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Antón Castro

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JULIO JOSÉ ORDOVÁS GLOSA LA PASIÓN DE ALAIN DELON Y ROMY SCHNEIDER

JULIO JOSÉ ORDOVÁS GLOSA LA PASIÓN DE ALAIN DELON Y ROMY SCHNEIDER

Este martes, Día de los Enamorados, Julio José Ordovás presenta ‘Una pequeña historia de amor’ (Isla de Siltolá, Sevilla) en Los Portadores de Sueños. Será a las 20.00; Almudena Vidorreta hará la presentación. En el libro, Ordovás alterna verso y prosa. Uno de los episodios en prosa más cautivadores es este, dedicado a la pasión de  Romy Schneider y Alain Delon.

 

 

 

TRES POLAROIDS Y CUARENTA Y TRES ROSAS ROJAS

 

De Julio José ORDOVÁS

   Finales de los años cincuenta. Aeropuerto de Orly. Un chico muy joven, muy guapo, muy serio y muy repeinado, vestido con traje y corbata, espera un vuelo procedente de Viena. No puede dejar de dar vueltas de un lado para otro. Tampoco puede parar de fumar. Lleva un ramo de rosas rojas. Le sudan las manos. Se afloja un poco el nudo de la corbata.

   El portador del ramo era Alain Delon. Su destinataria, Romy Schneider.

   Alain Delon y Romy Schneider trabajaron juntos en tres películas: Amoríos, de Pierre Gaspart-Huit (1958), La piscina, de Jacques Deray (1968), y El asesinato de Trotsky, de Joseph Losey (1972). Su relación fue apasionada y tormentosa, como corresponde a las estrellas más rutilantes del firmamento cinematográfico.

   Yo era un adolescente cuando vi por primera y única vez La piscina. Recuerdo a Romy Schneider saliendo del agua con un bañador negro y las gotas resbalando de su piel y precipitándose, juguetonamente, sobre la piel seca y dorada de Alain Delon. No podría decir cómo termina la película, pero recuerdo que el desenlace me impactó mucho, porque terminaba mal. Hasta entonces yo era tan ingenuo que creía que todas las historias se resolvían en un final feliz, así en el cine como en la vida.

   El final de la vida de Romy Schneider no pudo ser más trágico.

   Al parecer, el actor Jean Claude Brialy depositó sobre su tumba cuarenta y tres rosas rojas. Romy Schneider no llegó a cumplir los cuarenta y cuatro.

   Christian Dureau y Philippe Barbier escribieron un libro sobre la relación entre Romy Scheneider y Alain Delon. Su título: Ils se sont tant aimés (Se quisieron tanto). A raíz de la publicación del libro, en una entrevista para el diario La Provence, Alain Delon, después de tantísimos años manteniendo un silencio sepulcral,  descorrió el velo del luto y contó que en cuanto tuvo noticia del fallecimiento de Romy fue a toda prisa al lecho de muerte de la actriz para despedirse de ella, junto a sus amigos los productores Claude Berri y Alain Terzian. “Allí”, dijo Delon, “le hice tres fotos con mi Polaroid, porque quería fijar para la eternidad su imagen en el féretro”. Y dijo más: “Conservo estos retratos, que nunca he enseñado a nadie, en mi cartera, siempre cerca de mi corazón”. Al término de la entrevista, Alain Delon se sinceraba por completo: “Es difícil decir esto, pero no me habría gustado verla con setenta años. Creo que no habría envejecido bien. Es mejor que se fuera así. Murió guapísima. Era un mito y lo seguirá siendo”.

   Proust escribió que reconocemos mucho mejor a los seres que amamos en una fotografía que en nuestro recuerdo.

   La gente guarda en la cartera las cosas más extrañas. En uno de sus frecuentes viajes a Arles, donde Van Gogh se cortó parte de la oreja tras discutir con Gauguin, Picasso se propuso encontrar un periódico local que hubiera dado la noticia, y lo encontró. Recortó el breve que hacía referencia a la automutilación del pintor desequilibrado y lo guardó en su cartera hasta el día de su muerte.

   Yo no utilizo cartera desde que me la robaron a los quince o dieciséis años.

