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Antón Castro

Escritores

'CABARET POMPEYA' DE ANDREU MARTÍN

'CABARET POMPEYA' DE ANDREU MARTÍN

 

El sello Alevosía, vinculado a Siruela, publica una de las novelas más ambiciosas de Andreu Martín. Elena Palacios y Ofelia Grande me envían la promoción, un fragmento del texto y las razones que le llevaron al novelista a redactar esta ficción que ya ha sido definido como una de las grandes novelas negras de Barcelona.

Cabaret Pompeya. Andreu Martín. Alevosía. 632 págs./21,95€

 

Barcelona, 1920, es la época convulsa de las bombas y el pistolerismo. Fernando, Miguel y Víctor se conocen en el Pompeya, uno de los más animados music halls del Paralelo. Fernando es bandoneonísta y Miguel y Víctor trabajan en el puerto; los tres tienen veinte años, son alegres, seductores, amigos de la diversión, y están dispuestos a comerse el mundo, pero tampoco son ajenos a los ideales políticos que se respiran en el ambiente.

La historia de su amistad, que resistirá las crueles embestidas de la Guerra Civil y la posguerra, es el hilo conductor de esta novela de trama trepidante y adictiva, de agentes dobles, tanguistas, comisarios, anarquistas y maquis, de odio, amor, injusticias y venganzas.

 

 

 

Extracto de la obra:

 

Un día, los llevó a él y a Miguel a un mitin en un teatro de Barcelona. En el escenario, tras una mesa, había una serie de personajes políticos lanzando sus encendidos discursos. En un momento dado, el pequeño Víctor le dijo a su padre:

 

—No entiendo lo que dicen.

 

Y su padre le respondió:

 

—No están hablando contigo. Ni conmigo. Hablan entre ellos. Nosotros sólo somos el tema de conversación.

Andreu Martín.

 

Como nació Cabaret Pompeya según Andreu Martín:

 

Cabaret Pompeya nació en la Feria de Frankfurt de 2007. Iba yo por uno de los pasillos cuando de frente veo que viene un viejo amigo, gran poeta y creador cultural, Valentí Gómez, al que hacía tiempo que no veía. De pronto, se le iluminaron los ojos, vino corriendo, se me echó encima, me agarró las solapas y, como si hubiera tenido una revelación mística apenas unos minutos antes me gritó: “¡Andreu!  ¡Tienes que escribir la gran novela policiaca de Barcelona!”.


Le sonreí, contento de ver que conservaba genio y figura, y le dije que eso era lo que intentaba cada vez que escribía una, pero...


... Pero, al regreso en avión a Barcelona, la semilla plantada empezó a echar raíces. Me pregunté: “¿Qué querría decir  la gran novela policiaca de Barcelona?”. Me respondí: "La Barcelona de las pistolas". Y pensé en mi padre, y en lo que me contaba mi padre, y en mis tíos policías, y en mi tío el bandoneonísta que tocó ante el Sha de Persia y Soraya...


... De ahí nació Cabaret Pompeya.

 

*Imágenes de Alevosía; la vedette es Mary de Liss; por cortesía de Rafael Castillejo. Pertenece a la muestra 'Zaragoza desaparecida'.

LUIS BORRÁS: UN CUENTO

LUIS BORRÁS: UN CUENTO

‘ROTACIÓN INVERSA’ DE LUIS BORRÁS Y EMILIO MOLINS

[El escritor y crítico literario Luis Borrás presenta el viernes, en FNAC, a las 20.00, su segundo libro de relatos: ‘Fotomatón’, 20 cuentos ilustrados por 20 fotógrafos. Con suma amabilidad, Luis me envía este texto, ‘Rotación inversa’ y la foto de Emilio Molins]

 

‘ROTACIÓN INVERSA’

 

Por Luis BORRÁS

 

 

 

Tienes una pestaña en el pómulo.

Fabrico una amarga sonrisa al verla. ¿Te acuerdas de aquel juego? Aquella intimidad al acercarme y pedirte que cerraras los ojos y te quedaras quieto. Esa orden que ahora resulta un ruego macabro. Acercarme y oír tu respiración, el leve temblor de tus párpados y tu piel al sentir mi contacto. Atraparla con cuidado entre la pinza de los dedos para no pellizcarte. Buscarla pegada en la yema del índice y decirte que abrieras los ojos. Mostrártela como el ingrediente secreto de un antídoto mágico. La llave maestra de un sortilegio. Y entonces decirte, con una sonrisa de cuento infantil, que pidieras un deseo y luego soplaras muy fuerte, con todas tus fuerzas. Si la pestaña se despegaba el deseo se cumpliría.

¿Te acuerdas?

Luego yo te preguntaba qué habías pedido, y tú, siguiéndome el juego, me decías que no podías; que los deseos, para que se cumplan, no pueden decirse. Y  yo fingía que me enfadaba y tú me abrazabas y me decías que habías pedido que te tocara la lotería, y yo te decía que eras idiota porque al haberlo dicho ya no se cumpliría, y tú me decías que conmigo ya te había tocado el premio con bote; y yo sonreía y te llamaba mentiroso, y tú me besabas y yo…

¿Te acuerdas, verdad?

Era un juego de niños y nosotros lo repetíamos siempre aunque ya hubiéramos cumplido los cuarenta. Un juego inocente para pedirle deseos imposibles al futuro, para conjurar el destino adverso; hacer trampas olvidándonos de las líneas de la mano, sus islas, cortes y fracturas. Un juego cuando todavía existían los pozos, las fuentes y las monedas; las velas y las tartas de cumpleaños. Y nosotros jugábamos siempre por si acaso fuera posible; porque no teníamos nada que perder y sí un deseo que conseguir.

