Blogia

Antón Castro

JEAN BATTEN: LA REINA DEL AIRE

JEAN BATTEN: LA REINA DEL AIRE

LETRAS ESTIVALES.

 

Jean Batten o la Greta Garbo del aire

 

Historia de aviadora neozelandesa (1909-1982) que rivalizó con Amy Johnson y Amelia Earhart y murió en Mallorca en el olvido

 

JOHN NYE

Retrato firmado de Jean Batten en 1938, cuando publicó su primer libro. Ya era admirada y famosa.

 

 

Antón CASTRO

Jean Gardner Batten es uno de esos casos de mujeres célebres, invitadas a todas las fiestas y amadas por muchos pretendientes, que pasaron de coronar el azul del cielo a desplomarse en los abismos del olvido. Esta neozelandesa se convirtió en una de las reinas de la aviación de los años 30 y rivalizó con Amy Johnson (1903-1941) y con Amelia Earhart (1897-1937).

Jean nació en Rotorua (Nueva Zelanda, 1909) y se cuenta que su madre, Ellen, puso sobre su cuna un poco antes de nacer la hoja de un periódico que informaba de la gesta de Louis Blieliot, que cruzó el Canal de la Mancha. Estudió secretariado, ballet y música, porque quería ser pianista. Y quizá lo habría sido si no se hubieran cruzado en su infancia y juventud las aventuras de los exploradores del aire Charles Lindbergh o Charles Kingsford-Smith; este visitó su ciudad y la joven logró que la llevase en su avión, el Southern Cross. Tenía 18 años y ese paseo fue determinante. En complicidad con su madre, no tardaría en marcharse a Londres para convertirse en piloto. Se dice que vendió su piano para pagar el pasaje; a su padre, dentista, le idea le pareció descabellada.

Llegó a la ciudad del Támesis y en poco tiempo, Jean Batten aprobó los exámenes teóricos, pero le faltaban las horas de vuelo. Y, según sus biógrafos, pronto demostró su capacidad de persuasión. Enamorada de la moda, bella y persuasiva, consiguió que su novio Fred Truman costease su licencia; poco después, estableció relaciones con el comerciante de telas inglés Victor Doree, y le regaló una avioneta Gipsy Moth, con la que se jugó el tipo en varias ocasiones (se estrelló en Pakistán), pero siempre demostró arrojo, sensatez, conocimiento de mecánica y tuvo un poco de suerte. Al parecer, hizo tantas tentativas, y las promovió en los medios de comunicación, que cada vez que fallaba en sus vuelos, los diarios escribían con algo de sorna: “Inténtalo otra vez, Jean”. No cejó en ello y no tardó en convertirse en una mujer de primera plana por doble motivo: su inclinación a la seducción y por su osadía en la avioneta. En 1934 logró realizar un vuelo completo de Inglaterra a Australia en 14 días y 22 horas, superando a la propia Amy Johnson.

Dejó a su novio y consiguió que Lord Wakefield fuese el patrocinador de sus expediciones aéreas. En 1935, con una nueva avioneta, Percival Gull, un monoplaza de ala baja, voló desde Inglaterra a Brasil y al año siguiente coronó otro sueño: la ruta Inglaterra-Nueva Zelanda, la primera vez que se hacía, que le sirvió para reencontrarse con su país y para conocerlo mejor durante seis semanas. De todo ello dio cuenta en su primer libro, ‘Mi vida’ (1938). Para entonces ya era muy conocida, había sido galardonada y condecorada y la prensa estaba encantada con esa mujer de ojos claros, coqueta y distinguida. La habían bautizado como “la Greta Garbo de los cielos”. Se dice que por su afición a la ropa siempre llevaba el traje de aviadora y dos vestidos impecables para cualquier imprevisto social.

Al estallar la Segunda Guerra Mundial, contactaron con ella para que colaborase con los aliados con su monoplaza, pero lo desestimó porque no aceptaron sus condiciones. Sí participó en tareas de propaganda y también dio charlas con el objeto de recoger dinero para la causa. Poco a poco, fue cayendo en el olvido.  En la inmediata posguerra, residió en Jamaica, varios años, y más tarde en Málaga, adonde llegó hacia 1966, y en Tenerife. En los años 70, tras la muerte de su madre, se instaló en Mallorca, “un lugar con sol”, tal como ella lo definió. Vivió, en Porto Pí, en la urbanización Vista Mar y en 1979 publicó una segunda autobiografía: ‘Alone in the sky’ (Sola en el cielo).

Falleció el 14 de noviembre de 1982, a consecuencia de una infección provocada por una mordedura de perro a la que no le había dado importancia. La llevaron a la morgue, se dio parte a la Embajada de Nueva Zelanda, pero nadie reclamó su cuerpo y sus restos mortales fueron depositados al cabo de 50 días en la fosa común. Algunos años después, periodistas ingleses y neozelandeses iniciaron sus pesquisas, y sería el historiador de su país Ian Mackersey, que intentaba redactar su biografía, quien lograse recomponer su historia al encontrar la noticia de su óbito en el registro. En el cementerio de Mallorca hay un relieve que la recuerda y desde 2009 cuenta con una calle en el barrio de La Bonanova. En el aeropuerto de Auckland, Nueva Zelanda, una terminal lleva su nombre y allí se conserva su avioneta Percival Gull, con la que surcó los cielos del aire desconocido que tanto le gustaban.

 

JONÁS TRUEBA: DIÁLOGO DE CINE

JONÁS TRUEBA: DIÁLOGO DE CINE

[Jonás Trueba (Madrid, 1981) está ultimando su cuarta película, que se estrenará este mes de septiembre. Se titula ‘La reconquista’ y aborda una historia de amor, las relaciones de pareja, la pasión y sus resquicios. Hace algún tiempo, cuando estrenó esa espléndida y vitalista película que es ‘Los exiliados románticos’, conversamos alrededor de ella y de su cine. Rescato esta entrevista que explica quién es este cineasta tan personal, que busca emoción y que tiene sus propios ideales de cine. Aquí lo vemos, detrás de Francesco Carril, uno de sus actores fetiches, que reaparece en ’La reconquista’.]

