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Antón Castro

GARCÍA LORCA: 80 AÑOS DESPUÉS

GARCÍA LORCA: 80 AÑOS DESPUÉS

GARCÍA LORCA: ASÍ QUE PASEN 80 AÑOS*

El verano de 1976, creo que fue por entonces, me trajo toda una revelación: la figura de Federico García Lorca y la generación del 27. Un día en una revista, ‘Semana’ o ‘As color’, vi una oferta del Círculo de Lectores con sus ‘Obras’. Me llegó por correo aquel volumen ahuesado de más de 300 páginas con ‘Impresiones y paisajes’, ‘Libro de poemas’, ‘Romancero gitano’, ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’ y algunas obras de teatro, entre ellas ‘Yerma’ y ‘La casa de Bernarda Alba’. También iba en el lote ‘Diván del Tamarit’. Pensé que no había que saltarse nada, aunque el deslumbramiento se produjo con ‘Romancero gitano’, por el universo dramático y misterioso, aquellos seres marcados por la fatalidad, la presencia de la luna, las pasiones imposibles, tan sexuales, tan absorbentes, la atmósfera de cine (“El día se vas despacio, / la tarde colgada a un hombro, / dando una larga torera / sobre el mar y los arroyos”), la profusión de metáforas que procedían de la tradición popular, de los cantares andaluces, de la modernización de la mirada poética y de un sentido musical impresionante. El ‘Romancero gitano’ tenía algo de novela fragmentada: el lector la tejía poco a poco en su cabeza. Me impresionaron su lenguaje, la elección de palabras, su latido y su melodía, la belleza sonora, la épica intemporal. Leí el libro una y otra vez, lo llené de notas del diccionario, de subrayados. Me cautivó especialmente el ‘Llanto por Ignacio Sánchez Mejías’, esa elegía tan espectacular y sentida con su fraseo taurino y la percepción de la muerte en la tarde insondable. Lorca fue una escuela de castellano, un laboratorio de imaginación y de quimeras, era la fluidez, la inspiración, la facilidad increíble del armador de metáforas y símbolos. Con el paso del tiempo, ‘Diván del Tamarit’ se convertiría en mi libro preferido: el amor hecho embrujo y plenitud, plasticidad árabe y dolor, nube de oro y vapor de sueño. Poco a poco, como otros compañeros, descubrí más cosas de Lorca: su pasión por el flamenco, su compromiso con la II República, su tarea en las Misiones Pedagógicas, su encanto personal, sus amores tempestuosos, su candor, su surrealismo, su concepto de la amistad, el libro del espanto que fue ‘Poeta en Nueva York’, y su muerte incivil, aciaga, que nació de la sangre turbia que se encona aún más y se envenena de odio. Han pasado 80 años.
*Este texto se publicó el domingo en 'Cuentos de domingo' en Heraldo de Aragón.

ENRIQUE VILLAGRASA: LOS POETAS ARAGONESES Y NUEVA YORK

[El poeta y crítico literario Enrique Villagrasa, dentro del proyecto Parnaso 2.0, que promueve el Gobierno de Aragón, publica un amplio texto sobre la presencia de Nueva York en la poesía aragonesa.]
#400Cervantes #Parnaso2punto0

La poesía en Aragón – Textos comunicaciones y ponencias –

Enrique VillagrasaNueva York en la poesía aragonesa actual (siglo XXI)

 

Diríase que la ciudad de “Nueva York, el marimacho de las uñas sucias, despierta.”; o sea, que existe para nosotros desde que el poeta Juan Ramón Jiménez la nombra en su reconocido Diario de un poeta recién casado (1917), poemario angular que da inicio a la poesía moderna escrita en lengua española. Antes, otros poetas como es bien sabido ya habían hablado de Nueva York, como el cubano José Martí; el nicaragüense Rubén Darío; o el malagueño José Moreno Villa. Después apareció la tragedia lírica que es Poeta en Nueva York (1940) de Federico García Lorca y por último el diálogo urbano poético que es Cuaderno de Nueva York (1998) de José Hierro; entre otros muchos, claro: pero, muchos son los libros escritos pero pocos los necesarios. Hierro demostró que no era necesario estar en Nueva York para escribir un buen poema sobre esa ciudad: Canción del ensimismado en el puente de Brooklyn incluido en su poemario Libro de las alucinaciones (1964), sin ir más lejos.

Pero, para nosotros fue el poeta Ildefonso Manuel Gil (Paniza, 1912-Zaragoza, 2003) quien nos explicó que sí, que Nueva York estaba allende los mares y le esperaba en esa otra orilla. Él se marchó para allá a principio de los años 60 y permaneció allí hasta 1983. En esa ciudad escribió Los días del hombre (1968); Elegía total (1976);  De persona a persona (1971); Poemas del tiempo y del poema (1973); y la antología Hombre en su tierra (1978). Pues bien, me fijo en Elegía total porque es un poemario con tintes surrealistas y de denuncia histórica, que me llama la atención por estos versos, entre otros muchísimos: “El caballo creció dentro de Troya:/ lo hicisteis entre todos, tabla a tabla”, que me resultan cercanos por sus ecos greco lorquianos; puesto que si leyendo el citado poemario de Lorca realizamos un viaje a los mismos cimientos de nuestra civilización occidental, a un mundo que el poeta entendió como nadie y lo padeció en sus carnes, como sabemos, en esos dos acertados versos de Gil está todo sintetizado: ese otro lirismo trágico griego, esa mitología, que tanto nos ha enriquecido culturalmente hablando, y la más atroz de las tragedias como es el capitalismo que nos atenaza aún hoy, con su neoliberalismo.

Después de Ildefonso Manuel Gil vendrán otros muchos escritores y poetas aragoneses a quienes la ciudad de Nueva York les ha fascinado y les fascina y, por eso, han dejado testimonio escrito y lo seguirán haciendo, espero. Así lo ha hecho en su obra José María Conget (Zaragoza, 1948), premio de las Letras aragonesas en 2007, entre otros; y en los otros, en los poetas es en los que quiero fijarme: en algunos de ellos son en los que quiero ver ese interés; y este es el motivo de este artículo: descubrir esa influencia que la ciudad de Nueva York o alguno de los aspectos relacionados con ella: urbanos o culturales han tenido o/y tienen en alguno de los poetas más significativos de la poesía aragonesa actual (s. XXI): tanto en los que han vivido allí, en los que todavía viven, en los que van y vuelven por profesión o por turismo, y en los que no han estado allí pero nos han dejado señales claras de la presencia, de la gran urbe, de ese centro del mundo, en sus versos; y más tras el atentado del 11 de septiembre de 2001, contra las Torres Gemelas.

Tengo que recordar que tanto Ildefonso-Manuel Gil, como Ignacio Escuín, Ángel Petisme, Carmen Ruíz Fleta y Manuel Vilas están recogidos por Julio Neira en su exhaustivo y cuidadoso trabajo Historia poética de Nueva York en la España contemporánea (Cátedra, 2012) y en Geometría y angustia. Poetas españoles en Nueva York (Fundación José Manuel Lara, 2012), donde Nacho Escuín y Manuel Vilas figuran también y con los mismos poemas en ambos libros.

Un grande de las letras aragonesas, que por decano inicia este breve recorrido, es Ángel Guinda (Zaragoza, 1948), poeta que ha vivido en Nueva York, que yo sepa al menos un mes, más o menos. Poeta que ha sido reconocido con el premio de las Letras aragonesas (2010) y quien en su libro Espectral (Olifante, 2011) escribe con la rabia visceral que le caracteriza este grito, donde habla de la ciudad del color y del volumen, haciéndose eco de esos otros dos elementos que el viajero capta en la gran ciudad: “arquitectura extrahumana y ritmo furioso. Geometría y angustia”, como  explicó García Lorca al llegar a la mega metrópoli. Y Guinda escribe:

¿HASTA CUÁNDO esta danza macabra? Cordilleras y cementerios se dislocan. Nado, labro las aguas con los dientes, siembro espuma de histeria, araño el aire, mastico las tinieblas. ¡Nada! Como paso las páginas de un río pasé las avenidas de New York  -la ciudad del color  y  del  volumen-.  Desata el  delta trenzas de vapor, gordos mosquitos sobre el arrozal. Veo abrirse las flores del hibisco, los poros de las piedras, las espinas del cactus, del erizo, tan resistentes a la adversidad.

Luisa Miñana (Barcelona, 1959, vive en Zaragoza desde siempre), quien en su libro Ciudades inteligentes (Olifante, 2014) tiene un poema en prosa preciso y precioso. Ella que no ha estado en Nueva York realiza una fantástica, necesaria, crítica y justa comparación entre el Actur (Actuación Urbanística Urgente…) que es el nombre con el que se conoce popularmente al barrio donde habita en Zaragoza, ganado al antiguo cauce del río Ebro, y lleno de calles bautizadas con los nombres de poetas, escritores, cineastas y de Pablo Picasso, el genio.

Realidad aumentada

A pesar de todo, lo confieso, soy justamente feliz por las mañanas. A pesar de mí misma, lo soy. No es difícil: soy feliz por el sol y por los árboles que cubren a mi paso las ventanas más altas del World Trade Center.

Muy temprano, a sus puertas, la gente fuma ya y bebe café, y habla. La gente recompone su mundo cada día, como se recomponen los poemas: a trozos y sin miedo. Por las mañanas cada tránsito tiene pautado un orden natural de ser y estar. La vida debería volverse así de fácil todo el tiempo. Pienso para mí misma. No quiero pensar más.

