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Antón Castro

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VÍCTOR JUAN BORROY: NUEVA NOVELA

VÍCTOR JUAN BORROY: NUEVA NOVELA

[Víctor Juan Borroy es un apasionado novelista. Un novelista de sentimientos. Romántico. Ha publicado en edición digitar su libro ’Aquellos días de luz y palabras’ y ahora, en el sello Sabara, aparece la edición en papel. Con su gentileza de siempre, me envía  este fragmento lleno de ternura, humanidad y desconcierto. La ilustración es de Virxilio Vieitez.]

 

AQUELLOS DÍAS DE LUZ Y PALABRAS

 

Por Vícctor JUAN BORROY. Editorial Sabara.

Cuando se conocieron, María estudiaba el último curso de Químicas y él apuraba una beca que le había concedido el ministerio para hacer la tesis doctoral sobre la literatura del Siglo de Oro. ¿En qué había desperdiciado su vida antes de encontrarse con ella? Había vivido veinticinco años en el mismo planeta que María y no la había visto nunca. Aunque la tabla periódica de los elementos estuviera alejada de los intereses de Miguel, esa no podía ser la razón del anonimato en el que aquella mujer había vivido.

Coincidieron una tarde de sábado en el colegio mayor La Salle donde Alberto Sánchez Millán mantenía un arriesgado programa de cine fórum. Se proyectaba un ciclo dedicado a Buñuel. Antonio, su amigo de siempre, le llamó para pedirle que le acompañara al cine. Tenía entradas para Viridiana.

–Yolanda me ha dicho que ha quedado con una amiga esta tarde.

–¿Y quién es Yolanda?

–¿No te he hablado de ella?… Es la mujer de mi vida. Esta tarde conocerás a la futura madre de mis hijos…

–No me digas…

Yolanda era la chica que salía esa semana o ese mes con Antonio. Le gustaba decir que sus relaciones eran siempre cortas, pero intensas. Cuando su nueva conquista le dijo que irían al cine con María, una compañera de clase con quien ya había quedado previamente, Antonio le pidió a Miguel que fuera con ellos:

–Dos está bien, pero tres es multitud, ya sabes…

–No sé para qué vas al cine si no te enteras de nada…

–Veo esas películas para hacerme el intelectual. Todos no podemos hablarles a las chicas de Baudelaire, de poesía mística o de Antonio Machado. Y si les doy mi opinión sobre las rentas de interés variable, sobre el marketing o sobre el crédito hipotecario me mandan a tomar por el saco antes de descubrir las innegables virtudes que me adornan.

–Las virtudes que le adornan, dice el cabrón… Hay cosas que hasta un ignorante como tú debería saber porque son valiosas, no para pavonearse delante de las mujeres…

–Siempre serás un pardillo. Cuando les digo a las chicas que suelo ver cine experimental en versión original se creen que están ante un tipo sensible, con una elevada cultura…

Aquel día quien no se enteró de la película fue Miguel. Llegó el primero y esperó unos minutos en la puerta del colegio mayor. Antonio y las dos chicas que le acompañaban aparecieron por la calle San Juan de la Cruz, caminando por la acera, bajo las acacias. Antonio llevaba de la mano a su amiga y junto a ella venía María. Le bastó mirarla para saber que no había conocido a nadie como ella. No atendió a las tonterías que dijo Antonio cuando les presentó. No escuchaba otra cosa que el eco de sus propias palabras. Al besar a María se sintió ridículamente desorientado. No supo en qué mejilla dejar el primer beso. Finalmente la besó en la nariz. Se disculpó. Ella sonrió. Entraron en el salón y cuando se apagó la luz, Miguel hizo todo lo posible por mirar la pantalla. Se esforzó por comprender los diálogos de Paco Rabal, Fernando Rey y Silvia Pinal, pero todo fue inútil. Sólo estuvo pendiente de María, de su respiración, de cómo se acomodaba en la butaca, de cómo se colocaba el pelo en la posición precisa, de cuándo retiraba la mano del reposabrazos que compartían y que él le había cedido intencionadamente…

Al terminar la película, Antonio propuso que fueran a cenar a La Trattoria, una pizzería de la calle Latassa.

–Lo siento mucho –dijo María. Tengo un examen el lunes y contaba con estudiar esta noche.

–Qué pena que no puedas acompañarnos… –se apresuró a decir Antonio–. Y tú, Miguel, te quedarás, ¿no?

–No, yo tampoco puedo entretenerme. Quiero terminar varios trabajos esta noche.

–Bueno –cerró la conversación Antonio– ya quedaremos otro día. María… encantado de haberte conocido –le dijo mientras le daba dos besos–. Miguel, amigo mío, dame un abrazo. Mañana te llamo antes de comer. No leas demasiado que te pasará como a Alonso Quijano y concéntrate en lo importante, que mañana tenemos partido.

María y Miguel se quedaron solos. Anochecía sobre el Huerva, uno de los tres ríos que fecunda Zaragoza. La ciudad estaba envuelta en un aire que anunciaba el retorno de la vida. De un momento a otro, en unos días o en unas horas, se esperaba el alumbramiento de una nueva primavera. La vida reventaba por cada rincón. Miguel hubiera dado cualquier cosa por encontrar algo que decir. No era necesaria una frase brillante o un comentario para recordar. Bastaba con no parecer inoportuno.

–Si quieres, puedo acompañarte, María. En realidad, no tengo tanta prisa ni tantas cosas que hacer como le he dicho a Antonio…

–Gracias, me apetece caminar un rato.

–Perfecto. ¿Hacía donde vamos?

–Podemos ir hacia la plaza San Francisco.

Caminaban como si no quisieran llegar a ninguna parte. Miguel dejó que fuera ella quien iniciara la conversación.

–¿Sabes?... Es la primera vez que voy a un cine club y no había visto nunca una película como Viridiana.

–Nunca es tarde para empezar a hacer las cosas que merecen la pena.

Se dirigieron hacia el Parque Grande por el paseo de Fernando el Católico. Entonces Miguel ya había recuperado el don de la palabra. ¿Qué le contaría? Seguro que le habló de Antonio, de su amistad, de sus trabajos de doctorado, de los primeros poemas que había publicado en la revista Rolde… Apenas la dejaría hablar. Él era un torbellino. Le hablaría apasionadamente del mundo que descubría cada día. Pasaron por delante de La Romareda y al llegar a la altura del convento de Jerusalem, María se detuvo:

–No hace falta que me acompañes más, Miguel. No quiero que se te haga tarde por mi culpa. Además tendrás que volver solo.