¿Te acuerdas, verdad?

Claro que te acuerdas.

Tienes una pestaña en el pómulo. Me acerco hasta dejar el calor de mi aliento quemando tus párpados. La atrapo entre la pinza de mis dedos sin notar los gestos mecánicos de tu respiración ni el temblor de tu piel a mi contacto. La contemplo pegada en la yema del índice y miro tus labios lívidos, tu inmovilidad absoluta. Llave maestra de un sortilegio, antídoto mágico. Pido en voz baja un deseo sencillo; un ruego; un imposible, una mentira: la rotación inversa de la tierra; la vida retrocediendo veinticuatro horas atrás.

Y cerrando los ojos soplo con todas mis fuerzas.

 

PÉREZ MORTE: TRES POEMAS

PÉREZ MORTE: TRES POEMAS

ANTONIO PÉREZ MORTE. TRES POEMAS

[Próximamente, Antonio Pérez Morte publicará un poemario de poesía erótica en Celya. Me envía aquí tres poemas con este motivo de Santiago Arranz, que irá en portada. La foto es por cortesía del autor. Dice Antonio: "El poemario está compuesto por una amplia colección de poemas amorosos y eróticos, escritos entre 1978 y 2007, se llama 'Cuerpos de luna' -Canción de amor'.] 

 

 

CON PICARDÍA

 

Volviendo a casa,
de la farmacia,
cruzamos el parque,
vacío de madres y de niños
de perros y juguetillos.
No queda nada
de la algarabía
de hace sólo unos minutos:

Sólo el rastro de algunos
envoltorios de aluminio y plástico
cáscaras de pipas

y cuatro globos rotos
que te veo mirar con picardía. 

 

 

 

VIEJA CAJA

 

Tomo de mi vieja caja de hojalata
peladuras de silencio,
mondados recuerdos de penumbra,

desgarraduras,

y reconstruyo con ellos

el vacío cuerpo de la fruta
que alimentó nuestro deseo.
De palabras desnudas lo relleno,
mientras sobre la piel reseca del olvido,
vuelve a brillar de nuevo
el rostro luminoso del amor,
de aquel amor tan luminoso que fue nuestro.

  

SALÓN DE RECREO

 

Las flipper siempre te dieron lo mismo,

tampoco te gusta el futbolín,
ni el  billar, ni el billar americano.
A ti lo que te gusta es el currela,
el tipo de la caja,
ese chulillo de la guitarra y el tupé
que tararea todo el día
y viene hasta el curro en bicicleta.
Parezco idiota pero no,
nunca me he dejado engañar por ti,
sino por él:  a mi también me gusta
-claro que de otra manera-

y cambiaría un par de polvos contigo

por escuchar de nuevo, en su voz,

la misma vieja chacarera.  

VÍCTOR JUAN: 'LAS MANOS DE JULIA'. 2

[El segundo fragmento que me envía Víctor M. Juan Borroy de ‘Las manos de Julia’ es este: “unas reflexiones de Antonio Barrios, el profesor de historia que investiga sobre la guerra civil”. Ahora las fotos son de Gerald Bloncourt.]

 

 

– Buenos días, soy Antonio Barrios, profesor de la Universidad. Estoy preparando un libro sobre la guerra civil y me gustaría hablar con usted de algunos hechos que ocurrieron en este pueblo.

– Mire, señor, discúlpeme. Hay cosas que no se pueden decir. Y mucho menos aún escribir.

 

Se han pasado veinte años, pero recuerdo frecuentemente esa conversación. Aún me sonaba extraño declarar mi condición de profesor de la Universidad y, además, temía que nadie me creyera cuando decía que estaba preparando un libro. Entonces todavía pensaba que los libros eran objetos casi sagrados que demostraban el mérito de quienes los escribían. Por eso me parecía que los libros siempre los harían otros. Puede que aquel hombre, un labriego con el rostro arado por la incertidumbre y comido por el sol, tuviera razón. Quizá haya cosas que no se puedan escribir y que no se puedan decir. Cuando las nombramos revivimos un tiempo que habíamos querido sepultar en el pasado. Posiblemente las palabras activan el recuerdo que nos hace culpables y que despierta nuestros temores… Lo que no se puede decir… Ahogaron las palabras y las lágrimas. El silencio les permitió vivir en el mismo territorio, respirando el mismo aire. Sólo por el olvido pudieron hablar el mismo idioma en el que se expresaban las víctimas y los verdugos.

Fue la vida la que les obligó a seguir viviendo, la vida que nos empuja siempre hacia adelante, nos arrastra y continúa pase lo que pase... Porque cada día es una conquista, la vida nos llama en medio de la destrucción y la muerte. Por la fuerza de la propia vida, dejaban en un rincón los cascos, las pistolas, los fusiles, los cuchillos de degollar, los correajes y los sables y celebraban fiestas y bailes. Como los ojos no están hechos para el llanto, buscaban la luz y las gentes reían, sus manos se pretendían, se besaban, se enamoraban, soñaban, se deseaban, se encontraban, engendraban hijos, preparaban la comida, se echaban en falta, se hacían promesas, esperaban las cartas que les traían noticias de las personas que amaban, escribían poemas, cantaban las canciones de siempre y cantaban canciones nuevas. Incluso hacían planes. Se servían de palabras hermosas –“mañana”, “niño”, “te quiero”, “ternura”, “esperanza” o “tristeza”– como si aún creyeran en ellas. Les vencía el sueño, tenían hambre y les aliviaba el fuego… Parecían dichosos cuando les alcanzaba un poco de felicidad, aunque fueran los despojos o las migajas de la felicidad misma. Los atardeceres seguían siendo hermosos. Brillaban en las noches serenas las estrellas y agradecían el canto de la cigarra o que los grillos cantaran. La lluvia limpiaba el aire. En invierno nevaba y en primavera reventaba la vida en las trincheras, en los hospitales, en los cementerios, en las eras abandonadas, en los bordes de las carreteras, en los patios de los cuarteles… El mar, ajeno a todo, mantenía su diálogo permanente con el cielo, aunque en sus entrañas durmieran para siempre los muertos o aunque lloraran en las playas las viudas, los huérfanos, los abandonados, los olvidados. La vida…

