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Antón Castro

Escritores

JUAN ROYO Y LOS TEBEOS

JUAN ROYO Y LOS TEBEOS

‘UN MUNDO EN VIÑETAS’: UN NUEVO LIBRO DE JUAN ROYO

Juan Royo (Zaragoza, 1970) es un loco de los cómics. En 2010 publicaba ‘Un  tratado de cómic’ y ayer presentó en la FNAC, con Paula Ortiz y José Vicente, un nuevo libro, más personal, más autobiográfico también: ‘Un mundo en viñetas’ (1001 ediciones), donde mezcla sus dos pasiones: la responsabilidad social corporativa, o lo que él llama la “economía con alma y con personas, la economía próxima al ciudadano”, y los tebeos. En el libro, a lo largo de diversos capítulos y epígrafes, habla de todo: del cómic social, del cómic gafapasta (vinculado a la novela gráfica), del cómic y el cine, de la fantasía, de denuncia, de muchos autores específicos (Miguel Fuster, López Espí, Kalito, Carlos Ezquerra...) y también de algunos de sus fetiches: David Guirao, José Antonio Ávila, Eduardo Laborda, Manuel Bayo Marín. El libro lleva muchas ilustraciones, adquiridas o regalos al escritor por parte de los dibujantes, y por eso resulta aún más entrañable: un libro íntimo, de coleccionista, descriptivo, y a la vez contiene muchos elementos sociológicos. Aparece, además, en vísperas del Salón del Cómic Aragonés. Esta foto en color es de Vicente Almazán, ese amigo imprescindible que pasa por todas partes.

LEV TOLSTOI Y EL CINE: EN FÓRCOLA

[Javier Fórcola es un editor entusiasta y apasionado. Publica libros estupendos de muchos autores. Uno de los últimos es ‘Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yasnia Poliana’ de Lev Tolstoi. Javier me envía esta entrevista sobre el cine. Un detalle de generosidad con este blog y con sus lectores.]

 

 

Lev Tolstói

Conversaciones y entrevistas. Encuentros en Yásnaia Poliana

Edición de Jorge Bustamante

Fórcola, 2012

 

Tolstói y el cine[1]

 

A principios de septiembre de este año nos dirigimos a casa del conde Lev Nikoláievich Tolstói con la misión de recibir del eminente escritor su autorización para la producción de un documental cinematográfico con él y, de ser posible, realizar de inmediato algunas tomas.

No sin agitación mi camarada y yo saltamos del carruaje, cerca de las dos columnas macizas que guardan la entrada a la hacienda de Yásnaia Poliana.

¡He aquí aquel rincón silencioso, donde inmerso en sus pensamientos y su actividad creadora, vive casi enclaustrado el «gran escritor de la tierra rusa»!

Una amplia alameda nos conduce a una pequeña casa de piedra de color blanco níveo, hundida en fondo verde del follaje... Todo está en silencio... y avanzamos bajo la bóveda de los tilos seculares que han cercado la plazoleta frente a la casa, de la que sobresale el porche.

No hay nadie, nadie sale a nuestro encuentro, y pareciera que nosotros mismos temiéramos perturbar esa majestuosa tranquilidad con la que los allegados a Lev Nikoláievich, y tal vez incluso la misma naturaleza, han rodeado su vida...

Pasamos nuestras tarjetas de presentación a la condesa por medio de un criado, con la petición de que se nos permita exponerle el asunto, por no molestar a Lev Nikoláievich. En efecto, como nos informó la condesa Sofia Andréievna, el escritor se encontraba muy ocupado en los preparativos para viajar al día siguiente a casa de V. G. Chertkov, poniendo en orden sus papeles, los trabajos comenzados y otras cosas.

Debemos destacar la absoluta simpatía con que acogió la condesa nuestra petición. A ella misma le parecían atrayentes las tomas que tuvieran por objetivo inmortalizar para los familiares de Lev Nikoláievich los momentos de su vida, y, tanto en este viaje nuestro a Yásnaia Poliana como en los ulteriores, Sofia Andréievna nos brindó siempre todo tipo de ayuda en los pormenores de la producción de las tomas, negociando con Lev Nikoláievich su consentimiento de posar ante la cámara, asunto que hubiera sido imposible de no haber sido por ella.

Ay, sólo podemos decir que las convicciones del conde, las grandes ideas del profeta de los preceptos del amor universal y la felicidad, eran incompatibles con posar para el cinematógrafo... Era algo que nos había transmitido el propio escritor en nuestras breves conversaciones, en los encuentros con él durante los acostumbrados paseos matutinos...

Con todo nos fue permitido realizar las tomas, grabar los momentos de la vida cotidiana del escritor.

El primero de los trabajos emprendido por nosotros fue el de las tomas del viaje de Tolstói a la estación de Shchekino, de donde salió vía Moscú para visitar a V. G. Chertkov.

No sobra decir que estuvimos a tiempo en el lugar. Corrían los últimos minutos de la espera... De pronto, aparecieron... A paso muy ligero, salió por la puerta de la hacienda un cochecito de dos caballos que llevaba a Lev Nikoláievich y a su esposa, que lo acompañaba. Tras ellos iba una troika con Alexandra Lvovna, la hija menor del escritor, y otros acompañantes... Un ligero bufido se escuchó en la cámara, cuando corrió la cinta, absorbiendo todo lo que veía la mirilla perspicaz del objetivo, para después mostrar las escenas captadas a todo el mundo en la pantalla...