–No, no se me hará tarde. No te preocupes por la vuelta. Vivo muy cerca del Puente de los gitanos. Pensaba leer. Entre mis planes siempre está la lectura. Necesito leer para vivir como otras personas necesitan hacer deporte o dormir la siesta. Ya has oído el consejo que me ha dado Antonio: «No leas tanto, que te volverás loco»…

–Eres muy raro. No había conocido a nadie que necesitara leer como hacer la siesta…

–Yo no sé hacer otra cosa. Por eso leo. A veces también escribo, pero lo que mejor hago es leer. Y ahora, en este preciso momento, no quiero hacer ni lo uno ni lo otro. Ahora me gustaría acompañarte hasta tu casa…

–Vivo en Casablanca…

–Casablanca… Vamos pues, que «siempre tendremos París»…

–Miguel… «presiento que este es el inicio de una hermosa amistad»…

Rieron con la risa de quienes están a punto de amarse. Una hermosa amistad… María quizá presentía que Miguel era tan raro que le gustaría estar mucho tiempo con él. Le bastó escucharle durante una hora para saber que pasaría el resto de su vida junto a aquel joven que no sabía hacer otra cosa que leer, y que le había confesado que necesitaba leer para vivir pero en aquel momento solo quería acompañarla a su casa.

Al llegar a la Fuente de los Incrédulos contemplaron el reflejo de la luna en el agua. Aunque ya la conocía, María dejó que Miguel le contara la historia de aquella fuente. Procuró mostrarse sorprendida e interesada cuando Miguel relataba cómo Ramón Pignatelli quiso dedicar esa fuente a quienes no creyeron en su sueño de construir un canal que regaría gran parte de la huerta zaragozana, un canal que traería el agua que se bebería en Zaragoza. Cuando en 1784 el agua llegó a la ciudad surcando el cauce del Canal Imperial de Aragón, Pignatelli mandó construir aquella fuente de dos gruesos caños. Para coronar su demostración de erudición, rozando el límite de la pedantería, Miguel leyó la inscripción latina:

 

INCREDVLORVM CONVICTIONI 

ET VIATORVM COMMODO 

 

–O lo que es lo mismo –concluyó el doctorando en letras– «para convicción de los incrédulos y comodidad de los caminantes». Esta fuente está aquí para que se refresquen los caminantes como nosotros. Así que bebamos en homenaje al señor Pignatelli.

Acercó su boca al caño y bebió satisfecho.

Continuaron caminando y cuando menos lo esperaba, cuando menos lo deseaba, María se detuvo ante una puerta de cristal y hierro, miró a Miguel como si hubiera terminado el recreo y le anunció:

–Aquí es...

–Vives demasiado cerca.

–A mí siempre se me hace el camino largo, pero hoy hemos llegado enseguida. Todo es siempre relativo… Gracias por acompañarme, Miguel.

–Gracias a ti por venir al cine y por este paseo.

La miró como la miraría tantas veces a partir de esa noche. Le dio dos besos entonces, sí, en el lugar preciso.

–Si quieres podemos quedar otro día –dijo María–. El lunes termino los exámenes…

–Muy bien, quedaremos otro día. Buenas noches.

–Antes de que te vayas, ¿no quieres que te dé mi teléfono?

–Claro, tu teléfono… ¿cómo vamos a quedar si no te llamo? Bueno, me hubiera apostado frente al portal de tu casa. En algún momento hubieras salido para ir a clase, para comprar... Te llamaré pronto...

–Llámame cuando quieras.

Miguel volvió por el mismo camino que había recorrido con María. Llegó a su casa. No cenó. Tampoco pudo leer nada. Solo escribió.

Si conservara sus agendas, en sus notas de entonces seguro que podría leerse:

«13 de marzo. El último sol del día se refugiaba en su pelo. Sólo podía oír su risa sobre el estrépito de los gorriones».

«Algo me está pasando por primera vez».

«No he querido cenar».

María era tan hermosa que le dolía mirarla. Sentía vértigo al asomarse al fondo de sus ojos. Sabía que si la miraba un instante más del que podía soportar, su voluntad se precipitaría por aquel abismo azul.

¿Cómo sería el mundo después de besarla?

En el amor hay un punto de ceguera –no vemos cosas que otros ven– y un punto de luz –vemos cosas que otros ni intuyen–. Además cuando nos enamoramos confundimos la parte con el todo: nos enamoramos del lunar que ilumina la sonrisa de la persona que amamos, de su tono de voz, de unas largas piernas, de unos hermosos labios, de unas palabras que nos conmueven, pero somos más que lunares, palabras y voces. Posiblemente él también se enamoró de una parte: de su manera de mirar y de cómo sonreía cuando se encontraban. Luego descubrió el todo y sintió la caricia de su voz y comprobó que en cualquier parte de su cuerpo la piel de María era dulce. Más tarde aprendió algunos de sus gestos: cómo movía las manos al hablar, el balanceo de sus caderas cuando caminaba...

Todo en ella tenía la dimensión exacta: su boca, su cintura, sus manos, sus pechos, el tono de su voz, el suave perfume que le acompañaba y que Miguel ya no pudo olvidar después de su primer paseo rumbo a Casablanca, la constelación de lunares repartidos por su cuerpo, la densidad de sus lágrimas, su risa, sus besos, sus silencios y la ternura de sus brazos.

Miguel llamó a María el lunes, después de los exámenes. Quedaron el martes y el miércoles, y muchos jueves y viernes. Durante aquellos días de luz y palabras, enseguida descubrieron que querían estar siempre juntos. Cada vez que María le miraba, o pronunciaba su nombre, o rozaba su mano, o la oía reír, o presentía que unos pasos eran sus pasos, el mundo se estremecía. Cada vez que la desnudaba tenía la seguridad de que la felicidad existía. Dos años más tarde se casaron y luego les nació Ana. Miguel vivía en el territorio de la incertidumbre, de la insatisfacción permanente que genera la escritura. Sin embargo, María recorría un universo previsible en el que hache-dos-o es siempre agua. María era una magnitud constante y Miguel un viento ingobernable. Él había publicado varias novelas y colaboraba en la prensa. Ella trabajaba en un laboratorio dedicado a la elaboración de productos farmacéuticos. Ana empezó la escuela. Cuando miraba a los ojos a María, Miguel aún experimentaba el mismo vértigo que le invadía las primeras veces. Una mañana María se iba a trabajar y él no subió las escaleras para despedirse de ella. No sabía con qué ropa se había vestido. Tres horas más tarde sonó insistentemente el teléfono y Miguel habló con un sargento de la Guardia Civil de Tráfico.

MEDIO SIGLO SIN LUIS CERNUDA

 

Luis Cernuda (Sevilla, 1902-México D. F. 1963) no dejó exactamente una buena fama. Uno de sus grandes amigos, José Lezama Lima, decía que era «áspero y retraído» y, sin embargo, durante su estancia en Cuba, a principios de los años 60, fue amable y generoso con casi todos. Era un hombre difícil, enojadizo, capaz de mayúsculos rencores, como los que les tuvo a dos grandes amigos por un quítame allá esas pajas: a Juan Ramón Jiménez, a quien no le perdonó que dijese que en 'Perfil del aire', su primer poemario, se veía la sombra de Jorge Guillén, y a Vicente Aleixandre por esas extrañas rivalidades entre poetas. Su personalidad resulta contradictoria: era sincero y valiente a un tiempo, susceptible y amargo a la vez.