(…)

En el Actur, igual que en Nueva York, necesitamos centros de negocios para proporcionar trabajo temporal a los cientos de miles de poetas y fantasmas poéticos que en oleadas llegan desde las azoteas, desde las discotecas y los bares de moda, empachados de versos, desde los suplementos culturales, regurgitando arcilla y masticando miasmas que rebosan por las alcantarillas en forma de ordenada realidad. Poetas de la condenación del universo entero se citan en el Actur.  Poesía y cadáveres son el genoma oculto de la vida en el barrio. Es la arcilla podrida de los siglos la que causa la palidez famosa y la bohemia endémica en los poetas que eternamente vagan por las calles del Actur. La arcilla enriquecida por batallas inútiles libradas al pie de la ciudad y por cadáveres. El barro putrefacto de la vida perdida y de la eternidad. Cuanto es y no es:

Poesía. Eternidad. Cadáveres.

(…)

El periodista, narrador y poeta Antón Castro (Arteijo, A Coruña, 1959, aunque residente en Zaragoza también desde siempre), quien en su próximo libro El bosque iluminado incluye este poema dedicado al poeta José Hierro, autor del aclamado y citado Cuaderno de Nueva York. En él está presente la ciudad de Nueva York como no podía ser de otra forma. Antón Castro nunca ha estado en Nueva York pero eso no quita que conozca la atracción que ejerce la misma, en claro homenaje a Hierro y a su poesía:

TRES CITAS CON JOSÉ HIERRO

(…)

3

Tú también sucumbiste a Nueva York.

Como Lorca y José Moreno Villa.

Y sucumbiste, sobre todo, a la música.

A la melodía oculta del soneto. A Bach y a Beethoven.

Al latigazo del viento en la luna y en el más allá.

Te faltaba el aire y paseabas con el oxígeno incorporado.

Estabas seriamente enfermo y parecías un leñador,

un luchador de sumo o un turco errante que espera a los barcos.

Con todo, eras feliz. Pensabas que Cuaderno de Nueva York

era un libro para siempre. Un grito y una afirmación.

La obra que culmina la travesía.

Me dijiste: “Me he vuelto metafísico, como Sancho.

Pronto emprenderé el camino hacia la nada.

Sé que no hay regreso. Mi testamento son los versos”.

David Liquen (David Giménez, Remolinos, Zaragoza, 1960), quien sí tiene un par de poemas sobre la mega ciudad, uno donde cita el distrito de Brooklyn, que aparecerá en su próximo libro Los hijos de la mujer del Zebedeo y otro con el mismo título que el de esa ciudad publicado en el libro Playa Ramírez (Montevideo, Yaugurú, 2015), toda una curiosa e irónica estampa urbana y social:

NUEVA YORK

si atraviesas el puente de Brooklyn a media mañana

verás cerca de la calle ocho maricas apostados

en las aceras

venden en capazos especias americanas

venden chile, venden kétchup, venden venden.

un poco más allá, siempre están los hombres judíos

orando

a un dios que no es el mío ni el tuyo

es otro dios, tampoco es tan complicada la cosa

hay varios dioses y cada uno le reza al que le va

mejor, ¿vale?

es como las especias

tú compras la especia que necesitas

para que la sopa esté más sabrosa

si dejas el cementerio judío llegas a Central Park

y puedes correr hacia delante

escapando de los dioses y de las especias.

Ángel Petisme (Calatayud, 1961) también vivió en Nueva York un par de meses, allá por el 2002, cumpliendo con sus recitales y conciertos contratados, como cantautor que es y ejerce. Luego ha vuelto a la metrópoli un par de veces más, pero con menor estancia. En su producción poética aparecen poemas que hablan de Nueva York en la antología Teoría del color (Sial, 2006); también, en su poemario Cinta transportadora (Hiperión, 2009) está incluido el conocido poema Walking Manhattan. Este libro recibió el VII Premio Claudio Rodríguez. No obstante, en Demolición del Arcos Iris (Baile del Sol, 2008) es donde tiene varios poemas que hablan de Nueva York como Bin Laden acariciaba mis encías, Sexo en Nueva York, Eva Mendes, Antorchas humanas, Sermón del World Trade Center o Atardecer desde el ferry de Staten Island, que tanto me gusta, por la variada tipología temática del mismo:

¿Quién dormía en aquella habitación de Chinatown

mientras los extractores de la calefacción

bajaban a los infiernos del corazón del ángel?

¿Quién estuvo a punto de llorar de arrepentimiento

mientras nevaba en Nueva York

y el humo de las alcantarillas

dibujaba los muslos de Norma Jean?          

Igual me lo he inventado todo

o todo me ha inventado porque faltaba un personaje en esta historia,

o ha sido una dulce, magnética ensoñación.

Dicen que baile en NYC y que gusté,

¿pero qué es el éxito a estas alturas de tu vida

sino recortes y eco de aplausos amarillos

y cómo volver a una ciudad donde jamás estuve?

Esta foto con el Lower Manhattan a la izquierda

y Brooklyn a la derecha tampoco demuestra nada.

Puede ser mi clon de NYC quien me la envía

(todos tenemos esparcidos por el planeta

seres con nuestro mismo rostro que se expresan en otro idioma,

cambian la rueda pinchada de su bicicleta

y hacen el amor los sábados con una gordita pecosa).

Está cayendo la noche sobre Madrid

y allá donde el Hudson se quita los zapatos,

en la higuera de las vanidades, la capital del mundo,

un hombre anónimo, sin pasado y quizás sin raíces

toma el ferry para Staten Island. Comienza a nevar.

El premio de las Letras Aragonesas 2015 Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) tiene un admirable poema largo: toda una sección, sobre Nueva York, de más 350 versos dividido en nueve partes, que está incluido en Resurrección (XV Premio Jaime Gil de Biedma, Visor, 2005) con el título de la ciudad donde está la vida; poema que también está recogido en la antología Amor. Poesía reunida, 1988-2010 (Visor, 2010) y recientemente en Poesía completa (1980-2015) (Visor, 2016). Vilas vive en la actualidad entre Estados Unidos y España, según me comenta. En estos versos realiza un recorrido urbano con acertado análisis social. Vilas es un poeta ciudadano que para nada está fuera del mundo: está muy comprometido con la realidad: integrado en el presente:

Nueva York

2

(…)

Entré en un bar del Greenwich y me tomé un vino blanco,

y me atendió, oh, dios mío, una camarera blanca anglosajona,

y me quedé mirándola un rato;

todos estamos trabajando, yo ya odio escribir,

porque escribir es trabajar.

Trabaja Terry, trabaja Diana,

y trabaja X, la anglosajona cuyo nombre no supe

porque no llevaba una chapa en la solapa,

y me fui al Puente de Brooklyn,

y pensé en la gente que trabajó aquí hace cien años,

y los que murieron aquí, gente aplastada,

amaron el progreso

y este los ejecutó,

y me reí un rato, una risa de Dios: demonio y fortaleza,

y cogí un taxi y era

otra vez un negro quien me servía,

un negro grande,

y le dije five avenue, please.

(…)

El profesor, traductor y poeta Juan Antonio Tello (La Almunia, 1965), que en estos momentos anda impartiendo clases de francés en el instituto de enseñanza secundaria español de Tánger tiene un poema que escribió en 2008, cuando él peregrino de la vida y las aulas vivía con su mujer en Burdeos (Francia) y pensaban en ir precisamente a trabajar a Nueva York, que no dudo que lo haga algún día. Nueva York es en el poema el Atlántico que se cita. Este poema está incluido en su poemario Cae Noviembre (4 de Agosto, 2013):

Quai de la Monnaie

El paseo hacia el muelle

sosiega el pálpito de las horas,

la brisa mueve nuestro pelo

mientras sujetamos la barandilla gris

para inclinarnos sobre los plásticos

que flotan en el Garona.

Los vemos pasar,

testigos de los días,

y tú desvías la mirada hacia el Atlántico

que nunca atravesamos.

El poeta y profesor David Mayor (Zaragoza, 1972) es autor de un par de poemas que hacen referencia a Nueva York, de una forma más o menos directa, y ambos están recogidos en su extraordinario poemario 31 poemas (Pre-Textos, 2013), del que mostramos este que expresa la necesidad que tenemos al pensar en la gran ciudad como el sueño soñado, de esa poesía urbana que ha olvidado la necesaria naturaleza para la vida:

NACIONALIDAD

Ya no hay furia ni mugre ni vespas a la entrada. No hay chicas como Blondie ni yonquis ni han roto el futuro. No hay Londres ni Berlín ni siquiera sombra del pasado. No hay tiempo ni empujones. No hay güisqui dyc ni imperdibles ni una chaqueta demasiado entallada. No hay sudor ni rickenbaker ni un asesino dentro de mí ni han asesinado a los dioses. No estamos en el setenta y siete ni Pisa está a punto de ser incendiada ni hay tanta porquería. No hay nada en el camino de la nostalgia. Ni siquiera Nueva York es un sueño. Nunca beberá Poe en el Bowery. Seguramente no haya ocurrido. Ya no tenemos ni media hora para actuar. Sólo hay páramo en el que pinchar discos a pedradas.

El poeta, escritor, pintor y editor Raúl Herrero (Zaragoza, 1973) no ha estado en Nueva York pero sí ama la música americana y a sus intérpretes y publica en el número inaugural de “El eco de los libres”, la revista cultural del Ateneo Jaqués, el extenso poema que aparece como colofón de un artículo sobre el centenario de Frank Sinatra, dentro de la sección “Música” y que está dedicado al mejor intérprete de la canción New York, New York. Pues estoy convencido que después de escuchar a Sinatra cantando New York, New York nada vuelve a ser igual:

A Frank Sinatra

(…)

Con esa voz, que a pesar de los años persistía

en pelearse con las canciones y

en participar de un ritmo que solo tú hallaste;

con esa voz, bailé en paños menores,

para la multitud de una mujer solitaria,

la noche en que bebí por primera vez tu engrudo predilecto.

Cuando te ocultaste algunos me dieron el pésame,

y acometí el papel de viuda entonando un brindis por tu memoria al tiempo

que te escuchaba cantando, de nuevo, en el concierto

que conmemoró tus setenta y cinco años.