 

-Empecemos por el título, ‘Los exiliados románticos’: alude a un libro...

Había estado leyendo cosas sobre el Romanticismo, pensando en otro proyecto, y un poco también por curiosidad personal. Me sorprendió encontrar cosas muy actuales en las ideas de los primeros románticos: la idea de que vida y poesía son indivisibles, es un ideal del que me gustaría participar, y es un poco nuestra aspiración desde Los ilusos films, la productora con la que hemos llevado a cabo ‘Los exiliados románticos’. El título se lo robé a E.H. Carr y me ayudó mucho a pensar la película que íbamos a hacer, pero dejando a un lado a su mítico ensayo más allá del título.

¿Cuál sería el concepto que te ha interesado subrayar o desplegar?

Me interesaba el choque entre dos conceptos tan antitéticos y, a la vez, poder situar a nuestros personajes dentro de un movimiento de raíz europea y, medio en broma, medio en serio, sugerir que lo que vamos a ver forma parte de ese movimiento... La película para mí habla de un gesto, un gesto pequeño pero no exento de épica, como un brote tardío de romanticismo que nace en un bar de copas de Madrid y culmina en los jardines de Luxemburgo.

 

¿Qué le debe ‘Los exiliados románticos’ a tu película anterior ‘Los ilusos’: en atmósferas, en el propio reparto y en método de rodaje mismo?

Siempre digo que son como hermanas que discuten. ‘Los ilusos’ (2013) es en blanco y negro y sin salir del barrio, ‘Los exiliados románticos’ es una fiesta de colores y viaje hacia el norte de Europa; en ‘Los ilusos’ partíamos de cierto pesimismo hasta recuperar el optimismo, en ‘Los exiliados...’ el reto era mantenerse en el optimismo de principio a fin... Aquella se rodó a lo largo de siete meses, en ratos libres, y esta nueva se ha hecho en diez días concentrados al máximo. Pero dicho todo esto, cada película es fruto de la anterior, aunque sea para llevarla la contraria. Lo que pasa es que ‘Los ilusos’ nos dio tantas alegrías que hemos montado una productora y hemos repetido todos. Luego la técnica en la que han sido hechas es parecida y la vez distinta. Nunca sistematizo, me gusta sentir que cada película es un nuevo mundo. Obviamente hay costumbres en nuestra forma de ser y de trabajar, pero tratamos de sentir que empezamos de nuevo cada vez.

¿Y qué le debe a Francia y al cine francés?

En mi casa familiar siempre hubo más presencia de la cultura francesa que de ninguna otra. Mi padre es un verdadero afrancesado. Yo, como hijo suyo, supongo que algo de contagio ha habido. Pero en mi caso es algo que está ahí sin casi haberlo pretendido. Luego voy intentando recuperar contacto con otras cosas. Francia me gusta relativamente. Hay muchas cosas admirables y otras no tanto, como pasa con todas las culturas y países. Más que el cine francés, me gustan determinados directores franceses (tampoco diría que me gusta el cine español, el cine norteamericano o el cine japonés...).

No solo eres cineasta sino que eres cinéfilo y explicas el cine a los alumnos. ¿Qué películas y qué ideas básicas tenías en la cabeza?

Antes que cineasta soy espectador. Y trato de ser el mejor espectador posible, aunque cada vez me resulta más difícil, lo cierto es que observo a algunos estudiantes de cine que pretender ser cineastas siendo espectadores muy perezosos, muy prejuiciosos, muy juzgadores, muy poco generosos con las películas, más allá de tres o cuatro cosas que han visto y quieren imitar... y les pregunto: ¿pero cómo pretendéis que sean acogidas vuestras películas si vosotros sois tan poco acogedores con las de los demás...?

Para mí la idea básica del cine, cada vez más, es la de compartir. El cine es compartir. Como una buena charla, o una comida, o un paseo en el que compartimos sensaciones, cosas que miramos y escuchamos, cosas que nos gustan. Intento que las películas sean lo más parecido a eso. Por eso lo que más me gusta es que cuando luego viene alguien y me dice: he ido a cenar al restaurante ese que sale en tu película, o “he estado buscando el libro del escritor ese aragonés, Chusé Izuel, del que habláis en ‘Los ilusos’... pero no lo encuentro y no sé qué hacer...”. Siempre hay algunos que se molestan porque hablas de un libro en la película, pero luego hay otros que te dicen que se quedaron con él en la cabeza, que lo han comprado y lo han disfrutado, o que lo están buscando. Eso es el cine para mí.

La película transcurre esencialmente en tres espacios: París, Annecy y Toulouse. y, formalmente, es una comedia y una ‘road movie’... ¿has querido hacer una exaltación de la vida y de la juventud?

Una exaltación de la vida tal vez, aunque suene pretencioso. Exaltación de la amistad, de la posibilidad de hacer el tonto y también de arriesgarte al ridículo, de poner el corazón a mil por hora. No la pensé como comedia ni como road movie, porque son géneros que requieren de un tipo de construcción que esta película no tiene. Creo que se construye sobre un gesto, el de ir decir: "creo que estoy enamorado", y que no importe lo que pase después.

¿Es una película sobre las heridas de amor y los sueños interrumpidos?

Es una película en la que no hay heridas, en todo caso pequeñas cicatrices. La sangre siempre acaba cicatrizando. No hay drama en esta película y, si en un momento asoma, es despejado. Es verdad que la palabra sueño se repite mucho, y me llama la atención a mí también porque nunca recuerdo mis sueños, duermo demasiado profundo. Es por eso que se habla de sueños o cosas que han sucedido pero no se recuerdan bien. De ahí surge la necesidad de ponerse en movimiento, para averiguar si era un sueño o no.

Es muy importante Miren Iza, del grupo Tulsa, y una de sus canciones. ¿En qué medida te has basado en ella para componer el guion?

Hay canciones de Miren que estaban tan metidas en mi cabeza que solo después me he dado cuenta de su importancia. No parábamos de escucharla durante el rodaje, en los coches en los que nos desplazábamos. Pero es un proceso recíproco. Ella había compuesto una canción después de ver "Los ilusos" y suena en la película, dice: "quiero declarar la guerra a la realidad". Eso me encanta porque entronca con esa reflexión que dejé pendiente en una respuesta antes. Ella va a muerte con sus canciones, me encanta eso. Es capaz de admirar, de amar, no es cínica. Yo pretendo ser igual.

