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Antón Castro

Artistas

HOMENAJE A ANTONIO ARTERO EN MADRID. (UN DIÁLOGO CON EL CINEASTA)

[Desde mañana, 13 y miércoles, y hasta el 21, en la Fundación Anselmo Lorenzo de Madrid se le rinde homenaje al cineasta aragonés Antonio Artero Coduras, el autor de 'Monegros', 'Trágala perro' o 'Cartas desde Huesca'.]

 

Antonio Artero fue de niño el hijo de la repartidora del pan. Su padre murió un poco antes de su nacimiento y él nunca conoció los secretos de una familia convencional. Ni siquiera estaba bautizado, lo que lo llevó a vivir con cierto disimulo. “Ella era republicana y muy antifranquista, claro”. De ahí brota su primer recuerdo: cuando tenía tres o cuatro años iba –con una familia de verduleros que lo había recogido- a visitar a su madre que estuvo presa durante seis meses en la cárcel de mujeres de la calle Manifestación y siempre le llevaban naranjas. El verdadero tesoro de su niñez, además del libro Corazón de Edmundo de Amicis que le regaló una profesora a los siete u ocho años, era aquel cine que Artero hacía con sus amigos en casa o en la calle, con tiras de los tebeos de Roberto Alcázar y Pedrín o El guerrero del antifaz.
-Cogíamos un tebeo, lo recortábamos y lo íbamos pegando en tiras, a veces incluso por atrás. Y luego lo enrollábamos en dos palos de polo de helado. Y a la caja le hacíamos un rectángulo, a modo de pantalla. Metíamos los palos por el interior de la caja y los íbamos haciendo rodar. Así le podíamos dar continuidad a la aventura. Al final, mi madre viendo mi gran afición, con diez u once años me compró un cine Nic con proyector y un buen puñado de películas más bien absurdas.
La vocación cinéfila de Antonio Artero había nacido en las tardes del Iris o del Monumental, en aquellas sesiones infantiles de cine del oeste.
-Vinieron unos amigos republicanos de mi madre de Barcelona, que habían sido represaliados y desterrados en Zaragoza, y el día de Navidad nos llevaron a mí y a mis amigos al elegante El Dorado a ver la primera película de Walt Disney, Blancanieves y los siete enanitos, a mediados de los años 40. Aquella cinta me golpeó mucho: era una película de terror absoluto que me provocó pesadillas. Por su color, por aquella madrastra tan mala. Pero en realidad, yo llegué al cine más bien por los tebeos porque el cine estaba muy lejano, luego aquel lío de las toleradas y no toleradas, y sobre todo por el juego de la caja de zapatos.
Una vez acabado el bachillerato, trabajó de botones en una oficina, luego en laboratorios Ártica de papillas y finalmente en el Banco de Bilbao. Sus inquietudes artísticas iban en aumento, de tal forma que frecuentaba una tertulia en el café Baviera con otros amigos como Ángel Azpeitia.

-Éramos víctimas de las ironías de Miguel Labordeta, que nos llamaba La Deposición. Nosotros surgimos por oposición al café Niké, del que decíamos que lo formaba un grupo de dinosaurios. Fundamos un teatro de cámara, el Cigarral. A Niké lo considerábamos lo establecido, el orden. En esa época estrené mi primer corto, La Herradura, sobre la Base Aérea Americana y lo presentó con valentía Guillermo Fatás Ojuel en el Cineclub de Zaragoza.

Artero acabaría pasándose a la tertulia DEL Niké, pero por aquellos días, en que ya se empezaba a pedir en la taberna la botella de vino con cacahuetes, veía a José Luis Borau que hacía peña vespertina en Casa Félix con José Pérez Gállego y Eduardo Fauquié, o iniciaba su amistad con José Luis Pomarón.
-Pomarón fue esencial para mí. De él aprendí técnica, aprendí a manipular una cámara. Era un técnico estupendo y un gran artesano. Yo creo que es el Hombre del cine en Zaragoza y apostó muy fuerte con Moncayo Films. ¿Víctor Monreal? Creo que son incomparables. Era un buen fotógrafo, un excelente profesional, pero no tenía el talento creador de Pomarón. Yo trabajé con éste como actor en El deseo de cristal. Algo más tarde, gané el premio de guiones Club Cinemundo. Te daban un dinero con el que podías hacer tu primera película, que fue Lunes, donde abordaba un timo de pisos que había vivido muy de cerca en la Zaragoza de los 50. En esa época ya me había pasado a Niké.

-Agregue su particular visión a la leyenda del café.
-Niké era un lugar de encuentro sin declaración alguna, sin programa. Los que andábamos por allí teníamos el estigma del marginado. Éramos sospechosos: sospechosos políticos, sospechosos poéticos, sospechosos sexuales, sospechosos pictóricos. Todos estábamos bajo sospecha. Y no es que el Niké fuera unitario, salvo en lo que concernía al rechazo al régimen. ¿Cuál fue la suerte del Niké? Pues que hasta el actual Rey, que también era un sospechoso iba allí casi todas las tardes a tomarse su té con pastas. Iba y se sentaba en la misma silla en que lo hacía Julio Antonio Gómez. Siempre nos lo contaba el camarero Ernesto, que era muy entrañable y muy alcahuete, “ha estado esta tarde con su hermana la ciega”, nos decía.

-Ha hablado de Julio Antonio Gómez...
-Sí. Qué puedo decirle. Murió de amor. Era la inmensidad, un hombre muy inefable. Todos conocemos su vida exterior; su vida íntima era infinita, era como una zambullida en el abismo.

-¿Qué relación mantuvo con Miguel Labordeta?
-Miguel Labordeta era cualquier cosa menos el poeta provinciano que algunos creen. Él nos traía esos poetas desconocidos y despreciados como Vladimir Maiakovski o César Vallejo. Sabía antes que nadie lo que estaba pasando en Europa o en el mundo en la poesía. Fue un magisterio continuo para mí, como lo fueron Manuel Rotellar, el citado Pomarón o Eduardo Faquié. Le dediqué a finales de los 80 una Biografía interior en TVE en la que intervenían su hermano José Antonio Labordeta, su hija y sobrina de Miguel Ana.

Artero ya estaba inmerso en la vorágine de la curiosidad, de las artes y del compromiso. Y eso le llevaba a frecuentar París siempre que podía. Visitaba a los exilados o la Cinemateca.
-Yo quería cambiar el mundo. Son esas cosas absurdas y maravillosas de los 18 años, aunque sigo pensando lo mismo. Empecé escribiendo una obra de teatro que envié al premio Lope de Vega, pero pensé que el cine podía llegar a más gente y ser más eficaz. Mi madre solía decirme: “Hijo mío, juegas contra los americanos y no tienes nada que hacer. Vas a perder”. Pero el cine me apasionaba cada vez más y me había propuesto estar en el mundo a través del cine.
El paso siguiente, en los primeros 60, fue dejar el Banco y trasladarse a Madrid, a la Escuela Oficial de Cine. Allí coincidió con Berlanga, Saura, Borau, Claudio Guerín, Pilar Miró. Volvió a dar muestras de su inconformismo, de su heterodoxia pertinaz.
-Realicé, entre otros trabajos, el corto Doña Rosita la soltera, que me cortó Fraga. Yo quise meter unas cuñas que situasen aquel drama, una crítica de la educación sentimental condicionada por la I Guerra Mundial, las famosas huelgas, la Semana Trágica de Barcelona. La obra es muy necrofílica. Pues bien, quise meterle unos apuntes del No-Do y de un documental de Fernández Cuesta, Vivir en Madrid, realizado por oposición al de Fredéric Rossif Morir en Madrid, pero Fraga cercenó esas cuñas.

