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Antón Castro

Artistas

PRESENTACIÓN EN EL COSTA

PRESENTACIÓN EN EL COSTA

Mañana jueves, a las 19.30, en el salón de actos del Colegio Joaquín Costa, se presenta nuestro libro 'El dibujante de relatos' (Pregunta), que lleva 40 ilustraciones de Juan Tudela, a quien ha retratado así Vicente Almazán, y de Antón Castro. Se trata de un libro de relatos, de microrrelatos, de perfiles, de viñetas, que rinden un homenaje a la Zaragoza de los 40-50, de la Base Americana, de las salas de música, a la de la Peña Niké, pero también a la de ahora... 

MARISÉ SAMITIER: DIÁLOGO DE CINE

MARISÉ SAMITIER: DIÁLOGO DE CINE

[Esta tarde, a partir de las cinco, participo en Barbastro en una clase de la Universidad de la Experiencia. Intentaré contar el estado actual de la cultura aragonesa a partir de creadores, estudiosos e invesgigadores de la ciudad: Manuel Vilas, Mariano Gistaín, Manuel García Guatas, Julieta Always, Miguel Angel Encuentra, los hermanos Moreno Gistaín, la diseñadora Beatriz Gimeno, el profesor José Antonio Albero, los periodistas José Luis Solanilla, Encarna Samitier, José Luis Pano, Ángel Huguet, etc. Y entre ellos también recordaré a Marisé Samitier, con quien hablé hace algunos años. He aquí la nota de una entrevista con ella, nacida en Monzón y criada en Barbastro y Zaragoza. Es la autora de 'Amores ciegos'.]

 

“El cine entrena

los músculos

de la emoción”

 

La realizadora montisonense Marisé Samitier, galardonada en España y en Estados Unidos con su corto ‘Amores ciegos’, habla de su aprendizaje y de su formación audiovisual en Los Angeles, donde reside

 

 

 

Existe un momento mágico y decisivo, a veces tan fugaz como una corriente de aire o la aparición del arco iris, que decide una existencia. O cuando menos señala un sendero, abre un paréntesis que acaba siendo definitivo. Cuando tenía entre diez y doce años, y residía ya en Barbastro, a Marisé Samitier, nacida en Monzón, le regalaron uno de aquellos cuadernos con hebilla dorada y llave, bellamente encuadernado, con el título de ‘Mi diario’. Aquel se convirtió en el mejor regalo de su vida: Marisé empezó a anotarlo todo. “Noche tras noche, escribía lo que vivía –dice-, lo que soñaba, lo que me imaginaba, lo que quería hacer y no podía. Al poco tiempo, casi sin darme cuenta, empecé a hacer diálogos, a crear personajes que vivían historias y dialogaban, y además redactaba mis confidencias, el relato de mis amores imposibles o cualquier aventura con amigas en el colegio. Sigo escribiendo igual: tengo muchos cuadernos donde anoto frases, diálogos, impresiones; jamás hacía dibujos. Me acuerdo de que por la noche lo dejaba bajo llave en mi escritorio. Aquel era mi secreto”.

A ver: usted nació en Monzón, luego vivió en Barbastro...

Sí, además viví en Zaragoza, donde hice la primera comunión. Mi padre trabajaba en la construcción y tuve una infancia y una adolescencia movidas. Quería estudiar Psicología.

¿Lo hizo?

No. Mis padres se metieron un poco en medio, no veían claro el futuro, no se podía hacer entonces en Zaragoza y me incliné por Filología Inglesa. Y me vine de nuevo a Zaragoza: tenía unos tíos que vivían cerca del Mercado Central y allí pasé mi primer año.

¿Ya había aparecido el cine en su vida?

La verdad es que no demasiado. Tuve por entonces un novio cinéfilo, pero a mí aquella pasión suya me sonaba como una música de fondo. Al año siguiente, me fui a vivir con unas amigas a un piso y cogimos el bar del Teatro del Mercado. Ahí empecé a asomarme a otro mundo, el mundo de la noche y de la escena, pero lo más determinante fue un profesor: José María Bardavío...

¿Por qué?

De entrada porque no era un profesor al uso. Era multidisciplinar: igual te hablaba de literatura que de teatro, de música o de cine. Sobre todo de cine. En sus clases siempre había referencias al cine: recuerdo cuánto me impactó oírle hablar de ‘La ley del silencio’ de Elia Kazan. La vimos y me impresionó muchísimo Marlon Brando y empezó a intrigarme lo visual.

¿Qué quiere decir?

Más que las historias en sí, piense que veíamos la película en versión original y a veces no la entendíamos del todo, me fascinaban las imágenes, aquel caudal de encuadres, de gestos, de expresividad. Pero, además, Bardavío también nos hablaba de Harold Pinter y de su teatro: recuerdo que trabajamos un texto del futuro Premio Nobel, que hicimos ensayos, etc. Bardavío nos llevó a la Escuela Municipal de Teatro y allí nos enseñaron pequeñas escenas y nos invitaban a encarnar personajes y animales. Uno de los profesores nos decía: “imaginaos que sois un animal, un tigre, un gato... A ver cómo le dais vida”. De repente, di un salto a un mundo imaginativo y diferente, más creativo...

¿Representaron la obra?

No la hicimos. Pero yo ya estaba tocada por la curiosidad.

He leído en su currículo que estudió fotografía en Spectrum, la galería de Julio Álvarez Sotos...

Es cierto. Desde entonces no la he abandonado nunca. Un amigo mío tenía una cámara rusa, una Zenit, una réflex de 35 mm., se la pedí y empecé a experimentar. Años después me la robaron en Málaga, pero mi amigo nunca lo ha creído. Hacía fotos a todo. A todo. Pero ya entonces quería hacer fotos que contasen historias, fotos documentales, fotorreportaje. Y eso seguí haciéndolo durante mucho tiempo en Estados Unidos. En ese intento de contar una historia revelaba los rollos juntos sin que se cortasen los negativos. Era como una película, por decirlo un poco así. En aquella época, además, conocí al fotógrafo Ángel Carrera, que era el novio de una amiga mía y me hizo bastantes fotos. He expuesto en varias ocasiones.

Andamos ya avanzados los 90, rebasaba usted la veintena, y el cine no parecía haberle dejado mucho impacto.

Es cierto. Hay otro paso muy importante: fui a un cineclub y vi ‘Los cuatrocientos golpes’ de François Truffaut. Salí impresionada, con un deseo: quería saber cómo se hacían películas así.