¿Quién se enamora más de la cantante: el director o los espectadores?

Bueno, espero que todos... El amor por sus canciones creo que queda claro con esta película. Pero sospecho que hay muchos enamorados de Tulsa y sus canciones... Miren y yo hemos aprendido mucho juntos y vivimos un año 2014 en el que hemos compartimos muchas cosas.

¿Significa para ti algo la palabra ‘indi’, se te cuela de alguna manera? Da la sensación de que haces cine con una mirada hippie, desenfada, luminosa y a la vez profundamente nostálgica, como de otro tiempo...

Nunca me ha gustado el concepto del "Cine indie". Es una marca que asocio a Sundance y Miramax y Harvie Weinstein. Boyero el otro día escribió de la película y como creo que no sabía muy bien qué decir de ella, pues recurrió a la idea del cine indie, pero me parece muy desubicado. No es un cine del que me sienta muy cerca, es una etiqueta y por tanto no quiero generalizar, pero se asocia a una cierta idea temática y formal de la que me siento lejano: planos bonitos cámara en mano, fotografía saturada, desenfoques, poca profundidad de campo. Ninguna de mis películas tiene esos rasgos distintivos, más bien se diferencian por propuestas radicalmente opuestas.

¿Tiene algo hippie? 

La cultura hippie también me resulta muy lejana, no he sido ni de viajar ni de fumar porros ni de escuchar a Jimmy Hendrix y probablemente estoy siendo muy reduccionista o desacertado al asociar esos actos a ese movimiento, lo que confirma mi ignorancia sobre el tema. El primer viaje en furgoneta que he hecho ha sido en esta película... Pero sí que intento hacer películas donde haya luz o cierta idea vitalista, que no parezcan sufridas, porque tampoco busco legitimarme con grandes temas ni poniendo a los personajes a sudar.

A veces, como le pasaba a Truffaut, tengo la impresión de que en tus películas solo hay un único motor, con ligeras variaciones: las emociones, el erotismo, los vaivenes de los amantes, ... ¿No hay otra cosa tan determinante en la vida?

El amor me parece el único gran motor que existe para ponerse en movimiento y hacer cosas. El amor entendido en su forma más amplia. Amor a la vida, a los amigos, a las mujeres, a las películas, los libros, las canciones... Me gusta mucho el último libro del poeta Juan Antonio González Iglesias, "Confiado" (Visor), porque reivindica el amor a los maestros y nos recuerda lo importante que es tener un referente, pero también porque cifra en el amor la confianza que podamos tener en el futuro.

¿Somos en realidad unos constantes exiliados del amor, entonces?

El amor no nos enajena, como dicen algunos, sino que nos pone en el mundo, nos da un centro de gravedad. Por eso, si no encontramos el amor, vamos en busca de él. No hacerlo sería un poco de cobardes, egoístas, narcisistas, conformistas y cínicos. Sin ese amor o esa búsqueda del amor no tendría sentido hacer nada.

¿Qué le debe tu cine a la literatura y en concreto a la poesía? No me sorprende tu alusión a González Iglesias...

La poesía es ritmo y melodía, y me gusta pensar las películas también así, como cuando un verso termina y deja una palabra colgando en la siguiente línea. Eso es maravilloso, vertiginoso también, y me puedo quedar ahí colgado mucho rato. El cine funciona de otra manera pero sigue siendo ritmo y melodía y también obedece a un tipo de lectura que hacemos de izquierda a derecha, porque cada plano desplaza al anterior hacia la izquierda. Pero la poesía en concreto es un lugar donde ir a buscar lo que no sabemos encontrar en ningún otro lugar, es ir allí donde a veces se encuentra lo que no se puede decir de ninguna otra manera. Está más allá, es otro reino. Godard decía que el cine tiene que expresar aquello que se nos ha quedado en la garganta sin poder ser dicho. Era su intento de colocar el cine a la altura de la poesía.

Un director como tú, intuitivo y a la vez reflexivo, ¿piensa en un público en concreto’ ¿Para quién sería esta película?

En todo caso pienso en mis amigos y, depende de cada película, en cada momento de mi vida, he pensado más en algunas personas concretas. Pero no hago cálculos de público y me molesta cuando otros cineastas, pretendiendo ir de humildes y como dando a entender que algunos otros no lo fueran, dicen que hacen películas para la gente... como si tuvieran una fórmula, o como si la gente entonces se plegase a la fórmula... Y si a veces ha sido así y nos hemos plegado a una fórmula, yo prefiero que vea menos gente mi película que dar con la fórmula supuesta. No estoy nada obsesionado queriendo que mis películas las vea todo el mundo. Me alegra que las vea cuanta más gente mejor, pero lo que me alegra de verdad es que haya alguno que la vea y disfrute. La cantidad da igual.

La película también transmite una cierta idea de felicidad, de buen rollo. ¿Os lo pasasteis tan bien como parece?

Lo pasamos muy bien pero también sufrimos. De hecho, ha sido la película en la que más he sufrido, porque disponía de muy poco tiempo y teníamos que movernos mucho. No sufría mientras se rodaba pero sí en algunos momentos de desplazamiento, falta de sueño y cansancio general. Es una producción un poco kamikaze, un poco inconsciente, y por suerte podemos decir que ha salido bien pero lo cierto es que podía haber salido muy mal, podíamos habernos dado una buena hostia, metafórica y literal.

¿En qué cambia tu manera de dirigir a las chicas con respecto a los chicos?

Creo que las chicas me imponen más, como en la vida... Quizá les dedico un poco más de atención por eso, y también porque a veces hay que explicarse más y demandan más. Pero me gusta eso. No sé si sería capaz de hacer una película sin mujeres...

¿Son ellas aquí las fuertes, las que parecen más enteras?

