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Antón Castro

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 CUENTOS DE 'LETRAS LIBRES'

16 escritores recuerdan un verano de juventud en el número de agosto de Letras Libres.

 

A diferencia de los veranos de la niñez, los veranos de juventud no suelen ser un paréntesis. Tienen un aire dedespedida que nos recuerda que, como decía Milan Kundera, la nostalgia es más fuerte cuando el volumen de la experiencia es menor. Pero, al igual que los veranos de la infancia, los veranos de juventud conservan la posibilidadde la aventura. Son una exploración: del sexo, del trabajo, de la vocación. A menudo propician el descubrimientode un límite, o el encuentro de una amistad o un amor decisivos.

 

Este número de la revista que dirige Enrique Krauze es una continuación de Veranos de infancia (2011) y Veranos deadolescencia (2014). Como esos números, tiene ilustraciones de Clara León. La serie –a la manera de las películas de Antoine Doinel de Truffaut, o de Boyhood de Richard Linklater– puede verse como un conjunto de catas en la experiencia de un grupo de autores. 

 

En “Delirio de amor en universidad de verano”, Andrés Barba reflexiona acerca del aprendizaje y la búsqueda, más o menos desesperada, de sexo. Jorge Carrión escribe sobre la educación sentimental en “La estación lluviosa”. Le interesan el descubrimiento de un país y un continente y también la construcción de una identidad a través de los viajes y los encuentros amorosos. En “Hubo veranos barrocos”, Mercedes Cebrián describe su experiencia en cursos de verano dedicados a la música antigua. En “Viaje o psicólogo”, el viaje que emprende Borja Cobeaga se convierte en una terapia contra la ansiedad. 

 

En “Cansarse de Londres”, Ricardo Dudda cuenta sus veranos en Londres y su trabajo como becario en Esquire. Daniel Gascón recuerda a Félix Romeo en “La estación de los amores”. Ismael Grasa cuenta su primer verano en Madrid, su trabajo como camarero en una terraza de La Latina y el desarrollo de su vocación de escritor. Enriquede Hériz cuenta cómo perdió una novela entera por un problema informático y Nuria Labari escribe sobre un verano de juventud y el descubrimiento del “sexo en serio” y el “amor en serio”.

 

Miguel Ángel Muñoz cuenta la emoción extraña que supuso terminar su primer libro. Elvira Navarro se despide dela ciudad de su adolescencia en “Una casa fuera de ruta”. En “Antigua”, Eva Puyó combina la crónica de un viaje con la descripción de dos relaciones sentimentales. Llucia Ramis retrata la intensidad incomparable del amor juvenil en “El amigo de las tortugas”.

 

Aloma Rodríguez escribe sobre la amistad en “Mis veranos con Rebeca”. Gonzalo Torné escribe sobre el deporte, la vocación y el cómic, y en “Río turbio” Berta Vias recrea una excavación arqueológica junto al Danubio y su atmósfera inquietante. 

 

Director: Enrique Krauze 

 

Editor responsable en España: Daniel Gascón

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

HISTORIA DE LUIS ARAQUE

Luis Araque, el músico que llegó a todo

 

Historia de este ilustre zaragozano que fue médico, compositor, pianista, director de orquesta y arreglista, y trabajó con Machín, Sepúlveda y Guardiola

 

Antón CASTRO

Para entender la trayectoria de Luis Araque Sancho (Zaragoza, 1914-Madrid, 1971) –“compositor, pianista, director de orquesta, arreglador y poeta”, además de médico, según las definiciones de la época-, casi conviene empezar por su padre, Rufino Araque, toledano, que se instaló en Zaragoza y que realizó mil y un oficios: fue sacristán, militar y barbero de regimiento, practicante, profesor de música y fundador de varias orquestas en Zaragoza, entre otras cosas, según él mismo le contaba a Marcial Buj en una entrevista de HERALDO. De casta le venía al galgo, pues. Luis Araque fue un estudiante modélico e inteligente, que obtuvo en Bachillerato premio extraordinario y matrícula de honor. Ingresó en el Conservatorio y realizó estudios de piano con el maestro Ramón Salvador; cuando estalló la Guerra Civil, en 1936, ya había realizado cinco cursos completos; con solo 18 años, había solicitado la admisión en la Asociación de Profesores Músicos de Zaragoza. 

Se matriculó en la Universidad de Zaragoza en Medicina y de inmediato demostró su versatilidad, su entusiasmo y su capacidad de liderazgo. Se integró en la tuna universitaria, a la que dirigió, y no tardaría en componer una pieza que sigue siendo la más rentable de las suyas en la SGAE: ‘Pasa la tuna’, que llegó a cantar el mismísimo Alfredo Kraus en los años 60 con una leve modificación de la letra. Aquella etapa fue fructífera: eran tiempos de cambio, de jazz y sonidos negros, de foxtrot y music hall, de boleros, tangos y pasodobles, de aprendizaje constante. Luis Araque lo mismo actuaba de solista en pequeñas orquestas que dirigía la tuna o componía. De entonces fue la pieza ‘Ballesteros’, en honor al finísimo e infausto torero Florentino Ballesteros (1893-1917), que había muerto de una cornada. Se dice que tenía tanto éxito con sus piezas, alegres y modernas, que solía cobrar un sueldo medio de 1000 pesetas al mes en liquidaciones de derechos de autor (unos seis euros).

Tras la contienda, culminó su carrera y trabajó de médico militar hasta 1951. Eso sí, jamás había abandonado la música, que era su gran pasión. En 1942, en Madrid, en el Teatro Fontalba había presentado una comedia musical, ‘El capitán Kiriki’, y no había cesado en la composición. El momento clave de su existencia fue en los inicios de los 50 porque creó su propia orquesta. Hizo decenas de temas para otros y se encontró con el cantante cubano Antonio Machín, con quien presentó durante una década el espectáculo ‘Melodías de color’, que fue el escaparate para el gran bolerista, para la Orquesta Internacional Luis Araque y coros y para sus piezas: ‘Mil besos’, ‘Sé que tienes novio’, ‘No sé por qué te quiero’ o ‘Al recordar tu amor’. También firmó un pasodoble taurino como ‘Ópera flamenca’.

Se dice que es autor, con música y muchas veces letra, de 400 temas y que sigue siendo uno de los aragoneses más rentables a la SGAE tras Antón García Abril y Daniel Montorio, entre otros. Hizo discos de casi todo: fue un arreglista de temas gallegos o canarios, creó chachachás y cantaron sus canciones Sara Montiel, Lucho Gatica, las hermanas Fleta, Elia y Paloma, escribió cuatro boleros para José Guardiola, rindió homenaje a Portugal en un disco que grabó la orquesta de Roger Santander (se conserva una carta suya donde le escribe al músico Guillermo Fernández-Shaw, en 1954, para que le traiga dos copias de Buenos Aires)… Y una de las curiosidades de su trayectoria se refiere a otro de sus grandes éxitos: había creado el bolero ‘A escondidas’ para Antonio Machín, pero por distintas razones este no lo quiso cantar, lo hizo Jorge Sepúlveda y fue uno de sus grandes éxitos. Las críticas, y las notas de sus discos, subrayaban esa facilidad para crear “colores orquestales con atrevimiento y modernidad” y a la vez se decía que su obra era de “un hondo romanticismo, donde el sentimiento y la musicalidad adquieren acentos universales”.

