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Antón Castro

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RAMÓN J. CAMPO: EL ORO NAZI

RAMÓN J. CAMPO: EL ORO NAZI

 

 

Ramón J. Campo reedita y amplía su gran investigación sobre el oro de Canfranc

LA NARRACIÓN FASCINANTE DEL ORO NAZI

La historia del oro de Canfranc y los nazis “dio la vuelta al mundo en casi todo, menos en globo”, escribe Ramón J. Campo, el reportero de HERALDO que, ayudado del hallazgo de unos papeles casi milagrosos por Jonathan Díaz, ha escrito esta fascinante historia donde hay de todo: política, historias humanas, afán de libertad, desesperación, espionaje, muertes por miedo e infarto, camaradería. Y, ya de paso, en este relato real, que parece inverosímil, late al fondo una vindicación de Europa y de la estación de Canfranc como una constante puerta a la esperanza. Esperanza para qie Europa entre en España; esperanza de que España consolide un punto incuestionable de paso hacia Europa, algo que se empezó a pensar en 1853, que se estableció en 1928, y que conoció toda suerte de escaramuzas, clausuras y reaperturas a lo largo del tiempo, para ser cerrado definitivamente en 1970.

Ramón J. Campo (Huesca, 1963) publica por tercera vez esta investigación que se ha hecho leyenda universal (ha interesado en más de medio mundo) con nuevos añadidos: el nombre de los 272 prisioneros que el régimen de Franco encerró en la Torre del Reloj de Jaca entre 1942 y 1945; una foto que vincula a uno de los héroes de Canfranc, Albert Le Lay, con el ‘Schlinder’ español, nacido en Zaragoza, Ángel Sanz Briz; un diccionario onomástico, algo así como un ‘dramatis personae’ muy valioso o el manifiesto que se ha firmado por la reapertura del Canfranc este mismo año, por citar algunos ejemplos.

En esta tercera aparición en Mira, tras haberlo hecho en Ibercaja y en Península, el libro se titula: ‘Canfranc. El oro y los nazis’. De los papeles de Canfranc se hablaba algo, casi como un rumor o como vagos murmullos, hacia 1997, pero sería poco después cuando aparecieron esos papeles, estercolados en las naves o en las vías, con una información fascinante sobre el paso del oro desde Francia hacia España y Portugal; en algún caso también, la Península Ibérica era el lugar de tránsito y de depósito antes de enviar los lingotes a Estados Unidos o a Latinoamérica. Ramón J. Campo ha realizado a partir del hallazgo un minucioso y proceloso trabajo de documentación y de búsqueda: preguntando aquí y allá, buscando testigos, relatos adyacentes, personajes protagonistas o secundarios, realizando una tarea entusiasta que menosprecia la pereza, ha llegado a inesperadas conclusiones. El triunfo del periodismo al servicio de la verdad y la historia.

La espiral de su ‘quest’ ha dado grandes frutos. Entre otras cosas, la Estación Internacional de Canfranc vio pasar, entre 1942 y 1943, 86.6 toneladas de oro en lingotes –un testigo dice, a propósito de una de las cajas, que pesarían alrededor de 60 kilos, nada menos- que se cambiaban por los “materiales estratégicos” para la fabricación de armas como el wolframio, el hierro y por blenda, que llegaba de Teruel, y en concreto de Cella, aunque según reveló Teodoro Cascante ya en 1940 y 1941 pasaban el oro y otras muchas cosas: desde latas de sardinas o materiales de cine.