-Borau tuvo un detalle muy hermoso con usted...
-Tengo una muy buena relación con él. Él mandaba una crítica para la última página del Heraldo de Aragón y a veces me encargaba a mí que la hiciese yo y firmaba Interino. Pero no sólo eso: cuando iba a pagar mi matrícula en la Escuela, siempre me decían: “Su matrícula ya la ha pagado el Señor Borau”. Él sabía de mis apuros económicos. Borau es una persona muy delicada y exquisita, de una bondad indescriptible. Siempre he sentido agradecimiento. Ni siquiera tienes que humillarte ni él deja que te humilles. Hay una cosa curiosa: Borau y yo fuimos los únicos que terminamos la carrera en tres años en la Escuela, que por otra parte era como una especie de espejo deformado del Niké, otro lugar de encuentro de marginados y sospechosos que solían cometer barbaridades. Y terminé la carrera porque necesitaba méritos para empezar a trabajar y ganar algún dinero. Estaba acuciado por el hambre, esa es la verdad.

Y para que no faltase la polémica que siempre acompañó su trayectoria, Artero era vigilado de cerca por el coronel Fernández Posada, del Servicio de Investigación Militar, quien descubrió que al joven cineasta le habían falsificado (y regalado) en Zaragoza el certificado de Reválida. Le hicieron un juicio en Zaragoza y fue expulsado, aunque cuando se hizo efectiva la sentencia ya había terminado los tres años de estudios en la Escuela, con espléndido aprovechamiento. Paradojas de la vida: su buen rendimiento académico le hizo acreedor de una beca para ir al festival de Cannes. Serrano de Osma, que era el decano, lo llamó al despacho y le dijo: “Con mucho dolor de corazón, no nos queda más remedio que darle la beca a usted, Artero. Pero no diga usted nada, que lo conocemos”. Y él, dulce e iconoclasta, lo decía todo.
-¿Cómo iban a amordazarme? Me preguntaban en Cannes cómo estaba el cine en España. “¿Cómo va a estar?”, les contestaba. “Está fatal, terrible. ¿Qué puede dar el franquismo en cine o en nada? La gente está luchando contra eso. Y lo que hay es el producto de la lucha a muerte contra el franquismo”. Claro, ya la había armado. Pero había muchos compañeros que me apoyaban. En la Escuela iba haciendo cosas: Trabajos de adolescente con una referencia explícita al fusilamiento de Grimau, que fue por entonces, Viaje de bodas, basado en un texto de Cesare Pavese. Yo creo que era un terrorista conceptual y sigo siéndolo todavía. Y empezaron a llamarme los productores y así pude hacer mi primera película, El tesoro del capitán Tornado, que me estropeó la censura. Era un filme infantil de gánsters y piratas. Ya no existe porque el Ministerio, con un aragonés al frente, Pascual Cebollada, lo destrozó. Cebollada ejercía el terrorismo de estado, era el censor máximo sobre todo del cine infantil. Ordenó un remontaje y yo saqué mi firma del filme. Al final hubo una pequeña traición de otro aragonés, Raúl Artigot, y él asumió la cinta como suya. Hizo mal en colocar su firma y no decirme nada, pero eso ya pasó hace años y no tiene importancia.
Unos meses más tarde, en la reunión de los Clubs de Cine que se celebró en Sitges, Artero insistió en su apuesta por un cine más radical –de allí saldría una especie de manifiesto “por un cine más independiente, al margen de las estructuras sindicales, estatales e incluso industriales, y por la absoluta libertad en la expresión cinematográfica”- que iba a cristalizar en Blanco sobre blanco (una proyección sin película en una pantalla completamente blanca) y en Del tres al once, un cortometraje hecho con las guías de proyección de dos rollos que le había regalado Pablo del Amo.
-El primero era una reflexión del cine, qué son las sombras chinescas y también sobre la destrucción del discurso representativo del cine. El segundo era una meditación sobre lo que no se ve, lo que se escamotea al espectador. Yo recuerdo que en el viejo Iris daba saltos de alegría cuando veía aquellos inicios de la película con colas, con números, con rayas. Decía: ¡Qué bonito! Esa experiencia cristalizó en el documental Monegros, cuando se decía aquello de “Atención, atención”.

-Monegros fue muy elogiado. ¿Qué pretendió hacer?
-El documental no es un documento. Siempre hay una mediación, que es la cámara. Yo cogí una realidad arquetipada y, a diferencia de lo que hizo Buñuel en Las Hurdes, quise ofrecer una negación de la realidad. Yo creo que al cineasta le es imposible dar la realidad. Con Monegros quise negar la existencia del documental.
Pero desde entonces, Artero ha seguido trabajando con pausas, con problemas de producción y con la misma osadía. Ahí están Trágala perro (1981) con Amparo Muñoz, un filme acerca de la apariencia y la superchería a través de la figura de Sor Sulpicio, y su última cinta, Cartas desde Huesca, con Fernando Fernán Gómez y Myriam Mezieres.
-Es una película que partió de Los papeles de Aspern de Henry James, en el que quise expresar el rechazo a la cultura como mercancía. El viejo anarquista se suicida antes de entregar los poemas póstumos al editor y después de haberlos quemado. Fue un homenaje a los viejos anarquistas y quise ofrecer una visión anarquista de la cultura, de la que me siento muy cerca. Odio la cultura como escaparate.

-Lo habíamos detectado. ¿Qué le queda por hacer?
-Mi gran sueño es el ‘Pedro Saputo’ de Foz, del que ya hice un fragmento en fabla en Pleito a lo sol. Es un libro que me emociona y que me descubrió Rafael Gastón, el padre de Emilio, el abogado, político y ex Justicia de Aragón. Y compañero de las noches del Niké.

--Celebramos un siglo de cine. ¿Cuál es el balance de un heterodoxo?
-Yo creo que hace cien años que se murió el cine. Cuando nació el cine hubo dos fenómenos: los Lumière, que eran el documento, la realidad. Y Méliès, que era la magia, el discurso destructivo. Ya ve quién ha ganado: los Lumière.

--¿Por qué es Aragón tierra de cineastas?
-Yo creo que Aragón es más rabelesiana que cervantina, más de imágenes que conceptual.¿Quiere decir eso que el aragonés tenga un ojo especial? Hombre, sería un ojo muy terrible.