La Orquesta Internacional Luis Araque y coros realizó giras por países europeos y, sobre todo, Latinoamérica, donde interpretaba música ligera, variaciones de jazz (Jorge García en el texto ‘El trazo del jazz en España’, con motivo de una exposición en la Biblioteca Nacional, decía que era “uno de los principales personajes del jazz en aquellos años difíciles” de la inmediata posguerra) y algunos de sus temas más personales: ‘La primera estrella negra’, ‘Mardita sea tu estampa’, ‘Ópera flamenca’, ‘Aquí Zaragoza’, etc. Plácido Serrano, estudioso de su obra, explica: “Fue uno de los músicos españoles más completos e interesantes en los 50 y 60. Quizá lo menos conocido sea su influencia del jazz, por ejemplo sus composiciones para el cuarteto de Flavio Bello”.

Tuvo algunos cargos en la SGAE y consta, cuando murió en Madrid el 16 de abril 1971, que era director de los servicios médicos y un activo de su sección musical. El ABC publicó dos esquelas, en la que lo lloraban dos mujeres: su esposa Sara Méndez y su hija Sara. Ha caído en el olvido, sin duda, pero siempre que se habla de amor, de boleros, de pasodobles, ahí reaparece Luis Araque Sancho. Logró la inmortalidad tal como había soñado: con sus melodías y sus ritmos bailables.

 

 

La vida de las paredes

Sara Morante

Sara Morante se había revelado como una espléndida y luminosa ilustradora. En este libro, de Lumen, da el salto: no solo ilustra, con elegancia, narratividad y colorido, sino que cuenta la historia de un edificio, en Argumosa 16, y sus personajes a lo largo de varios días. Un libro subyugante.

 

Diccionario enciclopédico de la vieja escuela

Javier Pérez Andújar

Javier Pérez Andújar publica en Tusquets este diccionario que tiene algo de síntesis de su aprendizaje sentimental. Conviven los tebeos, la democracia, la música (hay una entrada de Camilo Sesto), el cine y muchos de sus personajes y la historia, narrado todo ello con libertad, erudición e ironía.

 

*De la serie de Heraldo, 'Letras estivales'.

 

ROSA MARÍA ARANDA: UN DIÁLOGO

ROSA MARÍA ARANDA: UN DIÁLOGO

Rosa María Aranda, allá por los primeros cuarenta, cuando la retrataban Coyne o Aurelio Grasa, tenía un aire a Rita Hayworth con sus rizos al viento. Ahora, con sus 81 años y el desenfado de siempre, anda un tanto insegura por su casa cuajada de recuerdos, de muebles de época, de retratos o dibujos que le hicieron su hermana Pilar Aranda o Menchu Gal. El amor de su vida, Fernando de la Figuera, “fallecido demasiado pronto en 1967”, la mira desde varias fotografías con aquel porte de caballero tocado de bigote. Rosa María Aranda selecciona sus recuerdos al calor de la mesa camilla, junto a sus hijos Alfonso y Carmen.

 

El libro “Paisajes internos. Anecdotario vital” (BArC) brilla al sol, casi tanto como su sonrisa. De golpe, se zambulle en el pasado. Evoca a su abuelo materno Fernando Nicolás, “que tuvo uno de los primeros coches que circularon por Zaragoza”, y Ambrosio Aranda, “que era fantástico, guapísimo, según un óleo que conservamos de él”. Ambos fueron industriales de mérito. Sus padres, Manuel Aranda y María Nicolás, no tardan en aparecer; él, monárquico, era un importante industrial de maderas que iban y venían por barco en medio mundo, y ella era una republicana avanzada, una lectora voraz, que iba a marcar notablemente la cultura de sus seis hijos.

 

         “Gracias a mi madre, todos fuimos grandes lectores. Contábamos con la excelente biblioteca de mi abuelo Ambrosio Aranda, que tenía a Dante con los grabados de Doré, historias del papado, auténticos libros de coleccionista. Y además mi madre nos impulsaba a leer a Marañón, Unamuno y Valle-Inclán”. Rosa María nació en Zaragoza y de inmediato se trasladó a San Sebastián; antes casi de que se echase a andar, la familia fue reclamada en Madrid por “el imperio de maderas de Arturo Nicolás”. Allí, con el domicilio San Agustín 3, frente al Congreso de los Diputados, crecieron los vástagos de los Aranda. Rosa los enumera: Pilar, que se haría pintora de mérito y que se casaría con Francisco San José; Leonor, que atendía el negocio de Casa Aranda de artículos religiosos (casullas, capas pluviales...) de la calle Fuenclara; Virginia, que partiría a Caracas a montar el negocio en ultramar; Fernando, “que fue mi compañero de juego y era un genio: un contador de historias vividas que se atrevió a cruzar el Sahara con camiones llenos de bidés y retretes para las moras”; y Mari Luz, que se dedicó a sus labores y contrajo matrimonio con un excelente operador de cámara de cine. “Yo fui la cuarta chica y pensé a que me iban a tirar a la basura. No fue así y en Madrid fuimos muy felices. Estudié en varios colegios, teníamos muchos amigos y me gustaba ver a mi padre en la partida de tresillo. Además teníamos una finca en Los Molinos y nos íbamos a ella. Allí conocí a un joven delgadito y tuberculoso que iba a curarse, llamado Camilo José Cela, que muchos años después recordaría en la novela ‘Pabellón de reposo’. Y además, en cuanto crecimos algo, me iba con mis hermanas a las tertulias del Casablanca y a la terraza del Ritz”.