Me inquieta que sea todo tan parecido. Nos cubre el mismo cielo, pisamos las mismas piedras, bebemos el agua del mismo río y llueve como llovía. No hay nada excepcional, nada que nos haga pensar que aquello no puede volver a repetirse. La gente que habitualmente nos cruzamos en las calles, en las tiendas, en la oficina, en la sala de espera del médico, en la cafetería, en el cine o en el metro podría ser la misma gente que se dejó arrastrar por la venganza o por el miedo. Personas capaces de los más grandes sacrificios, que darían la vida por otros y, al mismo tiempo, cualquiera de ellos, cualquiera de nosotros, podría convertirse en un delator, en un confidente o en un criminal.

Me pregunto cómo mira un asesino y si hay algo en su forma de caminar, de hablar o de respirar que lo delate. No sé si observando cómo se mueve o cómo le da vueltas al azúcar del café puede adivinarse que un hombre, aparentemente igual que los demás, es un criminal. Quizá haya algo en sus manos que nos descubra que puso fin a otras vidas. Me parece que será imposible sostenerle la mirada sin encontrar en el fondo de sus pupilas una mancha, un indicio que demuestre que aquellos ojos han presenciado la muerte provocada por sus manos. Quizá el asesino desprenda el hedor de los odios viejos.

 

Mis investigaciones me acercan a quienes vivieron algunos de los acontecimientos que explican la historia, seres humanos que han guardado silencio, que han continuado viviendo como si nada de lo que vieron, sintieron e hicieron hubiera ocurrido. Me interesan los detalles cotidianos, los pequeños acontecimientos que desvelan la historia que protagonizaron y padecieron gentes desconocidas, héroes y villanos anónimos. Cuando comencé a estudiar nuestro pasado más reciente creía que aquellas personas que sufrieron la guerra civil, que la perdieron o la ganaron –aunque de forma más evidente pensaba en quienes la perdieron–, y que con la guerra perdieron a sus amigos, a sus padres, a sus hijos, a sus novios, perdieron el país en el que habían nacido y el paisaje en el que crecieron no se parecerían en nada a mí. Suponía que no estarían tristes, ni se encontrarían solos, ni llorarían las ausencias de las personas que daban sentido a sus vidas, ni echarían de menos las caricias de quienes amaban, ni tendrían miedo. Aquellos hombres y mujeres tenían que ser necesariamente de otra manera porque yo no podría seguir viviendo sabiendo, como ellos sabían, que sus amigos habían sido asesinados, que no volverían a ver a algunos de sus vecinos, que sus sueños fueron pisoteados por los vencedores de una guerra injusta, como son injustas todas las guerras.

 

VÍCTOR JUAN: 'LAS MANOS DE JULIA'. 1

 

[Hace unas semanas, Víctor M. Juan Borroy publicaba su tercera novela, ‘Las manos de Julia’, en el sello digital literaturame de Luisa Miñana y Fernando Sarría, entre otros. Le pido un fragmento. Y me envía, con su gentileza habitual, “la carta que Francisco Beltrán -el profesor que tenía una enorme biblioteca y un reloj de bolsillo, el reloj que robó su asesino- escribió el mismo día que le asesinaron”. Aquí está. Las fotos son de Emmanuel Sougez.]

 

 

 Ciudad, 25 de julio de 1936

 

Querido Luis:

Me has dicho tantas veces que la vida es lo que sucede mientras tanto, mientras hacemos planes, mientras intentamos poner en orden nuestra existencia, mientras nos empeñamos en controlar la propia vida que se desborda sin remedio, sin que podamos evitarlo... Fíjate, lo había dispuesto todo para pasar, como cada verano, una larga temporada en Madrid. Había preparado el equipaje, ya había comprado los billetes de tren cuando la víspera de abandonar la ciudad para empezar las vacaciones… todo se hizo añicos.

Este día de Santiago ha sido particularmente caluroso. No recuerdo haber sentido nunca tanto calor, un calor que me impide pensar, que me hace huir de mí mismo, desear alejarme de mi cuerpo que me incomoda, me agobia y me pone nervioso. Hace un momento, a última hora de la tarde, cuando el sol vencido anunciaba su retirada, he abierto las ventanas del despacho para que entrase el aire de la calle. Ya no hay nada limpio en la ciudad. Por eso no esperaba que el aire limpio de la calle inundara la habitación.

He intentado leer. Me cuesta concentrarme y, de cuando en cuando, me angustio y cierro violentamente el libro al comprobar que he perdido el hilo de la lectura, que no disfruto de una de las actividades que más me apasiona.

El sabor amargo de la saliva y el miedo que ha anidado en mi estómago me impiden comer. No puedo descuidar mi salud, pero nada me apetece. Le agradezco de corazón a Amparo todas las atenciones que tiene conmigo… la fruta fresca, el plato de verdura, el pan tierno, las galletas, la carne en adobo… Cuánto cariño ha puesto en la preparación de esta cesta que me envía… No le digas que soy incapaz de comer. No quiero añadir preocupaciones a sus preocupaciones.

