuta” que recorrerá también otros puntos de la ciudad desde las 20 horas. 

 

El domingo a las 10,45 horas de la mañana el Tren Azul del Vino, que habrá partido de Zaragoza a las 10 h, llegará a la estación de Cariñena, donde será recibido por la Banda de Música de Muel. La Denominación recupera así esta tradición, que se realizará además con material histórico, de la Asociación Zaragozana de Amigos del Ferrocarril y Tranvías (AZAFT). La restaurada composición podrá ser visitada durante la jornada del domingo en la estación de Renfe.

 

A las 11,30 horas tendrá lugar el Acto de Exaltación del Vino y la ofrenda del primer mosto del año al Santo Cristo de Santiago. El momento culminante se producirá cuando la invitada de honor active el interruptor que enciende la Fuente de la Mora y de sus caños comiencen a manar miles de litros de vino. La escritora y periodista Elvira Lindo, conocida por su serie juvenil “Manolito Gafotas” o novelas como “Lugares que no quiero compartir con nadie” o la más reciente “Noches sin dormir”, será  la encargada de hacerlo este año. Una función que en ediciones anteriores han protagonizado otros destacados personajes de diferentes ámbitos como los entonces Reyes de España, Don Juan Carlos y Doña Sofía -coincidiendo con el 75 aniversario de la Denominación-; el entrenador de la selección española de fútbol, Vicente del Bosque; el cocinero Juan Manuel Sánchez, primer ganador de MasterChef; el actor y gastrónomo Juan Echanove; la exministra Carmen Chacón, el cineasta David Trueba o el actor Gabino Diego, invitado de honor de la pasada edición.

 

Una vez terminado el acto central de la Fiesta de la Vendimia, a las 12,15 horas está previsto que la escritora y periodista Elvira Lindo plasme sus manos en una placa de granito natural con  una silueta de hoja de vid de cemento, en el Paseo de las Estrellas de Cariñena. Este paseo, a modo del famoso bulevar hollywoodiense, alberga desde hace dos años las manos de las personalidades que visitan la Denominación de Origen Protegida. Sus huellas se sumarán así a las de David Trueba, que inauguró la iniciativa, a las de los directores de cine aragoneses Miguel Ángel Lamata y Paula Ortiz y a la del actor Gabino Diego.

 

La Fiesta de la Vendimia continuará también como ya es tradicional en la Plaza del Vino. Desde las doce del mediodía, los visitantes podrán degustar los mejores caldos de las bodegas que componen la Denominación de Origen Protegida y exquisitas tapas elaboradas con productos aragoneses. También a partir de las 12 y hasta las 13 h se desarrollará la ronda callejera de San Martín.

 

A las 12,30 horas en el Quiosco de la Música de la Plaza, la Banda de Muel pondrá otra nota musical y a las 13 horas la comparsa de Gigantes y Cabezudos iniciará su recorrido por las calles de la ciudad. Por la tarde, de 17,30 a 19,00 horas la animación infantil estará presente en varias calles de la ciudad, a las 18,30 h el Tren Azul del Vino efectuará su salida de vuelta a Zaragoza. El domingo por la tarde se concentran la mayoría de actuaciones musicales. A las 18,30 h, en el Quiosco de la Música el cuarteto Bufacalibos de Biella Nuei interpretará algunos de sus temas. También el Grupo de Jotas Carallana a las 20 horas en la Plaza de España, el cantautor Celino Gracia en el Museo del Vino a esa misma hora y “Los tres Norteamericanos” a las 20,30 horas en el Quiosco de la Música.

 

El colofón de esta 50º edición de la Fiesta de la Vendimia llegará a las 22 horas en las inmediaciones del campo de fútbol donde tendrá lugar un espectáculo de Fuegos Artificiales.

 

Coincidiendo con el año de celebración de su medio centenar de ediciones, el Ayuntamiento de Cariñena ha solicitado al Gobierno de Aragón la declaración de este tradicional acto como fiesta de interés turístico regional.

 

LA VENDIMIA DISMINUYE UN 25% DEBIDO A LA CLIMATOLOGÍA, PERO SE MANTIENE EN LA MEDIA DE LOS ÚLTIMOS AÑOS

 

Un año más, las viñas cargadas de uvas esperan a ser recogidas en las más de 14.459 hectáreas que componen la Denominación de Origen Cariñena. El Consejo Regulador prevé este año una cifra de cosecha en torno a un 25% menos que en 2015 -excepcional por las condiciones especiales que reunió-, pero dentro de la media de los últimos diez años. “La climatología desde hace tres meses ha sido muy seca, con un calor bastante agobiante, pero pese a ello estaremos en torno a los 83 millones de kilos", explica el presidente de la Denominación, Antonio Ubide. No obstante, la cifra final dependerá de cómo evolucione el tiempo en las próximas semanas.

 

En cualquier caso, las previsiones para esta cosecha continúan así el buen balance de los ejercicios anteriores. La calidad de la uva ha sido en este tiempo muy buena o excelente, como pone de manifiesto la calificación oficial de las añadas:

 

2010

Excelente

2011

Excelente

2012

Muy Buena

2013

Muy Buena

2014

Muy Buena

2015

Muy Buena

 

La uva también presenta este año unas características muy buenas. Las primeras variedades (Chardonnay o Merlot) empezarán a recogerse a comienzos de septiembre aunque el grueso de la vendimia arrancará en la segunda quincena de ese mes. En un 80 % de la superficie de la Denominación se hace ya con máquinas vendimiadoras.

 

ELVIRA LINDO, UNA POLIFACÉTICA AUTORA EN CINE, TEATRO Y LITERATURA ESPAÑOLA

 

         La gaditana Elvira Lindo, cosecha de 1962, es una de las escritoras más consagradas de la literaturaespañola. Comenzó la carrera de Periodismo en la Universidad Complutense de Madrid alternando su trabajo como locutora para Radio Nacional de España, donde interpretaba al niño madrileño Manolito Gafotas, que más tarde se convertiría en protagonista de su primera novela y en un clásico de la literatura infantil en España. Las aventuras de Manolito han sido traducidas a más de 20 idiomas, entre ellos, el chino, el japonés, el turco y, actualmente, su versión inglesa. Merecedora del Premio Nacional de literatura Infantil y Juvenil en 1996, a lo largo de los años su actividad ha abordado el periodismo, la novela y el guión televisivo y cinematográfico.

 

Ha escrito novelas para adultos como “Algo más inesperado que la muerte”, “Una palabra tuya”-XIX Premio Biblioteca Breve-, “Lo que me queda por vivir” y “Lugares que no quiero compartir con nadie” y “Noches sin dormir”, un diario muy personal de su último invierno en Nueva York. También es autora de teatro y de los guiones para las películas “La primera noche de mi vida” junto al director Miguel Albaladejo, “Manolito Gafotas”, su popular personaje llevado a la gran pantalla, “Plenilunio”, adaptación de la novela de su marido, el escritor y académico Antonio Muñoz Molina, y “La vida inesperada” dirigida por Jorge Torregrosa y protagonizada por Javier Cámara y Raúl Arévalo.  

 

         Su prolífera carrera como escritora le sirve para colaborar asiduamente en medios como El País con la columna veraniega “Tintos de verano”, en la que caracterizó su vida de “intelectual progre” y que más tarde ha sido publicada en forma de libros. Actualmente publica dos columnas a la semana, en El País, “Don de gentes” los domingos y la de la última página los miércoles. También escribe un artículo semanal en la revista Elle y colabora en la Cadena SER en el programa “La Ventana” dirigido por Carles Francino.