Y has seguido cortejando a esas bandas

de swing feroces como el incienso quemado por arrobas

en las catedrales pudientes

y acorralando a los instrumentos de cuerda

en discos cálidos como una noche de renuncia.

Te quedarás  para que algunos niños del futuro

puedan vestirse con tu libertad

y aprendan que el amor participa de la pérdida,

y que late música más allá de las esferas y las fieras.

¡Reclamemos ser lo que siempre debimos ser!

¡Reclamemos el derecho a imitar el fraseo de tus canciones

al despedirnos de un trabajo cretino

o al decirle adiós a esa pareja-perra que nos persigue con la escoba!

Otro de los poetas que conoce Nueva York, por sus viajes que realiza en solitario huyendo de su vida o escapando hacia la libertad de lo desconocido, es el profesor Jesús Soria (Zaragoza, 1977), como nos deja plasmado en este poema publicado en la revista Eclipse, número 9 (2005). El poema es un homenaje a Nueva York, a Tiffany´s, que como casi todos sabemos es un joyería que existe en la ciudad y que aparece en la película Breakfast at Tiffany’s, dirigida por Blake Edwards y rodada en 1961. También aparece en la novela del mismo título de Truman Capote, que publicó en 1958. Este poema es, no cabe ninguna duda, un canto de amor a la actriz inolvidable Audrey Hepburn, cuyo personaje sueña una realidad diferente cuando acude a los escaparates de la mencionada tienda. Al final del poema se alude al título de la canción de la banda sonora de la película, compuesta por Mancini. Una acertada y bella metáfora nada irracional.

Desayunar en Tiffany´s

 

Desayunar con diamantes era

encontrar en Tiffany´s un

escaparate de los sueños,

saborear en tu piel

el alimento del deseo.

Exprimir el zumo de tus

ojos cansados por la velocidad

de la noche.

Desayunar en Tiffany´s será

siempre el tren de la vida

alejándose de las estaciones

del silencio.

Viajar a la embriaguez

de tu cuello escuchando las

palabras del río de la luna.

El poeta y profesor universitario que ha hecho algún viaje a la gran ciudad de Nueva York es Enrique Cebrián Zazurca (Zaragoza, 1978), quien tiene un poema con ecos juanramonianos de su Diario…, que hace referencia a Nueva York, titulado Greyhound, y que aparece en su último libro de poemas La chica del verano (Publicaciones Universidad de Zaragoza, 2015). No es directamente sobre Nueva York, sino que la ciudad aparece citada como referencia del camino hacia el reino de este mundo y del otro, el de la vida vivida:

GREYHOUND

Una lluvia de agosto, una lluvia

de perros allá afuera. Nos subimos

calados.

Y el aire acondicionado a mil.

Tapados y abrazados, dormías

junto a mí,

de Boston a New York,

en aquel autobús de peli americana,

protagonista con lágrimas y mochila

dejando atrás

un pueblucho de mierda y algún novio

paleto,

para alcanzar el reino de este mundo.

Tú y yo, tapados

y abrazados, congelados,

apoyada tu cabeza en mi hombro.

En el iPhone

escuchaba a Pereza,

que me gustó más que nunca,

y miraba de noche esa autopista

y me sentí feliz.

Carmen Ruiz Fleta (Zaragoza, 1978) plantea en el poema XX de Cinco días de agosto (Eclipsados, 2008) un paseo en pareja donde anota las acciones tópicas del imaginario turístico del viajero a la ciudad, Neira dixit.

XX

Dentro de dos días,

tomados de la mano,

pasearemos por las calles de Nueva York.

Nos fotografiaremos sonrientes en Times Square,

nos tumbaremos sobre el césped de Central Park,

montaremos en la noria de Coney Island,

y nos besaremos al son del jazz sin admitir

que los dos estamos actuando,

que con el viaje se acabará el cuento,

y que todas las cosas son ya la última cosa.

 

Ignacio Escuín (Teruel, 1981), quien es sobradamente conocido como poeta, crítico, editor, profesor, narrador y ahora porque lleva las riendas de la cultura aragonesa como director general de Cultura del gobierno de Aragón, sí ha estado en Nueva York y escribió sobre la zona cero su conocido poema y varias veces antologado, no falto de sarcasmo, que se inicia así: “Todo poeta que se precie escribirá un poema largo sobre la devastación de New York City tras el 11-S, quizá también sobre el metro, Central Station o los hoteles de lujo de Park Avenue.” Pero a mí me gusta más este otro que es más significativo y socarrón de cómo influye tal ciudad sobre los poetas:

VI

Marta y Lorena caminan las calles de Manhattan y ya no les

soprende nada.

Hace ya unos cuantos años que Lorena partió en busca del

sueño americano y al tocarlo con las manos y comprobar

que en Manhattan no anochece llamó a Marta y ésta partió

siguiendo las huellas de Lorena.

Ahora caminan las dos con firmeza por la Quinta y tienen

novios extranjeros que las quieren y las dejan con mucho

amor y mucha rabia, porque en Manhattan todo se hace a lo

grande.

Marta y Lorena vienen a España

intermitentemente

y nos quieren y nos hablan con el deber cumplido

han rendido al pueblo americano

a ellas sí las miran en la Quinta y en cualquier lugar.

Rendidos a los encantos de las dos les regalan noches con

luz a mis americanas.

Quien está viviendo allí en la actualidad, en Manhattan, Nueva York, es la poeta, profesora e investigadora Almudena Vidorreta (Zaragoza, 1986), quien anda impartiendo clases e investigando en un par de universidades y prepara su segunda tesis doctoral sobre la recepción de la poesía española del Siglo de Oro en poetas latinoamericanas del siglo XX. De Vidorreta destaco esta catarsis lírica: su viaje, escrita y publicada en una revista de allí: Los bárbaros, cuya razón de ser radica en los autores que escriben en español en y/o sobre Nueva York (http://losbarbarosny.com/lea-en-pdf/):

Lectura en llamas

                  Todo parecía estar como en espera de algo.

                                                                       Juan Rulfo

Vine a Manhattan porque me dijeron

que allí estaba el centro del mundo.

Yo misma me lo dije

y me prometí que iría a verlo

en cuanto ella muriera.

Me dejé abrazar en señal de que lo haría,

pues estaba por morirse

y yo en plan de prometerlo todo.

Pero no pensé cumplir mi promesa

hasta que comencé a llenarme de sueños,

a darles vuelo a las ilusiones

y, de este modo, se me fue formando

un mundo alrededor de la esperanza.

Por eso vine a Manhattan.

Y subida en el avión, allá en el cielo,

miraba un agosto desvanecido,

y aquello que veía a lo lejos

era España, y estaba triste.

Son los tiempos, señora.

¿Está seguro de que es España?

Deshecha en vapores,

colmada de hombres como demonios,

mi casa sobre las brasas de la tierra,

mis muertos, llenos de sangre

y un rencor vivo.

Yo era el retrato viejo de mí misma

y el paisaje, solo un reflejo

de la desolación.

Aquí no vive nadie.

Queda claro en este trabajo que los poetas incluidos tratan la gran urbe que es Nueva York desde el versolibrismo y con todos los tópicos habituales, desde los negros a los judíos y los lugares más típicos y calles emblemáticas de la misma, por todos conocidos por las imágenes que repetidamente aparecen en la pequeña pantalla de casa o en la gran pantalla del cine. Parece ser que Nueva York es conocida antes de pasear por ella, por lo que nos dicen. Y como se puede leer, en los autores aragoneses seleccionados para este recorrido, la variedad tipológica poemática es diversa como distintos son los poetas. Así, están en franca complicidad con ella o en ferviente enfrentamiento. Pero a la cual todos admiran desde una óptica más o menos crítica.

Este es pues el sendero marcado sobre la presencia de Nueva York en la poesía aragonesa de nuestros días: una poesía en la que se ve a las claras que los poetas son ciudadanos; o sea, no están fuera de nuestro mundo, y con su poesía nos abren un camino beneficioso para los lectores, pues nos hace mejor entender este complejo mundo. Creo que todos los poetas citados están muy comprometidos con la realidad, algunos con una obra más distendida, pero muy integrados en nuestro presente: en nuestra cotidianeidad. Son poetas que utilizan el verso como bisturí de la sociedad actual.

Debo explicar, por último, que no sé si esperaba mayor y mejor respuesta por parte de los llamados, algunos prestos y otros despistados, pues aún espero noticias de alguna poeta y de algún poeta. Otros, sin embrago, no habían escrito sobre Nueva York, pero querían hacerlo: no han tenido cabida, y otros me mandaron a petición mía poemas que habían escrito sobre otras ciudades, como los poetas Fernando Sarría (Ciudades en los labios ) y Nacho Tajahuerce (El rostro del mundo, en Baile del Sol, 2014), a quienes no puedo incluir en este trabajo, sí en próximos. Desconozco si me he dejado a algún otro poeta, pero no tenía más contactos; aunque quería trabajar sobre estos pocos, no todos. Y, todo esto con un guiño y parafraseando a don Miguel de Unamuno: lo que natura non da, Nueva York non presta.

JESÚS JIMÉNEZ: UN DIÁLOGO

JESÚS JIMÉNEZ: UN DIÁLOGO

Jesús Jiménez Domínguez (Zaragoza, 1970) es una de las voces más personales de la lírica española de los últimos años. Con la llegada de l a primavera publicaba en La Bella Varsovia su libro ’Contras las cosas redondas’, que pronto llegó a su segunda edición. Aquí el autor explica algunas de las claves del libro, su poética y recomienda algunos libros para leer en verano. O en cualquier momento del año. Ayer sábado se publicaba un amplio fragmento; hoy aparece al completo.

 

¿Cuál es el ánimo esencial de ‘Contra las cosas redondas’? 

Una exaltación -siquiera indirecta, siquiera digresiva- de la vida mediante la observación de personas y cosas que la acompañan y un día la dejan. Sigo preguntándome por los asuntos de siempre: quién soy yo y cómo es este mundo. En qué consiste esto de vivir cuando la vida nos viene dada sin garantía ni manual de instrucciones. Hay muchas preguntas en este libro y pocas certezas. 