Pero teníamos que apresurarnos. Tan pronto como los coches pasaron frente a la cámara, debimos adelantarnos apresuradamente en nuestros caballos para tener la posibilidad de filmar la llegada a la estación.

Allí, en la plataforma de Shchekina, trabajamos con no menos acierto. Las tomas de la llegada, la entrada a la estación, el paseo de Lev Nikoláievich por el andén en espera de la salida, la escena del encuentro con los parientes, que habían llegado en ese mismo tren, y, al fin, los últimos momentos de la salida en la vía, todo quedó registrado en la cinta [...].

En este momento, mientras se escriben estas líneas, las escenas tomadas por nosotros de la vida de Tolstói ya se han convertido en una cinta, que en unos días verá Moscú, Rusia, y otros países.

Al obtener una primera copia de la cinta, y contando de nuevo con el consentimiento previo de la condesa, nos apresuramos a Yásnaia Poliana para mostrar al escritor el trabajo realizado.[2]

Al mismo tiempo, llevamos con nosotros una selección de otras cintas para proyectarlas. Los preparativos para la función comenzaron desde la mañana. En la plazoleta, frente a la casa (se decidió hacer la sesión al aire libre), desplegamos la pantalla, instalamos el equipo, los bancos y las sillas para los espectadores...

Todo quedó preparado. Hacia las seis de la tarde comenzaron a llegar los primeros espectadores: los niños de la aldea cercana a la hacienda. Tan pronto empezó a oscurecer, justo después de la comida, Lev Nikoláievich, Sofia Andréievna, Alexandra Lvovna y demás habitantes de la casa e invitados ocuparon sus lugares... Había también algunos vecinos. La mayor parte de los espectadores estaba constituida por campesinos, en total, se habían reunido unas doscientas personas.

El proyector se encendió, y una columna de luz reflejó en la pantalla un cuadrado de blancura deslumbrante en medio de la oscuridad de la noche.

La función comenzó.

No vale la pena hablar sobre el éxito técnico de la función. A ese respecto estábamos lo suficientemente preparados como para no preocuparnos. Pero, además, cuando se acabó la representación y el reflector se dirigió hacia la muchedumbre animada que por el jardín caminaba a casa, alcanzamos a ver los ojos brillantes de los niños, los rostros alegres de los adultos.

Escuchamos comentarios sumamente halagüeños, exclamaciones entusiastas.

Pero para nosotros era importante la opinión de Lev Nikoláievich, quien, al sentirse un tanto fatigado, se había ido un poco antes del fin de la función.

El gran escritor quedó contento con lo que vio. Nos comunicó que consideraba aquellas escenas panorámicas y científicas que habíamos mostrado en Yásnaia Poliana (el camino militar georgiano, la ciudad de Delhi en India, las plantaciones de tabaco, etc.) un espectáculo razonable e instructivo. Las tomas hechas a Lev Nikoláievich se mostraron dos veces...

Al día siguiente salimos de regreso, teniendo el gusto de regalar a la condesa Sofia Andréievna la única copia que habíamos traído con las tomas de Lev Nikoláievich. Esa copia está destinada al museo de Tolstói.

¿Qué podemos decir en conclusión?

Todavía, hasta la fecha, Lev Nikoláievich no es un total partidario del cinematógrafo, no lo ve como un fenómeno de excepcional utilidad desde cierto punto de vista.

Al ser la cinematografía en sí misma un asunto demasiado joven, que se desarrolla con una rapidez endemoniada, sin duda no puede encauzarse exclusivamente por un camino recto, sino que crece su significado en la vida de la humanidad, a la que va conquistando cada día.

Ha habido, sin duda, desviaciones del verdadero camino.

Pero ahora el cinematógrafo ha logrado ya sus primeros pasos en el trayecto del gran futuro que le espera.

Se ha convertido en teatro de la vida pasajera.

Un poco más y el cinematógrafo se volverá escuela.

Para nuestros hijos será el principal soporte científico, las universidades le abrirán ampliamente sus puertas.

Y aún más: el cine se convertirá en un medio para difundir grandes ideas.

Por ello estamos seguros de que está cerca el tiempo en que Lev Nikoláievich se acerque más al cinematógrafo [...].



[1] Texto aparecido en la revista Cinefono n.º 1, en octubre de 1909, firmado por Vladímir Konenko.

[2] Sofia Tolstaia escribió en su diario el 24 de septiembre de 1909: «En la noche mostraron la película, y se reunió toda la aldea». (Diarios, tomo 2, página 294.)

 

*Portada del libro y, abajo, Tolstoi con Gorki.

JOSÉ LUIS MELERO: UN DIÁLOGO SOBRE 'ESCRITORES Y ESCRITURAS'

Pepe Melero, retratado por Vicente Almazán.

 

José Luis Melero Rivas (Zaragoza, 1956) publica ’Escritores y escrituras’ (Xordica, 2012) y lo presenta esta tarde, lunes 12, a las 19.30, en el Teatro Principal en un acto que organiza la librería Los Portadores de Sueños. En esta entrevista (en Heraldo se ofrece hoy una amplia síntesis) habla de las claves de un libro que avanza por "las carreteras secundarias de la literatura". Acompañarán a José Luis Melero dos de sus mejores amigos: Luis Alegre e Ignacio Martínez de Pisón.

