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Antón Castro

Artistas

DINO VALLS: UN DIÁLOGO

DINO VALLS: UN DIÁLOGO

PINTURA. DINO VALLS. Quizá sea uno de los artistas aragoneses de mayor proyección internacional. Acaba de ser objeto de una espectacular publicación en Alemania: ’Dino Valls. Works from 2002-2014’, con textos de John Wood y Steven Brown.

 

“La belleza es la dimensión

que compensa la angustia”

 

“A mí me toca representar

el vértigo existencial”

 

 

Tras tantos años de trabajo, de tensión y placer, de soledad, ¿ya sabe Dino Valls por qué pinta?

Sigo cartografiando el laberinto...

Un pintor como usted, ¿quiere contar algo, transmitir emociones, sugerir un mundo o se busca a sí mismo en cada lienzo?

Todo ello. Pero primordialmente es la búsqueda interior. Uno mismo es a la vez Teseo y el laberinto, el hilo y Ariadna, y, por supuesto, también Asterión el minotauro.

¿Qué le debe a los clásicos, a la historia misma de la pintura?

La consciencia y certeza de que, sea cual sea el lenguaje que se utilice, el verdadero arte siempre ha tratado sobre los temas eternos y universales.

¿Ha sido capaz de zafarse de la medicina? Lo digo porque parece presente en su trabajo.

Es parte de mí, así que también lo es de mi pintura. En mi obra representa el plano racional y científico que plantea una paradoja inerme frente a lo irracional.

¿Hay que conocer la mitología o un tratado de símbolos para disfrutar de su pintura?

Tanto la mitología como la simbología trabajan con los mismos temas que mi pintura, es decir, nuestro más profundo inconsciente colectivo, así que lo único que hay que hacer es considerarla un espejo de nuestro interior, asomarse y contemplar. Paradójicamente, la ambigüedad en la interpretación de una obra de arte, lo que la define como una “obra abierta”, es lo que superficialmente suele considerarse como una obra críptica, cerrada. Y viceversa, con las que tienen un discurso cerrado.

Se dice que pinta mucho y con lentitud, que es perfeccionista, que se entrega con una parsimonia infinita. ¿Cuál es su relación con el tiempo?

Quizás una relación ansiógena, esa intensa dedicación que considero necesaria para mi trabajo, consume un enorme caudal de tiempo y disposición mental, que luego echo en falta para otras actividades.

Fabrica las pinturas, los pigmentos, es muy minucioso. ¿Qué se siente más un artista o un artesano?

Aunque en ciertas épocas he trabajado con temples, ’gessos’ y óleos elaborados por mí, actualmente he adaptado ciertos procedimientos tradicionales a mi forma personal de trabajar sin tener que fabricarlos artesanalmente. Y aunque soy muy exigente con las técnicas y procedimientos, que considero un deber de honradez profesional, son para mí siempre algo secundario e instrumental respecto al concepto global de la obra. En eso me alejo de gran parte de la pintura figurativa contemporánea, frecuentemente volcada en el aspecto formal y ajena a otros contenidos conceptuales.

¿Por qué le cuesta tanto hacer un cuadro, qué le exige tantas horas y paciencia?

Son cuadros muy elaborados, realizados con una laboriosa técnica de sucesivas capas y veladuras, con muchos elementos y detalles que además voy pintando sin tener modelos ante mí, únicamente la imaginación, la intuición plástica, y la memoria visual. Aún así, una parte importante del tiempo dedicado a cada obra, se desarrolla antes de empezar siquiera la preparación de la tabla. Habitualmente, son semanas y decenas de bocetos durante los que se va desarrollando y configurando la composición del cuadro, a partir de ciertas ideas germinales que necesito profundizar mediante un incierto y obsesivo proceso interior de imaginación activa como el descrito por Jung y von Franz, que va generando la proyección psíquica de formas visuales interrelacionadas que van componiendo el boceto definitivo. Cada elemento, cada color y textura que aparece en mis obras, ha sido decidido previamente, nada es casual o exteriormente predeterminado, porque mi estudio está vacío. Aunque también tengo que aclarar que eso no implica que comprenda racionalmente todo lo que aparece en mis pinturas.

Es figurativo, pero poco complaciente. ¿Pretende también que su pintura produzca escalofríos o pesadillas?

Pretendo el equilibrio estático (y extático) entre la atracción de la belleza y la inquietud ante lo irracional. En esa inmovilidad que las fuerzas antagónicas provocan, se crea el escenario ideal para la introspección y la reflexión del espectador. La belleza es la dimensión que compensa la angustia.

Su pintura es de una belleza inquietante, parece levantar el miedo como con escalpelo. ¿Le duele de modo especial la vida? ¿Qué es lo que más le perturba?

El sentido de nuestra existencia, la eterna pregunta.

¿Y lo que le hace más feliz? ¿Qué es lo que más le hace reír?

Mi pintura no, desde luego. Hay muchos artistas que han elegido representar únicamente la belleza, la celebración de la vida. A mí me ha tocado representar el vértigo existencial.

¿Cómo se lleva con Aragón y con Zaragoza?

Aparte del ámbito personal y familiar, es una relación afectiva, y percibo la reciprocidad de ese sentimiento.

Su último libro, publicado en Alemania y en inglés, recoge casi tres lustros de su pintura. ¿En qué ha cambiado y qué le sigue obsesionando?

Esta publicación reproduce mis obras realizadas desde la anterior monografía editada aquí (con Cajalón y el Palacio de Sástago) en el 2001, por lo que complementa e ilustra una trayectoria muy amplia de mi pintura hasta la actualidad. Junto con la evolución y los cambios que pueden percibirse según periodos, viene manteniendo desde las primeras épocas su focalización en el ser humano, una constante indagación de la psique, un deambular por los sótanos de la mente.

¿De qué pintores disfruta?

De muchos y de muchas épocas y estilos, y eso que la deformación profesional impide disfrutar plenamente como espectador...