 

Dice en el primer poema: “Los días, llegando de uno en uno, / rebosan las orillas del corazón y lo desbordan”. ¿Eso qué es: aceptación gozosa del presente u otra cosa?  

 Beneplácito, aceptación dichosa del presente; pero también asombro y fascinación ante ese caudal salvaje y desordenado que es la suma de instantes: la vida.

 

En el poema que da título al libro, dice que prefiere las cosas informes, las imperfectas, con taras. ¿A qué tipo de imperfección se refiere?

 Hay una cierta rebeldía ante la tiranía de lo bello, perfecto y armónico a favor de lo imperfecto, raro y aparentemente vulgar. Un “camino de imperfección”, como sugiere el poeta, ensayista y crítico Antonio Rivero Taravillo. Una versiónlight de aquellos versos de Rimbaud: “Una noche, senté a la Belleza en mis rodillas. Y la encontré amarga. Y la injurié”. Y también una invitación a dudar de los dogmas de fe, de las verdades supuestamente inalterables.

 

¿Cómo se fue armando y organizando el libro, cómo surgieron los poemas?  

 Suelo decir que no escribo libros de poesía, sino poemas sueltos a lo largo de varios, bastantes años. Solo cuando dispongo de un buen puñado de ellos (alrededor de treinta y cinco o cuarenta poemas) intento armar un libro, ordenándolos de una manera estratégica, buscando afinidades entre ellos. En realidad, pienso que los poemas nacen con vocación de singles, pero el mercado editorial de la poesía (si es que tal existe) requiere elepés y hasta dobles elepés, así que les envío un montón de poemas dentro ese engañoso formato.

 

 

¿Hay que leer sus partes en una clave especial, como una sinfonía con sus partes o es un orden un poco azaroso?  

El orden de los poemas es bastante fortuito. Cada poema tiene su propio status independiente: puede leerse por separado y en un orden no prefijado. En principio, por eso mismo de ir contra un libro “redondo”, no concebí una estructura cerrada para el libro, pero luego se me ocurrió el juego tonto de las preposiciones: “Ante” (que se abre con el poema “Credenciales” y que es la parte más metapoética del poemario), “Bajo”, “Cabe”, “Con” y “Contra” (que arranca con el poema que da título al libro). 

 

  

Uno de los poemas más emocionantes del libro es ‘La luz’. ¿Podríamos decir que es un pequeño manifiesto o la clave del conjunto? ¿Una apuesta por la felicidad?  

 No soy muy amigo de manifiestos y panfletos ni siento la necesidad de pontificar o teorizar. Para mí, la poesía tiene más de pregunta e indagación que de respuesta y aseveración. Por supuesto, cada poema es una manifestación. Y me gusta pensar que la poesía es el periódico de lo invisible y lo fugaz, de esas pequeñas cosas cotidianas en las que apenas reparamos porque hemos hecho de nuestra vida un río vertiginoso. Los poemas que me interesan son aquellos que dan noticia íntima de cada uno de nosotros, aunque sea a mi manera, de forma alegórica.

 

  

¿Por qué es la poesía la alumna aventajada de la luz?  

 Allí donde la objetividad de la ciencia no llega, lo hace la subjetividad de la poesía. Esta pone bajo su foco aspectos del mundo y de nosotros mismos que no conocíamos o que habíamos olvidado. La poesía nos muestra la cara oculta de las cosas, las ilumina. Es un gran caer en la cuenta, como decía Valente.

 

  

Este también es el libro de las pequeñas cosas, de los actos inadvertidos, ¿qué te da la observación de lo cotidiano, en qué radica su poesía?  

Con las cosas más cotidianas y a primera vista insignificantes puedes armar un gran poema que hable del mundo. No necesitas palabras ostentosas, ni palacios marmóreos, ni grandes verdades universales. Dame al azar dos o tres objetos muy humildes y, con tiempo, te descubriré unas rencillas o unos amores recónditos entre ellos. Y lo que es mejor: hallarás en sus asuntos privados tus mismos asuntos. Así funcionan gran parte de mis poemas. 

 

  

¿Qué supone para ti alcanzar una segunda edición de poesía?  

Supone la existencia de una confianza firme por parte de la editora, Elena Medel, al apostar por una vida prolongada del libro cuando la misma dinámica del mercado editorial parece señalar lo contrario. Dupone la sospecha, aunque suene muy inmodesto por mi parte, de que en muchos rincones del país hay un puñado nada desdeñable de lectores, muy fieles y exigentes, que esperan durante años la publicación de un libro mío y que compran a ciegas, como si Jiménez Domínguez fuera una marca de confianza.

 

  

Llevas casi dos décadas en la poesía. ¿Cuál ha sido tu evolución, cómo ves tu camino?  

Aunque empecé a escribir poemas a los 9 años, solo publiqué mi primer libro (a los 30 años) cuando pensé que era una edad apropiada. Ahora que nadie nos oye, me confesaré: ojalá hubiera esperado algunos años más para hacerlo. He estado aprendiendo todo el tiempo y sigo haciéndolo, por eso siempre tengo la impresión de estar empezando. Comencé muy imbuido por las vanguardias y todos los ismos de principios del siglo XX. Con el tiempo he sabido, creo, subrayar lo esencial del hecho poético sin preocuparme de retóricas retorcidas ni de parecer moderno. ¿Quién querría ser moderno pudiendo elegir ser eterno? Esa sería una noble, aunque utópica, aspiración.

 

  

¿Cómo se construye un lenguaje poético personal?  

No tengo ni idea. Todos andamos tras la piedra filosofal del “estilo propio”, pero no existe una fórmula mágica. Supongo que no queda otra solución que leer mucho y diverso, intentar ser permeable y no temer a las influencias. Todo ese maremágnum de influencias adquiridas a lo largo del tiempo y un prolongado, incansable trabajo de indagación personal, ayuda a la construcción de un estilo, de un lenguaje poético personal. Ah, y correr algunos riesgos, buscar tu propio camino sin pensar si va en una dirección contraria al de los demás. 

 

  

¿Ha vuelto la poesía a nuestras vidas y a nuestras noches de una manera natural o es un espejismo?  

 ¿Se fue alguna vez? Esencialmente no. Si la pregunta va en la dirección de cuál es el momento actual de la poesía en España, tengo que señalar que esta sigue demostrando su mala salud de hierro frente a cualquier crisis.  hay una actividad frenética todas las semanas: publicaciones de libros, presentaciones, recitales, blogs, festivales… empieza a haber tantos festivales de poesía como de música.

 

  

¿Podrías decirnos por qué debemos leer poesía?  

Hace unos años la Universidad inglesa de Liverpool llegó a la conclusión de que la poesía estimula la mente y resulta más beneficiosa terapéuticamente que los libros de autoayuda. No hacían falta tantos estudios para llegar a esa conclusión. Yo podría dar otras muchas razones, todas ellas muy personales, pero me quedo con esta, muy poderosa y primordial: no olvidar quiénes somos. 

 

  

Recomiéndanos tres o cuatro libros de poesía para leer en verano.  

  Estuve el verano pasado en un festival de poesía en Rumanía y me traje de allí dos nombres ineludibles: Ion Mureşan e Ioan Es.Pop. En verano, tiempo de amores desordenados, suelo serle infiel a la poesía para arrimarme más a la novela. Para los que deseen recorrer el camino inverso recomiendo en esta época del año la poesía llena de viajes (geográficos e interiores) de Adam Zagajewski (Mano invisible) o de Martín López-Vega (Adulto Extranjero). Y, sobretodo, la poesía de Wislawa Szymborska, que es amena, luminosa y siempre fresca. He veraneado más veces en los poemas de Wisława que en el Mediterráneo.

 

*La foto es de Joaquín Puga.

 

CUATRO POEMAS DEL LIBRO

 

CUATRO POEMAS DE “CONTRA LAS COSAS REDONDAS”

(ED. LA BELLA VARSOVIA, 2016)

 

JESÚS JIMÉNEZ DOMÍNGUEZ

 

 

 

 

LA LUZ

 

Ranas, quietos budas pequeños

sobre los troncos, sobre las rocas,

bajo las cenefas rojas y naranjas del atardecer,

¿cuál es el objeto de vuestras meditaciones?

¿Qué guarda vuestra pupila que a la deriva flota

en el ojo como una gota de aceite sobre la leche,

como una nube vacilante sobre la fe?

 

Acaso veis brincar en el aire demorado del instante

la raspa de un pez, sus galas de carne y lentejuelas

bajo el biombo del agua donde vivimos y morimos juntos,

donde las piedras del fondo —pequeñas y redondas—

son cuentas huidas de un rosario o blancas tacitas de té.

 

Cantáis y cantáis sin descanso, hasta que el sol

con el perfil gastado del emperador deja de rodar.

Y la Poesía, la alumna aventajada de la luz,

¿adónde se retira cuando cae la noche?

La buscamos a tientas en la oscuridad

frotando una palabra contra otra, torpemente,

como esas cerillas húmedas o descabezadas

que, en mitad de un largo velatorio,

tratamos en vano de encender.

 

PARQUE DE ATRACCIONES

 

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, se ha hecho tarde y estás solo.

¿Dónde quedaron aquellos que te acompañaban?

 

El fuego azul de la lluvia desmanteló la noria.

El sol se largó con los colores rojos del tiovivo.

La indolencia y los días, mano a mano, puño a puño,

hicieron otro tanto y se encargaron del resto.

 

Aquí el viento empuja el ojo caído de una muñeca

y lo invita a recorrer la cara oscura de la vida,

esa que nunca se ríe porque —de hacerlo—

te asustaría su feo agujero con solo dos dientes o tres.