Yo creo que sí. En las tres películas que he dirigido he intentado que las mujeres tuviesen peso, fuerza y personalidad. Aunque seguramente no puedo dejar de mirarlas desde la distancia y la idealización de un hombre que las quiere y las admira... Isabelle Stoffel y Renata Antonante tienen muchísima personalidad, por eso las quiero en la película. A la vez son un tipo de mujer que no se ve tanto en las películas, o eso me parece a mí. Me gustan mucho por eso, me fascinan, tienen una inteligencia, un humor y una belleza muy únicas.

¿No temes que acaben considerándote un raro, un director un poco marciano?

Ya percibo a veces que me encasillan, insisten en que mis películas tienen muchas referencias literarias o intelectuales. Pero yo no me siento nada intelectual. Solo he leído unos pocos libros, pero cuando me gustan trato de compartirlos con entusiasmo, y utilizo las películas que hago, que son mi mejor plataforma para ello, igual que con otras cosas que me gustan. Por lo demás, creo que soy un director muy normal, muy menor y muy limitado, pero lo acepto con humildad porque me siento muy feliz de poder permanecer en el cine, siendo consciente de que antes que yo, a la vez que yo y después de mí, estuvieron, están y vendrán muchos más y mejores.

CÁLAMO, PREMIO BOIXAREU GINESTA

CÁLAMO, PREMIO BOIXAREU GINESTA

 

Librería Cálamo de Zaragoza galardonada con el Premio "Boixareu Ginesta" al Librero del Año

 

La librería Cálamo de Zaragoza ha sido reconocida con el Premio "Boixareu Ginesta" al Librero del Año que otorga la Federación de Gremios de Editores de España (FGEE). El jurado ha concedido el galardón a esta librería aragonesa "por ser un arquetipo de librería de fondo independiente que desarrolla iniciativas innovadoras que le han convertido en un centro de irradiación cultural dentro de su entorno". 
El Premio "Boixareu Ginesta" reconoce públicamente desde 1995 la labor de aquellas librerías y libreros que realizan una importante labor en el fomento y desarrollo de la cultura escrita y que contribuyen a la consolidación de la cadena del libro en sus ámbitos de actuación. 
Librería Cálamo, dirigida por Ana Cañellas y Paco Goyanes, es una librería independiente de fuerte compromiso cultural fundada en 1983 con dos objetivos: ofertar y vender buenos libros, cuidando la selección de sus fondos bibliográficos bajo el único criterio de la calidad, y participar de manera activa en la vida social y cultural de la ciudad de Zaragoza a través de la realización de numerosas actividades ligadas al mundo del libro y de la cultura.

A lo largo de sus más de 30 años de existencia ha recibido diversas distinciones por su labor y participado en eventos dentro y fuera de España. Recientemente ha sido reconocida con el Sello de Calidad de Librerías que otorga el Ministerio de Educación, Cultura y Deporte en colaboración con la Asociación de Cámaras del Libro de España y está destinado a proteger a las pequeñas librerías y reconocer su importancia en la cadena del libro y su papel como agentes culturales. Algunos medios de comunicación la han incluido también en el ranking de las mejores librerías del mundo.

En la actualidad mantiene abiertos dos espacios en la capital aragonesa: Librería Cálamo (Plaza San Francisco 4) especializado en literatura, ciencias sociales y libros de viaje y Cálamo Infantil (Plaza San Francisco 5) de literatura infantil y juvenil que le permiten presentar una amplia oferta editorial a su público. Asimismo, cuentan con tienda on-line a través de la que atienden pedidos nacionales e internacionales.

En el apartado cultural, la Librería Cálamo organiza infinidad de actos como presentaciones de libros, conferencias y debates, exposiciones bibliográficas, conciertos, lecturas públicas, teatro, actividades para niños, cursos de escritura creativa, catas y venta de vinos. Convoca también los Premios Cálamo, que anualmente premian libros y autores elegidos por los clientes. Cálamo es también una empresa de gestión cultural que elabora y realiza proyectos relacionados con el mundo del libro en los ámbitos local, nacional e internacional, de manera especial en México, Colombia y Guinea Ecuatorial. Entre ellos, la organización de los Encuentros Talento Editorial para el Hay Festival América y los Encuentros de Librerías y Editoriales Independientes Iberoamericanas "Otra Mirada".

En ediciones anteriores del "Boixereu Ginesta" fueron premiadas, las librerías Laie de Barcelona (2015), la Antonio Machado de Madrid (2014) y la Marcial Pons (2013), con sedes en Madrid y Barcelona (2013). La entrega del galardón se realizará en 13 de octubre en el Museu Nacional d’Art de Catalunya (MNAC) en el marco de las actividades de Liber 2016, la feria internacional más importante del libro en español.

En el mismo acto se entregarán, además, los Premios Liber al Fomento de la Lectura en medios de comunicación y en bibliotecas abiertas al público a la periodista de Radio Nacional de España Pepa Fernández quien dirige el magacín de fin de semana "No es un día cualquiera" y a la Red de Bibliotecas Municipales de la provincia de Barcelona, respectivamente. Asimismo, también se concederá el Premio a la mejor adaptación audiovisual de una obra literaria a la película Un día perfecto, dirigida por Fernando León de Aranoa y basada en la novela Dejarse llover, de Paula Farias. Además se premiará al autor hispanoamericano más destacado y se homenajeará a un editor por su trayectoria en el mundo del libro, ambos pendientes de conocer.
 
Barcelona, 26 de julio de 2016
Nota de Maria Dolors Herranz. Prensa Liber.
*Esta foto pertenece a los archivos de Heraldo en internet.