-Sin embargo, usted parece que ha rodado poco y que se ajusta al cliché de vanguardista y maldito.
-No creo que haya rodado poco. Estoy contento en la medida de lo posible con lo que he hecho. Ahora bien, en los últimos años ha surgido la figura del director-productor, y yo intento aprovechar las pocas rendijas que me deja el sistema. No me queda más remedio que aceptar esos epítetos, muy a mi pesar. Pero yo no sé porque el cine ha tenido que desarrollar el discurso de la novela del siglo XIX: chico encuentra chica, chico pasa dificultades, chico se enamora de la chica. ¿Es que todo tiene que ser asó? El cine es específicamente un cine más temporal que narrativo. Y yo cuanto más narrativo veo el discurso, menos cine encuentro en la película.

--¿Cuál es su camino o su sueño de cine?
He tenido mis dudas acerca del cine que quiero realizar. A mí me encantaría que el cine fuese como el big bang: todo es según el lugar que ocupa el observador en el espacio y en el tiempo. Me encantaría hacer una película que fuese al revés, que empezase en la tumba y que terminase en el vientre de la madre del protagonista.

PASIONES PRIVADAS
--Háblenos de sus pasiones privadas: de películas y directores.
-Carl T. Dreyer, Tarkovski. Arthur Ripstein, de los de ahora; Bresson, Godard, que me ha enseñado mucho cine, Sträub, y Rosellini, por supuesto. ¿Mis películas? Francesco, juglar de Dios de Rosellini, La Gertrud de Dreyer, Crónica de Ana Magdalena Bach de Staüb o La zona de Tarkovski.

-¿Actores?
No he pensado nunca en ello. Quizá, por mitología, me quedaría con Michel Simon de El Atalante de Jean Vigo, el joven Marlon Brando y Louise Brooks.

--¿Cuál es su película ideal?
-La película que me hubiera gustado hacer es Crónica de Ana Magdalena Bach, de Staüb, porque es de lo más cinematográfico. Son las fugas de Bach contadas por su hija. No hay estructura narrativa, tiene una estructura temporal más cercana a la música que a la literatura.

ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

ÁNGEL AZPEITIA: UNA ENTREVISTA

[El pasado sábado por la mañana fallecía el crítico e historiador de arte Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019), que trabajó durante 50 años ininterrumpidamente en 'Heraldo'. Hace algunos años, le hice esta entrevista, se publicó en la sección 'Clásicos y modernos' del dominical de Heraldo. La recuperó aquí; el funeral por el profesor de la Escuela de Artes y de la Universidad de Zaragoza tendrá lugar mañana a las 11 de la mañana.]

Ángel Azpeitia Burgos vive en museo particular de pinturas, esculturas, recuerdos, y muchos libros: habitaciones enteras repletas de catálogos, monografías de arte, volúmenes de narrativa y ensayo. Esos objetos que conforman una pasión, una forma de vivir y de estar en el mundo con curiosidad. En todas las paredes hay cuadros de pintores con los que ha conformado una sinfonía de amistad: Juanjo Vera, Daniel Sahún, Pascual Blanco, Martín Ruizanglada, Torcal, Manuel Viola, Julia Dorado, Eugenio Estrada, Virgilio Albiac o, entre otros, su amado Vicente Paricio, tan determinante en su vida. Él, antes de que apareciese en su vida HERALDO o la galería Libros de Víctor Bailo, fue uno de sus primeros estímulos. “Soy el quinto hijo de un médico de pueblo que no tenía ningún sentido práctico. Era un pequeño desastre con el dinero, yo creo que no cobraba a nadie. Había estado en Tauste y también en Calatayud”, dice el crítico e historiador del arte, que se recupera poco a poco de un infarto: en un rincón de su estudio reposa la silla de ruedas y de un lugar del techo penden unas anillas para sus ejercicios de rehabilitación. Dirá: “Cuando se ha sido tan activo, la dependencia es algo terrible. Es una experiencia dolorosa, de esas que te ponen a prueba en todos los terrenos”.

-Imagino que habrá tenido una infancia cómoda y culta...

-Cómoda no, pero culta sí. Mi padre se murió demasiado pronto y tuve que ayudar en casa. Mi madre era una mujer muy especial: había leído mucho, poseía un alto nivel de lenguaje y poseíamos una buena biblioteca. Aún conservo títulos de aquel fondo familiar. Estudié en Jesuitas y el arte empezó a interesarme un poco en el colegio. Con todo, mi primera escuela de arte fue el Casino Mercantil.

¿Por qué?

Allí veía las exposiciones de Vicente Paricio y nos hicimos muy amigos. Era un pintor social: hacía retratos elegantes y serios. A las damas las pintaba en traje de noche. También hacía paisaje y bodegón. Era una pintura fácil de entender.

-He visto que los pintó a usted y a su mujer María Luisa en torno a 1972.

-A María Luisa un poco antes. Decía que él solo pintaba lo que veía. Tuvimos que posar varios días para sus retratos al pastel. Fue muy curioso: él se preparaba varias conversaciones y temas para todos los días, y te daba conversación. Hablaba sin cesar de política, de arte, y tenía mucho sentido del humor y de la ironía. Veía un caballo que había un pintor famoso y decía: “Yo pinto mucho mejor los caballos”, y se reía. Recuerdo que me decía que cuando se hace un retrato el cliente se queda convencido del todo cuando sale guapo. Y él embellecía a las mujeres pintándoles los ojos más grandes y el cuello más largo. “A los hombres no se les pinta guapos: se les pinta importantes”, me decía.

-Por cierto, en el Casino Mercantil se presentó ‘Pórtico’ a finales de los 50.

No voy a mentir. No estuve en las primeras exposiciones de Pórtico, de Lagunas, Aguayo y Laguardia, aunque sí asistí a otra posterior donde solo estaban dos artistas, ahora no recuerdo con precisión: creo recordar un cuadro abstracto que me evocó una semana santa, vista desde arriba, con sus desfiles y sus capirotes.

¿Cómo se divertía en aquella Zaragoza amarilla?

Como podíamos. No teníamos casi dinero, y ahorrábamos varios días para poder salir de copas y de tascas de cuando en cuando. Pese a todo, salíamos: a mí me interesaba mucho la poesía y ofrecía recitales con amigos y en algunos salones. Teníamos entonces como pequeños mecenas que nos cedían un salón con piano. Yo escribía: gané un par concursos de poesía en Maristas y en la Facultad de Filosofía y Letras. No recuerdo las fechas, he perdido mucha memoria: soy un hombre de documentos y todo, todo lo tengo registrado en carpetas, fichas y ficheros y archivos. Era muy lector: de novela contemporánea o de ‘El paraíso perdido’ de John Milton. Antes de los veinte me había leído prácticamente toda la literatura clásica.

¿Quiénes eran sus amigos?

Alejandro García Anadón, José María Valdivia, que era pianista y hermano del escritor Eduardo Valdivia, venía de vez en cuando a nuestras reuniones. Recuerdo que íbamos a bares baratos como Casa Félix: allí tomábamos bocatas, vino y cacahuetes, muchos cacahuetes, y se permitía cantar.

¿Ya había entrado en la Universidad?

