Blogia
Antón Castro

Artistas

CALVOMOÑACO / 22: KIKI DEL MONCAYO

CALVOMOÑACO / 22: KIKI DEL MONCAYO

Hoy Martín Mormeneo ha recibido un nuevo dibujo de Alberto Calvo: la ‘Kiki del Moncayo’. La nota que la acompaña es tan escueta como misteriosa: “No la busques en la cumbre del monte ni en un sendero de nieve. La tengo en casa, tendida en mi cama. Cuando me despisto, se escapa al monte. Y luego debo ir a buscarla: peregrino días y noches, duermo a la intemperie, oigo la melodía del viento y del miedo, me enveneno de amor y desesperación mientras camino. Por eso estoy tan fatigado”.

*La ilustración es de Alberto Calvo.

ASUN VALET EN EL TORREÓN FORTEA

ASUN VALET EN EL TORREÓN FORTEA

ASUN VALET ROMPE EL MAR

Me atrajo la pintura de Asun Valet antes de verla en la sala de A del Arte por primera vez. La contemplé en el catálogo y esa primera visión me hizo pensar en Manuel Mompó, en Vassily Kandinski, en Paul Klee, tal vez en Fernando Zóbel, por el rasgo de sutileza y sugerencia, por la estructura entre musical y desprendida de sus lienzos, por su seguridad, por su configuración etérea. Uno siempre instala sus emociones dentro de un vasto de campo de afinidades, hasta situar al artista que acaba de conocer en su propio mundo, personal e intransferible, modulado con sus gestos, con su sentido de la composición y del color.

Asun Valet es, de entrada, una artista apacible: una mujer de suavidades, de luz y de lentitud que se deleita en el diálogo del control y el azar. Lo mide todo –la estructura de sus cuadros, el arabesco del color, el matiz sutil de una emoción incierta, el cosido que puede irrumpir en un lateral-, y a la vez también se somete al albur del desorden, al arrebato mismo del trabajo, al encuentro con el numen que cabalga en sus dedos, en su cerebro o en la música que puebla y adensa de calma su estudio. Es una pintora marcada por el eco de Zóbel, sí, de Guerrero tal vez, de Mark Rothko y, sobre todo, de la pintura japonesa. Hay en ella una vocación oriental, una inclinación hacia el silencio y sus vacilaciones. Cree en la imagen, en la superficie trabajada de cromatismo y adivinación. Rechaza una y otra vez cualquier atisbo de figuración. Si la hay, si aparecen una silla o un conjunto de sillas, también habrá un subrayado o un desmán que nos invita a pensar que estamos ante una obra abstracta. Lo dice: “No me interesa la naturaleza”. Al menos, no le interesa la naturaleza como una totalidad que trasvasar a sus lienzos. Aparecen láminas o tiras de un color blanco o crudo, círculos, vuelos, espirales, escaleras, pájaros e incluso sillas como sucede en ‘Silla experimental’ (que es un homenaje al lugar del observador: a la propia pintora ante la obra tal vez, y quizá a la trepidante relación del arte y el diseño), pero son fragmentos de un universo muy elaborado donde importa ante todo la pintura: la masa, la penetración de la mancha, las veladuras obstinadas, el centelleo de trazos y sesgos que invitan a soñar. Lo que le importa a ella es el conjunto desfigurado y armonioso que responde a un afán y a una certeza: Asun Valet intenta hacer visible la ausencia. Intenta sugerir el iceberg que crece hacia el fondo del mar. Intenta despojarse, con espacios y sedimentos del fuego interior, de sus sombras y componer una emotividad remansada, instantes íntimos, contrastes, horizontes abiertos por los que, si fuéramos ave o brisa, querríamos salir volando.

Cuando se le quieren poner sustantivos o narratividad a su pintura –del tipo: “aquí hay un mar de atardecida”, o “ahí, en ese díptico alargado, podría verse la estela de un barco en el mar”, o “veo el rastro de un pájaro que sobrevuela el cielo sobre el mar”-, Asun Valet interviene y señala: “He roto el mar”. Es cierto. Rompe el mar a cualquier hora. Rompe y rasga. Vacila y encuentra. Extiende el celaje y lo acota. Disuelve la atmósfera hasta crear un estado de ánimo, una sensación inmediata de gozo y de tranquilidad, y una reverberación interior: el pintor se ha buscado en la materia y el espectador, ante el desenlace, se hace preguntas y se conmueve. Asun Valet escribe con la claridad, con el temblor, esparce leves motivos de alerta, convoca músicas. Insiste: “He roto el mar desde una idea: el color no cansa. Y yo le dejo que haga sus apariciones”. Como un fantasma. Como un diamante caído entre flores de escarcha.