"Soy un escritor de esos a los que les gustan

los márgenes, los arrabales, los caminos no trillados"

Pepe Melero, por Pepe Cerdá.

 

-¿Sería ‘Escritores y escrituras’ la segunda parte de ‘La vida de los libros’ (Xordica, 200) o es un libro distinto?

Es verdad que nace del mismo tronco que ‘La vida de los libros’ (las columnas que publico semanalmente en Artes y & Letras de ‘Heraldo de Aragón’), pero mis libros son todos diferentes, porque hablo de cosas diferentes, de autores diferentes, de personajes diferentes. En ‘La vida de los libros’ contaba anécdotas de Juan Ramón, Enrique Líster o Juan Benet y ahora aparecen Villalón, Cajal o Jarnés. Me interesan tantas cosas y tan dispares que nunca uno de mis libros se parece a otro.

-¿Cuál es la razón de este libro? ¿Cómo lo definiría?

Es el libro de un enamorado de la vida, que igual disfruta con los libros viejos que con los nuevos, que no se avergüenza de que le guste el fútbol (bueno, en realidad solo el Zaragoza) o la jota aragonesa, que no cree que recordar el diccionario aragonés de Mariano Peralta sea provinciano y hablar de la chilena Teresa Wilms cosmopolita, sino que ambas cosas sirven si nos ayudan a ser felices. Es el libro de un lector sin prejuicios, abierto al mundo.

- ¿Qué porción hay aquí de de erudición, de búsqueda, de divertimento, de literatura del ‘corazón’?

Mis libros son el resultado de muchos años de lector. Y como nunca he leído por obligación (cosa que sí les sucede a los críticos y a muchos profesores universitarios) sino por placer, en ellos creo que se percibe siempre que me he divertido, que he disfrutado con los libros, que he leído en cada momento lo que me ha venido en gana sin importarme las modas, los intereses editoriales o la necesidad de prestar atención a los saberes codificados. Los manuales nos dicen que hay que leer a Lezama Lima, pero si a mí me aburría -que me aburre-, pues leía los cuentos de Macedonio Fernández, que me apetecían más, y tan amigos.

- En un determinado momento se confiesa fetichista. ¿De qué en realidad?

Siempre he sido fetichista. Me gustan las primeras ediciones y los libros que llevan dedicatorias autógrafas, y también me gusta guardar la correspondencia, los originales o los objetos personales de mis amigos y de mis escritores y personajes admirados. Pero esto es tan viejo como el mundo: Zuloaga guardaba en su casa de Zumaya -lo acaba de contar García Guatas- fragmentos de la capa con que se amortajó a Goya y unas cuentas del rosario que pusieron en las manos del artista, Azorín robó un botón de la levita de Larra, Truman Capote presumía de poseer un pisapapeles de Colette y Javier Marías compró en una subasta una pitillera de Conan Doyle. Yo también tengo mis pequeños tesoros. Solo hablaré de uno, aun a riesgo de parecer presuntuoso: conservo las botas y una camiseta de mi admirado José Luis Violeta, “El León de Torrero”. Ese tótem protege mi inflamado zaragocismo en los momentos más difíciles.

-También dice que es un pésimo bibliófilo... ¡Nadie lo diría!

Los bibliófilos ortodoxos suelen tener un perfil coleccionista, no acostumbran a leer los libros que compran y sienten predilección por una tipología de libros que a mí no me interesa nada. Yo me siento muy alejado de los intereses de los bibliófilos tradicionales. Me gustan mucho los libros humildes, me interesan más las ediciones del siglo XIX que casi cualquier libro del siglo XV y nunca compro un libro que no piense que voy a leer. Aunque, desgraciadamente, nunca alcanzo a leer desde luego todos los libros que compro.

En este terreno de las memorias revela algo de lo que sabíamos poco: las memorias del arquitecto Fernando García Mercadal, al que Agustín de Foxá llamaba “enano”. ¿Cómo son en realidad? Hablas de quimeras de amor... También da a entender que te vuelven locos los ‘Diarios’. ¿Qué hay ahí de especial para usted?

Fernando García Mercadal escribía unos pequeños folletos que editaba en Navidad y con los que felicitaba las fiestas a sus amigos. Hacía ediciones no venales de 100 ejemplares numerados, que naturalmente él costeaba, y los firmaba solo con sus iniciales: F.G.M. El primero de ellos, Vía Estrecha (De mis memorias), de 1947, es un compendio de textos memorialísticos llenos de gracia, inteligencia y una pizca de desvergüenza. Es verdad que siempre me han interesado mucho las memorias y los diarios, en general lo que se conoce por la ‘literatura del yo’, los ‘egodocumentos’. Muchos autores le han dedicado al género algunos de sus mejores libros: Baroja, Ruano, Cansinos, Trapiello, García Martín, Sánchez-Ostiz, Sanmartín, Ordovás...

Cita, en sus manías como lector, que tiene cuadernos de lector desde 1981. De ahí derivan dos artículos: ‘Apuntes’ / I y /II. ¿Cómo son de verdad esos cuadernos, qué hay en ellos? ¿Están escritos a lápiz, con tinta, hay dibujos, pega algo...? ¿Es maníaco, obsesivo, pulcro, buscas la perfección, la claridad?

Lo que escribo en mis cuadernos no se me olvida nunca. Por eso suelo tomar notas de algunas de mis lecturas. Tengo cuadernos en los que escribo a lápiz (los que utilizo como borradores) y otros, ya los definitivos, en los que escribo a tinta con mi letra de amanuense. Pero no tengo tiempo de apuntar todo lo que quisiera. Ya hago bastante con conseguir sacar unas horas para la lectura.