Admite muchas lecturas y análisis: amaba la alegría, el verano, le encantaba probarse trajes de baño y se cuidaba mucho, tal como recordaba el pintor Gregorio Prieto. Y, por otra parte, era grave, sentencioso, un tanto antipático y parecía mirar con un ligero desdén a sus paisanos: no podía perdonar la herida de la Guerra Civil. Tenía un porte de galán, tocado de bigotito, y sufría constantes penas de amor. Se enamoraba con facilidad y de inmediato descubría el lado oscuro de la pasión. Todo resultaba fugaz e insatisfactorio, y le dejaba en el umbral del abismo. Le pasó con el joven actor Serafín Fernández Ferro, más tarde con Víctor Cortezo, otro amigo y amante, y en los años 50 con el joven culturista mexicano Salvador Alighieri, una de sus últimas pasiones, que le inspiró el libro 'Poemas para un cuerpo'.

El placer fugaz, el abismo del vacío

En 'Variaciones sobre tema mexicano' (1953), su segundo libro de prosa poética tras el maravilloso y autobiográfico 'Ocnos' (1943), inventó un 'álter ego', Albanio; a lo largo de 26 poemas elogia la vida mexicana y reconoce que «no siempre ha sabido, o podido, mantener la distancia entre el hombre que sufre y el poeta que crea». Más que una poética, la frase es casi un autorretrato: Luis Cernuda, escritor, profesor, viajero constante, sufría como ciudadano por amor y por la pérdida del país, y fue un gran lector, un importante traductor de poetas en varias lenguas, entre ellos William Shakespeare, un creador entusiasta, un pensador de la lírica, un crítico y, sobre todo, un poeta que aspiraba a dialogar con la belleza y con el paisaje, que buscaba la felicidad y hallaba el rostro del vacío. Cernuda perseguía el placer y asumía, contra las sombras de la represión, su condición homosexual. Escribió de sí mismo y de su llanto, del tiempo, de los paraísos perdidos. Pese a ello, tuvo muchas amigas, que le ayudaron en momentos críticos: Concha Méndez, sin duda, María Zambrano o Concha de Albornoz.

Luis Cernuda descubrió la poesía a través de Gustavo Adolfo Bécquer: cuando el niño contaba nueve años, trasladaron su féretro a Sevilla, y el hecho no le pasó inadvertido. Bajo el influjo de Pedro Salinas, y también de Moreno Murube, empezaría a escribir y pronto se sumaría a la Generación del 27. Asistió, como invitado, al homenaje a Luis de Góngora en diciembre de 1927. Pronto empezó a publicar sin prisa pero sin pausa. Debutó con 'Perfil del aire', de poesía depurada, de pura esbeltez verbal; abrazó levemente los ecos de la canción popular, el cine y el jazz en 'Égloga, Elegía, Oda', y a partir de entonces pasará por una fértil época surrealista con libros como 'Un río, un amor' y 'Los placeres prohibidos', dos libros de exaltación y desesperación amorosa, y 'Donde habite el olvido', su gran homenaje a Bécquer. Por aquellos días, Luis Cernuda descubría otro embrujo: el mar, la playa, los cuerpos. Y ahí están textos que son de lo mejor de su producción como 'Soliloquio del farero', 'A un muchacho andaluz' o el poema dramático 'El joven marino', una de sus inolvidables piezas.

Memoria de un nómada

Durante la Guerra Civil vivió complejas circunstancias, estuvo en el frente, y más tarde asistió al Congreso de Escritores Antifascistas en Valencia, donde conoció a Octavio Paz, al que siempre querría mucho. A partir de ahí inició su incansable peregrinar: estuvo en París, en Cranligh, en Cambrigde, en Londres. Como profesor o como lector. Escribía compulsivamente y leía muchísimo: se formó con los simbolistas -Stephane Mallarme, Baudelaire y Rimbaud, entre otros-, también sintió una gran admiración por Pierre Reverdy y Paul Éluard. A esos nombres, durante su etapa inglesa, se sumarían T. S. Eliot, los románticos ingleses (Byron, Shelley, Keats y Wordsworth, entre otros) y Hölderlin, otra de sus devociones. Para él el romanticismo era «un deseo insaciable que se confunde con la propia vida, (…) un divino afán hostigándonos para levantar la vida hasta las estrellas».

Más tarde viviría en Estados Unidos y en Cuba, y México se convertiría en su último refugio. Allí coincidiría alguna vez con Luis Buñuel y con María Dolores Arana, la esposa de José Ramón Arana, el autor de 'El cura de Almuniaced'. Quizá le recordase que durante la II República estuvo en las Misiones Pedagógicas en varios pueblos de Teruel con María Zambrano. Publicó poemarios claves como 'Las nubes', su mirada a la Guerra Civil española, su vindicación de personajes como García Lorca o Mariano José de Larra. En 1958 empezó otro libro fundamental en su trayectoria, 'Desolación de la quimera'.

Falleció en 1963. Su amiga Concha Méndez escribió: «Debían ser sobre las seis de la mañana del día siguiente, cinco de noviembre -hora de México- cuando la muerte le sorprendió en la puerta de su cuarto de baño, en ropas de cama, batín y zapatillas, intentando fumar, con la pipa en una mano y las cerillas en la otra. Así lo encontró Paloma [hija de Concha] unas dos horas más tarde. Tendido ya sobre el lecho, y como despedida, puse mi mano en su frente». Años antes, Luis Cernuda había escrito: «Creo en la vida, / Creo en ti que no conozco aún, / Creo en mí mismo: / Porque algún día yo seré las cosas que amo: / El aire, el agua, las plantas, el adolescente».

'ROCÍO ERÓTICO'. PABLO J. RICO

'ROCÍO ERÓTICO'. PABLO J. RICO

[Hace unos días se presentaba el libro colectivo ’Rocío Erótico’, que ha coordinado Paco Rallo. El artista y diseñador me envía este texto del crítico de arte Pablo J. Rico.] 