Se ha anunciado varias veces la muerte de la pintura. ¿Practica una disciplina abocada a la desaparición o piensa que puede extinguirse de veras?

No anunciaron su muerte, sólo la condenaron a muerte. Pero como a cualquier condenado a muerte al que finalmente se le conmuta la pena, retoma la vida con una intensidad y profundidad renovadas. Quizás le fue necesaria la condena...

 

*La foto está tomada de aquí:

elencantoocultodelavida.blogspot.com

 

LA JOVEN CLARA CAMÍN ESTRENA HOY 'REVOLUCIÓN DEL ARTE'

LA JOVEN CLARA CAMÍN ESTRENA HOY 'REVOLUCIÓN DEL ARTE'

La joven actriz que se atreve a montar un musical

 

Clara Camín, actriz y pastelera de 21 años, ha creado ‘La revolución del arte’, una pieza sobre la crisis de los artistas y lo estrenará en el palacio de Congresos el tres de enero

 

El lema de Clara Camín –zaragozana nacida en 1993, actriz y pastelera- podría ser “Todo por un sueño”. El sueño se llama ‘Revolución del arte’ y es un musical,  protagonizado por una decena de actores, cantantes y bailarines, que se estrenará en el Palacio de Congresos hoy sábado tres de enero. La historia de este montaje parece un cuento de hadas o una ficción de Navidad. Clara siempre se ha sentido atraída por los musicales, pero quedó literalmente cautivada durante su estancia de dos años en Madrid, entre 2011 y 2013. Hizo teatro, asistió a los principales musicales y regresó a Zaragoza con una quimera entre ceja y ceja. Se apuntó a un curso de monólogos en el Teatro de las Esquinas, con Joaquín Murillo, y eso fortaleció su tentativa.

“El musical me parece el espectáculo más complejo y más complejo. Lo tiene todo: teatro, canción, danza, etc. Cuando asisto a un montaje de calidad como ‘Rey León’, ‘Blancanieves’, ‘La bella y la bestia’, ‘Los miserables’ o ‘Aladino’, pongamos por caso, me meto en mí misma y en ese instante desaparece el mundo. Me fascina ver cómo el público disfruta con la música y con los personajes”, confiesa. Tanto es así que empezó a trabajar, poco a poco, en un montaje: ‘La revolución del arte’. Escribió el libreto, le dio vida a los personajes y un día decidió convocar un castin. La experiencia de Ignacio Estaregui -su película ‘Just&cia’ nació de su pérdida de empleo- fue estimulante para ella: concertó una cita con el realizador, quiso saber más cosas de su apuesta y se entusiasmó: quien quiere puede, vino a decirse. “Sí, fue así. Publiqué noticias en prensa, puse carteles, utilicé las redes sociales y se presentaron 150 personas”. Ella misma, en Casas de Juventud y Centros Cívicos, realizó la elección del reparto: a los candidatos les mandaba un texto, les pedía que actuasen y cantasen una canción, etc. Escogió el elenco, contó con la ayuda de un coreógrafo de la República Dominicana, y se puso manos a la obra.

¿Cuál era su bagaje, en realidad? Clara Camín se sincera, padece la ansiedad del preestreno. Así, de entrada, parece tener más ilusión que formación: “No sé cantar, soy básicamente actriz, pero tenía algunas ideas. Trabajaría, ensayaría, ultimaría aspectos del vestuario, del decorado, de las canciones, me dije. Y eso he hecho: he dirigido y he organizado la pieza, y he aprendido muchísimo”. Por ahora todo es una incógnita, pero Clara Camín se ha atrevido a casi todo: a escribir algunas canciones y a adaptarlas a músicas existentes de Smash y Ricardo Arjona, a desarrollar algunos diálogos.

“‘Revolución del arte’ es una obra que habla de la crisis, de la imposibilidad de trabajar y de vivir del arte. De lo que nos gusta. Cuenta la historia de cinco personajes básicos sin demasiado fortuna: una actriz, un pintor, una cantante, un bailarín y una escritora. A todos ellos se les opone alguien que se llama Míster Estético, que es un personaje perverso, maquiavélico y engreído. La pieza también es de denuncia y aquí se critica también el IVA que está muy alto”, resume.

Clara Camín dice que la escritora es Celia Artal, a la que define como una “actriz muy completa, que hace algo de baile y que posee una bella voz quebrada”; el pintor es Manuel Vázquez, un toledano de 24 años, que “canta muy bien, posee un espléndido chorro de voz”; el bailarín es Jorge Riela, de 16 años, que estudia en la Escuela de Danza y sueña con dedicarse solo al ballet; la cantante es Irene Bona, “que tiene experiencia de teatro”; la actriz es Andrea Pons, que “canta y actúa muy bien con estilo naturalista”; y Míster Estético es Juanjo Martínez, jienense de 21 años, que atesora “una voz potente y grave que le pega muy bien al personaje”, señala Clara. Este elenco, y algunos componentes más, que los hay, trabajan desde septiembre. Ahora, en vísperas del estreno, ensayan seis días a la semana y, más de una vez, dice, “me emociono en los ensayos. Se entregan”.

Ya puesta, a Clara Camín no la detiene nada. Ha formado una asociación cultural y ha contratado para el tres de enero el Palacio de Congresos, que le costará 5.800 euros, “ya he pagado dos plazos”, dice, e invertirá 3.200 euros más en el montaje; en total, ‘La revolución del arte’ tiene un presupuesto de 9.000 euros. No cuenta con ayudas; hace una excepción: “Mis padres me animan muchísimo y mi madre está siempre al quite. ‘¿Qué necesitas?’, me dice”, revela Clara Camín. Todo sale de sus ahorros y de su oficio de pastelera; ella trabaja por la mañana y ensaya por la tarde; su marido, el artista Francisco Gil pinta por la mañana y atiende la tienda en la jornada vespertina. “Estoy tranquila. Hemos hecho varios ensayos generales. Soy muy perfeccionista y soñadora. Estamos trabajando muy duro y confío en nosotros. En todo el equipo”. Lo dicho: esto se parece a la fe ciega, al sueño desbocado y contagioso. Ya se han vendido 450 entradas, que cuestan entre 21 y 16 euros. Clara, con un candor casi infinito, invita a la insurrección de la cultura.