   Una vez acabada la entrevista y la presentación del libro, Alain Delon regresa solo a casa, en su coche. Un semáforo le obliga a detenerse. Aprovecha entonces para sacar la cartera del bolsillo interior de su americana y extrae las tres instantáneas. Sonríe. Le sonríe a ella. Que ha dejado caer la maleta en el suelo y corre por la terminal del aeropuerto trastabillando con sus zapatos de tacón recién estrenados. Los dos se funden en un beso y a continuación la película se funde en negro. Pero el semáforo está en ámbar; en unos instantes se pondrá verde.  

   Alain Delon ha tenido suerte: nunca le han robado la cartera.

 

ESTRELLAS DE HOLLYWOOD QUE VENDÍAN

ESTRELLAS DE HOLLYWOOD QUE VENDÍAN

VALLADOLID EXPONE '¡ESTRELLAS EN VENTA!

HOLLYWOOD EN LA PUBLICIDAD AMERICANA (1930-1970)' 

La Sala Municipal de Exposiciones de la Casa Revilla, del Ayuntamiento de Valladolid,  presenta a partir de hoy día 9 de Febrero, la exposición “¡Estrellas en venta! Hollywood en la publicidad americana (1930-1970) Colección Roger Biosca” en la que podremos ver 151 anuncios publicitarios originales, de entre 1930 y 1970, aparecidos en revistas norteamericanas como Life, The Saturday Evening Post, Lady's Home Journal, Colliers o Esquire. En todos estos anuncios aparecen actores y actrices de cine de Hollywood haciendo promoción de un producto concreto.

 Los ejemplos mas contemporáneos de la exposición son los de George Clooney y John Malkovich anunciando cápsulas de café, Leonardo DiCaprio y Brad Pitt luciendo un reloj deportivo, Hugh Laurie bebiendo tónica y Scarlett Johansson dejándose conquistar por un perfume. Reclamos recientes con los que el mundo de la publicidad intenta seducir. Una estrategia comercial centenaria que se remonta a los orígenes del star system del séptimo arte y que el Museu del Cinema de Girona –productora de la muestra que se presenta en Valladolid-recuerda con esta exposición

 La muestra, se centra en la edad de oro de la publicidad de famosos, cuando actores de la talla de John Wayne, Gary Cooper, Rita Hayworth, Marilyn Monroe, Humphrey Bogart y Clark Gable prestaban su imagen para promocionar los más diversos productos.

Hollywood creó el star system para promocionar las películas. Se dieron cuenta de que un filme tenía más éxito cuando era protagonizado por un actor famoso. Las industrias del cine y la publicidad ya se encontraron a finales del siglo XIX y, desde ese momento, no han dejado de hacer confluir sus intereses comunes. La mayoría de las películas ofrecían la imagen de una vida mejor y todo lo que el espectador observaba desde su butaca se convertía en un objetivo para alcanzar a través del consumo. La publicidad se convirtió en el guía que indicaba a los espectadores que habían de comprar para vivir como lo hacían sus ídolos.

Algunos de los sueños prometían hacerse realidad a través del consumo, y la publicidad se convirtió en el guía que indicaba a los espectadores qué habían de comprar para vivir como lo hacían sus ídolos. Convencidos de que esta relación era buena para ambas industrias, el cine y la publicidad convirtieron las estrellas en las protagonistas de los anuncios. Hollywood y su star system se sirvieron de esta herramienta publicitaria potente para anunciar las películas. ¿Por qué no utilizarlo también para anunciar el resto de los signos de la era contemporánea? Cines, calles, escaparates y supermercados se llenaron de imágenes en las que los actores comentaban cuáles eran los secretos de su belleza o que regalaban a sus parejas en Navidad. ¿Por qué tenemos que perder el tiempo buscando el producto que nos conviene, si nuestra estrella favorita ya lo ha hecho por nosotros?

En esta exposición, podrán contemplar un selecto número de anuncios aparecidos en revistas norteamericanas entre los años 1930 y 1970, procedentes de la Colección Roger Biosca, que ilustran esta intensa relación entre el cine y la publicidad.