Escribe Ramón J. Campo: “El tren de Canfranc significó la libertad para cientos de judíos y otros perseguidos por el régimen de Hitler que huyeron por la frontera del Pirineo central. Los viajeros que buscaban la paz se cruzaban en la estación aragonesa con las mercancías que ayudaban a hacer la guerra. Paradojas de la historia”. Canfranc era por tanto un enclave muy especial, controlado por los franceses y por los nazis, que habían sometido a los franceses durante la II Guerra Mundial, y, en la parte española, por carabineros (luego la Guardia Civil), la Policía y el Ejército. Canfranc sería un teatro de operaciones de un complejo calado: por allí huirían los judíos, sobre todo los polacos, los refugiados, los enfermos, sería también un escenario de maquis, de espionaje y de grandes expectativas. En ese caldo de cultivo pasó de todo. Y el periodista, con los instrumentos del reportero e historiador en la mano, hace hablar a sus personajes: al cajero de Aduanas Antonio Galtier, que redactó unas memorias llenas de datos y fue testigo de numerosas tensiones, algunos actos de picaresca y del terrible incendio de Canfranc; Daniel Sánchez y su mujer, que eran “una piña con los suizos. Solo sé que el oro iba muy vigilado”, dirán, ya que el oro era repartido por la península en camiones suizos; José Marraco, padre del expresidente Santiago Marraco; el jefe de carabineros Salvador García, que salvó a más de 200 judíos; el inspector de policía Benito Mutilva o, entre otros muchos, el héroe inadvertido Albert Le Lay, un francés díscolo, que colaboraba con la resistencia, que llegó a Canfranc en 1940 y que sería impulsor de una escuela francesa; al final sería buscado por la Gestapo y se salvó de puro milagro. Hay muchas peripecias; entre las suposiciones, Ramón J. Campo sospecha que Max Ernst y quizá Marc Chagall pasaron por Canfranc para salvarse del horror.

MANUEL RIVAS: EL ORIGEN DE TODO

[Manuel Rivas publica en Alfaguara 'Las voces bajas', una autobiografía en la que rinde homenaje a su mundo familiar, a la complicidad con su hermana María y las palabras y los seres que poblaron sus infancia y adolescencia.]