 

*Este casi ’Cuento de Navidad’ de publicó en Heraldo. Hoy es el estreno en el palacio de Congresos. La foto es de Sonia Jiménez.

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JESÚS MONGE: UN DIÁLOGO

Jesús Monge es un pintor hiperrealista: le apasionan Zaragoza y el mar, el paisaje y la ciudad. Expone en Isaac Peral, 1. *

 

“Soy un pintor de luz de mi tiempo y a la vez clásico”

 

 

Usted siempre lo ha tenido claro: arte figurativo ante todo.

Sin duda. De joven, como muchos otros, me acerqué a la abstracción. Estuve cerca del grupo ‘Forma’ en los años 70, hice algunos cuadros abstractos, pero no me sentía cómodo ni sincero y acabé dejándolo. Estaba sumido en una crisis, como si no fuera mi tiempo, aunque el arte (la pintura y la escultura) era mi vida y mi pasión.

¿Qué hizo?

Había que vivir, trabajar, buscar otros caminos. Me centré en la decoración de interiores, el diseño. Hice bastantes proyectos, trabajé con arquitectos e ingenieros...

De golpe, casi, decidió volver a la pintura por todo lo alto. ¿Por qué?

Sentí esa necesidad y también me empujó la crisis. Había menos trabajo y, a la vez, quise recuperar mi verdadera personalidad a través de la pintura. Pinté mucho, con ese estilo figurativo, próximo al hiperrealismo. Cuando tuve bastantes cuadros busqué galería.

¿Qué pasó?

Presenté mi trabajo en varios espacios, pero no les interesó mi obra. Me sentí un tanto frustrado; era como si estuviera, otra vez, fuera de sitio. Pensaba que mi obra tenía calidad, había un mundo, rendía homenaje explícito a Zaragoza, a sus calles como el Coso, etc. Y, la verdad, me sentía satisfecho. Y entonces el pintor y diseñador Paco Rallo, al que conozco desde los tiempos de ‘Forma’, me sugirió que alquilase una sala. Y es lo que hice en la calle Isaac Peral, 1.

Y tuvo mucho éxito...

Mis cuadros se comentaron, la gente entraba a verlos y me felicitaba, y vendí casi todas las piezas. Para mí fue toda una experiencia y una satisfacción: me había reencontrado conmigo mismo y con el público. Y eso me dio confianza.

Tanta, por lo que veo, que ha vuelto a repetir la jugada...

Sí. En un año he pintado y dibujado mucho. Me lo juego casi todo. Parece exagerado, pero es la verdad. En esta veintena de obras se reúne un año de intenso trabajo.

Hay algunos cambios. Por ejemplo, ahora Zaragoza parece interesarle menos.

Tampoco es eso, pero tenía la sensación de que Zaragoza era la gran protagonista de la exposición interior. Aquí Zaragoza sigue presente en la plaza de San Felipe, un cuadro que refleja el suelo mojado, en la estación de Saica, que es una de mis obras más queridas y más complejas; hay un cuadro de niebla en la ciudad, pero hay otros lugares...

Hay marinas de Tossa de Mar, Venecia y de Costa Ballena en Cádiz...

Sí. El mar es un motivo de inspiración muy especial en esta muestra. No me preocupa tanto el realismo como la atmósfera, el contexto, el sentimiento. Soy un pintor de emociones. Intento despertar emociones en el espectador. Me siento un discípulo de Goya, de algunos impresionistas. Y de Durero, claro...

¿De Durero? Lo dirá por esa pareja de Adán y Eva, negros...

Sí, claro. Son un diálogo con Durero y con su ‘Adán y Eva’, un homenaje. Son dos cuadros difíciles, complejos, que me han exigido un gran esfuerzo plástico. He contado con modelos reales, y creo que son dos de las obras más ambiciosas. Sin embargo, no son mis favoritas...

¿No? ¿Cuáles son?

Me interesa mucho ‘Vista de Covadonga’,  que es un estudio de los distintos planos del paisaje en la tela. O esos cuadros donde se ve la espuma, los charcos que deja el agua, la arena: la superficie algo informe de entrada, pero poco a poco creo que le voy dando forma, coherencia y armonía al conjunto. Me siento un pintor de luz. Un pintor de mi tiempo y a la vez un pintor clásico, laborioso, perfeccionista, que se afirma en la historia de la pintura.

 

*Esta entrevista apareció en ’La Contra’ de Heraldo de Aragón.

LIBRO DE LOS TITIRITEROS

LIBRO DE LOS TITIRITEROS

QUÉ BELLO ES VIVIR. Los Tititireros de Binéfar aman su oficio: sueñan, crean espectáculos, seducen al público en el Teatro del Mercado y además divulgan su pasión por contar. Ahora publican ‘Oficio de titiriteros’.

 

La vida pendiente de un hilo

 

Los Tititireros de Binéfar, Pilar Amorós y Paco Paricio, dialogan con Joaquín Melguizo sobre su oficio en un libro

 

Antón CASTRO

Decir Navidad casi siempre supone decir y evocar a Los Titiriteros de Binéfar. Siempre están ahí, con el oficio por bandera, con la artesanía de los hilos o el guante, con la manufactura de los muñecos, dispuestos a contar y a embrujar con una historia. Este año lo están por partida doble, en sus funciones en el Teatro del Mercado, de nuevo, y con un libro que es como una autobiografía y a la vez un repaso a una disciplina teatral que ya aparecía en el Quijote (allí ya se cita al ‘trujamán’, el niño que ayuda al titiritero) y que entusiasmó, entre otros, a “intelectuales de la República” como Federico García Lorca o Rafael Dieste, pero también a Angelina Beloff, primera esposa del pintor muralista Diego Rivera, que redactó una monografía. Se trata de ‘Oficio de titiriteros’ (La Casa de los Títeres de Abizanda), un diálogo de Joaquín Melguizo, dramaturgo y crítico teatral de HERALDO, con Paco Paricio y Pilar Amorós, que son el embrión de la compañía, aunque ahora sus propias hijas Eva y Marta siguen en este arte de comunicar donde “los muñecos cobran vida”.