Una semana, apenas unas horas, y parece que hayan pasado varios meses. Compruebo una y otra vez en qué hora vivo. El tiempo se me hace largo. El tiempo de la pena, de la separación, de la incertidumbre, el tiempo cautivo, el tiempo que parece haberse detenido. Sólo deseo que pasen las horas, que sea otra vez de noche, que amanezca cuanto antes, que sea mañana... Que las horas nuevas nos traigan alguna esperanza.

Quisimos un país mejor. Hicimos un país mejor mientras pudimos. A pesar de que el horror se haya extendido tan deprisa, sé que la luz se impondrá a las tinieblas, que tanta sangre derramada y tanto sacrificio no serán inútiles. No pueden robarnos el pensamiento ni la palabra, ni nuestros deseos. Quisimos ser libres, pero no sólo quisimos la libertad para nosotros. Quisimos que fueran libres quienes nunca lo habían sido, quienes no tuvieron ni los sueños de la libertad. Quisimos que fueran libres quienes no soñaron nunca.

¿Cómo están los chicos? ¿Cómo está José Manuel? A veces creo que sólo su compañía apartaría de mi mente las sombras que allí se han instalado, que su risa me aliviaría el peso del corazón. José Manuel… seguro que te hará miles de preguntas. Será imposible que consigas explicarle la situación que estamos viviendo. Ocúpate de Amparo. Todos te necesitan más que nunca. Miénteles. Muéstrate animoso, diles que todo terminará enseguida…

Sé que entenderás que rechace de nuevo tu invitación. No puedo instalarme en vuestra casa. Mi sitio está aquí. Huir equivaldría a darles la razón. Mi sitio es éste. Lo que está pasando es un problema de todos nosotros, incluso de aquellos que pueden dormir tranquilos sabiendo que no van a ser molestados, que nadie llamará a su puerta de madrugada. Hay que terminar con esta infamia. No basta con la salvación individual de cada uno de nosotros y de las personas que queremos. Yo tengo que estar aquí, en mi casa, aferrado a la vida que quise vivir.

Conocerte es uno de los grandes regalos que me ha hecho la vida. Haber compartido contigo palabras, empeños y sueños… eso no podrán arrebatármelo de ninguna manera.

No me gusta hablar de ella, de mi vida sin ella. Cómo he agradecido durante estos años tu discreción, tu manera de acompañarme en silencio, sin hacer preguntas, sin querer saber más, sin darme consejos, sin intentar consolarme, sin invadir mi intimidad. No me gusta hablar de ella, pero hoy quiero decirte que echo de menos a Clara. Al principio me sentí estafado. Su muerte fue un robo. La repentina enfermedad que la consumió en unas pocas semanas me convirtió en un extraño. De golpe nada tenía sentido. No sabía qué hacer, ni qué pensar, ni adónde ir. Durante los primeros meses entendí bien hasta qué punto es frágil e incierta la línea que separa la razón de la locura. Luego me sumergí en el tiempo de la ausencia, de la ausencia definitiva y eterna. Ya no la veré más, ya no escucharé más su voz, ya no me consolarán sus manos, ya no podré abrazarla otra vez… ni siquiera una vez más.

Madrid me ahogaba. Era una ciudad que me hablaba permanentemente y en todos los rincones de la mujer que había perdido. Apenas podía transitar las calles y los lugares que había compartido con Clara. Para seguir viviendo necesitaba distanciarme de aquella casa que sin ella se había convertido en un desierto, necesitaba alejarme de los espacios que hicimos nuestros y que ya sólo me hablaban de su ausencia... No vine aquí, a tu ciudad, con la intención de empezar una nueva vida. Quería continuar la mía, pero para eso necesitaba la serenidad que me permitiera aceptar la ausencia de la mujer que amaba.

Cuando me ocurre algo extraordinario pienso en ella, en cómo hubiera disfrutado, en cómo se hubiera alegrado, en su manera de sacarle partido a la vida. Me hubiera gustado tanto que os conocierais…

El miedo me acompaña estos días como si fuera mi sombra, pero no he perdido la esperanza. Creo en un mañana mejor. Creo que esto terminará en cualquier momento. Creo, como he creído siempre, que no hay nada por encima de la razón.

En cuanto pueda, quizá mañana o pasado mañana, os haré una visita. No se lo digas a José Manuel, que quiero darle una sorpresa. Cuídate mucho. No trates de disuadirme. Saldré de casa. No quiero vivir permanentemente encerrado como si tuviera algo que ocultar, como si asumiera una culpa, como si ya hubiera muerto un poco.

No olvides nunca a tu amigo que te abraza,

Paco

 

'ALZHEIMER': ANTONIO PÉREZ MORTE

Antonio Pérez Morte, poeta y crítico, y sobre todo lector entusiasta desde su refugio de Sabiñánigo, ha escrito este texto sobre el mal de Alzheimer, esa terrible enfermedad que borra la memoria. Lo cuelgo aquí por completo. Ha recibido elogios y conmociones por doquier. Todas las fotos son de Peter Granser.

 

 

Alzheimer

 

Antonio PÉREZ MORTE


Alza la pierna derecha, estira el pié, lo arquea, parece la protagonista de Escuela de Sirenas. Hijo mío ¿ves? Le pregunto cómo sabe que soy su hijo y me dice que es sólo una forma de hablar y así es, habla con sinceridad porque a los cinco minutos me llama papá para decirme que tiene miedo “de las sombras y de los niños-florero que saltan a la comba” allí mismo, a nuestro lado, con los cables llenos de electrodos.