CARMIÑA O LA LECHERA QUE HABLABA SOLA

Manuel Rivas Barrós (A Coruña, 1957) empezó siendo poeta. Un poeta en el Instituto Mixto de Monelos y un poeta en la redacción del ‘Ideal Gallego’; luego en su carrera literaria, cada vez más asentada y personal, empezó como poeta. Poeta mohicano, como el personaje de Fenimore Cooper, cuya novela tanto le interesó en la niñez. Una infancia llena de sobresaltos y de palabras insinuadas, oídas e intuidas, que poblaban su existencia. Poeta que fue derramándose en otros géneros sin desmandarse del todo: al fin al cabo, Manuel Rivas se ha hecho muy conocido y admirado con libros como ‘¿Qué me quieres amor?’, ‘El lápiz del carpintero’, ‘Los libros arden mal’ o ‘Lo demás es silencio’ (que acaba de adaptar al cine José Luis Cuerda), por citar algunos textos narrativos, pero jamás ha dejado de ser poeta. Ni en la ficción, ni en sus reportajes de prensa, recomiendo con entusiasmo ‘El periodismo es un cuento’, ni en su teatro, ni en sus cuentos infantiles, que también los hay. Ni tampoco en su última entrega, que es un libro de difícil clasificación: ‘Las voces bajas’ (Alfaguara; la traducción es suya). Algo de lo que ya habló en su visita al ciclo ‘Conversaciones en la Aljafería’: allí mezcló el deslumbramiento de la literatura con los petroglifos y sus incisiones en espiral, algo que también hace aquí. ‘Las voces bajas’ es un libro de memorias, es un hontanar de relatos, una interpretación más o menos onírica o fabulosa de Galicia, y es, también, una novela autobiográfica sobre su familia: su hermana María, que siempre iba por delante y fue la primera en despedirse del mundo con entereza; su madre Carmiña, que era lechera (le llevaba la leche a los militares a los soldados y un día le dijo uno: “¡Échale agua sin miedo, que aquí todavía le echan más!”), lectora de vidas de santos y de periódicos, guardadora de los secretos de los desvanes y una mujer que se contaba los cuentos a sí misma: hablaba sola. Le hablaba a la lluvia, al viento, con antigua sabiduría aldeana. ‘Las voces bajas’ también habla de su padre, que era albañil, que conoció la emigración, donde estuvo en un tris de morir mientras oía el canto de un pájaro, que tocaba el saxofón, que admiraba las orquestas de jazz con negros y que era cauteloso, no maldecía jamás y temía la matanza de cerdos. En Galicia, ya se sabe, y así lo recuerda Rivas, uno de los sueños más recurrentes es que ese animal cotidiano y sucio alce el vuelo y se eche a volar. Los padres de Rivas ocupan muchas páginas y, en uno de los fragmentos de sus aquilatados retratos, dice: “La vida tenía voluntad de cuento”, que es casi el resumen global de este libro. Y añade de inmediato a propósito de sus progenitores: “Y ahora, apoyado en la ventana de la noche, me sentía un igual al lado del Hombre que Odia el Fútbol y de la Mujer que Habla Sola. Los dos podían ser muy silenciosos o muy habladores. Aprendí que también el lenguaje tenía estaciones. Días en que las palabras germinaban, días de solaz en las bocas, días en que caían de los labios hojas secas, y marchaban en remolino lejos de la boca, con un rumbo resentido”. Rivas corre y descorre la cortina de todos los secretos y cuenta sus idas y venidas a las casas de sus abuelos: aquel Manuel Rivas que era carpintero y usaba lápiz, aquel otro abuelo, Manuel Barrós, que era labrador y que era capaz de amasar la niebla como se amasa el pan o la tierra. Y también hay, en sus idas y venidas, tías y tíos que le enseñan casi todo. Por ejemplo Pepe Couceiro, “mi padrino, era un apasionado de la mecánica y del progreso científico en general”. Era tan especial que decía frases enigmáticas del tipo: “En los países avanzados todo el campo es paisaje” o, mirando fijamente a su ahijado, a quien llevaba de cuando en cuando en sus viajes, proclamó: “Vale más un kilo de azafrán que un kilo de oro”. Agrega Rivas, en estos episodios de iniciación y asombro: “Un día me llevó en una de sus expediciones como vendedor de especias. Lo recuerdo como el verdadero primer viaje de mi vida. ‘¡Al fin del mundo!’, exclamó con entusiasmo. De niño yo tenía una cierta tendencia a la literalidad”. Hay muchas más cosas en este libro personal, que juega con el tiempo, que va y viene como el aire que da la vuelta en la montaña de Elviña adonde los Rivas Barrós se trasladaron, tras dejar la Marola y el cementerio marino de San Amaro. Es un libro de personajes, de continuas sorpresas, del valor del lenguaje, del aprendizaje, el libro de alguien que mira a los seres con una ternura inefable, sin sátira ni asomo de burla. Con humor, con delectación, con respeto. Con una navaja de candor. No es este probablemente el mejor libro de Rivas, ni falta que hace. Es, sin duda, el más entrañable, el más confidencial, el que resume las claves de su escritura y de su visión panteísta del mundo y el que más lo vincula con sus maestros: Cunqueiro, Fole, Torga y Albert Camus. ¿No habría firmado esto Cunqueiro?: “... para mí, el gran espectáculo era ese de ver la hilera de zapatos, desde la infancia a la vejez, y cómo [Farruco] iba limpiando par a par. Allí estaban las suelas y los tacones de los años de la vida, como los anillos en el tronco del castaño de Souto”. DESPIECE Manuel Rivas es un fabulador. Un creador de personajes. Los ha conocido, le han hablado de su existencia, los encuentra en las calles o, directamente, los sueña. Como aquel Chao, conspirador del silencio, que se cruzaba todos los días con Manuel y María, con un libro en las manos: era ‘Longa noite de pedra’ de Celso Emilio Ferreiro, poeta que tiene calle en Zaragoza. A los dos hermanos, que pleiteaban en lo oscuro con el poder de las sombras y el miedo, les ocurrían cosas especiales: un día, envuelto en una manta de cuadros en la cueva donde se refugiaban, encontraron un “libro de esos que todavía hablan, a medio leer: ‘Los hermanos Karamazov’. Así que aquél era el cuarto de la humanidad, la cueva del refugio. No se lo contamos nunca a nadie. Ni a nuestra madre, que nos enviaría de vuelta con leche y pan para el vagabundo misterioso. ¡Por las barbas de Dostoievski!”.