SUEÑO DI-AMANTE

Pablo J. Rico



Soñé que nos amábamos olvidando deliberadamente todo lo que aprendimos en nuestros desiguales viajes por el amor, incluso la maestría de aquellos cuerpos en donde fuimos ávidos huéspedes por un tiempo. Tras nuestras primeras sorpresas y curiosos descubrimientos —contiguos, sucesivos, silenciosos—, nos rendimos absolutamente al acontecimiento del tacto y dictado de nuestros dedos, atentos solo a las próximas caricias imprevisibles. No sé qué anagramas simbólicos dibujamos entonces en nuestras pieles —o si fue la química de nuestros líquidos mezclados sin medida o la alquimia de los olores trenzados en un único perfume venenoso—, lo cierto es que inventamos una figura informe y portentosa que enmudeció al mismo eco siempre tan inoportuno, un volumen totalmente refractario a cualquier recuerdo anterior que nos perteneciera. Poco más puedo contar en realidad de aquel sueño porque nada en él fue concreto ni imaginable: un amarse en abstracto, ignorando cualquier referencia verosímil que nos representara, nada que se hubiera escrito o leído o pintado se nos parecía… Nos amamos pues sentados en el olvido, ajenos al tiempo, al lugar, a nuestras pestañas impacientes. En algún momento creo que dormimos, en otro despertamos. Luego nos abrazamos por miedo a perdernos, a desvanecernos de ligeros que nos sentíamos recostados sobre el vacío. Fue un abrazo perezoso, de esos que se demoran una eternidad…

ÁLVARO ENRIGUE: PREMIO HERRALDE

ÁLVARO ENRIGUE: PREMIO HERRALDE

ÁLVARO ENRIGUE: 31º PREMIO HERRALDE DE NOVELA

 

 

[Nota editorial. La foto es de www.literaturas.com] El jurado compuesto por Salvador Clotas, Paloma Díaz-Mas, Marcos Giralt Torrente, Vicente Molina Foix y el editor Jorge Herralde seleccionó las siguientes 9 novelas de las 476 presentadas, la más alta participación de la historia del galardón, al Premio Herralde de Novela, convocado por Editorial Anagrama y dotado con 18.000 euros:

 

            El dedo de David Lynch, Tom Adriano (pseudónimo), Venezuela

            Parábola del elegido, Ariel Crombet (pseudónimo), España

            Algún día cantaré igual que Billy Joel, Galeón (pseudónimo), México

            Patrón de todos los que estamos tristes, Hamilton (pseudónimo), México

            Quizá sepa algún día quién soy, Boca do Inferno (pseudónimo), España

            El sueño de hierro, Gabriel Insausti, España

            La mecánica del instante, Isidora de la Riva (pseudónimo), España

            El Brote, Wanda Tinasky (pseudónimo), España

            Los conspiradores, Francisca Vázquez (pseudónimo), España

 

 

Resultó ganadora Muerte súbita de Álvaro Enrigue (presentada bajo el pseudónimo de Hamilton y el título Patrón de todos los que estamos tristes).

  

Álvaro Enrigue (México, 1969) ganó el Premio de Primera Novela Joaquín Mortiz en 1996 con La muerte de un instalador. En Anagrama publicó Hipotermia (2005): «Relatos que encierran también una reflexión sobre la escritura. No sólo se va tejiendo, sección a sección, una especie de novela, sino que cada relato conoce ramificaciones. Unos cuentos todos ellos de gran altura y fascinante originalidad. Una verdadera sorpresa» (J. A. Masoliver Ródenas, La Vanguardia); «Hipotermia no es uno de esos falsos libros de cuentos que circulan por ahí disfrazados de novelas, pero tampoco una novela convencional; es un libro anfibio por naturaleza: ni mexicano ni gringo, ni novela ni libro de cuentos. Enrigue trasciende las nacionalidades y describe toda una nación de ciudadanos cero» (Guadalupe Nettel, Lateral); Vidas perpendiculares (2008): «Excelente novela... Creo que la estrategia narrativa de este inteligentísimo autor culmina en unas páginas de un poder arrasante» (Carlos Fuentes); y  Decencia (2011): «Actualiza las novelas mexicanas de la Revolución y les devuelve una ambición no exenta de ironía y desencanto» (Patricio Pron, ABC); «Una escritura que apunta a Jorge Luis Borges, a Roberto Bolaño (sobre todo el Bolaño desencantado y agudo de El gaucho insufrible), a Malcolm Lowry y a Carlos Fuentes, aunque la región de Enrigue nada tenga de transparente» (Mónica Maristain, Página/12). Su último y recentísimo título es el ensayo Valiente clase media. Dinero, letras y cursilería.

  

 

Muerte súbita, Álvaro Enrigue

 

El 4 de octubre de 1599, a las doce en punto del mediodía, se encuentran en las canchas de tenis públicas de la Plaza Navona, en Roma, dos duelistas singulares. Uno es un joven artista lombardo que ha descubierto que la forma de cambiar el arte de su tiempo no es reformando el contenido de sus cuadros, sino el método para pintarlos: ha puesto la piedra de fundación del arte moderno. El otro es un poeta español tal vez demasiado inteligente y sensible para su propio bien. Ambos llevan vidas disipadas hasta la molicie: en esa fecha, uno de ellos ya era un asesino en fuga, el otro lo sería pronto. Ambos están en la cancha para defender una idea del honor que ha dejado de tener sentido en un mundo repentinamente enorme, diverso e incomprensible.

¿Qué tendría que haber pasado para que Caravaggio y Quevedo jugaran una partida de tenis en su juventud? Muerte súbita se juega en tres sets, con cambio de cancha, en un mundo que por fin se había vuelto redondo como una pelota. Comienza cuando un mercenario francés roba las trenzas de la cabeza decapitada de Ana Bolena. O quizá cuando la Malinche se sienta a tejerle a Cortés el regalo de divorcio más tétrico de todos tiempos: un escapulario hecho con el pelo de Cuauhtémoc. Tal vez cuando el papa Pío IV, padre de familia y aficionado al tenis, desata sin darse cuenta a los lobos de la persecución y llena de hogueras Europa y América; o cuando un artista nahua visita la cocina del palacio toledano de Carlos I montado en lo que le parece la máxima aportación europea a la cultura universal: unos zapatos. Acaso en el momento en que un obispo michoacano lee Utopía de Tomás Moro y piensa que, en lugar de una parodia, es un manual de instrucciones.

En Muerte súbita el poeta Francisco de Quevedo conoce al que será su protector y compañero de juerga toda la vida en un viaje delirante por los Pirineos en el que una hija idiota de Felipe II será propuesta para reinar en Francia y Cuauhtémoc, prisionero en la remota Laguna de Términos, sueña con un perro. Caravaggio cruza la plaza de San Luis de los Franceses, en Roma, seguido por dos sirvientes que cargan el cuadro que lo convertirá en el primer rockstar de la historia del arte, y el amateca nahua Diego Huanitzin transforma la idea del color en el arte europeo a pesar de que habla en castellano imaginario. La duquesa de Alcalá asiste a los saraos reales con una cajita de plata rellena de chiles serranos y usa un verbo que nadie entiende, pero parece temible: «xingar».

Muerte súbita se vale de todas las armas de la escritura literaria para dibujar un momento tan deslumbrante y atroz en la historia del mundo que sólo puede ser representado mediante la más venerable y maltratada de las tecnologías, el artefacto cuya regla de oro es que no tiene reglas: Su Majestad la novela. Y estamos ante una novela realmente majestuosa, de enorme ambición y gran calidad literaria.