 Un audiovisual reproduce 15 anuncios de televisión muy divertidos en los que, entre otras cosas, se ve a conocidos actores haciendo publicidad de una marca de tabaco. Precisamente, la conexión de esta industria con Hollywood es una de las partes que más llama la atención, ya que se extendía a las películas, donde actores y actrices aparecían constantemente con un cigarrillo en los labios. Uno de los primeros iconos de las tabaqueras fue John Wayne, de quien se decía que fumaba seis cajetillas al día y acabó protagonizando campañas contra el humo antes de que un cáncer de pulmón acabara con su vida.

 

La Exposición, en la que colabora la SEMINCI, permanecerá abierta hasta el próximo día 25 de marzo.  (Esta información es la nota de prensa de la muestra). Las actrices son Marlene Dietrich y Marilyn Monroe.

RETRATO DE ALEJANDRO CORTÉS

RETRATO DE ALEJANDRO CORTÉS

Alejandro Cortés es un joven artista aragonés, polifacético, que reside desde hace algo más de un año en Buenos Aires. Me envía una de sus obras y esta nota escueta: “Y como siempre, no sólo fotografía, no sólo cine, no sólo escritura, no sólo pintura. Necesito y necesitaré de todas ellas. Es difícil  avanzar en varias ramas a la vez. El cine me enseña mucho para lograrlo y para mí es tan necesario...”

PILAR BURGES: RETRATO DE ARTISTA

PILAR BURGES: RETRATO DE ARTISTA

Visité a Pilar Burges dos veces poco antes de su muerte. En su estudio, entre sus retratos y alacenas de antaño, la estufa y varias bombonas. Vivía ante la plaza de España: el sol entraba por la ventana con un centelleo de vitalidad. Fatigada y malherida, aún mantenía algunas de sus obsesiones: leía la prensa, anotaba frases y aforismos a lápiz que colgaba en las paredes o dejaba bajo los objetos de cerámica, repasaba su obra literaria (soñaba con escribir teatro de nuevo) y le daba vueltas a los folios de su tesis doctoral sobre el proceso creador en las Bellas Artes. Pilar Burges se sabía tocada por la guadaña del adiós inexorable y estaba pendiente de una operación. Durante más de cuatro horas, en dos días consecutivos, recordó para 'Heraldo domingo' a su padre, fundador del Iberia, sus encuentros iniciales con artistas como Bayo Marín y Joaquina Zamora, evocó a Marín Bagüés, aquel solitario que pintaba a una amante secreta o ideal, y le dio una peseta para que la arrojara por él en la fontana de Trevi. Recordó sus días en Barcelona, algún que otro amor entrevisto, el aprendizaje del arte mural, y recorrió los días de Roma y de París, cuando iba a ver a Marcel Marceau. A su regreso, iluminada por el arrebato de Goya, realizó su obra: variada, intensa, expresionista. Escribió, soñó, fue una rebelde, vendió cuadros, y usó un lema: “No hay otra virtud que ser valiente”. A los pocos días de aquel ejercicio de desnudez rechazó una antológica en Cajalón: “Ni mi corazón ni mi enfermedad lo resistirían ahora”, dijo. Extinta ya, Pilar Burges regresa en sombra y sueño a la Casa de los Morlanes, en un proyecto de Jesús Pedro Lorente y Rafael Ordóñez. Tampoco ahora debemos dejarla sola.

 

*Esta artículo apareció ayer en mi sección 'Cuentos de domingo' de Heraldo. En la foto, una de las obras más modernas de Pilar Burges.

MARISÉ SAMITIER: DIÁLOGO DE CINE

 

"EL CINE ENTRENA LOS MÚSCULOS DE LA EMOCIÓN"

 

La realizadora montisonense Marisé Samitier, galardonada en España y en Estados Unidos con su corto ‘Amores ciegos’, habla de su aprendizaje y de su formación audiovisual en Los Angeles, donde reside

 

 

 

 