 

*Este texto se publicó el jueves en 'Arts & Letras' de Heraldo.

'DUELOS POÉTICOS', HOY, EN LA SALA DE MÚSICA DEL PALACIO DE SÁSTAGO

'DUELOS POÉTICOS', HOY, EN LA SALA DE MÚSICA DEL PALACIO DE SÁSTAGO

POESÍA CON J. L. CLEMENTE, M. VILAS Y A. CASTRO EN EL PALACIO DE SÁSTAGO

Esta tarde, a las 18.00, en la sala de Música, la editorial Heptaseven, con sede en Zaragoza y Mallorca, inicia su ciclo de ‘Duelos poéticos’ con la presencia de José Luis Clemente, coordinador del proyecto, poeta, narrador y ensayista, Manuel Vilas, narrador y poeta, y Antón Castro. El acto será conducido por la periodista y escritora Eva Hinojosa, y estará ordenado en cinco partes: poemas de viaje, de ciudades y paisajes; poemas del desencanto; poemas de amor; poemas satíricos y poemas políticos y sociales. El acto durante una hora o una hora y cuarto.

 

*En la foto, Nina Leen.

JOSÉ LUIS CLEMENTE, M. VILAS Y ANTÓN CASTRO, RECITAL DE POESÍA

EL SÁBADO 27, A LAS 18.00, EN EL PALACIO DE SÁSTAGO,

RECITAL POÉTICO DE JOSÉ LUIS CLEMENTE,

MANUEL VILAS Y ANTÓN CASTRO

Presenta: Eva Hinojosa

Mañana sábado 27 de octubre, a las 18.00, en la sala de Música del palacio de Sástago, se celebrará un recital de poesía con José Luis Clemente, Manuel Vilas y Antón Castro. La entrada es libre. Leerán poemas de ciudades, viajes y sueños, poemas sociales, poemas amorosos, del desencanto y poemas satíricos, de modo alternativo. El recital pertenece a un ciclo, ‘Duelo poético’, que organiza José Luis Clemente y su editorial Heptaseven, con sede en Zaragoza y Mallorca, en el que participan diez poetas españoles de varias generaciones. Este es el primer recital de ese proyecto que se realizará en varias ciudades de todo el país. La escritora y periodista Eva Hinojosa será la presentadora y conductora del acto.

La entrada es libre.

DELGADO: EL LAUREL DE TORRERO

Javier Delgado Echevarría, escritor y bibliotecario, melómano, ajedrecista y enamorado de las plantas y las flores, publica hoy este estupendo artículo sobre el laurel de Torrero en las páginas de Heraldo. Javier ha recuperado su actividad, su intensidad, su pasión por la vida, la rebeldía y el compromiso.

 

 

 

EL LAUREL DE TORRERO Y SU LEYENDA

 

Ha vuelto a a los medios de comunicación la preocupación por la salud del laurel de Torrero. No es un árbol cualquiera: el cariño del vecindario y, en general, de la ciudadanía con cierta conciencia ecologista o cívica, lo salvó en su día y ha hecho de él un símbolo. Pero acaso la emoción ha superado a la razón y las leyendas han ocultado una realidad suficientemente importante y merecedora de atención sin necesidad de ellas.

 

Han ido difundiéndose varias leyendas sobre su pasado. Primera: “El laurel estaba allí antes de que se construyera la cárcel”. Ni las fotos aéreas, ni la bibliografía local, ni la documentación de Instituciones Penitenciarias constata tal dato. En el plano de M. A. Navarro: “Plano parcelario de Zaragoza”, de 1925, se lee, en zona cercana a donde se construiría la cárcel: “Viveros del Ayuntamiento”. Falta saber si era una intención o una realidad. En una obra así, se despeja el terreno y se excava para la cimentación. ¿O es que en 1928 se diseñó la cárcel cuidando de hacer un pequeño patio precisamente para ese supuesto laurel? Si entonces ya se hubiera tenido tal actitud hacia un laurel (que entonces sería jovencito), estaríamos hablando de un país en el que raramente habría que seguir luchando por la preservación del arbolado urbano.