El doctor Voltios, tiene un despacho aquí desde hace tiempo, está en la segunda planta del Hospital Nuestra Señora de Gracia de Zaragoza, al que todo el mundo llama “el provincial”. El doctor Voltios, según mi madre, debe ser uno de los mejores médicos de geriatría y ella ya le había oído nombrar antes de venir a Zaragoza para ponerse, literalmente, en sus manos. El médico, que como ya he dicho ostenta un gran éxito profesional, por lo que realmente se ha hecho famoso ha sido por “vender zapato artesano de calidad, al peso”.

Mi madre, que ya ha tenido un puñadico de hijos, quiere comprarle a Voltios una bolsa con kilo y medio de zapatos pequeñines, entre los que haya, al menos, alguno de cuello alto y alguna zapatilla de fresa. Me dice que tendré que ir pronto porque siempre hay mucha cola de pacientes-clientes y además si no lo hago, la enfermera se olvidará del abriguito de piel blanca que Conchita eligió para regalar a Jaime, el nietecico más pequeño de su hermana Carmencita, a la que entre sueños llama algunas noches Caperucita, Caperucita Morte, para que no haya errores o equívocos.


Un poco antes de salir de la habitación hacia la tienda-consulta, mi madre, me reta: “¡Sube ahí, a esa ventanica!” Le digo que no, y que no es una ventana sino el ojo de buey que ilumina la habitación 279. Me dice una vez más que me equivoco y que en este hospital, lleno de secretos, sólo los más viejos saben realmente lo que ocurre: En la planta de arriba, al parecer, vive un prestigioso carnicero y a partir de las cuatro y media de la madrugada, comienza a despachar sus especialidades. Debo encontrar esa escalera para entregarle la lista de la compra; espero que para entonces mi sudor haya remitido un poco y vuelva a sentirme bien, valiente, con los cojones de antes, los cojones de cuando fui mi abuelo.

A mi abuelo yo no le conocí. Sólo sé que Víctor volvió enfermo de África tras la guerra civil y la tuberculosis obligó a las tres hermanas a separarse entre sí… alejándose de él. Si no fuese por aquella extraña fotografía en blanco y negro –enmarcada en portafotos rojo de piel-, que mi abuela Petra tuvo siempre en el cuarto de labor, yo nunca le hubiese imaginado así, con esas gafas pequeñitas, negras y redondas y con esa eterna tristeza que ella recogió para sí, casi como única herencia.

¡Antonio! ¡Marido! ¡Jorja! ¡Petra! ¡Maribel! ¡Víctor! ¡Carmencita! ¡Consuelito! ¡Luisito! ¡Paula! ¡Marta! …


Cuando ella se desespera, no hay nada ni nadie que la calme. Cuando ella se siente sola, está sola aunque no lo esté:

¡Angelita! ¡Carmen! ¡Maribel! ¡Toñín! ¡Petra! ¡Mamá! ¡Yaya! ¡Bebola! ¡Marta! ¡Antonio! ¡Marido! …

Mi madre me pide unos zapatos que ya no me valgan. Unos zapatos viejos para una calor vieja, “porque hace mucha mucha calor aquí, como si hubieran nacido seguidos siete hijos menudos. Siete muñequines sin padres. No sé cómo decirlo. Se rompió el pantalón del tiempo y llamamos para reclamar unas sábanas decoradas, unos platos en los que cene la novia de Napoleón, Napoleón que vivió aquí al lado, en la Carrerilla de Ambirteles. Venga, venga. Vamos, vamos, que están muy frías las sombras de los árboles y el sótano para hombres donde nacen los hijos. Hijos limpios como la luz de esa nube que nos llama al salir de un cine donde los gitanos comían pasteles de merengue y un sarampión negro como los días de la guerra, rompía los bordados de las cuadras más amables. Una calle donde nadie se ahoga ni se limpia la saliva que fue un tesoro para los abuelos, que llamas después de muertos:

“¡Yayo, yayo, soy la Conchita! ¡Tu Conchita, yayo! ¡Yaya! ¡Yaya Jorja! ¡Yayo! ¡Yayo Pepe!”

Dios mío, ahora tengo que preparar la reunión de las fiambreras y no se aún si enfrían tanto como dice la madre de tu hermana. ¡A mi no me gusta esa mujer, pero claro, como se comían en su casa los nombres de todos los perros, ahora, que acabo de volver de Villanueva me dicen que si mire usted, que si tal, que si cual y yo no encuentro las cuatro pastillas que dejé en el colgador cuando volvió la Caballé del fútbol…!”

"Todos los jueves dijo que vendría tu hermana Maribel, pero ya ves, aquí nadie trae más mandarinas ni la plástica del dinero. Y la chica de Madrid mira si se peina los largos hacia abajo. El otro, que os llaman siempre igual, es tan grande y tan cariñoso que tengo miedo hasta de que me toque. Los demás días viene la familia de las blancas, las del bar de ahí fuera, a pasar y a pasar para traerme lapiceros, bolicas y pastillas, nada que no se sepa, pero que les quiero agradecer si me encuentras la tarjeta... Y tú, hijo mío ¿eres mi hijo, verdad? lo que quieras, por si tienes que volver a tu país con el hermano aquél, que salía en las revistas y me mandaba sus libros y llamaba para decirme que era tu padre…”
Mi madre busca ahora al padre y al hijo ¿Tú sabes dónde están? ¿el padre y el hijo?¿Sabes que ya no vienen a verme desde más allá del juicio? Si no fuera por la luz y este frío de sudores estamos tan contentos a ratos de este hotel.

¿Comen bien tus hijicos? ¿Comen solos? ¿Aún puedes darles de comer? Yo ahora, ya no quiero nada. ¡Dile que apague la lengua esa mujer!