Existe un momento mágico y decisivo, a veces tan fugaz como una corriente de aire o la aparición del arco iris, que decide una existencia. O cuando menos señala un sendero, abre un paréntesis que acaba siendo definitivo. Cuando tenía entre diez y doce años, y residía ya en Barbastro, a Marisé Samitier, nacida en Monzón, le regalaron uno de aquellos cuadernos con hebilla dorada y llave, bellamente encuadernado, con el título de ‘Mi diario’. Aquel se convirtió en el mejor regalo de su vida: Marisé empezó a anotarlo todo. “Noche tras noche, escribía lo que vivía –dice-, lo que soñaba, lo que me imaginaba, lo que quería hacer y no podía. Al poco tiempo, casi sin darme cuenta, empecé a hacer diálogos, a crear personajes que vivían historias y dialogaban, y además redactaba mis confidencias, el relato de mis amores imposibles o cualquier aventura con amigas en el colegio. Sigo escribiendo igual: tengo muchos cuadernos donde anoto frases, diálogos, impresiones; jamás hacía dibujos. Me acuerdo de que por la noche lo dejaba bajo llave en mi escritorio. Aquel era mi secreto”.

A ver: usted nació en Monzón, luego vivió en Barbastro...

Sí, además viví en Zaragoza, donde hice la primera comunión. Mi padre trabajaba en la construcción y tuve una infancia y una adolescencia movidas. Quería estudiar Psicología.

¿Lo hizo?

No. Mis padres se metieron un poco en medio, no veían claro el futuro, no se podía hacer entonces en Zaragoza y me incliné por Filología Inglesa. Y me vine de nuevo a Zaragoza: tenía unos tíos que vivían cerca del Mercado Central y allí pasé mi primer año.

¿Ya había aparecido el cine en su vida?

La verdad es que no demasiado. Tuve por entonces un novio cinéfilo, pero a mí aquella pasión suya me sonaba como una música de fondo. Al año siguiente, me fui a vivir con unas amigas a un piso y cogimos el bar del Teatro del Mercado. Ahí empecé a asomarme a otro mundo, el mundo de la noche y de la escena, pero lo más determinante fue un profesor: José María Bardavío...

¿Por qué?

De entrada porque no era un profesor al uso. Era multidisciplinar: igual te hablaba de literatura que de teatro, de música o de cine. Sobre todo de cine. En sus clases siempre había referencias al cine: recuerdo cuánto me impactó oírle hablar de ‘La ley del silencio’ de Elia Kazan. La vimos y me impresionó muchísimo Marlon Brando y empezó a intrigarme lo visual.

¿Qué quiere decir?

Más que las historias en sí, piense que veíamos la película en versión original y a veces no la entendíamos del todo, me fascinaban las imágenes, aquel caudal de encuadres, de gestos, de expresividad. Pero, además, Bardavío también nos hablaba de Harold Pinter y de su teatro: recuerdo que trabajamos un texto del futuro Premio Nobel, que hicimos ensayos, etc. Bardavío nos llevó a la Escuela Municipal de Teatro y allí nos enseñaron pequeñas escenas y nos invitaban a encarnar personajes y animales. Uno de los profesores nos decía: “imaginaos que sois un animal, un tigre, un gato... A ver cómo le dais vida”. De repente, di un salto a un mundo imaginativo y diferente, más creativo...

¿Representaron la obra?

No la hicimos. Pero yo ya estaba tocada por la curiosidad.

He leído en su currículo que estudió fotografía en Spectrum, la galería de Julio Álvarez Sotos...

Es cierto. Desde entonces no la he abandonado nunca. Un amigo mío tenía una cámara rusa, una Zenit, una réflex de 35 mm., se la pedí y empecé a experimentar. Años después me la robaron en Málaga, pero mi amigo nunca lo ha creído. Hacía fotos a todo. A todo. Pero ya entonces quería hacer fotos que contasen historias, fotos documentales, fotorreportaje. Y eso seguí haciéndolo durante mucho tiempo en Estados Unidos. En ese intento de contar una historia revelaba los rollos juntos sin que se cortasen los negativos. Era como una película, por decirlo un poco así. En aquella época, además, conocí al fotógrafo Ángel Carrera, que era el novio de una amiga mía y me hizo bastantes fotos. He expuesto en varias ocasiones.

Andamos ya avanzados los 90, rebasaba usted la veintena, y el cine no parecía haberle dejado mucho impacto.