Al parecer un accidente truncó sus sueños.

Más que truncarlos, los aceleró. Con un grupo de amigos fuimos a las fiestas de San Lorenzo, y en un tramo de Huesca a Barbastro, en una recta, sufrimos un accidente y me rompí la columna vertebral. Recuerdo que pusieron una coraza de yeso, que estuve bastantes días en el Clínico y luego estuve convaleciente en mi casa. Un amigo, Juan Carlos Cuello, vino a verme y me dijo que ofrecían unas becas de Educación para Los Ángeles. Nos presentamos los dos y a mí me llamaron; a él no y siempre me ha quedado como un rescoldo de pena y de culpa, aunque yo no era responsable de eso, claro. Hice exámenes, entrevistas, y al final me aceptaron. Y me fui.

¿Adónde exactamente?

Al sur de Los Ángeles, a un lugar llamado Lynwood, que era la parte más dura, agresiva y pobre. Tuve la sensación de que no soltaron en medio de la nada.

¿Nos soltaron?

Sí, íbamos cinco chicas. Una de San Sebastián, otra de Madrid y dos de Barcelona. Cuando vimos aquello nos quedamos desoladas. No tenía nada que ver con el mundo del brillo de Hollywood. Estábamos dejadas de la mano de Dios: el glamur del cine no aparecía por ningún lado. Tuvimos que adaptarnos a todo: incluso a las proporciones. Allí todo era grande, hasta los vasos, las ensaladas, o las personas, que nos parecieron muy obesas. Había mucha población afroamericana, y hasta la escuela era surrealista. Los niños eran verdaderamente difíciles.

¿Cómo remontó el vuelo?

No sabría responderle del todo. Pero lo hicimos. Me compré una cámara Minolta y la llevaba a todas partes. Disparaba a todo lo que se movía. Hacía fotos del barrio, de los vecinos, de los maestros, de los niños, de los bares, de la oscuridad. De todo lo que me rodeada. Y luego entré en la Otis Parsons, una escuela de arte y diseño, y también hice fotos. Encontré un modelo especial: el novio norteamericano de una amiga de Barcelona era muy guapo, y a él y a ella, juntos y por separado, les hice cientos y cientos de fotos. Por entonces, descubrí una película de Ingmar Bergman: ‘Persona’, con Ingrid Bergman y Liv Ullman que me deslumbró.

¿Le deslumbró ‘Persona’? ¿No es una de las películas más difíciles, teatrales y obsesivas de Bergman?

A mí me gustaba el juego de primeros planos de los rostros. Eran unos planos que definían toda una vida y sus sombras. Luego vi también ‘El séptimo sello’, y al poco tiempo hice una prueba con un amigo: intenté copiar, literalmente, un fragmento de la película. Y poco a poco fue aumentando mi pasión por el cine.

¿Qué pasó?

Empecé a matricularme en diversos college, en la Universidad, en el American Film Instituto, y asistía a todas las clases de cine que podía. Y empecé a probar con una cámara de súper ocho, luego compré una cámara de 16 mm e hice varios proyectos; con la cámara de 35 mm hice ‘Bazar’. Más tarde accedí al Film Institute en un proyecto en el que elegían a ocho mujeres, nos entrenaban –por decirlo así- durante dos meses y luego había que hacer una historia tuya para la que te subvencionaban con seis o siete mil dólares. Y así nació mi película ‘La virgen’. Más tarde, en la Universidad de Los Ángeles (UCLA) hice producción, guión y dirección, aunque mi especialidad es la de guión.

¿Cuál es el secreto de un guión, qué debe tener?

El guión ha sido mi entrenamiento más específico, es cierto. Para mí el guión debe tener emoción: puede ser realista, familiar, de terror, fantástico, pero la emoción es imprescindible. El cine entrena, debe entrenar los músculos de la emoción, es un gimnasio de los sentimientos y de la complejidad. Y el guión en sí es un territorio de la experimentación: es la base, la semilla, el germen. El producto final, es decir la película, siempre es diferente al guión e incluso a veces se rescribe al guión para adaptarlo a la película.

¿Cómo es eso?

Es así. Una historia se escribe al menos tres veces: con el primer libreto de guión, el material de partida para el rodaje; se reescribe durante el rodaje, con los cambios y las aportaciones de los actores y se reescribe en el montaje. Y todo eso me ha ocurrido con ‘Amores ciegos’, mi último corto.

Sí, que ha sido galardonado en Estados Unidos y  entre nosotros, y figuró entre los precandidatos al Oscar de cortometraje.

Sí. Lo escribí en 2005. Escribí otros en los años siguientes, y finalmente lo retomé. Al principio era más complejo, pero no lo supe hacer así. Al final reduje la historia a cuatro personajes y a sus complejas relaciones de amor y desamor. Rodé mucho más que lo que aparece ahora, he dejado a varios personajes fuera y eso siempre da mucha pena. Cuesta mucho hacer cine.

¿Le ha dolido no ser nominada?

Me deprimí mucho. Sentí una pena infinita. Estaba ante la puerta y no se me ha abierto. He ido a ver todas las películas con las que competía la mía, y han elegido una convencional, de narrativa lineal con un conflicto. Eso sí, optar a la candidatura suponía dar un paso profesional hacia adelante: se me hubieran abierto las puertas para hacer un largometraje.

En todo caso, ¿qué le debe a ‘Amores ciegos’?

Muchas cosas. Por ejemplo, mi estancia en Cannes: fue una experiencia fabulosa que me encantaría repetir. Cannes es la meca del cine. Hay secciones de casi todo, secciones, foros, y se establecen unas conexiones maravillosas. Con ‘Amores ciegos’ allí experimenté el vértigo de la distribución y firmé un contrato exclusivo de siete años. Volvería a repetir. Y ‘Amores ciegos’ supuso mi regreso a España y a Zaragoza y la posibilidad de contar con un espléndido productor, Francisco Javier Millán, y un equipo de lujo. He aprendido mucho y me han tratado de maravilla.

'SEDA': EL LIBRO OBJETO PERFECTO

'SEDA': EL LIBRO OBJETO PERFECTO


Edelvives acaba de crear una nueva colección. Se abre con ‘Seda’ de Alessandro Baricco, y lleva ilustraciones de la artista francesa Rebecca Dautremer (www.rebeccadautremer.com). Al autor le habían pedido ilustrar el libro en varias ocasiones y no cedió los derechos hasta que apareció esta talentosa mujer francesa, autora de numerosos proyectos sobre hadas, princesas o ‘Alicia en el país de las maravillas’, entre otros muchos. La edición de Edelvives es un libro formidable, increíble, que prueba la variedad de registros de esta mujer: dibujos, pintura, arte de la sugerencia, capacidad de evocación, sutileza..., y que ensalza algo muy especial: los poderes del papel en textura, calidez, posibilidades infinitas, plasticidad, hermosura. El libro objeto en su estado más perfecto.