Cita a Miguel  D’Ors, quien decía que “la felicidad consiste en no ser feliz y que no te importe”. ¿Cómo se hace feliz a un bibliófilo como usted, aunque uno no sea Naomi Watts, a quien le declaras tu amor?

No sé si Naomi Watts me consentiría todo lo que me consiente mi mujer, así que, por si acaso, prefiero quedarme como estoy. Y, siguiendo con el humor, si quieres hacerme feliz como bibliófilo no tienes sino robarle a Vargas Llosa la primera edición de ‘Madame Bovary’, que sé que la tiene, y regalármela a mí… para celebrar un gran triunfo del Zaragoza. Te lo pongo difícil para no violentarte demasiado.

Hablando de mujeres. Hay muchas. Por ejemplo: Eva Duarte, a quien le escribieron unas horribles memorias y acuña la expresión ‘Palabra de honor’ aplicada al escote.

La autobiografía que le escribieron a Eva Duarte es solo una apología del peronismo, pura propaganda del populismo justicialista. El tono grandilocuente la hace insoportable: “Creo que nací para la Revolución. He vivido siempre en libertad. Como los pájaros siempre me gustó el aire libre del bosque”. Y todos sabemos que cuando se oye a la mujer de un general hablar de revolución, lo mejor es salir corriendo. Cuando visitó a Franco en 1947 salió a hablar a la multitud congregada en la Plaza de Oriente embutida en un abrigazo de pieles que tenía de revolucionario lo que Carmen Martínez-Bordiú de marxista-leninista. A Eva Duarte se le debe la expresión “escote palabra de honor”. Un día que llevaba un modelo con un escote que prescindía de tirantes, el presidente Perón le preguntó preocupado si aquello no se caería. “Palabra de honor”, fue la respuesta de Evita, y así se llama desde entonces ese tipo de escote. Tal vez su mejor legado.

Otra mujer, Ava Gardner. En casa tiene su retrato de 1955 y habla de dos anécdotas memorables...

Sí, tengo la fotografía que le hizo Luis Mompel en la plaza de toros de Zaragoza. Parecía una diosa. Mi amiga Genoveva Crespo se la pidió a Mompel para mí y éste me la regaló dedicada. Esas anécdotas que cuento se refieren al famoso cólico nefrítico que la actriz sufrió en Madrid, en su suite del Hilton, una noche de abril de 1954. Se dice que Hemingway llevó colgada del cuello durante años una de las piedras que la Gardner expulsó del riñón, y cuando le afeitaron el pubis tuvieron que hacer un sorteo en el hospital porque todos querían quedarse con un mechoncito.

 ¿Quién fue Teresa Wilms?

Teresa Wilms fue una escritora chilena, tan bella como estrafalaria, a la que Gómez de la Serna inmortalizó en La sagrada cripta de Pombo y a la que recordaba bebiendo ajenjo en su tertulia. Escribieron también sobre ella Vicente Huidobro, Juan Ramón Jiménez, Cansinos, Valle Inclán… y la pintó Romero de Torres. Se suicidó con solo 28 años y dejó un breve diario, escrito entre Londres, Liverpool y Madrid, que se publicó al año siguiente de su muerte, en 1922: Lo que no se ha dicho.

Este es el libro donde rinde homenaje, entre otros, a Jesús Moncada, Ildefonso-Manuel Gil, José Antonio Labordeta y Félix Romeo. Explíquenos en dos líneas por qué y qué significó cada uno para usted.

Labordeta y Félix fueron dos de mis grandes amigos, dos auténticos fueras de serie, de los que todos aprendimos mucho. No hay día que no los recuerde. Ildefonso estuvo también siempre muy cerca de mi corazón y sé que él también me llevaba en el suyo. Con Moncada tuve una relación más epidérmica pero no menos intensa. Lo conocí a través de Ramón Acín  y me empeñé en que se sintiera uno de los nuestros. Si no lo logré estuve muy cerca de hacerlo. También hay homenajes a otros escritores y amigos muertos: Luciano Gracia, Miguel Luesma… Escribir sobre los amigos desaparecidos no solo es una necesidad personal: es un deber de justicia.

En el libro hay algo de literatura del corazón: por ejemplo todo lo que te contó Ildefonso Manuel gil sobre aquella Germaine y aquella Rosa Arciniega que amaba Benjamín Jarnés...

Hay amables confidencias, la confesión de algún secreto, información menuda y de primera mano…, pero nada de cotilleos literarios ni cosas por el estilo.

¿El patetismo y la desmesura son rasgos de los escritores ratos, bohemios o de casi todos en general?

El patetismo y la desmesura son propios de los escritores patéticos y desmesurados. Y esos los ha habido en todos los ámbitos, entre bohemios y entre quienes no lo han sido. En el libro ironizo sobre Luis Goytisolo, que no es precisamente un bohemio pero sí me parece alguien desmesurado.

¿Cuál es la presencia de Aragón en estos artículos?

La presencia de Aragón es muy importante en mis libros. No puede ser de otra manera en alguien que se siente aragonesista desde siempre. Aproximadamente la mitad de los textos del libro están relacionados de una u otra forma con Aragón. Escribir sobre José Oto o Carmen de Lirio y hacerlo también sobre Pere Gimferrer o Manuel Machado me parece una forma de estar en el mundo muy saludable.