Esta exposición se titula Márgenes activos y en, el fondo, es una meditación de la pintora sobre sí misma y su lugar en la pintura. ¿Quién soy, dónde estoy, qué expongo de mí mientras trabajo en el estudio, a solas, transformada en delirio y vértigo y vulnerabilidad, disuelta en creación y desconcierto? ¿Cuál es mi sitio en el paisaje coral del arte? La artista se define sobre el lienzo; de cada obra puede extraerse un autorretrato, los perfiles de una búsqueda, una pelea casi incansable y sigilosa consigo misma desde la forma. El otro asunto que le obsesiona es una sensación no de aislamiento sino de independencia, de no estar en ninguna corriente ni en ningún grupo, un poco al margen, lejos del centro y de lo obvio, en esa especie de periferia que alude a lo desubicado, a lo inconcreto, al vagabundeo a la intemperie en los arrabales del crepúsculo. Asun dice que su verdadera apuesta es plástica, expresiva, que lo que más valora es la imagen y su significado, su capacidad de conmoción. De ahí sus márgenes: ella está en los bordes, trabajando, con sus propias huellas, con una trayectoria no demasiado convencional. Está: más concentrada que rabiosa, más radical que iconoclasta, con una intuición incesante que se desparrama. Realiza una pintura lírica, sin duda, pero no blanda, es armoniosa e intensa por la vía de la introspección, es en cierto modo minimalista. Aspira a transmitir lo máximo con lo mínimo y se plantea este oficio de vivir como una manera de reinventarse desde el arte contemporáneo. “Me siento esencialmente contemporánea –dice-. Intento renovar y renovarme. En esta profesión tienes la sensación de que siempre se empieza de cero”.

Márgenes activos es una exposición reposada y a la vez espontánea que muestra espacios abiertos, que vuelve a hacer evidente el interés que siente la artista por la arquitectura, su atracción por la geometría, y que reivindica su libertad en el tratamiento de la pintura. Hay en sus cuadros como un afán de fuga, de ensoñación, un camino abierto al infinito. En la muestra establece un diálogo entre los trípticos y los dípticos y las piezas sueltas. Asun Valet ha querido realizar un pequeño guiño al propio espacio del Torreón Fortea. Sobre sus planos ha creado un desarrollo especial y espacial, fragmentos de un todo, fogonazos de un tapiz, un puzle que el espectador reordena en su cabeza e intenta completarlo, aunque seguramente no valga la pena ni tengo sentida. Al fin y al cabo, cuadro a cuadro, Asun Valet se afirma en una idea: la firme voluntad de romper el mar.

 

Márgenes activos. Asun Valet. Torreón Fortea. Ayuntamiento de Zaragoza. Hasta principios de marzo. Este texto figura en el catálogo de la muestra.

EL SEÑOR DEL TUBO

EL SEÑOR DEL TUBO

Escribe Vicente Almazán, en su blog en color:

Sin habernos puesto de acuerdo, Pepe Cerdá y un servidor, hemos pensado en estos dias en Don Manuel, "El señor Manolo de El Tubo".

 

Escribe Pepe Cerdá en su blog:

Viaje por carretera

En el tubo de Zaragoza, al lado del café cantante Plata, hay una tienda de novelas de segunda mano. Está justo al lado de la "Ortopedia La Francesa", tienda en la que sólo se Vendiano perdona y que hacian la vista gorda con los menores que nos acercábamos un adquirirlos por morbo y curiosidad, casi siempre (siempre) para llenarlos de agua hasta que explotaban.  Pero a lo que iba: La Tienda de novelas y revistas de segunda mano la regentaba un señor que se entretenía en coser entre sí Diminutos retajos de piel que debía de recoger en la basura de algun taller de confección de prendas de piel. Los cosía primorosamente hasta conseguir la forma de una pelota que rellenaba de trapos deshilachados y guata. Para culminar la obra le cosía una cadena en uno de los polos de la esfera multicolor y cutre. Así conseguía una suerte de "bola de puching", de esos con los que se entrenan los boxeadores en los gimnasios, pero en versión chabolista y autárquica. Siempre Tenía varias docenas de diverso tamaño. El otro día pasé y está en liquidación por "cese de negocio" Aún y le Quedaba alguna polvorienta en el escaparate.

Que yo sepa nadie le Compró nunca ninguna. Nadie salvo mi amigo el pintor chino Xiao Fan ...