 

Segunda: “Es un laurel centenario”. Nadie ha dado nunca datos basados en las pruebas científicas por las que se conoce la edad de un árbol. La inauguración de la cárcel sí nos da una fecha muy aproximada de cuándo pudo ser plantado: hoy tendría entre 84 y 90 años. Por cierto, no es casual que por esas fechas se plantasen bastanteslaureles en la Academia General Militar (inaugurada también en 1928),en cuarteles y edificios oficiales de Zaragoza. Algunos permanecen.

 

Tercera: “Los presos se involucraban en su cuidado”. Instituciones Penitenciarias tenía una unidad de mantenimiento de la vegetación de las cárceles y no ponía en manos de presos los instrumentos (peligrosos) necesarios para la poda, etc. En la de Torrero había diversos patios, con algunas robinias (nunca rosales: sus tallos espinosos podían emplearse como arma), y pequeños jardines: en las casas del director y del subdirector, en la entrada antes del “rastrillo” y el de la enfermería, donde estaba el laurel. Con él había palmitos, setos de aligustre, un emparrado…. Se accedía con permiso especial y en horario ajustado, por lo que los presos no estaban allí mucho rato a la espera o tras la consulta. Yo mismo pasé por él cuando estuve preso en el otoño-invierno de 1975 por pertenecer al PCE. Eso, más el abrigo del muro de un pabellón y de dos altas tapias, que le evitaban el cierzo y la excesiva insolación, explicaba su inmejorable estado de conservación.

 

Tras el derribo de la cárcel, las fotos aéreas de principios de este siglo lo muestran aislado en medio de la nada, expuesto al cierzo y al sol. Por eso la nevada del 2005 y la ventolera del 2009 pudieron desgajarle una gran rama y afectar a otras, tras lo que quedó en muy peor estado. No hubo negligencia de Parques y Jardines: sencillamente, el laurel no era de propiedad municipal (pese a lo cual se le cuidó en lo posible) y ya no se favorecía de la ayuda inmediata que le daban los muros de la cárcel frente a nevadas y ventoleras anteriores y aún peores. Además, estaban las obras de los bloques de viviendas y de la urbanización entre ellos y lo que se dejó en pie de la cárcel (hoy ‘okupado’), siempre problemáticas para el arbolado. Las losas empleadas resultaron nefastas para el árbol: acumularon agua en su cuello, lugar extremadamente delicado. Hubo intermitencias en su riego, por cortes en los tubos de riego por goteo. Finalmente, la excepcional sequía de este verano lo ha rematado.

 

En resumen, el laurel de la cárcel vivió muy bien mientras estuvo “encarcelado” y la “libertad” sentó muy mal a su salud. Ciertamente, gracias a la presión vecinal y a las campañas ecologistas el laurel se mantuvo en su sitio y obtuvo una atención mayor de lo norma. Pero la vida de un árbol no depende sólo del cariño de los humanos, ni siquiera de las atenciones profesionales: la muerte los persigue (como a todo ser vivo) desde que nacen y el laurel de Torrero ha llegado a sus últimos días.

 

Se ha difundido que el laurel “está muerto”. Quienes lo han dicho no han explicado con qué medios ha constatado su defunción. Por el contrario, el jefe de Arboricultura de Parques y Jardines hizo una reciente medición con un shigómetro (por Alex Shigo, su inventor) y comprobó que a metro y medio de altura hay una zona viva, que da al Oeste y conecta con ese lado de la copa. No es seguro que en la copa haya vida. En todo caso, las hojas que le nazcan en ese lado serán insuficientes para mantener viva tanta masa arbórea. En su informe recomienda que se espere a la primavera para ver qué sucede, pero avisa que está “en estado general de deterioro absoluto”. Difícilmente sobrevivirá.

 

Me permito hacer una propuesta: despidámonos del laurel de Torrero como de un viejo familiar querido. Hagámoslo con elegancia, colectivamente. Y pidamos que se plante en su lugar otro laurel que tome el testigo de una vida que ha llegado a ser símbolo de una vivencia ciudadana. Que al “laurel de la cárcel” le suceda el “laurel de la libertad”. Honremos el pasado. Miremos al futuro.