ELÍAS MORO: DE 'MANGA POR HOMBRO'

[Elías Moro Cuéllar publica 'Manga por hombro' (Isla de Siltolá), una selección de entradas de su blog. Me envía una selección de textos.]

 

Confidencia

“A mi padre lo mataron, ya ves tú, por un quítame allá esas pajas. Con lo que él era. Era muy pendenciero mi padre. Siempre enredado en broncas y peleas por su soberbia y mal pronto.

Que si tú qué miras; que si lo que me sale de ahí; que si mira que te doy; que si qué vas a dar tú, mierdecilla…

Ya sabes cómo empiezan estas cosas: machadas de gallitos que no soportan que otro escarbe en su corral.

Pues mira tú por dónde, aquella noche resultó que el otro gallito tenía los espolones más recios. Y quien dice espolones, dice una albaceteña de muelles como para quitar el hipo.

Tres navajazos, tres, le metió en el hígado, el cuello y el pulmón izquierdo.

El gallo que era mi padre dejó de cacarear de golpe, se le aflojó la cresta, y se quedó, en un pispás, como suele decirse, pajarito, más tieso que la mojama, fiambre total.

Más tranquilos que nos quedamos en casa…

Hasta los huevos estábamos de él.

Porque la verdad es que mi padre era un cabrón con pintas que bien se lo merecía.

Venga, hombre, tómate otra, no pongas esa cara.

Son cosas que pasan”.

 

 

 

Dudas

1.- ¿Sabríamos qué hacer si supiéramos qué pasa?

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2.- Entre el paréntesis cartilaginoso de las orejas, sobre la simetría de los hombros y la breve columna del cuello, adornada buenamente con los ojos y las fosas nasales y en contradicción casi permanente con las palabras y argumentos que salen de mi boca, esta cabeza coronada de dudas, sembrada de indecisiones.

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3.- Camino solo, con la eterna duda a cuestas de si estoy en la mejor compañía.

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4.- No tengo ninguna duda de que estaríamos mucho mejor -tú, yo, el mundo en general…- si algunas ideas no hubieran encontrado nunca las palabras para expresarse.

 

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5.- Duda. Vacilación del ánimo acerca de si es mejor huir o esconderse para escapar de las certezas. Este inútil titubeo no es más que una lamentable pérdida de tiempo, ya que ninguna de ambas posibilidades suele servir para nada, pues las citadas convicciones, sin ninguna duda o dificultad especial, encontrarán tu escondite y te darán tu merecido.

 

*****

6.- Poética

Antes del poema, lo sé; al terminarlo, lo dudo.

 

 

 

 

 

 

Mujer

 

“El mal gusto conduce al crimen”
Proverbio francés

 

Hay una mujer sentada a una mesa tomando un té, sola, con la mirada perdida vete a saber dónde, acaso en su mundo interior más que en algo externo y visible.

De vez en cuando sonríe para sí, como si estuviese planeando un robo o un asesinato y encajaran por fin todas las piezas del plan.

De edad indefinida, es hermosa, con ese punto de belleza y madurez de algunas mujeres que las hace mucho más apetecibles y elegantes que cuando tenían -pongo por caso- veinte años: como esa fruta que te ofrece su zumo y su pulpa en el momento justo de textura y dulzor.

De repente, rompiendo el encanto de la situación llega un tipo hosco, vociferante y grosero bamboleando tripa y papada de manera indecorosa; se acerca a la mesa donde está la mujer, aparta de un manotazo innoble su bolso de la silla, y derrama de golpe sus grasas sobre el asiento mientras agarra el periódico deportivo y exige una cerveza a gritos.

Ni siquiera le dirige la palabra. Ni siquiera un beso de compromiso en las mejillas, un mínimo gesto de cariño o de respeto.

Un fulano tan zafio que tendría que estar tipificado como delito en el Código Penal.

Estoy por sospechar que es de esos impresentables que se largan sin pagar siempre que pueden. O un canalla que, en vez de auxiliarte, te robaría la cartera y el reloj tras un accidente.

Si el tipo se marcha pronto -antes de que acabe mi copa, que hoy voy con prisa-, pienso acercarme a la mujer y rogarle que me deje participar en el asunto.

Pero si no hoy, mañana la espero aquí mismo de nuevo para hacerme su cómplice a la hora de quitarlo de en medio.

 

 

 

 

 

 

 

Aforismos de septiembre

Para Jordi Doce

 

Si te consideras un hombre bueno, disponte a convertirte en diana.

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Hoy me duele lo de siempre como nunca.

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Los que se envuelven en banderas pierden toda perspectiva sensata.

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Duermo desnudo para que mis sueños no encuentren más obstáculos de los necesarios.

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En cuanto te conozcas bien a ti mismo, querrás no haberlo hecho.

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Paseaba su ataúd en la mirada.

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Las cicatrices del héroe a modo de sangrienta y perenne condecoración.

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Aliviaba su soledad de todos los días comiendo frente al espejo.

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Hay risas tan falsas que suenan como campanas tocando a duelo.

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Siguiendo el dictado de los espejos, las demás cosas empezaron a devolvernos la mirada.

 

 

 

Tranvías

 

Tranvía ausente

Ha debido de llover o nevar hace un rato. O está a punto de hacerlo, quién sabe. Hay una gélida costra en el cielo que trasmite un frío húmedo a los ojos de quien contempla la imagen. El tranvía -ausente luciérnaga, oruga huida, reptil de hierro en fuga- ha dejado tras su paso, en medio de los raíles, una silueta femenina a contraluz con un pie medio borroso y en suspenso, un paraguas que ha olvidado cómo cerrarse cuando ya es inútil, algunas leves presencias al fondo en medio del cruce desolado y gris.

Aún se sospecha un rumor de temblores en el aéreo y electrificado acero donde a veces se posarán vencejos para sentir una vibración repetida, no muy distinta a sus exactos, frenéticos aleteos.

Cuando esa mujer (¿hacia dónde va, quién la espera, cuál el por qué de ese luto?) acabe de pasar ante el objetivo, es posible que vuelva a llover. O a nevar. O que otra distinta luz, más cálida, alumbre una vaga melancolía y la fije, perenne e indeleble, en la memoria.

 

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Postal desde Lisboa

He tomado un licor donde el poeta aliviaba el desasosiego. Paseo por el Bairro Alto y me detengo a mirar con asombro los viejos escaparates llenos de ruinosos cachivaches. En una esquina, bajo un cielo de cornisas y balcones de hierro forjado, alguien sin edad ofrece periódicos atrasados, libros antiguos y cartas polvorientas de amor con una letanía barroca de mercachifle. Le compro esta postal donde te escribo, y al pagarle me devuelve una sonrisa que vale por lo menos mil escudos. Veo partir los tranvías y tomo uno de ellos -diminuto, de madera y bronces- que desciende con parsimonia por una calle en cuesta que se precipita al puerto. Compro tabaco en un lugar que ha soportado cien guerras, un túnel oscuro en Rossio con aroma a siglos y frescos como de angelotes pintados en el techo. Con una bolsa de hule en las manos pasa una vieja enlutada por la pena. Viene, desde alguna ventana, una música triste y suave, un olor a herrumbre y sal impregna el aire.

