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Antón Castro

MILES DAVIS: REBELDÍA DE JAZZ

MILES DAVIS: REBELDÍA DE JAZZ

Miles Davis, la revolución del jazz

Don Cheadle le dedica una película al trompetista que experimentó nuevos registros sonoros en bebop, cool, jazzrock y fusión

 

Antón CASTRO

"Sólo soy un trompetista. Sólo sé hacer una cosa: tocar mi instrumento y esa es la base de toda la confusión. No soy un hombre de espectáculo y no quiero serlo. Soy un músico", dijo Miles Davis en 1963, cuando ya era uno de los más grandes del jazz. Algunos lo han considerado el Picasso o el Stravinski de la disciplina, y quizá no sea exagerado. Fue un hombre complicado, posiblemente bipolar, hiperactivo y prolífico, y a la vez estaba lleno de demonios. Tenía en su interior, en parejos porcentajes, la semilla de la autodestrucción y la del talento. Fue un renovador absoluto, alguien a quien le gustaba experimentar, buscar nuevos sonidos, emocionarse. Aunque podía ser irascible, para muchos fue el trompetista del silencio, el jazzmen de las suavidades, de la pausa, de esos sonidos casi inefables –líricos, melancólicos, poseídos por la ambivalencia del drama y la serenidad- que marcaron una época. O  varias épocas. Porque si hay una cosa muy clara con Miles Davis –recuperado ahora por Don Cheadle en ‘Miles Ahead’, a los 25 años de su muerte- es que en él hay muchas tentativas, una personalidad torrencial que persiguió una y otra vez, en las grabaciones y en directo, apresar “el espíritu de la música”.

Miles Davis es un tipo muy contemporáneo. Insatisfecho, radical y cambiante. Enamoradizo e hipercrítico. Nació en 1926, tuvo una vida más o menos fácil en su infancia,  era hijo de un odóntologo y de una profesora de música. Aprendió a tocar desde muy joven, quizá desde los nueve años gracias a Elmood Buchanan. Aunque fue un hombre enrabietado con casi todo, escéptico ante el mundo (sí creyó en Desmond Tutu y en Mandela, a quienes les dedicó su disco ‘Tutu’), vivió plácidamente, sin estrecheces ni grandes amarguras.

No tardaría en hacer sus primeros pinitos y tocar en clubs locales de St. Louis. Cuando dejó atrás de la adolescencia, convenció a su padre para que lo matriculase en Juilliard School of Nueva York. Tenía una obsesión: quería conocer a su admirado Charlie Parker, ‘Bird’, e invirtió casi un mes en dar con él; hasta que lo hizo se bañó en la música y la fantasía de los clubs de jazz, vio tocar a muchos de los grandes y aprendió por observación e inquietud de saber. En esos días, y más tarde, se haría asiduo de las bibliotecas: estudió a Stravinsky y a Rachamninoff, a quienes les destinaría palabras de cariño, o Alban Berg. Parker le dio la oportunidad en su grupo, aunque tenía a otro músico increíble: Dizzy Gillespie. Y allí, a su arrimo, en aquel clima posbélico, Miles Davis asimilaría el sonido de los maestros y un estilo que más adelante trabajaría: el bebop, al que sucedería el cool…

Algún tiempo después, con grupo propio ya, grabó uno de sus primeros grandes discos: ‘Birth of the cool’, la primera obra maestra de Miles Davis, que nació de su colaboración con uno de los grandes arreglistas de jazz: Gil Evans. Será su apoyo permanente, un cómplice, alguien que asimila su deseo de experimentar y de arriesgarse; ayudó a Miles a crear algo que anhelaba: que “el sonido flotase como una nube”.

En 1949, Miles David vino con su banda a Europa. Y se desplazó a París, donde viviría una de los mejores momentos de su vida: su historia de amor con la mujer de negro, la musa del surrealismo, Juliette Grèco. En su ‘Autobiografía’ de 1989, Davis lo explicó así: "La música era toda mi vida hasta que conocí a Juliette Gréco. Me enseñó lo que significaba querer algo distinto a la música. Probablemente, Juliette fue la primera mujer a la que amé como un ser humano, en un pie de igualdad. Era hermosa. Teníamos que comunicarnos mediante expresiones, con el lenguaje corporal. Ella no hablaba inglés y yo no hablaba francés. Nos hablábamos con los ojos, los dedos. Con este tipo de comunicación, uno sabe que el otro no le cuenta mentiras. Tienes que moverte por los sentimientos. Era abril en París. Sí, y estaba enamorado." La cita es larga, pero es oportuna, porque ninguno de los dos perdieron oportunidad de recordar aquel amor que se volvió imposible. Fue Sartre quien le preguntó a Davis por qué no se casaba con ella. Su respuesta fue: “La amo demasiado para hacerla infeliz”.

La carrera de Miles Davis fue formidable, sin duda. Grabó discos excepcionales y fue decisivo para abrirle ventanas al jazz y mezclarlo con otros sones. Él, que odiaba a Los Beatles y a Elvis Presley, descubrió a Jimi Hendrix y eso le ayudó a crear un estilo de jazz rock y también se acercó a la fusión. Fue un inconformista: tocó con todos (Herbie Hancock, John Coltrane, Bill Evans…), aprendió, buscó nuevos sonidos, y no dejaron a aparecer grandes álbumes: ‘Bitches Brew’, ‘Miles in Antibes’, ‘Kind of blue’, anterior a su gran crisis.