Yo soy un universitario muy tardío. Trabajé algunos años de comerciante de Ultramarinos y coloniales, pero al final entré en la Universidad. Me matriculé en Filosofía y Derecho, y dejé esta carrera en tercero. Antes de inclinarme definitivamente por Historia del Arte dudé mucho: quiso estudiar arqueología, entre otras cosas porque Antonio Beltrán Martínez era un profesor muy estimulante y activo y me había conseguido una beca para Francia y también estuve a punto de realizar una excavación en Nubia. También quiso ser geógrafo, pero finalmente opté por el mundo de la cultura. La universidad solo tenía un catedrático de historia del arte: Francisco Abad, era un clasicista que nunca se atrevió a pasar de Francisco de Goya. Hasta ahí podíamos llegar. Para entonces ya teníamos otra tertulia en el café Baviera.

¿Qué ocurría allí?

Hicimos una tertulia en el café Baviera. Yo no he sido de la Peña Niké, aunque estuve alguna vez. Nosotros también teníamos un grupo muy activo, tanto que fundamos un teatro de cámara, La Cigarra. Por allí andaban el cineasta Antonio Artero, el poeta Daniel Almárcegui, Alberto Castilla. Hacíamos piezas al aire libre: entremeses cortos y humorísticos. Recuerdo que en el Baviera había una escultura preciosa de Honorio García Condoy.

-Una de sus pasiones es el fútbol, en concreto el Real Zaragoza.

Me ocurrió una cosa muy curiosa. Cuando era representante de comercio visitaba muchos mercados, entre ellos el Mercado Central. Recuerdo que un día llegué por allí y dos vendedores discutían sobre el Real Madrid y el Barcelona. Y yo hice una observación sobre un jugador con un fatídico error: dije que jugaba en el Real Madrid  cuando lo hacía en el Barcelona. Hubo protestas a mi jefe, o por lo menos llegó a sus oídos mi metedura de pata, y él me sacó mi primer abono de socio del Real Zaragoza. Y estuve yendo, primero a Torrero y luego a La Romareda, muchos, muchos años.

-Cómo dio el salto a la crítica de arte.

Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.

Ha dicho usted que Francisco Abad no era un profesor avanzado. ¿Quién era su referencia?

Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.

¿Qué significó el periodismo para usted?

Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor.  El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación. Pienso por un momento en la Escuela de Artes...

¿Por qué lo dice?

Hay varias generaciones de artistas que han sido, o son, profesores ahí o que se han formado entre sus paredes: Cano, Natalio Bayo, Pedro Giralt, Rubén Enciso, Vicente Villarocha o Pascual Blanco, que me ayudó en el tiempo en que yo estuve de profesor.

¿Qué crítico ha querido ser?

He cambiado mucho. Al principio, analizabas la obra en función de sus valores de ruptura o de novedad, qué elementos de modernidad y de vanguardia significa un proyecto. Más tarde, he intentado reflexionar sobre el binomio: lo que quiere hacer y lo que consigue el artista. A veces, hay artistas que te quieren hacer reír, y te hacen llorar. Y viceversa. Y poco a poco he acabado por desvincularme de problemas teóricos: mis críticas acompañan, sugieren, ayudan a ver. Y solo soy auténticamente crítico con las instituciones y con las políticas culturales. Me he vuelto más condescendiente.

¿Para que sirve el arte?

Es una manera de vivir. El arte es como el oxígeno: es imprescindible, al menos para mí. Imprescindible. Está en todo. Es compañía, es consuelo, es un latigazo de lucidez, es emoción. Y para mí también está ligado a la amistad y a un montón de amigos. A veces pienso que soy dadaísta. Los objetos de mi vida son mi arte y son un hilo de comunicación con un montón de artistas a los que  quiero y a los he seguido durante medio siglo.

 

JESÚS PEDRO LORENTE RETRATA A ÁNGEL AZPEITIA BURGOS

JESÚS PEDRO LORENTE RETRATA A ÁNGEL AZPEITIA BURGOS

ÁNGEL AZPEITIA: UNA VIDA EN EL ARTE

 

JESÚS PEDRO LORENTE. *CATEDRÁTICO DE HISTORIA DEL ARTE

Para mí, Ángel Azpeitia Burgos (Zaragoza, 1933-2019) ha sido mi maestro y mentor tanto en el Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza como en la Asociación de Críticos de Arte. De su labor como profesor e investigador yo destacaría su monografía sobre Marcelino de Unceta, publicada por Ibercaja en 1989 y su ‘Diccionario de Arte Contemporáneo y Terminología de la Crítica Actual’, publicado en Madrid por la Compañía General de Bellas Artes en 2002.

De su intensa labor como crítico de arte, tanto a través de reseñas de exposiciones en HERALDO DE ARAGÓN o revistas especializadas, como a través del comisariado de exposiciones, yo mismo seleccioné (con su ayuda) unas cuantas críticas para el volumen que PUZ publicó en 2013 (con financiación de la AACA, AECA, el grupo OAAEP, IEA e IFC) bajo el título ‘Exposiciones de arte actual en Zaragoza: reseñas escogidas, 1962-2012’. Tuve el honor de compartir con él el comisariado de una de sus exposiciones con más éxito: ‘Libertad e Independencia: Aragón en la pintura de Historia’, organizada por la DPZ en el Palacio de Sástago entre el 6 de octubre y el 12 de noviembre de 1989, que recibió más de 132.000 visitantes marcando un record de público en esa sala.

Pero él se sentía especialmente orgulloso de las muestras dedicadas a artistas contemporáneos en la sala Luzán de la CAI y otros centros expositivos, especialmente las monográficas sobre artistas aragoneses, pues entre ellos contaba algunos de sus mejores amigos y admiradores. Muchos de ellos, y también de sus compañeros universitarios y críticos, colaboramos en un libro en su homenaje coordinado por Manuel Pérez-Lizano Forns, ‘Ángel Azpeitia: Historiador y Crítico de Arte. Intensidad radial, 1933-2012’ ( Zaragoza, Aladrada ediciones, 2012).

 

*La foto como se ve es de Carlos Barboza y Teresa Grasa.

MUERE EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA

MUERE EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA

 

HA FALLECIDO EL CRÍTICO DE ARTE ÁNGEL AZPEITIA
[Esta mañana ha fallecido en Zaragoza, la ciudad donde había nacido, Ángel Azpeitia Burgos (1933), que fue crítico de arte de Heraldo de Aragón durante medio siglo, desde 1962 a 2012. Dedicó su tesis doctoral a la obra de Marcelino de Unceta, comisarió muchas exposiciones, coordinó varios libros y redactó cientos de catálogos de arte, fue amigo de diversas generaciones de artistas en Zaragoza y Aragón. y el catedrático Jesús Pedro Lorente recogió una selección de sus críticas en ’Exposiciones de arte actual en Zaragoza. Reseñas escogidas, 1962-2012’ (PUZ). El crítico e historiador de arte, Manuel Pérez-Lizano le dedicó el libro: ’Ángel Azpeitia: historiador y crítico de arte’, que coordinó para Aladrada Paco Rallo. Fue fundador de la Asaciación Aragonesa de Críticos de Arte y era presidente honorario de la Asociación Española de Críticos de Arte.
Desirée Orús, presidenta de la AACA, señala: "Ángel Azpeitia, fue uno de los fundadores de la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, un espejo en el que se han mirado generaciones posteriores. Riguroso en sus textos, siempre estuvo al lado de las tendencia más vanguardistas, en tiempos en los que no siempre eran entendidas. Ángel Azpeitía abrió las puertas a la plástica contemporánea y dio visibilidad a la crítica de arte, a través de las páginas de 'Heraldo de Aragón'. En sus textos siempre encontraba una perspectiva positiva y animaba a cada lector a juzgar de manera personal la exposición, visitándola. En 2013 la Asociación Aragonesa de Críticos de Arte, el rindió un homenaje y se publico el libro 'Exposiciones de arte actual en Zaragoza, reseñas escogidas (1962-2012)', que recogía su labor de 50 años como crítico en Heraldo de Aragón".
El velatorio será mañana domingo en la sala 22 del cementerio municipal de Torrero a partir de las 11h, y el funeral el lunes 21 a las 11h en la capilla 1 del mismo complejo funerario zaragozano.