El texto de Baricco es lacónico y sutil, está organizado en torno a capítulos cortos, pero así, en este conjunto, es un libro más frondoso e intenso, de una belleza inefable. He aquí algunas ilustraciones del libro del sello zaragozano Edelvives... ‘Seda’ está ambientada en el siglo XIX y narra la historia de un francés llamado Hervé Joncour, que viaja repetidamente a Japón, para adquirir huevos de gusanos de seda con el fin de surtir a la industria de Lavilledieu, su pueblo, de ese tejido. Algo especial ocurre en la localidad, donde hay varios tejedores y un hombre, tan fascinante como enigmático, empeñado en desarrollar el mundo de la seda. Hervé Joncour está casado con Elena. ‘Seda’ es un libro de viajes, es una historia de amor y de melancolía, y es el relato de tres mujeres.


Durante uno de sus viajes a España, Rebecca Dautremer le dijo al diario ABC: «Cuando era más joven trabajé como ayudante de un fotógrafo, y aquello siempre ha marcado mi trabajo. Siento que soy como un fotógrafo sin cámara pendiente de los detalles y de cuestiones como la profundidad de campo, la luz, el color y la composición por encima incluso del dibujo». También se siente influenciada por el cine (el trabajo de ‘Seda’ es como mínimo cinematográfico, de gran calidad, cautivador) y la pintura antigua, como los cuadros del pintor flamenco Vermeer.

'EL DIBUJANTE DE RELATOS': PREGUNTA

'EL DIBUJANTE DE RELATOS': PREGUNTA

[El próximo día doce, jueves, en el Colegio Joaquín Costa, Paseo María Agustín, se presenta el libro ’El dibujante de relatos’ (Pregunta), que lleva una treintena de textos míos y 36 ilustraciones, a toda página, de Juan Tudela. El libro nació de las ilustraciones de Juan, diseñador, publicista y pintor, ganador varias veces del concurso del cartel de las fiestas del Pilar de Zaragoza. Poco a poco fuimos dando cuerpo a un libro que es un homenaje a Zaragoza, a la fabulación y al arte de contar y de ilustrar, un libro que nació en la cabeza, en las manos y en la memoria de Juan Tudela, antes que nada. Coloco aquí una ilustración de Juan Tudela y un cuento. De amor, de poesía, de librerías. De despedidas. El libro, de unas 160 páginas, lleva un prólogo de José Luis Cano. La primera presentación será el domingo ocho en la Feria del Libro Aragonés de Monzón.]

 

CASI UN CUENTO DE AMOR

 

La vio allí, en la librería, tan hermosa como siempre, tan frágil, como ensimismada. La vio como la había visto tantas veces, en la cocina, en el coche cuando viajaban, leyendo poesía o sonriendo con unos ojos desmesuradamente alegres y pícaros después del amor. La vio sigilosa, como si tuviera el corazón en otra parte. El corazón y el pensamiento. Le dolía mirarla. Le dolía recordar los días inolvidables que habían pasado juntos y las sucesivas y lentas formas del adiós. Tras la ruptura, él no hacía más que preguntarse qué era el amor, por qué sobreviene la catástrofe, por qué alguien a quien deseas con locura, con toda la sed de la noche sin fondo, deja de quererte de golpe, tres horas, veintisiete minutos y algunos segundos después del último beso. No podía soportar ni un segundo más su presencia: su olor le llegaba como una ráfaga de aliento o de asfixia, como una invasión de olor a membrillo. Pensó: “La belleza a veces se vuelve insoportable. Uno nunca está preparado para el dolor de la despedida”. Al irse, pasó ante ella con la mansedumbre animal del vencido.

 

 

 

 

JOSÉ ORTIZ EN EL TORREÓN FORTEA

JOSÉ ORTIZ EN EL TORREÓN FORTEA

[El pasado jueves, con casi dos centenares de amigos, José Ortiz inauguraba su exposición 'Divinas comedias' en el Torreón Fortea. Visité a José en su preciosa e interminable casa de Longares, una maravilla, y le escribí este texto que acompaña la muestra.]

 

EL NOMBRE QUE EMPAPA LA PINTURA

 

 

José Ortiz Domingo (Santa Eulalia del Campo, Teruel, 1951) es un artista intuitivo y soñador. Se vuelca en la pintura con energía y esfuerzo. Sabe que en la manufactura de un cuadro, en esas horas y horas, en esa labor parsimoniosa en la que el tiempo parece suspenderse, hay un instante en que cruza un ángel. O una ráfaga de felicidad. O un incendio salvaje de colores. Ante todo, antes que nada, José Ortiz, ya sea en Zaragoza o en su casa poblada de fantasmas de Longares, es un artesano que imagina, un cerebro apasionado que trabaja y trabaja hasta el fin de la noche. Su taller es el primer indicio de su retrato: apenas se percibirá un caballete. Suele operar sobre el suelo o sobre una mesa alargada, volcado con sus pinturas distintas, con sus arenas, y ahí deja que todo fluya: el torrente de la imaginación, la densidad del desvelo, el arrebato de la inspiración, sus gestos y sus signos. Y con ellos se confunden los acrílicos, los pigmentos, las resinas, los barnices, su caligrafía personal y arborescente.