Anochece, mi amor.

El mar de paja me moja los pies

y atracan mansamente los últimos ferrys.

 

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Los tranvías de Kafka

Contemplo una vieja fotografía de Praga: los toldos abiertos del mediodía, la placidez de los transeúntes, algunas farolas que quizá ya no existen.

Casi puedo oír el ritmo acompasado de un carruaje sobre el empedrado del cruce, el estrépito metálico de un trío de tranvías. Detrás de alguna ventana, un oficinista rellena formularios mientras piensa El Proceso, o la Carta al padre o, metáfora terrible, La Metamorfosis.

Gregorio Samsa sueña que es Joseph K. que sueña que es Franz Kafka.

Y viceversa.

 

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Haiku del tranvía

Barre el tranvía

los viejos transeúntes

entre raíles.

 

-Las fotos las he tomado de aquí, y son todas de Frank Horvat.

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CARLOS CASTÁN: UNA CONVERSACIÓN. "SOMOS CARNE QUE RECUERDA"

CARLOS CASTÁN: UNA CONVERSACIÓN. "SOMOS CARNE QUE RECUERDA"

[Carlos Castán –nacido en Barcelona en 1960, pero afincado primero en Huesca durante años y ahora en Zaragoza- acaba de publicar su primera novela: ‘La mala luz’. La primera si no consideramos el bello texto ‘Polvo en el neón’ como una novela corta. Cuenta la historia de un hombre, separado y con hijos, que hace recuento de su pasado y que repasa su amistad con Jacobo, que un día aparecerá asesinado en su casa. Entonces entra en contacto con su amiga Nadia... El libro posee la calidad de página de Castán, su introspección habitual, el lirisco, un universo de referencias culturales sumamente ricas que explican cómo se construyen las emociones de la vida.]

 

-¿Por qué te ha costado tanto escribir una novela? ¿Te obsesionaba, te lo tomaste con tranquilidad, llegó cuando tenía que llegar?

Nunca me ha obsesionado en términos de “tener que” escribir una novela. Novelas hay miles. Yo perseguía un texto que fuera de verdad mío y se correspondiese con lo que yo necesitaba decir, para lo cual he tenido que descubrirlo primero. Ha sido un proceso lento, de irse posando despacio un montón de cosas, de manera que sinceramente creo que ha llegado cuando debía llegar, tanto desde un punto de vista bibliográfico, tras unos cuantos libros de relatos explorando temas y mundos que bajo una forma distinta vuelven a aparecer en la novela, como vital.

 

-¿Qué le debe este libro a Marcel Proust? Hablas de muchos autores, de Sándor Marai, de Marguerite Duras, pero quizá el hilo de la evocación sea proustiano...

 

Puede que no solamente el hilo de la evocación sino la intención que hay en él de autoindagación, de recuento; la vocación de desnudar las cosas y arrancar las máscaras y todo lo que tiene que ver con ese gradual aprendizaje de la decepción que es inevitablemente la vida.

 

-Sé que es una pregunta muy genérica, pero tras leer la novela querría preguntarte, para ti, ¿de qué estamos hechos?

Estamos hechos de recuerdos y, por tanto, de pasado. Somos eso. Si tú y yo intercambiásemos nuestros recuerdos, yo sería tú y tú serías yo. El alma sólo puede ser la memoria, lo que nos ha ido ocurriendo a lo largo del tiempo y también las lecturas, la música, las películas, todas esas compañías íntimas que nos han enseñado a mirar de un modo las cosas y a leer el mundo. Somos carne que recuerda. Sin ese recuerdo no podríamos amar, ni temer, ni hacer proyectos futuros.

 

-Hablemos del narrador. Es alguien separado, “tirando a francés y melancólico”, que recibe a sus hijos, que se siente solo y que alude una y otra vez a la muerte y a “aquel mundo mío atormentado”... ¿Cómo lo defines, por qué un personaje que se siente morir en vida...?

El narrador es un personaje en un momento difícil de la vida que acaba de experimentar en carne propia la fragilidad de cuanto creía más sólido. Tiene la sensación de haberse quedado sin nada y, por momentos, de que todo cuanto fue y tuvo era nada en realidad. El punto de partida es esa pura sensación de orfandad que a medida que transcurre la historia va transformándose, sobre todo a la luz de la muerte ajena, en necesidad de recuento, en pregunta por la identidad y el sentido.

 

-¿Cuál es la importancia de la filosofía y del río de la poesía en tu narrativa?

Yo creo que en toda literatura hay, o debe haber, un intento de arrojar algo de luz sobre la condición humana. Para mí, tanto literatura como filosofía pertenecen a la vida y no son más que dos maneras distintas de intentar responder a unas mismas preguntas, de pensar un mismo mundo. Y de la poesía que a mí me interesa podría decirse tres cuartos de lo mismo. A veces se olvida, pero en literatura, más allá de lo que se cuente, debe existir un cierto compromiso con la belleza.

 

-¿Por qué está tan presente la poesía de Paul Celan?

Hay un verso de Celan que funciona un poco como lema del libro, estábamos muertos y podíamos respirar. Creo que, en parte, es un libro sobre la pervivencia de lo que se ha ido, la forma que tienen las cosas de no marcharse del todo: el rastro, las huellas, los vestigios que quedan de lo que ya no está. Lo que queda del niño que fuimos cuando ya somos adultos, lo que permanece del personaje enfermo de Alzheimer cuando ya su identidad parece haberse diluido; un amor que termina pero deja el corazón sucio de sus restos, alguien que se muere y sigue ahí…

 

-¿Qué lugar ocupa la melancolía y esa presencia, casi obsesiva, de “las bellas mujeres contadas, bellas como ellas solas”?

Hay un tipo de melancolía que tiene que ver con que el pasado vuelve y de repente se le ve hermoso, mucho más seguramente de lo que en realidad lo fue. Esa clase de melancolía, de invasión del presente por el recuerdo, está muy presente en la primera parte de la novela en forma de una mirada que todo lo tiñe. La frase que citas hace referencia a cierta supremacía, en lo que a belleza y peso se refiere, de lo narrado sobre lo vivido y de lo imaginado sobre lo que finalmente se alcanza. El relato de cualquier cosa, una hazaña, un viaje, un ser humano (sea hombre o mujer), una vida, suele estar exento de zonas grises y horas muertas.

 

Explícame ese pensamiento del narrador, o quizá de Carlos Castán, acerca de “toda vida humana encierra en sí misma la historia de su siglo”... ¿Explicaría eso el poso cultural, el laberinto de referencias de la novela?