El libro tiene otra aportación singular complementaria: ofrece una pequeña y jugosa historia en imágenes de este género con carteles, dibujos, grabados, reproducción de páginas de periódico y de revista, portadas de libros, cuadros y fotografías, entre otras cosas, materiales que forman parte del archivo de la Casa de los Títeres de Abizanda, que ellos poseen y abren al público en verano.

Pilar Amorós dice que “un títere es un elemento que tiene una relación directa con la estética, es un elemento plástico con el que puedes jugar infinitamente (...) Es un intermediario. Independientemente de todo eso, el títere para mí ha sido la vida. Todo”. Y dice, medio en broma y medio en serio, que se enamoró de Paco “y primero tuve que enamorarme de los títeres. O al mismo tiempo, porque forman un todo”.

Como este es un libro repleto de historias y de viajes y de confidencias, Pilar Amorós recuerda los inicios de su compañero, aún adolescente, vinculados a Gerardo Duat, ‘Gerardini’, titiritero de San Esteban de la Litera. “Gerardo venía con su moto y su maleta llena de muñecos a un salón parroquial de Binéfar a ‘echar la comedia’. Necesitaba alguien que le moviera los muñecos y me ofrecí a ayudarle. Era muy joven, tendría entonces unos doce años”, dice Paco, y agrega que “el títere es el objeto posibilitador, (...) el títere es un objeto que comunica desde una perspectiva poética y mágica”. Lo vincula a la figura del chamán que lo mueve y subraya: “El títere sería el objeto que forma parte de un rito, el objeto que permite a la sociedad explicarse, interpretarse. Un exorcismo que saca fuera los miedos, los temores, que hace la crítica que comentaba Pilar. El títere libera todas esas energías, pero en el mismo tono en el que se cuenta un cuento a un niño...” Y algo más adelante resume: “El teatro de títeres es el rito mismo del teatro”, donde se pretende que el público acepte que el muñeco está vivo y que crea lo que se cuenta.

Los Titiriteros confiesan otra ambición, otra poética de trabajo: “cada vez que hacemos un espectáculo tenemos la esperanza de que sea un clásico”. Y parece que lo han logrado con montajes como ‘Dragoncio’, ‘El hombre cigüeña’, ‘La fábula de la raposa’, ‘Cómicos de la legua’ o ‘El bandido Cucaracha’, quizá el espectáculo del más que se habla. Dice Paco: “[Los niños] deben saber, por ejemplo, que el bandido Cucaracha mató a un hombre, se hizo bandido y al final lo mataron a él, pero que, a pesar de eso, era buena persona... Hace poco me preguntó una niña al acabar: ‘Pero, ¿quién es el bueno de esta historia?’. Parece simple, pero es una pregunta fundamental”.

La conversación continúa y continúa, con un Melguizo que interroga y aporta teoría teatral: se habla de la técnica (algo que les apasionan y que miman mucho), de la transgresión, de una “magia especial que se consigue aunando observaciones, esfuerzos, intuiciones, trabajo y oficio”. A veces, la actualidad asoma a una función como ‘Retablo de Navidad’, donde decían los diablillos: “Eres más malo que la Merkel”. Eso sí, Pilar y Paco tienen otra premisa: quieren hacer funciones para todos, para el buen público de cualquier edad.

EL PINTOR JOSÉ ORÚS HA MUERTO

EL PINTOR JOSÉ ORÚS HA MUERTO

*Este texto acaba de publicarse en heraldo.es

 

Orús, el artista del color y de la luz

 

Antón CASTRO

A José Orús (Zaragoza, 1931-2014) no le gustaba mucho hacer teorías sobre su trabajo. Solía decir que “la pintura es personal e intransferible” y, en su caso, se desarrolla a partir de términos que se encadenan: el sentimiento o la emoción, la idea, el concepto y la manufactura, la aplicación de la pincelada. Se retrató en muchas ocasiones como un pintor que investiga y que trabaja con dos elementos claros: la materia y la energía. Y, por extensión, buscaba el cosmos, el magma, el corazón de los volcanes, un universo completo y aquilatado de matices que descansaba sobre otra convicción plástica: la pintura-pintura. Él era, y siempre lo quiso ser, un artista despojado de anécdotas: un pintor de color. El color siempre estaba ahí, como un rasgo definitivo, un color que evolucionaba hacia nuevas metamorfosis cromáticas mediante luces exteriores o, dicho de otro modo, mediante ciertos tonos del negro.

No fue un pintor intelectual, nunca, sino más bien un pintor de cosmogonías. A María Pilar Sancet le recordaba en una entrevista que “no era un pintor de planeticas”. Despreciaba lo obvio y prefería lo telúrico, el misterio, la fuerza de las texturas y los relieves, el arrebato de la luz.