 

 

EN 2013, CÁLAMO FUE SELECCIONADA ENTRE LAS LIBRERÍAS MÁS BELLAS DEL MUNDO. PUBLIQUÉ ESTE ARTÍCULO EN 'EL PAÍS SEMANAL'

 

LA ESCALERA DE AUTOR DE CÁLAMO

 

Una librería es un mundo y un compendio del mundo. Francisco Goyanes lo tenía muy claro desde que fundó Cálamo en octubre de 1983, hace treinta años. Un mundo propio, trazado con el laberinto infinito de las Humanidades, en cierto modo un autorretrato impreciso que empezaba a dibujarse en el espacio y en sus contenidos. Cálamo ha querido ser siempre un teatro acogedor, un santuario, una casa habitada por la curiosidad, la sorpresa y las distintas formas de belleza. Paco Goyanes siempre ha sido partidario de los cambios, de la mudanza, de emprender aventuras, y eso explica qué ha sido y qué es Cálamo. Una librería apacible, cómoda, envolvente con sus propuestas y a la vez un teatro en marcha; de ahí que haya tenido un sello editorial, o incluso dos, o que haya realizado numerosas apuestas, visibles a lo largo del tiempo. Viajero insomne e infatigable, Goyanes y su equipo han apostado por los viajes, y lo siguen haciendo, por los idiomas (abrieron otro local dedicado, sobre todo, a los libros en francés), y por la literatura infantil y juvenil, por los álbumes ilustrados, por tantos y tantos libros que buscan la armonía perfecta entre innovación, beldad (o lo que Paco llama, en sus estantes, “libros especiales y muy especiales”), embrujo y calidad. Cálamo ha querido ser una casa de libros y el espacio donde los escritores hablasen y contasen sus libros. De ahí que así, como quien no quiere la cosa, diga que a lo largo de estas tres décadas por Cálamo hayan pasado más de 2.000 escritores. Cálamo ha querido ser una casa de citas para la amistad, para la inquietud intelectual, para el compromiso y una forma de mirar y entender los tiempos que pasan.

A Paco Goyanes y a su equipo –conformado ahora por sus hermanos Jorge y María José, por su compañera Anna Cañellas y por el librero León Vela- siempre le ha interesado lo diferente. La otra mirada. Libros que proponen travesías de lugar, de conocimiento, de temblor inesperado y de rebeldía. Quizá por ello creó los Premios Cálamo, que han sido un acontecimiento en Zaragoza y en España, porque han distinguido autores, volúmenes y propuestas de diversos lugares del planeta. Y ha establecido vínculos permanentes con las ferias y editoriales sudamericanas, con jóvenes editores, algo que ahora se concreta muy especialmente en su relación con el grupo Contexto y con su pasión por Acantilado, la editorial que exhibe al completo como si fuera uno de sus mejores autorretratos. Y puesto a innovar, o a buscar afinidades, o lo que él llama “maridajes”, ha incorporado los discos de músicas selectas, músicas del mundo, desde el jazz a las sendas del new age, y ha establecido una modesta vinacoteca: vinos infrecuentes, cuidados, de exquisita manufactura, que anuncian la singularidad del local. El vino de las palabras, el vino de la imaginación, el vino como estímulo de creación y tertulia. Y cuando se habla de Cálamo ahora hay que citar dos cosas esenciales: ese conjunto de más de 40 jaulas que tienen en su interior poemas, aforismos, sueños y que recuerdan la jaula de Ramón Acín y Conchita Monrás, y su característica escalera. Allí ha impreso los nombres de los ganadores de los Premios Cálamo, casi siempre tres por edición, y ha bautizado cada peldaño con nombres que resumen la trayectoria de Cálamo: los escritores José Luis Rodríguez y Manuel Vilas, los impresiones Stella y Paco Boisset. Cálamo siempre ha tenido como una hornacina o una alcoba interior: allí están los libros de pensamiento, allí tiemblan las palabras que viajan en el tiempo con un latido de verdad, de búsqueda y de delirio.

 

FIN A LA POESÍA DEL MONCAYO

FIN A LA POESÍA DEL MONCAYO

    ECOS DE POESÍA, HISTORIA Y CARIÑO DESDE VERUELA
    Almudena Vidorreta, poeta y profesora en Nueva York, alumna dilecta de Aurora Egido, está pasando unos días en la casa familiar de Los Fayos. El sábado estuvo en Veruela, entre amigos. No pudo asistir el debate en torno a Blas de Otero de Manuel Forega, Luis Tamarit y Amador Palacios, coordinado por Inés Ramón, pero sí estuvo en la sesión vespertina. Oyó a los músicos -el juglar y trovero Claudio López, Luigi Maráez y Alime Huma, Rafa...el Lechowski, poeta, rapero y editor, El Sharif y la nueva formación de El Galgo: liderada por Jesús López, que ahora se parece un poco a Franco Battiato- y asistió también al espléndido y emocionante recital de El Silbo Vulnerado, 'Aquí tenéis', que ofrecieron Luis Felipe Alegre, rapsoda, actor y cantante, y Dolores Miravete, 'Dolos', en honor y recuerdo de Blas de Otero (1916-1979). Muchos amigos y artistas le regalaron a Trinidad Ruiz-Marcellán una cajita llena de sorpresas y cariño, y un niño le ofreció un ramo de flores. Así se despidieron quince años del Festival Internacional de Poesía del Moncayo y también al coeditor Marcelo Reyes, alguien que anda por ahí al aire de su vuelo.

    Almudena tomó esta foto de la iglesia de Santa María de Veruela y la colgó en su muro de Facebook. Que se sepa, nadie de ninguna institución ha acompañado a Trinidad y su equipo en la despedida. La vida sigue, y la poesía también.

BLAS DE OTERO: POESÍA PARA TODOS

BLAS DE OTERO: POESÍA PARA TODOS

Blas de Otero, del tormento

místico a la voz del pueblo *

 

Blas de Otero o la poesía para todos

 

El autor de ‘Pido y la paz y la palabra’ es homenajeado en su centenario (1916-1979), hoy en Veruela, por El Silbo Vulnerado

 

Foto en color con boina. FUNDACIÓN BLAS DE OTERO

En poeta en plena madurez, cuando vivía en Madrid con Sabina de la Cruz.

 

ARCHIVO ALFREDO CASTELLÓN / ASUNCIÓN CARANDELL

1959. Visita a Collioure, a la tumba de Machado. Arriba, primero por la izquierda, Blas de Otero; primero por la derecha, el zaragozano Alfredo Castellón. [Con ellos están: J. A. Goytisolo, Ángel González y José Ángel Valente. Abajo: Gil de Biedma, Costafreda, Carlos Barral y Caballero Bonald.]