 

Un vencido chicle de junio del noventa y siete,

antes emblema de una juventud dulce y perdurable,

ahora sujeta en la puerta del urinario este cartel:

Hallados manojo de llaves y zapato ortopédico

en la Casa Magnética. Preguntar en Mantenimiento.

 

En el viejo puesto de algodón de azúcar solo queda,

abierto como una flor carnívora, un paraguas negro.

Debajo está la mancha cenicienta del hombre

al que un gran anhelo —o la falta de él— consumió.

 

Los volcados contenedores de la basura

son vagones descarrilados del trenecito chu-chú.

En lo alto de un pino, en la cabeza decapitada

de Mickey Mouse, anidan los cuervos de Poe.

 

Cuarenta y tantos años, cincuenta: pasaron veloces.

Un día nos perdemos en el Laberinto de los Espejos

y, al recobrar la salida, estás ya en la Casa del Terror.

 

CUERPO

 

En esta bolsa de viaje, madre, guardaste

lo necesario: una mente, un estómago y un sexo.

Nervios y bronquios. Riñones: dos por si acaso.

Con unas pinzas de cocina, del más grande

al más pequeño, fuiste introduciendo los huesos.

Para que no se soltaran y golpearan en las vueltas

del camino los anudaste con tendones y venas,

los envolviste primorosamente de tejidos y músculos.

Terminada la tarea, dejaste un corazón

al cuidado de todo: esta es mi herencia, hijo,

no la derroches; aunque escasa, habrá de bastarte.

 

Madre, nunca pensé que fuera tan caro este viaje.

Todo en este mundo cuesta un ojo de la cara

y el otro no me alcanza para ver los precios.

Tratando de ganarle la mano al tiempo, pierdo la cabeza.

En cada caricia que extendí me voy dejando la piel.

Pago con los cinco sentidos por la cuarta hoja del trébol.

En busca de las peras del olmo caigo despechado,

me desgañito, me descorazono, me deslomo.

 

Madre, para desvivirme por esta vida y estos deseos

en cada aduana tengo que echar mano del cuerpo.

Cuando llegue —¿a dónde? ¿cuándo?— ignoro

qué quedará de cuanto me diste, en qué estado.

¿Sabrá el destino, apostado en un oscuro callejón

sin salida, que soy yo cuanto largo tiempo esperó?

¿Montará en cólera al comprobar, albarán en mano,

que nada llega completo, intacto ni nuevo?

¿Tendré que desembolsarle algo más, madre,

por cada desperfecto, por cada mengua, por cada desfalco?

 

El viento hace danzar el envoltorio viejo de un caramelo.

El halcón lleva consigo la urgencia del vuelo y nada más.

La pera que cae de la rama deja su sitio a la pera futura

sin mediar notario alguno, herencia ni aflicción.

Al menos he de guardar dentro de mí algo de todos ellos,

hallar un sentido que haga frente a cuanto voy dejando.

En esta lucha sin cuartel todo me sirve y poco me alcanza.

En este cuerpo a cuerpo nada tiene el alma que perder.

 

CONTRA LAS COSAS REDONDAS

 

Amamos las cosas redondas pensando

que han de ser eternas y amables y perfectas:

el pomelo bajo el rotundo sol de agosto,

la pulsera que orbita alrededor del pulso,

la moneda con dos caras y ninguna cruz,

el balón de playa en cuyo interior aún se respira

un paciente aire de mil novecientos ochenta y dos.

 

Hay días redondos en los que todo cuadra

y la vida parece marchar sobre ruedas:

alguien, lija en mano, se encargó

de sustraerle al mundo todas las esquinas,

todas las aristas, todos los bordes.

 

Pero basta que atravieses por un declive

o que todo se vuelva cuesta arriba de repente,

para comprobar que son las cosas redondas

las primeras en abandonar y en echar a correr:

el pomelo, la pulsera, la moneda y el balón.

 

Me niego en redondo a aceptar tales desplantes.

Ante las formas esféricas opongo las cosas informes.

Elijo las imperfectas, las imprecisas, las irregulares.

Aquellas llenas de taras, de abolladuras o de dobleces.

Hermosas y singulares, sin plegarse a ningún centro,

solo ellas permanecen y nos acompañan siempre.


LOS 99 AÑOS DE KIRK DOUGLAS

LOS 99 AÑOS DE KIRK DOUGLAS

Kirk Douglas, una turbulenta

vida de película de 99 años

 

El actor y productor participó en proyectos como  ‘Senderos de gloria’ o ‘Espartaco’, y desafió al macartismo

 

PIES DE FOTO MGM

Kirk Douglas en el papel protagonista de ‘El ídolo de barro’ de Mark Robson

 

 

Antón CASTRO

Kirk Douglas siempre fue un tipo duro. Un hijo de la ira que intentaba huir de la miseria de su infancia luchando a brazo partido con la vida. Descendiente de emigrantes rusos que llegaron a Ámsterdam, Nueva York, Issur Danielovitz Demsky, ‘Izzy’ para su familia, nació en 1916 y padeció numerosas dificultades. Su padre era trapero (en 1988 publicaría el primer tomo de su autobiografía con el título ‘El hijo del trapero’) y vendía comida y refrescos por las calles; se fue de casa cuando Izzy tenía cinco o seis años, y fue su madre Bryna la que hizo lo indecible para sacar adelante a los seis hijos. Izzy era voluntarioso y decidido. Tenía pasión por la poesía, por los debates escolares y por el teatro. Fue precoz en el amor. Se enamoró de su profesora Louise Livingstone, madre soltera, que le enseñó muchas cosas y lo inició en el sexo a los catorce años.

Algún tiempo más tarde, solicitó entrar en la Universidad de St. Lawrence: le facilitaron la matrícula a cambio de que ejerciese de jardinero y, más tarde, de bedel. En esos años, realizó diversos empleos: trabajó de botones de hotel, fue repartidor de prensa y se convirtió en luchador de libre universitario. Ganó a todo el mundo. Solía decir que mientras para los demás era un deporte, para él la lucha libre era la vida, un estímulo para su ascenso social. Se apuntó en la Academia Americana Dramática de las Artes y poco después ingresó en el ejército durante la II Guerra Mundial.

De vuelta a casa, un día vio en una revista a la actriz Diana Hill, que acabaría siendo su primera esposa. Se casarían en 1943 y se separarían en 1951; Kirk le fue infiel casi todo el tiempo. Empezó a trabajar en Broadway; más tarde, gracias a la intercesión de su amiga Lauren Bacall, logró su primer papel importante en ‘El extraño amor de Martha Ivers’ (1946) de Lewis Milestone, con una gran actriz como Barbara Stanwyck. Al año siguiente participó en un película de culto: ‘Retorno al pasado’ (1947) de Jacques Tourneur. A partir de entonces, los directores y productores se fijaron en aquel actor rubio y con hoyuelo que era todo un carácter. Un actor vitalista y enérgico.

En 1949 será el protagonista de ‘El ídolo de barro’ de Mark Robson, la historia de un campeón de boxeo turbulento que no acepta su declive. El papel le venía a medida, fue candidato al Oscar y ofreció algunas claves de sus rasgos: le iban bien los personajes fuertes, rabiosos, oscuros, con un pasado tempestuoso, malquistados con el mundo. Lo demostraba película a película: ‘El trompetista’ (1950) de Michael Curtiz, ‘El gran carnaval’ (1951) de Billy Wilder, sobre los excesos de la prensa amarilla, ‘Cautivos del mal’ (1952) de Vincent Minnelli, con quien trabajaría en varias ocasiones; esa historia de cine y de un productor autoritario, enamorado de Lana Turner, le trajo otra candidatura al Oscar, honor que le recayó otra vez con uno de sus mejores trabajos: ‘El loco del pelo rojo’ (1956), de Minnelli, la historia del pintor Van Gogh. Tampoco ganó, pero en ese período Kirk Douglas era uno de los grandes de Hollywood. Como actor y como profesional capaz de desafiar al mismísimo Joseph McCarthy, algo que haría con dos de sus mejores películas: ‘Senderos de gloria’ (1957) y ‘Espartaco’ (1960), dirigidas ambas por Stanley Kubrick. ‘Espartaco’ fue un canto épico a la libertad y una defensa de su guionista Dalton Trumbo, que había conocido el ostracismo y la cárcel.

Por otra parte, Douglas se había revelado como un gran seductor: a su relación especial con Lauren Bacall, se sumaron diversas aventuras con Marlene Dietrich, con quien vivió una relación de maternidad, sexo y gastronomía, Joan Crawford, Gene Tierney, Lana Turner (casada con un celoso Fernando Lamas), Rita Hayworth o Pier Angeli, con quien quiso casarse. Tuvieron un romance en ‘Tres amores’ (1953) y ella lo abandonó por James Dean. Pier Angeli, depresiva, moriría a los 39 años de sobredosis, en 1971. Douglas  conoció a Anne Buydens y se casaron 1954. Si Diana le dio dos hijos, Michel y Joel, ella otros dos: Peter y Eric. “Me gusta la mujer y no la trato como a un objeto sexual (…) La mujer, como ser humano, es fascinante”, dijo.

Kirk Douglas ha hecho 85 películas –entre ellas, ‘Los vikingos’ (1958), ‘Duelo de titanes’ (1957), con su gran amigo Burt Lancaster, ‘Dos semanas en otra ciudad’ (1962) o ‘El día de los tramposos’ (1970)-, fundó una productora Bryna Productions, recibió un Oscar honorífico en 1996, ha escrito diez libros, uno de ellos sobre ‘Espartaco’, con prólogo de George Clooney. Siempre ha estado ahí, obstinado, tenaz, padre del actor Michael Douglas, abuelo de nietos difíciles a los que nunca les volvió la cara. Ha sido un contestatario, y ahora espera que llegue el 9 de diciembre para cumplir su primer siglo y celebrar una asombrosa vida de película.