Acaba de fallecer a los 83 años. Recién cumplidos. Había nacido en Zaragoza en 1931 y desde muy pronto sintió una doble llamada: la de la poesía y la de la pintura. Vinculado siendo joven con la tertulia pictórica y literaria del Café Niké, amigo entrañable de Miguel Labordeta, escribió poemas e incluso ordenó dos pequeños poemarios de los que se despidió en una ceremonia, entre festiva e irónica, con sus amigos. Entonces, según ha recordado en varias ocasiones, se  extinguió el poeta y nació el pintor. Miguel Labordeta y el editor y escritor Julio Antonio Gómez, ‘el Gordo’, lo bautizaron como “como poeta oficial del Niké”, algo que le gustaba. Como le gustaba recordar que había sido muy buen amigo de Fermín Aguayo, uno de los pintores de Pórtico (con Santiago Lagunas y Eloy Laguardia), y que había convivido con él en Zaragoza y también en París, cuando vivía con su gran amor Margarita. José Orús debutó en la pintura en 1950 haciendo abstracción e informalismo y expresionismo, una pintura sutil, casi monocroma, con tonos entre terrosos y verdes, de gran fuerza poética, próxima a Jean Dubuffet, en algún instante. En 1955 se trasladó a París y allí, con idas y venidas a Zaragoza y a diversos lugares, desarrolló durante una década nuevas fases como su etapa dorada o época metálica, que dio mucho de sí.

Más tarde, estuvo en alguna ocasión en Nueva York y de allí retornó con una nueva idea que suponía una evolución de sus pigmentos metálicos: perseguiría los cuerpos celestes y crearía una pintura diferente, personal, que se alimentaba de luces exteriores. Esa tercera orientación, que no iba a dejar jamás ya, se titularía ‘Mundos paralelos’. Ese corpus totalizador de casi 40 años. Ahí creció, con pasos suaves, con avances y retrocesos, con intensa e íntima actividad. Sabía lo que pasaba a su alrededor en el mundo de las artes plásticas, pero seguía su camino, que le ha permitido estar en diversos museos y colecciones y exponer en Aragón, en España y en distintos lugares del mundo: Venecia, Berlín, Oslo, Nueva York, Basilea, Buenos Aires o Viena.

Zaragoza, su tierra de origen, acabaría convirtiéndose en su ciudad de creación, en la capital del color y del oficio y en su refugio. Aquí ha sido reconocido y querido, aunque jamás le han sobrado los reconocimientos oficiales. Fue objeto de exposiciones antológicas o retrospectivas en la Lonja, en 1976 y en 1993, expuso en la Sala Luzán, en colectivas e individuales, y en 2011 fue invitado a exponer en el Museo Salvador Victoria, otro pintor lírico, de variado colorido, apasionado por la geometría, con el que tiene algunas semejanzas. En 2003, el Museo Mariano Mesonada de Utebo le ofreció sus espacios y donó 114 de sus obras de todos los períodos. Mucho de los mejores cuadros que ha pintado y que excitan la imaginación de los niños, sobre todo los de la gran habitación negra. Tienen la sensación de vivir una experiencia inefable en una noche de cambiantes constelaciones.

José Orús amaba Zaragoza. Tuvo multitud de estudios y, en el fondo, se sabía un pintor solitario que también era solidario. Un pintor reconocible y coherente. Era padre de la crítica e historiador del arte Desirée Orús, que ha estudiado su obra del derecho y del revés; ella estuvo muy cerca de él hasta que cerró los ojos para volar en dirección noche hacia ese lugar enigmático donde se encuentran, tal vez, las mejores luces. La vibración última del sueño y del descanso. Con José Orús desaparece un pintor apasionado, que podría parecer huraño; en cuanto uno se le acercaba, dispuesto a oírlo o a entenderlo, la fiereza se suavizaba e irrumpía el humanista, el viajero, el conversador, el pintor de una pieza al que le gustaba hablar, escuchar y revelar algunos de sus secretos.

LOS BORBONES EN PELOTA Y SEM

EL RETRATO PORNOGRÁFICO DE LOS BORBONES

 

Por David BECERRA. Para elconfidencial.com

Lo tomo de aquí: 

 

http://www.elconfidencial.com/cultura/2014-12-31/el-retrato-pornografico-de-los-borbones_614978/

 

Si les pareció empalagoso el retrato de la familia real realizado por Antonio López, sea porque no les interesa el arte cortesano, sea porque el exceso de luz en realidad ocultaba las partes oscuras de tan regia familia, acaso una buena forma de reconciliarse con la pintura palaciega sea aproximarse a las acuarelas satíricas firmadas por el seudónimo SEM, y normalmente atribuidas a los hermanos Bécquer, Valeriano y Gustavo Adolfo, tituladas Los Borbones en pelota.

Aunque está muy extendida la expresión «en pelotas», en plural, para referirse al desnudo, por la asociación que se establece, por su cuestiones obvias, entre los testículos y las pelotas, lo cierto es que en su origen la expresión se escribía en singular, ya que «pelota» era el nombre que recibía la prenda interior que se usaba en los siglos XVI y XVII.

Una reedición de ’Los Borbones en pelota’ cuestiona la autoría de los hermanos Bécquer y ofrece nuevos textos que acompañan las polémicas ilustracionesEn Los Borbones en pelota la monarquía no aparece tan favorecida como en el retrato de Antonio López. Estas acuarelas, que fueron publicadas en revistas periódicas de la época, aunque también en aleluyas o litografías sueltas, entre 1865 y 1872, muestran a la reina Isabel II y a su comitiva de cortesanos en las alcobas, y no descansando después una agitada jornada de trabajo precisamente. Se trata de una colección de imágenes satíricas que, acompañadas por frases o versos igualmente mordaces que ponen en palabras lo que la imagen enseña, caricaturizan la vida política del reinado de Isabel II desde una perspectiva claramente antimonárquica

Son dibujos que rozan, y en ocasiones superan, lo pornográfico. En ellos reconocemos a los personajes más ilustres de la época, desde Sagasta hasta el Papa, además de los siempre presentes Borbones, sin ropa y en el ejercicio de distintas actividades lujuriosas. Con el sexo al aire, vemos a la reina masturbándose o regodeándose de placer con distintos personajes, sean clérigos, viejos, diputados o «con chulo, cetro y corona», como reza el texto que acompaña una acuarela. Mientras tanto, Francisco de Asís, el esposo de la reina, aparece siempre ilustrado con cuernos que adornan su frente o entendiéndose con una monja, cuando no se le nombra directamente «el rey consorte /primer pajillero de la corte».