En este periódico ’Heraldo de Aragón’, para la sección dominical ’Clásicos y modernos’, explicaba su trayectoria. 
-¿Cómo dio el salto a la crítica de arte?
Es casi un misterio. Fue en 1962 y yo era alumno todavía. El crítico de arte era Joaquín Aranda, se fue a Madrid a realizar unos cursos, y tenían que buscar un sustituto. Y un día me llamó Antonio Bruned y le dije que sí. Yo creo que le sugirió mi nombre una hermana de Andrés Galdeano, que era compañera mía de curso. Más tarde, regresó Aranda, pero no quiso hacer arte: se dedicó al teatro, al cine y a la literatura. Y aquí sigo: entonces la crítica de arte era diaria. O casi diaria.
-¿Quién era su referencia?
Federico Torralba. No se puede decir que fuese mi maestro exactamente, entonces estaba en la Escuela de Artes, pero sí fue el gran defensor del arte contemporáneo en Zaragoza. Ese es uno de sus méritos. Esta ciudad le debe muchísimo. Lo difundía a través de su presencia en la Institución Fernando el Católico y de la Diputación de Zaragoza, estuvo muy cerca de muchos grupos y artistas, y más tarde fundaría galería. Yo empecé mi tesis sobre Marcelino de Unceta con Francisco Abad y la acabé con él.
-¿Qué significó el periodismo para usted?
Yo he sabido mucho más cuál es la realidad artística a través de la crítica que de mis años como profesor. El periodismo me conectó con la vida, con la calle, con el quehacer cotidiano de los artistas. Empecé a ver arte contemporáneo cuando empecé a ser crítico, no antes. El crítico de arte tiene una realidad inmediata con el arte. Y, en ese sentido, también fue más importante la Escuela de Artes que la Facultad: el hecho de que no hayamos tenido una Facultad de Bellas Artes ha sido un fallo terrible, esa ha sido una ausencia terrorífica sobre todo en un tiempo donde habría sido una lugar decisivo de formación.

ALGUNAS REFERENCIAS:
-Autorretrato: «Por encima de tiempos o edades los artistas con los que he convivido me han aportado mucho. Casi me sorprende pensar que, con cincuenta años en el difícil ejercicio de la crítica, tantos me demuestran su aprecio».


-«Ángel Azpeitia comienza a plantearse conscientemente la articulación de los escritos en tres niveles que se entretejen: informativo, analítico y reflexivo o conclusivo, este último con alguna nota –como hemos dicho, muy abierta– que refleja una valoración. Esta retícula invisible se completaría con algunos pilares relevantes en su oficio de escritor, tales como la construcción en períodos largos (con párrafos interconectados), la variedad sintáctica, la precisión terminológica y, desde luego, la corrección extrema».
Pedro Pablo Azpeitia.


-«En el caso de Ángel Azpeitia vemos evidente su periplo vital con diferentes etapas, que demuestran una excepcional fuerza de voluntad, rasgada vía inteligencia sensible, hasta captar su auténtica vocación. Hombre abierto a la vida, con empuje, destruyendo inútiles barreras».
Manuel Pérez-Lizano Forns.

*Notas aparecidas que coinciden con la publicación del libro ’Ángel Azpeitia: historiador y crítico de arte’ de Manuel Pérez-Lizano Forns, que coordinó para Aladrada Paco Rallo.
*Las fotos de Angel Azpeitia pertenecen a la Real Academia de Bellas Artes de San Luis y al archivo de Carlos Barboza y Teresa Grasa.

JAVIER CALVO HABLA DE 'SIN COBERTURA', SERIE DE ARAGÓN TV

JAVIER CALVO HABLA DE 'SIN COBERTURA', SERIE DE ARAGÓN TV

[El jueves, a las 21.35, se estrena la serie ‘Sin cobertura’, de seis capítulos sobre la despoblación, la memoria, la soledad del mundo rural y las nuevas iniciativas. Javier Calvo Torrecilla es director y productor del proyecto, y coguionista con Antón Castro, que explora con distintos personajes las razones del aislamiento, los recuerdos y la aventura del retorno. La periodista madrileña, vinculada con Aragón, ha escrito en varios medios, entre ellos en ‘Artes & Letras’ de ‘Heraldo’ de Arte y literatura y de cine, Alondra Ramos, conversa con Javier Calvo.]

 

Por Alondra RAMOS

-¿Cómo surgió ‘Sin cobertura’ ¿Qué pasó por tu cabeza, qué hechos, qué detalles perfilaron la idea?

Siempre he llegado a mis proyectos personales por una motivación que está pegada a mi vida. Una preocupación, una pérdida, una ilusión…se han traducido en historias e imágenes.

Hace tres años comencé a preguntarme si la sociedad en la que vivo y sobre todo, la sociedad en la que van a vivir mis hijos, va a ser como debiera. Es decir, una sociedad donde el eje central no sea el consumismo y la rapidez. No quiero ser agorero, pero pinta que la generación de mis hijos va a ser la primera generación después de la guerra civil que viva peor que la anterior.

Ante esas inquietudes o preocupaciones comencé a pensar en la idea de buscar un pueblo y lo que encontré fue desolador. Pero recuerdo sobre todo una foto que es el germen de la serie. Un pueblito deshabitado de Teruel, El Campo, y la pizarra de su colegio. Comencé a imaginar la vida pasada en ese pueblo, las risas de los niños, los padres que venían a recogerlos; los ecos de ese pueblo se escuchaban a través de esa foto.

A partir de ahí, decidí que había que hacer algo, que quería contar la historia de estos pueblos.

-¿Cómo la fuiste desarrollando, cómo creció?

Me documenté muchísimo sobre las diferentes tipologías de pueblos que abarca la serie, despoblados, en vías o con un peligro claro de despoblación e incluso pueblos que están teniendo una segunda oportunidad por el turismo o por iniciativas curiosas.

Sin darme cuenta la sombra de La Lluvia Amarilla planeaba sobre el proyecto. Es un libro capital en la literatura en general y en el tema de la despoblación en particular. Al comienzo del proyecto no pensé en rodearme de caras conocidas, pensaba hacer un documental o una serie pero de un modo tradicional, acercándome a esos pueblos, a las calles y campos vacíos. Pero me di cuenta de que estaba entrando en un terreno excesivamente dramático. A mí me apetecía contar los pueblos desde otra mirada no exenta de realidad, pero poniendo en valor la vida rural, la pasada y la actual; y aquí es donde pensé en personajes que nos contaran sus vivencias en pueblos.

