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Antón Castro

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MELERO: EL FOROFO DE LA VIDA

 

EL ESCRITOR Y BIBLIÓFILO JOSÉ LUIS MELERO SIMBOLIZA LO MEJOR DEL CARÁCTER ARAGONÉS. ES UN TIPO CULTO Y CABAL QUE SOLO PIERDE LOS PAPELES POR SU REAL ZARAGOZA.

 

EL FOROFO DE LA VIDA

 

Por Luis ALEGRE. [Este texto aparecía el domingo en Heraldo de Aragón]

 

En 1982 pasé muchas noches en el cine Arlequín. La Filmoteca de Zaragoza celebraba allí sus sesiones y, con Manolo Rotellar, vi decenas de esas películas que no se olvidan. Un día, entre el público, descubrí a mi profesora Yolanda Polo con un chico rubio y con gafas. Esa es la primera imagen que conservo de José Luis Melero: un cinéfilo rubio y gafotas que parecía ser el novio de mi profesora. Hace ahora 30 años. Nos volvimos a ver en el Arlequín pero no nos llegamos a saludar. Un tiempo después, en el otoño de 1985, Yolanda y yo éramos compañeros en la Universidad. Mi amiga me contó que su ya marido había estudiado Derecho y Filosofía y Letras y trabajaba en el Registro de la Propiedad. Y que le encantaban los libros. Una tarde Yolanda me dio un recado de Pepe: su amigo Ignacio Martínez de Pisón necesitaba una foto de la película “El increíble hombre menguante” para un relato que iba a escribir y pensaba que tal vez yo la tendría. “Si la tienes, puedes ir hoy al café Ángel Azul. Allí se reúnen todas las noches”. En ese momento no podía yo barruntar el mundo que se abría para mí gracias a esa sugerencia de Yolanda. Fui al Ángel Azul con la foto y, desde esa noche, Pepe Melero y Pisón forman parte de lo mejor de mi vida.

 

A Melero Yolanda le llamaba Pepe y Pisón le llamaba José Luis. Eso fue lo primero que me llamó la atención. Es curioso lo que recuerdas a veces de las cosas y de la gente. En un momento dado Pepe dejó caer que era vecino de escalera de José Luis Violeta, uno de los ídolos de mi niñez. Muchos años más tarde Pepe me invitaría a merendar con Violeta. Él sabía muy bien cómo iba a disfrutar yo esa merienda.

 

Uno de los temas estrella de mi amistad con Pepe siempre ha sido el Real Zaragoza. Ambos heredamos esa adicción de los padres, que nos colocaron al Zaragoza en un lugar muy visible de nuestro paisaje sentimental. A ninguno se nos ha pasado por la cabeza ser de otro equipo, del mismo modo que no se nos ha ocurrido cambiar de madre. Sin embargo, yo, al lado de Pepe, parezco un zaragocista muy sospechoso: simpatizo abiertamente con otros equipos y soy capaz de aplaudir a un jugador rival. Pepe no se permite esas debilidades. Si alguno de sus hijos, Iguacel y Jorge, le llega a salir del Madrid o del Barça lo hubiera vivido como una pesadilla. Pero a Pepe no le gusta el fútbol. A él lo que le vuelve loco, casi en sentido literal, es el Zaragoza. Es el forofo más forofo que yo he conocido de cerca. Pepe es un tipo muy sereno y cabal pero el Zaragoza explota su lado más friki y excéntrico. Cuando, en la presidencia de Eduardo Bandrés, Pepe fue consejero del Real Zaragoza, era un espectáculo verle perder los papeles en la Romareda, en el Palco lleno de corbatas, delante de la mirada atónita de los directivos del otro equipo. Y la cosa va a peor: antes, durante los partidos cruciales del Zaragoza, Pepe se metía en el cine para no sufrir; ahora evita hasta los partidos de liga en los que, como el otro día ante el Barça, él intuye que no hay nada que rascar. Por fortuna, el 10 de mayo de 1995 Pepe aún era capaz de seguir las finales del Zaragoza. Ese día vino a mi casa de Conde Aranda, a ver la final de la Recopa con Félix Romeo y José Luis Acín. Cuando Nayim hizo aquello, Pepe y mi padre Alberto se pusieron a saltar y a abrazarse como no he visto abrazarse a nadie más. Pero Pepe no solo es forofo del Zaragoza. Esa relación forofa la mantiene con todas sus drogas: su familia, sus libros, su jota, su Aragón, sus amigos. Si por él fuera, se pondría detrás de Jorge Gay, Mari Burgues o Pepe Cerdá cuando sus admirados pintores se sentaran delante del lienzo y les jalearía como lo hace con los futbolistas de su equipo.