 

 

EL FABULADOR JESÚS MONCADA

EL FABULADOR JESÚS MONCADA

Jesús Moncada, el fabulador

universal del río Ebro

 

El escritor  de Mequinenza, nacido en 1941 y fallecido en 2005, fue un modelo de convivencia entre Aragón y Cataluña y fue distinguido en las dos comunidades

 

 

Antón CASTRO

Uno de los grandes escritores aragoneses y catalanes del último medio siglo ha sido, y sigue siéndolo, Jesús Moncada (Mequinenza, 1941-Barcelona, 2005), hijo de tendero y niño curioso, hambriento de historias y sortilegios, que creció en el pueblo viejo de Mequinenza, anterior a la inundación y al pantano. Fue un joven marcado por la huella del campo, la minería y las navegaciones por el Ebro y el Segre, ríos que solían desbordarse a menudo y fundirse y mezclar sus aguas, prácticamente ante la casa del muchacho. Jesús encarnó como pocos la convivencia natural entre catalanes y aragoneses: fue un escritor aragonés que escribió en catalán, y a su modo creó una lengua enraizada en los registros de su pueblo, y fue un escritor catalán que nació en Aragón y que jamás renunció ni a su memoria, ni a la huella de sus antepasados ni al vínculo, interiorizado, con un paisaje de fondo y con su historia. En 2004 recibió en Teruel el Premio de las Letras Aragonesas, que tanto le enorgulleció.

Jesús Moncada se formó, y casi se forjó, en el colegio Santo Tomás, en el entorno de la plaza de San Cayetano, como alumno interno. Allí descubrió la misteriosa figura del poeta Miguel Labordeta y tuvo de profesor a Rosendo Tello. El autor recordaba en 1998: “Rosendo Tello me decía: “Escríbeme para mañana una octava real. O un soneto, estrofas de pie quebrado, lo que quiera”. Escribí una leyenda mequinenzana, Miguel Labordeta la premió y la publicó en la revista escolar ‘Sampasarana’. Y me regaló los ‘Recuerdos de infancia y juventud’ de Ramón y Cajal de la colección Austral, libro que todavía conservo”.

Aprovechó su estancia en Zaragoza para conocerla bien y para transformarla, muchos años después, en la imaginaria Torrelloba de ‘La galería de las estatuas’, una novela que es un poco su propia historia y una cartografía sentimental de sus paseos y quizá de su melancolía esencial de Mequinenza. Más tarde, tras estudiar Magisterio, dio clases un tiempo en su pueblo y se aficionó a la pintura, algo que desarrollaría entre finales de los años 60 y principios de los 70 en Barcelona, aunque en realidad desde niño solía dibujar en un papel de estraza que le preparaba su padre; logró tal destreza que con nueve años ilustró su primera tentativa literaria: una imitación de ‘Cinco semanas en globo’ de Julio Verne. Se trasladó a Barcelona y realizó varias exposiciones con una obra expresionista, surrealista y un tanto metafísica, que rescató el sello Prames, en una edición de Pedro Pablo Azpeitia: hacía figuras inquietantes, campesinos, sueños. Si poco a poco abandonó la pintura, jamás dejó de dibujar y de colorear: fue un maestro de las dedicatorias y las caricaturas (que editó Mercé Biosca), y solía utilizar hombres con gorra que se le parecían, y algunos animales, pájaros y especialmente cocodrilos, que él, en sueños o en sus fabulaciones, veía surcar el Ebro.

El Ebro fue el auténtico hontanar de sus fabulaciones a través de los cafés de sus orillas, donde se reunían los marinos. Veía ir y venir los ‘llauts’ y oía narraciones de contrabando y aventuras de amor, y a veces de prostíbulo, de cabareteras francesas o de fútbol (fue el escribiente de un cronista ciego) que poblarían, elaboradas a su manera, muchas de las páginas de sus cuentos y de su obra capital: ‘Cami de sirga’ (1988), un friso narrativo ambicioso poblado por navegantes como Honorato del Rom y Arquímedes Quintana o aquella delicada Carlota. Para llegar ahí, a una obra tan madura, había publicado dos libros: ‘El cafè de la Granota’ (1981; ‘El café de la rana’, en la edición de Xordica) e ‘Històries de la má esquerra’ (1985; ‘Historias de la mano izquierda’ en castellano), relatos muy trabajados que reflejan la asimilación del magisterio de Manuel Berdún Torres y su ‘Destierro 6’, “el primer escritor que yo conocí”, de Edmón Vallès y de Pere Calders, el gran cuentista de ‘Crónicas de la verdad oculta’, con quien coincidió en la editorial Montaner y Simón.

A ‘Cami de sirga’, le siguieron la citada ‘La galería de les estatuas’ (1992) y luego ‘Estremida memòria’ (1997) -los tres títulos aparecieron en Anagrama con el título de ‘Camino de sirga’, ‘La galería de las estatuas’ y ‘Estremecida memoria’- y son los libros de un gran escritor, perfeccionista hasta la exasperación, capaz de hacer hasta ocho o diez versiones, que admiraba a Balzac, Lampedusa, Álvaro Cunqueiro o Alejo Carpentier, y que convirtió a Mequinenza en una región universal de la ficción. Él asumió la cita más célebre de Miguel Torga, “lo universal es lo local sin paredes” y estaba feliz porque había sido vertido a una veintena de lenguas, “entre ellas el coreano”, decía. Amaba tanto su idioma que se dedicaba a traducir –con nombres como Maximus Minimus, Cornelius Pi y otros seudónimos- para sobrevivir, claro, y porque estaba seguro de que eso le permitía, día a día, construir una lengua más rica, matizada y sonora, idónea para su escritura llena de humor, sensualidad y una fantasía que invade lo cotidiano y se hace mito.

 

*Autorretrato de Moncada. Este texto ha aparecido en 'Letras estivales' de Heraldo.

 

JORGE RODRIGUEZ DIALOGA CON MIGUEL PARDEZA SOBRE 'TORNEO'

JORGE RODRIGUEZ DIALOGA CON MIGUEL PARDEZA SOBRE 'TORNEO'

Jorge Rodríguez entrevista a Miguel Pardeza en ’Letras Libres’ con motivo de la publicación de su libro ’Torneo’, en el sello Malpaso.

 

http://www.letraslibres.com/blogs/polifonia/un-pais-donde-se-considera-que-leer-es-una-rareza-padece-una-enfermedad-social-grave?page=full

Por Jorge Rodríguez Gascón.

Estudiante y administrador del blog Gol Olímpico.

Miguel Pardeza Pichardo (La Palma del Condado, Huelva, 1965) es un personaje insólito. Futbolista internacional, campeón de la Recopa de Europa con el Real Zaragoza en 1995 y miembro de La Quinta del Buitre, es un lector culto y apasionado, especialista y editor de la obra de González Ruano. Acaba de publicar Torneo (Malpaso, 2016), un “ensayo autobiográfico” en el que repasa sus inicios como deportista profesional y el descubrimiento de la literatura.

En la nota aclaratoria presenta el libro como una especie de desafío. ¿En qué sentido lo era? ¿Se puede leer Torneocomo un libro de formación?  

Era, o eso creo, un doble desafío. Uno básico, gimnástico, poner a prueba mi resistencia física delante de un ordenador. Escribir no es solo un ejercicio intelectual, cerebral, es también físico. Escribir requiere resistencia fisiológica como mantener un ritmo respiratorio adecuado, e incluso tener un culo a prueba de callos, salvo que seas Dickens, Hemingway o Nabokov que escribían, al parecer, de pie, lo que es, o eso me parece a  mí, mucho peor. De aquí que tantos escritores se hayan ayudado con café, alcohol, drogas, o hayan abusado de la meditación zen o hagan curas depurativas como Vargas Llosa en una clínica famosa de Marbella. Y por otro, quería, o pretendía, conocer hasta dónde era capaz de alcanzar mi memoria, por lo común muy perezosa. Desde estos dos puntos de vista, sí que Torneo encaja en la literatura de formación, o mejor dicho de iniciación, aunque no quiero olvidarme lo que el libro tiene, por supuesto, de autoconocimiento.  

Hay un acontecimiento fundamental en su juventud, que es la apertura de una biblioteca en su pueblo, La Palma del Condado. ¿Cómo se produce el descubrimiento de la literatura y qué importancia ha tenido en su vida?

Mi estancia aquí en la tierra no me la explico sin libros. Como tampoco me la explicaba sin fútbol mientras estaba en activo. A los unos y al otro he dedicado casi toda mi vida hasta el momento. La apertura de la biblioteca de mi pueblo, La Palma del Condado, fue crucial porque me mostró que la abundancia de libros en un mismo espacio era factible. Tuvo el encanto de una revelación aritmética. Un contraste emocionante porque en mi casa solo había una enciclopedia Larousse, Guerra y pazincompleto, libros de higiene corporal, un tocho titulado más o menos Un niño va a nacer y tres o cuatros tomos sobre mecánica. Muy poco más. Es decir, nada. Como era aún casi un niño aquel impacto, como decía, fue solo visual, pues mis intereses del momento no pasaban de Astérix. Pero quiero creer que allí en la sala de lectura, al lado de una ventana que daba a Ronda de los Legionarios, mientras oía los motores de los camiones Pegaso que por allí cruzaban, concebí la ilusión de tener algún día algo parecido a una biblioteca, uno de los lugares más queridos por mí.

Usted hizo la tesis doctoral sobre César González Ruano. ¿Qué es lo que le interesó de él?