José Ortiz, como muchos otros artistas, suele trabajar por series. Busca y encuentra. Halla un asunto por puro azar o por exigencia y lo somete a un sinfín de variaciones: las tauromaquias, el mundo de Goya, Lorca, el paisaje, las imágenes obsesivas. Así le ocurre a menudo y le ha ocurrido con Divinas comedias. Este es un proyecto largamente acariciado y concebido para el Torréon Fortea, para su atmósfera de intimidad y misterio y para su cripta donde se encierran las luces del sueño. Hay algunos lugares comunes o características acuciantes de su obra: la pasión por el texto, por el aforismo o la frase, la presencia pugnaz de un nombre, Monique. Sus sílabas siempre están sobre la madera: no se sabe si es en la primera, en la antepúltima o en la última capa de pintura, pero ahí está, Monique, Monique, como un talismán, un conjuro, un reconocimiento a la musa más decisiva. Además, hay otro matiz esencial: Divinas comedias, que alude a Dante Alighieri y quizá a Valle-Inclán en menor medida, es una exposición que tiene algo de laberinto literario, de homenaje a escritores como Antonio Machado, García Lorca, Flaubert, el ya citado Dante y Miguel de Cervantes. Todos ellos en la epidermis de la obra o en una de las capas del brumoso mar de la madera, esmaltado una y otra vez, rallado, herido, hendido, azotado o acariciado con sutileza. Y está, sobre todo, André Pieyre de Mandiargues (1909-1991), un poeta, escritor y crítico de arte que coqueteó con el surrealismo, amó a Leonor Fini y acabó sus días con la pintora Bona Tibertelli de Pisis. A José Ortiz, profesor de francés, su universo le dejó un rastro indeleble.  Tanto que hay al menos dos piezas que están inspiradas en él y su mundo. Mandiargues era un gran enamorado de la pintura, del erotismo y un miembro del grupo surrealista. De algún modo, tutela o ampara la febril imaginación del pintor turolense. José le dedicó su tesis doctoral, prologó Gris perla, la antología que preparó Manuel Martínez Forega en Olifante y resumió así algunas de sus constantes: “Mandiargues modela su mundo onírico al estilo de los surrealistas pero también al de los prerrománticos alemanes. Descendiente de los grandes románticos del siglo XIX, surrealista de la escuela de André Breton, imbuido del espíritu barroco y fantástico de la familia de Poe y de Nodier, admirador del teatro isabelino, sabe fundir todas estas afluencias e influencias y dar a luz una obra que destaca por su originalidad”. Citamos a un personaje clave en los motivos y en el desarrollo de su pintura.

Hay más cosas en el punto de partida de José Ortiz: es un pintor de sugerencias y de evocaciones que se amasan y se agrupan en una gran superficie de técnicas mixtas donde está todo: la pintura como artesanía, materia y arrebato; la pintura como una masa informe de colores que se ordenan como en una plataforma cerámica con su brillo, con su textura y su relieve; la pintura como torbellino de incitaciones. La pintura como terapia y como acción vital. Sus cuadros evocan un vendaval, los relámpagos de una noche de galerna o la naturaleza bamboleante de un otoño; sugieren mapas, ríos, pesadillas o sencillamente una estructura musical, inasequible a la soledad y al silencio más tenebroso.

José Ortiz cita otros nombres: no de escritor exactamente sino de pintor. Pintor con personalidad cromática. Pintor de estructuras. Pintor de sinfonías. Pintor de hemisferios oníricos. El nombre que acude a su boca no es otro que el alemán de origen suizo Paul Klee. Recuerda su modo de trabajar, sus cuadros evanescentes como alegorías del sol, su pasión por el color. Klee dijo en una ocasión: “El color me posee, no tengo necesidad de perseguirlo, sé que me posee para siempre... El color y yo somos una sola cosa. Yo soy pintor”. José es pintor de color, de sustancia, de vuelo. Para José Ortiz el color también es una posesión. Podría hablar de Paul Cézanne, de Piet Mondrian,  de Vassily Kandinsky, de Joan Miró, de Andrés Galdeano (“esencial en mi carrera, me enseñó muchas cosas, fue un amigo y un maestro”, dice José) o de Kazimir Malevich: son, con el citado Klee, artistas que han ejercido un magisterio en su trayectoria.

Divinas comedias es una muestra y una marea de dípticos y de trípticos, como ‘Sinfonía inacabada’. Una forma de entender el mundo y la creación. Un amasijo de suavidades airadas, un tumulto de delirios. El pulso de una vocación. Un diálogo con la forma sin forma: los trazos de una canción interior que nacen de un flujo incontenible de visiones y arabescos. La melodía de una emoción sostenida durante meses, durante años, una militancia en la luz. El artista se funde con el azar y con el capricho de la inspiración. José Ortiz posee un exquisito gusto para titular sus cuadros: ‘Soledades’ alude a Antonio Machado; ‘Salomé’ a La Biblia y a Gustave Flaubert; ‘El hombre de la triste figura’, a Cervantes; ‘Tercio de varas’ y ‘Matador’ hacen pensar en su pasión por los toros; ‘Metamorfosis del objeto’ podría ser un diálogo con Pablo Serrano; ‘La novia del viento’ sería su homenaje personal a Zaragoza, porque así la bautizó Eugenio d’Ors. ‘El eco de la lluvia’ o ‘El despertar del alba’ revelan esa afición del pintor a cultivar la sugerencia y la poesía.

Regresamos un instante a su casa-palacio de Longares: es un espacio ideal, inmenso, un regalo de los dioses y un laberinto inagotable de las cosas del tiempo. Allí tiene un sinfín de rincones y estancias tocados por la memoria del arte. Allí se refugia, con las voces y los ecos, con las copias de Ramón Casas o de Velázquez, y de cuando en cuando sube a su galería en busca de las diversas claridades del día. Allí se enfrenta a la piedra, a la colmena de tejados, al vaivén de las callejas, a la torre de la iglesia y a los senderos, apenas entrevistos, que se pierden entre la bruma. En cierto modo, allí, dueño del mundo y sus secretos, se enriquece de cromatismo, de sentimientos, del puro placer de mirar y mirar sin ser visto.

Divinas comedias nace de una obsesión, de una búsqueda, y se conforma como un relato íntimo, de amor y creación, que se cuenta en colores, en emoción y en los gestos palpitantes de la entrega. La vida es generosa con José y José le devuelve un mundo pictórico vigoroso y muy elaborado que no deja de crecer y expandirse como los ríos arteriales que empapan la tierra en su camino hacia el mar.