 

         Madrid, además, era también la fiesta del teatro porqueManuel Aranda decidió probar suerte como empresario teatral de la compañía Benavente. Y ella y sus hermanas asistían a las lecturas y a los ensayos, y veían de cerca de José Isbert, “una persona maravillosa”, Rafael Rivelles, su mujer María Fernanda Ladrón de Guevara, Milagros Leal o a una jovencita llamada Amparito Rivelles. “A mí y a ella nos tocaban casi siempre las muñecas de la rifa. Pero las cosas no iban bien. A mis padres los arruinó el Banco Urquijo y esa aventura teatral en cierto modo, piense que teníamos un coche Buick con conductor privado, y debimos regresar a Zaragoza. Lo hicimos a principios de 1936 cuando empezaba toda la ‘empanada’ de la Guerra Civil”. Los Aranda Nicolás se instalaron en una casa del Coso, 5 con vistas hacia el Pilar. Una noche, recuerda Rosa María, varios hombres corretearon por los tejados, persiguiéndose y disparando tiros. Y otro día, la joven y secreta escritora, que estaba culminando su bachillerato y veía como las compañeras pasaban sus redacción y cuentos de mano en mano, vio “cómo tres bombas caían en el Pilar. Las vi desde mi casa, asomada a la ventana con mi hermana Virginia, fumándonos las dos un cigarrillo que nos había dado nuestro vecino Balbino Lacosta. Como se lo digo”. Su recuerdo de la contienda y de los años de trifulca nacional puede resultar desconcertante. “Para mí la guerra fue divertida.Me explico: las chicas entonces sólo podíamos salir con señorita de compañía o con doncella. Ni siquiera nos dejaban ir al cine o al teatro. Y de repente, al estallar la guerra, nos dejaban hacer lo que queríamos. Ir al cine, a divertirnos, al teatro. Teníamos libertad. Sabíamos algo de lo que ocurría, claro, entre otras cosas porque nuestra casa acabaría convirtiéndose en parada y fonda de soldados que iban o volvían o huían del frente, de gente más o menos conocida o recomendada que necesitaba ayuda. En nuestra casa llegó a haber 18 camas”. Ya lo hemos dicho: RosaMaría Aranda, que dibujaba patrones para casullas o capas, también le había tomado una gran afición a la literatura. Había publicado un poema amoroso en “Lecturas” en 1936 y perfeccionaba su escritura.

 

         Tras la Guerra Civil, el estudio de pintora de su hermana Pilar, en la calle Fuenclara, se convirtió en un lugar de encuentro. Por allí pasaron en la primera posguerra, entre otros, Federico Torralba, José Camón Aznar, los descendientes de Ramón y Cajal, el pintor Javier Ciria, quizá Pilar Bayona, que tenía mucha relación con su hermana (la retrató en Jaca en 1950), Santiago Lagunas o un joven catalán, músico entonces y futuro crítico de arte y poeta: Juan Eduardo Cirlot. “Le traté muy vagamente, pero sé que era muy amigo de mi hermana Pilar, que era una mujer muy atractiva y despertó grandes pasiones. A los dos les gustaba mucho Egipto”.

 

         Rosa María Aranda ya tenía un rondador, el joven militar Fernando de la Figuera, con el que no tardaría en casarse. De la Figuera era el mejor amigo, el “hermano” del arquitecto y artista Alfonso Buñuel, al cual conoció muy de cerca. “Mi marido lo amortajó con Pepito Bosqued. Se querían como auténticos hermanos. Aunque siempre se le ve serio, pero Alfonso era una persona cultísima, divertidísima, con un increíble sentido del humor que producía numerosas anécdotas. Recuerdo que una vez intentó hipnotizarme sobre un banco de piedra en Peñíscola. Entonces, también frecuentaba a Luis García-Abrines, me dejaba caer por la Tertulia Teatral con Giménez Aznar, etc.”. Y fue en 1942 cuando le ocurrió uno de los grandes acontecimientos de su vida. En aquel trajinar de gentes que iban y venían por su casa, apareció un marino que le contó la historia de español que se enamoró en Odessa y quiso traer a su compañera para España. Y así lo contó en “Boda en el infierno”, novela que publicó Afrodisio Aguado en 1942 y que contrató para el cine el productor Arenaza. La película la filmó Antonio Román y ganó el Premio Nacional de Cinematografía “ex aequo” con “Raza” de Franco. Todo el mundo recibió la dotación económica correspondiente, salvo los dos guionistas: Franco por ser quien era y Rosa “porque no iba a ser más que el caudillo”. Arenaza también le compró la segunda novela, “Cabotaje” (Afrodisio Aguado, 1943), que no llegó a hacerse en película. Y en 1945 apareció Tebib, ya editada en Zaragoza al cuidado de Luciano Gracia.

 

         Rosa María Aranda, con hijos y de lugar en lugar, compaginó literatura y vida familiar. En 1967, le sacudió un trallazo demoledor. Falleció su marido. Y se dijo que tendría que empezar de nuevo: creó una zapatería, “Fernanda”, en PedroMaría Ric, escribió sin descanso y ha sobrevivido bellamente para redactar estas memorias y este diario de escritora.   

 

LA NADADORA, LA DEPORTISTA, LA MODERNA

Rosa María Aranda fue una adelantada a su época. Una deportista constante: lo mismo marchaba a esquiar que nadaba al estilo “crawl” con belleza y rapidez. Sus fotos al borde de la piscina o embutida en un chándal con la gran Z en el pecho no dejan lugar a dudas. Se hizo nadadora en Madrid, en sus tiempos de instituto (estudió en el Cardenal Cisneros, entre otros centros, entre ellos en un colegio de monjas irlandesas donde le pusieron un profesor especial para que hiciese el Bachillerato) y halló en Zaragoza, desde principios de la Guerra Civil, el lugar ideal para practicar la natación en la piscina del Club de Zaragoza de Torrero, que era el lugar de encuentro de muchos amigos. Su profesor fue su propio marido, que había tenido un preceptor de postín: Enrique Granados, hijo del músico Granados, y luego responsable del Canoe de Madrid. “Participé en muchos campeonatos y fui campeona y recordwoman de Aragón durante años. También competí fuera, pero luego me aficioné al esquí, cuando nadie salía apenas a las montañas. Íbamos con Aurelio Grasa, médico radiólogo y excelente fotógrafo. No paraba de hacerme fotos con su maquinita, con Luis Gómez Laguna, etc. Y alguna que otra vez, con mi marido, salíamos de excursión en una de las primeras motos Lambretta que hubo en Zaragoza”. A la vez que hacía deporte, escribía. Tras sus primeros éxitos le contrataron tres novelas de amor por las que le pagaban mil pesetas. “Al final me aburrí. Yo siempre he querido crear lo mío, con libertad, no me apetece escribir al dictado. Para mí la literatura ha sido vocacional, una pasión. Siempre he querido escribir y he querido hacerlo muy bien. Aprender día a día”. En sus cajones, tiene nuevos libros, por ejemplo “Cartas a mis muertos” o una extensa colección de relatos que desearía publicar antes de que la muerte le cierre definitivamente los ojos.  

 

*Algunos meses antes de la muerte, reciente, de Rosa María Aranda conversé con ella acerca de su fascinante vida. Recupero ese texto -hoy estuve con su hijo Gonzalo- y lo pego aquí por si alguien tuviese interés en conocer su apasionante vida.

 

*Esta foto de Rosa María Aranda la publica Bernad Guillén en Fotos Antiguas de Zaragoza.