 

Para Pepe el Real Zaragoza es el símbolo más llamativo de su desatado amor por Aragón y, especialmente, por la ciudad de Zaragoza. En cierto modo, Pepe es una antología de los clichés que se asocian a la versión más luminosa del carácter zaragozano –simpático, cariñoso, cálido, tolerante, abierto, hospitalario- y, al mismo tiempo, es el reverso de esa leyenda negra que insiste en que el aragonés resulta demasiado displicente con sus mejores cosas y personas.

 

Uno de sus mayores placeres, como el de cualquiera, es dar alegrías a los amigos. Pero lo de Pepe es muy singular: él se propone de forma concienzuda brindar esas alegrías y, encima, lo consigue. No es tan fácil dar una alegría. Cuando suena mi móvil y veo su nombre en la pantalla ya sé que no me va a endilgar un marrón. Pepe también es el reverso de los que solo llaman para pedir algo o de los que utilizan a la gente como trampolín. Las ambiciones de Pepe se detienen en el puro disfrute de la amistad. La amistad es su religión. Uno de sus peores ratos lo pasó cuando, por una bobada, se enfadó con uno de sus mejores amigos. Al día siguiente, le envió un ramo de flores. Sé que cuando lea esta comparación va a sufrir un pinchazo en el estómago pero ver enfadado a Pepe es tan raro como que el Zaragoza gane un partido de liga en el Nou Camp: sucede una vez cada 50 años. Como es natural, Pepe jamás ha perdido a un amigo.

 

Hace un par de semanas, en el Teatro Principal, Pepe Melero presentó “Escritores y escrituras” el segundo de los libros que reúne sus artículos en el Artes y Letras de HERALDO que dirige Antón Castro, en los que se suele ocupar de esos escritores e historias a los que nadie hace caso. Presenté el libro con Chusé Raúl Usón, el editor de Xordica, y con otro escritor encandilado con los secundarios de la vida, Ignacio Martínez de Pisón, la primera gran alegría que Pepe me dio. En el teatro había más de 300 personas, una cifra insólita que retrata su carisma. Más de 300 amigos que nunca perderá y que nos sabemos muy privilegiados de sentir el calor de nuestro forofo Pepe Melero.

 

*Pepe Melero en un retrato de Luis Grañena. Aparece en el libro 'Mercado Central' de Xordica.

ILDEFONSO MANUEL GIL: AMISTADES. 4

ILDEFONSO MANUEL GIL: AMISTADES. 4

[José Luis Melero fue uno de los grandes amigos de Ildefonso-Manuel Gil. Le contó muchos secretos, le habló de sus libros, de sus amigos, de sus años en el exilio. Pepe le dedica este libro en ‘Escritores y escrituras’ (Xordica), que se publicó en ‘Artes & Letras’ de Heraldo de Aragón. En una foto de ferias, Jarnés, Ricardo Gullón e Ildefonso-Manuel Gil]

 

ILDEFONSO Y JARNÉS: DE ‘ESCRITORES Y ESCRITURAS’

 

Por José Luis MELERO

El poeta Ildefonso Manuel Gil fue un día a visitar a Benjamín Jarnés con una carta de presentación de Ángel Mingote, que había sido compañero suyo en el seminario. Desde entonces fueron inseparables y, a pesar de ser veintitrés años mayor, Jarnés no sólo fue un maestro para Ildefonso sino que se convirtió en su confidente y en uno de sus grandes amigos. Gil le correspondería sobradamente, pues fue siempre un gran defensor de sus libros y durante sus años de director en Zaragoza de la Institución Fernando el Católico se convirtió en su mejor editor y propagandista. Estos días he repasado las notas que tomé de algunas de mis conversaciones con Ildefonso sobre Jarnés. Me contó muchas cosas y algunas muy jugosas. Jarnés, que era muy mujeriego, tuvo una amante, Germaine, “una francesa putarrona abundosa en carnes”, decía Ildefonso, que, según le confesaba el de Codo, era “un torbellino en la cama”. Se hospedaba ésta en una pensión de la Gran Vía madrileña en la que también residían compañeros de Ricardo Gullón, el gran amigo de Ildefonso, que estaban preparando oposiciones. Germaine no cerraba la puerta de su habitación y los opositores se le colaban una noche sí y otra también. Para poder mantener a Germaine, Jarnés escribió con seudónimo novelas pornográficas, que le pagaban a 20 duros y que le colocaba en las colecciones especializadas el escritor Julio Angulo. También anduvo Jarnés enamorado de la escritora Rosa Arciniega y, después de que Ildefonso le diera lecciones de baile, se la llevaba a bailar al Palace. En 1934 Benjamín Jarnés vivía en el Paseo de Santa Engracia. Había en su casa dos cuartos de baño y uno de ellos lo tenía lleno libros que iba vendiendo a un librero de la Cuesta Moyano. Jarnés le decía a Gil que se llevara los que quisiera. Un día mi amigo se llevó ‘Las nacionalidades’ de Francisco Pí y Margall, la primera edición de 1877. “Desde entonces soy republicano federal”, me confesó Ildefonso.