Es cierto. Hay otro paso muy importante: fui a un cineclub y vi ‘Los cuatrocientos golpes’ de François Truffaut. Salí impresionada, con un deseo: quería saber cómo se hacían películas así.

Al parecer un accidente truncó sus sueños.

Más que truncarlos, los aceleró. Con un grupo de amigos fuimos a las fiestas de San Lorenzo, y en un tramo de Huesca a Barbastro, en una recta, sufrimos un accidente y me rompí la columna vertebral. Recuerdo que pusieron una coraza de yeso, que estuve bastantes días en el Clínico y luego estuve convaleciente en mi casa. Un amigo, Juan Carlos Cuello, vino a verme y me dijo que ofrecían unas becas de Educación para Los Ángeles. Nos presentamos los dos y a mí me llamaron; a él no y siempre me ha quedado como un rescoldo de pena y de culpa, aunque yo no era responsable de eso, claro. Hice exámenes, entrevistas, y al final me aceptaron. Y me fui.

¿Adónde exactamente?

Al sur de Los Ángeles, a un lugar llamado Lynwood, que era la parte más dura, agresiva y pobre. Tuve la sensación de que no soltaron en medio de la nada.

¿Nos soltaron?

Sí, íbamos cinco chicas. Una de San Sebastián, otra de Madrid y dos de Barcelona. Cuando vimos aquello nos quedamos desoladas. No tenía nada que ver con el mundo del brillo de Hollywood. Estábamos dejadas de la mano de Dios: el glamur del cine no aparecía por ningún lado. Tuvimos que adaptarnos a todo: incluso a las proporciones. Allí todo era grande, hasta los vasos, las ensaladas, o las personas, que nos parecieron muy obesas. Había mucha población afroamericana, y hasta la escuela era surrealista. Los niños eran verdaderamente difíciles.

¿Cómo remontó el vuelo?

No sabría responderle del todo. Pero lo hicimos. Me compré una cámara Minolta y la llevaba a todas partes. Disparaba a todo lo que se movía. Hacía fotos del barrio, de los vecinos, de los maestros, de los niños, de los bares, de la oscuridad. De todo lo que me rodeada. Y luego entré en la Otis Parsons, una escuela de arte y diseño, y también hice fotos. Encontré un modelo especial: el novio norteamericano de una amiga de Barcelona era muy guapo, y a él y a ella, juntos y por separado, les hice cientos y cientos de fotos. Por entonces, descubrí una película de Ingmar Bergman: ‘Persona’, con Ingrid Bergman y Liv Ullman que me deslumbró.

¿Le deslumbró ‘Persona’? ¿No es una de las películas más difíciles, teatrales y obsesivas de Bergman?

A mí me gustaba el juego de primeros planos de los rostros. Eran unos planos que definían toda una vida y sus sombras. Luego vi también ‘El séptimo sello’, y al poco tiempo hice una prueba con un amigo: intenté copiar, literalmente, un fragmento de la película. Y poco a poco fue aumentando mi pasión por el cine.

¿Qué pasó?

Empecé a matricularme en diversos college, en la Universidad, en el American Film Instituto, y asistía a todas las clases de cine que podía. Y empecé a probar con una cámara de súper ocho, luego compré una cámara de 16 mm e hice varios proyectos; con la cámara de 35 mm hice ‘Bazar’. Más tarde accedí al Film Institute en un proyecto en el que elegían a ocho mujeres, nos entrenaban –por decirlo así- durante dos meses y luego había que hacer una historia tuya para la que te subvencionaban con seis o siete mil dólares. Y así nació mi película ‘La virgen’. Más tarde, en la Universidad de Los Ángeles (UCLA) hice producción, guión y dirección, aunque mi especialidad es la de guión.

¿Cuál es el secreto de un guión, qué debe tener?

El guión ha sido mi entrenamiento más específico, es cierto. Para mí el guión debe tener emoción: puede ser realista, familiar, de terror, fantástico, pero la emoción es imprescindible. El cine entrena, debe entrenar los músculos de la emoción, es un gimnasio de los sentimientos y de la complejidad. Y el guión en sí es un territorio de la experimentación: es la base, la semilla, el germen. El producto final, es decir la película, siempre es diferente al guión e incluso a veces se rescribe al guión para adaptarlo a la película.