100, 99, 98, 97, 96 95, 94, 93, 92, 91, 90, 89, 88, 87, 86, 85, 84, 83, 82, 81, 80, 79, 78, 77, 76, 75, 74, 73, 72, 71, 70, 69, 68, 67, 66, 65, 64, 63, 62, 61, 60…

¿Te acuerdas? Me acuerdo también de ellos todo el tiempo. Mejor no verte así. Caricatura cruel del deterioro, de un amor convertido en miedo y desconfianza.

59, 58, 57, 56, 55, 54, 53, 52, 51, 50, 49, 48, 47, 46, 45, 44, 43, 42, 41, 40, 39, 38, 37, 36, 36, 35, 34, 33, 32, 31, 30, 29…

Creo que le has dado una bofetada al enfermero, pero no lo sabes. El enfermero un chico joven y cariñoso, que unos días es lo más bonito del mundo y otros tu enemigo. Hoy hace pucheros, en broma, y te dice que no vas a volver a verle (mañana tiene fiesta).

¡Antonio! ¡Antonio! Dile a la del carro que no pienso merendar y que hagan lo que quieran, porque yo no me lo creo... ¿Oís? No me hagáis hablar. Sólo quiero encontrarles la carica a las catervas y ya son menos cuarto, por eso cuando llegué ahora mismo les dije adiós a las pispajeras que venían conmigo en el coche de línea y que el pan lo pondríamos nosotros como cuando tu tía Blasa repetía los rezos mientras cosía. ¿Vive la tía Blasa? Me acuerdo que era una cuñada de las mías y de las otras no sé.

La tía Blasa era la hermana mayor de mi padre, dieciséis años mayor que él… y vivía con Elisa, otra hermana viuda y con tres hijas, en la calle Santa Isabel de Zaragoza…



“La Blasa tenía una hermana negra y más ancha. Ella tenía la cara menuda y las dos eran muy buenas... Una hija era monja –también como tu tía- y las otras dos eran normales. La que más fumaba era la gorda. La otra trae pasteles ”

28, 27, 26, 25, 24, 23, 22, 21, 20, 19, 18, 17, 16, 15, 14, 13, 12, 11, 10, 9, 8, 7, 6, 5, 4, 3, 2 , 1…

¿Por qué me miras así? ¿Por qué me miras así? ¿Te doy mucha pena o es que me quieres? ¿Sabes que me han robado las gasas que me regaló la monja?

Ayer tuvo muchas visitas y hasta creyó ver a Carmelo Zubieta -por la tarde- sabía que se había muerto y me lo dijo: “Fíjate, ha estado Carmelo a verme y yo que creía que se había muerto, no sabes lo que me alegré de ver que no”. Hacía tantos años que no le había visto, ni a las que subían a cantar al coro, cuando se cayó Conejico de la torre y se salvó. Yo no sé si fue milagro.

¡Constantino! ¡Constantino! ¡No tenías que haberte ido con la moto! ¡La moto es un peligro! ¡Mi hermana entró con ella hasta el casino!

50,49, 48, 47, 46, 45, 44, 43, 42, 41, 40, 39, 39, 37, 36, 35, 34, 33…

La gente dice y dice pero no se molesta y ahora se les van a caer encima todas las persianas de palabras repetidas y repetidas hacia fuera y tendremos que acordarnos de como colocábamos la vida antes de irnos a dormir.

¿Son tus padres buena gente? Igual les conozco si son de Zuera, allí tengo yo mucha familia y una casa con escaleras en la acequia de Villanueva... ¿Sabes dónde está Villanueva? Como ahora cambian tanto las cosas, vendrá la Chon del paralítico y nos traerá las cremalleras hasta casa de Sorrosal. ¿Sabes que me tengo que mover despacio, despacio? ¿Por qué me miras así?

A mi marido le gustaban unas películas horrorosas, jeje, pero yo no decía nada y me iba a verlas con él. Le daba tanta risa que hasta alguna vez se despeinaba, con lo repeinado que le gustaba ir... La Antonina ponía cara de chufla cuando nos veía en la puerta de su cine, porque sabía el tostón que me iba a tragar sólo por ver reír a Antonio así. Antonio que ya no está, ni el cine que lo tiraron, ni la Antonina, pobre Antonina, que se murió.

¿Aquí estás? ¿Cuándo has venido yayo? La Dolores del moño me ha traído el termómetro, pero no me ha querido contar lo que decía, ni cantarme ninguna canción, para que las otras no lo sepan y no molestar a la mujer sorda de delante del balcón. ¡Dios mío! ¡Qué calor hace en el convento! Será por sellar los pañales. Las prevaricias no podrían vivir en un sitio así si lo supieran y los chicos de las motos retoñan como culebreras de los árboles de alberges para beberse las canastas por la pluma en el jardín de las flores.

Al patio al que nos lleva la sobrina de las hambrunas le han crecido los peces del mantenimiento por eso mi madre quiere que vayamos a verlos, con el cura de la habitación de enfrente, sentada en su silla de ruedas, y que la hija grande no tire la leche de aquel susto.

No, no me traigas el orinal. ¡A ver si me levantan cuando vuelva y se cubra todo de despuntes y una bolsa de basura llena de nubes rojas, blandas y sucias. Araceli dice que leía El Caso, que se lo vendía yo en la tienda ¿En qué tienda?