14-IV-2011

Dos fotos de Rosa Arciniega.

MEMORIA DE FERNANDO CASTRO

MEMORIA DE FERNANDO CASTRO

[Recibo esta carta de Pepe Giral: Querido Antón: Después de tanto tiempo sin contactar contigo, me animo al fin. Sólo era para comunicarte que mañana lunes 26 de noviembre se cumple el primer año del fallecimiento de nuestro querido Fernando Castro Cardús.]

FERNANDO CASTRO CARDÚS:

CONTADOR IRREPETIBLE DE HISTORIAS

Por Pepe GILAR

¿Cómo explicarme Madrid, sin los ojos de Fernando? Tenía la retina empapada de una ciudad ya desaparecida a golpe de piqueta. No en vano, pasó buena parte de su infancia y juventud en Génova número diez, esquina a Campoamor. Por eso, cuando caminábamos por esta vía, él la sentía como una herida abierta y me hablaba de la inexistente Casa Palacio de los Señores de Parrent y Cía; del Palacio de Medinacelli y de muchos otros palacetes que han sido remplazados por rascacielos o edificios de hormigón.  Fernando conocía mi interés por aquel pasado perdido, motivo que le incentivaba a seguir explicándome inagotables historias de tantos y tantos rincones de la capital. Era asombrosa su capacidad para retener tal cantidad de sucesos, vividos en primera persona. Y enormemente enriquecedor el valor de su testimonio, tratándose de alguien  que superó los 91 años y con la cabeza intacta.  El hecho de ser de carácter extrovertido y con un espíritu siempre abierto a la curiosidad, le mantenía en un deseo perenne por aprender. Y junto a esta pasión sin límites, tenía también una generosidad inconfundible, que le predisponía a regalarte todos esos conocimientos. Por eso, no tiene nada de extraño que se hiciese voluntario, ya cumplidos los 77, para actuar como guía en el Teatro Real de Madrid.

En mi tarea de ordenar documentos, me di de bruces con algunos papeles dispersos, que al parecer eran nuevas obras de teatro. Le pregunté a Fernando y me respondió que debían corresponder a Julio. Cuando le dije que la caligrafía no era la de su hermano, sino la de él, se encogió de hombros y cambió la conversación (él, que tan feliz era hablándote de los logros de otros, prefería silenciar los propios).

Fernando había sido Secretario de la Cámara de Comercio de Avilés, además de la Junta de Obras del Puerto, entre los años 1948 y 1984, desde cuyo puesto, fue testigo de primerísima línea de los cambios y progresos que transformaron Avilés y su comarca. Me consta, además, que fue una especie de agitador cultural. Por ejemplo, y gracias a su esfuerzo y entusiasmo, la Cabalgata de Reyes llegó a ser una realidad. Además, consiguió llevar al Teatro Palacio Valdés una serie de espectáculos, como comedias o compañías líricas, bajo su propia dirección artística. Por otra parte, y debido a su gran afición por el ballet, mantuvo una estrecha colaboración con Roberto Ximénez y Manolo Vargas (bailarines que habían pertenecido a la Compañía de Pilar López). Incluso llegó a viajar con ellos por Europa, escribiendo argumentos para algunas de sus obras como el “Ballet en dos cuadros” o “Apuntes para la Petenera (ballet flamenco en dos partes sobre temas populares)”.

Fernando era el menor de los cinco varones que tuvo la familia Castro. Santiago, el primero de ellos “era el mejor de todos nosotros con diferencia”, según palabras de Fernando; el segundo, Julio Alejandro, 14 años mayor que él, pero que encontró en Fernando un gran colchón, a su regreso de México; poco que decir del tercero, José, un niño que falleció a la edad de cuatro años; el cuarto era Enrique, Capitán de Infantería muerto en Rusia por acción de guerra en  1943, y que fue inhumado en Podolowo. Los admiraba a todos ellos. En cuanto a la colección artística de su hermano mayor, luchó aunque sin éxito hasta el final, por la creación de una Fundación que llevara el nombre de Santiago. Respecto a Julio, tras más de treinta años de ausencia, volvió a encontrarse con el hermano pequeño, que le acogió sin reservas y que se convertiría en su mejor valedor, así como el mayor entusiasta de toda su obra. Por último, y referente a Enrique, tuve la oportunidad de acompañar a Fernando, en un viaje a Rusia, hasta el cementerio donde se encuentra el cuerpo de su hermano. Pocas veces vi llorar a Fernando como en aquella ocasión.