 

JOAQUÍN BERGES: UN DIÁLOGO

JOAQUÍN BERGES: UN DIÁLOGO

[Ayer, en la librería Cálamo, acompañado de Iguázel Elhombre, Joaquín Berges (Zaragoza, 1965) presenta su tercera novela, que publica Tusquets: ‘Un estado del malestar’, la historia de Ricardo Marco, un hombre en crisis que entre en contacto con gente humilde, vendedores de calle, y se queda fascinado por la viuda Estrella. Esta es la entrevista de la que he publicado una buena parte en ‘heraldo’ hoy.]

 

 

-¿Cómo se lleva eso de ser presentado como el Woody Allen de las letras españolas?

 

Así es como me llamaron en un blog de Radio Euskadi. Tiene un punto de broma y osadía muy divertido. Me gusta la idea. No sé qué le parecerá a Woody Allen. Quizá debería fotografiarme con mis gafas de presbicia a partir de ahora.

 

-¿Ha habido algún punto de partida específico, una imagen, una intención concreta que dé lugar a la novela?

 

Sí, el contraste entre dos mundos distintos: el del marketing de la ropa cara y el de la ropa de saldo que se vende en un mercadillo. Ese ha sido el punto de ignición de la novela, la diferencia entre el artificio del marketing y la sencillez del mercadeo en la calle que ya existía en la edad de Bronce.

 

-En la primera página leemos que el protagonista, Ricardo Marco, dice: “Eso es exactamente lo que deseo, que alguien me multe, me castigue y me abronque por ser quien soy”. ¿Adónde querías ir a parar?

 

En su juventud Ricardo fue un activista de asamblea y manifiesto, un hombre lleno de ideales, y en la actualidad es un pequeño burgués a punto de prejubilarse. No se siente nada orgulloso de sí mismo porque ha olvidado sus sueños de juventud. Por eso quiere ser castigado y abroncado.

 

-¿Por qué tus héroes son siempre antihéroes, un poco piltrafas, malquistados con la vida y consigo mismos? El protagonista dirá: “Soy un tipo aburrido de la vida”.

 

Yo creo que la literatura surge de la insatisfacción y la infelicidad. Si todos fuéramos felices no escribiríamos ni leeríamos (y los psicoanalistas tendrían que dedicarse a coger punto de media a domicilio). Los héroes protagonizan los dibujos animados de la misma manera que los antihéroes protagonizan las novelas, incluso las novelas divertidas. Sobre todo esas.

 

¿Quién es en realidad Ricardo Marco, ese subdirector de un centro comercial?

 

Es un luchador. Siempre lo ha sido. Cree que la vida es por encima de todo una lucha. Para este hombre una prejubilación es una auténtica condena a muerte, porque quien no tiene nada por lo que luchar está lejos de sentirse vivo. Sufrirá un gran cambio, una involución que lo devolverá a su juventud. Volverá a emborracharse e incluso correrá delante de la policía, como en los viejos tiempos. Eso le dará la oportunidad de tener algo por lo que luchar y quizá podrá volver a sentirse vivo.

 

-El protagonista dice: “Hace tiempo que no siento nada por mi mujer” y agrega que ella se acuesta con él, por compasión, quizá un par de veces al mes. ¿Esto es un diagnóstico o quieres advertirnos de algo? ¿Pasa así, crees?

 

Esta relación marital tan insatisfactoria forma parte de su faceta de anithéroe. Ricardo confiesa que sólo sintió una fuerte atracción física por su mujer. Por eso, al paso de los años, cuando el físico se arruga, la atracción desaparece y no queda nada entre ellos. Es una cruda confesión. Aprovecho la oportunidad para manifestar solemnemente que la novela no tiene nada de autobiográfico.

 

-¿Es para ti la familia el infierno tan temido o es una exageración que le viene muy bien a tus libros?