En 1975, con 50 años, después de haberse convertido en un mito, atravesó una gran crisis: estuvo seriamente enfermo, aumentó su dependencia de las droga, no hallaba su camino. Fue un lustro de rabia, desesperación y silencio, en el que se ha centrado Don Cheadle. Volvería más tarde con ‘We Want Miles’ y ‘You’re under arrest’, donde colaboró con algunos roqueros. Poco antes de morir cumplió un sueño: grabó algunos temas de Prince. Murió demasiado joven. Con 65 años.

 

*Fotografía de Michel Comte.

FRANCIS BACON, UN PERFIL

FRANCIS BACON, UN PERFIL

Francis Bacon, el hombre

a solas o la baba del caracol

 

Historia de uno de los grandes pintores del siglo XX, atormentado y figurativo, que llega en septiembre al Museo Guggenheim de Bilbao.

 

Antón CASTRO

El pintor Lucian Freud y el escritor y viajero Paul Bowles coincidían en un juicio sobre Francis Bacon (Dublín, 1909-Madrid, 1992): “Es la persona más sabia y salvaje que conozco”. El gran pintor, que haría el grueso de su carrera en Londres, fue casi siempre extremado y ambivalente, violento y tierno, partidario de los abismos de la noche y del sexo más turbulento y a la vez desesperadamente romántico y tierno. Admiró a Picasso por encima de todo, y fue su guía, la llama airada que marcó su vocación, a Rembrandt y a Velázquez, con quien dialogó una y otra vez: a su manera torva, sensible, estremecida de lucidez y búsqueda, hizo hasta 40 variaciones de su cuadro ‘Inocencio X’, la cifra de una obsesión capital en el arte contemporáneo. En su última visita al Museo del Prado, según contó en ‘ABC’ la periodista de arte Natividad Pulido, quiso ver especialmente dos cuadros: ‘La Venus del espejo’ del sevillano y ‘La familia de Carlos IV’ de Francisco de Goya.

Francis Bacon tuvo una niñez y una adolescencia desdichadas. Sufría asma crónica y fue maltratado por su burlón padre: entrenador de caballos de carrera y apasionado de la caza, era insensible a la enfermedad de su hijo, que, según sus biógrafos, estaba enamorado de él. Un día lo sorprendió poniéndose la ropa interior de su madre y el joven le confesó su homosexualidad. El padre lo expulsó de casa y buscó a un buen amigo suyo para que le ayudase a cambiar en un viaje por el mundo: el joven Bacon, de mirada frágil y honda, brillantísima y melancólica, lo sedujo igual que había hecho con algunos mozos de las caballerías. El viaje lo llevó a Berlín, donde vio la obra de Otto Dix y George Grosz, y luego a París, donde descubrió  a Picasso. De vuelta a Londres, decidió hacer dibujo y acuarela. En 1937 formó parte de la muestra de ‘Jóvenes Pintores Británicos’ y en 1944, tras algunos años de autodidactismo feroz y una existencia en algunos márgenes, pintó un cuadro emblemático: ‘Tríptico con tres figuras al pie de la crucifixión’, que se expondrá al año siguiente en el Museo de Nueva York en ‘Maestros de la Pintura Británica’.

Ese lienzo era una revelación: la poética del pintor atormentado y figurativo, que ha asimilado elementos del surrealismo y del expresionismo, y que propone la deformación grotesca de los rostros, la convulsión y el desgarro, y la presencia del monstruo. La suya es la pintura de la soledad existencial, del dolor físico, de la carne apaleada o desfigurada, del grito. Algunos años más tarde, cuando pocos le negaban la supremacía del arte con Lucian Freud, Margaret Thatcher dijo que pintaba “asquerosos trozos de carne”. Es una forma de ver esa acumulación de matices, próximos a la repelencia en ocasiones, que hablan del deseo, de la obsesión, del miedo, de la frustración, del vacío de existir. Pintó sus series sobre ‘Inocencio X’ de Velázquez, desde 1949, constantes retratos y autorretratos, y numerosos trípticos. Contaba que había elegido esta forma porque tenía algo de secuencia cinematográfica y el cine era una de sus aficiones. Solía inspirarse en las imágenes en movimiento del fotógrafo Edward Muybridge y en fotogramas de películas de S. M. Eisenstein y de Luis Buñuel.“Quisiera que mis pinturas se vieran como si un ser humano hubiera pasado por ellas, como un caracol, dejando un rastro de la presencia humana y un trazo de eventos pasados, como el caracol que deja su baba”.