¿Pudo influir el hecho de ser el menor, para que le costase hacer valer sus propias ideas? La verdad es que no le gustaba hablar de sí mismo. Yo pude escuchar en numerosas ocasiones como se le pedía que plasmase todo ese enorme caudal de experiencias personales en un libro. A lo que Fernando respondía: “Lo que interesa no se puede contar, y lo que se puede contar no interesa”. Como era de prever, el libro nunca vio la luz y ahora ya no hay vuelta atrás. Sin embargo, existe algún testimonio vivo suyo, como es el caso de la entrevista que le hizo Javier Espada en Zaragoza; o el documental “Un mar de letras” de Emilio Casanova; o lo que le grabó Feliciano Llanas, durante una comida con Asunción Balaguer, y que debe andar circulando por internet. Tal vez por ser demasiado exigente consigo mismo, o bien porque lo de permanecer en la memoria le daba exactamente igual, lo cierto es que Fernando, con una formación exquisita (me atrevería a decir de educación renacentista), eligió otro camino. Él fue un extraordinario relaciones públicas y un contador irrepetible de historias. Los que tuvimos la suerte de conocerle no olvidaremos fácilmente verlo sacar de su cuenco rebosante, aquellas vivencias que, como cerezas, se le enredarían traviesamente unas con otras. Anécdotas y más anécdotas para quien quisiera escuchar, extraídas de un cuenco que, ¡oh milagro!, continuaba deliciosamente lleno, sin punto y final. ¡El cuenco de nunca acabar!: su verdadera herencia, su mejor recuerdo.

 (Pepe Gilar, en Madrid 13/04/2012)

 

GUILLERMO BUSUTIL: LIBRERÍAS & CIA

GUILLERMO BUSUTIL: LIBRERÍAS & CIA

El escritor y periodista cultural Guillermo Busutil publica hoy, en La Opinión de Málaga, un precioso artículo sobre las librerías, que celebran su día el próximo día 30. Copio aquí el texto y el enlace. En la foto Guillermo Busutil, retratado por su fotógrafa favorita: Pepa Babot.

http://www.laopiniondemalaga.es/opinion/2012/11/25/librerias--cia/550731.html

 

 

LIBRERÍAS & CÍA

GUILLERMO BUSUTIL 

Confieso: soy adicto a las librerías. No puedo evitar entrar en ellas, recorrer pasillos y estanterías, escuchar el susurro de las sirenas encuadernadas y recomponer mi tiempo interior con las promesas de la lectura. Hace años me enamoré de la Livraria Lello & Irmao de Oporto nada más subir por la serpiente roja de su escalera imposible, bajo la vidriera exlibris Decus in labora, «Adórnate trabajando», entre una luz irisada y la huella de los raíles por los que circulaba en el pasado un vagón repleto de libros. Y cada vez que me invade la angustia pienso en la Selexyz Dominacanen de Maastricht, donde el silencio gótico y su arquitectura me recuerdan el recogimiento casi sacro de la lectura. En estos lugares, casi mágicos, entendí porque Mallarmé dijo que el mundo existe para llegar a un libro. Mi adicción me lleva igualmente a recaer, cada vez que regreso a París, en la abarrotada y desvencijada Shakespeare & Company, igual que me empuja a entrar en la lisboeta Bertrand y en otras muchas librerías de diferentes ciudades. Grandes, pequeñas, cálidas todas, de nombres sugerentes como marca: Metáfora, Luces, Sintagma, Rayuela, Teorema, Babel, Paradiso, Cervantes, Antonio Machado, Rafael Alberti, Proteo, Gaia, Literanta, Portadores de Sueños, Tres rosas amarillas, L´Odisea, El árbol de las palabras. De cada una conozco su historia, su atmósfera y su especialidad. Algunas de ellas fueron la escenografía perfecta para la seducción y en otras conseguí olvidar un desamor. En todas he sido débil y he comprado novelas, cuentos y poemas de mis autores preferidos, historias de autores emergentes o desconocidos y deliciosas lecturas gremiales como 84 Charing Cross Road de Helene Hanff, La librera de Penélope Fitzgerald o La librería ambulante de Christopher Morley. Una adicción gratificante y enriquecedora que muy pronto me hizo ser consciente de que nunca querría curarme y de que las librerías son una biblioteca en permanente metamorfosis.