¿Cómo es eso?

Es así. Una historia se escribe al menos tres veces: con el primer libreto de guión, el material de partida para el rodaje; se reescribe durante el rodaje, con los cambios y las aportaciones de los actores y se reescribe en el montaje. Y todo eso me ha ocurrido con ‘Amores ciegos’, mi último corto.

Sí, que ha sido galardonado en Estados Unidos y  entre nosotros, y figuró entre los precandidatos al Oscar de cortometraje.

Sí. Lo escribí en 2005. Escribí otros en los años siguientes, y finalmente lo retomé. Al principio era más complejo, pero no lo supe hacer así. Al final reduje la historia a cuatro personajes y a sus complejas relaciones de amor y desamor. Rodé mucho más que lo que aparece ahora, he dejado a varios personajes fuera y eso siempre da mucha pena. Cuesta mucho hacer cine.

¿Le ha dolido no ser nominada?

Me deprimí mucho. Sentí una pena infinita. Estaba ante la puerta y no se me ha abierto. He ido a ver todas las películas con las que competía la mía, y han elegido una convencional, de narrativa lineal con un conflicto. Eso sí, optar a la candidatura suponía dar un paso profesional hacia adelante: se me hubieran abierto las puertas para hacer un largometraje.

En todo caso, ¿qué le debe a ‘Amores ciegos’?

Muchas cosas. Por ejemplo, mi estancia en Cannes: fue una experiencia fabulosa que me encantaría repetir. Cannes es la meca del cine. Hay secciones de casi todo, secciones, foros, y se establecen unas conexiones maravillosas. Con ‘Amores ciegos’ allí experimenté el vértigo de la distribución y firmé un contrato exclusivo de siete años. Volvería a repetir. Y ‘Amores ciegos’ supuso mi regreso a España y a Zaragoza y la posibilidad de contar con un espléndido productor, Francisco Javier Millán, y un equipo de lujo. He aprendido mucho y me han tratado de maravilla.

SIBIRANA EDITA A GINÉS LIÉBANA

Mañana martes, 24 de enero, de 2012 en Librería Cálamo

Con motivo de la edición del libro Resucita Loto, obra de Ginés Liébana (Medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes  2005), Sibirana Ediciones se presenta al público con su primer título y anuncia sus planes de futuro.

 

El sociólogo Chaime Marcuello es uno de las cabezas visibles de esta editorial que ha rescatado esta pieza de teatro sobre una el amor y la resurrección, en un formato menudo, de bolsillo, que lleva dos hermosas ilustraciones del pintor, poeta y dramaturgo. Explican los editores: 

 

SIBIRANA EDICIONES

¿QUIÉNES SOMOS?

Somos un grupo de amigos que nos encanta leer y disfrutar de la lectura.

Nos gusta leer e imaginar mundos imposibles. Nos gusta sentir y oler el perfume de la vida, efímera siempre, inevitablemente corta o, quizá, demasiado larga si esto sólo es una espera antes de la eternidad. Nos gusta sentir y beber con gozo las esencias de la Tierra que el Sol deja en nuestras copas filtrado en el corazón de las uvas.

Nos gustan los libros y el gozo de tener entre las manos la sensación del paso de cada hoja, las tapas que se rozan, la tinta que pinta el blanco con los colores de la imprenta. Nos gustan las cosas bien hechas y nos gusta ponerlas a disposición de quien se quiera dar un lujo. Un lujo singular, carente de despilfarro y alejado de lo común. Nos gustan las obras que no se publican para adocenar a las masas.

¿DÓNDE VAMOS?

Queremos ser una apuesta por la singularidad, por la excepción. Un asunto exclusivo, sólo para quienes sepan distinguir y busquen entre las maltrechas idas y venidas del día a día, la dicha como destino y como sentido.

Queremos ser hacedores de libros, de objetos bellos y llenos de emociones.

Queremos hacer una cartografía de ínsulas extrañas, donde cada obra forme parte de un archipiélago rodeado de nubes e "imagina-constructores" por todas partes, menos por una, la de sus raíces.