 

(La Historia continua, es una narración hilarante de Pepe Cerdá, donde se confunden, maravillosamente, la realidad y los recuerdos inventados. Como con Pepe Cerdá Suele ocurrir casi siempre: es un narrador literario formidable y oral, ensaya una y otra y sus historias hasta mejorarlos y convertirlos en Espléndidos cuentos. Lo que sigue a esto, no tiene desperdicio. Por cierto, Pepe me contó esta historia en un viaje a París, conocí a Juan Alonso es uno de los cafés que frecuentaban los dos ...)

 

* Esta es la foto del señor Manolo, realizada por Vicente Almazán.

 

PACO LAFARGA Y SU MUNDO

PACO LAFARGA Y SU MUNDO

Hoy el joven artista Paco Lafarga (Zaragoza, 1977) ilustra la portada de ‘Artes & Letras’. Lafarga es un excelente pintor: lo descubrí en una muestra organizada por Carlos Buil y Ricardo Marco en Cajalón: había hecho un cuadro espléndido de las vías del tren, nevadas o envueltas en niebla. Es una de las mejores vistas contemporáneas que he visto de la ciudad.

Es un excelente retratista. Meticuloso, perfeccionista, un artista de lentitud y de la belleza inquieta. Dos de sus últimos cuadros son sobre piscinas. Uno de ellos es este: me gusta mucho.

GOYA O LA LIBERTAD DE PINTAR

GOYA O LA LIBERTAD DE PINTAR

ARTE. Francisco Calvo Serraller publica ‘Goya. Obra pictórica’ (Electa), un volumen con 250 ilustraciones de la pintura del artista de Fuendetodos, donde ofrece las claves de interpretación de su obra y lo considera un “artista único de su tiempo” asomado  “al desasosegante vértigo del horror”.

 

Goya, la atormentada libertad de pintar

 

El arte de Goya sigue vivo. Por su profundidad, por su invencible halo de misterio, por la controversia que suscita. Esa es una de las conclusiones de Francisco Calvo Serraller en el volumen ‘Goya. Obra pictórica’ (Electa), donde señala que fue un artista único en su época porque en él “se junta la experiencia racionalista del ilustrado con la sentimental e imaginativa del romántico” y porque se asomó “al vértigo desasosegante del horror”. En otro lugar, señala: “Lo que vio Goya fue, desde luego, en ocasiones, terrible, pero resultó mucho más escalofriante lo que entrevió o, si se quiere, lo que supo visualmente discernir en el tropel de impresiones y vivencias con las que tuvo que enfrentarse, dando de esta manera un testimonio único, por el que se cuela el mundo contemporáneo”.

‘Goya. Obra pictórica’ es un viaje por la obra del pintor de Fuendetodos a lo largo de 250 ilustraciones y una amplia selección de cuadros, todos ellos comentados. El volumen, cuidadísimo y de impecable reproducción, se inicia con una breve introducción de Calvo Serraller. El ex director del Museo del Prado y crítico analiza la estética y la vida del pintor: desmonta el mito de la pobreza de la familia de Goya, “que no era en absoluto deprimente”, y el de “la infancia rústica y montaraz de Goya en una paupérrima aldea perdida”. Acepta, con Arturo Ansón, que el pintor vivió “una juventud alborotada” y que incluso pudo participar en “motín del pan” o “de los broqueleros”, que fue algo así como el motín de Esquilache en Zaragoza.

Recuerda que estuvo cuatro años en el taller de José Luzán, donde coincidió con Francisco Bayeu. Hacia 1766 debió trasladarse a Madrid, y en 1771 ya estaba en Italia. Calvo Serraller insiste en la importancia del ‘Cuaderno italiano’ y de las incitaciones de la pintura italiana sobre un joven artista rococó. Regresó a Zaragoza y pintó en el Pilar, el oratorio de Sobradiel y la Cartuja de Aula Dei. En 1773, casado ya con Josefina Bayeu desde dos años antes, se trasladó definitivamente a la corte. Nada fue fácil para aquel “rudo provinciano académico, sin avales académicos”, que empezó a subir en el escalafón merced a la brillantez de sus cartones, que evocaban la luz, la alegría y la vida popular. En 1779 le escribe a Martín Zapater y le dice que al rey y a los príncipes de Asturias les gusta su pintura. Desde entonces, no paró de ascender y de crecer. La estancia en 1783 en Arenas de San Pedro con el infante don Luis y su esposa Teresa de Vallabriga, recién casados, marca un momento especial: realiza retratos luminosos de un cuidado sentido íntimo, gran frescura y hondura poética.