Su larga historia está vinculada, desde la aparición de la ciudad moderna, al asentamiento de las universidades, a la creación de círculos culturales y al fomento de la lectura. La mayoría están regidas por excelentes profesionales que llevan años valorando, filtrando y orientado lecturas a sus clientes. Incluso siendo el origen de ese boca a boca que convierte un título en éxito de ventas. Hombres y mujeres que en otros tiempos, tan oscuros como los actuales, fueron los cómplices que nos permitieron acceder a imprescindibles lectura clandestinas y que en la última década no han dejado de pelear por mantener a flote sus negocios, con actividades que van desde las presentaciones de libros y las tardes de cuenta cuentos a los pequeños clubes de lectura y la creación de rincones en los que leer junto a un vino o una taza de café. Tengo viejos amigos de charla e intercambio de afectos literarios entre estas personas vocacionales que resisten con firmeza frente a la urgencia de los beneficios inmediatos, el continuo acoso del delirante mercado del libro que impone novedades cada semana y les impide tener libros de fondo; frente a la competencia de las grandes superficies y el incipiente auge de la venta por internet y de las editoriales digitales, sin olvidar que en España existe un 41% de individuos que nunca lee ni las dentelladas de la omnívora e iletrada economía que anda desarmándonos el pensamiento crítico, la imaginación y la vida. Demasiadas batallas que están borrando del mapa la importancia de estos comercios de cercanía en el mantenimiento del tejido económico, social y cultural. El próximo día 30 el gremio celebrará una jornada nacional que aglutinará a escritores y lectores para reivindicar la tradición y la supervivencia de este sector que tiene una gran parte de sus 4.500 establecimientos afectados por la crisis. CEGAL promoverá mesas redondas, firmas de autores, un descuento del 5% y pedirán un Pacto Nacional por el Libro, al que se ha sumado la Asociación Colegial de Escritores en el objetivo común de defender estas trincheras frente a la incultura. Estaría bien que muchos de estos establecimientos imitasen a la librería madrileña Tipos infames, en la que una vez a la semana un escritor ejerce de librero. Una iniciativa que ya ha contado con autores como Marta Sanz, Marcos Giralt Torrente, Edmundo Paz Soldán o Jesús Marchamalo, y que podría extenderse a los clientes habituales.

Cada revolución, cada discurso político, cada religión y hasta la forma de hacer el amor han tenido un libro como protagonista. Y también un librero inteligente y erudito que contribuyó a divulgar las enseñanzas de sus argumentos. Su figura, en esta época dominada por la frialdad de las nuevas tecnologías, continúa siendo una valiosa intersección humana entre el escritor y la lectura. Lo mismo que las librerías son la espina dorsal de la difusión de la literatura, como dijo alguna vez Muñoz Molina. Es importante que reivindiquemos la necesidad de la lectura en este tiempo de miedos y derrotas; que seamos conscientes de que las librerías son una parte esencial del corazón de las ciudades. Haciendo hincapié a diario en estos argumentos y buscando nuevas fórmulas, podemos afrontar mejor el duro invierno en el que se ha convertido la realidad y conseguir disipar el incierto futuro del gremio. De paso, yo podré seguir con una adicción que me procura amigos, felicidad, salud mental, conocimientos y la posibilidad de encontrar una isla del tesoro en cada ciudad.

 

ILDEFONSO-MANUEL GIL: ‘A PILAR’ / 3

ILDEFONSO-MANUEL GIL: ‘A PILAR’ / 3

 

 

[Nuevo poema de Ildefonso-Manuel Gil. Un soneto de amor a su compañera, musa y esposa Pilar Carasol, madre de sus cinco hijos.]

 

A PILAR

 

Cada día mi amor ha ido creciendo

enriquecido en tanta confianza;

si clausuró su cuenta la esperanza,

más de lo prometido va cumpliendo.

 

La juventud se fue desvaneciendo

y no el amor que día a día avanza

hacia más perfección y más alcanza

cuando el corazón va atardeciendo.

 

Hay un triste placer, una hermosura

que sosiega el vivir y lo engrandece

viendo el tiempo en el rostro de la amada,

 

cada arruga tornándola más pura,

más bella en la medida que envejece,

más amorosamente codiciada.