Queremos descubrir por qué la Luna se esconde y vuelve a salir, porqué no se puede vencer a los vencidos o porqué el buen gusto sabe que todo tiene un abajo y un arriba, una cara que se ve y otra que se esconde.

Queremos percibir el mundo y dejarnos llevar por sus aromas.

Queremos paladear el eco de las viñas al reposar su tiempo en el vidrio de la botella y decantarse en la copa de cristal.

Queremos subir la piedra de Sísifo para deslizarnos con ella al volver a descender, porque sólo quienes han caído se pueden levantar...

Sibirana Ediciones es la suma de unas voluntades que quieren disfrutar haciendo libros y más cosas. Nuestro lema fundacional es "leer, oler, beber", todo con moderación. Sin sobresaltos.

*Las fotos y los cuadros de Ginés Liébana están tomados de su blog personal.

 

 

LUCÍA CAMÓN Y ALFONSO KLINT

LUCÍA CAMÓN Y ALFONSO KLINT

LARA ALBUIXECH: LUCÍA Y ALFONSO, RETRATO DE EMPAREJADOS

He hablado aquí otras veces de la actriz, poeta y videocreadora Lucía Camón. Tiene mucho talento: una voz poética que se suspende en lo cotidiano y en los secretos del amor y de la convivencia. Lara Albuixech me envía esta bonita foto de ella, que está a punto de ser mamá, tras su paso por ProyectAragón. Con ella está su compañero Alfonso Klint, que es diseñador y maquetador del libro de Lucía, ‘Siete veces sí’, que presentó en Zaragoza, y además es su guitarrista: junto, Lucía y Alfonso, realizan cuidados recitales poéticos.

 

J. FUEMBUENA Y A. RAMÍREZ: ÚLTIMA SEMANA EN LA CASA DE LA MUJER

J. FUEMBUENA Y A. RAMÍREZ: ÚLTIMA SEMANA EN LA CASA DE LA MUJER

JORGE FUEMBUENA Y ALEJANDRO RAMÍREZ

EXPONEN EN LA CASA DE LA MUJER

 

A PROPÓSITO DE ‘A SONG FOR MY MOTHER’

[Texto de la presentación de la muestra]

 

En esta sociedad, con una cultura visual tan potente, las imágenes y los textos que  nos inundan no son sólo el reflejo de referentes ajenos y anteriores a ellos, si no que ayudan a construir y representar una realidad saturada de estereotipos violentos. Visibilizar y deconstruir estos estereotipos es una de las funciones sociales del arte, creando códigos artísticos y culturales que dan forma al imaginario colectivo.

‘A song for my mother’ se articula construyendo una narrativa visual y simbólica donde se representan y transmiten pensamientos y reflexiones en los límites entre la realidad y su representación. Se trata de pensar con imágenes y sonidos, de establecer analogías, correspondencias emocionales e identificaciones.

El margen de tiempo que nos impone la cultura visual actual resulta insuficiente para poder apreciar las imágenes aquí presentadas como iconos. El objetivo de esta exposición no es crear un recorrido para deleite puramente estético o reafirmación colectiva, sino reflexionar acerca de un hecho que acontece en nuestra sociedad desde el principio de los principios en torno al binomio universal.

Las nuevas tecnologías crean el espejismo de que la complejidad del mundo se ha simplificado. Esta propuesta plantea lo contrario, ya que a través de lo tecnológico se puede observar la complejidad de un mundo aparentemente simple. Aquí se va más allá del puro documento para mostrar en un acto deliberadamente premeditado lo que es la manipulación a la que el individuo se somete. Las obras presentadas se sitúan en la intersección entre individuos, emociones y conceptos. Los artistas se muestran ambiguos, pero esto no quiere decir que Jorge Fuembuena y Alejandro Ramírez sean ajenos a lo acontecido. Su compromiso con el arte va más allá de lo puramente reconocible, de lo obvio, y de manera decidida, incluso radical, hacen reflexionar al espectador sobre lo irreconocible, lo oculto y lo profundo de las relaciones humanas. En definitiva hablar sobre la naturaleza contradictoria del ser humano.