La década siguiente está marcada por la turbulencia: su extraña enfermedad, sus amoríos con la Duquesa de Alba (Calvo Serraller recuerda que sus cuadros revelan que disfrutó de su intimidad, aunque tampoco puede precisar el grado) y el nombramiento, el 31 de octubre de 1799, de primer pintor de cámara. Esa fue una importante década de magníficas piezas. Además, proclama que cree en “la libertad en el modo de enseñanza y práctica de estilos”. Dos de los momentos decisivos de su continua transformación corresponden a la ejecución de ‘Los caprichos’ y la catástrofe de la guerra (que dio lugar a sus escalofriantes ‘pinturas negras’) y su consecuencia más dramática: el exilio.

Goya, como casi nadie, herido en el corazón y en la inteligencia, captó “lo monstruoso verosímil” y le dio forma: bella, sublime, inquietante. Este libro –que se cierra con una biografía breve y con un recuento de sus cuadros en el mundo- documenta la gran calidad de su arte, su expresividad y su sutileza, pero también el desgarro y esa capacidad de ver allá dentro, donde temblaba el fuego del espanto.

 

DIÁLOGOS: STEVE GIBSON

DIÁLOGOS: STEVE GIBSON

 

“Creo volúmenes y ritmos

 hasta que la figura exhibe

 su condición humana”

 

“El viaje es un refugio,

una adicción y una

huida de mí mismo”

 

“Me gusta fijarme

en la gente tan distinta

de las Delicias”

 

Steve Gibson nació en 1964, en Liverpool, cuando Los Beatles empezaban a estremecer el mundo con sus baladas y con su rebeldía. Tras la Segunda Guerra Mundial, el muelle había perdido protagonismo. Aquel ámbito “mayoritariamente laborista, de astilleros y estibadores, vivía una gran crisis con conflictos constantes y ruidosos”. Y entonces aparecieron aquellos melenudos y contestatarios que fijaron el foco de nuevo en Liverpool. Steve Gibson, que acaba de enseñarnos el taller que comparte con el pintor Jesús Fraile, dice: “Los Beatles encarnan el espíritu de Liverpool. Su éxito también fue un grito de rebeldía. Mi padre era policía, ‘bobby’, y estudió con Paul McCartney. Era un hombre conservador y decía que Paul era un tonto: no entendía ni sus pelos largos ni su forma de ser. No valoró en ningún instante su talento musical. Mi padre era un hombre esencialmente serio que me llevó muchas veces al campo del Everton, mi equipo. Vi, siendo niño, a aquel trío inolvidable formado por Alan Ball, Harvey y Howard Kendall, que luego fue entrenador y logró varios títulos. En la escuela, tenía por compañera sobrina del primer batería de Los Beatles, Pete Best, Viva, y contaba sin darle mayor importancia que el grupo ensayaba en el sótano de su casa”.

¿Ha heredado de su madre, entonces, la vocación artística?

Mi madre trabajó primero en una fábrica y luego se convirtió en profesora de hostelería. Era una mujer sensible. Mis padres se casaron jóvenes y se separaron cuando yo tenía diez años. Yo tenía una hermana; mi madre se casó con otro hombre que tenía dos hijas, y aún tuvieron otras dos hijas más. Al final, yo era el único chico en medio de cinco hermanas.

¿Cómo descubrió a Los Beatles?

Con ‘El Submarino amarillo’, que tenía algo de canción infantil. Ese fue el momento en que me di cuenta de que existían, y luego también me impactó una canción de George Harrison: ‘My sweet Lord’. Yo ya pintaba desde los seis años.

¿Desde tan joven?

Sí. Recuerdo que una vez hice un pavo real, que había visto con auténtico deslumbramiento, y lo enmarcaron en el colegio. Los profesores decían que era bueno. En aquellos días pasaba mucho tiempo con mis abuelos maternos, y recorría los descampados con mi abuelo…

¿Le marcó de una manera especial?

Creo que sí. Mi abuelo era un tipo especial, muy aventurero. Había nacido en 1904, se alistó en el ejército y se marchó de soldado a China para defender las colonias iglesias. Había tenido una infancia de novela de Dickens: procedía de una familia humilde y católica, con muchos hijos que ni podían llevar zapatos. En el fondo me contagiaba la idea de la aventura y del viaje, que serían muy importantes en mi vida. En realidad, siempre he querido marcharme de Liverpool.

¿Por qué?