¿Qué lugar ocupa el humor en sus textos? Y añado [a la manera de Javier Marías:] ¿qué tipo de escritor vendrías a ser usted?

Los escritores solemnes, esos que se toman tan en serio que el humor les parece una frivolidad, son muy aburridos. Ya que hablas de Marías, por ejemplo, en ‘Los enamoramientos’ los mejores momentos van unidos al tono humorístico con el que se presenta el cameo de Francisco Rico. Por lo demás, soy un escritor de esos a los que les gustan los márgenes, los arrabales, los caminos no trillados. En general, todo lo que no está en el canon.

Tiene más de 30.000 libros y llega velozmente el orbe digital, el libro electrónico, etc. ¿Cuál será el destino de los libros en papel y cómo se plantea el nuevo estado de cosas?

El libro electrónico es como las muñecas de los sex-shops, como aquella muñeca de Berlanga en ‘Tamaño natural’: útil y práctico para sus fines, sin duda; pero falto de alma y de encanto. El sexo, de verdad; y los libros, de papel.

 

MORRISON REGRESA CON 'VOLVER'

MORRISON REGRESA CON 'VOLVER'

TONI MORRISON POR TIMOTHY GREENFIELD-SANDERS

Toni Morrison, la premio Nobel de Literatura, publica ‘Volver’ (traducción de Diego Rodríguez Amado, 160 páginas) en Lumen. Hace algunos meses había guardado este espléndido retrato suyo. Ha dicho la autora de ‘Beloved’: “A mis ochenta y un años, me siento atenta, vital, yo diría que espléndida...cuando escribo”.

He aquí la nota del nuevo libro: [El cuerpo de un amigo destrozado por la metralla, la voz de un hombre que pide clemencia, la mano de una niña que asoma escarbando entre la basura para encontrar algo de comer... Hay imágenes que vuelven una y otra vez a la mente de Frank Money, un veterano de la guerra de Corea que ahora vuelve a Estados Unidos en busca de olvido y afecto. Corren los años cincuenta del siglo pasado y las heridas de Frank no son solo físicas: su patria es racista, su familia ha acumulado mucho odio, y el regreso parece más un camino hacia el infierno que una vuelta al hogar. Su destino es Georgia porque Frank quiere rescatar y devolver a casa a su hermana Cee, casada con un chulo que la abandonó a los pocos días de la boda, y empleada en casa de un médico sin escrúpulos. Es la determinación por salvar a esa mujer frágil lo que llevará a Frank a asumir sus culpas y saldar cuentas con lo que fue su vida. Ahí, en ese ir y venir de emociones hondas, brilla el talento de Toni Morrison, una mujer que lleva el dolor en la punta de los dedos y lo gobierna con pocas y buenas palabras].

MANUEL RICO: SUS DIARIOS

Hace unos días, el escritor y profesor Manuel Rico envió a sus amigos esta carta.

 

[Queridos amigos y amigas:


Acabo de publicar, en digital versión Kindle (se puede descargar en otras versiones) mis diarios de los años ochenta. El libro lleva por título Días de los ochenta (1985-1991). En ellos se puede realizar hoy, un cuarto de siglo después de que fueron escritos, un viaje, en tiempo real, por un tiempo de transformaciones, incertidumbres e ilusiones. La movida madrileña y otras movidas de la época, mi experiencia durante la escritura de mis primeros libros de poesía y de mis primeras novelas, la nueva narrativa y la "otra sentimentalidad" poética, la evolución política del país en los pequeños espacios del mundo literario, de sus barrios, las lecturas de la época y las lecturas de siempre.... Un caleidoscopio de varias generaciones visto a través de la lente con que, en aquellos años, yo contemplaba la realidad Es la crónica de un escritor en los márgenes del mundo literario, comprometido con la naciente España democrática. ]

 

Le pedí dos fragmentos y aquí están.

 

 

DOS FRAGMENTOS

 

Por Manuel RICO



 

8  de marzo DE 1985

 

            San Blas, como tantos otros barrios del Madrid periférico, es cine neorrealista en vivo. Aunque los críticos nos cuenten que el neorrealismo murió con la década de los cincuenta, la realidad nos dice que hoy, en los años ochenta,  perduran, con algunos cambios no siempre perceptibles, las condiciones que le dieron origen. En las últimas semanas hemos podido seguir en televisión el ciclo dedicado a Rosellini: ¿acaso ha perdido actualidad la problemática que aborda en sus películas? ¿Es posible afirmar, con un mínimo de sentido común, que se trata de cine trasnochado, sin ningún interés para los tiempos que corren?

 

            Colegio Academia San Blas. Máquina. Taquigrafía. Contabilidad. Oh refugios donde perder el tiempo, cuevas de la juventud sin futuro de tantos barrios, lugares para matar el tedio, almacén de parados, nidos de amor de envejecidos adolescentes, aulas de aprendizajes inservibles, desván de los rotos bachilleres, de las broncas familiares. Cuánta memoria resucitan estas academias, o colegios de piso que se nutren de alumnos del suburbio que aspiran, tras fracasar en el Bachiller y para responder a las exigencias familiares —el padre que si no está parado se mata a trabajar, la madre cansada de limpiar las suciedades del prójimo—, aspira a tener, al menos, los conocimientos básicos —mecanografía, taquigrafía, contabilidad—  para acceder a la condición de probo funcionario o de chupatintas de una empresa privada, preferentemente de un banco. Sueño de raíz decimonónica que forma parte del imaginario popular. Recuerdo que en mi infancia, o en mi adolescencia, la máxima aspiración de las familias obreras que me rodeaban (de mi familia) era que el hijo obtuviera un puesto seguro en la administración, aunque fuera de cartero o de ordenanza. Era un modesto signo de prestigio, de acceso a cierta estabilidad económica a través de una mediana formación y de un duro trabajo de preparación de oposiciones. 