Es una idea (o, mejor dicho, una intuición borrosa y peregrina) del protagonista según la cual la historia individual de un ser humano podría leerse, si se acertase a establecer las correspondencias adecuadas, como una especie de réplica en miniatura de la historia colectiva. Así, podríamos indagar en la propia biografía y en lo hondo de la conciencia dónde estuvo, por ejemplo, nuestra guerra civil, nuestro Auschwitz, nuestro desembarco de Normandía… en la creencia de que la naturaleza humana vendría a ser la autora última de ambas historias.

 

¿En qué consiste el fracaso? ¿Cómo se revela? [Lo digo porque en varias ocasiones el protagonista habla de ello]

El fracaso se corresponde siempre con una idea previa, un objetivo o un estado que se esperaba conseguir y no se alcanza: es siempre una cuestión de expectativas. No creo en un fracaso en sí, en términos absolutos. Pero sí en la sensación de fracaso al comparar lo logrado con aquello que se soñó primero, cómo iban  a ser las cosas de acuerdo con nuestro deseo y cómo han resultado luego. Pero mirar hacia atrás y en torno y ver algo así como un enorme y sostenido engaño, con toda su carga dramática, es también una suerte de aprendizaje que puede acabar por brindarnos una vida auténtica.

 

¿Quién es Jacobo?

Jacobo es un personaje que tiene miedo. Todos los miedos: unos indefinidos, más o menos enfermizos, y otros más razonables cuyo fundamento sólo él conoce. Únicamente en apariencia se sobrevive a sí mismo apartado del mundo, varado en uno de sus márgenes. Se diría que a salvo de ese enjambre de neurosis ajenas que es el mundo. Se diría.

 

¿En qué medida no es como un ‘álter ego’ del protagonista?

Son viejos amigos. Han compartido lecturas y miles de horas de conversación y confidencias. Además, sus vidas han discurrido de forma más o menos paralela y su momento vital, por tanto, sobre el papel no difiere mucho. Aun así, no los veo como alter ego el uno del otro sino vencidos por un mismo cansancio, como dejados caer a un tiempo. Yo creo que es el dolor lo que más fuerte puede apretar un lazo entre dos seres humanos.

 

La presentación de la novela habla de ella como una narración romántica y a la vez de atmósfera negra. ¿No tarda demasiado en aparecer el componente de novela negra? ¿Querías, de veras, meterte en ese mundo del crimen?

He querido utilizar ciertos elementos de la novela negra que creo servían bien a los propósitos de esta historia (los investigadores entrando a la casa de un muerto, revolviendo papeles, buscando indicios) pero no escribir propiamente una novela de género por lo que me he propuesto esquivar su estructura así como otros rasgos más o menos convencionales. Quería que la historia empezase siendo una cosa y terminase siendo otra. Hay en el libro una cierta visión de la vida como proyecto que a medida que se despliega se va consumiendo, algo que crece y se pudre a la vez, de modo que he querido que el texto reflejase una correspondencia formal con este asunto temático.

 

Este es un libro que aborda un tema clave: la soledad de los padres separados. La relación entre los hijos y los padres separados. ¿Cuál es tu punto de vista?

En muchos casos, en la práctica, supone tener que vivir sin lo que era tu vida. Los hijos, al alejarse, arrancan el sentido de demasiadas cosas. Es el negativo de la orfandad.

 

No debemos desvelar demasiado, pero ¿quién es Nadia?

Es una mujer concreta e individual, condicionada, como el resto de personajes, tanto por las circunstancias como por sus propias tripas. Y es la fascinación a los ojos de los personajes, la que esconde el secreto que a un tiempo salva y condena. La pasión juega un papel fundamental en esta historia y también el amor en sus diversas manifestaciones: en relación con el miedo, sobrecogido y enfermizo, pero también el amor como espejismo, como arrebato imparable, como trampa, como fuerza salvaje que no puede evitar abrirse paso.

 

  

También es una novela psicológica, de recuento y de desnudez, de autoanálisis. ¿Querías que el narrador explorase todos los rincones de su memoria para seguir adelante, para vencer esa extraña sensación que tiene mucho que ver con la culpa?

Sin lugar a dudas, es una historia que tiene mucho de recuento, de mirada retrospectiva y a veces amarga sobre lo que uno es o cree haber sido. La muerte –su cercanía, su inminencia- es un buen disparadero para este tipo de reflexiones: a qué distancia estoy de quien quise ser, en qué momento se torció el camino, qué dirían de mí los investigadores y qué diría de mí quien pudiese asomarse de verdad al corazón. Y cuestiones como por qué episodios azarosos y banales se quedan para siempre en lo que sería la película de una vida al tiempo que una masa enorme de millones de acontecimientos, seres y horas se ve absorbida por el olvido.

 

Dice Lorenzo Silva que “Carlos Castán es el mejor escritor español”. Una frase así, ¿enorgullece, responsabiliza, produce escalofrío?

Supongo que es una cuestión de gustos personales y afinidades, nada más. A veces entre autor y lector se da una conexión muy especial que es casi mágica: como lector te sucede que a veces abres un libro y comprendes que habla justamente de lo que tú quieres o precisas oír. Tratar sobre la calidad es otra cosa, ardua, dificilísima y a menudo inútil. Lo que sí puedo decir es que a mí, en torno al tema, y aunque no soy muy dado a listas ni a comparaciones, se me ocurren un buen puñado de nombres por delante del mío sin salir siquiera de esta ciudad.

 

*Esta foto de Carlos Castán es de Lydia Soláns.

ÁLVARO VALVERDE: LIBROS DE BLOGS

ÁLVARO VALVERDE: LIBROS DE BLOGS

 

[Álvaro Valverde es uno de esos escritores que uno tiene de referencia. Dietarista, poeta, narrador, editor cuando se tercia y un inteligente y generoso bloguero. Hoy ha tenido la amabilidad de enviarme una de las últimas entradas de su blog, donde habla de varios amigos, de varios libros nacidos del blog. En este caso, me afecta personalmente 'Manga por hombro' de Elías Moro Cuéllar. El texto puede verse aquí: http://mayora.blogspot.com.es/2013/11/trio-de-alogos-y-mas.html]

TRÍO DE ÁLOGOS (Y MÁS)

«El término "álogo" fue acuñado por Javier Sánchez Menéndez y definido como "el comentario a una entrada de blog". Dicho término acabó dando nombre a una colección específica de las Ediciones de La Isla de Siltolá, donde se vienen publicando -en unos hermosos y manejables volúmenes- unas selecciones de entradas de determinados blogs», nos contaba en el suyo, El juego de la taba, Elías Moro, que ahora publica en esa misma colección Manga por hombro; un libro, conviene destacarlo, que se abre con un cariñoso prólogo del periodista y escritor Antón Castro titulado "Fotografía de un escritor en libertad", un vivo retrato de cuerpo entero que le hace justicia. Como las palabras que el londinense Eduardo Moga dedica a la escritora Olga Bernad: "La tristeza iluminadora", al frente de Algunos cisnes negros, donde se recogen "setenta y cinco prosas aparecidas en el blog Caricias perplejas durante el período que va desde mayo de 2008 a mayo de 2013"; prosas que pierden la fecha, como en el caso de Elías Moro, quien ha sacrificado incluso el orden cronológico, y cualquier otro, porque quería "caos, un poquito de caos". No es el caso de José María Cumbreño, que en La temperatura de las palabras reúne algunas vigorosas e insumisas entradas de (Casi) diario de JMC, escritas entre enero de 2009 y septiembre de 2011. 