(“A Pilar”, De persona a persona, 1971)

'BORDE', SEGÚN PÉREZ LASHERAS

'BORDE', SEGÚN PÉREZ LASHERAS

[Antonio Pérez Lasheras es filólogo y tiene muchos campos de acción. Es experto y biógrafo de José Antonio Labordeta, ha estudiado a lo largo y a lo ancho la poesía aragonesa contemporánea, conoce muy bien la literatura española del siglo de Oro y es un experto absoluto en Luis de Góngora. En su facebook, desde hace muchos días, da ejemplo de su amor al lenguaje y de su conocimiento de las palabras. Por ejemplo, en su última entrega, habla de la palabra BORDE.]

 

LA PALABRA ‘BORDE’

 

Por Antonio PÉREZ LASHERAS

 

[Entrega, 183.º ]Me pide mi buen amigo José Luis Melero —amigo de tantos años que casi triplican los que teníamos cuando nos conocimos— que haga una perla con la palabra borde, que era el insulto clásico que se escuchaba en La Romareda dedicado a los jugadores del equipo contrario e, incluso, al árbitro. Lo cierto es que hace unos años se trataba de una expresión exclusiva del campo del Real Zaragoza, pero hoy puede escucharse en cualquier evento deportivo en la Península Ibérica (porque también se dice en portugués).
En mi infancia y adolescencia en Jaca borde era el mayor de los insultos que podíamos llegar a oír y a pronunciar, y no lo oía fuera de mi tierra, donde se escuchaban otras voces como hijo de puta o hijoputa que me resultaban malsonantes. Había, incluso, quien era capaz de aguzar el ingenio: «Tú te callas, que no has llevado corbata más que en la boda de tu padre», le espetó un amigo de cuadrilla a otro, que pareció no entender. Ante la risa

 generalizada, gritó histérico: «Borda lo será tu madre». Ya tenemos una diferencia: borde / borda. El uso estaba tan enraizado en la lengua que había desarrollado su propio femenino.
Lo cierto es que, consultando el DRAE lo encontramos ya su primera edición (el ya tantas veces mencionado Diccionario de Autoridades, 1726), y se mantiene en el resto de las ediciones posteriores. La palabra se define como «El hijo nacido fuera de legítimo matrimonio», definición que se conserva hasta hoy (aunque abandonando la cuestionable legitimidad). Pero la misma primera edición del diccionario comenta: «Es poco usado». La autoridad con la que se respada es nada menos que fray Luis de León, en La perfecta casada: «Por manera que echando bien la cuenta, el ama es la madre, y la que le parió es peor que madrastra, pues enajena de sí a su hijo, y hace borde lo que había nacido legítimo» [regularizo la ortografía de acuerdo a las normas actuales].
Sobre el origen de la palabra, ya Autoridades comenta que Covarrubias (1611) «quiere que venga del francés bordeau, pero es más creíble que se haya tomado de nuestro adjetivo burdo, u del nombre burdel». Pero es que burdus, en latín tardío, significa 'bastardo', por lo que todas estas palabras están relacionadas.
El caso es que, en Aragón la palabra subsiste por influjo de aragonés, y ha conservado muchos más matices que en castellano, lengua en la que, ya a principios del siglo XVIII, era un arcaísmo. Por lo tanto, la voz ha seguido viva gracias al uso que se hacía de ella en Aragón, donde ha desarrollado muchos derivados: borde, bordé, bordegacho, bordegot, bordería ('hospicio', pero también, vulgarmente, 'putada'), bordet... Incluso, no descarto pensar que ciertos apellidos típicos de Aragón, del tipo Borderas, Labordeta, procedan de este étimo.

 

*La foto es de Stix.

 

CENTENARIO DE ILDEFONO-MANUEL GIL

CENTENARIO DE ILDEFONO-MANUEL GIL

[Hace algunas semanas, José-Carlos Mainer, catedrático de Literatura Española, historiador e investigador de la literatura y Premio de las Letras Aragonesas, entre muchas otras cosas, publicó este texto sobre Ildefonso-Manuel Gil (Paniza, 1912-Zaragoza, 2003) en ‘El País’. Se lo pido y me lo manda con total gentileza. El próximo jueves y viernes se le recordará en un seminario en la Institución Fernando el Católico.]

 

 

EN EL CENTENARIO DE ILDEFONSO MANUEL GIL

 

José-Carlos MAINER

 

En el otoño de 1967 la universidad de Syrasuse, en el Estado de Nueva York, celebró un simposio sobre el concepto de “generación de 1936”. Como testigos (y actores) de su existencia estuvieron el escéptico José María Valverde, un convencido José Luis Aranguren, y nuestro Ildefonso Manuel Gil (Paniza, Zaragoza, 1912-Zaragoza, 2003), entonces profesor en el Brooklin College, de la ciudad de Nueva York. Su intervención fue tajante: “No me interesa aplicar a la discutida “generación del 36” ningún método definidor de generaciones literarias. Si es una realidad histórico-literaria, soy un miembro de ella. Y si no existe, soy un escritor que anda desvalido, sin ninguna sombra a que acogerse”.