 

EN LA FILMOTECA, EMILIO CASANOVA

EN LA FILMOTECA, EMILIO CASANOVA

 

*Emilio Casanova participará esta tarde en el ciclo que la Filmoteca de
Zaragoza dedica a su obra ** *

*El realizador y productor aragonés, con más de treinta años de
trayectoria, presentará su obra “El Pirineo revelado” (2011), así como
otros montajes audiovisuales, algunos de ellos todavía en fase de
producción *

*Zaragoza, viernes, 29 de noviembre de 2013.-* El realizador y
*productor aragonés Emilio Casanova (Zaragoza, 1955) tomará parte esta
tarde (20:00 horas) en la penúltima de las sesiones que la Filmoteca de
Zaragoza ha programado dentro del ciclo que está dedicando a su obra
desde el pasado 8 de noviembre. La sesión consistirá en la presentación
por el propio autor de su obra de 2011 “El Pirineo revelado”, una
coproducción con Aragón Televisión que trata de la visión pirineísta
tras el objetivo de la cámara fotográfica de cuatro personajes: Lucien
Briet, el barón Bertrand de Lassus (sus fotógrafos Juan de Parada y
Maurice Meys), Juli Soler i Santaló y Ricardo Compairé. Cuatro formas
distintas de pirineísmo unidas por la calidad fotográfica y, sobre todo,
por el amor a las montañas pirenaicas. *

 

*La nota es de Alberto Gascón; la foto es de Lara Albuixech, de nuevo.



*El resto de la sesión estará formado por diferentes producciones de
pequeño formato, varias de ellas en proceso de producción, sobre poesía
visual con piezas de Marcel Duchamp, haikus japoneses (Bashoo, Sogui,
Sokan, Issa.), Octavio Paz, Benedetti, Tablada, Ramón Gómez de la Serna;
pinturas de Velázquez, Vermeer, etc.*


*Mañana sábado concluirá el ciclo con la proyección de los mismos
contenidos que se exhibirán hoy.*


*“**/Este ciclo ha supuesto un más que merecido homenaje a uno de los
personajes claves del ámbito audiovisual aragonés, poco conocido por el
gran público, pero de una calidad y una trayectoria digna de todo
elogio, merecedora desde luego cuando menos de un esfuerzo de difusión
como el que ha hecho la Filmoteca de su ciudad/**”, ha subrayado el
consejero de Cultura del Ayuntamiento de Zaragoza, Jerónimo Blasco.*


**Emilio Casanova**


*A punto de cumplir treinta años de profesión, Casanova es productor y
realizador de programas y montajes audiovisuales desde 1984. En 1988,
una beca de Diputación de Zaragoza le permitió estudiar documentalismo y
postproducción en Nueva York. *Ha realizado múltiples trabajos de
carácter cultural en el campo de la plástica, la música, la literatura y
el teatro como productor independiente o trabajando con o para diversas
instituciones públicas y privadas.

Personajes como Goya, Buñuel, Saura, Ramón Acín, Julio Alejandro, Rafael
Alberti, Octavio Paz, Pedro Laín Entralgo, Camilo José Cela, Carmen
Martín Gaite, Antonio Mingote, Gonzalo Torrente Ballester, etc., han
sido objeto de trabajos suyos.

Realiza también desde hace tiempo charlas y talleres sobre animación
(stop-motion).

Desde la creación de la *Fundación Ramón y Katia Acín* en 2008,
desarrolla y administra su página web que reúne unos 6.000 documentos.

LINA VILA: ÁLBUM DE AUSENCIA

LINA VILA: ÁLBUM DE AUSENCIA

LINA VILA: UN ÁLBUM DE AUSENCIA*

 

Lina Vila conoce la oscura noche del lobo. Lina Vila habita, desde hace años, un universo inquietante de visiones, de fragilidad y de colores. De pájaros que van y vienen, de animales, de árboles frondosos, de misterio. Hace unos años se trasladó a vivir a San Mateo de Gállego: allí tiene su vivienda, su biblioteca copiosa, dominada por muchas figuras y por la vindicación del mundo femenino, lleno de heridas y de energía, y allí tiene su precioso taller, lleno de mil cosas. Dibujos, óleos, grabados, carpetas, notas, cartas. Más libros, más documentos. Notas de viajes. Manuales de pintura. Apuntes para vivir.

Todo ello, la casa y el estudio, está en una finca que es un paraíso íntimo, que se ha construido poco a poco, al arrimo de sus padres, Pedro y María, con la sinfonía de las estaciones y en compañía de Félix Romeo. Y, en compañía, muy especialmente de su intimidad, de sus viajes por un pasadizo de la imaginación y el sueño, convulso y luminoso a la vez. Ese mundo es una de sus obsesiones. Y es también una forma de redención, de comunión con las cosas del campo. Con la exaltación de la vida y de su envés: el dolor, la pérdida, la ausencia, el llanto. En todos estos años, Lina Vila se ha curtido en experiencias fuertes: ha perdido a su padre, un cómplice constante desde el jardín y desde la casa de la enfrente. Y ha perdido a Félix, el copiloto más apasionado de sus días. Su guía, su amigo, el torbellino que no dejaba de amasar experiencias para compartirlas segundo a segundo. El amor imprescindible.

A Lina le costó mucho volver a pintar. Recobrar un poco de serenidad. La seguridad del trazo. Le costó volver  a ser ella misma: fantasmas inesperados y dolientes se sumaron a los que ya tenía, tan inextricables. La fiebre de la creación. La furia de vivir. Primero expuso dibujos y grabados y acuarelas en el Espacio Valverde, y luego en el Espacio en Blanco de la Universidad San Jorge. Una exposición algo más pequeña pero igual de intensa. La crónica de una vida con la naturaleza. El álbum de ausencias y desgarros y de pesadillas indecibles. Las tintas de una búsqueda.

Había muchas cosas en ese ‘Diario de invierno’, donde rendía homenaje al blanco: puro, entre frío y auroral, sutil y elegíaco; abordaba algunas de sus visiones o premoniciones más incómodas, en de formas gigantescos casi siempre que perturbaban su sueño y su expedición cotidiana al recogimiento y a la paz. O de corazones rotos. Y también había una serie de belleza más directa: ese mundo feliz y caprichoso de las mariposas, de los insectos, de las flores y los arbustos que aletean como si fueran pájaros o los arabescos del aire. ‘Diario de invierno’ tituló Lina Vila este proyecto deliberadamente. Era un diario de la soledad inesperada, del dolor, del deseo aplacado, del adiós brusco. Y era, por otro lado, el hallazgo de un refugio. Al fin y al cabo, incluso en los momentos más duros, solo nuestra fortaleza y la energía de nuestros sueños y de nuestros recuerdos nos salvan, nos alivian, nos impulsan a seguir. Lina Vila sigue: pintando, buscándose. Buscándole en el color, en las figuras, en la materia, en la noche del lobo.

 

*Este texto es para el catálogo de la exposición colectiva del Museo Pablo Serrano, que organiza el IAACC y la Universidad de San Jorge.