Francis Bacon tuvo una agitada vida amorosa. Era un cazador nocturno en puertos, clubs nocturnos, un hombre que vivía peligrosamente, de exceso en exceso, embrujado por los cuerpos y por la pasión. Algunos de sus amantes fueron sus mejores modelos. Al principio, tuvo una relación extensa con Eric Hall, banquero y padre de familia, que fue su amante y mecenas durante quince años. Luego apareció Peter Lacy, piloto de vuelo. Vivieron una pasión destructora durante una década: hubo broncas, puñetazos, celos, cuadros acuchillados. Bacon le diría a su fotógrafo Michael Peppiatt: “Estar enamorado de esta forma tan extrema es como tener una enfermedad espantosa”. Lacy murió poco antes de que inaugurase en la Tate Gallery. Después vivió otra tortuosa relación con George Dyer; se pelearon, se amaron, Dyer lo denunció por consumo de estupefacientes, y finalmente, en 1971, cuando Bacon inauguraba en el Grand Palais de París, se suicidó. Bacon aún tuvo otras dos pasiones: John Edwards, su heredero, y el ingeniero español José Capelo, dedicado a las finanzas. Se conocieron en 1988 en Londres y vivieron tres intensos años con diversos viajes alrededor del mundo. Bacon murió de un ataque al corazón en Madrid, en la clínica Rúber, cuando vino a verlo. Fue su último gesto romántico. Antes le había hecho y regalado algunos cuadros. Cinco de ellos, de pequeño formato, los robaron en Madrid a febrero de 2016 y se buscan en medio mundo. Capelo no ha dicho nada. Él fue la última pasión española de un hombre que amaba a los toreros, a los boxeadores, el vino, Madrid, y la belleza caliente y luminosa de Andalucía, por donde anduvo en 1972. Dentro de poco, a partir del 30 de septiembre, su obra se instalará en el Museo Guggenheim.

 

 

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

VIDAS Y ÉXODOS DE ARANA

Las vidas y los éxodos de José Ramón Arana

 

[El escritor y sindicalista fue librero ambulante en México, creó varias revistas, escribió poesía y novela, y jamás se pudo olvidar de Aragón]

 

Antón CASTRO

La vida no le dio tregua a José Ruiz Borau (Garrapinillos, 1905- Zaragoza, 1973), José Ramón Arana para la literatura, y él vivió con pasión, con peligro y audacia, a salto de mata, entre el amor, la mala conciencia y el afán de sobrevivir. Siempre sintió la huella de una doble ausencia: Aragón, la tierra, el paisaje inicial de campos, serranías, desiertos y ríos como el Ebro lodoso, y su madre Petra Borau, esposa del maestro Ventura Ruiz, que falleció de tuberculosis en 1913 cuando José tenía ocho años. Petra murió en 1956 y su hijo soñó con volver a casa para acompañarla en su último viaje: lo haría algunos años después, en 1972, enfermo ya de un tumor cerebral. Logró que sus restos pasasen al cementerio de Monegrillo y ahora comparten tumba y lápida.

José Ruiz Borau nació en la escuela de chicos de Garrapinillos, cuya biblioteca ahora lleva su nombre. Pronto empezó a trabajar de aprendiz en una imprenta, en un almacén, quiso ser maletilla, y lo era, de capea en capea, hasta que una vaca, Chorreada, le produjo una gran herida. Quizá la afición derivase de uno de los empleos de su madre: era modista y solía coser capotes. El joven, tras el desengaño y el disgusto que ocasionó en casa, se marchó a Barcelona a trabajar en una fundición, de lo que habla en profusión en su libro ‘Can Girona. El desván de los recuerdos’ (1973), que era su proyecto de memorias. Aquel fue un período interesante: frecuentó bibliotecas y ateneos, descubrió el anarquismo, se afilió a la CNT y se casó, en 1925, con Mercedes Gracia Argensó, con quien tendría cinco hijos (o quizá seis porque el primero habría muerto muy pronto): Augusto, Alberto (que es escritor y narra la historia familiar en ‘La piel de la serpiente’, 2001), Marisol, Rafael y Mercedes. Por aquellos días, tal como documentó uno de sus mejores estudiosos, Javier Barreiro -Arana ha sido estudiado, entre otros, por José Luis Melero, Javier Quiñones, Luis Esteve, Eloy Fernández Clemente y Alejandro Díez Torre- publicó sus primeros poemas en la revista ‘Pluma aragonesa’. En 1931, la familia regresó a Zaragoza porque José consiguió un modesto empleo en el Banco Hispano Americano, y eso le condujo al sindicalismo: representó a UGT en la Federación de Banca y Bolsa y llegaría a ser uno de sus principales líderes.

La Guerra Civil le cogió en Zaragoza y decidió llevar a su familia a Monegrillo, donde no tardaría en volver y ejercería, nombrado por los anarquistas, de maestro de pueblo. Poco después se trasladó a Lérida y, en medio de tantas convulsiones, sería nombrado Consejero de Obras Públicas y luego de Hacienda del Consejo de Aragón, con sede en Caspe. Su familia intentó seguirle pero solo encontró acomodo en Mequinenza, Javier Barreiro, en la edición de sus más que interesantes ‘Poesías’ (Rolde, 2005), dice que en este cargo “proyecta la creación de un órgano regional de cajas de ahorros y ejerce una labor febril”. A finales de abril se desplazó a Rusia, viaje que dio lugar al libro ‘Apuntes de un viaje a la URSS’ (1938). Tras dejar embarazada a su esposa de la niña Mercedes, a la que no llegaría a conocer y a la que dedicaría una sincera elegía, se marchó a Bayona y finalmente al exilio. Estuvo en el campo de concentración de Gurs, que le inspiró muchos poemas. Para entonces ya había conocido a la que iba a ser su segunda compañera: la poeta María Dolores Arana, con quien se reunirá primero en Francia y luego, definitivamente, en Mèxico. A ella le debe el seudónimo que le ha dado fama: José Ramón Arana.