¿Tozudería regional, quizá? Sólo quien ha conocido la soledad civil, que crean la derrota propia y el ufano desdén ajeno, necesita de tal modo reconocerse en un marbete. Le sucedió a Max Aub, que –extranjero de origen y español en México- dio tantas vueltas a su emplazamiento canónico. Se lo oí un día a Vicente Gaos, que reclamaba patéticamente su puesto en la generación del 27, aquella que –no sin alguna razón…- Bergamín vio como una “Sociedad Limitada”… Lo cierto es que a Gil no le faltaban motivos para demandar un puesto bajo algún sol. En julio de 1936, todo sonreía: era un jovencísimo funcionario en nómina que se disponia a pasar las vacaciones con su familia, que ya había fundado con su amigo Ricardo Gullón una revista literaria importante, Literatura (1934); que había publicado un libro de poemas, La voz cálida (1935), en la inevitable órbita de Pedro Salinas, y que guardaba una fotografía –hecha el 26 de junio de 1931- que su padrino literario, Benjamín Jarnés, su amigo Gullón y él se habían hecho en uno de aquellos decorados de cartón que se instalaban en las verbenas (Gullón posó de bailarina flamenca; Jarnés, de palmero poco entusiasta, y nuestro Gil, de guitarrista). Era una de esas fotos que aseguraba la pertenencia a una época y a un designio vital.

En septiembre de 1936 el presunto guitarrista de 1931 estaba preso y condenado a muerte en el Seminario de Teruel, habilitado como cárcel de los rojos de la ciudad; salvó la vida, pero no recobró su puesto administrativo, ni volvió a saludar nunca a algún antiguo amigo. Tardó muchos años en contar su experiencia en la novela Concierto al atardecer (1992) y antes, en algún poema que evocaba sus pesadillas de muchas noches. Como bastantes otros hombres dignos, rehizo los restos de su vida, trabajó donde le dejaban –dio clases en un colegio privado, escribió en los periódicos y revistas que había, fue regente en un diario local…- y en 1945, la colección Adonais le publicó un precioso libro, Poemas de dolor antiguo, que hablaba en versos entonados, de aire clasicista, de cómo y dónde se vuelve a cobrar el gusto del sabor de la vida. Pero también una sección entera invocaba el título de “Elegías” y hablaba crípticamente de lo perdido. Ese fue el lugar del primer poema que se consagró en España a la memoria de Miguel Hernández y de otro, “Al soldado desconocido”, que paladinamente se refería a los combatientes republicanos. En enero de 1947, y en una carta que su amigo José Manuel Blecua dirigía a Sender, añadió un post-scriptum en que le saludaba y le pedía encarecidamente que le buscara algún puesto docente en Estados Unidos. Sender no le contestó nunca… De aquella época feroz quedan otras dos fotografías importantes. La primera es menos divertida, pero más entrañable y también más heroica a su modo que la de 1931: celebrando la Nochevieja de 1948, Ildefonso –a quien todos llamaban Manolo- baila con su mujer Pilar Carasol y Blecua con la suya, Irene Perdices (Jesús Munárriz la apostilló años después en un poema precioso). La otra foto se la hizo Gil con Vicente Aleixandre en el memorable Congreso de Poesía de Segovia, en 1952, ocasión de redención provisional para tanto poeta rojo o separatista como había. También era el síntoma de una época.

En 1962 fue Francisco Ayala quien le consiguió el anhelado empleo norteamericano, cinco años antes de que dijera en la universidad de Syracuse lo que ya sabemos. Escribió, entre tanto, sin descanso: poemarios como El tiempo recobrado (1950) y El incurable (1957) y novelas como La moneda en el suelo (1951), retrato desazonante de un violinista fracasado (que obtuvo el Premio Internacional de Primera Novela, del editor Janés), y Juan Pedro el dallador (1953), relato de una venganza rural; no es difícil leer, entre líneas de todos estos libros, la huella viva de la guerra civil. Con el paso de los años le llegó el reconocimiento tan comineramente aplazado… Y a su regreso de América, en 1983, se le encomendó el carenado y pintura de la Institución Fernando el Católico, trabajo que realizó con tacto y entusiasmo, de modo que hoy ya nadie recuerda las poco recomendables señas de su nacimiento y el perfil de su primer Consejo de 1943. En su nuevo puesto pudo celebrar el centenario de Benjamín Jarnés, una vieja deuda de afecto. Y fue feliz, como revelan los dos volúmenes de sus amenas memorias: Un caballito de cartón (1996) y Vivos, muertos y otras apariciones (2000). Adoraba a su mujer y a sus hijos, la mayoría de los cuales hicieron carrera en Estados Unidos. Tuvo tertulia propia, de la que era además titular honorífico. Escribía –siempre a mano, en cuadernos artesanales que le solían traer de América- y blasonaba de ser el poeta español en ejercicio más anciano. Poemaciones (1982) y Las colinas (1989) fueron sus dos últimos grandes títulos. Pero aquellos otros que cerraron su carrera tienen un especial sabor y demuestran que nunca perdió aquel empaque que le era connatural: se titulan, muy adecuadamente, Por no decir adiós (1999) y Vida, unidad de tiempo… poesía (2001), aunque hay todavía uno póstumo, Cancionerillo y otros poemas (2003).