No lo he sabido nunca, pero siempre he querido viajar, conocer mundo. A los 18 años, me matriculé en la Universidad de Liverpool en Bellas Artes. Y luego, tras presentar un portafolio muy completo, con pintura, escultura, serigrafía, cerámica, ilustración y diseño gráfico, me admitieron en la Universidad de Brighton, donde opté por la especialidad de Diseño Gráfico. Entonces era un oficio muy artesanal en el que te manchabas las manos. Ingresar allí era difícil, muy difícil, y además tuve la suerte, dado que los ingresos de mis padres eran bajos, de recibir la máxima beca del estado.

¿Cuándo vendió su primera obra?

Antes. Con 19 años, hacia 1983. Al terminar el primer curso, hicimos una exposición colectiva y se expuso en el complejo Caverns Walks, que se alza sobre la sala. Hice tres dibujos: unas letras, con papel de aluminio, con el que ya había trabajado de adolescente para juegos míos, y dos acuarelas de una puerta con mucha textura. Una la compró el arquitecto que había hecho el edificio y otra uno de sus ayudantes.

Sigamos: concluyó su carrera y empezó a trabajar…

Sí, como free lance. Vieron lo que hacía y me fichó una empresa. Hacía libros, portadas, revistas, de todo. Y así sobreviví un año y medio. Me sentía un trabajador, un obrero, quería trabajar y me movía en el arte comercial. No me planteaba ser artista. De golpe me cansé y, como un insensato, me fui a Australia.

¿Por qué como un insensato?

No sé. Me hubiera gustado viajar más antes de haber entrado en la Universidad. Por entonces se estableció un convenio entre Australia e Inglaterra por el que jóvenes de menos de 26 años podían estar un año completo en Australia. Y allá me fui con 300 libras en el bolsillo. Hice de todo: lavar coches y camiones, trabajar de camarero, etc. Puse en práctica algo que había dominado muy bien en Brighton: hacer dibujos sobre el pavimento directamente. Empecé a pintar en la pizarra en la que se anunciaban los menús los restaurantes. Pinté sobre pizarra a Harrison Ford vestido de Indiana Jones y al lado el menú o el anuncio de la cerveza Matilda Bay, y cuando lo vieron gustó mucho y me contrataron en restaurantes para campañas de publicidad. Hacía dos pizarras del tamaño de media puerta al día y ganaba unos 200 dólares al día, que entonces no estaba mal.

En realidad, estaba haciendo mano de pintor…

Sí, pero aquello se acabó. Se cumplió el año y me pasé a Indonesia. Y allí entrando y saliendo viví seis meses. Me veía a mí mismo como si fuera Hemingway o un genio así, que hacía lo que le daba la gana, pintaba, ilustraba, viajaba, vivía sin rumbo y sin pretensiones de nada. Más tarde, regresé a Liverpool e hice unos cursos de profesor de inglés para extranjeros. Viví un tiempo en Granada y realicé un viaje de nueve meses por distintos países de América: desde Nueva York a México, Honduras, Guatemala, Colombia y Argentina.

¿Cómo vino a parar a Zaragoza?

Fue en 1997 y alguien me dijo que en el colegio Juan de Lanuza buscaban un profesor nativo. Yo había hecho varios posgrados de enseñanza de inglés. De Zaragoza solo sabía que era la ciudad del equipo que venció al Arsenal en la Recopa de París de 1995. Di clases dos años largos, contratado, y a la vez hacía diseño gráfico para mí, trampantojos. La enseñanza no me llenaba lo suficiente y me habría marchado…

¿Por qué no lo hizo?

Por varias razones. He pensado mucho en el viaje, en mi condición de viajero. Para mí el viaje es una adicción y un refugio y una forma de huir de mí mismo. Y tenía la sensación de que había llegado, de nuevo, el momento de escapar otra vez. Pero conocí aquí a una mujer y tuvimos dos hijos mellizos, Máximo y Roberto. Pasé algunos años malos, con la sensación de que ahora no podía huir: di clases de inglés, pinté casas, y en el verano de 2003 me ofrecieron un trabajo en un centro de acogida de menores de 18 años. Para preparar las clases empecé a preparar unas figuras en volumen en cartón.

Y hasta ahora, ¿no?

Eso fue el principio. Hice un vídeo con cuatro o cinco figuras; presenté una a un concurso de la Fundación Pedro Ferrándiz y me dieron un segundo premio de 6.000 euros. Ese material lo vio un día el galerista Fernando Latorre, por sugerencia de un amigo, vino al taller de inmediato y ahí empezó mi carrera.

¿Por qué se inclinó por la escultura si apenas había aparecido en su vida?