Todo ello, con la convulsa vida política de fondo, con especial atención a la revolución de septiembre de 1868, denominada «La Gloriosa», que puso fin al reinado de Isabel II. En fin, los Borbones en estado puro, siempre envueltos en escándalos morales y políticos. Más o menos, como ahora.

Los Borbones en pelota acaba de conocer una nueva –y original– edición, coordinada por Manuel Martínez Forega para la editorial Olifante Ibérico. Esta edición, además de presentar las acuarelas originales, se completa con textos y poemas escritos en la actualidad, que glosan, en prosa o en verso, lo que sucede en las sátiras. Entre la nómina de autores –casi un centenar– que integran esta edición de Los Borbones en pelota destacan poetas como Antonio Orihuela, Alberto García Teresa o Luis Alberto de Cuenca, intelectuales como Ramón Acín o Fernando Aínsa, o políticos como Chesús Yuste. Todos estos textos, de un modo u otro, actualizan o dan continuidad a unas imágenes que tal vez, a pesar del siglo y medio de distancia, no han perdido del todo la vigencia.

Además, esta edición Los Borbones en pelota está precedida por un riguroso estudio introductorio del profesor Jesús Rubio Jiménez, en cuyas páginas cuestiona que la autoría de esta colección de acuarelas pertenezca en exclusiva a los hermanos Bécquer. Para ello el autor considera conveniente no perder de vista la secuencia cronológica.

 

Las acuarelas Los Borbones en pelota fueron ingresadas en la Biblioteca Nacional en 1986 y publicadas por primera vez como conjunto por Lee Fontanella en 1991. En la edición de Fontanella se atribuye la autoría de las acuarelas a los hermanos Bécquer al retomar, sin cuestionamiento crítico, los estudios realizados en la década de los cincuenta del siglo XX. Todo el malentendido partía de una nota necrológica sobre Adolfo Gustavo Bécquer, publicada en la revista Gil Blas, donde se decía que los hermanos Bécquer habían firmado sus dibujos en la primera época de esa misma revista usando el pseudónimo SEM.

Esta nota sirvió para armar la teoría de los hermanos Bécquer como autores de Los Borbones en pelota. Cuando en 1991 se publicó la edición de Fontanella dio comienzo al debate. Unos no creían que un poeta sensible como el romántico –o post-romántico: no es este lugar para controversias académicas– Gustavo Adolfo Bécquer pudiera verse mezclado con imágenes satíricas, de elevado contenido pornográfico, como las que mostraban las acuarelas; otros, la mayoría, asumieron la identificación de la firma SEM con los hermanos Bécquer a la ligera, sin reparar en otras cuestiones que parecían contradecir tal asociación.

Rubio Jiménez, el autor del estudio de esta edición de Los Borbones en pelota, se opuso a la identificación no porque le causara incredulidad la asociación entre las imágenes y el romanticismo becqueriano, sino porque observó que la cronología no encajaba. Si bien puede ser cierto que, como reza la necrológica, los Bécquer pudieron publicar en Gil Blas bajo el pseudónimo SEM en 1965, también es verdad que SEM siguió firmando litografías una vez los hermanos Bécquer habían fallecido.

¿Quién hay detrás de SEM? ¿Varios autores? Es probable, pero lo que parece seguro, según ha demostrado Jesús Rubio Jiménez, es que el autor de algunas acuarelas fue el pintor republicano Francisco Ortego. Esta edición, pues, se publica ya sin el nombre de los Bécquer en el lomo del libro, dejando su autoría en la misteriosa firma SEM.

Sea como fuere, en Los Borbones en pelota los tatarabuelos de quienes hoy ostentan el cetro y la corona, y no sabemos si algo más, no salen tan favorecidos como en el retrato de Antonio López, pero acaso ilustran mejor los escándalos que desde aquellos años les vienen acompañando.   

RAÚL ARTIGOT. UN DIÁLOGO

RAÚL ARTIGOT. UN DIÁLOGO

RAÚL ARTIGOT. (Zaragoza, 1936- Asturias, 2004). Director de cine, guionista, iluminador, productor, autor teatral y fotógrafo. Ha trabajado mucho en TVE, y ha dirigido tres películas: “El monte de las brujas” (1972), “Cabo de vara” (1977) y 1984, “Bajo en nicotina” (1984). [Recupero esta entrevista publicada en 2014]

 

-Señor Artigot, no crea que sabemos demasiadas cosas de usted.

-Nací en Zaragoza en febrero de 1936. En realidad, yo tenía que haber nacido en Cantabria. Mi madre era asturiana y mi padre aragonés de pura cepa, y él se empeñó en que yo naciese en Zaragoza. Mi madre tenía una vértebra rota, pues fue igual. Vinieron por aquellas carreteras estrechas, llenas de curvas, y con aquellos coches. O sea que el parto debió ser algo terrible.

 

-¿Y fue un niño de cines como Borau, Castellón o Artero?

-Sí, claro. Fui al cine todo lo que pude. Al Fuenclara, al Frontón Cinema, al Iris Park. Nos daban una peseta y te las arreglabas. Mi infancia transcurrió en Zaragoza, pero luego me fui a Asturias y me decanté por la fotografía porque mi padre tenía un laboratorio fotográfico. Colgué mis estudios de Ciencias Físicas.

 

-No sería por mucho tiempo esa dedicación. En 1960 ingresó en la Escuela de Cine...

-Entonces se llamaba Instituto de Experiencias Cinematográficas. Estaban ya allí José Luis Borau y Saura como profesores. Y Berlanga y José Aguayo, que fue mi profesor de fotografía y me enseñó muchas cosas.

 

-En 1964 acabó y empezó a fotografiar.

-En realidad no acabé entonces, pero yo tenía unas ganas de trabajar enormes. Tras hacer una película de prácticas con Santiago Sanmiguel, me salió un trabajo para un película infantil. Como aún no tenía el título –me lo dieron al año siguiente-, me firmó un policía, Fernando Ruiz del Rio, y pude hacer mi primera película. Ya tenía mucha experiencia en foto fija, me apetecía hacer fotografía en movimiento, que es el cine. Eso era lo que me interesaba.