Tiene el pelo amarillo la mujer del mono, las piernas largas largas que le suben hasta arriba y se rie y le da besos al mono que le quiere robar los estropendos que lleva por encima y salta y salta. Ahora, enseguida, me peinarás y nos iremos a ver a la tía Conchita, que no aparece por el hotel desde el día que se fue la Milagritos a Zuera. Venga, dime cuántos pañuelicos, de los mojados, nos quedan y así se lo digo a la repartidora cuando me toque la oreja o me abra la tripa. Corre, corre. Vamos, vamos. Venga, venga. Que vengan mis nietos sí. Podían venir mis nietos hoy, para verlos de dos en dos y decirle a Eloy que no es mal chico, pero que lo que pasa es que cada uno dice lo que tiene que decir por las cosas de la vida. No le hago caso y se enfada, cuando él dice cosas del médico también, pero no quiero, así que hagan ellos lo que quieran y me dejen vivir o morirme que soy ya muy mayor y son buenos estos zumos, cariñico.

120,119,118,117,.116,115,114,113,112,111,110,109,108,107,106,105,104,
103,102,101,100,99,98,97,96,95,94,93,92,91,90,89,88,87,86,85,84,83,82…

Ahora tengo ganas de orinar y dicen que haga aquí, que ya está todo bien para yo hacer, pero yo no hago marranadas y quiero ir y salir sin baladeras a hacer el pis de todos, como yo quiera, que lo hagan ellos así y me traigan a cantar a la del moño, que acaba de cantar en un pueblo aquí cerca. La del moño que siempre nos gu la playa cuando ninguno de todos los míos, tenía ningún hijo y se bañaban.

Dolores, la del moño ya le cantaba a tu abuela, aquella canción en la que sacaba flores de la cesta y fíjate, ahora de enfermera, aquí, tan cariñosa, seguro que las otras no saben quien es. En todos los días que estoy aquí la he oído cantar: Me trae papeles y amarillicos blandas, agua me trae y me trae todas las ropas de las heridas que se me caen, cuando se nos mueven los paticos. Te acuerdas de ellos y paseas por los “come y calla” en tardes de tormenta, que nos dijeron con tanto miedo que vendrían. Estoy así, así así, como el mirimarloque de los años que nos han ido robando para que tú y tú no lo sepáis de ninguna manera elegante en los demás jueves que nos queden por venir.

¡Vamos pues hijo mío! ¡Vamos, vamos! ¡Corre, corre! ¡Venga, venga! Acércate las zapatillas y ponérmelas una y una en los dos pies y le dices a Toñín, que nos vamos a ver a la Gloria otros seis viernes y volveré para hervir el agua y recoger la ropa que haya secado después de una misa para pobres…

¡Papá ven, dame la mano!



Mi abuelo se murió sólo un día –mi madre me lo dijo-, pero otros cantaba y cantaba canciones de Fleta y jotas de José Oto y aquella otra de "La paloma vendrá", que conocí muchos años después en la voz de Mireille Mathieu. Luego fue mi abuelo, su padre quien se fue como una paloma y… “ nosotras las que nos quedamos para siempre solas, porque siempre se queda ahí ese hueco como un vacío en el centro del vientre y se te van las ganas de tantas tontadas y por eso no quiero que me hagan tantas cosas, que me dejen ya de relujir, de pincharme las concordas y los almeñiques que luego se les sale todo y otra vez verdura y marranadas.

895,894,893,892,891,890,889,888,887,886,885,884,883,882,881, 880,879,878,877,876,875,8754,873,872,871,870,869,868,867…

Díselo a la Marta, a la Martica buena que se volvió una mujer hace ya mucho. Otras no, otra se llamaba como la hija de la Carmen, pero con más sabor y yo me la llevaba a misa de la mano, por las plazas en la radio de Ángel Soler, en la Posada de los Reyes. Ángel Soler, aquel locutor de tantas vocerinas y teatros, que se ponía el cuello para arriba del abrigo y decía cosas importantes para que yo supiera que sólo yo era la muñeca más pequeña, y luego, con las ocas, en casa de la comadrona... ¡Qué embarazo Dios mío! Tu ya no te acordarás, pero nosotras estuvimos muchos años allí y allí nos paramos de crecer muchas tantas tardes entre el casino y la carnecería de la tía Milagros...

¡Si me sigues dando agua voy a apretarte el cuello!”

¿Aquí estás? ¡Anda! ¿Cuándo has venido?

Tengo como una peluca rara y a veces se me baja y no me doy cuenta de las cosas que se me rebullonan por aquí, a los lados del trapo tan bonito que me han puesto. ¡Qué risa! Les debe parecer bonito vestirnos así, a estos idiotas tan elegantes. No me gustan nada estas tragancias que me traen, pintujureadas con letras y números que no se sabe nadie.

¿Había muchos árboles en la calle? En la puerta de abajo, hay uno muy grande para guardar las bicicletas de todos los que se pasean por estos pasillos: Un hombre loco con una botella hablando del gobierno y de la crisis, pero lo demás ya es agua y me la dan con una cucharilla para que se abra la voz tragada de decir las tantas cosas por los bancos. ¡Qué lo sepa el presidente! No quiero más yogures...

Un rosquillo bonito como la rueda de una noria, y el jugo de una fruta que nació entre dos libros. Una fruta que no andaba hasta que aprendió equilibrismo y nació al color de las plantas castañas.

¿Anda, estás ahí? Yo acabo de llegar en el coche de línea con la prima de riesgo, sin tocarme el pañal. Tanto que dicen, se columpian. Sólo pienso comprar un colanderico para tu hermana Maribel, para ella sola, con cordón que le ajuste a las corbatas y así se pueda ir a las carreras de caballos a jugar al 19… y a los mercaditos de barrio y entredichos.

¡Papá dame la mano! me vuelve a pedir de nuevo Conchita y se la doy: ¡Papá, ahora tengo calor! Son las sombras otra vez y no quiero ni pensarlo, porque ello se llama manos prietas como tu padre y quién sabría abrir la cafetera y los trozos de pan que se escondía y las gafas para ciegos, llenas siempre de tornillos gigantes. ¡Dame un beso hijo mío! ¿Cuánto me quieres?