-¿Fue siempre una serie documental?

Sí, pero con un formato diferente. Al principio nació siendo un documental tradicional, después pensé en la serie y en los personajes que nos acompañarían.

 

-¿Tenías alguna idea en la cabeza, algún modelo, español, europeo, norteamericano?

No, he de decir que casi nunca he trabajado siguiendo un modelo o influencia clara para ninguno de mis proyectos. Lo que soy y lo que hago es el fruto de décadas viendo cine, leyendo, escuchando música, en definitiva, viviendo, que es de donde se nutren mis proyectos.

De hecho, cuando estoy trabajando en un proyecto no me gusta ver nada que pueda tener que ver con lo que estoy haciendo en ese momento. Siento que, en el momento en el que está naciendo algo, debes hacerlo con el impulso y las ideas que tienes y en esos momentos te sientes quebradizo, hipersensible a todo lo que te rodea; ver algo que pueda perturbar tu idea no es un buen negocio.

-El hecho que de apenas hubieras trabajado en Aragón y en particular en Aragón TV, ¿fue otro estímulo o un desafío?

Aunque mi familia procede de La Rioja, yo nací en Zaragoza. Con el paso del tiempo los vínculos con este territorio se han hecho más fuertes y estaba deseando desarrollar un proyecto aquí, ya que siempre había trabajado fuera.

Cuando comencé a documentarme sobre los pueblos aragoneses entendí que era una realidad que había que contar, y pronto, porque la despoblación y las ruinas nos acechan peligrosamente. Es necesario reivindicar y guardar la memoria de estos lugares.

Presenté el proyecto a Aragón TV y mostraron mucho interés. Les encantó la idea y la propuesta de la serie y me apoyaron desde el comienzo.

-Has hecho cortos, documentales de música, publicidad… ¿Cómo ves tu trabajo, qué tipo de cineasta serías?

Creo que hay que dividir entre las obras personales y las de encargo. Aunque en cualquier obra siempre asoma tu personalidad, en publicidad por ejemplo es bastante difícil dejar tu patente ya que todo el proceso es muy encorsetado.

Mi manera de mirar es natural, me gusta que la cámara sea invisible, que no sea mecanizada, que los planos tengan el vigor y la sorpresa que tiene la mirada humana. Me gusta que la cámara siempre vaya detrás de la acción, que nunca la anuncie.

Mis proyectos personales tienen que ver por un lado con el cine y las historias que me han hechizado desde pequeño y por otro lado, con los paisajes que han modelado quien soy.

En toda mi trayectoria, la naturaleza es un elemento clave, esa idea de permanencia me sobrecoge, me hace sentir pequeño y me fascina su misterio.

Es muy fácil ver cualquier plano mío y ver el detalle por la naturaleza y cómo el personaje se relaciona con ella.

-Desde un punto de vista de contenido, de mirada, de enfoque social y sociológico, ¿qué sería ‘Sin cobertura’?

Sobre todo una mirada a la vida rural desde el respeto y el elogio, además una loa a un pasado muy cercano en el calendario pero no en la forma de vida, que ha cambiado radicalmente en las últimas décadas. Pero también es una puerta abierta a una vuelta a esa vida para las generaciones futuras.

-¿En qué momento apareció Antón Castro, por qué pensaste en él, qué querías que hiciera?

Desde el comienzo. Conocía y admiraba la obra de Antón pero apenas nos conocíamos personalmente. Pero algo me decía que transitábamos por universos parecidos.

Antón posee una sensibilidad extraordinaria, le gusta escuchar y aprender, quiere a todo el mundo y a todas las cosas y es capaz de ver poesía en cualquier detalle.

La serie tenía que tener esa poesía y Antón lo logra de un modo natural, nada forzado.

-¿Cómo se eligieron los pueblos y los protagonistas?

Ha sido muy complejo, era un auténtico sudoku. Por un lado quería mostrar las tres provincias aragonesas, por otro lado había que buscar personajes que tuvieran vinculación con pueblos y que éstos vivieran el tema de la despoblación. Había que combinar estas variantes con las agendas de los personajes que hemos tenido, como digo un auténtico desafío.

 

-¿Quiénes fueron las primeras personas receptivas a un proyecto así?

Luis Alegre y Llamazares fueron los primeros que vinieron sin dudar. Después Itziar Miranda, Gervasio Sánchez, Lucia Camón y Jesús Vallejo; todos acogieron la propuesta con mucho cariño, lo difícil fue encontrar días libres para rodar.

La serie se comenzó a rodar en abril y hemos terminado en diciembre y ello se ha debido a la dificultad de las agendas de los invitados.

-¿Cómo podrías resumir cada capítulo, son iguales, ofrecen perfiles semejantes?

El nexo común de toda la serie es la despoblación pero cada episodio tiene acentos o matices diferentes.

Ainielle es el episodio más dramático, la ausencia total, la nada. Estadilla es la reivindicación de la infancia en un pueblo y cómo eso moldea la personalidad de la gente, en este caso de Itziar Miranda. Lechago, con Luis Alegre, es el emocionante  repaso a la memoria personal y por ende a la memoria colectiva de un pueblo. Torralba de Ribota es la ilusión por ofrecer un tipo de vida diferente y la oportunidad de una segunda vida para estos pueblos de la mano del arte. Belchite habla de como la guerra civil y otras guerras provocan migraciones, además de mostrar la dureza de una tierra desolada por la despoblación. Loscos se centra en el orgullo y el amor por un pueblo y cómo afrontar de un modo optimista y creativo un problema real.

-¿Cómo se han portado los personajes principales, qué destacarías de cada uno?

De todos destaco su bondad y cercanía. Si tengo que definir en pocas palabras a cada uno de ellos…Luis Alegre sería la memoria, el cariño conmigo  y el amor a todo lo que significa su pueblo y su gente. Llamazares es la hondura de pensamiento sin barroquismos y, también, el humor. Itziar Miranda es la inteligencia y la sensibilidad a flor de piel.  Gervasio Sánchez, la experiencia y contundencia fruto de todo lo que ha vivido. Lucia Camón, la ilusión por demostrar que hay otras vidas posibles, y Jesús Vallejo, la cercanía y una maravillosa y cautivadora ingenuidad.

-¿Qué aportan las otras voces, cómo te las has planteado? ¿Qué crees que dan?

Nos dan legitimidad en nuestro discurso. Yo no soy sociólogo ni especialista en la despoblación y me daba miedo y pudor proclamarme el adalid de la causa.

Contar con expertos en despoblación o con personas que viven el problema a diario, legitima y da seriedad a la serie.

-¿Cabría hablar, de algún modo, en una corriente de retorno a la vida rural?

Me encantaría, creo que de hecho que es la única opción viable para el futuro. Volver a las cosas pequeñas, a una vida en la que la clave sea necesitar poco para vivir feliz.

Hay experiencias aisladas que nos están enseñando que es posible, pero existe mucho miedo a salirse de una vida tradicional y ordenada.

-En el capítulo de conclusiones, ¿ha sido todo cómo te esperabas? ¿Te has llevado sorpresas?