 

-Le interesaba tanto que hizo usted, entre mil cosas, porno.

-Porno duro y porno blando, con Jesús Franco y con realizadores italianos. Y le diré que me gustaba más el de antes. Estaba mejor hecho: había por lo menos un guión.

 

-Pero también hizo muchas películas del destape español, y en concreto con Mariano Ozores: “El liguero mágico”, “El erótico enamorado”, “Yo inventé a Roque III...”, “Todos al suelo”...

-Hice películas con todo el mundo casi. Ahora estoy escribiendo una revisión sobre ese tipo de cine. Aquí ha ocurrido una cosa verdaderamente trágica: la crítica española. Aquellas eran películas coyunturales. Mariano Ozores, por ejemplo, leía las noticias del periódico y se le ocurrían películas. Y en tres meses las hacía, sin más. Luego venía la crítica y las destrozaba sin compasión. Ferozmente. Incluso a los actores, que eran cojonudos. Los ponían a parir, y luego esa misma crítica se comportaba de modo lacayo con espantosas películas norteamericanas.

 

-¿De qué críticos habla, por ejemplo?

-Pues de Pedro Crespo. Siempre recuerdo una anécdota muy curiosa: a Alfredo Landa, que es el mejor actor español y ya lo era entonces, siempre lo ponía fatal y solía decir: “¿Quién es el crítico ése? En cuanto me lo presentan le voy a dar dos leches bien dadas”. La crítica española me ha parecido siempre nefasta.

 

-También ha trabajado con aragoneses: con Artero, con Alejo Lorén.

-Con Antonio Artero me llevaba estupendamente, estábamos siempre juntos. Y con Alejo Lorén hice en 1979 “Esta tierra”, un documental extenso. Es un buen muchacho, le tengo mucho cariño y lamento que no haya hecho más cine.

 

-Participó usted en series de éxito como “La plaza del diamante” (1982) en TVE.

-Esa serie tiene una curiosa historia. Participé en ella casi de milagro. Eran ya los tiempos de las autonomías. Gracias a una estratagema de Francesc Betriu, que hizo creer a todos que yo era catalán, pude hacerla. Fue una serie muy preparada: realicé el “story board”, participé en las localizaciones durante varios meses. Todo estaba muy planificado, Betriu odia las cosas mecánicas, y me encomendó todo ese trabajo mientras él se preocupaba de la puesta en escena y de la dirección de actores. Tuvo una gran intuición con la actriz, Silvia Munt, una bailarina, que lo bordó.

 

-También hizo otra serie que no tuvo tanto éxito: “El mayorazgo de Labraz”.

–Sí, estaba basada en la novela de Pío Baroja y la dirigió su sobrino Pío Caro Baroja. La hicimos a conciencia y elegimos paisajes aragoneses: rodamos durante tres meses en Albarracín; y bastante tiempo en Borja, en Tarazona y en Veruela. Pero era una novela bastante difícil, poco atractiva en el fondo.

 

-Bueno, y volvió a rodar con su amigo Francesc Betriu “Réquien por un campesino español” (1985) de Sender.

-Era una novela que quería hacer todo el mundo. Un día Betriu recibió la llamada de alguien que le dijo que tenía los derechos. Me llamó y le dije que fuese de inmediato a un abogado a ver si era verdad y que le diese una señal. Así la compramos. Yo fui guionista con Betriu y productor. E hice la adaptación a imágenes y me encargué de las localizaciones. Fuimos a Chalamera y Alcolea de Cinca, pero acabamos viendo que se ajustaban mejor los paisajes de Arándiga y Chodes.

 

-¿Cómo valora la película?

-Creo que es una película digna, seria, bien hecha. Pero con ella pasó lo que suele ocurrir en España: los críticos extranjeros la pusieron bien, le dedicaron críticas en Estados Unidos, pero en España nada. Recuerdo que tuvimos un lío con ella. Quisimos titularla tan sólo “Réquiem por un campesino”, pero Pilar Miró se puso hecha una fiera. Nos acusó de catalanistas y hubo que titularla como la había titulado Sender: “Réquiem por un campesino español”. Esa película es de TV-3 y lo que ha hecho con ella es infame. Tenía una luz muy bonita y sale completamente oscura.

 

-¿Cómo nos explicaría su manera de entender la fotografía en el cine?

-La verdad, no lo sé. He intentado hacer las cosas bien...

 

-¿Cómo bien? Manuel Rotellar decía que la suya era “una luz lujuriosa, una luz erótica”, y varias actrices le han dicho: “Artigot: es usted el fotógrafo que siempre saca a las actrices guapas”.

-Rotellar me quería mucho. Desde que él se murió nadie me había entrevistado en Aragón.

 

--Hablemos de sus películas. Por ejemplo, de la primera: “El monte de las brujas”.

-Tuve muy mala suerte con el productor y con la censura. A raíz de un desagradable incidente por un desnudo no se llegó a estrenar en España, aunque sí se estrenó en Estados Unidos.

 

-¿Y “Cabo de vara” (1977), que se pasó en la muestra “Travesía”, que coordinó hace un par de años Vicky Calavia?

-Es una obra basada en la novela homónima de Tomás Salvador. Fui a verlo a Barcelona, hablamos, conducía endiabladamente y estaba sordo. Logramos entendernos y rodé la historia de unos presos en Ceuta a finales del siglo XIX. La cautividad de los hombres es algo que me preocupa mucho. Y conté con un actor estupendo que empezaba, Santiago Ramos, con Ramiro Oliveros y con muchos famosos del cine español.

 

-¿Qué nos dice de “Bajo en nicotina” (1984), a la que algunos han asociado a la nueva comedia madrileña?