 

Estas academias son, además, piezas imprescindibles en la construcción de la cotidianidad de los barrios en que están situadas. Cómo no emocionarse ante su presencia, cómo sustraerse a la meditación sobre su condición de reverso de la realidad que los microordenadores  y las nuevas tecnologías empiezan a dibujar en el horizonte, cómo no pensar que sus enseñanzas no tardarán en convertirse en fósiles de un mundo desaparecido.  Y cómo no recordar las Academias de Corte y Confección que florecían en los barrios de la infancia, el espacio en el que las familias complementaban la educación que en la escuela recibían aquellas muchachas sin historia, obligadas a portar en el espacio del DNI en que se reflejaba la profesión el emblemático “sus labores” con una resignación franciscana.

 

 

25 de marzo DE 1985 .

 

Añado nuevo libro a la biblioteca: El oráculo invocado, de Marcos Ricardo Barnatán. Un novísimo tardío. Recuerdo haber leído uno de sus poemarios iniciales, Los pasos perdidos, hace diez años. Me gustó. Discretamente, sin entusiasmos ni excesos. Me parece un poeta con un gran dominio del lenguaje pero con un mundo menos consistente que el de otros compañeros de generación como Gimferrer o Antonio Colinas. Son sus poesías completas y se publican en Visor como parte del esfuerzo editorial que Jesús García Sánchez está realizando para poner a disposición del lector la obra de conjunto de poetas, todavía relativamente jóvenes (llamo juventud a tener menos de cuarenta y cinco años), que cuentan con  una larga nómina de libros publicados. Tal es el caso de Luis Antonio de Villena, de Francisco Brines (menos joven, por supuesto), de César Simón, el valenciano casi anónimo, y de algunos otros. Encomiable esfuerzo que debería complementarse con una mayor proyección publicitaria y con la recuperación de otros valores no tan conocidos.

 

El domingo, 17 de marzo, según cuentas las crónicas, se celebró en Barcelona un concierto de Lluis Llach. Seis mil estudiantes. Seguro que entre ellos había muchos que ya no lo eran, que habían superado con creces la treintena e intentaban, con su presencia, recobrar un tiempo perdido, una época de recitales semiclandestinos, de entusiasmos prerrevolucionarios, de lecturas de Marx, de cine fórums apresurados, de juventud soñada —y sentida— interminable.

 

El pasado lunes se publicó en El País un suplemento dedicado a La Regenta en su centenario. Magna novela del XIX que al día de hoy mantiene, plenamente, los valores literarios y la frescura originarios, como si el tiempo no hubiera pasado por ella. La leí hace escasamente dos años y me entusiasmó. Es una obra cumbre de la literatura española que me comprometo a releer cuando el tiempo disponible así lo permita.

 

Tras dejar a Malva en la guardería, he cruzado en coche el polígono industrial —fronterizo al barrio de San Blas— de Julián Camarillo. Mítica zona, con Méndez Álvaro y Villaverde, de las primeras huelgas del Madrid de posguerra y del Madrid predemocrático marcada, hoy, por la crisis económica. Fábricas abandonadas, en algunos casos semiderruidas, calles vacías, bares decrépitos y sucios. ¿Cómo no recordar ante semejantes imágenes aquellos primeros años setenta, las octavillas con la tinta aún fresca, el miedo en la garganta, en que nos creímos dioses, sucesores de la Comuna, de Octubre 17, del movimiento obrero de la República y de la pre-República, cuando tan sólo éramos imberbes estudiantes que nos probábamos ante el peligro, ante la indiferencia de muchos de aquellos obreros de las seis de la mañana a quienes pretendíamos redimir? Ha pasado mucho tiempo y hoy las cosas no son como entonces. Todo está más confuso. En el partido hay una frase que se utiliza en algunas ocasiones: “contra Franco luchábamos mejor”. Y todo estaba más claro. Sin embargo, ahora asistimos al desmantelamiento paulatino de estos polígonos, a la lenta agonía de un mundo querido con intensidad, al avance de una crisis que parece no acabar nunca. Claves para la reflexión política y sociológica. Claves para afrontar la crisis que en el partido se agudiza y que tiene en su centro, aunque no se diga con claridad, distintas valoraciones sobre el papel del movimiento obrero.

 

A aquella hora, la radio emitía una suerte de culebrón que escuché atentamente durante el viaje al despacho. Tiempo del 68 era el título. “Bien empezamos el día. Parece que todo se hubiera conjurado para retrotraerme a aquellos tiempos”, me dije. ¿Por qué aludo a la radionovela? Quizá por un motivo: me llamó la atención una frase puesta en boca de uno de los protagonistas: “He quedado tan frustrado que sólo me queda la literatura”. Una frase que da en el clavo, que sintetiza la actitud de buena parte de los intelectuales agotados (y desencantados, y arrepentidos de las veleidades revolucionarios del tiempo universitario). La gastronomía, la pasión rural y viajera, la apuesta por el éxito profesional, la literatura, la posmodernidad, la “movida”, son salidas personales, refugios donde se embarcan (donde estamos tentados de embarcarnos) quienes se han visto defraudados por el proceso que se abrió en 1977. Yo, como nunca viví la transición en estado de encanto, no estoy desencantado. Mis dudas y mis vacilaciones son consecuencia de una situación de cansancio personal, de agotamiento físico y psicológico tras años de actividad política ininterrumpida, tentado siempre por la llamada vocacional de la literatura.