Es arte, invención, trabajo, y todo eso estaba dentro de mí. Claro que conozco la escultura: a Henry Moore, a Giacometti, al que rendía homenaje de niño sin yo saber que existía, Hans Arp y David Donatello, cuya ‘María Magdalena’ me sigue impresionando. Ese hallazgo azaroso, la figura de cartón en escultura con el armazón interior de metal, me cambió la vida: me cambió la mentalidad y me ha permitido -primero con Fernando Latorre, tan decisivo en mi carrera, y ahora con Galería Mito (Joaquín Tugas y Alfredo Manelli)- evolucionar. Y sentirme más seguro.

Díganos cómo trabaja.

Mi obra, mis esculturas empiezan por los pies: se alzan, crecen, se conforman como hace un pintor con sus pinceladas y así, poco a poco, voy construyendo esa figura en el aire. Borro y quito con el cutter, estoy como repintando, por eso siempre digo que mis artistas favoritos son pintores: Lucian Freud, John Sargent, Sorolla y Velázquez. Creo volúmenes y creo ritmos hasta que la figura exhibe su condición humana, los detalles de su anatomía, su piel y su fuerza. Me gusta fijarme en la gente: vivo en las Delicias y soy un observador de tanta gente distinta en formas de vida, estéticas y religiones. Me inspira.

 

DESPIECE

 

Las vísceras de la ciudad, un barrio sin amenazas

 

Steve Gibson realiza una obra muy personal sobre cartón. Trabaja en las Delicias en un bajo donde tiene su taller y el suyo el pintor Jesús Fraile, y hay un estudio para impartir clases de pintura y dibujo. En su pequeño rincón, marcado por los espejos y los apuntes a lápiz y a tinta pegados por las paredes, domina una especie de globo realizado con extremidades y cuerpos humanos. Cuerpos que poseen una energía especial, tensión de músculos, textura casi pictórica y basta en la piel, en los pliegues, que el artista ha pintado. Su web es espectacular: www.stevegibson.eu.

Hasta 2008, Gibson colaboró con Fernando Latorre; y luego trabajó, y trabaja en exclusiva con la galería Mito. “Así he logrado exponer en Milán y en diversos sitios, y preparo una gran muestra para este año en Barcelona, en 2010. Durante dos años, Mito me ha pagado un sueldo, pero trabajar a sueldo es un arma de doble filo: por un lado tienes estabilidad, sí, pero por otro te relajas, es como si rebajas tu exigencia inconscientemente y pierdes algo de chispa. Yo empecé en esto porque estaba desesperado, y ahora quiero seguir: lo que más feliz me hace es venir todos los días al taller, a las siete de la mañana. Regreso por la tarde, hacia las siete o las ocho, y construyo mi obra, mis desnudos, mis retratos: ahora tengo la sensación de que me sale algo interior que tenía callado o dormido. Yo no estoy obsesionado por estar en el Reina Sofía o por vender como un loco, lo que me hace feliz es esta energía, este entusiasmo por crear, las ideas que pueda desarrollar, la búsqueda de un camino personal y las horas en soledad del estudio”. Cuenta que le ha pasado algo muy bonito: trabaja con cartones, siempre, y cada cierto tiempo va a buscarlos a Dapsa donde uno de los responsables, don Severino, le carga la furgoneta y le regala dos palés llenos.

En su última exposición en el Torreón Fortea retrató, con gran impacto visual, a dos amigos: el pintor Paco García Barcos y el historiador del arte Manuel Pérez-Lizano, entre otros. A propósito de Zaragoza señala: “De Zaragoza me gustan sus vísceras, es una ciudad muy real, sin pose, no es artificial. Soy observador, y me gustan las Delicias, que es un barrio de clase trabajadora y a la vez un territorio mestizo de razas diferentes. Un lugar donde no te sientes amenazado”.

LLOP Y LAS 'VIDAS CONTADAS' DE MASSOT

LLOP Y LAS 'VIDAS CONTADAS' DE MASSOT

En varios lugares he confesado mi pasión por las ‘Vidas contadas’ de Josep Massot. Solía publicarlas los lunes en ‘La Vanguardia’; alguna vez, excepcionalmente, los martes. Esa serie ya se ha terminado y espero que Pepe Massot, con quien me reencontré el viernes en Zaragoza, las publique pronto. Julio José Ordovás me manda este artículo donde José Carlos Llop, buen novelista, buen poeta, buen dietarista y un tipo estupendo (lo conocí hace poco en Dublín: me pareció entrañable y sabio), le pedía lo mismo a Massot. Que publique esos retratos en libro.