Ha sido mejor, mucho mejor. He aprendido mucho de mucha gente y conocido lugares maravillosos. Existe mucha más belleza en nuestra tierra que los núcleos clásicos de turismo, por ejemplo, los pueblos de la sierra de Oriche me cautivaron.

-¿Se desmitifica algo aquí?

Sí, dos cosas que nos dicen nuestros personajes. Llamazares dice en su episodio algo que yo siempre había pensado. Que la naturaleza es mucho mas fuerte y más grande que nosotros y que ha estado y estará después de nosotros. Así pues el problema de la despoblación mirado desde una perspectiva humana es muy grave, pero si lo miramos con una mirada más amplia, desde la naturaleza, no deja de ser una pequeña mota de polvo.

Y por otro lado, una visión diferente de la despoblación que aporta Luis Antonio Sáez, Catedrático de Despoblación de la Universidad de Zaragoza. Él nos decía que hablar de despoblación y pensar en términos aritméticos tal vez sea un error y que en un pueblo hoy con 100 habitantes se puede vivir mejor que en uno con 500 hace 50 años y que la gente puede ser feliz.

 -¿Cómo debe ver la gente una serie así?

Con calma y con atención a lo que se dice y se muestra. El espectador se tiene que sentar como cuando ve una película, no tener la tele encendida de fondo y mirarla de vez en cuando. Por otro lado, vivimos en unos tiempos en los que habitualmente se grita. Se grita en la calle, en las redes, en la tele, en la radio…y nadie escucha. La serie es una apuesta por el placer de escuchar a personas que tienen algo interesante que contar y, por momentos, de escuchar incluso el silencio.

-¿Querrías decir algo del equipo?

Que la serie es de todos, siempre he entendido este trabajo como un trabajo de equipo y nuestro proyecto es un ejemplo claro de ello. Todos me han seguido, creído y remado en la misma dirección. Casi todas las personas que han trabajado son amigos míos hace décadas, hemos compartido trabajo y vida y existe una complicidad en la forma de trabajar natural.

José Carlos Ruiz, el director de foto es y, él no lo sabe, una de las mejores miradas que existe, tiene una sensibilidad innata. Jon Arteagabeitia sigue su estela y es alguien que siempre quieres que juegue en tu equipo. Javier Estella es la sensatez y la armonía, Teresa Adame la experiencia y la emoción.

En el equipo también ha habido personas con las que no había trabajado nunca y ha sido una grata sorpresa. Los Parpadeo son chicos jóvenes, con muchas ganas de escuchar y aprender. Ana Bruned es una gran profesional y una maravilla para unir equipos. Y mi descubrimiento, Ernesto Tejedor, es la juventud, el comerse el mundo y creer con decisión en el proyecto.

Y capitulo aparte, Antón Castro. Solo puedo hablar bien de todo lo que ha dado al proyecto en general y a mí en lo particular. Es un hombre bueno en el amplio sentido de la palabra. Con humildad y profesionalidad, se ha puesto al servicio del proyecto, poniendo siempre en primer término la historia que estábamos contando, el pueblo que visitábamos y los personajes que nos acompañaban.

 

*La serie 'Sin Cobertura' se estrena el jueves 10, a las 21.35 en Aragón Televisión y arranca con el capítulo de Ainielle y Julio Llamazares, el lugar donde transcurre 'La lluvia amarilla', novela que acaba de cumplir 30 años. Este proyecto lo apoyó, desde el primer instante, el director anterior de la CARTV, Pepe Quílez, y lo han asumido con entusiasmo y cariño los nuevos responsables: Teresa Azcona y Carmen Ruiz Fleta.

JAVIER CALVO DIRIGE 'SIN COBERTURA', SOBRE LA DESPOBLACIÓN, EN ARAGÓN TV

JAVIER CALVO DIRIGE 'SIN COBERTURA', SOBRE LA DESPOBLACIÓN, EN ARAGÓN TV

[El próximo jueves 10 de enero, a las 21.35, en Aragón TV, se estrena la serie ’Sin cobertura’, un proyecto del director de cine Javier Calvo Torrecilla, nacido en Zaragoza en 1971. Javier ha coordinado y dirigido seis programas: Julio Llamazares y Ainielle; Itziar Miranda y Estadilla; Luis Alegre y Lechago; Lucía Camón y Torralba de Ribota; Gervasio Sánchez y Belchite; Jesús Vallejo y Loscos. En cada programa intervienen diferentes personas que reflexionan sobre la despoblación, la soledad, el drama y las ventajas de la vida rural, y las posibilidades de futuro. José Carlos Ruiz y Joan Arteagabeitia son los operadores de cámara; Ana Bruned, la maquilladora; el equipo Parpadeo ha trabajado diversos aspectos de sonido y cámara. Y Antón Castro es quien conversa con todos los invitados en diferentes espacios. Javier Calvo ha hecho un trabajo que tiene una mirada claramente cinematográfica.]

 

JAVIER CALVO director y guionista.

 

Más de dos décadas de experiencia, con trabajos en ficción, documental y publicidad.

Ganador del Primer Certamen Nacional Videominuto con ‘Si consideramos’ en 2001, en 2003 con ‘Bocetos’ obtiene una veintena de premios nacionales e internacionales.

A partir de aquí, comenzó su carrera al lado de Bigas Luna trabajando en proyectos de videocreación, documental y cine. Más adelante, vinculado a la productora catalana Ovideo, desarrolla su carrera como guionista y director, en cine, documental, series de tv y publicidad.

En cine ha trabajado en diferente departamentos en ‘Yo soy la Juani’ de Bigas Luna, ‘Remake’ de Roger Gual, ‘La vida empieza hoy’ de Laura Mañá, ‘Un instante preciso’ de Manuel Huerga, entre otras.

 

En publicidad ha realizado spots para las agencias nacionales más importantes (Bassat Ogilvy, VCCP, Ogilvy Mather o McCann ) para marcas como Iberdrola, Casa Taradellas, Platano de Canarias, Nescafé…

 

En paralelo, desde el año 2009, dirige el Taller de Guión y Realización de Cine Documental en la Universidad de Zaragoza.

 

Algunos trabajos destacados:

 

Videocreación:

Hort in progress. Fundación Miró BCN/Camper

Gaudir Nouvelle. Con el arquitecto Jean Nouvelle. Moritz

Goya 2005. Pabellón España/Aragón Exposición Universal Aichi 2005

 

Cine: (Departamentos de dirección, marketing y montaje)

Yo soy la Juani” de Bigas Luna,

Remake” de Roger Gual,

La vida empieza hoy” de Laura Mañá,

Un instante preciso” de Manuel Huerga,

25 Kilates” Patxi Azmezcua

Flores Negras” David Carreras

 

 

DOCUMENTAL

 

Realizador y Guionista de la serie documental “Entre2aguas” TVE producida por Ovideo y Movistar (10 episodios)

 

Director de la serie documental “Capacitados” TVE producida por Ovideo y ONCE (12 episodios)

 

Realizador del Documental “Camino a la inmortalidad” TVE. Ovideo

 

Director y guionista del largo documental “Entre2aguas, el documental” TVE. Ovideo

 

Director y guionista del documental “Automatic Imperfection, Marlango” Canal +. Universal

MAÑANA, A LAS 18.30 PRESENTAMOS 'AMOR. LA LOCA DE MONTALBÁN' EN EL MUSEO DE ZARAGOZA

Mañana viernes, 21 de diciembre, a las 18.30, en el Museo de Zaragoza, se presenta el libro ‘Amor. La loca de Montalbán’, con texto mío, y unas ilustraciones de Natalio Bayo, Premio Aragón-Goya de 2014.Más que ilustraciones, es un libro ilustrado de 76 páginas, que aborda una leyenda de amor, de locura y de muerte, pero todo ella tamizado por la pasión, el engaño, la falsificación y el canto a la naturaleza. La historia de Aldonza de Entenza y de Berenguer de Azlor, que tiene una enorme tradición en el Aragón medieval, hace pensar en los amantes de Verona, Romeo y Julieta, los amantes de Teruel, Diego e Isabel, pero también en la historia de Genoveva de Brabante.