UN AMOR DE VIOLA EN PARÍS: TITA

UN AMOR DE VIOLA EN PARÍS: TITA

Tita, una pasión de Viola en París

 

Edita Hirschová, una artista judía checa que acabó en Auschwitz, fue su novia, barajaron casarse y lo introdujo en la revista surrealista ‘Le Main à Plume’

 

PIES DE FOTO. ANDRÉS FERRER

Un espectacular retrato de la artista Edita Hirschová en bañador. [Esta es la foto que debiera mandar: estamos en verano… y no se ha visto nunca.]

 

 

 

Antón CASTRO

José Viola Gamón (Zaragoza, 1916-San Lorenzo del Escorial, 1987), Manuel Viola para la historia del arte, vivió peligrosamente. Militante del POUM (Partido Obrero de Unificación Marxista), de tendencia trotskista, y combatiente en el frente del Ebro, escapó a Francia, y allí participó en numerosas escaramuzas del maquis, de la resistencia contra los nazis que ocuparon París y del surrealismo más activo y revolucionario, en el que militaba, entre otros, el poeta Benjamin Péret, que había combatido en el frente de Teruel. Viola recordaría: “Llego a París, amistad con Péret, Dora Maar, Picasso, empiezo otra vez a creer que es más importante una imagen poética, una línea sobre la tela desnuda, y creo en su interior. Porque el sueño del hombre es muy similar al de todos los hombres. Otra vez la circunstancia, muchas veces matar para no morir (mi ideología ya temblaba)”. Poco después, Picasso lo acoge como ayudante o asistente discontinuo de taller. Dice Viola: “Me hago amigo de Picasso y siento veneración por él. Pienso con Rimbaud que “todo arte auténtico es biografía””.

En París, tuvo una de sus primeras historias de amor conocidas, que ha documentado con minuciosidad el investigador de arte y psiquiatra Javier Lacruz en su libro ‘Manuel Viola. Entre la luz y la tiniebla’ (Editorial Cierzo, 2014). El nombre de su amada era Edita Hirschová, Tita, a la que conoció en septiembre de 1940, tras salir de la casa del artista norteamericano Henri Goetz. Dice Lacruz que se trata de “una judía de origen checo que a comienzos del año siguiente lo acogió en su casa de rue Campagne Première n.º3 y lo indujo a colaborar muy estrechamente la revista ‘La Main à Plume’”, que tenía algo de órgano de provocación y de crítica desde la fe surrealista. Algunos de sus ejemplares pueden verse ahora en la muestra ‘Viola. Obra gráfica’ en Fuendetodos.

Años después, Viola recordaría así a aquella mujer: “Era muy guapa. Tenía planta. Dibujaba y pintaba. Era cojonuda. Y era surrealista. Y es que entonces los surrealistas eran la gente importante en el mundo. (…) Después conviví con ella. Fue detenida en el año 41 y luego volvieron a cogerla”. Viola se movía con la falsa identidad de Manuel Adsuara y había conseguido en el consulado español “una promesa de boda” con Tita. La que años después sería su esposa Laurence Iché, novia entonces del joven poeta Robert Rius, escribió un ‘Dossier Tita’ y dice que le parecía una “antigualla” de 35 años y que “estaba muy sorda y muy miope a la vez, lo que reducía las posibilidades de comunicación y le daba ese mal carácter. Solamente se la oía cuando se quejaba de Manuel Viola, del cual sospechaba posibles infidelidades. No tengo fotos de ella pero puedo describirla muy bien: bastante alta, anchas caderas, gruesa de cintura, largas piernas y unas manos muy bonitas. Sus pequeños ojos con la mirada desconfiada estaban redimidos por una boca bien dibujada, una nariz aguileña y una negra cabellera, corta pero naturalmente rizada”. Estaba casada y separada desde hacía tiempo.

Al poco tiempo de convivir juntos, Tita, que llevaba la cruz amarilla de judía, y Manuel se hicieron novios e intentaron casarse. Ella ilustraba la revista ‘La Main à Plume’, con piezas como ‘Amantes’ (1941), e introdujo a Viola, que aceptó de buen grado porque para él era “una forma de combate”, donde publicó de entrada un poema, un texto sobre Paul Klee y un dibujo sin firma. Y no solo eso: con el norteamericano Henri Goetz, Tita introdujo al aragonés en la pintura.

Vivían en la clandestinidad y para sobrevivir tenían que falsificar obras de arte. Dice Javier Lacruz: “El mercado de cuadros falsos les permitió costear la manutención de varios miembros del grupo, sobre todo de los clandestinos, entre ellos Tita y Manuel. Esta actividad también sirvió para sufragar la edición de la revista y el material de propaganda, entre otras cuestiones”. La Gestapo francesa (“constituida por todos los delincuentes, criminales, policías expulsados del cuerpo y demás ralea”) y la Gestapo alemana perseguían a todos los integrantes y en junio de 1942 algunos fueron detenidos, entre ellos Tita. “A Tita, que la tenían controlada, la detuvieron y la deportaron al campo de concentración de Auschwitz –como a Hans Schoenhoff, por “agente sionista”- y ya no se le volvió a ver más”.

Algún tiempo más tarde Viola fue detenido, como el escritor César González-Ruano, que le dedicó la novela ‘Manuel de Montparnasse’. A los dos los soltaron, casi milagrosamente. Otros como Edita Hirschová murieron en el campo de concentración de Auschwitz o fueron fusilados por los nazis, como Robert Rius, poeta, secretario de Breton y compañero  de Laurence Iché. Ella y Manuel Viola se consolaron sus penas, se enamoraron y en cuanto pudieron vinieron a España a casarse. Lo hicieron en Zaragoza, el 3 de abril de 1949, en la Iglesia de Nuestra Señora de Altabás. Viola, años después, resumió así aquellas andanzas parisinas: dijo que se dedicó a “escribir poemas y pegar tiros”.

 

JACK LONDON, DESPUÉS DE UN SIGLO

JACK LONDON, DESPUÉS DE UN SIGLO

La aventura extrema de Jack London

 

Se cumple un siglo de la muerte del autor de ‘La llamada de lo salvaje’: un modelo de escritor profesional que sentía pasión por el mar, el boxeo y la fiebre del oro

 

PIES DE FOTO. 

Jack London y su segunda esposa Charmian a bordo del velero ‘Snark’ hacia 1907

 

 

 

Antón CASTRO

Jack London (1876-1916) es uno de los escritores más apasionantes de todos los tiempos, incluso en sus contradicciones: se le iban la mano y los ojos demasiadas veces hacia textos ajenos y acababa, de formas sutiles o descaradas, apropiándoselos. Fue denunciado por ello, y en ocasiones lo asumió con entereza. Con el paso del tiempo, este joven aventurero, de padre incierto y criado por una mujer que había sido esclava, Virginia Prentiss, se convirtió en un escritor profesional, que ganaba mucho dinero con sus cuentos, sus reportajes, sus crónicas de pugilismo –en 1910 narró el combate entre Jack Johnson, el campeón negro al que despreció, y James Jeffries; venció Johnson, el mismo que combatió en Barcelona con Arthur Cravan- y, sobre todo, con sus novelas.