Creo que Ruano, como algún otro, resume casi a la perfección las contradicciones y los despropósitos de la primera mitad del siglo xx. En cincuenta años Europa se desangró dos veces, humilló y avergonzó a la raza humana. En un momento de grandes avances científicos, subversiones culturales y alucinaciones políticas, como el fascismo y el comunismo, solo quedaba opción para la militancia o para el cinismo. Ruano prefirió esta segunda opción. Tenía una frase que me gusta repetir: “sobre mi conciencia todo, sobre mi espalda nada”. Vivió con la inconsciencia y el placer con que se fumaba sus cigarros. Su ética cabía en su tintero, que era negro y espeso. Llevaba sangre del Lazarillo, pero le gustaba el refinamiento de Paul Morand. Con un ojo miraba las luces de nuestro Siglo de Oro mientras con el otro vigilaba las tetas de una ninfa de Montmartre. Mi impresión es que tenía el alma vendida al diablo, aunque en la intimidad se sintiera culpable y soñara con la salvación. Indudablemente, perdió esa guerra de anhelos encontrados. Creo que todos al final la terminamos perdiendo. Entre tanto, nos ha dejado algunas páginas inigualables. Respiraba literatura por todos los botones de sus chaquetas oscuras. La época no lo ayudó; de haberlo hecho, hoy sería algo más que una rareza para bibliófilos y para promesas del articulismo literario.

¿Cree que su afición por la literatura le convertía en un personaje atípico en el mundo del fútbol? ¿Fue la lectura un refugio para aliviar la soledad en sus años en la residencia del Madrid?

Un país donde se considera que leer es una rareza padece una enfermedad social grave. Lo raro debería ser no leer. Pero aquí, la cultura, el conocimiento siempre han levantado sospechas y el recelo no solo del poderoso, ojo, sino también del pueblo. El primero ha tenido al lector como un tipo peligroso al que había que tener vigilado o domesticado, el segundo como un cursi y un pedante. La literatura ha sido considerada siempre por el poder y la fácilmente manipulable gente corriente una cosa de señoritas hiperestésicas,  vagos de atar y académicos. El fútbol es un fenómeno en el que la inteligencia se pone al servicio del músculo o al revés. Las actitudes reflexivas son raras en un deporte que premia la testosterona en un contexto de radical fugacidad. Yo, como me ha gustado ir por libre, jamás me he planteado a mí mismo en términos de raro o normal. Jugué y leía como si fuera las dos caras de una misma personalidad. Y por supuesto, a los libros siempre les estaré agradecido, pues me ayudaron y me ayudan a estar en este malparido teatro que es el mundo.

 En el libro le interesa también el relato de aquellos que no lograron llegar e incluso el perfil desgraciado de los personajes que le rodeaban en la residencia, ¿por qué? ¿hay algo de ficción en esas historias?

Sentir compasión por el perdedor y cierta tirria por el triunfador es la peor tentación de un escritor, diría de casi cualquier hombre. Nunca he entendido por qué quien pierde es más digno de nuestra conmiseración que quien gana. Cualquiera de los dos merecería nuestras lágrimas y nuestro perdón. Ganar y perder son nociones confusas y normalmente intercambiables. El éxito según lo entendemos hoy día compone un cuadro con dos colores únicos, que son  el material y el social, o lo que es lo mismo: el dinero y la fama. Dejo al margen el poder, porque en sí mismo es odioso. Como la vida se las arregla a su manera para compensar tanta desigualdad, se reserva la libertad para que el triunfador engendre sus propias derrotas y que el perdedor encuentra en el fracaso su manera de triunfar. Pero como no soy una excepción, es obvio que me dejo atraer por los desterrados de la ruleta de la fortuna. Por una discutible tradición cultural vemos más literatura en un tirado perdedor que en el exitoso hortera que luce yates y tías buenorras, a las que la gente imagina como la quintaesencia del furor erótico. Y sobre si a esos personajes los adorné con los andrajos de la literatura, solo puede decir que sí. A la tristeza le van muy bien los adjetivos.

Usted fue uno de los jugadores más prometedores del país ya en su adolescencia. El famoso Torneo que da título al libro, en el que le nombraron mejor jugador, le llevó a la cantera del equipo más poderoso de España. En el libro parece que tuvo episodios de inseguridad y de dudas, ¿hasta qué punto le pesó esa responsabilidad? ¿Cómo supo canalizarla para convertirse en el jugador que fue y cómo afectó a su educación sentimental?

Mi problema adolescente no fue de responsabilidad, sino de un exceso de responsabilidad. La vida hay que vivirla, y merece la pena de que así sea, asumiendo todos los riesgos inherentes. Me obsesioné tanto con la idea del triunfo o, aún peor, con el temor a fracasar, que me olvidé de mí y de quién era. Sencillamente, me encerré en una pocilga donde se respiraba un aire fétido y donde solo se oían los gritos desesperados y de dolor de mi adolescencia frustrada. Fue un episodio lamentable, por desconocimiento y una exacerbación de los miedos casi diría metafísicos. En fin. Sobre cómo logré canalizarla, diría que no lo logré, salió adelante como pudo, a duras penas, envuelta en complejos y pánicos de todos los matices. Lo recojo en el libro. Pero si algo le tengo que agradecer a aquel cacao mental –contestando a la tercera pregunta– fue el acercarme más a los libros, de los que ya no me he separado nunca.

¿Han mejorado las estructuras de cantera de los equipos? Ahora, los equipos disponen de mayores recursos y, sin embargo, el Madrid no encuentra emblemas como en su época de jugador. ¿A qué se debe?

No tengo ni idea. Trabajar se trabaja mejor que hace años. Las instalaciones son inmejorables, los entrenadores y monitores están más preparados que los de antes, los de mi época, aunque pueden que les falten más intuición y más amor, sí, por más cursi que suene, un amor por ese niño que quería llegar a algo y al que prestaban no solo conocimientos técnicos, sino también apoyos afectivos. Dicho esto, el talento no es manufacturable, de modo que este viene cuando le da la gana.

¿En qué medida la Quinta del Buitre y el Mundial del 82 pueden servir para hacer un retrato sociológico de la España de la transición?

No lo sé, esa es la verdad, me refiero a la medida exacta. Sin embargo, sí sé que las cosas ocurren y que con el tiempo tendemos a darles un significado histórico o social. A la Quinta se le ha dado, sin duda. Yo mismo he perpetrado esa petulancia. Quise verla como un reflejo del cambio político y social de los años ochenta. Algo parecido le sucedió a la movida madrileña, entendida esta como un movimiento de liberación y sintonización cultural, aunque tengo la impresión de que esta ha quedado como una algazara y un desbocamiento hormonal cuyos resultados no superaron lo anecdótico cuando no lo chocante. El fútbol español venía del letargo de la furia, inventada por algunos periodistas del régimen y fomentada por el Estado franquista, tan aficionado a ver símbolos de la raza en cualquier manifestación por irreal que fuera. Una generación tomó el testigo del fracaso del 82 y se postuló con aire fresco. Aquella la formaban chicos a los que la dictadura les pilló en su decadencia. Su mejor legado tal vez haya consistido en que cambió la mirada del aficionado. De allí surgió una sensibilidad algo más refinada, de la que, quiero pensar, surgieron años de una renovación que concluye en los éxitos de la selección española de estos últimos años.

En Zaragoza no solo encontró la estabilidad, sino también el reconocimiento unánime de la hinchada y los éxitos. ¿Qué importancia tuvo la ciudad y el equipo en su vida?

Mucha, casi todo lo que fui se lo debo a Zaragoza y al club en el que milité durante once temporadas. En Zaragoza, encontré un hogar y un temperamento con el que me identifiqué desde el primer día. Allí nacieron mis hijos. Allí logré títulos junto a compañeros que reconfortan mi memoria. En Zaragoza, mi recién adquirido deslumbramiento literario se fomentó gracias a la compañía de amigos que me abrieron los ojos a un mundo que en mis turbios años de Madrid solo era un presentimiento. Me enseñaron una lección impagable: los libros podían ser una diversión, pero también una forma de vida. Futbolísticamente además fui un privilegiado, coincidí con una etapa brillante de un equipo cuya tradición venía de la excelencia.

¿Quiénes son los jugadores que más le han impresionado?

De todos, Maradona.

Ha vivido en primera línea grandes transformaciones en el mundo del fútbol. ¿Cuáles han sido para usted los mayores cambios? ¿Cree que el fútbol es un negocio sobredimensionado que, de alguna forma, vive por encima de sus posibilidades?

El fútbol es un fenómeno sobredimensionarlo porque vivimos una época sobredimensionada. El poder económico de algunos países está sobredimensionado, así como el poder militar. El hambre está sobredimensionada, la desigualdad entre naciones está sobredimensionada, la ceguera ideológica y el extremismo religioso están sobredimensionados. Todo se ha salido de madre y el fútbol no es más que una consecuencia de un momento histórico en el que lo único que importan son las cifras. Hoy día se celebran los traspasos millonarios como si fuera un récord que al año siguiente hay que batir. Es de locos. La calidad del jugador, por lo general, ha cedido ante el valor de la estadística. En alguna medida, el fútbol se ha vulgarizado porque el triunfo se ha hecho la única causa posible. El aficionado traga con todo, porque le hemos dicho que se olvide de la sensibilidad y que se ponga en la cola para aplaudir los puntos conseguidos. Todo está muy bien siempre que los protagonistas así lo quieran; no soy ningún integrista guardián de idealizaciones subjetivas, pero en muchas ocasiones mientras veo un partido de fútbol lo único que recuerdo cuando termina es la última frase del libro que estaba leyendo.

Hay algo especial en la primera parte del libro. Me refiero a la belleza del fútbol de provincias, sin tantos ejemplos de corrupción o excesos de responsabilidad. ¿Siente nostalgia de ese fútbol?

Sinceramente, no. No siento nostalgia. El fútbol nunca es inocente, ni siquiera en el idealizado fútbol base o aficionado. Puedo decirlo porque he pasado por todas las etapas posibles. Fui canterano, fui profesional y, una vez retirado, fui jugador dominguero en un campeonato laboral. Recuerdo que durante un partido de este último en un campo de la Federación de Fútbol en Zaragoza, tuve que parar el juego y quedarme mirando a un rival para recordarle que lo que estábamos haciendo era únicamente un entretenimiento, no una competición de la que dependiera el pan de nuestros hijos. A la jugada siguiente ese mismo rival volvió a darme una patada. ¡Y qué decir del fútbol infantil y juvenil! ¡Esos padres que se ponen en la banda para dirigir a sus hijos! ¡Esos padres que no dudan en arremeter contra rivales de 12 o 15 años por cualquier nadería, o que discuten con otros padres o insultan a los árbitros! Una calamidad. La única nostalgia que siento verdaderamente de aquel fútbol es la que surge de los cándidos sueños de entonces que a uno le hacían vivir en un estado de excitación y vitalidad permanentes. Lo demás son solo miserias de la condición humana. 