Con María Dolores vivirá hasta 1959. Casi una década antes había conocido a la profesora de música y republicana Elvira Godás, con la que se casaría en 1960. La primera cita, el día de Reyes de 1950, la contó así Javier Quiñones para ‘Artes & Letras’ de HERALDO: “Arana, vestido toscamente, se presentó con un paquetito de bombones en un cucuruchito humilde de papel y fueron a sentarse a un banco de la alameda y allí conversaron hasta las tres de la mañana”. En México, Arana fue librero ambulante que cargaba sus volúmenes e iba de lugar en lugar, de café en café, y a veces de pueblito en pueblito. Fueron años de estrecheces; con María Dolores tuvo dos hijos más: Juan Ramón y Federico. Simón Otaola abordó la ingente labor cultural del zaragozano en un libro muy recomendable, que recuperó para Ediciones el Imán su primo José Luis Borau: ‘La librería de Arana’. Allí puede leerse este retrato: “[José Ramón Arana] es fuerte y cuadrado. Tiene porte exterior de capataz. Tiene cara de palabrotas, de hombre feroz, de sargento Malacara. Le rascas, de corazón a corazón, y se observa que las apariencias se ceban en él porque es, lo que se dice, un niño, un niño gigantón y admirable. Vendiendo libros, hablando y escribiendo de España, sufriendo y soñando se le va la vida.” Vivía por España, ebrio de melancolía, y se acordaba una y otra vez de Aragón. Alentó tres revistas literarias: ‘Aragón’, que realizó cinco entregas, entre 1943 y 1945; ‘Ruedo Ibérico’, con un único número en 1944, y ‘Las Españas’, 25 números a lo largo de ocho años, entre 1946 y 1953.

En 1950 publicó la que muchos consideran su obra maestra: ‘El cura de Almuniaced’, que narra la historia de un sacerdote, hondamente humanista, que se enfrenta al poder, a la tiranía fascista y al descontrol de los milicianos en el contexto de la Guerra Civil. Publicó otros textos, tuvo un hijo con Elvira Godás, Veturián, título también de su única obra teatral. En 1968 se le descubrió un tumor cerebral y empezó a barajar el regreso a España, algo que hizo en 1972. Se afincó en Casteldefells y murió en la clínica Quirón, donde se sometió a un famoso tratamiento del doctor Blanco Cordero, que no tuvo éxito. Su hijo Alberto lo vio poco antes del adiós, en el lecho, y entrevió la humedad de unas lágrimas en su último rostro.  

 

*La Ilustración es de José Luis Cano para el libro 'Zaragoza' de Media Vaca.

BROTO EN MONTEVIDEO

BROTO EN MONTEVIDEO

BROTO: MUNDOS

El  artista plástico zaragozano inaugura muestra individual a Montevideo. La exposición se presenta en el Centro Cultural de España en Montevideo, dirigido por el oscense Ricardo Ramón Jarne. 

 

Uno de los más prestigiosos pintores mundiales, el zaragozano José Manuel Broto expone simultáneamente en el Centro Cultural de España en Montevideo y la Galería Xippas. MUNDOS está compuesta por obras creadas en la residencia del artista en Montevideo durante marzo y abril de 2016 especialmente para estas exposiciones. 

 

Premio Nacional en España en 1995, ha expuesto en los Museos y Fundaciones más importantes, como el Reina Sofía de Madrid, ha sido artista de míticas galerías como Maeght en París, Soledad Lorenzo en Madrid, Carles Tache en Barcelona y Xippas en Atenas, París, Montevideo. Su obra está presente en las mejores colecciones de arte contemporáneo del mundo, desde el MOMA y el MET de Nueva York, The Dove collection en Zurich, The Kampo Colletion en Tokio o La Colección Preussag de Hanover.

 

La exposición BROTO: MUNDOS, está integrada por una selección de pinturas que se presentan en la galería Xippas de Montevideo y una serie de 17 dibujos en gran formato, realizados especialmente para el espacio del Centro Cultural. Durante su residencia en el Centro Cultural de España, a principios de este año, Broto dictó un taller cuyo resultado presentamos en el espacio HUB_ Broto: Abstracción colectiva. Una obra que realizaron conjuntamente quienes fueron seleccionados para disfrutar del taller:  Marcelo Martiarena, Verónica Sosa, Viviana Guiridi, Linda Krudo, Luis Peña, Carlos Malvar y Bernardo Thompson. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. 

 

Una apuesta de la Agencia Española de la Cooperación Española por la promoción de la cultura en el exterior. 


Recorrido Broto  

A comienzos de los años setenta, Broto fue protagonista en la fundación del grupo Trama en Barcelona, colectivo de artistas que reivindica el arte abstracto. El grupo centra sus experiencias en problemas estrictamente formales, sobre todo en la relación entre el soporte sobre el que se desarrolla la obra y su superficie, basándose en los presupuestos del movimiento Supportsurface.

Su fundamentación teórica se nutría del Marxismo-leninismo, el pensamiento psicoanalítico, la doctrina de Mao Zedong y otras influencias provenientes de la revista francesa de teoría y crítica literaria Tel Quel, en la que escribían pensadores como Jacques Derrida, Michel Foucault, Julia Kristeva, Roland Barthes, Umberto Eco, Georges Bataille.