John Griffith Chaney London sería hijo del astrólogo William Chaney, se piensa, y de la profesora de música y espiritista Flora Wellman. Aquel, porque nunca asumió su paternidad, y ella, por enfermedad, no se hicieron cargo del joven, que se formó en la Biblioteca Pública, leyendo como un descosido, y realizando distintos empleos: fue repartidor de prensa, trabajó en el ferrocarril, en un molino de yute, patrullero de costa y fue también un auténtico vagabundo que pasó un mes en la cárcel en Búfalo. Una de sus grandes pasiones fue la navegación: en 1893, a los 17 años, justo cuando había empezado a hacer sus primeros pinitos en revistas y periódicos, se enroló en la goleta ‘Sophia Sutherland’, que navegó hasta las costas de Japón. El viaje le daría satisfacciones y un rico material narrativo. Algún tiempo después, repetirá experiencia en otra goleta y se dedicará a la búsqueda de ostras. Entre sus ocupaciones figura la de traficante y, también, la de buscador de oro: entre 1897 y 1898 se trasladó a Klondike, Canadá, cerca de la frontera de Alaska; tuvo que abandonar porque fue presa del escorbuto. Allí acentuó su impresión de pertenencia a la naturaleza, uno de sus temas básicos.

En 1903 publicó por entregas, a modo de serial o folletón, en ‘Saturday Evening Post’ su primera novela: ‘La llamada de la selva’, también titulada ‘La llamada de lo salvaje’, el relato de un perro Buck, del juez Miller, que fue secuestrado y vendido como perro de trineo, durante la fiebre del oro. Nórdica acabe de publicar una edición ilustrada por Javier Olivares. Es un relato de supervivencia en condiciones adversas, asunto central de las ficciones de London, que no dejará de publicar desde entonces: ahí están ‘El lobo de mar’ (1904), ‘Colmillo blanco’ (1906) o ‘Martin Eden’, que sería su primer bosquejo autobiográfico, algo que repetiría años después con ‘John Barleycorn’ (1913), la historia de un hombre prisionero del alcohol, como él.

En todos estos años, instalado ya en Oakland, se casó dos veces: una, en 1900, con Bess Maddern; fue un matrimonio civilizado, sin pasión, de antiguos amigos, y tuvieron dos hijas, Joan y Becky; ella fue su amanuense, su consejera y su correctora, y aceptó con sosiego que London amase a una antigua novia: Anna Strunsky. En 1905 volvería a casarse, ahora con Charmian Kittredge. Una de los episodios más hermosos que vivieron juntos fue su gran odisea a bordo del velero ‘Snark’, algo que cuenta el escritor y viajero Martin Johnson (1884-1937) en el libro ‘Por los mares del sur con Jack London’ (Ediciones del Viento, 2016). London acoge a Johnson como cocinero y le dice: “Y por cierto, en caso de que te guste el boxeo, te diré que todos nosotros boxeamos y vamos a llevarnos los guantes. Te daremos ventaja. También debo decir que todos pasaremos juntos muy buenos momentos nadando, pescando, viviendo todo tipo de aventuras, haciendo mil y una cosas”. Johnson lo define “como un niño grande afable, sincero, generoso”.

Como las cosas le iban bien, hacia 1910 compró el racho Glenn Ellen. Se hizo socialista y teorizó sobre ello. Y acuñó una poética: “La verdad esencial de la vida es la naturaleza”. Y dijo también: “El hombre se distingue de los demás animales por ser el único que maltrata a su hembra”.

Poco a poco fue víctima de los desórdenes y el alcohol y se vio acosado por las deudas. Aún le dio tiempo a publicar uno de sus libros más originales, ‘El vagabundo de los estrellas’, la exaltación de la imaginación, la fantasía y la reencarnación. En noviembre de 1916, hace ahora un siglo, tomó morfina y adropina. No se sabe si fue un error o un suicidio, pero así fallecía quien había sido un romántico y un escritor que hizo de su existencia la materia de una ficción universal. En una entrevista confesó los secretos del éxito: “Mucha suerte. Buena salud. Buen cerebro. Buena correlación mental y muscular. Pobreza. Leer ‘Signa’ de Ouida a la edad de ocho años. Y la influencia de ‘Philosophy of Style’ de Herbert Spencer”.

LOS LIBROS

 

La noche que Tronnia cambió su mundo

M. C. Arellano /Blanca BK

 

Un divertido libro de aventuras de Nalvay con hadas, druidas y basiliscos. M. C. Arellano Cuenta la historia de la troll Tronnia que desea competir en los Juegos Féericos. Allí deberá hacer acrobacias imposibles o cazar estrellas fugaces. Y a ello se dispone. Blanca BK ilustra con humor y ternura.

 

Alicia en el País de las Maravillas

Lewis Carroll

Esta edición de ‘Alicia’ es más que especial: cuidadísima, trabajada con meticulosidad por Ramón Buckley e ilustrada por Benjamin Lacombe, con muchos recursos. Edelvives tira la casa por la ventana y ofrece belleza sobre belleza, fantasía de impresión y sueño. Un libro onírico y ya clásico.

 

 

 

'EL FANTASMA DE GAUDÍ'

'EL FANTASMA DE GAUDÍ'

La vida y la obra de un arquitecto visionario

 

El Torres y Jesús Alonso Iglesias publican en Dib-Buks el cómic de intriga ‘El fantasma de Gaudí’

 

Antón CASTRO

Antoni Gaudí (Reus, 1852-Barcelona, 1926) dijo: “La belleza es el resplandor de la verdad, y como que el arte es belleza, sin verdad no hay arte”. Es uno de los arquitectos más misteriosos del siglo XIX y XX. En su obra, acusada de barroca y fantasiosa, se perciben diversas huellas: el arte oriental, el arte nazarí y el mudéjar, el arte gótico (para algunos él realiza un peculiar arte neogótico) y el Mediterráneo, con su luz, su colorido, su sensualidad y la hermosura continua de las formas. Fue un solitario, un místico y un innovador, amó y no fue correspondido, y dejó en su obra un sinfín de elementos simbólicos, religiosos y esotéricos que hacen de él un personaje complejo e insondable. Falleció tras ser arrollado por un tranvía el 7 de junio de 1926: vestía como un pordiosero, iba sin identificación y pensaron que era un mendigo. Para entonces ya había concebido algunos de los mejores edificios de la Barcelona contemporánea: la Casa Calvet, la Casa Figueras o Bellesguard, el Parque Güell (contó durante años con el mecenazgo de Eusebio Güell), la Casa Batlló, la Casa Milà; el gran proyecto de su vida, desengañado de otras apetencias mundanas, fue la Sagrada Familia, a la que él llamaba “El Templo”, sin más.