Hace tiempo José Luis García Martín me pidió algunas del mío para publicarlas en la revista Clarín. Ante mis dudas, me advirtió que, una vez en papel, no serían lo mismo. Y así fue. O eso me pareció. Lo que sucede tras (re)leer las páginas de estos volúmenes que uno ya leyó en su día, cuando se fueron colgando en la red. Lo mismo que me ha pasado con las reunidas por el citado Martín en Línea roja, la última entrega de sus diarios, editada exquisitamente por Impronta, donde sus lectores habituales encontramos una vez más al profesor vocacional, al viajero reincidente, al impertinente tertuliano, al lector incansable, al crítico acerado, al rutinario paseante... 

Termino, pero vuelvo al principio. Para mencionar otra vez al editor Javier Sánchez Menéndez y su nueva entrega literaria, con ecos cernudianos, El libro de los indolentes (1. Encuentro en Camarinal), que publica Imagine Cloud Editions, otra obra en la que el yo, lo reflexivo y lo memorialístico marcan el tono. 

LA MINA Y LA MUERTE. PLÁCIDO DÍEZ


[Plácido Díez acaba de vivir una de esas circunstancias desagradables y durísimas: después de 17 años en Radio Zaragoza-Cadena Ser se ha visto obligado al adiós. Pese a ello, su compromiso con la actualidad y la información le ha llevado a seguir ahí, al pie del cañón, contando lo que pasa, esclareciendo el dolor y las claves de lo que sucede. Anoche me mandaba este artículo. Es un placer publicarlo aquí en mi blog.]


EL MIEDO INNATO A LA MUERTE

Plácido Díez

Decía el alcalde de Pola de Gordón, Francisco Castañón, que “el miedo a la muerte es algo innato en el minero, eso genera solidaridad”. Quizá por eso llama la atención que en la capital de la comarca de Gordón, con menos de cuatro mil habitantes, existan dos tanatorios. El viejo tanatorio en el centro del pueblo, cerca del río Bernesga y no lejos de la plaza del Ayuntamiento, y el nuevo en el polígono industrial, detrás de una gasolinera.
 
Como llama la atención la tristeza que, antes de la tragedia de ayer, ya se había apoderado de un municipio que en los veranos de los setenta era un hervidero de vida y de marcha discotequera, siempre lo asocio a la música de “la pequeña chica 74 es una mujer y es una niña, y a mí me va….”, y que ya contaba con una enorme piscina de agua gélida con trampolín.

En la Montaña central leonesa, camino de Asturias, por encima de los mil metros de altitud, coexisten la belleza y la magia de la naturaleza, de las peñas, de los riscos, del encajonamiento, con el dolor y el sufrimiento enraizado históricamente con la Revolución de Asturias, con la guerra civil y la durísima represión posterior, y simbolizado en funerales en pleno siglo XXI en los que algunas mujeres aún cubren sus rostros con velos negros y en los cementerios de profundos panteones, integrados en la montaña, camino de hayedos mágicos como el de Ciñera de Gordón, el faedo, en la ruta hacia las cuevas de Valporquero.
 
Son detalles que percibe el visitante que, hace tres semanas, regresó a la tierra de su padre para despedir a una de las hermanas que aún quedaban vivas. Visitante que lo primero que se sorprende es con las grandes esquelas colocadas en lugares estratégicos con el nombre de todos los hermanos de aquellas familias numerosas de principios del siglo XX. Los fallecidos, como su padre, Lucas, con una crucecita negra entre paréntesis.
 
Se sorprende menos con el delicioso cocido leonés que come con sus acompañantes en el “Mesón Miguel” y con los pósters y el ambiente mayoritariamente madridista. Desde niños, aprenden a convivir con el trabajo duro, con la épica del viaje al centro de la tierra, de la hulla que se extrae a más de seiscientos metros de profundidad, y también con la muerte que propaga el “enemigo silencioso”, el grisú, el gas metano que antes se detectaba con el jilguero enjaulado y que ahora se detecta con medidores, y se combate con ventilación y máscaras, pero que aún así continúa haciendo estragos llevándose de golpe siete vidas de entre 35 y 45 años de una actividad que se extingue lentamente –de los 51.000 mineros del carbón de hace 30 años se ha pasado a poco más de cinco mil- pero que es el principal medio de vida y la gran seña de identidad de la Montaña Central leonesa. La de Llombera de Gordón es la mayor tragedia de la minería española durante los últimos 18 años.
 
Paradojas de la vida, el pozo en el que fallecieron asfixiados los siete jóvenes se denomina “Emilio del Valle”, el empresario leonés que en 1942 compró la “Hullera Vasco-Leonesa” a los empresarios bilbaínos que la habían fundado en 1893 y que habían impulsado un ferrocarril desde La Robla hasta Bilbao para alimentar la siderurgia vasca. Paradojas de la vida, muy cerca de estas tierras de sufrimiento, dignidad y gentes curtidas en la lucha y en las emociones más primarias, nació el hombre más rico de España y uno de los más ricos del mundo, Amancio Ortega, natural de Busdongo.

Los contrastes y las sorpresas de un medio de largos y fríos inviernos, de truchas en el Bernesga, y de simbolismos como el de la bandeja en el salón de plenos de Pola con una vela, que representaba la luz de los jóvenes prematuramente fallecidos, y una rosa roja simbolizando la sangre derramada, los efectos devastadores del grisú. Mañana, funeral en Santa Lucía a las once de la mañana y desde hoy siete días de luto oficial en Pola y muchos más en la comarca de Gordón, en sus diecisiete núcleos de población, porque los fallecidos pasarán a formar parte de la memoria histórica, que pasa de generación en generación, de una actividad en la que el miedo a la muerte es algo innato. Un riesgo mucho más auténtico, a años luz del que sienten los especuladores financieros y las grandes fortunas que juegan en el casino de la economía mundial pulsando teclas en la red.

 

*He tomado la foto de aquí:

http://media.lavozdegalicia.es/scale.php?i=/default/2013/10/28/00121382980022342312622/Foto/efe_20131028_170335322.jpg&w=465px