El libro, de gran formato, lo publica Prames, lo ha diseñado Ricardo Polo Cutando, que ha hecho un trabajo precioso, y lo ha coordinado el poeta y editor Rafael Yuste. Lo ha impreso Paco Ortiz, de Ino.

Habrá libros a la venta a cargo de la librería Antígona.

https://www.youtube.com/watch?v=nsfHcuVa9h0

En el acto, contaremos la presencia del joven cantautor Celino Gracia, que cantará tres canciones de amor de su primer álbum. Acaba de grabar el segundo con los músicos de Joaquín Sabina y Javier Limón, y saldrá a principios de febrero.

'RUJIAR': UNA MIRADA AL MUNDO RURAL

El número XVIII de Rujiar, la revista monográfica del Centro de Estudios del Bajo Martín, se presenta en Zaragoza en el Auditorio del IAACC Pablo Serrano Rujiar se convierte en una recopilación de artículos que nos aproximan a las íntimas conexiones entre el cine y el ámbito rural Rujiar es una revista que el Centro de Estudios del Bajo Martín (CEBM) edita anualmente desde hade dieciocho años de forma ininterrumpida. Se trata de la publicación más científica que se realiza desde este centro de estudios, que desde hace un par de años ha pasado del formato miscelánea a monográfico. También desde hace dos años Rujiar tiene la intención, con periodicidad bianual, de pasar a ser una revista especializada en el cine rural, dejando para los años intermedios otros temas relacionados con el patrimonio cultural.

El cine también es una parte fundamental del patrimonio cultural y ha sido (y es) un medio insuperable para mostrar, conservar y reflexionar sobre los paisajes rurales y las personas que los habitan, sus problemáticas y sus atractivos, frente a un mundo quizás demasiado urbanita. La importancia del fenómeno audiovisual en el ámbito rural es cada vez mayor. Así lo atestiguan los numerosos festivales, la valoración por parte de las renacidas film commission locales, provinciales y autonómicas, de sus paisajes, infraestructuras (con un papel fundamental de su patrimonio artístico) y habitantes como contenidos esenciales para el cine y la televisión. Mostrar ese auge del entorno rural en su relación con el cine, es una de nuestras principales motivaciones.

Este número de Rujiar pretende, por un lado, hacer un poco de historia sobre dos Festivales de Cine íntimamente relacionados con el patrimonio rural: El Festifal de Urrea de Gaén, dedicado a los cortometrajes de temática rural desde una perspectiva internacional, y el de Espiello de Boltaña, cuya apuesta se hace desde la etnografía, pero en un sentido amplio, como nos explica su directora Patricia Español. Por otro, hemos contado con la imprescindible mirada de Eugenio Monesma, que, desde el cine etnográfico, nos ha ido narrando algunas de sus incansables actividades entregadas a documentar los oficios y las actividades de los pueblos y zonas rurales de toda España. Este año no toca celebrar el Festifal (también de carácter bienal), pero sí tenemos una exposición temática dedicada al cine rural: “El mundo rural visto por el audiovisual español (cine y series TV)”, producida por la Diputación de Zaragoza, y que se pudo contemplar en la Sala de Arte Contemporáneo del CEBM.

Uno de los artículos da buena cuenta de los contenidos de dicha exposición. La Comarca del Bajo Martín está presente también en dos artículos, en donde se pone el foco de atención en este territorio de manera dispar. Por un lado, Fernando Sanz y Francisco Javier Lázaro, miembros del Departamento de Historia del Arte (Universidad de Zaragoza), hablan de “La Semana Santa en el Bajo Aragón a través del cine documental español”, un interesante recorrido audiovisual sobre el evento que pone seña de identidad a nuestros pueblos. Por otra parte, “El patrimonio rural desaparecido y su huella en el audiovisual” retrata el caso de dos edificios actualmente desaparecidos pero cuya memoria ha quedado recogida en dos trabajos fílmicos: la Azucarera del Bajo Aragón (documental La Azucarera del Bajo Aragón, 2012) y el casino de La Puebla de Híjar (cortometraje de ficción El sueño de Ezequiel, 2018).

Fernando Sanz y Francisco Javier Lázaro son también los autores de “Lo rural en la pantalla: algunas visiones a través del cine español”, un trabajo que aporta un particular prisma sobre el uso que la cinematografía española ha hecho del medio rural, centrándose en algunos ejemplos especialmente significativos. Antonio Tausiet da un paso más y trata en concreto el éxodo rural en Europa desde el siglo XX, su influencia en las ciudades y su plasmación en el cine yugoslavo, con un repaso al caso del realizador Emir Kusturica (“La vuelta de la ciudad al campo a través del cine. Viaje al pasado: de Zaragoza a los Balcanes”). Para concluir, la profesora Antonia Bordonaba analiza bajo el título “Forasteros en el cine rural. Identidad e intercultura en los largometrajes de ficción de la última década” la imagen del forastero y los escenarios en los que se mueve el cine rural, haciendo hincapié en temas como la despoblación, la vuelta al pueblo o la búsqueda de identidad.

La coordinación en este caso ha corrido a cargo de Roberto Sánchez López, Doctor en Historia del Arte, crítico de cine y Ana Asión Suñer, investigadora del Departamento de Historia del Arte de la Universidad de Zaragoza y vicepresidenta del CEBM. La labor de coordinación de este monográfico hubiera sido impensable sin el inestimable esfuerzo de todos los expertos que han participado aportando sus investigaciones, así como de los miembros del consejo de redacción que han corroborado la calidad de todos estos trabajos: Julio Andrés Gracia Lana (Universidad de Zaragoza), Javier Hernández Ruiz (Universidad San Jorge), Laura Ruiz Cantera (Universidad de Zaragoza), Eliseo Serrano Martín (Universidad de Zaragoza) y Juan Villalba Sebastián (Universidad de Zaragoza). Una tarea que, al amparo del Centro de Estudios del Bajo Martín, ha dado como resultado una publicación heterogénea y documentada, donde queda demostrada la estrecha vinculación entre el mundo audiovisual y el medio rural. La financiación de este proyecto es posible gracias a la colaboración entre Centro de Estudios del Bajo Martín con Instituto de Estudios Turolenses y Comarca del Bajo Martín.

 

*Nota de José Ángel Guimerá y su equipo.