A Ricardo Esteban Plaza, editor de Dib-Buks, sello especializado en cómic, no le había pasado inadvertido este ermitaño y sabio de la arquitectura. E invitó al  guionista El Torres y al dibujante y colorista Jesús Alonso Iglesias a realizar una novela gráfica. El Torres aceptó de inmediato, aunque con una objeción: él no se sentía cómodo en el género de la biografía y optaría por la ficción. “Ficción sobre Gaudí, sobre su obra (…) Y de repente surgió. Un asesino que odia y ama a Gaudí al mismo tiempo. Que se sentía tan confundido y abrumado como yo. De toda esa confusión de sentimientos surgió el tebeo”, dice El Torres, y avanza algunas claves de su mirada: “Aquí está todo, la necesidad de comprender y la capacidad de fascinarse, y la rabia por no poder comprenderlo todo”.

Así nació ‘El fantasma de Gaudí’ (Dib-Buks, Madrid, 2015), donde fue decisiva la presencia de Jesús Alonso Torres. El propio El Torres define así la aportación del dibujante: “Si yo creo que soy minucioso y obsesivo cuando escribo, Jesús lo es más. Hace mi tarea más fácil. Estudia minuciosamente todos los ángulos posibles de la narración, se documenta no solo con las cuatro fotos que le envía el guionista, sino que busca y rebusca más allá. Y luego dibuja. Dibuja como los ángeles”,

En esta novela de intriga y suspense se produce una cadena de asesinatos en edificios de Gaudí: en Casa Vicens y en los Pabellones Güell, en la Casa Calvet, en la Casa Batlló y La Pedrera. Son crímenes un tanto rituales que provocan desconcierto. Está claro que la arquitectura de Gaudí es uno de los protagonistas fundamentales de este cómic, algo más que un escenario. El constructor Montull dice: “En cierto modo, Gaudí es Barcelona. Su visión, su genio conformaron el ánima de esta ciudad”.

Se lo dice a Jaime Calvo, un inspector intuitivo que ha fracasado en otros casos y que regresa a este, quizá para limpiar su conciencia. Lo acompañan la jueza Montaner, un poco enamoriscada del policía, y una mujer, Antonia, que tiene un trabajo inestable y que salva a alguien de morir arrollado y que pronto se sentirá abducida por la leyenda de Gaudí. Quizá el gran otro personaje, no se sabe si real o soñado, tal vez sea una especie de fantasma que habita en los edificios del arquitecto. Y por supuesto hay, al menos, un asesino inesperado, al que le oímos decir: “A veces soy Gaudí. A veces soy otra persona. Soy alguien roto. Soy mil pedazos unidos”. Curiosamente, en el tebeo hay una palabra que explica muy bien la poética gaudiniana: ‘trencadís’, que significa troceado o picadillo, y es una aplicación decorativa del mosaico a partir de trozos de cerámica, sobre todo azulejos, técnica que desarrollaron Gaudí y el modernismo catalán. 

‘El fantasma de Gaudí’ es un cómic que aborda la peripecia de una obsesión. A la vez que se cuenta una historia sangrienta, de auténticos planos cinematográficos, poderosa y que se sigue muy bien, invita a recorrer una Barcelona mágica. El Torres y Jesús Alonso ofrecen muchas claves de interpretación de la obra de Antoni Gaudí. Encarna al arquitecto visionario y extraño, de impronta personal, apasionado de la geometría y del volumen y de la estructura, que poseía una gran sensibilidad para desarrollar en sus edificios los elementos decorativos y la fuerza de los símbolos. El libro lleva un prólogo del turolense Javier Sierra, que dice: “Gaudí quedó atrapado a principios del siglo XX en una visión del mundo que iba mucho más allá de los convencionalismos, y justo es este espíritu el que ahora ha sido comprendido y recuperado con acierto por los autores en este cómic”.

 

LIBROS

 

Palabras mayores

Emilio Gancedo

Durante seis meses, Emilio Gancedo (León, 1977) recorrió España. El resultado es este ‘viaje por la memoria rural’, en Pepitas de Calabaza. Visita tierras, se adentra en los pueblos y oye historias increíbles. En Aragón se va a Sobrepuerto y sigue a José María Satué y al niño Pedro Gimeno…

 

267 vidas en dos o tres gestos

Eugenio Baroncelli

Este es un libro de Periférica, para los letraheridos, de textos breves, cuentos, perfiles, detalles insólitos de escritores y seres famosos y menos famosos, esencialmente gestos, rarezas, obsesiones. Es un formidable inventario de historias, de magia, de demonios, de suicidios y de puros delirios.

 

*De la serie diaria de 'Heraldo de Aragón', Letras Estivales.

 

GUILLERMO BUSUTIL: 'ARGONAUTAS'

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2016/07/31/argonautas/867206.html

El artículo de los domingos de Guillermo Busutil.

 

Cuaderno de mano

Argonautas

Guillermo Busutil  31.07.2016 

 


No es lo mismo ser atleta olímpico que emigrante sin vocación. Unos se marchan con alas rojas y el sueño de convertirse en héroes elegidos. Los otros sólo aspiran a ser héroes anónimos de espaldas grises. El esfuerzo de los primeros tal vez lo recompense el triunfo de una marca y posar en alto con una medalla de laurel simbólico. Los segundos sólo pugnan por un empleo digno con su sueldo correspondiente. Sus conquistas no se valorarán de igual manera en su mismo país de origen. Nada en común tiene el adiós a su embarque. A los emigrantes nadie los avala en su rumbo. Sin alas, sin federaciones, sin preservativos anillados en la maleta y sin reportajes periodísticos que los animen a su gesta. Ni siquiera les silbarán el himno cuando coronen la meta de un empleo por encima de los mil euros brutos. Ese deseo de buena suerte susurrado con un abrazo o un beso casi a solas en una terminal aérea sin reportaje fotográfico. A los heraldos, en cambio, los despide el presidente enrocado en la ambigua soledad de su investidura y los celebra como españoles de una gran nación de españoles que los respaldarán con ánimo si no superan la prueba. A los emigrantes sólo su familia los absolverá de su fracaso. Y en su despedida sólo son para Rajoy una cifra social que cuestiona el ave fénix de su reforma laboral. Los 100.000 emigrantes que salieron el pasado año, sumándose a los 833.339 españoles que lo hicieron entre 2008 y 2015, nunca competirán con su recuerdo de los hijos del viento, de las sirenas sincronizadas, de los guepardos azules de agua a 24º y de los fondistas que, junto con otros atletas, vuelan rumbo a Río. Volver con una medalla prestigia a España. Quedarse a trabajar en el extranjero es un fracaso nacional que no se vende en el hemiciclo ni en portada.