 

Antón CASTRO

Blas de Otero es autor de la poética más breve de todos los tiempos: «Escribo / hablando». También observó: «Hundí las manos en el fondo de las palabras». Y ensayó esta breve biografía: «Mi terquedad es indomable, dirigida siempre hacia los cuatro puntos cardinales de mi vida: el arte, la mujer, la justicia y pasear por la calle». El arte, esencialmente, fue la literatura, y más en concreto la poesía. La mujer es la llama constante de su producción: el amor y el desamor, el cuerpo del deseo carnal, el faro y el sueño que persiguió y que encontró en Concha Quintanar, en la cubana Yolanda Pina y en Sabina de la Cruz. La justicia fue una profesión más que una vocación y también una pesadilla. Un quiero y no puedo que le ayudó a sobrevivir; como cosa curiosa, en 1935 se licenció en Derecho en Zaragoza, ciudad donde publicaría ‘Mientras’ (Javalambre, 1970) y donde lo retrataría Joaquín Alcón, y donde ha tenido lectores y glosadores entusiastas como Ángel Guinda y José Luis Melero. ¿Y pasear por la calle? Poeta con Dios en un principio, poeta del yo luego, acabó sintiéndose poeta del oído y de la música del idioma, poeta del nosotros, y buscó en los bares, en los mercados, en distintos paisajes españoles la voz de la gente, el desgarro de existir y el sentir del pueblo.

Blas de Otero, que nació en Bilbao hace ahora un siglo, fue un hombre atormentado, inclinado a la duda y a las depresiones. Nieto de un hombre que tenía barcos y de otro que era médico, su casa fue su refugio y el santuario inicial de la seguridad y la imaginación, donde contó con una mademoiselle, Isabel, a la que cantó en varias ocasiones. Estudió en Jesuitas y se sintió el habitante de una cruel pesadilla. Las cosas no iban demasiado bien para los suyos, y la familia se trasladaría a Madrid. Siendo un adolescente, se murió su hermano y poco después su padre. Cuando se repasa su biografía, parece un constante ir y venir, un desacomodarse febril, y eso le deja herida y hemorragia en su interior. Aprobó letras, dio clases particulares, combatió en los dos bandos en la Guerra Civil. Después, en 1941, trabajó como asesor jurídico y dos años más tarde se trasladó a Madrid para cursar Filosofía y Letras. Soñó entonces ser «un poeta profesor», pero la universidad lo decepcionó. Volvió a Bilbao con un gran sentimiento de culpa: había dejado a una de sus hermanas al frente del negocio familiar y estaba seriamente enferma. Intentó relevarla y lo hizo un tiempo hasta que sus contradicciones fueron tan intensas que se autoexilió en París.

Para entonces ya era poeta: había pertenecido a círculos católicos, había escrito su ‘Cántico espiritual’, de claro influjo místico y con perfecto dominio de la métrica española. Era un joven inseguro, un náufrago en el centro de su angustia, y ya había ensayado pasos más hondos y estremecedores, más humanos con dos libros: ‘Ángel fieramente humano’ (1950) y ‘Redoble de conciencia’ (1951), que reaparecerían en 1958 en un solo tomo, ampliado: ‘Ancia’, uno de esos libros que anuncian a un poeta mayor. El poeta que pasa del diálogo con Dios al diálogo consigo mismo y que ya intuye que está a punto de descubrir una nueva actitud: el compromiso, la solidaridad, la firmeza de la poesía social, que cristalizará en otros títulos claves como ‘Pido la paz y la palabra’ (1954) y ‘Que trata de España’ (1964).

Blas de Otero era un poeta que había asimilado muchas lecturas: desde Rosalía de Castro a Juan Ramón Jiménez o Lorca, desde Pablo Neruda y César Vallejo a Walt Whitman. La experiencia parisina le cambió la vida: amó a Tachia Quintanar, actriz y rapsoda, y novia de García Márquez durante casi un año, se hizo marxista y se afilió al Partido Comunista. Preso de la nostalgia regresó a España y se curó recorriendo Castilla y sus pueblos, aquel viaje era como el autosacramental del peregrino en su patria. El militante comunista, que tuvo muchos problemas de censura, viajó en 1960 a Rusia y a China; en 1964 se trasladaría a La Habana, donde contrajo nupcias con Yolanda Pina, y finalmente regresó a Madrid en 1967. Se reencontró con una amiga de juventud, la profesora Sabina de la Cruz, y vivieron felices. Blas de Otero alcanzó la plenitud como enamorado, como hombre y como poeta.

Este mismo año aparecía en Galaxia Gutenberg la edición en rústica de ‘Obra completa (1935-1979), de 1274 páginas, en edición de Sabina de la Cruz y Mario Hernández. Y hoy, a los pies del Moncayo, en el XV y último Festival Internacional de Poesía de Veruela, se le rinde un homenaje a cargo de El Silbo Vulnerado con ‘Aquí tenéis’. Luis Felipe Alegre, su director, recuerda el consejo del poeta: «En 1977 me acerqué a él y le pedí consejo para recitar ‘Hombre’. Lo recitamos ambos y luego sentenció: “sigue las reglas y trabaja los encabalgamientos. Escucha a Pío (Fernández Cueto). Mis sonetos los puedes recitar como quieras, hasta gritarlos. Pero no recites para los círculos literarios, porque esa es la minoría de siempre y la poesía debe llegar a todos”». En la función se escenificará uno de sus poemas claves: ‘A la inmensa mayoría’. Quizá su poética más rotunda. 

 

*Este texto apareció el sábado en ’Heraldo de Aragón’.