DIÁLOGO CON LUIS FELIPE ALEGRE

 

El Silbo Vulnerado cumple 40 años en 2013. Luis Felipe Alegre, su director y su miembro más antiguo, recorre en esta entrevista la trayectoria de la compañía dedicada esencialmente a la difusión de la poesía en español. Con diversos espectáculos y poetas ha recorrido España y Latinoamérica.

 

-¿Cómo nace El Silbo? ¿Qué quería ser, qué ideas tenías en la cabeza?

Eran los tiempos de los recitales folk. Allí se juntaban: la canción tradicional en todas las lenguas españolas, onda Joaquín Díaz; el folk americano, desde Peter Seeger a Bob Dylan; y géneros que hoy llamaríamos “canción de autor” y “músicas del mundo”. En ese ambiente yo empecé a leer las traducciones españolas de las canciones y hacer breves recitados entre grupo y grupo. Al poco, algún músico se iba quedando en el escenario y me hacía música de fondo.

La fecha sería ¿1971 o 1973? ¿Por qué esta alusión explícita a Miguel Hernández?

Sí, lo que te digo era en 1971 Ese año un grupo de estudiantes formamos una asociación cultural que se llamaba Ideas con la que nos incorporamos a ese movimiento, en principio musical, siguiendo la estela de Plácido Serrano y sus festivales en el cine Pax. En Zaragoza el polo álgido del folk estaba en Torrero y allí empezamos a ensayar con Francisco J. Gil, Arturo Ansón y Jesús Cerezal. Luego se unirían compañeros míos en la Escuela de Teatro, como José Antonio Porcel y Fernando Bandrés, que también era guitarrista. En 1973 pasamos de actuar con nuestros nombres a llamarnos El Silbo Vulnerado, un título lírico de un poeta combativo. La primera noticia del grupo la dio Alfonso Zapater en el Heraldo.

¿De dónde nacía tu pasión por el recitado?

De muy niño, por un disco de Manuel Dicenta recitando las Coplas de Manrique. Le acompañaba a la guitarra Regino Sainz de la Maza.

¿Quién te enseñó, quiénes eran tus modelos’

Primero fue la imitación de Dicenta. La copla de pie quebrado fue también clave en la educación musical del oído, imprescindible para el recitador. Luego iría admirando las formas de otros recitadores amigos como Pilar Delgado y Mefisto. Otro impacto importante fue en la adolescencia, cuando escuché a Javier Escrivá recitando a Bertold Brecht. Después ¿me dejas extenderme en una anécdota? Yo tenía en el instituto al poeta, y también inmenso teórico de la poesía, Rosendo Tello. Era el jefe de estudios. Una tarde me dice “¿qué haces aquí? ¿no sabes que hoy recita Pío Fernández Cueto? Anda, vete corriendo al Santo Tomás de Aquino.” Mira tú, un jefe de estudios instando a un alumno a marcharse de clase. Aquí se acaba la anécdota, porque ver al actor-recitador no fue anecdótico sino sustancial, definitivo.

Cuando ya llevábamos algunos años de trabajo aparecieron dos personajes que abrieron los nuevos horizontes por los que transitamos. Uno fue Héctor Grillo, que nos dirigió seis montajes entre 1982 y 1996, un hombre de teatro total. Nos obligaba a ampliar nuestros registros y cada montaje ideaba ejercicios más difíciles que superábamos con auténtico dolor. Cosas como recitar boca abajo, llenar el escenario de acciones secundarias sin menoscabar el texto, entrecruzar cantados y recitados, etc.

El otro maestro fue Agustín García Calvo, al que comenzamos a seguir cuando volvió del exilio y se multiplicaban sus recitales-coloquios por España. Lo fuimos siguiendo aquí y allá. En 1985, en un curso de Entonación y Ritmo del Lenguaje, nos atrevimos a mostrarle grabaciones de lo que hacíamos con sus poemas y comenzamos una relación periódica.

Con Héctor aprendimos el grito teatral, con Agustín el suspiro lírico.

Con el tiempo fuimos aprendiendo de otros colegas, dentro y fuera del grupo. Para Carmen Orte son muy importantes Joaquín Díaz y la soprano Esperanza Abad. Federico Martín Nebrás nos introdujo en el terreno de la narración y del mundo infantil. Javier Tárraga reinventó el romance de ciego y nosotros seguimos sus pasos. Chicho Sánchez Ferlosio fue otro maestro inolvidable. Y profesores de Literatura, como Ángel Lahoz, nos han ayudado en muchas ocasiones.

Otros estímulos llegaban de grupos zaragozanos tan variopintos como El Grifo, la PAI, Momo, Medianoche, Teatro del Alba, Dies Irae, el TEZ …

¿Qué te atraía especialmente de la poesía, qué te sigue atrayendo?

Bueno, el buen poema es una flecha que atraviesa sentimiento y pensamiento. O, al decir de Antonio Machado: “Canto y cuento es la poesía / se canta una viva historia / contando su melodía”. Mira cuántos mundos se abren y con qué pocas palabras.

Antes de entrar en los espectáculos, dime ¿cuál ha sido tu relación con la poesía aragonesa?

Muy cordial, con la aragonesa y la de cualquier lugar. Creo que el poeta, al margen de la calidad de sus versos puede, si quiere, ser socialmente muy útil en el barrio, en el pueblo…

En el repertorio tenemos muchísimos poemas de autores aragoneses. Algunos, como Miguel Labordeta o Ángel Guinda los hemos llevado en espectáculos grandes (‘Más margen malditos’, ‘En la aduana’…), a otros poetas, Rosendo Tello y Sánchez Vallés, en disco. Periódicamente hacemos experimentos, como presentar en la Biblioteca Nacional de Buenos Aires un recital de poesía aragonesa recitada por actores argentinos.

Hay un recital, ‘La tribu contra la aldea’, que va reuniendo poesía reciente. Poetas como Gómez Milián y Juan Luis Saldaña, autores de un soberbio poemario sobre la vida de Perico Fernández; Andrei Medeleanu, primer poeta aragonés de origen rumano que despega por aquí; Julio Donoso, que bucea en sus desequilibrios y consigue versos desconcertantes; Pablo Delgado, inmerso en la reivindicación de métricas y estéticas desusadas; o los del grupo Delium Tremens.

¿Cuáles serían los espectáculos fundamentales de la compañía? Y cuéntame algunos, defínelos un poco, claro: ‘Más margen malditos’, ‘Clásicos in versos’, ‘Romanceros’, ‘Poesía latinoamericana’, Nicanor Parra...