 

 

*Cromo de un jovencísimo Miguel Pardeza. La foto de Miguel Pardeza es de Maite Santonja de Heraldo.

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 escritores recuerdan un verano de juventud en el número de agosto de Letras Libres.

 

A diferencia de los veranos de la niñez, los veranos de juventud no suelen ser un paréntesis. Tienen un aire dedespedida que nos recuerda que, como decía Milan Kundera, la nostalgia es más fuerte cuando el volumen de la experiencia es menor. Pero, al igual que los veranos de la infancia, los veranos de juventud conservan la posibilidadde la aventura. Son una exploración: del sexo, del trabajo, de la vocación. A menudo propician el descubrimientode un límite, o el encuentro de una amistad o un amor decisivos.

 

Este número de la revista que dirige Enrique Krauze es una continuación de Veranos de infancia (2011) y Veranos deadolescencia (2014). Como esos números, tiene ilustraciones de Clara León. La serie –a la manera de las películas de Antoine Doinel de Truffaut, o de Boyhood de Richard Linklater– puede verse como un conjunto de catas en la experiencia de un grupo de autores. 

 

En “Delirio de amor en universidad de verano”, Andrés Barba reflexiona acerca del aprendizaje y la búsqueda, más o menos desesperada, de sexo. Jorge Carrión escribe sobre la educación sentimental en “La estación lluviosa”. Le interesan el descubrimiento de un país y un continente y también la construcción de una identidad a través de los viajes y los encuentros amorosos. En “Hubo veranos barrocos”, Mercedes Cebrián describe su experiencia en cursos de verano dedicados a la música antigua. En “Viaje o psicólogo”, el viaje que emprende Borja Cobeaga se convierte en una terapia contra la ansiedad. 

 

En “Cansarse de Londres”, Ricardo Dudda cuenta sus veranos en Londres y su trabajo como becario en Esquire. Daniel Gascón recuerda a Félix Romeo en “La estación de los amores”. Ismael Grasa cuenta su primer verano en Madrid, su trabajo como camarero en una terraza de La Latina y el desarrollo de su vocación de escritor. Enriquede Hériz cuenta cómo perdió una novela entera por un problema informático y Nuria Labari escribe sobre un verano de juventud y el descubrimiento del “sexo en serio” y el “amor en serio”.

 

Miguel Ángel Muñoz cuenta la emoción extraña que supuso terminar su primer libro. Elvira Navarro se despide dela ciudad de su adolescencia en “Una casa fuera de ruta”. En “Antigua”, Eva Puyó combina la crónica de un viaje con la descripción de dos relaciones sentimentales. Llucia Ramis retrata la intensidad incomparable del amor juvenil en “El amigo de las tortugas”.

 

Aloma Rodríguez escribe sobre la amistad en “Mis veranos con Rebeca”. Gonzalo Torné escribe sobre el deporte, la vocación y el cómic, y en “Río turbio” Berta Vias recrea una excavación arqueológica junto al Danubio y su atmósfera inquietante. 

 

Director: Enrique Krauze 

 

Editor responsable en España: Daniel Gascón

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

Luis Araque, el músico que llegó a todo

 

Historia de este ilustre zaragozano que fue médico, compositor, pianista, director de orquesta y arreglista, y trabajó con Machín, Sepúlveda y Guardiola

 

Antón CASTRO

Para entender la trayectoria de Luis Araque Sancho (Zaragoza, 1914-Madrid, 1971) –“compositor, pianista, director de orquesta, arreglador y poeta”, además de médico, según las definiciones de la época-, casi conviene empezar por su padre, Rufino Araque, toledano, que se instaló en Zaragoza y que realizó mil y un oficios: fue sacristán, militar y barbero de regimiento, practicante, profesor de música y fundador de varias orquestas en Zaragoza, entre otras cosas, según él mismo le contaba a Marcial Buj en una entrevista de HERALDO. De casta le venía al galgo, pues. Luis Araque fue un estudiante modélico e inteligente, que obtuvo en Bachillerato premio extraordinario y matrícula de honor. Ingresó en el Conservatorio y realizó estudios de piano con el maestro Ramón Salvador; cuando estalló la Guerra Civil, en 1936, ya había realizado cinco cursos completos; con solo 18 años, había solicitado la admisión en la Asociación de Profesores Músicos de Zaragoza. 

Se matriculó en la Universidad de Zaragoza en Medicina y de inmediato demostró su versatilidad, su entusiasmo y su capacidad de liderazgo. Se integró en la tuna universitaria, a la que dirigió, y no tardaría en componer una pieza que sigue siendo la más rentable de las suyas en la SGAE: ‘Pasa la tuna’, que llegó a cantar el mismísimo Alfredo Kraus en los años 60 con una leve modificación de la letra. Aquella etapa fue fructífera: eran tiempos de cambio, de jazz y sonidos negros, de foxtrot y music hall, de boleros, tangos y pasodobles, de aprendizaje constante. Luis Araque lo mismo actuaba de solista en pequeñas orquestas que dirigía la tuna o componía. De entonces fue la pieza ‘Ballesteros’, en honor al finísimo e infausto torero Florentino Ballesteros (1893-1917), que había muerto de una cornada. Se dice que tenía tanto éxito con sus piezas, alegres y modernas, que solía cobrar un sueldo medio de 1000 pesetas al mes en liquidaciones de derechos de autor (unos seis euros).

Tras la contienda, culminó su carrera y trabajó de médico militar hasta 1951. Eso sí, jamás había abandonado la música, que era su gran pasión. En 1942, en Madrid, en el Teatro Fontalba había presentado una comedia musical, ‘El capitán Kiriki’, y no había cesado en la composición. El momento clave de su existencia fue en los inicios de los 50 porque creó su propia orquesta. Hizo decenas de temas para otros y se encontró con el cantante cubano Antonio Machín, con quien presentó durante una década el espectáculo ‘Melodías de color’, que fue el escaparate para el gran bolerista, para la Orquesta Internacional Luis Araque y coros y para sus piezas: ‘Mil besos’, ‘Sé que tienes novio’, ‘No sé por qué te quiero’ o ‘Al recordar tu amor’. También firmó un pasodoble taurino como ‘Ópera flamenca’.

Se dice que es autor, con música y muchas veces letra, de 400 temas y que sigue siendo uno de los aragoneses más rentables a la SGAE tras Antón García Abril y Daniel Montorio, entre otros. Hizo discos de casi todo: fue un arreglista de temas gallegos o canarios, creó chachachás y cantaron sus canciones Sara Montiel, Lucho Gatica, las hermanas Fleta, Elia y Paloma, escribió cuatro boleros para José Guardiola, rindió homenaje a Portugal en un disco que grabó la orquesta de Roger Santander (se conserva una carta suya donde le escribe al músico Guillermo Fernández-Shaw, en 1954, para que le traiga dos copias de Buenos Aires)… Y una de las curiosidades de su trayectoria se refiere a otro de sus grandes éxitos: había creado el bolero ‘A escondidas’ para Antonio Machín, pero por distintas razones este no lo quiso cantar, lo hizo Jorge Sepúlveda y fue uno de sus grandes éxitos. Las críticas, y las notas de sus discos, subrayaban esa facilidad para crear “colores orquestales con atrevimiento y modernidad” y a la vez se decía que su obra era de “un hondo romanticismo, donde el sentimiento y la musicalidad adquieren acentos universales”.

La Orquesta Internacional Luis Araque y coros realizó giras por países europeos y, sobre todo, Latinoamérica, donde interpretaba música ligera, variaciones de jazz (Jorge García en el texto ‘El trazo del jazz en España’, con motivo de una exposición en la Biblioteca Nacional, decía que era “uno de los principales personajes del jazz en aquellos años difíciles” de la inmediata posguerra) y algunos de sus temas más personales: ‘La primera estrella negra’, ‘Mardita sea tu estampa’, ‘Ópera flamenca’, ‘Aquí Zaragoza’, etc. Plácido Serrano, estudioso de su obra, explica: “Fue uno de los músicos españoles más completos e interesantes en los 50 y 60. Quizá lo menos conocido sea su influencia del jazz, por ejemplo sus composiciones para el cuarteto de Flavio Bello”.

Tuvo algunos cargos en la SGAE y consta, cuando murió en Madrid el 16 de abril 1971, que era director de los servicios médicos y un activo de su sección musical. El ABC publicó dos esquelas, en la que lo lloraban dos mujeres: su esposa Sara Méndez y su hija Sara. Ha caído en el olvido, sin duda, pero siempre que se habla de amor, de boleros, de pasodobles, ahí reaparece Luis Araque Sancho. Logró la inmortalidad tal como había soñado: con sus melodías y sus ritmos bailables.

 

 

La vida de las paredes

Sara Morante

Sara Morante se había revelado como una espléndida y luminosa ilustradora. En este libro, de Lumen, da el salto: no solo ilustra, con elegancia, narratividad y colorido, sino que cuenta la historia de un edificio, en Argumosa 16, y sus personajes a lo largo de varios días. Un libro subyugante.

 

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela

Javier Pérez Andújar

Javier Pérez Andújar publica en Tusquets este diccionario que tiene algo de síntesis de su aprendizaje sentimental. Conviven los tebeos, la democracia, la música (hay una entrada de Camilo Sesto), el cine y muchos de sus personajes y la historia, narrado todo ello con libertad, erudición e ironía.

 

*De la serie de Heraldo, 'Letras estivales'.