                                                        

VIDA CONTADAS

 

JOSÉ CARLOS LLOP

No es mala escuela la del retratismo español. De Velázquez a Goya o el aburguesado Madrazo, hay una línea que acaba en Saura -que es nuestro Bacon particular. Paralelo a esa escuela española está el retratismo literario de los contemporáneos, que viene a ser el equivalente burgués o socializado de la tradición aristocrática del retratismo pictórico. Quizá no podamos hablar de Velázquez o de Goya -no vivimos ese tiempo-, pero ambos -aire, delicadeza y sarcasmo- están detrás de la escritura de los mejores retratistas de nuestra literatura. Pienso ahora en el Baroja de sus Memorias, en el Gómez de la Serna de Retratos contemporáneos, en el Pla de los Homenots, en el Juan Ramón de Españoles de Tres Mundos. Ya en nuestra época hemos tenido la suerte de contar con el gran retratista literario que ha sido Juan Marsé con sus Señoras y Señores, sección que se publicaba en la revista Por favor de mi juventud universitaria. Marsé ha sido el retratista de cámara y hablo aquí de cámara en un sentido puramente musical. Otros han preferido a Umbral -que ha sido un buen retratista de los personajes y personajillos de la sociedad madrileña- y yo, además de por Marsé, guardo un afecto particular por los retratos cosmopolitas de José Luis de Vilallonga, que ya son irrepetibles.


Pero la tradición continúa porque nada se acaba nunca del todo y en estos años hemos leido en los periódicos las semblanzas históricas de Rosa Montero, los perfiles de David Torres -reunidos recientemente en el sello mallorquín, La noche polar- o los retratos hablados de Matías Vallés en la contra de los sábados, aquí en DM. Y en estos últimos años también y también en un periódico -el barcelonés La Vanguardia- hemos podido leer una estupenda sección de retratos periodísticos. Me refiero a Vidas Contadas, del mallorquín afincado en Barcelona, Josep Massot -Pepe Massot, para sus amigos-. Hace algunas semanas leímos su inexplicable despedida -era una de las mejores secciones de La Vanguardia y vestía el lunes de manera impecable- y desde entonces seguimos en pleno síndrome de abstinencia. Todo acaba, desde luego, en esta vida, pero nunca lo hace la gente a retratar en un periódico. Massot, casi invisible, dejaba que el retratado se retratara solo mientras él llevaba sutilmente el timón. La marca de la casa se notaba en ese aire y delicadeza que son rasgo velazqueño y nunca en sarcasmo que sería recurso goyesco, ni en megalomanía de autor, cosa tan vulgar como extendida. Josep Massot respetaba el trabajo de sus retratados, que era el motivo por el que los sacaba en su sección: él sólo tejía una idea. De Tàpies a Gimferrer, de Wagensberg a Max, o de Vila-Matas a Leonor Watling, en Vidas Contadas se ha tejido, lunes a lunes, un tapiz jamesiano -no cito a James por azar ni capricho- de la riqueza artística, literaria, filosófica o científica de nuestra sociedad, sea cuál sea esa riqueza: es la que hay. Y sospecho que quien quiera consultar un mapa de los tres o cuatro últimos años tendrá que consultar sin duda la galería de retratos de Josep Massot.


La verdad es que Pepe y yo nunca hemos hablado de trabajo, supongo que porque cuando la amistad procede de un tiempo donde el trabajo no existía, éste sigue sin existir a lo largo de toda la vida. O sea que puedo decir por escrito lo que no he dicho por hablado. Ahora que Vidas Contadas ha dejado de existir quizá convendría reunir la sección -o una antología de la misma- en libro. Lo mismo que hicieron sus precedentes y por eso hemos podido leerlos -y aprender de ellos- los que hemos venido después. Si algo no falta en Massot es literatura. Recuerdo muy bien los poemas que escribía en su primera juventud, tanto en castellano como en catalán -y esos poemas estaban muy bien-. Recuerdo las tardes que pasamos traduciendo el Hugh Selwyn Mauberley de Ezra Pound -con el inglés que habíamos aprendido tanto de Alberto Saoner y como de la música rock- en la residencia barcelonesa donde vivimos a los 18 años. Recuerdo su pionera y formidable selección y edición del Diario de Jules Renard, hecha a cuatro manos con el escritor Ignacio Vidal-Folch y publicada por Mondadori. Recuerdo, en fin, la primera vez que aparecimos, Pepe y yo, en un periódico: él tenía 17 años, yo 16, y fuimos a ver a Gafim para escuchar sus recuerdos sobre Rosselló-Pòrcel, que era un poeta que entonces nos fascinaba y del que apenas nada se encontraba por ahí. A los pocos días, Gafim nos sacó elogiosamente en su sección Plaza Mayor, del diario Baleares. No sé qué diría, de vivir ahora, de las expectativas que vislumbró en uno ú otro. Pero sí sé que de haber leído Vidas Contadas, sentiría el orgullo del periodista que no se equivoca en sus apreciaciones a largo plazo y las publica para que el tiempo dicte luego su sentencia. Pues eso.