 

El grupo edita la revista Trama presentada por Antoni Tàpies en 1976, artista que inspira y abre el camino para la siguiente generación de pintura. En esta época, Broto se presenta como un pintor informalista basado en estructuras geométricas elementales, utilizando colores neutros y descartando el uso de sombras. Desarrolla una abstracción con una intensa carga de lirismo que combina las formas abstractas con objetos geométricos o signos tomados de otros lenguajes (matemáticas, música, escritura). Sus composiciones exhiben un lenguaje abstracto que trasciende lo gestual. Desde esta época, las grandes manchas de color tienen un lugar central en sus composiciones.

En 1985 se traslada a París donde coincide con otros artistas españoles como José María Sicilia, Miquel Barceló o Miguel Ángel Campano. El resultado de este cambio geográfico se ve reflejado en su obra que deviene más abstracta. Broto abandona por completo la figuración y los rígidos parámetros constructivos para investigar el expresionismo abstracto y dedicarse de lleno a la pintura gestual.

Con el paso del tiempo, el artista incorpora nuevos elementos a su trabajo tales como transparencias, formas atmosféricas y figuras espaciales. Su obra se vuelca cada vez más hacia una abstracción de fuerte contenido cromático. Surge del contraste, mezclando el rigor y la libertad, la transparencia del gesto manual y la opacidad de una impresión digital. El artista trabaja las contradicciones de la materia, el color y la forma con el fin de unirlos a la posibilidad de nuevas dimensiones. Las formas geométricas del fondo se ven desafiadas por la organicidad de las siluetas, mientras que la mezcla de colores, en su estado más crudo, cobra vida sobre un plano preestablecido. Broto inventa un espacio infinito dentro de la superficie definida de un cuadro, dejando ver el antagonismo y la celebración de su paisaje mental. En su obra, la contradicción se transforma en armonía.

 

BARBASTRO: 'DE GUTENBERG A TWITTER'

[La exposición 'De Gutenberg a Twitter', que concibió y coordina Rafael Bardají llega a la UNED de Barbastro. Coloco aquí un fragmento del texto y dejo el link del catálogo en pdf. Muy interesante.]

 

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Para quienes se han hecho mayores en este siglo es imposible concebir un mundo sin ordenadores, tablets o móviles conectados a Internet. Para quienes venimos de 1960, nos resulta difícil prescindir de muchas de las ventajas que proporciona, pero tenemos alguna idea de lo que supone vivir en un mundo desconectado en el que la vida y milagros de cada uno de nosotros no esté casi permanentemente expuesta. Disponemos de más información de la que nunca podremos asimilar, pero, también, somos víctimas de la desinformación. Somos la enésima generación de la letra impresa, de las bibliotecas creadas y alimentadas con mimo a lo largo de siglos. La letra impresa tuvo un antes. La inmensa mayoría de la gente no podía contar más que con la transmisión oral para completar la imagen de su mundo sin horizontes. Hombres extraordinarios inventaron la imprenta. El poder tuvo que competir con materiales impresos que se difundían rápidamente y que discutían, matizaban y atacaban el orden establecido. La censura, la quema de libros y de sus autores fueron barreras impuestas por el poder a la difusión libre de las ideas. Gracias a los materiales recogidos por Rafael Bardají y Joaquín Sebastián, a la Diputación de Huesca y al Ayuntamiento de Zaragoza que han producido la muestra, tenemos ocasión de contemplar en la UNED de Barbastro, algunas de las viejas máquinas que hicieron posible la difusión del saber y el conocimiento y la evolución del periodismo desde Gutenberg hasta hoy. Que la disfruten (la exposición) Fundación Ramón J. Sender UNED Barbastro

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

EN EL ADIÓS A VÍCTOR MORA

Víctor Mora, aventura, intriga

medieval y héroes positivos

 

El guionista, traductor y novelista creó grandes personajes como el Capitán Trueno, el Jabato, el sheriff King o el corsario de hierro

 

Antón CASTRO

Víctor Mora (Barcelona, 1931-2016) parecía un señor lacónico, de respuestas breves y secas, sin paja, pero la verdad es que era todo lo contrario: se daba la importancia justa y manejaba un manantial inagotable de anécdotas que contaba con mucha gracia. Fu un luchador que creyó en un puñado de ideales: la libertad, la República, la aventura, la imaginación mezclada con fantasía, el sueño de los héroes, casi siempre con compañía, y también los derechos de autor del guionista. Los tebeos marcaron su vida, casi tanto como su condición de exiliado de España a los cinco años debido a la militancia de su padre. Fue generoso con los otros, admiró a los grandes –Milton Caniff, Harold Foster, Alex Raymond, Frank Robbins, Freixas, Jesús Blanco o Paco Roca; se sabía un personaje de ‘El invierno del dibujante’- y trabajó a gusto con muchos dibujantes (y no solo Ambrós o Ángel Pardo, ilustradores de ‘El Capitán Trueno’). Su poética, o su modo de estar en el mundo y en la creación, podría resumirse así, tal como dijo en un chat: “Trabajar, trabajar y trabajar y, sobre todo, leer muchos libros de todo tipo y no solo de cómic. Ser muy curioso y fijarse y aprender de lo que también hacen los demás”.