 

*Todas las fotos, salvo la de Manuel Rico, son de Juan Manuel Díaz Burgos, un fotógrafo que admiro mucho desde hace años.

IGNACIO VIDAL-FOLCH: DE CATALUÑA Y 'LA QUIEBRA DE LA AMISTAD'

[El pasado verano, en un curso, conocí a un escritor y periodista a quien admiraba mucho. Me habían hablado de él con mucho afecto Pedro Zarraluki, Pisón o Vila-Matas, y el inolvidable Félix Romeo. En medio del conflicto sobre la independencia o no de Cataluña, ayer sábado publicaba este artículo, muy sensato como todos los suyos, pero no necesariamente indepentista. Sensato, con una mirada personal y su finísima ironía. Aquí está... Apareció en la edición catalana de ‘El País’. Ha recibido bastantes comentarios y puede leerse aquí en internet:

 

http://ccaa.elpais.com/ccaa/2012/11/09/catalunya/1352493075_252376.html

 

 

 

LA QUIEBRA DE LA AMISTAD

 

IGNACIO VIDAL-FOLCH

 

Escrito en el AVE: vengo de Madrid, donde he estado hablando de mi libro. Novedad: los periodistas y los blogueros me preguntaban sobre el separatismo, y hasta de madrugada en el Cock tuve que explicarles la “cosa” a aquellas dos chicas tan simpáticas, Teresa y Carmen, a las que en realidad el tema no debería interesarles nada, y que estaban algo sulfuradas. Nunca me habían preguntado tanto por semejantes chorradas. Pero también hay que saber que en las chorradas se nos va la vida. Recuerdo una página en Notas para Silvia donde Pla recuerda el 80º aniversario de Carner, en Bruselas, y cita un soneto que con tal ocasión el poeta les dio a quienes pasaban a felicitarle por su domicilio. Poema tristísimo, sobre el franquismo y la “noche que durará cien años”, que si mi memoria no me falla concluye así: “Pugui jo caure incanviat/ tot fent honor, per via dreturera,/ amb ulls humits i cor enamorat/ a un esquinçall, en altre temps bandera”. En fin, ¡siempre estas cochinadas del amor, el honor y la bandera!

Acabo de llegar a casa, busco en la estantería y encuentro el libro y el comentario de Pla: “Este soneto terrible de Josep Carner se debería dar a todo el mundo para que todo el mundo lo meditase. Pero quizá hubiera sido mejor que este soneto no se hubiese tenido que escribir nunca, haciendo de forma que las personas que formaban parte de las clases dirigentes en el periodo anterior a este periodo hubiesen tenido un poco más de cuidado con las personas con las que se jugaban los cuartos —por decirlo con la vulgaridad natural del país—”.

Con lo de “el periodo anterior” Pla se refería, claro está, a la II República, y a la insensatez de una clase dirigente catalana demasiado inclinada a la gesticulación y al capricho, hasta provocar por fin la terrible expiación de la Guerra Civil. A esta idea se vuelve en Notas para Silvia una y otra vez: ha habido mucha lírica, incluso, si se quiere, buena lírica, porque el poema de Carner no está mal. Pero a este precio, al precio pagado por tanto lirismo, ¡cada rima nos ha salido carísima!

Eso es lo que dice Pla a su manera más o menos despeinada y lateral.

Gracias a Dios nuestros tiempos son menos bárbaros, en todas las exclamaciones fanáticas el exaltado de turno está mirando con el rabillo del ojo a ver el efecto que causa su cantada, y por mucho que el señor Mas reúna a 300 altos cargos y les diga que son “los generales de un ejército que es la Generalitat” (sic), y que el señor Puig galvanice a los mossos para que viertan en la defensa de no sé qué hasta la última gota de sangre, y a pesar de muchas otras actitudes y pronunciamientos al filo de la irracionalidad, de la puerilidad y del disparate, todos sentimos que no es más que business as usual, retórica para distraer al rebaño mientras le sisas los haberes, le endosas un nuevo impuesto y le haces pasar por la ITV de la familia Adams.

Aquí no estamos hablando de guerra, todo lo más de una guerrilla de los botones. Pero no nos engañemos. Salvando las distancias históricas, y la lógica de la historia que quiere que los acontecimientos que se produjeron primero como tragedia se repitan ahora como farsa —según la sentencia de Marx en El 18 Brumario de Luis Bonaparte, enmendando la observación de Hegel sobre el repetirse de los acontecimientos históricos—, una vajilla carísima ya se ha roto. Citaré otra vez a Pla, con perdón: “El mayor drama que la Guerra Civil proyectó sobre este país no ha sido ni la miseria, ni el miedo, ni el cambio de léxico, ni la despersonalización general: fue la quiebra de la amistad, la liquidación de la confianza”.