MORENO CARBONERO: HISTORIA DEL LIENZO DEL PRÍNCIPE DE VIANA

MORENO CARBONERO: HISTORIA DEL LIENZO DEL PRÍNCIPE DE VIANA

LETRAS ESTIVALES. DOMINGO*

 

Un cuadro magistral que se llevó El Prado

 

‘El príncipe don Carlos de Viana’, el gran retrato de Moreno Carbonero, estuvo en el Museo de Zaragoza desde 1919 hasta 1992

 

MUSEO DEL PRADO

‘El príncipe don Carlos de Viana’ (1881) de José Moreno Carbonero, uno de los cuadros de pintura histórica española del siglo XIX

 

Antón CASTRO

“La pintura se me manifestó, hace ahora 35 años, en el Museo Provincial de Zaragoza a través del cuadro ‘El príncipe don Carlos de Viana’, pintado por José Moreno Carbonero. Recuerdo la vivísima impresión que me causaba el modo en que está pintado el polvo de los libros y la estantería del fondo. Iba a menudo a verlo. Me gustaba mucho”, escribe el pintor Pepe Cerdá. El también artista y escritor Eduardo Laborda acudía a visitar a menudo aquel cuadro insólito, de un único personaje, con el perro a sus pies y la biblioteca detrás, porque le encantaba aquella obra academicista y magistral, del solitario resignado y melancólico. “En los años 70, hasta su transformación, el Museo de Bellas Artes de Zaragoza era de los mejores de España. Y su colección de pintura del siglo XIX era extraordinaria. Ese lienzo estaba en la primera planta y era toda una lección pintura, de técnica y de emoción. José Moreno Carbonero lo había pintado con 21 años. Impresionante”, dice.

‘El príncipe don Carlos de Viana’ es un óleo de 1881, realizado en Roma, donde el pintor malagueño estaba pensionado, de 3.10 metros de largo por 2.10 de ancho. Lo adquirió el Museo del Prado ese mismo por 5.000 pesetas (30 euros) porque recibió la primera medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes. En 1919 se cedió en depósito al Museo de Zaragoza, que lo registró en varios de sus catálogos desde 1933 y lo exhibió hasta los años 70, instante en que fue retirado a los almacenes cuando se hizo la remodelación para instalar los fondos de arqueología. En 1992, cuando José Luis Díez organizó una gran exposición sobre ‘La Pintura del siglo XIX en España’ en el Museo de Arte Moderno, fue reclamado y ya no volvió a Zaragoza, algo que también ocurrió con otra obra fantástica aún de mayores proporciones: ‘Últimos momentos del rey don Jaime I el conquistador en el acto de entregar su espada a su hijo don de Pedro’ (1881) de Ignacio de Pinazo.

Ahora ‘El príncipe don Carlos de Viana’ está expuesto en las espectaculares salas del Museo del Prado dedicadas al siglo XIX, muy cerca de ‘Doña Juana la Loca’ (1877) de Francisco Pradilla y de ‘Los amantes de Teruel’ (1884) de Muñoz Degrain. Es un cuadro que impresiona, distinto a todos: la anécdota narrativa se ciñe a un único personaje, inscrito en una decoración infrecuente, casi mística o metafísica. Don Carlos fue uno de los personajes más infaustos e historiados por la literatura y la pintura: inspiró a Zorrilla en ‘La lealtad de una mujer y aventuras de una noche’ (1840) y a Gertrudis Gómez de Avellaneda su drama ‘El Príncipe de Viana’ (1844), pero también a artistas como Emilio Sala, Vicente Poveda, Julio Cebrián y Mezquita y Ramón Tusquets, entre otros.

Era el primogénito de Juan II de Aragón y de Blanca de Navarra, a la que también pintó José Moreno Carbonero (Málaga, 1860-Madrid, 1942), y era por tanto el legítimo heredero de ambos tronos. Juan II se casó en segundas nupcias con Juana Enríquez, madre de quien sería Fernando el Católico. Comenzaron las intrigas, de tal modo que Carlos cayó en desgracia y el rey hizo una maniobra extraña, sobre todo ante la popularidad y el cariño que suscitaba en Cataluña: encerró a su propio hijo y lo desposeyó de sus honores. El joven intentó recuperar sus derechos, pero le fue imposible y entonces se vio abocado casi a una existencia de fugitivo, centrado en el retiro, en la soledad y en la reflexión. Se marchó a Francia, fue amigo y confidente de Ausías March, que solía leerle sus poemas o trovas, y finalmente halló refugio en Nápoles, al amparo de su tío Alfonso V. Decidió recluirse en un monasterio próximo a Mesina, donde lo imaginó Moreno Carbonero. Se casó a los 18 años, guerreó, intrigó, conoció la prisión; pero aparece siempre envuelto en la fatalidad.

Algunos historiadores y críticos de arte han escrito que el joven artista “pintó la biblioteca de un alquimista, no la de un príncipe”, según recogió ‘La Época’. El propio José Luis Díez matizaba: “Así, tanto libros y mobiliario como la propia figura del noble están concebidos con el mismo sentido general de decrepitud que indica su destino sombrío, subrayado además por la austeridad cromática de la composición, tan solo rota por la riqueza del terciopelo encarnado del almohadón”. El cuadro destaca por su dibujo impecable y por la calidad de su pintura, por la riqueza de detalles, que acentúan el desaliño y el olvido, por la exactitud del sitial gótico y por esa atmósfera de desamparo absoluto. Había sido abandonado por casi todos, salvo por su perro.

Su destino fue aciago y enmarañado. Regresó a Barcelona en loor de multitud, pero las adversidades y conjuras siempre se multiplicaban a su alrededor. Murió en 1461, a los 40  años, en el Palacio Real de de Barcelona; quizá fuese envenenado. En cualquier caso, el retrato de Moreno Carbonero luce espléndido en el Museo del Prado y verlo allí, y pensar que estuvo en Zaragoza durante más de 70 años, produce una melancolía pareja a la que siente ese personaje flaco, de mediana estatura, que halló consuelo en la meditación, en la lectura y la escritura, y que parece el perfecto Segismundo de ‘La vida es sueño’ de Calderón de la Barca.

 

 

 

*Serie diaria de ’Heraldo de Aragón’.

 

 

CON CLARA USÓN, EN JACA

CON CLARA USÓN, EN JACA

[Mañana jueves, si el tiempo no lo impide, conversaré a las 18.30 en Jaca con la escritora Clara Usón en torno a su novela 'Valor', que transcurre en buena parte en Jaca. Rescata la figura de un tío suyo, Luis Duch, fusilado en 1936. Aquí dejo una entrevista que le hice hace algún tiempo y que se publicó en Librújula, la revista que dirige Antonio G. Iturbe.]

http://www.librujula.com/entrevistas/1087-clara-uson-valor-entrevista

 

*La foto es de Marta Calvo.