Nació en Barcelona, donde vivió hasta los cinco años. Luego su familia se instaló en Francia y él creció rodeado de cómics. Le atrajeron de inmediato los héroes americanos y cuando regresó a Barcelona, tras la muerte de su padre en Limoges, a los once años, estaba envenenado de tebeos, de trazos, de personajes, de tintas. Tuvo que ayudar a su madre y realizó diversas faenas, pero la vocación era más grande y debutó, casi de puntillas, en 1948, a los 17 años cuando empezó a colaborar en ‘Doctor Niebla’, que dibujaba Francisco Hidalgo, e incluso hizo sus pinitos como ilustrador de ‘Capitán Kerr’ para la revista ‘Historieta’, pero la experiencia no le satisfizo. En cambio, se sintió más cómo con un nuevo proyecto con Hidalgo, ‘Al Dany’ (1953) en un tiempo en que el cómic suponía una vía de escape y a una adicción constante. Por aquellos años, Iranzo triunfaba en Bruguera con ‘El Cachorro’ y en la editorial le buscaron un contrapunto y un acompañamiento. Apasionado de la aventura, del universo medieval y del ciclo artúrico en particular –el Rey Arturo, Ginebra, Merlín y sus caballeros: Lanzarote del Lago, Galván, Tristán de Leonís, etc.-, el joven Víctor Mora concibió ‘El Capitán Trueno’, al que llevó a las Cruzadas, lo situó cerca de Ricardo Corazón de León, y le inventó tres compañeros: el joven Crispín, el gigante Goliath y la bella y escurridiza Sidgrid, aquella enamorada rubia y carnal que esperaba regresar su reino algún día. Víctor Mora firmó sus guiones, de partida, con el seudónimo de Víctor Alcázar y contó con un colaborador de lujo: Miguel Ambrosio Zaragoza, Ambrós, que hacía unos dibujos muy eficaces. Ambos cuidaban la planificación, los detalles, la puesta en escena, y eran partidarios de la aventura por la aventura. Dentro de un tono ligero de comedia, había suspense, viaje, peripecias, fantasía. De aquellos cuadernos apaisados semanales se llegaron a vender más de 300.000. ‘El Capitán Trueno’ alimentaba de fábulas y de sueños las infancias y adolescencias españolas. Aquel héroe encarnaba un ideal de justicia. era el bueno por excelencia y siempre estaba dispuesto a reparar males y fechorías y a escarmentar a los villanos.

Para Víctor Mora, pese al éxito, no todo eran días de vino y rosas. Cercano al PSUC, en proceso de reorganización en la clandestinidad, colaboraba con el partido. Lo detuvieron con su compañera Armonía Rodríguez por comunista y masón y los mandaron un tiempo a la cárcel Modelo de Barcelona. Al salir, decidieron exiliarse un tiempo en Francia, hacia 1963. Víctor Mora no había parado de trabajar y de imaginar argumentos: ‘El Capitán Trueno’ duraría entre 1956 y 1968. En el país vecino siguió creando historias y colaboró en diversas publicaciones como ‘Pif’, ‘Vaillant’ y ‘Pilote’. Más tarde extendería sus tentáculos hacia Bélgica y, ante todo, fortaleció su condición de escritor en catalán con novelas como ‘El plátens de París’ y ‘El café del homs tristos’, ambas de 1966. Volvió a España y no paró de crear personajes y de colaborar en diversos frentes: en la traducción, en los artículos de prensa, en la ficción narrativa y en los guiones de historieta. Ahí están personajes suyos como ‘El cosaco verde’, ‘El corsario de hierro’, ‘El sheriff King’ o ‘Las crónicas del Sin Nombre’, que ilustró Luis García. Al especialista Ramón Pérez Rodríguez le dijo: “Todo relato de aventuras contiene acción, suspense, intriga y humor”. Y le contó que la censura era incorregible: a sus héroes medievales les quitaron las armas y los dejaron con el puño en alto. Paradojas del sistema. En 2006 presentó ‘El gran libro del Capitán Trueno’ en su 50 aniversario, escrito en colaboración con su compañera Armonía Rodríguez. Y dijo a modo de resumen definitivo: “La calidad no envejece y el Capitan Trueno tampoco”. Fallecía en Barcelona el pasado miércoles: antes de partir, enfermo de cáncer, seguro que se encomendó a su héroe más romántico y positivo.

 

*La foto de Víctor Mora se publicó en varios periódicos y es de Efe. El artículo apareció en la sección LETRAS ESTIVALES de Heraldo.

UN SIGLO DE GREGORY PECK

UN SIGLO DE GREGORY PECK

Gregory Peck, casi perfecto

en la vida y en el cine

 

Se cumple un siglo del nacimiento del hombre que encarnó a Atticus Finch, al capitán Ahab o al malvado Joseph Mengele

 

Antón CASTRO

El cine está lleno de maravillosas historias delante y detrás de la pantalla. Mary Badham, la niña Scout de ‘Matar a un ruiseñor’ (1962) de Robert Mulligan, jamás pudo desembarazarse de su personaje y mucho menos de la figura de Gregory Peck (La Jolla, California, 1916-Los Angeles, California, 2003), que encarnaba al abogado Atticus Finch. Ella ha recordado “el amor, la calidez y la comprensión, y la sonrisa profunda y maravillosa del actor” que dio vida al protagonista  de Harper Lee. Quizá sea el mejor padre de la historia del cine y uno de los más positivos y comprometidos: leía a sus hijos y se tomaba tiempo para escucharlos. Peck era “accesible y natural” tanto en el set como en los descansos: los chicos lo sentían casi como un padre de verdad y se sentaban con él en su regazo, le pedían historias o bromas mientras se balanceaba en su hamaca.