Digamos que comenzamos con estética realista. La entrada en el grupo del fotógrafo Jacinto Ramos y del músico Goyo Maestro nos inclinó al expresionismo. Luego, con Grillo, tuvimos dos etapas gloriosas, la primera de “teatro pobre” (los montajes dedicado a Quevedo, a la poesía hispano-hebrea medieval, a la poesía erótica clásica) y después nos acercamos a la posmodernidad (‘Cásicos in versos’, ‘Romanceros’, ‘Goya, poesía circundante’) y eso tuvo repercusión en el mundo teatral. Pero no solo en el teatro: el disco de “Cásicos in versos se sigue usando en centros de enseñanza, pasados 20 años.

Mi mundo como director ha estado siempre limitado por la producción. Con los montajes de Héctor removíamos cielo y tierra para encontrar recursos, yo tiendo a la autosuficiencia. Sé que cada uno de mis trabajos tiene un público y no quiero hipotecarlos con la carga de un montaje desmesurado que los encarezca e inmovilice. Últimamente he dirigido varios monográficos de poetas mayores, como César Fernández Moreno, de quien montamos ‘Argentino hasta la muerte’, que todavía representa por América Martín Ortiz;Memoria de Borges’; ‘Todos contra Parra’; y ‘Cernuda recita a Cernuda’, autores esenciales para comprender los rumbos de la poesía en lengua española.

Muy distinto fue el montaje de ’Entremeses del Siglo de Oro’ que dirigió Alberto Castilla, toda una lección de teatro clásico.

Luego hay trabajos que son fruto de la búsqueda personal, como mi ‘Bululú’, que busca la convivencia de poesía narrativa antigua y formas modernas; o los trabajos de Carmen Orte en torno a la canción tradicional. O el trabajo de José Luis Esteban con poesía beat, que comenzó con el estímulo del grupo.

¿Qué poetas más o menos outsiders, por decirlo así, te han conmovido especialmente?

Sin duda, Leopoldo Mª Panero.

Hablemos de esa mezcla de música en directo, de poesía, de teatro... ¿Cuál sería la mezcla alquímica de vuestros espectáculos? Te pido respuesta general pero podemos descender a lo específico... 

Las claves suelen darlas los propios textos. Decía el arcipreste de Hita: "De todos los instrumentos yo, libro, só pariente: / bien o mal, qual puntares, tal diré, ciertamente..." Pero, bueno, vamos a distinguir entre el recital, el espectáculo y los híbridos. El recital es un intérprete y unos textos, o unas partituras para el músico, si lo hay. El espectáculo moderno es un acto teatral que incluye otras artes. El recital exige más concentración al intérprete. Pero los montajes teatrales son más ricos porque conjuga el trabajo de un grupo de creadores y el resultado es al gusto de muchos. Se puede dar a los elementos escénicos tratamiento de actor o de escenario dentro del escenario; la luz, un títere, la música, etc. no son parte o relleno, conforman el espectáculo. Igual con el técnico. En la obra ‘En la aduana’, por ejemplo, Emilio Casanova y Domingo Moreno nos ayudaron con “escenarios” secundarios que eran tres televisores (entonces era impensable usar proyectores), fundamentales para el diálogo entre los actores y las pantallas. Los circuitos cerrados remedaban el juego de espejos que interrumpían José Agustín Goytisolo y Ángel González con sus admoniciones. Eso, y cosas como que el público escuchara a oscuras la voz de García Calvo recitando a Catulo en latín, daba al operador técnico la condición de actor. O sea que, en este caso, los actores éramos tres, los que salían a escena, Cristina Lartitegui y yo, y el que no salía, Eugenio Arnao.

Desde un principio hemos entendido que el trabajo juglaresco moderno se hace con cuatro personas: uno dice, otro canta, otra toca y otro sube y baja la luz. Y, mira, por ahí andan las claves para recrear la poesía. Cada bajada de luz es una página que pasa el lector. Es el cuarto elemento, el eléctrico, lo que nos diferencia de los griegos, donde la oralidad era la conjunción de memoria, recitación y canto. McLuhan da claves a este respecto, como cuando advierte que en el jazz se dan las técnicas de la poesía oral.

Por otra parte, hay un componente más allá del teatro, la música o la plástica, que es el talante juglaresco, que considera al escenario de los teatros una circunstancia prescindible. Ahí están los trabajos híbridos, por llamarlos de alguna forma, que buscan la comunicación de ideas antes que el aplauso. Esos experimentos son los que hago periódicamente en La Campana de los Perdidos con mis ‘Monólogos Prosaicos’, o en el bar Pequeña Europa con el ciclo ‘Con permiso de Bauman’, donde relaciono la modernidad líquida con la poesía de Nicanor Parra y otros autores.

Hablemos de los compañeros de viaje: desde Lourdes, Alicia a Carmen Orte o quien consideres tú oportuno...

Sin el talento y la energía de Carmen Orte no estaríamos hablando de estos cuarenta años. Mira, en El Silbo han trabajado contratados cerca de doscientos artistas y otros tantos han colaborado desde fuera en distintos aspectos. Si algo hacemos bien hoy es gracias a las aportaciones de cada uno de ellos. Ahora bien, hay artistas que aparecen durante varios años y reaparecen al cabo de otros tantos: Soledad Jiménez, Goyo Maestro, Karlos Herrero, Arelys Espinosa, Ana Continente... Los colaboradores son fundamentales en el acabado de los espectáculos, la creación de objetos, guiones, imagen y documentación: Helena Santolalla, Jesús Lou, Grasa Toro, Antonio Ceruelo, Javier y José Luis Romeo o Germán Díez

En ciertas etapas el trabajo se sustenta en dos personas, así tuve la dicha de compartir como pareja artística a Raquel Arellano, iluminando, actuando, organizando. Como era fotógrafa, en la última gira que hicimos juntos por Brasil y Argentina, llevábamos una exposición suya con retratos de artistas y escritores españoles y americanos que sorprendía porque evidenciaba algo común a todos los retratados: gente que trascendía su oficio, que compartía la generosidad juglaresca.

Una cosa que siempre me ha llamado la atención ha sido que El Silbo Vulnerado ha sido un grupo de agitación cultural que ha promovido ciclos, conciertos, espectáculos, programaciones estables... ¿Por qué?