De ninguno de los 2,4 millones de españoles que sudan su trabajo, en otros estadios de competición laboral del mundo, se puede presumir como producto interior de una buena política. Tampoco dan las satisfacciones del deporte. La disciplina que anualmente nos ofrece un ídolo generacional, un modelo al que imitarle el corte de pelo y su canción de karaoke. Estrellas de Zeus de ese mercado donde cada verano se sueña con un cromo de 100 millones de euros, sin detenerse a pensar en la inmoralidad de pagar esa cantidad por unas cualidades que nunca son ejemplo de nada que fomente el valor del conocimiento, del coraje o la creatividad. Hace mucho tiempo que el mundo se convirtió en un balón de fútbol. Religión de pobres y de ricos, de dioses y de pícaros, cuya economía se mueve por detrás y por debajo, y alrededor también de los espectáculos de élite deportiva. Un negocio como el que va a inaugurarse en la capital de Brasil, con 14 millones de analfabetos, según los datos de la UNESCO de 201, y 40 millones de personas viviendo en la pobreza.

Las Olimpiadas van a ser el oasis de agosto. A su manera se lo dijo Felipe VI a la muchachada olímpica: «Sois la ilusión de la sociedad española». Lo hizo a la hora en punto en la que Madrid se había convertido en la capital mundial de Pokémon Go. Más de 5.000 personas concentradas en la misma zona de la capital, en la que hace meses también se citaron decenas de improvisados manifestantes a favor de dos concursantes de Gran Hermano, para cazar estas criaturas de Nintendo y cuyos ejemplares más difíciles capturó también el viernes Nick Johnson. Un neoyorkino de 28 años que ha tardado 17 días y muchas horas de sueño en conseguirlo. Ahora únicamente le faltan Mr. Mime, Kanaskhan y Farfetch´d, los pokémon sólo disponibles en Europa y para cuyo safari ya busca patrocinadores.

 

Al ritmo que se idiotiza la infantilización social no tardará este juego en catalogarse categoría olímpica. Es increíble lo que moviliza el absurdo como se dijo en un programa de Radio 3 en el que no recuerdo quien espetó que «menos salir a la calle a cazar pokémon y más a salir a la calle a protestar». Lo triste es que hacerlo tampoco sirve de mucho a juzgar por lo que sucede en este país abochornado entre el espectáculo de los líderes de sus partidos secuestrando entre todos el Estado de Derecho y la necesidad de una dialéctica política de altura; el error de los responsables de la Seguridad Social que ha pagado jubilaciones a 30.000 personas fallecidas; el profesor de la Facultad de Económicas de Santiago de Compostela, Luciano Méndez, al que el escote sensual de María le turbaba las clases y a los 3.500 periodistas en paro, según la actualización informativa de la EPA. Firmas, voces e imagen que se añaden a los 31.800 que han perdido el oficio de preguntar y contarnos que hay detrás de la batalla. Unos datos a los que pronto habrá que sumar los mil despidos del ERE que prepara Iberia y el 20% de la plantilla del Banco Popular en su estrategia de reducir costes con medidas no traumáticas y en aras de ganar eficiencia. Qué manera más sibilina tienen algunos de manejar conceptos con tono hidalgo, molestándose en cambio cuando alguien les responde educadamente con la inteligente esgrima del lenguaje quevediano, y el coraje romántico de los que toman solos y a pie de letra el combate de llamar a las cosas por su nombre, sin artículos cómplices ni disfraces de ninguna clase.

Maracaná no luce su fuego olímpico en la noche. La flecha de la llama encenderá los sueños heráldicos el próximo viernes de la fiesta. Mientras, aquí continúa la carrera de fondo de la precariedad laboral. El 91,01% de los contratos temporales se traducen en casos de ansiedad, de estrés y depresión. Da igual el sector. En hostelería el sueldo medio es de 600 euros, y hay hoteles que pagan a las camareras euro y medio por cada habitación de las que tienen que hacer 30 en 4 horas. Otros empleos ofrecen 400 euros por diez horas en jornadas con turnos variables, que impiden otra ocupación de la misma índole. Tampoco se salva la sanidad andaluza sobre la que un médico, Juan Toral, denuncia en una carta sus sueldos mileuristas con guardias maratonianas, el elevado cierre de camas en verano y la imposibilidad de garantizar una asistencia de calidad. Según los estudios realizados por Josep María Blanch, catedrático de psicología Social de la Universidad Autónoma de Barcelona, mientras que un parado se centra en las esperanzas de encontrar trabajo, en un precario laboral esta ilusión se desvanece y su actitud se desmoraliza cada vez que se enfrenta a perores condiciones laborales.

En agosto, si puedo, me gusta regresar a mi infancia. Estoy releyendo Las aventuras de Huckleberry Finn de la editorial Sexto Piso, traducidas por Mariano Peyrou. Su destino es un río por el que emigra huyendo de la orfandad y buscándose la vida. Me alegrará la suerte contra el crono, la altura, la distancia y las dianas de los paisanos olímpicos, pero el éxito de verdad se lo deseo a los emigrantes que se marchan hacia la difícil prueba de su futuro. A solas, en otro idioma, sin cobertura social de ninguna clase ni pisos de acogida. Ni un corifeo de orgullo en el caso de su regreso. Aunque su vellocino no sea de oro, su manera de batirse el cobre a diario los convierte en mis auténticos argonautas. Lo mismo que Huck, con el que prosigo mi lectura rebelde contra el allanamiento político de nuestra inteligencia y nuestra fantasía.

 

*Tomo la foto de aquí.

LA DISPUTA POR LOS BIENES: EN FRAUDE DE LEY

EN FRAUDE DE LEY

 

Por Marisancho Menjón*

Existe un curioso enunciado, llamado “Ley de Godwin”, que afirma que cuando en una discusión en internet se menciona a Hitler o a los nazis, esa discusión se acaba. Lo mismo pasa cuando aparece el recurso al anticatalanismo: en cuanto se utiliza como respuesta o justificación, se puede dar por concluido todo intento por mantener un intercambio sensato de opiniones. En ese punto, el nivel de la conversación ha descendido a cero, se han terminado los argumentos.

Últimamente, el anticatalanismo aparece a la primera de cambio en las discusiones relacionadas con los litigios por el patrimonio de Sijena, pero aducir que las reclamaciones de este patrimonio se deben a simple catalanofobia es evidenciar que no se tienen argumentos o que no hay voluntad de ofrecerlos.