*En la foto, Leonor Watling, que también protagonizó una 'Vida contada' de Pepe Massot.

 

 


 

 

HA MUERTO JEAN SIMMONS

HA MUERTO JEAN SIMMONS

La actriz británica Jean Simmons, candidata dos veces a los premios Oscar por sus papeles en Hamlet (1948) y Con los ojos cerrados (1969), ha muerto hoy a los 80 años en su hogar de Santa Mónica (California), según informa el diario Los Angeles Times. La protagonista de títulos como Ellos y ellas (1955), El fuego y la palabra (1960) y Espartaco (1960) sufría cáncer de pulmón, según ha explicado la agente de la intérprete, Judy Page.

La última aparición en el cine de Simmons, ganadora de dos Globos de Oro y un premio Emmy por su actuación en la miniserie de la década de 1980 El pájaro espino, fue el año pasado en el filme Shadows in the Sun, de David Rocksavage.

Simmons, según detalla el rotativo, llamó la atención de un cazatalentos en una clase de baile con tan sólo 14 años y filmó siete películas antes de captar la atención de la industria gracias a su papel en Cadenas rotas, la adaptación de la novela de Charles Dickens que dirigió David Lean en 1946.

En Hamlet compartió protagonismo con Lawrence Olivier y el filme le deparó su primera candidatura al Oscar, en la categoría de mejor actriz de reparto. Su segunda candidatura llegó más de 20 años después, por su papel de esposa alcohólica en Con los ojos cerrados, esta vez como actriz principal.

Extensa filmografía

Simmons nació en Londres el 31 de enero de 1929. Tras iniciarse la Segunda Guerra Mundial se trasladó a la ciudad de Somerset y, a su vuelta, en 1941, ingresó en la escuela de danza de Aida Foster. Obtuvo el título de danza en 1945 y recibió clases de arte dramático de Sir Laurence Olivier, obteniendo su primer papel en el filme Give us the moon, de 1944, película para la que fue elegida entre 200 candidatas.

Su primer trabajo interpretativo como protagonista fue en la obra de teatro Uncle Silas, de 1946, y seis años después fue contratada por Hollywood En ese tiempo tuvo gran éxito en 1949 con el film Ofelia, interpretación por la que fue premiada en el Festival de Venecia de ese año. No obstante, las dos primeras películas por las que dio el salto a la popularidad fueron La laguna azul y Cadenas rotas.

Los años 50 le aportaron sus mayores éxitos, de los que destacaron los conseguidos con los filmes La túnica sagrada, de 1953, Sinuhé el egipcio y Desirée, aunque más tarde también destacó en El fuego y la palabra. La superproducción de Stanley Kubrick Espartaco la consagró definitivamente a la fama.

Destacan igualmente sus interpretaciones en películas como Adán y ella, de 1949, Extraño suceso, de 1950, o Cara de ángel, de 1953. Este último año fue especialmente prolífico para la actriz, pues rodó también La reina virgen junto al actor Stewart Granger, con el que se había casado tres años antes, y La actriz.

En Pasos en la niebla demostró una vez más su versatilidad al desempeñar el rol de mala de la película, filme al que siguen otros de gran éxito como Horizontes de grandeza, dirigida por William Wyler en 1958, o Esta tierra es mía, interpretada junto a Rock Hudson en 1959, pasando por la comedia Ellos y ellas, de 1955. a culminación de su carrera dramática se produjo con su interpretación en El fuego y la palabra, de 1959. Con su trabajo en Espartaco confirmó su presencia entre las grandes estrellas de Hollywood. Al año siguiente cambió los excesos dramáticos para respirar los de la deliciosa comedia Página en blanco, que rodó junto a Cary Grant.

Poco más cabe destacar de la década de los sesenta, en cuyos principios obtuvo su divorcio y contrajo nuevas nupcias con el director Richard Brooks, si no es mencionar uno de sus mejores trabajos en Vivir en la cumbre, de 1965, además de su intervención en Con los ojos cerrados,de 1969, que le supuso la candidatura al Oscar.

 

*He tomado esta necrológica de internet: es la de la agencia EFE que se halla en muchos periódicos. Siempre me ha gustado mucho Jean Simmons, sobre todo donde mejor la vi fue en ‘Ellos y ellas’ con Marlon Brando. Y en ‘Espartaco’, claro.