-Qué disparate. Es una película trágica basada en la novela de Pérez Marinero. Es una novela despiadada, que carece de moral, una exhibición de cinismo. Yo había pensado para los papeles principales en José Sacristán y Charo López. Sacristán no estaba de acuerdo con el guión, con ese personaje frío, desmedidamente egoísta que acaba matando a los vecinos que le molestan. Yo creo que va por una línea próxima a Fassbinder de cine cruel y despiadado.

 

-¿Qué le parece eso de que repongan sus películas?

-Me parece estupendo. Aragón es la comunidad española con más cineastas, desde los Jimeno y Segundo de Chomón hasta nuestros días. ¿No le parece? Ahora ya estoy retirado: preparo mis memorias y escribo novela negra. Ando a la busca de un editor.

 

*La foto de Artigot con su compañera Delia me la cedió Vicky Calavia. Mil gracias.

EL ENIGMA JULIETA ALWAYS

Un libro intenta desvelar la rebeldía,

la vida y el arte de Julieta Always

 

Antonio Buil y Antonio Abarca publican una biografía de la pintora enigmática, loca y mendiga de Barbastro

 

“Julieta Always tenía, ante todo, una cualidad excepcional: nos interpela a nosotros mismos, nos invita a conocernos mejor. Le sucedió al pintor Modest Cuixart, a la escritora Ana María Navales y al periodista Luis García Bandrés”, dice Antonio Buil, uno de los biógrafos de Julieta Aguilar Coscuyuela (Barbastro, 1899-1979), una mujer con aureola que ha sido bailarina de cabaret, pintora y, finalmente, una mujer solitaria que se movía entre la excentricidad, la locura y la mendicidad. Dejó ecos, en su voz o a través de testimonios, de su carácter, de su promiscuidad, de su pasión por la vida y de una inteligencia que mezclaba el arte, la espiritualidad, el esoterismo y un sentido de la libertad que desembocó en la soledad.

“Yo la defino como rebelde y artista, como nuestro libro”, señala Antonio Abarca. Ambos, Toni Buil y Antonio Abarca publican ‘Julia Aguilar Always, rebelde y artista’ (que se presentará el jueves en la UNED), en el que han trabajado durante cuatro años y que ofrece varias novedades. Abarca las resume así: “Las aportaciones corresponden a la ficha policial y las pruebas de cargo contra ella porque estuvo tres días detenida en septiembre de 1931 por escándalo; los hoteles donde se alojó en Madrid; las noticias del manuscrito inédito de Julieta ‘Ríe y sé feliz’, que prueba el humor de su autora y que por desgracia se ha perdido; los diálogos en la cuarta dimensión de Julieta con Krishna Venta, un iluminado que se decía El Mesías”. Aunque la gran novedad sería la ordenación del copioso anecdotario que ya se conocía en un todo armonioso.

Toni Buil explica que estudió en la Escuela Normal de Huesca y que enamoró al farmacéutico y profesor de dibujo Jesús Gascón de Gotor. Estuvo al menos en dos ocasiones en París. Una, en los años 20, y frecuentó el universo de las variedades, “donde tenía la impresión de haber fracasado”, y la segunda vez en plena Guerra Civil, “debía estar ya en 1937”. A raíz de un desengaño, “o de una cadena de causas adversas que la sumieron en la confusión y en el desconcierto”, regresó a Barbastro y ahí fijó su residencia a partir de 1941, aunque realizó algunas salidas, sobre todo a Madrid, “donde la reconoció otro vecino trabajando de camarera”. Julieta había vivido en Barcelona y Madrid: conoció a gente principal de la política y el ejército y el arte. Toni Buil cuenta que fue amante de Miguel Primo de Rivera; en una ocasión le preguntaron si había seducido a su hijo José Antonio y ella dijo: “¡Cómo iba a hacerlo, si quise tanto a su padre!”.

En Barbastro vivió en pisos, en una bajera, en el palacio de los Argensola, estuvo casi un año en el Hospital Provincial y pasó los tres últimos con las monjas, que la cuidaron hasta su muerte en 1979. En Barbastro se convirtió en un mito local: encarnó la figura de la artista y la harapienta. “En los años 40 se entregó a la pintura con absoluto fervor; la absorbía y era una de las razones de su vida”, explica Buil. Al parecer su hermano Mariano, con quien no se llevaba muy bien, de vez en cuando intercedía por ella a hurtadillas.

Antonio Abarca señala: “La pintura de Julieta Always ha sido encasillada con cierta ligereza en el estilo naíf. Julieta no era nada ingenua y al parecer había sido modelo de pintores y escultores en París, por lo que pudo familiarizarse con la pintura aunque solo fuera por ver trabajar a otros artistas. En su pintura hay mucho más que ingenuidad e inocencia: hay amor, hay humor, que se manifiesta en el hecho de pintar a algunas de sus figuras desnudas para luego irlas vistiendo y bajarlas de su pedestal. Hay panteísmo, misterio... pero sobre todo hay belleza y verdad. ¡Julieta es inclasificable!”.

Julieta, que a veces firmaba Julieta Chelin Always, fue descubierta a mediados de los 60 por el pintor Modest Cuixart, que le dedicó su cuadro ‘Bruixa de Barbastro’ en 1976. A raíz de ese lienzo atrajo a Luis García Bandrés, que le hizo una entrevista inolvidable en HERALDO, y a Ana María Navales, que le dedicó la novela ‘El regreso de Julieta Always’. Luego su obra sería expuesta, la última vez en 2010, pero esta mujer –que “fue bellísima en su juventud y poseyó unas piernas largas, de asombro”- tiene una facultad: de cuando en cuando se empecina en volver. “Para el Barbastro de su época, Julieta Aguilar fue un escándalo. Para el de hoy, es un honor contar con una mujer y pintora excepcional como ella”, dice Abarca.

 

*Este artículo lo publiqué el pasado lunes en Heraldo de Aragón.Mil gracias por su generosidad a Antonio Buil y Antonio Abarca.