En 1945 había pedido que “vuelva a hallar el verso la pureza / del primer ave y la primera rosa. / Muerte, amor, poesía, conservadme sólo hasta ese momento”. Pero también su “Poética” de entonces afirmó, con ecos de Quevedo, que “más que en frío granito, / quiero el nombre grabado / al pie de un verso en sangre sustentado”, lo que ya incluía al futuro poeta disconforme de Homenaje a Goya (1946), al rebelde social de “Las graveras”, el amigo leal de sus amigos que los retrata en De persona a persona (1971), o al disidente cósmico de Elegía total (1976). Fue siempre fiel a esos principios y un hombre bueno; convendrá que recordemos estas cosas, que no abundan, en su centenario de 2012.

 

 

 

                  PARA LEER A GIL

La Colección Larumbe, de clásicos aragoneses, editada por varias instituciones regionales (el Gobierno de Aragón, las Diputaciones Provinciales y la Universidad de Zaragoza), tiene en su catálogo la Obra poética completa (2 vols.), ed. Juan González Soto (2005); la novela La moneda en el suelo, ed. Manuel Hernández Martínez (2001), y la Narrativa breve completa, del mismo editor literario (2010). A Manuel Hernández Martínez se debe también un amplio estudio panorámico, El silencio cálido desde una colina. Cancionero de la vida de Ildefonso Manuel Gil, Institución Fernando el Católico, Zaragoza, 1997, que amplía el más veterano trabajo de Rosario Hiriart, Un poeta en el tiempo. Ildefonso Manuel Gil, IFC, 1981, completado en su día con el volumen de la misma autora, Ildefonso Manuel Gil ante la crítica (1981). Los dos tomos de sus memorias, Un caballito de cartón (1915-1925) y Vivos, muertos y otras apariciones (1926-2000), están en el catálogo de la zaragozana Editorial Xordica.

 

*Dos retratos de Ildefonso: con José Manuel Blecua, su entrañable amigo que le enviaba unas cartas de preciosa caligrafía, y un retrato de juventud.

 

ILDEFONSO-MANUEL GIL: POESÍA. 2

ILDEFONSO-MANUEL GIL: POESÍA. 2

ILDEFONSO: ‘ELEGÍA A MIGUEL HERNÁNDEZ’ / 2

Ildefonso-Manuel Gil fue de los primeros poetas que le dedicó una elegía a Miguel Hernández (1910-1942). Aquí está el texto, esta segunda entrega de la lírica del poeta de Paniza y Daroca.

 

 

 

ELEGÍA A MIGUEL HERNÁNDEZ

 

 [Al poeta Miguel Hernández]

 

Quiero estos versos duros como el bronce

-metal para esculturas y campanas-,

que fluyan de mi duelo abiertamente

por honrar tu memoria y por llorarla.

 

Tu figura se pierde ya en la senda

ya no se ve tu gesto campesino,

no se escucha tu voz, ni tu mirada

se asombra, ni tu voz responde al trino.

 

Otros poetas que murieron antes,

llenando de dolor tu poesía,

salen a recibirte. Las estrellas

tienen temblor y voluntad de lira.

 

Canto y lloro por ti, por el poeta,

por los versos que ya no dirás nunca.

No preguntéis al hombre dónde iba.

¡Que la tierra silencie las disputas!

 

Ved que un poeta ha muerto y los poetas

llorar debéis su muerte verso a verso,

en duelo y en canción, porque se ha ido

por un camino de laurel y ensueño.

 

¡Tú no tendrás, Miguel, elegías de piedra

porque el mármol es frío para dolor tan alto;

pero en las tardes claras leeremos tus versos

y aprenderá la luz eternidad, milagro!

 

Poemas de dolor antiguo’, 1945 (pp. 30-31).