Harper Lee, que jamás había estado en un rodaje, se quedó fascinada cuando lo vio actuar; unas lágrimas de emoción le abrillantaron la mejilla. Luego le dijo al actor: “Me ha recordado la barriguita de mi padre”. Peck, con su habitual sentido del humor, le respondió: “Ese es un recurso de actor”. El intérprete de La Jolla era tan profesional y metódico que ensayaba en secreto algunas de las escenas y quizá fue el primero en saber que aquella iba a ser una película para siempre, que se rodó como en un estado de gracia. Lee tuvo un detalle maravilloso: le regaló el reloj de bolsillo de su padre y Peck acudió con él a recibir el Oscar al  mejor actor de manos de Sofía Loren en 1963.

Quizá sea una manera blanda de empezar un texto sobre Gregory Peck, de cuyo nacimiento se cumple un siglo, pero este actor no solo es uno de los más grandes y de “los más apuestos”, según muchas actrices, de Hollywood, sino un ser humano entrañable, comprometido con la libertad, con los derechos humanos y escasamente frívolo en un universo de frivolidades. Quiso ser bastantes cosas, militar, médico, y fue algún tiempo camionero, pero en cuanto decidió ser actor, se aplicó a ello con determinación. Estudió el método de Constantin Stanislavski, se matriculó en Literatura y Lengua en Berkeley y estudió de lleno arte dramático. Y decidió jugárselo todo a una carta: con 130 dólares en el bolsillo se marchó a Nueva York. Allí empezaría todo, incluido el amor: en 1942 vio a la maquilladora y diseñadora Greta Konen Rice, se enamoraron, se casaron y vivieron juntos hasta 1954; tuvieron tres hijos. Al año siguiente, se prendó de la periodista francesa Veronique Passini, tras una entrevista. Peck llamó a su diario para volver a verla y ahí empezó una relación que se prolongó hasta la muerte del actor.

Tras diversos escarceos, puede decirse que la carrera cinematográfica de Gregory Peck –hijo de padres separados, se crió con una abuela loca por el cine- empezó con dos películas como ‘Días de gloria’ de Jacques Tourneur, el director de ‘Retorno al pasado’, y ‘Las llaves del reino’, de John Stahl, ambas de 1944. A partir de ahí se convirtió en una presencia constante, en un galán de 1.90, en un rostro versátil en muchas películas importantes: ‘Recuerda’ (1945) y ‘El proceso Paradine’ (1947), ambas de Alfred Hitchcock, donde da la medida de su complejidad, encanto y fotogenia, al lado de dos grandes y bellas actrices como Ingrid Bergman y Alida Valli.

En 1946 había intervenido en otra película fantástica, un western distinto, ‘Duelo al sol’, de King Vidor, donde era al hermano malo de Joseph Cotten; rivalizaba por la belleza morena y pasional de Jennifer Jones, con quien vive una escena de desgarrada sensualidad. En 1953 participó en ‘Vacaciones en Roma’ de William Wyler, una exaltación del viaje y del verano, de las vacaciones, de los amores improvisados, que puso de moda la Vespa. Audrey Hepburn se enamoró locamente de él, pero Peck no aceptó. En cambio, establecieron un pacto de cariño y amistad para siempre. La carrera de Peck contempla otros títulos espléndidos, más de 50: ‘Moby Dick’ (1956) de John Huston, donde encarnó al torturado, obsesivo y rencoroso capitán Ahab, la película se rodó en parte en Canarias… Otros títulos suyos fueron ‘Mi desconfiada esposa’ (1957) de Vincent Minnelli, ‘El cabo del terror’ (1962) de Lee J. Thompson, ‘Los niños del Brasil’(1978) de Franklin Schaffner o ‘Gringo viejo’ (1989) de Luis Puenzo. Y, por supuesto, ese oasis de talento y compromiso, ya glosado, que fue ‘Matar a un ruiseñor’.

Peck declaró ante Joseph McCarthy, se manifestó contra la guerra del Vietnam, promovió y apoyó centros para actores, produjo películas antibélicas y puso voz a los derechos de un colectivo de homosexuales. La periodista Pauline Kael lo definió como “un actor competente pero siempre un poco aburrido”. Nadie es perfecto, ni falta que hace. Tras recibir la novela ‘Matar a un ruiseñor’ le dijo a Robert Mulligan y a su productor: “Si me queréis, soy vuestro”. Quizá sea su mejor epitafio. 