¡Sepárame las piernas! ¡Quítame esa almohada! ¡Tápame los pies! ¡Tápame los pies, que se nos rompe España!

NIEMEYER, POR XUAN BELLO

[Xuan Bello, que acaba de publicar en Xordica el libro 'La nieve y los complementos circunstanciales', firma un estupendo artículo en 'El comercio' sobre ese gigante de la luz y de la curva: Oscar Niemeyer.]

La muerte de un gigante

La vida de Oscar Niemeyer es inmensa como su país, si algo ha de perdurar para nuestros futuros será su obra

XUAN BELLO |

 

Hay huracanes de sentido que pasan por la vida trasponiendo el caos y creando, en las páginas de lo cotidiano, signos perdurables; huracanes de sentido que nos aclaran y nos reflejan haciéndonos mejores. La vida de Oscar Niemeyer es inmensa como su país de nacimiento, Brasil, y sus 104 años de vida bien vivida algo más que un laberinto longevo y pleno. Amó mucho, como sólo puede amar aquel cuya memoria atesora los versos de Camões, y en su alma multiforme las heridas de su siglo han encarnado. Algún futuro día remotísimo los historiadores intentarán, como nosotros lo estamos haciendo ahora, poner en claro el desastre y el horror del siglo XX: analizarán la I y la II Gran Guerra, las dictaduras de uno y otro siglo, los millones de muertos de hambre, los excluidos y los marginados, la avara sed de sangre del poder. Algún día, como nosotros miramos con perpleja curiosidad las ruinas hititas, alguien estudiará el siglo XX y junto al horror verá la maravilla: cómo la razón se alió con la magia redimiéndonos. Si algo ha de perdurar para nuestros futuros, pienso yo, será la obra de Oscar Niemeyer.

En esa carpeta futura, ¿qué se guardará? El tiempo es el mejor antólogo y elimina lo superfluo dejando sólo, y a veces reducida a ruinas, la clave de lo esencial. La arquitectura de Oscar Niemeyer fue posible gracias al amor. Algún arquitecto amigo, lo preveo, me dirá que no tengo razón y que la magia de las curvas entrelazadas en sus edificios se debe a la geometría y al avance técnico del hormigón; y yo, a ese buen amigo, le digo: no entre aquí quien no sepa poesía.

Brasil, ese gigante económico que hoy a todos sorprende, ha dado al mundo en el siglo del horror alguno de los más claros ejemplos de Arte que construye y se cimenta sobre el amor: la poesía de Manuel Bandeira y Lêdo Ivo, las prosas de Manuel Quintana, la bossa nova de João Giberto, Tom Jobim y Vinícius de Moraes. Ha dado muchísimas cosas importantes y sobre todo una: cómo la humildad no está reñida con la grandeza, cómo es imposible la estética sin la ética.

Oscar Niemeyer -un materialista dialéctico de quien Fidel Castro llegó a decir que «él y yo somos los únicos comunistas de la Tierra»- no abandonó nunca el sueño de construir un edificio sellado a las puertas de la muerte. Su objetivo era darle un poco más de luz a la luz del mundo, combatir con algo más que consuelo el sufrimiento humano. Fue un hombre necesario que los designios de la avaricia no habían previsto; un ser capaz de soñar la ciudad justa, de verla acaso como Moisés de puntillas desde la distancia pero sabiendo que ese brillo lejano era también la sustancia del presente.

Paseo por el Centro Niemeyer de Avilés. Como un ruido sordo que ya no se oye atrás quedan las necias disputas, las enmarañadas razones de quien vive en la maraña. ¿Se puede construir un edificio con luz apenas? Oscar Niemeyer resolvió ecuaciones espirituales que sólo con el compás de la poesía se pueden resolver: más grande que su propia obra su vida nos alcanza por entero. El gran Ferreira Fullar, otro de los poetas claves brasileños, amigo íntimo de Niemeyer, expresó el secreto de su arte de una manera muy clara: «El lema de la arquitectura era que la forma está subordinada a la función. La preocupación fundamental tenía que ser la funcionalidad y la belleza quedaba en un segundo plano. Oscar unió los dos elementos, funcionalidad y belleza, porque, decía, la belleza también cumple una función».

Frente a la arquitectura de ocupación, los ejércitos libres de la arquitectura de la liberación. Oscar Niemeyer, en realidad, sólo llevó a la práctica -esa es su grandeza-un hermoso verso de Novalis: «Quien abraza un cuerpo humano con amor, toca a Dios». El alma humana se convierte así en espacio de lo sagrado y habitable.

 

EL LUNES, 'NARRADORES VISUALES'

EL LUNES, 'NARRADORES VISUALES'

LAMATA, P. GUTIÉRREZ, ASÍN & AZNAR

Y  D. GASCÓN: ‘NARRADORES AUDIOVISUALES’

En el ciclo ProyectAragón, que coordina Vicky Calavia, el próximo lunes, 10 diciembre, 19 h., se ha organizado una mesa redonda con el título ‘Narradores audiovisuales (Industria Audiovisual Siglo XXI)’. Zaragoza Activa (Azucarera). Mas de las Matas, 20 (Antigua Azucarera del Rabal)

Ponentes: Miguel Ángel Lamata (realizador y guionista para series de televisión), Pilar Gutiérrez (realizadora de cortometrajes y guionista), Marisol Aznar y Jorge Asín (actores y guionistas de Oregón TV). Presenta y modera Daniel Gascón (escritor y guionista de cine). Debate final abierto al público.

 

*En la foto de Lara Albuixech, Pilar Gutiérrez.