La quiebra de la amistad ya se ha producido, y no por el cepillado de un Estatut concebido ya precisamente a tal objeto, por más que esa falsedad se repita otras diez mil veces hasta que parezca una verdad goebbelsiana. Entre esas mentiras, la supuesta animosidad de “Madrit” hacia los catalanes. Por más que la repita Rubert de Ventós, al que en el foro le trataron, cuando era senador, “como a un colonizado”, es falsa de toda falsedad, como sabemos todos los que hemos vivido alguna vez en la capital, aunque no como senadores. No hace tantos años en toda España ser catalán era disponer de un plus —no siempre justificado, por cierto-—de eficacia, de trabajo, de seriedad y de modernidad. A condición claro, de no ir por ahí diciendo “yo soy catalán y vosotros unos borricos mesetarios”. Siempre había sido así. Siempre.

Pero ahora he constatado que ya no. Ahora, con esa permanente quejumbrosa ofensa, ese victimismo exigente, esa xenofobia regional, esa lluvia de agravios y ofensas a los andaluces gandules, a los extremeños miserables, a España la ladrona cuando no “genocida cultural”, con esos escupitajos y amenazas y quema de banderas y bramidos futboleros y modositas chulerías de Mas, que aquí ni siquiera percibimos como ofensas, o que si las percibimos nos hacen gracia porque las pronuncia un radiofonista de CiU contra Federico [Jiménez] Losantos (“¡habría que colgarle!”), pero que serían piedra de escándalo y motivo de rasgarse las vestiduras si fueran en dirección contraria, se ha producido el resquemor. La gente ya no se fía. El aura se ha perdido.

Se ha quebrado la amistad, y a algún imbécil le parece un asunto insignificante…

 

*En las fotos, Ignacio Vidal-Folch, Josep Pla y Josep Carner.

 

'MORTALIDAD' DE HITCH: DOS BREVES

'MORTALIDAD' DE HITCH: DOS BREVES

‘MORTALIDAD’ DE CHRISTOPHER HITCHENS

[Foto de Andrea Hubner] Daniel Gascón es uno de los traductores españoles de Christopher Hitchens. Herido de muerte por un cáncer de esófago, hablaron por teléfono. Entonces, Hicht (Daniel también tradujo sus memorias), tomaba notas, leía, escribía en los periódicos, escribía reseñas y reflexionaba sobre el adiós, que se precipitó, tal como cuenta Carol Blue. Todo ese material integra un libro impresiona sobre la despedida: ‘Mortalidad’ (Mondadori. Ayer sábado, Mercedes Monmany, que ha sufrido una peritonitis en Polonia, le dedicaba una doble página en ABCD Cultural: ¡ánimo, fuerza, besos para ella!), uno de esos libros que te dejan sin aliento y que te estremecen por todo: por la valentía, por el amor a la vida, por el amor a la palabra, por la vecindad del adiós, por la elegía en vida ante la pérdida. Podría copiar aquí muchas cosas, pero me ha gustado mucho, hacia las últimas páginas, este pequeño fragmento:

“El extraño hurgaba en mi interior cuando yo escribía unas palabras desenfadas sobre el anuncio prematuro de mi muerte”.

O este:

“Saul Bellow: La muerte es la oscura parte trasera de un espejo que permite que lo miremos con claridad”.

ISAK DINESEN ESCRIBE A HEMINGWAY

ISAK DINESEN ESCRIBE A HEMINGWAY

UNA CARTA DE ISAK DINESEN A HEMINGWAY

[Foto de Richard Avedon] Hay algunos, varios, escritores que me han marcado la vida. Por ejemplo, mujeres: Marguerite Yourcenar, Marguerite Duras, Rosalía de Castro, Emily Dickinson, Mercè Rodoreda. Y entre ellas debe figurar Isak Dinesen, Karen Blixen (1885-1962), la autora de libros como ‘Memorias de África’, ‘Anécdotas del destino’ o ‘Cuentos de invierno’. El pasado jueves, con un grupo de amigos, comí con Diego Moreno y su compañera Ana, editor de Nórdica. Traía el nuevo libro de Dinesen, cuando se cumple medio siglo de su muerte: ‘Cartas desde Dinamarca. Correspondencia 1931-1962’, una colección de cartas donde se habla de libros, de recuerdos, de relaciones entre editores y autores y traductores, del proceso de creación, de algunas extravagancias. Allí figura una carta que me encanta, fechada en Rungstedlund, el  1 de noviembre de 1954. Tane, Karen, Isak Dinesen le dice al autor de ‘Por quién doblan las campanas’. (La traducción es de Enrique Bernárdez).

 

Estimado Ernest Hemingway:

Los diarios daneses informan que al recibir el Premio Nobel me hizo usted el honor de mencionarme como uno de los autores que podrían podido merecerlo.

Con la esperanza de que esa información se a cierta, le agradezco muchísimo sus amables palabras. Me proporcionan en estos momentos, así lo creo, tanto placer celestial,  –aunque no tanto beneficio terrenal, – como me habría proporcionado el Premio Nobel en sí.

Tengo mucho que agradecerle.  Sus libros, -desde que por casualidad adquirí ‘Fiesta’ en mi librería habitual de Nairobi- han representado mucho para mí. EL VIEJO Y EL MAR fue como un baño o un abrazo.

Es triste que nunca nos hayamos conocido en carne y hueso. A veces he imaginado cómo habría sido ir de safari con usted por las sabanas de África.

Le envío mi gratitud y mi aprecio.