 

 

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

HISTORIA DE PEGGY GUGGENHEIM

La mujer que amaba a los artistas

 

Historia de una galerista que se casó con Max Ernst, descubrió a Jackson Pollock y construyó su santuario del arte en Venecia: Peggy Guggenheim (1898-1979)

 

Antón CASTRO

“Sentí que toda la luz de mi vida se apagaba”, dijo Margueritte Guggenheim (Nueva York, 1898 –Padua, Italia, 1979) en un momento en que se le encadenaban  varias circunstancias adversas en el seno de su familia de locos y extraños, como dice Francine Prose en su libro: ‘Peggy Guggenheim. El escándalo de la modernidad’ (Turner. Traducción de Julio Fajardo): su padre, Benjamin, hombre de negocios, murió en el Titanic, su madre estaba un tanto trastornada y repetía hasta tres veces cada frase, su hermana murió en el parto y tenía un tío excéntrico que mascaba hielo y carbón y acabaría suicidándose. Se probó en la consulta de un dentista y también en una librería de vanguardia. Aprovechó para formarse, para interesarse por algunos aspectos del arte y la cultura; al fin y al cabo era sobrina de Solomon R. Guggenheim. Hacia 1920 recibió una herencia de 2.5 millones de dólares y pensó que era el momento de emprender su primera aventura. Era una mujer más resultona que bella y un tanto acomplejada por dos razones: la nariz ganchuda de su familia y su procedencia judía. Tenía una personalidad ambivalente: era tímida y descarada, rebelde y caprichosa. No tardaría en descubrir otra facultad o impulso: la voracidad amorosa. Peggy Guggenheim –ella misma lo reveló en sus ‘Confesiones de una adicta al arte’- tuvo alrededor de 400 amantes, y la mayoría fueron artistas.

París era una fiesta, sin duda, de creación, de bohemia, de sueños y de alcohol. Ahí empezó a fraguar su leyenda: se instaló en la ciudad, se divertía, acudía a algunos estudios y a la par viajaba y frecuentaba a jóvenes artistas y creadores: Tristan Tzara y los dadaístas, Man Ray y James Joyce, a los que visitó en Normandía, Ezra Pound, con quien estuvo en Rapallo, o la mismísima Isadora Duncan, que albergó el sueño de que le financiase algunos espectáculos; no lo hizo pero le presentó a mucha gente famosa. No podemos dejar al margen a quien fue quizá su mejor consejero y tal vez amante, Marcel Duchamp; la educó, le dio consejos, fue el responsable de “mi incursión en el mundo del arte moderno”.

Casi antes de descubrir que el arte iba a ser su mejor plataforma entró en contacto con Laurence Vial, con quien se casó y con quien tuvo dos hijos: Sindbad y Pegeen; perturbada y alcohólica moriría joven. La vida con Vial no fue fácil: la maltrató a menudo, le pegaba y la empujaba por la calle. En 1929, tras seis años de convivencia tormentosa, se separaron. Entró en su vida el escritor inglés John Holms, que también tenía sus rarezas y sus arrebatos de cólera, pero cumplió el papel de amante, de amigo y de preceptor. Francine Prose dice: “Soportaba el daño físico y psicológico, humillando a los hombres, controlándolos con su dependencia económica”. Holms murió joven de un infarto. Sucesivamente ocuparon su corazón el escritor Samuel Beckett, con quien vivió 13 meses con una pasión esencialmente sexual y etílica, o los pintores Yves Tanguy y Max Ernst, que le despertó la locura del deseo y los celos, porque el atractivo Ernst, de ojos azules, estaba con ella por dinero y había perdido la cabeza por la pintora y escritora Leonora Carrington.

 

En esta incesante peripecia de arte, alcohol y amor, Peggy creó la Guggenheim Jeune en Londres en 1938, y duró algo más de un año. Aprovechó para presentar a los británicos el arte moderno y, sobre todo el surrealismo: Brancusi, Arp, Léger, Man Ray, Braque, Matisse, Picasso, Tanguy; más tarde, se trasladó a París y allí desarrolló su idea genial. Tras el estallido de la II Guerra Mundial adquirió, a bajos precios, cuadros a los artistas en sus talleres, como si cultivase el lema: “Un cuadro cada día”. Cuando se aproximaban los nazis a París, por sugerencia del pintor Fernande Léger, ofreció su espléndida colección para que se la guardasen en el Louvre; no aceptaron y ocultó los cuadros en un granero en Vichy. Fue entonces, en 1940, cuando conoció a Max Ernst, su segundo esposo. Al final, los embarcó en dirección a Estados Unidos y sería allí donde crearía la galería The Art of This Century, cuyo gran descubrimiento fue Jackson Pollock. Al principio no lo interesó su pintura caótica ni confiaba en él, aunque quizá le hiciese sospechar que un artista tan distinto como Piet Mondrian, de rigurosa geometría, dijese que le resultaba emocionante. Se convirtió en toda una figura, en su amante y le encargó el mural de su casa de Manhattan. En 1947 decidió trasladarse a Venecia y en 1951 abrió a la gente el Palazzo Vernier dei Leoni, que era su santuario, su galería viva y casi un centro de peregrinación. Confesó que cuando la dejó el sexo –aún tuvo otro romance con el joven poeta ‘beat’ Gregory Corso- lo que más emoción le producía era deslizarse en góndola por la laguna. Bueno, eso, y acaso repetir una y otra vez su frase más célebre: “Yo no soy una coleccionista de arte, soy un museo”.

*Peggy Guggenheim, retratada por Man Ray en 1930.

Este texto ha aparecido en Heraldo, en la sección LETRAS ESTIVALES.