 

Literariamente hablando la familia es el infierno en el que viven mis personajes. Sin embargo, personalmente mi familia es mi refugio, el lugar donde encuentro la estabilidad necesaria para hablar de las inestabilidades de mis personajes. Quizá si mi vida familiar fuera un infierno escribiría sobre gente que tiene un entorno familiar feliz. No sé, no lo tengo hablado con mi mujer.

 

-¿Crees que los jóvenes son tan arriesgados como los del libro? El padre no puede creer que ganen dinero dando clases...

 

Algunos personajes de "Un estado del malestar", como el hijo mayor de Ricardo, están llevados al extremo. Es un cínico sin escrúpulos para el que todo tiene un precio. Su padre se escandaliza de sus actos y lo llama extorsionador y chantajista y él responde: "Virtudes todas ellas que me ayudarán a sobrevivir en esta jungla de mentiras encubiertas en que habéis convertido el mundo los idealistas renegados como tú y mamá." Muy rico el angelito.

 

Ricardo está inapetente y le despierta una mujer de la que nada sabe y a la que apenas ve. ¿El amor es temerario, es ciego o es un estado de imbecilidad incontrolable?

 

El amor es el deseo con mayúsculas, un impulso temerario y ciego, incontrolable y fugaz, egoísta y completamente irracional. Y conste que no me refiero al sexo, aunque forme parte inherente del amor. Woody Allen lo tiene claro: "el sexo sin amor es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es de las mejores que he tenido".

 

Todo el libro está en un tono de humor, entre negro y patético. ¿has querido que fuera así?

 

Ricardo, que toma la palabra desde la primera página, es quien ha querido que fuera así. Cualquier luchador que estuviera a punto de prejubilarse forzosamente, tuviera una esposa que practicara el terrorismo doméstico y unos hijos expertos chantajistas emocionales se expresaría mediante el humor, la broma y el sarcasmo.

 

Hablemos del personaje clave: Estrella. ¿Cómo la defines, por qué está marcada?

 

Estrella es el deseo, el reto. Ricardo la ve y se enamora instantáneamente de ella. Sin embargo hay múltiples problemas y dificultades a los que deberá enfrentarse porque Estrella es una mujer viuda, mucho más joven que él y muy controlada por su familia. Está muy lejos de ser conquistable. Es casi un objetivo imposible. Pero, como dice el propio Ricardo, "sólo lo imposible merece la pena".

 

¿En qué medida has querido sugerir que el estado de malestar del protagonista  tiene un paralelismo con el actual estado del malestar?

 

El bienestar que se le ofrece a mi protagonista (su prejubilación) le produce un profundo malestar. A lo largo de la novela Ricardo descubrirá que el bienestar no tiene nada que ver con lo material. Conforme reviva esa segunda juventud a la que antes me refería, tendrá la oportunidad de averiguar dónde está de verdad ese "estado del bienestar" del que tanto nos han hablado.

 

Esta ya es tu tercera novela, has consolidado una posición en Tusquets. ¿Cómo explicarías las claves de tu mundo, de tus novelas, qué quieres contar?

 

Me siento muy a gusto en Tusquets. Tengo un editor inmejorable y un equipo de grandes profesionales que trabajan incansablemente y, además, leen todas las entrevistas que contesto. Con respecto a las claves de mi trabajo, me gusta barajar elementos contemporáneos, las cosas que nos preocupan a todos, los sentimientos, las frustraciones que tenemos, los miedos, coger todo eso y meterlo en la batidora de la ficción junto con buenas dosis de humor, algo de emoción y un poco de sarcasmo para inventar un mundo paralelo al mío, que confluya en mí y sea como un espejo que me refleje y me indique dónde está la diferencia entre la realidad y la ficción, entre lo vivido y lo soñado, entre Woody Allen y yo.

 

 

 

GIACOMO LEOPARDI: 'EL INFINITO'

GIACOMO LEOPARDI: 'EL INFINITO'

Colqué anoche esta estupenda foto de Christian Coigny y a Myriam Iturra, de Viña del Mar, le ha sugerido este poema: “Me trajo a la mente este poema de Giacomo Leopardi”.