Las reclamaciones aragonesas de obras pertenecientes al Monasterio de Sijena se sustentan en sólidos argumentos jurídicos que fueron aceptados por los Tribunales. Las dos sentencias en las que han culminado los dos procesos abiertos por esas piezas, accesibles a quien quiera leerlas porque están en la red, recogen esos argumentos, los valoran y aceptan porque están bien fundamentados. En el caso de las ventas de bienes en 1983, 1992 y 1994, se dictamina que fueron nulas de pleno derecho y que se realizaron en fraude de ley. Es difícil ser más contundente. La jueza considera tan claro el caso que por eso ordenó la ejecución directa de la sentencia. Esas ventas acumulan diversas irregularidades que no han podido ser contestadas por los letrados de la parte catalana: quien las efectuó, que era la priora del monasterio de Valldoreix, no tenía capacidad jurídica para hacerlo, pues se erigió en representante de las monjas de Sijena sin serlo; afirmó que ambas comunidades, Sijena y Valldoreix, se habían fusionado cuando no era cierto; los permisos eclesiásticos con los que se contaba no se dieron para vender ese patrimonio; de dos de las ventas no se hizo escritura pública; no constan documentos de pago; no se dio traslado de la venta al Ministerio de Cultura, como es preceptivo por ley; y, finalmente, se trataba de bienes que, en buena medida, no podían enajenarse porque pertenecían a un Monumento Nacional, hoy BIC, protegido por la ley. No hay aquí asomo de anticatalanismo y sí sólidos fundamentos de derecho.

En el caso de las pinturas de la Sala Capitular, objeto del segundo litigio impulsado desde Aragón y que también ha obtenido una sentencia favorable, ha quedado probado que el MNAC las posee como mero depósito en precario. Fueron arrancadas en 1936 en una operación de salvamento, para evitar una destrucción que se consideraba irremediable tras su incendio. El problema fue que ya nunca se devolvieron, como sí ocurrió con tantísimas otras obras de arte rescatadas, incautadas o trasladadas a lugar seguro durante la guerra. Las monjas de Sijena jamás formalizaron ninguna clase de depósito, y el intento de donación que al parecer se produjo en 1992, lo firmó nuevamente la priora de Valldoreix y no llegó a perfeccionarse, no contó con permisos eclesiásticos ni civiles y no fue objeto de escritura pública y legal. Se quedó en eso, en un intento de alguien que ni siquiera era el dueño del bien.

Un depósito no prescribe ni caduca y ha de levantarse cuando el dueño lo diga. La dueña de las pinturas, en este caso, sigue siendo la Comunidad Sanjuanista de Sijena, hoy representada por la madre federal de la Orden de San Juan, y ha decidido que esas pinturas deben volver a casa. Su traslado es delicado pero si se hace con la debida profesionalidad, las pinturas no tienen por qué sufrir deterioro. De hecho, han sufrido ya ocho traslados, éste solo sería el noveno. Y no es necesario “arrancarlas por segunda vez”, como se ha afirmado, sino sólo desmontarlas de la estructura en la que están colocadas, y volverlas a montar sobre los arcos de la sala. Eso sí: es responsabilidad muy importante del Gobierno de Aragón tener esa sala en condiciones para cuando se produzca el momento de la devolución.

Frente a todo ello, los letrados de la parte catalana han aducido que  el Gobierno de Aragón y el Ayuntamiento de Villanueva no tienen competencias ni legitimación para reclamar los bienes, que las acciones han caducado o prescrito y que los bienes, aunque sean pinturas murales o las puertas del palacio prioral, no estaban protegidos por la declaración del monasterio como Monumento Nacional. Pero no han aportado ni un solo documento que avale la legalidad de las ventas o demuestre la formalización de un depósito por la comunidad monástica de Sijena.

No, señores, no se trata de anticatalanismo. Así que, al menos por nuestra parte, podemos seguir discutiendo. Con argumentos.

 

*Periodista e historiadora del arte. Tiene un libro en prensas sobre este asunto en Prensas Universitarias de Zaragoza. Este texto se publica en 'Heraldo de Aragón'.

 

Y en su blog, también publicó este texto.

Me falta un Cristo para completar la colección

Alfonso Salillas recordaba el otro día, cuando se produjo el traslado de la cuna del Belén de Sijena al Museo de Zaragoza, cómo las monjas le dejaban jugar cuando era niño con las minúsculas campanillas que tiene esa pieza. Es un recuerdo sencillo, una simple anécdota, pero ilustra muy bien la enorme diferencia que existe en el trato que se da al patrimonio por parte de quienes lo tienen como suyo, la gente de los pueblos a los que esos bienes pertenecieron, y por parte de quienes sólo ven en él su valor artístico o material, desde un enfoque meramente académico o técnico. Qué distinto es decir “Esa Virgen era la patrona de mi pueblo” o “Esa talla románica completa nuestra colección”.

Uno ve en un museo, cualquiera de ellos, una vitrina llena de vírgenes románicas y se pregunta qué hacen ahí, de qué sirve acumular unas tallas que al formar parte de una serie han perdido su sentido. “La Virgen de tal lugar” se convirtió en “una pieza escultórica del siglo XIII” metida con otras compañeras en una vitrina, una más. Los turistas pasan delante de ellas, les dedican una mirada durante unos segundos, quizá escuchan un comentario genérico en la audioguía, y pasan a otra cosa. A la siguiente vitrina, esta vez llena de cruces y cálices, o a la decimoséptima pared con retablos colgados.

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Los museos de arte antiguo han ejercido un papel importantísimo en la conservación del patrimonio en épocas en las que sufrió peligro de deterioro, venta o desaparición por distintos motivos. Es cierto, es incuestionable, y es su mayor mérito. Pero llevan cumpliendo esa función unos cien años, algunos mucho menos, mientras que los pueblos han conservado ese patrimonio durante siglos y siglos. Los eruditos, académicos y coleccionistas no valoraron, por ejemplo, el arte románico hasta tiempos relativamente recientes; por el contrario, lo despreciaron y tacharon como “arte bárbaro”. En los pueblos, sin embargo, aquellas toscas imágenes fueron respetadas siempre, permanecieron inmunes a los variables criterios académicos porque eran suyas, formaban parte de su identidad, habían sido veneradas durante generaciones y a su intercesión se acudía en la zozobra. Daba igual que fueran feas o bonitas, valiosas o no, de un siglo o de otro, de madera o metal, denostadas o ensalzadas en los libros. Se trataba de otra cosa más honda y auténtica. Los mejores guardianes del arte fueron esos pueblerinos que no entendían de criterios estilísticos y que invariablemente han sido y son denostados, menospreciados por los ámbitos cultos.

Tan menospreciados que, a menudo, ni siquiera pusieron el nombre del lugar de procedencia de las piezas que iban entrando a los museos: qué más daba, qué importaba, era una buena tabla gótica, o una preciosa cruz procesional, o un relicario… que acrecentaban la colección. Hay cientos, miles de piezas expuestas en los museos cuyo origen se desconoce.

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Quizá el caso más extremo sea el del Museu Marès, del que proceden las fotografías que ilustran este texto, cuyas colecciones son excesivas, mareantes, resultado de una acumulación obsesiva de su dueño, que llegó a las 66.000 piezas. Alli, las esculturas románicas comparten espacio con series inacabables de llaves, pipas de fumador, bicicletas antiguas, bastones, abanicos, pianolas, clavos… Pero, en el fondo, la impresión de collage absurdo tarda en olvidársenos tras la visita a la mayoría de los museos.

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