ALBERTO CONEJERO: 'ESCRIBIR TEATRO'

ALBERTO CONEJERO: 'ESCRIBIR TEATRO'

Encuentro este texto tan personal de Alberto Conejero, dramaturgo jienense, autor de 'La piedra oscura', galardonada con cinco premios Max en 2015. Conejero visita esta mañana de domingo, 17 de julio, a las doce, el Teatro de las Esquinas para conversar sobre la escritura teatral, dentro de la programación Zaragoza Escena.

 

Escribir (para el) teatro

por Alberto Conejero

Tomo este texto de aquí:

http://madridesteatro.com/escribir-para-el-teatro-por-alberto-conejero/

Escribir (para el) teatro

Considero que escribir teatro es imaginar historias en los otros y para los otros. No existe teatro que no sea un encuentro con los otros y por esa razón nunca se está solo cuando se escribe teatro, aun cuando la escritura acontezca en soledad. Se escribe teatro y se anhela intimidad con otros seres humanos. Porque como dice Enzo Cormann, los dramaturgos no escribimos teatro sino que escribimos para el teatro. Y por eso la escritura teatral contiene siempre la vocación de encuentro con otros imaginarios: con el del director, con el de los actores, con el del escenógrafo, etc. y, por último (o quizá antes que nada), escribir teatro es convocar el encuentro con el imaginario de los espectadores. Todos ellos, de un modo fantasmagórico, acompañan al dramaturgo cuando genera sus historias.

Quizá escribir teatro es en primer lugar citarse con quien uno quisiera o teme o intuye ser. O de otro modo: escribir teatro es concertar una cita con el desconocido que nos habita. Porque los personajes no dejan de ser las otras voces que encierra nuestra voz. Están allí, dentro, y cuando la escritura las libera, aparecen inextricablemente libres. Muchos dramaturgos insistimos en ese momento en que los personajes cobran voz propia y la mano se afana en el teclado (o el bolígrafo) por no quedarse atrás.

Escribo para lanzar preguntas para las que no tengo respuestas. La escritura me cuestiona como individuo y como ciudadano. Escribo porque dudo. Escribo también porque no aprendí a rezar pero tengo la necesidad de algo que no está pero a lo que debemos atender. Al igual que Perseo utilizaba el escudo para enfrentar a Medusa, yo empleo la escritura teatral para enfrentar mis miedos, mis anhelos o mis pasiones ingobernables. Escribo teatro y doy una forma a lo provisional e inestable. Dispongo ordenadamente una fuerza caótica. Cada obra es un laberinto donde espera un Minotauro que nos recuerda que, como todo misterio, la vida siempre tiene algo maravilloso y monstruoso a la vez. Y escribo teatro porque me hace profundamente feliz y siento la ilusión de libertad y plenitud escribiéndolo.

 

De dónde surgen las historias y cómo es el proceso de escritura

Como el escultor que intuye lo que la piedra esconde y la golpea y cuando termina descubre por fin la imagen anhelada pero nunca vista, el escritor libera con la escritura una obra que aún no conoce pero que presiente. Por mucho que la técnica nos ayude, por mucho que contemos con estructuras, estrategias, ideaciones de todo tipo, la escritura siempre es descubrimiento. La obra siempre sabe más de nosotros que nosotros de la obra. Por eso sentimos la necesidad de escribirla. Hay algo de acto de fe cuando se inicia un proceso de escritura. Se confía y hay un momento en que la obra se desvela, aparece finalmente. La escritura es acontecimiento que culmina en epifanía.

Las obras nacen de diferentes lugares. A veces surgen de la reunión de otras obras que has visto / leído y algo de tu vida las aglutina y genera una nueva; otras veces nacen de una imagen que contiene el germen de una historia o son provocados por una experiencia concreta. A veces brotan de un lugar más eidético o intelectual. Los encargos nos hacen habitar historias inesperadas pero no menos personales. En todo caso, la historia ya está ahí, se está incubando, es inútil poner resistencia porque sus síntomas se multiplican, se extienden por tu imaginación e incluso el cuerpo siente algo parecido a la fiebre. Como un zahorí, pasas esos días atendiendo a las señales, a los indicios de tu historia diseminados en todo lo demás. Pero entonces hay que decidir las coordenadas básicas: los personajes, el espacio, el tiempo, la situación… Hay una lucha de “número y poesía” como dijo Federico García Lorca, entre la técnica y las pulsiones no domeñadas, entre las limitaciones que impone la escritura/praxis teatral y la naturaleza impetuosa de su contenido. Existen manuales de escritura dramática, existen consejos a los nuevos dramaturgos, existen y son tan necesarios como prescindibles si no se siente la necesidad de escribir.

 

¿Cuándo se termina de escribir una obra de teatro?

Por último, al igual que es difícil saber cuándo se empieza a escribir una historia cada vez me es más difícil saber cuándo se termina de escribirla. Los ensayos, las puestas en escena y los espectadores han hecho que reescriba textos incluso después de su publicación. Durante los ensayos de la lectura dramatizada que dirigí de Ushuaiadescubrí algunas zonas que podían (y debían) amplificarse de un personaje gracias a las preguntas de Eva Rufo, la actriz que lo interpretaba. Y el texto ya se había editado…Estos días Pablo Messiez está ensayando La piedra oscura para el Centro Dramático Nacional y sé que la puesta en escena me hará descubrir lo que esconden los pliegues del texto y que quizá traiga una nueva versión que atienda tanto a sus fortalezas como a sus zonas más débiles. No se trata nunca de modificaciones radicales pero sí de ajustes que, por otro lado, también provoca el tiempo. Acabo de terminar, mientras escribo estas líneas, un texto nuevo después de siete borradores y de dos años de teatro. Siento la misma incertidumbre y alegría que cuando hace quince años terminé Húngaros, mi primera obra. Y como entonces comparto el deseo de Koltès: “solamente deseo que algún día pueda contar bien, con las palabras más sencillas, la cosa más importante que conozca y que pueda contarse: un deseo, una emoción, un lugar, luz, sonidos, cualquier cosa que sea un fragmento de nuestro mundo y que pertenezca a todos“.

 

 Alberto Conejero

*La foto la tomo de aquí: http://www.elcultural.com/imgNoticias/2015/8341_1.jpg