EL INFINITO 

 

De Giacomo LEOPARDI



Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.

Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.

Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.

Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.

Versión de Carlos López S.

MANUEL RICO: DOS POEMAS

DOS POEMAS DE MANUEL RICO DE ‘FUGITIVA CIUDAD’

[Le he cogido, por múltiples razones, mucho cariño a Manuel Rico, novelista, poeta, ensayista y crítico, y director de las colecciones de poesía de Bartleby. Acaba de publicar en Hiperión el libro ‘Fugitiva ciudad’, que mereció el premio Miguel Hernández de poesía. Me ha gustado mucho el libro; le pido a Manuel algunos poemas. Le he pedido en concreto estos dos, para no abusar: este homenaje a Manuel Vázquez Montalbán, que era un más que estimable poeta, amén de muchas otras cosas, un defensor de la cultura popular, y un poema de amor. Y aquí están para los lectores y los amigos dos composiciones de un libro muy trabajado de Manuel. Palabras de Manuel.]

 

 

 

 

Recuerdo del poeta. El primer encuentro

 

                          A Manolo Vázquez Montalbán, que regresó a Bangkok

 

 

Fue en el Palace. No es fácil recordar

la ropa que llevabas. Sí tu estatura frágil,

tus ojos nunca azules, tu prestancia

poco convencional: bajo y sentimental,

amigo y memorioso, tenaz y periférico,

tierno y muy mala leche, también firme

cual la mirada amarga que en días vulnerables

nació en los autobuses que llevaban

de la ciudad burguesa a la desposeída.

 

Venías de la luz estrecha del Raval

al lector de poemas que fui siempre,

al joven que aguardaba,

en un Palace de espejos que reflejan distancias y carencias,

con ese temblor puro

que la proximidad del mito ablanda o desactiva.

 

Hoy me dicen que has muerto. Que en Bangkok

el viajero que huye fue inquilino

de todas las huidas y todos los espantos.

 

Con la noticia, como un baldón de fiebre y de memoria,

volvió el amigo que fue parte

de la ciudad sobrante y fronteriza.

 

El que escribió vengando la vida de los dioses

para trocarse en dios muy asequible.

 

El que no tuvo miedo aunque cruzara

su corazón el miedo del noi menesteroso

de la familia del sur y sin herencia.

 

Y regresó una noche de otoño en Barcelona:

la que aventó la niebla de antes de conocerte,

la que me dio tus claves, tus miedos, tus fantasmas.

 

Y entonces, durante aquellas horas

de whiskies imprudentes para tu corazón herido,

la sucia luz del barrio de tu infancia

se hizo mi propia luz y la noticia

de un padre desnortado y roto dibujó

mi orfandad de fieltro y de taberna,

la historia desolada de los padres

que vivieron muy poco, que jamás fueron jóvenes.

 

 

 

 

*

 

 

HOY TE MIRO y te sueño

de piel acariciable y medias negras,

de puta primeriza y sexo ineducado,

de habitación pequeña y colcha sin embozo,

de agridulce sonrisa y noche triste.

 

Tal vez porque el recuerdo pinte

a un mujer muy joven, esculpida

con la voz quebradiza junto a mesas ocultas

de perdidos cafés frente a innombrados parques

cercados por el ocre en la puerta de octubre,

te sueño de esa guisa y me estremezco

al oír tu pasado: la madera

del banco donde, a veces, nos hablaba

la soledad. La noticia del agua acariciando

puertos que te acogieron mientras leías

relatos de Cortázar o confusos informes

prescribiendo utopías y huelgas generales, la barraca

muriéndose en la tarde de un diciembre de hielo

mientras yo disparaba a inseguros muñecos

en un carrusel de invierno, justo al borde

de la ciudad que despertaba

de la más larga noche.

 

Pero hoy te miro. Los años

no te desdibujan ni te vencen.

Te han llenado de vida y de señales.

hablan de mí también, de nuestra historia

de perezas y dudas, de fiebres y de olvido,

de entregas algo fútiles

mas siempre generosas, casi ciegas

de juventud incandescente.