Hay artistas, como nosotros, cuyo trabajo es difícilmente homologable. No encaja en las catalogaciones y quedan al margen. Se priva al público de su conocimiento y disfrute. No solo artistas escénicos profesionales, también escritores, o gente común que eleva su afición a nivel artístico incuestionable. Bueno ese es un motivo, abrir brechas. Otros hay: creemos que hay que hacer barrio, ciudad, desde el campo que nos corresponde. También es una forma de reflexión. Pensamos que uno no crece solo, que el estímulo de otros es fundamental.

En estas inquietudes aparece, al fondo, una de las funciones que cumplía el juglar medieval, más allá de su arte, como transmisor, una especie de correveydile sentimental, lingüístico, ideológico. Algo de eso hacemos cuando, por ejemplo, acompañamos a Jon Juaristi y Jesús Antonio Cid por países balcánicos conectando los romances carolingios con la épica yugoslava.

El Silbo Vulnerado siempre ha apostado por Latinoamérica: Argentina, Bolivia, Cuba. ¿Qué se os había perdido allí?

Como dice Cernuda, uno no elige el lugar de nacimiento ni su idioma, pero hay que servirlos. Tenemos la suerte de compartir la lengua con cientos de millones de personas y por tanto un patrimonio literario común. Seguimos queriendo actuar en todos los rincones donde se habla español, hacer nuestras cosas y estudiar las ajenas. Empezamos en Guinea Ecuatorial y, aunque llevamos 32 giras internacionales, aún nos falta trabajar en varios países hispanohablantes, amén de otros, como Filipinas, donde la huella del español es aún perceptible.

Por otro lado, la vertiente didáctica de idioma nos lleva a trabajar como herramienta de los profesores de español en países como Marruecos, Francia o EEUU.

De las figuras con las que has ido encontrándote estos años, ¿quién te ha conmovido especialmente, de quién no te has podido olvidar? [te invito a recuerdes desde Leda Valladares a Héctor, Villafañe, etc...]

Buenos Aires y La Habana son mis capitales culturales. Allí aprendes a discutir manteniendo la amistad, cosa que aquí es imposible. Con artistas de ambos países hemos hecho muchas cosas, cursos, festivales, reivindicaciones. De Argentina trajimos a Leda Valladares a quien Carmen y Pilar Trillo acompañaron por España en una gira inolvidable; Javier Villafañe te brindaba con cada vaso de vino una nueva enseñanza; el Cuarteto del “Tata” Cedrón nos sigue marcando el camino del que no hay que desviarse ni en los peores momentos, como el presente. La poetisa cubana Nancy Morejón nos dio alas y, junto a Marta Valdés, nos enseñaron a ver la cultura caribeña desde dentro.

Luego están los colegas, gente muy valiosa con la que seguimos colaborando aquí y allá, los grupos de teatro porteño Periplo y Crisol, Ana Padovani, Ariel Prat, la gente del Teatro Terry de Cienfuegos, que dirige Miguel Cañellas, etc.

Otra gente inolvidable son los historiadores y críticos de la Literatura. Somos deudores de sus estudios y algunos de ellos nos han respaldado generosamente, como la hispanista francesa Marie Laffranque, a la que conocí en 1977 cuando intentaba con Eutimio Martín deslindar Poeta en Nueva York en dos libros distintos; luego, cuando en 1994 hicimos nuestra versión francesa con Ana Continente y Jean Michel Hernandez no se perdió ninguna función en La Digue de Toulouse. En Zaragoza hemos compartido pasiones poéticas y proyectos escénicos con Túa Blesa y con Pedro Rubio Jiménez. En otros lares, con Jesucristo Riquelme, a quien conocimos en Guinea y con el que celebramos en Cuba el centenario de Miguel Hernández. Nial Binns es otro erudito que nos ayuda con Nicanor Parra.

Cuando se celebran 40 años, ¿en qué momento estáis?

Quiero creer que de recuperación, al menos internacional: en abril estuvimos en EEUU, el mes próximo en Chile. Seguimos con nuestros espectáculos para estudiantes de enseñanza media y ahora, con Iberligva, para universitarios de otros países. Por contra, claro, arrastramos el lastre de las últimas temporadas: funciones que cuesta dos años cobrar, la caída de contrataciones, la rebaja de caché. Pero hay amigos y proveedores que nos ayudan, que quieren que sigamos trabajando.

Siempre has sigo crítico. ¿Qué es lo que ha fallado para que vivir de este oficio sea casi una quimera?

Bueno, el arte es así. A veces se vive de él y a veces para él. Según le vaya a la sociedad, así te va. Creo que es tan importante apoyar las reivindicaciones de cualquier gremio de trabajadores que pedir dinero para cultura. Si el dinero se mueve, se compran libros y se llenan teatros.

Por otra parte, la crisis en el sector se ha ido gestando de mucho antes. Se evoluciona a modelos modernos, líquidos, y la transición es compleja. En un sitio te piden que seas clásico y que la obra dure hora y media, mientras que en los cónclaves de contratación te piden 50 minutos y que hagas volar elefantes. En el teatro se tiende a contratar productos digestivos, vistosos y con una cabecera de cartel televisiva. Ojo, que con esos ingredientes también se hace buen teatro, faltaría más. Pero basta releer el artículo ‘La cultura: ese invento del gobierno’ que escribió Rafael Sánchez Ferlosio en 1984 para comprender el punto en que nos encontramos, más allá del caos económico actual.

Acabáis de montar un Cernuda... ¿Se ha muerto en Veruela o tenéis la idea de pasear el espectáculo por ahí?

Ahora lo retomamos para el Festival de Poesía de Almagro. Yo encarno a Cernuda ya mayor, cuando estaba en Los Ángeles. La música es de Carmen, acompañada por Dolos al violonchelo, Vicente Llorente al piano, y Manolo Gálvez como regidor. La empresa de Remolinos El Paragüero lleva la producción y contratación del trabajo.

Da la sensación, por cierto, de que la poesía está más viva que nunca, pero más en la voz de los poetas por decirlo así que en la de un grupo profesional como El Silbo. ¿Es así?

Una cosa es el escenario y otra el libro. Hoy hay confusión al respecto. También en torno a la palabra rapsoda, que antaño implicaba el trabajo de memorización, y que hoy se aplica a cualquiera que lea en voz alta. Zumthor decía, más o menos, que cuando se lee del libro, la autoridad está en el libro, en cambio cuando entre el oyente y el actor no media el libro la autoridad está en el emisor. José Mª Barceló comentaba un día que los poetas no siempre hacen un favor a su poesía subiendo a un escenario. Creo que tenía razones para pensarlo.

 

*la foto de Luis Felipe Alegre es de Vicente Almazán.